Karl Marx EL PROBLEMA DE LA INDIA ORIENTALª Londres, martes 12 de julio de 1853.

Las cláusulas del proyecto de ley de la India se están aprobando una por una, y el debate apenas ofrece características notables, excepto la incoherencia de los llamados reformadores indios. Ahí está, por ejemplo, lord Jocelyn, miembro del parlamento, que se ha creado una especie de medio de vida política con sus denuncias periódicas de las injusticias que se cometen en la India y del desgobierno de la Compañía de la India oriental. ¿A qué creen que se reduce su reforma? A otorgar a la compañía un arrendamiento por diez años. Felizment.e no comprometía a nadie, salvo a él mismo. Hay otro "reformador" profesional, Mr. Jos. Hume, que durant.e su larga vida parlamentaria logró convertir a la oposición misma en una forma particular de apoyar al ministerio. Propuso que no se redujera el número de los directores de la Compañía de la India oriental de 24 a 18. La única enmienda con sentido común, hasta ahora aceptada, ha sido la de Mr. Bright, por la cual se exime a los directores designados por el gobierno, del aval de la East India Stock, impuesto a los directores elegidos por la Corte de Propietarios. Si se examinan los folletos editados por la Asociación de Reformas para la India oriental, se tendrá la misma sensación que si se escuchase una gran acta de acusación contra Bonaparte, proyectada en común por legitimistas, orleanistas, republicanos azules y rojos, y aun bonapartistas desilusionados. Hasta ahora su único mérito ha sido el de llamar la at.ención del público sobre los asuntos de la India en general, y no pueden ir más lejos con su forma actual de oposición ecléctica. Por ejemplo, mientras atacan la acción a Este artículo forma parte de la sección de política internacional que Marx escribía para el New-York Daily Tribune. El título completo de la misma es< "Las complicaciones ruso-turcas - Artificios y sstucias del gobierno británico - La última comunicación de Nesselrode - El problema de la India oriental". de la aristocracia inglesa en la India, prot.estan contra la destrucción de la aristocracia india de los príncipes nativos. Después de que los intrusos británicos pusieron los pies en la India y decidieron conservarla, no quedó más alt.ernativa que quebrar el poder de los príncipes nativos, por la fuerza o por la intriga. Colocados respecto de ellos en circunstancias similares a las de los antiguos romanos en relación con sus aliados, siguieron las huellas de la política romana. "Era un sist.ema de cebar a los aliados -dice un escritor inglés- del mismo modo que cebamos a los novillos, hasta que estuviesen a punto para ser devorados." Después de triunfar sobre sus aliados con los métodos de la antigua Roma, la Compañía de la India oriental los ejecutó con los métodos modernos de Change Alleyª. A fin de cumplir con los acuerdos a que habían llegado con la compañía, los príncipes nativos se vieron obligados a pedir prestadas enormes sumas a los ingleses, a un int.eJés usurario. Cuando llegaban al colmo de sus apuros, el acreedor se volvía inexorable, "se apretaba el torniquet.e" y los príncipes se veían forzados a ceder amigablement.e sus t.erritorios a la compañía, o a iniciar la guerra; a convertirse en pensionados de sus usurpadores en el primer caso, o a ser depuestos por traidores en el segundo. En est.e momento los estados nativos ocupan una superficie de 699.961 millas cuadradas, con una población de 52.931.263 almas, que sin embargo ya no son aliados, sino sólo subalt.emos del gobierno británico, en condiciones diferent.es, y bajo las distintas formas de dependencia y de los sist.emas proteccionistas. Estos sistemas tienen en común el abandono, por part.e de los estados nativos, del derecho a la propia defensa, del derecho a mant.ener relaciones diplomáticas y a solucionar las disputas entre ellos, sin int.ervención del gobernador general. Todos deben pagar un tributo, ya sea en metálico o en la forma de un contingent.e de fuerzas annadas comandadas por oficiales británicos. La absorción o anexión final de estos estados nativos es actualmente motivo de vehement.es disputas entre los reformistas, que la denuncian como un crimen, y los hombres de negocios, que la justifican como una necesidad. En mi opinión, el problema está incorrectament.e planteado. En cuanto a los estados nativos, virtualment.e dejaron de existir desde a Change Alley, calle de Londres donde estaba la Dirección de la · Compañía de los Mares del Sur; era uno de los centros principales de la realización de toda clase de operaciones monetarias y negocios especulativos. el momento en que se convirtieron en estados subordinados a la compañía o protegidos por ella. Si se divide la renta de un país entre dos gobiernos, no cabe duda de que se cercenan los recursos de uno y la administración de ambos. Con el sistema actual, los estados nativos -sucumben bajo el noble íncubo de su administración nacional y de los tributos y excesivos establecimientos militares que la compañía les impone. Las condiciones en que se les pennite conservar su aparente independencia son, al mismo tiempo, las condiciones pan una decadencia pennanente y una total incapacidad de progreso. La debilidad orgánica es la. ley constitucional de su existencia, como lo ee de toda existencia que vive por gracia ajena. Por lo