Karl Marx

El Tratado de la Cuádruple Alianza –

Inglaterra y la guerra

Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 3960, del 26 de diciembre de 1853]

Londres, viernes 9 de diciembre de 1853

Sus lectores han seguido paso a paso las maniobras diplomáticas del gabinete de coalición, y por lo tanto no se sorprenderán de ningún nuevo intento de los Palmerston y los Aberdeen, quienes, bajo el pretexto de proteger a Turquía y asegurar la paz en Europa, apoyan al zar. Incluso están perfectamente preparados para la resurrección de un Congreso de Viena o de una Conferencia de Londres. La Bolsa de la capital fue informada el viernes pasado, primero por el "Morning Chronicle", de que Inglaterra ha logrado persuadir a Austria y Prusia para que apoyen a las potencias occidentales en su intento de una nueva mediación entre las partes beligerantes. Luego vino el "Morning Post" con la noticia de "este intento" y el consolador anuncio de que

"se ha solicitado y obtenido la colaboración de Prusia y Austria en este intento, y que las cuatro potencias han firmado un protocolo por el cual se comprometen tácitamente a mantener la actual división territorial de Europa y a exhortar a las potencias beligerantes a que, mediante una conferencia europea, lleguen a un arreglo pacífico de sus diferencias. El primer paso que darán las cuatro potencias consistirá en determinar sobre qué base Turquía admitirá negociaciones para un acuerdo en la cuestión oriental. Una vez que esto quede claramente establecido, las cuatro potencias pedirán a Rusia que exprese sus opiniones sobre las bases del acuerdo propuesto. Después se instará a ambas potencias a enviar plenipotenciarios a una conferencia de las grandes potencias en un lugar y en una fecha aún por determinar... La dignidad del zar no sería menoscabada y los intereses de Turquía quedarían plenamente salvaguardados, en primer lugar mediante un convenio de buenas relaciones, paz y comercio entre Turquía y Rusia, con la cláusula de proteger a los súbditos de ambos Estados dentro de los territorios del otro; en segundo lugar, mediante un tratado entre el sultán y las cinco potencias, semejante al tratado sobre los Dardanelos de 1841, en el cual el sultán se comprometería a respetar las constituciones y prerrogativas existentes de los principados del Danubio y de Servia, y asumiría – esta vez frente a Europa y no frente a Rusia –, tal como en el tratado de Kainardschi, la obligación de proteger especialmente la religión cristiana dentro de sus posesiones."

Por fin llegó el tronante vocero de Printing House Square y anunció en una primera edición que la alianza entre las cuatro potencias estaba definitivamente concertada y que habían fijado condiciones que, en caso necesario, "podrían obligarse a aceptar" a Rusia y a la Puerta. De inmediato subieron las acciones; pero la alegría de los bolsistas resultó efímera, pues el mismo "Times" dio a conocer en su segunda edición que las cuatro potencias habían firmado efectivamente un protocolo y entregado el proyecto de una nota colectiva, pero sin haberse comprometido a imponer su aceptación. Acto seguido, las acciones volvieron a bajar. Finalmente, de la "sensacional noticia" no quedó más que la vieja historia de la resurrección del cadáver del Congreso de Viena, de feliz memoria – hablar de su espíritu sería absurdo –, y un despacho telegráfico confirmó la noticia de que

"la conferencia de las cuatro potencias en Viena había enviado de nuevo a Constantinopla, el 6 de diciembre, una propuesta para solucionar las diferencias pendientes sobre la base de un nuevo proyecto, y que las negociaciones de paz continuarían incluso sin haberse suspendido aún las hostilidades iniciadas."

