Karl Marx

La insurrección italiana –  
Política británica  
Del inglés.

[“New-York Daily Tribune” núm. 3701 del 25 de febrero de 1853]

Londres, viernes 11 de febrero de 1853

El estancamiento político que aquí, bajo el amparo de la niebla más espesa del mundo, ha reinado durante tanto tiempo, se ha disipado repentinamente al llegar noticias revolucionarias de Italia. El telégrafo eléctrico transmitió la noticia de que el día 6 se había producido una insurrección en Milán; de que se habían fijado dos proclamas, una de Mazzini, otra de Kossuth, en las que se exhortaba a los húngaros del ejército austriaco a unirse a los revolucionarios; de que la insurrección había sido primero sofocada, para recomenzar después; de que los austriacos acuartelados en el arsenal habían sido masacrados, etc.; de que las puertas de Milán habían sido cerradas. La prensa francesa publica, ciertamente, otros dos despachos, de Berna del día 8 y de Turín del 9, en los que se informa que la insurrección fue definitivamente reprimida el día 7. Sin embargo, los amigos de Italia consideran un signo favorable el hecho de que en dos días no haya llegado noticia directa alguna al Foreign Office inglés.

En París circulan rumores de que en Pisa, Lucca y otras ciudades reina una gran agitación.

En Turín, el ministerio se reunió apresuradamente a consecuencia de una comunicación del cónsul austriaco, para deliberar sobre el estado de los asuntos en Lombardía. Fue el 9 de febrero cuando la primera noticia llegó a Londres; curiosamente, este día es también el aniversario de la proclamación de la República Romana en 1849, de la decapitación de Carlos I en 1649 y del destronamiento de Jacobo II en 1689.

Las probabilidades de la presente insurrección de Milán son escasas, a menos que algunos regimientos austriacos se pasen a los sublevados. Confío en que, basándome en cartas privadas de Turín; que aguardo diariamente, me sea posible describir todo el acontecimiento de manera pormenorizada.

Acerca de la naturaleza de la amnistía que Luis Napoleón otorgó recientemente, se han publicado diversas declaraciones en nombre de los refugiados franceses. Victor Frondes (antiguo oficial) declara en *La Nation*, periódico de Bruselas, que ha leído con asombro su nombre en la lista de amnistiados; ya se había amnistiado a sí mismo cinco meses antes, al evadirse de Argel.

El *Moniteur* anunció primeramente que se amnistiaría a 3.000 exiliados y que sólo 1.200 ciudadanos quedarían bajo el yugo de la proscripción. Algunos días después la misma autoridad proclamó que 4.312 personas habían sido indultadas, de modo que Luis Napoleón perdonó a 100 individuos más de los que había condenado. Sólo a París y al departamento del Sena correspondieron 4.000 exiliados. De éstos, únicamente 226 están incluidos en la amnistía. El departamento de Hérault contaba 2.611 exiliados, de los cuales 299 están amnistiados. El departamento de Nièvre arrojó 1.478 víctimas, entre las cuales 1.100 eran padres de familia con un promedio de tres hijos; de ellos, 180 están amnistiados. En el departamento de Var, de 2.181 deportados, 687 han recobrado la libertad. De los 1.200 republicanos enviados a Cayena, sólo unos pocos han sido indultados, y precisamente aquellos que ya se habían fugado de esta colonia penal. El número de personas enviadas a Argelia y ahora puestas en libertad es ciertamente grande, pero en ningún caso guarda proporción con el enorme número de los transportados a África, que, según se dice, asciende a 12.000. Los refugiados que viven actualmente en Inglaterra, Bélgica, Suiza y España están, con muy pocas excepciones, completamente excluidos de la amnistía. Por otra parte, la lista de los amnistiados contiene un gran número de personas que jamás han abandonado Francia o a quienes hace ya mucho tiempo se les había permitido regresar; incluso hay nombres que figuran varias veces en las listas. Pero lo más horrendo es el hecho de que las listas están repletas de nombres de numerosas personas de las que es notorio que fueron pasadas a cuchillo en las sangrientas batidas del mes de diciembre.

