Karl Marx en The New-York Tribune 1853

India

Londres, martes 19 de julio de 1853

El avance de la ley sobre la India en el seno del Comité carece de mayor interés. Es significativo que ahora todas las enmiendas sean rechazadas por la Coalición, que se une a los tories contra sus propios aliados de la Escuela de Manchester.

La situación real de la India puede ilustrarse con unos pocos hechos. El establecimiento metropolitano absorbe el 3 por ciento de los ingresos netos, y los intereses anuales por la Deuda Interna y los Dividendos, el 14 por ciento: juntos, el 17 por ciento. Si deducimos estas remesas anuales de la India a Inglaterra, los gastos militares ascienden a cerca de dos tercios del total del gasto disponible para la India, es decir, al 66 por ciento, mientras que los gastos en Obras Públicas no pasan del 2 3/4 por ciento de los ingresos generales, o sea, en Bengala el 1 por ciento, en Agra el 7 3/4, en Punyab 1/8, en Madrás 1/2 y en Bombay el 1 por ciento de sus respectivos ingresos. Estas cifras son las oficiales de la propia Compañía.

Por otra parte, casi tres quintas partes de la totalidad de los ingresos netos proceden de la tierra, cerca de una séptima parte del opio, y más de una novena parte de la sal. Estos recursos en conjunto proporcionan el 85 por ciento de la totalidad de los ingresos.

En cuanto a las partidas menores de ingresos y gastos, baste señalar que el impuesto Moturpha, mantenido en la Presidencia de Madrás y que grava tiendas, telares, ovejas, ganado, diversas profesiones, etc., rinde aproximadamente unas 50.000 libras esterlinas, mientras que las cenas anuales de la East India House cuestan más o menos la misma suma.

La gran masa de los ingresos proviene de la tierra. Como las diversas formas de tenencia de la tierra en la India han sido descritas recientemente en tantos lugares, y además en estilo divulgativo, me propongo limitar mis observaciones sobre el tema a unas pocas observaciones generales sobre los sistemas zamindarí y ryotwari.

El zamindarí y el ryotwari fueron ambas revoluciones agrarias, efectuadas por ucases británicos, y opuestas entre sí, la una aristocrática, la otra democrática; la una, una caricatura del landlordismo inglés, la otra, del campesinado parcelario francés; pero perniciosas ambas, al combinar los caracteres más contradictorios; ambas hechas, no para el pueblo que cultiva el suelo, ni para el poseedor que lo detenta, sino para el Gobierno que lo grava.

Mediante el sistema zamindarí, el pueblo de la Presidencia de Bengala fue desposeído de golpe de sus derechos hereditarios al suelo, en favor de los recaudadores de impuestos nativos llamados zamindares. Mediante el sistema ryotwari, introducido en las Presidencias de Madrás y Bombay, la nobleza nativa, con sus derechos territoriales —meras sees, jagheeres, etc.—, fue reducida, junto con el pueblo llano, a la tenencia de minúsculos campos, cultivados por ellos mismos en favor del Recaudador de la Compañía de las Indias Orientales. Pero una curiosa suerte de landlord inglés era el zamindar, que solo recibía una décima parte de la renta, mientras que debía entregar nueve décimas de la misma al Gobierno. Una curiosa suerte de campesino francés era el ryot, sin título permanente alguno sobre el suelo, y con una imposición que cambiaba cada año en proporción a su cosecha. La clase originaria de los zamindares, pese a su rapacidad ilimitada y sin control contra la masa desposeída de los ex terratenientes hereditarios, se deshizo pronto bajo la presión de la Compañía, para ser reemplazada por especuladores mercantiles que ahora poseen toda la tierra de Bengala, con excepción de las propiedades devueltas a la administración directa del Gobierno. Estos especuladores han introducido una variedad de la tenencia zamindarí llamada patnee. No contentos con hallarse en la situación de intermediarios respecto al Gobierno británico, han creado a su vez una clase de intermediarios “hereditarios” llamados patnetas, quienes crearon a su vez a sus sub-patnetas, etc., de modo que ha surgido una perfecta escala de jerarquía de intermediarios, que presiona con todo su peso sobre el infortunado cultivador. En cuanto a los ryots en Madrás y Bombay, el sistema degeneró pronto en uno de cultivo forzoso, y la tierra perdió todo su valor.

