Los grandes hombres del exilio

Karl Marx/Friedrich Engels

Los grandes hombres del exilio

Escrito de mayo a junio de 1852. Publicado por primera vez en 1930 en el "Marx-Engels-Archiv", tomo V, en lengua rusa, por el Instituto Marx-Engels de Moscú. Según el manuscrito.

I.

II.

III.

IV.

V.

VI.

VII.

VIII.

IX.

X.

XI.

XII.

XIII.

XIV.

XV.

[Los grandes hombres del exilio - Parte 2]

II.

I

"Canta, alma inmortal,
la redención de los hombres pecadores" –
<Klopstock "El Mesías">
por Gottfried Kinkel

Gottfried Kinkel nació hace unos 40 años. Su vida se nos ofrece en una autobiografía: «Gottfried Kinkel. Verdad sin poesía. Cuaderno biográfico de esbozos». Publicado por Adolph Strodtmann. (Hamburgo, Hoffmann & Campe, 1850. En octavo.)

Gottfried es el héroe del período democrático de Siegwart, que en Alemania ha producido una melancolía patriótica tan interminable y un lamento tan lleno de lágrimas. Su debut tuvo lugar como un vulgar Siegwart lírico.

La fragmentariedad a modo de diario con que se presenta al lector su peregrinación terrenal, así como la indiscreción impertinente de estas revelaciones, corren por cuenta del apóstol Strodtmann, de cuya «exposición compilatoria» nos servimos.

«
Bonn
. Febr.-Sept. 1834»

«El joven Gottfried estudiaba, como su amigo Paul Zeller, teología evangélica y se había ganado, por su aplicación y piedad, el respeto de sus célebres maestros» (Sack, Nitzsch y Bleek) «(pág. 5)».

Desde el principio aparece «evidentemente sumido en reflexiones más serias» (pág. 4), «disgustado y sombrío» (pág. 5), tal como conviene a un grand homme en herbe <gran hombre en ciernes>. «Los ojos castaños, de sombría llama, de Gottfried» «seguían» a algunos muchachos «con frac marrón y levitas celestes»; Gottfried intuye de inmediato que esos muchachos «querían sustituir el vacío interior con el brillo exterior» (pág. 6). Su indignación moral se

explica por el hecho de que Gottfried «había defendido a Hegel y a Marheineke», cuando esos muchachos llamaron a Marheineke «cabeza hueca»; más tarde, cuando el candidato va a Berlín por razones de estudio y debe aprender algo del propio Marheineke, escribe sobre él en su diario esta máxima de literatura de salón (pág. 61):

«Un tipo que especula
es como un animal en árida landa
a quien un espíritu maligno conduce en círculo,
y alrededor hay hermosos y verdes prados.»

<Goethe, "Fausto", Primera parte, "Gabinete de estudio">

Aquí Gottfried olvida el otro dicho con que Mefistófeles se burla del discípulo ávido de saber:

«¡Desprecia sólo el entendimiento y la ciencia!»

Toda esta escena estudiantil moralizante sirve únicamente de introducción para dar al futuro libertador del mundo ocasión para la siguiente revelación (pág. 6).

Gottfried dice:

«Esta generación no desaparecerá si no es mediante una guerra... ¡Sólo medios enérgicos pueden volver a enderezar a nuestra época encenagada!»

«¡Un nuevo diluvio, y tú como Noé en segunda edición mejorada!», replicó su amigo.

Las levitas celestes han ayudado a Gottfried a desarrollarse hasta el punto de anunciarse como «
Noé
en un nuevo diluvio». Su amigo hace al respecto la siguiente observación, que bien podría haberse puesto como lema de la biografía:

«¡A menudo mi padre y yo nos hemos reído en silencio de tu
entusiasmo por conceptos poco claros
!»

En todas estas confesiones de un alma bella se repite un solo «concepto claro»: que Kinkel fue, desde el embrión, un gran hombre. Las cosas más triviales, tal como les ocurren a todas las personas triviales, se convierten en acontecimientos cargados de significado; los pequeños sufrimientos y alegrías que todo candidato de teología vive de una forma más interesante, los conflictos con las relaciones burguesas que se encuentran a docenas en Alemania en cada convictorio y en cada consistorio, se convierten aquí en fatales acontecimientos mundiales con los que Gottfried, en sentimientos de dolor cósmico, no deja de hacer comedia. {Encontramos, pues, en estas confesiones un doble carácter constante –
la comedia
, la manera divertida con que Gottfried se apodera de las más insignificantes

nimiedades para proclamar su presentimiento de futura grandeza y ponerse anticipadamente de relieve, y la
fanfarronería
, la manera mendaz con que introduce a posteriori toda su vanité <autocomplaciencia> en cada pequeño suceso de su pasado lírico-teológico. Sigamos ahora la historia ulterior de Gottfried según estos dos rasgos fundamentales.} <Textos entre llaves tachados en el manuscrito.>

La familia {del «amigo Paul» abandona Bonn y} regresa a Württemberg. Gottfried escenifica este acontecimiento de la siguiente manera.

Gottfried ama a la hermana de Paul y declara en esta ocasión que «¡ya ha amado dos veces!». Pero el amor actual no es un amor ordinario, sino «adoración ferviente y verdadera de Dios» (pág. 13). Gottfried sube con el amigo Paul al Drachenfels y, en tal escenario romántico, prorrumpe en el siguiente ditirambo:

«¡Sepárate, amistad! – Encuentro un hermano en el Salvador; – sepárate, amor – la fe sea mi esposa; – sepárate, fidelidad de hermana – ¡he llegado a la comunidad de muchos miles de justos! ¡Fuera, pues, mi joven corazón; y aprende a estar solo con tu Dios, y lucha con él hasta que lo venzas y él te dé un nombre nuevo, el santo Israel, que nadie conoce sino quien lo recibe! – ¡Salve, espléndido sol matutino, imagen de mi alma que despierta!» (pág. 17.)

La despedida del amigo se convierte así para Gottfried en ocasión de entonar un himno extático a su propia alma. Pero no basta con eso: también el amigo debe entonar un himno. Mientras Gottfried se derrama en aquel éxtasis, habla «con voz elevada y rostro encendido», «olvida la presencia de su amigo», «su mirada está transfigurada», «sus exclamaciones entusiasman», etc. (pág. 17) – en una palabra, toda la aparición testamentaria del profeta Elías.

«Con melancólica sonrisa lo miró Paul con sus ojos leales y dijo: “Tú sí que tienes un corazón más fuerte en el pecho que yo, y sin duda me
superarás volando
; pero déjame ser tu amigo – también en la lejanía.” Alegremente, Gottfried estrechó la mano ofrecida y renovó la vieja alianza» (pág. 18).

Gottfried ha conseguido en esta escena de transfiguración en la montaña lo que quería. El amigo Paul, que precisamente antes se había reído del «entusiasmo de Gottfried por conceptos poco claros», se humilla ante el nombre del «santo Israel» y reconoce la superioridad de Gottfried y su futura grandeza. Gottfried se pone de un humor excelente y renueva con afable condescendencia la vieja alianza.

*

Cambio de escena. Cumpleaños de la madre de Kinkel, la esposa del pastor Kinkel de Oberkassel. Esta fiesta familiar se aprovecha para anunciar que «la matrona se llamaba María, igual que la madre del Salvador» (pág. 20) – clara señal de que también Gottfried estaba llamado a ser Salvador y redentor del mundo. El estudiante de teología nos ha sido presentado así, en las primeras 20 páginas y a través de los acontecimientos más insignificantes, como
Noé
, como
santo Israel
, como
Elías
y, finalmente, como
Cristo
.

*

Gottfried, que en realidad no vive nada, vuelve naturalmente en sus vivencias una y otra vez sobre sus sentimientos interiores. El pietismo, que se le pega por ser hijo de predicador y futuro teólogo, corresponde a su debilidad congénita de ánimo, así como a la coqueta autoocupación consigo mismo. Nos enteramos de que la madre y la hermana eran estrictamente pietistas y de que Gottfried poseía una fuerte conciencia de pecado; el conflicto entre esta piadosa concepción del pecado y el «goce alegre y sociable de la vida» de los estudiantes corrientes aparece en Gottfried, conforme a su vocación histórico-universal, como una lucha de la religión con la poesía, – la jarra de cerveza que el hijo del pastor de Oberkassel bebe con otros estudiantes se convierte en el cáliz fatídico en que luchan los dos espíritus fáusticos. En la descripción de su vida familiar pietista vemos a la «madre María» combatiendo la «inclinación de Gottfried por el teatro» como pecaminosa (pág. 28), conflicto significativo que ha de apuntar de nuevo al futuro poeta, pero que en realidad sólo pone de manifiesto la predilección de Gottfried por el histrionismo. De su hermana Johanna se cuenta a posteriori, como una furia pietista, que en cierta ocasión abofeteó a una niña de cinco años por falta de atención en la iglesia – sucio chismorreo familiar cuyas revelaciones no se comprenderían si al final del libro no apareciera esa misma hermana Johanna como la más encarnizada opositora del matrimonio de Gottfried con Madame Mockel.

Como acontecimiento se menciona que Gottfried pronunció en Seelscheid «un magnífico sermón sobre el grano de trigo que muere».

*

La familia Zeller y la «amada Elise» parten por fin. Nos enteramos de que Gottfried «estrechó calurosamente la mano de la muchacha» y susurró el saludo: «Elise, ¡adiós! No debo decir más.» A esta interesante historia sigue la primera lamentación a lo Siegwart.

«¡Aniquilado!» «Sin palabras.» «¡El más desconsolador desgarramiento!» «Frente ardiente.» «Los más profundos suspiros.» «El más salvaje dolor atravesó su cerebro», etc. (pág. 37).

Toda la escena de Elías se convierte así en pura comedia, representada ante el «amigo Paul» y ante sí mismo. Paul vuelve a aparecer para susurrar al oído de Siegwart, que yace solitario y lamentándose: «Ese beso para mi Gottfried» (pág. 38).

Gottfried se alegra de nuevo.

«Más firme que nunca es mi plan de volver a ver a mi dulce amor de manera digna y no
sin dejar nombre
» (pág. 38).

La reflexión sobre el nombre que espera alcanzar, la ostentación de las coronas de laurel anticipadas, no falta ni siquiera en medio del dolor amoroso. Gottfried aprovecha el intermedio para poner por escrito su amor con desbordante fanfarronería, a fin de que tampoco se pierdan para el mundo los sentimientos de su diario. Sin embargo, la escena no ha alcanzado aún su punta. El fiel Paul tiene que hacerle notar al maestro que quiere asaltar el mundo que Elise, tal vez más tarde, si ella se quedara estancada mientras él se sigue desarrollando, ya no le satisfaría.

«¡Oh, no!», dijo Gottfried. «Esta flor celestial, que apenas ha abierto aún sus primeros pétalos, exhala ya un perfume tan dulce. ¡Cuánto más... cuando el ardiente
rayo
del estío de la fuerza
viril
despliegue sus
pétalos interiores
!» (pág. 40.)

Paul se ve obligado a responder a esa imagen sucia que contra un poeta nada valen razones racionales.

«Y toda vuestra sabiduría os protege tan poco contra los caprichos de la vida como nuestra
amable
locura», replicó Gottfried
sonriendo
(pág. 40).

¡Cuadro conmovedor, Narciso sonriéndose a sí mismo! El desmañado candidato aparece de pronto como un amable loco, Paul se convierte en Wagner, que admira al gran hombre, y el gran hombre «sonríe», «sí, sonríe suave y amable». La punta está salvada.

*

Gottfried logra finalmente abandonar Bonn. La cumbre de su formación científica alcanzada allí la resume él mismo del siguiente modo:

«Por desgracia, me alejo cada vez más del hegelianismo; ser racionalista es mi más alto deseo, aunque a la vez soy también supranaturalista y místico,
si es preciso
incluso pietista» (pág. 45).

Nada hay que añadir a esta autodescripción.

*

«
Berlín
. Oct. 1834-Agos. 1835»

De la pequeña miseria familiar y estudiantil, Gottfried llega a Berlín. No encontramos huella alguna de una influencia de las condiciones de la gran ciudad —al menos en comparación con Bonn—, ni de una participación en el movimiento científico de entonces; el diario de Gottfried se limita a las emociones del ánimo que vive con un nuevo compagnon d'aventure <compañero de sus aventuras>, Hugo Dünweg, de Barmen, y a los pequeños sufrimientos del pobre teólogo: apuros de dinero, levitas raídas, empleo como reseñador, etc. Su vida no guarda relación alguna con la vida pública de la ciudad, sino que se refiere únicamente a la familia Schlössing, en la cual Dünweg pasa tranquilamente por el
maestro Wolfram
<
Wolfram von Eschenbach
> y Gottfried por el maestro
Gottfried von Straßburg
(pág. 67). Elisa se desvanece cada vez más de su corazón; siente un nuevo cosquilleo por la señorita Maria Schlössing, para su desgracia se entera del compromiso de Elisa con otro y resume, por último, sus sentimientos y aspiraciones berlineses en el «oscuro anhelo de un ser femenino al que pudiera llamar
enteramente
suyo».

Sin embargo, Berlín no debe abandonarse sin el inevitable rasgo de ingenio:

«Antes de dejar Berlín, el viejo» (regisseur) «Weiß lo condujo
una vez más
al interior del teatro. Una extraña sensación recorrió al joven cuando el amable anciano, en el gran salón donde están emplazados los bustos de los dramaturgos alemanes, dijo en un tono lleno de intención, señalando algunos nichos vacíos:

"Aún hay plazas libres"»

El lugar para el plateniano Gottfried, que se deja ofrecer tan seriamente, por un viejo farceur <bufón>, el supremo goce de una «inmortalidad futura», ese lugar, en efecto, aún está libre.

*

«
Bonn
. Otoño de 1835 – Otoño de 1837»

«Vacilando constantemente entre el arte, la vida y la ciencia, irresoluto en su indecisión, activo en los tres sin una determinación firme, se proponía aprender, ganar e incluso crear por sí mismo en todos ellos cuanto su indecisión le permitiera» (pág. 89).

Con este conocimiento del diletante irresoluto regresa Gottfried a Bonn. El sentimiento de su diletantismo no le impide, naturalmente, hacer su examen de licenciatura y convertirse en privatdozent de la Universidad de Bonn.

«Ni Chamisso ni Knapp habían acogido en sus almanaques los poemas que les había enviado, y ello le ofendió mucho» (pág. 99).

Así es el debut del gran hombre, que en los círculos privados vive siempre, a crédito espiritual, de su significación futura, en sus primeros intentos públicos. A partir de este momento se convierte definitivamente en una dudosa celebridad local para los círculos estudiantiles de la literatura amena, hasta que un tiro perdido en Baden lo transforma súbitamente en héroe del filisteísmo alemán.

«En cambio, en el pecho de Kinkel despertó cada vez más el anhelo de un amor firme y fiel, que no se dejaba desplazar por trabajo alguno» (pág. 103).

La primera víctima de este anhelo es una tal Minna. Gottfried juguetea con Minna y, para variar, se presenta como un compasivo Mahadö <Shiva> que se deja adorar por la doncella mientras hace reflexiones sobre su estado de salud.

«Kinkel habría podido amarla, si le hubiera sido posible engañarse acerca de su estado; mas su amor habría matado aún más rápido a la rosa que se marchitaba. Minna fue la primera muchacha que pudo comprenderlo; pero ella le habría parido, como una segunda Hécuba, no hijos sino antorchas, y el ardor de los padres habría quemado por ella, como la Troya de Príamo, la casa propia. Sin embargo, no podía desprenderse de ella, por ella sangraba su corazón;
era desdichado, no por amor, sino por compasión
».

El héroe divino, cuyo amor habría de matar como la mirada de Júpiter, no es más que el petimetre ordinario, siempre reflexionando sobre sí mismo, que en sus estudios de matrimonio se prueba por vez primera en el papel de rompecorazones. La repulsiva consideración sobre el estado de enfermedad y sus consecuencias en los hijos que eventualmente pudieran procrearse se convierte además en una especulación vulgar por el hecho de que él continúa la relación para su satisfacción interior y no la interrumpe hasta que esta le procura la ocasión para una nueva escena melodramática.

Gottfried viaja a casa de un tío cuyo hijo acaba de morir; ante el cadáver expuesto, en una espeluznante hora de medianoche, prepara una escena de ópera belliniana con su prima, la señorita Elisa II, se desposa con ella «ante el muerto» y es también, a la mañana siguiente, felizmente aceptado por el tío como futuro yerno.

«A menudo pensaba también en Minna y en el momento en que tendría que verla de nuevo, pues ahora ya estaba perdido para siempre para ella; pero no temía ese momento, porque ella no podía reclamar derecho alguno a un corazón que ya estaba atado» (pág. 117).

El nuevo compromiso no tiene otra significación que llevar la relación con Minna a una colisión dramática en la que se enfrentan «deber y pasión». Esta colisión misma se provoca con la más filistea bellaquería, desde el momento en que el hombre honrado niega ante sí mismo los derechos legítimos de Minna sobre su corazón, que ya está atado; al hombre virtuoso no le importa, naturalmente, salvar incluso esta cobarde mentira a sí mismo mediante una inversión retardada de la secuencia temporal en el «corazón atado».

Gottfried se ha precipitado en la interesante necesidad de tener que romper un «pobre gran corazón»:

«Después de una pausa, Gottfried prosiguió: "Al mismo tiempo creo, querida Minna, que debo pedirle perdón por una falta —tal vez he pecado contra usted—. Minna, esta mano, que ayer le tendí tan amistosamente, esta mano ya no es libre: ¡soy un hombre comprometido!"» (pág. 123.)

El candidato melodramático se guarda bien de decirle que ese compromiso había tenido lugar un par de horas después de haberle tendido su mano «tan amistosamente».

«¡Oh Dios! —Minna— ¿puede usted perdonarme?» (loc. cit.)

«Soy hombre y debo ser fiel a mi
deber
—¡no
debo
amarla! Pero no la he engañado» (pág. 124).

Después de este deber de virtud arreglado con posterioridad, solo falta suscitar lo increíble, una efectista inversión de toda la relación, en la cual no es Minna quien lo perdona a él, sino el moralista frailuno quien perdona a la engañada. A tal fin se urde la posibilidad de que Minna «pudiera odiarlo en la lejanía», y a esta suposición se enlaza la siguiente moraleja final:

«"Se lo perdono gustosamente, y usted puede, si llega ese caso, estar segura de antemano de mi perdón. Y ahora, vaya con Dios, mi deber me llama, ¡debo abandonarla!" —Luego, salió con pasos lentos de la enramada... Gottfried se sintió desdichado desde aquella hora» (pág. 124).

El comediante y amante imaginario se transforma en el frailuno hipócrita, que se zafa del apuro con una bendición untuosa; Siegwart, mediante los conflictos amorosos falseados, ha llegado al feliz resultado de poder tenerse por desdichado en su imaginación.

Al final sale a la luz que todas estas historias de amor escenificadas no eran más que un coqueto flirt de Gottfried consigo mismo. Toda la

historia se reduce a que el frailuno que sueña con su futura inmortalidad representa historias veterotestamentarias y modernas fantasías de gabinete de lectura a la manera de Spieß, Clauren y Cramer, y se goza así, en la imaginación, como héroe romántico.

«Cuando hurgaba entre sus libros, cayó en sus manos el "Ofterdingen" de Novalis, que un año antes lo había inflamado tantas veces para la poesía. Ya cuando iba al Gymnasium y había fundado con algunos amigos, bajo el nombre de "Teutonia", una sociedad que se proponía abrirse mutuamente la comprensión de la historia y la literatura alemanas, había adoptado el nombre de
Heinrich von Ofterdingen
... Ahora se le aclaró la significación de ese nombre. Él
mismo se imaginaba ser aquel Heinrich
en la amable aldea al pie del Wartburg, y el anhelo de la
"flor azul"
lo sobrecogió con fuerza irresistible. No podía ser Minna la luminosa flor del cuento, tampoco su prometida, por mucho que interrogara a su corazón. Soñando, siguió leyendo, el mundo mágico y delirante lo envolvió, y finalmente se arrojó llorando sobre un sillón, pensando en la
"flor azul"
.»

Gottfried revela aquí toda la mentira romántica de la que se ha revestido; el oficio carnavalesco de disfrazarse con personas ajenas es su verdadera «esencia interior». Así como antes se llamó Gottfried von Straßburg, ahora se presenta como
Heinrich von Ofterdingen
, y lo que busca no es la «flor azul», sino una mujer que lo reconozca como Heinrich von Ofterdingen. Esta «flor azul», también la encontró finalmente, en una forma algo amarillenta, en una mujer que, en interés suyo y propio, representó con él la deseada comedia.

El romanticismo mentiroso, la parodia y la caricaturización de viejas historias y aventuras que Gottfried, por falta de fondo propio,
revive
copiando a otros, todo este embuste sentimental de conflictos vacíos con Marias, Minnas, Elisas I y II lo han llevado al punto de creerse llegado a la altura de las vivencias goethianas. Así como Goethe, después de sus tormentas amorosas, parte súbitamente hacia Italia y escribe allí sus «Elegías», así Gottfried, tras sus imaginarias tonterías amorosas, cree tener ahora también derecho a un viaje a Roma. Goethe presintió a Gottfried:

Pues la ballena tiene su piojo,

Yo también puedo tener el mío.

<Goethe, "Zahme Xenien">

*

«
Italia
. Oct. 1837 – Marzo 1838»

El viaje a Roma se inaugura en los diarios de Gottfried con una descripción del viaje de Bonn a Coblenza que abarca pliegos enteros. Esta nueva época comienza de nuevo, como la anterior había terminado, con la aplicación preñada de intención

de vivencias ajenas. Gottfried recuerda en el barco de vapor el «magnífico rasgo de Hoffmann», quien hace que el «Maestro Johannes Wacht, precisamente tras el más violento dolor, ejecute una obra muy artística»; para confirmar la verdad de este «magnífico rasgo», Gottfried cae, tras el «violento dolor» por Minna, en
«mediraciones»
«acerca de la
ejecución, proyectada ya de antiguo
, de una tragedia» (pág. 140).

En el viaje de Kinkel de Coblenza a Roma acontece lo siguiente.

«Las amables cartas de su prometida, que recibía con frecuencia y respondía casi siempre en
el
mismo lugar, desalojaban los pensamientos sombríos» (pág. 144).

«Su amor por la hermosa Elisa II echaba profundas raíces en el anhelante pecho juvenil» (pág. 146).

En Roma acontece lo siguiente:

«A su llegada a Roma, Kinkel había encontrado una carta de su prometida, que acreció aún más su amor por ella e hizo que la imagen de Minna retrocediera cada vez más. Su corazón le decía que Elisa podía hacerlo feliz, y se entregó a este sentimiento con el más puro ardor... Solo entonces había aprendido a amar» (pág. 151).

Minna, a la que antes había amado solo por compasión, ha reaparecido, pues, en la escenificación sentimental. En la relación con Elisa, sueña que Elisa puede hacerlo feliz a él, no que él puede hacerla feliz a ella. Y sin embargo, en la fantasía de la «flor azul» ya había expresado antes que la flor del cuento maravilloso, por la que siente tan poético cosquilleo, no puede ser ni Elisa ni Minna. Los sentimientos recién despertados por estas dos muchachas sirven, entretanto, para una agrupación, a fin de escenificar un nuevo conflicto.

«La poesía de Kinkel dormitaba aparentemente en Italia» (pág. 151).

¿Por qué?

«Porque aún le faltaba la
forma
» (pág. 152).

Posteriormente nos enteramos de que, como resultado de una estancia de seis meses en Italia, trajo consigo a Alemania la
«Forma»
bien empaquetada. Puesto que Goethe compuso en Roma sus «Elegías», Gottfried urde igualmente una elegía: «Romas Erwachen» (pág. 153).