Justamente en vísperas de la guerra, la Conferencia de Viena – esa Pitia que mira al pasado – había propuesto a Turquía aceptar el ultimátum del príncipe Ménshikov. Después de que Rusia sufriera la primera derrota, Inglaterra y Francia apoyaron la respuesta de Reshid Pachá al ultimátum del príncipe Ménshikov. Es imposible predecir a qué fase de las pasadas negociaciones han llegado ahora en su movimiento regresivo. El "Augsburger Zeitung" informa que las nuevas propuestas de la conferencia expresan el deseo de las cuatro potencias de "evitar la guerra". ¡Noticia realmente sorprendente!

Por insípida que pueda parecer toda esta cháchara diplomática en un momento en que el statu quo ha sido desplazado por un status belli, no debemos olvidar que las intenciones secretas del gabinete británico se traslucen a través de los fantásticos planes de congresos y conferencias; que los periódicos ministeriales extienden sus antenas para averiguar hasta dónde puede permitirse avanzar el ministerio, y que más de una vez los rumores infundados de hoy anunciaron los acontecimientos de mañana. Tan cierto es que la Cuádruple Alianza fue propuesta por Inglaterra con la intención de imponer a Turquía las resoluciones que adoptaran las cuatro potencias, incluso en el caso de que Austria se negara a adherirse a la alianza. Aunque no se haya concertado una alianza, al menos las cuatro potencias han firmado un "protocolo" que fija los principios por los que deben regirse las negociaciones. No es menos cierto que la Conferencia de Viena, que durante tanto tiempo impidió a Turquía actuar hasta que el ejército ruso ocupó los principados del Danubio y alcanzó las fronteras de Bulgaria, ha reanudado su actividad y ha enviado ya una nueva nota al sultán. Que no hace falta mucho para pasar de una Conferencia de Viena a una conferencia europea en Londres quedó demostrado ya en la época del levantamiento de Mehmed Alí en 1839. Si la conferencia prosigue su obra de "pacificación" y Rusia continúa entre tanto la guerra contra Turquía, no sería sino una repetición de la Conferencia de Londres de 1827-1829, cuyo resultado fue la destrucción de la flota turca en Navarino y la pérdida de la independencia turca mediante el Tratado de Adrianópolis. Las bases de las negociaciones propuestas por el gabinete británico y aceptadas por las demás potencias aparecen claramente señaladas en los periódicos ministeriales: preservación de la "actual división territorial de Europa". Sería un grave error ver en estas propuestas una simple vuelta a las condiciones de la Paz de Viena. La aniquilación del Reino de Polonia, la toma de posesión de las bocas del Danubio por Rusia, la incorporación de Cracovia, la conversión de Hungría en una provincia austriaca: todos estos "arreglos territoriales" jamás han sido sancionados por conferencia europea alguna. Así pues, una sanción de la "actual división territorial de Europa" significaría más bien una sanción de todas las violaciones del Tratado de Viena cometidas por Rusia y Austria desde 1830, en lugar de, como se pretende, admitir simplemente a Turquía en el Tratado de Viena. "Un tratado de buenas relaciones, paz y comercio entre Rusia y Turquía": éstas son las mismas palabras que se encuentran en la introducción de los tratados de Kainardschi, Adrianópolis y Unkiar-Iskelessi. "Un tratado como el de los Dardanelos de 1841", escribe un periódico de Palmerston <"The Morning Post">. ¡Exacto! Un tratado como aquel que excluyó a Europa de los Dardanelos y convirtió el Euxino en un mar ruso. Pero, escribe el "Times", ¿por qué no habríamos de estipular el libre acceso a los Dardanelos para los buques de guerra y la libre navegación por el Danubio? Pero léase la carta de Lord Palmerston de septiembre de 1839 al señor Bulwer, entonces embajador en París, y se verá que por aquel entonces se abrigaban esperanzas semejantes.

