Friedrich Engels

El ulterior desarrollo de la guerra turca

Escrito hacia el 22 de diciembre de 1853.

["New-York Daily Tribune" núm. 3971 del 9 de enero de 1854, artículo editorial]

Tras una larga demora, por fin estamos en posesión de los documentos oficiales sobre las dos victorias de las que tanto se jacta Rusia y que tan generosamente recompensa. Nos referimos, naturalmente, a la destrucción de la escuadra turca en Sinope y al combate de Achalzych, en Asia. Los documentos son boletines rusos; pero el hecho de que el órgano oficial turco haya guardado el más profundo silencio sobre el asunto, cuando sus comunicaciones nos habrían llegado mucho antes que las de San Petersburgo, hace aparecer como cosa cierta que la Puerta no tiene nada agradable que publicar. Analicemos, pues, a partir de las informaciones de que disponemos, los acontecimientos relativos a este asunto, a fin de familiarizar a nuestros lectores con el verdadero estado de cosas.

La batalla de Sinope fue el resultado de una serie de errores tan singular por parte de los turcos, que toda la historia sólo puede explicarse si se cree en una funesta injerencia de la diplomacia occidental o en un entendimiento secreto de los rusos con ciertos círculos de Constantinopla en relación con las embajadas francesa e inglesa. Toda la flota turca y egipcia se dirigió en noviembre al mar Negro para distraer la atención de los almirantes rusos de una expedición que debía desembarcar armas y municiones para los montañeses sublevados de la costa caucásica. La flota permaneció dieciocho días en el mar sin encontrarse con un solo buque de guerra ruso. Según una versión, la escuadra rusa no habría abandonado Sebastopol en todo ese tiempo, lo que habría permitido a la expedición al Cáucaso cumplir su cometido; según otra versión, los rusos, bien informados de los planes turcos, se habrían retirado hacia el este, desde donde se limitaron a observar a los buques de transporte, los cuales, en consecuencia, nunca alcanzaron la costa caucásica y tuvieron que regresar a Sinope, mientras la flota principal volvía a navegar rumbo al Bósforo. La gran cantidad de pólvora a bordo de la escuadra de Sinope, que en un momento relativamente temprano del choque provocó la explosión de algunos buques, parece probar la exactitud de esta última versión.

Así, siete fragatas turcas, dos vapores, tres corbetas y uno o dos buques menores, junto con algunos transportes, quedaron abandonados a su suerte en el puerto de Sinope. Este puerto no es mucho más que una rada abierta, formada por una bahía abierta al mar y protegido por unas baterías descuidadas y mal emplazadas; la mejor de ellas se hallaba en un castillo construido en tiempos de los emperadores griegos, es decir, probablemente antes de que en Europa se supiera algo de artillería. Cómo pudo suceder que una escuadra con unos trescientos cañones, en su mayoría de pequeño calibre, fuera abandonada a merced de una flota tres veces más numerosa y poderosa, y además en un punto de la costa turca que, por su proximidad a Sebastopol, está más expuesto a los ataques rusos, mientras la flota principal se mecía apaciblemente en el Bósforo, es algo que todavía tenemos que averiguar. Sabemos que la peligrosa situación de esta escuadra era perfectamente conocida y que se discutió acaloradamente en el mando de la flota; sabemos también que los almirantes turcos, británicos y franceses expusieron en voz alta sus opiniones divergentes en el consejo de guerra, y que los embajadores, entrometiéndose en todo, también estuvieron presentes para pronunciarse sobre el asunto; pero no se hizo nada.

Entretanto, según se afirma en un relato, un vapor austríaco habría informado en Sebastopol de la posición de la escuadra. El parte oficial ruso afirma, por el contrario, que Najímov, mientras cruzaba por la costa asiática, descubrió la escuadra y se dispuso a atacarla. Pero si los rusos descubrieron a los turcos cerca de Sinope, los turcos, desde las torres y minaretes de la ciudad, forzosamente habrían tenido que descubrir a los rusos mucho antes. ¿Cómo pudo ocurrir que las baterías turcas estuvieran en tan mal estado cuando unos pocos días de trabajo habrían bastado para ponerlas a punto? ¿Cómo fue que los buques turcos fondearan precisamente donde estorbaban el fuego de las baterías, y por qué no se los llevó a fondeaderos más adecuados donde hubieran podido hacer frente mejor al peligro inminente? Habría habido tiempo suficiente para todo ello, pues el almirante Najímov declara que primero envió a Sebastopol por tres navíos de tres puentes antes de atreverse a atacar. Los turcos no habrían dejado pasar seis días, del 24 al 30 de noviembre, sin emprender nada. Sin embargo, el informe del vapor turco “Taif”, que escapó a Constantinopla, demuestra sobradamente que los turcos fueron sorprendidos. En este aspecto, pues, el parte ruso no puede ser exacto.

