Karl Marx

La victoria rusa -

La situación de Inglaterra y Francia

[De la “New-York Daily Tribune” nº 3961 del 27 de diciembre de 1853]

Londres, martes, 13 de diciembre de 1853

“Con gran sorpresa del sultán, a pesar de la presencia de las flotas francesa e inglesa en el Mar Negro, uno de sus barcos ha sido apresado impunemente por un buque ruso. La primavera le traerá aún más sorpresas.”

Así nos lo relata el “Press” del pasado sábado. El lunes siguiente trajo consigo las “ulteriores sorpresas” que no se esperaban hasta la próxima primavera. La flota rusa ha aniquilado una escuadra turca en el Mar Negro cerca de Sinope: tal es el contenido de un despacho ruso fechado el 5 de diciembre desde Odesa, confirmado después por el “Moniteur” francés. Aunque no conocemos todavía los detalles exactos de este incidente, sí está claro que el informe ruso exagera enormemente los hechos. Todo se reduce a un inesperado ataque por sorpresa contra algunas fragatas turcas y cierto número de transportes con tropas, víveres, municiones y armas a bordo, destinados a Batum; los efectivos rusos eran muy superiores en número a los turcos y, sin embargo, éstos no se rindieron hasta después de una hora de desesperada lucha.

“Nuestra flota —escribe el ‘Engländer’ <A. Richards>— no está allí, en todo caso, para impedir que los rusos ataquen a Turquía. La flota no está allí para oponerse a los transportes rusos de tropas y armas hacia el Cáucaso. La flota no está allí para vigilar que el Mar Negro no se convierta en un lago interior ruso. La flota no está allí para ayudar a nuestro aliado o para salvarlo de la ruina. La flota no está allí para impedir un segundo Navarino según el famoso modelo… A los almirantes rusos, según hemos de suponer, les está permitido maniobrar a tiro de cañón de Constantinopla, y la flota inglesa no intervendrá, igual que el propio lord Aberdeen. ¿Tolerará por mucho tiempo el pueblo bromas tan costosas?”

El gabinete de coalición está irritado porque el zar ha derrotado a los turcos por mar y no en terra firma <tierra firme>. Una victoria así le habría resultado más grata. Los éxitos navales rusos podrían socavar su posición, y esto precisamente en un momento en que el conde Buol asegura al sultán que el zar alberga intenciones estrictamente defensivas, y en que lord Redcliffe quiere imponer al sultán un armisticio de tres meses. Resulta directamente un placer observar cómo los distintos órganos de prensa del gabinete de coalición se reparten la tarea de apaciguar a la opinión pública excitada.

El “Times”, en representación de todo el gabinete, expresa su indignación general ante la ingratitud del zar y se aventura incluso a proferir algunas amenazas.

El “Morning Post” es, por supuesto, aún más belicoso y da a entender a sus lectores que el “desagradable” incidente de Sinope jamás habría ocurrido si lord Palmerston hubiera sido primer ministro o, al menos, ministro de Asuntos Exteriores.

“Cuanto menos —dice el ‘Morning Post’— está claro que fuerzas navales rusas enviadas a operar en la costa turca pudieron asestar a la Puerta un golpe inesperado y sensible, precisamente en la zona donde el Diván tenía todas las razones para esperar ver entrar en acción la ayuda anunciada por los aliados, si realmente se pretendía algo tangible, algo que fuera más allá de meras demostraciones. A nuestro juicio, difícilmente podrá sostenerse que el Mar Negro sea un escenario adecuado para una nueva escena de la comedia diplomática representada en los Principados danubianos bajo el título de ‘garantías materiales’. Los rusos, por tanto, como cabe suponer, han abandonado la hipocresía de su actitud defensiva. Es sumamente lamentable que nuestra” (léase de Aberdeen) “política vacilante haya podido llegar tan lejos como para causar grave perjuicio a nuestro aliado y atraernos el merecido reproche por ello. Sería una vergüenza y una deshonra eternas para nosotros que una desgracia semejante volviese a ocurrir sólo porque nuestros navíos de guerra no prestaron la acción de socorro para la que habían sido expresamente enviados.”

