Revelaciones sobre el proceso comunista de Colonia

Karl Marx

Revelaciones

sobre el

proceso comunista

de Colonia

Escrito de finales de octubre a principios de diciembre de 1852. Publicado anónimamente en Basilea en 1853 y en Boston en 1853. El presente texto corresponde a la edición preparada por Friedrich Engels en 1885.

I. Preliminar

II. El archivo Dietz

III. El complot Cherval

IV. El libro de actas original

V. La carta adjunta del «Catecismo rojo»

VI. La fracción Willich-Schapper

VII. El veredicto

Epílogo a «Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia» (1875)

Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas

[Revelaciones sobre el proceso comunista de Colonia – Parte 2]

Índice | II. El archivo Dietz

I

Preliminar

Nothjung fue detenido el 10 de mayo de 1851 en Leipzig; poco después lo fueron Bürgers, Röser, Daniels, Becker, etc. El 4 de octubre de 1852 comparecieron los detenidos ante los Tribunales de Assises de Colonia bajo la acusación de «complot de alta traición» contra el Estado prusiano. La prisión preventiva —celda— había durado, por tanto, 1 año y medio.

Al ser detenidos Nothjung y Bürgers se encontraron el «Manifiesto del Partido Comunista», los «Estatutos de la Liga de los Comunistas» (una sociedad de propaganda comunista), dos circulares de la Dirección Central de dicha Liga y, por último, algunas alocuciones y folletos. Ocho días después de haberse conocido la detención de Nothjung, se registraron domicilios y se practicaron detenciones en Colonia. Por consiguiente, si había aún algo que encontrar, habría sin duda desaparecido ya. En realidad, la pesca se limitó a algunas cartas irrelevantes. Año y medio después, cuando los detenidos comparecieron por fin ante los jurados, el material de la acusación, *bona fide* <es decir, tenido por auténtico>, no se había incrementado ni en un solo documento. Sin embargo, todas las autoridades del Estado prusiano, según aseguró el ministerio público (representado por los señores von Seckendorf y Saedt), habían desplegado la más denodada y múltiple actividad. ¿En qué se habían ocupado, pues? ¡*Nous verrons*! <¡Ya veremos!>

La duración insólita de la prisión preventiva fue motivada de la manera más ingeniosa. Primero se dijo que el gobierno sajón no quería entregar a Bürgers y Nothjung a Prusia. El tribunal de Colonia reclamó en vano al ministerio en Berlín, y el ministerio de Berlín reclamó en vano a las autoridades sajonas. Sin embargo, el Estado sajón se dejó ablandar. Bürgers y Nothjung fueron extraditados. Por fin, en octubre de 1851 las cosas habían avanzado tanto que los autos fueron presentados a la Sala de acusación del Tribunal de apelación de Colonia. La Sala de acusación decidió «que no existía un cuerpo objetivo del delito para la acusación y que, por tanto, la instrucción debía comenzar de nuevo». El celo de los tribunales había sido avivado entretanto por una ley disciplinaria recién promulgada que facultaba al gobierno prusiano para eliminar a cualquier funcionario judicial que le fuera antipático. Esta vez, pues, el proceso fue sobreseído porque no había cuerpo del delito. En el trimestre de assises siguiente hubo de suspenderse porque existía demasiado cuerpo del delito. Se dijo que el legajo era tan voluminoso que el acusador no podía abrirse paso a través de él. Él fue avanzando poco a poco, el auto de acusación fue notificado a los detenidos, y se anunció la apertura de las sesiones para el 28 de julio. Pero entretanto cayó enfermo el gran motor gubernamental del proceso, el director de policía Schulz. Los acusados tuvieron que permanecer presos otros tres meses a cuenta de la salud de Schulz. Por fortuna, Schulz murió, el público empezó a impacientarse y el gobierno tuvo que levantar el telón.

Durante todo ese período, la Dirección de Policía de Colonia, la Presidencia de Policía de Berlín y los ministerios de Justicia e Interior habían intervenido constantemente en la marcha de la instrucción, del mismo modo como más tarde intervino en las audiencias públicas de Colonia su digno representante Stieber, en calidad de testigo. El gobierno logró constituir un jurado como no recuerdan los anales de la provincia renana. Junto a miembros de la alta burguesía (Herstadt, Leiden, Joest), el patriciado urbano (von Bianca, vom Rath), junkers rurales (Häbling von Lanzenauer, barón de Fürstenberg, etc.), dos consejeros gubernativos prusianos, entre ellos un chambelán real (von Münch-Bellinghausen) y, por último, un profesor prusiano (Kräusler). Así, en ese jurado estaban representadas todas las clases dominantes de Alemania, y sólo ellas.

Ante este jurado, según parece, podía el gobierno prusiano seguir el camino recto y montar un simple proceso de tendencia. Los documentos reconocidos como auténticos por Bürgers, Nothjung, etc., y hallados en poder de ellos, no probaban ciertamente un complot; no probaban en general ninguna acción prevista por el Código penal, pero demostraban de manera irrefutable la hostilidad de los acusados contra el gobierno existente y la sociedad existente. Lo que el legislador omitió en su entendimiento, podía subsanarlo la conciencia de los jurados. ¿No era una artimaña de los acusados el haber dispuesto su hostilidad contra la sociedad existente de tal modo que no infringiera ningún artículo del código? ¿Deja una enfermedad de ser contagiosa porque no figure en la nomenclatura del reglamento de sanidad? Si el gobierno prusiano se hubiera limitado a demostrar, con el material realmente existente, la peligrosidad de los acusados, y el jurado se hubiera contentado con hacerla inofensiva mediante un veredicto de «culpable», ¿quién habría podido atacar al gobierno y al jurado? Nadie, salvo el iluso necio que cree que un gobierno prusiano y las clases dominantes en Prusia tienen fuerza suficiente para conceder campo libre incluso a sus enemigos, mientras éstos se mantengan en el terreno de la discusión y la propaganda.

Sin embargo, el gobierno prusiano se había apartado por sí mismo de este amplio camino real de los procesos políticos. Por la insólita dilación del proceso, por las injerencias directas del ministerio en la marcha de la instrucción, por las misteriosas alusiones a horrores insospechados, por las jactancias acerca de una conspiración que envolvía a toda Europa, por el trato estrepitosamente brutal de los presos, el proceso se había hinchado hasta convertirse en un *proces monstre* <proceso monstruoso>, atrayendo sobre él la atención de la prensa europea y tensando al máximo la curiosidad recelosa del público. El gobierno prusiano se había colocado en una posición en la que la acusación, por decoro, tenía que presentar pruebas, y el jurado, por decoro, tenía que exigir pruebas. El jurado mismo comparecía a su vez ante otro jurado, ante el jurado de la opinión pública.

Para reparar el primer paso en falso, el gobierno tuvo que dar otro. La policía, que durante la instrucción había fungido de juez de instrucción, tuvo que comparecer durante las audiencias como testigo. Junto al acusador normal, el gobierno tuvo que colocar otro anormal; junto a la fiscalía, a la policía; junto a un Saedt y un Seckendorf, a un Stieber con su Wermuth, su Vogel Greif y su Goldheim. La intervención de un tercer poder estatal ante el tribunal se había hecho inevitable para suministrar incesantemente a la acusación jurídica, mediante los efectos milagrosos de la policía, los hechos cuyas sombras perseguía en vano. El tribunal entendió tan bien esta posición que presidente, juez y fiscal, con la más loable resignación, fueron cediendo alternativamente su papel al consejero y testigo Stieber, y desaparecían sin cesar detrás de Stieber. Antes de pasar a examinar esas revelaciones policíacas sobre las que descansa el «cuerpo objetivo del delito» que la Sala de acusación no supo hallar, una observación previa.

De los papeles recogidos a los acusados, así como de sus propias declaraciones, se desprendía que había existido una sociedad comunista alemana cuya Dirección Central residía originariamente en Londres. El 15 de septiembre de 1850 se escindió esta Dirección Central. La mayoría —el auto de acusación la denomina «partido Marx»— trasladó la sede de la Dirección Central a Colonia. La minoría —expulsada más tarde de la Liga por los de Colonia— se estableció en Londres como Dirección Central independiente y fundó aquí y en el continente una liga separada. El auto de acusación llama a esta minoría y a sus partidarios el «partido Willich-Schapper».

Saedt y Seckendorf sostienen que simples disensiones personales motivaron la escisión de las Direcciones Centrales londinenses. Mucho antes de Saedt y Seckendorf, el «caballeresco Willich» ya había hecho correr entre la emigración londinense los rumores más infames sobre las causas de la escisión, y había encontrado en el señor Arnold Ruge, esa quinta rueda del carro estatal de la Democracia Central europea, y en gentes parecidas, cloacas complacientes en la prensa alemana y americana. La democracia comprendió cuán fácilmente se aseguraba la victoria sobre los comunistas improvisando al «caballeresco Willich» como representante de los comunistas. El «caballeresco Willich», por su parte, comprendió que el «partido Marx» no podía revelar las causas de la escisión sin traicionar a una sociedad secreta en Alemania y, en especial, sin entregar a la Dirección Central de Colonia a la paternal solicitud de la policía prusiana. Tales circunstancias ya no existen hoy, y por eso citamos algunos pocos pasajes del último acta de la Dirección Central de Londres, de fecha 15 de septiembre de 1850.

Al motivar su propuesta de separación, Marx dice entre otras cosas textualmente:

«La minoría sustituye la concepción crítica por una dogmática, la materialista por una idealista. En vez de las relaciones reales, convierte la mera voluntad en el motor de la revolución. Mientras nosotros decimos a los obreros: “Tenéis que pasar por 15, 20, 50 años de guerras civiles y luchas entre los pueblos, no sólo para cambiar las condiciones, sino para cambiaros a vosotros mismos y capacitaros para la dominación política”, vosotros, por el contrario, decís: “Tenemos que llegar inmediatamente al poder, o podemos irnos a dormir”. Mientras nosotros señalamos específicamente a los obreros alemanes la forma embrionaria del proletariado alemán, vosotros aduláis del modo más burdo el sentimiento nacional y el prejuicio profesional de los artesanos alemanes, lo cual es, ciertamente, más popular. Del mismo modo que los demócratas convierten la palabra “pueblo” en un ser sagrado, vosotros convertís en un fetiche la palabra proletariado. Como los demócratas, vosotros anteponéis la frase de la revolución al desarrollo revolucionario», etc., etc.

El señor Schapper dijo en su respuesta textualmente:

«He expresado la opinión aquí impugnada porque en general soy un entusiasta en esta cuestión. De lo que se trata es de saber si al principio nosotros guillotinamos o somos guillotinados.» (Schapper prometió incluso que en un año, es decir, el 15 de septiembre de 1851, estaría guillotinado.) «En Francia les tocará a los obreros, y con ello, en Alemania, a nosotros. Si no fuese así, desde luego me echaría a dormir, y entonces podría tener otra posición material distinta. Si nos toca a nosotros, podremos tomar tales medidas que aseguren la dominación del proletariado. Soy fanático partidario de esta opinión, pero la Dirección Central ha querido lo contrario», etc., etc.

Se ve: no fueron motivos personales los que escindieron la Autoridad Central. Sin embargo, sería igualmente falso hablar de una diferencia de principios. El partido Schapper-Willich jamás ha pretendido el honor de poseer ideas propias. Lo que le pertenece es el peculiar malentendimiento de ideas ajenas, que cree haber fijado como artículos de fe y apropiádose como frase. No menos inexacto sería designar al partido Willich-Schapper con la acusación de “partido de la acción”, a no ser que por acción se entienda una holgazanería oculta bajo alborotos de taberna, conspiraciones inventadas y ligas aparentes, vacías de contenido.

[Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia – Parte 3]

I. Preliminar
III. El complot Cherval

II

El archivo Dietz

El “Manifiesto del Partido Comunista” hallado en poder de los acusados, impreso antes de la revolución de febrero y desde hacía años en las librerías, no podía ser, por su forma y su destino, el programa de un “complot”. Las
alocuciones
de la Autoridad Central que fueron confiscadas se ocupaban exclusivamente de la relación de los comunistas con el futuro gobierno de la democracia, y en modo alguno, por tanto, con el gobierno de Federico Guillermo IV. Los “Estatutos”, en fin, eran los estatutos de una sociedad secreta de propaganda, pero el Code pénal no contiene penas contra las sociedades secretas. Como última tendencia de esta propaganda se proclama la demolición de la sociedad existente, pero el Estado prusiano ya ha sucumbido una vez y puede sucumbir otras diez veces, y sucumbir definitivamente, sin que a la sociedad existente se le caiga un solo pelo. Los comunistas pueden contribuir a acelerar el proceso de disolución de la sociedad burguesa y, con todo, dejar a la sociedad burguesa la disolución del Estado prusiano. Aquel cuyo fin directo fuese derrocar el Estado prusiano y que a tal efecto enseñara la demolición de la sociedad como medio, se asemejaría a aquel ingeniero loco que quería hacer saltar la tierra por los aires para quitar de en medio un montón de estiércol.

Pero si el fin último de la Liga es el
derrocamiento de la sociedad
, su medio necesario es necesariamente la
revolución política
, e implica el derrocamiento del Estado prusiano, así como un terremoto implica el derrocamiento de un gallinero. Pero el caso es que los acusados partían de la perversa opinión de que el actual gobierno prusiano caería también sin ellos. Por tanto, no fundaron una Liga para derrocar al actual gobierno prusiano, no se hicieron culpables de ningún “complot de alta traición”.

¿Se ha acusado jamás a los primeros cristianos de que su fin fuese derrocar al primer prefecto romano de provincias que se terciara? Los filósofos prusianos del Estado, desde Leibniz hasta Hegel, han trabajado en la deposición de Dios, y si yo depongo a Dios, depongo también al rey por la gracia de Dios. Pero ¿acaso se les ha perseguido por atentar contra la casa de Hohenzollern?

Se podía, pues, dar la vuelta al asunto como se quisiera: el corpus delicti hallado se desvanecía como un fantasma ante la luz del día de la publicidad. Quedaba en pie la queja de la sala de acusación de que
“no existía ningún hecho objetivo”
y el “partido
Marx
” fue lo bastante malicioso como para, durante los 1
1
/
2
años que duró la instrucción, no aportar
ni una jota al hecho objetivo existente
.

Había que poner remedio a esta situación irregular. El partido Willich-Schapper, en conexión con la policía, le puso remedio. Veamos cómo el señor Stieber, el partero de este partido, lo introdujo en el proceso de Colonia. (Véase la declaración testifical de Stieber en la sesión del 18 de octubre de 1852.)

Mientras Stieber se hallaba en Londres, en la primavera de 1851, supuestamente para proteger a los visitantes de la Exposición Industrial de Stiebers y ladrones, la jefatura de policía de Berlín le envió copia de los papeles encontrados a
Nothjung
,

“y en particular”
, jura Stieber, “se me llamó la atención sobre el archivo de la conspiración que, según los papeles encontrados a
Nothjung, debía hallarse en Londres en casa de un tal Oswald Dietz y contener toda la correspondencia de los miembros de la Liga
”.

¿El archivo de la conspiración? ¿Toda la correspondencia de los miembros de la Liga? Pero Dietz era el secretario de la Autoridad Central de Willich-Schapper. Si, pues, en su poder se hallaba el archivo de una conspiración, era el archivo de la conspiración de Willich-Schapper. Si en casa de Dietz se encontraba una correspondencia de la Liga, sólo podía ser la correspondencia de la Liga particular, hostil a los acusados de Colonia. Del examen de los documentos hallados en poder de Nothjung se sigue, empero, algo más, a saber, que nada en ellos remitía a Oswald Dietz como custodio del archivo. ¿Cómo iba Nothjung a saber en Leipzig lo que el propio “partido
Marx
” en Londres desconocía?

Stieber no podía decir directamente: Presten atención, señores jurados. He hecho descubrimientos inauditos en Londres. Por desgracia, se refieren a una conspiración que nada tiene que ver con los acusados de Colonia y sobre la cual los jurados de Colonia no tienen que juzgar, pero que proporcionó el pretexto para alojar a los acusados 1
1
/
2
años

en prisión celular. No podía Stieber hablar así. La intervención de Nothjung era indispensable para poner las revelaciones hechas en Londres y los documentos desenterrados en una relación aparente con el proceso de Colonia.

Stieber jura ahora que un individuo se le ofreció para comprar el archivo a Oswald Dietz a cambio de dinero contante. El hecho es simplemente éste: Un tal Reuter, mouchard prusiano que jamás perteneció a sociedad comunista alguna, vivía en la misma casa que Dietz, forzó su pupitre durante su ausencia y robó sus papeles. Que el señor Stieber le pagó por este robo, es cosa creíble, aunque difícilmente habría protegido a Stieber de un viaje a la Tierra de Van Diemen, si la maniobra se hubiese conocido durante su estancia en Londres.

