«Sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada»,

y el caballero andante no puede evitar enamorarse de nuevo de aquella que, como le consta, ha transformado a todos sus anteriores adoradores en asnos y otras bestias. El público inglés es otro Ruggiero, y Palmerston es otra Alcina. Aunque septuagenario, y ocupando la escena pública casi sin interrupción desde 1807, se las arregla para seguir siendo una novedad y para evocar todas las esperanzas que solían concentrarse en una juventud no probada y prometedora. Con un pie en la tumba, se supone que aún no ha iniciado su verdadera carrera. Si muriese mañana, toda Inglaterra se sorprendería al enterarse de que ha sido Secretario de Estado durante la mitad de este siglo.

Si no es un buen estadista en toda obra, es al menos un buen actor en toda obra. Triunfa tanto en lo cómico como en lo heroico, en lo patético como en lo familiar, en la tragedia como en la farsa; aunque esto último sea quizá más afín a sus sentimientos. No es un orador de primera fila, pero sí un consumado polemista. Dotado de una memoria prodigiosa, de una vasta experiencia, de un tacto consumado, de una presencia de ánimo inagotable, de una versatilidad caballerosa y del más minucioso conocimiento de las triquiñuelas, intrigas, partidos y hombres del Parlamento, maneja los casos difíciles de manera admirable y con una agradable volubilidad, aferrándose a los prejuicios y susceptibilidades de su público, a salvo de toda sorpresa por su cínica impudencia, de toda confesión de sí mismo por su egoísta destreza, de caer en la pasión por su profunda frivolidad, su perfecta indiferencia y su aristocrático desprecio. Siendo un bromista sumamente afortunado, se congracia con todo el mundo. Como jamás pierde los estribos, se impone a un adversario apasionado. Cuando no logra dominar un tema, sabe jugar con él. Si carece de concepciones generales, siempre está dispuesto a tejer una red de elegantes generalidades.

Dotado de un espíritu inquieto e infatigable, aborrece la inactividad y ansía la agitación, ya que no la acción. Un país como Inglaterra le permite, por supuesto, ocuparse en todos los rincones del mundo. No aspira a la sustancia, sino a la mera apariencia del éxito. Si no puede hacer nada, urdirá cualquier cosa. Donde no se atreve a intervenir, se entromete. Cuando no puede rivalizar con un enemigo fuerte, improvisa uno débil. No siendo hombre de designios profundos, ni de meditar combinaciones de largo alcance, ni de perseguir un gran objetivo, se embarca en dificultades con vistas a desenredarse de ellas de manera ostentosa. Necesita complicaciones para alimentar su actividad, y cuando no las encuentra listas, las crea. Se regodea en conflictos de aparato, batallas de aparato, enemigos de aparato, notas diplomáticas que intercambiar, barcos a los que ordenar zarpar, todo ello rematado en violentos debates parlamentarios, que de seguro le preparan un éxito efímero, el objeto constante y único de todos sus afanes. Maneja los conflictos internacionales como un artista, llevando los asuntos hasta cierto punto, retrocediendo cuando amenazan con agravarse, pero habiendo obtenido, en todo caso, la excitación dramática que ansía. A sus ojos, el movimiento mismo de la historia no es más que un pasatiempo, inventado expresamente para la satisfacción privada del noble vizconde Palmerston de Palmerston.

Cediendo de hecho a la influencia extranjera, la combate de palabra. Habiendo heredado de Canning [2] la misión inglesa de propagar el constitucionalismo en el continente, nunca le falta un tema con que aguijonear los prejuicios nacionales, contrarrestar la revolución en el extranjero y, al mismo tiempo, mantener despiertos los celos suspicaces de las potencias extranjeras. Tras haber conseguido de esta manera tan fácil convertirse en la bête noire de las cortes continentales, no podía menos de ser erigido en ministro auténticamente inglés en su patria. Aunque tory de origen, ha logrado introducir en la dirección de los asuntos exteriores todas las falsificaciones y contradicciones que constituyen la esencia del whiggismo. Sabe conciliar una fraseología democrática con concepciones oligárquicas; encubrir la política traficante de paz de las clases medias con el lenguaje altivo del pasado aristocrático de Inglaterra; aparecer como agresor donde disimula y como defensor donde traiciona; manejar un enemigo aparente y exasperar a un presunto aliado; encontrarse, en el momento oportuno del conflicto, del lado del más fuerte contra el débil y proferir valientes palabras en el acto mismo de huir.

