Friedrich Engels

La guerra en el Danubio

Escrito hacia el 2 de diciembre de 1853.

["New-York Daily Tribune" Nr. 3952 vom 16. Dezember 1853 Leitartikel]

Como ya hemos señalado, la retirada de los turcos de Oltenitza parece indicar el final del primer período de la guerra turco-rusa; con ello, al menos la primera serie de operaciones, claramente determinable, que comenzó con el paso de Kalafat, parece haber concluido, para dejar paso al silencio de los cuarteles de invierno o a la ejecución de nuevos planes aún no desarrollados. Es éste un momento propicio para una mirada retrospectiva sobre la campaña hasta ahora, tanto más cuanto que justamente nos llegan los informes oficiales y oficiosos sobre la única acción sostenida que tuvo lugar en el Danubio, a saber, el ataque ruso contra la cabeza de puente turca de Oltenitza.

El 28 de octubre, los turcos pasaron de Widdin a Kalafat. Salvo por tiradores de reconocimiento, apenas fueron molestados durante la ocupación de este punto; pues cuando los rusos se disponían a concentrar en Krajowa fuerzas eficaces para atacar Kalafat, se vieron perturbados por la noticia de un segundo avance turco, aún más peligroso: los turcos habían cruzado el Danubio el 2 de noviembre por Oltenitza, desde donde amenazaban seriamente las líneas de comunicación rusas. Al mismo tiempo, los turcos realizaron ataques de diversión e insignificantes a lo largo de todo el Danubio, desde Widdin hasta Oltenitza; pero estos ataques encontraron a los rusos bien preparados o fueron emprendidos con fuerzas insuficientes como para engañar al enemigo e inducirle a algún error grave.

El cuerpo de Kalafat permaneció, por tanto, sin ser molestado y recibió gradualmente refuerzos que, según se informa, lo hicieron crecer hasta unos 24.000 hombres. Sin embargo, como este cuerpo ni avanzó ni fue rechazado, podemos dejarlo por ahora fuera de consideración.

El paso de Oltenitza se desarrolló, según el informe de Omer Pachá, de la siguiente manera: Oltenitza es una aldea cercana a la desembocadura del Ardschisch en el Danubio. Frente a la desembocadura del Ardschisch hay una isla en el Danubio; la aldea y la fortaleza de Turtukai se encuentran en la orilla sur de este río, una orilla escarpada que se eleva unos 600 a 700 pies de altura; la fortaleza está construida sobre la cresta de esta altura. Los cañones de Turtukai pueden, por tanto, apoyar con éxito a cualquier cuerpo que cruce el río por ese punto. El 1.º de noviembre, los turcos pasaron a la isla y construyeron allí, durante la noche, fuertes atrincheramientos. El 2 de noviembre, desde esta isla alcanzaron la orilla valaca, al este del Ardschisch. Se trasladaron en botes a la orilla valaca 2 batallones, 100 jinetes y 2 cañones; unos cuantos cañonazos desde Turtukai expulsaron a los puestos avanzados rusos de un edificio de hospital situado cerca de la orilla del río, y este edificio, del que los turcos se apoderaron de inmediato, resultó ser muy ventajoso para ellos. Sólidamente construido, con habitaciones abovedadas, ofrecía, sin necesidad de trabajos adicionales, todas las ventajas de un réduit <pequeña obra de fortificación a prueba de bombas>, esa fortificación de campaña adecuada a las necesidades. En consecuencia, los turcos comenzaron en seguida a levantar trincheras desde el Ardschisch hasta el Danubio; 400 hombres estuvieron ocupados sin interrupción en ello; los cestos de mimbre y las fajinas ya habían sido preparados de antemano. De todos los informes recibidos sólo podemos concluir que estos atrincheramientos formaban líneas continuas que cortaban por completo toda comunicación entre las posiciones rusas y los puntos de desembarco turcos. La fortificación mediante una línea continua de atrincheramientos ha sido rechazada desde hace mucho, por considerársela generalmente inútil. Sin embargo, el destino particular de este atrincheramiento como cabeza de puente, el hecho de que se hubiera encontrado ya listo y acabado un impecable réduit, la falta de ingenieros entre los turcos y otras peculiaridades del ejército turco bien pudieron haber hecho aconsejable, a fin de cuentas, la aplicación de este anticuado sistema. En el Ardschisch encontraron los turcos una serie de botes que utilizaron de inmediato, junto con los ya disponibles, para tender un puente sobre el Danubio. Todos estos trabajos estaban casi terminados en la mañana del 4 de noviembre.

