Informes parlamentarios - La votación del 26 de noviembre - El presupuesto de Disraeli

Karl Marx

Informe parlamentario -

La votación del 26 de noviembre -

El presupuesto de Disraeli

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" nº 3650 del

28 de diciembre de 1852]

Londres, viernes, 10 de diciembre de 1852

Mi pronóstico
de que las luchas partidistas reanudadas en el Parlamento conducirían a resultados significativos se ha cumplido. Al inaugurarse el período de sesiones, la oposición disponía frente a los ministros de una mayoría negativa; pero desde entonces, las distintas fracciones en colisión que componían esa mayoría se han paralizado mutuamente. Cuando el 26 de noviembre la Cámara de los Comunes, en lugar de la resolución librecambista "radical" de Villiers, adoptó la equívoca enmienda de Palmerston, ofreció el espectáculo de una disolución general de todos los viejos partidos parlamentarios, descoyuntados y entregados por entero al mutuo engaño.

La resolución de Villiers, que calificaba la ley de 1846 de "sabia y justa", había sido redactada sin que Cobden y Bright, los librecambistas par excellence <de los más puros>, tuvieran conocimiento de ello. Los whigs habían decidido apoyar los intereses de los librecambistas, pero sin concederles tras la esperada victoria ni la iniciativa ni participación alguna en el gobierno. Russell, que había acuñado originariamente las palabras "sabia y justa", tan ofensivas para el ministerio, se sumó a la enmienda de Graham; los peelitas, a quienes se adhirieron los ministerialistas, presentaron una moción que reconocía el librecambio como conveniente para el porvenir, pero lo rechazaba para el pasado, dejando a los tories las manos libres para conceder indemnizaciones por las pérdidas causadas por la ley de Sir Robert Peel <la derogación de las leyes de cereales>. Estos

mismos peelitas rechazaron la enmienda de Disraeli y se dispusieron a apoyar la resolución librecambista originaria, retirando su propia moción. Cuando ya se aprestaban a vencer, los whigs fueron batidos por la intervención de Palmerston, quien retomó la enmienda de Graham y, con ayuda de los peelitas, dio el triunfo a los ministerialistas. Esta victoria misma, alcanzada por un ministerio proteccionista, consistió en el fondo en el reconocimiento del librecambio y fue combatida exclusivamente por los 53 partidarios más decididos del partido ministerial. Un batiburrillo de falsas posiciones, intrigas de partido, maniobras parlamentarias, traiciones mutuas, etc., tal es el resumen del debate del 26 de noviembre, en el que se reconoció oficialmente la política del librecambio, pero en el que los proteccionistas la expusieron, los proteccionistas la defendieron y a los proteccionistas se les encargó ponerla en práctica.

En una carta anterior, escrita aún antes del comienzo del período de sesiones,
ya indiqué
que Disraeli, tras haber abandonado él mismo en sus discursos electorales la reintroducción de las leyes de cereales, se proponía indemnizar a los terratenientes mediante una reforma fiscal que debía permitir a los arrendatarios seguir pagando sus antiguos arriendos de la época del proteccionismo. Trasladando una parte de la actual carga fiscal de los hombros de los arrendatarios a la masa del pueblo, Disraeli se halaga con haber encontrado una panacea mucho más útil para los terratenientes atribulados que el viejo e inseguro sistema proteccionista, el cual apuntaba directamente al
estómago
de la masa. Especular ahora con sus
bolsillos
, tal es el genial plan de Disraeli, revelado en su presupuesto y presentado a la Cámara de los Comunes el día 3 del corriente, y sobre cuyo destino probablemente habrá de decidir el debate de esta noche.

Forma parte de las costumbres de los gobiernos alemanes y de los filántropos alemanes hablar de "medidas para elevar a las clases trabajadoras" <En la "N.-Y.D.T." en inglés y alemán>. Pues bien, el presupuesto del Sr. Disraeli podría llamarse con pleno derecho una serie de "medidas para elevar a las clases ociosas". Pero del mismo modo que tales medidas de los gobiernos y filántropos alemanes resultaron ser siempre una pura estafa, así también el plan que el Canciller del Exchequer de Inglaterra está tramando en favor de las clases ociosas es el más puro embuste, destinado tan sólo a que los arrendatarios paguen sus actuales y elevados arriendos tanto más gustosos cuanto que se les hace aparecer como señuelo una rebaja ilusoria de sus cargas;

un engaño que sólo puede hacerles creíble cometiendo un verdadero y flagrante fraude contra la población urbana.