Acusado por uno de los partidos de estar a sueldo de Rusia, el otro lo sospecha de carbonarismo. [3] Si en 1848 hubo de defenderse contra la moción de impeachment por haber actuado como ministro de Nicolás, en 1850 tuvo la satisfacción de verse perseguido por una conspiración de embajadores extranjeros, que triunfó en la Cámara de los Lores pero fracasó en la de los Comunes. Si traicionó a pueblos extranjeros, lo hizo con gran cortesía —siendo la cortesía la moneda menuda del diablo, la que entrega a cambio de la sangre viva de sus incautos—. Si los opresores estuvieron siempre seguros de su apoyo activo, a los oprimidos jamás les faltó una gran ostentación de generosidad retórica. Polacos, italianos, húngaros, alemanes, lo encontraron en el cargo siempre que eran aplastados, pero sus déspotas siempre sospecharon que conspiraba en secreto con las víctimas que él les había permitido hacer. Hasta ahora, en todos los casos, era una probable posibilidad de éxito tenerlo por adversario y una segura posibilidad de ruina tenerlo por amigo. Pero si su arte diplomática no brilla por los resultados efectivos de sus negociaciones exteriores, brilla con mayor esplendor en la interpretación que ha inducido al pueblo inglés a darles, aceptando frases por hechos, fantasías por realidades y altisonantes pretextos por mezquinos motivos.

Henry John Temple, vizconde Palmerston, que deriva su título de una nobleza de Irlanda, fue nombrado Lord del Almirantazgo en 1807, al formarse el gobierno del duque de Portland. En 1809 pasó a ser Secretario de Guerra y continuó ocupando ese cargo hasta mayo de 1828. En 1830 se pasó, con gran habilidad por cierto, a los whigs, quienes lo convirtieron en su Secretario de Asuntos Exteriores permanente. Salvo los intervalos de gobierno tory, desde noviembre de 1834 hasta abril de 1835 y desde 1841 hasta 1846, es responsable de toda la política exterior que Inglaterra ha seguido desde la revolución de 1830 hasta diciembre de 1851.

¿No es muy curioso encontrar, a primera vista, a este Quijote de las «instituciones libres» y este Píndaro de las «glorias del sistema constitucional», como miembro permanente y eminente de los gobiernos tories de Mr. Percival, el conde de Liverpool, Mr. Canning, Lord Goderich y el duque de Wellington, durante la larga época en que se llevó a cabo la guerra antijacobina, se contrajo la monstruosa deuda, se promulgaron las leyes de cereales, se estacionaron mercenarios extranjeros en suelo inglés, al pueblo —tomando prestada una expresión de su colega Lord Sidmouth— se le «sangraba» de cuando en cuando, se amordazaba a la prensa, se suprimían las reuniones, se desarmaba a la masa de la nación, se suspendía la libertad individual junto con la jurisdicción ordinaria, se ponía a todo el país como en estado de sitio; en una palabra, durante la época más infame y más reaccionaria de la historia inglesa?

Su debut en la vida parlamentaria es característico. El 3 de febrero de 1808 se levantó para defender... ¿qué?... el secreto en las negociaciones diplomáticas, y el acto más deshonroso jamás cometido por una nación contra otra, a saber, el bombardeo de Copenhague y la captura de la flota danesa, en un momento en que Inglaterra se declaraba en profunda paz con Dinamarca. En cuanto al primer punto, declaró que, «en este caso particular, los ministros de Su Majestad están comprometidos» —¿por quién?— «al secreto», pero fue más allá: «Me opongo también, en general, a hacer público el funcionamiento de la diplomacia, porque la tendencia de las revelaciones en ese departamento es cerrar futuras fuentes de información». Vidocq habría defendido idéntica causa en idénticos términos. En cuanto al acto de piratería, aun admitiendo que Dinamarca no había mostrado hostilidad alguna hacia Gran Bretaña, sostuvo que era correcto bombardear su capital y robar su flota, porque había que impedir que la neutralidad danesa se convirtiera, quizás, en hostilidad abierta por coacción de Francia. Esta era la nueva ley de gentes proclamada por el Lord Palmerston.