El 5 de agosto de 1851 recibió Stieber en Berlín “en un abultado paquete envuelto en hule” de Londres el archivo Dietz, a saber, un montón de documentos, de “sesenta piezas singulares”. Así lo jura Stieber, y jura al mismo tiempo que ese paquete, que recibió el
cinco
de agosto de 1851, contenía entre otras cartas del círculo dirigente de Berlín del
veinte
de agosto de 1851. Si se pretendiera ahora afirmar que Stieber comete un perjurio cuando asegura haber recibido el 5 de agosto de 1851 cartas del 20 de agosto de 1851, respondería con razón que un consejero real prusiano tiene el mismo derecho que el evangelista Mateo, a saber, el de realizar milagros cronológicos.

De paso. De la enumeración de los documentos sustraídos al partido Willich-Schapper y de las fechas de esos documentos se sigue que este partido, aunque advertido por el robo con efracción de Reuter, siguió encontrando constantemente medios para que le robaran documentos y los hicieran llegar a la policía prusiana.

Cuando Stieber se halló en posesión del tesoro envuelto en resistente hule, se sintió inmensamente aliviado. “Toda la trama”, jura, “quedó claramente desvelada ante mis ojos”. ¿Y qué contenía el tesoro con relación al “partido Marx” y a los acusados de Colonia? Según la propia declaración de Stieber, nada, absolutamente nada más que

“una declaración original de varios miembros de la Autoridad Central, los cuales constituyen manifiestamente el núcleo del ‘partido Marx’, fechada en Londres el 17 de septiembre de 1850, relativa a su salida de la sociedad comunista a consecuencia de la conocida ruptura del 15 de septiembre de 1850”.

Así lo dice el propio Stieber, pero ni siquiera en esta inocua declaración es capaz de decir simplemente el hecho. Se ve obligado a elevarlo a una potencia superior para darle importancia policial. Pues aquella declaración original no contiene nada más que un aviso en tres líneas de los miembros mayoritarios de la antigua Autoridad Central y de sus amigos, anunciando su salida de la
asociación obrera pública
de Great Windmill Street, pero no de una
“sociedad comunista”
.

Stieber podía haberse ahorrado a sus corresponsales el hule y a su autoridad los gastos de franqueo. No habría necesitado más que hojear varios periódicos alemanes de septiembre de 1850, y Stieber habría hallado impreso, negro sobre blanco, una declaración del “núcleo del partido Marx”, en la que anuncian su salida de la asociación obrera de Great Windmill Street al mismo tiempo que su salida del comité de refugiados.

El primer resultado de las investigaciones de Stieber fue, pues, el inaudito descubrimiento de que el “núcleo del partido Marx” había salido de la asociación pública de Great Windmill Street el 17 de septiembre de 1850. “Toda la trama del complot de Colonia quedó claramente desvelada ante sus ojos.” Pero el público no daba crédito a sus ojos.

[Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia – Parte 4]

II. El archivo Dietz
IV. El libro original del acta

III

El complot Cherval

Stieber supo, entretanto, sacar provecho del tesoro robado. Los papeles que le llegaron el 5 de agosto de 1851 condujeron al descubrimiento del llamado “complot franco-alemán en París”. Contenían seis informes del emisario
Adolph Majer
, enviado por Willich-Schapper, fechados en París, y cinco informes del círculo dirigente de París a la Autoridad Central de Willich-Schapper. (Declaración testifical de Stieber en la sesión del 18 de octubre.) Stieber emprende un viaje diplomático de placer a París, y allí traba conocimiento personal con el gran Carlier, quien precisamente acababa de dar prueba, en el notorio asunto de la lotería de las barras de oro, de ser un gran enemigo de los comunistas, pero un amigo aún mayor de la propiedad privada ajena.

“En consecuencia, partí hacia París en septiembre de 1851. Encontré en el entonces prefecto de policía de allí, Carlier, el más solícito apoyo... Por medio de agentes de la policía francesa se hallaron rápida y certeramente los hilos desvelados en las cartas de Londres; se logró averiguar los domicilios de cada uno de los jefes de la conspiración y observar todos sus movimientos, en particular todas sus asambleas y correspondencias. Allí se averiguaron cosas muy graves... Tuve que ceder a las exigencias del prefecto Carlier, y en la noche del 4 al 5 de septiembre de 1851 se procedió a la intervención.” (Declaración de Stieber del 18 de octubre.)

En septiembre, Stieber partió de Berlín. Supongamos que el 1.º de septiembre. El 2 de septiembre, a más tardar, llegó a París. En la noche del 4 se procede a la intervención. Quedan, pues, para la entrevista con Carlier y para la adopción de las medidas necesarias treinta y seis horas. En estas treinta y seis horas no sólo se “averiguan” los domicilios de cada uno de los jefes,
todos
sus movimientos,
todas
sus asambleas,
todas
sus correspondencias son “observadas”, naturalmente, después de “averiguados sus domicilios”.

La llegada de Stieber no sólo obra una milagrosa “rapidez y certeza de los agentes de la policía francesa”, sino que también vuelve a los jefes conspiradores “solícitos” a cometer en veinticuatro horas tantos movimientos, asambleas y correspondencias que ya a la noche siguiente puede procederse a la intervención contra ellos.

Pero no basta con que el día 3 estén averiguados los domicilios de cada uno de los jefes, observados todos sus movimientos, asambleas y correspondencias:

“Agentes de la policía francesa”, jura Stieber, “encuentran ocasión de asistir a las sesiones de los conspirados y de escuchar las resoluciones de los mismos sobre el proceder a seguir en la próxima revolución.”

Apenas, pues, los agentes de policía han observado las reuniones, encuentran, mediante la observación, ocasión de asistir a ellas, y apenas asisten a una sesión, se convierten en varias sesiones, y apenas son un par de sesiones, ya se llega a resoluciones sobre el procedimiento en la próxima revolución, y todo en el mismo día.

El mismo día en que Stieber conoce a Carlier, el personal policial de Carlier conoce las viviendas de los distintos jefes, los distintos jefes conocen al personal policial de Carlier, lo invitan el mismo día a sus sesiones, celebran, para complacerlos, el mismo día toda una serie de sesiones, y no pueden separarse de ellos sin adoptar aún apresuradamente resoluciones sobre el procedimiento en la próxima revolución.

Por muy dispuesto que estuviera Carlier —y nadie dudará de su disposición para descubrir un complot comunista tres meses antes del golpe de Estado—, Stieber le exige más de lo que él podía realizar. Stieber pide milagros policiales, no solo los pide, sino que cree en ellos; no solo cree en ellos, los conjura.

«Al comenzar la empresa, es decir, la intervención, arresté yo primero personalmente, junto con un comisario francés, al peligroso Cherval, jefe principal de los comunistas franceses. Él se resistió violentamente, y se produjo una lucha tenaz con él.»

Así reza la declaración de Stieber del 18 de octubre.

«Cherval perpetró en París un atentado contra mí, en mi propia vivienda, en la cual se había introducido durante la noche, y en el cual mi mujer, que acudió en mi ayuda en la lucha así provocada, resultó herida.»

Así reza la otra declaración de Stieber, del 27 de octubre.

En la noche del 4 al 5, Stieber interviene contra Cherval, y se produce una lucha a puñetazos, en la que Cherval se resiste. En la noche del 3 al 4, Cherval interviene contra Stieber, y se produce una lucha a puñetazos, en la que Stieber se resiste. Pero el día 3 reinaba precisamente la entente cordiale (el cordial entendimiento) entre conspiradores y agentes de policía, por lo cual se realizaron tantas cosas en un solo día. Ahora se pretende que no solo Stieber el día 3 anduvo tras los conspiradores, sino que también los conspiradores el día 3 anduvieron tras Stieber. Mientras los agentes de policía de Carlier descubrían las viviendas de los conspiradores, los conspiradores descubrían la vivienda de Stieber. Mientras él desempeña frente a ellos un papel «observador», ellos desempeñan frente a él un papel activo. Mientras él sueña con el complot de ellos contra el gobierno, ellos están ocupados con un atentado contra su persona.

Stieber prosigue en su declaración del 18 de octubre:

«Durante esta lucha» (en la que Stieber estaba a la ofensiva) «noté que Cherval se esforzaba por meterse un papel en la boca y tragárselo. Solo con dificultad se logró salvar la mitad del papel; la otra mitad ya estaba consumida.»

El papel se encontraba, pues, en la boca, entre los dientes de Cherval, pues solo se salvó una mitad y la otra ya estaba consumida. Stieber y su secuaz, el comisario de policía u otro cualquiera, solo pudieron salvar la otra mitad metiendo las manos en las fauces del «peligroso Cherval». La forma más inmediata en que Cherval podía defenderse de semejante ataque era mordiendo, y, en efecto, los periódicos parisinos informaron que Cherval había mordido a la señora Stieber, pero en esta escena no fue la esposa quien asistió a Stieber, sino el comisario de policía. En cambio, Stieber declara que, en el atentado perpetrado por Cherval en su propia vivienda, la señora Stieber, que acudió en su ayuda, resultó herida. Si se confrontan las declaraciones de Stieber con las de los periódicos parisinos, parece que Cherval mordió a la señora Stieber en la noche del 3 al 4 para salvar los papeles que el señor Stieber le arrebató de entre los dientes en la noche del 4 al 5. Stieber nos responderá que París es una ciudad de milagros y que ya Larochefoucauld ha declarado que en Francia todo es posible.

Dejemos a un lado por un momento la fe en los milagros; entonces parece que los primeros milagros surgieron por haber comprimido Stieber en un solo día, el 3 de septiembre, una serie de acciones muy distanciadas en el tiempo, y los últimos milagros, por haber distribuido distintos hechos ocurridos en una misma tarde y en un mismo lugar entre dos noches distintas y dos lugares distintos. Contraponemos a su relato de «Las mil y una noches» los hechos reales. Antes aún, un hecho notable, aunque no sea un milagro. Stieber arrebató una mitad del papel tragado por Cherval. ¿Qué contenía la mitad salvada? Todo lo que Stieber buscaba.

«Este papel», jura él, «contenía una instrucción sumamente importante para el emisario Gipperich en Estrasburgo, con su dirección completa.»

Ahora, los hechos.

El 5 de agosto de 1851, según sabemos por Stieber, recibió el archivo Dietz, empaquetado en fuerte tela encerada. El 8 o 9 de agosto de 1851 se presentó en París un tal Schmidt. Schmidt parece ser el nombre inevitable de los agentes de policía prusianos que viajan de incógnito. Stieber viaja en 1843-1846 como Schmidt por las montañas de Silesia; su agente londinense Fleury viaja en 1851 como Schmidt a París. Busca aquí a los distintos jefes de la conspiración de Willich-Schapper y encuentra primero a Cherval. Finge haber huido de Colonia y haber salvado de allí la caja de la Liga con 500 táleros. Se acredita mediante mandatos de Dresde y de otros varios lugares, habla de reorganización de la Liga, de uniones de los distintos partidos, pues las escisiones se basaban en diferencias puramente personales —la policía predicaba ya entonces unidad y unificación—, y prometió emplear los 500 táleros para hacer florecer de nuevo la Liga. Poco a poco, Schmidt va conociendo a los distintos jefes de las comunidades de la Liga de Schapper-Willich en París. No solo averigua sus direcciones, sino que los visita, espía su correspondencia, observa sus movimientos, penetra en sus sesiones, los empuja hacia adelante como agent provocateur (agente provocador), y Cherval se da tanto más importancia cuanto más admirativamente Schmidt lo ensalza como el gran desconocido de la Liga, como el «jefe principal», que hasta entonces solo había ignorado su propia importancia, cosa que ya le ha ocurrido a más de un gran hombre. Una noche, cuando Schmidt acude con Cherval a la sesión de la Liga, Cherval lee su famosa carta a Gipperich, antes de enviarla. Así se enteró Schmidt de la existencia de Gipperich. «En cuanto Gipperich haya regresado a Estrasburgo», observó Schmidt, «le daremos enseguida un giro sobre los 500 táleros que están depositados en Estrasburgo. Aquí tiene usted la dirección del hombre que custodia el dinero; démela usted a cambio la dirección de Gipperich, para enviársela, como legitimación, al hombre a quien él se presentará.» Así obtuvo Schmidt la dirección de Gipperich. Esa misma noche en que Cherval envió la carta a Gipperich, un cuarto de hora más tarde, mediante el telégrafo eléctrico, Gipperich era detenido, se practicaba un registro en su domicilio y la famosa carta era interceptada. Gipperich fue detenido antes que Cherval.

Poco tiempo después, Schmidt comunicó a Cherval que un tal Stieber, policía prusiano, había llegado a París. Él no solo había descubierto su vivienda, sino que también había oído del garçon (camarero) de un café de enfrente que Stieber había gestionado su detención, la de Schmidt. Cherval era el hombre indicado para dar un recuerdo al miserable policía prusiano. «Lo tiraremos al Sena», responde Cherval. Ambos acordaron penetrar al día siguiente en la vivienda de Stieber con algún pretexto, verificar su presencia y fijarse en sus señas. A la tarde siguiente, nuestros dos héroes emprendieron realmente la expedición. Por el camino, Schmidt opinó que sería mejor que Cherval entrara en la casa, mientras él patrullaba delante como guardia de protección. «Tú le preguntas», prosiguió, «al portero por Stieber y, cuando te deje pasar, le dices a Stieber que querías hablar con el señor Sperling y preguntarle si trae la letra de cambio esperada de Colonia. A propósito, una cosa más. Tu sombrero blanco llama la atención, es demasiado democrático. ¡Toma, ponte el mío negro!» Se intercambian los sombreros, Schmidt se aposta como centinela, Cherval tira del timbre y se encuentra en la vivienda de Stieber. El portero no creía que Stieber estuviera en casa, y Cherval ya iba a retirarse cuando una voz de mujer gritó escaleras abajo: «Sí, Stieber está en casa.» Cherval sigue la voz, cuyas huellas conducen a un sujeto con gafas verdes que se da a conocer como Stieber. Cherval expone la fórmula convenida con la letra y Sperling. «Eso no es así», interrumpe Stieber con viveza, «usted entra en la casa, pregunta por mí, le indican que suba, luego se retira, etc. Esto me resulta sumamente sospechoso.» Cherval responde groseramente, Stieber tira de la campanilla, aparecen al instante varios fulanos, rodean a Cherval, Stieber le mete mano al bolsillo del abrigo, del que asoma una carta. No era ciertamente una instrucción de Cherval para Gipperich, sino una carta de Gipperich a Cherval. Cherval intenta comerse la carta, Stieber le mete la mano en la boca. Cherval muerde, empuja y golpea. El marido Stieber quiere salvar una mitad, la media naranja de Stieber quiere salvar la otra mitad y es herida por su celo en el servicio. El alboroto que esta escena provoca hace salir a los distintos inquilinos de sus aposentos. Pero entretanto, uno de los fulanos de Stieber ha arrojado un reloj de oro por encima de la barandilla de la escalera y, mientras Cherval grita: «¡Mouchard!», Stieber y compañía gritan: «¡Au voleur!» (¡Al ladrón!). El portero trae el reloj de oro y el grito de «¡Au voleur!» se generaliza. Cherval es detenido y encuentra en la puerta, no a su amigo Schmidt, sino a cuatro o cinco soldados que lo toman a su cargo.

Ante los hechos reales se desvanecen todos los milagros conjurados por Stieber. Su agente Fleury ha operado durante más de tres semanas, no solo ha descubierto los hilos del complot, sino que ha ayudado a tejerlos. Stieber solo tiene que venir de Berlín y puede exclamar: ¡Veni, vidi, vici! (Llegué, vi, vencí). Puede regalar a Carlier un complot ya hecho, y Carlier solo necesita la «disposición» para intervenir. La señora Stieber no necesita ser mordida el día 3 por Cherval, porque el señor Stieber mete la mano en la boca de Cherval el día 4. La dirección de Gipperich y la instrucción correcta no necesitan, como Jonás del vientre de la ballena, salir por completo de las fauces del «peligroso Cherval» después de estar medio comidas. Lo único que sigue siendo milagroso es la fe en los milagros de los jurados, a los que Stieber se atreve a servir seriamente sus patrañas. ¡Portadores de pura sangre del limitado entendimiento de súbditos!

«Cherval», jura Stieber (sesión del 18 de octubre), «me hizo en la cárcel una confesión abierta, después de que yo le presentara, para su mayor asombro, todos sus informes originales que había enviado a Londres, y después de que él comprendiera que yo lo sabía todo.»

Lo que Stieber presentó en primer lugar a Cherval no fueron, en modo alguno, sus informes originales a Londres. Éstos los hizo traer Stieber más tarde desde Berlín, junto con otros documentos del archivo de Dietz. Lo que le presentó en un principio fue una circular firmada por Oswald Dietz, que Cherval acababa precisamente de recibir, y algunas de las cartas más recientes de Willich. ¿Cómo llegó Stieber a poseerlas? Mientras Cherval forcejeaba, mordiendo y golpeando, con Stieber y su media naranja, el bueno de Schmidt-Fleury se precipitó a casa de madame Cherval, una inglesa —Fleury, como comerciante londinense de origen alemán, habla naturalmente inglés—, y le dice que su marido ha sido arrestado, que el peligro es grande, que debería entregarle los papeles de Cherval para que no se vea aún más comprometido, y que Cherval le ha encargado que se los entregue a una tercera persona. Como prueba de que es un auténtico emisario, le muestra el sombrero blanco que le quitó a Cherval porque le parecía demasiado democrático.