En Oltenitza, los turcos no tenían, pues, más que una cabeza de puente en la orilla izquierda del Danubio. El ejército turco no había cruzado el río, ni lo ha hecho hasta ahora. Sin embargo, disponía de un seguro débouché <posición de salida> en la orilla izquierda, que podía ser utilizado de inmediato cuando se hubieran concentrado fuerzas suficientes en Turtukai. Además, tenían la posibilidad de conquistar la orilla derecha o la izquierda del Ardschisch; y, finalmente, todas sus operaciones en las proximidades del río estaban protegidas por 10 cañones pesados en la fortaleza situada en las alturas de Turtukai, cuyo alcance, debido a la posición elevada y a la estrechez del río en ese punto, superaba en al menos media milla la cabeza de puente.

La cabeza de puente estaba ocupada por 3 batallones de línea (2.400 hombres), 2 compañías de la guardia (160 hombres), 2 compañías de tiradores (200 hombres), 100 jinetes y algo de artillería que servía los 12 cañones pesados emplazados en el hospital. El ala derecha de la fortificación estaba flanqueada y barrida por los cañones de Turtukai, que, además, podían batir toda la llanura frente al centro de la cabeza de puente. El ala izquierda, que se apoyaba en el Ardschisch, estaba flanqueada por la batería situada en la isla; pero una parte de este terreno estaba cubierta de espeso matorral, que podía ofrecer considerable protección a los rusos que se aproximaban.

Cuando los rusos atacaron a los turcos el 4 de noviembre, disponían, según las indicaciones de Omer Pachá, de 20 batallones, 4 regimientos de caballería, 32 cañones, en total unos 24.000 hombres. Probablemente estaban formados de la siguiente manera: 12 batallones y 14 cañones frente al centro de la cabeza de puente; 2 batallones y 2 cañones en el bosquecillo a la izquierda (para los rusos, a la derecha) del Ardschisch; 6 batallones en échelon <formación de combate en la que las distintas columnas de ataque se sitúan escalonadas lateralmente una detrás de otra> con 4 cañones contra el ala derecha turca; hacia el Danubio, su frente se prolongaba y estaba flanqueado por caballería. Después de que el fuego de los cañones rusos hubo durado algún tiempo, el centro formó primero una columna de ataque; las dos alas siguieron; a continuación, la artillería, que primero había disparado desde una distancia de unas 1.200 yardas de los parapetos, avanzó hasta la distancia adecuada para la metralla (600 a 700 yardas), y las columnas de ataque fueron lanzadas hacia adelante. Como era de prever, la columna izquierda rusa (la más próxima al Danubio) fue dispersada por el fuego de los cañones de Turtukai; el centro pronto corrió la misma suerte; la columna derecha (junto al Ardschisch) fue destrozada por el fuego de la isla y era evidentemente demasiado débil para actuar con eficacia. El ataque se repitió una o dos veces, pero sin el conjunto de la primera embestida, y luego los rusos tuvieron bastante. Habían avanzado resueltamente hasta el borde del foso (lo que no debe tomarse al pie de la letra), pero el fuego turco resultó abrumador antes de que se llegara a un combate cuerpo a cuerpo.

Durante el combate, Omer Pachá envió al otro lado del río un batallón de tropas regulares como reserva. Se puede calcular, pues, el número de turcos que participaron en él en 3.600 infantes con 44 cañones pesados.

Más difícil resulta determinar el número de rusos. Mientras Omer Pachá habla de 20 batallones, dos oficiales británicos en su campamento coinciden en que las fuerzas realmente empleadas ascendían a unos 8.000 hombres. Ambas afirmaciones no se contradicen, sin embargo, por completo. Es posible que los rusos tuvieran dispuestos para el combate unos 20 batallones, pero la fuerza real de las columnas en cada ataque no puede haber sido superior a 8 batallones, ya sea por las condiciones del terreno o porque subestimaron a su adversario; una circunstancia que los oficiales británicos no mencionan, pero sobre la que informa Omer Pachá, demuestra que los rusos disponían de grandes reservas. A la cabeza de cada nuevo ataque se encontraba, en efecto, un batallón fresco, sacado de la reserva para ese propósito. Además, los relatos de los dos “oficiales de la Guardia de Su Majestad” llevan en cada línea el sello de esa petulante ignorancia e inexperiencia propia de los subalternos de los cuerpos privilegiados de todos los ejércitos.

