Historia de la vida de Lord Palmerston, por Karl Marx

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Cuando el movimiento reformista se volvió irresistible, Lord Palmerston desertó de los tories y se deslizó al campo whig. Aunque había aprehendido el peligro del despotismo militar que brotaba, no de la presencia de la Legión Alemana del Rey en suelo inglés, ni del mantenimiento de grandes ejércitos permanentes, sino únicamente de los «autodenominados reformadores», ya en 1828 patrocinaba la extensión del derecho de sufragio a grandes núcleos industriales como Birmingham, Leeds y Manchester. Pero ¿por qué? «No porque yo sea amigo de la Reforma, sino porque soy su enemigo decidido.»

Se había persuadido de que ciertas concesiones oportunas al desmesurado interés manufacturero podían ser el medio más seguro para escapar a «la introducción de una Reforma general» (Cámara de los Comunes, 17 de junio de 1828). Ya aliado con los whigs, ni siquiera fingió que su Proyecto de Reforma[7] pretendiera romper las estrechas trabas de la Constitución veneciana, sino, al contrario, aumentar su fuerza y solidez separando a las clases medias de la Oposición popular. «Los sentimientos de las clases medias cambiarán y su descontento se convertirá en ese apego a la Constitución que le dará un enorme aumento de fuerza y solidez.» Consoló a los pares diciéndoles que el Proyecto de Reforma no debilitaría la «influencia de la Cámara de los Lores» ni pondría fin a su «injerencia en las elecciones». Dijo a la aristocracia que la Constitución no perdería su carácter feudal, «siendo el interés territorial el gran fundamento sobre el que descansa el edificio de la sociedad y las instituciones del país». Disipó sus temores con insinuaciones irónicas de que «se nos ha acusado de no ser sinceros en nuestro deseo de dar al pueblo una representación real», que «se decía que solo proponíamos dar una influencia de tipo distinto a la aristocracia y al interés territorial». Llegó incluso a confesar que, además de las inevitables concesiones a las clases medias, «la privación del derecho de sufragio», a saber, la supresión de los viejos burgos podridos tories en beneficio de nuevos burgos whigs, «era el principio rector y fundamental del Proyecto de Reforma» (Cámara de los Comunes, 24 de marzo de 1831 y 14 de marzo de 1832).

Es hora de volver a las actuaciones del noble lord en la rama exterior de la política.

En 1823, cuando, como consecuencia de las resoluciones del Congreso de Viena, un ejército francés penetró en España para derrocar la Constitución de aquel país y entregarlo a la despiadada venganza del idiota borbón y su séquito de monjes fanáticos, Lord Palmerston repudió toda «cruzada quijotesca por principios abstractos», toda intervención en favor del pueblo cuya heroica resistencia había salvado a Inglaterra del dominio de Napoleón. Las palabras que dirigió en aquella ocasión a sus adversarios whigs son un fiel y vivo retrato de su propia política exterior, después de convertirse en su Ministro de Asuntos Exteriores permanente. Dijo:

«Algunos habrían querido que usáramos amenazas en la negociación, sin estar preparados para ir a la guerra si la negociación fracasaba. Hablar de guerra y pretender la neutralidad; amenazar con un ejército y retirarse detrás de un documento de Estado; blandir la espada del desafío en la hora de la deliberación y acabar con un montón de protestas el día de la batalla, habría sido la conducta de un matón cobarde y nos habría convertido en objeto de desprecio y mofa de Europa.» (Cámara de los Comunes, 30 de abril de 1823)

Llegamos por fin a los debates greco-turcos, que brindaron a Lord Palmerston la primera oportunidad de desplegar públicamente su incomparable talento como defensor inquebrantable y perseverante de los intereses rusos, tanto en el Gabinete como en la Cámara de los Comunes. Una a una, repitió todas las consignas dictadas por Rusia sobre monstruosidades turcas, civilización griega, libertad religiosa, cristianismo y demás. Al principio lo encontramos repudiando, como Ministro de Guerra, toda intención de aprobar «una censura sobre la meritoria conducta del almirante Codrington», que causó la destrucción de la flota turca en Navarino, aunque admite que «esta batalla se libró contra una potencia con la que no estamos en guerra» y que fue «un acontecimiento desgraciado» (Cámara de los Comunes, 31 de enero de 1828).

Después, habiéndose retirado del cargo, inició la larga serie de sus ataques contra Lord Aberdeen[8] reprochándole haber sido demasiado lento en ejecutar las órdenes de Rusia.

