Las elecciones en Inglaterra. — Tories y whigs

Carlos Marx en la New York Tribune, 1852

Los resultados de las elecciones generales para el Parlamento británico son ya conocidos. Analizaré este resultado más detenidamente en mi próxima carta.

¿Cuáles fueron los partidos que durante esta agitación electoral se opusieron o se apoyaron mutuamente?

Tories, whigs, conservadores liberales (peelitas), librecambistas por excelencia (los hombres de la Escuela de Manchester,[1] reformadores parlamentarios y financieros) y, por último, los cartistas.

Whigs, librecambistas y peelitas se coaligaron para oponerse a los tories. Fue entre esta coalición, por un lado, y los tories, por el otro, donde se libró la verdadera batalla electoral. Frente a whigs, peelitas, librecambistas y tories, y por tanto frente a toda la Inglaterra oficial, se alzaban los cartistas.

Los partidos políticos de Gran Bretaña son bastante conocidos en los Estados Unidos. Bastará con recordar, en unas pocas pinceladas, los rasgos distintivos de cada uno de ellos.

Hasta 1846, los tories pasaban por ser los guardianes de las tradiciones de la vieja Inglaterra. Se sospechaba que admiraban en la Constitución británica la octava maravilla del mundo; que eran _laudatores temporis acti_,[2] entusiastas del trono, de la Alta Iglesia, de los privilegios y libertades del súbdito británico. El año fatal de 1846, con la derogación de las leyes de cereales y el grito de aflicción que esa derogación arrancó a los tories, demostró que no eran entusiastas de nada salvo de la renta de la tierra, y a la vez reveló el secreto de su apego a las instituciones políticas y religiosas de la vieja Inglaterra. Esas instituciones son las mejores instituciones con cuya ayuda la gran propiedad territorial —el interés territorial— ha gobernado hasta ahora a Inglaterra, e incluso ahora busca mantener su dominio. El año 1846 puso al desnudo el sustancial interés de clase que constituye la base real del partido tory. El año 1846 arrancó la venerable piel de león bajo la que hasta entonces se había ocultado el interés de clase tory. El año 1846 transformó a los tories en proteccionistas. _Tory_ era el nombre sagrado, _proteccionista_ el profano; _tory_ era el grito de batalla político, _proteccionista_ es el grito económico de aflicción; _tory_ parecía una idea, un principio; _proteccionista_ es un interés. ¿Proteccionistas de qué? De sus propias rentas, de la renta de su propia tierra. Los tories, pues, a fin de cuentas, son burgueses tanto como los demás, pues ¿dónde está el burgués que no sea proteccionista de su propio bolsillo? Se distinguen de los demás burgueses de la misma manera que la renta de la tierra se distingue de la ganancia comercial e industrial. La renta de la tierra es conservadora, la ganancia es progresiva; la renta de la tierra es nacional, la ganancia es cosmopolita; la renta de la tierra cree en la Iglesia del Estado, la ganancia es disidente por nacimiento. La derogación de las leyes de cereales de 1846 no hizo sino reconocer un hecho ya consumado, un cambio hacía tiempo operado en los elementos de la sociedad civil británica, a saber, la subordinación del interés territorial al interés dinerario, de la propiedad al comercio, de la agricultura a la industria manufacturera, del campo a la ciudad. ¿Podía dudarse de este hecho desde el momento en que la población rural guarda, en Inglaterra, una proporción de uno a tres con respecto a la población de las ciudades? El fundamento sustancial del poder de los tories era la renta de la tierra. La renta de la tierra está regulada por el precio de los alimentos. El precio de los alimentos era, pues, mantenido artificialmente a un nivel elevado mediante las leyes de cereales. La derogación de las leyes de cereales hizo bajar el precio de los alimentos, lo que a su vez hizo bajar la renta de la tierra, y con la renta decreciente se derrumbó la fuerza real sobre la que descansaba el poder político de los tories.

¿Qué intentan ahora, entonces? Mantener un poder político cuya base social ha dejado de existir. ¿Y cómo puede lograrse esto? Nada menos que con una contrarrevolución, es decir, con una reacción del Estado contra la sociedad. Se esfuerzan por retener por la fuerza instituciones y un poder político que están condenados desde el momento mismo en que la población rural se vio superada en número tres veces por la población de las ciudades. Y semejante intento tiene que acabar necesariamente con su destrucción; tiene que acelerar y agudizar el desarrollo social de Inglaterra, tiene que desencadenar una crisis.

