Sobre los intentos de formar un nuevo partido de oposición

Londres, martes 9 de noviembre de 1852

En la misma medida en que los partidos hasta ahora predominantes se disuelven y en que sus rasgos distintivos se borran, se siente, como es natural, la necesidad de un nuevo partido de oposición. Esta necesidad encuentra expresión de diferentes maneras.

Lord John Russell, en su discurso ya citado, toma la delantera. Parte de la alarma suscitada por Lord Derby, dice, había surgido de los rumores de que él, Lord J. Russell, había adoptado «opiniones altamente democráticas». «Bien, no necesito decir sobre ese tema que este rumor era totalmente infundado; que no hay circunstancia alguna en la que se base.» No obstante, se declara demócrata, y luego explica el inofensivo significado de la palabra:

«El pueblo de este país es, en otras palabras, la Democracia del país. La Democracia tiene tanto derecho al goce de sus derechos como la monarquía o la nobleza. La Democracia no pretende disminuir ninguna de las prerrogativas de la Corona. La Democracia no intenta arrebatar ninguno de los privilegios legales de la Cámara de los Lores. ¿Qué es, pues, esta Democracia? El crecimiento de la riqueza, el crecimiento del intelecto, la formación de opiniones más ilustradas y más capacitadas para llevar adelante de manera ilustrada el Gobierno del mundo. Pero diré más. Diré que la manera de tratar ese aumento de la posición de la Democracia no podía ser según el viejo sistema de restricción que conozco demasiado bien. Por el contrario, la Democracia debe ser mantenida y alentada, debe darse un órgano legítimo y legal a ese poder e influencia.»

«Lord John Russell», exclama el *Morning Herald* en respuesta, «tiene un juego de principios para cuando está en el gobierno y otro juego de principios para la oposición. Cuando está en el gobierno, su principio es no hacer nada, y cuando está fuera del gobierno, comprometerse a todo.»

¡Qué diablos entenderá el *Morning Herald* por «nada», si llama «¡todo!» a la bazofia arriba pronunciada por Lord John Russell, y si amenaza al pequeño John Russell, por su «Democracia» amante del rey, respetuosa de los lores y conservadora de los obispos, con el destino de Frost, Williams y compañía! Pero lo gracioso del asunto es que Lord Derby, en la Cámara de los Lores, se anuncia a sí mismo como el prominente adversario de la «Democracia», y habla de la Democracia como del único partido contra el cual vale la pena luchar. Y entra en escena el inevitable John Russell con un examen de lo que es esta Democracia, a saber, el crecimiento de la riqueza, del intelecto de esta riqueza, y de sus pretensiones de influir en el Gobierno a través de la opinión pública y a través de órganos legales. De modo que la Democracia no es más que las pretensiones de la burguesía, la clase media industrial y comercial. Lord Derby se erige como el adversario, Lord John Russell se ofrece voluntariamente como el abanderado de esta Democracia. Ambos coinciden en la confesión implícita de que las antiguas querellas dentro de su propia clase, la aristocracia, ya no tienen ningún interés para el país. Y Russell está completamente dispuesto a abandonar el nombre de *whig* por el de demócrata, si ésta es la *conditio sine qua non* para expulsar a sus adversarios. Los *whigs*, en este caso, continuarían de hecho desempeñando el mismo papel, y aparecerían oficialmente como los servidores de la clase media. Así, el plan de Russell de reorganización de partido se limita a la adopción de un nuevo nombre de partido.

Joseph Hume también considera una necesidad la formación de un nuevo «partido del pueblo». Pero, dice, que sobre la cuestión de los derechos de los arrendatarios y proposiciones similares no puede formarse. «Sobre estos asuntos no podríais reunir a cien de los 654 miembros para que se unieran.» ¿Cuál es, entonces, su panacea?

«La liga o partido, o unión del pueblo, debe ponerse de acuerdo sobre un solo punto —digamos el voto secreto; y después de lograr ese punto, proceder paso a paso a otros puntos. Y aunque el movimiento debe comenzar con unos pocos miembros individuales de la Cámara de los Comunes, no puede tener éxito hasta que el pueblo de fuera y los electores vean la necesidad de hacer su parte y de dar apoyo al pequeño partido del pueblo en el Parlamento.»

Este mismo Hume fue uno de los redactores de la Carta del Pueblo. De la Carta del Pueblo y sus seis puntos, se retiró a la «Pequeña Carta» de los reformistas financieros y parlamentarios con sólo tres puntos, y ahora le vemos reducido a un solo punto: el voto secreto. Qué éxito se promete a sí mismo con su nueva panacea, nos lo dirá él mismo en las palabras finales de su carta al *Hull Advertiser*:

«Decidme, ¿cuántos editores se arriesgarán a dar su apoyo a un partido que, tal como está compuesto ahora el Parlamento, nunca puede llegar al poder?»

