Kossuth, Mazzini y Louis-Napoleon

Karl Marx

Al redactor de la "New-York Tribune"

Señor:

Mi carta del 28 de septiembre del presente año, que contenía revelaciones sobre la actividad de Kossuth y Mazzini, ha provocado, según veo, considerables protestas y brindado a la prensa democrática ocasión para una infinidad de declamaciones superfluas, insultos y bravatas.

He comprobado que Kossuth no ha participado en modo alguno en este alboroto. Si él mismo hubiera tenido el valor de desmentir mis afirmaciones, yo habría retomado la cuestión y habría aportado pruebas irrefutables de los hechos mencionados.

Sin embargo, mi carta no iba dirigida como un ataque contra Kossuth, sino que pretendía ser más bien una
advertencia
. En política, para alcanzar un objetivo determinado, uno puede aliarse incluso con el diablo; pero hay que tener la certeza de engañar al diablo, y no a la inversa.

Por lo que respecta al señor que se ha impuesto la tarea de refutarme
con autoridad
, permítame recordarle un viejo proverbio:
Americus incommodus ab inimico non differt
.

A los señores de la prensa democrática, y en particular a los de la prensa democrática alemana, que como de costumbre han gritado más fuerte, les digo que todos ellos son beatos criptorrealistas. Estos señores no pueden pasarse sin reyes, dioses y papas. Apenas liberados de las andaderas de sus viejos gobernantes, se fabrican ellos mismos otros nuevos y se exaltan por aquellos «incrédulos y rebeldes» que se hacen notar desagradablemente al publicar verdades enojosas y revelar hechos comprometedores, haciéndose así culpables de blasfemia y lesa majestad contra los dioses y reyes democráticos recientemente canonizados.

Su corresponsal privado

Londres, 16 de noviembre de 1852

Karl Marx/Friedrich Engels

Declaración con motivo de la conclusión del proceso de Colonia

Al redactor del "Morning Advertiser"

Señor:

Los abajo firmantes cumplen con un deber hacia sí mismos y hacia sus amigos recientemente condenados en Colonia, al someter a la opinión pública inglesa una serie de hechos relacionados con el monstruoso proceso recientemente llevado a cabo en aquella ciudad y que la prensa londinense ha dado a conocer de manera insuficiente.

Se han desperdiciado dieciocho meses sólo para preparar los medios probatorios de este proceso. Durante todo este tiempo, nuestros amigos han estado recluidos en celdas individuales, privados de toda posibilidad de ocupación, incluso de libros; si enfermaban, se les negaba la debida asistencia médica o, si la recibían, el estado en que se encontraban les impedía sacar provecho de ella. Incluso después de que se les entregara el «escrito de acusación», se les prohibió —contrariamente a las leyes— consultar con sus abogados. ¿Y cuáles fueron los pretextos para esta detención cruel y prolongada? Al cabo de los primeros nueve meses, la «Cámara de Acusación» declaró que no existía base objetiva alguna para formular acusación y que, por tanto, la investigación debía comenzar de nuevo. Se empezó otra vez desde el principio. Tres meses más tarde, al abrirse las sesiones de la audiencia, el fiscal alegó que el cúmulo de materiales probatorios había aumentado de tal modo que aún no había podido elaborarlos. Y tras otros tres meses, el proceso fue nuevamente suspendido, esta vez a causa de la enfermedad de uno de los principales testigos de la acusación.

La verdadera razón de toda esta dilación era el temor del gobierno

prusiano a confrontar la exigua sustancia de los hechos con las pomposamente anunciadas «revelaciones inauditas». Finalmente, el gobierno logró reunir un jurado como la provincia renana no lo había visto jamás, compuesto por seis nobles reaccionarios, cuatro miembros de la haute finance y dos miembros de la burocracia.

