Karl Marx

[La pregunta de Layard -

La lucha por la ley de las diez horas]

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 3826 del 22 de julio de 1853]

Londres, viernes 8 de julio de 1853

Ahora que la ocupación de los principados del Danubio se ha convertido en un hecho y la crisis largamente pronosticada se ha acercado, la prensa inglesa ha suavizado considerablemente su lenguaje belicoso y apenas se opone al consejo dado en dos editoriales consecutivos del *Times* de que, «ya que los rusos no han podido refrenar su inclinación por civilizar países bárbaros, Inglaterra haría mejor dejándolos hacer y no poniendo en peligro la paz con una obstinación inútil».

El angustioso afán del gobierno por retener toda información sobre la candente cuestión turca se puso de manifiesto con la farsa más que ridícula que se representó simultáneamente en ambas Cámaras del Parlamento. En la Cámara de los Comunes, el Sr. Layard, el célebre restaurador de la antigua Nínive, había anunciado para esta noche una moción con el fin de que se informara detalladamente a la Cámara sobre Turquía y Rusia. Con motivo de esta comunicación se desarrolló en la Cámara de los Comunes la siguiente escena:

Sr. Layard: He anunciado mi moción para mañana. Ayer por la tarde recibí una comunicación en la que se me pedía que aplazara la moción hasta el lunes 11 del corriente. Ayer por la tarde —de hecho, hasta esta mañana— no estuve en condiciones de transmitir mi respuesta. Sin embargo, para mi sorpresa, compruebo que ayer, sin saberlo yo mismo, debo de haber estado en el Parlamento, pues por los anuncios de las mociones que se publican junto con los resultados de las votaciones veo que el Sr. Layard ha aplazado su moción del viernes 8 al lunes 11. Apenas me parece justo tratar así a los diputados independientes.

Sr. Gladstone: No sé por instrucciones de quién ni con la autorización de quién se introdujo en el boletín parlamentario la comunicación sobre un aplazamiento. Sin embargo, puedo asegurar al honorable diputado una cosa: se hiciera lo que se hiciera, se hizo absolutamente de *bona fide* <de buena fe>.

Sr. Layard: Quisiera saber quién ha introducido en el boletín la comunicación sobre un aplazamiento. ¿Por qué razón han aplazado ustedes esta moción al lunes?

Sr. Gladstone: Una indisposición de Lord J. Russell.

El Sr. Layard retiró entonces su moción hasta el lunes.

Sr. Disraeli: Este procedimiento en los negocios me parece que exige una explicación por parte del gobierno, tanto más cuanto que también el proyecto de ley sobre la India, en contra de lo acordado, se anuncia en el orden del día de mañana.

Después del descanso, Sir Ch. Wood confesó compungido que en ambos casos había sido él el pecador, pero declaró, valiéndose de la sugerencia del Sr. Gladstone, que en lo que respecta al Sr. Layard había actuado con las mejores intenciones del mundo.

La otra cara de la medalla se mostró en la Cámara de los Lores, donde la indisposición física del pobre pequeño Russell no tenía en absoluto nada que ver con la moción del marqués de Clanricarde, que se asemejaba a la moción del Sr. Layard y que, después de haber sido aplazada ya varias veces a petición de los ministros, también había sido anunciada para el viernes.

Lord Brougham se levantó asegurando que no había entrado en contacto con ningún miembro del ministerio, pero que consideraba la moción de Lord Clanricarde, anunciada para mañana, de lo más inoportuna en la situación actual. Por ello se dirigiría al ministro de Asuntos Exteriores.

Lord Clarendon declaró que, naturalmente, no podía afirmar que un examen detallado de estas cosas no acarreara en la actualidad perjuicios o inconvenientes. Las negociaciones continuaban; sin embargo, después de los repetidos aplazamientos, tenía la impresión de que no debía volver a pedir a su noble amigo la retirada de su moción. Pero se reservaba el derecho, al contestarle, de no decirle más de lo que le permitiera su sentido del deber oficial. No obstante, deseaba preguntar a su noble amigo si tendría algo en contra de aplazar la moción cuando menos hasta el próximo lunes, ya que sería mejor celebrar este debate en ambas Cámaras al mismo tiempo, y, además, Lord J. Russell se hallaba muy indispuesto.

Conde de Ellenborough: El noble marqués que tengo delante haría gala de una prudente moderación si aplazara su moción, anunciada para mañana, no sólo hasta el lunes, sino en general, sin fijar ahora día alguno para ella.

