Por Karl Marx

La dimisión de Palmerston

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Núm. 3965 del 31 de diciembre de 1853]

Londres, 16 de diciembre de 1853

La novedad más interesante e importante que trae el vapor «África» es la dimisión de lord Palmerston como miembro del ministerio de coalición presidido por lord Aberdeen. Es una obra maestra de este táctico sin escrúpulos y consumado. Los periódicos londinenses que sirven de portavoz al ministerio informan con insistencia a la opinión pública de que la cuestión oriental no tiene la culpa del acontecimiento, sino que su señoría, como guardián concienzudo y fiel de la constitución británica, abandona el cargo porque no puede dar su aprobación a una reforma parlamentaria, aun cuando esta no tenga más que las dimensiones insignificantes que corresponden a un whig del tipo de lord John Russell. Con esta justificación oficial ha tenido a bien comunicar también su dimisión a sus colegas de la coalición. Pero se ha cuidado de suscitar en el público una impresión distinta, y así, a pesar de todas las declaraciones de las hojas oficiosas, se ha difundido la opinión general de que el proyecto de reforma no suministra sino el pretexto, y que la verdadera causa es la política rusa del gabinete. En este sentido escribían, desde hace algún tiempo y sobre todo después de la clausura de la última sesión parlamentaria, todos los periódicos que representan sus intereses. Tocaban en distinta tonalidad y de distinta manera, pero siempre la misma melodía: cómo lord Palmerston luchaba en vano contra la influencia del primer ministro y se resistía con vehemencia al papel indigno que se le imponía en el drama de Oriente. Sin cesar se difundían rumores sobre la escisión del ministerio en dos grandes bandos, y nada se descuidaba para preparar al público británico a que el caballeroso vizconde daría una prueba de la energía que lo caracteriza. Cuando el espectáculo estuvo preparado, dispuesta la mise en scène, el noble lord, que ya estaba detrás del telón, eligió con asombrosa perspicacia el momento oportuno en que su aparición en el escenario produciría el efecto más sorprendente y eficaz.

Lord Palmerston se separa de sus amigos de la coalición justo en el instante en que Austria acepta ávidamente la propuesta de organizar nuevas conferencias; en que el zar extiende cada vez más su red de intrigas y guerra, provoca un choque armado entre serbios y bosníacos y amenaza con la destitución al príncipe reinante de Serbia si este insiste en permanecer neutral en el conflicto; en que los turcos, que confiaban en la presencia de la flota francesa e inglesa, tienen que lamentar la destrucción de una flotilla y la aniquilación de 5.000 hombres por una flota rusa tres veces más poderosa; en que capitanes rusos pueden pisotear impunemente las leyes británicas en puertos británicos y a bordo de barcos británicos; en que las intrigas dinásticas de la «reina inmaculada» <Victoria> y de su «príncipe consorte alemán» <Alberto> se han hecho patentes desde hace mucho tiempo; y, en fin, en que el pueblo inglés, embotado, cuyo orgullo nacional ha sido ofendido en el extranjero y que en el propio país se ve asolado por huelgas, hambrunas y estancamiento comercial, empieza a adoptar una actitud amenazadora y no tiene con quién vengarse sino con su propio y miserable gobierno. Al retirarse en semejante momento, lord Palmerston arroja toda la responsabilidad de sus propios hombros sobre los de sus antiguos colegas. Su paso se convierte en un gran acontecimiento nacional. Se transforma de repente en el representante del pueblo, que se levanta contra el gobierno del que sale. Con ello no sólo salva su propia popularidad, sino que hace a sus colegas todavía más impopulares. El inevitable colapso del actual ministerio aparece como obra suya, convirtiéndose así en miembro necesario de cualquier gobierno que le suceda. No sólo abandona a su suerte un gabinete condenado a muerte, sino que también se impone de inmediato al siguiente.

