Karl Marx

El caballero de la conciencia noble

Aparecido como folleto en enero de 1854 en Nueva York.

Escrito aproximadamente entre el 21 y el 28 de noviembre de 1853.

El hombre de la guerra pequeña (véase Decker, *Teoría de la guerra pequeña*) no necesita ser un hombre noble, pero sí ha de tener una conciencia *noble*. La conciencia noble, según Hegel, se trueca necesariamente en la *bajeza*. Este trueque lo explicaré a partir de las efusiones del señor Willich —Pedro el Ermitaño y Walther de Nada en una sola persona—. Me ciño al *Cavaliere della Ventura* <aventurero, caballero de fortuna>; a los *Cavalieri del dente* <gorrones> que están detrás de él los dejo librados a su misión.

Para inculcar desde un principio que la conciencia noble acostumbra expresar la verdad en el sentido «superior» mediante la mentira en el sentido «corriente», el señor Willich comienza su respuesta a mis «Revelaciones» con las palabras:

«El Dr. Karl Marx dio en la 'Neu-England-[Zeitung]' y en la 'Criminal-Zeitung' un informe sobre el proceso de los comunistas de Colonia.»

Nunca he dado a la «Criminal-Zeitung» informe alguno sobre el proceso de los comunistas de Colonia. Es sabido que yo di a la «Neu-England-Zeitung» las «Revelaciones» y el señor Willich dio a la «Criminal-Zeitung» *Las autoconfesiones de Hirsch*.

En la pág. 11 de las «Revelaciones» se dice: «Del recuento de los documentos sustraídos al partido Willich-Schapper y de los datos de esos documentos se sigue que este partido, aunque advertido por el asalto de Reuter, encontró todavía continuamente medios para que se le robaran documentos y llegaran éstos a la policía prusiana.» En la pág. 64 se recapitula este pasaje.

«El señor Marx —responde el señor Willich— sabe muy bien que esos mismos documentos estaban en su mayoría falsificados, en parte inventados.»

En su *mayoría* falsificados; por tanto, no *enteramente* falsificados. En *parte* inventados; por tanto, no enteramente inventados. El señor Willich confiesa, pues: antes y después del robo de Reuter, documentos pertenecientes a su fracción encontraron el camino hacia la policía. Como yo afirmo.

La nobleza del señor Willich consiste ahora en husmear, detrás del *hecho correcto*, una *conciencia falsa*. «El señor Marx sabe.» ¿De dónde sabe el señor Willich lo que el señor Marx sabe? De algunos de los documentos en cuestión sé que son auténticos. De ninguno de ellos sé que durante las vistas del proceso resultara estar falsificado o inventado. Pero yo habría *debido* saber «más», puesto que «un tal Blum, el relator que se hallaba en el entorno inmediato de Willich, era [relator] de Marx». Blum florecía, pues, en el entorno inmediato de Willich. Tanto más se mantuvo alejado de mí. Lo que sé de Blum, a quien nunca he hablado, ni siquiera por alusiones veladas, se limita a que Blum es ruso de nacimiento y zapatero de oficio, que figuró también como Morrison <inventor de las «píldoras Morrison», purgante>, que jura por las píldoras Morrison de Willich y que ahora probablemente se encuentra en Australia. Sobre la eficacia de los misioneros de Willich-Kinkel fui notificado desde Magdeburgo, no en Londres. La conciencia noble pudo ahorrarse, por tanto, la operación en todo caso penosa de difamar públicamente a uno de sus hijos en la fe, por mera sospecha.

Primero la conciencia noble me atribuye mintiendo un relator imaginario; luego me niega mintiendo una carta real. Cita: «Página 69 de las Revelaciones, observación A, *de* la carta *fingida* de Becker.»

El señor Willich es demasiado noble para suponer que «un hombre de espíritu y carácter», como Becker, pueda desconocer el espíritu y el carácter en un hombre como Willich. Transforma por ello la carta de Becker en una carta fingida y a mí en un falsificador. Por nobleza, se entiende. La carta fingida existe todavía en posesión del abogado Schneider II. Yo la envié a la defensa a Colonia en tiempos del proceso, porque refuta toda participación de Becker en las locuras de Willich. No sólo está la carta escrita por Becker: los matasellos de Colonia y Londres confirman su fecha de envío y de recepción.

«Pero antes, la señora Kinkel escribió una larga carta rectificatoria dirigida a mí» (Willich); «Becker, en Colonia, se encargó del envío. Le comunicó a ella que la carta había sido enviada…, yo nunca la he visto. ¿La ha *guardado* el *señor Marx*, Becker o el correo?»

El correo no, ha demostrado Willich. ¿Acaso Becker? Mientras estuvo en libertad, ningún Willich le preguntó al respecto. Luego «el señor Marx». El señor Willich me hace, a su silenciosa manera, publicar las cartas que Becker *no* me escribe y sustraer las que me confía para su envío. Lástima que Becker tuvo la amabilidad de *no* molestarme *jamás* con la comisión de epístolas, ya fueran de la señora Johann <aludiendo a Gottfried y Johanna Kinkel>, ya del señor Johann Gottfried. Preguntas a Becker de contenido tan indiferente no las estorba ni la prisión ni el gabinete negro. El señor Willich se sumerge, mintiendo, en la insinuación sórdida, por el puro propósito de inflamar hacia la virtud y de presentar la afinidad electiva entre los buenos, entre los Kinkel y los Willich, como victoriosa sobre todo arte de separación de los malos.

«La posición de partido dentro del proletariado entre el partido Marx y Willich-Schapper, según la denominación del *señor Marx, no la mía*.»

La conciencia noble tiene que probar la modestia propia mediante la arrogancia ajena. Convierte por ello la «*denominación del acta de acusación de Colonia*» (véase pág. 6 de las «Revelaciones») en «*denominaciones del señor Marx*». Por modestia convierte igualmente la posición de partido dentro de una determinada sociedad secreta alemana, de la que yo hablo (véase l. c.), en la «posición de partido dentro del proletariado».

«Cuando Techow llegó a Londres en el otoño de 1850, —Marx *hizo* que Dronke le escribiera que Techow había hecho sobre mí las *manifestaciones más despectivas*; la carta fue leída en voz alta. Llegó Techow, nos sinceramos como hombres el uno frente al otro, ¡¡las comunicaciones hechas en la carta eran inventadas!!»

Cuando Techow llegó a Londres, *yo* me hice escribir por Dronke, recibí la carta, la leí, y *luego* llegó Techow. La falsa *consecutio temporum* <sucesión de tiempos> refleja la perplejidad de la conciencia noble que intenta producir un falso nexo causal entre mí, la carta de Dronke y la llegada de Techow. En la carta de Dronke <no hallada hasta hoy>, que por lo demás está dirigida a Engels y no a mí, reza el pasaje criminal textualmente:

«Hoy he ablandado un poco a Techow, aunque en ello caí con él y con Schily —*Schily se encuentra en este momento en Londres*— en una disputa violenta y él declaró que los ataques a Sigel los consideraba como una broma personal de Willich, a quien incidentalmente le niega también el más *mínimo* talento militar.»

Dronke no habla, pues, de las manifestaciones más despectivas de Techow en general, sino de sus manifestaciones despectivas sobre el talento militar del señor Willich. Si Techow declaró, por tanto, algo por *inventado*, no fueron las comunicaciones hechas en la carta de Dronke, sino las comunicaciones de la noble conciencia sobre las comunicaciones de Dronke. Techow no ha modificado en Londres su concepción suiza del talento militar del señor Willich, aunque sí tal vez otras opiniones que poseía sobre el falso asceta. Mi vinculación con la carta de Dronke y la llegada de Techow se limita, pues, a que yo leí la carta de Dronke, como, en mi calidad de presidente de la autoridad central, tenía que leer todas las cartas. Así, entre otras, una carta de Karl Bruhn <no hallada hasta hoy>, en la que éste también se chanceaba del talento militar de Willich. El señor Willich estaba entonces convencido de que yo *hice* que Bruhn escribiera la carta. Pero como Bruhn aún no ha partido para Australia como Techow, el señor Willich suprime cautelosamente «*esta prueba de mi táctica*». Así tuve que leer una carta en la que Rothacker escribe:

«A cualquier otra comunidad —, pero a *ésta* [a saber, la de Willich] *jamás* — quiero pertenecer.»