Bajo el mando del almirante Najímov estaban tres navíos de línea, uno de ellos de tres puentes, seis fragatas, algunos vapores y seis u ocho buques menores; es decir, una fuerza con aproximadamente el doble de cañones que la escuadra turca. Y, sin embargo, no pasó al ataque hasta que tuvo otros tres navíos de tres puentes como refuerzo, los cuales por sí solos habrían bastado para asestar el golpe. Sólo con esta superioridad abrumadora y desproporcionada se atrevió a atacar. La niebla o, como otros afirman, el izado de la bandera británica, le permitió aproximarse sin obstáculos hasta 500 yardas. Entonces comenzó el combate. Temiendo que el viento los arrojara contra la costa, los rusos fondearon anclas. A continuación, sin maniobra naval alguna, se inició el cañoneo mutuo entre ambas flotas fondeadas; aquello tuvo más el carácter de un cañoneo en tierra firme y duró cuatro horas. La posibilidad de prescindir por completo de la táctica marinera y de toda maniobra vino muy bien a los rusos, pues las dotaciones de su flota del Mar Negro se componían casi exclusivamente de “marineros de agua dulce”, en especial judíos polacos, lo que en un combate en mar abierto les habría dado pocas probabilidades de éxito frente a los bien tripulados buques turcos. ¡Y eso que los rusos necesitaron nada menos que cuatro horas enteras para silenciar los endebles buques de sus adversarios! Tenían, además, la ventaja de que cada uno de sus disparos fallidos forzosamente tenía que causar daño a las baterías de costa o a la ciudad. Y que, en comparación con los aciertos, muchísimos disparos erraron el blanco se desprende de la casi total destrucción de la localidad, que ya estaba consumada mucho antes de que se pudiera silenciar a la flota enemiga. El parte ruso afirma que sólo fue incendiado el barrio turco, mientras que el barrio griego escapó milagrosamente a la destrucción. Pero esto es contradicho por testigos más fidedignos, que refieren que toda la ciudad está en ruinas.

Durante el combate, tres fragatas turcas fueron incendiadas, cuatro fueron encalladas y más tarde quemadas junto con un vapor y las embarcaciones menores. No obstante, el vapor “Taif” cortó sus cables de ancla, pasó audazmente entre los buques rusos y escapó rumbo a Constantinopla, aunque fue perseguido por tres vapores rusos al mando del almirante Kornilow. En vista de la torpeza de los rusos en el mar, de la desfavorable posición de la flota turca delante de sus propias baterías y dentro de su campo de tiro, y sobre todo ante la absoluta certeza de la derrota, probablemente habría sido mejor que toda la escuadra turca hubiera levado anclas y navegado contra el enemigo hasta donde el viento lo permitiera. Al menos entonces quizá, mediante el inevitable sacrificio de algunos buques, se habría salvado una parte de la escuadra. Por supuesto, para una maniobra semejante habría sido determinante la dirección del viento reinante; pero parece dudoso que Osman Pascha haya siquiera pensado en semejante paso.

La victoria de Sinope no es un título de gloria para los rusos; los turcos, en cambio, combatieron con una bravura inaudita. Ni un solo buque arrió su bandera durante todo el combate. Esta pérdida de una parte importante de su poder naval, la conquista temporal del mar Negro por los rusos y los deprimentes efectos morales de semejante acontecimiento sobre el pueblo, el ejército y la marina turcos, se los debe Turquía exclusivamente a los “buenos oficios” de la diplomacia occidental, que impidió a la flota turca salir y, con ello, proteger a la escuadra de Sinope o hacerla regresar a casa. Y asimismo, sólo a sus informaciones secretas a Rusia debe el que Rusia estuviera en condiciones de asestar el golpe con tal ausencia de riesgo y tal certeza.

