Consecuencias políticas de la excitación comercial

Londres, martes 19 de octubre de 1852

Mi última carta describía la situación industrial y comercial presente de este país; saquemos ahora de ahí las consecuencias políticas.

Si el estallido de la revulsión industrial y comercial que se anticipa ha de dar un carácter más peligroso y revolucionario a la lucha inminente con los tories, la prosperidad presente es, por el momento, el más valioso aliado del partido tory; un aliado que, ciertamente, no les permitirá restablecer las Leyes de Cereales —ya abandonadas por ellos mismos—, pero que consolida de manera efectiva su poder político y les ayuda a proseguir una reacción social que, si se la dejara sola, acabaría necesariamente en la conquista de ventajas sustanciales de clase, tal como desde su comienzo se emprendió en nombre de un interés sustancial de clase. Nada de Leyes de Cereales, dice Disraeli, sino un nuevo arreglo de los impuestos en interés de los agricultores oprimidos. Pero ¿por qué están oprimidos los agricultores? Porque, en su mayoría, continúan pagando las viejas rentas proteccionistas, mientras que el viejo precio proteccionista del trigo ha seguido el camino de toda carne. La aristocracia no rebajará la renta de su tierra, pero introducirá un nuevo modo de tributación que compense a los agricultores por el plus que éstos tienen que pagar a los bolsillos de la aristocracia.

Repito que la presente prosperidad comercial es favorable a la reacción tory. ¿Por qué?

«El patriotismo —se lamenta el *Lloyd’s Weekly Newspaper*— tiende a dormirse en la alacena si en ella hay carne y bebida. De ahí que el librecambio sea la garantía presente del conde de Derby; reposa sobre un lecho de rosas arrancadas por Cobden y Peel.»

La masa del pueblo está plenamente ocupada y más o menos acomodada —deduciendo siempre el pauperismo inseparable de la prosperidad británica—; no es, por tanto, en el momento presente, un material muy maleable para la agitación política. Pero lo que, por encima de todo, permite a Derby llevar a cabo sus maquinaciones es el fanatismo con que la clase media se ha lanzado al pujante proceso de la producción industrial: erigiendo fábricas, construyendo maquinaria, botando buques, hilando y tejiendo algodón y lana, atestando almacenes, manufacturando, intercambiando, exportando, importando y demás procedimientos más o menos útiles, cuyo propósito, para ellos, es siempre hacer dinero. La burguesía, en este momento de negocio animado —y sabe muy bien que estos momentos felices se van haciendo cada vez más escasos y espaciados—, quiere y debe hacer dinero, mucho dinero; nada más que dinero. Deja a sus políticos *ex professo* la tarea de vigilar a los tories. Pero los políticos *ex professo* (compárese, por ejemplo, la carta de Joseph Hume al *Hull Advertiser*) se quejan con razón de que, privados de la presión desde fuera, pueden agitar tan poco como el cuerpo humano podría reaccionar sin la presión de la atmósfera.

La burguesía tiene, en verdad, una especie de inquieto presentimiento de que en las altas regiones del gobierno se está urdiendo algo sospechoso, y de que el ministerio explota no sin escrúpulos la apatía política en que la prosperidad la ha sumido. Por eso, de vez en cuando, da una advertencia al ministerio a través de sus órganos en la prensa. Por ejemplo:

«Hasta qué punto la democracia [léase la burguesía] pueda llevar su presente y sabia indulgencia, su respeto por su propio poder y por los derechos de los demás, sin intentar fortalecerse haciendo lo que la aristocracia ha hecho, no podemos preverlo; pero la aristocracia no debe inferir, de la conducta general de la democracia, que ésta no se apartará nunca de la moderación.» [*London Economist*]

Pero Derby responde: ¿Pensáis que soy lo bastante tonto para dejarme asustar por vosotros ahora, cuando brilla el sol, y estarme mano sobre mano hasta que las tormentas comerciales y el estancamiento de los negocios os den tiempo para ocuparos de la política más claramente?

El plan de campaña tory se muestra cada día. Los tories empezaron poniendo trabas a los mítines al aire libre; procesan, en Irlanda, a los periódicos que contienen artículos que les disgustan; procesan, en este momento, por libelo sedicioso, a los agentes de la Sociedad de la Paz, que han distribuido panfletos contra el uso del látigo en la milicia. De esta manera tranquila, hacen retroceder, dondequiera que pueden, la oposición aislada de la calle y de la prensa.

Entretanto, evitan toda ruptura grande y pública con sus adversarios, retrasando la reunión del Parlamento y preparándolo todo para ocuparlo, una vez reunido, con el funeral «de un duque muerto, en lugar de los intereses de un pueblo vivo» [Periódico radical*]. En la primera semana de noviembre se reunirá el Parlamento. Pero antes de enero no puede hablarse de un comienzo serio de la sesión.

¿Y cómo llenan los tories el intermedio? Con la campaña de registro electoral y la formación de la milicia.