Cuenta cómo, por simple oposición a las opiniones de Willich sobre «los llamativos armamentos de Prusia», sufrió la suerte de que uno de los satélites de Willich «exigió su *inmediata expulsión de la Liga —, y otro quiso que se nombrara una comisión para indagar cómo era que ese Rothacker había entrado en la Liga, que eso era sospechoso*».

El señor Willich estaba convencido de que yo *hice* que Rothacker escribiera la carta. Pero como Rothacker, en lugar de cavar oro en Melbourne, publica un periódico en Cincinnati, el señor Willich volvió a encontrar apropiado privar al mundo de esta otra «prueba de mi táctica».

La conciencia noble, por su naturaleza, tiene que experimentar en todas partes goce en sí misma y encontrarse en todas partes reconocida. Si por tanto encuentra negada su feliz opinión de sí, si Techow le niega el talento militar o Rothacker la capacidad política o Becker lo declara lisa y llanamente «*tonto*», estas experiencias antinaturales tienen que explicarse pragmáticamente a partir de la contraposición táctica de Arimán —Marx y Engels— contra Ormuz —Willich—, y la conciencia noble se confirma en consonancia en la más baja ocupación: la de incubar, empollar, mentir los secretos de esta táctica imaginaria. Vemos, dice Hegel, cómo

esta conciencia, en vez de ocuparse con lo más alto, está ocupada con lo más bajo, a saber, consigo misma.

«Estas —exclama triunfalmente el señor Willich— son algunas pruebas de la táctica del señor Marx.»

«La primera contradicción entre Marx, Engels y yo se puso de manifiesto cuando los hombres de la revolución presentes en Londres, que habían tenido un círculo de acción más o menos grande, nos dirigieron la invitación a una asamblea. Yo quise aceptarla; exigí que nuestra posición de partido y organización quedaran aseguradas, pero que el *estallido de disensiones internas en la emigración hacia fuera* no se propagara. Fui derrotado por la votación, la invitación fue rechazada, *y desde ese día datan las repugnantes disensiones en la emigración londinense*, cuyas consecuencias *están* ahí todavía hoy, si bien es de suponer que han perdido ahora toda significación para la opinión pública.»

El señor Willich, como «partidario» en la guerra, encuentra también en la paz conforme a su misión ir de un partido a otro, y es totalmente conforme a la verdad que sus nobles apetitos de coalición fueron derrotados por la votación. La confesión es tanto más ingenua cuanto que el señor Willich intentó difundir más tarde que la emigración nos había excluido de su organización gremial. Aquí confiesa que nosotros excluimos al gremio de la emigración. Hasta aquí el hecho. Ahora su transfiguración. La conciencia noble tiene que esforzarse por demostrar que sólo por Arimán fue impedida de prevenir, mediante su noble obra, todo el mal que ha sobrevenido a la emigración. A este fin tiene que entregarse de nuevo a la mentira con tergiversación evangelista de la cronología profana (véase Bruno Bauer, «Sinópticos»). Arimán —Marx, Engels— declararon su salida de la Sociedad Obrera de Great Windmill Street y su separación de Willich en la sesión de la autoridad central del 15 de septiembre de 1850. Desde ese día se retiraron de todas las organizaciones, demostraciones y manifestaciones públicas. Es decir, desde el 15 de septiembre de 1850. El 14 de julio de 1851 fueron invitados «los hombres de renombre de todas las fracciones» a casa del ciudadano Fickler, el 20 de julio de 1851 se fundó la «Sociedad de Agitación» y el 27 de julio de 1851 el «Club de la Emigración» alemana. «*Desde* este día», en que los deseos secretos de la conciencia noble se cumplieron, «datan las repugnantes disensiones» de la «emigración londinense», comenzó la guerra librada en ambas orillas del océano entre «emigración» y «agitación», la gran guerra de las ranas y los ratones.

¿Quién me dará las palabras, quién la voz,
para contar lo grande grande y dignamente?
Pues jamás, desde el origen del mundo, se ha visto
combate más soberbio, librado con furia más salvaje;
las demás batallas, por funestas que sean,
no son sino violetas y rosas, y mi poesía
me abandona allí donde bravura y gloria de honor
resplandecen con igual fulgor en la historia de esta lucha.

(Según Bojardo, "Orlando enam[orado]". Canto 27)

La "importancia de estas repugnantes disensiones" nunca existió en la "opinión pública", sino siempre tan solo en la opinión propia de los ranirratones. Pero "las consecuencias aún perduran". La mera existencia del señor Willich en América es una consecuencia. El dinero que emigró de América a Europa en forma de empréstito regresó de Europa a América en forma de Willich. Uno de sus primeros negocios allí fue la formación de un comité secreto en ..., para asegurar el santo grial, el oro democrático, a Godofredo de Bouillon y a Pedro el Ermitaño <alusión a Gottfried Kinkel y August Willich> frente a Arnoldo Winkelried-Ruge y Melanchthon-Ronge.

Aunque los "nobles" estaban abandonados a sí mismos y, según expresión de Eduard Meyen, se hallaban unidos todos "hasta llegar a Bucher", el proceso de disgregación avanzó tan raudo no solo entre los ejércitos principales, sino en el interior de cada campo mismo, que la liga de agitación pronto quedó reducida a un septeto a medio completar, mientras que el club de la emigración, pese a la fuerza aglutinante de la conciencia magnánima, se fundió hasta la trinidad de Willich, Kinkel y el hostelero Schärttner. Incluso la trina regencia del empréstito —tan atractiva era la conciencia magnánima— cayó en algo que ni siquiera puede llamarse dualismo, a saber, en Kinkel-Willich. El señor Reichenbach era demasiado respetable para permanecer largo tiempo como tercero en semejante alianza. Ha conocido en la práctica el "carácter personal" de la conciencia magnánima.

Entre las pruebas que la conciencia magnánima proporciona acerca de la "táctica de Marx" se encuentran también sus experiencias con Engels. Intercalo aquí una carta del propio Engels.

"
Manchester
, 23 de noviembre de 1853. En la novela que el señor August Willich ha publicado para justificarse en la 'New-Yorker Criminal-Zeitung' (del 28 de octubre y 4 de noviembre), también yo tengo el honor de figurar. Me veo obligado a dejar constancia de unas palabras sobre este asunto, en lo que a mí respecta.

Que el amigo Willich, quien confunde el puro ocio con la actividad
pura
y por ello se ocupa exclusivamente del amigo Willich, poseía una excelente memoria para todo lo concerniente a su persona y llevaba una especie de registro de cada observación que, incluso entre jarana y vino, se hacía en la sociedad en relación con él, era cosa que hacía tiempo no era ningún secreto para quienes gozaban de su trato. Pero el amigo Willich siempre supo aprovechar muy bien su memoria y su registro. Una pequeña tergiversación, algunas omisiones en apariencia involuntarias lo convertían, cada vez que tales bagatelas volvían a ser tema de conversación, en el héroe del acontecimiento dramático, en el centro de un grupo, de un cuadro vivo. Tanto en el detalle como en el conjunto de la novela de Willich, la lucha gira en todo lugar y siempre en torno al inmaculado y por ello hostigado Willich. En cada episodio suelto hallamos al final al bravo Willich pronunciando un discurso, y a los malvados adversarios quebrantados, rotos, pisoteados, hundiéndose de vuelta en la conciencia de su nulidad. Et cependant on vous connaît, ô chevaliers sans peur et sans reproche!

En la novela de Willich, la época de pasión durante la cual el noble tuvo que soportar tanta injusticia de Marx, Engels y los demás impíos es, pues, al mismo tiempo una época de triunfo, en la que él pisotea victoriosamente a sus adversarios una y otra vez, y cada nuevo triunfo supera en altura a todos los anteriores. El amigo Willich se retrata, por un lado, como un Cristo doliente que cargó sobre sí los pecados de Marx, Engels y Cía., y, por otro lado, como el Cristo que vino a juzgar a los vivos y a los muertos. Estaba reservado al amigo Willich reunir dos papeles tan contradictorios
simultáneamente
en
una sola
persona. A quien representa al mismo tiempo estas dos fases, de verdad hay que creerle.