"El sultán está obligado a respetar las constituciones existentes de los principados del Danubio y de Servia." Pero estas constituciones existentes dividen la soberanía sobre las provincias entre el zar y el sultán, y hasta hoy no han sido reconocidas por conferencia europea alguna. La nueva conferencia añadiría, por tanto, al protectorado de facto de Rusia sobre territorios turcos el consentimiento de Europa. El sultán quedaría entonces obligado, no ante el zar, sino ante Europa, a "proteger la religión cristiana dentro de sus territorios". Esto significa que el derecho de toda potencia extranjera a inmiscuirse en los asuntos del sultán con sus súbditos cristianos se convertiría en un párrafo del derecho internacional europeo, y que Europa, en caso de nuevos conflictos, quedaría contractualmente obligada a apoyar las pretensiones de Rusia, la cual, como parte contratante, estaría autorizada a interpretar a su manera la protección reclamada por los cristianos en los territorios del sultán. Por esta razón, el nuevo tratado, tal como lo ha propuesto el gabinete de coalición y lo han interpretado sus propios órganos, es el plan más vasto de entrega de Europa a Rusia que jamás se haya urdido, un plan que sanciona todos los cambios provocados por la contrarrevolución desde 1830. Por tanto, no hay motivo alguno para prorrumpir en júbilo o asombro ante el cambio en la política de Austria, un cambio que, como el "Morning Post" finge creer, "se ha producido repentinamente en los últimos diez días". En cuanto a Bonaparte, por el momento el emperador advenedizo se da por plenamente satisfecho escalando hasta el cielo de las viejas potencias legítimas, con Turquía como escalera, cualesquiera que puedan ser sus demás planes.

Las opiniones del gabinete de coalición han sido expresadas sin tapujos por el semanario ministerial, el "Guardian": "Es simplemente ridículo tratar a Rusia como a un enemigo derrotado e imaginarse que la tenemos agarrada por el cuello, solo porque tropas rusas"

...han sido rechazados de las trincheras frente a Oltenitza y algunos fuertes del mar Negro han sido conquistados. Estas pérdidas insignificantes no harían sino inflamar su orgullo y mantenerlo alejado de toda negociación hasta que se hallara en una posición más fuerte. Pero los soberanos, como los demás hombres, son movidos por diversos motivos. El zar es un hombre orgulloso y apasionado, pero también prudente. Está envuelto en una contienda en la que puede perder, pero nada puede ganar. Su política es la misma que la de sus predecesores, los cuales siempre obtuvieron más mediante amenazas de guerra que mediante guerras mismas, y cuyo sistema constante e inmutable de agresiones encierra una buena dosis de capacidad de adaptación elástica que les permitió evitar grandes catástrofes e incluso sacar provecho de pequeños reveses. La resolución provisional de las cuatro potencias de no efectuar ni permitir alteración alguna en las relaciones territoriales de Europa parece partir de esta
razonable
apreciación de la posición del zar y de su política. Se llevarán un chasco quienes se imaginen que Inglaterra lo ha derrotado o quienes se dejen extraviar por los fantásticos desatinos de los periódicos
proteccionistas
. Pero lo que figura en el orden del día no es la
humillación de Rusia
, sino la pacificación de Europa" (en el sentido ruso, naturalmente), "la consecución, en la medida de lo posible, de aquella paz duradera por la que el militar francés enviado <Baraguey d'Hilliers> empeñó al sultán la palabra de honor de su señor. El
tratado inminente
, de lo cual podemos estar seguros, no será una mera restauración del
statu quo
, sino que al menos intentará regular sobre una base duradera las relaciones entre Turquía y Europa, así como entre el gobierno turco y sus súbditos cristianos. Sí, intentarlo —pues, por duradero que lográsemos regularlo, en el fondo
todo acuerdo que en Europa permita un Imperio turco seguirá siendo siempre provisional
. Pero tal acuerdo provisional es hoy posible y necesario."

Por consiguiente, el objetivo final al que aspiran las potencias consiste en ayudar al zar a "sacar provecho de pequeños reveses" y en "no permitir en Europa un Imperio turco". El acuerdo provisional contribuirá, naturalmente, a la realización del objetivo final en la medida en que ello sea "hoy posible".

