Historia de la vida de Lord Palmerston por Karl Marx

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Los grandes y eternos temas de la auto-glorificación del noble vizconde son los servicios que ha prestado a la causa de la libertad constitucional en todo el continente. El mundo le debe, en efecto, la invención de los reinos “constitucionales” de Portugal, España y Grecia, tres fantasmas políticos, sólo comparables al homúnculo de Wagner en el “Fausto”. Portugal, bajo el yugo de aquella inmensa colina de carne, doña María da Gloria,[21] apoyada por un Coburgo, “debe ser considerado como una de las potencias sustantivas de Europa”.—(Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1835)

Precisamente en el momento en que el noble vizconde pronunciaba estas palabras, seis navíos de línea británicos anclaban en Lisboa, para defender a la “sustantiva” hija de Don Pedro del pueblo portugués, y ayudarla a destruir la constitución que había jurado defender. España, a disposición de otra María,[22] quien, aunque pecadora notoria, jamás se ha convertido en Magdalena, “nos ofrece una potencia hermosa, floreciente y hasta formidable entre los reinos europeos”.—(Lord Palmerston, Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1837)

Formidable, en verdad, para los tenedores de bonos españoles. El noble lord tiene incluso sus razones preparadas para haber entregado la patria de Pericles y Sófocles al dominio nominal de un idiota muchacho bávaro.[23] El rey Otón pertenece a un país donde existe una constitución libre.—(Cámara de los Comunes, 8 de agosto de 1832.)

¡Una constitución libre en Baviera, la Bastia alemana! Esto sobrepasa la licentia poetica de la floritura retórica, las “esperanzas legítimas” brindadas por España y el poder “sustantivo” de Portugal. En cuanto a Bélgica, todo lo que Lord Palmerston hizo por ella fue cargarla con una parte de la deuda holandesa, reducirla por la provincia de Luxemburgo y enjaezarla con una dinastía Coburgo.[24] En cuanto a la entente cordiale con Francia, que decayó desde el momento en que él pretendió darle el toque final mediante la Cuádruple Alianza de 1834, ya hemos visto cuán bien entendía el noble lord cómo manejarla en el caso de Polonia, y escucharemos, más adelante, en qué vino a parar en sus manos.

Uno de esos hechos, apenas advertidos por los contemporáneos, pero que marcan ampliamente las fronteras de las épocas históricas, fue la ocupación militar de Constantinopla por los rusos en 1833.

El eterno sueño de Rusia se realizó al fin. El bárbaro de las heladas riberas del Neva tenía bajo su dominio al lujoso Bizancio y las soleadas costas del Bósforo. El autoproclamado heredero de los emperadores griegos ocupaba, aunque temporalmente, la Roma de Oriente.

“La ocupación de Constantinopla por las tropas rusas selló la suerte de Turquía como potencia independiente. El hecho de que Rusia ocupara Constantinopla incluso con el propósito (!) de salvarla, fue un golpe tan decisivo para la independencia turca como si la bandera de Rusia ondease ahora en el Serrallo.”—(Sir Robert Peel, Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834)

A consecuencia de la desdichada guerra de 1828-29 y del Tratado de Adrianópolis,[25] la Puerta había perdido su prestigio ante los ojos de sus propios súbditos. Como es habitual en los imperios orientales, cuando el poder supremo se debilita, estallan revueltas exitosas de los bajáes. Ya en octubre de 1831 comenzó el conflicto entre el sultán y Mehemet Alí, el bajá de Egipto, quien había apoyado a la Puerta durante la insurrección griega. En la primavera de 1832, Ibrahim Bajá, su hijo, condujo su ejército a Siria, conquistó esa provincia mediante la batalla de Homs, cruzó el Tauro, aniquiló al ejército turco en la batalla de Konieh y se encaminó hacia Estambul. El sultán se vio obligado a recurrir a San Petersburgo el 2 de febrero de 1833. El 17 de febrero, el almirante francés Roussin llegó a Constantinopla, hizo representaciones a la Puerta dos días después y se comprometió a la retirada del bajá bajo ciertas condiciones, incluido el rechazo de la asistencia rusa; pero, por sí solo, era, desde luego, incapaz de medirse con Rusia. “Me habéis pedido, y me tendréis.”