Lord Derby: Le había sorprendido que el noble marqués planteara esta cuestión a debate, y estaba completamente de acuerdo con las opiniones del noble conde (Ellenborough).

Conde Grey: Después de la declaración de Lord Clarendon, la justificación del aplazamiento del debate debería ser evidente para todos.

Seguidamente, el marqués de Clanricarde retiró su moción.

Conde Fitzwilliam: Deseaba preguntar si era auténtico el texto del manifiesto ruso del 26 de junio, que declaraba la guerra santa contra Turquía.

Conde Clarendon: Había recibido el documento del embajador de Su Majestad en San Petersburgo.

Conde de Malmesbury: Sería acorde con la dignidad de los miembros de la Cámara de los Lores que el gobierno les asegurara que tiene la intención de impedir, en la medida de lo posible, que el lunes tenga lugar un debate similar en la Cámara de los Comunes.

Conde de Aberdeen: Opinaba que él y sus colegas harían valer toda su influencia y harían lo posible para impedir este debate.

En resumen: primero, mediante una falsificación, se induce a la Cámara de los Comunes a aplazar el debate. Luego, bajo el pretexto de que la Cámara de los Comunes ha aplazado su debate, se mueve a la Cámara de los Lores a hacer lo mismo. Después, los «nobles» lores deciden aplazar la moción *ad infinitum* <para las calendas griegas> y, finalmente, la dignidad de la «asamblea más noble del mundo» exige que también la Cámara de los Comunes aplace su moción *ad infinitum*.

En respuesta a una pregunta del Sr. Liddel, Lord Palmerston declaró en la misma sesión:

«La reciente obstaculización de la navegación en el canal de Sulina del Danubio fue provocada por la circunstancia fortuita de que el río había inundado las orillas y había disminuido tanto la fuerza de la corriente que se depositaron grandes cantidades de lodo en la barra. Debo decir que el gobierno británico ha tenido motivos durante muchos años para quejarse de la negligencia del gobierno ruso en el cumplimiento de sus deberes como poseedor del territorio que forma el delta del Danubio y en mantener el canal de Sulina en buen estado navegable, aunque la propia Rusia ha reconocido siempre que está obligada a ello en virtud del tratado de Adrianópolis. Mientras esta desembocadura del Danubio formó parte del territorio turco, se mantuvo una profundidad de 16 pies en la barra, mientras que por la negligencia de las autoridades rusas la profundidad se ha reducido a 11 pies, e incluso estos 11 pies se han visto limitados, por obstáculos a ambos lados, bancos de arena y barcos destruidos y hundidos abandonados, a un canal pequeño y estrecho, de modo que el paso es difícil para cualquier buque, salvo con tiempo tranquilo y un práctico experimentado. Además, existía una rivalidad de Odesa, que tenía el deseo de obstaculizar la exportación de mercancías por el Danubio y, a ser posible, encauzarlas a través de Odesa.»

Probablemente el gobierno inglés espera que la desembocadura del Danubio se abra de nuevo cuando los principados del Danubio se conviertan en rusos, ya que entonces terminaría la rivalidad de Odesa.

Hace algunos meses tuve ocasión de hacerles algunos comentarios sobre los éxitos de la agitación por la jornada de diez horas en los distritos fabriles. El movimiento se ha desarrollado constantemente y ha encontrado finalmente un eco en la legislación. El 5 del corriente, el Sr. Cobbett, miembro del Parlamento por Oldham, presentó una moción para que se le permitiera presentar un proyecto de ley que limitara el trabajo fabril a 10 horas durante los primeros 5 días de la semana y a 7 horas y media los sábados. Se aprobó la moción de presentar este proyecto de ley. Durante el debate introductorio, a Lord Palmerston, en el calor de la improvisación, se le escapó una clara amenaza de que, si no hubiera otra posibilidad de proteger a las mujeres y los niños en las fábricas, propondría una limitación del tiempo de funcionamiento de las máquinas. Apenas había salido esta frase de sus labios, se desencadenó contra el imprudente estadista una tormenta general de indignación, no sólo por parte de los representantes directos de la milocracia, sino también específicamente por parte de sus amigos whigs y de los suyos propios, como Sir George Grey, el Sr. Labouchère y otros. Después de que Lord J. Russell se llevara aparte a Palmerston, tuvo que luchar denodadamente, tras una conversación privada de media hora, para aplacar la tormenta, dando la seguridad de que

«le parecía que su honorable amigo había sido completamente malinterpretado, y que su amigo, al pronunciarse a favor de una limitación del tiempo de funcionamiento de las máquinas, en realidad quería pronunciarse en contra».

