La guerra turca –

La miseria industrial

[*New-York Daily Tribune*, n.º 3952, del 16 de diciembre de 1853]

Londres, viernes 2 de diciembre de 1853

Desde la última vez que escribí, no ha tenido lugar ningún combate de importancia en Turquía; pero la diplomacia rusa, más peligrosa que los generales rusos, está nuevamente en acción, y el resurgimiento de las infames Conferencias de Londres de 1840 y 1841, que concluyeron con la sanción del tratado de Hunkiar-Iskelessi, es anunciado por los periódicos gubernamentales a ambos lados del Canal de manera más o menos directa y bajo una forma ligeramente modificada. *The Times* incluso apunta a «enérgicos pasos de pacificación», es decir, una especie de pacificación armada, dirigida contra Turquía por quienes se autodenominan sus protectores. Un gran hecho diplomático es inequívoco: la última nota que el gabinete inglés envió a Constantinopla, que el embajador inglés presentó a la Puerta y que el Diván rechazó el 14 de noviembre, resulta no ser otra cosa que una segunda edición de la respuesta de Reschid Pachá al ultimátum del príncipe Ménshikov de mayo pasado. De este modo, los Palmerston y los Aberdeen dan a entender al sultán que, por mucho que haya cambiado la situación de las cosas, las relaciones entre Turquía y Rusia han permanecido completamente inalteradas desde mayo pasado, y que ni Turquía ha ganado algo a los ojos de la diplomacia occidental, ni Rusia ha perdido nada.

Puesto que el príncipe Alejandro de Serbia prohíbe a las tropas turcas marchar a través de su territorio, exige el regreso del cónsul general ruso y, en su declaración al sultán, habla de Turquía y de Rusia como de dos potencias protectoras con iguales derechos respecto a los principados danubianos, bien cabe esperar serios conflictos con Serbia, los cuales, aunque funestos para Turquía en cualquier otro momento, en la coyuntura actual son quizá el único medio de salvarla de las garras de la diplomacia occidental. Todo nuevo incidente que haga aún más difícil la situación actual, saque a Austria, en bancarrota, de su peligrosa neutralidad, aumente la posibilidad de una guerra europea e imponga a Turquía la alianza con el partido revolucionario, no puede ser sino ventajoso para Turquía, por lo menos en su conflicto con Rusia. Las causas internas de su decadencia seguirán actuando naturalmente, a menos que se les contrarreste con una transformación fundamental del régimen turco en Europa.

Por un momento, dejemos la guerra que se libra entre rusos y turcos en los principados danubianos y volvamos a la guerra que ruge en los distritos fabriles de Inglaterra entre fabricantes y obreros. Recordarán ustedes la época en que los fabricantes combatían e insultaban violentamente el movimiento dirigido por los obreros para acortar la jornada de trabajo. Ahora se ha vuelto la hoja y, como yo predije en su momento, el sistema de la jornada reducida está siendo impuesto a los obreros por los fabricantes. El *lock-out* revela su verdadero significado como una medida financiera por parte de los fabricantes, como una especie de antídoto a la superproducción industrial, que no tiene precedentes en la «historia de los precios». El pasado lunes las fábricas reanudaron el trabajo, pero solo cuatro días a la semana, concretamente en el distrito de Rochdale (Burnley, Bacup, Newchurch), en Bury y en el distrito de Ashton (Ashton, Stalybridge, Glossop, Hyde, Newton). Bolton tendrá que seguir pronto. Manchester debate la cuestión: no *si* ceder, sino *cuándo*. En dos o tres semanas la jornada reducida será general, con excepción de algunos ramos industriales que se hallan en posición favorable. Esto naturalmente traerá consigo la suspensión de las colectas de fondos de ayuda para los obreros que oponen resistencia en Preston. Pero incluso con cuatro días de trabajo a la semana, la producción excede aún la demanda. Basta recordar que hace menos de tres semanas los fabricantes de Preston tenían ya existencias equivalentes a veinte semanas de producción, que resultaron ser casi invendibles. La crisis industrial no tiene que comenzar todavía; ya se ha desencadenado en una medida bastante considerable.