¿En qué consistía, pues, el material probatorio presentado a este jurado? Únicamente en las absurdas proclamas y correspondencias de un grupo de ilusos ignorantes, conspiradores que querían darse importancia, peones que eran a la vez cómplices de un tal Cherval, un confeso agente de policía. La mayor parte de estos documentos había estado anteriormente en posesión de un tal Oswald Dietz en Londres. Durante la Gran Exposición Industrial, la policía prusiana, cuando Dietz no estaba en casa, forzó sus cajones y se procuró así los codiciados documentos mediante un vulgar robo. Estos papeles proporcionaron, en primer lugar, los medios para descubrir el llamado complot franco-alemán en París. Ahora bien, el proceso de Colonia demostró que aquellos conspiradores y su agente parisino Cherval eran precisamente los adversarios políticos de los acusados y de aquellos amigos londinenses que por la presente se dirigen a usted. Pero el fiscal afirmó que una disputa puramente personal había impedido a estos últimos participar en el complot de Cherval y sus confederados. Con semejante argumento se pretendía probar que los acusados de Colonia eran moralmente cómplices del complot de París. Y mientras se hacía a los acusados de Colonia responsables de los actos de sus declarados enemigos, el gobierno presentó a los amigos jurados de Cherval y sus confederados, pero no para llevarlos como a los acusados ante el tribunal, sino para colocarlos en el banco de los testigos y hacerles declarar contra aquellos. Esto, sin embargo, causó una impresión demasiado mala. La opinión pública obligó al gobierno a buscar pruebas menos equívocas. Bajo la dirección de un tal Stieber, testigo principal del gobierno en Colonia, que era consejero real de policía y jefe de la policía criminal de Berlín, se puso en marcha toda la maquinaria policial. En la sesión del 23 de octubre, Stieber anunció que un correo extraordinario de Londres le había entregado documentos sumamente importantes, los cuales demostraban de manera irrefutable que los acusados, conjuntamente con los abajo firmantes, habían participado en una pretendida

conspiración. «Entre otros documentos, el correo le había entregado el libro de actas original de las sesiones de la sociedad secreta presidida por el Dr. Marx, con quien los acusados habían mantenido correspondencia.» Sin embargo, Stieber se enredó en afirmaciones contradictorias sobre la fecha en que el correo debía haberle alcanzado. El Dr. Schneider, principal defensor, le acusó directamente de perjurio, a lo que Stieber no se atrevió a responder otra cosa que escudarse en su dignidad como representante de la corona, investido por la máxima autoridad del Estado con una misión de suma importancia. En cuanto al libro de actas, Stieber declaró dos veces bajo juramento que se trataba del «auténtico libro de actas de la Liga Comunista londinense», pero más tarde, acorralado por la defensa, admitió que podía ser un simple cuaderno de notas que uno de sus espías había sustraído. Finalmente, el libro resultó, según el propio testimonio de Stieber, ser una falsificación deliberada, y su confección fue atribuida a tres de los agentes londinenses de Stieber: Greif, Fleury y Hirsch. Este último ha reconocido desde entonces que él mismo compuso el libro bajo la dirección de Fleury y Greif. Sobre este punto, las pruebas en Colonia fueron tan concluyentes que incluso el fiscal calificó el importante documento de Stieber de «libro verdaderamente infausto», una mera falsificación. El mismo personaje se negó a tomar nota de una carta perteneciente al material probatorio del gobierno en la que se había imitado la letra del Dr. Marx; también este documento resultó ser una falsificación burda y evidente. Del mismo modo, todo otro documento presentado, no para demostrar las tendencias revolucionarias, sino la participación real de los acusados en algún remoto complot, resultó ser una falsificación de la policía. El temor del gobierno a ser desenmascarado fue tan grande, que no sólo hizo que el correo retuviera todos los documentos dirigidos a la defensa, sino que también hizo intimidar a ésta por medio de Stieber con la amenaza de una persecución penal por su «relación criminal» con los abajo firmantes.