Disraeli había anunciado ya desde hacía tiempo su presupuesto con gran misterio, prometiendo al mundo nada menos que una octava maravilla. Su presupuesto debía "poner fin al conflicto de intereses, terminar con la mortífera lucha de clases", "contentar a todos sin perjudicar a nadie", "fundir los más diversos intereses en una comunidad floreciente", "crear por primera vez una armonía entre nuestros sistemas comercial y financiero, estableciendo nuevos principios"
que emergen de la niebla del porvenir
.

Contemplemos ahora las revelaciones que ya no pertenecen al nebuloso porvenir, sino que son conocidas por el Parlamento inglés y por el mundo entero desde hace ya una semana. Como corresponde a revelaciones de semejantes misterios, Disraeli las ha presentado con el ceremonial debido y con ademanes de importancia. Peel, en 1842, necesitó dos horas para su plan financiero. Disraeli habló cinco horas completas. Empleó una hora en exponer por extenso que los "atribulados" no sufrían tribulación alguna; una segunda en decir lo que
no pensaba
hacer por ellos, entrando en contradicción con anteriores declaraciones de Walpole, Packington, Malmesbury y consigo mismo; y el resto de las cinco horas lo llenó con la exposición del presupuesto y con toda suerte de episodios sobre la situación de Irlanda, sobre la defensa nacional, probables reformas administrativas y otras cosas entretenidas.

Los puntos más importantes del presupuesto son los siguientes:

1.
Los intereses navieros
. Se rebaja una parte de los derechos de faro, lo que supone unas 100.000 lib. est. anuales; esto significa algo menos de seis peniques anuales por tonelada y beneficiará a los intereses navieros no antes de mediados del año próximo. La carga de los derechos de tránsito cesará por completo. Se abolirán algunas facultades del Almirantazgo que habían causado irritación en la marina mercante: así, por ejemplo, los oficiales de la marina que recluten marineros en puertos extranjeros no podrán insistir en el pago inmediato de la soldada; deberán prestar auxilio gratuito a los buques en peligro, y en los puertos no podrán desalojar a las embarcaciones civiles de los mejores fondeaderos. Por último, se nombrará una comisión de la Cámara de los Comunes para el practicaje y el lastre. Hasta aquí los intereses navieros. Mas para que los librecambistas no se jacten de posibles concesiones positivas que se les hagan mediante estas medidas, los aranceles sobre las maderas de construcción no experimentan nueva rebaja.

2.
Los intereses coloniales
. Se permite refinar el azúcar que aún se halle bajo precinto aduanero, de suerte que en adelante el derecho se perciba sólo sobre el azúcar refinado vendible, en lugar de sobre el producto bruto. Además, se fomentará la inmigración china a las Indias Occidentales a fin de proveer a los plantadores de suficientes y baratas fuerzas de trabajo. Los derechos diferenciales sobre el azúcar no serán abolidos.

3.
Impuesto sobre la malta y el lúpulo
. El impuesto sobre la malta se reduce a la mitad, lo que, según afirma Disraeli, supondría una merma de ingresos de 2.500.000 lib. est. Asimismo, los derechos sobre el lúpulo se reducirán a la mitad, lo que causaría también una merma de unas 300.000 lib. est. Estas reducciones entrarían en vigor a partir del 10 de octubre de 1853. La prohibición de importar malta cesará, y sobre el lúpulo y la malta extranjeros se cobrarán derechos de importación sólo por el valor del impuesto interior.

4.
Té
. El actual derecho de 2 sh. 2
1
/
4
d. por libra se rebajará a 1 sh. para todas las calidades, pero esta reducción se realizará gradualmente a lo largo de los seis próximos años, de modo que en 1853 se cobrarán 4
1
/
4

d. menos, y en cada año siguiente hasta 1858, 2 d. menos cada vez. Para 1853, esto significaría una merma de ingresos de 400.000 lib. est.

