Historia de la vida de lord Palmerston, por Karl Marx

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En el vocabulario ruso no existe una palabra para «honor». En cuanto a la cosa misma, se la considera una ilusión francesa.

«Schto takoe honneur? Eto Fransusski chimere», reza un proverbio ruso. De la invención del honor ruso el mundo es exclusivamente deudor a mi lord Palmerston, quien, durante un cuarto de siglo, en cada momento crítico acostumbraba a empeñarse de la manera más enfática por el «honor» del Zar. Lo hizo así al cierre de la sesión de 1853, como al cierre de la sesión de 1833.

Ahora bien, ocurre que el noble lord, mientras expresaba «su confianza más implícita en el honor y la buena fe» del Zar, acababa de entrar en posesión de documentos, ocultos al resto del mundo, que no dejaban duda alguna, si alguna existía, acerca de la naturaleza del honor y la buena fe rusos. Ni siquiera necesitaba rascar al moscovita para hallar al tártaro. Había encontrado al tártaro en toda su desnuda fealdad. Se halló en posesión de las propias confesiones de los principales ministros y diplomáticos rusos, quienes, quitándose los disfraces, abriendo sus más secretos pensamientos, desplegando sin restricciones sus planes de conquista y subyugación, se burlaban con desprecio de la imbécil credulidad de las cortes y ministros europeos, mofándose de los Villele, los Metternich, los Aberdeen, los Canning y los Wellington; y discurrían en común, con el salvaje cinismo del bárbaro atenuado por la cruel ironía del cortesano, cómo sembrar la desconfianza contra Inglaterra en París, y contra Austria en Londres, y contra Londres en Viena, cómo enemistarlos a todos entre sí y cómo hacer de todos ellos meros instrumentos de Rusia.

En el tiempo de la insurrección de Varsovia, los archivos virreinales conservados en el palacio del príncipe Constantino, que contenían la correspondencia secreta de los ministros y embajadores rusos desde principios de este siglo hasta 1830, cayeron en manos de los polacos victoriosos. Refugiados polacos llevaron esos papeles primero a Francia y, más tarde, el conde Zamoyski, sobrino del príncipe Czartoryski, los puso en manos de lord Palmerston, quien los sepultó en un olvido cristiano. Con esos papeles en el bolsillo, el noble vizconde se mostraba tanto más ansioso por proclamar en el Senado británico y ante el mundo «su confianza más implícita en el honor y la buena fe del Emperador de Rusia».

No fue por culpa del noble vizconde que aquellos asombrosos papeles se publicaran finalmente a fines de 1835, a través del famoso *Portfolio*. El rey Guillermo IV, cualesquiera que fuesen sus otras cualidades, era un enemigo decididísimo de Rusia. Su secretario privado, Sir Herbert Taylor, estaba íntimamente vinculado a David Urquhart,[33] a quien introdujo ante el propio Rey, y desde ese momento la realeza conspiró con esos dos amigos contra la política del ministro «verdaderamente inglés».

«Guillermo IV ordenó al noble lord que entregara los mencionados papeles. Éstos fueron entregados y examinados a la sazón en el castillo de Windsor, y se juzgó conveniente imprimirlos y publicarlos. Pese a la gran oposición del noble lord, el Rey lo obligó a prestar la autoridad del Foreign Office a su publicación, de modo que el editor que se encargó de revisarlos para la prensa no publicó una sola palabra que no llevase la firma o las iniciales correspondientes. Yo mismo he visto las iniciales del noble lord adjuntas a uno de esos documentos, aunque el noble lord ha negado estos hechos. Lord Palmerston fue obligado a poner los documentos en manos del Sr. Urquhart para su publicación. El Sr. Urquhart fue el verdadero editor del *Portfolio*.» —(Mr. Anstey, Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Tras la muerte del Rey, lord Palmerston se negó a pagar al impresor del *Portfolio*, renegó pública y solemnemente de toda vinculación del Foreign Office con la publicación e indujo, de manera que se ignora, al Sr. Backhouse, su subsecretario, a estampar su nombre en esas negativas. Leemos en *The Times* del 30 de enero de 1839:

«No nos corresponde a nosotros entender cómo puede sentirse lord Palmerston, pero estamos seguros de que no cabe malentender cómo se sentiría cualquier otra persona en la posición de un caballero y en la situación de un ministro, después de la notoriedad que *The Times* de ayer ha dado a la correspondencia entre el Sr. Urquhart, a quien lord Palmerston destituyó de su cargo, y el Sr. Backhouse, a quien el noble vizconde ha conservado en el suyo. Jamás hubo un hecho aparentemente mejor establecido a través de esta correspondencia que el de que la serie de documentos oficiales contenidos en la conocida publicación llamada *Portfolio* fue impresa y puesta en circulación con la autoridad de lord Palmerston, y que su señoría es responsable de la publicación de los mismos, tanto como hombre de Estado ante el mundo político de dentro y fuera del país, como en calidad de empleador de los impresores y editores, por el cargo pecuniario que lleva consigo.»

