Inglaterra

Friedrich Engels

Inglaterra

Los artículos sobre Inglaterra fueron escritos por Engels para el semanario «Die Revolution», editado por Weydemeyer en Nueva York en 1852. De cuatro artículos, Weydemeyer solo recibió dos; los otros dos se perdieron. Pero como la revista dejó de publicarse tras dos números, tampoco se publicaron los dos artículos conservados en manuscrito. Según el manuscrito.

I

Los whigs ingleses tienen decididamente mala suerte. Apenas ha sido destituido Palmerston por haber «dejado a Inglaterra sin un aliado, más aún, sin un amigo en el continente de Europa», apenas ha pasado el primer escándalo por esta destitución, cuando toda la prensa resuena con gritos de guerra y con esta ocasión saca a la luz un cúmulo de mala administración en el departamento de Guerra y de Marina, suficiente para romperle el cuello a más de un ministerio.

Ya desde 1846, diversos militares habían llamado la atención del país sobre la posibilidad de una invasión de Inglaterra en caso de guerra con Francia. Pero entonces el peligro de una guerra así quedaba demasiado lejos, y los modales quijotescos con que estos primeros alarmistas se presentaron solo provocaron risa. En particular fue el general Head quien, desde aquel período, se granjeó una celebridad no precisamente envidiable con sus continuos llamamientos a la nación para que incrementara los medios de defensa nacional. Claro que tampoco hay que olvidar que el viejo Wellington también declaró que las fortificaciones costeras existentes eran de todo punto insuficientes.

Sin embargo, el golpe de Estado de Luis Napoleón dio de repente a este debate un significado enteramente nuevo. Que la dictadura militar francesa, parodia del consulado, con toda probabilidad habría de envolver a Francia en una guerra, y que en esas circunstancias un desquite por Waterloo podía intentarse muy fácilmente, lo comprendió John Bull en seguida. Las últimas hazañas del poderío militar inglés no habían sido demasiado brillantes; en el Cabo los kafres vencían sin cesar, e incluso en la Costa de los Esclavos una tentativa de desembarco inglesa, pese a la táctica europea y a los cañones, había sido rechazada de manera muy sensible por negros desnudos. ¿Qué sería de las tropas inglesas si entraban en conflicto con los «africanos» mucho más peligrosos de la escuela argelina?

¿Y quién podía garantizar que un aventurero tan inescrupuloso como Luis Bonaparte no apareciera una mañana, sin la aburrida formalidad de una declaración de guerra, con diez o doce vapores, ya cargados de tropas, y una docena de navíos de línea en segunda línea, en la costa inglesa e intentara una marcha sobre Londres?

El asunto era, ciertamente, serio; el gobierno dio inmediatamente órdenes para erigir nuevas baterías en las entradas de los grandes puertos de la costa sur y sudeste. Pero también el público tomó en serio la cosa, y de una manera que amenazaba con volverse muy desagradable para el gobierno. Se preguntó ante todo por el estado de las fuerzas disponibles, y se encontró que en ese momento, incluso desguarneciendo al máximo Irlanda, no podían hacerse disponibles para la defensa de Gran Bretaña más de 25.000 hombres y 36 cañones con sus tiros, y que, en lo tocante a la flota, actualmente
no hay ni un solo barco
de importancia listo para hacerse a la vela en los puertos para impedir un desembarco. Se encontró, cosa que la guerra de los kafres ya había demostrado, que el equipo de los soldados británicos paraliza su movilidad y es de todo punto impractico; se encontró que sus armas de ningún modo igualan a las de los demás ejércitos europeos, que ningún soldado en Inglaterra posee un fusil que pueda medirse ni de lejos con el fusil de aguja prusiano o con la carabina de los tiradores y cazadores franceses. En el departamento de aprovisionamiento de la flota se descubrieron los escándalos y negligencias más colosales, y todo ello fue exagerado hasta lo más disparatado por los alarmistas y los cazadores de puestos.