Cuando vuelve a perorar, encontramos a este ministro inglés por excelencia empeñado en la defensa de tropas extranjeras, llamadas del continente a Inglaterra con la misión expresa de mantener por la fuerza el dominio oligárquico, para establecer el cual Guillermo había venido de Holanda en 1688 con sus tropas holandesas. Palmerston respondió a los bien fundados «temores por las libertades del país» originados por la presencia de la Legión Alemana del Rey, [4] de manera muy frívola: ¿Por qué no habríamos de tener en casa a 16.000 de esos extranjeros, cuando sabéis que empleamos «en el exterior una proporción mucho mayor de extranjeros»? (Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1812).

Cuando similares temores por la Constitución surgieron a raíz del numeroso ejército permanente mantenido desde 1815, encontró «una protección suficiente de la Constitución en la propia Constitución de nuestro ejército», dado que una gran proporción de sus oficiales eran «hombres de propiedad y de conexiones». (Cámara de los Comunes, 8 de marzo de 1816).

Cuando se atacó un numeroso ejército permanente desde el punto de vista financiero, hizo el curioso descubrimiento de que «gran parte de nuestros apuros financieros han sido causados por nuestra antigua baja dotación en tiempos de paz». (Cámara de los Comunes, 8 de marzo de 1816).

Cuando se contrastaban las «cargas del país» y la «miseria del pueblo» con el fastuoso gasto militar, recordó al Parlamento que esas cargas y esa miseria «eran el precio que nosotros (es decir, la oligarquía inglesa) convinimos en pagar por nuestra libertad e independencia». (Cámara de los Comunes, 16 de mayo de 1821).

A sus ojos, no había que temer el despotismo militar sino de los afanes de «esos autodenominados, pero descarriados, reformadores que exigen ese tipo de reforma en el país, la cual, según todos los principios primordiales de gobierno, debe terminar, si se accediera a ella, en un despotismo militar». (Cámara de los Comunes, 14 de junio de 1820).

Mientras los grandes ejércitos permanentes eran así su panacea para mantener la Constitución del país, los azotes eran su panacea para mantener la Constitución del ejército. Defendió los azotes en los debates sobre la Ley de Motines, el 5 de marzo de 1824; los declaró «absolutamente indispensables» el 11 de marzo de 1825; los recomendó de nuevo el 10 de marzo de 1828; los mantuvo en los debates de abril de 1833, y ha demostrado ser un entusiasta de los azotes en todas las ocasiones posteriores.

No existía abuso en el ejército para el que no encontrara razones plausibles, si resultaba que fomentaba los intereses de los parásitos aristocráticos. Así, por ejemplo, en los debates sobre la Venta de las Comisiones. (Cámara de los Comunes, 12 de marzo de 1828).

A Lord Palmerston le gusta hacer alarde de sus constantes esfuerzos por el establecimiento de la libertad religiosa. Pues bien, votó en contra de la moción de Lord John Russell para la derogación de las leyes de Prueba y de Corporaciones. [5] ¿Por qué? Porque era «un cálido y celoso amigo de la libertad religiosa» y no podía, por tanto, permitir que se relevara a los disidentes de «agravios imaginarios mientras aflicciones reales oprimían a los católicos». (Cámara de los Comunes, 26 de febrero de 1828).

En prueba de su celo por la libertad religiosa, nos informa de su
«pesar por ver el creciente número de los disidentes. Es mi deseo
que la Iglesia establecida sea la iglesia predominante en este país»,
y por puro amor y celo por la libertad religiosa quiere que
«la Iglesia establecida sea alimentada a expensas de los infieles».
Su jocosa señoría acusa a los disidentes ricos de satisfacer
las necesidades eclesiásticas de los más pobres, mientras que, «con la
Iglesia de Inglaterra, son solo los pobres quienes sienten la falta de acomodo en los
templos. … Sería un absurdo decir que los pobres deberían
suscribir fondos para iglesias sacándolos de sus pequeños ingresos.» —(Cámara de los
Comunes, 11 de marzo de 1825.)

