Declaración con motivo de la conclusión del proceso de Colonia

Carlos Marx / Federico Engels

Declaración con motivo de la conclusión del proceso de Colonia

[«The Morning Advertiser», n.º 19168, 29 de noviembre de 1852]

Al director del «Morning Advertiser»

Señor:

Los abajo firmantes cumplen un deber hacia sí mismos y hacia sus amigos hace poco condenados en Colonia, al someter a la atención del público inglés una serie de hechos que guardan relación con el monstruoso proceso celebrado últimamente en aquella ciudad y de los que la prensa londinense ha informado de manera insuficiente.

Dieciocho meses se han desperdiciado tan sólo para preparar los medios de prueba de este proceso. Durante todo este tiempo, nuestros amigos han permanecido en régimen de incomunicación, privados de toda posibilidad de ocupación, incluso de libros; si enfermaban, se les negaba un tratamiento médico adecuado o, en caso de recibirlo, el estado en que se encontraban les impedía aprovecharlo. Incluso después de habérseles comunicado el «auto de acusación», se les prohibió —contrariamente a las leyes— consultar con sus abogados. ¿Y cuáles fueron los pretextos para esta dilación y esta cruel prisión? Transcurridos los primeros nueve meses, la «Sala de acusación» declaró que no existía ningún dato objetivo que justificara una acusación y que, por tanto, había que reabrir la instrucción desde el principio. Se volvió a empezar desde cero. Tres meses más tarde, al iniciarse las sesiones de la Audiencia, el fiscal alegó que el volumen del material probatorio había crecido de tal modo que aún no había podido elaborarlo. Y, al cabo de otros tres meses, el proceso se suspendió nuevamente, esta vez a causa de la enfermedad de uno de los principales testigos del gobierno.

La verdadera razón de toda esta dilación fue el temor del gobierno prusiano a enfrentar la escasa sustancia de los hechos con las pomposamente anunciadas «revelaciones inauditas». Finalmente, el gobierno logró constituir un jurado como no se había visto nunca en la provincia renana, compuesto por seis nobles reaccionarios, cuatro miembros de la alta finanza (aristocracia financiera) y dos miembros de la burocracia.

¿En qué consistió, pues, el material probatorio presentado a ese jurado? Unicamente en las absurdas proclamas y correspondencias de un grupo de ilusos ignorantes, de conspiradores deseosos de darse importancia, de esbirros que eran a la vez cómplices de un tal Cherval, reconocido agente de policía. La mayor parte de esos documentos había estado anteriormente en poder de un tal Oswald Dietz, en Londres. Durante la Gran Exposición Industrial, la policía prusiana, aprovechando la ausencia de Dietz de su domicilio, forzó sus cajones y se apoderó de los codiciados documentos mediante un vulgar robo. Esos papeles proporcionaron, en primer lugar, los medios para descubrir el así llamado complot franco-alemán en París. Ahora bien, el proceso de Colonia demostró que aquellos conspiradores y su agente parisino Cherval eran precisamente los adversarios políticos de los acusados y de sus amigos londinenses que por la presente se dirigen a usted. El fiscal, sin embargo, sostuvo que una disputa puramente personal había impedido a estos últimos participar en el complot de Cherval y sus aliados. Con semejante argumentación se pretendía probar que los acusados de Colonia eran moralmente corresponsables del complot de París. Y mientras, de esta manera, se hacía responsables a los acusados de Colonia de los actos de sus enemigos declarados, el gobierno instruía procesos contra los amigos íntimos de Cherval y sus aliados, pero no para hacerlos comparecer ante la barra del tribunal como a los acusados, sino para sentarlos en el banquillo de los testigos y hacer que declararan contra ellos. Esto, sin embargo, produjo una impresión demasiado mala. La opinión pública obligó al gobierno a buscar pruebas menos equívocas. Bajo la dirección de un tal Stieber, principal testigo del gobierno en Colonia, que era consejero de policía real y jefe de la policía criminal de Berlín, se puso entonces en movimiento toda la maquinaria policial. En la sesión del 23 de octubre, Stieber anunció que un correo extraordinario le había traído de Londres documentos de suma importancia que demostraban irrefutablemente que los acusados participaban, junto con los abajo firmantes, en una pretendida conspiración. «Entre otros documentos, el correo le había entregado el libro original de actas de las sesiones de la sociedad secreta presidida por el Dr. Marx y con la cual los acusados habían mantenido correspondencia.» Stieber se enredó, sin embargo, en declaraciones contradictorias acerca de la fecha en que se suponía que el correo le había alcanzado. El Dr. Schneider, el principal defensor, lo acusó directamente de perjurio, a lo que Stieber no se atrevió a responder otra cosa sino refugiarse en su dignidad de representante de la Corona, que, según dijo, había sido investido de una misión de suma importancia por la más alta autoridad del Estado. En lo que respecta al libro de actas, Stieber declaró dos veces bajo juramento que se trataba del «auténtico libro de actas de la Liga de los Comunistas de Londres», pero más tarde, acorralado por la defensa, admitió que podía ser un simple cuaderno de notas tomado por uno de sus espías. Finalmente, el libro resultó ser, según el propio testimonio de Stieber, una falsificación consciente, y su elaboración fue imputada a tres de los agentes londinenses de Stieber: Greif, Fleury y Hirsch. Este último ha confesado después que él mismo compiló el libro bajo la dirección de Fleury y Greif. Las pruebas sobre este punto fueron tan concluyentes en Colonia que incluso el fiscal calificó el importante documento de Stieber de «libro verdaderamente infausto», de mera falsificación. El mismo fiscal se negó a tomar nota de una carta que formaba parte del material probatorio del gobierno y en la que se había imitado la letra del Dr. Marx; también este documento resultó ser una falsificación burda y evidente. De la misma manera, todos los demás documentos presentados, no para probar las tendencias revolucionarias, sino la participación real de los acusados en algún complot traído por los pelos, resultaron ser falsificaciones de la policía. El temor del gobierno a ser desenmascarado era tan grande que no sólo hizo que el correo retuviera todos los documentos dirigidos a la defensa, sino que también los intimidó por medio de Stieber con la amenaza de una persecución penal por su «conexión criminal» con los abajo firmantes.

Si, a pesar de que no se presentó ni una sola prueba convincente, se llegó a un veredicto, un resultado así sólo fue posible ante semejante jurado gracias a la aplicación retroactiva del nuevo código penal, con cuyo auxilio incluso el «Times» y la Sociedad de la Paz podrían ser acusados en cualquier momento de alta traición y sometidos a las más terribles acusaciones. Además, el proceso de Colonia, ya por su duración y por los medios extraordinarios que empleó la acusación, adquirió dimensiones tan enormes que una absolución habría equivalido a una condena del gobierno mismo; y en la provincia renana imperaba la convicción general de que una absolución hubiera tenido como consecuencia inmediata la supresión de toda la institución de los jurados.

Quedamos, señor, sus muy humildes servidores,

F. Engels

F. Freiligrath

C. Marx

W. Wolff