A primera vista, el asunto parece concernir tan solo a los aristócratas, rentistas y burgueses ingleses, que serían los primeros en sufrir a causa de una invasión francesa y una posible conquista. Pero no hay que olvidar que el desarrollo independiente de Inglaterra, la lenta pero profunda lucha decisiva entre la burguesía y el proletariado —antagonismo que aquí existe en su forma más plena—, es de la mayor importancia para el desarrollo global de Europa. Aunque este desarrollo peculiarmente metódico de Inglaterra pueda a veces, como en 1848 y antes desde 1793, ser momentáneamente un estorbo para los revolucionarios del continente efímeramente victoriosos, en el fondo tiene un contenido mucho más revolucionario que todas esas luchas continentales y pasajeras juntas. Mientras la gran Revolución Francesa fracasaba en la conquista de Europa, Inglaterra revolucionaba la sociedad con la máquina de vapor, conquistaba el mercado mundial, desplazaba cada vez más del poder a todas las clases heredadas históricamente y preparaba el terreno para la gran lucha decisiva entre el capitalista industrial y el obrero industrial.

Para todo el desarrollo europeo fue de la mayor importancia que Napoleón nunca llegara a lanzar 150.000 hombres de Boulogne a Folkestone y a conquistar Inglaterra con los veteranos de los ejércitos republicanos. Durante la época de la Restauración, en que el continente estaba entregado a discreción a los mirmidones de la legitimidad, tan certeramente descritos por Béranger, en Inglaterra el viejo partido reaccionario, el partido tory, llegó a su primera gran disrupción gracias al ministerio, ya muy burgués, de Canning, y Canning, y más tarde Peel, iniciaron esa socavación paulatina de la constitución inglesa que desde entonces se ha proseguido de modo tan ininterrumpido y que en muy poco tiempo ha de llegar al punto en que todo el edificio carcomido se derrumbe con estruendo. Esta socavación de las viejas instituciones inglesas y la continua revolución de la sociedad inglesa mediante la gran industria, que le sirve de base, prosiguen tranquilamente su curso, sin preocuparse de si en el continente vence momentáneamente la revolución o la contrarrevolución; y si marchan lentamente, lo hacen con seguridad y jamás retroceden un paso. La derrota de los cartistas el 10 de abril de 1848 fue exclusivamente una derrota y un rechazo decidido de la influencia política extranjera; no las conmociones políticas continentales, sino las crisis comerciales universales, los golpes materiales directos que ponen en cuestión la existencia de cada individuo, son las grandes palancas del desarrollo inglés. Y ahora, cuando la eliminación definitiva de todas las clases tradicionales del poder político por parte de la burguesía industrial y, con ello, el despunte del día de la batalla decisiva entre ésta y el proletariado industrial se anuncian como inminentemente próximos a través de los síntomas más inequívocos, ahora una perturbación de este desarrollo, un sojuzgamiento de Inglaterra, aunque sólo fuera momentáneo, por los pretorianos ávidos de botín del 2 de Diciembre tendría las peores consecuencias para todo el movimiento europeo. Sólo en Inglaterra ha alcanzado la industria dimensiones tales que en ella se concentran todo el interés nacional y todas las condiciones de vida de todas las clases. Pero la industria es, de un lado, la burguesía industrial, y del otro, el proletariado industrial; y en torno a estas clases contrapuestas se agrupan cada vez más todos los demás componentes de la nación. Aquí, pues, donde ya sólo se trata de quién ha de gobernar, los
capitalistas
industriales o los
obreros
industriales, aquí es, si en algún lugar, el terreno donde la lucha de clases en su forma moderna puede decidirse y donde el proletariado industrial, de un lado, posee la fuerza para conquistar el poder político y, del otro, encuentra los medios materiales,

las fuerzas productivas que le hacen posible una revolución social total y la definitiva supresión del antagonismo de clase. Y que esta orientación del desarrollo inglés, hacia la máxima exacerbación del antagonismo de las dos clases industriales y hacia la derrota final de la clase dominante por la clase oprimida, no sea desviada por un sojuzgamiento extranjero, debilitada en su energía y la lucha decisiva aplazada por tiempo indefinido, en ello tiene, ciertamente, el más alto interés todo el partido proletario de Europa.