La criada de Kinkel le entrega en su vivienda una carta de su prometida. Jubiloso la abre,

«y se desplomó sobre su lecho con un grito. Elise le comunicaba que un hombre acaudalado, un tal Dr. D., dueño de una vasta clientela y hasta de un caballo de montar, la había pretendido; que, como habría de transcurrir aún mucho tiempo antes de que él, Kinkel, el pobre teólogo, se labrara una posición firme, le rogaba que disolviera el vínculo que la ataba a él.»

Reminiscencia completa de «Menschenhaß und Reue».

Gottfried «aniquilado», «horrible petrificación», «ojo seco», «sentimiento de venganza», «daga», «pecho del rival», «sangre del corazón del adversario», «frialdad de hielo», «dolor delirante», etc. (págs. 156 y 157).

Lo que más hiere al desdichado candidato en estos «Sufrimientos y alegrías del pobre teólogo» es la idea de que ella lo desprecia por «la incierta posesión de bienes terrenales» (pág. 157). Tras los sentimientos prescritos teatralmente que lo asaltan, se eleva al fin al siguiente consuelo:

«¡No era digna de ti… y a ti te queda el ala del genio, que te llevará muy por encima de esta oscura aflicción! Y cuando un día tu fama vuele sobre el orbe terráqueo, ¡entonces que la pérfida reconozca en su propio pecho el juicio condenatorio! — Quién sabe, además, si dentro de años
sus hijos
no me busquen para implorar mi ayuda, y a eso
no quisiera yo sustraerme prematuramente
» (pág. 157).

Tras el inevitable y anticipado regodeo con la «futura fama que vuele sobre el orbe terráqueo», sale aquí a relucir el vulgar filisteo clerical. Especula con que los hijos de Elise quizá más tarde, en la miseria, imploren la limosna del gran poeta… «a eso no quisiera él sustraerse prematuramente». ¿Y por qué? Porque Elise prefiere un «caballo de montar» a la «futura fama» con que Gottfried sueña sin cesar, porque prefiere «bienes terrenales» a la monada que él piensa representar con el nombre de Enrique de Ofterdingen. Ya el viejo Hegel observó con razón que la conciencia noble siempre se trueca en la rastrera.

*

«
Bonn
. Verano de 1838-verano de 1843»

(Kabale und Liebe)

Después de haber caricaturizado a Goethe en Italia, al regresar se propone representar «Kabale und Liebe» de Schiller.

Pese a su pecho desgarrado por el dolor del mundo, Gottfried se encuentra corporalmente «mejor que nunca» (pág. 167). Se propone «cimentar un renombre literario mediante trabajos» (pág. 169), lo cual no le impide más tarde, cuando los «trabajos» no logran fundamentar el renombre literario, procurarse un renombre más barato sin trabajos.

La «oscura añoranza» con que Gottfried persigue siempre a un «ser femenino» se manifiesta en una sucesión sorprendentemente rápida de promesas de matrimonio y noviazgos. La promesa matrimonial es la forma clásica con que el hombre fuerte y el espíritu superior «futuro» tratan de conquistar en la realidad a sus amadas y encadenarlas a sí. En cuanto cree ver una florecilla azul que pueda ayudarle a representar el papel de Enrique de Ofterdingen, la blanda y nebulosa sensiblería del poeta se condensa en la imagen onírica, muy clara, del candidato, de completar la afinidad electiva ideal con un vínculo del «deber». Esta caza burguesa, en la que los noviazgos vuelan à tort et à travers <en salvaje confusión> hacia todas las margaritas y florecillas acuáticas apenas intercambiados los primeros saludos, hace que la afectada y lánguida coquetería de corderito con que Gottfried abre continuamente su pecho para dejar constancia de su «gran dolor de poeta» resulte aún más repugnante.

Por eso, a su regreso de Italia, Gottfried, naturalmente, ha de «prometerse» otra vez; el objeto de su añoranza se lo asigna directamente su hermana, aquella señora Johanna, cuyo fanatismo pietista ya había sido inmortalizado antes por las exclamaciones del diario de Gottfried.

«Bögehold había declarado por esos días su compromiso con la señorita Kinkel, y Johanna, que ahora se entrometía aún más indiscretamente que nunca en los asuntos del corazón de su hermano, deseaba, por diversas razones y consideraciones de familia que más valía que el mundo no supiera, que Gottfried, a su vez, llevara a casa por esposa a la hermana de su novio, la señorita Sophie Bögehold» (pág. 172). «Kinkel» —se comprende por sí mismo— «tenía que sentirse forzosamente atraído por una muchacha dulce… La última era un ser encantador e inocente» (pág. 173). «De la manera más delicada» —se comprende por sí mismo— «cortejó Kinkel su mano, que los felices padres le concedieron gozosos en cuanto» —se comprende por sí mismo— «él se hubiera procurado una posición segura y pudiera llevar a su novia» —se comprende por sí mismo— «a casa como profesor o como propietario de una tranquila vivienda parroquial.»

La tendencia al matrimonio que recorre todas las aventuras del rijoso candidato la plasmó en esta ocasión en los siguientes delicados versecitos:

Nada anhelo en absoluto
sino sólo una blanca mano.
Todo lo demás, ojos, labios, rizos,
lo declara «oropel».
Todo eso no excita su deseo,
¡sólo la pequeña mano blanca! (pág. 174.)

El flirteo que trama con la señorita Sophie Bögehold a instancias de la «hermana Johanna, más indiscreta que nunca», y por un hormigueante y constante anhelo de una «mano», lo califica al mismo tiempo de «profundo, firme y callado» (pág. 175), y sobre todo «el elemento religioso desempeñó un gran papel en este nuevo amor» (pág. 176).

En efecto, el elemento religioso sustituye, en las historias amorosas de Gottfried, alternativamente, al elemento novelesco y al teatral. Cuando no puede mentirse instalándose en nuevas situaciones al estilo de Siegwart por medio de efectos de comedia, se aplican sentimientos religiosos para procurar a estas historias vulgares un significado superior. Siegwart se convierte en el piadoso Jung-Stilling, que también había sido tan maravillosamente fortalecido por Dios, que vio sucumbir a tres mujeres bajo su pecho viril y, sin embargo, siempre pudo «llevar a casa» un nuevo amor.

*

Llegamos por fin a la catastrófica peripecia de esta vida llena de hazañas: al conocimiento de Stilling con
Johanna Mockel
, divorciada Mathieux. Aquí encontró Gottfried un Kinkel femenino, su
alter ego
romántico <otro yo>, sólo que más duro, más listo, menos difuso y, por su edad madura, más allá de las primeras ilusiones.

Mockel compartía con Kinkel el no ser comprendida por el mundo. Era repulsiva, una aparición vulgar; en su primer matrimonio había sido desdichada. Poseía talentos musicales, pero no los suficientes para hacer época con sus composiciones o su destreza técnica; en Berlín, en el intento de copiar las anticuadas niñerías de Bettina <Bettina von Arnim>, había hecho fiasco. Su carácter estaba amargado por las experiencias. Aunque compartía con Kinkel la manía de adornarlo todo, de conferir a los acontecimientos vulgares de su vida una «consagración superior» mediante un aditamento exaltado, en ella, a consecuencia de la edad avanzada, la
necesidad
(según Strodtmann) de amor era, con todo, más acuciante que sus desvaríos poéticos. Lo que en Kinkel era, a este respecto, femenino, en Mockel se volvía masculino. Nada más natural, por tanto, que aquella aparición accediera con gusto a representar con Kinkel la comedia de las almas bellas incomprendidas hasta una solución mutuamente satisfactoria, reconocer a Siegwart en su papel de Enrique de Ofterdingen y dejarse hallar por él como «flor azul».

Después de que Kinkel, con ayuda de su hermana, acaba de llegar a una tercera o cuarta prometida, Mockel lo introduce ahora en un nuevo laberinto amoroso.

Gottfried se halla en la «ola de la sociedad» (pág. 190), uno de esos pequeños «círculos de honoratiores» o profesores de las pequeñas ciudades universitarias alemanas, que sólo pueden hacer época en la vida de los candidatos cristiano-germánicos. Mockel canta y es aplaudida. En la mesa está arreglado que Gottfried se siente junto a ella, y aquí se desarrolla la siguiente escena:

«“Debe de ser un sentimiento magnífico”, opinó Gottfried, “planear así por el mundo alegre, admirado por todos, sobre las alas del genio.” — “Eso cree usted”, repuso Mockel conmovida. “He oído que tiene usted un hermoso talento para la poesía. Tal vez también a usted le colmarán de incienso… y entonces le preguntaré si es usted feliz, si no…” — “¿Si no qué?”, preguntó Gottfried a la que se había detenido» (pág. 188).

El cebo estaba echado para el torpe candidato lírico.

Mockel le comunica luego que hacía poco «lo había oído predicar sobre la nostalgia de los cristianos y había pensado cuánto debía de haber renunciado al mundo aquel hermoso joven, que también en ella había despertado una suave añoranza del inocente sueño infantil con que otrora la envolviera el perdido sonido de la fe» (pág. 189).

Gottfried quedó «fascinado» (pág. 189) por esta cortesía. Le resultó sumamente agradable comprobar «que Mockel no era feliz» (loc. cit.) Decide al punto, «con su cálido entusiasmo por la fe de la redención por Jesucristo», «ganar de nuevo también a esta alma humana enlutada…» (loc. cit.). Como Mockel es católica, la relación se anuda bajo el motivo imaginario de ganar un alma «al servicio del Todopoderoso», comedia a la que Mockel también se presta.

*

«En el transcurso del año 1840, Kinkel obtuvo asimismo el empleo de ayudante del candidato en la comunidad evangélica de Colonia, adonde viajaba cada domingo por la mañana para predicar» (pág. 193).

La observación del biógrafo nos da pie a entrar, con unas pocas palabras, en la posición de Kinkel como teólogo. «En el transcurso del año 1840», la crítica había ya descompuesto, de la manera más despiadada, el contenido del cristianismo; la científica […] <La palabra que falta se ha vuelto ilegible por tachadura> estaba con Bruno Bauer en abierta

Conflicto con el Estado. Kinkel aparece en esta época como predicador, pero, por un lado, sin la energía de la ortodoxia y, por otro lado, sin el entendimiento para captar objetivamente la teología, se aviene con el cristianismo de un modo sentimental, lírico-declamatorio a lo Krummacher, introduciendo a Cristo como «amigo y guía», tratando de despojar lo «no bello» de la forma del cristianismo y sustituyendo el contenido por una fraseología hueca. Esta manera, que quiere reemplazar el contenido por la forma, el pensamiento por la frase, ha hecho surgir en Alemania una serie de clérigos declamatorios, cuyos últimos vástagos habrían de conducir, como es natural, a la
democracia.
Si en la teología aún se necesitaba aquí y allá, al menos, un saber superficial, la vacua fraseología encontró, en cambio, su plena aplicación en la democracia, donde la hueca declamación altisonante, la nullité sonore <nulidad sonora>, convierte por completo en superfluos el espíritu y la intelección de las relaciones. Kinkel, cuyos estudios teológicos no conducen más que a extractos sentimentales del cristianismo en representación claureniana, era, en discursos y escritos, la expresión de esa charlatanería de púlpito, que también se designaba en otro tiempo como la «prosa poética» y que él, cómicamente, convertía ahora en pretexto de su «vocación de poeta». Su condición de poeta no se basa [no] en la imposición de laureles reales, sino en la plantación de cerezos de judas rojos, con los cuales hermosea la trivial carretera. La misma debilidad de ánimo para superar las colisiones no según su contenido, sino mediante una forma cómoda, se muestra también en su posición de docente en la universidad. La lucha contra la vieja pedantería de oficio se elude mediante una relación «estudiantil» que convierte al docente en estudiante y eleva al estudiante a la condición de privatdozent. De esta escuela ha surgido toda una generación de Strodtmanns, Schurzen y sujetos semejantes, que finalmente sólo en la democracia pudieron aplicar su fraseología, sus conocimientos y su leve «alta vocación».

*

La nueva relación amorosa se desarrolla ahora hasta convertirse en la historia de «Gockel, Hinkel y Gackeleia».

El año 1840 constituyó un punto de inflexión en la historia alemana. Por un lado, la aplicación crítica de la filosofía hegeliana a la teología y a la política había revolucionado la ciencia; por
otro lado, con la subida al trono de Federico Guillermo IV comenzó el movimiento de la burguesía, cuyas aspiraciones constitucionalistas aún tenían una apariencia enteramente radical: desde la «poesía política» de aquel tiempo, que flotaba en lo vago, hasta la nueva aparición de un poder revolucionario de la prensa diaria.

¿Qué hizo Gottfried en aquel tiempo? Mockel fundó con él el «Maikäfer, una revista para no-filisteos» (pág. 209) y la asociación del Maikäfer. Esta hoja tenía simplemente

«el fin de proporcionar, a un círculo reducido de amigos, una velada semanal alegre y placentera, y de dar a los participantes ocasión de someter sus producciones a la crítica de un círculo benévolo aficionado al arte» (págs. 209-210).

La tendencia propiamente dicha de la asociación del Maikäfer era la disolución del enigma de la flor azul. Las sesiones tenían lugar en casa de Mockel y tenían el fin de glorificar a Mockel como «reina» (pág. 210) y a Kinkel como «ministro» (pág. 255) en un círculo de insignificantes estudiantes de literatura. Las dos bellas almas ignoradas hallaban ocasión de desquitarse bondadosamente, en la asociación del Maikäfer, de «la injusticia que el mundo malvado les infligía» (pág. 296); podían reconocerse mutuamente en sus papeles de Heinrich von Ofterdingen y flor azul; Gottfried, para quien el volver a representar papeles ajenos se había convertido en segunda naturaleza, debió de sentirse feliz por haber llevado finalmente las cosas hasta un verdadero
«teatro de aficionados»
(pág. 254). La comedia de monos misma servía a la vez de preludio del desarrollo práctico:

«Estas veladas le dieron ocasión de visitar a Mockel también fuera de ellas, en la casa de sus padres» (pág. 212).

A eso se añadía que la asociación del Maikäfer imitaba a la Hainbund de Gotinga, sólo con la diferencia de que ésta señala una época de desarrollo en la literatura alemana, mientras que la asociación del Maikäfer siguió siendo una insignificante caricatura local. Los «alegres Maikäfer» (pág. 254), como Sebastian Longard, Leo Hasse, C. A. Schlönbach, etc., eran, según la confesión del biógrafo apologético mismo, muchachos descoloridos, insulsos, holgazanes e insignificantes (págs. 211 y 298).

*

Gottfried hizo, naturalmente, muy pronto «consideraciones comparativas» (pág. 221) entre Mockel y su prometida, pero «hasta ahora no había tenido tiempo para»

la —por lo demás muy corriente en él— «consideración cotidiana de matrimonio
y estado conyugal» (pág. 219). Se hallaba, en una palabra, indeciso, como el asno de Buridán, entre los dos haces de heno. Mockel, sin embargo, con experiencia madurada y tendencia muy práctica, «veía con claridad a través de la invisible atadura» (pág. 225); decidió echar una mano «al azar o a una divina disposición» (pág. 229).

«A una hora del día en que, de ordinario, trabajos docentes científicos mantenían a Gottfried alejado de Mockel, se dirigió un día a verla y oyó, cuando se acercaba quedamente a su habitación, un canto quejumbroso resonar en su oído. Aguzando el oído percibió la canción:

¡Tú te acercas! Y como aurora

tiembla sobre mis mejillas, etc., etc.

Muchos dolores sin nombre:

¡ay! ¡tú no lo sientes!

Un lánguido acorde prolongado concluyó su canto y se extinguió lentamente en el aire» (págs. 230 y 231).

Gottfried cree retirarse a hurtadillas sin ser notado, encuentra en casa la situación muy interesante y escribe desesperados sonetos en los que compara a Mockel con Lorelei (pág. 233). Para huir de Lorelei y permanecer fiel a la señorita Sophie Bögehold, busca obtener un puesto de maestro en Wiesbaden, pero es rechazado. Al azar arriba mencionado se añadió otra disposición que fue decisiva. No sólo «se esforzaba el sol en salir del signo de la Virgen» (pág. 236), sino que Gottfried y Mockel hacen una excursión de placer en una barquichuela sobre el Rin; la barquichuela es volcada por un vapor que se acerca, y Gottfried lleva a Mockel, nadando, a tierra.

«Cuando, después, llevaba a la salvada remando hasta la orilla, corazón contra corazón, le atravesó tormentosamente por primera vez el sentimiento de que sólo
esta
mujer sería capaz de hacerle bienaventurado» (pág. 238).

Gottfried ha vivido esta vez por fin no una escena novelesca imaginaria, sino una real, de las «Afinidades electivas». Con esto, el asunto está decidido; se separa de Sophie Bögehold.

*

Después del amor, la cábala. El pastor Engels presenta a Gottfried, en nombre del presbiterio, la objeción de que la unión con una mujer divorciada y católica es chocante para un predicador protestante como Gottfried. Gottfried hace valer los eternos derechos humanos, demostrando con mucha unción los siguientes puntos:

1. «Que no era ningún crimen que él hubiera tomado café con aquella dama en el Hirzekümpchen» (pág. 249).

2. «Que el asunto estaba in ambiguo <incierto>, puesto que él hasta ahora no había declarado públicamente ni que quería desposar a la citada dama ni lo contrario» (pág. 251).

3. «En lo tocante a la fe, no se podía saber lo que el futuro traería» (pág. 250).

«Y ahora, le ruego, entre usted conmigo y tome una taza de café» (pág. 251).

Con esta contraseña, Gottfried y el pastor Engels, que no puede resistir la invitación, abandonan la escena. Tan enérgica y tan suavemente sabía Gottfried superar la colisión con las relaciones existentes.

*

Para caracterizar cómo la asociación del Maikäfer debía influir sobre Gottfried, sirve lo siguiente:

«Era el 29 de junio de 1841. En este día iba a celebrarse la primera gran fiesta de fundación de la asociación del Maikäfer» (pág. 253). «Sólo una voz se alzó cuando hubo que decidir sobre el premio. Modestamente dobló Gottfried sus rodillas ante la reina, que colocó la inevitable corona de laurel sobre su ardiente frente, mientras el crepúsculo vespertino arrojaba sus más encendidos rayos sobre el transfigurado rostro del poeta.» (pág. 285.)

A esta solemne consagración de la imaginaria fama de poeta de Heinrich von Ofterdingen, la flor azul une ahora sus sentimientos y deseos. Mockel interpretó en aquella velada un himno nacional del Maikäfer compuesto por ella, que termina con la siguiente estrofa, que resume toda la tendencia:

¿Y qué se aprende de la historia?

Maikäfer, ¡vuela!

Quien es viejo no halla ya mujercita,

¡Así que oye, no lo pienses más!

Maikäfer, ¡vuela!

El inofensivo biógrafo observa que «la exhortación al matrimonio contenida en ella era completamente sin tendencia» (pág. 255). Gottfried comprendió la tendencia, «pero no quiso rehuirla precipitadamente», se dejó coronar aún durante dos años ante la asociación del Maikäfer y cortejó como objeto de nostalgia, y se casó con Mockel el 22 de mayo de 1843, después de que ella, a pesar de su incredulidad, se hubiera pasado a la iglesia protestante

bajo el necio pretexto de «que en la iglesia protestante no se trata tanto de determinadas fórmulas de fe como del concepto
ético
» (pág. 315).

¡Y eso se aprende de la historia:

no confíes en ninguna flor azul!

*

Gottfried ha entablado la relación con Mockel bajo el pretexto de conducirla de su incredulidad a la iglesia protestante. Mockel exige ahora la «Vida de Jesús» de Strauß, recae en su incredulidad,

«y con el corazón oprimido la siguió por las vías de la duda hacia los abismos de la negación. Abrióse paso trabajosamente con ella por el intrincado laberinto de la filosofía moderna» (pág. 308).

No el desarrollo de la filosofía, que entonces ya actuaba sobre la masa, sino la interposición de una relación sentimental casual lo empuja a la negación.

Lo que él encontró fuera de este laberinto de la filosofía, lo muestran sus propios diarios:

«¡Quiero ver, al fin, si la impetuosa corriente de Kant a Feuerbach me arrastra hacia —
el panteísmo!»
(pág. 308.)

¡Como si esa corriente no arrastrase precisamente más allá del panteísmo, y como si Feuerbach fuera la última palabra de la filosofía alemana!

«La clave de bóveda de mi vida —prosigue el diario— no es el conocimiento histórico, sino un sistema firme, y el núcleo de la teología no es la historia eclesiástica, sino la dogmática» (ibidem).

¡Como si la filosofía alemana no hubiera licuado precisamente los sistemas firmes en conocimientos históricos y los núcleos dogmáticos en historia eclesiástica! — En estas confesiones queda retratado todo el demócrata contrarrevolucionario, para quien el movimiento mismo vuelve a ser sólo un medio para llegar a unas cuantas verdades eternas e inconmovibles como cómodos puntos de reposo.

Pero el lector puede a partir de esta contabilidad apologética que Gottfried lleva de todo su desarrollo juzgar por sí mismo qué elemento revolucionario se ocultaba en este teólogo histriónico y melodramático.

[Los grandes hombres del exilio - Parte 3]

I.
III.

II

Así concluye el primer acto de la vida de Kinkel, y hasta el estallido de la revolución de febrero no ocurre nada digno de mención. La librería Cotta tomó sus poesías en edición, sin pagar honorarios, y mantuvo también la masa de la tirada en almacén hasta que el consabido disparo perdido en Baden confirió al autor la consagración poética y un mercado a sus productos.

El biógrafo calla, por lo demás, un hecho significativo. El confesado objetivo de los deseos de Kinkel era morir como viejo director de teatro; como ideal le rondaba un tal Eisenhut, que solía recorrer el Rin con su troupe como un Pickelhäring ambulante y que después enloqueció.

Además de sus conferencias bonnienses de elocuencia de púlpito, Gottfried ofrecía también en Colonia, de cuando en cuando, una serie de representaciones artísticas teológicas y estéticas. Las clausuró, al estallar la revolución de febrero, con la siguiente profecía:

«El fragor de la batalla que retumba desde París hasta nosotros abre también para Alemania y para todo el continente europeo una nueva y espléndida época; al fragor de la tormenta sucede el bienhechor soplo del céfiro de la libertad, y de ahora en adelante se inicia la grande, la bienaventurada era de la —
¡monarquía constitucional
!»

La monarquía constitucional agradeció a Kinkel este cumplido nombrándole profesor extraordinario. Este reconocimiento no podía bastar, sin embargo, al grand homme en herbe <hombre grande en ciernes>; la monarquía constitucional no parecía darse prisa alguna en hacer que «su fama volara por el orbe terrestre». A ello se sumaba que los laureles de los recientes poemas políticos de Freiligrath no dejaban dormir al coronado poeta del escarabajo de mayo. Heinrich von Ofterdingen dio, pues, un viraje a la izquierda y se tornó primero democrático-constitucional, después democrático-republicano (honnête et modéré <recto y moderado>). Apuntó a un escaño de diputado, pero las elecciones de mayo no lo llevaron ni a Berlín ni a Fráncfort. Sin embargo, tras este primer fracaso persiguió con imperturbabilidad su objetivo, y ciertamente puede decirse que se lo tomó con empeño. Con sabia moderación se ciñó primero a su pequeño círculo local. Fundó la «Bonner Zeitung», un modesto periodicucho local que solo se distinguía por una peculiar lasitud en la declamación democrática y una ingenuidad en la ignorancia salvapatrias. Elevó la Maikäferverein a club democrático de estudiantes, del que pronto surgió aquel corro de discípulos que llevaron la fama del maestro por todas las aldeas del distrito de Bonn y lo impusieron al señor profesor Kinkel en todas las asambleas. Él mismo peroraba con los especieros del casino, estrechaba fraternalmente la mano a los honrados maestros artesanos y pregonaba su cálido aliento de libertad hasta entre los campesinos de Kindenich y Seelscheid. Pero, sobre todo, consagraba sus simpatías al honesto estado de los maestros artesanos. Con ellos lloraba sobre la decadencia de la artesanía, sobre los crueles efectos de la libre competencia, sobre el moderno dominio del capital y de las máquinas. Con ellos trazaba planes para la restauración del sistema gremial y el exterminio del Böhnhasentum, y, por hacer todo lo que estaba en su mano, resumió el resultado de sus negociaciones en el casino con los pequeños maestros en el escrito: «Handwerk, errette Dich!»