Los tories reclutan su ejército entre los arrendatarios que, o bien aún no han perdido la costumbre de seguir a sus terratenientes como a sus superiores naturales, o bien dependen económicamente de ellos, o que todavía no ven que el interés del arrendatario y el interés del terrateniente no son más idénticos que los respectivos intereses del prestatario y del usurero. Les siguen y apoyan el interés colonial, el interés naviero, el partido de la Iglesia del Estado, en suma, todos aquellos elementos que consideran necesario salvaguardar sus intereses frente a los resultados necesarios de la industria manufacturera moderna y frente a la revolución social que ésta prepara.

Frente a los tories, como sus enemigos hereditarios, se alzan los whigs, un partido con el que los whigs americanos[3] no tienen en común más que el nombre.

El whig británico, en la historia natural de la política, forma una especie que, como todas las de la clase anfibia, existe con gran facilidad pero es difícil de describir. ¿Los llamaremos, con sus adversarios, tories fuera del gobierno? ¿O bien, como les gusta a los escritores continentales, los tomaremos por los representantes de ciertos principios populares? En este último caso nos veríamos en la misma dificultad que el historiador de los whigs, el señor Cooke, quien, con gran ingenuidad, confiesa en su _Historia de los partidos_ que es, en efecto, un cierto número de «principios liberales, morales e ilustrados» lo que constituye el partido whig, pero que era muy lamentable que durante los más de siglo y medio que los whigs han existido, cuando han estado en el gobierno siempre se les haya impedido llevar a cabo esos principios. De modo que, en realidad, según la confesión de su propio historiador, los whigs representan algo muy distinto de sus profesos «principios liberales e ilustrados». Se encuentran, pues, en la misma situación que el borracho llevado ante el Lord Mayor, quien declaró que él representaba el principio de la templanza pero que por algún accidente u otro siempre se embriagaba los domingos.

Pero dejemos a un lado sus principios; mejor podemos averiguar lo que son en los hechos históricos; lo que llevan a cabo, no lo que una vez creyeron ni lo que ahora quieren que los demás crean respecto a su carácter.

Los whigs, lo mismo que los tories, forman una fracción de la gran propiedad territorial de Gran Bretaña. Más aún, la porción más antigua, rica y arrogante de la propiedad territorial inglesa es precisamente el núcleo del partido whig.

¿Qué los distingue, entonces, de los tories? Los whigs son los representantes aristocráticos de la burguesía, de la clase media industrial y comercial. Bajo la condición de que la burguesía les abandone a ellos, a una oligarquía de familias aristocráticas, el monopolio del gobierno y la posesión exclusiva de los cargos, hacen a la clase media, y la ayudan a conquistar, todas aquellas concesiones que, en el curso del desarrollo social y político, han mostrado ser inevitables e inaplazables. Ni más ni menos. Y tan a menudo como se ha aprobado una de esas medidas inevitables, declaran en voz alta que con ello se ha alcanzado el fin del progreso histórico, que todo el movimiento social ha llevado a cabo su propósito final, y entonces se «aferran a la finalidad». Pueden soportar más fácilmente que los tories una disminución de sus rentas territoriales porque se consideran a sí mismos como los arrendatarios natos de los ingresos del Imperio Británico. Pueden renunciar al monopolio de las leyes de cereales siempre que mantengan el monopolio del gobierno como propiedad de su familia. Desde la «revolución gloriosa» de 1688, los whigs, con breves intervalos, debidos principalmente a la primera Revolución francesa y a la reacción consiguiente, se han encontrado en el disfrute de los cargos públicos. Quien recuerde este período de la historia inglesa no encontrará otra marca distintiva de la _whiggery_ que el mantenimiento de su oligarquía familiar. Los intereses y principios que además representan, de cuando en cuando, no pertenecen a los whigs; les son impuestos por el desarrollo de la clase industrial y comercial, la burguesía. Después de 1688 los encontramos unidos a la bancocracia, que entonces empezaba a cobrar importancia, del mismo modo que en 1846 los encontramos unidos a la molicracia. Tan poco llevaron los whigs el proyecto de reforma de 1831 como el proyecto de libre comercio de 1846. Ambos movimientos reformistas, tanto el político como el comercial, fueron movimientos de la burguesía. Tan pronto como uno de esos movimientos hubo madurado hasta la irresistibilidad, tan pronto como, al mismo tiempo, se hubo convertido en el medio más seguro para arrojar a los tories del gobierno, los whigs se adelantaron, asumieron la dirección del Gobierno y se aseguraron la parte gubernamental de la victoria. En 1831 extendieron la parte política de la reforma hasta donde era necesario para no dejar a la clase media enteramente descontenta; después de 1846 limitaron sus medidas librecambistas hasta donde era necesario para salvar a la aristocracia territorial la mayor cantidad posible de privilegios. En cada ocasión habían tomado el movimiento en sus manos para impedir su avance y, al mismo tiempo, recobrar sus propios puestos.