Para nosotros, que conocíamos desde hace mucho de memoria estas fantasías autocomplacientes con que un solterón entrado en años colma sus noches insomnes, solo es asombroso que todas esas idiosincrasias surjan todavía hoy en la misma forma inalterada que en el año de 1850. Ahora, a los detalles.

El amigo Willich, que convierte a los señores Stieber y consortes en agentes de una 'policía federal' alemana que ya no existe desde las caducadas historias de demagogos, y que cuenta una multitud de otros 'facta' igualmente portentosos, afirma también con su acostumbrada exactitud que yo he escrito un 'folleto' sobre la campaña de Baden de 1849. El amigo Willich, que ha estudiado con singular profundidad la parte de mi trabajo en que él aparece, sabe muy bien que jamás boté semejante 'folleto'. Lo que escribí fue una serie de artículos sobre la campaña por la constitución del Reich en la revista 'Neue Rheinische Zeitung', Hamburgo

y Nueva York 1850, en uno de los cuales publiqué mis experiencias durante la campaña del Palatinado-Baden. En este artículo figura, como es natural, también el amigo Willich, y, según dice él mismo, este artículo le fue 'muy halagüeño', pero de inmediato lo puso en conflictos con su modestia habitual, al convertirlo, por así decirlo, en 'competidor de los otros tantos grandes estadistas, dictadores y caudillos'.

¿Y en qué consistía el gran 'reconocimiento' por mi parte que ahora hace tanto bien al noble corazón de Willich? En que yo 'reconocía' al señor Willich como un jefe de batallón, bajo determinadas circunstancias muy utilizable, que en los años veinte, cuando era teniente prusiano, había adquirido los conocimientos necesarios para ello; que no carecía de aptitudes para la guerra pequeña y, en especial, para la guerra de partidas, y que, en fin, tenía la ventaja de que, como jefe de un cuerpo franco de 600 a 700 hombres, se hallaba completamente en su puesto, mientras que la mayoría de los oficiales superiores en aquella campaña estaban compuestos por sujetos que no poseían formación militar alguna o una formación completamente inadecuada a su posición. Decir que el señor Willich podía mandar 700 hombres mejor que el primer estudiante, suboficial, maestro de escuela o zapatero que se presentara es, ciertamente, ¡'muy halagüeño' para un teniente prusiano que tuvo 20 años de tiempo para prepararse! Dans le royaume des aveugles le borgne est roi. Y que en su posición subordinada cargaba con menos responsabilidad y, por tanto, podía cometer menos errores que 'sus competidores' que eran generales de división o generales en jefe, se entiende de suyo. Quién sabe si Sigel, que como 'general en jefe' no estuvo en su lugar, no habría rendido también algo como simple jefe de batallón.

Y luego la quejumbrosa lamentación del modesto Willich, que entretanto, en virtud de algunos periódicos americanos y por la vía de antigüedad, ha ascendido a 'general', probablemente por culpa mía —¡como si mi 'reconocimiento' lo hubiera puesto en peligro de convertirse también en general in partibus, y no solo en general, sino en caudillo,
estadista
y hasta
dictador
! El amigo Willich debe de haberse hecho unas representaciones singulares sobre las brillantes recompensas que el Partido Comunista tiene in petto para un pasable jefe de batallón y de cuerpos francos que se le suma.

En el artículo citado hablé de Willich solo como militar, porque únicamente como tal podía interesar al público, ya que en
'estadista'
solo se ha convertido desde entonces. Si yo hubiera albergado contra él la malicia que él cree que me posee a mí y a mis amigos, si yo hubiera tenido interés en trazar un retrato de su carácter personal, ¡cuántas historias

habría que contar! Aun limitándome únicamente al lado jocoso, ¿cómo habría omitido la historia del manzano bajo el cual él y sus besanzones habían jurado un juramento corporal de preferir morir entonando una canción antes que abandonar de nuevo el suelo alemán? ¡Cómo no habría relatado la comedia en la frontera, cuando el amigo Willich fingió que ahora aquello iba a cumplirse; cuando algunos bonachones acudieron a mí para moverme, con toda seriedad, a disuadir al bravo Willich de su resolución; cuando, al fin, Willich planteó al cuerpo reunido la cuestión de si preferían morir en suelo alemán antes que regresar al exilio; cuando, tras un largo silencio general, un único despreciador de la muerte de Besanzón exclamó: '¡Quedarse aquí!'; y cuando, para terminar, toda la compañía pasó a Suiza con gran regocijo y con armas y bagaje! ¡Qué episodio no habría constituido la historia ulterior del bagaje mismo, hoy no exenta de valor, cuando el propio Willich convoca a medio mundo a declarar acerca de su 'carácter'! Quien desee, por lo demás, más detalles sobre estas y otras aventuras, no tiene sino que dirigirse a uno cualquiera de sus 300 espartanos, que no pudieron encontrar entonces unas Termópilas. Siempre estaban dispuestos a contar los mayores escándalos a espaldas del carácter personal. Tengo testigos en abundancia.

No perderé ni una palabra acerca de la historia sobre mi 'coraje'. Descubrí para mi asombro de entonces en Baden que el coraje es una de las cualidades más vulgares, que no vale la pena hablar de ella; pero que el mero coraje bruto no vale más que la mera
buena voluntad
, y por eso ocurre muy a menudo que cada individuo singular es un héroe en coraje y, sin embargo, el batallón entero sale huyendo como un solo hombre. Un ejemplo lo ofrece la expedición del cuerpo de Willich a Karlsdorf, que está comunicada con detalle en mi relato de la campaña por la constitución del Reich.

En esta ocasión, a saber, en la noche de Año Nuevo de 1850, afirma Willich haberme dirigido un victorioso sermón moral. Como no tengo la costumbre de llevar cuenta de cómo paso de un año al otro, no puedo responder por la fecha. El sermón que Willich hace imprimir, jamás lo pronunció así.

En el comité de refugiados, se dice, yo y varios otros nos comportamos 'indignamente' con el gran hombre. ¡Shocking! Pero ¿dónde estaban entonces los victoriosos argumentos morales, si Willich, el

pisoteador de los impíos, se encontraba de pronto impotente frente a un mero 'comportamiento indigno'? No se exigirá que entre seriamente en semejantes simplezas.

En la sesión de la autoridad central, donde entre Schramm y Willich se llegó a un desafío, se dice que yo cometí el crimen de 'abandonar la habitación' con Schramm poco antes de la escena, es decir, de haber preparado toda la escena.

Antes se decía que Marx había 'azuzado' a Schramm; ahora, para variar, soy yo. Un duelo entre un viejo teniente prusiano entrenado en pistola y un comerciante que quizá jamás tuvo una pistola en la mano era, en verdad, una medida famosa para 'quitar de en medio' al teniente. Pese a todo, el amigo Willich contaba por doquier, de palabra y por escrito, que habíamos querido hacerlo fusilar.

Es muy posible —no llevo un registro de ello— que, cuando ciertas necesidades me obligan a abandonar la habitación, saliera de ella al mismo tiempo que Schramm; pero no es probable, pues de las actas de sesiones de la autoridad central de entonces, depositadas en mi poder, deduzco que Schramm y yo llevábamos el acta alternadamente aquella noche. Schramm estaba sencillamente furioso por la desvergonzada actuación de Willich y, para mayor sorpresa de todos nosotros, lo forzó a batirse en duelo. El propio Schramm no tenía, pocos minutos antes, la menor idea de que se llegaría a ello. Jamás una acción fue más espontánea. Willich vuelve a contar aquí que pronunció un discurso: «¡Tú, Schramm, abandona la habitación!». En realidad, Willich apeló a la autoridad central para que expulsara a Schramm. La autoridad central ignoró su requerimiento, y Schramm se retiró solo a instancias personales de Marx, que quería evitar un escándalo mayor. De mi parte está el libro de actas; de la del señor Willich, su carácter personal.