Algunas circunstancias han venido sin embargo a trastornar de manera singular los cálculos de los políticos de la coalición. De una parte, las noticias sobre las nuevas victorias de los turcos en las costas del mar Negro y en las fronteras de Georgia. De otra, la pertinaz afirmación de que todo el ejército estacionado en Polonia habría recibido orden de avanzar hacia el Pruth, mientras que, por el contrario, desde las fronteras de Polonia se nos informa de que

"en la noche del 23 al 24 del pasado mes tuvo lugar la branka, o leva de reclutas para el ejército, y en lugares donde hasta ahora se habían tomado uno o dos hombres se reclutaron de ocho a diez".

Esto demuestra, al menos, que el zar deposita escasa confianza en el genio pacificador de las cuatro potencias. La declaración oficial de Austria, "de que entre las cuatro cortes no se ha concluido alianza alguna", muestra que Austria, por mucho que desee imponer condiciones a Turquía, ni siquiera se atreve a dar la impresión de querer obligar al zar a aceptar condiciones elaboradas en su propio interés. Finalmente, la respuesta del sultán al embajador francés, de que

"en la actualidad un acuerdo amistoso es completamente inaceptable si Rusia no abandona por completo sus pretensiones, que ya ha manifestado, y se retira de inmediato de los principados",

ha dejado como fulminados a los afanosos partidarios del congreso, y un órgano del astuto y experimentado Palmerston, <"The Morning Advertiser">, revela ahora abiertamente a los demás hermanos el siguiente trozo de verdad:

"Rusia no puede consentir la inmediata evacuación de los principados ni la renuncia total a todas sus reivindicaciones sin menoscabo de su dignidad y de su influencia. Sería insensato suponer que una potencia tan fuerte lo admitiría sin una lucha desesperada.

Lamentamos, por tanto, que se emprendan ahora intentos de negociación, porque no podemos prever más que un fracaso."

Una Rusia derrotada no puede, en modo alguno, prestarse a negociación alguna. Se trata, ante todo, de alterar ahora el fiel de la guerra. Mas ¿cómo podría lograrse esto sino dejando que Rusia ganase tiempo? Lo único que necesita es dilación, ganar tiempo, para levantar nuevas tropas y distribuirlas por todo el imperio, concentrarlas y demorar la guerra contra Turquía hasta haber acabado con los pueblos montañeses del Cáucaso. Con ello puede mejorar la situación de Rusia, y el intento de negociar "puede discurrir con éxito si Rusia, en lugar de estar derrotada, está victoriosa". En consonancia con ello, Inglaterra, según declaran la "Ost-Deutsche Post" de Viena y el ministerial "Morning Chronicle", ha intentado persuadir a Turquía de la conveniencia de acceder a un armisticio de tres meses. Lord Redcliffe tuvo una audiencia de cinco horas con el sultán para obtener de Su Alteza el asentimiento al armisticio propuesto, asentimiento que sus ministros habían denegado. El resultado fue que se convocó una sesión extraordinaria del consejo de ministros para deliberar sobre el asunto. La Puerta se negó resueltamente a aceptar el armisticio propuesto, y no podía aceptarlo sin perpetrar una abierta traición al pueblo turco. El "Times" de hoy observa al respecto:

"En el actual estado de ánimo, quizá no sea fácil reconducir las pretensiones de la Puerta a límites razonables."

La Puerta es lo bastante "irrazonable" como para comprender que sufrir una derrota es del todo incompatible con la dignidad del zar y que, por eso mismo, debería concederle un armisticio de tres meses para anular sus propios éxitos y ayudarlo a que vuelva a ser victorioso y "magnánimo". Sin embargo, aún no se ha renunciado a todas las esperanzas de concertar un armisticio de tres meses.

"Posiblemente", opina el "Times", "un armisticio recomendado por las cuatro potencias encuentre más benevolencia."

