El levantamiento milanés -  
Política británica -  
El discurso de Disraeli -  
El testamento de Napoleón

Karl Marx

El atentado contra Franz Joseph -  
El levantamiento milanés -  
Política británica -  
El discurso de Disraeli -  
El testamento de Napoleón

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nº 3710, 8 de marzo de 1853]

Londres, martes 22 de febrero de 1853

El telégrafo eléctrico comunica desde Stuhlweißenburg <Székesfehérvár>: «El 18 del corriente, a la una, el emperador de Austria, Franz Joseph, se paseaba por la Bastei de Viena, cuando un oficial de sastre húngaro llamado Lasslo Libényi, ex húsar de Viena, se abalanzó repentinamente sobre él y le asestó una puñalada. El golpe fue desviado por el ayudante conde O'Donnell. Franz Joseph resultó herido por debajo del occipucio. El húngaro, de 21 años de edad, fue derribado por un sablazo del ayudante y arrestado de inmediato.»

Según otras versiones, el arma era un mosquete.

En Hungría se acaba de descubrir una conspiración muy extensa para derrocar el dominio austríaco.

La "Wiener Zeitung" publica una serie de sentencias dictadas por el consejo de guerra contra 39 individuos, acusados principalmente de participar en la conspiración con Kossuth y Ruscsak desde Hamburgo.

Inmediatamente después de sofocada la sublevación revolucionaria de Milán, Radetzky ordenó interceptar toda comunicación con el Piamonte y Suiza. Antes de esta carta, ya habrán recibido ustedes las escasas noticias que desde Italia pudieron filtrarse hasta Inglaterra. Quisiera ahora llamar su atención sobre un rasgo característico de los sucesos de Milán.

Aunque el teniente mariscal de campo conde Strassoldo, en su primer decreto del 6 del corriente, admite sin ambages que la masa de la población no participó en absoluto en el levantamiento, no por ello deja de imponer a Milán el estado de sitio más riguroso. Radetzky, en una proclama posterior fechada en Verona el 9 de febrero, tergiversa la versión de su subordinado y se aprovecha de la rebelión para obtener dinero con falsos pretextos. A todas las personas que no pertenecen notoriamente al partido austríaco les impone multas de cuantía arbitraria en beneficio de la guarnición. En su proclama del 11 del corriente declara «que la mayoría de los habitantes, salvo pocas y loables excepciones, no quiere someterse al gobierno imperial» e insta a todas las autoridades judiciales, es decir, a los consejos de guerra, a secuestrar los bienes de todos los cómplices. Y explica así la palabra «complicidad»: «Che tale complicità consista semplicimente nella omissione della denuncia a cui ognuno è tenuto.» <«Tal complicidad consiste simplemente en la omisión de la denuncia a la que todos están obligados.»>

Con el mismo derecho podría confiscar toda la ciudad de Milán de una sola vez, so pretexto de que la sublevación del 6 no fue denunciada por los habitantes ya el día 5. Quien no quiera convertirse en espía y confidente de los Habsburgo corre el riesgo de convertirse en botín legal de los croatas. En una palabra, Radetzky proclama un nuevo sistema de saqueo masivo.

La sublevación de Milán es significativa como síntoma de la crisis revolucionaria que se avecina en todo el continente europeo. Y es admirable como acto de heroísmo de unos pocos proletarios que, armados sólo con cuchillos, osaron atacar la ciudadela de una guarnición y un ejército de 40.000 hombres de las mejores tropas de Europa, mientras los hijos de Mammón bailaban, cantaban y banqueteaban en medio de la sangre y las lágrimas de su nación humillada y martirizada. Pero resulta mezquina si ha de ser el resultado final de la eterna conspiración de Mazzini, de sus bombásticas proclamas y de sus arrogantes capuchinadas contra el pueblo francés. Esperemos que eso de las
révolutions improvisées
<
revoluciones improvisadas
>, como las llaman los franceses, haya terminado ya. ¿Se ha oído alguna vez que los grandes improvisadores sean también grandes poetas? Y lo mismo vale para la política que para la poesía. Las revoluciones no se hacen por encargo. Después de las terribles experiencias de 1848 y 1849 hace falta algo más que decretos de papel de dirigentes lejanos para provocar revoluciones nacionales.