Para que todo el mundo supiera de inmediato a dónde pertenecía propiamente el señor Kinkel y qué importancia nacional-fráncfortiana tenía su obrita, la dedicó a los «treinta miembros de la comisión de economía política de la Asamblea Nacional de Fráncfort».

Las investigaciones de Heinrich von Ofterdingen sobre lo «bello» en el estado de los artesanos lo llevan enseguida al resultado de que «ahora mismo se abre una grieta justo en medio del estado de los artesanos» (p. 5). Esta grieta consiste, a saber, en que algunos artesanos «frecuentan los casinos de los especieros y funcionarios — ¡vaya conquista! — y otros no lo hacen, y luego en que algunos artesanos son cultos y otros incultos. A pesar de esta grieta, el autor reconoce, sin embargo, un síntoma grato en las asociaciones y asambleas de artesanos que brotan por doquier en la querida patria y participan en la agitación por la elevación del estado de los artesanos (recuérdense las Winkelblechiaden del año 1848). Para contribuir también con el óbolo de su buen consejo a este benéfico movimiento, esboza su programa de redención.

Primero examina el autor cómo se podría remediar los males de la
libre competencia
mediante restricciones, sin suprimirla sin embargo por completo. Llega con ello a los siguientes resultados:

«La legislación debe hacer imposible que el joven pueda llegar a ser maestro sin la necesaria aptitud y madurez.» (p. 20)

«Cada maestro solo podrá tener un aprendiz.» (p. 29)

«También para la enseñanza en el oficio debe establecerse un examen.» (p. 30)

«El maestro del examinado deberá estar presente indefectiblemente en el examen.» (p. 31)

«Para la madurez, reclamamos de la legislación que en adelante nadie pueda ser maestro antes de haber cumplido veinticinco años.» (p. 42)

«Para la aptitud, exigimos que en adelante todo maestro que se presente apruebe su examen, y por cierto públicamente.» (p. 43)

«Una cuestión principal en esto es que el examen sea completamente gratuito.» (p. 44) A estos exámenes «deberán someterse igualmente todos los maestros campesinos del mismo gremio» (p. 55).

El amigo Gottfried, que él mismo ejerce el comercio político ambulante, quiere abolir por deshonesto «el comercio ambulante o buhonería» en otros artículos profanos. (p. 60)

«Un fabricante de productos artesanales quiere retirar su fortuna del negocio de manera ventajosa para él, engañosa para sus acreedores. A esto se le designa, como a todo lo equívoco, con un nombre galo: se le llama quebrar. Arroja, pues, sus productos acabados precipitadamente a las localidades vecinas y allí los remata al mismo tiempo al mejor postor.» (p. 64) Estas subastas —«en realidad solo una especie de barreduras que nuestro querido vecino, el estado comercial, arroja al jardín de la artesanía»— deben ser abolidas. (¿No sería mucho más sencillo, amigo Gottfried, agarrar la cosa por la raíz y abolir de inmediato el propio quebrar?)

«Con las ferias anuales es, ciertamente, un asunto especial.» (p. 65) «En estas circunstancias, la legislación tendrá que dejar a las localidades particulares que decidan, en una consulta de toda la ciudadanía que habría de reunirse al efecto, por mayoría de votos (¡!), por la conservación o la abolición de las ferias anuales fijas.» (p. 68)

Gottfried aborda ahora la difícil «cuestión controvertida» de la relación entre trabajo artesanal y trabajo a máquina, y saca a relucir lo siguiente:

«Que todo aquel que venda productos fabriles
no lleve más que aquello que él mismo pueda presentar como acabado con su propia mano
.» (p. 80)

«Porque la máquina y la artesanía se han separado,
por eso
ambas están degeneradas y descarriadas.» (p. 84)

Pretende unirlas haciendo que los artesanos, p. ej., los encuadernadores de una ciudad, se asocien y mantengan juntos una máquina.

«Puesto que solo emplean la máquina para ellos mismos y solo por encargo, pueden trabajar más barato que el comerciante propietario de la fábrica.» (p. 85)

«Al capital se lo quiebra con la asociación.» (p. 84) (Y a la asociación se la quiebra con tu capital.)

Sus ideas «sobre la adquisición de una máquina de rayar, recortar y cortar cartón» (p. 85) para los unidos encuadernadores examinados de Bonn las generaliza luego en una «cámara de máquinas».

«En todas partes deben erigirse, mediante una liga de los respectivos maestros gremiales, negocios similares en pequeño a las fábricas de comerciantes particulares, que solo trabajen por encargo para los maestros locales y no acepten pedidos de otros patronos.» (p. 86) Lo peculiar de esta cámara de máquinas es que «una administración comercial» solo es «necesaria al principio» (ibíd.). «Toda idea tan nueva como esta», exclama Gottfried «con beatitud», «necesita antes de su realización ser pensada hasta en sus detalles con la máxima calma práctica. ¡A este pensamiento» exhorta «a que se dedique cada oficio por separado!» (p. 87, 88).

A esto se añade una polémica contra la competencia del Estado por medio del trabajo de los presos, reminiscencias sobre una colonia de delincuentes («creación de una Siberia humana», p. 102), y finalmente contra las «llamadas compañías de artesanos y comisiones de artesanía» en el ejército. La carga militar debe aliviarse para el estado de los artesanos haciendo que el Estado encargue el material a los maestros artesanos más caro de lo que él mismo puede producirlo.

«Las cuestiones de competencia quedan con esto despachadas.» (p. 109)

El segundo punto principal al que Gottfried pasa ahora es la ayuda material que el Estado debe prestar al estado de los artesanos. Gottfried, que solo considera al Estado desde el punto de vista del funcionario, es de la opinión de que la forma más sencilla de ayudar al artesano es, sin duda, mediante anticipos de la gran caja estatal para la construcción de lonjas gremiales, cajas de préstamos, etc. De dónde hayan de salir los fondos para ello en la caja del Estado, eso, como el lado «no bello» de la cuestión, no debe, naturalmente, ser investigado aquí.

Finalmente, no podía faltar que nuestro teólogo recayera en el papel de predicador moral y diera al estado de los artesanos una conferencia moral sobre cómo podría ayudarse a sí mismo. Ante todo «quejas sobre el largo fiado y los descuentos de facturas», p. 136, con lo que al artesano se le plantea también la cuestión de conciencia: «¿Tienes, amigo mío, para cada trabajo que haces, una tarifa igual y completamente invariable?», p. 132, ocasión en la que se le advierte especialmente que no cobre demasiado a los «ingleses ricos». «La raíz de todo el mal», ha espinitizado Gottfried, «son las cuentas anuales.» p. 139. Luego, jeremiadas sobre la coquetería de las mujeres de los artesanos y la vida de taberna de los hombres artesanos. p. 140 y ss.

Los medios, ahora, con los que el estado de los artesanos puede elevarse a sí mismo son «el gremio, la caja de enfermos y el tribunal arbitral artesanal», p. 146; y, por último, las asociaciones de cultura de los obreros, p. 153. Como última palabra de estas asociaciones de cultura se pronuncia lo siguiente:

«Por último, el canto, en unión con la declamación, tiende el puente hacia la
representación dramática
y el
teatro artesanal
, que debe considerarse siempre como meta final de estos empeños estéticos. Solo cuando las clases trabajadoras aprendan a moverse de nuevo en el
escenario
, su educación artística estará completa.» (p. 174/175)

Así ha convertido Gottfried felizmente al artesano en comediante, y con ello ha vuelto a llegar a sí mismo.

Toda esta obra bonita con los anhelos gremiales de los maestros artesanos de Bonn tuvo, no obstante, su resultado práctico. A cambio de la solemne promesa de solicitar la restauración de los gremios, se impuso la elección del amigo Gottfried como diputado por Bonn para la segunda cámara impuesta. «Gottfried se sintió feliz a partir de esa hora.»

Partió de inmediato para Berlín y, como creía que el gobierno quería dotarse en la segunda cámara de un «gremio» sólido de maestros legisladores aprobados, se instaló allí como para toda la vida y decidió hacer venir a mujer e hijo. Pero entonces se disolvió la cámara, y el amigo Gottfried, tras breve sumo goce parlamentario, regresó amargamente decepcionado a Mockel.

Poco después estalló el conflicto entre los gobiernos y la Asamblea de Fráncfort, y con ello los movimientos en el sur de Alemania y en el Rin. La patria llamó, y Gottfried siguió. Siegburg tenía un arsenal de la milicia, y Siegburg era el lugar donde Gottfried, después de Bonn, había esparcido con más frecuencia la semilla de la libertad. Se unió

[...] se reunió, por tanto, con su amigo, el ex teniente Anneke, y convocó a todos sus fieles para la expedición contra Siegburg. El punto de encuentro era el puente volante. Debían acudir más de cien, pero cuando, tras una larga espera, Gottfried contó las cabezas de sus allegados, apenas sumaban treinta, entre ellos —para eterna vergüenza de la Asociación de los Abejorros, sea dicho— ¡solo tres estudiantes! Impertérrito, sin embargo, Gottfried cruzó el Rin con su pequeño tropel y marchó hacia Siegburg. La noche era oscura y lluviosa. De repente, resuena un galope de caballos tras los valientes. Se ocultan a un lado del camino; una patrulla de lanceros <ulanos> pasa al trote: unos miserables muchachos habían divulgado el asunto; las autoridades estaban advertidas, la expedición se había frustrado y hubo que volverse. El dolor que en esa noche desgarró el pecho de Gottfried solo es comparable al que sintió cuando tanto Knapp como Chamisso se negaron a acoger los primeros brotes de su poesía en sus almanaques de las musas.

Después de esto, su permanencia en Bonn ya no era posible, pero ¿acaso no ofrecía el Palatinado un vasto campo para su actividad? Se fue a Kaiserslautern, y como necesitaba un puesto, obtuvo una sinecura en la oficina de guerra (según se dice, la dirección de los asuntos navales), mientras se ganaba el pan con el ya conocido comercio ambulante de felicidad para el pueblo y la libertad entre los campesinos de los alrededores, y se dice que en esta ocasión, en algunos distritos reaccionarios, no le fue precisamente muy amigable. A pesar de estos pequeños contratiempos, se podía ver a Kinkel en todas las carreteras, caminando vigorosamente, la bolsa de viaje al hombro, y aparece de ahora en adelante también en todos los periódicos con el atributo permanente de la bolsa de viaje.

Pero el movimiento palatino llegó a un rápido final, y encontramos de nuevo a Kinkel en Karlsruhe, empuñando el mosquete en lugar de la bolsa de viaje, el cual se convierte ahora en su distintivo permanente. Este mosquete debía de tener un lado muy hermoso, a saber, una culata y un guardamanos de caoba, y era en todo caso un mosquete estético, artístico; el lado feo de él era, desde luego, que el amigo Gottfried no sabía ni cargarlo, ni apuntar, ni disparar, ni marchar. Razón por la cual un amigo le preguntó por qué quería entonces ir a la lucha, a lo que Gottfried respondió: Pues bien, a Bonn no puedo volver, ¡y de algo he de vivir!

Así entró Gottfried en las filas de los guerreros, en el cuerpo del caballeroso Willich. Según nos han asegurado de manera fidedigna varios de sus hermanos de armas, Gottfried compartió de ahora en adelante todas las vicisitudes de esta unidad, humilde y en figura de un simple franco tirador, afable y amigable tanto en los malos como en los buenos tiempos, aunque la mayor parte del tiempo en el carro de rezagados. Pero en Rastatt debía este auténtico testigo de la verdad y el derecho superar aquella prueba de la que desde entonces ha salido como mártir, inmaculado, bajo la admiración de todo el pueblo alemán. Las circunstancias precisas de este suceso aún no se han determinado con exactitud; solo se asegura que, cuando una tropa de franco tiradores se extravió mientras tiroteaban, algunos disparos les llegaron por el flanco, que una bala rozó levemente la cabeza de nuestro Gottfried y que este cayó al suelo exclamando: «¡Estoy muerto!»; que, aunque no estaba muerto, no pudo sin embargo seguir la retirada de los demás y fue conducido a una casa de labranza, donde se dirigió a los honrados campesinos de la Selva Negra con estas palabras: «¡Salvadme, soy Kinkel!» —y, por último, que allí lo encontraron los prusianos y se lo llevaron al cautiverio babilónico.

[Los grandes hombres del exilio - Parte 4]

II.
IV.

III

Con su apresamiento se abrió para Kinkel un nuevo período vital, que hace época a la vez en la historia del desarrollo de la pequeña burguesía alemana. Apenas la Asociación de los Abejorros supo que Kinkel estaba preso, escribió a todos los periódicos alemanes que Kinkel, el gran poeta, estaba en peligro de ser fusilado en consejo de guerra sumarísimo, y que el pueblo alemán, particularmente los cultos, pero muy especialmente las mujeres y las doncellas, estaban obligados a hacer todo lo posible para salvar la vida del poeta cautivo. Por esa misma época, según se asegura, compuso él mismo un poema en el que se comparaba con «su amigo y maestro Cristo» y decía también de sí mismo: Mi sangre será derramada por vosotros. De ahora en adelante recibió el atributo de la lira. Así supo Alemania de repente que Kinkel era un poeta, un gran poeta, y desde ese instante la masa de la pequeña burguesía alemana y de los esteticistas aguachirles participó por un tiempo en la comedia de la flor azul de nuestro Enrique de Ofterdingen.

Los prusianos, entretanto, lo pusieron ante un consejo de guerra. Esto le dio la oportunidad, por primera vez desde hacía mucho tiempo, de ensayar de nuevo uno de aquellos conmovedores llamamientos a las glándulas lacrimales de su auditorio, en los que ya antes, como predicador auxiliar en Colonia, había tenido tanto éxito —teste <según el testimonio de> Mockel, como también Colonia estaba destinada a admirar poco después su más brillante actuación en este ramo—. Ante el consejo de guerra pronunció un discurso de defensa que, por indiscreción de un amigo, fue puesto luego, por desgracia, ante el gran público en el «Abend-Post» de Berlín. En este discurso, Kinkel «se precave contra toda equiparación de sus actos con la suciedad y el fango que, lo sé, se ha adherido por desgracia finalmente a esta revolución».

Después de este discurso en extremo revolucionario, Kinkel fue condenado a veinte años de fortaleza, conmutados por gracia, sin embargo, a pena de presidio. Fue trasladado luego a Naugard, donde se dice que lo emplearon en hilar lana, y así aparece, como antes con la bolsa de viaje, luego con el mosquete, luego con la lira, ahora con el atributo de la rueca. Más tarde lo veremos peregrinar a través del océano con el atributo del cinto monetario.

Mientras tanto, ocurría en Alemania un suceso curioso. El pequeñoburgués alemán, un alma bella por naturaleza como es sabido, había sido cruelmente desengañado en sus más dulces ilusiones por los duros golpes del año 1849. Ninguna esperanza se había hecho realidad, e incluso el pecho palpitante del joven empezaba a desesperar de los destinos de la patria. Una melancólica lasitud ablandaba todos los corazones, y por doquier se manifestaba la necesidad de un Cristo democrático, de un doliente real o imaginario, que en sus padecimientos portase con mansedumbre de cordero los pecados del mundo pequeñoburgués y en cuyas penas se condensase, por así decirlo, en forma aguda el flojo y crónico pesar de todo el filisteísmo. Para remediar esta necesidad sentida por todos, la Asociación de los Abejorros, con Mockel a la cabeza, se puso en movimiento. Y, en efecto, ¿quién era más idóneo para llevar a cabo esta gran comedia de la Pasión que la apasionada pasionaria Kinkel prisionera junto a la rueca, esa inagotable esponja de lágrimas del sentimiento más conmovido, que era además predicador de púlpito, profesor de bellas artes, diputado, buhonero político, mosquetero, poeta de nuevo descubrimiento y viejo director teatral, todo en una persona? Kinkel era el hombre del momento, y como tal fue aceptado de inmediato por el filisteísmo alemán. Todos los periódicos rebosaban de anécdotas, rasgos de carácter, poemas y reminiscencias del poeta cautivo; sus padecimientos carcelarios eran pintados con dimensiones descomunales, fabulosas; sus cabellos se volvían canos una vez al mes en los periódicos; en todos los casinos burgueses y tertulias de té se le recordaba con pesadumbre; las hijas de las clases cultas suspiraban por sus poemas, y solteronas que conocían la nostalgia lloraban en las más diversas ciudades de la patria por su quebrantada virilidad. Todas las otras víctimas profanas del movimiento, los fusilados, los caídos, los prisioneros, desaparecían ante el único cordero del sacrificio, ante el hombre según el corazón del filisteísmo masculino y femenino, y a él solo fluían los torrentes de lágrimas que, por supuesto, él solo también era capaz de corresponder. En suma, era el completo período Siegwart democrático, que en nada cedía al período Siegwart literario del siglo anterior, y Siegwart-Kinkel jamás se sintió más a gusto en papel alguno que en este, en el que aparecía grande no por lo que hacía, sino por lo que no hacía; grande no por la fuerza y la resistencia, sino por la debilidad y el flojo desmoronamiento, y donde su única tarea era padecer con decoro y sensiblería. Mockel, por su parte, supo sacar el lado práctico a esta molicie del público con madura experiencia y organizó sin demora una industria sumamente activa. Hizo reeditar y promocionar en público todas las obras impresas e inéditas de Gottfried, que de repente adquirieron valor y se pusieron de moda; sacó al mercado en esta ocasión sus propias experiencias vitales del mundo de los insectos, por ejemplo, la «Historia de una luciérnaga»; hizo prostituir ante el público, a buen precio, por medio del abejorro Strodtmann, los más secretos sentimientos del diario de Gottfried; organizó colectas de todo tipo y supo en general, con innegable habilidad industrial y gran perseverancia, convertir los sentimientos del mundo culto en duros táleros. Y encima tenía la satisfacción de que «en su pequeña habitación veía reunirse diariamente a su alrededor a los más grandes hombres de Alemania, por ejemplo, Adolf Stahr».

Pero la cúspide suprema de esta manía Siegwart la alcanzaría en el juicio con jurado de Colonia, en el que Gottfried dio una función como artista invitado en la primavera de 1850. El proceso por el atentado de Siegburg se despachó aquí, y se llevó a Kinkel a Colonia. Puesto que en este esbozo los diarios de Gottfried desempeñan un papel tan grande, vendrá a cuento que también nosotros insertemos aquí un pasaje del diario de un testigo ocular.

«La señora Kinkel lo visitó en la cárcel. Lo recibió tras la reja con versos; él respondió, según creo, en hexámetros; luego cayeron de rodillas uno frente al otro, y el inspector de la prisión, un viejo sargento que estaba a su lado, no sabía si tenía delante a locos o a comediantes. Más tarde explicó al procurador superior, cuando este indagó acerca del contenido de la conversación, que los dos habían hablado ciertamente en alemán, pero que él no había podido comprender ni una palabra, a lo que la señora Kinkel replicó, al parecer, que ciertamente no se debía nombrar inspector a un hombre carente por completo de formación literaria y artística.»

Ante los jurados, Kinkel se afirmó como puro sacalágrimas, como literato del período Siegwart del año de «Las penas de Werther».

«"Señores del tribunal, señores jurados —ojos de aurícula de mis hijos— agua verde del Rin— no envilece estrechar la mano al proletario— pálidos labios del hombre cautivo— suave aire de la patria"— y bazofia semejante: ese fue todo el famoso discurso, y el público, los jurados, la fiscalía y hasta los gendarmes lloraban sus amargas lágrimas, y la sesión concluyó con una absolución unánime y un unánime lloriqueo y sollozo. Kinkel es ciertamente un hombre bueno y amable, pero, por lo demás, una repulsiva mezcolanza de reminiscencias religiosas, políticas y literarias.»

A uno se le subían los piojos a la bilis.

Por suerte, este período lamentable llegó muy pronto a su fin con la romántica liberación de Kinkel de la penitenciaría de Spandau. En esta liberación se repitió la historia de Ricardo Corazón de León y Blondel, sólo que esta vez Blondel estaba en la cárcel, mientras que Corazón de León tocaba fuera el organillo, y que el Blondel era un vulgar cantor callejero y el Corazón de León, en el fondo, tampoco era mucho más que un cobarde. El Corazón de León era, en efecto, el estudiante Schurz, del Maikäferverein, un hombrecillo intrigante de gran ambición y escaso rendimiento, aunque lo bastante astuto para tener claro quién era el «Lamartine alemán». No mucho después de la historia de la liberación, el estudiante Schurz declaró en París que sabía muy bien que Kinkel, a quien utilizaba, no era ningún lumen mundi (ninguna lumbrera del mundo), mientras que él, Schurz, y ningún otro, estaba destinado a ser el futuro presidente de la república alemana. A este hombrecillo, uno de aquellos estudiantes «de levita marrón y sobretodo azul claro», a los que la mirada de Gottfried, sombría y llameante, había perseguido ya antes, le salió bien la liberación de Kinkel sacrificando a un pobre diablo de carcelero, que ahora purga por ello con el sublime sentimiento de ser mártir de la libertad… de Gottfried Kinkel.

[Die großen Männer des Exils - Teil 5]

IV

En Londres encontramos de nuevo a Kinkel, y esta vez, gracias a su fama carcelaria y al lloriqueo del filisteísmo alemán, como el hombre más grande de Alemania. El amigo Gottfried, consciente de su excelsa misión, supo aprovechar todas las ventajas del momento. La romántica liberación dio un nuevo impulso a la adoración por Kinkel en la patria, el cual, encauzado con mucha destreza por la vía apropiada, no dejó de tener resultados materiales. Pero al mismo tiempo, la metrópolis mundial le abría al homenajeado un terreno nuevo y muy vasto para hacerse festejar de nuevo. Tenía claro que debía convertirse en el león de la season (de la temporada). Con este fin, por de pronto, se abstuvo de toda actividad política y, ante todo, se dejó crecer de nuevo la barba en el retiro del hogar, sin la cual ningún profeta vale nada. Luego acudió a Dickens, a los periódicos liberales ingleses, a los comerciantes alemanes de la City, especialmente a los judíos estetizantes de allí; fue todo para todos: para uno, poeta; para otro, patriota en general; para un tercero, catedrático de bellas artes; para un cuarto, cristiano; para un quinto, un sublime Odiseo paciente; pero para todos, el amable, artístico, benévolo y filantrópico Gottfried. No descansó hasta que Dickens lo celebró en los “Household Words” y hasta que las “Illustrated News” publicaron su retrato; movilizó a los pocos alemanes en Londres que habían vivido también desde lejos el empalago de Kinkel, para hacerse invitar en apariencia a dar conferencias sobre el drama moderno, con cuyas entradas luego llovían en los hogares de los comerciantes alemanes a montones. No se desdeñó ningún ajetreo, ningún puff (ningún griterío propagandístico), ningún charlatanismo, ninguna impertinencia, ninguna humillación frente a este público, pero, a cambio, no faltó el éxito. Gottfried se contemplaba complacido en su propia fama y en el espejo gigantesco del Palacio de Cristal del mundo, y puede decirse que ahora se sentía inmensamente bien.

El reconocimiento de sus conferencias no se hizo esperar (ver “Kosmos”):

“Kosmos”. “Las conferencias de Kinkel”.

