Relato de la vida de Lord Palmerston por Karl Marx  
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Basta una ojeada al mapa de Europa para ver, en el litoral occidental del Mar Negro, las desembocaduras del Danubio, el único río que, brotando en pleno corazón de Europa, puede decirse que forma una vía natural hacia Asia. Justo enfrente, en el lado oriental, al sur del río Kubán, arranca la cadena montañosa del Cáucaso, que se extiende desde el Mar Negro hasta el Caspio en dirección sudeste a lo largo de unas setecientas millas, separando Europa de Asia.

Quien posee las desembocaduras del Danubio posee el Danubio y, con él, la vía hacia Asia y una gran parte del comercio de Suiza, Alemania, Hungría, Turquía y, sobre todo, de Moldo-Valaquia. Si además se posee el Cáucaso, el Mar Negro se convierte en propiedad vuestra, y para cerrar su puerta solo hacen falta Constantinopla y los Dardanelos. La posesión de las montañas del Cáucaso os convierte de inmediato en dueños de Trebisonda y, mediante el dominio del Mar Caspio, en dueños del litoral septentrional de Persia.

Los ojos codiciosos de Rusia abarcaron al punto las desembocaduras del Danubio y la cadena del Cáucaso. Allí, la tarea consistía en conquistar la supremacía; aquí, en mantenerla. La cadena del Cáucaso separa la Rusia meridional de las ricas provincias de Georgia, Mingrelia, Imertia y Giuriel, arrebatadas por el moscovita al musulmán. De este modo, el pie del monstruoso imperio queda seccionado de su cuerpo principal. El único camino militar digno de tal nombre serpentea desde Mozdok hasta Tiflis, a través del puerto de águilas de Dariel, fortificado por una línea continua de posiciones atrincheradas, pero expuesto por ambos flancos a los incesantes ataques de las tribus caucásicas. La unión de esas tribus bajo un solo jefe militar podría incluso poner en peligro el territorio cosaco fronterizo. “La sola idea de las terribles consecuencias que traería consigo la unión de los hostiles circasianos[35] bajo una sola cabeza en el sur de Rusia, llena de terror”, exclama el señor Kapffer, un alemán que presidió la comisión científica que, en 1829, acompañó la expedición del general Etronnel al Elbruz.

En este mismo instante, nuestra atención se dirige con igual ansiedad a las riberas del Danubio, donde Rusia se ha apoderado de los dos graneros de maíz de Europa, y al Cáucaso, donde se ve amenazada en la posesión de Georgia. Fue el Tratado de Adrianópolis el que preparó la usurpación de Moldo-Valaquia por Rusia y el que reconoció sus pretensiones sobre el Cáucaso.

El artículo IV de dicho tratado estipula:

“Todos los países situados al norte y al este de la línea de demarcación entre los dos Imperios (Rusia y Turquía), hacia Georgia, Imertia y el Giuriel, así como todo el litoral del Mar Negro, desde la desembocadura del Kubán hasta el puerto de San Nicolás exclusivamente, quedarán bajo la dominación de Rusia.”

En cuanto al Danubio, el mismo tratado estipula:

“La línea fronteriza seguirá el curso del Danubio hasta la boca de San Jorge, dejando todas las islas formadas por los diferentes brazos en posesión de Rusia. La ribera derecha quedará, como antes, en posesión de la Puerta Otomana. Queda acordado, sin embargo, que la ribera derecha, desde el punto donde el brazo de San Jorge se aparta del de Sulina, permanecerá deshabitada a una distancia de dos horas (seis millas) del río, y que no se levantará allí ningún tipo de construcción y, de igual modo, en las islas que todavía queden en posesión de la corte de Rusia. A excepción de las cuarentenas que allí se establezcan, no se permitirá ningún otro establecimiento ni fortificación.”

Ambos párrafos, en la medida en que aseguran a Rusia una “extensión territorial y ventajas comerciales exclusivas”, infringieron abiertamente el protocolo del 4 de abril de 1846, redactado por el duque de Wellington en San Petersburgo, y el tratado del 6 de julio de 1827, concluido entre Rusia y las demás grandes potencias en Londres. El gobierno inglés, por tanto, se negó a reconocer el Tratado de Adrianópolis. El duque de Wellington protestó contra él. —(Lord Dudley Stuart, Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1837.)