A pesar de todo, si se llegó a un veredicto, aunque no existía ni una sola prueba convincente, tal resultado fue posible, incluso ante un jurado así, sólo mediante la aplicación retroactiva del nuevo código penal, con cuya ayuda incluso el "Times" y la Sociedad de la Paz podrían ser acusados en cualquier momento del delito más atroz de alta traición. Además, el proceso de Colonia, ya por

su duración y por los medios extraordinarios empleados por la acusación, alcanzó dimensiones tan enormes que una absolución habría equivalido a una condena del propio gobierno; y en la provincia renana se estaba generalmente convencido de que una absolución habría tenido como consecuencia inmediata la abolición de toda la institución de los jurados.

Quedamos, Señor, sus muy atentos servidores,

F. Engels

F. Freiligrath

K. Marx

W. Wolff

Londres, 20 de noviembre de 1852

Friedrich Engels

El proceso de los comunistas en Colonia

Londres, miércoles, 1 de diciembre de 1852

Usted habrá recibido ya, a través de los periódicos europeos, numerosos informes sobre el monstruoso proceso seguido contra los comunistas en Colonia, Prusia, y sobre su resultado. Sin embargo, como ninguno de estos informes contiene una exposición ni siquiera medianamente fiel de los hechos, y como estos hechos arrojan una cruda luz sobre los métodos políticos mediante los cuales se mantiene sojuzgado el continente europeo, considero necesario volver sobre este proceso.

El partido comunista o proletario, al igual que otros partidos, había perdido, a consecuencia de la abolición del derecho de asociación y reunión, la posibilidad de darse una organización
legal
en el continente. Sus dirigentes se encontraban además en el exilio. Pero ningún partido político puede existir sin organización; y si la burguesía liberal y la pequeña burguesía democrática eran capaces, gracias a su posición social, a su favorable situación económica y al trato personal cotidiano y tradicional de sus miembros entre sí, de hallar un sustitutivo más o menos adecuado para semejante organización, al proletariado, que carecía de tal posición social y de tales medios monetarios, no le quedaba otro recurso que refugiarse en la asociación secreta. De ahí que surgieran tanto en Francia como en Alemania esas numerosas sociedades secretas que desde el año 1849 han sido descubiertas una tras otra por la policía y perseguidas como conjuraciones; pero aunque muchas de ellas tenían realmente un carácter conspirativo y se habían formado en verdad con el propósito de derribar el gobierno existente —y sólo un cobarde no recurriría a métodos conspirativos en determinadas condiciones, precisamente así como sólo un necio...

—aunque algunas sociedades se empeñaban en aplicarla bajo otros presupuestos—, las había también de otra índole, creadas para un fin más amplio y elevado, que sabían que el derrocamiento de un gobierno existente no es más que un episodio en la gran lucha que se avecina y que se imponían la tarea de unirse y preparar al partido del que constituían el núcleo para la lucha final y decisiva, en la que un día, en Europa, será quebrantado para siempre el dominio no sólo de “tiranos”, “déspotas” y “usurpadores”, sino de un poder mucho más vasto, mucho más temible: el del capital sobre el trabajo.

