Friedrich Engels

La guerra santa

Escrito aproximadamente el 27 de octubre de 1853.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 3925 del 15 de noviembre de 1853, editorial]

Ahora, por fin, ha comenzado la guerra en el Danubio: una guerra de fanatismo religioso por ambas partes, una guerra de aspiraciones tradicionales por parte de los rusos, una guerra a vida o muerte por parte de los turcos. Como se esperaba, fue Omer Pachá quien abrió las hostilidades; como era su deber, tuvo que fingir al menos que expulsaba a los invasores por la fuerza de las armas del territorio otomano. Pero de ningún modo es seguro que haya lanzado de 30.000 a 50.000 hombres al otro lado del Danubio, como se rumorea desde Viena; y si en verdad lo ha hecho, hay que temer con razón que haya cometido un error funesto. La orilla que abandona le ofrece suficientes posibilidades defensivas y una buena posición; la orilla hacia la que se dirige sólo brinda escasas posibilidades de ataque, y en caso de fracaso no puede retirarse. Por lo tanto, hay que poner en duda la noticia de su cruce en tales masas hasta que tengamos informaciones más precisas.

Mientras que la guerra en Europa ha comenzado para Turquía en circunstancias desfavorables, el caso es distinto en Asia. Allí, consideradas desde el punto de vista militar, las comarcas fronterizas entre Rusia y Turquía se dividen en dos teatros de operaciones rigurosamente separados entre sí. Es la alta cresta montañosa o, más exactamente, la cadena que une el Cáucaso con la altiplanicie de Armenia central y forma la divisoria de aguas entre los afluentes del mar Negro y las corrientes que el Araxes conduce al mar Caspio o el Éufrates al golfo Pérsico. Esta cresta, que antes separaba Armenia del Ponto, constituye ahora la línea divisoria entre las dos regiones distintas en que se desarrollará la guerra. Sobre esta cadena de rocas abruptas y casi desnudas sólo conducen muy pocos caminos, de los cuales los dos más importantes son los que van de Trebisonda y Batum a Erzurum. Para todos los fines militares, estas montañas pueden considerarse, pues, casi intransitables, y obligan a ambas partes a mantener en cada lado cuerpos de tropas separados, que operan con más o menos independencia.

El país a orillas del mar Negro está surcado por una serie de ríos y torrentes de montaña que constituyen otras tantas posiciones de defensa militar. Tanto los rusos como los turcos tienen posiciones fortificadas en puntos importantes. En esta región bastante recortada (sólo el valle del río Rion forma una especie de llanura) podría librarse con gran éxito una guerra defensiva contra un ejército superior (ya que, debido a las montañas, muy pocas posiciones pueden ser forzadas desde el lado terrestre), si no interviniesen las flotas respectivas. Mediante el transporte y, de ser necesario, el desembarco de tropas en el flanco del enemigo, mientras el ejército terrestre lo fija en el frente, una flota podría conquistar una tras otra todas esas fuertes posiciones y neutralizar militarmente, si no destruir, aquellas fortificaciones que no revisten gran importancia ni en uno ni en otro lado de la frontera. Por consiguiente, la posesión de la costa del mar Negro corresponde a quien domina el mar; o, en otras palabras, si las flotas aliadas no intervienen activamente en favor de los turcos, pertenecerá con toda probabilidad a los rusos.

La tierra del interior, en la vertiente de las montañas orientada hacia tierra adentro, abarca la región donde nacen el Éufrates, el Araxes y el Kurá (Ciro); de un lado de la frontera se encuentra la provincia turca de Armenia, del otro la provincia rusa de Georgia. También este país es extraordinariamente montañoso y, en general, intransitable para los ejércitos. Erzurum, del lado turco, y Tiflis, del ruso, pueden considerarse las dos bases de operaciones inmediatas, con cuya pérdida se perdería inevitablemente todo el territorio adyacente. Así, la toma por asalto de Erzurum por los rusos decidió la campaña asiática de 1829.

Sin embargo, lo que para una parte es base directa de operaciones, para la otra es objetivo directo de las operaciones. Los caminos que unen Tiflis y Erzurum serán, por tanto, las líneas de operaciones para ambas. Hay tres rutas: una conduce a lo largo del Kurá superior por Ajaltsije; la otra, a lo largo del Araxes superior por Ereván; la tercera, por el centro entre ambas, atraviesa las montañas por Kars. Todos estos caminos están asegurados, en cada lado, por ciudades y puntos fortificados, y sería difícil decidir cuál de ellos sería el más favorable para los turcos o para los rusos. Baste mencionar que un ejército turco, por la vía de Ajaltsije, podría internarse con la mayor rapidez en las comarcas sublevadas del Cáucaso, pero que un cuerpo ruso que avanzara desde Batum por el valle del Choroj hasta Erzurum, pasando por Olti, podría amenazar precisamente ese avance de los turcos. El camino de Batum se une con el de Tiflis a sólo unas 15 millas antes de Erzurum, de modo que un cuerpo ruso que avanzara en la dirección indicada estaría en condiciones de cortar las comunicaciones de los turcos. E incluso podría, si fuese lo bastante fuerte, apoderarse de Erzurum, cuyas fortificaciones están construidas sólo a la manera asiática y no son capaces de ofrecer una resistencia seria.