“Ante las ‘imágenes de niebla’ de Döbler se me ocurrió una vez la chistosa idea de si tales caóticas creaciones se podrían producir con la ‘palabra’, si se podrían hablar imágenes de niebla. Es ciertamente desagradable, como crítico, tener que confesar de entrada que, en este caso, la independencia crítica vibra en los nervios galvanizados de una reminiscencia suscitada, como el eco de un tono que se apaga reverbera en las cuerdas. Sin embargo, prefiero renunciar al análisis erudito, apto para pelucas aburridas, de la insensibilidad docta, antes que negar aquel tono con que la encantadora musa del fugitivo alemán resonó en el juego de ideas de mi receptividad. Este tono fundamental de los cuadros de Kinkel, esta caja de resonancia de sus acordes, es la ‘palabra’ sonora, creadora, formadora, que va dando forma paulatinamente: ‘el pensamiento moderno’. El ‘juicio’ humano de este pensamiento arrebata la verdad del caos de las tradiciones mentirosas y la erige en propiedad intangible de la totalidad, bajo la protección de las minorías movidas por el espíritu y la lógica, que la educan de la ignorancia crédula a una ciencia más incrédula. A la ciencia de la incredulidad le corresponde profanar el misticismo del piadoso engaño, socavar el absolutismo de la costumbre embrutecida; decapitar a las autoridades mediante el escepticismo, esa guillotina incansable de la filosofía, y guiar a los pueblos desde el amasijo de nubes de la teocracia, por medio de la revolución, hacia los florecientes campos de la democracia” (del disparate). “La investigación perseverante y tenaz en los anales de la humanidad, así como la explicación del hombre mismo, es la gran tarea de todos los hombres de la subversión, y esto lo reconoció aquel respetado poeta rebelde que, en las veladas de los tres lunes recientemente transcurridos, expuso ante un público burgués, a propósito de la historia del teatro moderno, sus ‘dissolving views’ (sus ‘opiniones disolventes’).”

“Un obrero”

Se afirma generalmente que un pariente muy cercano de K[inkel] —Mockel— es este obrero, ya por lo de la «caja de resonancia», el «tono que se apaga», los «acordes» y los «nervios galvanizados».

Pero tampoco habría de durar eternamente este período de un autodisfrute penosamente ganado. El día postrero del orden mundial existente, el juicio universal democrático, el tan famoso mayo de 1852, se avecinaba cada vez más. Para presentarse en ese gran día calzado y espoleado, Gottfried Kinkel tuvo que volver a sacar la piel de león política, tuvo que ponerse en relación con la «emigración».

Con esto llegamos a la «emigración» londinense, ese batiburrillo de antiguos miembros del Parlamento de Fráncfort, de la Asamblea Nacional de Berlín y de la Cámara de Diputados, de señores de la campaña de Baden, de gigantes de la comedia de la Constitución imperial, de literatos sin público, de vocingleros de los clubes y congresos democráticos, de periodistas de duodécimo orden y similares.

Los grandes hombres de la Alemania de 1848 estaban a punto de tener un final miserable, cuando el triunfo de los «tiranos» los puso a salvo, los arrojó al extranjero y los convirtió en mártires y en santos. La contrarrevolución los salvó. El desarrollo de la política continental trajo a la mayoría de ellos a Londres, que así se convirtió en su punto central europeo. En esta situación, se daba por supuesto que algo tenía que hacerse, algo había que emprender, para devolver cada día a la memoria del público la existencia de esos liberadores del mundo; había que impedir a toda costa la apariencia de que la historia universal avanzaba también sin la intervención de estos poderosos. Cuanto más incapaz era esta escoria humana, por su propia impotencia y por las circunstancias existentes, de hacer algo real, tanto más afanosamente tenía que practicar esa actividad aparente y sin resultado, cuyas acciones imaginarias, partidos imaginarios, luchas imaginarias e intereses imaginarios han sido pregonados con tanta pompa por los participantes. Cuanto más impotentes se era para provocar realmente una nueva revolución, tanto más se tenía que descontar en el espíritu esa eventualidad futura, distribuir por anticipado los puestos y recrearse en el disfrute anticipado del poder. La forma en que aparecía esa actividad de aire importante era la de una mutua sociedad aseguradora de la granidomía y la recíproca garantía de los futuros puestos de gobierno.

[Die großen Männer des Exils - Teil 6]

V

El primer intento de semejante «organización» se emprendió ya en la primavera de 1850: Por aquel entonces se colportaba en Londres un ampuloso «Proyecto de circular a los demócratas alemanes, impreso como manuscrito», junto con una «Carta de acompañamiento a los dirigentes». En esta circular y en la carta se exhorta a la creación de una iglesia democrática general. El objetivo inmediato era la formación de una Oficina Central para los asuntos de la emigración alemana, para la administración común de los asuntos de los refugiados, la instalación de una imprenta en Londres, la unión de todos los patriotas contra el enemigo común, etcétera. La emigración debía convertirse entonces de nuevo en el centro del movimiento interior; la organización de la emigración, en el comienzo de una organización general de la democracia; los indigentes entre las personalidades destacadas debían ser asalariados como miembros de la Oficina Central mediante la imposición al pueblo alemán de un tributo. Esta imposición de un tributo parecía tanto más adecuada cuanto que «la emigración alemana llegó al extranjero no sólo sin un héroe respetable, sino, lo que era peor, también sin un fondo económico común». No se oculta que los comités húngaro, polaco y francés ya existentes sirven de modelo a esta «organización», y una cierta envidia hacia la posición privilegiada de esos preeminentes compañeros de alianza se desprende de todo el documento.

La circular era el producto común de los señores Rudolph Schramm y Gustav Struve, tras los cuales se ocultaba, como miembro correspondiente, la alegre figura del señor Arnold Ruge, que por entonces residía en Ostende.

El señor Rudolph Schramm —un hombrecillo vocinglero, charlatán y de lo más confuso, que se había elegido como lema de vida el pasaje de El sobrino de Rameau:

«Prefiero ser un charlatán impertinente antes que no ser nada.» (Diderot, El sobrino de Rameau)

El señor Camphausen, en la flor de su poder, le habría dado con gusto un puesto importante al joven y deslenguado crefeldés, si hubiera sido compatible con el decoro elevar así a un simple referendario. Gracias a la etiqueta burocrática, al señor Schramm sólo le quedó abierta la carrera democrática. En ella llegó realmente una vez a ser presidente del club democrático de Berlín y más tarde, gracias a la intervención de algunos diputados de la izquierda, fue elegido diputado por Striegau para la Asamblea Nacional de Berlín. Allí el hasta entonces tan verboso Schramm se distinguió por un silencio pertinaz, aunque acompañado de un incesante gruñido. Después de la disolución de la Constituyente, el demócrata popular escribió un folleto monárquico-constitucional, sin que por ello volviera a ser elegido. Más tarde, en la época del gobierno de Brentano, apareció un momento en Baden y allí trabó conocimiento con Struve en el «Club del Progreso Decidido». Llegado a Londres, declaró que quería retirarse de toda actividad política, razón por la cual acto seguido emitió la susodicha circular. En el fondo, burócrata fracasado, el señor Schramm se figuraba, en vista de sus relaciones familiares, que representaba el elemento de la burguesía radical en la emigración, y a fe que caricaturizaba al burgués radical no sin cierta gracia.

Gustav Struve pertenece a las figuras más notables de la emigración. Su apariencia de tafilete, sus ojos saltones de necio astuto, su calva de suave brillo, sus rasgos eslavo-calmucos delatan a primera vista al hombre excepcional, y la impresión se acrecienta con su voz gutural amortiguada, la unción sentimental de su discurso y la solemne importancia de sus modales. Por lo demás, para hacer honor a la verdad, nuestro Gustav, dada la dificultad —hoy tan incrementada para cualquiera— de distinguirse, buscó al menos diferenciarse de sus conciudadanos convirtiendo en su ocupación principal toda suerte de extraños asuntos secundarios y haciendo propaganda de las más diversas bagatelas, medio profeta, medio caballero de industria, medio pedicuro. Así, se le ocurrió de repente, siendo ruso de nacimiento, entusiasmarse por la libertad alemana, después de haber prestado algunos servicios de supernumerario en la legación rusa ante la Dieta Federal y haber escrito un pequeño folleto en interés de la Dieta Federal. Como consideraba su propio cráneo como el cráneo humano normal, se lanzó a la craneoscopia, y a partir de entonces no se fiaba de nadie cuyo cráneo no hubiese palpado y examinado previamente. También dejó de comer carne y predicó el evangelio de la dieta vegetariana exclusiva; además, era profeta del tiempo, se enfurecía contra el tabaco y agitaba de manera significativa en interés de la moral del catolicismo alemán y la hidroterapia. Dado su profundo odio a todo saber positivo, naturalmente soñaba con universidades libres donde, en lugar de las cuatro facultades, se practicasen la craneoscopia, la fisiognomía, la quiromancia y la necromancia. Y era totalmente propio de su papel el que insistiera con la máxima obstinación en convertirse en un gran escritor, precisamente porque su manera de escribir es exactamente lo contrario de todo cuanto puede valer como estilo.

Ya a comienzos de los años cuarenta, Gustav había inventado el *Deutscher Zuschauer*, un periodicucho que publicaba en Mannheim, que patentó y que, como idea fija, lo perseguía por doquier. También descubrió ya entonces que los dos libros que son su Antiguo y Nuevo Testamento, la *Historia universal* de Rotteck y el *Staats-Lexikon* de Rotteck y Welcker, ya no estaban a la altura de los tiempos y necesitaban una nueva
edición democrática.
Esta revisión, que Gustav emprendió de inmediato y de la que ya había hecho imprimir por adelantado un extracto como *Fundamentos de la ciencia del Estado* —esta revisión se convirtió sin embargo en «una necesidad imperiosa desde 1848, pues el difunto Rotteck no había vivido las experiencias de los últimos años».

Entretanto, estallaron una tras otra aquellas tres «insurrecciones populares» badenses que el propio Gustav nos ha descrito históricamente como el centro de todo el movimiento mundial moderno. Arrojado al exilio ya por el primer levantamiento de Hecker, y ocupado precisamente en volver a publicar su *Deutscher Zuschauer* en Basilea, le sobrevino el duro golpe de que el editor de Mannheim hiciera continuar el *Deutscher Zuschauer* local bajo otra redacción. La lucha entre el verdadero y el falso *Deutscher Zuschauer* fue tan encarnizada que ninguno de los dos sobrevivió a ella. En cambio, Gustav redactó una constitución para la república federal alemana, según la cual Alemania quedaba dividida en veinticuatro repúblicas, cada una con un presidente y dos cámaras; se adjuntaba un pulcro mapa en el que se veía exactamente toda la división.

En septiembre de 1848 comenzó la segunda insurrección, de la que nuestro Gustav era a la vez César y Sócrates. Aprovechó el tiempo durante el cual le fue concedido pisar de nuevo suelo alemán para hacer a los campesinos de la Selva Negra enérgicas representaciones sobre las desventajas de fumar tabaco. En Lörrach publicó su *Moniteur* bajo el título: «Hoja Oficial — Estado Libre Alemán — Libertad, Bienestar, Educación». Este órgano publicó, entre otras cosas, el siguiente decreto:

«Art. 1. Queda derogado el recargo aduanero del 10 por ciento introducido por … sobre las mercancías procedentes de Suiza; Art. 2. El administrador de aduanas, Christian Müller, queda encargado de la ejecución de esta disposición.»

Su fiel Amalie compartía todas sus fatigas y las describió luego de manera romántica. También participó activamente en la toma de juramento a los gendarmes prisioneros, anudando un lazo rojo al brazo de cada uno de los que juraban lealtad al Estado Libre Alemán y abrazándolos luego. Por desgracia, Gustav y Amalie fueron capturados y languidecieron en la cárcel, donde el incansable Gustav reemprendió de inmediato su traducción republicana de la *Historia universal* de Rotteck, hasta que finalmente la tercera insurrección lo liberó. Ahora Gustav era miembro de un verdadero gobierno provisional, y a partir de entonces a sus demás ideas fijas se añadió la de la manía del gobierno provisional. Como presidente del senado de guerra, se apresuró a introducir la mayor confusión posible en los asuntos de su departamento y a recomendar como ministro de la Guerra al «traidor» Mayerhofer (Goegg, «Retrospectiva…», París 1850). Más tarde aspiró en vano a ser nombrado ministro de Asuntos Exteriores y a recibir 60.000 florines a su disposición. El señor Brentano liberó pronto a nuestro Gustav de la carga gubernamental, y Gustav se puso entonces al frente de la oposición en el «Club del Progreso Decidido». Dirigió esta oposición con predilección contra aquellas medidas de Brentano a las que él mismo había dado su aprobación. Aun cuando este club fue disuelto y Gustav hubo de encaminarse como refugiado al Palatinado, tal desgracia tuvo sin embargo el lado bueno de que ahora, en Neustadt an der Haardt, el inevitable *Deutscher Zuschauer* pudiera hacer de nuevo su aparición en un número aislado —lo que compensó a Gustav de muchos sufrimientos inmerecidos—. Otra satisfacción fue que, en una elección parcial celebrada en algún rincón apartado de la región alta, fuera nombrado miembro de la Constituyente badense y pudiera regresar ahora con capacidad oficial. En esta asamblea, Gustav solo se distinguió por las tres siguientes mociones presentadas en Friburgo: 1. El 28 de junio: declarar traidor a todo el que quisiera negociar con el enemigo; 2. El 30 de junio: nombrar un nuevo gobierno provisional en el que Struve tuviera asiento y voto; 3. Tras el rechazo de esta última moción, en el mismo día: que, después de que la batalla perdida cerca de Rastatt hubiera hecho infructuosa toda resistencia, era preciso ahorrar a la región alta los horrores de la guerra y que, a tal fin, se pagara a cada funcionario y soldado diez días de soldada, a los miembros de la Constituyente diez días de dietas más gastos de viaje, y se marchara luego a tambor batiente y con son de trompetas hacia Suiza. Tras el rechazo también de esta moción, Gustav se fue enseguida por su cuenta a Suiza y, de allí, expulsado a bastonazos por James Fazy, a Londres, donde hizo acto de presencia con un nuevo descubrimiento, a saber, los
seis flagelos de la humanidad
. Estos seis flagelos eran: los príncipes, la nobleza, los curas, la burocracia, el ejército permanente, el talego y las chinches. En qué espíritu refundía Gustav al difunto Rotteck puede verse por su ulterior descubrimiento de que el talego es un invento de Luis Felipe. Estos seis flagelos los predica Gustav en el *Deutsche Londoner Zeitung* del exduque de Brunswick, por lo cual fue bastante bien remunerado y aceptó luego también con gratitud la censura del señor duque. Hasta aquí por lo que toca a la relación de Gustav con el primer flagelo, los príncipes. En cuanto a su relación con el segundo, la nobleza, nuestro republicano ético-religioso se hizo grabar tarjetas de visita en las que figuraba como «barón von Struve». Si no entabló relaciones igualmente amistosas con los demás flagelos, no puede ser culpa suya. Luego Gustav aprovechó su ocio en Londres para confeccionar un calendario republicano, en el cual, en vez de santos, lucen puros nombres de hombres de convicción, y con particular frecuencia «Gustav» y «Amalie»; los meses recibieron denominaciones alemanas calcadas del calendario republicano francés, y demás fruslerías por el estilo, de utilidad pública y trivialidad notoria. Por lo demás, también en Londres reaparecieron las queridas ideas fijas: renovar el *Deutscher Zuschauer* y renovar el Club del Progreso Decidido y formar un gobierno provisional. En todos estos puntos coincidió con Schramm, y así surgió la circular.

El tercero en la liga, el gran
Arnold Ruge
, ilumina a toda la emigración con su figura de sargento, aún a la espera de un empleo civil. No puede decirse que este noble se recomiende por un exterior particularmente agradable; los conocidos parisinos solían calificar sus rasgos pomerano-eslavos de rostro de garduña (*figure de fouine*). 

Arnold Ruge, hijo de campesinos de Rügen y paciente de siete años en cárceles prusianas por maquinaciones demagógicas, se arrojó con ímpetu en brazos de la filosofía hegeliana tan pronto como descubrió que solo se necesitaba hojear la enciclopedia hegeliana para quedar dispensado del estudio de todas las demás ciencias. Él tenía además el principio (que también estableció en una novela y trató de hacer valer entre sus amigos —el desdichado Herwegh sabe algo de eso—), el principio de valorizarse también en el matrimonio, y por ello se casó tempranamente con una «base sustancial».

Con ayuda de sus frases hegelianas y de su base sustancial, no pasó de ser el portero de la filosofía alemana, cualidad en la que le correspondía, en los *Hallische Jahrbücher* y los *Deutsche Jahrbücher*, anunciar y dar bombo a las celebridades emergentes, explotándolas literariamente en esa ocasión con cierta habilidad. Por desgracia, sobrevino muy pronto el período de la anarquía filosófica, el período en que la ciencia ya no tenía un rey reconocido, en que Strauß, B. Bauer, Feuerbach se hacían la guerra entre sí, y en que los más diversos elementos extraños comenzaron a enturbiar la sencillez de la doctrina clásica. Ahora nuestro Ruge se quedó perplejo, ya no veía su camino ante sí, sus categorías hegelianas, de por sí incoherentes, se le entremezclaban confusamente, y sintió de repente una grandísima nostalgia de un movimiento poderoso en el que ya no se tomaran tan en serio el pensar y el escribir.

En los *Hallische Jahrbücher*, Ruge desempeñó el mismo papel que el difunto librero Nicolai en la vieja *Berliner Monatsschrift*. Al igual que este, buscó su principal mérito en imprimir los trabajos de otros y obtener de ello ventaja material y materia literaria para sus propias efusiones mentales. Solo que nuestro Ruge supo potenciar este reescribir los artículos de sus colaboradores, este proceso digestivo literario, hasta su inevitable resultado final, mucho más que su modelo original. Para ello Ruge no era el portero de la Ilustración alemana, era el Nicolai de la moderna filosofía alemana, y podía ocultar la trivialidad congénita de su genio tras el espeso zarzal de giros especulativos. Como Nicolai, luchó valientemente contra el
Romanticismo
, precisamente porque Hegel ya lo había eliminado críticamente en su *Estética* y Heine literariamente en la *Escuela romántica*. Pero a diferencia de Hegel, coincidió con Nicolai en que, como antirromántico, creía tener derecho a presentar la ordinaria pequeñoburguesía filistea, y sobre todo su propia figura de filisteo, como ideal acabado. A este fin…

y para combatir al enemigo en su propio terreno, Ruge compuso también versos, cuya insípida sobriedad, no alcanzada por ningún holandés, fue arrojada desafiante al rostro de los románticos como un guante.

Por lo demás, nuestro pensador pomerano no se sentía muy a gusto en la filosofía hegeliana. Aunque era fuerte en percibir contradicciones, poseía en cambio una incapacidad tanto mayor para resolverlas, y sentía una aversión muy explicable hacia la dialéctica. Ocurría así que en su cerebro dogmático las contradicciones más groseras cohabitaban pacíficamente bajo un mismo techo, y que su ya de por sí pesadísima capacidad conceptual no se encontraba en ningún sitio más a gusto que en semejante sociedad mixta. Le sucedía a veces que digería a su modo, simultáneamente, dos artículos de escritores distintos y los fundía en un producto nuevo, sin notar que ambos estaban escritos desde puntos de vista completamente opuestos. Siempre atascado en sus contradicciones, se las arreglaba afirmando, frente a los teóricos, que su pensamiento defectuoso era práctico, y frente a los prácticos, en cambio, que su torpeza e inconsecuencia prácticas constituían el más alto logro teórico, para terminar declarando que precisamente este empecinamiento en contradicciones irreductibles, esta fe acrítica y caótica en los compendios de todas las frases populares del día, era la
«convicción»
.

Antes de seguir la suerte ulterior de nuestro Moritz von Sachsen, como solía llamarse en círculos íntimos, señalemos dos cualidades que ya se manifestaban en los Jahrbücher. La primera es el
furor de manifiestos
. Apenas alguien pergeñaba un nuevo punto de vista cualquiera, al que Ruge le auguraba algún futuro, lanzaba un manifiesto. Puesto que nadie le reprocha haber sido culpable jamás de un pensamiento original, tal manifiesto era siempre una ocasión adecuada para reivindicar lo nuevo como de su propiedad, de modo más o menos declamatorio, y para intentar al mismo tiempo la formación de un partido, una fracción, una «masa» que estuviera detrás de él y en la que pudiera hacer servicios de sargento. Ya veremos más tarde a qué increíble perfección ha llevado Ruge esta fabricación de manifiestos, proclamas y pronunciamientos. – La segunda cualidad es el particular modo de
laboriosidad
en que Arnold sobresale. Como no le gusta estudiar mucho o, según dice, «escribir sacando de una biblioteca para la otra», prefiere «beber de la vida fresca», es decir, anotar cada tarde, con escrupulosa conciencia, todas las ocurrencias, «schnurren», ideas nuevas y demás comunicaciones que ha oído, leído y pescado en el curso del día. Estos materiales se emplean después, según la ocasión, para la tarea que Ruge despacha diariamente con la misma conciencia con que satisface sus otras necesidades corporales. Por ello sus admiradores suelen decir de él que no puede contener la tinta. De qué tema trate el producto literario diario es totalmente indiferente; lo principal es que Ruge derrama sobre el tema de turno aquella maravillosa salsa de estilo que sirve para todo, así como los ingleses disfrutan con igual placer su Soyer’s relish o su Warwickshire sauce, ya sea con pescado, aves, chuletas o cualquier otra cosa. Esta diarrea estilística cotidiana la llama Ruge con predilección «la forma de una belleza
contundente
» y vio en ello motivo suficiente para hacerse pasar por un «artista».

Tan satisfecho como estaba Ruge con su puesto de suizo de la filosofía alemana, un gusano roía en silencio lo más íntimo de su vida. No había escrito aún un solo libro gordo y envidiaba diariamente al afortunado Bruno Bauer, que ya en su juventud había publicado dieciocho pesados volúmenes. Para remediar esta desproporción, Ruge hizo imprimir un mismo artículo bajo títulos diferentes tres veces en un mismo tomo, y luego publicó este tomo a su vez en los más diversos formatos. Así surgieron las «Obras completas» de Arnold Ruge, que el autor, pulcramente encuadernadas, cuenta y recuenta cada mañana, volumen por volumen, en su biblioteca, para exclamar luego con satisfacción: «¡Pero Bruno Bauer no tiene convicción!»

Si Arnold no logró comprender la filosofía hegeliana, en cambio realizó en su propia persona una categoría hegeliana. Representó
«la conciencia honrada»
con asombrosa fidelidad, y se sintió más confirmado en ello cuando, en la
«Fenomenología»
—que por lo demás siguió siendo para él un libro sellado con siete sellos— hizo el agradable descubrimiento de que la conciencia honrada «siempre experimenta gozo en sí misma». La conciencia honrada oculta bajo una probidad inoportuna todas las pequeñas y falsas malicias y perfidias del filisteo; tiene derecho a permitirse toda bajeza, porque sabe que es baja por honestidad; la estupidez misma se convierte en una ventaja, pues es una prueba contundente de la solidez de la convicción. Tras cada segunda intención lleva la convicción de su interna rectitud, y cuanta más falsedad, cuanta más mezquina porquería se propone, tanto más franca y confiada puede mostrarse. Todas las pequeñas sordideces del burgués se transforman, bajo la aureola de la intención honrada, en otras tantas virtudes; el sórdido egoísmo aparece limpio y lavado bajo la forma de un sacrificio supuestamente ofrendado; la cobardía se presenta como valor en un sentido superior, la bellaquería se convierte en magnanimidad, y los toscos, inoportunos modales campesinos se ennoblecen, se transfiguran en síntomas de probidad y buen humor. Cloaca en la que confluyen de modo prodigioso todas las contradicciones de la filosofía, de la democracia y de la fraseología en general; por lo demás, un tipo abundantemente dotado de todos los vicios, bajezas y mezquindades, de la perfidia y la estupidez, de la avaricia y la torpeza, del servilismo y la arrogancia, de la falsedad y la bonhomía del siervo emancipado, del campesino; filisteo e ideólogo, ateo y creyente en frases, absoluto ignorante y absoluto filósofo en una sola persona: ése es nuestro Arnold Ruge, tal como Hegel ya lo profetizara en el año 1806.

