The People's Paper. Nº 6, 12 de junio de 1852

La presente situación de Suiza.

Poco después del estallido de la Revolución de Febrero, el cantón de Neufchâtel se convirtió en escenario de una violenta conmoción política, a consecuencia de la cual se sacudió el yugo soberano de Prusia y se proclamó la unión de Neuenburg a la Confederación Suiza. El rey Federico Guillermo, en aquel momento, se consideraba ya bastante afortunado con conservar la corona de Prusia sobre su cabeza, y no pensó en ofrecer la menor resistencia al acto. No obstante, tan pronto como los déspotas continentales, con la ayuda de sus poderosos ejércitos y la traicionera asistencia de la burguesía, lograron sofocar la oposición pusilánime y desorganizada de la democracia dentro de

sus propios dominios, comenzaron, paso a paso, a reconstituir todo el estado de cosas anterior a los acontecimientos del 48 y a remodelar el mapa del Continente sobre la base de los tratados de 1815. Hungría, Baden, Schleswig-Holstein, Roma y Venecia se convirtieron, cada una a su turno, en víctimas del gigante resucitado de la reacción, y Suiza no podía escapar a una suerte similar. Ya en dos ocasiones ha sido amenazada con una invasión combinada de Austria y Francia, y solo evitó la crisis amenazante mediante una sumisión sin reservas a las exigencias arbitrarias de aquellas potencias. Pues, aunque se ha afirmado que la independencia de Suiza y el mantenimiento de la libertad constitucional en el Continente fueron principalmente el resultado de los liberales esfuerzos y la perseverancia inquebrantable de Lord Palmerston, no podemos dejarnos inducir a atribuir importancia real alguna a la actuación de un diplomático que, después de entregar Cracovia a Austria, Sicilia a Nápoles y Roma a las bayonetas francesas, culmina su carrera declarándose en favor de un usurpador aventurero cuyo único objeto al destruir el reinado de la burguesía era suplantarlo por la tiranía no menos opresiva, pero solo más despreciable, de un Emperador bandido. Inglaterra reconoce de nuevo los principios de la Santa Alianza, y Neuenburg ha de ser restituido al dominio de la Corona prusiana.

La Constitución de 1815 puso en manos de la vieja aristocracia patricia la administración central del país, dejando, sin embargo, tal grado de independencia a cada cantón particular que el gobierno central se veía incapacitado para introducir alteración general alguna en los asuntos de la Confederación. Pero gradualmente surgió aquí, con la introducción de la industria moderna, un nuevo interés, una nueva clase,

que en parte se desgajó de la propia aristocracia y en parte se elevó desde las filas de artesanos emprendedores y pequeños capitalistas. Zúrich y Ginebra se convirtieron en los puntos centrales de esta clase industrial, que incluso en Berna pronto ganó terreno considerable. Sus líderes, con las bien conocidas frases radicales en la boca, indujeron fácilmente al pueblo, y en particular a sus propios obreros, a respaldar el nuevo movimiento liberal, y con tan poderosa ayuda obtuvieron su elección como representantes de sus respectivos cantones ante la «Bundestag» de Berna.

Cada año la lucha contra el viejo partido conservador se tornó más violenta, hasta que al fin los liberales, o radicales, como se les llama en Suiza, alcanzaron la victoria. Las grandes potencias, por supuesto, presenciaron la derrota de los conservadores con indignación y determinaron intervenir en favor de sus aliados. Pero los radicales adoptaron la política muy inteligente de asegurarse la simpatía de la opinión pública en todo el Continente, denunciando la propaganda jesuita, que tenía su sede principal en Lucerna, y proponiendo un nuevo sistema de educación, que combinaba y representaba todas las ideas liberales en circulación por Europa. Los jesuitas vieron el peligro que los amenazaba e hicieron un llamamiento a las potencias absolutas —halagando, al mismo tiempo, a los cantones de Lucerna, Friburgo, Schwyz, Uri y Unterwalden, donde poseían una influencia casi ilimitada entre la ruda población pastoril— para que rechazaran la autoridad central de la «Bundestag». Confiando en la ayuda de ejércitos extranjeros, se prepararon abiertamente para la guerra; pero, abandonados por Austria, la cual en tal causa no podía esperar ser apoyada por la Prusia protestante e Inglaterra, fueron derrotados, y el resultado de la guerra del «Sonderbund» fue el triunfo definitivo del partido radical. Cabe imaginar que ahora ya no vacilaron en poner el gobierno de Suiza enteramente en sus manos, aboliendo una Constitución tan poco adaptada a sus propósitos y estableciendo una nueva que garantizara para siempre su influencia predominante. Apenas se había introducido esta nueva Constitución cuando la revolución de 1848, para gran fortuna del partido radical, sorprendió a las grandes potencias europeas y por un tiempo les impidió por completo ocuparse de los asuntos de una pequeña República que, en todo caso, prometía permanecer neutral en la gran lucha que se libraba en todos los demás países. Cuando la reacción triunfó en Europa, los radicales, para salvar su gobierno, su influencia de clase y su constitución, sacrificaron sus principios, su honor y hasta sus propias tradiciones. Al frente de una república independiente, se rindieron sin combatir y pusieron su país a disposición de un enemigo que apenas había levantado aún la mano para asestar un golpe.

Mas todo esto no fue suficiente para reconciliar los sentimientos airados de aquellas potencias. Los radicales estaban todavía a la cabeza de este país: por consiguiente, no se escatimaron intrigas, ni sobornos, ni amenazas para apartarlos del poder; y los conservadores, bajo circunstancias tan favorables, se han reagrupado efectivamente y se han apoderado del gobierno mediante las últimas elecciones en Berna. La primera consecuencia de este cambio ha sido el resurgimiento de las tendencias del Sonderbund en los cantones católicos, en los cuales los radicales habían establecido un gobierno de su partido. En Friburgo, los jesuitas están azuzando activamente a la población para derrocar al gobierno; y aunque en la reciente reunión de Posieux no lograron crear una contrarrevolución violenta, no cabe duda de que los conservadores de Berna les prestarán toda la ayuda posible y de que la

antigua administración será restablecida en un período no lejano. En Zúrich, el mismo partido está ganando terreno, y cabe inferir que también Ginebra se perderá para los radicales. Neuenburg, a su vez, está en manos de Prusia. Tal es el futuro cierto de la República Suiza, hasta que la revolución venidera de las clases trabajadoras en el continente barra en una sola inundación común a las grandes potencias absolutas, y a los conservadores y radicales suizos por igual.