Lord Palmerston, sin embargo, no salva sólo su popularidad y se asegura un lugar preeminente en el nuevo gobierno, sino que, al retirarse en este momento sumamente crítico, favorece también directamente la causa de Rusia. La diplomacia rusa se ha burlado desde hace tiempo del espíritu vacilante del gabinete de coalición; a Bonaparte, a causa de su predilección por los Orléans y los Coburgo, siempre le ha parecido sospechoso; incluso en Constantinopla se empieza a comprender su debilidad traidora y pusilánime; ―ahora este ministerio perderá también el resto de influencia que aún haya podido tener en el concierto de las naciones. Un gobierno dividido e impopular, en el que no confían los propios amigos y al que no respetan los enemigos, un gobierno considerado puramente provisional, cuya disolución puede sobrevenir en cualquier momento, de cuya existencia real se duda incluso ―semejante gobierno es el menos apto para dar peso a la influencia de Gran Bretaña entre las demás potencias de Europa. La dimisión de lord Palmerston convierte al ministerio de coalición, y con él a Inglaterra, en una nulidad en lo que concierne a la política exterior; y jamás ha tenido la desaparición de Inglaterra de la arena política, aunque sea sólo por una o dos semanas, una importancia tan inmensa para el déspota ruso. El elemento conciliador ha vencido al belicoso en los círculos dominantes de Inglaterra. Así se interpretará la dimisión de lord Palmerston en las cortes de Berlín, París y Viena; y esta interpretación se le impondrá al Diván, cuya confianza en sí mismo ya está conmocionada por el último éxito ruso y que tiene que reunirse ante los cañones de las flotas unidas.

No debe olvidarse que lord Palmerston, desde que se convirtió en miembro del ministerio de coalición, ha limitado su actividad pública en política exterior a la notoria conspiración de la pólvora y a la utilización, consentida por él, de la policía inglesa como espía contra los refugiados políticos, así como a un discurso en el que, en tono de burla, presentó como insignificante la obstrucción de la navegación en el Danubio realizada por los rusos; y, por último, al solemne discurso con el que despidió al Parlamento y en el que aseguró a la Cámara de los Comunes que el gobierno había actuado de manera irreprochable en las complicaciones orientales, que los diputados podían irse tranquilamente, pues los ministros permanecían en sus puestos; al mismo tiempo garantizaba además «el honor y el carácter del emperador de Rusia».

Aparte de las causas generales que hemos enumerado, lord Palmerston tenía aún un motivo especial para sorprender al mundo con este último acto de abnegación patriótica: le han descubierto el juego. Su prestigio empieza a menguar, se da a conocer al público su carrera anterior. Al pueblo inglés, que aún no había abierto los ojos ni con la confesa participación de Palmerston en la conspiración del 2 de diciembre que derribó la República Francesa ni con su comedia de la conspiración de la pólvora, lo han despertado las revelaciones del señor David Urquhart, quien ha vapuleado de lo lindo a Su Señoría. El señor Urquhart, en su obra recientemente aparecida «El avance de Rusia», en artículos de la prensa inglesa y, sobre todo, mediante discursos en mítines antirrusos por todo el reino, ha asestado un golpe a la reputación política de Palmerston que la historia futura no hará sino confirmar. Nuestra propia labor en pro de la justicia histórica contribuyó, mucho más de lo que esperábamos, a mostrar a la opinión pública inglesa bajo una nueva luz a este hombre de Estado hábil en los negocios y artero.

De manera completamente inesperada nos enteramos desde Londres de que el señor Tucker ha reimpreso allí 50.000 ejemplares del extenso artículo en el que, hace unos dos meses, arrancamos la máscara del rostro de Su Señoría y mostramos su carrera política bajo la luz adecuada. El cambio de humor de la opinión pública no es precisamente grato para el noble lord, y quizá crea poder escapar a la creciente ola de reproches o reprimirla mediante su actual golpe de efecto. Predecimos que este golpe no le saldrá bien a lord Palmerston y que su dilatada carrera en la vida pública encontrará muy pronto un fin sin gloria y aciago.