Historia de la vida de Lord Palmerston, por Karl Marx

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En una reciente reunión en Londres para protestar contra la actuación de la Embajada británica en la presente controversia entre Rusia y Turquía, un caballero que se permitió criticar particularmente a Lord Palmerston fue recibido y silenciado por una tormenta de indignados silbidos. La reunión juzgaba, evidentemente, que si Rusia tenía un amigo en el ministerio, no era el noble vizconde, y sin duda habría desgarrado el aire con vítores si alguien hubiese podido anunciar que Su Señoría se había convertido en primer ministro. Esta asombrosa confianza en un hombre tan falso y vacío es una prueba más de la facilidad con que la gente se deja engañar por las capacidades brillantes, y una nueva evidencia de la necesidad de arrancar la máscara a este artero enemigo del progreso de la libertad humana.

En consecuencia, con la historia de los últimos 25 años y los debates del Parlamento como guías, proseguimos con la tarea de desvelar el verdadero papel que este consumado actor ha desempeñado en el drama de la Europa moderna.

Al noble vizconde se le conoce generalmente como el caballeresco protector de los polacos, y nunca deja de dar rienda suelta a sus dolorosos sentimientos respecto a Polonia ante las diputaciones que una vez al año le presenta «el querido, aburrido, letal» Dudley Stuart,[11] «un sujeto que pronuncia discursos, aprueba resoluciones, vota peticiones, asiste con diputaciones, tiene en todo momento la necesaria dosis de confianza en el individuo necesario, y puede también, si es preciso, lanzar tres hurras por la Reina».

Los polacos llevaban en armas alrededor de un mes cuando Lord Palmerston llegó al poder, en noviembre de 1830. Ya el 8 de agosto de 1831, el señor Hunt presentó a la Cámara una petición de la Unión de Westminster en favor de los polacos y «pidiendo la destitución de Lord Palmerston de los Consejos de Su Majestad». El señor Hume[12] declaró ese mismo día que deducía del silencio del noble lord que el Gobierno «se proponía no hacer nada por los polacos, sino dejarles a merced de Rusia». A esto, Lord Palmerston respondió «que cualesquiera obligaciones que los tratados existentes impusieran, recibirían en todo momento la atención del Gobierno». Ahora bien, ¿qué clase de obligaciones imponían, en su opinión, a Inglaterra los tratados existentes? «Las pretensiones de Rusia», nos dice él mismo, «a la posesión de Polonia datan del tratado de Viena» (Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833), y ese tratado subordina dicha posesión a la observancia de la Constitución polaca por parte del zar. Pero por un discurso posterior nos enteramos de que «el mero hecho de ser este país parte en el tratado de Viena no equivalía a que Inglaterra garantizara que Rusia no infringiría ese tratado». (Cámara de los Comunes, 26 de marzo de 1834)

Es decir, se puede garantizar un tratado sin garantizar que sea observado. Es el principio según el cual los milaneses dijeron al emperador Barbarroja: «Has recibido nuestro juramento, pero recuerda que no juramos cumplirlo».

En cierto sentido, el tratado de Viena era bastante bueno. Confería al Gobierno británico, como una de las partes contratantes,

«el derecho a albergar y expresar una opinión acerca de todo acto que tendiera a la violación de dicho tratado. [...] Las partes contratantes en el tratado de Viena tenían el derecho de exigir que no se tocara la Constitución de Polonia, y ésta era una opinión que yo no he ocultado al Gobierno ruso. Se la comuniqué por anticipado antes de la toma de Varsovia, y antes de que se conociera el resultado de las hostilidades. Se la comuniqué de nuevo cuando cayó Varsovia. El Gobierno ruso, sin embargo, adoptó un punto de vista distinto sobre la cuestión». (Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833)

Él había anticipado tranquilamente la caída de Polonia y se había valido de la ocasión para albergar y expresar una opinión sobre ciertos artículos del tratado de Viena, persuadido como estaba de que el magnánimo zar no esperaba más que aplastar al pueblo polaco por la fuerza de las armas para rendir homenaje a una Constitución que había pisoteado cuando aún poseían ilimitados medios de resistencia. Al mismo tiempo, el noble lord acusaba a los polacos de haber «dado el paso, no solicitado y en su opinión injustificable, de destronar al Emperador». (Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1832)