Fleury obtuvo las cartas de madame Cherval, y Stieber las obtuvo de Fleury.

En todo caso, ahora se encontraba sobre una base de operaciones más favorable que antes en Londres. Los papeles de Dietz podía robarlos, pero las declaraciones de Cherval podía fabricarlas. Hace, pues, que su Cherval (sesión del 18 de octubre) «se explaye sobre las conexiones con Alemania» en estos términos:

«Él permaneció largo tiempo en las provincias renanas y, en particular, estuvo en Colonia en 1848. Allí trabó conocimiento con Marx, quien lo admitió en la Liga, la cual propagó luego celosamente en París a partir de los elementos que ya encontró allí.»

En 1846, Cherval fue admitido por Schapper y a propuesta de Schapper en la Liga, en Londres, mientras Marx se encontraba en Bruselas y aún no era siquiera miembro de la Liga. Cherval no pudo, por tanto, ser admitido en 1848 en Colonia por Marx en esa misma Liga.

Cherval viajó durante algunas semanas a la Prusia renana tras el estallido de la revolución de marzo, pero regresó de allí a Londres, donde residió ininterrumpidamente desde finales de la primavera de 1848 hasta el verano de 1850. No puede, pues, haber «propagado celosamente la Liga en París» al mismo tiempo, o bien Stieber, que realiza milagros cronológicos, es también capaz de realizar milagros *espaciales* e incluso de comunicar a terceras personas la propiedad de la ubicuidad.

Marx no conoció, y sólo superficialmente, a Cherval hasta después de su expulsión de París, en septiembre de 1849, cuando ingresó en la asociación obrera de Great Windmill Street, en Londres, entre otros cien obreros. No puede, por tanto, haber trabado conocimiento con él en Colonia en 1848.

Cherval dijo al principio la verdad a Stieber sobre todos estos puntos. Stieber intentó forzarlo a hacer declaraciones falsas. ¿Consiguió su objetivo? Sólo la declaración del propio Stieber habla a favor de ello, es decir, un punto en contra. A Stieber le importaba, naturalmente, sobre todo, poner a Cherval en una relación ficticia con Marx, a fin de poner a los acusados de Colonia en una relación artificial con el complot de París.

Tan pronto como Stieber se ve obligado a entrar en detalles sobre las conexiones y correspondencias de Cherval y compañeros con Alemania, se guarda muy bien de mencionar siquiera Colonia, y habla en cambio con autocomplaciente prolijidad de Heck en Braunschweig, Laube en Berlín, Reininger en Maguncia, Tietz en Hamburgo, etc., etc., en resumen, del partido de Willich-Schapper. Este partido, dice Stieber, tenía «el archivo de la Liga en sus manos».

Por una confusión, pasó de sus manos a las suyas. En este archivo no encontró
ni una sola
línea que Cherval hubiera dirigido a Marx
antes de la escisión
de la autoridad central de Londres, antes del 15 de septiembre de 1850, a Londres o siquiera personalmente.

Mediante Schmidt-Fleury, sonsacó fraudulentamente a la señora Cherval los papeles de su marido. Tampoco encontró ni una sola línea que Cherval hubiera recibido de Marx. Para remediar este inconveniente, le dicta a Cherval lo siguiente:

«Que se había enemistado con Marx porque éste, aunque la autoridad central estaba en Colonia, seguía pretendiendo dirigir las correspondencias con él.»

Si Stieber no encuentra ninguna correspondencia entre Marx y Cherval
antes
del 15 de septiembre de 1850, esto se debe simplemente a que Cherval rompió toda correspondencia con Marx
después
del 15 de septiembre de 1850. ¡Ahórcate, Fígaro, no se te habría ocurrido eso! <¡Ahórcate, Fígaro, eso no se te habría ocurrido a ti! (Beaumarchais, "La folle journée")>

Las actas que el gobierno prusiano amontonó contra los acusados durante los 1 ½ años de investigación, en parte mediante el propio Stieber, refutaron toda conexión de los acusados con la comunidad de París y con el complot franco-alemán.

La Alocución de la autoridad central de Londres de junio de 1850 demostraba que, antes de la escisión de la autoridad central, la comunidad de París estaba disuelta. Seis cartas que se hallaban en el archivo de Dietz demostraban que, tras el traslado de la autoridad central a Colonia, las comunidades de París fueron fundadas de nuevo por el emisario del partido de Willich-Schapper, A. Majer. Las cartas del círculo dirigente de París que se hallaban en el mismo archivo demostraban que éste se encontraba en una oposición hostil a la autoridad central de Colonia. Finalmente, el acta de acusación francesa demostraba que todo lo que se incriminaba contra Cherval y compañeros había ocurrido sólo en el año 1851. Saedt (sesión del 8 de noviembre) se ve, por tanto, reducido, a pesar de las revelaciones de Stieber, a la peregrina conjetura de que bien podría ser posible que el partido de Marx se hubiera visto envuelto en algún momento, de algún modo, en algún complot en París, pero que de ese momento y de ese complot no se sabe nada más sino, precisamente, que Saedt, por encargo superior, lo considera posible. ¡Júzguese de la estupidez de la prensa alemana, que fabula sobre la perspicacia de Saedt!

De larga data, la policía prusiana buscaba presentar al público a Marx, y por Marx a los acusados de Colonia, como implicados en el complot franco-alemán. El espía policial Beckmann envió, durante las vistas del proceso de Cherval, la siguiente nota, fechada en París, 25 de febrero de 1852, a la «Kölnische Zeitung»:

«Varios acusados están prófugos, entre ellos un tal A. Majer, presentado como agente de
Marx y Cía.
»

La «Kölnische Zeitung» publicó al respecto una declaración de Marx: «que A. Majer es uno de los amigos más íntimos del señor Schapper y del ex teniente prusiano Willich, pero que a él le es completamente ajeno». Ahora, en su declaración del 18 de octubre de 1852, el propio Stieber explica:

«Los miembros de la autoridad central excluidos del partido de Marx el 15 de septiembre de 1850 en Londres enviaron a A. Majer a Frankfurt, etc.»,

e incluso comunica la correspondencia de A. Majer con Schapper-Willich. Un miembro del partido de Marx,
Konrad Schramm
, fue detenido con ocasión de las persecuciones de extranjeros en París, en el mes de septiembre de 1851, junto con otros 50 a 60 parroquianos presentes, en un café, y retenido durante casi dos meses bajo la acusación de ser partícipe del complot dirigido por el irlandés Cherval. El 16 de octubre recibió, en el depósito de la prefectura de policía, la visita de un alemán, que se dirigió a él en los siguientes términos:

«Soy funcionario estatal prusiano; usted sabe que en todas partes de Alemania, particularmente en Colonia, se han practicado numerosas detenciones a raíz de los descubrimientos de una sociedad comunista. La mera mención de un nombre en una carta basta para motivar la detención de la persona en cuestión. El gobierno se encuentra en cierto apuro por la cantidad de detenidos, de los que no sabe si tienen algo que ver con el asunto o no.
Nosotros
sabemos
que usted no está implicado en el complot franco-alemán, pero que conoce con exactitud a Marx y Engels y está, sin duda, informado de todos los pormenores de la conexión comunista alemana
. Nos prestaría un gran servicio si pudiera darnos las informaciones necesarias al respecto y designar más de cerca a las personas que son culpables o inocentes. Con ello puede contribuir a la liberación de un gran número de personas. Si usted quiere, podemos levantar acta de la declaración. Usted no tiene nada que temer de semejante declaración», etc., etc.

Schramm, naturalmente, puso de patitas en la calle a este amable funcionario estatal prusiano, protestó contra tales visitas ante el ministerio francés y fue expulsado de Francia a finales de octubre.

La policía prusiana sabía, por la declaración de separación hallada en casa de Dietz, que Schramm pertenecía al «partido de Marx». Ella misma le reconoció a Schramm que el «partido de Marx» no guardaba relación con el complot de Cherval. Si se quería probar una conexión del «partido de Marx» con el complot de Cherval, ello no podía hacerse en Colonia, sino sólo en París, donde, al mismo tiempo que Cherval, se encontraba preso un miembro de este partido. Pero el gobierno prusiano nada temía más que una confrontación entre Cherval y Schramm, que habría malogrado de antemano todo el éxito que esperaba obtener contra los acusados de Colonia mediante el proceso de París. Con la liberación de Schramm, el juez de instrucción francés pronunció el juicio de que el proceso de Colonia no guardaba ninguna relación con el complot de París.

Stieber hace un último intento:

«Por lo que respecta al arriba mencionado jefe de los comunistas franceses, Cherval, en vano se ha intentado durante mucho tiempo averiguar quién era realmente este Cherval. Por fin, a raíz de una confidencia que el propio Marx hizo a un agente de policía, ha resultado que era un individuo que en 1845 se fugó de la prisión de Aquisgrán, donde se hallaba por falsificación de letras de cambio, y a quien Marx admitió en 1848, durante los disturbios de entonces, en la Liga, desde donde fue a París como emisario.»

Así como Marx no podía comunicar al *spiritus familiaris* (genio servicial), al agente de policía de Stieber, que él había admitido a Cherval en 1848 en Colonia en la Liga, cuando Schapper ya lo había admitido en Londres en 1846, o que lo había hecho residir en Londres y al mismo tiempo vender propaganda en París, de igual modo no pudo comunicar la noticia de que Cherval había estado preso en Aquisgrán en 1845 y falsificado letras de cambio, noticia que él conoció precisamente por la declaración de Stieber, a su *álter ego* (segundo yo), al agente de policía como tal, antes de la declaración de Stieber. Semejantes *hysteron proteron* (inversiones del orden cronológico) sólo le están permitidas a Stieber. El mundo antiguo nos legó su
gladiador moribundo
; el Estado prusiano nos lega a su
Stieber perjuro
.

Así pues, ¿durante mucho, mucho tiempo se había intentado en vano averiguar quién era realmente Cherval? La noche del 2 de septiembre llegó Stieber a París. La noche del 4 fue detenido Cherval; la noche del 5 fue conducido de su celda a una sala escasamente iluminada. Stieber estaba allí, pero junto a Stieber estaba también un funcionario de policía francés, un alsaciano que habla un alemán chapurreado pero lo entiende perfectamente, posee una memoria policial y no encontró precisamente agradable al pretencioso y servil consejero de policía berlinés. En presencia, pues, de este funcionario francés, tuvo lugar la siguiente conversación:

Stieber,
en alemán: «Escuche, señor Cherval, con el nombre francés y el pasaporte irlandés sabemos muy bien lo que significa. Lo conocemos, usted es de la Prusia renana, se llama K., y sólo depende de usted librarse de las consecuencias, y concretamente, haciendo una confesión completamente abierta», etc., etc. Cherval negó. Stieber: «Tal y tal persona, que falsificaron letras de cambio y se fugaron de prisiones prusianas, fueron extraditados por las autoridades francesas a Prusia, y por eso le digo una vez más, reflexione, se trata aquí de 12 años de reclusión celular.»

El funcionario de policía francés: «Demos tiempo al hombre, que reflexione en su celda.»

Cherval fue devuelto a su celda.

Stieber, naturalmente, no podía presentarse sin rodeos; no podía confesar al público que trataba de arrancar a Cherval falsas declaraciones bajo el espectro de la extradición y de los doce años de cárcel celular.

Sin embargo, Stieber aún no ha averiguado quién es en realidad Cherval. Ante los jurados sigue llamándolo Cherval y no K. Es más, ni siquiera sabe dónde se encuentra en realidad Cherval. En la sesión del 23 de octubre lo hace estar todavía en París. En la sesión del 27 de octubre, acosado por la pregunta del abogado Schneider II: «¿No se encuentra el tantas veces citado Cherval en la actualidad en Londres?», responde Stieber: «Que no puede dar ninguna información al respecto y solo puede comunicar el rumor de que Cherval se ha fugado en París.»

El gobierno prusiano sucumbió a su habitual destino de ser burlado. El gobierno francés le había permitido sacar las castañas del fuego del complot franco-alemán, pero no le permitió comérselas. Cherval había sabido ganarse el favor del gobierno francés, y éste le dejó huir a Londres con Gipperich unos días después de terminado el proceso de las assises de París. El gobierno prusiano creía haber adquirido en Cherval un instrumento para el proceso de Colonia; no había hecho más que reclutarle un agente más al gobierno francés.

Un día antes de la falsa fuga de Cherval, se presentó ante él un faquín prusiano <granuja> con frac negro, puños, bigote negro y erizado, pelo grisáceo cortado al rape y ralo, en una palabra, un muchacho bien parecido, que más tarde se le designó como el teniente de policía Greif y que después se presentó también como Greif. Greif había conseguido acceso a él mediante una tarjeta de entrada que recibió directamente del ministro de policía, burlando al prefecto de policía. Al ministro de policía le divertía tomarle el pelo a los queridos prusianos.

Greif: «Soy un funcionario prusiano, enviado aquí para entablar negociaciones con usted. Usted no saldrá nunca de aquí, a no ser por medio de nosotros. Le hago una propuesta. Pida en una solicitud al gobierno francés, cuyo consentimiento está asegurado de antemano, ser extraditado a Prusia, pues lo necesitamos allí como testigo en Colonia. Después de que haya cumplido con su deber y el asunto haya terminado, lo pondremos en libertad bajo palabra de honor.»

Cherval: «Yo saldré de aquí sin ustedes.»

Greif, con firmeza: «¡Eso es imposible!»

Greif mandó llamar también a Gipperich y le propuso ir por cinco días a Hannover como emisario comunista. También sin éxito. Al día siguiente, Cherval y Gipperich se habían fugado. Las autoridades francesas sonreían con sorna, el telegrama de desgracia partió hacia Berlín, y todavía el 23 de octubre Stieber jura que Cherval está en París, y todavía el 27 de octubre no puede dar ninguna información y solo sabe de oídas que Cherval «se ha fugado en París». Mientras tanto, el teniente de policía Greif había visitado a Cherval tres veces en Londres durante las audiencias de Colonia, entre otras cosas para averiguar la dirección de Nette en París, de quien se creía poder comprar una declaración testimonial contra los acusados de Colonia. El golpe fracasó.

Stieber tenía razones para mantener en la oscuridad su relación con Cherval. Así pues, K... siguió siendo siempre Cherval, el prusiano siguió siendo irlandés, y Stieber aún hoy no sabe dónde se encuentra Cherval ni «quién es en realidad Cherval».(1)

En la correspondencia de Cherval con Gipperich poseía, por fin, el tríplice Seckendorf-Saedt-Stieber lo que deseaba:

Schinderhannes, Karlo Moor  
Nahm ich mir als Muster vor.  
<Heinrich Heine, "Buch der Lieder", "Traumbilder">

La carta de Cherval a Gipperich, para que se grabara bien hondo en la perezosa materia cerebral de los 300 mayores contribuyentes que representa el jurado, tuvo el honor de ser leída tres veces. Todo conocedor reconoció de inmediato, detrás de ese inofensivo patetismo de gitano, al bufón malicioso que buscaba parecer terrible a sí mismo y a los demás.

Cherval y compañía habían compartido, además, las expectativas generales de la democracia sobre los efectos milagrosos del 2 de mayo [segundo domingo del mes] y decidieron co-revolucionar el 2 de mayo. Schmidt-Fleury había contribuido a dar a esta idea fija la forma de un plan. Así cayeron Cherval & Cía. bajo la categoría jurídica del complot. De este modo quedaba demostrado en sus personas que el complot que los acusados de Colonia no habían cometido contra el gobierno prusiano, por lo menos había sido cometido por el partido de Cherval contra Francia.

Por medio de Schmidt-Fleury, el gobierno prusiano había intentado fabricar una relación ficticia entre el complot de París y los acusados de Colonia, que hizo jurar a Stieber. Stieber-Greif-Fleury, esta trinidad, representa el papel principal en el complot Cherval; más adelante volveremos a encontrarla en acción.

Resumamos:

A es republicano, B se dice también republicano. A y B están enemistados. B construye, por encargo de la policía, una máquina infernal. A es llevado entonces ante los tribunales. Si B ha construido la máquina infernal y no A, la culpa radica en que A está enemistado con B. Para condenar a A, se llama a B como testigo de cargo contra él. Ése fue el humor del complot Cherval.

Se comprende que esta lógica fracasara ante el público. Las revelaciones «fácticas» de Stieber se disolvían en una neblina maloliente; la acusación del tribunal de acusación se quedaba en que «no existe un hecho objetivo». Se necesitaban nuevos milagros policiacos.