Friedrich Engels»

El señor Willich sigue contando cómo relató la «conducta indigna» del comité de refugiados en la asociación obrera y cómo fundamentó una moción al respecto.

«Cuando», relata la noble conciencia, «cuando la indignación contra Marx y su pandilla alcanzó el punto más alto,
yo voté
a favor de que el asunto se tratara en la
autoridad central
.
Esto
tuvo lugar.»

¿Qué tuvo lugar? ¿Los votos de Willich o el tratamiento en la autoridad central? ¡Qué generosidad! Su voz de amo arranca a sus enemigos de la indignación popular elevada al punto más alto. El señor Willich olvida la circunstancia de que la autoridad central era la autoridad
secreta
de una sociedad
secreta
, mientras que la asociación obrera era una sociedad
pública
exotérica. Olvida que, por tanto, el tratamiento del asunto en la autoridad central no podía someterse a votación en la asociación obrera, y que así la escena del samaritano, en la que él figura como héroe, no pudo producirse. El amigo Schapper lo ayudará a refrescar la memoria.

De la asociación obrera pública nos conduce el señor Willich a la autoridad central secreta y de la autoridad central a Amberes, al duelo, a su duelo con Schramm:

«Schramm llegó a Ostende acompañado de un
antiguo oficial ruso
que, según
su propio testimonio,
se había pasado a los húngaros durante la revolución húngara y que, después del duelo,
desapareció sin dejar rastro
.»

Este «antiguo oficial ruso» no es otro que
Heinrich Ludwig Miskowsky
.

«This is», se lee en uno de los testimonios del
antiguo oficial ruso,
«this is to testify, that the bearer Henri Lewis Miskowsky, a
Polish
gentleman, has served
during the late Hungarian war
1848-1849 as officer in the 46th. bataillon of the Hungarian
Honveds
, and that he behaved as such
praiseworthy
and
gallantly
.

London, November 12.1853.
L. Kossuth
, late governor of Hungary.

<Por la presente se certifica que el portador de este, el
polaco
señor Heinrich Ludwig Miskowsky,
durante la última guerra húngara
de 1848/49 sirvió como oficial en el 46.º batallón de
Honveds
húngaros y se comportó de manera
distinguida
y
valerosa
.

Londres, 12 de noviembre de 1853. L. Kossuth, antiguo regente de Hungría>»

¡Mentirosa y noble conciencia! Pero el fin es
noble
. La contraposición del bien y del mal ha de presentarse en hiriente contraste como cuadro vivo. ¡Qué grupo más artístico! A un lado, el noble, rodeado

«por Techow, hoy en Australia, Vidil, capitán de húsares francés, entonces en el exilio, hoy prisionero en Argel, y Barthélemy, conocido por los periódicos franceses como uno de los revolucionarios más resueltos».

En suma, Willich en persona, rodeado por las flores de dos revoluciones, a un lado. Al otro, Schramm, el vicio, desamparado [excepto] por un «antiguo oficial ruso», cuya participación en la

revolución húngara no es real, sino que solo tiene lugar «según su propio testimonio» y que incluso «después del duelo desaparece sin dejar rastro», es decir, que al final era el mismísimo diablo. En ejecución pictórica, la virtud se aloja en el «primer hotel» de Ostende, donde se hospeda un «príncipe prusiano», mientras el vicio «vivía con el oficial ruso en una casa particular». Parece que el oficial ruso no desapareció del todo «después del duelo», pues según el ulterior relato del señor Willich, «Schramm permaneció junto al arroyo con el oficial ruso». El oficial ruso tampoco ha desaparecido del mundo, como espera la nobleza de ánimo, según demuestra la siguiente declaración:

«
Londres
, 24 de nov. de 1853.

Bajo la fecha del 28 de oct. aparece un artículo en el 'Criminal-Zeitung' del señor Willich, en el que, entre otras cosas, describe el duelo que tuvo con Schramm en Amberes en 1850. Lamento que la descripción del mismo no haya sido entregada a la publicidad en todos los puntos conforme a la verdad. Dice: 'Se arregló el duelo, etc.; Schramm llegó en compañía de un antiguo oficial ruso, etc., que, etc., desapareció.' Esto es una falsedad. Jamás serví a Rusia, y así como a mí, podría llamarse
rusos
a todos los demás oficiales
polacos
en la lucha por la libertad de Hungría. Serví en Hungría desde el comienzo de la guerra de 1848, hasta que en 1849 sobrevino el fin en Villagos. Tampoco he desaparecido sin dejar rastro. Después de que el disparo de Schramm fallara, el cual efectuó desde el lugar con una posición de 1/2 paso contra Willich, y Willich disparara contra Schramm desde su puesto y su bala hiriera levemente a Schramm en la cabeza, yo permanecí junto a Schramm,
porque no teníamos médico
(el señor Willich había arreglado el duelo), le lavé la herida y se la vendé, sin hacer caso de siete personas que henificaban cerca de nosotros, presenciaron el duelo y podían resultar peligrosas para mí. Willich y sus nombrados acompañantes se alejaron apresuradamente del lugar, y tanto Schramm como yo nos quedamos quietos, siguiéndolos con la mirada. Pronto desaparecieron de la vista. He de señalar aún que Willich y sus acompañantes ya estaban en el terreno cuando nosotros llegamos allí, que habían marcado la distancia, en la cual Willich había tomado su posición de modo que quedaba en la oscuridad. Llamé la atención de Schramm sobre ello, dijo: déjalo correr. Schramm era valiente, impávido y completamente indiferente. Que yo me quedara
forzosamente
en Bélgica, no ha permanecido desconocido para las personas concernidas. No voy a entrar en los demás pormenores de este duelo, tan peculiar en su forma.

Heinrich Ludwig Miskowsky»

El mecanismo de relojería de la noble conciencia está accionado. Acaba de fantasear al oficial ruso, para luego hacerlo desaparecer sin rastro. En su lugar, tengo que aparecer yo ahora necesariamente como Samiel en el terreno de combate, aunque en figura incorpórea.

«A la mañana siguiente, temprano» (tras la llegada del señor Willich a Ostende) «él» (un ciudadano francés amigo) «nos mostró el 'Précurseur de Bruxelles', periódico en el que se hallaba una correspondencia privada con el siguiente pasaje:
'Varios refugiados alemanes han llegado a Brighton
. Nos escriben desde esta ciudad: Ledru-Rollin y los refugiados franceses de Londres celebrarán en estos días un congreso en Ostende con los demócratas belgas'. ¿Quién puede pretender el honor de llamar a esta idea suya propia? De un
francés
no era, pues para eso era demasiado à propos <aquí: oportuna>. Este honor le queda, sin menoscabo, al señor Marx;
pues, aunque
pueda haberlo arreglado uno de sus amigos —la cabeza es la que encuentra las ideas, no la mano.»

«Un ciudadano francés amigo» muestra al señor Willich y comp. el «Précurseur de Bruxelles». Les
muestra
lo que no existe. Ciertamente, existe un «Précurseur d'Anvers». La falsificación y el embuste sistemáticos de la topografía y la cronología constituyen una función esencial de la noble conciencia. El tiempo ideal y el espacio ideal son el marco correspondiente de sus producciones ideales.

Para demostrar que esta idea, a saber, el artículo en el «Précurseur de Bruxelles», «era de» Marx, el señor Willich asegura: «de un francés no era».
Esta
idea
no
era de un
. «Para eso era demasiado à propos.» Mon Dieu <Dios mío>, ¡una idea que el propio señor Willich solo puede expresar en francés, no iba a ser de un francés! Pero ¿a qué viene meter aquí al francés, noble conciencia? ¿Qué tiene que ver el francés con Willich y Schramm y el antiguo oficial ruso y el «Précurseur de Bruxelles»?

El portavoz del pensamiento de la noble conciencia se hace oír intempestivamente y delata que encuentra oportuno escamotear un eslabón intermedio necesario. Volvamos a remendar el eslabón.

