La historia de la vida de Lord Palmerston por Karl Marx

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El contenido del Tratado de Unkiar Skelessi se publicó en el *Morning Herald* del 21 de agosto de 1833. El 24 de agosto, Sir Robert Inglis preguntó a Lord Palmerston, en la Cámara de los Comunes,

«si realmente se había celebrado un tratado ofensivo y defensivo entre Rusia y Turquía. Esperaba que el noble lord estuviera en condiciones, antes de la prórroga del Parlamento, de presentar ante la Cámara no solo los tratados que se habían hecho, sino todas las comunicaciones relativas a la formación de esos tratados entre Turquía y Rusia.» Lord Palmerston respondió que «cuando estuviesen seguros de que tal tratado como el aludido existía realmente, y cuando estuvieran en posesión de ese tratado, entonces les correspondería determinar cuál era el curso político que debían seguir. ... No podía culpársele de que los periódicos se adelantaran a veces al Gobierno.» —(Cámara de los Comunes, 24 de agosto de 1833)

Siete meses después, asegura a la Cámara que

«era de todo punto imposible que el tratado de Unkiar Skelessi, que no sería ratificado en Constantinopla hasta el mes de septiembre, le hubiese sido conocido oficialmente en agosto.» —(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

En agosto conocía el tratado, pero no oficialmente.

«El Gobierno británico se sorprendió al constatar que, cuando las tropas rusas abandonaron el Bósforo, se llevaron consigo ese tratado.» —(Lord Palmerston, Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1848.)

Sí, el noble lord estaba en posesión del tratado antes de que se hubiera celebrado.

«Apenas la Puerta lo hubo recibido (es decir, el borrador del tratado de Unkiar Skelessi), el tratado fue comunicado por ella a la embajada británica en Constantinopla, con el ruego de que nos protegiera contra Ibrahim Pachá y contra Nicolás. La solicitud fue rechazada, pero eso no fue todo. Con una perfidia atroz, se informó del hecho al ministro ruso. Al día siguiente, la mismísima copia del tratado que la Puerta había depositado en la embajada británica fue devuelta a la Puerta por el embajador ruso, quien irónicamente aconsejó a la Puerta que “la próxima vez escogiera mejor a sus confidentes”.» —(Mr. Anstey, Cámara de los Comunes, 8 de febrero de 1848.)

Pero el noble vizconde había conseguido todo lo que le importaba. Fue preguntado acerca del Tratado de Unkiar Skelessi, de cuya existencia no estaba seguro, el 24 de agosto de 1833. El 29 de agosto se prorrogó el Parlamento, y recibió del trono la tranquilizadora seguridad de que «las hostilidades que habían perturbado la paz de Turquía habían cesado, y podían estar seguros de que la atención del Rey se dirigiría cuidadosamente a cualesquiera acontecimientos que pudieran afectar la situación presente o la futura independencia de aquel Imperio.»

Aquí tenemos, pues, la clave de los famosos tratados rusos de julio. En julio se celebran; en agosto algo se trasluce a través de la prensa pública. Lord Palmerston es interrogado en los Comunes. Él, por supuesto, no tiene conocimiento de nada. Se prorroga el Parlamento, y, cuando vuelve a reunirse, el tratado ha envejecido o, como en 1841, ya ha sido ejecutado, a despecho de la opinión pública.

El Parlamento fue prorrogado el 29 de agosto de 1833 y se reunió de nuevo el 5 de febrero de 1834. El intervalo entre la prórroga y su nueva reunión estuvo marcado por dos incidentes íntimamente entrelazados. De una parte, las escuadras unidas de Francia e Inglaterra se dirigieron a los Dardanelos, desplegaron allí la bandera tricolor y la Union Jack, navegaron hacia Esmirna y regresaron de allí a Malta. De otra, el 29 de enero de 1834 se celebró un nuevo tratado entre la Puerta y Rusia: el Tratado de San Petersburgo. Apenas se hubo firmado este tratado, la escuadra unida fue retirada.

Esta maniobra combinada estaba destinada a hacer creer al pueblo británico y a Europa que la demostración hostil en los mares y costas turcos, dirigida contra la Puerta por haber celebrado el Tratado de Unkiar Skelessi, había impuesto a Rusia el nuevo Tratado de San Petersburgo. Este tratado, al prometer la evacuación de los Principados y reducir los pagos turcos a un tercio del monto estipulado, liberaba aparentemente a la Puerta de algunos compromisos que le había impuesto el Tratado de Adrianópolis. En todos los demás aspectos, era una simple ratificación del Tratado de Adrianópolis, sin relación alguna con el de Unkiar Skelessi y sin decir una sola palabra sobre el paso de los Dardanelos. Por el contrario, las pequeñas concesiones que hizo a Turquía fueron el precio de compra de la exclusión de Europa de los Dardanelos mediante el Tratado de Unkiar Skelessi.