5.
Impuesto sobre la propiedad y la renta
. Este impuesto, aprobado sólo hasta el 5 de agosto de 1853, será renovado por tres años; la cuantía seguirá siendo la misma, pero se modificará su distribución. Se distinguirá entre la carga sobre la propiedad territorial y la carga sobre la renta procedente de empresas industriales. La propiedad territorial y los títulos del Estado seguirán gravándose con 7 d. por libra, mientras que para las rentas de la actividad industrial (arrendatarios, comercio e industria, profesiones liberales y sueldos) se prevé una reducción del 3 al 2 por ciento, de modo que para estos últimos sólo se pagarán 4
3
/
5
d. por libra. Por otro lado, el límite de la exención fiscal se rebajará de 150 a 100 lib. est. anuales, y para la propiedad territorial y los títulos del Estado, a 50 lib. est. anuales. Para precaver a los arrendatarios de toda pérdida por estos cambios, éstos ya no tributarán, como hasta ahora, por la mitad de su arriendo, sino sólo por un tercio, de manera que todos los arrendatarios que paguen menos de 300 lib. est. anuales de arriendo gozarán de exención fiscal. La Iglesia recibe un regalo al no pagar impuestos los párrocos con rentas de 100 lib. est. anuales. Finalmente, el impuesto sobre la renta se extenderá por primera vez a Irlanda, pero en modo alguno a los terratenientes, sino sólo a las rentas procedentes de títulos del Estado o de sueldos.

6.
Impuesto sobre las casas
. Se hará extensivo a todos los inquilinos de casas que paguen 10 lib. est. anuales, y no, como hasta ahora, sólo a los inquilinos de casas con un alquiler anual tasado de 20 lib. est. Además, se duplicará el tipo impositivo: de 6 d. por libra a 1 sh. para tiendas, y de 9 d. por libra a 1 sh. 6 d. para viviendas.

De este presupuesto resultaría, pues:

Por un lado: la ampliación del impuesto sobre la renta en Inglaterra a capas de la población urbana hasta ahora exentas y la introducción del impuesto sobre la renta en Irlanda para los poseedores de títulos del Estado y para los funcionarios públicos; la ampliación del impuesto sobre las casas a aquellas capas de la población urbana hasta ahora exentas y la duplicación del tipo impositivo precedente.

Por otro lado: la reducción del impuesto agrícola sobre la malta y el lúpulo en 2.800.000 lib. est., la rebaja de las cargas de la navegación en 100.000 lib. est. y la disminución de los derechos sobre el té en 400.000 lib. est.

A la población urbana se le destina un aumento de los impuestos mediante un nuevo impuesto sobre la renta, una ampliación del impuesto sobre las casas a nuevos contribuyentes y la duplicación del tipo del impuesto sobre las casas, a fin de que la población rural se beneficie de una exención fiscal de 2.800.000 lib. est. El pequeño tendero, el obrero cualificado mejor pagado y el empleado de comercio tendrían que contribuir así con su parte al nuevo impuesto sobre las casas y se verían sujetos por primera vez a un impuesto sobre la renta. El impuesto sobre las tierras y el suelo ascendería así a 7 d. por libra, mientras que sobre las viviendas recaerían 2 sh. 1 d. La reducción de los derechos sobre el té no cambia nada en la relación numérica porque, en comparación con la elevada imposición directa acrecentada, es muy pequeña y beneficia de ella por igual al campo y a la ciudad.

La exención total del impuesto sobre la renta de los terratenientes irlandeses y la restricción de la imposición sobre la renta de los arrendatarios y clérigos ingleses constituyen una manifiesta preferencia del campo a costa de la ciudad. Pero ¿quién gana con la reducción del impuesto sobre la malta: el terrateniente, el arrendatario o el consumidor? Una reducción de impuestos significa una reducción del riesgo de producción. Según las leyes de la economía política, una reducción de los costos de producción traería consigo una reducción de los precios y no beneficiaría ni al terrateniente ni al arrendatario, sino únicamente al consumidor.

No obstante, hay que tener en cuenta dos circunstancias. En primer lugar, el suelo en el que crece la cebada de primera calidad en Inglaterra es suelo monopolizado, y solo se da en Nottinghamshire, Norfolk, etc.; a la importación de malta extranjera le pone un límite natural el hecho de que ni la cebada ni la malta soportan largos viajes por mar. En segundo lugar, los grandes cerveceros ingleses poseen en la práctica un monopolio, que se basa principalmente en el actual sistema de concesión de licencias a las tabernas, de modo que ni siquiera la abolición de los derechos sobre los cereales provocó una caída de los precios de la porter y la ale.