El filosófico “Morning Chronicle”, órgano especial de los peelitas, no considera improbable

“que la potencia que perturbó la paz del mundo tal vez ahora
estaría dispuesta a poner fin a la guerra”.

Con el pretexto de “no querer oponerse a la libre resolución” de los hospodares Stirbey y Ghika de abandonar la administración de los Principados danubianos de Moldavia y Valaquia, el emperador Nicolás traspasó sus funciones, por rescripto del 8 de noviembre, al general von Budberg, quien, no obstante, queda bajo la supervisión del príncipe Gortschakow.

El hecho de que Inglaterra empuje a Turquía a un armisticio precisamente en el momento en que ello le proporciona al zar tiempo para concentrar sus tropas y trabajar en la disolución de la fingida alianza entre Francia e Inglaterra; las simultáneas intrigas de Nicolás contra Bonaparte, a quien quiere derrocar y reemplazar por Enrique V; y, en fin, la tan cacareada “fusión” de las dos ramas de los Borbones, promovida conjuntamente por el rey Leopoldo, el príncipe Alberto y los príncipes de Orléans: todas estas circunstancias vuelven a atraer la atención del público hacia el castillo de Windsor y despiertan la sospecha de una conspiración secreta con las cortes de Bruselas, Viena y San Petersburgo.

“La generación inglesa actual —dice el aristocrático ‘Morning Herald’— debería vigilar que la política de su país no quede subordinada a sueños de restauración orleanista, a miedos anexionistas belgas y a intereses alemanes de lo más mezquino.”

“Lloyds Weekly Newspaper” deja entrever: “Hay conspiradores a quienes el Ministerio del Interior no vigila, conspiradores cuyos nombres brillan como estrellas en una noche de helada en la lista de la corte (sección del ‘Times’). No viven en St. John’s Wood, ni en Chelsea. No, gozan de mayores comodidades en los salones de Claremont. Uno de esos conspiradores, visitante asiduo de nuestra graciosa reina, al que por cortesía se llama duque de Nemours, partió de su hogar inglés directamente hacia Frohsdorf para tender aquel puente, es decir, salvar el abismo que separa a los Borbones de Francia. Sin duda regresará y volverá a consumir su venado en el palacio de Buckingham o en el castillo de Windsor.”

“Sus ministros —escribe el corresponsal en París del ‘Leader’— hacen lo que Victoria les ordena. La reina Victoria quiere lo que el rey Leopoldo quiere. El rey Leopoldo pide lo que el emperador Nicolás pide, de modo que Nicolás es, de facto, hoy rey de Inglaterra.”

La posición de Bonaparte es en este momento más crítica que nunca, aunque a primera vista sus posibilidades de fortuna nunca han parecido más favorables. Ha logrado colarse en el círculo de las majestades europeas. Lo que Nicolás perdió en prestigio, lo ha ganado Bonaparte. Por primera vez en su vida se ha vuelto “respetable”. Inglaterra, la misma potencia que, coaligada con Rusia, derribó a su tío de su poderoso trono, ha tenido que prestarse a una aparente alianza con él contra Rusia. Las circunstancias le han convertido casi en el árbitro de Europa. La perspectiva de una guerra europea, que traería consigo movimientos insurreccionales en Italia, Hungría y Polonia —países cuyos pueblos, que tienen los ojos puestos casi exclusivamente en la recuperación de su independencia nacional, no mirarían con demasiado detenimiento de qué campo les viene la ayuda—, todas estas posibilidades parecen permitir al hombre del 2 de diciembre dirigir la danza de los pueblos, si fracasara en su intento de erigirse en el pacificador de los reyes. Los descomunales errores de sus predecesores han dado a su política incluso una apariencia de vitalidad nacional, pues al menos despierta recelos en las potencias, mientras que aquéllos, desde el Gobierno provisional hasta los “burgraves” de la Asamblea Legislativa, no habían conseguido otra cosa que temblar ante todo y ante todos.