Antes de que Schramm hubiera provocado al señor Willich al duelo, el francés Barthélemy había concertado un duelo con el francés Songeon, que debía tener lugar en Bélgica. Barthélemy eligió a Willich y Vidil como padrinos. Songeon había partido para Bélgica. El incidente con Schramm se interpuso. Ambos duelos debían celebrarse ahora en el mismo día. Songeon no se
presentó
. Barthélemy, a su regreso a Londres, afirmó
públicamente
: Songeon había provocado el artículo en el «Précurseur d'Anvers».

Durante mucho tiempo vaciló la noble conciencia, hasta que transfirió la idea de Barthélemy a sí misma y de Songeon a mí. Originariamente, como me contaron a mí y a Engels el propio Techow [tras] su regreso a Londres, estaba firmemente convencida de que yo, por mediación de Schramm, me proponía eliminar del mundo

al noble, y escribió esta idea a los cuatro vientos. Sin embargo, reflexionando más detenidamente, encontró que un táctico diabólico no podía haber tenido jamás la ocurrencia de eliminar al señor Willich mediante un duelo con Schramm. Así pues, echó mano de la idea, «que era de un francés».

Tesis: «Este honor le queda, sin menoscabo, al señor Marx».
Prueba: «Pues, aunque ello»
(
la idea
para el moralmente puro no es, naturalmente, femenina, sino asexuada) «pueda haberlo
arreglado
uno de sus amigos» (¡arreglar una idea!) —«la cabeza es la que encuentra las ideas, no la mano».
«¡Pues, aunque!»
¡Gran
«pues, aunque»!
Para demostrar que Marx «ello» lo ha
inventado
, el señor Willich supone que un amigo de Marx «ello» lo ha
arreglado
, o más bien «pueda haberlo arreglado». Quod erat demonstrandum. <Lo que había que demostrar.>

«Si», dice la noble conciencia, «si constara que Szemere, el amigo de Marx, ha traicionado la corona de Hungría entregándola al gobierno austriaco,
eso sería
una prueba contundente, etc.»

Ahora bien, lo cierto es que consta lo contrario. Pero eso no viene al caso.
Si
Szemere hubiera cometido una traición,
eso sería
para el señor Willich una prueba «contundente» de que Marx arregló el artículo en el «Précurseur de Bruxelles».
Si
la premisa
no
consta, en cambio la conclusión sí consta, y consta que, si Szemere ha traicionado la corona de San Esteban, Marx ha traicionado al propio San Esteban.

Después de que el oficial ruso ha desaparecido sin dejar rastro, reaparece el señor Willich; y precisamente en la «asociación obrera de Londres», donde

«los obreros condenaron unánimemente al señor Marx» y «al día siguiente de la salida de la asociación, en una asamblea general del círculo de Londres, lo expulsaron unánimemente de la Liga».

Pero antes

«Marx, con la mayoría de la autoridad central, tomó la decisión de trasladar esta desde Londres»

y, a pesar de las bienintencionadas reconvenciones de Schapper, de formar un círculo para sí. Según los estatutos de la sociedad secreta, la mayoría tenía el derecho de trasladar la autoridad central a Colonia y de excluir provisionalmente a todo el círculo de Willich, que frente a ella era
incapaz de adoptar acuerdos
. Sigue siendo llamativo que la noble conciencia, con su predilección por las pequeñas escenas dramáticas en las que el señor Willich desempeña un gran papel retórico, esta vez pase por alto la catástrofe misma, la escena de la separación,

deja pasar sin utilizar. La tentación era grande, pero por desgracia existe el árido protocolo y demuestra que el triunfante Cristo estuvo horas enteras sentado frente a las acusaciones de los malvados, mudo y azorado, luego de repente se escabulló, dejó en la estacada al amigo Schapper y no volvió a encontrar el habla hasta hallarse en el «círculo» de los creyentes. En passant: Mientras el señor W. proclama en América las magnificencias de la «asociación obrera unida a él por el respeto y la confianza», hasta el mismo señor Schapper ha considerado necesario retirarse provisionalmente de la asociación del señor Willich.

La conciencia magnánima se eleva por un momento desde la esfera del proceso «táctico» que le es propio hacia la teoría. Pero sólo en apariencia. De hecho, sigue dando «pruebas de la táctica del señor Marx». En la página 8 de las
«Enthüllungen»
se dice: «El partido Schapper-Willich» (el señor Willich cita Willich-Schapper) «nunca ha pretendido el honor de poseer ideas propias. Lo que le pertenece es el peculiar malentendido de ideas ajenas.» Para demostrar al público su arsenal de ideas propias, el señor W. comunica como su más reciente descubrimiento, y precisamente como una refutación de las opiniones de Engels y mías, «qué
instituciones»
<aquí en el sentido de disposiciones, medidas>
tomaría la pequeña burguesía si llegase al poder». En una circular redactada por Engels y por mí, que la policía sajona se incautó en casa de Bürgers, que apareció en los periódicos alemanes más leídos y que constituye la base del acta de acusación de Colonia, se encuentra una exposición más larga sobre los piadosos deseos de la pequeña burguesía alemana. Este es el texto del sermón de Willich. El lector compare el original y la copia. ¡Qué humano por parte de la virtud copiar al vicio, aunque sea con el «peculiar malentendido»! El estilo empeorado queda compensado por la mejorada disposición de ánimo.

En la página 64 de las
«Enthüllungen»
se dice que, en mi opinión, la Liga de los Comunistas «tenía por fin la formación, no del
partido de gobierno
, sino del
partido de oposición del futuro
». El señor Willich es magnánimo al escamotear la primera parte «no del partido de gobierno», para aferrarse a la parte posterior «del partido de oposición del futuro». De esta sesuda partición de la frase deduce que el partido de los
cazadores de cargos
es el verdadero partido de la revolución.

La restante idea «propia» que el señor Willich produce consiste en que el antagonismo práctico entre la conciencia magnánima y sus adversarios puede expresarse también
teóricamente
como «una separación de la humanidad en dos especies», los Willichs y los anti-Willichs, la

especie de los nobles y la especie de los innobles. De la especie de los nobles nos enteramos de que su característica principal consiste en
«que se reconocen entre sí»
. El aburrimiento es el privilegio de la conciencia magnánima cuando cesa de entretener con las pruebas de táctica.

Hemos visto cómo la conciencia magnánima falsea los hechos, los arregla a conveniencia o asigna a hipótesis ridículas el rango de tesis serias, todo para constatar
de hecho
que la oposición contra ella misma es lo innoble, lo vil. Hemos visto, pues, cómo toda su actividad consiste exclusivamente en inventar lo vil. El reverso de esta actividad es que convierte las complicaciones reales en las que ella misma se enreda con el mundo, por comprometedoras que parezcan, en pruebas reales de su propia magnanimidad. Para el puro todo es puro, y el adversario que mide la magnanimidad por los hechos demuestra con ello mismo que es el impuro. La conciencia magnánima, por tanto, no tiene que
justificarse
, sino solo exteriorizar su indignación moral y su asombro ante el adversario que la obliga a justificarse. De ahí que el episodio en que el señor Willich finge
justificarse
podría haberse omitido igualmente, como se convencerá cualquiera que compare mis «Enthüllungen», las confesiones propias de Hirsch y la respuesta del señor Willich. Por eso destaco aquí, solo con algunos ejemplos, a los
hombres
de la conciencia magnánima.

El señor Willich estaba menos comprometido por mis «Enthüllungen» que por las confesiones propias de Hirsch, aunque éstas estaban originalmente destinadas a glorificarlo como el redentor de sus propios enemigos. Por ello evita cuidadosamente entrar en las confesiones de Hirsch. Evita siquiera mencionarlas. Hirsch es el notorio instrumento de la policía prusiana contra el partido al que pertenezco. A este hecho contrapone el señor Willich la conjetura de que Hirsch fue
en realidad
inducido por mí para «reventar» el partido Willich.

«Muy pronto intrigó» (Hirsch) «con algunos partidarios de Marx, particularmente con un tal Lochner, para reventar la asociación. A consecuencia de ello fue observado. Se le cogió in fraganti, etc. Fue expulsado a propuesta mía; Lochner salió en su defensa y fue igualmente expulsado... Hirsch intrigó entonces, sobre todo, contra O. Dietz... La intriga fue nuevamente descubierta de inmediato.»