El bonachón "Morning Advertiser" 

"no está dispuesto a aceptar esta exposición como correcta", porque "ni la cabeza más despierta habría podido imaginar un intento más directo de traicionar la causa otomana ante el zar, o uno más adecuado a ese fin".

La confianza del radical "Morning Advertiser" en "el honor y la rectitud" de Palmerston y su ignorancia de la historia de la diplomacia inglesa parecen igualmente inverosímiles. Dado que este periódico es propiedad de la Licensed Victualler's Association <Asociación de Taberneros>, sospecho que los editoriales los escriben de vez en cuando los propios taberneros.

Mientras Inglaterra es requerida de esta suerte como avanzadilla de Rusia en Constantinopla y Viena, veamos cómo, por otra parte, los rusos despachan sus asuntos en Inglaterra.

En un artículo anterior he informado ya a sus lectores de que, al mismo tiempo que el gobierno de coalición simula amenazar a Rusia en el mar Negro, buques de guerra rusos —las fragatas "Aurora" y "Navarino"— están siendo reparados en los astilleros de la Reina en Portsmouth. El pasado sábado nos informaron el "Morning Herald" y el "Daily News" de que seis marineros de la fragata rusa "Aurora" se habían fugado y, cuando estaban a punto de alcanzar Guildford, fueron alcanzados por un oficial de la fragata rusa "Aurora" y un inspector de policía inglés, y devueltos a Portsmouth a bordo de la "Victorious" —un buque inglés que, durante la reparación de la "Aurora", había sido ocupado por la tripulación de ésta—. Fueron sometidos a un cruel castigo corporal y cargados de hierros. Cuando esto se supo en Londres, unos caballeros consiguieron, por mediación de un abogado, el señor Charles Ronalds, en virtud de la ley de Habeas Corpus, un mandamiento judicial en el que se requería al contralmirante Martin, así como a otros oficiales de la marina inglesa y al capitán ruso, comandante de la fragata "Aurora", para que presentaran a los seis marineros ante el Lord Chief Justice de Inglaterra. Las autoridades del astillero inglés se negaron a cumplir la orden; el capitán inglés se dirigió al vicealmirante y éste al almirante, mientras que el almirante, por su parte, se sintió en el deber de ponerse en contacto con el Lord del Almirantazgo, el notorio Sir James Graham, quien diez años antes, en relación con el caso Bandiera, había puesto las autoridades del correo británico a disposición de Metternich. En cuanto al capitán ruso, arrojó despectivamente por la borda la real cédula, aunque le fue entregada a bordo del buque inglés "Victorious" y se le informó cumplidamente de su significado por medio de un intérprete. Cuando el escrito le fue devuelto por una tronera, fue arrojado otra vez al mar. "Si realmente hubiera venido de Su Majestad", dijo el capitán ruso, "se habría entregado a nuestro embajador o al cónsul." Hallándose ausente el cónsul, su representante se negó a intervenir. El 6 de diciembre se entregaron de nuevo a las autoridades de marina en Portsmouth mandamientos judiciales en los que, en nombre de la Reina, se les ordenaba presentar ante el Lord Chief Justice no sólo a los mencionados seis hombres, sino también al capitán ruso. En lugar de cumplir la orden, el Almirantazgo hizo todo lo posible por hacer remolcar la fragata fuera del puerto y llevarla a alta mar, y al día siguiente se observó que la "Aurora", al mando del capitán Islamatow, ponía rumbo al océano Pacífico en desafío del mandamiento judicial. Según nos comunica el "Daily News" de ayer, entretanto

"la corbeta rusa 'Navarino' sigue en el dique para ser sometida a un completo calafateado y reparación. Un gran número de operarios de los astilleros están ocupados en ello".

Véase, no obstante, cómo ha sido presentado este "sensacional" caso en la prensa ministerial.