(1) Tampoco en el “Libro negro” sabe Stieber todavía quién es realmente Cherval. Allí se dice, tomo II, pág. 38, bajo el núm. 111 Cherval: véase Crämer; y bajo el núm. 116 Crämer: «según el núm. 111 ha desarrollado una actividad muy grande para la Liga de los Comunistas bajo el nombre de Cherval. También lleva el nombre federativo de Frank. Bajo el nombre de Cherval fue condenado por el Tribunal de Assises de París en febrero de 1853» (debe decir 1852) «a 8 años de prisión, pero se fugó pronto y se dirigió a Londres». Tan ignorante es Stieber en el segundo tomo, que registra los datos personales de los sospechosos ordenados alfabéticamente y por números. Ya ha olvidado que en el tomo I, pág. 81, se le escapó la confesión: «Cherval es, en efecto, el hijo de un funcionario renano llamado Joseph Krämer, el cual» (¡sí, el cual! ¿el padre o el hijo?) «ha abusado de su oficio de litógrafo para falsificar letras de cambio, razón por la que fue detenido, pero en 1844 se fugó de la cárcel de Colonia» (¡falso, en Aquisgrán!) «y huyó a Inglaterra y más tarde a París». Compárese con esto las declaraciones anteriores de Stieber ante los jurados. La policía, sencillamente, no puede decir la verdad. [Nota de Engels para la edición de 1885]

IV  
El libro de protocolo original

En la sesión del 23 de octubre, el presidente <Göbel> observa: «El consejero de policía Stieber le ha comunicado que aún tiene que hacer nuevas declaraciones importantes», y con este fin llama de nuevo al mencionado testigo. Stieber se precipita y prepara la mise‑en‑scène <puesta en escena>.

Hasta ahora, Stieber había descrito la actividad del partido Willich-Schapper o, más brevemente, del partido Cherval, su actividad *antes* y *después* de la detención de los acusados de Colonia. Respecto a los acusados mismos, no ha descrito nada, ni *antes* ni *después*. El complot Cherval fue *después* de la detención de los actuales acusados, y Stieber declara ahora:

«En mi declaración anterior he descrito la conformación de la Liga de los Comunistas y la actividad de sus miembros solamente *hasta la detención* de los actuales acusados.»

Confiesa, pues, que el complot Cherval no tenía nada que ver «con la conformación de la Liga de los Comunistas y la actividad de sus miembros». Confiesa, con ello, la *nada* de su declaración anterior. Es más, se muestra tan blasé respecto a su declaración del 18 de octubre, que considera superfluo seguir identificando a Cherval con el «partido de Marx».

«En primer lugar», dice, «sigue existiendo la fracción Willich, de la cual hasta ahora solo Cherval, en París, etc., han sido detenidos.»

¡Ah! ¡El jefe principal Cherval es, pues, un dirigente de la fracción Willich!

Pero Stieber tiene ahora las comunicaciones *más importantes*, no solo las *más novedosas*, sino también las *más importantes*. ¡Las más novedosas y las más importantes! Esas comunicaciones importantísimas perderían peso si no se subrayara la nimiedad de las comunicaciones precedentes. Hasta ahora no he comunicado realmente nada, dice Stieber, pero ahora viene lo bueno. ¡Atención! Hasta ahora he informado sobre el partido Cherval, enemigo de los acusados, lo que en rigor no venía al caso. Ahora voy a informar sobre el «partido de Marx», que es el único del que se trata en este proceso. Así de claras no podía hablar Stieber. Dice, pues:

«Hasta ahora he descrito la Liga de los Comunistas *antes* de la detención de los acusados; ahora describiré la Liga de los Comunistas *después* de la detención de los acusados.»

Con una virtuosidad característica, sabe incluso convertir una mera frase retórica en perjurio.

Después de la detención de los acusados de Colonia, Marx formó un nuevo Consejo Central.

«Esto se desprende de la declaración de un agente de policía <Hirsch>, a quien el difunto director de policía Schulz supo introducir de incógnito en la Liga londinense y en la inmediata cercanía de Marx.»

Este nuevo Consejo Central ha llevado un libro de actas, y este *«libro de protocolo original»* obra ahora en poder de Stieber. Terribles maquinaciones en las provincias renanas, en Colonia, incluso en medio de la sala del tribunal, todo eso lo demuestra el libro de protocolo original. Contiene la prueba de la correspondencia continua de los acusados a través de los muros de la prisión con Marx. En una palabra: el archivo Dietz era el Antiguo Testamento, pero el libro de protocolo original es el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento estaba envuelto en fuerte hule; pero el Nuevo Testamento está encuadernado en siniestra piel de tafilete rojo. El tafilete rojo es ciertamente una *demonstratio ad oculos* <una prueba por visión directa>, pero el mundo es hoy más incrédulo que en tiempos de Tomás; ya no cree ni siquiera lo que ve. ¿Quién cree todavía en Testamentos, Antiguos o Nuevos, desde que se ha inventado la religión mormona? También eso lo ha previsto Stieber, que no es del todo reacio a la religión mormona.

«Se me podría objetar, ciertamente», comenta el mormón Stieber, «se me podría objetar, ciertamente, que todo esto no son más que tradiciones de despreciables agentes de policía; pero —jura Stieber— tengo pruebas completas de la veracidad y fiabilidad de las comunicaciones que han hecho.»

¡Entiéndase bien! ¡Pruebas de veracidad y pruebas de fiabilidad! ¡y por cierto completas pruebas! *¡Pruebas completas!* ¿Y cuáles son esas pruebas?

Stieber sabía desde hacía tiempo, con mucho...

que existía una correspondencia secreta entre Marx y los acusados que se encontraban en la casa de detención, pero no había podido dar con el rastro de esta correspondencia. De pronto, el
pasado domingo llegó a mi casa un correo extraordinario procedente de Londres
con la noticia de que se había logrado por fin descubrir la dirección secreta bajo la cual se mantenía esta correspondencia; era la dirección del comerciante D. Kothes, en el Alten Markt de esta ciudad. El mismo correo me entregó el libro de actas original llevado por la autoridad central de Londres, que se ha sabido obtener, a cambio de dinero, de un miembro de la Liga.

Stieber se pone acto seguido en contacto con el director de policía Geiger y con la dirección de correos.

"Se toman las necesarias medidas de precaución, y ya
dos días después,
el correo vespertino de Londres trajo una carta dirigida a Kothes. Esta fue embargada
a instancias de la fiscalía superior,
abierta, y en ella se encontró una instrucción de siete páginas, manuscrita por Marx, para el abogado Schneider II. Contiene indicaciones sobre cómo ha de llevarse la defensa... En el reverso de la carta se encontraba una gran B latina. De la carta se retuvieron una copia, un trozo del original fácil de separar, así como el
sobre original.
Luego se la selló en un sobre, y así la recibió un agente de policía foráneo con el encargo de dirigirse a Kothes, presentarse a él como emisario de Marx, etc."

Stieber relata a continuación toda la repugnante comedia de policías y esbirros, cómo el agente foráneo hizo de emisario de Marx, etc. Kothes es detenido el 18 de octubre, y después de 24 horas declara que la B en la dirección interior de la carta significa Bermbach. El 19 de octubre, Bermbach es detenido y se practica un registro domiciliario en su casa. El 21 de octubre, Kothes y Bermbach son puestos de nuevo en libertad.

Stieber hizo esta deposición el sábado 23 de octubre.
"El domingo pasado"
, es decir, el domingo 17 de octubre, había llegado el correo extraordinario con la dirección de Kothes y el libro de actas original; dos días después del correo, la carta para Kothes habría llegado, es decir, el 19 de octubre. Pero ya el 18 de octubre, Kothes fue detenido a causa de la carta que el agente foráneo le entregó el 17 de octubre. La carta para Kothes llegó, pues, dos días antes que el correo con la dirección de Kothes, o bien Kothes fue detenido el 18 de octubre por una carta que no recibió hasta el 19 de octubre. ¿Milagro cronológico?

Posteriormente, acosado por la defensa, Stieber declara que el correo con la dirección de Kothes y el libro de actas original había llegado el 10 de octubre. ¿Por qué el 10 de octubre? Porque el 10 de octubre cae también en domingo, y el 23 de octubre era asimismo un domingo «pasado»; así se mantenía la declaración original respecto al domingo pasado, y por este lado se encubría el perjurio. Pero entonces la carta no llegaba dos días, sino toda una semana más tarde que el correo. Ahora el perjurio recae sobre la carta, en vez de recaer sobre el correo. A los juramentos de Stieber les sucede como al campesino de Lutero: si se le ayuda a montar por un lado, se cae por el otro.

En la sesión del 3 de noviembre, por fin, el teniente de policía Goldheim, de Berlín, declara que el teniente de policía Greif, de Londres, entregó el libro de actas a Stieber en presencia suya y del director de policía Wermuth el 11 de octubre, es decir, un lunes. Goldheim declara, pues, a Stieber culpable de doble perjurio.

Marx echó al correo la carta para Kothes, como prueba el sobre original con el matasellos de Londres, el jueves 14 de octubre. La carta debió, pues, llegar el viernes 15 de octubre por la tarde. Un correo que hubiera entregado la dirección de Kothes y el libro de actas original dos días antes de la llegada de esta carta, habría tenido que llegar el miércoles 13 de octubre. Pero no pudo llegar ni el 17 de octubre, ni el 10, ni el 11.

Greif, como correo, llevó ciertamente a Stieber su libro de actas original desde Londres. Lo que había detrás de este libro, lo sabía Stieber tan exactamente como su compinche Greif. Por eso vacilaba en presentarlo al tribunal, pues esta vez no se trataba de declaraciones tras las rejas de Mazas. Entonces llegó la carta de Marx. Con esto, Stieber estaba salvado. Kothes es una mera dirección, pues la misiva misma no va dirigida a Kothes, sino a la B latina que se encuentra en el reverso del escrito cerrado e incluido. Kothes es, pues, de hecho, una mera dirección. Supongamos ahora que sea una dirección
secreta.
Supongamos además que sea la dirección secreta bajo la cual Marx mantiene correspondencia con los acusados de Colonia. Supongamos finalmente que nuestros agentes de Londres hubieran enviado por el mismo correo, simultáneamente, el libro de actas original y esta dirección secreta, pero que la carta hubiera llegado dos días más tarde que el correo, la dirección y el libro de actas. Matamos así dos pájaros de un tiro. Primero, probamos la correspondencia secreta con Marx; segundo, probamos la autenticidad del libro de actas original. La autenticidad del libro de actas original está probada por la exactitud de la dirección; la exactitud de la dirección está probada por la carta. La fiabilidad y veracidad de nuestros agentes está probada por la dirección y la carta; la autenticidad del libro de actas original está probada por la

fiabilidad y veracidad de nuestros agentes. Quod erat demonstrandum. <Lo que había que demostrar.> Luego, la divertida comedia con el agente foráneo; después, detenciones misteriosas; el público, los jurados y hasta los acusados se quedarán como heridos por un rayo.

Pero, ¿por qué Stieber, que tan fácil le hubiera sido, no hizo llegar a su
correo extraordinario
el 13 de octubre? Porque entonces no habría sido extraordinario; porque la cronología, como hemos visto, es su punto débil y el vulgar calendario está por debajo de la dignidad de un consejero de policía prusiano. Además, se guardó el sobre original de la carta; ¿quién iba, pues, a descubrir el pastel?

En su declaración, sin embargo, Stieber se comprometió de antemano al silenciar un hecho. Si sus agentes conocían la dirección de Kothes, conocían también al hombre que ocultaba la misteriosa B en el reverso de la carta interior. Stieber estaba tan poco iniciado en los misterios de la B latina, que el 17 de octubre hizo registrar a Becker en la cárcel para encontrar en su poder la carta de Marx. Sólo por la declaración de Kothes supo que la B designaba a Bermbach.

Pero, ¿cómo había caído la carta de Marx en manos del gobierno prusiano? Muy sencillo. El gobierno prusiano viola regularmente la correspondencia confiada a su correo, y así lo hizo durante el proceso de Colonia con especial perseverancia. Aquisgrán y Fráncfort del Meno pueden dar fe de ello. Es pura casualidad lo que se escapa o lo que se atrapa.

Con el correo original cayó también el libro de actas original. Stieber, naturalmente, no sospechaba esto aún en la sesión del 23 de octubre, cuando reveló triunfante el contenido del Nuevo Testamento, del libro rojo. El resultado inmediato de sus declaraciones fue la nueva detención de Bermbach, que asistía a las sesiones del tribunal como testigo.

¿Por qué fue detenido de nuevo Bermbach?

¿Por los papeles hallados en su domicilio? No, pues tras el registro fue puesto de nuevo en libertad. Su detención tuvo lugar 24 horas después que la de Kothes. Si hubiera poseído documentos comprometedores, éstos habrían desaparecido sin duda. ¿Por qué, entonces, la detención del testigo Bermbach, mientras los testigos Hentze, Hätzel, Steingens, cuyo conocimiento o participación en la Liga estaban constatados, permanecían tranquilamente sentados en el banco de los testigos?

Bermbach había recibido una carta de Marx que contenía una simple crítica de la acusación y nada más. Stieber admitió el hecho —pues

la carta estaba ante los jurados—. Sólo expresó el hecho en su manera policiaco-hiperbólica como sigue: «El mismo Marx, desde Londres, ejerce una influencia constante sobre el presente proceso.» Y los jurados se preguntaban a sí mismos, como Guizot a sus electores: Est-ce que vous vous sentez corrompus? <¿Se sienten ustedes sobornados?> ¿Por qué, entonces, la detención de Bermbach? El gobierno prusiano trató, desde el comienzo de la investigación, de cortar a los acusados los medios de defensa de manera
principista
y
sistemática.
A los abogados, según declararon en sesión pública, se les prohibió, en directa contradicción con la ley, toda comunicación con los acusados, incluso después de la notificación del acta de acusación. Desde el 5 de agosto de 1851, Stieber, según sus propias palabras, estaba en posesión del archivo Dietz. El archivo Dietz no fue adjuntado al acta de acusación. Sólo el 18 de octubre de 1852, en plena sesión pública, se lo hace aparecer, y únicamente en la medida que a Stieber le parece bien. Jurados, acusados y público debían ser sorprendidos, tomados por asalto; los abogados debían verse desarmados ante la sorpresa policial.

¡Y más aún desde la presentación

del libro de actas original! El gobierno prusiano temblaba ante las revelaciones. Pero Bermbach había recibido material de defensa de Marx; era previsible que recibiera aclaraciones sobre el libro de actas. Con su detención se proclamó un nuevo crimen: la correspondencia con Marx, y se conminó con pena de prisión este crimen. Con ello se pretendía disuadir a todo ciudadano prusiano a prestarse como destinatario. A bon entendeur demi mot. <Al buen entendedor, pocas palabras.> Bermbach fue
encerrado
para
excluir
el material de defensa. Y Bermbach permanece preso cinco semanas. Si se le hubiera dejado en libertad inmediatamente después de terminado el procedimiento, los tribunales prusianos habrían proclamado abiertamente su servil sumisión sin voluntad a la policía prusiana. Bermbach estaba preso ad majorem gloriam <para mayor gloria> de los jueces prusianos.

Stieber jura que

"Marx, tras la detención de los acusados de Colonia, reagrupó en Londres las ruinas de su partido y formó con unas dieciocho personas una nueva autoridad central", etc.

Estas ruinas nunca se habían dispersado, sino que estaban tan unidas que desde septiembre de 1850 formaban constantemente una private society <sociedad privada>. Stieber las hace desaparecer por un decreto para, tras la detención

de los acusados de Colonia, hacerlas revivir con otro decreto, y precisamente como nueva autoridad central.

El lunes 25 de octubre llegó a Londres la "Kölnische Zeitung" con el informe sobre la declaración de Stieber del 23 de octubre.

El "partido de Marx" no había formado ninguna nueva autoridad central ni llevado actas de sus reuniones. Descubrió de inmediato al principal fabricante del Nuevo Testamento:
Wilhelm Hirsch, de Hamburgo.

Hirsch se presentó a principios de diciembre de 1851 en la “Sociedad Marx” como refugiado comunista. Cartas procedentes de Hamburgo lo denunciaron al mismo tiempo como espía. Se acordó, no obstante, tolerarlo provisionalmente en la sociedad, vigilarlo y procurarse pruebas de su culpabilidad o inocencia. En la reunión del 15 de enero de 1852 se leyó una carta llegada de Colonia, en la cual un amigo de Marx mencionaba la nueva dilación del proceso y la dificultad de obtener acceso a los presos, incluso para los parientes. En esta ocasión se menciona a la señora Dr. Daniels. Llamó la atención que, a partir de esta sesión, no se volvió a ver a Hirsch ni en la “vecindad inmediata” ni en la perspectiva. El 2 de febrero de 1852 recibió Marx aviso de Colonia de que se había practicado un registro domiciliario en casa de la señora Dr. Daniels, a raíz de una denuncia policial según la cual una carta de la señora Daniels a Marx había sido leída en la sociedad comunista de Londres y se había encargado a Marx que respondiera a la señora Dr. Daniels, que Marx se ocupaba de reorganizar la Liga en Alemania, etc. Esta denuncia constituye, al pie de la letra, la primera página del original libro de actas. — Marx respondió de inmediato: como la señora Daniels nunca le había escrito, no podía haber leído carta alguna suya. Toda la denuncia era invención de un tal Hirsch, un joven disoluto al que no le importa endilgar a la policía prusiana, por dinero contante, tantas mentiras como ella desee.