tanto, el problema no gira en torno de los estados nativos, sino en la conservación de los príncipes y cortes nativos. ¡Pues bien, no resulta extraño que los mismos hombres que denuncian "los bárbaros esplendores de la Corona y la aristocracia en Inglaterra", derramen lágrimas ante la caída de los nababs, rajaes y jagirdaresª, la gran mayoría de los cuales ni siquiera tienen el prestigio de los años, pues, por lo general, son usurpadores de fecha muy reciente, instalados mediante intrigas inglesas! No existe en el mundo despotismo más ridículo, más absurdo e infantil que el de aquellos shahzamanes y shahriares de Las mil y una noches. El duque de Wellington, sir J. Malcolm, sir Henry Rusell, lord Ellenborough, el general Briggs y otras autoridades -se han pronunciado a favor del status quo; ¿pero sobre qué base? Sobre la base de que las tropas nativas, bajo dirección inglesa, quieren participar en las pequeñas guerras contra sus propios compatriotas, a fin de impedir que vuelvan las armas contra sus amos europeos. Sobre la base de que la existencia de estados independientes brinda un empleo ocasional a las tropas inglesas. De que los príncipes hereditarios son el instrumento más servil del despotismo inglés, y frenan los alzamientos de esos audaces · aventureros militares que siempre han abundado y abundarán en la India. De que los territorios independientes proporcionan refugio a todos los espíritus nativos descontentos y emprendedores. Dejo a un lado todos estos argumentos que expresan, a Nabab y rajá: títulos de principes indios; jagirdar: representante de la clase media feudal musulmana en el Gran Imperio Mogol, que recibieron grandes· estados (jagirs) en usufructo transitorio, y en beneficio del cual hacían servicio militar, suministrándole contingentes de tropas. Cuando el imperio se desmoronó, los jagirdares se convirtieron en propietarios feudales hereditarios. en otras tantas palabras, que los príncipes nativos son el baluarte del abominable sistema inglés actual y el mayor obstáculo para el progreso de la India, y me ocupo ahora de sir Thomas Munro y lord Elphinstone, que fueron· por lo menos hombres de genio superior y que realmente se compadecieron del pueblo Indio. Ellos piensan que sin una aristocracia nativa ninguna otra clase de la comunidad podrá tener vigor, y que la ruina de esa aristocracia, no sólo no levantará a todo el pueblo, sino que lo hundirá. Puede que tengan razón en la medida en que los nativos, bajo el dominio inglés directo, sean sistemáticamente excluidos de todo cargo superior, militar y civil. Donde no puede haber grandes hombres elevados por su esfuerzo personal, tiene que haberlos de nacimiento, para dejar al pueblo conquistado alguna grandeza propia. Sin embargo, esa exclusión de los nativos de territorio inglés sólo pudo reali7.alSe con el mantenimiento de los príncipes hereditarios en los llamados territorios independientes. Y era preciso hacer una de estas dos concesiones al ejército nativo, de cuya fuerza depende todo el dominio británico en la India. Creo que debemos dar crédito a la af'mnación de Mr. Campbell, de que la aristocracia india nativa es la menos capacitada para ocupar altos cargos; que para toda nueva exigencia es necesario crear una nueva clase; y que, "dada la penetración y la capacidad de aprender de las clases ·inferiores, esto puede hacerse en la India como no es posible hacerlo en ningún otro país". En cuanto a los príncipes pensionados, los 2.468.969 libras que les asigna el gobierno británico de las rentas indias constituyen la carga más pesada para un pueblo que vive de arroz y que está privado de lo más indispensable para vivir. Si para algo sirven, es para exhibir a la realeza en su más bajo nivel de degradación y ridículo. Tómese, por ejemplo, al Gran Mogolª, descendiente de Timur Tamerlán20. Recibe f. 120.000 anuales. Su autoridad no llega más allá de los muros de su palacio, entre los cuales la imbécil raza real, abandonada a sí misma, se multiplica libremente, como los conejos. Hasta la policía de Delhi es dirigida por ingleses que se encuentran fuera de su control. Y el hombrecito amarillo, marchito y anciano, ataviado con ropas teatrales, recamadas de oro, muy parecidas a las de las bailarinas de Indostán, se sienta allí en su trono. En ciertas ocasiones de fausto, el títere cubierto de oropeles aparece para regocijar los corazones de los fieles. Durante esos días a Bahadur Shah II.

de recepción los extranjeros tienen que pagar una suma, en forma de guineas, como se paga para cont.emplar a cualquier otro saltimbanqui que se exhibe en público; él, a su vez, les obsequia turbantes, diamantes, etc. Cuando los estudian más de cerca, descubren que los diamantes reales son otros tantos trozos de vidrio ordinario, groseramente pintados para imitar, en la forma más tosca posible, las piedras preciosas, y tan mal unidos, que se deshacen en la mano como pan de jengibre. Los prestamistas ingleses, en combinación con la aristocracia, dominan -debemos reconocerlo- el arte de degradar a la realeza, de reducirla, en su patria, a la nulidad del constitucionalismo, y en el exterior al aislamiento de la etiqueta. Y ahora tenemos aquí a los extremistas, exasperados ante este espectáculo. Escrito el 12 de julio de 185 3. Publicado en el New- York Dai/y Ti'ibune, núm. 3.828, del 25 de ju• lío de 1853.