Tras la represión de los «Deutsche Jahrbücher», Ruge trasladó a su familia en un carromato construido exprofeso a París. Su mala estrella lo puso allí en contacto con
Heine
, quien veneraba en él al hombre que «ha traducido a Hegel al pomerano». Heine le preguntó si Prutz no era un pseudónimo suyo, a lo que Ruge protestó concienzudamente, pero Heine no se dejaba disuadir de la opinión de que nuestro Arnold era el autor de los poemas de Prutz. Por lo demás, Heine descubrió muy pronto que, aunque Ruge no poseyera ningún talento, llevaba en cambio con éxito la máscara del carácter, y así ocurrió que el amigo Arnold inspiró al poeta la idea de su «Atta Troll». Si Ruge no inmortalizó su estancia en París con ninguna gran obra, le corresponde en cambio el mérito de que Heine lo hiciera por él. Por gratitud, el poeta le dedicó el conocido epitafio:

Atta Troll, oso tendencioso; moral
religioso; como esposo ardiente;
seducido por el espíritu de la época,
sansculotte originario del bosque;
muy mal bailarín, mas la convicción
portando en la peluda pechuga;
habiendo a veces también apestado;
¡ningún talento, pero sí un carácter!

En París le ocurrió a nuestro Arnold que se mezcló con los comunistas, hizo imprimir en los «Deutsch-Französischen Jahrbüchern» artículos de
Marx
y
Engels
que contenían exactamente lo contrario de lo que él mismo anunciaba en el prólogo, un percance que le señaló la «Allg[emeine] Z[ei]t[un]g» de Augsburgo, pero que soportó con filosófica resignación.

Para remediar una congénita torpeza social, nuestro Ruge aprendió de memoria un pequeño número de anécdotas singulares para contarlas a discreción, que él llama
schnurren
. El ocuparse largos años con estas schnurren trajo consigo que, paulatinamente, todos los acontecimientos, estados y relaciones se transformaran para él en puras schnurren agradables o desagradables, buenas o malas, importantes o no, interesantes o aburridas. El bullicio de París, las muchas impresiones nuevas, el socialismo, la política, el Palais-Royal, las ostras baratas, todo ello abrumó de tal modo al desdichado que su cabeza cayó en un schnurren permanente e incurable y París se convirtió para él en un ilimitado almacén de schnurren. De ahí se le ocurrió, entre otras, la schnurre de hacer levitas para el proletariado con aserrín, como en general tiene una debilidad por las schnurren industriales, para las que siempre busca en vano accionistas.

Cuando los alemanes políticamente más conocidos fueron expulsados de Francia, Ruge se salvó del destino haciéndose presentar ante el ministro Duchâtel como
savant sérieux
<erudito serio>. Sin duda pensaba en el «erudito» de «Amant de la lune» de Paul de Kock, que se acreditaba como savant por una manera original de lanzar tapones al aire. Poco después Arnold fue a Suiza, donde se encontró con el ex suboficial holandés, escritorzuelo local de Colonia y recaudador subalterno de impuestos prusiano
Heinzen
. Pronto los unió un vínculo de la más íntima amistad. Heinzen aprendió filosofía de Ruge, y Ruge política de Heinzen. Desde ese momento se desarrolla en Ruge la necesidad de actuar como filósofo por excelencia <de pura cepa> únicamente entre los elementos más burdos del movimiento alemán, un destino que lo llevó cada vez más abajo, hasta que finalmente pasó por filósofo solo entre curas amigos de la luz (Dulon), pastores católicos alemanes (Ronge) y Fanny Lewald. Entretanto, la anarquía en la filosofía alemana crecía día a día. «El único» de Stirner, «Socialismo, comunismo», etc., tantos nuevos invasores, incrementaron el schnurren en la cabeza de Ruge hasta lo insoportable; había que arriesgar un gran salto. Entonces Ruge se refugió tras el
Humanismo
, esa frase con la que todos los confusionarios alemanes, de Reuchlin a Herder, han encubierto su perplejidad. Esta frase parecía tanto más oportuna cuanto que Feuerbach acababa de «redescubrir al hombre», y Arnold se aferró a ella con tal desesperación que no la ha soltado hasta la hora presente. Pero un descubrimiento aún incomparablemente más importante hace Arnold en Suiza: el de que «el yo, mediante su
repetida aparición
ante el público, se acredita como
carácter
». A partir de ahora comienza una nueva actividad para Arnold. Elevó a principio la más desvergonzada intromisión e impertinencia. En todo tenía que participar Ruge, en todo meter la nariz. Ninguna gallina podía poner un huevo sin que Ruge «redactara la razón de ese acontecimiento». Había que mantener a toda costa la conexión con algún periodicucho de esquina donde pudiera tener lugar la repetida aparición. Ya no escribía ningún artículo de periódico sin firmar con su nombre y, a ser posible, hablar de sí mismo en él. El principio de la repetida aparición debía extenderse a cada artículo; primero debía publicarse en forma de carta en hojas europeas y (desde la emigración de Heinzen a Nueva York) americanas, luego imprimirse como folleto, y finalmente repetirse otra vez en las obras completas.

Tan pertrechado, nuestro Ruge pudo regresar a Leipzig para hacerse reconocer definitivamente como
carácter.
Pero tampoco allí todo eran rosas. Su viejo amigo, el librero Wigand, lo había reemplazado con sobrada fortuna en el papel de Nicolai, y, como no había ningún puesto vacante, Ruge se hundió en una sombría meditación sobre la fugacidad de todas las chocarrerías, cuando estalló la revolución alemana.

Con ello también nuestro Arnold se vio socorrido de repente. El poderoso movimiento, en el que hasta el más torpe nada diestro con la corriente, había llegado al fin, y Ruge se dirigió de inmediato a Berlín, donde se disponía a pescar en río revuelto. Puesto que acababa de estallar una
Revolución,
consideró lo más oportuno presentarse con una
Reforma.
Fundó el periodicucho de ese nombre. La parisina "Réforme" prerrevolucionaria era el periódico más desprovisto de talento, más inculto y más aburrido de Francia. La berlinesa "Reform" suministró la prueba de que aún podía superarse aquel modelo parisino y ofrecerse, sin empacho, un diario tan increíble al público alemán, incluso en la "metrópoli de la inteligencia". Con la aseveración de que precisamente la torpeza retórica de Ruge ofrecía la mejor garantía del hondo contenido que se ocultaba detrás, Arnold fue elegido por

Breslau para el Parlamento de Fráncfort. Allí tuvo ocasión al punto de presentarse, como redactor de la izquierda democrática, con un
Manifiesto
absurdo. Por lo demás, solo se distinguió por su entusiasmo por los
manifiestos de congresos populares
europeos y se sumó con celo al deseo general de que Prusia se disolviera en Alemania. Más tarde, de vuelta en Berlín, exigió que Alemania se disolviera en Prusia y Fráncfort en Berlín, y cuando finalmente se le ocurrió convertirse en par sajón, pretendió que Alemania y Prusia se disolvieran en Dresde.

Su actividad parlamentaria no le reportó otros laureles sino que su propio partido desesperó de su torpe ineptitud.
Al mismo tiempo,
sin embargo, su "Reform" iba cada vez peor, un mal que creía poder remediar solo con su presencia personal en Berlín. Como "conciencia honrada", se entiende, también encontró un pretexto archipolítico para esta retirada y pretendió de toda la izquierda que se retirara con él. Esto, naturalmente, no ocurrió, y Ruge marchó solo a Berlín. En Berlín descubrió que las colisiones modernas se resuelven mejor en la "forma Dessau", como bautizó al pequeño estado modélico democrático-constitucional. Luego, durante el sitio, redactó de nuevo un manifiesto en el que se exhorta al general
Wrangel
a marchar contra Windischgrätz para liberar Viena. La sanción del congreso democrático para este singular documento la obtuvo con el pretexto de que ya estaba compuesto e impreso, firma incluida. Por último, cuando la misma Berlín cayó en estado de sitio, el señor Ruge se presentó ante Manteuffel y le hizo proposiciones acerca de la "Reform", que fueron rechazadas. Manteuffel le declaró que deseaba tener puros periódicos de oposición como la "Reform", que la "Neue Preußische Zeitung" era mucho más peligrosa —manifestación que el ingenuo Ruge se apresuró a propalar por toda Alemania con triunfante orgullo—. Arnold se entusiasmó al mismo tiempo por la
resistencia pasiva,
que él mismo puso en práctica abandonando a su suerte el periódico, los redactores y todo lo demás y huyendo a toda prisa. La huida activa es, manifiestamente, la forma más decidida de la resistencia pasiva. La contrarrevolución se había impuesto, y ante ella corrió Ruge sin interrupción de Berlín a Londres.

Durante la insurrección de mayo en Dresde, Arnold, junto con su amigo Otto Wigand y el concejo municipal, se puso al frente del movimiento en Leipzig. Junto con estos camaradas publicó un enérgico
Manifiesto
a los dresdenses, instándolos a batirse con valor, pues en Leipzig estaban sentados Ruge, Wigand y los padres de la ciudad velando, y quien no se abandona a sí mismo,

tampoco lo abandona el cielo. Pero apenas se había publicado este manifiesto, nuestro valeroso Arnold se puso raudo en camino hacia Karlsruhe.

En Karlsruhe se sintió inseguro, aunque los badenses aún se mantenían en el Neckar y las hostilidades no habían comenzado ni mucho menos. Exigió a Brentano que lo enviara como legado a París. Brentano se permitió la broma de concederle el puesto por doce horas y a la mañana siguiente, cuando Ruge estaba a punto de partir, le revocó el nombramiento. Ruge marchó, no obstante, junto con los representantes realmente nombrados del gobierno de Brentano, Schütz y Blind, a París, y allí se condujo de un modo tan grotesco que su propio antiguo redactor Oppenheim declaró en la "Karlsruher Zeitung" oficial que el señor Ruge no había viajado en modo alguno a París en calidad oficial alguna, sino completamente "por su cuenta". Llevado una vez por Schütz y Blind a casa de Ledru-Rollin, Ruge interrumpió de pronto las negociaciones diplomáticas poniéndose a despotricar de modo espantoso contra los alemanes delante del francés, de manera que a sus compañeros no les quedó más remedio que retirarse consternados y comprometidos. Llegó el 13 de junio y golpeó tan fuertemente en las piernas de nuestro Arnold, que este las echó sin razón alguna bajo el brazo y solo volvió a cobrar aliento en Londres, en suelo británico libre. En vista de esta fuga, se comparó más tarde con Demóstenes.

En Londres, Ruge intentó en primer lugar anunciarse como enviado extraordinario badense. Después trató de presentarse ante la prensa inglesa como gran pensador y escritor alemán, pero en todas partes fue rechazado con la observación de que los ingleses eran demasiado materiales para comprender la filosofía alemana. También le preguntaron por sus obras, a lo que Ruge solo pudo responder con un suspiro, mientras al mismo tiempo Bruno Bauer le volvía vívidamente al alma. Pues incluso sus "obras completas", ¿qué eran sino folletos reimpresos muchas veces?, ¿y ni siquiera folletos, sino artículos de periódico encuadernados en rústica, y en el fondo ni siquiera artículos de periódico, sino enmarañados frutos de lecturas? Aquí era preciso que ocurriera de nuevo algo, y Ruge escribió dos artículos en el "Leader", donde, con el pretexto de describir la democracia alemana, declaraba que en Alemania ahora el
"humanismo"
estaba al orden del día, representado por Ludwig Feuerbach y Arnold Ruge, el autor de las siguientes obras: 1. "Die Religion unsrer Zeit", 2. "Die Demokratie und der Sozialismus", 3. "Die Philosophie und die Re-

volution". Estas tres obras que hacen época, que hasta ahora no se hallan en ninguna librería, no son, como se comprende, más que títulos nuevos aún no impresos de cualesquiera viejos artículos de Ruge. Al mismo tiempo Arnold reanudó sus tareas diarias, volviendo a traducir al alemán, para su propia instrucción, para provecho del público alemán y para gran horror del señor Brüggemann, artículos que desde la "Kölnische Zeitung" habían ido a parar al "Morning Advertiser". No precisamente cubierto de laurel se retiró a Ostende, donde encontró el ocio necesario para prepararse para el papel de sabio universal
Konfusius
<juego de palabras entre Konfuzius [Confucio] y konfus [confuso]>
de la
emigración
alemana.

Así como Gustav encarna las hortalizas, y Gottfried el sentimentalismo, Arnold representa el
entendimiento
o, más bien, el
desentendimiento
de la filisteofobia
pequeñoburguesa
alemana. Él no abre, como Arnold Winkelried, una senda a la libertad; es en persona "un
desagüe
de la libertad"; Ruge se alza en la revolución alemana como el letrero que en las esquinas de ciertas calles dice: Aquí está permitido orinar.

Volvemos por fin a nuestra carta circular y acompañante. Cayó rotundamente en tierra, y del primer intento de iglesia democrática universal no resultó nada. Schramm y Gustav declararon más tarde que la única culpa la tenía la circunstancia de que Ruge no sabía hablar francés ni escribir alemán. Pero luego los grandes hombres se pusieron de nuevo en actividad,

Chè ciascun oltra moda era possente,
Come udirete nel canto seguente.
<Pues cada cual era poderoso sin medida,
como oiréis en el canto siguiente.
Bojardo, "L'Orlando innamorato", canto 17>

[Los grandes hombres del exilio - Parte 7]

V. | Índice | VII. VI

VI

Simultáneamente con Gustav había llegado de Suiza a Londres Rodomonte K. Heinzen. K. Heinzen, que durante años había vivido de la amenaza de exterminar la "tiranía" en Alemania, se elevó, tras el estallido de la revolución de febrero, a la inaudita audacia de inspeccionar de nuevo el suelo alemán en la isla de Schuster <cerca de Basilea>; luego se dirigió a Suiza, donde, desde la segura Ginebra, volvió a tronar "contra los tiranos y opresores del pueblo" y aprovechó la ocasión para declarar: "Kossuth es un gran hombre, pero Kossuth se ha olvidado del fulminato de plata." Heinzen, por aversión al derramamiento de sangre, se había convertido en alquimista de la revolución. Soñaba con una fuerza explosiva que en un instante volara por los aires la reacción europea entera, sin que quien la aplicara tuviera que quemarse los dedos. Sentía una aversión singular al paseo bajo la lluvia de balas, a la guerra ordinaria, donde la convicción no hace a prueba de balas. Durante el gobierno del señor Brentano se arriesgó incluso a un viaje revolucionario a Karlsruhe. Como aquí no encontró la recompensa esperada a sus altas gestas, se decidió primero a redactar el Moniteur <la "Karlsruher Zeitung"> del "traidor" Brentano. Pero cuando avanzaron los prusianos, declaró que Heinzen no se dejaría "matar a tiros" por el traidor Brentano, y, con el pretexto de formar un cuerpo de élite donde la convicción política y la organización militar se complementaran recíprocamente, es decir, donde la cobardía militar pasara por coraje político, emprendió, en incesante caza del cuerpo franco tal como debiera ser, un movimiento de retroceso hasta volver al conocido suelo de Suiza. "El viaje de Sofía de Memel a Sajonia" resultó más sangriento que el viaje revolucionario de Rodomonte. Una vez en Suiza, declaró que en Alemania ya no quedaban hombres, que el verdadero fulminato de plata aún no estaba descubierto, que la guerra aún

no se conducía con convicción revolucionaria, sino a la manera ordinaria con pólvora y plomo, y que él se disponía ahora a revolucionar Suiza, ya que daba a Alemania por perdida. En la idílica y apartada Suiza y con el embrollado galimatías que allí se habla, Rodomonte pudo pasar por escritor alemán e incluso por hombre peligroso. Consiguió lo que quería. Fue expulsado y enviado a Londres a costa de la Confederación. Rodomonte Heinzen no había participado directamente en la revolución europea, pero era innegable que se había puesto en movimiento por ella de múltiples maneras. Cuando estalló la revolución de febrero, recolectó en Nueva York "fondos revolucionarios" para acudir en auxilio de la patria y avanzó hasta la frontera suiza. Cuando fracasó la revolución de las asociaciones de marzo, se replegó, a cuenta del Consejo Federal suizo, de Suiza al otro lado del canal. Tuvo la satisfacción de hacer tributaria a la revolución para su avance y a la contrarrevolución para su marcha atrás.

En las epopeyas caballerescas italianas aparecen a cada instante gigantes poderosos, de anchas espaldas, armados con garrotes colosales que, en el combate, a pesar de su bárbaro golpear a diestro y siniestro y de su espantoso estrépito, no aciertan nunca al adversario, sino que solo golpean los árboles de alrededor. Semejante gigante ariostesco en la literatura política es el señor Heinzen. Dotado por la naturaleza de una figura grosera y de una gran masa de carne, vio en ello la vocación de convertirse en un gran hombre. Esta corpulencia pesada domina toda su actuación literaria, que es de cabo a rabo corpórea. Sus adversarios son siempre pequeños, enanos que no le llegan ni a los tobillos y a los que otea por encima de la rótula. En cambio, cuando se trata de actuar corporalmente, el "uomo membruto" <"hombre de recios miembros"> se refugia en la literatura o en los tribunales. Así, apenas estuvo a salvo en suelo inglés, escribió un tratado sobre el valor moral. Así, en Nueva York, el gigante se dejó vapulear repetidamente y durante largo tiempo por un tal señor Richter, hasta que el juez de policía, que al principio solo impuso multas insignificantes, acabó por condenar, en reconocimiento de su consecuencia, al enano Richter a pagar 200 dólares de indemnización por daños y perjuicios. — El complemento natural de esta gran corpulencia, en la que todo está sano, es el
sano sentido común
que el señor Heinzen se atribuye en grado sumo. A este sano sentido común corresponde el hecho de que Heinzen, como genio "natural", no haya aprendido nada, sea literaria y científicamente completamente tosco. En virtud del sano sentido común, que él mismo llama a veces "la propia perspicacia" y con el que aseguró a Kossuth haber "penetrado hasta los últimos confines de las ideas", solo aprende de oídas o por los periódicos, por lo que va constantemente a la zaga de su tiempo y lleva siempre el ropaje que la literatura había desechado unos años antes, mientras declara inmoral y reprobable la nueva vestimenta moderna, en la que aún no logra acomodarse. Pero aquello que una vez ha asimilado, lo cree con la mayor inconmovilidad posible; eso se convierte para él en algo naturalmente surgido, que se entiende por sí mismo, que cualquiera tiene que comprender y que solo la maldad, la estupidez o la sofística son capaces de no querer entender. Un cuerpo tan robusto y un sano sentido común han de tener también una actitud firme y valiente, y le sienta muy bien cuando lleva al extremo el culto a la actitud moral. Heinzen no cede a nadie en este terreno. En toda ocasión se apela a la actitud; a cada argumento se le opone la actitud, y a todo aquel que no lo entiende, o a quien él no entiende, lo despacha diciendo que carece de actitud, que niega la clarísima luz del día por mala intención y pura voluntad maliciosa. Contra estos réprobos secuaces de Arimán invoca a su musa, la indignación; insulta, vocifera, fanfarronea, predica moral y escupe las más tragicómicas capuchinadas. Demuestra hasta dónde puede llegar la literatura injuriosa cuando cae en manos de un hombre al que le son igualmente ajenos el ingenio de Börne y la cultura literaria. Como la musa, así es su estilo: un eterno sacar el garrote, pero un garrote cotidiano, en el que ni siquiera las excrecencias nudosas son originales y punzantes. Solo cuando se le enfrenta algo científico se queda un instante perplejo. Le sucede como a la pescadera de Billingsgate, con la que O'Connell se enzarzó en un duelo de insultos y a la que hizo callar cuando, a un largo discurso injurioso, respondió: vosotras sois todo eso y mucho más, sois un triangulus isosceles, sois un parallelepipedon <un triángulo isósceles... un cuerpo limitado por tres pares de planos paralelos>.

Por lo que se refiere a las peripecias anteriores del señor Heinzen, cabe decir que en las colonias holandesas ascendió, no a general, pero sí a suboficial, un desaire por el que más tarde trató siempre a los holandeses como una nación sin actitud. Después volvemos a encontrarlo en Colonia como recaudador auxiliar de contribuciones, en cuya calidad escribió una comedia en la que su sano sentido común se esforzaba en vano por burlarse de la filosofía hegeliana. Estaba más en su elemento en los chismes locales de la "Kölnische Zeitung", detrás del folletón, donde pronunciaba palabras de peso sobre las querellas en la Sociedad del Carnaval de Colonia, aquella institución de la que han salido todos los grandes hombres de Colonia. Sus propios sufrimientos y los de su padre, el guardabosque Heinzen, en la lucha contra los superiores se elevaron para él, como le ocurre al sano sentido común en todos los pequeños conflictos personales, al rango de acontecimientos mundiales; los describió en su "Burocracia prusiana", un libro que está muy por debajo del de Venedey y que no contiene más que querellas de empleado subalterno contra las autoridades superiores. Este libro le acarreó un proceso de prensa; aunque como máximo podían alcanzarle seis meses de cárcel, vio su cabeza en peligro y se puso a salvo en Bruselas. Desde allí exigió que el gobierno prusiano no solo le concediera salvoconducto, sino que, en su favor, suspendiese todo el procedimiento judicial francés y lo llevase ante un jurado por un simple delito. El gobierno prusiano dictó contra él una requisitoria; él respondió con una "requisitoria" contra el gobierno prusiano, en la que, entre otras cosas, predicaba la resistencia moral y la monarquía constitucional, y declaraba la revolución inmoral y jesuítica. De Bruselas pasó a Suiza. En Suiza encontró, como ya vimos más arriba, al amigo Arnold y aprendió de este, además de su filosofía, un método muy útil de enriquecimiento. Del mismo modo que Arnold trataba de apropiarse las ideas de sus adversarios durante la polémica con ellos, Heinzen aprendió ahora a apropiarse tales pensamientos nuevos para él, combatiéndolos,
a fuerza de insultos
. Apenas convertido en ateo, inició de inmediato, con verdadero celo de prosélito, una furibunda polémica contra el pobre viejo Follen, porque este no se sintió impulsado, sin motivo alguno, a hacerse también ateo en su vejez. La república federal suiza, contra la que ahora se dio de narices, desarrolló su sano sentido común hasta el punto de querer implantar esa misma república federal también en Alemania. El mismo sano sentido común llegó a la conclusión de que eso no era posible sin una revolución, y así Heinzen se hizo revolucionario. Entonces inició un tráfico de panfletos que, en el más grosero tono campesino suizo, predicaban el inmediato "lanzarse a la lucha" y la muerte a los príncipes, de los que provenía toda la miseria del mundo. Buscó comités en Alemania para sufragar los costes de impresión y la distribución de estas hojas volantes, a lo que se anudó, sin forzamiento, una extensa industria de la mendicidad, en la que primero explotaba a los correligionarios y después los llenaba de insultos. Más detalles puede comunicar el viejo Itzstein. Con estos panfletos, Heinzen adquirió gran fama entre los viajantes de vinos alemanes, que lo pregonaban por todas partes como valiente "triturador".

De Suiza se fue a América, donde consiguió, a pesar de que allí, gracias a su estilo campesino suizo, pasaba por un auténtico poeta, reventar en poco tiempo el "Schnellpost" neoyorquino.

Vuelto a Europa a consecuencia de la revolución de febrero, escribió para la "Mannheimer Abendzeitung" despachos sobre la llegada del gran Heinzen y publicó un folleto contra Lamartine, por venganza de que este, como todo el gobierno, lo hubiera ignorado a pesar de traer un mandato como representante de los alemanes de América. A Prusia no quiso volver, porque, no obstante la revolución de marzo y la amnistía, seguía considerando su cabeza en peligro allí. El pueblo debía llamarlo. Como esto no ocurrió, quiso hacerse elegir desde lejos, en Hamburgo, para el Parlamento de Frankfurt: puesto que él era mal orador, votaría con tanta mayor estridencia..., pero no salió elegido.