Ayer comenzó la nueva sesión parlamentaria. A modo de digna introducción a las futuras hazañas del ministerio del Reino de los Mil Años, se representó en la Cámara Alta la siguiente escena: el conde de Derby preguntó al conde de Aberdeen qué propuestas pensaba presentar el gobierno al Parlamento; a lo que este último respondió que ya en una ocasión anterior había expuesto sus principios, y que una repetición sería inoportuna, y que además cualquier otra declaración sería prematura antes de la comunicación que incumbía a la Cámara Baja. Y entonces se desarrolló un diálogo muy singular, en el que el conde de Derby hablaba y el conde de Aberdeen se limitaba a asentir con la cabeza:

Conde de Derby: «Quisiera preguntar al noble lord qué propuestas tiene la intención de someter a los Lores en el curso de la sesión.»

Como tras una pausa de varios segundos ningún noble lord se hubiera levantado: «¿Significa ese silencio que no hay propuestas?» (Risas.)

El conde de Aberdeen murmura algo ininteligible.

Conde de Derby: «¿Me sería lícito preguntar qué propuestas van a ser presentadas a esta Cámara?»

Ninguna respuesta.

Cuando a continuación el lord canciller planteó la moción de aplazamiento, los lores se aplazaron.

Si pasamos de la Cámara de los Lores a la «más humildemente sumisa Cámara de los Comunes de Su Majestad», comprobaremos que el conde de Aberdeen ha expuesto el programa del ministerio mucho más acertadamente con su silencio que Lord John Russell anoche con su largo y digno discurso. Su breve resumen: «Ninguna propuesta, sino hombres»; aplazamiento de todas las cuestiones de importancia para el Parlamento durante un año, y el pago más puntual de los sueldos de los ministros de la corona durante ese tiempo. Lord John Russell revistió las intenciones del gobierno con las siguientes palabras, poco más o menos:

«En lo que atañe a la cantidad de tropas que han de votarse para el ejército, la marina y la artillería, no se producirá ningún aumento sobre la cantidad aprobada antes de las fiestas de Navidad. En cuanto a la cuantía de las sumas calculadas por separado, se observará un aumento considerable en comparación con las partidas del año anterior… Se presentará un proyecto de ley que autorice a la legislatura canadiense a disponer de las reservas eclesiásticas de tierras en el Canadá… El ministro de Comercio presentará una moción para regular el sistema de practicaje… Se abolirá la relegación de los súbditos judíos de Su Majestad… Se harán propuestas para la instrucción pública, pero no estoy en condiciones de decir que pueda presentarles, en nombre del gobierno, un proyecto de gran envergadura sobre esta materia. Contendrá reformas de la enseñanza para las clases más pobres y propuestas para las universidades de Oxford y Cambridge… Las deportaciones a Australia cesarán… Se presentará un proyecto de ley para regular las penas secundarias… Inmediatamente después de las vacaciones de Pascua, o tan pronto como sea posible, el canciller del Exchequer presentará los presupuestos para el presente año… El lord canciller expondrá en pocos días las mociones que piensa presentar para mejorar el procedimiento judicial… El secretario de Estado para Irlanda tiene la intención de pedir en unos días la formación de una comisión de investigación que se ocupe de la cuestión de los terratenientes y los arrendatarios en Irlanda… Los ministros se esforzarán celosamente en lograr la renovación del impuesto sobre la renta para este año, sin que tengan lugar más discusiones o debates.»

En cuanto a la reforma parlamentaria, Lord John Russell declara que tal vez se tome en consideración en la próxima sesión. Es decir, ahora no hay reforma alguna. Más aún: Johnny se esforzó al máximo para rechazar la exigencia de que alguna vez hubiera prometido proponer una reforma parlamentaria más liberal que su proyecto de ley en la última sesión. Incluso se mostró muy indignado de que se le atribuyeran declaraciones de este tenor. Jamás había dicho ni pretendido decir cosa semejante. Tampoco promete en modo alguno que el proyecto de ley que se propone presentar en la próxima sesión sea tan amplio como el de 1852. En lo tocante al soborno y a la corrupción, dijo:

«Considero mejor abstenerme por ahora de expresar mi opinión sobre si son necesarias medidas adicionales para poner coto al soborno y la corrupción. Sólo digo que el asunto es de la mayor importancia.»