«¿Ha habido acaso mucha más energía y prontitud en el cumplimiento de nuestros compromisos con Grecia? Julio de 1829 se nos echa encima y el tratado de julio de 1827 sigue sin ejecutarse... La Morea, ciertamente, ha sido limpiada de turcos... Pero ¿por qué se detuvieron las armas de Francia en el istmo de Corinto?... La política estrecha de Inglaterra intervino y detuvo su avance... Pero ¿por qué no actúan los aliados con el país al norte del istmo como lo han hecho con el del sur y ocupan de inmediato todo lo que ha de ser asignado a Grecia? Habría creído que los aliados ya habrían tenido suficiente de negociar con Turquía sobre Grecia.» (Cámara de los Comunes, 1 de junio de 1829)

El príncipe Metternich[9] se oponía, como es bien sabido, en aquel tiempo a las intrusiones de Rusia, y en consecuencia sus agentes diplomáticos —recuerdo los despachos de Pozzo di Borgo y del príncipe Lieven— habían sido aconsejados de presentar a Austria como la gran enemiga de la emancipación griega y de la civilización europea, cuyo fomento era el objetivo exclusivo de la diplomacia rusa. El noble lord sigue, naturalmente, el camino trillado.

«Por la estrechez de sus miras, las desafortunadas prevenciones de su política, Austria se ha reducido casi al nivel de una potencia de segundo orden»; y como consecuencia de la política contemporizadora de Aberdeen, se presenta a Inglaterra como «la clave de ese arco del que Miguel y España, Austria y Mahmoud son los componentes... La gente ve en la demora en ejecutar el tratado de julio no tanto el miedo a la resistencia turca como una repugnancia invencible a la libertad griega.» (Cámara de los Comunes, 11 de junio de 1829)

Durante medio siglo, una frase se ha interpuesto entre Rusia y Constantinopla: la frase de que la integridad del Imperio turco es necesaria para el equilibrio de poder. «Me opongo», exclama Palmerston el 5 de febrero de 1830, «a la política de hacer de la integridad del dominio turco en Europa un objetivo esencialmente necesario para los intereses de la Europa cristiana y civilizada.»

De nuevo ataca a Aberdeen por su diplomacia antirrusa:

«Por mi parte, no me conformaré con una serie de despachos del Gobierno de Inglaterra que, sin duda, se leerán de forma bastante suave y bonita; instando, en términos generales, a lo apropiado de conciliar a Rusia, pero acompañados, quizá, de vivas expresiones del aprecio que Inglaterra profesa a Turquía, las cuales, leídas por una parte interesada, podrían fácilmente parecer significar más de lo realmente pretendido... Me gustaría ver que, mientras Inglaterra adopta una resolución firme —casi el único rumbo que podía adoptar— de no tomar partido en modo alguno y en ningún caso junto a Turquía en esa guerra, esa decisión se comunicara clara y francamente a Turquía... Hay tres cosas implacabilísimas: el tiempo, el fuego y el sultán.» (Cámara de los Comunes, 16 de febrero de 1830)

Llegados a este punto, debo traer a la memoria unos pocos hechos históricos, para no dejar duda sobre el significado de los sentimientos filohelénicos del noble lord.

Rusia, tras haberse apoderado de Gokcha, una franja de tierra que bordea el lago de Seván (posesión indiscutible de Persia), exigió como precio de su evacuación el abandono de las reclamaciones de Persia sobre otra porción de su propio territorio, las tierras de Kapán. Persia, al no ceder, fue invadida, vencida y obligada a suscribir el tratado de Turkmanchai, en febrero de 1828. Conforme a este tratado, Persia debía pagar una indemnización de dos millones de libras esterlinas a Rusia, ceder las provincias de Eriván y Najicheván, incluidas las fortalezas de Eriván y Abbasabad, siendo el propósito exclusivo de este arreglo, como afirmó Nicolás, definir la frontera común por el Araxes, el único medio, según pretendía, de prevenir futuras disputas entre los dos imperios. Pero al mismo tiempo se negó a devolver Talish y Mogán, situados en la orilla persa del Araxes. Por último, Persia se comprometió a no mantener flota en el mar Caspio. Tales fueron el origen y los resultados de la guerra ruso-persa.