Cuando, tras el fin de la insurrección de Baden, llegó a Londres, se indignó muchísimo con los jóvenes, por los cuales y entre los cuales el gran hombre de
antes
de la revolución y de
después
de la revolución era olvidado. No había sido nunca más que l'homme de la veille o l'homme du lendemain, nunca l'homme du jour o, menos aún, de la journée. <No había sido nunca más que el hombre de la víspera o el hombre del mañana, nunca el hombre de hoy ni, menos aún, el hombre del día.> Como todavía no se había inventado el verdadero fulminato de plata, había que buscar nuevos medios contra la reacción. Exigió, pues, dos millones de cabezas, para poder chapotear como dictador hasta los tobillos en la sangre —que otros habían de derramar—. En el fondo, solo se trataba de provocar un escándalo; la reacción lo había expedido a Londres a sus expensas; ahora debía, mediante una expulsión de Inglaterra, seguir expediéndolo gratis hasta Nueva York. El golpe fracasó y no tuvo más consecuencia que la de que los periódicos radicales franceses lo declararan un loco que pedía dos millones de cabezas porque nunca había arriesgado la suya. Para coronar la cosa, había publicado todo este artículo sediento de sangre y que chapoteaba en ella —en la "Deutsche Londoner Zeitung" del ex duque de Brunswick, mediante pago al contado, por supuesto.

Gustav y Heinzen se tenían mutua estima desde hacía bastante tiempo. Heinzen hacía pasar a Gustav por un sabio, y Gustav a Heinzen por un triturador. Heinzen apenas había podido esperar el fin de la revolución europea para poner término a la "funesta desunión en la
emigración
democrática alemana" y reabrir su negocio anterior a marzo. Ofreció un programa del partido revolucionario tudesco como

proyecto y propuesta de discusión. El programa se distinguía por la invención de un ministerio especial para "el ramo, en nada inferior en importancia a los demás, de las plazas públicas de juego, de lucha" (sin granizo de balas) "y de jardines", y por el decreto de que "los privilegios del sexo masculino, particularmente en el matrimonio" (y especialmente también en la táctica de carga en la guerra, véase Clausewitz) "quedan abolidos". Este programa, en realidad solo una nota diplomática de Heinzen a Gustav, pues ningún gallo cantó por él, provocó en lugar de la unión, más bien la inmediata separación de ambos capones; Heinzen exigía para el "período revolucionario de transición" un dictador único, que además debía ser prusiano, y, añadía, para que no fuera posible ningún malentendido: "Ningún soldado puede ser llamado a la dictadura." Gustav, en cambio, exigía una dictadura de tres hombres, en la que, aparte de él, debía haber por lo menos dos badeneses. Además, Gustav creyó descubrir que Heinzen le había robado una "idea" en el programa, publicado precipitadamente. Así se vino abajo este segundo intento de unificación, y Heinzen, totalmente desconocido por el mundo, volvió a sumirse en su oscuridad, hasta que halló insostenible el suelo inglés y en otoño de 1850 zarpó rumbo a Nueva York.

[Los grandes hombres del exilio — Parte 8]

Arnold, a quien el retiro de Ostende no le agradaba en absoluto y que ansiaba una «reaparición» ante el público, se enteró del accidente de Gustav. Decidió regresar de inmediato a Inglaterra y, apoyándose en los hombros de Gustav, encumbrarse como pentarca de la democracia europea. Entretanto, se había formado el Comité Central Europeo, compuesto por Mazzini, Ledru-Rollin y Darasz, cuya alma era Mazzini. Ruge husmeó aquí un puesto vacante. En su «Proscrit», Mazzini podía presentar al general Ernst Haug, inventado por él mismo, como colaborador alemán, pero no podía, por decoro, nombrarlo miembro de su Comité Central debido a su completa falta de nombre. Nuestro Ruge no ignoraba que Gustav mantenía relaciones con Mazzini desde Suiza. Por su parte, él mismo conocía a Ledru-Rollin, pero tenía la desgracia de no ser conocido por éste. Arnold fijó, pues, su residencia en Brighton, mimó y acarició al cándido Gustav, le prometió fundar con él un «Deutscher Zuschauer» en Londres e incluso emprender en común y a sus expensas la edición democrática del «Staats-Lexikon» de Rotteck-Welcker. Al mismo tiempo, presentó a nuestro Gustav como gran hombre y colaborador en el periódico local alemán que, conforme a su principio, siempre tenía a mano (esta vez la suerte recayó sobre la «Bremer Tages-Chronik» del cura amigo de la luz Dulon). Una mano lava la otra. Gustav introdujo a Arnold ante Mazzini. Como Arnold habla un francés completamente incomprensible, nadie pudo impedirle presentarse ante Mazzini como el hombre más grande y, especialmente, como el «pensador» de Alemania. El astuto iluso italiano reconoció a primera vista en Arnold al hombre que necesitaba, al homme sans conséquence <hombre sin ninguna importancia>, al que podía confiar la contrafirma alemana de sus bulas antipapales. Así se convirtió Arnold Ruge en la quinta rueda del carro estatal de la democracia central europea. Cuando un alsaciano preguntó a Ledru cómo se le había ocurrido aliarse con semejante «bête» <semejante «imbécil»>, Ledru respondió brusco: «C'est l'homme de Mazzini.» <«Es el hombre de Mazzini.»> Cuando se preguntó a Mazzini por qué se había juntado con Ledru <probablemente errata; debería decir Ruge>, un hombre sin ideas, respondió astutamente: «C'est précisément pour quoi je l'ai pris.» <«Precisamente por eso lo he tomado.»> El propio Mazzini tenía todos los motivos para mantenerse alejado de la gente con ideas. Pero Arnold Ruge se vio superado en su propio ideal y olvidó por un momento incluso a Bruno Bauer.

Cuando debía firmar el primer manifiesto de Mazzini, recordó con nostalgia los tiempos en que se había presentado ante el profesor Leo en Halle y ante el viejo Follen en Suiza, una vez como creyente en la Trinidad y otra como ateo humanista. Esta vez se trataba de declararse, con Mazzini, por
Dios
contra los príncipes. Sin embargo, la conciencia filosófica de nuestro Arnold ya se había desmoralizado considerablemente por su trato con Dulon y otros pastores, ante los cuales pasaba por filósofo. Una cierta debilidad por la religión en general no la pudo superar nuestro Arnold ni en sus mejores tiempos, y además, su «conciencia honrada» le susurraba: ¡Firma, Arnold! Paris vaut bien une messe. <París bien vale una misa.> No en vano se convierte uno en quinta rueda del carro del gobierno provisional de Europa in partibus. ¡Reflexiona, Arnold! Firmar un manifiesto cada catorce días, y además como «membre du parlement allemand» <«miembro del parlamento alemán»>, en compañía de los hombres más grandes de Europa. Y, bañado en sudor, Arnold firma. Extraña chirigota, murmura. Ce n'est que le premier pas qui coûte. <El primer paso es siempre el más difícil.> Esta última frase la había anotado la víspera en su cuaderno de notas.

Entretanto, Arnold no había llegado aún al fin de sus pruebas. Después de que el Comité Central Europeo hubiera lanzado una serie de manifiestos a Europa, a los franceses, italianos, polacos de agua y valacos, le llegó el turno a
Alemania
, ya que precisamente acababa de ocurrir la gran batalla de Bronzell. En su borrador, Mazzini atacaba a los alemanes por su falta de cosmopolitismo y en especial por su arrogancia contra los vendedores de salami, organilleros, confiteros, castradores de marmotas y vendedores de ratoneras italianos. Arnold lo admitió consternado. Más aún. Se declaró dispuesto a ceder el Tirol italiano e Istria a Mazzini. Pero esto no fue suficiente. No sólo debía hablar a la conciencia de la nación alemana, sino que también había que agarrarla por su lado flaco. Arnold recibió la orden de tener esta vez una opinión, puesto que representaba el elemento alemán. Se sintió como el candidato Jobs. Se rascó pensativo detrás de la oreja y, tras larga reflexión, balbució: «Desde tiempos de Tácito, los bardos alemanes entonan el barítono <probablemente irónico por baritus, el canto de guerra de los germanos> y en invierno encienden fuego en todas las montañas para calentarse los pies.» ¡Los bardos, el barítono y el fuego en todas las montañas! ¡Si eso no pone en marcha a la libertad alemana! —dijo Mazzini sonriendo con sorna—. Los bardos, el barítono, el fuego en todas las montañas y la libertad alemana entraron en el manifiesto como douceur <pan mojado> para la nación alemana. Arnold Ruge, para su asombro, había aprobado el examen y comprendió por primera vez con cuán poca sabiduría se gobierna el mundo. Desde ese instante despreció más que nunca a Bruno Bauer, quien ya en su juventud había escrito 18 pesados volúmenes.

Mientras Arnold, en el séquito del Comité Central Europeo, firmaba con Dios por Mazzini y contra los príncipes manifiestos
guerreros
, al mismo tiempo el movimiento
pacifista
, bajo la égida de Cobden, no sólo se extendía por Inglaterra, sino que hacía estragos incluso más allá del Mar del Norte, de modo que en Frankfurt del Meno el farsante yanqui Elihu Burritt pudo celebrar un congreso de paz con Cobden, Jaup, Girardin y el indio Ka-gi-ga-gi-wa-wa-be-ta. A nuestro Arnold le picaban todos los miembros por hacer también en esta ocasión su «reaparición» y lanzar un manifiesto propio. Así pues, se nombró a sí mismo miembro correspondiente de la asamblea de Frankfurt y le envió un confusísimo manifiesto de paz, que había tomado de los discursos de Cobden y pasado a su especulativo dialecto pomerano. Varios alemanes hicieron notar a Arnold la contradicción entre su actitud guerrera en el Comité Central y su cuaquerismo de manifiesto pacifista. Solía responder: «Ésas son precisamente las contradicciones. Es la dialéctica. En mi juventud estudié a Hegel.» Pero su «conciencia honrada» lo tranquilizaba pensando que Mazzini no entendía alemán y que, por tanto, era fácil darle gato por liebre.

Lo que prometía fortalecer además las relaciones de Arnold con Mazzini era la protección de
Harro Harring
, que precisamente desembarcaba en Hull. Con él entra en escena un personaje nuevo y sumamente significativo.

[Los grandes hombres del exilio - Parte 9]

IX

Al gran drama de la emigración democrática de 1849/52 lo había precedido ya, dieciocho años antes, un preludio: la emigración demagógica de 1830/31. Aunque la largura del tiempo había bastado para desalojar en su mayor parte de la escena a esta primera emigración, siempre quedaban algunos restos dignos que, con estoico desprecio por la marcha del mundo y por el éxito, proseguían su oficio agitador, urdían planes de alcance mundial, formaban gobiernos provisionales y lanzaban al mundo proclamas a diestro y siniestro. Es evidente que estos farsantes veteranos habían de ser infinitamente superiores en conocimiento del oficio a la joven generación. Precisamente este conocimiento del oficio, adquirido en dieciocho años de práctica en conspirar, combinar, intrigar, proclamar, engañar, producir y abrirse paso a empujones, otorgaba al señor Mazzini la osadía y la seguridad con que, teniendo tras de sí a tres hombres de paja menos versados en tales asuntos, pudo instalarse como Comité Central de la Democracia Europea.

Nadie fue colocado por las circunstancias en una situación más favorable para convertirse en el tipo del agitador de la emigración que nuestro amigo
Harro Harring
. Y, en efecto, se ha convertido en el arquetipo que todos nuestros grandes hombres del exilio, todos los Arnold, los Gustav, los Gottfried, emulan con mayor o menor conciencia y con mayor o menor fortuna, y que, si no se interponen circunstancias desfavorables, tal vez alcancen, pero difícilmente superarán.

Harro, que, como César, ha descrito él mismo sus propias hazañas (Londres 1852), «nació en la península cimbria <antigua denominación de Jutlandia> y pertenece a aquella raza frisona septentrional clarividente que ya, por medio del doctor Clement, ha hecho demostrar que todas las grandes naciones del mundo descienden de ella.

«Ya en su temprana juventud» buscó «acreditar por la acción su entusiasmo por la causa de los pueblos», yendo en 1821 a
Grecia
. Se ve cuán pronto presintió el amigo Harro la vocación de estar presente dondequiera que hubiese alguna confusión. Más tarde, «por un extraño destino, había sido conducido a la fuente del absolutismo, a la cercanía del zar, y había calado la monarquía constitucional en su jesuitismo, en Polonia».

Así pues, también en Polonia luchó Harro por la libertad. Pero «la crisis en la historia de Europa tras la caída de Varsovia lo llevó a una profunda reflexión», y esta reflexión lo condujo a la idea de «la democracia de la nacionalidad», que documentó inmediatamente «en el escrito: 'Los pueblos', Estrasburgo, marzo de 1832». De este escrito cabe mencionar que por poco fue citado en la Fiesta de Hambach. Al mismo tiempo publicó sus «poemas republicanos: 'Gotas de sangre'; 'La historia del rey Saúl o la monarquía'; 'Voz varonil por la unidad de Alemania'», y redactó la revista «Deutschland» en Estrasburgo. Todos estos escritos, e incluso los futuros, tuvieron la inesperada dicha de ser prohibidos por la Dieta Federal el 4 de noviembre de 1831. ¡Eso era lo único que le faltaba al valiente luchador! Sólo entonces obtuvo la merecida importancia y a la vez la consagración del martirio. Así pudo exclamar:

«Mis escritos encontraron amplia difusión y fuerte resonancia en el corazón del pueblo. Se distribuyeron en su mayoría gratis. De algunos nunca me han sido reembolsados los costes de imprenta.»

Pero nuevos honores le aguardaban. Ya en noviembre de 1831, el señor Welcker había intentado en vano convertirlo mediante una larga carta «al horizonte perpendicular del constitucionalismo». Ahora, en enero de 1832, el señor Malten, conocido agente prusiano en el extranjero, se presentó ante él y le ofreció entrar al servicio de Prusia. ¡Qué doble reconocimiento, incluso por parte del adversario! Baste decir que la propuesta de Malten despertó en él

«involuntariamente la idea de dar vida a la idea de la nacionalidad escandinava frente a esta felonía dinástica», y «desde aquella época, al menos la palabra Escandinavia, que parecía olvidada desde hacía siglos, volvió a la vida».

De este modo, nuestro frisón septentrional de Söderjylland <Jutlandia del Sur>, que ni él mismo sabía si era alemán o danés, llegó por lo menos a una nacionalidad fantástica, cuyo primer resultado fue que los de Hambach no quisieron tener nada que ver con él.

Tras estos acontecimientos, Harro era ya un hombre de provecho. Veterano de la libertad en Grecia y en Polonia, inventor de la «democracia de la nacionalidad», redescubridor de «la palabra Escandinavia», poeta, pensador y periodista acreditado por la prohibición de la Dieta Federal, mártir y gran hombre estimado incluso por el enemigo, por cuya posesión se disputaban constitucionales, absolutistas y republicanos, y además lo bastante hueco y confuso como para creer en su propia grandeza: ¿qué le faltaba para su dicha? Pero con su fama crecieron también las exigencias que Harro, como hombre severo, se imponía a sí mismo. Faltaba una gran obra que, en forma amena y popular, resumiera artísticamente las grandes enseñanzas de la libertad, la idea de la democracia, de la nacionalidad, todos los sublimes afanes de libertad de la joven Europa que despuntaba ante él. Sólo un poeta y pensador de primer rango podía ofrecer semejante obra, y sólo Harro podía ser ese hombre. Así surgieron las tres primeras piezas del «ciclo dramático: ‘El pueblo’, doce piezas en total, una de ellas en lengua danesa», un trabajo al que el autor consagró diez años de su vida. Lástima que de esas doce piezas, once «hasta ahora sean manuscrito».

Mas no duró mucho el dulce trato con las musas.

«En el invierno de 1832-1833 se preparó en Alemania un movimiento que se malogró en el trágico tumulto de Fráncfort. Se me encomendó, en la noche del 6 al 7 de abril, tomar la fortaleza (?) de Kehl. Hombres y armas estaban dispuestos.»

Por desgracia, la cosa no pasó de ahí, y Harro tuvo que internarse en Francia, donde escribió sus
«Palabras de un hombre».
De allí lo llamaron a Suiza los polacos que se aprestaban para la expedición de Saboya, donde se convirtió en «aliado de su état-major», escribió otras dos piezas del ciclo dramático «El pueblo» y conoció a Mazzini en Ginebra. Toda la banda sulfúrea de aventureros polacos, franceses, alemanes, italianos y suizos bajo el mando del noble Ramorino llevó a cabo entonces la conocida incursión en Saboya. En esta campaña sintió nuestro Harro «el valor de su vida y de su energía». Pero como los demás luchadores de la libertad sentían «el valor de su vida» tan bien como Harro y probablemente se hacían muy pocas ilusiones sobre su «energía», la cosa acabó mal y regresaron a Suiza destrozados, desgarrados y dispersos.

Sólo había faltado esta campaña para dar a la mesnada de caballeros emigrados la plena conciencia de su temibilidad frente a los tiranos. Mientras perduraban los efectos posteriores de la Revolución de Julio en insurrecciones aisladas en Francia, Alemania o Italia, mientras aún hubo alguien detrás de ellos, nuestros héroes emigrados se sentían sólo como átomos en la masa en movimiento: átomos, ciertamente, más o menos privilegiados, átomos dirigentes, pero a fin de cuentas átomos. Pero a medida que aquellas insurrecciones perdían fuerza, a medida que la gran masa de los «cobardes», los «tibios», los «pusilánimes» se retiraba de la farsa del putsch, a medida que nuestros caballeros se sentían solos, en esa misma medida crecía también su autoestima. Si toda Europa se volvía cobarde, estúpida y egoísta, ¡cómo debía aumentar ante sus propios ojos la estima de aquellos fieles que alimentaban sacerdotalmente en su pecho el fuego sagrado del odio a los tiranos y conservaban las tradiciones de una gran época de virtud y amor a la libertad para una estirpe más enérgica! Si también ellos se tornaban infieles, los tiranos quedarían a salvo para siempre. Así fue cómo, exactamente igual que los demócratas de 1848, extrajeron de cada derrota una nueva certeza de victoria, transformándose cada vez más en Don Quijotes andantes con equívocas fuentes de ingresos. Llegados a este punto, pudieron emprender su mayor hazaña, a saber, la fundación de la «Joven Europa», cuya acta de fraternización, redactada por Mazzini, se firmó en Berna el 15 de abril de 1834. Harro entró como

«iniciador del comité central, miembro adoptivo de la Joven Alemania y de la Joven Italia y, al mismo tiempo, como representante de la rama escandinava», a la que «representa aún hoy».

Esta fecha del acta de fraternización constituye para nuestro Harro la gran era a partir de la cual se cuenta hacia atrás y hacia adelante como antaño desde el nacimiento de Cristo. Señala el punto culminante de su vida. Era codictador de Europa in partibus, y, aunque desconocido para el mundo, uno de los hombres más peligrosos del orbe. Nadie estaba tras él salvo sus numerosas obras inéditas, algunos artesanos alemanes en Suiza y una docena de despistados caballeros de la industria política; pero justamente por eso podía decir que todos los pueblos estaban con él. Ésa es cabalmente la esencia de todos los grandes hombres: que el presente los desconoce y que, precisamente por ello, el porvenir les pertenece. Y ese porvenir, nuestro Harro lo llevaba en el acta de fraternización, negro sobre blanco, en su mochila.

Pero entonces empezó la decadencia de Harro. Su primer pesar fue que «la Joven Alemania se separara de la Joven Europa en 1836». Pero Alemania ha sido castigada por ello. Pues, como consecuencia de esa separación, «en la primavera de 1848 en Alemania, en lo que respecta a un movimiento nacional, no había nada preparado», y por eso todo acabó de una manera tan lamentable.

Un dolor mucho mayor, sin embargo, le sobrevino a nuestro Harro con el comunismo que entonces surgía. Aquí nos enteramos de que el inventor del comunismo no fue otro que

«el cínico Johannes Müller, de Berlín, autor de un folleto muy interesante sobre la política de Prusia, Altenburgo 1831», el cual se fue a Inglaterra, donde «no le quedó otra que guardar cerdos en Smithfield Market a primera hora de la mañana».

El comunismo empezó pronto a cundir entre los artesanos alemanes en Francia y Suiza, y se convirtió para nuestro Harro en un enemigo muy peligroso, ya que con ello se cegaba la única fuente de salida para sus escritos. Ésta es «la censura indirecta de los comunistas», bajo la que el pobre Harro sufre aún hoy, y ahora más que nunca, como con pesar confiesa y «como el destino de su drama: ‘La dinastía’ puede probar».

Esta censura indirecta de los comunistas logró incluso expulsar de Europa a nuestro Harro, y así se fue a Río de Janeiro (1840), donde vivió un tiempo como pintor. «Persiguiendo concienzudamente su época en todas partes», hizo imprimir allí una obra:

«‘Poesía de un escandinavo’ (2.000 ejemplares), que desde entonces, mediante su difusión entre gente de mar, se ha convertido, por así decirlo, en la lectura del océano.»

Pero «por un escrupuloso sentimiento del deber hacia la Joven Europa», por desgracia regresa pronto a Europa,

«corrió a Londres, junto a Mazzini, y pronto vio con claridad el peligro que el comunismo amenaza a la causa de los pueblos de Europa».

Nuevas hazañas lo aguardaban. Los Bandiera preparaban su expedición a Italia. Para apoyarla e implicar al despotismo en una diversión, Harro regresó

«a Sudamérica, para, en contacto con Garibaldi, promover con todas mis fuerzas la idea del futuro de los pueblos para la fundación de los Estados Unidos de Sudamérica».

Pero los déspotas habían presentido de antemano su misión, y Harro puso pies en polvorosa. Navegó a Nueva York.

«¡En el océano estuve muy activo espiritualmente y escribí, entre otras cosas, el drama: ‘El poder de la idea’, perteneciente al ciclo dramático: ‘El pueblo’ — ¡igualmente hasta ahora manuscrito!»

A Nueva York llevó desde Sudamérica un mandato de una supuesta asociación de allí, la «Humanidad».

La noticia de la Revolución de Febrero lo entusiasmó para escribir un texto en francés: «La France réveillée», y durante el embarque hacia Europa

«documenté mi amor patrio, una vez más, en algunos poemas ‘Escandinavia’».

Llegó a Schleswig-Holstein. Allí encontró

«después de veintisiete años de ausencia una confusión sin ejemplo de los conceptos sobre derechos de los pueblos, democracia, república, socialismo y comunismo, que yacían como heno y paja podridos en el establo de Augías del furor partidista y del odio nacional».

Nada de extrañar, pues sus

«escritos políticos, como todo su afán y actuación desde 1831, habían permanecido extraños y desconocidos en aquellas provincias fronterizas de mi patria».

El partido de Augustemburgo lo había aplastado desde hacía dieciocho años bajo una conspiration du silence <conspiración del silencio>. Para remediar este mal, se colgó un sable, un fusil, cuatro pistolas y seis puñales, y llamó así a la formación de un cuerpo franco, pero en vano. Después de diversas aventuras, desembarcó por fin en Hull. Allí se apresuró a lanzar dos misivas a los schleswig-holsteinenses, a los escandinavos y a los alemanes, y envió, según se dice, a dos comunistas en Londres un mensaje con el siguiente tenor:

«Quince mil obreros de Noruega os tienden, a través de mí, la mano fraternal.»

A pesar de este extraño llamamiento, pronto volvió a ser, en virtud del acta de fraternización, asociado silencioso del Comité Central Europeo y

«sereno y mozo de paga en Gravesend, en el Támesis, donde, para una joven firma de corretaje, debía yo pescar capitanes de barco en nueve idiomas distintos, hasta que se me imputó estafa, cosa que al filósofo Johannes Müller, como porquerizo, al menos no le ocurrió».