Sería, por supuesto, más absurdo aún decir que los miembros ricos de la
Iglesia establecida deberían suscribir fondos para la iglesia sacándolos de sus cuantiosos
ingresos.

Examinemos ahora sus esfuerzos por la Emancipación Católica, uno de sus grandes
«títulos» a la gratitud del pueblo irlandés. No me detendré
en la circunstancia de que, habiéndose declarado a favor de la Emancipación Católica[6]
cuando era miembro del Ministerio Canning, entrara, no obstante, en el Ministerio
Wellington, declaradamente hostil a dicha emancipación. ¿Consideraba Lord Palmerston
la libertad religiosa como uno de los derechos del hombre, en el que no debía
inmiscuirse la legislatura? Que responda él mismo:

«Aunque deseo que se consideren las demandas católicas,
jamás admitiré que esas demandas se basen en el terreno del derecho. … Si
pensara que los católicos estaban pidiendo su derecho, yo, por mi parte, no
entraría en el comité.» —(Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1813.)

¿Y por qué se opone a que exijan su derecho?

«Porque la legislatura de un país tiene el derecho de
imponer a cualquier clase de la comunidad las incapacidades políticas que
considere necesarias para la seguridad y el bienestar del conjunto. … Esto pertenece a
los principios fundamentales sobre los que se funda el gobierno civilizado.» —(Cámara
de los Comunes, 1 de marzo de 1813.)

Ahí tenéis la confesión más cínica jamás hecha: que la masa del
pueblo no tiene derecho alguno, sino que se le podrá conceder la cantidad de
inmunidades que la legislatura —o, en otras palabras, la clase gobernante—
considere oportuno otorgarle. En consecuencia, Lord Palmerston declaró, con toda
claridad, que «la Emancipación Católica es una medida de gracia y
favor». —(Cámara de los Comunes, 10 de febrero de 1829.)

Fue, pues, enteramente sobre la base de la conveniencia como se dignó
poner fin a las incapacidades católicas. ¿Y qué se ocultaba detrás de esta
conveniencia?

Siendo él mismo uno de los grandes propietarios territoriales irlandeses, quería
abrigar la ilusión de que «son imposibles otros remedios para los males irlandeses que la
Emancipación Católica», de que esta curaría el absentismo y resultaría un sustituto barato
de las leyes de pobres. —(Cámara de los Comunes, 19 de marzo de 1829.)

El gran filántropo, que más tarde limpió sus fincas irlandesas de
sus nativos irlandeses, no podía permitir que la miseria irlandesa oscureciera, ni por un
momento, con sus nubes aciagas, el cielo brillante de los terratenientes y los señores
del dinero.

«Es cierto —dijo— que el campesinado
de Irlanda no disfruta de todas las comodidades que disfruta todo el campesinado
de Inglaterra [piénsese en todas las comodidades de que disfruta una familia con una tasa
de 7 chelines a la semana]. Con todo —prosigue—, el
campesino irlandés tiene sus comodidades. Está bien provisto de combustible y rara vez [solo
cuatro días de cada seis] carece de alimento. [¡Qué comodidad!] Pero esta no es toda
la comodidad que tiene: posee una mayor alegría de espíritu que su compañero
de sufrimientos inglés!» —(Cámara de los Comunes, 7 de mayo de 1829.)

En cuanto a las extorsiones de los terratenientes irlandeses, las trata de manera tan
agradable como las comodidades del campesinado irlandés.

«Se dice que el terrateniente irlandés insiste en la renta más alta posible que se
pueda arrancar. Pues bien, señor, creo que no es una circunstancia singular;
ciertamente en Inglaterra el terrateniente hace lo mismo.» —(Cámara de los
Comunes, 7 de marzo de 1829.)

¿Hemos de sorprendernos, pues, de que este hombre, tan profundamente iniciado en
los misterios de las «glorias de la Constitución inglesa» y las
«comodidades de sus instituciones libres», aspire a extenderlas por todo el
Continente?