El 20 de febrero, una escuadra rusa zarpó repentinamente de Sebastopol, desembarcó una gran fuerza de tropas rusas en las orillas del Bósforo y puso sitio a la capital. Tan ansiosa estaba Rusia de proteger a Turquía, que un oficial ruso fue enviado simultáneamente a los bajáes de Erzerum y Trebisonda, para informarles de que, en caso de que el ejército de Ibrahim marchase hacia Erzerum, tanto esa plaza como Trebisonda serían protegidas de inmediato por un ejército ruso. A fines de mayo de 1833, el conde Orloff[26] llegó de San Petersburgo e informó al sultán de que traía consigo un pedacito de papel que el sultán debía suscribir, sin el concurso de ningún ministro y sin conocimiento de agente diplomático alguno en la Puerta. De este modo se urdió el célebre tratado de Unkiar Skelessi[27], concertado por ocho años. En virtud del mismo, la Puerta entró en una alianza ofensiva y defensiva con Rusia; renunció al derecho de celebrar nuevos tratados con otras potencias, salvo con el concurso de Rusia, y confirmó los anteriores tratados rusoturcos, especialmente el de Adrianópolis. Por un artículo secreto anexo al tratado, la Puerta se obligaba “en favor de la Corte Imperial de Rusia a cerrar los Estrechos de los Dardanelos –es decir, a no permitir que ningún buque de guerra extranjero entrase en ellos bajo ningún pretexto.”

¿A quién debía el zar la ocupación de Constantinopla por sus tropas y el haber transferido, en virtud del tratado de Unkiar Skelessi, la sede suprema del Imperio otomano de Constantinopla a San Petersburgo? A nadie más que al Muy Honorable Henry John Vizconde Palmerston, Barón Temple, Par de Irlanda, Miembro del Muy Honorable Consejo Privado de Su Majestad, Caballero de la Gran Cruz de la Muy Honorable Orden del Baño, Miembro del Parlamento y Principal Secretario de Estado de Su Majestad para los Negocios Extranjeros.

El tratado de Unkiar Skelessi se concluyó el 8 de julio de 1833. El 11 de julio de 1833, el Sr. H. L. Bulwer[28] presentó una moción para la producción de documentos relativos a los asuntos turco-sirios. El noble lord se opuso a la moción

“porque las transacciones a que se referían los documentos solicitados estaban incompletas, y el carácter de toda la transacción dependería de su desenlace. Como aún no se conocían los resultados, la moción era prematura”.—(Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833)

Acusado por el Sr. Bulwer de no haber intervenido en defensa del sultán contra Mehemet Alí, impidiendo así el avance del ejército ruso, inició ese curioso sistema de defensa y de confesión, desarrollado en ocasiones posteriores, cuyos membra disjecta voy a reunir ahora.

“No estaba dispuesto a negar que en la última parte del año pasado el sultán hubiera solicitado asistencia a este país”.—(Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833)

“La Puerta hizo una solicitud formal de asistencia en el transcurso de agosto”.—(Cámara de los Comunes, 24 de agosto de 1833)

No, no fue en agosto. “La solicitud de la Puerta de asistencia naval se había hecho en el mes de octubre de 1832”.—(Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833)

No, no fue en octubre. “Su asistencia fue pedida por la Puerta en noviembre de 1832”.—(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834)