Su vida, rica en hazañas, la resume Harro en el siguiente balance:

«Fácilmente se podría calcular que, aparte de mis poemas, he entregado al movimiento democrático más de 18.000 ejemplares de mis escritos en lengua alemana (de 10 chelines a 3 marcos de curso de Hamburgo de precio de venta, por tanto, alrededor de 25.000 marcos en valor de libros), cuyos costes de impresión jamás me han sido reembolsados, y mucho menos he obtenido de ellos un ingreso para mi existencia.»

Con esto damos fin a las aventuras de nuestro hidalgo demagógico de la Mancha del Jutlandia meridional. En Grecia como en Brasil, en el Vístula como en el Plata, en Schleswig-Holstein como en Nueva York, en Londres como en Suiza: ora representante de la Joven Europa, ora de la «Humanidad» sudamericana, ora pintor, ora sereno y mozo de paga, ora buhonero de sus propios escritos; hoy entre polacos acuáticos, mañana entre gauchos, pasado mañana entre capitanes de barco; desconocido, abandonado, ignorado, pero en todas partes caballero andante de la libertad, que siente un profundo desprecio por la común adquisición burguesa: nuestro héroe permanece en todo tiempo, en todos los países y bajo todas las circunstancias idéntico en confusión, en una inoportunidad demasiado pretenciosa, en la fe en sí mismo, y a despecho del mundo entero dirá, escribirá e imprimirá de sí mismo que desde 1831 fue la rueda motriz principal de la historia universal.

[Los grandes hombres del exilio - Parte 10]

IX.
XI.

X

Pese a sus inesperados éxitos hasta entonces, Arnold aún no había llegado a la meta de sus afanes. Representante de Alemania por gracia de Mazzini, tenía la obligación, por un lado, de hacerse confirmar en tal calidad al menos por la emigración alemana y, por otro, de presentar al comité central personas que se sometieran a su dirección. Afirmaba, ciertamente, que en Alemania «una fracción del pueblo claramente delimitada» estaba detrás de él, pero esa parte trasera difícilmente podía inspirar confianza a Mazzini y a Ledru mientras sólo llegaran a ver la parte delantera de Ruge. En suma, Arnold tenía que buscarse una cola «claramente delimitada» entre la emigración.

XI

En esa época llegó Gottfried Kinkel a Londres, y con él o poco después un número de otros exiliados, en parte de Francia, en parte de Suiza y Bélgica: Schurz, Strodtmann, Oppenheim, Schimmelpfennig, Techow, etc. Estos recién llegados, que ya en Suiza se habían ensayado en parte en la formación de gobiernos provisionales, infundieron nueva vida a la emigración londinense, y el momento parecía más favorable que nunca para nuestro Arnold. Simultáneamente, Heinzen volvió a hacerse cargo del *Schnellpost* en Nueva York, y así Arnold pudo ahora, además del periodicucho de Bremen, presentar su «reaparición» también al otro lado del océano. Si Arnold llegase a encontrar algún día a su Strodtmann, éste declararía que las entregas mensuales del *Schnellpost* desde principios de 1851 son un material inapreciable. De este chismorreo tan infinitamente insulso, necedad y bajeza, y de la afanosa importancia con que Arnold deposita su guano, hay que convencerse con la simple vista. Mientras Heinzen lo presenta como una gran potencia europea, Arnold trata a su Heinzen como a un oráculo periodístico americano. Le comunica los secretos de la diplomacia europea, especialmente los giros diarios más recientes de la historia universal de la emigración. Arnold aparece a veces como corresponsal anónimo londinense y parisiense

para comunicar al público americano algunos *fashionable movements* ‹pasos de hombre de mundo› del gran Arnold.

«Arnold Ruge ha vuelto a tener a los comunistas bajo el cuchillo.» — «Arnold Ruge hizo ayer (con fecha de París, donde la cronología delata al viejo zascandil) “una excursión de Brighton a Londres”.» Luego otra vez: «Arnold Ruge a Karl Heinzen: Querido amigo y redactor... Mazzini te envía saludos... Ledru-Rollin te permite traducir su escrito sobre el 13 de junio», etc.

Una carta de América observa al respecto:

«Por las cartas de Ruge (en el *Schnellpost*) advierto que Heinzen escribe a Ruge (en privado) toda clase de historias chuscas sobre la importancia americana de su periódico, mientras Ruge se pavonea ante él como un gran gobierno europeo. Cada vez que Ruge transmite a Heinzen una nueva importancia, no deja nunca de añadir: Puedes instar a los demás periódicos de la Unión a que reproduzcan esto. ¡Como si, si lo consideraran digno de esfuerzo, hubieran de esperar todavía a la autorización de Ruge! Dicho sea de paso, jamás he visto reproducidas en parte alguna esas importancias, a pesar del consejo y la autorización del señor Ruge.»

El papá Ruge utilizaba simultáneamente este periodicucho y la *Bremer Tages-Chronik* para seducir con adulaciones a los recién llegados de la emigración: Kinkel está ahora aquí, el genial poeta y patriota; Strodtmann, un gran escritor; Schurz, un joven tan amable como temerario; además, varios destacados generales revolucionarios, etc.

Entretanto, en contraposición al mazziniano, se había formado un comité europeo plebeyo, detrás del cual se hallaban la «baja emigración» y la canalla emigrada de las más diversas naciones europeas. Éste, en los días de la batalla de Bronzell, había publicado un manifiesto, suscrito por los siguientes alemanes destacados: Gebert, Majer, Dietz, Schärttner, Schapper, Willich. Este documento, redactado en un francés extraño, comunica como última novedad que la Santa Alianza de los tiranos ha reunido en este momento (10 de noviembre de 1850) un millón trescientos treinta mil soldados, detrás de los cuales se hallan todavía setecientos mil criados armados de los príncipes como reserva; que «los periódicos alemanes y las propias conexiones del comité» le han comunicado los secretos propósitos de las conferencias de Varsovia, los cuales consistirían en masacrar a todos los republicanos de Europa, a lo que se enlaza luego el inevitable llamamiento a las armas. Este manifiesto —Fanon—Caperon—

Gouté, como lo llamó el *Patrie*, al cual se lo habían enviado, tuvo que sufrir la amarga burla de la prensa contrarrevolucionaria. El *Patrie* lo calificó de

«el manifiesto de los *dii minorum gentium* ‹dioses de linaje inferior›, escrito sin *chic*, sin estilo, disponiendo únicamente de las más míseras flores retóricas de *serpents* y *sicaires* y *égorgements* ‹alimañas, asesinos a sueldo y degüellos›».

El *Indépendance Belge* cuenta que fue redactado por los *soldats les plus obscurs de la démocratie* ‹los soldados más insignificantes de la democracia› y que esos pobres diablos se lo habían remitido a su corresponsal en Londres, a pesar de ser ella conservadora. Tan grande era su anhelo de verse impresos; como castigo, no quería comunicar los nombres de los firmantes. Pese a toda la mendicidad dirigida a la reacción, los nobles no consiguieron ser reconocidos como conspiradores y como peligrosos.

Este nuevo establecimiento de competencia espoleó a Arnold a una actividad redoblada. Intentó, pues, fundar con Struve, Kinkel, R. Schramm, Bucher, etc., un *Volksfreund* o, si Gustav se empeñaba, un *Deutscher Zuschauer*. Pero la cosa fracasó. En parte, los demás se resistían al protectorado de Arnold; en parte, el «cordial» Gottfried exigía pago en efectivo, mientras que Arnold era de la opinión de Hansemann de que en cuestiones de dinero cesa la cordialidad. Para Arnold se trataba, además, en esta empresa, de poner a contribución a la sociedad de lectura, un club de relojeros alemanes, obreros bien pagados y pequeños burgueses, lo que sin embargo también fue impedido.

Pero pronto se presentó una nueva oportunidad para la «reaparición» de Arnold. Ledru y sus partidarios entre la emigración francesa no pudieron dejar pasar el 24 de febrero (1851) sin celebrar una «fiesta de hermandad» de las naciones europeas, a la que, por lo demás, sólo asistieron franceses y alemanes. Mazzini no vino y se excusó por carta; Gottfried, que estaba presente, se marchó indignado a casa, porque su aparición muda no produjo el mágico efecto esperado; Arnold hubo de vivir la experiencia de que su amigo Ledru fingía no conocerlo, y en la tribuna se turbó de tal manera que se guardó en el bolsillo su discurso francés, aprobado en altas instancias, balbuceó sólo unas palabras en alemán y se retiró precipitadamente entre un general menear de cabezas, con la exclamación: «*À la restauration de la révolution!*» ‹«¡Por el resurgimiento de la revolución!»›.

El mismo día tuvo lugar un banquete de contrapartida bajo la bandera del comité concurrente arriba mencionado. Por despecho de que el comité Mazzini-Ledru no lo hubiera invitado desde un principio, Louis Blanc se unió a la chusma emigrada con la declaración de que «también la aristocracia del talento debe ser abolida». Toda la baja emigración estaba reunida. El caballeresco Willich presidía. La sala estaba decorada con banderas, y en las paredes campeaban los nombres de los más grandes hombres del pueblo: Waldeck entre Garibaldi y Kossuth, Jacoby entre Blanqui y Cabet, Robert Blum entre Barbès y Robespierre. El coqueto monito engalanado Louis Blanc leyó con voz llorosa una alocución de sus viejos hermanos del Ia, los futuros pares de la república social, los *délégués du Luxembourg* de 1848. Willich leyó una alocución procedente de Suiza, cuyas firmas habían sido estafadas en parte bajo falsos pretextos y cuya publicación jactanciosa e indiscreta trajo luego como consecuencia expulsiones masivas de los firmantes. De Alemania no había alocución alguna. Luego discursos. A pesar de la infinita fraternidad, en todos los rostros estaba pintada la máscara del aburrimiento.

Este banquete dio lugar a un escándalo sumamente edificante, que, como todas las hazañas del comité central de la chusma europea, se desarrolló en la prensa contrarrevolucionaria. Ya antes había llamado mucho la atención que un tal Barthélemy hubiera pronunciado en este banquete, en presencia de Louis Blanc, un pomposo panegírico de Blanqui. Ahora se aclaraba la cosa. El *Patrie* publicó un brindis que Blanqui, a petición, había enviado desde Belle-Île al orador de la fiesta. En él arremetía con dureza y contundencia contra todo el gobierno provisional de 1848, y en especial contra el señor Louis Blanc. El *Patrie* se mostraba sorprendido de que este brindis hubiera sido escamoteado durante el banquete. Al punto, Louis Blanc declaró en el *Times* que Blanqui era un intrigante abominable y que nunca había enviado tal brindis al comité de la fiesta. El comité de la fiesta, compuesto por los señores Blanc, Willich, Landolphe, Schapper, Barthélemy y Vidil, declaró a la vez en el *Patrie* no haber recibido jamás el brindis. Sin embargo, el *Patrie* no quiso publicar la declaración hasta haberse informado ante el señor Antoine, cuñado de Blanqui, quien le había comunicado el brindis. Bajo la declaración del comité de la fiesta, el periódico imprimió la respuesta del señor Antoine: él había enviado el brindis al cosignatario de la declaración, Barthélemy, y había recibido de éste acuse de recibo. Ante esto, el señor Barthélemy se vio obligado a declarar que, en efecto, había mentido; que realmente había recibido el brindis, pero que, por considerarlo inadecuado, lo había guardado sin dar cuenta de ello al comité. Pero ya antes, a espaldas de Barthélemy, el firmante también cosignatario, el excapitán francés Vidil, había escrito al *Patrie* que su pundonor militar y su instinto de veracidad

le arrancaban la confesión de que él mismo, Louis Blanc, Willich y todos los demás habían mentido en la primera declaración del comité. El comité no constaba de seis, sino de trece miembros. A todos ellos les había sido presentado el brindis de Blanqui, todos lo habían discutido y, tras largo debate, había sido suprimido por una mayoría de 7 contra 6. Él se había contado entre los seis que votaron por su lectura.

Se comprende el júbilo del *Patrie* al recibir, tras la carta de Vidil, la declaración del señor Barthélemy. La hizo imprimir con el siguiente preámbulo:

«A menudo nos hemos preguntado, y la pregunta es difícil de responder, qué es mayor en los demagogos, su jactancia o su estupidez. Una cuarta carta de Londres acrecienta aún nuestro apuro. Ahí hay, no sabemos cuántos pobres diablos, atormentados en tal grado por la furia de escribir y de ver sus nombres en los periódicos reaccionarios, que no retroceden ni ante una ilimitada vergüenza y autodegradación. ¿Qué les importan las risas y la indignación del público? El *Journal des Débats*, la *Assemblée nationale*, el *Patrie* imprimirán sus ejercicios de estilo; para alcanzar esta dicha, no hay precio demasiado alto para la democracia cosmopolita... En nombre de la conmiseración literaria, acogemos, pues, la siguiente carta del “ciudadano” Barthélemy: es una nueva prueba, y esperamos que la última, de la autenticidad del demasiado famoso brindis de Blanqui, que todos ellos primero negaron y por cuya confirmación se agarran ahora unos a otros de los pelos.»

El aniversario de la Revolución de Marzo de Viena fue utilizado, por tanto, para la organización de un banquete alemán. El caballeroso Willich se negó; puesto que él pertenecía al «ciudadano» Louis Blanc, no podía alternar con el «ciudadano» Ruge, el cual pertenecía al «ciudadano» Ledru. También los ex diputados Reichenbach, Schramm, Bucher y demás huyeron de la proximidad de Arnold. Aparecieron Mazzini, Ruge, Struve, Tausenau, Haug, Ronge, Kinkel, todos los cuales hablaron — sin contar a los mudos invitados.

Ruge hizo acto de presencia como el «infinitamente necio», como afirman incluso sus amigos. El público alemán allí presente había de vivir, sin embargo, experiencias aún mayores. Las arlequinadas de Tausenau, los graznidos de Struve, las disparatadas peroratas de Haug, las letanías de Ronge dejaron petrificado al auditorio, de modo que la mayor parte se dispersó antes de que la flor de los oradores, Jeremías-Kinkel, reservada para los postres, tomara la palabra. Gottfried habló como mártir «en nombre de los mártires» para los mártires, una palabra doliente de reconciliación para todos «desde el sencillo combatiente constitucional hasta el republicano rojo». Mientras todos volvían a gemir como republicanos y, en algunos pasajes, como Kinkel, incluso como republicanos rojos, al mismo tiempo se arrastraban con humillada admiración ante la constitución inglesa, contradicción sobre la que el «Morning Chronicle» se dignó llamarles la atención a la mañana siguiente.

Sin embargo, aquella misma noche Ruge alcanzó la meta de sus deseos, como se desprende de un llamamiento, cuyos pasajes luminosos se reproducen a continuación:

«¡A los alemanes!

Hermanos y amigos en la patria: Nosotros, los abajo firmantes, constituimos en el presente y hasta que vosotros dispongáis otra cosa, el
Comité para los
asuntos alemanes» (sea cual sea).

«El Comité Central de la Democracia Europea nos ha enviado a Arnold
Ruge
; la revolución de Baden, a Gustav
Struve
; la revolución de Viena, a Ernst
Haug
; el movimiento religioso, a Johannes
Ronge
; la prisión, a Gottfried
Kinkel
; nosotros hemos exhortado a los trabajadores socialdemócratas a enviar un representante a nuestro seno.

Hermanos alemanes: Los acontecimientos os han despojado de la libertad ... nosotros sabemos que no sois capaces de renunciar para siempre a vuestra libertad, y nosotros mismos no hemos» (en comités y manifiestos) «omitido nada» (testigo Arnold) «para acelerar su reconquista.

Cuando nosotros ... cuando otorgamos nuestro apoyo y nuestra garantía al empréstito de Mazzini, cuando nosotros ... cuando nosotros ... iniciamos la santa alianza de los pueblos contra la alianza impía de sus opresores, no hicimos más, lo sabemos, que lo que vosotros deseabais de todo corazón ver hecho ... El gran proceso de la libertad contra los tiranos está pendiente ante el tribunal mundial de la humanidad» (mientras Arnold sea el fiscal, los «tiranos» pueden dormir tranquilos) «... incendio, asesinato, devastación, hambre y bancarrota serán en breve una conquista general alemana.

Mirad hacia Francia — la indignación la inflama de punta a punta, está más unida que nunca para liberarse» (¡qué demonio podía prever también el 2 de diciembre!) — «mirad hacia Hungría, incluso los croatas están convertidos» (por el «Deutscher Zuschauer» y los abrigos de polvo de serrín de Ruge) — «y creednos, pues lo sabemos, Polonia es inmortal.» (Esto les ha sido confiado por el señor Darasz bajo el sello del secreto.)

«La violencia contra la violencia, eso es la justicia — se está preparando. Y nosotros no queremos omitir nada para producir un
provisional efectivo
» (¡ajá!) «más que el Preparlamento y un poder popular más fuerte que la Asamblea Nacional» (véase más abajo lo que han producido los señores al pretender llevarse unos a otros de la nariz).

«Nuestros proyectos sobre las finanzas y la prensa» (Decreto núm. 1 y 2 del fuerte provisional — el administrador de la aduana, Christian Müller, está encargado de la ejecución de este acuerdo) «os los presentaremos por separado. Tienen un interés más comercial. Sólo esto para el público: que toda adquisición del empréstito italiano redunda directamente en provecho de nuestro comité y de nuestra causa y que vosotros, por el momento, podéis actuar de manera práctica principalmente mediante la
abundante afluencia de recursos monetarios
. ¡El dinero lo sabremos luego
traducir en opinión pública

y en poder público
» (Arnold se presenta como traductor) «... nosotros os decimos:
¡Suscribid diez millones de francos y liberaremos el continente!

Alemanes, recordad ... » (que entonáis el barítono y encendéis fuego en las montañas) «... ¡prestadnos vuestros pensamientos» (ahora mismo hay mucha demanda, casi tanta como de dinero), «vuestra bolsa» (que no se os olvide) «y vuestro brazo! Esperamos que vuestro celo crezca con vuestra opresión y que el comité sea suficientemente fortalecido para la hora de la decisión por vuestra presente cooperación.» (Si no, habría que recurrir a espirituosos, lo cual iría contra la conciencia de Gustav.)

«Todos los demócratas quedan
encargados
de dar a conocer nuestro llamamiento» (el administrador de la aduana, Christian Müller, hará el resto).

«Londres, 13 de marzo de 1851

El Comité para los asuntos alemanes

Arnold Ruge, Gustav Struve, Ernst Haug,

Johannes Ronge, Gottfried Kinkel
»

Nuestros lectores conocen a Gottfried, conocen a Gustav; la «repetida aparición» de Arnold se ha repetido también ya con suficiente frecuencia. Así pues, sólo quedan por considerar dos miembros más del «provisional efectivo».

Johannes
Ronge
, o como gusta llamarse en el círculo íntimo, Johannes Kurzweg, desde luego no ha escrito el Apocalipsis. En él no hay nada de misterioso, es chabacano, ramplón, soso como el agua, sobre todo como el agua tibia de fregar. Johannes se convirtió, como es sabido, en un hombre famoso porque no quiso que la Santa Túnica de Tréveris rezase por él, aunque en verdad da absolutamente igual quién rece por Johannes. Cuando Johannes hizo su aparición, el viejo Paulus lamentó que Hegel estuviese muerto, ya que éste
ahora
con toda seguridad ya no podría declararlo superficial, y el difunto Krug se alegró de haber muerto y, con ello, de haber quedado exento del peligro de cobrar fama de profundo. Johannes pertenece a esas manifestaciones que aparecen con frecuencia en la historia: varios siglos después de que un movimiento haya surgido y vuelto a extinguirse, exponen el contenido de ese movimiento de la manera más pálida y mortecina, como la última novedad, ante una cierta variedad de filisteísmo y ante niños de ocho años. Naturalmente, un oficio así no dura mucho, y nuestro Johannes se encontró muy pronto en una situación cada día más desagradable en Alemania. Su ligera bazofia de la seudo-Ilustración alemana dejó de ser solicitada, y Johannes peregrinó a Inglaterra, donde lo vemos aparecer como competidor del Padre Gavazzi sin especial fortuna. El desmañado, pálido y

aburrido párroco de aldea palideció, como era natural, ante el fogoso y efectista monje italiano, y los ingleses apostaban grandes sumas a que ese ennuyante Johannes no podía ser el hombre que había puesto en movimiento a la profunda nación alemana. Pero, a cambio, lo consoló Arnold Ruge, quien descubrió en el catolicismo alemán de nuestro Johannes un sorprendente parecido familiar con su propio ateísmo.

Ludwig von Hauck, antiguo capitán de ingenieros del ejército imperial austríaco, más tarde, en 1848, corredactor de la «Constitution» de Viena, después jefe de batallón de la Guardia Nacional vienesa, defendió la puerta del Burg el 30 de octubre con valor de león contra las tropas imperiales y sólo abandonó el puesto cuando todo estuvo perdido. Se salvó pasando a Hungría, se incorporó al ejército de Bem en Transilvania, donde por su bravura ascendió hasta coronel del Estado Mayor. Tras la rendición de Görgey en Világos, Ludwig Hauck fue hecho prisionero y murió como un héroe en una de las horcas que los austríacos levantaron en gran número en Hungría como venganza por sus repetidas derrotas y por la rabia que les producía la protección rusa, que se les había vuelto insoportable. Haug, en Londres, pasó durante largo tiempo por el Hauck prisionero (oficial que se ha distinguido gloriosamente en la campaña húngara). Hasta ahora parece seguro que él no es el difunto Hauck. Así como tuvo que dejarse nombrar general por Mazzini tras la caída de Roma, no pudo evitar que Arnold lo improvisara como representante de la revolución vienesa y miembro del fuerte provisional. Más tarde impartió conferencias estéticas sobre el fundamento económico de la cosmogonía histórico-universal desde el punto de vista geológico y con acompañamiento musical. Entre la emigración, este melancólico personaje es conocido bajo el sobriquet <apodo>: «el pobre animal», o como dicen los franceses: la bonne bête.

Arnold vio superados sus deseos. Un manifiesto, un fuerte provisional, un empréstito de diez millones de francos y, además, un homúnculo de semanario bajo el modesto título: «Kosmos», redactado por el general Haug.

El manifiesto pasó sin dejar rastro y sin ser leído. «Kosmos» murió de consunción al tercer número, el dinero no llegó, el fuerte provisional se disolvió de nuevo en sus componentes.

«Kosmos» contenía, ante todo, anuncios de las conferencias de Kinkel, de las colectas de dinero para los refugiados de Schleswig-Holstein del valeroso Willich y de la cervecería de Göhringer. Contenía, además, entre otras cosas, una pasquinada de Arnold.

El viejo bufón finge la existencia de un tal Müller, huésped hospitalario en Alemania, cuyo Schulze pretende ser él mismo. Müller se asombra de todo lo que lee en los periódicos sobre la hospitalidad inglesa y teme que ese «sibaritismo» pueda apartar a Schulze de sus «asuntos de Estado» — pero que se lo merece, ya que Schulze, a su regreso a Alemania, tendrá que renunciar, a causa de los innumerables asuntos de Estado, al disfrute de la hospitalidad de Müller. Finalmente, Müller exclama:

«¿No habrán sido invitados a Windsor <al palacio real> el traidor Radowitz, sino Mazzini, Ledru-Rollin, el ciudadano Willich, Kinkel y usted mismo» (Arnold Ruge)?

Ahora bien, si «Kosmos» se durmió después de esto al tercer número, no fue ciertamente por falta de distribución, pues en todos los meetings ingleses que se quiera se les mete en la mano a los oradores con el ruego de que lo recomienden, ya que defiende de manera muy especial sus principios.

Apenas se hubo publicado la exhortación al empréstito de diez millones, cuando corrió de pronto el rumor de que en la City circulaba una lista para contribuciones en dinero destinadas a la expedición de Struve (junto con Amalia) a América.

«Cuando el comité decidió hacer aparecer un semanario alemán y dar la redacción a Haug, protestó Struve, que quería tener él mismo la redacción y llamar al periódico “Deutscher Zuschauer”, y decidió, a continuación, marcharse a América.»