«La reducción de la jornada de trabajo —dice *The Times*— va acompañada de una reducción de los salarios al nivel en que se hallaban antes de los aumentos recientemente conseguidos por los obreros».

«Un indigente no puede dictar condiciones; ha de tomar lo que se le ofrece», dice *The Economist* en un arrebato de sinceridad.

He declarado repetidas veces que las huelgas de los obreros, que comenzaron en un período demasiado tardío, cuando las favorables posibilidades provocadas por una prosperidad sin precedentes ya estaban otra vez desvaneciéndose, no pueden tener éxito desde el punto de vista económico, o en lo que respecta a su objetivo inmediato. Pero han cumplido su obra. Han revolucionado al proletariado industrial, y, provocadas por los alimentos caros y el trabajo barato, sus consecuencias políticas se manifestarán a su debido tiempo. Ya la mera idea de un parlamento obrero, que en realidad no significa otra cosa que el llamamiento a los obreros para que se agrupen de nuevo bajo las banderas del cartismo, ha despertado temor en la prensa burguesa. *The Economist* dice:

«El señor Ernest Jones, editor del *People’s Paper*, es considerado como el sucesor del señor Feargus O’Connor, del mismo modo que el señor O’Connor fue el sucesor del señor Hunt... Al seguir a Hunt y a O’Connor, los obreros no han obtenido más que duros golpes y grandes pérdidas; sin embargo, ponen en el sucesor de esos grandes reyes la misma confianza y esperan ser salvados ahora por Jones».

De las siguientes citas verán ustedes que los periódicos burgueses ingleses, cuando se ven espoleados por intereses de partido, como en el caso del *Morning Herald*, o cuando, como el *Morning Post*, están inspirados por un observador cínico pero perspicaz como Palmerston, saben valorar el estado actual de las cosas y cómo tratar los vulgarismos del Robinson de la prosperidad:

«Si uno escucha ahora a los fabricantes, podría suponer que su autoridad es nada menos que divina y que la seguridad del Imperio depende de que se les permita ejercer un poder solo un poco menor que el del emperador de los franceses... Unos 60.000 obreros de Lancashire viven en este momento con una alimentación que apenas basta para mantener unidas el alma y el cuerpo, sin abrigar siquiera un pensamiento de saqueo ni de violencia, pese a que residen en ciudades que, por la tacañería de los fabricantes, carecen de toda protección policial. Tengan o no razón, estos hombres han respaldado virilmente sus opiniones y a sus dirigentes, y no sería fácil encontrar otro ejemplo de un movimiento llevado a cabo de manera tan pacífica y tan eficaz al mismo tiempo.» (*Morning Herald*)

«Nuestros economistas alababan la abrumadora bendición que, más espléndida que todos nuestros sueños, se derramaría sobre nosotros como resultado del librecambio; pero el invierno está ante nosotros, la peste solo aguarda el retorno de la primavera, y precisamente ahora, cuando nuestros pobres necesitan más urgentemente más alimento y vestido para robustecerse físicamente hasta el punto de poder resistir las enfermedades —precisamente en un momento así, se ven aplastados por los precios sin precedentes de todos los artículos de primera necesidad. Nada se ve de la leche y la miel que debían hacer rico al país; y todo parece indicar que cuanto se ha afirmado sobre la persistencia de la baratura y la abundancia pertenece manifiestamente a las mil ilusiones difundidas entre el pueblo, con las que se ha engañado a la sociedad... La sociedad inglesa es una comunidad sucia, apestada, inmoral, ignorante, cruel, desmañada, descontenta y extraordinariamente pobre.»

Tal es el lenguaje de la *Morning Post*, periódico de salón y órgano oficioso de Mylord Palmerston.

Carlos Marx