El noble lord está tan inseguro del día en que la Puerta imploró su ayuda, como lo estaba Falstaff del número de bribones en trajes de bocací que le atacaron por la espalda en Kendal green. No obstante, no está dispuesto a negar que la asistencia armada ofrecida por Rusia fue rechazada por la Puerta, y que a él, Lord Palmerston, se le solicitó. Se negó a acceder a sus demandas. La Puerta acudió de nuevo al noble lord. Primero envió a M. Maurageni a Londres; luego envió a Namic Bajá, quien imploró la asistencia de una escuadra naval con la condición de que el sultán se comprometiera a sufragar todos los gastos de dicha escuadra, y prometiendo, en recompensa por tal socorro, la concesión de nuevos privilegios y ventajas comerciales a los súbditos británicos en Turquía. Tan segura estaba Rusia de la negativa del noble lord, que se unió al enviado turco para rogar a su señoría que otorgara el socorro solicitado.

Él mismo nos dice:

“Era de justicia declarar que, lejos de que Rusia hubiera expresado celos por el hecho de que este Gobierno otorgara tal asistencia, el embajador ruso le comunicó oficialmente, mientras la solicitud aún estaba bajo consideración, que había sabido que se había hecho tal petición y que, por el interés que Rusia tenía en el mantenimiento y la preservación del Imperio turco, sería motivo de satisfacción si los ministros se encontrasen en condiciones de acceder a esa solicitud”.—(Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833)

El noble lord, sin embargo, permaneció inexorable ante la demanda de la Puerta, aunque apoyada por la misma Rusia desinteresada. Entonces, por supuesto, la Puerta supo lo que se esperaba de ella. Comprendió que estaba condenada a hacer al lobo pastor. Aun así vaciló, y no aceptó la asistencia rusa hasta tres meses después.

“Gran Bretaña”, dice el noble lord, “nunca se quejó de que Rusia otorgara aquella asistencia, sino que, por el contrario, se alegró de que Turquía hubiese podido obtener un alivio eficaz de cualquier parte”.—(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834)

Sea cual fuere la época en que la Puerta implorase la ayuda de Lord Palmerston, él no puede menos de reconocer que

“sin duda, si Inglaterra hubiera considerado conveniente intervenir, el avance del ejército invasor se habría detenido y las tropas rusas no habrían sido llamadas”.—(Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833)

¿Por qué, entonces, no “consideró conveniente” intervenir y mantener alejados a los rusos?

Primero alega falta de tiempo. Según su propia declaración, el conflicto entre la Puerta y Mehemet Alí surgió ya en octubre de 1831, mientras que la batalla decisiva de Konieh no se libró hasta el 21 de diciembre de 1832. ¿Acaso no pudo encontrar tiempo durante todo ese período? Ibrahim Bajá[29] ganó una gran batalla en julio de 1832, y nuevamente no pudo encontrar tiempo de julio a diciembre. Pero él estuvo todo ese tiempo esperando una solicitud formal por parte de la Puerta, la cual, según su última versión, no se hizo hasta el 3 de noviembre. “¿Era él entonces”, pregunta Sir Robert Peel, “tan ignorante de lo que ocurría en el Levante que tuviera que esperar una solicitud formal?”—(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.) Y desde noviembre, cuando se hizo la solicitud formal, hasta la última parte de febrero, transcurrieron otros cuatro largos meses, y Rusia no llegó hasta el 20 de febrero de 1833. ¿Por qué no lo hizo él?

Pero tiene mejores razones en reserva.

El bajá de Egipto no era sino un súbdito rebelde, y el sultán era el soberano.