Por tanto, consideramos en general digno de crédito el informe de Omer Pachá. Bien pudieron estar presentes durante la acción 18 o 20 batallones rusos, de los cuales 10 o 12 fueron probablemente empeñados sucesivamente; entre 6.000 y 8.000 puede haber sido el número de los que, en un momento dado, avanzaron simultáneamente y sin éxito contra las fortificaciones turcas. Las pérdidas de los rusos, que ascendieron por lo menos a 1.500 o 2.000 hombres, demuestran también las masas que debieron poner en campaña. Finalmente fueron rechazados, dejaron en manos de los turcos 500 fusiles, gran cantidad de bagaje y munición, así como 800 muertos y heridos, y se retiraron en parte desordenadamente.

Si examinamos la táctica de este combate por ambas partes, encontramos, para nuestro asombro, que los rusos cometieron un grave error y que su evidente derrota es el justo castigo del mismo. Subestimaron a su adversario de una manera que apenas tiene parangón. Tenían que atacar líneas muy fuertes, con un excelente réduit, flanqueado por 10 cañones pesados en la isla y dominado por 22 cañones en Turtukai, que dominaban también el terreno delante de las líneas; en total, 44 o al menos 38 cañones, todos o en su mayor parte de grueso calibre. Ahora bien, todo oficial sabe que, al atacar una fortificación de campaña, primero hay que silenciar con la propia artillería los cañones de ésta y las baterías que la apoyan; luego hay que destruir en lo posible los parapetos, las empalizadas y demás medios de defensa y, a continuación, acercándose cada vez más con las propias baterías a las fortificaciones atacadas, barrer los parapetos con una lluvia incesante de metralla, hasta que, por fin, se puede osar lanzar las columnas de ataque sobre las trincheras semidestruidas y sus desalentados defensores. Para poder hacer todo esto, es preciso poseer una artillería decididamente superior en número y calibre. Pero ¿qué intentan los rusos? ¡Después de un breve cañoneo de 12 piezas de a doce y 20 de a seis, asaltan una cabeza de puente defendida por una artillería que supera a la suya en número, calibre y, más aún, en experiencia! Este cañoneo ruso no puede considerarse más que como una mera formalidad, una especie de cortesía hacia los turcos, pues no podía tener ningún propósito serio; y si, como se informa en general, las baterías rusas se acercaron realmente a 650 yardas de la cabeza de puente, es sorprendente que no se oiga hablar de cañones desmontados. Al mismo tiempo, sin embargo, debemos reconocer la valentía de las tropas rusas que, aun cuando se hallaban con toda probabilidad por primera vez bajo el fuego, y además en condiciones tan desfavorables, se aproximaron, no obstante, hasta 50 yardas de las líneas turcas, antes de ser aniquiladas por el fuego superior que se descargó sobre ellas.

Pero tampoco acerca de la táctica de los turcos podemos comunicar muchas cosas favorables. Estuvo muy bien que Omer Pascha, durante los ataques, no concentrase en la cabeza de puente más tropas de las necesarias para su defensa. Pero ¿a qué se debe que no concentrase ninguna reserva, sobre todo de caballería, al final del puente cerca de Turtukai y en la isla? ¿Por qué, cuando la derrota de los rusos se hizo evidente, no lanzó su caballería contra el enemigo batido? ¿Por qué, después de todo esto, se contentó con el efecto moral de la victoria y omitió recoger todos los frutos de la misma, con lo cual podría haber decidido la campaña? Para ello sólo podemos hallar dos excusas: primero, que el sistema de líneas ininterrumpidas en las fortificaciones de campaña dificulta una vigorosa acción ofensiva después de rechazar al enemigo, ya que la línea ininterrumpida no ofrece amplios intervalos para irrupciones repentinas y enérgicas de grandes masas de tropas; y segundo, que Omer Pascha o bien no estimaba a sus tropas capaces de combatir en campo abierto, o no disponía de suficientes tropas para explotar la victoria.