Kossuth ha aprovechado la ocasión para desmentir públicamente la insurrección en general y, en particular, la proclama publicada en su nombre. Sin embargo, resulta un tanto sospechoso que post factum <a posteriori> reivindique para sí una superioridad política sobre su amigo Mazzini. A este respecto, comenta el "Leader": «Creemos necesario señalar a nuestros lectores que este asunto concierne exclusivamente al señor Kossuth y al señor Mazzini, y que este último no se encuentra en Inglaterra en este momento.»

Della Rocca, amigo de Mazzini, se expresa en una carta al "Daily News" sobre las desmentidas de Kossuth y Agostini. Dice: «Hay quien sospecha que, tan dispuestos a reclamar para sí los honores del éxito como a rechazar la responsabilidad del fracaso, esperaron primero las noticias definitivas sobre el éxito o el fracaso del levantamiento.»

B. Szemere, ex ministro de Hungría, protesta en una carta dirigida al editor del "Morning Chronicle" contra el hecho de que «Kossuth usurpe ilegítimamente el nombre de Hungría». Dice: «Quien quiera formarse un juicio sobre él como estadista, que lea atentamente la historia de la última revolución húngara, y quien quiera conocer su habilidad como conspirador, que eche una mirada retrospectiva a la desdichada expedición de Hamburgo del año pasado.»

Que la revolución vence incluso cuando fracasa nos lo muestra el terror que la
échauffourée
<
audaz pero irreflexiva acción
>
de Milán infundió hasta lo más hondo a los gobernantes continentales. Basta con leer la carta que publica el oficial "Frankfurter Oberpostamts-Zeitung": «Berlín, 15 de febrero. Aquí se está profundamente impresionado por los sucesos de Milán. La noticia telegráfica llegó al rey el día 9, justamente cuando se encontraba en un baile de la corte. El rey declaró de inmediato que el movimiento estaba vinculado a una conspiración profunda que se ramificaba por todas partes y que, ante estos movimientos revolucionarios, una alianza estrecha entre Prusia y Austria se revelaba como una necesidad incondicional... Un alto dignatario exclamó: "¡Así que tal vez tengamos que defender la corona prusiana a orillas del Po!"»

Tan grande fue el terror en el primer momento que, sin otra causa que esa «profunda impresión», fueron detenidos unos 20 habitantes de Berlín. La "Neue Preußische Zeitung", el periódico ultra-realista, fue confiscada por haber publicado el documento que supuestamente procedía de Kossuth. El día 13, el ministro von Westphalen presentó a la Cámara de los Pares un proyecto de ley urgente que autorizaría al gobierno a confiscar todos los folletos y periódicos que aparezcan fuera de Prusia. En Viena, las detenciones y los registros domiciliarios están a la orden del día. Inmediatamente se entablaron negociaciones entre Rusia, Prusia y Austria para presentar una protesta conjunta ante el gobierno inglés en relación con los refugiados políticos. Tan débiles, tan impotentes son las llamadas «potencias». Al menor indicio de un terremoto revolucionario sienten ya que los tronos de Europa vacilan en sus cimientos. En medio de sus ejércitos, de sus mazmorras, de sus cadalsos, tiemblan ante lo que llaman «tentativas subversivas de unos cuantos malvados pagados».

«La calma ha sido restablecida», sí, esa calma terrible y ominosa entre el primer rugido de la tormenta y el próximo trueno atronador.

Del continente agitado quiero ahora regresar a la tranquila Inglaterra. Casi parece como si el espíritu del pequeño Finality-John dominara todo el mundo oficial, como si toda la nación estuviera tan paralizada como los hombres que la dirigen. Incluso el "Times" exclama desesperado: «Puede ser la calma que precede a la tormenta, puede ser el humo que precede al fuego» — por el momento reina una calma soñolienta.

Las tareas parlamentarias se han reanudado, pero hasta ahora la triple reverencia de lord Aberdeen ha sido lo único dramático y el único acto destacado del ministerio de coalición. La impresión que el programa de lord John causó en sus enemigos se desprende mejor de las confesiones de sus propios amigos. Así dice el "Times": «Lord John Russell ha pronunciado un discurso aún menos fogoso que las observaciones introductorias que un subastador pronunciaría antes de la venta de muebles viejos, mercancías estropeadas o enseres de tienda... Lord John Russell suscita bien poco entusiasmo.»