Desde el 15 de enero, Hirsch había desaparecido de las reuniones; ahora se le excluía definitivamente de la sociedad. Al mismo tiempo se decidió cambiar de local y de día de reunión. Hasta entonces se habían reunido en Farringdon Street, City, en casa de J. W. Masters, Markethouse, y precisamente los
jueves
. Ahora se trasladó el día de reunión al
miércoles
y el local a la Rose and Crown Tavern, Crown Street, Soho. Hirsch, a quien “el director de policía Schulz supo colocar, sin ser reconocido, en las cercanías de Marx”, ignoraba, pese a esa “cercanía”, ocho meses después, tanto el local como el día de reunión. Antes y después de febrero persistió en fabricar su
“original libro de actas”
en jueves y en fecharlo en

un jueves. Consúltese la “Kölnische Zeitung” y se encontrará: acta del 15 de enero (jueves), ítem 29 de enero (jueves), y 4 de marzo (jueves), y 13 de mayo (jueves), y 20 de mayo (jueves), y 22 de julio (jueves), y 29 de julio (jueves), y 23 de septiembre (jueves) y 30 de septiembre (jueves).

El tabernero de la Rose and Crown Tavern declaró ante el magistrado de Marlborough Street que la “sociedad del Dr. Marx” se reunía en su casa todos los miércoles desde febrero de 1852. Liebknecht y Rings, nombrados por Hirsch secretarios de su original libro de actas, hicieron autenticar sus firmas ante el mismo magistrado. Finalmente, se obtuvieron las actas que Hirsch había llevado en la asociación obrera de Stechan, con lo que se pudo comparar su escritura con la del original libro de actas.

De este modo quedó probada la falsedad del original libro de actas, sin que fuera necesario entrar en la crítica de un contenido que se disuelve en sus propias contradicciones.

La dificultad consistía en hacer llegar los documentos a los abogados. El correo prusiano no era más que un puesto avanzado, instalado desde las fronteras del Estado prusiano hasta Colonia, para cortar el suministro de armas a los defensores.

Hubo que recurrir a rodeos, y los primeros documentos, enviados el 25 de octubre, no pudieron llegar a Colonia hasta el 30 de octubre.

Por tanto, los abogados tuvieron que atenerse, en un primer momento, a los medios de defensa escasamente accesibles en la propia Colonia. Stieber recibió el primer golpe de un lado de donde no lo esperaba. El consejero de justicia Müller, padre de la señora Dr. Daniels, jurista respetado y ciudadano conocido por su orientación conservadora, declaró en la “Kölnische Zeitung” del 26 de octubre que su hija jamás había mantenido correspondencia con Marx y que el libro original de Stieber era una “mixtificación”. La carta enviada a Colonia el 3 de febrero de 1852, en la que Marx calificaba a Hirsch de mouchard y de fabricante de falsos apuntes policiales, fue encontrada casualmente y entregada a la defensa. En la declaración de salida del “Partido Marx” de la asociación de Great Windmill, que se hallaba en el archivo Dietz, figuraba la escritura auténtica de W. Liebknecht. Finalmente, el abogado Schneider II recibió del secretario de la administración de pobres de Colonia, Birnbaum, auténticas cartas de Liebknecht, y del amanuense privado Schmitz, auténticas cartas de Rings. En la secretaría del tribunal los abogados cotejaron el libro de actas, en parte con la escritura de Liebknecht en la declaración de salida, en parte con cartas de Rings y de Liebknecht.

Stieber, ya inquieto por la declaración del consejero de justicia Müller, tuvo noticia de estos exámenes caligráficos que anunciaban desgracias. Para anticiparse al golpe amenazante, interviene de nuevo en la sesión del 27 de octubre y declara:

“La circunstancia de que la firma de Liebknecht que aparecía en el libro difiriese mucho de otra que ya obraba en los autos le había parecido muy sospechosa. Por ello había hecho nuevas indagaciones y había oído que el firmante de las actas en cuestión se llamaba H. Liebknecht, mientras que al nombre que figura en los autos le precede una W.”

A la pregunta del abogado Schneider II: “Quién le ha comunicado que exista también un H. Liebknecht”, Stieber se niega a contestar. Schneider II le pregunta además por las personas de Rings y Ulmer, que figuran junto a Liebknecht como secretarios en el libro de actas. Stieber presiente una nueva trampa. Tres veces se hace el sordo a la pregunta e intenta ocultar su turbación, intenta serenarse repitiendo tres veces sin motivo alguno cómo llegó a poseer el libro de actas. Por fin balbucea: Rings y Ulmer quizá no sean nombres reales, sino meros “nombres de la Liga”. La constante mención en el libro de actas de la señora Daniels como corresponsal de Marx la explica Stieber diciendo que quizá haya que leer señora Dr. Daniels y entender candidato a notario Bermbach. El abogado v. Hontheim le interpela por lo de Hirsch.

“Tampoco a ese Hirsch —jura Stieber— lo conozco. Pero que no sea, como corre el rumor, un agente prusiano, se desprende de que por parte prusiana se le ha vigilado.”

A una seña suya, Goldheim zumba:

“En octubre de este año 1851 fue enviado a Hamburgo para apoderarse de Hirsch.”

Veremos cómo ese mismo Goldheim al día siguiente es enviado a Londres para apoderarse del mismo Hirsch. ¡Así, el mismo Stieber que afirma haber comprado por dinero contante el archivo Dietz y el original libro de actas a refugiados, ese mismo Stieber sostiene ahora que Hirsch no puede ser agente prusiano porque es refugiado! Según le convenga, basta con ser refugiado para obtener de Stieber la garantía de la venalidad absoluta o la garantía de la incorruptibilidad absoluta. ¿Y no es Fleury, a quien el propio Stieber denuncia como agente de policía en la sesión del 3 de noviembre, no es ese Fleury también refugiado político?

Después de que se hayan abierto así brechas por todos lados en su original libro de actas, Stieber resume el 27 de octubre con un descaro clásico de la siguiente manera:

“Su convicción acerca de la autenticidad del libro de actas es más firme que nunca.”

En la sesión del 29 de octubre, el perito coteja las cartas de Liebknecht y Rings presentadas por Birnbaum y Schmitz con el libro de actas y declara
falsas
las firmas del libro de actas.

En el discurso de acusación, el procurador jefe Seckendorf declara:

“Los datos recabados en el libro de actas concuerdan con hechos constatados en otros lugares. Sólo que el ministerio público es totalmente incapaz de probar la autenticidad del libro.”

El libro es auténtico, pero faltan las pruebas de la autenticidad. ¡Nuevo Testamento! Seckendorf prosigue:

“Pero la defensa misma ha probado que en el libro hay, cuando menos, muchas cosas verdaderas, al darnos información acerca de la actividad de Rings, mencionado en él, de la cual hasta ahora nadie sabía nada.”

Si hasta ahora nadie sabía nada acerca de la actividad de Rings, el libro de actas no da información alguna al respecto. Por tanto, las declaraciones sobre la actividad de Rings no podían confirmar el
del libro de actas, y en lo tocante a su
forma
demostraban que la firma de un miembro del “Partido Marx” era
en verdad
falsa, imitada. Así pues, según Seckendorf, probaban “que en el libro hay, cuando menos, muchas cosas verdaderas”, a saber, una
verdadera falsificación
. El procurador jefe (Saedt-Seckendorf) y la dirección de correos habían abierto, conjuntamente con Stieber, la carta a Kothes. Conocían, por tanto, la fecha de su llegada. Sabían, pues, que Stieber juró en falso cuando hizo llegar al correo el 17 y más tarde el 10 de octubre, y la carta no hasta el 19 y luego el 12. Eran sus cómplices.

En la sesión del 27 de octubre Stieber trató en vano de mantener la compostura. Cada día temía la llegada de los documentos incriminatorios procedentes de Londres. Stieber se sentía indispuesto, y el Estado prusiano encarnado en él se sentía indispuesto. La exposición ante el público había alcanzado una altura peligrosa. Por ello, el teniente de policía Goldheim fue enviado el 28 de octubre a Londres para salvar la patria. ¿Qué hizo Goldheim en Londres? Intentar, con ayuda de Greif y Fleury, mover a Hirsch a que fuera a Colonia y jurara la autenticidad del libro de actas bajo el nombre de
H. Liebknecht
. A Hirsch se le ofreció una

pensión estatal en toda regla, pero Hirsch poseía su instinto policial tan bien como Goldheim. Hirsch sabía que no era ni procurador ni teniente de policía ni consejero de policía y que, por tanto, no estaba privilegiado para el perjurio. Hirsch barruntaba que lo dejarían caer en cuanto el asunto se torciera. Hirsch no quería hacer de macho cabrío, y mucho menos de chivo expiatorio. Hirsch se negó rotundamente. Pero queda la gloria, para el gobierno cristiano-germánico de Prusia, de haber intentado comprar a un testigo falso en un procedimiento criminal en el que se trataba de las cabezas de sus propios compatriotas acusados.

Goldheim regresa, pues, a Colonia sin haber conseguido nada.

En la sesión del 3 de noviembre, terminado el discurso de acusación, antes de comenzar la defensa, a última hora, Stieber interviene de nuevo de improviso.

“Él —jura Stieber— ha hecho ahora nuevas investigaciones acerca del libro de actas. Ha enviado de Colonia a Londres al teniente de policía Goldheim y le ha encargado que realice esas investigaciones. Goldheim partió el 28 de octubre y regresó el 2 de noviembre. Aquí está Goldheim.”

A una seña de su amo, Goldheim se adelanta zumbando y jura:

«Según declaró, al llegar a Londres, se dirigió en primer lugar al teniente de policía Greif; éste lo condujo al agente de policía Fleury, en el barrio de Kensington, por ser dicho agente quien había entregado el libro a Greif. Fleury se lo habría confesado a él, el testigo Goldheim, afirmando que realmente había recibido el libro de un miembro del partido de Marx, de nombre H. Liebknecht. Fleury habría reconocido expresamente el recibo de H. Liebknecht por el dinero recibido a cambio del libro. El testigo no había podido echar mano del propio Liebknecht en Londres, ya que éste, según la afirmación de Fleury, habría evitado mostrarse en público. Él, el testigo, habría adquirido en Londres la convicción de que el contenido del libro, descontados algunos errores,
era del todo auténtico
. En particular, se lo habrían confirmado agentes fidedignos que habrían asistido a las sesiones de Marx, pero el libro no era un libro de actas original, sino tan sólo un
cuaderno de apuntes
sobre los acontecimientos en las sesiones marxianas. Para la manera, aún no del todo esclarecida, como se originó el libro, no hay más que dos caminos. O bien procede realmente, como el agente afirma con seguridad, de Liebknecht, quien, para no poner en claro su traición, habría evitado entregar su letra, o bien el agente Fleury habría recibido los apuntes para el libro de otros dos amigos de Marx, los refugiados Dronke e Imandt, y habría dado a esos apuntes la forma de un libro de actas original con el fin de dar a su mercancía un valor tanto más alto. En efecto, el teniente de policía Greif habría comprobado oficialmente que Dronke e Imandt habían frecuentado a menudo a Fleury... El testigo Goldheim asegura haberse convencido en Londres de que todo lo que anteriormente se ha afirmado acerca de las sesiones secretas en casa de Marx, acerca de las conexiones entre Londres y Colonia, sobre la correspondencia secreta, etc., corresponde plenamente a la verdad. Como prueba de lo bien informados que siguen estando aún hoy los agentes prusianos en Londres, el testigo Goldheim aduce que el 27 de octubre tuvo lugar una sesión del todo secreta en casa de Marx, en la cual se habría deliberado sobre las medidas que debían tomarse contra el libro de actas y, en particular, contra el consejero de policía Stieber, muy molesto para el partido de Londres. Las resoluciones y los documentos correspondientes habrían sido enviados de manera del todo secreta al abogado defensor Schneider II. Entre los papeles enviados a Schneider II se encontraría, en particular, además, una carta privada que el mismo Stieber había escrito a Marx en 1848 en Colonia y que Marx habría mantenido muy secreta porque esperaba comprometer con ella al testigo Stieber.»

El testigo
Stieber
se adelanta de un salto y declara que había escrito en aquella época a Marx a causa de una calumnia infame, amenazándole con un proceso, etcétera.

«Nadie fuera de Marx y él podría saberlo, y ésta es ciertamente la mejor prueba de la exactitud de las comunicaciones llegadas de Londres.»

Así pues, según Goldheim, el libro de actas original, quitadas las partes falsas,
«es del todo auténtico»
. Lo que le ha convencido de su autenticidad es precisamente la circunstancia de que el libro de actas original no sea un libro de actas original, sino tan sólo un
«cuaderno de apuntes»
. ¿Y Stieber? Stieber no cae de las nubes, sino que se le quita una piedra del corazón. Antes del cierre de la sesión, cuando apenas ha dejado de resonar la última palabra de la acusación y aún no ha sonado la primera palabra de la defensa, Stieber hace que su Goldheim transforme rápidamente el libro de actas original en un cuaderno de apuntes. Si dos policías se acusan mutuamente de mentir, ¿no prueba eso que ambos se entregan a la verdad? Stieber se ha cubierto la retirada por medio de Goldheim.

Goldheim jura

«haberse dirigido, al llegar a Londres, en primer lugar al teniente de policía Greif; éste lo condujo al agente de policía Fleury, en el barrio de Kensington».

¿Quién no jurará ahora que el pobre Goldheim corrió y viajó hasta cansarse con el teniente de policía Greif, antes de llegar, en el remoto barrio de Kensington, a casa de Fleury? Pero el teniente de policía Greif vive en casa del agente de policía Fleury, y precisamente en el piso superior de la casa de Fleury, de modo que, en realidad, no fue Greif quien condujo a Goldheim a Fleury, sino Fleury quien condujo a Goldheim a Greif.

«¡El agente de policía Fleury en el barrio de Kensington!» ¡Qué precisión! ¿Podéis aún dudar de la veracidad del gobierno prusiano, que denuncia a sus propios mouchards, con nombre y domicilio, con todos sus pelos y señales? Si el libro de actas es falso, dirigiros simplemente al «agente de policía Fleury en Kensington». Sí, claro. Al secretario privado Pierre en el distrito 13. Cuando se quiere especificar a un individuo no se menciona sólo su apellido, sino también su nombre de pila. No
Fleury
, sino
Charles
Fleury. Se designa al individuo por el negocio que lleva públicamente, no por un oficio que ejerce en secreto. Por tanto,
el comerciante Charles Fleury
, no el agente de policía Fleury. Y cuando se quiere indicar su domicilio, no se designa sólo un barrio londinense, que en sí mismo es otra ciudad, sino barrio, calle y número de la casa. Por tanto, no agente de policía Fleury en Kensington, sino
comerciante Charles Fleury
,
17 Victoria Road
,
Kensington
.

Pero «
teniente de policía
Greif», eso está dicho al menos sin pelos en la lengua. Ahora bien, cuando el teniente de policía Greif se adscribe en Londres a la legación y el teniente se convierte en attaché, esto es un attachement que no incumbe a los tribunales. Los impulsos del corazón son la voz del destino.

Así pues, el teniente de policía Goldheim asegura que el agente de policía Fleury asegura haber recibido el libro de un hombre que asegura realmente ser H. Liebknecht, y a quien Fleury le habría incluso extendido un recibo. Sólo que Goldheim no pudo «echar mano» de H. Liebknecht en Londres. Goldheim pudo, por tanto, quedarse tranquilamente en Colonia, pues la aseveración del consejero de policía Stieber no se vuelve más consistentemente al aparecer sólo como una aseveración del teniente de policía Goldheim, la cual avala el teniente de policía Greif, a quien a su vez el agente de policía Fleury hace el favor de avalar su aseveración.

Sin dejarse perturbar por sus poco alentadoras experiencias londinenses, Goldheim, con esa gran capacidad de convicción que le es propia y que debe sustituir en él a la capacidad de juicio, se ha convencido «
plenamente
» de que «
todo
» lo que Stieber ha jurado sobre el «partido de Marx», sus conexiones con Colonia, etc., «
todo, plenamente
, corresponde a la verdad». Y ahora, después de que su subalterno Goldheim le ha extendido un testimonium paupertatis, ¿no estaría cubierto aún el consejero de policía Stieber? Un resultado ha alcanzado Stieber con su modo de jurar: ha invertido la jerarquía prusiana. ¿No creéis al consejero de policía? Bien. Se ha comprometido. Entonces creeréis al teniente de policía. ¿No creéis al teniente de policía? Mejor aún. Entonces no os queda más remedio que creer por lo menos al agente de policía, alias mouchardus vulgaris. Esa herética confusión de conceptos la provoca
Stieber el jurador
.

Después de haber aportado Goldheim hasta ahora la prueba de que en Londres ha constatado la inexistencia del libro de actas original y, respecto a la existencia de H. Liebknecht, sólo que no se le puede «echar mano» en Londres; después de haberse convencido precisamente por ello de que «todas» las declaraciones de Stieber sobre el «partido de Marx» «corresponden plenamente a la verdad», tiene que suministrar por fin, además de esos argumentos negativos, en los que según Seckendorf reside ciertamente «mucho de verdad», también el argumento positivo de «lo bien informados que siguen estando aún hoy los agentes prusianos en Londres». Como prueba aduce que el 27 de octubre tuvo lugar una «sesión del todo secreta en casa de Marx». En esa sesión del todo secreta se habría deliberado sobre las medidas contra el libro de actas y el «muy molesto» consejero de policía Stieber. Los decretos y resoluciones correspondientes habrían sido enviados «del todo secretamente al abogado Schneider II».