Esto nos conduce a las cuestiones estratégicas vinculadas a esta acción. ¿Si Omer Pascha hubiera contado en Oltenitza con las tropas que vagaban ociosas cerca de Kalafat, no habría podido proceder de manera más decisiva? ¿Cómo fue que un cuerpo de 12.000 hombres con una reserva de igual fuerza fue dirigido contra Kalafat para amenazar aquel punto de la posición rusa en el que los rusos más tenían que desear ser atacados? ¿Cómo fue que en el punto donde los turcos podían obtener ventajas decisivas esos 24.000 hombres no estuvieran presentes?

Pero eso es sólo un punto. Como ahora consta fuera de toda duda, a finales de octubre los rusos no podían poner en pie en la Walachei más de 50.000 a 55.000 soldados. Si se tiene en cuenta la carencia de caminos y el terreno cortado, que hace inevitables los destacamentos, y si se consideran además las habituales bajas de todo ejército activo, es seguro que los rusos no podían concentrar en ningún punto más de 30.000 hombres. 40.000 turcos, reuniéndose en cualquier lugar de la Walachei, podían derrotarlos con seguridad; y si los turcos lo hubieran querido y hubieran dado los pasos adecuados en el momento oportuno, ciertamente habrían podido reunir con relativa facilidad ese número o incluso el doble. Sólo que la injerencia de la diplomacia europea, la irresolución en el Diwan, la vacilante política turca frente a Serbia y otros motivos semejantes parecen haber provocado una serie de medidas a medias, que colocaron a Omer Pascha en una situación muy singular al estallar las hostilidades. Conocía la debilidad de los rusos; él mismo tenía un ejército muy superior, que ardía en deseos de entrar en combate. Pero su ejército estaba disperso por un territorio de 350 millas de largo y de 50 a 100 millas de ancho. La consecuencia natural de ello fueron sus operaciones renqueantes durante la primera mitad de noviembre. El paso cerca de Kalafat, que en otras circunstancias habría sido un error, se convirtió así casi en una necesidad; pues Widdin era el punto natural de concentración de unos 20.000 hombres que, sin ese paso, habrían permanecido completamente inactivos, por hallarse demasiado lejos del ejército principal. Ese paso los puso al menos en condición de paralizar una parte de las fuerzas rusas y de causar una impresión moral favorable a los turcos.

El paso por Oltenitza —que, evidentemente, se planeó como el ataque principal, mediante el cual debía tomarse Bukarest, y que debía cortar la retirada a los rusos, atraídos hacia el oeste por la operación de Kalafat— no tuvo el menor efecto, pues las fuerzas necesarias para una marcha sobre Bukarest no parecen haber estado presentes. El efecto moral de la batalla de Oltenitza fue ciertamente una gran ganancia; pero la inactividad después de la victoria duró nueve días y terminó, a causa de las lluvias que comenzaron, con la retirada voluntaria de los turcos tras el Donau. Esa inactividad y esa retirada no tienen por qué empañar la alegría del triunfo en el rostro del soldado turco, pero menoscaban muy probablemente el prestigio del general turco más de lo que él merece. Ahora bien, aunque el error original pueda residir en el Diwan, en alguna parte también Omer Pascha debe de haber cometido aquí un error. Pasar doce días en la orilla izquierda del Donau, dominar un puente y una cabeza de puente, con fuerza suficiente para rechazar a las fuerzas unidas de los rusos, tener detrás un ejército fuerte y deseoso de atacar, y no hallar los medios para hacer pasar a 30.000 o 40.000 hombres —en verdad, todo esto no puede ocurrir sin alguna negligencia del general. Los rusos pueden estar agradecidos de que se les dejara escapar así. Jamás ha salido un ejército ruso de una situación ni siquiera la mitad de difícil con tan escasas pérdidas materiales. Merecían ser completamente aniquilados, y en vez de eso se hallan ahora en completa seguridad. Si volverá a presentarse una ocasión tan favorable, es cosa que puede ponerse en duda con fundamento.