La organización del partido comunista que se hallaba en primera línea en Alemania era de esta naturaleza. De acuerdo con los principios de su “Manifiesto” (publicado en 1848) y con los principios expuestos en la serie de artículos
“Revolución y contrarrevolución en Alemania”
aparecida en la “New-York Daily Tribune”, ese partido jamás se figuró que estuviese en condiciones de provocar a voluntad, en cualquier momento, la revolución llamada a realizar sus ideas. Investigó las causas que suscitaron los movimientos revolucionarios de 1848 y las causas que motivaron su fracaso. Como reconduce todas las luchas políticas a antagonismos de clase sociales, se consagró a examinar las condiciones bajo las cuales una clase social puede y debe estar llamada a representar los intereses generales de una nación y, por tanto, a dominarla políticamente. La historia ha enseñado al partido comunista cómo, tras la aristocracia terrateniente medieval, surgió el poder del dinero de los primeros capitalistas y se apoderó del poder estatal; cómo la influencia social y la dominación política de esta fracción de los capitalistas, la aristocracia financiera, fue desplazada desde la introducción de la fuerza del vapor por el creciente poder de los capitalistas industriales, y cómo en el momento actual otras dos clases reclaman su derecho al poder político: la clase de la pequeña burguesía y la clase de los obreros industriales. La experiencia revolucionaria práctica de 1848/49 confirmó las reflexiones teóricas que llevaban a la conclusión de que primero ha de llegar el turno de la democracia pequeñoburguesa antes de que la clase obrera comunista pueda aspirar a erigirse de modo permanente en poseedora del poder y a destruir ese sistema de esclavitud asalariada que la mantiene bajo el yugo de la burguesía. Así, la organización secreta de los comunistas no podía perseguir en modo alguno el objetivo inmediato de derrocar a los gobiernos existentes en Alemania. Fue creada no para provocar la caída de éstos, sino para preparar el derrocamiento de aquel gobierno que, surgiendo de una insurrección, tarde o temprano ocupará su lugar. Sus miembros podían —y ciertamente lo habrían hecho— prestar llegado el momento un activo apoyo personal a un movimiento dirigido contra el statu quo. Pero la preparación de semejante movimiento por otro camino que la difusión secreta de las ideas comunistas entre las masas no podía ser tarea de la Liga de los Comunistas. Esta tarea fundamental fue comprendida tan bien por la mayoría de sus miembros, que algunos ambiciosos arribistas, al intentar transformar la Liga en una sociedad de conspiradores para hacer una revolución ex tempore, fueron expulsados sin demora.

Ahora bien, con arreglo a ninguna ley del mundo podía calificarse una asociación semejante de complot o de sociedad secreta con fines de alta traición. Si era una sociedad secreta, no lo era contra el gobierno de aquel momento, sino contra su presunto sucesor. El gobierno prusiano también lo tenía bien claro. Ésa fue la razón por la que se mantuvo a los once acusados en régimen de aislamiento durante dieciocho meses, tiempo que las autoridades aprovecharon para las artimañas jurídicas más inauditas. ¡Imagínense: después de ocho meses de prisión preventiva, a los inculpados se los retuvo meses enteros en la cárcel «porque no se les podía probar ningún hecho punible»! Y cuando por fin se les llevó ante el tribunal del jurado, no se les pudo probar un solo acto de carácter abiertamente alta traición. Y, sin embargo, fueron condenados; en seguida se verá cómo.

Uno de los emisarios de la Liga fue detenido en mayo de 1851, y a raíz de los escritos hallados en su poder siguieron otras detenciones. Un funcionario de la policía prusiana, un tal Stieber, fue enviado inmediatamente a Londres para rastrear allí las ramificaciones de la supuesta conspiración. Consiguió apoderarse de algunos papeles referentes a las personas implicadas en la mencionada escisión de la Liga, las cuales, tras su exclusión, habían formado en París y Londres una verdadera sociedad secreta. Esos papeles los obtuvo mediante un doble delito. Un hombre llamado Reuter fue sobornado para forzar el escritorio del secretario de aquella sociedad y robar los documentos que allí se guardaban. Pero eso no fue nada todavía. Este robo condujo al descubrimiento y a la condena del llamado complot franco-alemán en París, pero no proporcionó ningún punto de apoyo en relación con la gran Liga de los Comunistas. El complot parisino, dicho sea de paso, estaba bajo la dirección de algunos ambiciosos imbéciles y de unos cuantos chevaliers d'industrie políticos de Londres, así como de un sujeto con antecedentes por falsificación documental, que a la sazón actuaba como espía policial en París; los papanatas a quienes atraparon se resarcían con discursos rabiosos y rimbombancia sanguinaria de la completa insignificancia de su existencia política.