Lord Aberdeen protestó:

“En un despacho a Lord Heytesbury, fechado el 21 de octubre de 1829, comentó con no poca insatisfacción muchas partes del Tratado de Adrianópolis, y advierte especialmente las estipulaciones relativas a las islas del Danubio. Niega que la paz (el Tratado de Adrianópolis) haya respetado los derechos territoriales de la soberanía de la Puerta, y la condición y los intereses de todos los estados marítimos del Mediterráneo.” —(Lord Mahon, Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Earl Grey declaró que “la independencia de la Puerta sería sacrificada y la paz de Europa puesta en peligro si se aceptaba este tratado.” —(Earl Grey, Cámara de los Lores, 4 de febrero de 1834.)

El propio Lord Palmerston nos informa:

“En lo que se refiere a la extensión de la frontera rusa en el sur del Cáucaso y en las costas del Mar Negro, eso no es, ciertamente, consecuente con la solemne declaración hecha por Rusia ante Europa antes del comienzo de la guerra turca.” —(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1837.)

El litoral oriental del Mar Negro —mediante cuyo bloqueo y la interceptación de los suministros de armas y pólvora a los distritos noroccidentales del Cáucaso podía Rusia, y solo así, aspirar a hacer valer su pretensión nominal sobre esas comarcas—, ese litoral del Mar Negro y las desembocaduras del Danubio no son ciertamente lugares “donde una acción inglesa pudiera jamás tener lugar”, como se lamentó el noble lord en el caso de Cracovia. ¿Por qué misterioso artificio, pues, ha conseguido el moscovita bloquear el Danubio, cerrar el litoral del Euxino y obligar a Gran Bretaña a someterse no solo al Tratado de Adrianópolis, sino al mismo tiempo a la violación, por la propia Rusia, de ese mismísimo tratado?

Estas preguntas se le plantearon al noble vizconde en la Cámara de los Comunes el 20 de abril de 1836, después de que se hubieran acumulado numerosas peticiones de los comerciantes de Londres, Glasgow y otras ciudades comerciales contra las regulaciones fiscales de Rusia en el Mar Negro y sus decretos y restricciones tendentes a interceptar el comercio inglés en el Danubio. El 7 de febrero de 1836 había aparecido un ukase ruso que, en virtud del Tratado de Adrianópolis, establecía una cuarentena en una de las islas formadas por las bocas del Danubio. Para ejecutar dicha cuarentena, Rusia reclamaba el derecho de abordaje e inspección, de cobrar tasas y de apresar y conducir a Odesa a los barcos recalcitrantes que remontaran el Danubio. Antes de que se estableciera la cuarentena, o más bien antes de que se erigiera una aduana y un fuerte bajo el falso pretexto de una cuarentena, las autoridades rusas extendieron sus tentáculos para tantear el riesgo que podrían correr con el gobierno británico. Lord Durham[36], siguiendo instrucciones recibidas de Inglaterra, presentó una protesta ante el gabinete ruso por el obstáculo que se había puesto al comercio británico.

“Fue remitido al conde Nesselrode[37]; el conde Nesselrode lo remitió al gobernador de la Rusia Meridional, y el gobernador de la Rusia Meridional lo remitió a su vez al cónsul en Galatz, quien se comunicó con el cónsul británico en Ibraila, el cual recibió instrucciones de enviar al Danubio a los capitanes a quienes se habían exigido peajes, al escenario mismo de los perjuicios sufridos, a fin de que se investigara el asunto, siendo bien sabido que los capitanes así remitidos se encontraban entonces en Inglaterra.” —(Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

El ukase formal del 7 de febrero de 1836 despertó, sin embargo, la atención general del comercio británico.