Tales compromisos absurdos son el pan de cada día de la coalición. En cualquier caso, tienen el derecho de decir una cosa y pensar otra. En lo que respecta al propio Lord Palmerston, no debe olvidarse que este viejo dandi del liberalismo expulsó hace algunos años a varios cientos de familias irlandesas de sus «posesiones», exactamente del mismo modo como procedió en 1821 la duquesa de Sutherland con los miembros de su clan, establecidos allí desde tiempos inmemoriales.

El Sr. Cobbett, que ha presentado el proyecto de ley, es hijo del célebre William Cobbett y representa a la misma ciudad que representó su padre. Su política, al igual que su escaño parlamentario, es heredada del padre y por eso realmente independiente, pero apenas corresponde a la posición de los partidos actuales. William Cobbett fue el más capaz representante, o más bien el creador, del viejo radicalismo inglés. Fue el primero en desvelar el secreto de la tradicional lucha de partidos entre tories y whigs, despojó a la parásita oligarquía whig de su falso liberalismo, atacó el landlordismo de todo tipo, la hipócrita codicia de...

se mofaba de la Iglesia anglicana y atacaba a la plutocracia en sus dos encarnaciones más destacadas — la «Old Lady of Threadneedle Street» (Banco de Inglaterra) y Mr. Muckworm & Co. (los acreedores del Estado). Proponía cancelar la deuda pública, confiscar los bienes eclesiásticos y eliminar toda clase de papel moneda. Observaba paso a paso cómo la administración autónoma local era restringida por la centralización política, y denunciaba esas usurpaciones como violación de los privilegios y libertades de los súbditos ingleses. No comprendía que eran el resultado necesario de la centralización industrial. Proclamó todas las reivindicaciones políticas que luego serían resumidas en la Carta del Pueblo; pero para él eran más bien la carta política de los pequeños capitalistas industriales que la de los proletarios industriales. Plebeyo por instinto y por simpatías, su intelecto rara vez traspasaba los límites de una reforma burguesa. Sólo en 1834, poco antes de su muerte, después de la introducción de la nueva ley de pobres, comenzó William Cobbett a barruntar que existía una millocracia, tan hostil a la masa del pueblo como los terratenientes, los señores de la banca, los acreedores del Estado y los clérigos de la Iglesia anglicana. Si William Cobbett era, por una parte, un cartista moderno anticipado, por otra parte era, con mucho, un John Bull empedernido. Era a la vez el hombre más conservador y el más destructivo de Gran Bretaña — la encarnación más pura de la vieja Inglaterra y el iniciador más audaz de la joven Inglaterra. Para él, la decadencia de Inglaterra comenzaba con el período de la Reforma, y la humillación definitiva del pueblo inglés, con la llamada Revolución Gloriosa de 1688. Por eso, la revolución no era para él transición a lo nuevo, sino retorno a lo antiguo; no la creación de una nueva era, sino la restauración de los «buenos tiempos viejos». No veía que la época del supuesto declive del pueblo inglés coincidía exactamente con el comienzo del ascenso de la burguesía, con el desarrollo del comercio y la industria modernos, y que la situación material del pueblo empeoraba al mismo ritmo en que se desarrollaba esta última, y que la administración autónoma local desaparecía con la centralización política. Las grandes transformaciones que trajo consigo la disolución de la vieja sociedad inglesa desde el siglo XVIII se imponían a su campo visual y hacían sangrar su corazón. Pero aunque veía las consecuencias, no comprendía sus causas, no comprendía la acción de las nuevas fuerzas sociales. No veía a la moderna burguesía, sino sólo a aquella parte de la aristocracia que disponía del monopolio hereditario de los cargos públicos y que sancionaba por medio de la ley todos los cambios que se habían hecho necesarios por las nuevas exigencias y reivindicaciones de la burguesía. Veía la máquina, pero no la fuerza oculta que la movía. Por eso, a sus ojos, los whigs eran responsables de todos los cambios acaecidos desde 1688. Ellos eran los principales motores de la decadencia de Inglaterra y del envilecimiento del pueblo. De ahí procedía su odio fanático contra la oligarquía whig y sus incesantes ataques contra ella. De ahí el extraño fenómeno de que William Cobbett, que instintivamente representaba a la masa del pueblo contra las usurpaciones de la burguesía, fuera a los ojos del mundo y según su propia convicción el representante de la burguesía industrial contra la nobleza hereditaria. Como escritor, sigue siendo insuperado.