En cuanto a la religión y la libertad de Grecia, a Rusia le importaban entonces tanto como ahora le importan al Dios de los rusos las llaves del Santo Sepulcro y la famosa Cúpula. Era política tradicional de Rusia incitar a los griegos a la revuelta y, luego, abandonarlos a la venganza del sultán. Tan profunda era su simpatía por la regeneración de la Hélade, que en el Congreso de Verona los trató como rebeldes, reconociendo el derecho del sultán a excluir toda intervención extranjera entre él y sus súbditos cristianos. De hecho, el zar ofreció «ayudar a la Puerta[10] a sofocar la rebelión»; proposición que, naturalmente, fue rechazada. Fracasado ese intento, se volvió hacia las grandes potencias con la propuesta contraria: «Marchar con un ejército sobre Turquía, a fin de dictar la paz bajo los muros del Serrallo.» Para tener atadas las manos mediante una suerte de acción común, las demás grandes potencias concertaron con él en Londres, el 6 de julio de 1827, un tratado por el que se comprometían mutuamente a imponer, si era preciso por las armas, el arreglo de las diferencias entre el sultán y los griegos. Pocos meses después de haber firmado aquel tratado, Rusia concertó otro tratado con Turquía, el tratado de Akkerman, por el que se obligaba a renunciar a toda injerencia en los asuntos griegos. Este tratado se produjo después de que Rusia hubiera inducido al príncipe heredero de Persia a invadir los dominios otomanos, y después de haber infligido a la Puerta las ofensas necesarias para empujarla a una ruptura. Una vez ocurrido todo esto, las resoluciones del tratado de Londres del 6 de julio de 1827 fueron presentadas a la Puerta por el embajador inglés, en nombre de Rusia y de las demás potencias. En virtud de las complicaciones resultantes de estos fraudes y mentiras, Rusia halló por fin el pretexto para iniciar la guerra de 1828 y 1829. Esa guerra terminó con el tratado de Adrianópolis, cuyo contenido se resume en las siguientes citas del célebre panfleto de O’Neill [Sir John O’Neill, diplomático británico] sobre el «Progreso de Rusia en Oriente»:

“Por el tratado de Adrianópolis, el Zar adquirió Anapa y Poti, con una extensión considerable de costa en el mar Negro, una parte del pashalik de Akhaltsije, con las fortalezas de Akhaltsije y Akhalkalaki, y las islas formadas por las bocas del Danubio. Se estipuló la destrucción de la fortaleza turca de Georgievsk y el abandono, por parte de Turquía, de la orilla derecha del Danubio a una distancia de varias millas del río. … En parte por la fuerza y en parte por influjo del clero, varios miles de familias armenias fueron trasladadas de las provincias turcas de Asia a los territorios del Zar. Éste estableció para sus propios súbditos en Turquía una exención de toda responsabilidad ante las autoridades nacionales y cargó a la Puerta con una deuda inmensa, bajo el nombre de gastos de guerra y de pérdidas comerciales —y, por último, retuvo Moldavia, Valaquia y Silistra como prenda del pago. … Habiendo impuesto a Turquía por este tratado la aceptación del protocolo del 22 de marzo, que le aseguraba la soberanía sobre Grecia y un tributo anual del país, Rusia empleó toda su influencia para procurar la independencia de Grecia, que fue erigida en Estado independiente, y de la cual fue nombrado presidente el conde Capo d’Istria, que había sido ministro ruso.”

Estos son los hechos. Contémplese ahora el cuadro que de ellos traza la mano maestra de lord Palmerston:

“Es perfectamente cierto que la guerra entre Rusia y Turquía surgió de las agresiones cometidas por Turquía contra el comercio y los derechos de Rusia, y de las violaciones de los tratados.” —(Cámara de los Comunes, 16 de febrero de 1830.)

Cuando se convirtió en la encarnación whig del ministro de Asuntos Exteriores, mejoró esta declaración:

“El honorable y valeroso miembro (coronel Evans) ha representado la conducta de Rusia como una agresión incesante contra otros Estados desde 1815 hasta el presente. Se ha referido más particularmente a las guerras de Rusia con Persia y Turquía. Rusia no fue la agresora en ninguna de ellas, y aunque el resultado de la guerra de Persia fue un engrandecimiento de su poder, no fue un resultado que ella buscara. … Tampoco en la guerra de Turquía fue Rusia la agresora. Resultaría fatigoso para la Cámara detallar todas las provocaciones que Turquía ofreció a Rusia; pero creo que no puede caber duda de que expulsó a súbditos rusos de su territorio, detuvo barcos rusos y violó todas las disposiciones del tratado de Akkerman, y luego, al presentarse las quejas, negó toda reparación; de modo que, si jamás hubo una causa justa para ir a la guerra, Rusia la tuvo para ir a la guerra con Turquía. Sin embargo, no adquirió en ocasión alguna ningún aumento de territorio, al menos en Europa. Sé que hubo una ocupación continuada de ciertos puntos [Moldavia y Valaquia no son más que puntos, y las bocas del Danubio son meros ceros], y algunas adquisiciones adicionales en el Euxino, en Asia; pero tenía un acuerdo con las demás potencias europeas de que el éxito en esa guerra no condujera a ningún engrandecimiento en Europa.” —(Cámara de los Comunes, 7 de agosto de 1832.)

Ahora comprenderán mis lectores que sir Robert Peel dijera al noble lord, en sesión pública de la Cámara, que “no sabía a quién representaba”.