Los resultados electorales

Karl Marx

Los resultados electorales

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" N.º 3558 del 11 de septiembre de 1852]

Londres, viernes, 27 de agosto de 1852

Pasaré ahora a examinar el resultado de las últimas elecciones generales.

Si agrupamos a whigs, librecambistas y peelitas bajo el concepto de oposición y los contraponemos así, en conjunto, a los tories, vemos que el nuevo Parlamento, desde un punto de vista puramente estadístico, expresa con claridad el gran antagonismo entre la ciudad y el campo al que ya hemos aludido anteriormente.

En Inglaterra, en los distritos electorales urbanos fueron elegidos 104 ministeriales y 215 de la oposición, pero en los rurales 109 ministeriales y solo 32 opositores. De los distritos rurales, baluarte de los tories, hay que restar los más ricos e influyentes: West-Riding en Yorkshire, el sur de Lancashire, Middlesex, el este de Surrey y otros, que reúnen cuatro millones de una población rural total de diez millones, sin contar las ciudades de esos distritos que envían diputados al Parlamento.

En Gales, el resultado de las elecciones en las ciudades es directamente opuesto al del campo: las ciudades eligieron 10 opositores y 3 ministeriales, el campo 11 ministeriales y 3 opositores.

En Escocia, la diferencia aparece con la mayor nitidez. A los 25 opositores elegidos por las ciudades no se contrapone ni un solo ministerial. El campo envió 14 ministeriales y 13 opositores.

En Irlanda la relación es distinta que en el resto de Gran Bretaña. En Irlanda el partido nacional es más fuerte en el campo, donde la población está bajo la influencia más directa del clero católico, mientras que en las ciudades del Norte predominan elementos ingleses y protestantes. El verdadero asiento de la oposición se halla allí, pues, en el campo, aunque esto no pueda manifestarse tan llamativamente con el actual sistema electoral. En Irlanda, las ciudades enviaron al Parlamento 14 ministeriales y 25 opositores, el campo 24 ministeriales y 35 opositores.

Si se me pregunta ahora qué partido ha vencido realmente en las elecciones, la respuesta es que, en rigor, todos ellos han derrotado a los tories, pues estos, a pesar del soborno y la intimidación, a pesar del apoyo del gobierno, se hallan manifiestamente en minoría. Los datos más fidedignos señalan 290 ministeriales, 337 liberales o miembros de la oposición unida y 27 resultados dudosos. Aun sumando estos 27 dudosos a los ministeriales, queda todavía a los liberales una mayoría de 20. Y eso que los tories habían contado con una mayoría de por lo menos 336. Pero, incluso prescindiendo de la minoría numérica, los tories sufrieron una derrota ya por el hecho de que sus hombres dirigentes se vieron obligados a renegar de sus propios principios proteccionistas. De 290 partidarios de Derby, 20 se pronunciaron contra todo arancel protector, y de los 270 restantes, muchos, incluso el propio Disraeli, contra los aranceles cerealistas.

Lord Derby había asegurado en sus declaraciones parlamentarias que solo adoptaría una política comercial distinta si podía apoyarse en una gran mayoría. Tan poco preparado estaba para encontrarse en minoría. Así pues, si bien el resultado electoral dista mucho de las sanguíneas expectativas de los tories, ha sido, a su vez, mucho más favorable para ellos de lo que la oposición jamás había esperado.

Ningún partido ha sufrido una derrota tan seria como los whigs, y precisamente allí donde reside la auténtica fuerza de ese partido: en sus viejos ministros. La masa de los whigs comparte, de una parte, las opiniones de los librecambistas y, de otra, las de los peelitas. Pero lo verdaderamente determinante para la vida del partido whig inglés es su jefatura oficial. Ahora bien, el jefe del último ministerio whig, Lord John Russell, ha sido reelegido en la City de Londres; pero en la elección de la City en 1847, el Sr. Masterman (tory) obtuvo 415 votos menos que Lord Russell. En 1852 ha obtenido 819 votos más que Lord Russell y, en general, la mayor cifra de votos. Once miembros del antiguo gobierno whig han sido arrojados de sus escaños en el Parlamento, a saber: Sir W. G. Craig, Lord del Tesoro; R. M. Bellew, Lord del Tesoro; Sir D. Dundas, Abogado General de Escocia; Sir G. Grey, Ministro del Interior; J. Hatchell, Abogado de la Corona para Irlanda; J. Cornewall Lewis, Secretario del Tesoro; Lord C. E. Paget, Secretario del Director General de Artillería; J. Parker, Secretario del Almirantazgo; Sir W. Somerville, Secretario de Estado para Irlanda; Almirante Stewart, Lord del Almirantazgo, y a estos hay que añadir al Sr. Bernal, hasta ahora presidente de los comités. En suma, desde la promulgación del proyecto de reforma electoral, los whigs no habían sido nunca derrotados de manera tan aplastante.