«También podía decir que los polacos eran los agresores, pues ellos iniciaron la contienda.» (Cámara de los Comunes, 7 de agosto de 1832)

Cuando los temores de que Polonia fuese aniquilada se generalizaron y se volvieron turbulentos, declaró que «exterminar Polonia, ya sea moral o políticamente, es tan absolutamente impracticable que creo que no hay por qué abrigar el temor de que se intente». (Cámara de los Comunes, 28 de junio de 1832)

Cuando más tarde se le recordaron las vagas expectativas así suscitadas, sostuvo que se le había malinterpretado, que lo había dicho no en el sentido político, sino en el sentido pickwickiano [es decir, de un idealismo cándido, como el personaje de Dickens] de la palabra, queriendo decir que el Emperador de Rusia era incapaz de «exterminar nominal o físicamente a tantos millones de hombres como contiene el reino polaco en su estado dividido». (Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836)

Cuando la Cámara amenazó con intervenir durante la lucha de los polacos, apeló a su responsabilidad ministerial. Cuando la cosa estuvo hecha, les dijo con frialdad que «ningún voto de esta Cámara tendría el menor efecto para revertir la decisión de Rusia». (Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833)

Cuando se denunciaron las atrocidades cometidas por los rusos tras la caída de Varsovia, recomendó a la Cámara gran ternura hacia el Emperador de Rusia, declarando que «nadie podía lamentar más que él las expresiones que se habían proferido» (Cámara de los Comunes, 28 de junio de 1832); que «el actual Emperador de Rusia era un hombre de sentimientos elevados y generosos»; que «cuando se han producido casos de severidad indebida por parte del Gobierno ruso hacia los polacos, podemos considerar esto como prueba de que el poder del Emperador de Rusia está prácticamente limitado, y podemos dar por sentado que el Emperador, en esos casos, ha cedido a la influencia de otros, en vez de seguir los dictados de sus sentimientos espontáneos». (Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833)

Cuando por un lado quedó sellada la suerte de Polonia, y por otro se hizo inminente la disolución del Imperio Turco a causa de la rebelión de Mehemet Alí,[13] aseguró a la Cámara que «los asuntos, en general, avanzaban por un cauce satisfactorio». (Cámara de los Comunes, 26 de enero de 1832)

Al presentarse una moción para conceder subsidios a los refugiados polacos, «le resultaba sumamente penoso oponerse a la concesión de dinero alguno a esos individuos, concesión que los sentimientos naturales y espontáneos de todo hombre generoso le llevarían a aceptar; pero no era compatible con su deber proponer concesión alguna de dinero a esas desafortunadas personas». (Cámara de los Comunes, 25 de marzo de 1834) Este mismo hombre de tierno corazón había sufragado en secreto, como veremos más adelante, el costo de la caída de Polonia, en gran medida, a expensas del bolsillo del pueblo británico.

El noble lord tuvo buen cuidado de ocultar al Parlamento todos los documentos de Estado sobre la catástrofe polaca. Pero declaraciones hechas en la Cámara de los Comunes, que él ni siquiera intentó rebatir, no dejan duda alguna sobre el juego que practicó en aquella época fatal.

Después de estallar la revolución polaca, el cónsul de Austria no abandonó Varsovia, y el Gobierno austríaco llegó al extremo de enviar a un agente polaco, el señor Walewski, a París con la misión de negociar con los Gobiernos de Francia e Inglaterra el restablecimiento de un reino polaco. La Corte de las Tullerías declaró «que estaba dispuesta a unirse a Inglaterra en caso de que ésta consintiera el proyecto». Lord Palmerston rechazó la oferta. En 1831, el señor de Talleyrand,[14] embajador de Francia en la Corte de San Jaime, propuso un plan de acción combinada por parte de Francia e Inglaterra, pero se encontró con una negativa rotunda y con una nota del noble lord, declarando que «una mediación amistosa en la cuestión polaca sería rechazada por Rusia; que las Potencias acababan de rechazar una oferta similar por parte de Francia; que la intervención de las dos Cortes de Francia e Inglaterra sólo podría darse por la fuerza en caso de negativa por parte de Rusia; y que las relaciones amistosas y satisfactorias entre el Gabinete de San Jaime y el Gabinete de San Petersburgo no permitirían a Su Majestad británica emprender semejante interferencia. AÚN NO HABÍA LLEGADO el momento de emprender tal plan con éxito contra la voluntad de un soberano cuyos derechos eran indiscutibles».