¿Cuáles son, pues, las posibilidades?

Ante todo, un país como Gran Bretaña, que sin Irlanda cuenta con 22 millones y con Irlanda 29 millones de habitantes, no puede ser tomado mediante un golpe de mano. Los alarmistas aducen el ejemplo de Cartago, que, dispersando sus flotas y ejércitos por las más lejanas posesiones, sucumbió dos veces a un golpe de mano de los romanos. Pero, aparte de que las condiciones de la guerra han cambiado por completo, el desembarco africano de los romanos en la segunda guerra púnica sólo fue posible después de que la flor de los ejércitos cartagineses hubiera sido aniquilada en España e Italia y las flotas púnicas expulsadas del Mediterráneo; el golpe de mano no fue un golpe de mano, sino una operación militar muy sólida, la coronación enteramente natural de una guerra larga y finalmente favorable a Roma de modo duradero. Y la tercera guerra púnica apenas fue una guerra, fue la pura opresión del más débil por el diez veces más fuerte; fue, poco más o menos, como la confiscación de la República de Venecia por Napoleón. Pero, por el momento, ni Francia está donde estaba en 1797, ni Inglaterra se parece a Venecia en su ocaso.

Napoleón consideró necesarios al menos 150.000 hombres para conquistar Inglaterra. Entonces Inglaterra tenía, ciertamente, muchos más soldados disponibles, pero también mucha menos población y recursos industriales. Y hoy en día, por insignificante que sea el poder momentáneamente disponible de los ingleses, son necesarios por lo menos otros tantos para conquistar Inglaterra. Una ojeada al mapa muestra que todo ejército invasor desembarcado en Inglaterra debe avanzar por lo menos hasta el Tees, el Tyne o incluso el Tweed; si se detiene en un punto anterior, todos los recursos de los distritos industriales quedan en manos de los defensores, y, frente a las fuerzas siempre crecientes de estos últimos, tiene que ocupar líneas que son infinitamente pobres en rasgos militares marcados y demasiado extendidas para sus medios. El territorio al sur de los ríos arriba mencionados, esto es, la Inglaterra propiamente dicha, cuenta con 16 millones de habitantes y exige, para la seguridad de las comunicaciones, para el asedio o la ocupación de las fortalezas costeras y para la represión de la inevitable insurrección nacional, unos destacamentos tales que para operaciones activas en la frontera escocesa quedarían muy pocas fuerzas disponibles. Y que menos de 150.000 hombres, aun con la mejor dirección, puedan conquistar Inglaterra y mantenerse frente a una sublevación interior y una guerra regular procedente de Escocia e Irlanda, es algo que no puede admitirse.

Ahora bien, con ayuda de nuevas levas y de una hábil concentración, es posible concentrar ya 150.000 hombres en cualquier punto de la costa septentrional francesa; pero para ello se necesitan, cuando menos, uno o dos meses. Y en ese tiempo, Inglaterra puede concentrar en el Canal una fuerza naval muy respetable, en parte atrayendo a la flota del Tajo y a los buques de vapor de otras estaciones cercanas, en parte mediante la movilización de los barcos que se hallan desarbolados en los puertos; al cabo de un mes más, pueden hallarse en el lugar todos los buques de vapor y una parte de los de vela procedentes de las estaciones del Atlántico, de Malta y de Gibraltar. El ejército de desembarco tendría, pues, que ser transportado a la otra orilla, si no de una sola vez, sí en unos pocos grandes destacamentos, ya que, tarde o temprano, se producirá en todo caso una interrupción de las comunicaciones con Francia. Debería poderse desembarcar por lo menos 50.000 hombres de una vez, es decir, a todo el ejército en tres travesías. Y, ciertamente, para ello, los buques de guerra no pueden emplearse en absoluto, o sólo en medida limitada, para el transporte de tropas, puesto que han de rechazar a la flota inglesa. Y los medios de transporte para 50.000 hombres, con la artillería y municiones necesarias, no los reúne Francia en sus puertos del Canal en seis semanas, ni siquiera imponiendo embargo a los buques neutrales. Ahora bien, cada día que se difiere la expedición es una nueva ventaja para Inglaterra, que sólo necesita tiempo para concentrar sus flotas y adiestrar a sus reclutas.