La clave del teatro de la guerra en Asia y de ambos lados de las montañas es, pues, Batum, y si se piensa en esto y en su importancia para el comercio, no hay por qué asombrarse de cuán empeñadamente se esforzó siempre el zar en conquistarlo. Y Batum es la clave del teatro de guerra, o más bien de toda la Turquía asiática, porque domina el único camino transitable de la costa al interior, un camino que elude todas las posiciones turcas delante de Erzurum. Y aquella de las dos flotas en el mar Negro que arroje a la otra de vuelta a sus puertos dominará Batum.

Los rusos son plenamente conscientes de la importancia de este punto. Por mar y por tierra han enviado refuerzos a la costa transcaucásica. Hasta hace poco podía suponerse que los turcos, aun siendo los más débiles en Europa, gozaban en Asia de una decidida superioridad. Se decía que Abdi Pachá, comandante del ejército de Asia, había reunido 60.000 u 80.000 hombres, si no hasta 120.000, y que cada día acudían a su bandera enjambres de beduinos, kurdos y otras tropas irregulares. Para los insurgentes caucásicos habría armas y municiones en abundancia, y tan pronto como se declarase la guerra, se penetraría en esos centros de resistencia contra Rusia. Conviene recordar que Abdi Pachá difícilmente puede contar con más de 30.000 hombres de tropas regulares y que, antes de alcanzar el Cáucaso, tendrá que hacer frente, con ellos solos, a la tenaz resistencia de los batallones rusos. Sus beduinos y kurdos montados pueden ser excelentes para la guerra en las montañas, obligando a los rusos a destacar grandes partidas y debilitando así su fuerza principal; pueden también causar mucho daño a las aldeas de los georgianos y de los colonos en territorio ruso, e incluso establecer una especie de enlace secreto con los montañeses caucásicos. Pero si las tropas de Abdi Pachá no están en condiciones de cerrar el camino de Batum a Erzurum y de batir a todo núcleo de ejército activo que los rusos logren reunir, el éxito de los irregulares será muy efímero. Hoy en día, el apoyo de un ejército regular es absolutamente necesario para la prosecución de cualquier guerra irregular o insurreccional contra un ejército regular poderoso. La posición turca en esta frontera se asemejaría a la de Wellington en España, y ya veremos si Abdi Pachá sabe administrar sus fuerzas auxiliares como lo supo hacer el general británico contra un enemigo que le era decididamente superior en la guerra regular y en los medios necesarios para ella. En 1829, las fuerzas rusas en Asia delante de Erzurum sumaban solo 18.000 hombres; si se tienen en cuenta las mejoras que desde entonces han arraigado en el ejército turco (aunque la parte asiática haya sido la que menos se ha beneficiado de ellas), habría que decir que los rusos tendrían buenas perspectivas de éxito si hoy pudiesen reunir 30.000 hombres en ese punto.

¿Quién puede decidir en este momento si lo conseguirán o no? Pues sobre el ejército ruso en Asia se sabe aún menos de seguro y sobre él corren rumores más ociosos que sobre sus fuerzas europeas. El ejército del Cáucaso, a plena fuerza, es estimado oficialmente en 200.000 hombres; 21.000 cosacos del mar Negro han sido puestos en marcha hacia la frontera turca; se dice que varias divisiones han sido embarcadas en Odesa hacia Redut-Kale, en la costa surcaucásica. Pero todo el mundo sabe que el ejército del Cáucaso no tiene ni la mitad de la fuerza que se da oficialmente, y que los refuerzos enviados desde el otro lado del Cáucaso no pueden alcanzar, por razones obvias, la cifra indicada por los periódicos rusos. En general, ante las noticias contradictorias que nos llegan, no estamos en condiciones de calcular siquiera aproximadamente las fuerzas rusas en la frontera asiática. Sólo podemos decir que, con toda probabilidad, las fuerzas de ambas partes (si se prescinde de una sublevación general de los caucasianos) se equilibran bastante; que tal vez los turcos sean un poco más fuertes que los rusos y que, por consiguiente, tendrán pleno derecho a tomar la ofensiva en este teatro de la guerra.

Para los turcos, las perspectivas en Asia son, en realidad, mucho más alentadoras que en Europa. En Asia tienen que conservar una sola posición importante: Batum. Y un avance hacia el Cáucaso, ya sea desde Batum o desde Erzurum, les abre, en caso de éxito, una comunicación directa con sus aliados, los montañeses, y puede de un solo golpe aislar de Rusia al ejército ruso al sur del Cáucaso, al menos por tierra. Y esto puede conducir a la aniquilación total de ese ejército. Si, por el contrario, los turcos son derrotados, corren el peligro de perder Batum, Trebisonda y Erzurum; pero incluso en ese caso, los rusos no serían entonces lo suficientemente fuertes para avanzar más. Por lo tanto, las ventajas compensan con mucho las pérdidas que los turcos sufrirían en caso de derrota; y, en vista de estas buenas y suficientes razones, parece que se han decidido resueltamente a librar una guerra ofensiva en estas regiones.