Que Hirsch fue expulsado como espía de la asociación obrera de Great Windmill Street a propuesta del señor Willich, lo relato yo mismo en las «Enthüllungen», pág. 67. Esta expulsión carecía de toda importancia para

mí, pues supe, lo que el señor Willich confirma ahora él mismo, que no se llevó a cabo sobre la base de hechos probados, sino por la sospecha de imaginarias intrigas de Hirsch conmigo. De ese crimen yo sabía libre a Hirsch. En cuanto a Lochner, éste exigió pruebas de la culpa de Hirsch. El señor Willich respondió que se ignoraban las fuentes de subsistencia de Hirsch. ¿Y las fuentes de subsistencia del señor Willich? preguntó Lochner. Por esa manifestación «indigna», Lochner fue citado ante un
tribunal de honor
y, como no quiso arrepentirse del pecado a pesar de todas las exhortaciones espirituales, fue «expulsado». Después de expulsado Hirsch, después de que Lochner le fue enviado detrás, Hirsch intriga

«ahora, sobre todo, contra O. Dietz con un ex criado de la policía muy sospechoso, que denunció a Dietz entre nosotros».

Stechan, escapado de una cárcel de Hannover, llegó a Londres, ingresó en la asociación obrera de Willich y denunció a O. Dietz. Stechan no era ni «sospechoso» ni «ex criado de la policía sajona». Lo que le movió a denunciar a O. Dietz fue la circunstancia de que el juez instructor le mostró en Hannover varias cartas suyas dirigidas a Dietz, secretario del comité de Willich, a Londres. Aproximadamente al mismo tiempo que Stechan se presentaron Lochner, Eccarius II, que acababa de ser puesto en libertad de la prisión de Hannover y había sido expulsado, Gimpel, perseguido por orden de busca y captura por su participación en los asuntos de Schleswig-Holstein, y Hirsch, que en 1848 había estado preso en Hamburgo por un poema revolucionario y se hacía pasar de nuevo por perseguido. Junto con Stechan formaron una especie de oposición y cometieron el pecado contra el Espíritu Santo al combatir la doctrina de fe del señor Willich en las discusiones públicas de la asociación. A todos ellos les llamó la atención que la denuncia de Stechan contra Dietz fuera respondida con la expulsión de Hirsch por Willich. Pronto abandonaron todos la asociación obrera y formaron durante un tiempo, junto con Stechan, una asociación propia. Sólo entraron en contacto conmigo
después
de su salida de la asociación del señor Willich. La conciencia magnánima delata su mentira invirtiendo las relaciones temporales y omitiendo a Stechan, el eslabón intermedio necesario pero incómodo.

Yo digo en la pág. 66 de las
«Enthüllungen»
: «Poco antes de las vistas de la Audiencia de Colonia, Kinkel y Willich enviaron a un oficial sastre <August Gebert> como emisario a Alemania, etc.».

«¿Por qué», exclama indignada la conciencia magnánima, «por qué destaca el señor Marx al
oficial sastre
?»

Yo no «destaco» al oficial sastre, como, por ejemplo, el magnánimo destaca en Pieper al «preceptor particular en casa de Rothschild», aunque Pieper perdió su puesto con Rothschild a consecuencia del proceso de los comunistas de Colonia y a cambio ganó la corredacción del órgano de los cartistas ingleses. Yo llamo al oficial sastre oficial sastre. ¿Por qué? Porque debía callar su nombre y sin embargo demostrar al señor Kinkel-Willich que conocía exactamente los datos personales de su emisario. La magnanimidad me acusa por tanto de alta traición a todos los oficiales sastre y procura asegurarse sus votos con una oda pindárica a los oficiales sastre. Por consideración a la buena fama de los oficiales sastre, oculta generosamente que Eccarius, a quien califica de uno de los cabrones expulsados, es oficial sastre, lo que no ha impedido hasta ahora a Eccarius ser uno de los mayores pensadores del proletariado alemán y conquistar autoridad entre los propios cartistas con sus artículos en inglés en el
«Red Republican»
, en las
«Notes to the People»
y en el
«People's Paper»
. De este modo
refuta
el señor Willich mis revelaciones sobre la actividad del oficial sastre enviado por él y Kinkel a Alemania.

Ahora, al caso
Hentze
. La conciencia magnánima intenta cubrir su propia posición con una embestida contra mí.

«Entre otras cosas,» (Hentze) «ha prestado a Marx 300 táleros.»

En mayo de 1849 expliqué al señor Rempel las dificultades financieras de la «Neue Rheinische Zeitung», que aumentaban con el número de abonados, ya que los desembolsos eran al contado pero los ingresos sólo podían cobrarse con retraso, y además se producían importantes pérdidas por la deserción de casi todos los accionistas a raíz de los artículos en favor de los insurrectos parisinos de junio y contra los parlamentarios de Fráncfort, los conciliadores de Berlín y los de la Unión de Marzo. El señor Rempel me remitió a Hentze, y Hentze adelantó a la «Neue Rheinische Zeitung», contra mi obligación escrita, 300 táleros. Hentze, perseguido a su vez por la policía, consideró necesario abandonar Hamm y viajó conmigo a Colonia, donde me recibió la noticia de mi expulsión de Prusia. Los 300 táleros que Hentze me había prestado, 1.500 táleros de dinero de suscripciones que recibí del correo prusiano, la prensa rápida de mi propiedad, etc., se destinaron en su

totalidad a la liquidación de las deudas de la «Neue Rheinische Zeitung» con cajistas, impresores, comerciantes de papel, oficinistas, corresponsales, personal de redacción, etc. Nadie sabe esto mejor que el señor Hentze, ya que él mismo prestó a mi mujer una maleta de viaje para empaquetar su plata, llevarla a la casa de empeños de Fráncfort y procurar así los medios para nuestras necesidades privadas. Los libros de cuentas de la «Neue Rheinische Zeitung» se encuentran en Colonia en poder del comerciante Stephan Naut, y autorizo a la conciencia magnánima para que se haga extender allí un extracto legalizado.

Después de esta digresión, al asunto.

Las «Revelaciones» no encuentran en absoluto confuso que el señor Willich fuera amigo de Hentze y recibiera apoyo de él. Encuentran confuso (pág. 65) que Hentze, en cuya casa mismo se practicó un registro y se incautaron papeles, que fue convicto de haber albergado a Schimmelpfennig en Berlín en una misión secreta y que fue «confeso» de tener conocimiento de la Liga, que este Hentze, durante la época en que el proceso de Colonia apremiaba hacia la decisión, en que la atención de la policía prusiana estaba tensada al máximo y cada alemán medianamente sospechoso en Alemania y en Inglaterra era vigilado con el mayor rigor, recibiera el permiso de las autoridades para viajar a Londres y frecuentar allí sin estorbo a Willich, y que luego llegara a Colonia para prestar «falsos testimonios» contra Becker. La época determinada confiere a la relación del señor Hentze con Willich su carácter determinado, y las circunstancias mencionadas tenían que chocar al propio señor Willich, aunque él no supiera que Hentze telegrafiaba desde Londres con la policía prusiana. Se trataba de la época. El señor Willich lo intuye correctamente y declara por eso, a su noble manera:

«Él» (Hentze) «vino a Londres antes del proceso» (eso lo afirmo yo también); «no a mí, sino a la exposición industrial».

La conciencia magnánima tiene su propia exposición industrial así como su propio «Précurseur de Bruxelles». La verdadera Exposición Industrial de Londres se clausuró en octubre de 1851; el señor Willich hace viajar a Hentze en agosto de
1852
«a ella». De este hecho pueden dar fe Schily, Heise y los demás garantes del empréstito Kinkel-Willich, a quienes el señor Hentze fue a visitar uno por uno para ganar sus votos en favor del traslado de los fondos americanos de Londres a Berlín.