“Habían zarpado ya muchos barcos, y otros estaban a punto de salir, a cuyos capitanes se había dado órdenes estrictas de no someterse al derecho de abordaje e inspección que Rusia reclamaba. La suerte de estos barcos será inevitable, a menos que esta Cámara emita alguna opinión al respecto. Si no se hace, los buques británicos, por un total no inferior a 5.000 toneladas, serán apresados y conducidos a Odesa, hasta que se cumplan las insolentes órdenes de Rusia.” —(Sr. Patrick Stewart, Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Rusia exigía las islas pantanosas del Danubio en virtud de la cláusula del Tratado de Adrianópolis, cláusula que constituía en sí misma una violación del tratado que había contraído previamente con Inglaterra y las demás potencias en 1827. Erizar las puertas del Danubio con fortificaciones, y esas fortificaciones con cañones, era una violación del propio Tratado de Adrianópolis, que prohíbe expresamente levantar fortificación alguna en un radio de seis millas del río. La exacción de peajes y la obstrucción de la navegación constituían una violación del Tratado de Viena, que declara que “la navegación de los ríos en todo su curso, desde el punto en que cada uno de ellos se hace navegable hasta su desembocadura, será enteramente libre”, que “los derechos no excederán en ningún caso de los que se pagan actualmente (1815)” y que “ningún aumento tendrá lugar, salvo por consentimiento común de los estados ribereños del río”. Así pues, todo el argumento con el que Rusia podía declararse inocente era el Tratado de 1827, violado por el Tratado de Adrianópolis; el Tratado de Adrianópolis, violado por ella misma; y todo ello respaldado por una violación del Tratado de Viena.

Resultó del todo imposible arrancar al noble lord una declaración sobre si reconocía o no el Tratado de Adrianópolis. En cuanto a la violación del Tratado de Viena, dijo que

“no había recibido información oficial de que hubiera ocurrido algo no autorizado por el tratado. Cuando tal declaración sea hecha por las partes interesadas, será tratada del modo que los asesores jurídicos de la Corona estimen conforme con los derechos de los súbditos de este país.” —(Lord Palmerston, Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Por el Tratado de Adrianópolis, art. V, Rusia garantiza la “prosperidad” de los Principados del Danubio y la plena “libertad de comercio” para ellos. Ahora bien, el Sr. Stewart demostró que los Principados de Moldavia y Valaquia eran objeto de celos mortales para Rusia, ya que su comercio había experimentado un repentino desarrollo desde 1834, compitiendo con los productos básicos de la propia Rusia, y que Galatz se estaba convirtiendo en el gran depósito de todo el grano del Danubio, expulsando a Odesa del mercado. Si, respondió el noble lord,

“mi honorable amigo hubiera podido demostrar que, mientras que hace algunos años teníamos un comercio grande e importante con Turquía, y que ese comercio, por la agresión de otros países o por la negligencia del gobierno de este, se ha reducido a un comercio insignificante, entonces habría habido motivos para apelar al Parlamento.”

En lugar de semejante ocurrencia,

“mi honorable amigo ha demostrado que durante los últimos años el comercio con Turquía ha aumentado, de casi nada, a una cantidad muy considerable.”

Rusia obstruye la navegación por el Danubio, porque el comercio de los Principados está cobrando importancia, dice el señor Stewart. Pero no lo hizo cuando el comercio era casi nulo, replica lord Palmerston. Ustedes descuidan oponerse a las recientes usurpaciones de Rusia en el Danubio, dice el señor Stewart. No lo hicimos en la época en que esas usurpaciones aún no se habían aventurado, responde el noble lord. ¿Qué “circunstancias” han “sobrevenido, pues, contra las cuales no es probable que el Gobierno se precava a menos que la intervención directa de esta Cámara lo obligue”? Impidió que los Comunes aprobaran una resolución asegurándoles que “no hay disposición alguna en el Gobierno de Su Majestad a someterse a la agresión por parte de ninguna Potencia, sea cual sea esa Potencia, y sea más o menos fuerte”, y advirtiéndoles que “deberíamos también abstenernos cautelosamente de todo aquello que pudiera ser interpretado por otras Potencias, y razonablemente, como una provocación por nuestra parte”. Una semana después de que estos debates tuvieran lugar en la Cámara de los Comunes, un comerciante británico dirigió una carta al Foreign Office en relación con la ucaz rusa. “He recibido instrucciones del vizconde Palmerston”, respondió el subsecretario del Foreign Office, de

“poner en su conocimiento que su señoría ha solicitado al asesor jurídico de la Corona su dictamen sobre las ordenanzas promulgadas por la ucaz rusa del 7 de febrero de 1836; pero entre tanto, lord Palmerston me ordena comunicarle, con respecto a la última parte de su carta, que es opinión del Gobierno de Su Majestad que ninguna contribución es exigida justamente por las autoridades rusas en la desembocadura del Danubio, y que usted ha obrado correctamente al instruir a sus agentes para que se nieguen a pagarla”.