La policía prusiana tuvo, pues, que buscar nuevos descubrimientos. Instaló una verdadera oficina de policía secreta en la legación prusiana en Londres. Un agente de policía llamado Greif ejercía su turbio oficio bajo el título de agregado de legación —un proceder que bastaría para colocar a todas las legaciones prusianas fuera del derecho de gentes, y al que ni siquiera los austríacos se habían atrevido a llegar hasta entonces—. Bajo sus órdenes trabajaba un tal Fleury, un comerciante de la City londinense, hombre de cierto caudal y con relaciones muy respetables, una de esas miserables criaturas que por innata inclinación a la bajeza cometen las acciones más viles. Otro agente era un dependiente de comercio llamado Hirsch, quien, sin embargo, ya a su llegada fue señalado como espía. Se había introducido en el círculo de algunos emigrados comunistas alemanes en Londres, los cuales, para obtener pruebas de su verdadero carácter, lo toleraron entre ellos durante breve tiempo. La prueba de su vinculación con la policía quedó pronto establecida, y desde ese momento el señor Hirsch no volvió a dejarse ver. Pero si con ello renunció a toda ocasión de obtener las informaciones por cuya recopilación se le pagaba, no por eso permaneció inactivo. En su escondrijo de Kensington, donde jamás se encontraba con ninguno de los comunistas en cuestión, fabricaba cada semana supuestos informes sobre supuestas sesiones de una supuesta autoridad central de ese mismísimo bando de conspiradores que la policía prusiana no lograba echar el guante. El contenido de esos informes era sumamente absurdo; ni un solo nombre de pila concordaba, ni un solo apellido estaba escrito correctamente, a ninguna persona la hacía Hirsch hablar como realmente hubiera hablado. Su señor y maestro Fleury le ayudaba en estas falsificaciones, y hasta hoy no está demostrado si el «agregado» Greif puede lavarse las manos de tan vergonzoso proceder. Por increíble que parezca, el gobierno prusiano tomó por moneda contante estas ridículas chapucerías, y cabe imaginar la confusión que dichos escritos provocaron en el material probatorio que iba a presentarse al tribunal del jurado. Cuando llegó el juicio, el señor Stieber, el ya mencionado funcionario policial, compareció como testigo, refrendó con su juramento todo aquel desatino y sostuvo con no poca autocomplacencia que uno de sus agentes secretos se hallaba en la más estrecha relación con aquellas personas de Londres, a las que había que considerar como los que movían los hilos de esa terrible conspiración. Ese agente secreto era, en efecto, muy secreto, pues durante ocho meses se había mantenido oculto en Kensington por puro temor de toparse realmente con alguna de las personas sobre cuyos pensamientos, palabras y hechos más secretos informaba, según decía, semana tras semana.

Los señores Hirsch y Fleury tenían, sin embargo, otra invención en reserva. Transformaron todos los informes por ellos fabricados en un «libro original de actas» de las sesiones de la autoridad central secreta, cuya existencia afirmaba la policía prusiana; y como el señor Stieber encontró que este libro concordaba de manera asombrosa con los informes que ya había recibido de la misma fuente, lo presentó de inmediato al tribunal del jurado y declaró bajo juramento que, tras un examen detenido, había llegado al firme convencimiento de que el libro era auténtico. Acto seguido se publicó la mayor parte de los desatinos comunicados por Hirsch. Puede imaginarse la sorpresa de los supuestos miembros de aquella autoridad secreta al verse atribuir cosas de las que hasta entonces no tenían la menor idea. Hombres que se llamaban Wilhelm aparecían designados con el nombre de pila de Ludwig o Karl; a otros se les hacía pronunciar discursos en Londres en un momento en que se encontraban en el otro extremo de Inglaterra; otros aún, según los informes, leían cartas que jamás habían recibido; se les hacía reunirse regularmente los jueves, cuando ellos tenían la costumbre de celebrar su velada social semanal los miércoles; un obrero que apenas sabía escribir figuraba como uno de los redactores de las actas y firmaba como tal; y a todos se les hacía hablar un lenguaje que podrá ser moneda corriente en las comisarías prusianas, pero ciertamente no en una reunión de personas cuya mayoría la componían escritores que gozan de un nombre respetado en su patria. Y para coronar el conjunto, se había falsificado un recibo por una suma de dinero que los falsificadores pretendían haber pagado al supuesto secretario de la inventada autoridad central por el libro de actas; pero ese supuesto secretario debía su existencia únicamente a una broma que un malicioso comunista le gastó al infortunado Hirsch.

