Los grandes hombres del exilio — VII. Gustav y la colonia de la renuncia

VII

Gustav y la colonia de la renuncia

Después de que el incansable Gustav hiciera aún el vano intento de formar con Friedrich Bobzin, Habbegg, Oswald, Rosenblum, Cohnheim, Grunich y otros hombres «destacados» un
Comité Central de Refugiados,
emprendió el camino hacia Yorkshire. Allí iba a florecer, en efecto, un jardín encantado en el que no reinase el vicio, como en el de Alcina, sino la virtud. Un viejo inglés humorista, a quien nuestro Gustav aburría con sus teorías, lo había tomado al pie de la letra y le señaló en Yorkshire unas fanegas de terreno pantanoso, con la expresa condición de fundar allí la «Colonia de la Renuncia», una colonia donde todo disfrute de carne, tabaco y licores quedase terminantemente prohibido, solo se tolerase la alimentación vegetal y cada colono estuviera obligado, como rezo matutino, a leer un capítulo del «Staatsrecht» de Struve. Además, la colonia debía sostenerse con su propio trabajo. Acompañado de su Amalie, del suabo «violeta amarilla» Schnauffer y de algunos otros fieles, Gustav partió resignado y fundó la «Colonia de la Renuncia». De esta colonia hay que decir que en ella reinaba poco «bienestar», mucha cultura y plena «libertad» para aburrirse y enflaquecer. Una hermosa mañana, nuestro Gustav descubrió un terrible complot. Sus acompañantes, que no compartían su constitución rumiante y a quienes repugnaba la dieta vegetal, habían resuelto degollar a sus espaldas a la única vaca vieja, cuya leche constituía la principal fuente de ingresos de la «Colonia de la Renuncia». Gustav juntó las manos por encima de la cabeza, lloró amargas lágrimas por aquella perfidia contra una criatura, declaró indignado disuelta la colonia y decidió hacerse cuáquero aguado, a no ser que esta vez lograra en Londres volver a dar vida al «Deutsche Zuschauer» o fundar un «gobierno provisional».