Pero examinemos ahora la otra cara de la moneda. La fusión de las dos ramas de la dinastía de los Borbones, sea cual fuere su valor real, se ha consumado bajo los auspicios de las cortes de Londres y Viena y a instancias del emperador Nicolás. Ha de considerarse, por tanto, como el primer acto de una Santa Alianza dirigida contra Bonaparte. Por otra parte, ha reconciliado por el momento a los diferentes partidos de la burguesía francesa, cuyas discordias les impidieron precisamente, de 1848 a 1851, oponerse a la usurpación del héroe de Estrasburgo y Boulogne. Por su parte, los republicanos azules, que se reúnen en casa del señor Carnot, han decidido casi unánimemente que ayudarán a los legitimistas en cualquier intento de derribar a Bonaparte. Estos caballeros parecen firmemente decididos a recorrer de nuevo el ciclo tradicional: de la restauración, pasando por la monarquía burguesa, a la república. Para ellos la república nunca significó otra cosa que “ôte-toi de là que je m’y mette” (“quítate de ahí para que yo pueda ocupar tu puesto”), y si no pueden ocupar ellos mismos el sitio de su rival, al menos quieren infligirle lo que consideran el castigo más duro: la pérdida de ese puesto. Los papeles que hay que representar ya están repartidos. Ya están nombrados generales, ministros y todos los altos funcionarios. El peligro que amenaza a Bonaparte por este lado es una revuelta militar que, aunque no conduzca a la restauración de los Borbones, siempre podría ser la ocasión para una insurrección general. Sin embargo, en última instancia, esta conspiración a lo Malet, que depende del apoyo de los cosacos, no es más peligrosa que la conspiración de Ledru-Rollin, que depende del apoyo de los turcos. De pasada quiero señalar que, si se reuniera toda la emigración francesa de Londres y Jersey, Ledru apenas se atrevería a presentarse ante ella. La gran mayoría de los emigrados franceses pertenece a diferentes fracciones del partido socialista y se ha unido en la Société des proscrits démocrates et socialistes (Sociedad de los proscritos demócratas y socialistas franceses en Londres), que se enfrenta con abierta hostilidad a las pretensiones de Ledru. Se dice que aún conserva cierta influencia entre los campesinos franceses, pero el poder debe conquistarse en París, no en los departamentos, y en París se encontrará con una resistencia que él no es hombre de superar.

Los graves peligros a los que ha de hacer frente Bonaparte provienen de un lado totalmente distinto, a saber, de los altos precios de los artículos de primera necesidad, de la paralización del comercio y del agotamiento extremo y la decadencia total del tesoro imperial. Fue el campesinado quien, en su fe ciega en la fuerza mágica del nombre de «Napoleón» y en las áureas promesas del héroe de Estrasburgo, le impuso primero a Francia. Para él, la reinstauración de los Bonaparte equivalía al restablecimiento de su propia preponderancia, después de que la Restauración abusara groseramente de él, la monarquía de Julio lo convirtiera en objeto de especulación y la República le hiciera pagar los costes de la revolución de Febrero. Ahora los campesinos han sido mejor enseñados, no sólo por hallarse entregados a la arbitrariedad de los soldados, sino también por el hambre. Los incendios intencionados son en este momento en Francia más frecuentes que nunca.