El comerciante actuó de acuerdo con esta carta. Es abandonado a Rusia por el noble lord; una contribución rusa, como afirma el señor Urquhart, es ahora exigida en Londres y Liverpool por cónsules rusos a cada barco inglés que zarpa hacia los puertos turcos del Danubio; y “la cuarentena aún se mantiene en la isla de Leti”.

Rusia no limitó su invasión del Danubio a una cuarentena establecida, a fortificaciones erigidas y a contribuciones exigidas. La única boca del Danubio que seguía siendo navegable, la boca de Sulina, fue adquirida por ella mediante el Tratado de Adrianópolis. Mientras estuvo en posesión de los turcos, se mantenía en el canal un calado de catorce a dieciséis pies. Desde que está en posesión de Rusia, el agua se redujo a ocho pies, un calado totalmente inadecuado para el transporte de las embarcaciones empleadas en el comercio de cereales. Ahora bien, Rusia es parte del Tratado de Viena, y ese tratado estipula, en su Artículo CXIII, que “cada Estado sufragará los gastos de mantenimiento en buen estado de los caminos de sirga y conservará las obras necesarias para que la navegación no experimente obstáculos”. Para mantener el canal en estado navegable, Rusia no halló mejor medio que reducir gradualmente el calado del agua, pavimentarlo con pecios y obstruir su barra con una acumulación de arena y fango. A esta infracción sistemática y prolongada del Tratado de Viena, añadió otra violación del Tratado de Adrianópolis, que prohíbe cualquier establecimiento en la boca del Sulina, salvo para fines de cuarentena y faro, mientras que, dictado por ella, ha brotado allí un pequeño fuerte ruso, que vive de las extorsiones a las embarcaciones, ocasión que le brindan las demoras y los gastos de alijo, consecuencia de la obstrucción del canal.

“Cum principia negante non est disputandum —¿de qué sirve insistir en principios abstractos con gobiernos despóticos, a quienes se acusa de medir el derecho por el poder y de regir su conducta por la conveniencia y no por la justicia?” (Lord Palmerston, 30 de abril de 1823)

Según su propia máxima, el noble vizconde se contentó con insistir en principios abstractos con el gobierno despótico de Rusia; pero fue más lejos. Mientras aseguraba a la Cámara el 6 de julio de 1840 que la libertad de navegación por el Danubio estaba “garantizada por el Tratado de Viena”, mientras se lamentaba el 13 de julio de 1840 de que la ocupación de Cracovia, siendo una violación del Tratado de Viena, “no había medios de hacer valer las opiniones de Inglaterra, porque Cracovia era evidentemente un lugar donde ninguna acción inglesa podía tener lugar”; dos días después concluyó un tratado ruso, cerrando los Dardanelos a Inglaterra “durante tiempos de paz con Turquía”, y privando así a Inglaterra del único medio de “hacer valer” el Tratado de Viena, y transformando el Euxino en un lugar donde ninguna acción inglesa podía tener lugar.

Obtenido este punto, se las ingenió para dar una falsa satisfacción a la opinión pública disparando una batería entera de documentos, recordando al “gobierno despótico, que mide el derecho por el poder y rige su conducta por la conveniencia y no por la justicia”, de manera sentenciosa y sentimental, que “Rusia, cuando obligó a Turquía a cederle la salida de un gran río europeo, que forma el camino comercial para el intercambio mutuo de muchas naciones, contrajo deberes y responsabilidades hacia otros Estados que debería enorgullecerse en cumplir”. A esta insistencia en principios abstractos, el conde Nesselrode no cesaba de dar la inevitable respuesta de que “el asunto debía ser examinado cuidadosamente”, expresando de vez en cuando “un sentimiento de mortificación por parte del Gobierno Imperial ante la desconfianza manifestada respecto a sus intenciones”.

Así, por la gestión del noble lord, en 1853 las cosas llegaron al punto en que la navegación del Danubio fue declarada imposible, y el cereal se pudría en la boca del Sulina, mientras la hambruna amenazaba con invadir Inglaterra, Francia y el sur de Europa. De este modo, Rusia no solo añadía, como dice The Times, “a sus otras posesiones importantes la de una puerta de hierro entre el Danubio y el Euxino”, sino que se apoderó de la llave del Danubio, de un torniquete de pan que puede apretar cada vez que la política de Europa Occidental se hace merecedora de castigo.