Y esto no fue todo. El 23 de febrero de 1848, el señor Anstey[15] hizo la siguiente declaración en la Cámara de los Comunes:

«Suecia estaba armando su flota con el propósito de hacer una diversión en favor de Polonia y de recuperar para sí las provincias del Báltico que tan injustamente le fueron arrebatadas en la última guerra. El noble lord dio instrucciones a nuestro embajador en la Corte de Estocolmo en sentido contrario, y Suecia suspendió sus armamentos. La Corte persa, con un propósito similar, había despachado un ejército que marchó tres días hacia la frontera rusa, bajo el mando del Príncipe heredero de Persia. El secretario de legación en la corte de Teherán, Sir John M’Neill, siguió al príncipe, a una distancia de tres jornadas de marcha de su cuartel general, le dio alcance, y allí, bajo instrucciones del noble lord, y en nombre de Inglaterra, amenazó a Persia con la guerra si el príncipe daba un paso más hacia la frontera rusa. El noble lord utilizó incentivos similares para impedir que Turquía reanudara la guerra por su lado.»

Al coronel Evans, que pidió la presentación de documentos relativos a la violación por parte de Prusia de su pretendida neutralidad en la guerra ruso-polaca, Lord Palmerston respondió «que los ministros de este país no podían haber presenciado aquella contienda sin el más profundo pesar, y que para ellos sería de lo más satisfactorio verla terminada». (Cámara de los Comunes, 16 de agosto de 1831.)

Ciertamente, él deseaba verla terminada cuanto antes, y Prusia compartía sus sentimientos.

En una ocasión posterior, el señor H. Gally Knight resumió así todas las gestiones del noble lord en relación con la revolución polaca:

«Hay algo curiosamente contradictorio en el proceder del noble lord cuando está Rusia de por medio. [...] En el tema de Polonia, el noble lord nos ha decepcionado una y otra vez; recuérdenlo: cuando se presionaba al noble lord para que hiciera un esfuerzo en favor de Polonia, entonces admitía la justicia de la causa —la justicia de nuestras quejas—; pero decía: “Sólo conténganse por el momento, hay un embajador a punto de partir, de conocidos sentimientos liberales; no harán más que estorbar su negociación si irritan a la Potencia con la que tiene que tratar. Así que sigan mi consejo, esténse quietos por ahora, y tengan la seguridad de que se conseguirá muchísimo”. Confiamos en aquellas seguridades; el embajador liberal partió; nunca se supo si llegó siquiera a abordar el tema, pero todo lo que obtuvimos fueron las bellas palabras del noble lord, y ningún resultado.» (Cámara de los Comunes, 13 de julio de 1840)

Desaparecido de la faz de Europa el llamado reino de Polonia, quedaba aún, en la ciudad libre de Cracovia, un resto fantástico de la nacionalidad polaca. El zar Alejandro, durante la anarquía general resultante de la caída del Imperio francés, no había conquistado el Ducado de Varsovia, sino que simplemente se había apoderado de él, y deseaba, por supuesto, conservarlo, junto con Cracovia, que había sido incorporada al Ducado por Bonaparte. Austria, que en otro tiempo había poseído Cracovia, deseaba recuperarla. No pudiendo el zar obtenerla por sí mismo y no queriendo cederla a Austria, propuso constituirla en ciudad libre. En consecuencia, el Tratado de Viena estipuló en su Artículo VI: «la ciudad de Cracovia, con su territorio, será por siempre una ciudad libre, independiente y estrictamente neutral, bajo la protección de Austria, Rusia y Prusia»; y en el Artículo IX: «las cortes de Rusia, Austria y Prusia se obligan a respetar, y hacer respetar siempre, la neutralidad de la ciudad libre de Cracovia y su territorio. No se introducirá fuerza armada alguna bajo ningún pretexto».

Inmediatamente después de terminada la insurrección polaca de 1830-31, las tropas rusas entraron súbitamente en Cracovia, cuya ocupación duró dos meses. Esto, sin embargo, fue considerado como una necesidad transitoria de la guerra, y en la agitación de aquel tiempo se olvidó pronto.