“Como se trataba de una guerra de un súbdito contra el soberano, y ese soberano estaba en alianza con el rey de Inglaterra, habría sido contrario a la buena fe tener comunicación alguna con el bajá”.—(Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833)

La etiqueta impidió al noble lord detener los ejércitos de Ibrahim. La etiqueta le prohibió dar instrucciones a su cónsul en Alejandría para que usase su influencia con Mehemet Alí. Como el grande de España, el noble lord habría preferido dejar que la reina se quemara hasta las cenizas antes que infringir la etiqueta y entrometerse con sus enaguas. Da la casualidad de que el noble lord ya había, en 1832, acreditado cónsules y agentes diplomáticos ante el “súbdito” del sultán sin el consentimiento del sultán; había celebrado tratados con Mehemet, alterando los reglamentos y arreglos existentes en materia de comercio e ingresos, y estableciendo otros en su lugar; y lo hizo sin contar de antemano con el consentimiento de la Puerta, ni cuidarse de su aprobación después.—(Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

En consecuencia, se nos dice por boca de Earl Grey, el entonces jefe del noble vizconde,
que «tenían en ese momento extensas relaciones comerciales con Mehemet Alí
que no les habría convenido
perturbar».—(Cámara de los Comunes, 4 de febrero de 1834)
¡Vaya! ¿Relaciones comerciales con el «súbdito rebelde»?

Pero las flotas del noble vizconde estaban ocupadas en el Duero y el Tajo,
y bloqueando el Escalda, y oficiando de parteras en el nacimiento de
los imperios constitucionales de Portugal, España y Bélgica, y él no estaba,
por tanto, en posición de prescindir de un solo buque—(Cámara de
los Comunes, 11 de julio de 1833, y 17 de marzo de 1834).

Pero aquello en lo que el sultán insistía era precisamente en la asistencia naval. Por mor del argumento,
concedamos que el noble señor no hubiera podido disponer de
un solo navío. Pero hay grandes autoridades que nos aseguran que lo que se
necesitaba no era un solo navío, sino una sola palabra por parte del
noble señor. Ahí está Lord Mahon, que acababa de ser empleado en el Foreign
Office a las órdenes de Sir Robert Peel cuando hizo esta declaración. Ahí está el almirante
Codrington,[30] el destructor de la flota turca en Navarino.

«Mehemet Alí», afirma, «había sentido desde antiguo
la fuerza de nuestras representaciones en el asunto de la evacuación de la
Morea. Había recibido entonces órdenes de la Puerta de resistir toda solicitud para
inducirlo a evacuarla, bajo pena de muerte, y en consecuencia se resistió,
pero al final cedió prudentemente y evacuó la
Morea.»—(Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Ahí está el duque de Wellington.

«Si en la sesión de 1832 o 1833 hubieran dicho
claramente a Mehemet Alí que no debía continuar su contienda en Siria y Asia
Menor, habrían puesto fin a la guerra sin el riesgo de permitir al
Emperador de Rusia enviar una flota y un ejército a
Constantinopla.»—(Cámara de los Lores, 4 de febrero
de 1834)

Pero hay autoridades aún mejores. Ahí está el propio noble señor.

«Aunque», dice, «el Gobierno de Su Majestad
no accedió a la demanda de asistencia naval del sultán,
se prestó, no obstante, la asistencia moral de Inglaterra; y las comunicaciones
hechas por el Gobierno británico al bajá de Egipto y a Ibrahim Bajá,
que mandaba en Asia Menor, contribuyeron materialmente a provocar aquel arreglo
(de Kiutahya) entre el sultán y el bajá por el cual se terminó aquella
guerra.»—(Cámara de los Comunes, 17 de marzo
de 1834)

Ahí está Lord Derby, entonces Mr. Stanley y miembro del gabinete Palmerston,
quien

«afirma audazmente que lo que detuvo el avance de
Mehemet Alí fue la declaración tajante de Francia e Inglaterra de que no
permitirían la ocupación de Constantinopla por sus
tropas.»—(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834)

De modo que, según Lord Derby y el propio Lord Palmerston, no fue
la escuadra y el ejército rusos en Constantinopla, sino una declaración
tajante del agente consular británico en Alejandría lo que detuvo
la marcha victoriosa de Ibrahim sobre Constantinopla y provocó el
arreglo de Kiutahya, en virtud del cual Mehemet Alí obtuvo, además de
Egipto, el pashalik de Siria, de Adana y otros lugares, añadidos como apéndice.
Pero el noble señor tuvo a bien no permitir que su cónsul en Alejandría hiciera
esta declaración tajante hasta después de que el ejército turco fuera aniquilado,
Constantinopla invadida por el cosaco, el tratado de Unkiar Skelessi firmado por el
Sultán y embolsado por el Zar.