A consecuencia de sus apuros financieros, resultantes del agotamiento del tesoro por la desdichada guerra de 1828-29 y de la deuda a Rusia estipulada por el Tratado de Adrianópolis, Turquía se vio obligada a extender aquel odioso sistema de monopolios, en virtud del cual la venta de casi todos los artículos se concedía únicamente a quienes habían pagado licencias gubernamentales. Así, unos pocos usureros quedaron en condiciones de adueñarse de todo el comercio del país. El Sr. Urquhart propuso al rey Guillermo IV un tratado comercial que se concertase con el Sultán, tratado que, al tiempo que garantizaba grandes ventajas al comercio británico, se proponía también desarrollar los recursos productivos de Turquía, restablecer la salud de su erario y, de ese modo, emanciparla del yugo ruso. La curiosa historia de este tratado no puede relatarse mejor que con las palabras del Sr. Anstey:

«Toda la contienda entre lord Palmerston, por una parte, y el Sr. Urquhart, por otra, giró en torno a este tratado comercial. El 3 de octubre de 1835, el Sr. Urquhart obtuvo su comisión como secretario de legación en Constantinopla, otorgada con el solo fin de asegurar la adopción allí del tratado comercial turco. Sin embargo, demoró su partida hasta junio o julio de 1836. Lord Palmerston le instó a partir. Fueron numerosas las peticiones que le urgían la marcha, pero su respuesta fue invariable: “No iré hasta que tenga este tratado comercial concertado con la Junta de Comercio y el Foreign Office; entonces lo acompañaré y obtendré su aceptación en la Puerta.” ... Finalmente, lord Palmerston dio su aprobación al tratado, y éste fue remitido a lord Ponsonby, embajador en Constantinopla. [Entre tanto, este último había recibido instrucciones de lord Palmerston para arrebatar por completo las negociaciones de las manos del Sr. Urquhart y asumirlas él mismo, contrariamente al compromiso contraído con el Sr. Urquhart.] Tan pronto como la remoción del Sr. Urquhart de Constantinopla se hubo efectuado mediante las intrigas del noble lord, el tratado fue inmediatamente arrojado por la borda. Dos años más tarde, el noble lord lo retomó, tributando al Sr. Urquhart, ante el Parlamento, el cumplido de ser su autor y rehusando para sí mismo todo mérito al respecto. Pero el noble lord había destruido el tratado, lo había falseado en todas sus partes y lo había convertido en la ruina del comercio. El tratado original del Sr. Urquhart colocaba a los súbditos de Gran Bretaña en Turquía sobre el pie de la nación más favorecida, a saber, los rusos. Tal como lo alteró lord Palmerston, colocaba a los súbditos de Gran Bretaña sobre el pie de los súbditos gravados y oprimidos de la Puerta. El tratado del Sr. Urquhart estipulaba la supresión de todos los derechos de tránsito, monopolios, impuestos y gravámenes, de cualquier carácter que fuesen, con excepción de los estipulados por el tratado mismo. Tal como lo falseó lord Palmerston, contenía una cláusula que declaraba el perfecto derecho de la Sublime Puerta a imponer cuantas regulaciones y restricciones le viniese en gana en materia de comercio. El tratado del Sr. Urquhart dejaba la exportación sujeta únicamente al antiguo derecho de tres chelines; el del noble lord elevaba ese derecho de tres chelines a cinco chelines. El tratado del Sr. Urquhart estipulaba un derecho *ad valorem* de este modo: si algún artículo de comercio era hasta tal punto producción exclusiva de Turquía que le aseguraba una venta fácil a los precios usualmente obtenidos bajo el monopolio en los puertos extranjeros, entonces el derecho de exportación, que fijarían dos comisionados nombrados por Inglaterra y Turquía, podía ser alto, de suerte que resultase remunerador y productivo de ingresos; pero, en el caso de mercancías producidas en otro lugar que no fuese Turquía, y que no tuvieran en los puertos extranjeros valor suficiente para soportar un derecho elevado, se fijaría un derecho más bajo. El tratado de lord Palmerston estipulaba un derecho fijo de doce chelines *ad valorem* sobre todo artículo, pudiera o no soportarlo. El tratado original extendía el beneficio del libre comercio a los buques y productos turcos; el tratado substituido no contenía estipulación alguna sobre la materia. ... Acuso de estas falsificaciones, y acuso también de su ocultamiento, al noble lord, y además —acuso al noble lord de haber declarado falsamente ante la Cámara que su tratado era aquel que había concertado el Sr. Urquhart.» —(Mr. Anstey, Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Tan favorable a Rusia, y tan perjudicial para Gran Bretaña, era el tratado tal como fue alterado por el noble lord, que algunos comerciantes ingleses del Levante resolvieron comerciar en adelante bajo la protección de firmas rusas, y otros, según afirma el Sr. Urquhart, solo se vieron impedidos de hacerlo por una especie de orgullo nacional.