En 1836, Cracovia fue ocupada de nuevo por tropas de Austria, Rusia y Prusia, bajo el pretexto de obligar a las autoridades de Cracovia a entregar a los individuos implicados en la revolución polaca de cinco años antes.

En esta ocasión, el noble lord se abstuvo de toda protesta, alegando, como declaró en 1836 y 1840, «que era difícil dar efecto a nuestras protestas». En cuanto, sin embargo, Cracovia fue definitivamente confiscada por Austria, una simple protesta le pareció ser «el único medio eficaz». Cuando las tres potencias del norte ocuparon Cracovia en 1836, su Constitución fue derogada, las tres residencias consulares asumieron la autoridad suprema —la policía fue confiada a espías austriacos—, el senado derrocado, los tribunales suspendidos, la universidad suprimida al prohibir a los estudiantes de las provincias vecinas que la frecuentaran —y el comercio de la ciudad libre con los países circundantes quedó destruido.

En marzo de 1836, al ser interpelado sobre la ocupación de Cracovia, Lord Palmerston declaró que dicha ocupación era de carácter meramente transitorio. De índole tan paliativa y apologética fue la interpretación que dio a las acciones de sus tres aliados del norte, que se sintió obligado a detenerse de repente e interrumpir el curso uniforme de su discurso con la solemne declaración: «No me levanto aquí para defender la medida, que, al contrario, DEBO censurar y condenar. Me he limitado a exponer aquellas circunstancias que, aunque no excusan la ocupación forzosa de Cracovia, pudieran sin embargo ofrecer una justificación, etc.…». Reconoció que el Tratado de Viena obligaba a las tres potencias a abstenerse de toda medida sin el previo consentimiento de Inglaterra, pero «puede decirse con justicia que han rendido un homenaje involuntario a la justicia y a la franqueza de este país, al suponer que nunca daríamos nuestro asentimiento a tal proceder».

Habiendo descubierto el señor Patrick Stewart que existían medios mejores para la preservación de Cracovia que la «abstención de protestar», presentó el 20 de abril de 1836 una moción «para que se ordenara al Gobierno enviar un representante a la ciudad libre de Cracovia en calidad de cónsul, habiendo allí tres cónsules de las otras tres potencias, Austria, Rusia y Prusia». La llegada conjunta de un cónsul inglés y otro francés a Cracovia constituiría un acontecimiento y habría, en todo caso, impedido que el noble lord declarase después no estar al corriente de las intrigas perseguidas en Cracovia por los austriacos, rusos y prusianos. Viendo el noble vizconde que la mayoría de la Cámara era favorable a la moción, indujo al señor Stewart a retirarla, prometiendo solemnemente que el Gobierno «se proponía enviar un agente consular a Cracovia». El 22 de marzo de 1837, al ser interpelado por Lord Dudley Stuart respecto a su promesa, el noble lord respondió que «había cambiado de intención, y no había enviado un agente consular a Cracovia, y no era su intención hacerlo por el momento». Habiendo anunciado Lord D. Stuart que presentaría una moción para pedir documentos que aclarasen esta singular transacción, el noble vizconde consiguió derrotar la moción mediante el simple procedimiento de ausentarse y hacer que no hubiera quórum en la Cámara. Nunca declaró por qué o por qué razón no había cumplido su promesa, y resistió todos los intentos de arrancarle documentos sobre el asunto.

En 1840, la ocupación «temporal» continuaba aún, y los habitantes de Cracovia dirigieron un memorándum a los Gobiernos de Francia e Inglaterra, que dice, entre otras cosas:

«Las desgracias que abruman a la ciudad libre de Cracovia y a sus habitantes son tales, que los abajo firmantes no ven más esperanza para sí mismos y para sus conciudadanos que en la poderosa e ilustrada protección de los Gobiernos de Francia e Inglaterra. La situación en que se hallan colocados les da derecho a invocar la intervención de toda Potencia signataria del Tratado de Viena.»

Siendo interrogado el 13 de julio de 1840 acerca de esta petición de Cracovia, Palmerston declaró «que entre Austria y el Gobierno británico la cuestión de la evacuación de Cracovia no seguía siendo más que una cuestión de tiempo». En cuanto a la violación del Tratado de Viena, «no había medios de hacer valer las opiniones de Inglaterra, suponiendo que este país estuviera dispuesto a hacerlo por las armas, porque Cracovia era evidentemente un lugar donde ninguna acción inglesa podía tener lugar posiblemente».