Pero si la consideración hacia la flota inglesa prohíbe transportar el ejército de desembarco de 150.000 hombres en más de tres destacamentos, la consideración hacia la fuerza terrestre inglesa debe prohibir a todo militar sólido aventurarse a Inglaterra con no más de 50.000 hombres a la vez. Hemos visto que, en el caso más favorable para la invasión, les quedan a los ingleses uno o dos meses de tiempo para los preparativos; habría que conocerlos mal para no confiar en que, en ese tiempo, organicen un ejército de tierra que habría de arrojar al mar sin dificultad una vanguardia de 50.000 hombres antes de que llegue socorro. Considérese que el embarco sólo puede efectuarse entre Cherburgo y Boulogne, y el desembarco sólo entre la isla de Wight y Dover, es decir, dentro de una franja costera que en ningún punto dista de Londres más de cuatro buenas jornadas de marcha. Considérese que el embarco y el desembarco dependen del viento y de la marea, que la flota inglesa opone resistencia en el Canal y que, por consiguiente, entre el primer y el segundo desembarco transcurrirán quizá de ocho a diez días, en todo caso cuatro, pues la masa de las tropas ha de ser transportada en buques de vela y reunida en toda la costa desde Cherburgo hasta Boulogne; un "campamento de Boulogne" no se puede improvisar de la noche a la mañana. En estas circunstancias, difícilmente se arriesgará algo hasta que se pueda arrojar a la otra orilla, por lo menos, 70.000 u 80.000 hombres de una sola vez, y para ello hay que crear primero los medios de transporte, lo cual requiere a su vez tiempo. Pero como los medios defensivos de Inglaterra crecen con mayor rapidez, cada semana que se difiere la expedición, que los medios de transporte y de guerra marítima del enemigo, la posición de los atacantes se torna cada vez más desfavorable; pronto llegarán al punto de no poder arriesgar nada mientras no puedan trasladar 150.000 hombres a la vez, e incluso éstos hallarán entonces una resistencia tal que, sin el envío posterior de una reserva de cerca de 100.000 hombres, podrán contar seguramente con su aniquilamiento final.

En una palabra, la conquista de Inglaterra no puede llevarse a cabo mediante ningún golpe de mano. Aunque se uniera todo el continente para ello, necesitaría ya un año sólo para la creación y el acarreo de los medios de transporte —más de lo que Inglaterra necesita para poner sus costas en estado de defensa, para concentrar una marina que estaría a la altura de todas las flotas continentales unidas y que podría imposibilitar su unión, y para reunir un ejército que haría imposible a cualquier enemigo permanecer en suelo inglés.

El sentimiento nacional de los ingleses está, precisamente en este momento, exacerbado más que nunca desde 1815, y el peligro serio de una invasión le daría aún un auge completamente distinto. A ello se añade que la población de Gran Bretaña no es, en modo alguno, tan poco marcial como se la presenta; la burguesía, la pequeña burguesía y el proletariado de las grandes ciudades están, ciertamente, mucho menos familiarizados con el arma de fuego y, por tanto, son menos aptos para la guerra civil que las clases correspondientes del continente. Pero la población, en su conjunto, tiene mucho espíritu guerrero y contiene elementos militares muy aprovechables. En ningún sitio hay más cazadores y cazadores furtivos, es decir, infantería ligera y tiradores semidiestros; y los 40.000 a 50.000 mecánicos y obreros de máquinas están mejor preparados para las armerías, para la artillería y el servicio de ingenieros que cualquier número igual de hombres escogidos en cualquier Estado continental. El terreno mismo, casi por completo desprovisto de grandes rasgos militares hasta cerca de la frontera escocesa, está accidentado hasta en sus menores detalles y como hecho a propósito para la guerra de partidas. Y si hasta ahora la guerra de guerrillas sólo ha tenido éxito en países relativamente poco poblados, justamente Inglaterra podría, en caso de un ataque serio, proporcionar la prueba de que también puede tener resultados considerables en países muy densamente poblados, por ejemplo, en el laberinto casi ininterrumpido de casas de Lancashire y West-Yorkshire.