Si la falta de tiempo y la falta de flotas impedían al noble señor asistir al
Sultán, y un exceso de etiqueta refrenar al Bajá, ¿empleó al menos
a su embajador en Constantinopla para prevenir una influencia excesiva
por parte de Rusia y para mantener su influencia confinada en límites estrechos?
Todo lo contrario. Para no estorbar los movimientos de Rusia, el señor tuvo
buen cuidado de no tener embajador alguno en Constantinopla durante el período más
funesto de la crisis.

«Si alguna vez hubo un país en el que el peso y
la posición de un embajador fueran útiles —o un período en el que ese peso y
esa posición pudieran ejercerse ventajosamente— ese país fue Turquía durante
los seis meses anteriores al 8 de julio.»—(Lord Mahon, Cámara de
los Comunes, 26 de abril de 1836.)

Lord Palmerston nos dice que el embajador británico, Sir Stratford,[31] abandonó
Constantinopla en septiembre de 1832; que Lord Ponsonby, entonces en Nápoles, fue
nombrado en su lugar en noviembre, y que «las dificultades experimentadas
para hacer los arreglos necesarios para su transporte», aunque
un buque de guerra lo esperaba, «y el estado desfavorable del
tiempo impidieron que llegara a Constantinopla hasta finales de mayo de
1833.»—(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

El ruso aún no había entrado, y en consecuencia se ordenó a Lord Ponsonby
que necesitara siete meses para navegar de Nápoles a Constantinopla.

Mas ¿por qué habría de impedir el noble señor que los rusos ocuparan
Constantinopla? «Él, por su parte, dudaba mucho de que intención alguna
de repartirse el Imperio otomano entrara siquiera en la
política del Gobierno ruso.»—(Cámara de los Comunes,
14 de febrero de 1839.)

Por supuesto que no. Rusia no quiere repartirse el imperio, sino quedarse con la
totalidad del mismo. Además de la seguridad que Lord Palmerston poseía en esta
duda, tenía otra seguridad

«en la duda de si entra en la política de Rusia
por el momento llevar a cabo ese objetivo, y una tercera
‘seguridad’ en su tercera ‘duda’ sobre si la
nación rusa (¡pensemos en una nación rusa!) estaría preparada para
esa transferencia del poder, de la residencia y de la autoridad a las provincias
meridionales que sería la consecuencia necesaria de la conquista por Rusia de
Constantinopla.»—(Cámara de los Comunes, 11 de julio
de 1833)

Además de estos argumentos negativos, el noble señor tenía uno afirmativo:

«Si habían contemplado tranquilamente la ocupación temporal
de la capital turca por las fuerzas de Rusia, era porque tenían plena
confianza en el honor y la buena fe de Rusia. El Gobierno ruso, al
conceder su ayuda al sultán, ha empeñado su honor, y en esa prenda depositaba
él la más implícita confianza.»—(Cámara de los Comunes,
11 de julio de 1853)

Tan inaccesible, indestructible, integral, imperecedera, inexpugnable,
incalculable, inconmensurable e irremediable, tan ilimitada, impávida e
incomparable era la confianza del noble señor, que aún el 17 de marzo de 1834, cuando
el Tratado de Unkiar Skelessi se había convertido en un fait accompli, continuaba
declarando que «en su confianza los ministros no habían sido engañados».
No es culpa suya si la naturaleza ha desarrollado su protuberancia de la confianza
hasta dimensiones del todo anómalas.