Hágase notar que dos días después de esta declaración, el 15 de julio de 1840, el noble lord concluyó un tratado con Rusia, Austria y Prusia para cerrar el Mar Negro a la marina inglesa, probablemente con el fin de que no pudiera tener lugar ninguna acción inglesa en aquellos parajes. Fue en ese mismo tiempo cuando el noble lord renovó la Santa Alianza con dichas Potencias contra Francia. En cuanto a la pérdida comercial sufrida por Inglaterra como consecuencia de la ocupación de Cracovia, el noble lord demostró que «el monto de las exportaciones generales a Alemania no había disminuido», lo cual, como Sir Robert Peel [16] observó con razón, no tenía nada que ver con Cracovia, pues se enviaban cantidades considerables de mercancías inglesas por el Mar Negro, Moldavia y Galitzia —y, al ser apremiado a declarar sus verdaderas intenciones sobre el asunto y respecto al agente consular que debía enviarse a Cracovia, «creía que su experiencia sobre la manera en que su desdichada aserción [hecha por el noble lord en 1836, para escapar a la censura de una Cámara hostil] de tener la intención de nombrar un cónsul británico en Cracovia había sido aprovechada por los honorables caballeros de la oposición, le justificaba para negarse positivamente a dar respuesta alguna a tal pregunta, que pudiera exponerle a ataques injustificables similares».

El 16 de agosto de 1846 declaró que «el que el tratado de Viena sea o no ejecutado y cumplido por las grandes Potencias de Europa no depende de la presencia de un agente consular en Cracovia». El 28 de enero de 1847, Cracovia fue sentenciada, y cuando se volvió a pedir al noble lord la presentación de documentos relativos al no nombramiento de un cónsul británico en Cracovia, declaró que «el asunto no tenía conexión necesaria con la discusión sobre la incorporación de Cracovia, y no veía ventaja alguna en reavivar una discusión airada sobre un tema que sólo tenía un interés pasajero». Se mantuvo fiel a su opinión sobre la presentación de documentos de Estado, tal como la expresó el 7 de marzo de 1837: «Si los documentos se refieren a las cuestiones ahora en consideración, su presentación sería peligrosa; si se refieren a cuestiones ya pasadas, es evidente que no pueden ser de utilidad alguna».

Sin embargo, el Gobierno británico estaba muy exactamente informado de la importancia de Cracovia, no sólo desde un punto de vista político, sino también comercial, pues su cónsul en Varsovia, el Coronel Du Flat, les había informado que:

«Cracovia, desde su elevación a Estado independiente, ha sido siempre el depósito de cantidades muy considerables de mercancías inglesas enviadas por el Mar Negro, Moldavia y Galitzia, e incluso vía Trieste; las cuales después encuentran su camino hacia los países circundantes. En el curso de los años entró en comunicación ferroviaria con las grandes líneas de Bohemia, Prusia y Austria… Es también el punto central de la importante línea de comunicación ferroviaria entre el Adriático y el Báltico. Entrará en comunicación directa del mismo tipo con Varsovia… Considerando, por tanto, la casi certeza de que todo gran punto del Levante [es decir, las tierras alrededor del extremo oriental del mar Mediterráneo], e incluso de la India y China, encuentre su camino hacia arriba por el Adriático, no puede negarse que ha de ser de la mayor importancia comercial, incluso para Inglaterra, tener una estación como Cracovia, en el centro de la gran red de ferrocarriles que conectan los Continentes Occidental y Oriental.»

El propio Lord Palmerston se vio obligado a confesar ante la Cámara que la insurrección de Cracovia de 1846 había sido provocada intencionadamente por las tres Potencias. «Creo que la entrada original de las tropas austriacas en el territorio de Cracovia fue a consecuencia de una solicitud del Gobierno.» Pero entonces, aquellas tropas austriacas se retiraron. Por qué se retiraron no ha sido aún explicado. Con ellas se retiraron el Gobierno y las autoridades de Cracovia; la consecuencia inmediata, al menos la pronta, de aquella retirada fue el establecimiento de un Gobierno Provisional en Cracovia.—(House of Commons, 17 de agosto de 1846.)