Como es sabido, la nueva ley de reforma electoral ha sido aplazada bajo la presión de reformas prácticas más urgentes que requieren la atención más inmediata de los legisladores. Pero ya se ha mostrado con un ejemplo cómo tiene que ser la naturaleza de las reformas cuando el instrumento de la reforma, es decir, el Parlamento, permanece él mismo sin reformar.

El 14 de febrero, lord Cranworth presentó a la Cámara de los Lores su programa de reformas jurídicas. La mayor parte de su prolijo, aburrido e insulso discurso consistió en la enumeración de las muchas cosas que se esperaban de él pero que no estaba dispuesto a despachar. Se excusó diciendo que sólo llevaba siete semanas en el saco de lana. A esto comenta el "Times": «Lord Cranworth lleva 63 años en este mundo y 37 años de abogado.»

Como buen whig, de los relativamente grandes éxitos de las pequeñas reformas jurídicas realizadas hasta ahora saca la conclusión de que sería contrario a toda modestia proseguir las reformas del mismo modo. Como verdadero aristócrata, rehúye ocuparse del derecho eclesiástico, «pues ello atentaría demasiado contra viejos intereses arraigados». ¿Arraigados en qué? ¿En el poder público? Sólo dos medidas de cierta importancia ha preparado lord Cranworth: en primer lugar, «un proyecto de ley para facilitar el cambio de propiedad de las tierras», cuyo principal rasgo consiste en que dificulta aún más ese cambio aumentando los costos y multiplica los obstáculos técnicos, sin acortar la duración del cambio de propiedad ni simplificar su complejidad. En segundo lugar, una propuesta para formar una comisión que ordene sistemáticamente las leyes emanadas del Parlamento, y cuyo mérito se limitará probablemente a compilar un índice para los 40 volúmenes en cuarto de las resoluciones parlamentarias. Lord Cranworth puede defender su proceder ante los más recalcitrantes enemigos de la reforma jurídica con la misma disculpa que aquella pobre muchacha que dijo a su confesor que era verdad que había tenido un niño, pero que sólo había sido uno muy pequeño.

El único debate interesante en la Cámara de los Comunes se suscitó el día 18 del corriente a raíz de la interpelación de Disraeli a los ministros sobre las relaciones de Inglaterra con Francia. Disraeli empezó con Poitiers y Agincourt y terminó con los discursos electorales en Carlisle y en la Lonja de Halifax. El objeto del ejercicio era denunciar a Sir James Graham y a Sir Charles Wood por haberse permitido observaciones despectivas sobre la persona de Napoleón III. Disraeli no habría podido poner de manifiesto más claramente el completo derrumbe del viejo partido tory que erigiéndose en apologista de los Bonaparte, esos enemigos hereditarios precisamente de la clase política de la que él mismo es el primer representante. No habría podido inaugurar su carrera opositora de manera más inadecuada que justificando el actual régimen en Francia. Un breve análisis demostrará la debilidad de esta parte de su discurso.

Cuando quiso explicar las causas del malestar que se siente en el público a propósito de las actuales relaciones entre Inglaterra y Francia, tuvo que admitir forzosamente que la culpa la tenían precisamente los grandes armamentos que se habían iniciado bajo su propia administración. Intentó, a pesar de todo, demostrar que el aumento y el perfeccionamiento de los medios defensivos de Gran Bretaña se debían exclusivamente a los grandes cambios provocados por la aplicación moderna de la ciencia al arte de la guerra. Autoridades competentes, dijo, habían reconocido hacía tiempo la necesidad de tales medidas. En 1840, época en que Thiers era ministro, el gobierno inglés presidido por Sir Robert Peel hizo algunos esfuerzos para dar al menos a la defensa nacional un sistema nuevo. ¡Pero en vano! De nuevo, con el estallido de las revoluciones de 1848 en el continente, se le ofreció al gobierno de entonces la oportunidad de encauzar la opinión pública en la dirección deseada, en lo tocante a la defensa del país. Pero otra vez sin resultado. La cuestión de la defensa nacional no había llegado a madurar hasta que él y sus colegas fueron llamados a la cabeza del gobierno. Las medidas que adoptaron fueron las siguientes:

1. Se introdujo una milicia.
2. Se desarrolló eficazmente la artillería.
3. Se adoptaron disposiciones para fortificar a fondo los arsenales del país y algunos puntos importantes de la costa.
4. Se presentó una propuesta para reforzar la marina con 5.000 marineros y 1.500 infantes de marina.
5. Se dictaron medidas para restablecer la antigua potencia marítima en forma de una flota del Canal; ésta debía constar de 15 a 20 navíos de línea (de vela) y de un número correspondiente de fragatas y buques menores.

Ahora bien, de todas estas afirmaciones se desprende claramente que Disraeli fundamentó exactamente lo contrario de lo que quería demostrar. El gobierno no fue capaz de intensificar los armamentos cuando la cuestión siria y la cuestión de Tahití amenazaban la entente cordiale <el cordial entendimiento> con Luis Felipe; ni tampoco lo fue cuando la revolución se extendió por todo el continente y parecía amenazar en su raíz misma los intereses británicos. ¿Por qué, pregunto, lo ha conseguido ahora y precisamente bajo el gobierno de Mr. Disraeli? Precisamente porque ahora Napoleón III da motivo a mayores temores por la seguridad de Inglaterra que cuantos hayan existido desde 1815. Y además, como muy acertadamente observó Mr. Cobden:

«La ampliación solicitada de las fuerzas navales no era un aumento del número de buques de vapor, sino un refuerzo de las tripulaciones, y el paso del uso de buques de vela a buques de vapor no implicaba en modo alguno la necesidad de un mayor número de marineros, sino precisamente todo lo contrario.»

Disraeli dijo: «En segundo lugar, se teme una ruptura inminente con Francia, porque allí existe un gobierno militar. Pero si los ejércitos son ambiciosos de conquistas, ello se debe a que su posición en el propio país es insegura. Francia está ahora gobernada por el ejército, no a causa de la ambición militar de las tropas, sino a causa de la inquietud de los ciudadanos.»

El señor Disraeli parece pasar por alto por completo que de lo que precisamente se trata es de cuánto tiempo el ejército se sienta seguro en su propio país y cuánto tiempo la nación entera tendrá consideración con los temores egoístas de una pequeña clase de ciudadanos y se doblegará al terror real de un despotismo militar que, en último término, no es más que el instrumento de intereses clasistas exclusivos. Disraeli veía la tercera causa en «el considerable prejuicio que en este país existe contra el actual soberano de Francia... Se opina que, al asumir el poder, acabó con lo que aquí se estima como constitución parlamentaria y que coartó la libertad de prensa.»

Disraeli tiene, ciertamente, muy poco que oponer a estos prejuicios. Opina que «es sumamente difícil formarse una opinión sobre la política francesa».

El simple y sano sentido común le dice al pueblo inglés, aun cuando no esté tan profundamente iniciado en los misterios de la política francesa como el señor Disraeli, que el aventurero sin conciencia, a quien no controlan ni un parlamento ni la prensa, es precisamente el más apto para, lo mismo que un pirata, caer sobre Inglaterra después de haber agotado su propio tesoro público mediante la extravagancia y el derroche.

A continuación, el señor Disraeli ofrece algunos ejemplos de hasta qué punto la coincidencia armoniosa del último gobierno con Bonaparte contribuyó a mantener la paz: el amenazador conflicto de Francia con Suiza, la apertura de los ríos sudamericanos, el conflicto entre Prusia y Neuchâtel, la declaración de las tres potencias en la que los Estados Unidos, bajo presión, se adhirieron a la renuncia sobre Cuba, la acción común en el Levante respecto al Tansimat en Egipto, la revisión del tratado de sucesión griego, la cooperación armoniosa en lo relativo a la regencia de Túnez, etc. Esto me recuerda cómo un cierto miembro del partido del orden francés, en un discurso a fines de noviembre de 1851, ensalzaba el entendimiento armonioso de Napoleón con la mayoría de la Asamblea Nacional, que tan fácil le había hecho el despacho de las cuestiones del derecho electoral, del derecho de coalición y de la prensa. Dos días después se ejecutó el coup d’état <golpe de Estado>.