“La tierra —dice el Sr. Campbell— sería vendida por atrasos por el Recaudador, como en Bengala, pero por lo general no lo es, por una razón muy buena, a saber: que nadie querrá comprarla.”

Así, en Bengala tenemos una combinación del landlordismo inglés, del sistema de intermediarios irlandés, del sistema austriaco que transforma al landlord en recaudador de impuestos, y del sistema asiático que hace del Estado el verdadero landlord. En Madrás y Bombay tenemos un campesino parcelario francés que es al mismo tiempo un siervo y un métayer del Estado. Los inconvenientes de todos estos diversos sistemas se acumulan sobre él sin que disfrute de ninguno de sus rasgos redentores. El ryot está sujeto, como el campesino francés, a la exacción del usurero privado; pero no tiene un título hereditario ni permanente sobre su tierra, como el campesino francés. Como el siervo, se ve forzado al cultivo, pero no está asegurado contra la indigencia como el siervo. Como el métayer, ha de dividir su producto con el Estado, pero el Estado no está obligado, respecto a él, a adelantarle los fondos y el capital, como sí está obligado a hacerlo respecto al métayer. En Bengala, como en Madrás y Bombay, bajo el zamindarí como bajo el ryotwari, los ryots —y ellos constituyen 11/12 partes de toda la población india— han sido miserablemente pauperizados; y si, moralmente hablando, no se han hundido tan bajo como los cottiers irlandeses, se lo deben a su clima, pues los hombres del Sur poseen menos necesidades y más imaginación que los hombres del Norte.

Conjuntamente con el impuesto sobre la tierra hemos de considerar el impuesto sobre la sal. Es notorio que la Compañía retiene el monopolio de ese artículo, que vende a tres veces su valor mercantil —y esto en un país donde lo proveen el mar, los lagos, las montañas y la tierra misma. El funcionamiento práctico de este monopolio fue descrito por el Conde de Albemarle en los siguientes términos:

“Una gran proporción de la sal para el consumo interior a lo largo del país es comprada a la Compañía por grandes comerciantes mayoristas a menos de 4 rupias el maund; estos le mezclan una proporción fija de arena, obtenida principalmente a unas pocas millas al sureste de Dacca, y envían la mezcla a un segundo, o, contando al Gobierno como el primero, a un tercer monopolista a unas 5 o 6 rupias. Este comerciante añade más tierra o cenizas, y así, al pasar por más manos, desde las grandes ciudades a las aldeas, el precio se eleva aún más, de 8 a 10 rupias, y la proporción de adulteración del 25 al 40 por ciento. [...] Parece, pues, que el pueblo [...] paga de 21 libras, 17 chelines y 2 peniques a 27 libras, 6 chelines y 2 peniques por su sal; o, en otras palabras, de 30 a 36 veces tanto como la gente acaudalada de Gran Bretaña.”

Como ejemplo de la moral burguesa inglesa, puedo alegar que el Sr. Campbell defiende el monopolio del opio porque impide que los chinos consuman demasiado de la droga, y que defiende el monopolio del aguardiente (licencias para la venta de licores en la India) porque ha incrementado maravillosamente el consumo de aguardiente en la India.

La tenencia zamindarí, el ryotwari y el impuesto sobre la sal, combinados con el clima indio, fueron los semilleros del cólera —las estragos de la India sobre el mundo occidental—, un ejemplo fulminante y severo de la solidaridad de las desgracias y las injusticias humanas.

Karl Marx