El "Morning Chronicle", órgano de los peelitas, prefirió guardar silencio, pues Graham, es decir, su hombre, es el más comprometido en todo este asunto. La primera en romper el silencio fue el "Morning Post" palmerstoniano, porque su señor y maestro no podía dejar pasar semejante ocasión de poner a prueba su maestría, presentando como fáciles casos manifiestamente difíciles. Al asunto entero, opina el periódico, se le ha atribuido demasiado peso y se le ha pintado de un modo extremadamente exagerado. Alegó, apoyándose en el testimonio del capitán ruso que había ordenado el cruel azotamiento y el encarcelamiento de los seis desertores, que "esos marineros dicen no haber desertado por impulso propio, sino haber sido seducidos por personas que los abordaron en la calle". Después de haber conseguido llegar a tierra contra las órdenes del capitán ruso y contra su propia voluntad, esos marineros fueron "embriagados, llevados en un carruaje al interior del país" y luego abandonados, "después de que se les hubiese dado instrucciones sobre cómo llegar a Londres y direcciones de personas a las que debían dirigirse allí". Esta historia absurda fue inventada por el órgano palmerstoniano con la intención de hacer creer al público que los desertores "se habían entregado por sí mismos a la policía", una mentira demasiado desvergonzada para que también la presente el "Times". El "[Morning] Post" insinúa, con un gran despliegue de indignación moral, que todo el asunto ha sido instigado por algunos refugiados polacos, quienes probablemente se proponían herir los sentimientos del magnánimo señor de lord Palmerston.

Otro órgano ministerial, el "Globe", constata que

"la objeción de que un extranjero solo tendría que reconocer los procedimientos emanados del ministro de su propio país sencillamente es insostenible; de lo contrario, cualquier extranjero podría violar nuestras leyes en un puerto marítimo británico sin que se le pudiera exigir responsabilidades, salvo mediante la intervención de un embajador".

Por consiguiente, el "Globe" llega a la moderada conclusión de que la respuesta del capitán ruso al funcionario que le presentó el auto de habeas corpus "no ha sido plenamente satisfactoria". Pero sería ocioso aspirar a algo así como la perfección en los asuntos humanos.

El "Times" exclama:

"Si el capitán ruso los hubiera hecho colgar a todos (es decir, a los seis marineros capturados de nuevo) a la mañana siguiente de la verga de su fragata, habría estado completamente
fuera
del control de la legislación inglesa."

¿Y por qué habría de estarlo? Porque en el tratado naviero concertado entre Rusia y Gran Bretaña en 1840 (bajo la dirección de lord Palmerston) se contiene una cláusula al respecto:

"Los cónsules, vicecónsules y agentes comerciales de las altas partes contratantes que residan en los dominios de la otra recibirán de las autoridades locales toda la asistencia legal que necesiten para la aprehensión de los marineros desertores de buques mercantes o de guerra de sus respectivos países."

Pero, mi querido y buen "Times", la cuestión es precisamente qué clase de ayuda estaban obligadas a prestar las autoridades inglesas al capitán ruso conforme a la ley. En cuanto a las propias autoridades rusas, "que en estos tiempos de crisis política hacen reparar sus barcos en puertos ingleses", el "Times" ve en ello "una gran falta de delicadeza y de buen tono", y cree que "los oficiales de esos barcos han sido colocados en la posición de espías". Sin embargo, el Gobierno británico, escribe, "no habría podido expresar su desprecio hacia semejante política con mayor fuerza" que mediante lo que ha hecho, a saber, admitir a los espías rusos en los propios astilleros de la Reina, "aunque ello provoque escándalo público", poniendo a su disposición buques de guerra británicos, haciendo que trabajen para ellos obreros de los astilleros pagados del bolsillo del contribuyente británico, y disparando salvas de despedida tras ellos cuando huyen precipitadamente, después de haber violado las leyes de Inglaterra.

Karl Marx