En lo que concierne a un golpe de mano para el saqueo de ricas ciudades portuarias, para la destrucción de almacenes, etc., en el momento actual Inglaterra está, ciertamente, expuesta a ello. Las fortificaciones apenas son dignas de mención. Mientras no haya barcos en Spithead, se puede navegar muy tranquilamente hasta la entrada de Southampton Water y desembarcar un número suficiente de tropas para imponer en Southampton una contribución cualquiera. Woolwich quizá pueda ser ocupado y destruido momentáneamente, aunque para ello ya se requiere algo más. Liverpool sólo está cubierto por una batería miserable de 18 cañones navales de hierro, sin alza ni punto de mira, servidos por ocho o diez artilleros y media compañía de infantería. Pero, con excepción de Brighton, todas las ciudades marítimas inglesas importantes se hallan en profundos golfos o en ríos muy adentro, y cuentan con atrincheramientos naturales en bancos de arena y escollos, que sólo son conocidos por los prácticos del país. Quien busque aquí su camino sin práctico en estos canales angostos, en su mayor parte sólo navegables para grandes buques durante la pleamar, corre el riesgo de dejar allí más de lo que tiene perspectivas de llevarse a rastras; y expediciones semejantes, ante cierta resistencia y el más pequeño obstáculo imprevisto, terminarían tan mal como la expedición danesa contra Eckernförde en 1848. En cambio, un desembarco momentáneo de 10.000 a 20.000 hombres en buques de vapor en cualquier distrito rural, y una breve expedición de saqueo contra pequeñas ciudades del interior, acompañada necesariamente de escasos resultados positivos, es ciertamente muy fácil de ejecutar y por ahora de ningún modo puede ser impedido.

Todos estos temores cesan, no obstante, por sí solos tan pronto como la flota del Tajo, la escuadra norteamericana y una parte de los vapores que persiguen a los barcos esclavistas entre Brasil y África sean llamados de vuelta a Inglaterra y, al mismo tiempo, sean movilizados los buques que yacen desarbolados en los puertos de guerra. Esto bastaría para imposibilitar los golpes de mano y para diferir cualquier intento de invasión más serio hasta que Inglaterra conserve tiempo para las ulteriores medidas necesarias.

Entretanto, la alarma tiene la buena consecuencia de que cesará la política ridícula que mantiene en el Mediterráneo 800, en el Océano Atlántico 1.000, en el Mar Pacífico y en el Índico 300 cañones flotantes cada uno, mientras en casa ningún buque protege las costas; y que emprende guerras interminables e ignominiosas con negros y cafres, mientras las tropas son más necesarias en la patria. El equipo y armamento de ejército, torpe, pesado y anticuado en todos los aspectos, la ilimitada negligencia y desidia en la administración de la guerra y de la marina, el nepotismo colosal, el soborno y las malversaciones en estos departamentos serán eliminados en mayor o menor medida. La burguesía industrial se librará finalmente de la pamplina de los congresos de la paz y las sociedades de la paz, que la exponía a tantas burlas merecidas y que tanto ha perjudicado a su avance político y, con ello, a todo el desarrollo inglés. Y, si se llegara a la guerra, con la conocida ironía de la historia universal, hoy más floreciente que nunca, podría muy fácilmente ocurrir que los señores Cobden y Bright, en su doble calidad de miembros de la Sociedad de la Paz y de ministros del próximo futuro, tuvieran que conducir una guerra encarnizada, quizá con todo el continente.