En lo que respecta a las relaciones secretas entre el noble lord y Guillermo IV, el Sr. Anstey declaró ante la Cámara:

«El Rey forzó la cuestión del avance de las intrusiones rusas en Turquía sobre la atención del noble lord. ... Puedo probar que el noble lord se vio obligado a recibir la dirección en este asunto del secretario privado del difunto Rey, y que su permanencia en el cargo dependió de que se plegara a los deseos del monarca. ... El noble lord, en una o dos ocasiones, se resistió hasta donde se atrevió, pero su resistencia fue seguida invariablemente de abyectas expresiones de contrición y sumisión. No me atreveré a afirmar que en una ocasión el noble lord llegara a quedar efectivamente fuera del cargo por un día o dos, pero sí puedo decir que el noble lord corrió peligro de una expulsión de lo más inceremoniosa del cargo en aquella ocasión. Me refiero al descubrimiento que el difunto Rey había hecho de que el noble lord consultaba los sentimientos del gobierno ruso en cuanto a la elección de un embajador inglés en la corte de San Petersburgo, y de que Sir Stratford Canning, originalmente destinado a la embajada, fue descartado para dejar paso al difunto conde de Durham, un embajador más grato al Zar.» —(Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1853.)

Es uno de los hechos más asombrosos que, mientras el Rey luchaba vanamente contra la política rusa del noble lord, el noble lord y sus aliados whigs lograron mantener viva la sospecha pública de que el Rey —de quien se sabía que era tory— paralizaba los esfuerzos antirrusos del ministro «verdaderamente inglés». La supuesta predilección tory del monarca por los principios despóticos de la corte rusa se esgrimió, por supuesto, para explicar la política, de otro modo inexplicable, de lord Palmerston. Los oligarcas whigs sonreían misteriosamente cuando el Sr. H. L. Bulwer informó a la Cámara de que «no hace más tiempo que las pasadas Navidades, el conde Apponyi, embajador austríaco en París, manifestó, al hablar de los asuntos de Oriente, que esta Corte tenía un mayor temor a los principios franceses que a la ambición rusa.» —(Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Volvieron a sonreír cuando el señor T. Attwood interrogó al noble lord:
«¿qué acogida había encontrado en la Corte de Su Majestad el conde Orloff, enviado a Inglaterra tras el tratado de Unkiar Skelessi?». (Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833.)

Los documentos que el rey moribundo y su secretario, el difunto Sir Herbert Taylor, confiaron al señor Urquhart «con el propósito de vindicar, en la ocasión oportuna, la memoria de Guillermo IV», arrojarán, cuando se publiquen, nueva luz sobre la trayectoria pasada del noble lord y la oligarquía whig, de la cual el público generalmente sabe poco más que la historia de sus pretensiones, sus frases y sus llamados principios; en una palabra, la parte teatral y ficticia: la máscara.

Es esta una ocasión propicia para hacer justicia al señor David Urquhart, el infatigable antagonista durante veinte años de Lord Palmerston, para quien demostró ser un adversario real —alguien a quien no se pudo intimidar para que guardara silencio, sobornar para la connivencia, ni seducir para el servilismo, mientras que, entre halagos y seducciones, Palmerston, émulo de Alcina, logró convertir a todos los demás enemigos en tontos. Acabamos de oír la feroz denuncia de su lordship por el señor Anstey:

«Una circunstancia de lo más significativa es que el ministro acusado buscó al diputado, a saber, el señor Anstey, y se contentó con aceptar su cooperación y su amistad privada sin que mediaran retractación ni disculpa. El reciente nombramiento judicial del señor Anstey por el actual Gobierno habla por sí mismo.» (D. Urquhart, Progress of Russia.)

El 23 de febrero de 1848, el mismo señor Anstey había comparado al noble vizconde con «el infame marqués de Carmarthen, secretario de Estado de Guillermo III, a quien, durante su visita a la Corte de este, el zar Pedro I encontró el medio de corromper para sus intereses con el oro de los mercaderes británicos.» (Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

¿Quién defendió a Lord Palmerston en aquella ocasión contra las acusaciones del señor Anstey? El señor Sheil; el mismo señor Sheil que, al concluirse el Tratado de Unkiar Skelessi, en 1833, había desempeñado contra su lordship el mismo papel de acusador que el señor Anstey en 1848. El señor Roebuck, otrora su enconado antagonista, le obtuvo el voto de confianza en 1850. Sir Stratford Canning, tras haber denunciado durante una década la connivencia del noble lord con el zar, se contentó con que lo despacharan como embajador a Constantinopla. El propio y querido Dudley Stuart del noble lord fue eliminado del Parlamento mediante intrigas durante algunos años, por haberse opuesto al noble lord. Al regresar a él, se había convertido en el âme damnée [francés: un instrumento dócil] del ministro «verdaderamente inglés». Kossuth,[34] que bien pudo haber sabido por los Libros Azules que Hungría había sido traicionada por el noble vizconde, lo llamó «el querido amigo de su pecho» al desembarcar en Southampton.