Así, pues, la ganancia resultante de la reducción del impuesto sobre la malta no beneficiaría ni a los arrendatarios ni a los consumidores, sino que se repartiría únicamente entre los terratenientes y los grandes cerveceros. Y como se pretende mantener las odiosas vejaciones fiscales para la agricultura, el cobro de la mitad de la suma ocasionaría el mismo monto de costos administrativos que el cobro de la totalidad actual. En la actualidad, los costos de recaudación del impuesto de consumos, que ascienden a 14.400.000 libras esterlinas, son de 5 libras y 6 chelines por cada 100 libras esterlinas. Tras la reducción impositiva de 3 millones, ascenderían a 6 libras o 6 libras y 4 chelines. En resumen, el rendimiento sería menor y los gastos inútiles, tanto mayores.

De suerte que el presupuesto de Disraeli puede resumirse como una compensación a los terratenientes, “una compensación más allá de toda medida”.

Pero este presupuesto presenta aún otro rasgo sumamente interesante.

Si se quiere implantar el sistema del librecambio, es preciso ante todo modificar el sistema financiero. De ahí que Disraeli diga: “Tenemos que volver de la imposición indirecta a la imposición directa.” Y Disraeli tiene razón.

La imposición directa, como la forma más simple de tributación, es a la vez el modo impositivo más antiguo y primigenio, y se desarrolla con aquella forma de sociedad basada en la propiedad territorial. Más tarde, las ciudades introdujeron el sistema de los impuestos indirectos; pero con el transcurso del tiempo, con la moderna división del trabajo, con el sistema de la gran industria y la dependencia directa de la industria nacional respecto del comercio exterior y del mercado mundial, este sistema de imposición indirecta entra en un doble conflicto con las necesidades sociales. En las fronteras del país, adopta la forma del arancel proteccionista y perturba o impide el libre tráfico con otros países. En el interior, coincide con la injerencia del fisco en la producción, confunde la relación de valor de las mercancías y perturba la libre competencia y el intercambio. Por ambas razones, se hace necesario abolirlo y reintroducir el sistema de imposición directa. Pero éste, y sólo éste, no admite engaños, de modo que cada clase percibe con exactitud la parte que le corresponde en las contribuciones para los gastos públicos. De ahí que no haya en Inglaterra nada más impopular que los impuestos directos —impuesto sobre la renta, impuesto sobre el patrimonio, impuesto sobre las viviendas, etc.—. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿cómo pueden las clases industriales de Inglaterra, a las que el librecambio fuerza a introducir la imposición directa, implantar este sistema sin provocar la indignación del pueblo y sin aumentar sus propias cargas?

Solo hay tres posibilidades:

atacando la deuda pública —pero eso sería una violación del crédito público, una confiscación, una medida revolucionaria;

gravando principalmente la renta de la tierra —pero también esto sería un ataque a la propiedad, una confiscación, una medida revolucionaria;

reivindicando los bienes de la Iglesia —pero también esto sería de nuevo un ataque a la propiedad, una confiscación, una medida revolucionaria.

“De ningún modo”, dice Cobden, “solo necesitamos restringir los gastos públicos, y entonces podremos también reducir la carga tributaria actual.”

Esto es una utopía. En primer lugar, las relaciones nacionales de Inglaterra con el continente exigen gastos nacionales en continuo aumento; en segundo lugar, una victoria de la clase industrial, a la que representa Cobden, tendría las mismas consecuencias, pues la guerra entre el capital y el trabajo no haría sino intensificarse con ello, y los medios para reprimirla tendrían que aumentar —en otras palabras, el presupuesto no admite restricción alguna. Resumo, pues:

El librecambio impulsa hacia el sistema de imposición directa; la imposición directa implica medidas revolucionarias contra la Iglesia, los terratenientes y los tenedores de títulos del Estado; esas medidas revolucionarias exigen una alianza con la clase obrera, y esa alianza priva a la burguesía inglesa de las principales ventajas que esperaba del librecambio, a saber, el dominio ilimitado del capital sobre el trabajo.

Karl Marx