Londres, martes 30 de agosto de 1853

The Breslau Gazette anuncia que la exportación de cereales de Valaquia ha sido definitivamente prohibida.

En este momento hay una cuestión en juego algo mayor que la oriental, a saber: la cuestión de las subsistencias. Los precios de los cereales han subido en Königsberg, Stettin, Danzig, Rostock, Colonia, Hamburgo, Rotterdam y Amberes, y desde luego en todos los mercados importadores. En los principales mercados provinciales de Inglaterra el trigo ha subido de 4 a 6 chelines por quarter. La constante subida de los precios del trigo y del centeno en Bélgica y Francia, y el consiguiente encarecimiento del pan, causan gran inquietud. El gobierno francés está comprando grano en Inglaterra, en Odessa y en el Báltico. El informe definitivo sobre las cosechas en Inglaterra no se publicará hasta la semana próxima. La enfermedad de la patata está más generalizada aquí que en Irlanda. La exportación de grano ha sido prohibida por todos los gobiernos italianos, incluido el de Lombardía.

Durante la semana pasada se han dado en Londres algunos casos declarados de cólera asiático. También sabemos que el cólera ha llegado ya a Berlín.

La batalla entre el trabajo y el capital, entre los salarios y las ganancias, continúa. En Londres ha habido nuevas huelgas de los cargadores de carbón, de los barberos, de los sastres, de los zapateros de señora, de los fabricantes de cubreparaguas y cubresombrillas, de las costureras de camisas y de ropa interior en general, y de otros obreros empleados por los vendedores de ropa barata y las casas de exportación al por mayor. Ayer se anunció una huelga de varios albañiles, y de los lancheros del Támesis, empleados en el transporte de mercancías entre los muelles y los barcos en el río. Las huelgas de los mineros del carbón y de los obreros siderúrgicos en Gales del Sur continúan, y a la lista hay que añadir una nueva huelga de mineros del carbón en Resolven, etc., etc.

Sería tedioso seguir enumerando, carta tras carta, las distintas huelgas que llegan a mi conocimiento semana tras semana. Por consiguiente, sólo me detendré ocasionalmente en aquellas que presenten rasgos de especial interés, entre los cuales merece mencionarse, aunque no sea exactamente una huelga todavía, el conflicto pendiente entre los agentes de policía y su jefe, Sir Richard Mayne. Sir Richard Mayne, en su circular dirigida a las diversas divisiones de la policía metropolitana, ha prohibido a los policías celebrar reuniones o coaligarse, al tiempo que se manifiesta dispuesto a atender las quejas individuales. Los policías le responden que consideran el derecho de reunión como inalienable para los ingleses. Él les recuerda que su escala de salarios se fijó en una época en que las subsistencias eran mucho más caras que en la actualidad. Los hombres responden que «su reclamación no se basa únicamente en el precio de las subsistencias, sino en la convicción de que la carne y la sangre no son tan baratas como se ha pretendido».

El incidente más importante en esta historia de las huelgas es la declaración de la “Seamen’s United Friendly Association”, que se autodenomina Carta de Derechos del Marino Anglosajón. Esta declaración se refiere a la Ley de Navegación Mercante (Merchant Shipping Bill), que deroga la cláusula del Acta de Navegación que obligaba a los armadores británicos a llevar a bordo de sus buques al menos tres cuartas partes de súbditos británicos; dicha ley abre ahora el comercio de cabotaje a los marinos extranjeros incluso allí donde los buques extranjeros están excluidos. Los hombres declaran que esta ley no es una ley de los marinos, sino de los armadores. A nadie se había consultado excepto al armador. La cláusula de dotación había actuado como freno a la conducta de los capitanes en el trato y la retención de las tripulaciones. La nueva ley pondría a los marineros completamente a merced de cualquier mal oficial. La nueva ley partía del principio de «que los 17.000 capitanes eran todos hombres de carácter bondadoso, rebosantes de generosidad, benevolencia y amabilidad; y que todos los marineros eran indomables, irrazonables y naturalmente malos». Declaran que, mientras el armador puede llevar sus barcos donde le plazca, su trabajo está restringido a su propio país, ya que el Gobierno ha derogado la ley de navegación sin asegurarles primero empleo recíproco en los barcos de otras naciones.

«Habiendo ofrecido el Parlamento a los marineros como holocausto a los armadores, nosotros como clase nos vemos obligados a unirnos y tomar medidas para nuestra propia protección.»

Estas medidas consisten principalmente en la intención de los marineros de mantener por su parte la cláusula de dotación, declarándose al mismo tiempo

«que los marineros de los Estados Unidos de América sean considerados como británicos; que se apele a ellos para que ayuden a su unión; y que, como no habría ventaja alguna en navegar como inglés después del primero de octubre, cuando la mencionada ley entre en vigor; como, por el contrario, se podría asegurar la exención de la leva o del servicio en la Marina de Su Majestad durante la guerra sirviendo como extranjeros en barcos británicos en tiempos de paz, y como habría más protección durante la paz poseyendo la ciudadanía americana, […] los marineros […] obtendrán certificados de ciudadanía de los Estados Unidos a su llegada a cualquier puerto de dicha República».

Escrito el 30 de agosto de 1853. Reproducido del New-York Daily Tribune.

Publicado por primera vez en el New-York Daily Tribune, núm. 3873, 15 de septiembre de 1853; reimpreso en el New-York Semi-Weekly.