La burda falsificación era demasiado escandalosa para no surtir el efecto contrario al que con ella se perseguía. Aunque a los amigos londinenses de los acusados se les quitó toda posibilidad de poner en conocimiento del jurado la verdadera situación, aunque las cartas que enviaron a la defensa fueron interceptadas por el correo, y aunque los documentos y las declaraciones juradas que, a pesar de todo, consiguieron hacer llegar a manos de esos hombres de la ley no fueron admitidos como medios de prueba, la indignación general fue tal que hasta el ministerio público, e incluso el señor Stieber —quien con su juramento había salido garante de la autenticidad del libro de actas—, se vieron forzados a reconocerlo como una falsificación.

Esta falsificación no fue, sin embargo, la única de su especie de que se hizo culpable la policía. En el curso del proceso salieron a la luz otros dos o tres casos semejantes. Los documentos robados por Reuter habían sido falseados por la policía mediante interpolaciones que desvirtuaban el sentido. Una hoja llena de desatinos disparatados estaba escrita con una letra que imitaba la del Dr. Marx, y durante algún tiempo se sostuvo que procedía realmente de él, hasta que, por último, la fiscalía se vio obligada a admitir la falsificación. Pero por cada infamia policial que se desenmascaraba, se servían cinco o seis nuevas que no podían ser esclarecidas de inmediato, pues la defensa se veía sorprendida con ello, los medios de prueba tenían que conseguirse desde Londres, ¡y toda correspondencia de los abogados con los emigrados comunistas en Londres era tratada en sesión pública del tribunal como participación punible en el supuesto complot!

Que la caracterización aquí dada por Greif y Fleury es acertada, lo confirmó el propio señor Stieber en su declaración como testigo; en cuanto a Hirsch, éste ha confesado ante un juez de policía en Londres que falsificó el «libro de actas» por encargo y con la ayuda de Fleury, y que luego huyó de Inglaterra para sustraerse a la persecución penal.

El gobierno no puede permitirse con frecuencia revelaciones tan demoledoras como las que salieron a la luz durante el proceso. Bien es cierto que contó con un jurado como no se había visto jamás en los anales de la provincia del Rin: seis nobles, reaccionarios de la más pura cepa, cuatro miembros de la aristocracia financiera y dos funcionarios estatales. No eran éstos los hombres que iban a examinar a conciencia la embrollada masa de material probatorio que a lo largo de seis semanas se había amontonado ante ellos, mientras sin cesar se les gritaba a los oídos que los acusados eran los cabecillas de una terrible conspiración comunista urdida para provocar el derrocamiento de los bienes más sagrados: ¡propiedad, familia, religión, orden, gobierno y ley! Y sin embargo, si el gobierno no hubiera hecho entender al mismo tiempo a las clases privilegiadas que una absolución en este proceso sería la señal para la supresión de los tribunales de jurado y se interpretaría como una manifestación política directa, como la prueba de que la oposición liberal-burguesa estaba dispuesta a hacer causa común incluso con los revolucionarios más extremos, el veredicto habría sido absolutorio. Pero así, merced a la fuerza retroactiva del nuevo Código Penal prusiano, el gobierno logró imponer la condena de siete de los acusados, mientras que sólo cuatro fueron absueltos; contra los condenados se dictó pena de fortaleza de tres a seis años, lo cual, sin duda, habrá usted deducido ya de la noticia de entonces.