Cuando el señor Hentze se detuvo en casa del señor Willich, ya estaba convocado desde hacía tiempo como testigo, no por la defensa, sino por la acusación, para las vistas judiciales de Colonia. Tan pronto como supimos que el señor Willich había instruido a Hentze para declarar ante el tribunal de Assises de Colonia
contra
Becker, «el hombre de talento y carácter» (pág. 68 de las «Revelaciones»), se hizo de inmediato la comunicación necesaria al abogado Schneider II, defensor de Becker; la carta llegó el día del interrogatorio de Hentze, el tenor de su declaración coincidió con nuestra predicción, Becker y Schneider le interpelaron
por eso
públicamente sobre su relación con el señor Willich. La carta se encuentra en las actas de la defensa en Colonia, el informe sobre el interrogatorio de Hentze en la «Kölnische Zeitung».

No razono así:
cuando
consta que el señor Hentze ha hecho esto y lo otro,
resultaría
una prueba fulminante de la actividad del señor Willich; «pues,
aunque
» el amigo Hentze «se haya encargado de hacerlo, la cabeza es la que inventa las ideas, no la mano». Esta dialéctica se la dejo a la conciencia magnánima.

Volvamos al dominio propio del señor Willich:

«Para la plena apreciación de la» (seguida por Marx)
«táctica, aún unas muestras.»

En la época de la resistencia pasiva en Hesse, del llamamiento de la Landwehr en Prusia y del conflicto simulado entre Prusia y Austria, la conciencia magnánima estaba justamente a punto de llevar a cabo una insurrección militar en Alemania, y ello mediante el envío de un «breve proyecto para la formación de comités de la Landwehr a algunas personas en Prusia» y mediante la
voluntad
del señor Willich de «ir
él mismo
a Prusia».

«El señor Marx, informado por uno de los suyos, fue quien
difundió
mi
proyectada partida
y después se jactó de haberme mistificado con cartas falsas
de Alemania
.»

¡En efecto! Becker me envió, con jocosas glosas marginales, las disparatadas cartas de Willich que éste ponía en circulación pública en Colonia. No fui tan cruel como para privar a mis amigos del disfrute de esa lectura. Schramm y Pieper se deleitaron mistificando al señor Willich con respuestas, no «de
Alemania
», sino por medio del
correo urbano de Londres
. El noble se guardará de presentar los matasellos de las cartas. Afirma «haber
recibido una
carta con letra imitada y haberla reconocido como falsa

». Imposible. Todas esas cartas estaban escritas por la misma mano. Mientras el señor Willich se «jacta» por eso de haber descubierto una letra imitada inexistente y de haber reconocido como falsa
una
carta entre varias, una de las cuales era tan auténtica a su manera como la otra, era demasiado magnánimo para reconocer la mistificación por la glorificación de su propia persona, mantenida en hipérboles asiáticas, por el modo groseramente cómico de entrar en sus ideas fijas y por la romántica exageración de sus propias arrogancias. Aunque la partida del señor Willich hubiera sido realmente seria, fue frustrada, no por mi «difusión a terceras personas», sino por hacérselo saber al propio señor Willich. La última carta que recibió, en efecto, arrojó por tierra el velo ya de por sí transparente. Su vanidad le obliga hasta este momento a declarar
falsa
la carta que lo decepcionó y
auténticas
las cartas que lo
burlaron
. ¿Cree la conciencia magnánima que, porque es virtuosa, ha de haber en el mundo bien vino y pasteles, pero ya no humor? Fue innoble por parte del noble excluir al público del disfrute de esas cartas.

«En lo que atañe a la correspondencia con Becker mencionada por Marx, lo dicho sobre ella es
falso
.»

En lo que atañe a esta falsa correspondencia y al
propósito
del señor Willich de viajar en persona a Prusia y a mi difusión a terceras personas, juzgué oportuno enviar una copia de la «Criminal-Zeitung» al ex teniente Steffen. Steffen era testigo de descargo de Becker, quien le confió en custodia todos sus papeles. Obligado por la policía a abandonar Colonia, reside ahora en Chester como maestro, pues pertenece a la innoble clase de hombres que tienen que
ganarse
la vida, incluso en el exilio. La conciencia magnánima, conforme a su naturaleza etérea, no vive del capital que no posee; ni del trabajo que no hace; vive... del maná de la opinión pública, de la
estima
ajena. Y por eso combate por ella como su único capital.

Steffen me escribe:

«
Chester, 22 de nov. de 1853

Willich está muy furioso porque comunica usted fragmentos de una carta de Becker. Califica la carta, y por tanto también los pasajes citados de ella, de
fingida
. A esta burda afirmación opongo hechos, para documentar la opinión de Becker sobre

Willich. Una noche me dio Becker con cordial risa dos cartas y me pidió que las leyera cuando yo estuviera de mal humor; el contenido me regocijaría tanto más cuanto que, por mis relaciones anteriores, estaba yo en condiciones de juzgarlas desde el punto de vista militar. En efecto, al leer esas cartas, dirigidas por August Willich a Becker, encontré altamente cómicas y singulares
órdenes de parola
(por emplear una expresión propia de la real Prusia), en las cuales el gran mariscal de campo y mesías social imparte desde Inglaterra la orden de tomar Colonia, confiscar la propiedad privada, establecer una dictadura militar artificialmente construida, introducir un código social-militar, prohibir todos los periódicos excepto
uno
, que habrá de publicar diariamente las órdenes sobre la manera reglamentaria de pensar y actuar, y una multitud de detalles más. Willich fue tan amable de prometer que,
una vez
realizada
esa faena en Colonia y en la provincia prusiana del Rin, vendría
él mismo
a separar los cabritos de las ovejas y a juzgar a los vivos y a los muertos. Willich indica que su "breve proyecto habría sido fácilmente ejecutable
si
algunas personas hubieran tomado la iniciativa" y "que habría tenido las más
trascendentales
consecuencias" (¿para quién?). Yo quisiera saber para mi instrucción qué profundos "oficiales de la Landwehr" le "explicaron eso después" al señor Willich y si esos señores, que
aparentaban
creer en "las más trascendentales consecuencias del breve proyecto", residían durante la concentración de la Landwehr prusiana en Inglaterra o en Prusia, donde debía alumbrarse la criatura. Ha estado muy fino Willich al enviar la notificación del parto y la descripción de la criatura a "algunas" personas. Sin embargo, ninguna de ellas parece haber tenido más ganas de oficiar de padrino en el bautizo que Becker, "el hombre de entendimiento y carácter". Willich envió una vez a un ayudante, llamado... <En el panfleto de Marx "Herr Vogt" se menciona aquí a Schimmelpfennig.> Este tuvo a bien honrarme haciéndome llamar, y estaba firmemente convencido de que podía enjuiciar de antemano todas las relaciones mejor que cualquiera que viera los hechos día a día cara a cara. Se formó, pues, una opinión muy pobre de mí cuando le comuniqué que los oficiales del ejército prusiano no se tendrían por dichosos de combatir bajo su bandera y la de Willich y que no estaban en modo alguno dispuestos a proclamar citissime la república willichiana. Todavía más se enfureció cuando no hubo nadie bastante insensato para querer reproducir la soflama que traía confeccionada, dirigida a los oficiales para que se declararan en el acto abiertamente partidarios de "eso" que él llamaba la democracia. Furibundo, abandonó "la Colonia esclavizada por Marx" (según me escribió) e hizo reproducir tamaña necedad en otro lugar, la envió a una multitud de oficiales, y
así
ocurrió que el casto secreto de ese astuto método para convertir en republicanos a los oficiales prusianos fue prostituido por el "Zuschauer" de la "Kreuzzeitung".

Willich declara su absoluta incredulidad de que personas del "carácter y talento de Becker" pudieran reírse de su proyecto. Declara que manifestar este hecho es una burda mentira. Si hubiera leído el proceso de Colonia, y

motivos tenía por cierto para hacerlo, habría encontrado que tanto Becker como yo hemos expresado
públicamente
el juicio sobre sus proyectos que contiene la carta publicada por usted. Si Willich deseara una correcta descripción
militar
de las circunstancias de entonces, que él modelaba según su fantasía, puedo servirle con ello.

Lamento que Willich no encuentre sólo en Weydemeyer y Techow antiguos camaradas que niegan a su genialidad militar y a su aprehensión práctica de las relaciones la admiración deseada.