Manchester, 23 de enero de 1852

II

El próximo martes, 3 de febrero, se reúne el Parlamento. De las tres cuestiones principales que llenarán sus primeros debates, ya hemos tratado brevemente dos: la destitución de Palmerston y los medios de defensa en caso de una guerra con Francia. Queda la tercera, con mucho la más importante para el desarrollo inglés: la
reforma electoral
.

El nuevo proyecto de reforma que Russell ha de presentar inmediatamente brindará oportunidad suficiente para entrar más de cerca en el significado general de la reforma electoral en Inglaterra. Por hoy, en que sólo se trata de comunicar y explicar algunos rumores sobre este proyecto, bastará la observación de que, en toda la cuestión, se trata únicamente, por de pronto, de cuánto retendrán de su poder político las clases reaccionarias o estables, es decir, la aristocracia terrateniente, los rentistas, los especuladores de bolsa, los terratenientes en las colonias, los armadores navieros y una parte de los comerciantes y banqueros, y cuánto deberán ceder a la burguesía industrial, que se halla a la cabeza de todas las clases progresivas y revolucionarias. Del proletariado, por ahora, no se habla.

El "Daily News", órgano londinense de la burguesía industrial y, en tales asuntos, buena fuente, comunica algunas noticias sobre el nuevo proyecto de reforma del ministerio whig. Según esta comunicación, las reformas proyectadas afectarían a tres aspectos del sistema electoral inglés hasta ahora vigente.

Hasta ahora, todo miembro del Parlamento, antes de ser admitido, debía acreditar una propiedad territorial de por lo menos 300 libras esterlinas. Esta condición, simulada en muchos casos, se eludía, empero, casi siempre mediante compras y contratos ficticios. Por lo que respecta a la burguesía industrial, hacía tiempo que había dejado de ser efectiva; ahora se la piensa suprimir por completo. Su abolición es uno de los "seis puntos" de la Carta del Pueblo proletaria, y es interesante ver cómo ya uno de esos seis puntos (los seis son muy burgueses y ya se han llevado a la práctica en los Estados Unidos) es reconocido oficialmente.

Hasta ahora, el derecho de sufragio estaba organizado de la siguiente manera: según la antigua costumbre inglesa, los condados enviaban una parte de los diputados y las ciudades la otra. Quien quería votar en un condado debía poseer una propiedad territorial plena e independiente (freehold property) de un valor anual de 2 libras esterlinas, o tener arrendada una propiedad territorial de un valor anual de 50 libras esterlinas. En las ciudades, por el contrario, era elector todo aquel que habitara una casa que pagase 10 libras esterlinas de alquiler y que abonase la contribución de pobres en proporción a esa suma. Mientras que de este modo, en las ciudades que enviaban diputados, la masa de los pequeños comerciantes y los maestros artesanos, es decir, toda la pequeña burguesía, quedaba admitida al derecho de sufragio, en las elecciones de condado la mayoría abrumadora la constituían los tenants at will de la aristocracia, esto es, los arrendatarios a quienes se les podía rescindir el contrato de año en año y que, por tanto, dependían por completo de sus señores territoriales. El año pasado, el señor Locke King propuso extender también a los condados el límite de 10 libras esterlinas de alquiler vigente en las ciudades, y obtuvo para esta propuesta una fuerte mayoría, frente al ministerio, en una cámara escasa. Según se dice, ahora Russell se propone rebajar el límite a 10 libras en los condados y a 5 libras en las ciudades. El efecto de semejante medida sería muy considerable. En las ciudades, la parte mejor pagada del proletariado alcanzaría de inmediato el derecho de voto, con lo cual en algunas grandes ciudades se haría muy probable la elección de representantes cartistas,

mientras que en las ciudades medianas y pequeñas la burguesía industrial obtendría un enorme incremento de votos y de escaños en el parlamento. Y en los condados, de golpe, accedería al derecho de sufragio la totalidad de la pequeña y mediana burguesía de las villas rurales que no gozan de representación especial; en la mayoría de los casos, ellas constituirían la mayoría predominante y, por su número y su relativa independencia frente a las pocas grandes familias nobles que hoy dominan los condados, pondrían fin al terrorismo electoral que hasta ahora han ejercido estos magnates. Además, estos pequeños burgueses rurales caen ya cada vez más bajo la influencia de la burguesía industrial y le abrirían así una parte considerable de los condados.