El actual señor Cobbett, al continuar la política de su padre en circunstancias mudadas, ha descendido inevitablemente a la clase de los tories liberales.

«The Times», empeñada en compensar su actitud sumisa hacia el zar ruso con una insolencia acrecentada hacia el obrero inglés, publica sobre la propuesta del señor Cobbett un artículo de fondo que pretende ser algo extraordinario, pero que resulta simplemente absurdo. No puede negar que la limitación del tiempo de funcionamiento de las máquinas sería el único medio de obligar a los señores de las fábricas a someterse a las leyes existentes sobre la duración de la jornada de trabajo en las fábricas. Pero no puede comprender cómo un hombre razonable y consecuente puede proponer el único medio eficaz para ello. La actual ley de las diez horas y media es, como todas las demás leyes fabriles, sólo una concesión ficticia de las clases dominantes a los obreros, y los obreros, no contentos con una concesión meramente ficticia, se atreven a insistir en la realización de esa concesión. «The Times» jamás ha oído hablar de una cosa más ridícula o más excéntrica. Si se impide a un fabricante, por ley del Parlamento, hacer trabajar a sus obreros doce, dieciséis o más horas, entonces —dice «The Times»— «Inglaterra ya no es un lugar donde pueda vivir un hombre libre». Exactamente como aquel gentleman de Carolina del Sur que, llevado ante un tribunal de Londres y condenado por haber azotado públicamente al negro que había traído consigo del otro lado del Atlántico, fuera de sí, exclamó: «Pero ¿no dicen ustedes que éste es un país libre, donde se le prohíbe a un hombre azotar a su propio nigger?». Si un hombre se convierte en obrero fabril y celebra un contrato con un fabricante, en el que se vende por dieciséis o dieciocho horas al día, en vez de irse a dormir como los mortales mejor situados, hay que explicarlo —dice «The Times»— «por ese resorte natural que ajusta constantemente la oferta a la demanda y conduce al pueblo a las ocupaciones que le resultan más agradables y adecuadas». La legislación, naturalmente, no debe entrometerse en ese travail attrayant (trabajo atractivo). Si se limitara el tiempo de funcionamiento de las máquinas a una parte determinada del día, por ejemplo, de seis de la mañana a seis de la tarde, entonces —dice «The Times»— con la misma razón se podrían suprimir las máquinas por completo. Si se apaga el alumbrado de gas en las calles en cuanto sale el sol, también hay que mantenerlas a oscuras durante la noche. «The Times» prohíbe la injerencia legal en los asuntos privados y, por eso, defiende quizás el impuesto sobre el papel, el impuesto sobre los anuncios y el timbre de periódicos, para suprimir el asunto privado de sus competidores, al tiempo que exige a la legislación que salvaguarde sus propios intereses y no la grave con el impuesto sobre los suplementos. Expresa su más profunda aversión hacia la injerencia del Parlamento en los sagrados asuntos de los señores de las fábricas, donde están en juego la vida y la moral de generaciones enteras, mientras proclama a gritos la más resuelta injerencia en los asuntos de los cocheros de alquiler y de los propietarios de coches de alquiler, donde no está en juego nada más que la comodidad de unos cuantos gordos agentes de bolsa y, tal vez, de los gentlemen de Printing House Square. Hasta ahora nos habían contado los economistas burgueses que el principal beneficio de las máquinas consistía en la reducción y supresión del trabajo corporal y de la faena penosa. Ahora «The Times» confiesa que, en las actuales relaciones de clase, la jornada de trabajo no se acorta, sino que se alarga por medio de las máquinas; que éstas, primero, despojan al trabajo individual de su calidad, y luego obligan al obrero a compensar la pérdida de calidad con cantidad. Así se prolonga la jornada de trabajo en varias horas, se añade trabajo nocturno al trabajo diurno, y este proceso sólo es interrumpido por las crisis industriales, cuando se le niega al hombre todo trabajo, cuando se le cierran las puertas de la fábrica en sus propias narices y puede tomarse vacaciones o ahorcarse, a su entera elección.

Karl Marx