W. Steffen»

Pasemos ahora a la «muestra final de la táctica de Marx».

El señor Willich ofrece una descripción fantástica de un banquete de febrero celebrado en 1851, organizado por Louis Blanc como una contramanifestación contra el banquete de Ledru-Rollin y contra la influencia de Blanqui.

«El señor Marx, naturalmente, no fue invitado.»

Naturalmente, no. Cualquiera podía asistir por 2 chelines, y Louis Blanc preguntó a Marx unos días después, con gran insistencia, por qué no había acudido.

«A raíz de esto» (¿de qué? ¿del banquete?) «se difundió como hoja volante en Alemania, entre los obreros,
un brindis no pronunciado
de Blanqui, con una introducción que denigraba la fiesta y en la que se tildaba a Schapper y Willich de seductores del pueblo.»

El «brindis no pronunciado de Blanqui» forma parte esencial de la historia de la conciencia magnánima, que, en la fe en el sentido superior de sus palabras, suele manifestar con firmeza:
«¡Yo nunca miento!»

Unos días después del banquete, la «Patrie» parisina publicó un brindis que Blanqui, a petición de los ordenadores de la fiesta, había enviado desde Belle-Île, en el cual fustigaba, en su habitual forma concisa, a todo el gobierno provisional de 1848 y en especial al padre del banquete, el señor Louis Blanc. La «Patrie» se mostró asombrada de que ese brindis hubiera sido suprimido durante el banquete. Inmediatamente, Louis Blanc declaró en el «Times» de Londres que Blanqui era un intrigante abominable y que jamás había enviado tal brindis al comité de la fiesta. Los señores Louis Blanc, Landolphe, Barthélemy, Vidil, Schapper y el mismo Willich declararon, en nombre del comité de la fiesta, en la «Patrie», no haber recibido nunca el brindis en cuestión. Sin embargo, la «Patrie», antes de hacer imprimir esa declaración, se informó con

el señor Antoine, cuñado de Blanqui, que le había comunicado el brindis para su publicación.
Junto con la declaración de los arriba mencionados señores, imprimió la respuesta de Antoine: él había enviado, en efecto, el brindis a Barthélemy y había recibido de éste acuse de recibo. El señor Barthélemy declaró «a continuación» que, si bien había recibido el brindis, lo había guardado por inapropiado, sin dar cuenta de ello al comité. Pero, desgraciadamente, ya antes el ex capitán Vidil, que también había suscrito, había escrito a la «Patrie» que su sentimiento de honor militar y su instinto de la verdad le arrancaban la confesión de que él mismo, Louis Blanc, Willich y todos los demás habían mentido en la primera declaración. El comité no estaba compuesto por los seis mencionados, sino por 13 miembros. A todos ellos se les había presentado el brindis de Blanqui, todos lo habían debatido y, tras una prolongada discusión, había sido suprimido por una mayoría de 7 contra 6. Él se encontraba entre los 6 que habían votado
por su lectura.

Se comprende el júbilo de la «Patrie» cuando, tras la carta de Vidil, recibió la declaración del señor Barthélemy. La hizo imprimir con el siguiente «prefacio»:

«A menudo nos hemos preguntado, y la cuestión es difícil de responder, qué predomina en los demagogos, su jactancia o su estupidez. Una cuarta carta desde Londres acrecienta aún nuestra perplejidad. Hay, no sabemos cuántos pobres diablos, atormentados de tal manera por la furia de escribir y de ver sus nombres en las publicaciones reaccionarias, que no retroceden ante una vergüenza y una humillación sin límites. ¿Qué les importan las risas y la indignación del público? — el 'Journal des Débats', la 'Assemblée nationale', la 'Patrie' imprimirán sus ejercicios de estilo; para alcanzar esa dicha, ningún precio es demasiado alto para la democracia cosmopolita... En nombre de la conmiseración literaria, acogemos, pues, la siguiente carta del ciudadano Barthélemy; es una nueva, y esperamos que la última, prueba de la autenticidad del famosísimo brindis de Blanqui, que todos primero negaron y por cuya afirmación ahora se están agarrando del pelo unos a otros.»

Hasta aquí la historia del brindis de Blanqui. La
Société des proscrits démocrates
[
et
]
socialistes
<Sociedad de los proscritos demócratas
[
y
]
socialistas (en Londres)>
rompió su pacto con la asociación del señor Willich a consecuencia del «brindis no pronunciado de Blanqui».

En la
Société des proscrits démocrates
[
et
]
socialistes
, al mismo tiempo que la escisión en la asociación obrera alemana y en la sociedad comunista alemana, se produjo una separación. Un número de miembros, sospechosos de inclinación hacia la
democracia burguesa
, hacia el
ledru-rollinismo
, presentaron su

dimisión y fueron después excluidos con posterioridad. ¿Debía ahora la conciencia magnánima de esta sociedad explicarles lo que hoy explica a los demócratas burgueses, que Engels y Marx les habrían impedido caer en brazos de la democracia burguesa, permanecer «unidos por los lazos de la simpatía con todos los compañeros de la revolución», o debía decirles que «en la separación no habían desempeñado ningún papel las diferentes concepciones sobre el desarrollo revolucionario»? La conciencia magnánima declaró, por el contrario, que la separación en ambas sociedades había surgido del
mismo
antagonismo de principios, que Engels, Marx, etc., habían representado el
elemento burgués
en la asociación alemana, al igual que Madier y sus compinches en la francesa. El noble teme incluso que el simple contacto con este elemento burgués pudiera poner en peligro la «verdadera fe», y propuso por ello, con una grandeza silenciosa, que el elemento burgués «ni siquiera como
visitante
» fuese admitido en la sociedad de los proscritos.

¡Inventado! ¡Falso! — exclama la conciencia magnánima en sus monosílabos llenos de convicción. ¡Mis «pruebas de táctica»! Voyons! <¡Veamos!>

«
Présidence du citoyen Adam. Séance du 30 Sept. 1850.

Trois délégués de la société démocratique allemande de Windmill-Street sont introduits. Ils donnent connaissance de leur mission qui consiste dans la communication dune lettre dont il est fait lecture. (En esta carta se exponen supuestamente las razones de la separación.) »
Le citoyen Adam
fait remarquer
l'analogie
qui existe entre les événements qui viennent de s'accomplir dans les deux sociétés: de chaque côté
l'élément bourgeois
et
le parti prolétaire
ont fait scission dans les circonstances
identiques
etc. etc. Le
citoyen Willich
demande que les membres démissionnaires» (luego se corrige, según dice el acta, y dice: «expulsés») «de la société allemande, ne puissent être reçus même comme
visiteurs
dans la société française.» (Extraits conformes au texte original des procès verbaux.)

«L'archiviste de la société des proscrits démocrates
[et] socialistes J. Clédat»
>

<Sesión del 30 de septiembre de 1850. Bajo la presidencia del ciudadano Adam.

Tres delegados de la sociedad democrática alemana de Windmill Street son presentados. Dan a conocer su misión, que consiste en transmitir una carta que es leída.» (En esta carta se exponen supuestamente las razones de la separación.) «
El ciudadano Adam
hace notar la
analogía
que existe entre los acontecimientos que acaban de cumplirse en ambas sociedades: en las dos, el
elemento burgués
y el
partido proletario
se han separado en circunstancias
idénticas
, etc., etc. El
ciudadano Willich
propone que los miembros dimisionarios» (luego se corrige, como dice el acta, y dice: «expulsados») «de la sociedad alemana no puedan ser recibidos ni siquiera como
visitantes
en la sociedad francesa.» (Extractos conformes al texto original de las actas.)

«El archivero de la sociedad de los proscritos demócratas
[y] socialistas J. Clédat»>

Con esto concluye la meliflua, extraña, ampulosa, inaudita, verídica y aventurera historia del mundialmente conocido
caballero de la conciencia magnánima
.

An honest mind and plain; he must speak truth,
And they will take it, so; if not, he's plain
These kind of knaves I know.
<Un ánimo recto y llano no dice más que la verdad;
si así pasa, bien; y si no, es recto.
Conozco a esos bribones...>

Karl Marx

Londres, 28 de noviembre de 1853.