Es imposible describir la fría perplejidad con que la Cámara de los Comunes acogió este discurso del «John el Definitivo». Resulta difícil decir qué fue mayor: el desconcierto de sus amigos o el júbilo de sus enemigos. Pero todos parecieron considerar el discurso como una completa refutación del principio de Lucrecio «nil de nihilo fit» (de la nada, nada se hace). Lord John, por lo menos, sí hizo algo de la nada, a saber, un discurso seco, largo y muy aburrido.

Hasta ahora se suponía que había dos puntos en los que los ministros estaban dispuestos a triunfar o caer: una nueva fijación del impuesto sobre la renta y un nuevo proyecto de reforma. En cuanto al impuesto sobre la renta, se propone que subsista un año más en su forma actual. En cuanto a la ley de reforma, incluso en las dimensiones que convienen a los whigs, se declara que los ministros la introducirán únicamente a condición de permanecer un año entero más en el cargo. Exactamente ese era el programa del último ministerio Russell, menos la ley de reforma. Incluso el debate financiero se aplaza hasta después de Pascua, de modo que los ministros puedan cobrar en cualquier caso sus salarios trimestrales.

Casi todas las propuestas de reforma particulares están tomadas del programa de Disraeli. Así, por ejemplo, la mejora del procedimiento judicial, la abolición de la deportación a Australia, el proyecto de ley sobre practicaje, la comisión para regular la cuestión del derecho de los arrendatarios, etc. Los únicos puntos que realmente emanan del actual ministerio son la reforma de la enseñanza propuesta, que, según aseguró Lord John, no será mayor que él mismo, y la eliminación de las restricciones legales que pesan sobre el barón Lionel Rothschild. Cabe dudar de que el pueblo inglés se sienta muy satisfecho al ver extendido el derecho de sufragio a un usurero judío que fue notoriamente uno de los cómplices del golpe de Estado bonapartista.

Semejante desvergüenza por parte de un ministerio compuesto por dos partidos que fueron completamente derrotados en las últimas elecciones generales difícilmente se explicaría si no se tuviera en cuenta la circunstancia de que cualquier nuevo proyecto de reforma exigiría la disolución de la actual Cámara de los Comunes, cuya mayoría se aferra a sus escaños caramente comprados y conseguidos por escasísima mayoría.

No hay nada más delicioso que la manera en que *The Times* intenta consolar a sus lectores:

«La próxima sesión no es ni con mucho tan incierta como el día de mañana; pues el mañana no depende sólo de la voluntad, sino incluso de la vida del indeciso; pero si el mundo sigue en pie, la próxima sesión llegará con toda certeza. Así pues, pospóngase toda la reforma parlamentaria hasta la próxima sesión y désele al ministerio un año de tranquilidad.»

Por mi parte, creo que es de lo más ventajoso para el pueblo que, con la actual indolencia de la opinión pública y «en la fría sombra de un gabinete de coalición aristocrático», los ministros no le 
impongan
 un proyecto de ley de reforma. No debe olvidarse que Lord Aberdeen fue miembro del gabinete tory que en 1830 se negó a consentir siquiera la más mínima reforma. Las reformas nacionales deben conquistarse mediante la agitación nacional; no se las debe deber a la gracia de un lord Aberdeen.

Para terminar, quiero mencionar aún que en una reunión especial del Consejo General de la Asociación Nacional para la Protección de la Industria y el Capital Británicos, que tuvo lugar el último lunes bajo la presidencia del duque de Richmond en el South Sea House, esta sociedad, con sabio conocimiento, decidió disolverse.

Karl Marx