Los peelitas, que ya en el anterior Parlamento estaban representados en muy escaso número, se han reducido a un grupo aún más insignificante, y algunos de sus hombres más importantes han perdido sus escaños, como, por ejemplo, Cardwell, Ewart (ambos por Liverpool), Greene (por Lanark), Lord Mahon (por Hertford), Roundell Palmer (por Plymouth), etc. La derrota de Cardwell causó la mayor sensación, y no solo en consideración a la importancia de la ciudad que representaba, sino también por sus relaciones personales con el difunto Sir R. Peel, de cuyo testamento literario es albacea, junto con Lord Mahon. Cardwell sucumbió por haber apoyado la abolición de las Actas de Navegación y por no haberse sumado al grito de «¡No al papismo!». Pero en Liverpool, los partidarios de la Iglesia oficial y del gobierno influyeron de manera muy extraordinaria en las elecciones.

«Esta comunidad muy atareada y muy empeñada en hacer dinero —observó con este motivo un periódico librecambista— tiene poco tiempo para cultivar sentimientos religiosos; por ello ha de confiar en el clero y se convierte así en instrumento en sus manos.»

A esto se añade que los electores de Liverpool no son, como los de Manchester, simplemente «hombres», sino «gentlemen», y es característico de la vieja tendencia ortodoxa que para ella no exista un gentleman sin religión.

Por último, los librecambistas también han perdido algunos de sus nombres más conocidos en esta campaña electoral: en Bradford, al coronel Thompson (alias Old Mother Goose, la Vieja Oca Madre), uno de los veteranos predicadores del librecambio de palabra y por escrito; en Oldham, a W. J. Fox, uno de sus más famosos agitadores y de sus oradores más ingeniosos. En Manchester, el bastión del partido, incluso Bright y Gibson derrotaron a sus oponentes whigs solo con una mayoría muy reducida. Naturalmente, con el actual sistema electoral, la Escuela de Manchester no puede contar con una mayoría parlamentaria, y tampoco cuenta con ella. Pero durante años se había jactado de que, si tan solo se apartara a los whigs y los tories volvieran al poder, desplegaría una agitación colosal y realizaría quién sabe qué proezas heroicas. En lugar de ello, en esta campaña electoral la hemos visto marchar nuevamente, modesta, de la mano de los whigs, y esto por sí solo equivale a una derrota moral.

Pero aunque ningún partido oficial haya alcanzado una victoria, e incluso, por el contrario, todos hayan sido derrotados uno tras otro, la nación británica bien puede consolarse con que una determinada profesión —si no un partido determinado— está representada en el Parlamento más imponente que nunca. Esa profesión es la de los juristas. En la Cámara de los Comunes hay más de 100, y semejante número de letrados no presagia quizá nada bueno para el porvenir: ni para un partido, que haya de hacer valer sus objetivos en el Parlamento, ni para un Parlamento, que haya de imponer el reconocimiento de sus decisiones por parte de la nación.

Estas relaciones numéricas no dejan duda alguna de que la oposición en su conjunto dispone, frente a los tories, de una mayoría negativa. Mediante una acción común puede derribar al ministerio ya en los primeros días tras la reunión del Parlamento. Pero ella misma es incapaz de formar un gobierno estable con sus propias filas. Serían necesarias una disolución y nuevas elecciones generales; pero estas, a su vez, solo harían necesaria otra disolución ulterior. Para salir de ese círculo vicioso es precisa una reforma del Parlamento. No obstante, partidos caducos y un Parlamento nuevo preferirán soportar incluso un gobierno tory antes que decidirse a una acción tan heroica.