El 22 de febrero de 1846, las fuerzas de Austria, y después las de Rusia y Prusia, tomaron posesión de Cracovia. El 26 del mismo mes, el prefecto de Tarnow publicó su proclama exhortando a los campesinos a asesinar a sus señores, prometiéndoles «una recompensa suficiente en dinero», proclama a la que siguieron las atrocidades galitzianas y la masacre de unos 2.000 terratenientes. El 12 apareció la proclama austriaca a los «fieles galitzianos que se han levantado para el mantenimiento del orden y la ley, y destruido a los enemigos del orden». En la Gaceta oficial del 28 de abril, el príncipe Félix de Schwarzenberg declaró oficialmente que «los hechos ocurridos habían sido autorizados por el Gobierno austriaco», el cual, por supuesto, actuaba según un plan común con Rusia y con Prusia, el lacayo del zar. Ahora bien, después de que todas estas abominaciones hubieran pasado, Lord Palmerston consideró oportuno declarar en la Cámara:

«Tengo una opinión demasiado elevada del sentido de justicia y de derecho que ha de animar a los Gobiernos de Austria, Rusia y Prusia, para creer que puedan abrigar disposición o intención alguna de tratar a Cracovia de otro modo que aquel a que Cracovia tiene derecho en virtud de los compromisos del tratado.»—(House of Commons, 17 de agosto de 1846.)

Para el noble lord, el único asunto que tenía entre manos por entonces era desembarazarse del Parlamento, cuya sesión tocaba a su fin. Aseguró a los Comunes que «por parte del Gobierno británico se hará todo lo necesario para que se guarde el debido respeto a las disposiciones del tratado de Viena». Cuando el señor Hume dio rienda suelta a sus dudas acerca de la «intención de Lord Palmerston de hacer que las tropas austro‑rusas se retiraran de Cracovia», el noble lord suplicó a la Cámara que no diera crédito a las afirmaciones del señor Hume, pues él poseía mejor información y estaba convencido de que la ocupación de Cracovia era sólo «TEMPORAL». Una vez despachado el Parlamento de 1846, del mismo modo que el de 1843, apareció la proclama austríaca del 11 de noviembre de 1846, que incorporaba Cracovia a los dominios austríacos. Cuando el Parlamento volvió a reunirse el 19 de enero de 1847, el discurso de la Reina le informó de que Cracovia había desaparecido, pero que en su lugar quedaba una protesta del valiente Lord Palmerston. Con el fin de despojar a esa protesta hasta de la apariencia de un significado, el noble lord se las ingenió, en esa misma época, para enzarzar a Inglaterra en una querella con Francia con motivo de los matrimonios españoles,[17] llevando a ambos países casi a las manos; una actuación que fue severamente desmenuzada por el señor Smith O’Brien en la Cámara de los Comunes el 18 de abril de 1847.

Habiendo solicitado el Gobierno francés la cooperación de Palmerston en una protesta conjunta contra la incorporación de Cracovia, Lord Normanby,[18] siguiendo instrucciones del noble vizconde, respondió que el ultraje cometido por Austria al anexionarse Cracovia no era mayor que el de Francia al concertar un matrimonio entre el duque de Montpensier y la infanta española: la una era una violación del Tratado de Viena, y la otra del Tratado de Utrecht. Ahora bien, el Tratado de Utrecht, renovado en 1782, fue definitivamente derogado por la guerra antijacobina; y, por consiguiente, desde 1792 había dejado de estar en vigor. No había en la Cámara nadie mejor informado de esta circunstancia que el noble lord, pues él mismo había declarado ante la Cámara con motivo de los debates sobre los bloqueos de México y Buenos Aires, que

«las disposiciones del Tratado de Utrecht habían caducado hacía tiempo en las vicisitudes de la guerra, con excepción de la única cláusula relativa a los límites de Brasil y de la Guayana Francesa, pues esa cláusula había sido incorporada expresamente en el Tratado de Viena».

Aún no hemos terminado con los esfuerzos del noble lord por resistirse a las intrusiones de Rusia en Polonia.