Es evidente que, desde el momento en que la aristocracia territorial ya no es capaz de mantener su posición como poder independiente, de luchar, como partido independiente, por el puesto de gobierno; en suma, desde el momento en que los tories quedan definitivamente derrocados, la historia británica ya no tiene lugar para los whigs. Una vez destruida la aristocracia, ¿de qué sirve una representación aristocrática de la burguesía frente a esa aristocracia?

Es bien sabido que en la Edad Media los emperadores alemanes ponían a las ciudades que entonces surgían bajo gobernadores imperiales, _advocati_, para protegerlas contra la nobleza circundante. Tan pronto como el crecimiento de la población y de la riqueza les dio suficiente fuerza e independencia para resistir, e incluso para atacar a la nobleza, las ciudades expulsaron también a los nobles gobernadores, los _advocati_.

Los whigs han sido esos _advocati_ de la clase media británica, y su monopolio gubernamental tiene que derrumbarse tan pronto como se derrumbe el monopolio territorial de los tories. En la misma medida en que la clase media ha desarrollado su fuerza independiente, ellos han menguado de partido a camarilla.

Se ve claramente qué mezcla repugnantemente heterogénea debe resultar el carácter de los whigs británicos: feudalistas que son al mismo tiempo malthusianos, traficantes de dinero con prejuicios feudales, aristócratas sin pundonor, burgueses sin actividad industrial, hombres de la finalidad con frases progresistas, progresistas con un fanático conservadurismo, traficantes de fracciones homeopáticas de reformas, fomentadores del nepotismo familiar, Grandes Maestros de la corrupción, hipócritas en religión, Tartufos de la política. La masa del pueblo inglés posee un sano sentido común estético. Siente un odio instintivo contra todo lo abigarrado y ambiguo, contra los murciélagos y los russellitas. Y, además, con los tories, la masa del pueblo inglés, el proletariado urbano y rural, tiene en común el odio al «traficante de dinero». Con la burguesía tiene en común el odio a los aristócratas. En los whigs odia a los unos y a los otros, a aristócratas y burgueses, al terrateniente que oprime y al señor del dinero que la explota. En el Whig odia a la oligarquía que ha gobernado Inglaterra durante más de un siglo y por la cual el Pueblo está excluido de la dirección de sus propios asuntos.

Los peelitas (liberales y conservadores) no constituyen ningún partido, no son más que el recuerdo de un hombre de partido, del difunto Sir Robert Peel. Pero los ingleses son demasiado prosaicos para que un recuerdo pueda formar entre ellos la base de otra cosa que no sean elegías. Y ahora, que el pueblo ha erigido monumentos de bronce y mármol al difunto Sir R. Peel en todas las partes del país, creen que tanto más pueden prescindir de esos monumentos ambulantes a Peel, como son los Graham, los Gladstone, los Cardwell, etc. Los llamados peelitas no son sino ese estado mayor de burócratas que Robert Peel se había adiestrado para sí mismo. Y precisamente porque forman un estado mayor bastante completo, olvidan por un momento que no tienen ejército detrás. Los peelitas, pues, son antiguos partidarios de Sir R. Peel que aún no han llegado a una conclusión sobre a qué partido adherirse. Es evidente que semejante escrúpulo no es un medio suficiente para que constituyan un poder independiente.

Quedan los librecambistas y los cartistas, cuyo breve esbozo de carácter constituirá el tema de mi próxima entrega.