Las circunscripciones electorales eran hasta ahora de una extrema desigualdad en tamaño e importancia; el número de representantes no guardaba proporción alguna con la cifra de población ni con la de electores. Cien o doscientos electores enviaban aquí tantos representantes como seis u once mil electores allá. Esta desigualdad era especialmente grande en las ciudades; y justamente las pequeñas ciudades con pocos electores eran la sede de los sobornos más escandalosos (por ejemplo, St. Albans) o de la dictadura electoral absoluta de tal o cual gran terrateniente. Según el informe del "Daily News", se despojará ahora de sus representantes a ocho de las más pequeñas ciudades electorales, y las restantes ciudades pequeñas que eligen miembros del parlamento serán refundidas con otras villas rurales vecinas, representadas hasta ahora sólo en los condados, de modo que la cifra de electores resulte sensiblemente más considerable. Se trata de una imitación del sistema de grupos de ciudades que existe en Escocia desde la unión con Inglaterra (1707). Que de una medida así, por tímida que sea, la burguesía industrial puede también esperar un aumento de su poder político, lo demuestra ya la destacada importancia que desde hace largo tiempo atribuye a la nivelación de los distritos electorales por encima de todas las demás cuestiones de la reforma parlamentaria. Además, según se dice, Londres y Lancashire, es decir, dos de los asientos principales de la burguesía industrial, obtendrán una representación reforzada en el parlamento.

Si Russell se propone realmente presentar este proyecto de ley, eso es, en efecto y según las experiencias habidas hasta ahora, mucho para el hombrecillo. Parece que los laureles de Peel no lo dejan dormir y que se ha propuesto ser también, por una vez, «audaz». Esta audacia viene, desde luego, acompañada de toda la timidez y el respetuoso escrúpulo del whig inglés y, en el actual estado de la opinión pública en Inglaterra, a nadie le parecerá audaz más que a él mismo y a sus colegas whigs. Pero, después de las vacilaciones, los titubeos, los cavilosos reparos, después del

reiterado y siempre infructuoso tanteo de antenas con que el pequeño Lord ha llenado el tiempo transcurrido desde el cierre de la última sesión, siempre cabía esperar menos que las propuestas arriba mencionadas –siempre, claro está, que hasta el martes no haya vuelto a pensárselo de otra manera.

La burguesía industrial –y no hace falta decirlo de modo expreso– exige mucho más que eso. Exige el household-suffrage, es decir, el derecho de sufragio para todo aquel que habite una casa o parte de una casa, por la cual se le hace tributar en los impuestos municipales, el voto secreto y una revisión total de la distribución de los distritos electorales que asegure igual representación a igual número de electores y a igual riqueza. Regateará dura y largamente con el ministerio y le arrancará toda concesión posible antes de venderle su apoyo. Nuestros industriales ingleses son buenos comerciantes y ciertamente harán pasar sus votos al mejor postor alcanzable.

Por lo demás, ya se muestra ahora cómo incluso el mínimo ministerial de reforma electoral arriba indicado no puede tener otro resultado que el de reforzar el poder de la clase que ya de hecho domina Inglaterra y que a pasos gigantescos trabaja en pro del reconocimiento político de su hegemonía: la burguesía industrial. El proletariado, cuya lucha autónoma, en defensa de sus propios intereses, contra la burguesía industrial no comienza hasta el día en que la supremacía política de esta clase esté firmemente asentada, obtendrá también, en cualquier circunstancia, alguna ventaja de esta reforma electoral. Pero cuán grande será esa ventaja, depende únicamente de si el debate y la fijación definitiva de la reforma electoral ocurren
antes
de la irrupción de la crisis comercial o caen aún dentro de ella; pues el proletariado, por el momento, sólo pasa a la acción en los grandes momentos decisivos, como el destino en la tragedia antigua.

Manchester, 30 de enero de 1852

F. Engels