Hubo en otro tiempo un curioso convenio entre Inglaterra, Holanda y Rusia: el llamado empréstito ruso‑holandés. Durante la guerra antijacobina, el zar Alejandro contrajo un empréstito con la casa Hope & Co., en Amsterdam; y tras la caída de Bonaparte, el rey de los Países Bajos, «deseoso de corresponder adecuadamente a las potencias aliadas por haber liberado su territorio» y por haberle anexionado Bélgica, a la que no tenía derecho alguno, se comprometió —renunciando las demás potencias a sus reclamaciones comunes en favor de Rusia, que se hallaba entonces en gran necesidad de dinero— a celebrar un convenio con Rusia por el que se obligaba a pagarle, en plazos sucesivos, los veinticinco millones de florines que debía a la casa Hope & Co. Inglaterra, para encubrir el robo que había perpetrado contra Holanda al quitarle sus colonias del Cabo de Buena Esperanza, Demerara, Esequibo y Berbice, se adhirió a este convenio y se obligó a pagar una parte determinada de los subsidios concedidos a Rusia. Esta estipulación pasó a formar parte del Tratado de Viena, pero bajo la condición expresa de que «el pago cesaría si la unión entre Holanda y Bélgica se rompía antes de la liquidación de la deuda». Cuando Bélgica se separó de Holanda por una revolución, ésta, desde luego, se negó a pagar su parte a Rusia alegando que el empréstito se había contraído para mantenerla en la posesión indivisa de las provincias belgas y que ya no ejercía la soberanía sobre aquel país. Por otra parte, como declaró el señor Herries en el Parlamento, no quedaba «ni la más mínima pizca de derecho por parte de Rusia a que Inglaterra continuara pagando la deuda». (Cámara de los Comunes, 26 de enero de 1832.)

Lord Palmerston, sin embargo, encontró de lo más natural que «en un momento se pague a Rusia por apoyar la unión de Bélgica con Holanda, y en otro momento se le pague por apoyar la separación de esos países». (Cámara de los Comunes, 16 de julio de 1832.)

Apeló de manera muy trágica a la fiel observancia de los tratados —y, sobre todo, del Tratado de Viena—; y se las arregló para hacer aprobar un nuevo convenio con Rusia, fechado el 16 de noviembre de 1831, cuyo preámbulo declaraba expresamente que se celebraba «en consideración a los arreglos generales del Congreso de Viena que permanecen en pleno vigor». Cuando se insertó en el Tratado de Viena el convenio relativo al empréstito ruso‑holandés, el duque de Wellington exclamó: «Este es un golpe maestro de diplomacia por parte de Lord Castlereagh;[19] pues Rusia ha quedado atada a la observancia del tratado de Viena por una obligación pecuniaria».

Así, cuando Rusia retiró su observancia del tratado de Viena con la confiscación de Cracovia, el señor Hume propuso que se suspendiera todo pago anual ulterior a Rusia con cargo al tesoro británico. El noble vizconde, sin embargo, opinó que, aunque Rusia tuviera derecho a violar el tratado de Viena en lo concerniente a Polonia, Inglaterra debía permanecer obligada por ese mismo tratado en lo concerniente a Rusia.

Pero no es éste el incidente más extraordinario en la actuación del noble lord. Después de que estallara la revolución belga, y antes de que el Parlamento hubiera sancionado el nuevo empréstito a Rusia, el noble lord sufragó los costos de la guerra rusa contra Polonia, bajo el falso pretexto de pagar la antigua deuda contraída por Inglaterra en 1815, aunque podemos afirmar, apoyándonos en la autoridad del más grande jurisconsulto inglés, sir E. Sugden,[20] actualmente Lord St. Leonards, que «no había un solo punto discutible en aquella cuestión y que el Gobierno no tenía facultad alguna para pagar ni un chelín de ese dinero» (Cámara de los Comunes, 26 de junio de 1832); y, apoyándonos en la autoridad de sir Robert Peel, «que Lord Palmerston no estaba autorizado por la ley para adelantar el dinero». (Cámara de los Comunes, 12 de julio de 1832.)

Ahora entendemos por qué el noble lord repite en toda ocasión que «nada puede ser más penoso para un hombre de sentimientos rectos que las discusiones sobre la cuestión de Polonia». También podemos apreciar el grado de fervor que es probable que muestre ahora al resistirse a las usurpaciones de la potencia a la que tan constantemente ha servido.