«En el mismo momento en que se llevaba a cabo la demostración (de la escuadra británica), el noble lord dio al embajador ruso en esta corte la garantía de que aquel movimiento combinado de las escuadras no tenía, en modo alguno, intención hostil hacia Rusia, ni debía ser tomado como una demostración hostil contra ella, sino que, de hecho, no significaba absolutamente nada. Lo digo basándome en la autoridad de Lord Ponsonby, colega del noble lord en el gobierno y embajador en Constantinopla.» —(Mr. Anstey, Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Tras la ratificación del Tratado de San Petersburgo, el noble lord expresó su satisfacción por la moderación de las condiciones impuestas por Rusia.

Cuando el Parlamento volvió a reunirse, apareció en el *Globe*, órgano del Foreign Office, un párrafo en el que se afirmaba que

«el Tratado de San Petersburgo era una prueba o bien de la moderación o del buen sentido de Rusia, o bien de la influencia que la unión de Inglaterra y Francia y el lenguaje firme y concertado de esas dos potencias habían adquirido en los consejos de San Petersburgo.» —(*Globe*, 24 de febrero de 1835)

Así, de una parte, el Tratado de Adrianópolis, contra el que habían protestado Lord Aberdeen y el Duque de Wellington, iba a ser subrepticiamente reconocido por parte de Inglaterra al expresar Lord Palmerston oficialmente su satisfacción con el Tratado de San Petersburgo, que no era más que una ratificación de aquél; de otra parte, se pretendía desviar la atención pública del Tratado de Unkiar Skelessi y calmar la animosidad que éste había suscitado en Europa contra Rusia.

Por muy hábil que fuera la evasiva, no funcionó. El 17 de marzo de 1834, el Sr. Sheil presentó una moción para que «las copias de cualesquiera tratados entre Turquía y Rusia, y de cualquier correspondencia entre los gobiernos inglés, ruso y turco relativa a dichos tratados, fueran presentadas ante la Cámara.»

El noble lord se resistió con todas sus fuerzas a esta resolución y logró frustrarla asegurando a la Cámara que «la paz solo podía preservarse si la Cámara depositaba su confianza en el Gobierno» y negándose a acceder a la moción. Las razones que adujo para justificar la no presentación de los documentos eran tan groseramente contradictorias que Sir Robert Peel lo calificó, en su lenguaje parlamentario, de «razonador muy poco concluyente», y su propio coronel Evans no pudo por menos que exclamar: «El discurso del noble lord le parecía el más insatisfactorio que jamás le había oído.»

Lord Palmerston se esforzó por convencer a la Cámara de que, según las garantías de Rusia, el Tratado de Unkiar Skelessi debía considerarse «como un tratado de reciprocidad», consistiendo dicha reciprocidad en que, si en caso de guerra los Dardanelos se cerraban a Inglaterra, se cerrarían también a Rusia. Esta afirmación era completamente falsa, pero, aun en el caso de ser cierta, habría sido una reciprocidad irlandesa, pues era toda en un solo sentido. Para Rusia, cruzar los Dardanelos no es el medio para llegar al Mar Negro, sino, por el contrario, para salir de él.

Lejos de refutar la afirmación del Sr. Sheil de que «la consecuencia [del Tratado de Unkiar Skelessi] era exactamente la misma que si la Puerta entregara a Rusia la posesión de los Dardanelos», Lord Palmerston reconoció «que el tratado cerraba los Dardanelos a los buques de guerra británicos, ... y que, con arreglo a sus disposiciones, incluso los buques mercantes podían ... en la práctica, quedar efectivamente excluidos del Mar Negro» en caso de guerra entre Inglaterra y Rusia. Pero si el Gobierno actuaba «con templanza», si «no mostraba una desconfianza innecesaria», es decir, si se sometía calladamente a todas las nuevas usurpaciones de Rusia, él «se inclinaba a pensar que el caso en que ese tratado entrara en vigor podría no presentarse y que, por tanto, en la práctica permanecería letra muerta.» —(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Además, «las garantías y explicaciones» que el Gobierno británico había recibido de las partes contratantes de dicho tratado contribuían en gran medida a eliminar sus objeciones al mismo. Así pues, a su juicio, lo que él debía considerar no eran los artículos del Tratado de Unkiar Skelessi, sino las garantías que Rusia daba sobre ellos; no los actos de Rusia, sino su lenguaje. Sin embargo, como ese mismo día se llamó su atención sobre la protesta del encargado de negocios francés, M. Le Grenee, contra el Tratado de Unkiar Skelessi, y sobre el lenguaje ofensivo y contumelioso del conde Nesselrode, que respondía en la *St. Petersburg Gazette* que «el Emperador de Rusia actuaría como si la declaración contenida en la nota de Le Grenee no existiera», el noble lord, comiéndose sus propias palabras, enunció la doctrina contraria: «en toda ocasión, era deber del Gobierno inglés atender a los actos de una potencia extranjera, más que al lenguaje que dicha potencia pudiera mantener sobre cualquier asunto u ocasión particulares.»

Tan pronto apelaba de los actos de Rusia a su lenguaje, como del lenguaje a sus actos.