La burguesía fue lo bastante insensata como para acusar a la Asamblea Nacional de haber provocado, con las disputas e intrigas de sus distintas fracciones y con su oposición común contra el poder ejecutivo, el estancamiento comercial pasajero de 1851. La burguesía no sólo abandonó a sus propios representantes, sino que provocó deliberadamente el golpe de Estado con el propósito de restaurar lo que ella llamaba un «gobierno fuerte» y, sobre todo, «relaciones comerciales sanas». Ahora ha descubierto que las crisis industriales no pueden ser impedidas por un despotismo militar, ni tampoco atenuadas tensando el crédito público hasta el máximo y agotándolo con los gastos más despilfarradores, con lo cual la crisis financiera se convierte en el acompañamiento inevitable de la crisis comercial. Por eso la burguesía anhela, una vez más, un cambio del poder gubernamental que le otorgue por fin un «gobierno fuerte» y «relaciones comerciales sanas». En cuanto a los proletarios, desde un principio aceptaron a Bonaparte sólo como una necesidad transitoria, como el destructor de la république cosaque (república cosaca) y como su vengador contra el Partido del Orden. Debilitados por derrotas sucesivas, antes del 2 de diciembre, y plenamente ocupados consigo mismos en 1852 y 1853, tuvieron tiempo de esperar a que se presentara la oportunidad en que causas de carácter general y un descontento que se extendía ampliamente entre todas las demás clases les permitieran reanudar su obra revolucionaria.

El siguiente informe comercial de París arrojará algo de luz sobre la situación social de Francia:

«La situación de los asuntos comerciales en París durante la última semana no es satisfactoria... Con excepción de los fabricantes que preparan regalos de Año Nuevo para los pequeños comerciantes y de aquellos que se ocupan de la sastrería para señoras, el comercio parece haber llegado a una paralización completa. Una causa importante de ello es el encarecimiento de los artículos de primera necesidad en las provincias, que impide a la masa de la población hacer sus compras habituales. La cosecha de trigo, la de castañas y la vendimia se malograron simultáneamente en los departamentos centrales de Francia, y los campesinos, obligados a hacer sacrificios para comprar pan, renuncian a todo, con excepción de los artículos de más urgente necesidad. Los informes de provincias indican que la mayor parte de los artículos de algodón ofrecidos en venta en las últimas ferias no encontraron compradores, lo que explica de por sí el estancamiento del comercio que se hizo visible en Ruán. En la actualidad, la exportación se reduce a los Estados sudamericanos. Los mercados de Nueva York y Nueva Orleans están saturados de productos franceses y, en consecuencia, no se esperan pedidos de aquellas regiones. Las casas que en general fabrican para Bélgica y Alemania han suspendido casi por completo sus trabajos, puesto que han cesado todos los pedidos de sus corresponsales extranjeros. Es forzoso que los negocios en París estén paralizados cuando el Banco de Francia se ve obligado a constatar, en estos momentos, que la suma total de las letras de cambio presentadas al descuento ha disminuido notablemente. El mercado de cereales, que llevaba diez días flojo y registraba precios en baja, se ha animado, y los comerciantes de trigo temen menos no dar salida a sus existencias. Los panaderos han mostrado mayor disposición a comprar harina, y varios compradores de los departamentos orientales han puesto fin de manera definitiva a las tendencias descendentes de los precios. Como los agentes de cereales de París no estaban en situación de ejecutar todos los pedidos recibidos el pasado miércoles, los compradores se dirigieron a El Havre, donde recientemente se había comunicado una baja de 2 francos por barril. La harina subió inmediatamente después de la llegada de los compradores de 44 a 47 francos por barril, y el trigo de 83 a 86 francos por cada 200 kilogramos. Un alza semejante se produjo en los mercados de todo el departamento del Norte. El mercado de cereales de Estrasburgo ha sido bien abastecido, y el trigo ha bajado 1 franco por hectolitro. En Lyon el mercado se mantuvo tranquilo, pero sin retrocesos de precios; el centeno ha vuelto a subir en París. Se vendieron 12.000 quintales métricos de avena a 22 francos 9 sous los 100 kilogramos. De un informe de Marsella del 2 de diciembre se desprende que 341 buques con 804.270 hectolitros de trigo a bordo arribaron a aquel puerto entre el 1 y el 30 de noviembre. Con ello, la importación de trigo en los últimos cuatro meses ascendió a 2.102.467 hectolitros, introducidos en Marsella por 714 buques.»

Karl Marx