Si se considera a cada partido por separado, los tories siguen siendo la fracción más fuerte en el Parlamento, aunque sean una minoría en comparación con la oposición unida. Además, se hallan atrincherados tras los baluartes de los cargos, tienen detrás de sí un ejército bien disciplinado, compacto y bastante homogéneo y saben de sobra que, si pierden esta vez, su juego ha terminado para siempre. Frente a ellos está una coalición de cuatro ejércitos, cada uno bajo un jefe distinto, cada uno un conglomerado inestable de fracciones revueltas, escindido por intereses, principios, tradiciones y pasiones heterogéneos, todos ellos sublevados contra una disciplina parlamentaria incondicional, cada uno celosamente empeñado en salvaguardar sus pretensiones frente a todos los demás.

El número de representantes de los diversos partidos de la oposición en el Parlamento no corresponde, naturalmente, en modo alguno al número de sus partidarios en el conjunto del país. Así, los whigs siguen formando en el Parlamento la masa principal de la oposición, el núcleo en torno al cual se agrupan los demás grupos. Esto es tanto más peligroso cuanto que este partido, que se imagina tener que estar siempre al frente de la administración del Estado, está mucho más interesado en escatimar a sus aliados el apoyo en la lucha por sus pretensiones que en derrotar al enemigo común. La segunda fracción de la oposición, la de los peelitas, cuenta con 38 miembros y está dirigida por Sir J. Graham, S. Herbert y Gladstone, especulando Graham con una alianza con los hombres de Manchester. Él mismo aspira demasiado a ser primer ministro como para sentir la menor inclinación a ayudar a los whigs a recuperar su antiguo monopolio gubernamental. Por otra parte, muchos peelitas comparten las opiniones conservadoras de los tories, mientras que los liberales solo pueden contar con firmeza con su apoyo en cuestiones de política comercial.

«En muchas otras cuestiones —escribe un periódico liberal—, a los ministros les será fácil formular sus medidas de manera tal que puedan asegurarse una gran mayoría de los peelitas.»

Los librecambistas por excelencia están representados, según se dice, por 113 diputados, más que en el anterior Parlamento. La lucha con los tories los impulsará más de lo que a los whigs, con su cautelosa política, podría parecerles aconsejable.

Por último, la brigada irlandesa, de unos 63 hombres, que desde la muerte del rey Dan (Daniel O’Connell) no se tambalea precisamente bajo el peso de sus laureles, se halla numéricamente en muy buena situación para ser el fiel de la balanza; con el partido de la oposición británica no comparte nada, salvo el odio a Derby. En el Parlamento británico representa a Irlanda contra Inglaterra. Ningún partido en el Parlamento podría contar con seguridad con su apoyo en una campaña prolongada.

Recapitulemos en pocas palabras el resultado de este examen: que los tories tienen, ciertamente, una mayoría negativa, pero que no se alza frente a ellos ningún partido capaz de empuñar en su lugar el timón del Estado; que su caída traería consigo necesariamente una reforma del Parlamento; que disponen de un ejército de partidarios compacto, homogéneo y disciplinado y ocupan los más importantes cargos del gobierno; que la oposición es un conglomerado de cuatro agrupaciones distintas y que los ejércitos de coalición se baten siempre mal y operan siempre con torpeza; que la mayoría negativa misma no pasa de 20 a 30 votos, y que una cuarta parte del Parlamento, 173 miembros, son nuevos y esquivarán medrosamente todo aquello que pueda poner en peligro sus escaños tan caramente adquiridos. Llegamos así, forzosamente, al resultado de que los tories serán lo bastante fuertes, no para vencer, pero sí para llevar las cosas a una crisis.

Y a ello parecen estar resueltos. El temor a esta crisis, que revolucionaría a toda Inglaterra tal como se ofrece a la vista en cargos y dignidades, habla en cada línea de la prensa diaria y semanal londinense. El "Times", el "Morning Chronicle", el "Daily News", el "Spectator", el "Examiner": todos ellos alzan un gran clamor, porque todos están llenos de temor. Preferirían expulsar del gobierno a los tories únicamente a fuerza de críticas mordaces e impedir así la crisis. Pero el conflicto se desencadenará sobre ellos pese a toda la crítica mordaz y pese a toda la indignación moral.

Karl Marx