Ahora bien, como este nuevo partido no se propone cambiar por el momento nada en la composición del Parlamento, sino que se limita al voto secreto, por su propia confesión nunca llegará al poder. ¿De qué sirve formar un partido de la impotencia, y de la impotencia abiertamente confesada?

Junto al de Joseph Hume, hay otro intento para la creación de un nuevo partido. Es el llamado Partido Nacional. En lugar de la Carta del Pueblo, este partido haría del sufragio universal su exclusiva contraseña, dejando así fuera precisamente las condiciones que son las únicas que pueden hacer del movimiento por el sufragio universal un movimiento nacional y asegurarle el apoyo popular. Más adelante tendré ocasión de volver sobre este Partido Nacional. Se compone de ex cartistas que desean conquistar respetabilidad para sí mismos, y de radicales, ideólogos de la clase media, que desean apoderarse del movimiento cartista. Detrás de ellos —sean o no conscientes de ello los «nacionales»— se encuentran los reformistas parlamentarios y financieros, los hombres de la Escuela de Manchester, empujándoles y utilizándoles como su vanguardia.

Ahora bien, lo que no puede sino ser evidente para todos en estos miserables compromisos y retrocesos, en estas cacerías de conveniencias pusilánimes, en estas vacilaciones y panaceas charlatanescas, es esto: Catilina está a las puertas de la ciudad, se avecina una lucha decisiva, la oposición conoce su impopularidad, su incapacidad para la resistencia, y todos los intentos de formación de nuevos centros de defensa coinciden en un solo punto: en una «política de marcha atrás». El «Partido Nacional» se retira de la Carta al Sufragio Universal, Joe Hume del Sufragio Universal al voto secreto, un tercero del voto secreto a la igualación de los distritos electorales, y así sucesivamente, hasta que al final llegamos a Juanito Russell, que no tiene nada que dar como grito de batalla excepto el mero nombre de democracia. La Democracia de Lord J. Russell sería, prácticamente hablando, el ultimátum del Partido Nacional, del «Partido del Pueblo» de Hume, y de todas las demás farsas de partido, si alguna de ellas tuviera algo parecido a la vitalidad.

Pero, por un lado, la flacidez e indiferencia políticas consecuentes a un período de prosperidad material; por otro lado, la convicción de que, no obstante, los *tories* amenazan con fechorías; por un lado, la certeza por parte de los líderes burgueses de que muy pronto necesitarán al pueblo para que los respalde; por otro lado, el conocimiento adquirido por algunos líderes populares de que el pueblo es demasiado indolente para crear, por el momento, un movimiento propio: todas estas circunstancias producen el fenómeno de que los partidos intentan hacerse aceptables unos a otros, y de que las diferentes fracciones de la oposición fuera del Parlamento intentan una unión haciéndose concesiones mutuas, desde la fracción más avanzada hacia abajo, hasta que al final vuelven a llegar a lo que Lord J. Russell se complace en llamar democracia.

Sobre los intentos de crear un autodenominado «Partido Nacional», Ernest Jones observa justamente:

«La Carta del Pueblo es la medida más comprensiva de reforma política que existe, y los cartistas son el único partido verdaderamente nacional de reformas políticas y sociales en Gran Bretaña.»

Y R. G. Gammage, uno de los miembros del Ejecutivo cartista, se dirige así al pueblo:

«¿Rechazaríais entonces la cooperación de las clases medias? Ciertamente no, si esa cooperación se ofrece en términos justos y honorables. ¿Y cuáles son esos términos? Son fáciles y simples: adoptad la Carta, y habiéndola adoptado, uníos con sus amigos que ya están organizados para su conquista. Si os negáis a hacer esto, debéis de estar opuestos a la Carta misma, o, pavoneándoos de vuestra superioridad de clase, debéis de imaginar que esa superioridad os da derecho al liderazgo. En el primer caso, ningún cartista honesto puede unirse a vosotros; en el segundo, ningún trabajador debería perder tanto su autorrespeto como para sucumbir a vuestros prejuicios de clase. Que los trabajadores confíen sólo en su propio poder, recibiendo ayuda honesta de cualquier fuente, pero actuando como si su salvación dependiera de sus propios esfuerzos.»

La masa de los cartistas, también, está en el momento actual absorbida por la producción material; pero en todos los puntos el núcleo del partido está reorganizado, y las comunicaciones restablecidas, tanto en Inglaterra como en Escocia, y en caso de una crisis comercial y política, la importancia de la actual actividad silenciosa en el cuartel general del cartismo se sentirá en toda Gran Bretaña.