En la campaña de registro, el objetivo es eliminar a sus oponentes o impedirles entrar en las nuevas listas de electores parlamentarios para el año entrante, presentando esta o aquella objeción que legalmente impide a un hombre ser registrado como votante. Cada partido político está representado por sus abogados y lleva a cabo la acción a sus propias expensas, y los letrados revisores, nombrados por el presidente del Tribunal del Banco de la Reina, deciden sobre la admisibilidad de las reclamaciones u objeciones. Esta campaña ha tenido hasta ahora su teatro principal en Lancashire y Middlesex. Para reunir dinero para la campaña en el Norte de Lancashire, los tories hicieron circular listas de suscripción en las que el propio lord Derby había puesto su nombre por la liberal suma de 500 libras esterlinas. Se ha presentado el extraordinario número de 6.749 objeciones a votantes en Lancashire, a saber: 4.650 para el Sur y 2.099 para el Norte de Lancashire. Para el primero, los tories objetaron 3.557 cualificaciones; los liberales, 1.093; para el segundo, los tories, 1.334 cualificaciones; los liberales, 765. (Esto, por supuesto, sólo entre los votantes del condado, independientemente de los votantes de los burgos situados en ese condado.) Los tories resultaron victoriosos en Lancashire. En el condado de Middlesex, se expurgaron de los registros a 353 radicales y 140 conservadores, ganando así los conservadores 200 votos.

En esta batalla, los tories están de un lado; los whigs, con los hombres de la Escuela de Manchester, del otro. Estos últimos, es bien sabido, han formado sociedades de tierras de dominio absoluto —máquinas para fabricar nuevos votantes—. Los tories dejan intactas las máquinas, pero destruyen sus productos. El Sr. Shadwell, letrado revisor por Middlesex, tomó decisiones en virtud de las cuales gran número de votantes de la sociedad de tierras de dominio absoluto han sido despojados de su derecho de sufragio, declarando que una parcela de tierra no confería el derecho de sufragio a menos que hubiera costado 50 libras esterlinas. Como se trataba de una cuestión de hecho y no de derecho, no cabe apelación contra esta decisión ante el Tribunal de Causas Comunes. Todo el mundo concibe que esta distinción de hecho y derecho otorga a los letrados revisores, siempre abiertos a la influencia del ministerio existente, el mayor poder en la composición de las nuevas listas de votantes.

Y ¿qué pronostican estos grandes esfuerzos de los tories, y la injerencia directa de su jefe en la campaña de registro?

Que el conde de Derby no tiene esperanzas muy vivas en la continuidad de su nuevo Parlamento, que se inclina a disolverlo en caso de resistencia por parte de éste, y que entretanto trata de preparar, mediante los letrados revisores, una mayoría conservadora para otra elección general.

Y mientras los tories, de una mano, tienen en reserva la máquina de hacer parlamentos puesta a su disposición por la campaña de registro, llevan a efecto, por otra parte, la Ley de Milicias, que pone a su disposición las bayonetas necesarias para ejecutar incluso los actos más reaccionarios del Parlamento y para soportar en la tranquilidad los ceños fruncidos de la Sociedad de la Paz.

«Con el Parlamento para darle una apariencia legal, con una milicia armada para darle un poder activo, ¿qué no puede hacer la reacción en Inglaterra?» —exclama el órgano de los cartistas*.

Y la muerte del «Duque de Hierro», del héroe del sentido común de Waterloo, ha liberado precisamente en este crítico momento a la aristocracia de un inoportuno ángel de la guarda, que tenía suficiente experiencia en la guerra para sacrificar, muy a menudo, victorias aparentes a una retirada bien cubierta, y la brillante ofensiva a un compromiso oportuno. Wellington era el moderador de la Cámara de los Lores; en momentos decisivos disponía a menudo de 60 y más poderes; impedía que los tories declararan la guerra abierta contra la burguesía y contra la opinión pública. Pero ahora, con un ministerio tory deseoso de conflicto bajo la dirección de un carácter aventurero\*\*, la Cámara de los Lores,

«en lugar de ser, como bajo la guía del duque, el firme lastre del Estado, puede convertirse en el peso muerto de la arboladura que ponga en peligro su seguridad».

Esta última noción, la de que el lastre señorial es necesario para la seguridad del Estado, no nos pertenece, por supuesto, sino que es del liberal *London Daily News*. El presente duque de Wellington, hasta ahora marqués de Douro, se ha pasado inmediatamente del campo peelita al campo tory. Y así, hay todos los indicios de que la aristocracia está a punto de hacer los más temerarios esfuerzos por reconquistar el terreno perdido y por hacer volver los dorados tiempos de 1815 a 1830. Y la burguesía, en este momento, no tiene tiempo para agitar, para rebelarse, ni siquiera para hacer una adecuada demostración de indignación.

Escrito por K. Marx el 12 de octubre de 1852
Publicado en el *New-York Daily Tribune* nº 3602,
el 2 de noviembre de 1852
Se imprime según el texto del periódico
Firmado: Karl Marx

* *The People’s Paper*
\*\* Derby