Aunque los agentes prusianos asistían a esas sesiones, el camino que tomaban esas cartas les resultó, sin embargo, tan «del todo secreto» que el correo no pudo interceptarlas a pesar de todos sus esfuerzos. Oíd cómo chirría aún, melancólicamente, el grillo en el viejo muro:

«Las cartas y los documentos correspondientes habrían sido enviados del todo secretamente al abogado Schneider II.»

Del todo secreto para los agentes secretos de Goldheim.

Las resoluciones imaginarias sobre el libro de actas no pueden haber sido tomadas el 27 de octubre en la sesión del todo secreta en casa de Marx, puesto que Marx envió ya el 25 de octubre los informes principales sobre la falsedad del libro de actas, no ciertamente a Schneider II, pero sí al señor von Hontheim.

Que en general se hubieran enviado documentos a Colonia no se lo dijo a la policía sólo su mala conciencia. El 29 de octubre llegó Goldheim a Londres. El 30 de octubre encontró Goldheim en el «Morning Advertiser», en el «Spectator», en el «Examiner», en el «Leader», en el «Peoples' Paper» una declaración, firmada por Engels, Freiligrath, Marx y Wolff, en la cual éstos remitían al público inglés a las revelaciones que la defensa aportaría sobre la forgery, perjury, falsification of documents, en suma, sobre las infamias de la policía prusiana. Tan «del todo secreto» se mantuvo el envío de los documentos, que el «partido de Marx» informó de ello públicamente al público inglés, aunque, ciertamente, sólo el 30 de octubre, después de haber llegado Goldheim a Londres y los documentos a Colonia.

No obstante, también el 27 de octubre se enviaron documentos a Colonia. ¿Por dónde se enteró de ello la omnisciente policía prusiana?

La policía prusiana no actuaba de manera del todo secreta, como el «partido de Marx». Antes bien, había apostado de manera del todo pública, desde hacía semanas, a dos de sus mouchards delante de la casa de Marx, los cuales le observaban desde la calle du soir jusqu'au matin et du matin jusqu'au soir y le seguían a todas partes. Ahora bien, el 27 de octubre, Marx había hecho autentificar oficialmente los documentos del todo secretos, que contenían las verdaderas letras de Liebknecht y Rings y la declaración del dueño de la Crown Tavern sobre el día de la reunión, esos documentos del todo secretos, en el tribunal de policía, del todo público, de Marlborough Street, en presencia de los reporteros de la prensa diaria inglesa. Los ángeles de la guarda prusianos le siguieron de su vivienda a Marlborough Street y de Marlborough Street de vuelta a su vivienda, y de su vivienda de nuevo al correo. Sólo desaparecieron cuando Marx hizo una gestión del todo secreta ante el magistrado de policía del barrio para obtener una orden de detención contra sus dos «seguidores».

Por lo demás, el gobierno prusiano disponía aún de otro camino. Marx envió, en efecto, los documentos autentificados el 27 de octubre y datados el 27 de octubre directamente por correo a Colonia, para poner a salvo el
duplicado
del todo secretamente
despachado
de esos mismos documentos de las garras del águila prusiana. El correo y la policía de Colonia sabían, pues, que Marx había remitido documentos datados el 27 de octubre, y Goldheim no necesitaba viajar a Londres para descubrir el secreto.

Goldheim siente que tiene que indicar por fin «en particular» alguna cosa, algo que se hubiera acordado enviar a Schneider II en la «sesión del todo secreta del 27 de octubre», y
menciona
la carta dirigida por Stieber a Marx. Desgraciadamente, Marx no envió esa carta el 27, sino el 25 de octubre, y no a Schneider II, sino al señor von Hontheim. Pero ¿de dónde sabía la policía que Marx conservaba aún la carta de Stieber y que la enviaría a la defensa? Mas dejemos que Stieber vuelva a adelantarse de un salto.

Stieber espera disuadir a Schneider II de la lectura de la carta que tanto le «desagrada», jugando a tomar la iniciativa. Si Goldheim dice que Schneider II posee mi carta, y precisamente por «estar en relación criminal con Marx», calcula Stieber, entonces Schneider II suprimirá la carta para demostrar que los agentes de Goldheim están mal informados y que él mismo no mantiene relación criminal alguna con Marx. Stieber se anticipa, pues, indicando falsamente el contenido de la carta y concluye con la sorprendente exclamación:

«Nadie fuera de él y de Marx podría saber esto, y ésta es ciertamente la mejor prueba de la credibilidad de las comunicaciones llegadas de Londres.»

Stieber posee un método peculiar para mantener ocultos los secretos que le resultan desagradables. Cuando él no habla, todo el mundo debe callar. Fuera de él y de cierta dama entrada en años, «nadie puede saber» que en otro tiempo vivió homme entretenu <hombre mantenido> en las cercanías de Weimar. Pero si Stieber tenía todas las razones para que nadie, salvo Marx, supiera de la carta, Marx tenía todas las razones para hacérsela saber a todo el mundo, excepto a Stieber. Ahora se conoce la
mejor prueba
de las comunicaciones llegadas de Londres. ¿Qué tal será entonces la peor prueba de Stieber?

Pero Stieber vuelve a jurar a sabiendas un perjurio cuando dice: «nadie fuera de mí y de Marx podría saber esto». Él sabía que no había sido Marx, sino otro redactor de la "Rheinische Zeitung" quien había respondido a su carta. Ese era, en cualquier caso, «alguien fuera de él y de Marx». Para que aún más personas lo sepan, reproducimos aquí la carta:

«En el núm. 177 de la "Neue Rheinische Zeitung" aparece una noticia de corresponsalía desde Frankfurt del Meno, fechada el 21 de diciembre, que contiene la infame mentira de que yo habría ido a Frankfurt como espía de policía para, bajo la apariencia de convicciones democráticas, identificar a los asesinos del príncipe Lichnowski y del general Auerswald. Efectivamente, estuve en Frankfurt el 21; permanecí allí un solo día y tuve que despachar, como podrán ver ustedes por el certificado que adjunto, tan solo un asunto privado de la señora von Schwezler, de esta ciudad. Hace tiempo que regresé a Berlín, donde he reanudado mi actividad como defensor. Por lo demás, les remito a la rectificación oficial ya publicada en esta materia en el núm. 338 del "Frankfurter Oberpostamts-Zeitung" del 21 de diciembre y en el núm. 248 de la "National-Zeitung" de aquí. Confío en que su amor a la verdad me permitirá esperar que publiquen ustedes inmediatamente en su periódico la rectificación adjunta y que me faciliten el nombre del remitente de la mendaz noticia, conforme a la obligación que legalmente les incumbe, pues no puedo dejar sin sanción semejante calumnia y, de no hacerlo así, me veré obligado, muy a mi pesar, a dar pasos contra la muy estimable redacción.

Creo que la democracia, en los últimos tiempos, no tiene con nadie mayor deuda de gratitud que conmigo precisamente. He sido yo quien ha arrancado de las redes de la justicia criminal a centenares de demócratas acusados. He sido yo quien, incluso bajo el estado de sitio en esta ciudad, cuando los cobardes y miserables sujetos (los llamados demócratas) hacía tiempo que habían abandonado el campo, me he enfrentado intrépida y diligentemente a las autoridades, y así lo sigo haciendo hoy. Si los órganos democráticos me tratan de este modo, no es ciertamente un estímulo para ulteriores empeños.

Lo mejor del caso presente es, sin embargo, la torpeza de los órganos democráticos. El rumor de que yo iba a Frankfurt como agente de policía fue lanzado por primera vez por la "Neue Preußische Zeitung", ese notorio órgano de la reacción, para socavar mi actividad como defensor, que le resultaba molesta. Los demás periódicos berlineses lo han rectificado hace tiempo. Pero los órganos democráticos son tan poco hábiles que repiten como un papagayo una mentira tan estúpida. Si yo hubiera querido ir a Frankfurt como espía, ciertamente no lo habría anunciado antes en todos los periódicos; además, ¿cómo iba Prusia a enviar un funcionario de policía a Frankfurt, donde hay de sobra funcionarios conocidos como tales? La estupidez ha sido siempre un defecto de la democracia, y la astucia dio la victoria a sus adversarios.

Asimismo, es una infame mentira que yo haya sido espía de policía hace años en Silesia. Fui entonces funcionario de policía públicamente nombrado y, como tal, cumplí con mi deber. Son mentiras infames las que se han difundido sobre mí. Que alguien comparezca y demuestre que yo me haya insinuado subrepticiamente junto a él. Mentir y afirmar, cualquiera puede hacerlo. Espero, pues, de usted, a quien tengo por un hombre honrado y decente, una pronta y satisfactoria respuesta. Los periódicos democráticos han caído en el descrédito entre nosotros por sus muchas mentiras; no vayan ustedes a perseguir el mismo objetivo.

Berlín, 26 de diciembre de 1848

Muy atentamente,

Stieber, Doctor en Derecho, etc., Berlín,

Ritterstraße 65»

Ahora bien, ¿cómo supo Stieber que el 27 de octubre su carta había sido enviada por Marx a Schneider II? Sin embargo, no fue enviada el 27, sino el 25 de octubre, y no a Schneider II, sino a v. Hontheim. Stieber sabía, pues, únicamente que la carta aún existía, y barruntó que Marx la comunicaría a algún defensor. ¿De dónde le venía esa intuición? Cuando la "Kölnische Zeitung" llevó a Londres la declaración de Stieber del 18 de octubre acerca de Cherval, etc., Marx escribió a la "Kölnische Zeitung", a la "Berliner National-Zeitung" y al "Frankfurter Journal" una declaración fechada el 21 de octubre, al final de la cual se amenaza a Stieber con la carta, que aún obraba en su poder. Para mantener la carta «completamente secreta», el propio Marx la anuncia en los periódicos. Fracasa ante la cobardía de la prensa diaria alemana, pero el correo prusiano estaba ya aleccionado, y con el correo prusiano, su... Stieber.

¿Qué ha trinado, pues, Goldheim desde Londres?

Que Hirsch no comete perjurio, que H. Liebknecht no posee una existencia «aprehensible» y que el libro de protocolos original no es un libro de protocolos original, que los omniscientes agentes londinenses saben todo lo que el «partido de Marx» ha publicado en la prensa londinense. Para salvar el honor de los agentes prusianos, Goldheim les atribuye las escasas noticias estiberianas, obtenidas mediante violación y supresión de correspondencia.

En la sesión del 4 de noviembre, después de que Schneider II hubo aniquilado a Stieber y a su libro de protocolos, demostrándole culpable de falsificación y perjurio, Stieber se levanta por última vez y da rienda suelta a su indignación moral. Incluso —exclama con alma indignada—, incluso al señor Wermuth, al director de policía Wermuth, se atreve nadie a acusar de perjurio. Stieber ha vuelto, pues, a la escala ortodoxa, a la línea ascendente. Antes se movía en línea heterodoxa, descendente. Si no se quería creer a él, el consejero de policía, se creyera entonces a su teniente de policía; si no al teniente de policía, al agente de policía de éste; si no al agente Fleury, al subagente Hirsch. Ahora, al revés. Él,
el consejero de policía
, podría tal vez jurar en falso, ¿pero Wermuth,
un director de policía
? ¡Increíble! En su enojo, alaba a Wermuth con creciente amargura, brinda al público vermú puro, Wermuth como hombre, Wermuth como abogado, Wermuth como padre de familia, Wermuth como director de policía, Wermuth for ever <por siempre jamás>.

Incluso ahora, en sesión pública, sigue Stieber procurando mantener a los acusados au secret <completamente aislados> y levantar una barrera entre la defensa y el material de defensa. Acusa a Schneider II de «relación criminal» con Marx. Schneider, atacándole a él, atenta contra las supremas autoridades prusianas. Incluso el presidente de Assises, Göbel, un Göbel él mismo, se siente aplastado bajo el peso de Stieber. No puede por menos de hacerlo; aunque de manera temerosa y servil, deja caer algunos varazos sobre la nuca de Stieber. Pero Stieber, por su parte, tiene razón. No es su persona, es la procuraduría, el tribunal, el correo, el gobierno, la jefatura de policía de Berlín, son los ministerios, es la legación prusiana en Londres, en una palabra, es el Estado prusiano el que está con él en la picota, con el libro de protocolos original en la mano.

El señor Stieber tiene ahora permiso para mandar imprimir la respuesta de la "Neue Rheinische Zeitung" a su carta.

Regresemos una vez más con Goldheim a Londres.

Así como Stieber sigue sin saber dónde se encuentra Cherval y quién es realmente Cherval, la
manera como se originó
el libro de protocolos, según la declaración de Goldheim (sesión del 3 de noviembre), no está aún completamente esclarecida. Para esclarecerla, Goldheim ofrece dos hipótesis.

«Para el origen aún no del todo esclarecido del libro —dice— no hay más que dos caminos. O bien procede realmente, como el agente asegura terminantemente, de Liebknecht, quien, para no poner en evidencia su traición, habría evitado dar su propia letra.»

W. Liebknecht pertenece notoriamente al «partido de Marx». Pero la firma Liebknecht que figura en el libro de protocolos, tan notoriamente como lo anterior, no pertenece a W. Liebknecht. Por ello, en la sesión del 27 de octubre, Stieber jura que el poseedor de esa firma no es aquel W. Liebknecht, sino otro Liebknecht, un H. Liebknecht. Dice haber sabido de la existencia de este doble, sin poder indicar la fuente de su conocimiento. Goldheim jura: «Fleury habría afirmado haber recibido el libro realmente de un miembro del 'partido marxiano' llamado H. Liebknecht». Goldheim jura además: «No ha podido echar mano a ese H. Liebknecht en Londres». ¿Qué señal de existencia ha dado, pues, hasta ahora, el H. Liebknecht descubierto por Stieber al mundo en general y al teniente de policía Goldheim en particular? Ninguna señal de existencia, salvo su letra en el libro de protocolos original; pero ahora Goldheim declara: «Liebknecht habría evitado dar su propia letra».

H. Liebknecht existía hasta ahora únicamente como letra manuscrita. Ahora no queda, pues, nada de H. Liebknecht, ni siquiera una letra manuscrita, ni siquiera el punto sobre la i. De dónde sabe Goldheim que el H. Liebknecht, cuya existencia conoce a través de la letra del libro de protocolos, escribe con una letra distinta de la del libro de protocolos, eso sigue siendo un secreto de Goldheim. Si Stieber tiene sus milagros, ¿por qué no iba a tener Goldheim los suyos?

Goldheim olvida que su superior Stieber ya había jurado antes la existencia de H. Liebknecht, y que él mismo acaba de jurarla. En el mismo aliento con que jura sobre H. Liebknecht, recuerda que H. Liebknecht no era más que un recurso desesperado, una mentira de necesidad inventada por Stieber, y la necesidad no conoce ley. Recuerda que solo hay un Liebknecht auténtico, W. Liebknecht, pero que si W. Liebknecht es auténtico, la firma del libro de protocolos es falsa. No le está permitido confesar que el subagente de Fleury, Hirsch, ha fabricado con el falso libro de protocolos también la falsa firma. Por eso elabora la hipótesis: «Liebknecht habría evitado dar su firma». Hagamos también nosotros una hipótesis de una vez. Goldheim falsificó en otro tiempo billetes de banco. Se le lleva ante el tribunal, se demuestra que la firma que figura en el billete no es la del director del banco. «No me lo tomen a mal, señores —dirá Goldheim—, no me lo tomen a mal. El billete de banco es auténtico. Procede del mismísimo director del banco. Si su nombre no está extendido con su propia firma, sino con una firma falsa, ¿qué importa eso? Es que evitó dar su propia letra.»

O bien —prosigue Goldheim—, si la hipótesis sobre Liebknecht es falsa:

O bien, el agente Fleury habría recibido las notas para el libro de otros dos amigos de Marx, los emigrados Dronke e Imandt, y, para dar a su mercancía un valor tanto más alto, habría dado a esas notas la forma de un libro de actas original. A saber, se habría comprobado oficialmente por el teniente de policía Greif que Dronke e Imandt habían tratado con frecuencia con Fleury.

¿O? ¿Por qué «o»?

Cuando un libro, como el libro de actas original, está firmado por tres personas, por Liebknecht, Rings y Ulmer, nadie concluirá: «Procede de Liebknecht» —o de Dronke e Imandt, sino: Procede de Liebknecht o de Rings y de Ulmer. ¿Acaso el desdichado Goldheim, que se ha remontado una vez a un juicio disyuntivo —o lo uno, o lo otro—, diría ahora una vez más: «Rings y Ulmer han evitado dar su letra»? El propio Goldheim considera inevitable un nuevo giro.

Si el libro de actas original no procede de Liebknecht, como afirma el agente Fleury, entonces lo ha hecho el propio Fleury, pero las notas para ello las ha recibido de Dronke e Imandt, de quienes el teniente de policía Greif ha comprobado oficialmente que trataban con frecuencia con Fleury.