La segunda victoria de la que se jactan los rusos se obtuvo en Achalzych, Armenia. A los turcos se les ha estorbado desde hace ya algún tiempo en sus movimientos ofensivos en la frontera de Georgia. Desde que hubieron tomado Scheftakil o el puerto de San Nicolás, no se había conquistado lugar alguno de importancia, ni se había obtenido una sola victoria que tuviera más que una efímera significación. Y esto en un país donde los rusos tienen que luchar en las circunstancias más desfavorables; donde sus comunicaciones terrestres con Rusia están limitadas a dos caminos, inseguros a causa de los sublevados cherqueses; donde sus comunicaciones marítimas pueden ser fácilmente cortadas o puestas en peligro, y donde todo el territorio transcaucásico ocupado por los rusos, con el centro en Tiflis, puede considerarse más bien como un Estado independiente que como parte integrante de un poderoso imperio. ¿Cómo explicar esta interrupción del avance turco? Los turcos acusan a Abdi Pachá de traición y lo han relevado; y es en verdad muy extraño que Abdi Pachá sea el único general turco en Asia al que los rusos han permitido obtener victorias parciales de importancia local. Pero a los turcos se les pueden señalar dos errores que explican la falta de éxito al comienzo de la campaña y la posterior derrota efectiva. Han dispersado y fragmentado su ejército a lo largo de toda la extensa línea que va de Batum a Bajazid. Sus tropas no eran en ningún punto lo bastante fuertes para emprender un ataque concéntrico sobre Tiflis, aunque una parte de ellas gozara momentáneamente de la posesión indiscutida e inútil de la ciudad de Eriwan. El terreno es rocoso e infértil, y puede resultar difícil abastecer allí a un gran ejército; pero los mejores remedios contra el hambre en una tropa son los movimientos rápidos y la rápida concentración de todos los recursos. Dos cuerpos habrían bastado: uno para cubrir Batum y atacar a lo largo de la costa, y el otro para marchar directamente sobre Tiflis a través del valle del Kura. Pero se han fragmentado y vuelto a fragmentar las fuerzas turcas sin necesidad imperiosa alguna, hasta que cada cuerpo por separado resultó casi incapaz de combatir.

Por otra parte, fue la inacción a que la diplomacia había condenado a la flota turca lo que permitió a los rusos desembarcar en Mingrelia dos divisiones de infantería (del quinto cuerpo) y reforzar así al Ejército del Cáucaso del príncipe Vorontsov en cerca de 20.000 hombres. Gracias a este refuerzo, no solo pudo fijar a los turcos en la costa, sino que tuvo además la satisfacción de ver cómo un cuerpo al mando del general Andronikov liberaba la fortaleza sitiada de Ajaltsije y batía al enemigo en campo abierto cerca de dicha ciudad. Los rusos afirman que con unos 10.000 hombres pusieron en fuga a 18.000 turcos. No podemos, naturalmente, fiarnos de tales afirmaciones, pero hemos de reconocer que el gran número de tropas irregulares en el ejército turco de Anatolia y la casi total carencia de oficiales europeos, particularmente en los grados superiores y en el estado mayor, ponían a los turcos en gran desventaja frente a los rusos cuando estos eran igual de fuertes en número. Los rusos aseguran haber capturado diez o doce cañones; bien puede ser cierto, pues en este terreno intransitable la parte vencida tiene que abandonar forzosamente la mayoría de sus cañones. Pero al mismo tiempo reconocen los rusos no haber hecho más que 120 prisioneros. Esto equivale a confesar que pasaron a cuchillo en el campo de batalla a casi todos los heridos que los turcos, de grado o por fuerza, hubieron de abandonar. Por lo demás, de los comunicados rusos se desprende que debieron planear muy mal sus medidas para perseguir al menos a parte del enemigo en retirada e impedirle la retirada. Disponían de mucha caballería; un ataque audaz directamente sobre la masa de los fugitivos habría podido copar batallones enteros. Pero así, al menos según los informes de que disponemos, este combate reviste solo un escaso interés político o militar.

En el Danubio, los rusos no han hecho más que proceder cerca de Matschin —fortaleza o, mejor dicho, peñasco saliente frente a Braila— del mismo modo que al iniciarse la campaña. Con ello parecen haber logrado poco. Podemos ofrecer hoy, además, una lista detallada de las tropas turcas en Vidin, procedente de buena fuente. Se componen de 34.000 infantes, 4.000 jinetes y 2.000 artilleros con 66 cañones de campaña, sin contar la artillería pesada en las murallas de Vidin y en los reductos de Calafat. Así se malgastan 40.000 turcos en ocupar la ruta directa de Bucarest a Serbia. 40.000 hombres, encadenados a extensas fortificaciones que han de defender, son pocos para ofrecer resistencia a un gran ejército y demasiados para rechazar las incursiones de pequeños destacamentos. Reunidos con las fuerzas ya concentradas en Shumla, esos 40.000 hombres tendrían allí el doble de valor que en cualquier otro sitio. Su ausencia, junto a la intromisión diplomática, ha hecho fracasar la operación de Oltenița. Es imposible imaginar que Omer Pachá no sepa que, si se sitúa con 100.000 hombres entre Silistria y Rustchuk, los rusos jamás intentarán, ante sus ojos, lanzarse a las montañas de Serbia con un número de tropas cuya fuerza bastara para perjudicarle. Semejante despliegue de sus tropas no puede en modo alguno armonizar con su opinión, y de seguro está muy indignado e irritado por las malévolas influencias que se lo imponen.