En 1837, aún aseguraba a la Cámara que el «Tratado de Unkiar Skelessi era un tratado entre dos potencias independientes.» —(Cámara de los Comunes, 14 de diciembre de 1837)

Diez años más tarde, cuando el tratado había expirado ya hacía tiempo y el noble lord se disponía a representar el papel del auténtico ministro inglés y del «civis Romanus sum», dijo a la Cámara con toda claridad: «El Tratado de Unkiar Skelessi fue indudablemente impuesto a Turquía, en cierto grado, por el conde Orloff, el enviado ruso, en circunstancias [creadas por el propio noble lord] que hicieron difícil que Turquía se negara a acceder a él... Concedía prácticamente al Gobierno ruso un poder de injerencia y de imposición de su dictado sobre Turquía incompatible con la independencia de ese Estado.» —(Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1848.)

Durante todo el transcurso de los debates sobre el Tratado de Unkiar Skelessi, el noble lord, como el payaso de la comedia, tenía una respuesta de un tamaño descomunal que debía servir para todas las exigencias y valer para todas las preguntas: la alianza anglo-francesa. Cuando se aludía con sarcasmos a su connivencia con Rusia, replicaba gravemente:

«Si esos sarcasmos se dirigían a las actuales relaciones establecidas entre este país y Francia, él solo diría que consideraría con sentimientos de orgullo y satisfacción el papel que había desempeñado para lograr ese buen entendimiento.» —(Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833)

Cuando se exigió la presentación de los documentos relativos al Tratado de Unkiar Skelessi, respondió que «Inglaterra y Francia habían cimentado ahora una amistad que no había hecho sino fortalecerse.» —(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834)

«No podía por menos que observar —exclamó Sir Robert Peel— que siempre que el noble lord se veía en un aprieto con respecto a algún aspecto de nuestra política europea, encontraba de inmediato una vía de escape fácil, felicitando a la Cámara por la estrecha alianza entre este país y Francia.»

Al mismo tiempo, el noble lord se cuidó muy bien de no disipar las sospechas de sus adversarios tories de que se había «visto obligado a hacer la vista gorda ante la agresión de Mehemet Ali contra Turquía» porque Francia la había alentado directamente.

En aquel tiempo, pues, la entente ostensible con Francia estaba destinada a encubrir el enfeudamiento secreto con Rusia, del mismo modo que en 1840 la ruptura clamorosa con Francia cubriría la alianza oficial con Rusia.

Mientras el noble lord fatigaba al mundo con pesados infolios de negociaciones impresas sobre los asuntos del reino constitucional de Bélgica y con amplias explicaciones, verbales y documentales, respecto al «poder sustantivo» de Portugal, hasta este momento ha resultado del todo imposible arrancarle documento alguno relativo a la primera guerra sirio-turca y al Tratado de Unkiar Skelessi. Cuando se pidió por primera vez la presentación de los documentos, el 11 de julio de 1833, «la moción era prematura… las transacciones estaban incompletas… y los resultados no se conocían aún».

El 24 de agosto de 1833, «el tratado no estaba firmado oficialmente, y él no estaba en posesión del mismo». El 17 de marzo de 1834, «las comunicaciones aún continuaban… las discusiones, si así podía llamarlas, no habían terminado todavía». Aun en 1848, cuando el Sr. Anstey le dijo que al pedir documentos no pedía la prueba de la colusión del noble lord con el Zar, el caballeresco ministro prefirió matar el tiempo con un discurso de cinco horas a matar la sospecha con documentos que hablasen por sí mismos.

A pesar de todo esto, tuvo la cínica desfachatez de asegurar al Sr. T. Attwood, el 14 de diciembre de 1837, que «los documentos relativos a ese tratado [a saber, el Tratado de Unkiar Skelessi] se presentaron ante la Cámara hace tres años», es decir, en 1834, cuando «la paz solo podía preservarse» reteniéndolos de la Cámara.

En 1834, exhortó a la Cámara a que no le presionara, pues «la paz solo podía conservarse depositando la Cámara su confianza en el Gobierno», el cual, si se le dejaba actuar solo, ciertamente protegería los intereses de Inglaterra de toda usurpación.

Ahora, en 1837, en una Cámara escuálida, compuesta casi enteramente por sus secuaces, le dijo al Sr. Attwood que nunca había sido «intención del Gobierno recurrir a medidas hostiles para obligar a Rusia y Turquía, dos Potencias independientes, a anular el tratado concertado entre ellas».

Ese mismo día, le dijo al Sr. Attwood que «ese tratado era un asunto que había pasado, se había concertado por un período limitado… y, habiendo expirado dicho período, el hecho de que el digno miembro lo sacase a colación… era del todo innecesario e inoportuno».

Según la estipulación original, el Tratado de Unkiar Skelessi debía expirar el 8 de julio de 1841. Lord Palmerston le dice al Sr. Attwood que ya había expirado el 14 de diciembre de 1837.

«¿Qué treta, qué ardid, qué escapatoria puedes ahora encontrar para ocultarte de esta vergüenza abierta y patente? ¡Vamos, hablemos, Jack, qué treta tienes ahora?»