«Para dar a su mercancía un valor tanto más alto», dice Goldheim, Fleury da a las notas la forma de un libro de actas original. No solo comete un fraude, sino que falsifica firmas, todo «para dar a su mercancía un valor más alto». Un hombre tan concienzudo como este agente prusiano, que por codicia fabrica actas falsas, firmas falsas, es en todo caso incapaz de fabricar notas falsas. Así concluye Goldheim.

Dronke e Imandt no llegaron a Londres hasta abril de 1852, después de haber sido expulsados por las autoridades suizas. Pero un tercio del libro de actas original está compuesto por las actas de los meses de enero, febrero y marzo de 1852. Un tercio del libro de actas original lo ha hecho Fleury, por tanto, en todo caso, sin Dronke e Imandt, aunque Goldheim jure: O bien Liebknecht ha hecho el libro de actas, o bien Fleury lo ha hecho, pero según las notas de Dronke e Imandt. Goldheim lo jura, y Goldheim no es ciertamente Bruto, pero sí es Goldheim.

Pero así queda la posibilidad de que Dronke e Imandt hayan suministrado las notas a Fleury desde abril, pues, jura Goldheim:

«Se ha comprobado oficialmente por el teniente de policía Greif que Dronke e Imandt habían tratado con frecuencia con Fleury.»

Vayamos a ese trato.

Fleury no era conocido en Londres, como ya se ha señalado arriba, como agente de policía prusiano, sino como comerciante de la City, y por cierto como comerciante demócrata. Oriundo de Altenburg, había llegado a Londres como emigrado político, más tarde se había casado con una inglesa de familia distinguida y acaudalada, y vivía aparentemente retirado con su mujer y su suegro, un viejo cuáquero industrial. El 8 o el 9 de octubre, Imandt entró en «trato frecuente» con Fleury, a saber, en el trato de quien da clases. Según la declaración corregida de Stieber, el libro de actas original llegó a Colonia el 10 de octubre; según la declaración final de Goldheim, el 11. Así, cuando el hasta entonces completamente desconocido Imandt le daba su primera clase de francés, Fleury no solo había hecho encuadernar ya el libro de actas original en rojo tafilete, sino que lo había entregado ya al correo extraordinario que lo llevó a Colonia. Hasta tal punto redactó Fleury su libro de actas según las notas de Imandt. En cuanto a Dronke, Fleury lo vio solo una vez, por casualidad, en casa de Imandt, y precisamente el 30 de octubre, cuando el libro de actas original hacía ya tiempo que había vuelto a caer en su nada originaria.

Así, el gobierno cristiano-germánico no se contenta con forzar pupitres, robar papeles ajenos, obtener declaraciones falsas con artimañas, urdir falsos complots, forjar documentos falsos, prestar falsos juramentos, intentar el soborno para obtener falsos testimonios, todo ello para lograr la condena de los acusados de Colonia. Busca arrojar una sospecha infamante sobre los amigos londinenses de los acusados, para ocultar a su Hirsch, del que Stieber ha jurado que no lo conoce, y Goldheim, que no es un espía.

El viernes 5 de noviembre, la «Kölnische Zeitung» trajo a Londres el informe sobre la sesión de los Assises del 3 de noviembre con la declaración de Goldheim. Inmediatamente se recabaron informes sobre Greif y se supo ese mismo día que vivía en casa de Fleury. Al mismo tiempo, Dronke e Imandt se dirigieron con la «Kölner Zeitung» a casa de Fleury. Le hacen leer la declaración de Goldheim. Él palidece, intenta recuperar la compostura, finge asombro y se declara enteramente dispuesto a prestar testimonio contra Goldheim ante un magistrado inglés. Pero antes, dice, tiene que hablar con su abogado. Se fija una cita para la tarde del día siguiente, sábado 6 de noviembre. Fleury promete traer a esa cita su declaración oficialmente certificada. Naturalmente, no compareció. Por ello, Imandt y Dronke se dirigieron el sábado por la noche a su domicilio y encontraron allí la siguiente nota destinada a Imandt:

«Con ayuda del abogado todo está arreglado, el resto queda reservado para cuando se identifique a la persona. El abogado ha enviado el asunto hoy mismo. El negocio hizo necesaria mi presencia en la City. Quiera visitarme mañana, estaré en casa toda la tarde hasta las 5. Fl.»

Al otro lado de la hoja se encuentra la posdata:

«Acabo de llegar a casa, he tenido que salir con el señor Werner y mi mujer, de lo cual podrá usted convencerse mañana. Escríbame a qué hora quiere venir.»

Imandt dejó la siguiente respuesta:

«Estoy sumamente sorprendido de no encontrarle a usted en casa ahora, ya que tampoco se presentó usted esta tarde a la cita acordada. Debo confesarle que, por las circunstancias, mi juicio sobre usted está ya formado. Si tiene usted interés en enseñarme otra cosa, vendrá a mi casa, y ya mañana por la mañana, pues no puedo garantizarle que su condición de espía de la policía prusiana no sea tratada en los periódicos ingleses. Imandt.»

Fleury tampoco apareció el domingo por la mañana. Así pues, Dronke e Imandt se dirigieron de nuevo a su casa por la noche, para obtener su declaración, bajo la apariencia de que su confianza solo se había visto sacudida en el primer momento. Entre toda clase de vacilaciones e indecisiones se llegó a la declaración. En particular, Fleury titubeó cuando se le hizo notar que debía firmar no solo con su apellido, sino también con su nombre de pila. La declaración decía textualmente lo siguiente:

«A la redacción de la «Kölnische Zeitung».

El abajo firmante declara que conoce al señor Imandt desde hace aproximadamente un mes, tiempo durante el cual éste le ha dado clases de francés, y que vio al señor Dronke por primera vez el sábado 30 de octubre del año en curso.

Que ninguno de los dos le ha hecho comunicaciones que estén en relación con el libro de actas que figura en el proceso de Colonia.

Que no conoce a ninguna persona que lleve el nombre de Liebknecht, ni ha estado en relación alguna con alguien que lo lleve.

Londres, 8 de noviembre de 1852. Kensington

Charles Fleury.»

Dronke e Imandt estaban, naturalmente, convencidos de que Fleury enviaría a la «Kölnische Zeitung» la orden de no insertar ninguna declaración con su firma. Por eso no envían su declaración a la «Kölnische Zeitung», sino al abogado Schneider II, quien, sin embargo, la recibió en una fase demasiado avanzada del proceso para poder hacer uso de ella.

Fleury no es precisamente la Fleur de Marie de las prostitutas de la policía, pero es flor y dará flores, aunque solo sean flores de lis. (1)

La historia del libro de actas no había terminado.

El sábado 6 de noviembre, W. Hirsch, de Hamburgo, declaró juradamente ante el magistrado de Bow Street, en Londres, que él mismo, bajo la dirección de Greif y Fleury, había fabricado el libro de actas original que figura en el proceso comunista de Colonia.

Así, primero libro de actas original del «Partido Marx», luego cuaderno de notas del espía Fleury, finalmente fabricación de la policía prusiana, simple fabricación policial, fabricación policial sans phrase.

Ese mismo día en que Hirsch revelaba el secreto del libro de actas original al magistrado inglés de Bow Street, otro representante del Estado prusiano se hallaba ocupado en Kensington, en la casa de Fleury, embalando en fuerte hule, esta vez no documentos robados, ni fabricados, ni documento alguno, sino sus propias pertenencias. No era otro que Vogel Greif, de recuerdo parisino, el correo extraordinario a Colonia, el jefe de los agentes de la policía prusiana en Londres, el director oficial de la mistificación, el teniente de policía agregado a la legación prusiana. Greif había recibido la orden del gobierno prusiano de abandonar Londres inmediatamente. No había tiempo que perder.

Como al final de las óperas de espectáculo, la escenografía que se halla en el fondo, oculta hasta entonces entre bastidores, y que asciende en forma de anfiteatro, brilla de súbito con luz de bengala y hiere todos los ojos con sus contornos deslumbrantes, así, al final de esta tragicomedia policial prusiana, brilló el anfiteatro secreto, el taller donde se fraguaba el libro de actas original. En el escalón más bajo se veía al desdichado espía Hirsch, trabajando a destajo; en el segundo escalón, al espía y agente provocador burguesmente situado, al comerciante de la City Fleury; en el tercer escalón, al diplomático teniente de policía Greif; y en el escalón más alto, a la propia legación prusiana, a la que está agregado. Desde hacía 6 a 8 meses, Hirsch fabricaba regularmente, semana tras semana, su libro de actas original en el gabinete de trabajo y bajo los ojos de Fleury. Pero un piso más arriba de Fleury habitaba el teniente de policía prusiano Greif, que le vigilaba y le inspiraba. Y Greif mismo pasaba regularmente una parte del día en el hotel de la legación prusiana, donde, a su vez, era vigilado e inspirado. El hotel de la legación prusiana era, pues, el verdadero invernadero donde crecía el libro de actas original. —En la edición de Basilea de 1853 se inserta aquí: La vergüenza que le esperaba en Londres recayó sobre la legación prusiana.— Greif, pues, tenía que desaparecer. Desapareció el 6 de noviembre de 1852.

El libro de actas original ya no se podía sostener, ni siquiera como cuaderno de notas. El procurador Saedt lo sepultó en su réplica a los discursos de defensa de los abogados.

Se había vuelto, pues, al punto del que partió la sala de acusaciones del tribunal de apelación cuando ordenó una nueva investigación, porque «no existía base objetiva suficiente».

(1) Fleurs-de-lys [lirios] se llama en la lengua popular francesa a las letras T. F. (travaux forcés, trabajos forzados) que se grababan a los criminales marcados. Cuán acertadamente juzgó Marx a su cliente se desprende de la adición (abajo, VIII, 1). [Nota de Engels para la edición de 1885.]

«Ha confiscado un paquete con ejemplares del Catecismo rojo, dirigido al camarero de una fonda de Krefeld y provisto del matasellos de Düsseldorf. Junto a él se encontraba una carta de acompañamiento sin firma. No se ha podido averiguar el remitente.» «La carta de acompañamiento parece, según observa el ministerio público, escrita de puño y letra de Marx.»

En la sesión del 28 de octubre, el perito Renard reconoce en la carta de acompañamiento la letra de Marx. Dicha carta dice así:

«¡Ciudadanos! Puesto que gozáis de nuestra plena confianza, os entregamos por la presente 50 ejemplares del Rojo, que deberéis introducir el sábado 5 de junio, a las 11 de la noche, por debajo de las puertas de las casas de ciudadanos reconocidamente revolucionarios, preferentemente obreros. Contamos con toda seguridad con vuestra virtud ciudadana y esperamos, por tanto, la ejecución de esta disposición. La revolución está más cerca de lo que muchos creen. ¡Viva la revolución!

Berlín, mayo de 1852

Salud y fraternidad. El Comité Revolucionario»

El testigo Junkermann declara además «que los paquetes en cuestión fueron enviados al testigo Chianella».

El presidente de policía Hinckeldey, de Berlín, dirige las maniobras como general en jefe durante la prisión preventiva de los acusados de Colonia. Los laureles de Maupas no le dejan dormir.

Durante las vistas figuran dos directores de policía, uno vivo y otro muerto, un consejero de policía —pero uno de ellos era un Stieber—, dos tenientes de policía, uno de los cuales viaja constantemente de Londres a Colonia y el otro de Colonia a Londres, miríadas de agentes de policía y subagentes, conocidos, anónimos, heterónimos, pseudónimos, con cola y sin cola. Finalmente, también un inspector de policía.

Tan pronto como la Kölnische Zeitung llegó a Londres con los interrogatorios de testigos del 27 y 28 de octubre, Marx se dirigió al magistrado de Marlborough Street, copió el texto de la carta de acompañamiento publicado en la Kölnische Zeitung, hizo autenticar dicha copia y al mismo tiempo presentó la siguiente declaración jurada en lugar de juramento:

1. que él no había escrito la carta de acompañamiento en cuestión;
2. que no había tenido conocimiento de su existencia hasta leer la Kölnische Zeitung;
3. que nunca había visto el llamado Catecismo rojo;
4. que nunca había contribuido de ningún modo a su difusión.

De paso se señala que tal declaración prestada ante el magistrado (declaration), si es falsa, acarrea en Inglaterra todas las consecuencias del perjurio.

El mencionado documento fue enviado a Schneider II, pero al mismo tiempo apareció impreso en el Morning Advertiser de Londres, porque durante el proceso se había adquirido la convicción de que el correo prusiano, bajo la observancia del secreto postal, abriga la singular idea de que está obligado a mantener en secreto las cartas que se le confían, incluso respecto al destinatario.

La fiscalía superior se opuso a la presentación del documento, aunque solo fuera para su cotejo. Sabía que una sola mirada del original de la carta de acompañamiento a la copia oficialmente autenticada de Marx habría puesto al descubierto el fraude, la imitación intencionada de sus rasgos caligráficos, incluso a la perspicacia de aquellos jurados. En interés de la moralidad del Estado prusiano, protestó, por tanto, contra todo cotejo.

Schneider II observó «que el destinatario Chianella, quien había proporcionado gustosamente a la policía informes sobre los presuntos remitentes y se había ofrecido directamente a ella como espía, no había pensado ni remotamente en Marx».

Quien hubiera leído una sola línea de Marx no podía en modo alguno atribuirle la autoría de aquella carta melodramática de acompañamiento. La hora onírica de medianoche veraniega del 5 de junio, la operación impertinente y minuciosamente descrita de deslizar «el Rojo» por debajo de las puertas de los filisteos revolucionarios, eso podía apuntar quizás al sentimentalismo de Kinkel, así como la «virtud ciudadana» y la «seguridad» con que se cuenta para la «ejecución» militar de la «disposición» dada, a la imaginación de Willich. Pero ¿cómo habían de dar Kinkel y Willich en poner sus recetas revolucionarias en letra de Marx?

Si se permite una hipótesis sobre el «modo de origen aún no del todo esclarecido» de esta carta de acompañamiento en letra imitada: la policía encontró en Krefeld los 50 ejemplares del Rojo con la carta de acompañamiento de tono grandilocuente y agradable. Hizo poner el texto en escritura marxiana —en Colonia o en Berlín, qu’importe (gleichviel)—. ¿Con qué fin? «Para dar a su mercancía un valor tanto más elevado.»

Hasta la fiscalía superior no se atrevió, sin embargo, a recurrir a esta carta de acompañamiento en su discurso catilinario. La dejó caer. Por consiguiente, no contribuyó a la constatación del insuficiente «cuerpo objetivo del delito».

[Revelaciones sobre el proceso a los comunistas de Colonia - Parte 7]

V. La carta de acompañamiento del «Catecismo rojo» | Índice | VII. El veredicto

VI

La fracción Willich-Schapper

Desde la derrota de la Revolución de 1848/49, el partido proletario perdió en el continente lo que había poseído excepcionalmente durante aquella breve época: prensa, libertad de palabra y derecho de asociación, es decir, los medios legales de organización del partido. Tanto el partido liberal burgués como el democrático pequeñoburgués hallaban, en la posición social de las clases que representaban, pese a la reacción, las condiciones para mantenerse unidos bajo una u otra forma y hacer valer más o menos sus intereses comunes. Al partido proletario, después de 1849 como antes de 1848, solo le quedaba un camino abierto: el camino de la asociación secreta. Por eso, desde 1849 surgieron en el continente toda una serie de asociaciones secretas proletarias, descubiertas por la policía, condenadas por los tribunales, desbaratadas por las cárceles y siempre reconstituidas de nuevo por las circunstancias.

Una parte de estas sociedades secretas perseguía directamente el derrocamiento del poder estatal existente. Esto era legítimo en Francia, donde el proletariado había sido derrotado por la burguesía y el ataque al gobierno existente coincidía directamente con el ataque a la burguesía. Otra parte de las sociedades secretas perseguía la formación del partido del proletariado, sin preocuparse de los gobiernos existentes. Esto era necesario en países como Alemania, donde burguesía y proletariado estaban sometidos por igual a sus gobiernos semifeudales, donde, por tanto, un ataque victorioso a los gobiernos existentes, en vez de quebrantar su poder, habría de ayudar primero a la burguesía, o al menos a las llamadas clases medias, a alcanzar el poder. No cabe duda de que también aquí los miembros del partido proletario volverían a participar en una revolución contra el statu quo, pero no era tarea suya preparar esa revolución, hacer agitación por ella, conspirar ni tramar complots. Podían dejar esa preparación a las circunstancias generales y a las clases directamente interesadas. Tenían que dejársela si no querían renunciar a su propia posición de partido y a las tareas históricas que surgen por sí mismas de las condiciones generales de existencia del proletariado. Para ellas, los gobiernos actuales no eran más que fenómenos efímeros, y el statu quo, un breve punto de parada en el que desgastarse se deja a una democracia mezquina y de miras estrechas.

La «Liga de los Comunistas» no era, pues, una sociedad conspiradora, sino una sociedad que realizaba en secreto la organización del partido proletario, porque el proletariado alemán está públicamente interdicto, igni et aqua (fórmula de la proscripción entre los romanos), de la escritura, la palabra y la asociación. Si una sociedad semejante conspira, lo hace solo en el sentido en que conspiran el vapor y la electricidad contra el statu quo.