Tan débil y contradictoria como fue esta parte del discurso de Disraeli, tan brillante fue el final, que consistió en un ataque contra el ministerio de coalición.

«Existe aún otra razón», concluyó, «que me fuerza a promover esta investigación en el momento actual, y es la situación presente de los partidos en esta Cámara. Es una situación de lo más singular. Tenemos en este momento un ministerio conservador y tenemos una oposición conservadora.» (Aplausos.) «No alcanzo a descubrir por ninguna parte al gran partido liberal.» (Aplausos.) «¿Dónde están los whigs con sus grandes tradiciones? Nadie se presenta.» (Renovados aplausos.) «¿Dónde, pregunto, están las juveniles energías del radicalismo? ¿Sus desbordantes expectativas, sus tensas esperanzas? Me temo que, cuando despierte de los ardientes sueños de su inexperiencia juvenil, descubrirá en ese mismo instante que ya está gastado y desechado.» (Aplausos.) «Y, además, gastado sin remordimiento de conciencia y desechado sin gran gasto de decoro.» (Aplausos.) «¿Dónde están los radicales? ¿Hay en esta Cámara algún hombre que se llame radical?» (¡Oíd, oíd!) «No, ni uno solo. Tendría miedo de que se lo agarrara y se hiciera de él un ministro conservador.» (Carcajadas estruendosas.) «Ahora bien, ¿cómo ha podido llegarse a semejante situación? ¿Dónde están las fuerzas motrices que han provocado esta calamidad política preñada de desgracias? Creo que debo dirigirme a ese arsenal inagotable de artificios políticos, al Primer Lord del Almirantazgo» (Graham), «para explicar el presente estado de cosas. Quizá recuerde la Cámara que hace unos dos años el Primer Lord del Almirantazgo nos expuso uno de sus credos políticos, en los que tanto abundan sus discursos. Dijo: “La posición en que me encuentro es el progreso.” Ya entonces, señor, pensé para mis adentros que el progreso era una cosa extraña sobre la que estar de pie.» (Grandes risas y aplausos.) «En aquel momento sospeché que se trataba de una frase descuidada. Pero pido perdón por aquella sospecha momentánea. Compruebo que se trata de un sistema bien meditado que entra en acción ahora. Pues ahora tenemos un ministerio del progreso, y todo permanece inmóvil.» (Aplausos.) «La palabra reforma ya no se oye; ya no tenemos un ministerio de la reforma; tenemos un ministerio del progreso, en el cual todos los miembros están decididos a no hacer nada. Todas las cuestiones difíciles están en suspenso. Todas las cuestiones sobre las que no puede llegarse a un acuerdo son cuestiones abiertas.»

Los adversarios de Disraeli no tenían mucho que oponerle, a excepción del «arsenal inagotable de artificios políticos» de Sir James Graham, quien al menos mantuvo su dignidad al no retirar por completo las expresiones ofensivas contra Luis Napoleón de las que se le acusaba.

Lord John Russell acusó a Disraeli de hacer de la política exterior del país una cuestión de partido. Aseguró a la oposición que «el país se sentiría feliz de disfrutar, después de las querellas y luchas del año pasado, al menos de un breve lapso de tranquilo y pacífico progreso y de verse libre de las grandes y conmocionantes luchas de partido».

El resultado de los debates consistirá en que los presupuestos de la flota serán aprobados por la Cámara, pero, para tranquilidad de Napoleón, no por motivos bélicos, sino desde puntos de vista científicos. Suaviter in modo, fortiter in re. <Suave en la forma, enérgico en el fondo.>

El jueves pasado por la mañana compareció el procurador de la reina ante Sir J. Dodson en el Prerogative Court <tribunal de testamentarías, subordinado al arzobispo de Canterbury> y pidió, en nombre del ministro de Asuntos Exteriores, que la registraduría entregara al gobierno francés el testamento y codicilo originales de Napoleón Bonaparte <Napoleón I>. Se accedió a esta demanda. Si Luis Bonaparte se dispusiera a abrir este testamento e intentara ejecutar sus disposiciones, fácilmente podría revelarse como una moderna caja de Pandora.

Karl Marx