Se comprende que una sociedad secreta semejante, que tiene por fin la formación, no del partido gubernamental del futuro, sino del partido de oposición del futuro, poco atractivo podía ofrecer a individuos que, por un lado, intentan hinchar su insignificancia personal bajo el manto teatral de las conspiraciones y, por otro, satisfacer su ambición limitada el día de la próxima revolución, pero, sobre todo, aparentar momentánea importancia, participar en el botín de la demagogia y ser acogidos por los charlatanes democráticos.

De la Liga de los Comunistas se separó, por tanto, una fracción —o fue separada una fracción, como se quiera— que, si no conspiraciones reales, exigía la apariencia de la conspiración y, por tanto, una alianza directa con los héroes del día democráticos: la fracción Willich-Schapper. Es característico de ella que Willich figure con y junto a Kinkel como entrepreneur del negocio del empréstito revolucionario germano-americano.

La relación de este partido con la mayoría de la Liga de los Comunistas, a la que pertenecían los de Colonia, acaba de ser indicada. Bürgers y Röser la expusieron de manera precisa y exhaustiva en las vistas de la audiencia de Colonia.

Nos detenemos antes del final de nuestra exposición para echar una mirada retrospectiva a la conducta de la fracción Willich-Schapper durante el proceso de Colonia.

Como ya se ha señalado más arriba, las datas de los documentos sustraídos a la fracción por Stieber demuestran que sus documentos siguieron encontrando el camino a la policía incluso después del robo de Reuter. Hasta la hora presente, la fracción debe la explicación de este fenómeno.

Schapper conocía mejor que nadie el pasado de Cherval. Sabía que Cherval había sido admitido en la Liga por él en 1846, y no por Marx en 1848, etc. Confirma las mentiras de Stieber con su silencio.

La fracción sabía que Haacke, que pertenecía a ella, escribió la carta amenazadora al testigo Haupt; deja que la sospecha pese sobre el partido de los acusados.

Moses Heß, perteneciente a la fracción, autor del Catecismo rojo, esa desdichada parodia del Manifiesto del Partido Comunista, Moses Heß, que no solo escribe él mismo sus escritos, sino que también los distribuye personalmente, sabía exactamente a quiénes había entregado partidas de su Rojo. Sabía que Marx no le había mermado la riqueza en «Rojo» ni siquiera en la medida de un solo ejemplar. Moses deja tranquilamente que recaiga sobre los acusados la sospecha de que su partido había ido pregonando su Rojo con cartas de acompañamiento melodramáticas por la provincia renana.

Así como con su silencio, la fracción hace causa común con la policía prusiana mediante sus palabras. Allí donde comparece durante las vistas, no aparece en el banquillo de los acusados, sino como «testigo de la corona».

Hentze, amigo y bienhechor de Willich, convicto de complicidad en la Liga, pasa algunas semanas en Londres con Willich y viaja luego a Colonia para hacer, contra Becker —contra quien pesan muchos menos indicios que contra él mismo—, la falsa declaración de que Becker fue miembro de la Liga en 1848.

Hätzel, como demuestra el archivo Dietz, perteneciente a la fracción, ayudado con dinero por ella, que ya en una ocasión fue llevado ante los jurados en Berlín por su participación en la Liga, comparece como testigo contra los acusados. Declara en falso, poniendo el armamento excepcional del proletariado berlinés durante el período revolucionario en una conexión ficticia con los estatutos de la Liga.

Steingens, convicto por sus propias cartas (véase la sesión del 18 de octubre) de haber sido agente principal de la fracción en Bruselas, comparece en Colonia no como acusado, sino como testigo.

No mucho antes de las vistas de la audiencia de Colonia, Willich y Kinkel enviaron a un oficial sastre (August Gebert) como emisario a Alemania. Kinkel no pertenece ciertamente a la fracción, pero Willich era corregente del empréstito revolucionario germano-americano.

Kinkel, ya entonces bajo la amenaza del peligro, sobrevenido más tarde, de verse a sí mismo y a Willich depuestos de la administración de los fondos del empréstito por los garantes londinenses y de ver retornar el dinero mismo a América a pesar de sus indignadas protestas y las de Willich, Kinkel necesitaba justo en aquel momento la misión aparente
hacia
y las correspondencias aparentes
con
Alemania, en parte para mostrar que allí existía aún en general un campo de actividad revolucionaria para él y para los dólares americanos, en parte para encontrar un

pretexto para los enormes costes de correspondencia, franqueo, etc., que él y su amigo Willich sabían poner en cuenta (véase el circular litografiado del conde O. Reichenbach). Kinkel se sabía sin conexión alguna, ya fuera con los liberales burgueses, ya fuera con los demócratas pequeñoburgueses de Alemania. Tomó, pues, el rábano por las hojas, al emisario de la fracción por el emisario de la Liga revolucionaria germano-americana. Este emisario no tenía otra tarea que actuar contra el partido de los acusados de Colonia entre los obreros. Hay que reconocer que el momento estaba bien elegido para, antes de que cayera el telón, dar nuevo pretexto a nuevas investigaciones. La policía prusiana estaba completamente informada sobre la persona, el día de partida y el itinerario del emisario. ¿De dónde? Ya lo veremos. En las asambleas secretas que celebra en Magdeburgo, estaban presentes sus espías e informaban sobre los debates. Los amigos de los de Colonia, en Alemania y en Londres, temblaban.

Hemos relatado más arriba que Hirsch confesó el 6 de noviembre ante el magistrado de Bow Street haber fabricado el libro de actas original bajo la dirección de Greif y Fleury; Willich lo indujo a este paso, Willich y el tabernero Schärttner lo acompañaron ante el magistrado. La confesión de Hirsch se extendió en tres ejemplares distintos y éstos se enviaron a Colonia por correo bajo direcciones diversas.

Era de la mayor importancia detener a Hirsch de inmediato, tan pronto como cruzara el umbral del tribunal. Sobre la base de la declaración legalmente autenticada que obraba en su poder, el proceso perdido en Colonia podía ganarse de nuevo en Londres. Si no para los acusados, sí contra el gobierno. Willich, por el contrario, hizo todo lo posible para imposibilitar semejante paso. Observa el más profundo silencio no solo frente al "partido Marx" directamente implicado, sino también frente a su propia gente, incluso frente a Schapper. Sólo Schärttner estaba iniciado en su secreto. Schärttner declara que él y Willich acompañaron a Hirsch al barco. En efecto, Hirsch, conforme a la intención de Willich, debía prestar testimonio contra sí mismo en Colonia.

Willich informa a Hirsch de la vía que tomarán los documentos, Hirsch a la legación prusiana, la legación prusiana al correo. Los documentos no llegan a su destino; desaparecen. Más tarde, el desaparecido Hirsch reaparece en Londres y declara en una asamblea pública de demócratas que Willich era su cómplice.

Willich confiesa, ante una interpelación al respecto, que desde principios de agosto de 1852 había vuelto a estar en contacto con Hirsch, quien ya en 1851 había sido expulsado de la
Asociación de Great Windmill
por espía a propuesta suya. En concreto, Hirsch le había revelado que Fleury era un espía prusiano y luego le había comunicado, para su conocimiento, todas las cartas que Fleury recibía y las que expedía. Él, Willich, se habría servido de este medio para vigilar a la policía prusiana.

Willich era notorio desde hacía alrededor de un año como amigo íntimo de Fleury, de quien recibía subsidios. Pero si Willich sabía desde agosto de 1852 que era un espía prusiano y al mismo tiempo estaba al tanto de sus manejos, ¿cómo es que no conocía el libro de actas original?

¿Que sólo intervino después de que el propio gobierno prusiano hubo denunciado a Fleury como espía?

¿Que intervino de un modo que, en el mejor de los casos, saca de Inglaterra a su aliado Hirsch y de las manos del "partido Marx" las pruebas legalmente autenticadas de la culpabilidad de Fleury?

¿Que continuó recibiendo subsidios de Fleury, quien hace ostentación de un recibo de 15 libras esterlinas que le ha dado?

¿Que Fleury continúa operando dentro del empréstito revolucionario germano-americano?

¿Que le indica a Fleury el local y punto de reunión de su propia sociedad secreta, de modo que los agentes prusianos levantan acta de los debates en la habitación contigua?

¿Que informa a Fleury del itinerario del emisario arriba mencionado, el oficial sastre, e incluso recibe de él dinero para este viaje de misión?

¿Que, por último, le cuenta a Fleury que ha instruido a Hentze, que reside en su casa, sobre cómo ha de declarar contra Becker ante las audiencias de Colonia?
(1)
Hay que reconocer — que tout cela n'est pas bien clair [que todo esto no está precisamente claro] (Beaumarchais, "La folle journée").

Notas al pie

(1)
Sobre la relación entre Willich y Becker:

"Willich me escribe las cartas más chistosas; yo no contesto, pero él no se deja disuadir de exponerme sus nuevos planes revolucionarios. ¡Me ha destinado a revolucionar la guarnición de Colonia!!! Hace poco nos hemos tronchado de risa. Con sus tonterías va a poner en aprietos aún a incontables personas; pues una sola carta podría asegurar el sueldo de cien jueces de demagogos durante tres años. ¡Si yo tuviera lista la revolución de Colonia, él no se mostraría contrario a asumir la dirección de las operaciones ulteriores. Demasiado amable!" — (De una carta de Becker a Marx, de fecha 27 de enero de 1851.) [
Nota de Marx.
]

Originariamente había sido necesaria la intervención milagrosa de la policía para ocultar el carácter puro de tendencia del proceso. Las inminentes revelaciones —así abrió Saedt los debates— les demostrarán a ustedes, señores jurados, que este proceso no es un proceso de tendencia. Ahora pone de relieve el carácter de tendencia para hacer olvidar las revelaciones policiales. Tras la instrucción sumarial de un año y medio, los jurados necesitaban un cuerpo del delito objetivo para justificarse ante la opinión pública. Tras la comedia policial de cinco semanas, necesitaban la «pura tendencia» para salvarse de la suciedad real. Saedt no se limita, por tanto, al material que indujo a la sala de acusación a dictaminar «que no existía un cuerpo del delito objetivo». Va más allá. Intenta demostrar que la ley contra el complot no exige en modo alguno un cuerpo del delito, sino que es una pura ley de tendencia, de modo que la categoría del complot no es más que un pretexto para quemar a herejes políticos en forma de derecho. Su intento prometía mayor éxito mediante la aplicación del nuevo código penal prusiano, promulgado tras la detención de los acusados. Bajo el pretexto de que este código contenía disposiciones atenuantes, el servil tribunal pudo permitir su aplicación retroactiva.

Pero si el proceso era un puro proceso de tendencia, ¿a qué venía la instrucción sumarial de año y medio? Por tendencia.

Puesto que, por una vez, se trata de tendencia, ¿vamos a discutir de tendencia, por principio, con un Saedt-Stieber-Seckendorf, con un Göbel, con un gobierno prusiano, con los 300 mayores contribuyentes de la circunscripción de Colonia, con el chambelán real von Münch-Bellinghausen y con el barón von Fürstenberg? Pas si bête. <No tan tontos (no lo somos).>

Saedt confiesa (sesión del 8 de noviembre):
«que cuando, hace pocos meses, le fue encomendada la tarea, precisamente por el señor procurador general, de representar al ministerio público con él en este asunto, y cuando a consecuencia de ello empezó a leer el sumario, se le ocurrió por primera vez la idea de ocuparse algo más de cerca del comunismo y del socialismo. Tanto más se sintió impulsado a comunicar a los jurados el resultado de sus investigaciones, cuanto que creía poder partir de la suposición de que quizá muchos de entre ellos, al igual que él, aún se habían ocupado poco de ello».
Saedt se compra, pues, el conocido compendio de Stein.
«Y lo que hoy ha aprendido,
mañana ya quiere enseñarlo».
<Versión adaptada del epigrama de Schiller «Die Sonntagskinder»>

Pero el ministerio público tuvo una desgracia singular. Buscaba el cuerpo del delito objetivo Marx, y encontró el cuerpo del delito objetivo Cherval. Busca el comunismo que propagan los acusados, y encuentra el comunismo que han combatido. En el compendio de Stein se encuentran, ciertamente, todo tipo de clases de comunismo, pero no la clase que Saedt busca. Stein aún no ha registrado el comunismo alemán, el comunismo crítico. Ciertamente, en manos de Saedt se halla el «Manifiesto del Partido Comunista», que los acusados reconocen como el manifiesto de su partido. En este «Manifiesto» se encuentra a su vez un capítulo que contiene la crítica de toda la literatura socialista y comunista precedente, es decir, de toda la sabiduría registrada por Stein. De este capítulo tiene que resultar la diferencia entre la tendencia comunista acusada y todas las tendencias anteriores del comunismo, es decir, el contenido específico y la tendencia específica de la doctrina contra la que Saedt instruye. Ningún Stein le sirvió ante esta piedra de tropiezo. Aquí había que entender, aunque sólo fuera para acusar. ¿Cómo se las arregla ahora Saedt, abandonado por Stein? Afirma:

«El “Manifiesto” consta de 3 secciones. La primera sección contiene un desarrollo histórico de la posición social de los diversos ciudadanos (¡!) desde el punto de vista del comunismo. (very fine <excelente>) ... La segunda sección desarrolla la posición de los comunistas frente a los proletarios ... Finalmente, en la última sección se trata de la posición de los comunistas en los diferentes países ...» (¡!) (Sesión del 6 de noviembre.)
Ahora bien, el «Manifiesto» consta de 4 secciones y no de 3, pero lo que no sé, no me quita el sueño. Saedt afirma, por tanto, que consta de 3 secciones y no de 4. La sección que para él no existe es precisamente aquella infausta sección que contiene la crítica del comunismo protocolizado por Stein, es decir, la tendencia específica del comunismo acusado. ¡Pobre Saedt! Primero le falta el cuerpo del delito, ahora le falta la tendencia.

Pero, querido amigo, toda teoría es gris. La «llamada cuestión social», observa Saedt, «y su solución ha ocupado en los últimos tiempos a llamados y no llamados». Saedt pertenece, en todo caso, a los llamados, pues el procurador general Seckendorf lo ha «llamado» oficialmente hace tres meses al estudio del socialismo y del comunismo. Los Saedt de todos los tiempos y de todos los lugares han coincidido siempre en declarar a Galileo «no llamado» a investigar el movimiento celeste, y al inquisidor que lo declaró hereje, «llamado». E pur si muove. <Y sin embargo, se mueve.> (1)

En la persona de los acusados, el proletariado revolucionario se enfrentaba, desarmado, a las clases dominantes representadas en el jurado; los acusados eran, pues, condenados porque comparecían ante este jurado. Lo que pudo sacudir un instante la conciencia burguesa de los jurados, así como había sacudido a la opinión pública, fue la intriga gubernamental desenmascarada, la corrupción del gobierno prusiano, que se había revelado ante sus ojos. Pero, se dijeron los jurados, si el gobierno prusiano arriesga medios tan infames y, al mismo tiempo, tan temerarios contra los acusados, si ha puesto en juego, por así decirlo, su reputación europea, entonces los acusados, por pequeño que se quiera el partido, han de ser condenadamente peligrosos y, en todo caso, su doctrina ha de ser un poder. El gobierno ha violado todas las leyes del código penal para protegernos del monstruo criminal. Violamos nosotros, por nuestra parte, nuestro poco de point d’honneur <pundonor> para salvar el honor del gobierno. Seamos agradecidos, condenemos.

La nobleza renana y la burguesía renana unieron su «Culpable» al grito que lanzó la burguesía francesa después del 2 de diciembre <2 de diciembre de 1851, golpe de Estado de Luis Bonaparte>:
«¡Sólo el robo puede aún salvar la propiedad, sólo el perjurio la religión, sólo la bastardía la familia, sólo el desorden el orden!»

Todo el edificio estatal se ha prostituido en Francia. Y, sin embargo, ninguna institución se ha prostituido tan profundamente como los tribunales y los jurados franceses. Superemos a los jurados y jueces franceses, se dijeron el jurado y el tribunal de Colonia. En el proceso Cherval, inmediatamente después del golpe de Estado, el jurado de París había absuelto a Nette, contra quien había más pruebas que contra uno cualquiera de los acusados. Superemos al jurado del golpe de Estado del 2 de diciembre. Condenemos en la persona de Röser, Bürgers, etc., con carácter retroactivo, a Nette.

Así quedó quebrada para siempre la superstición del jurado, que aún proliferaba en la Prusia renana. Se comprendió que el jurado es un tribunal de clase de las clases privilegiadas, instituido para salvar las lagunas de la ley mediante la amplitud de la conciencia burguesa.

¡Jena! Ésta es la última palabra para un gobierno que necesita tales medios para subsistir, y para una sociedad que necesita de tal gobierno para su protección. Ésta es la última palabra del proceso comunista de Colonia...
¡Jena!

(1) Saedt no sólo era «llamado». Fue también «llamado» ulteriormente, en recompensa a sus méritos en este proceso, a saber, para procurador general de la provincia renana, y como tal fue jubilado y luego, provisto de los santos sacramentos, falleció santamente. [Nota de Engels para la edición de 1885.]