Así lo informa el «Deutsche Schnellpost» de Nueva York. Calla — y Heinzen tenía sus razones para ello — que Mazzini eliminó por completo a nuestro Gustav de la lista del comité alemán como colaborador de la «Deutsche Londoner Ztg.», periódico sostenido por el duque de Braunschweig. Gustav aclimató de inmediato su «Deutscher Zuschauer» en Nueva York. Pero poco después llegó un despacho desde el otro lado del océano: «El “Zuschauer” de Gustav ha muerto.» Como él dice, no por falta de suscriptores que se apunten, ni tampoco porque no tenga tiempo para escribir, sino únicamente por falta de suscriptores que
paguen
; pero que ahora la reelaboración democrática de la «Weltgeschichte» de Rotteck es una necesidad que ya no admite demora, y como él la empezó hace ya 15 años, quiere entregar a los suscriptores el número correspondiente de pliegos, en lugar de en «Deutscher Zuschauer», en «Weltgeschichte»; no obstante, tiene que exigir el pago anticipado, cosa que en estas circunstancias no se le puede reprochar. Mientras Gustav estuvo de este lado del océano, Heinzen lo presentaba, junto con Ruge, como el hombre más grande de Europa. Apenas hubo llegado al otro lado, estalló entre ambos un escándalo tremendo.

Gustav escribe:

Cuando Heinzen vio en Karlsruhe el 6 de junio que se emplazaban cañones, huyó a Straßburg en compañía femenina.

Heinzen declara a Gustav por un «adivino».

El «Kosmos» se hundía precisamente cuando Arnold lo pregonaba con énfasis en el periódico del crédulo Heinzen, y el fuerte Ejecutivo provisional se disolvía al mismo tiempo que Rodomonte-Heinzen le anunciaba en su publicación «obediencia militar». Bien conocida es la predilección de Heinzen por la milicia en tiempos de paz.

«Poco después de la partida de Struve, Kinkel también abandonó el comité, que con ello quedó sin efectividad. (N.Y. “Deutsche Schnellpost”, núm. 23.)»

Así quedó reducido el fuerte Ejecutivo provisional a los señores Ruge, Ronge y Haug. Hasta Arnold comprendió que con esa trinidad no solo no se podía crear mundo alguno <juego de palabras con «Kosmos»>, sino absolutamente nada; no obstante, esa trinidad siguió siendo, en todas las permutaciones, variaciones y combinaciones, el núcleo de sus posteriores formaciones de comités. El incansable aún no daba su juego por perdido; para él solo se trataba de que, en general, se hiciera y se trajinara algo que le proporcionara la apariencia de una gran actividad, de profundas combinaciones políticas y, sobre todo, materia para ir y venir dándose importancia, para aparecer repetidamente y para el chismorreo autocomplaciente.

En cuanto a Gottfried, sus lecturas dramáticas para respetables comerciantes de la City [comerciantes de la City] no le permitían en modo alguno comprometerse. Por otra parte, saltaba demasiado a la vista que el manifiesto del 13 de marzo no tenía otro propósito que tender una emboscada a la posición usurpada del señor Arnold en el Comité Central Europeo. Hasta Gottfried tuvo que descubrirlo a posteriori; pero tal reconocimiento no estaba en absoluto en su interés. Así ocurrió que, poco después de la publicación del manifiesto, la “Kölnische Zeitung” publicó una declaración de la Dama acerba [la severa dama] Mockel: su marido no había firmado el llamamiento, no pensaba en absoluto en empréstitos públicos y había vuelto a salir del comité recién formado. Arnold entonces chismeó en la “Schnellpost” de Nueva York que Kinkel, impedido por enfermedad, no había firmado el manifiesto, pero que lo había aprobado, que el plan se había redactado en su habitación, que él mismo se había encargado de enviar una cantidad de ejemplares a Alemania y que había salido del comité porque éste había nombrado presidente al general Haug y no a él. Arnold acompañó esta declaración con arrebatos coléricos

sobre la vanidad de Kinkel, «el mártir absoluto», «el Beckerath democrático», y con insinuaciones contra la señora Johanna Kinkel, a quien estaban a disposición periódicos tan mal vistos como la “Köln. Ztg.”.

Entre tanto, la semilla de Arnold no había caído en terreno pedregoso. La «hermosa alma» de Gottfried decidió engañar a los rivales y alzar él solo el tesoro de la revolución. Apenas había desautorizado Johanna la ridícula empresa en la “Köln. Ztg.”, cuando nuestro Gottfried, por su cuenta, pidió en los periódicos transatlánticos un empréstito, con la indicación de que se enviara el dinero al hombre «que posea la mayor confianza». ¿Quién otro podía ser ese hombre sino Gottfried Kinkel? Por lo pronto, exigía un pago a cuenta de 500 libras esterlinas para la fabricación del papel moneda revolucionario. Ruge, que no se duerme, hace declarar por la “Schnellpost” que él es cajero del Comité Central Democrático, que en su poder se pueden comprar ya listos los bonos mazzinianos. Así pues, quien quiera perder 500 libras esterlinas hará mejor en todo caso en tomar los bonos ya listos que en especular con otros aún no existentes. Y Rodomonte-Heinzen vociferaba que, si el señor Kinkel no desistía de sus maniobras, se le trataría abiertamente como «enemigo de la revolución». Gottfried hizo escribir contraartículos en la “N.-Y. Staatsztg.”, la antagonista directa de la “Schnellpost”. Así, al otro lado del océano Atlántico se hacía ya la guerra en toda regla, mientras que a este lado aún se intercambiaban besos de Judas.

Mientras tanto, Gottfried, como pronto notó, había escandalizado en cierta medida a los honrados demócratas, al imponer sin rodeos un empréstito nacional en su propio nombre. Para reparar el paso en falso, hizo declarar ahora:

«este llamamiento a contribuir con dinero para la iniciación de un empréstito nacional alemán no había partido en absoluto de él y que, probablemente, amigos demasiado oficiosos en América habían utilizado su nombre para ello».

Esta declaración provocó la siguiente respuesta del Dr. Wiß en la “Schnellpost” de Nueva York:

«Aquel llamamiento para la agitación a favor de un empréstito alemán me fue remitido, como es de todos sabido,
por Gottfried Kinkel, con el ruego urgente
de que lo difundiera en todos los periódicos alemanes, y estoy dispuesto a poner esta carta a la vista de cualquiera que lo ponga en duda. Si aquella manifestación de Kinkel ha tenido realmente lugar, es para él una cuestión de honor desmentirla públicamente y comunicar mi correspondencia con él, para mostrar al partido cuán independiente y en modo alguno “demasiado oficioso” he actuado yo frente a él. En caso contrario, es deber de Kinkel señalar públicamente al honorable referente de aquella manifestación como a un vil calumniador o, si hubiera habido

un malentendido, como a un charlatán irresponsable y sin conciencia. Por mi parte, no puedo creer en una perfidia tan abismal de Kinkel. Dr. G. Wiß.» (Semanario de la “Deutsche Schnellpost” de Nueva York).

¿Qué debía hacer Gottfried? Empujó una vez más a la aspra donzella [la ruda doncella], declaró a Mockel como el «charlatán irresponsable y sin conciencia», afirmó que su esposa había impulsado el empréstito a sus espaldas. Esta táctica era indiscutiblemente muy «estética».

Tan sumamente vacilaba nuestro Gottfried como una caña, ya adelantándose, ya retirándose, ya embarcándose en una empresa, ya desautorizándola, según creyera que soplaba el viento popular. Mientras se hacía agasajar y celebrar oficialmente en Londres como mártir de la revolución por la burguesía estética, ya por entonces, a espaldas de ésta, cultivaba el trato prohibido con la chusma de la emigración representada por Willich. Mientras vivía en condiciones que, comparadas con su modesta situación en Bonn, podían calificarse de brillantes, escribía al mismo tiempo a San Luis que vivía y habitaba como corresponde «al representante de la pobreza». Cumplía así con la etiqueta prescrita frente a la burguesía y hacía a la vez la debida reverencia ante el proletariado. Sin embargo, como hombre en quien la fuerza de la imaginación supera con mucho al entendimiento, no pudo por menos de caer en los modales y las arrogancias del advenedizo, lo que le enajenó a más de un estirado filisteo de la emigración. Muy característico de él fue su artículo en el «Kosmos» sobre la Exposición Industrial. Nada admiraba más que el espejo monstruoso que se exhibía en el Palacio de Cristal. El mundo objetivo se le disuelve en un espejo, el subjetivo en una frase. Bajo el pretexto de comprender el lado bello de todas las cosas, hace lo bello con todas las cosas, y este hacer lo bello lo denomina poesía, abnegación, religión, según cuadre en cada caso. En el fondo, todo le sirve para hacer lo bello consigo mismo. No puede entonces evitar poner de relieve en la práctica el lado feo, al trocarse directamente la fantasía en mentira y la exuberancia en vulgaridad. Por lo demás, era previsible que nuestro Gottfried dejaría pronto la piel de león, una vez que cayera en manos de arlequines tan avezados como Gustav y Arnold.

[Los grandes hombres del exilio - Parte 12]

XII

La Exposición Industrial hizo época para la emigración. La gran oleada de filisteos alemanes que inundó Londres durante el verano se sentía incómoda en el gran y zumbante Palacio de Cristal y en el Londres aún más grande, traqueteante, ruidoso y vociferante, y una vez cumplidas con el sudor de su frente la carga y el trabajo del día, la obligada visita a la exposición y a las demás curiosidades, el filisteo alemán se reponía en casa del tabernero Schärttner, en Hanauer, o en la del tabernero Göhringer, en Sternen, donde todo era confortable, cervecero, entre humo de tabaco y politiquería tabernaria. Aquí «se tenía reunida a la patria entera» y, además, se podía ver gratis a los más grandes hombres de Alemania. Allí estaban sentados, los diputados del Parlamento, los representantes de las Cámaras, los generales, los oradores de los clubs de la hermosa época de 1848 y 1849, fumando en pipa como cualquier otra persona y tratando coram publico [en plena publicidad] día tras día, con imperturbable dignidad, los más altos intereses de la patria. Era éste el lugar donde el burgués alemán, con sólo no reparar en unas cuantas botellas de vino baratísimo, podía enterarse al detalle de lo que se ventilaba en las más secretas deliberaciones de los gabinetes europeos. Aquí se le podía decir con exactitud de minutos cuándo «iba a estallar». Y, entre tanto, estallaba una botella tras otra, y todos los partidos se marchaban a casa, tambaleándose ciertamente, pero con la conciencia reconfortante de haber contribuido por su parte a la salvación de la patria. Jamás la emigración bebió más y más barato que durante esta masiva presencia de un filisteísmo con capacidad de pago.

La verdadera organización de la emigración era precisamente esta su organización tabernaria, desarrollada por la exposición hasta su máxima floración, bajo la égida de Sileno-Schärttner en Long Acre [calle de Londres]. Aquí estaba el verdadero comité central en sesión permanente. Todos los demás comités, organizaciones, formaciones de partidos eran puro embuste, arabesco patriótico de esta prototípica y germánica taberna de parroquianos.

Además, la emigración se reforzó entonces con la llegada de los señores Meyen, Faucher, Sigel, Goegg, Fickler, etc.

Meyen, ese pequeño erizo que por equivocación vino al mundo sin púas, ya fue descrito en su día por Goethe bajo el nombre de Poinsinet del siguiente modo:

«Hay en la literatura, como en la sociedad, esas figuras pequeñas, singulares y rechonchas que, dotadas de un cierto talentillo, son muy entrometidas y pretenciosas y que, al ser pasadas por alto fácilmente por todo el mundo, brindan ocasión a todo tipo de entretenimiento. Sin embargo, estas personas siempre salen bastante gananciosas. Viven, actúan, son nombradas y no les falta buena acogida. Lo que les fracasa no las saca de su serenidad, lo consideran como un caso aislado y esperan de lo venidero los mejores éxitos. Una figura así es Poinsinet en el mundo literario francés. Lo que se ha hecho con él, aquello a lo que se le ha inducido, cómo se le ha mistificado, llega hasta lo increíble, y ni siquiera su triste muerte, al ahogarse en España, quita nada de la impresión ridícula que causó su vida, de la misma manera que la rana del pirotécnico no alcanza dignidad alguna porque, después de haber croado bastante, termine con un estallido más fuerte.» <Goethe, “Anotaciones sobre personas y objetos mencionados en el diálogo ‘El sobrino de Rameau’”>.

De escritores contemporáneos se comunica, en cambio, lo siguiente acerca de él:
Eduard Meyen
pertenecía a los «Resueltos», que, frente a la estupidez masiva del resto de Alemania, representaban la inteligencia berlinesa. Junto con sus amigos Mügge, Klein, Zabel, Buhl y otros, había fundado también en Berlín una «Meyenkäferverein» (sociedad de los escarabajos Meyen). Cada uno de estos escarabajos Meyen ocupaba su propio folletito; Eduard Meyen, en el «Mannheimer Abendblättchen», en el que, con grandes esfuerzos, depositaba una vez por semana un pequeño salchichón de correspondencia verde. El escarabajo Meyen logró realmente que en 1845 se le propusiera editar una revista mensual; de varias partes llegaban trabajos, el editor esperaba, pero toda la empresa fracasó porque, tras ocho meses de sudores de angustia, Eduard declaró que no conseguía terminar el prospecto. Como nuestro Eduard se toma en serio todas las niñerías que emprende, después de la revolución de marzo pasó en Berlín por un hombre que se tomaba en serio el movimiento. En Londres trabajó, junto con Faucher, bajo la redacción y censura de una vieja que veinte años atrás había entendido algo de alemán, en la edición alemana de las «Illustrated London News», pero se lo eliminó por inútil, ya que con gran tenacidad intentaba exponer sus profundos artículos sobre escultura, impresos diez años antes en Berlín. Sin embargo, cuando más tarde la emigración de Kinkel lo nombró su secretario, comprendió que era un práctico homme d'état <hombre de Estado> y anunció en una circular litografiada que había alcanzado la «quietud de un punto de vista». Después de su muerte, se encontrará entre los papeles póstumos del escarabajo Meyen un sinnúmero de títulos de trabajos proyectados.

A Meyen se une necesariamente su corredactor y cosecretario
Oppenheim
. De Oppenheim se afirma que no es un ser humano, sino una figura alegórica: la diosa del Aburrimiento habría dado a luz en Fráncfort del Meno, bajo la figura del hijo de un joyero judío. Cuando Voltaire escribió: «Tous les genres sont bons, excepté le genre ennuyeux» <«Todo género es bueno, salvo el aburrido» (Voltaire, prefacio a «L'Enfant prodigue»)>, estaba presentiendo a nuestro Heinrich Bernhard Oppenheim. En Oppenheim preferimos al escritor antes que al orador. De sus escritos puede uno salvarse, pero de su disertación oral... c'est impossible <es imposible>. La transmigración pitagórica de las almas podrá tener su acierto, pero el nombre que Heinrich Bernhard Oppenheim llevó en siglos anteriores es imposible de redescubrir, porque en ningún siglo un hombre se ha hecho un nombre mediante una insoportable cháchara. Su vida se resume en tres momentos estelares: redactor de Arnold Ruge — redactor de Brentano — redactor de Kinkel.

El tercero en la alianza es el señor Julius
Faucher
. Pertenece a esos hugonotes de la colonia berlinesa que saben explotar su modesto talento con gran habilidad industrial. Apareció ante la opinión pública por primera vez como el alférez Pistol del partido librecambista, en cuya calidad fue contratado por los comerciantes de Hamburgo para la propaganda. Ellos le permitieron, durante la efervescencia revolucionaria, predicar la libertad de comercio bajo la forma de apariencia salvaje de la anarquía. Cuando esto dejó de ser oportuno, fue despedido y asumió con Meyen la redacción del «Abendpost» berlinés. Bajo el pretexto de que el Estado debía ser abolido por completo e implantada la anarquía, eludió así la peligrosa oposición al gobierno existente, y cuando más tarde la hoja sucumbió por la fianza, la «Neue Preußische Zeitung» lamentó la suerte de Faucher, el único escritor digno entre los demócratas. Esta relación cordial con la «Neue Preußische Zeitung» se volvió pronto tan íntima, que nuestro Faucher comenzó en Londres a escribir correspondencias para esa hoja. La actividad de Faucher en la política de la emigración no fue duradera; su librecambismo lo remitió a la industria como su profesión, a la que regresó con suma diligencia y en la que realizó una hazaña hasta entonces inigualada: una lista de precios que tasa sus artículos según una escala completamente variable. La indiscreción de la «Breslauer Ztg.» ha comunicado, como es sabido, este documento también al gran público.

A esta triple constelación de la inteligencia berlinesa se enfrenta ahora la triple constelación del genuino temple suralemán: Sigel, Fickler, Goegg.

Franz
Sigel
, ese «hombrecillo imberbe que en todo su ser recuerda a Napoleón», como lo llama su amigo Goegg, es, según testimonio del mismo Goegg, «un héroe», «un hombre del futuro», «sobre todo genial, productivo de espíritu, infatigablemente ocupado con nuevos planes».

Dicho en confianza, el general Sigel es un joven teniente badense por su talante y su ambición. De las campañas de la revolución francesa dedujo que el salto de subteniente a comandante supremo es puro juego de niños, y desde ese instante quedó firme para el hombrecillo imberbe que Franz Sigel debía ser algún día comandante supremo de algún ejército revolucionario. Una popularidad en el ejército fundada en una confusión de nombres <Véase pág. 322> y la insurrección badense de 1849 cumplieron su deseo. Las batallas que libró en el Neckar y las que dejó de librar en la Selva Negra son conocidas; su retirada a Suiza es ensalzada incluso por sus enemigos como una maniobra oportuna y correcta. Sus planes militares demuestran aquí su estudio de las guerras revolucionarias. Para permanecer fiel a la tradición revolucionaria, el héroe Sigel, sin preocuparse del enemigo, de las líneas de operación ni de retirada y de otras minucias semejantes, se trasladaba concienzudamente de una posición a lo Moreau a otra, y si a pesar de todo no logró parodiar en todos sus detalles las campañas de Moreau, si en lugar de cruzar el Rin por Paradies lo hizo por Eglichau, ha de atribuirse a la estrechez del enemigo, que no supo apreciar una maniobra tan docta. En sus órdenes del día e instrucciones, Sigel se presenta como predicador y despliega, ciertamente, menos estilo, pero más talante que Napoleón. Posteriormente se ha ocupado de la elaboración de un manual para oficiales revolucionarios de todas las armas, de lo cual estamos en condiciones de hacer la siguiente e importante comunicación:

«Un oficial revolucionario debe llevar reglamentariamente consigo: 1 prenda de cabeza con gorra, 1 sable con portasable, 1 faja negro-rojo-oro de pelo de camello, 2 pares de guantes de cuero negro, 2 casacas de campaña, 1 capote, 1 pantalón de paño, 1 corbatín, 2 pares de botas o zapatos, 1 bolsa de viaje de cuero negro —12 pulgadas de ancho, 10 pulgadas de alto, 4 pulgadas de grueso—, 6 camisas, 3 calzoncillos, 8 pares de medias, 6 pañuelos, 2 toallas, 1 utensilio de lavar y afeitar, 1 estuche de escribir, 1 tablilla de escribir con patente, 1 cepillo para la ropa, 1 reglamento de servicio en campaña.»

Joseph
Fickler
—

«el modelo de un hombre del pueblo probo, resuelto, inquebrantablemente perseverante, que tenía a todo el Alto País badense y al distrito del lago como un solo hombre en su apoyo y que, por sus largos años de luchas y sufrimientos, gozaba de una popularidad cercana a la de Brentano» (según la descripción de su amigo Goegg).

Joseph Fickler tiene, como conviene a un hombre del pueblo probo, resuelto e inquebrantable, un rollizo rostro de luna llena, un grueso pescuezo y un correspondiente perímetro de panza. De su vida anterior sólo se sabe que se ganaba una livelihood <un medio de vida> con una obra de talla artística del siglo XV y con reliquias relacionadas con el Concilio de Constanza, que los viajeros y los aficionados extranjeros al arte contemplaban por dinero, comprando de paso recuerdos «antiguos» que Fickler, según cuenta con notable delectación propia, hacía fabricar una y otra vez como «antiguos».

Sus únicas hazañas durante la revolución fueron, en primer lugar, su detención por Mathy después del Preparlamento y, en segundo lugar, su detención por Römer en Stuttgart en junio de 1849; gracias a estas detenciones, sorteó felizmente el peligro de comprometerse. Los demócratas de Wurtemberg depositaron más tarde por él una fianza de 1.000 florines, tras lo cual Fickler se marchó de incógnito al cantón de Turgovia y, para gran pesar de los fiadores, no volvió a dar señales de vida. Es innegable que en los «Seeblätter» tradujo con éxito en tinta de imprenta los sentimientos y opiniones de los campesinos del lago; por lo demás, con respecto a su amigo Ruge opina que el mucho estudiar embrutece, razón por la cual advirtió también a su amigo Goegg que no visitara la biblioteca del Museo Británico.

Amandus Goegg, amable como ya su nombre lo indica, no es ciertamente un gran orador, «sino un sencillo ciudadano, cuyo noble y modesto porte le granjea amigos en todas partes» («Westamerikanische Blätter»). Por nobleza de ánimo, Goegg fue miembro del gobierno provisional de Baden, donde, según confesión propia, nada pudo hacer frente a Brentano, y por modestia se hizo otorgar el título de señor Dictador. Nadie niega que sus realizaciones como ministro de Hacienda fueron modestas. Por modestia, proclamó en Donaueschingen, el último día antes de la retirada general ya ordenada hacia Suiza, la «República social-democrática». Por modestia declaró más tarde (véase «Janus» de Heinzen, 1852) que el proletariado parisino perdió el 2 de diciembre porque carecía de su visión democrática badense-francesa y de la otra que habitualmente circula en la Alemania meridional francesa. Quien desee más pruebas de la modestia de Goegg y de la existencia de un «partido de Goegg», las encontrará en el escrito: «Rückblick auf die badische Revolution etc.», París 1850, redactado por él mismo. Puso la corona a su modestia cuando en un mitin público en Cincinnati declaró:

«Hombres de prestigio acudieron a él en Zúrich, tras la bancarrota de la revolución badense, y le dijeron: en la revolución badense habían participado hombres de todas las tribus alemanas; debía considerársela, por tanto, una causa alemana, como la revolución romana una causa italiana. Él había sido el hombre que había resistido, así que debía convertirse en el Mazzini alemán. Por modestia lo rechazó.»

¿Por qué? Quien en su día fue ya señor «Dictador» y sigue siendo el amigo íntimo del «Napoleón» Sigel, bien podía también «convertirse en el Mazzini alemán».

Una vez que, con estos y otros recién llegados similares pero menos destacados, la emigración estuvo au grand complet <absolutamente completa>, pudo pasar a los poderosos combates que en el próximo canto se presentarán al lector.

[Die großen Männer des Exils - Teil 13]

XIII

Chi mi darà la voce e le parole,
E un proferir magnanimo e profondo!
Che mai cosa piu fiera sotto il sole
Non fu veduta in tutto quanto il mondo;
L'altre battaglie fur rose e viole,
Al raccontar di questa mi confondo;
Perchè il valor, e'l pregio della terra
A fronte son condotti in questa guerra.

(Bojardo, «Orlando innamorato», Canto 27)

*Quién me dará las palabras y quién la voz,*  
*para narrar lo más grande con grandeza y dignidad,*  
*¡pues jamás, desde el comienzo del mundo, se ha visto*  
*combate más soberbio librado con tan salvaje furia!*  
*Las otras batallas, por muy cruentas que fuesen,*  
*no son sino violetas y rosas, y mi poesía*  
*me abandona allí donde bravura y gloria del honor*  
*brillan con igual esplendor en la historia de esta lucha.*

Con la completación de la emigración gracias a los últimos llegados a la moda <distinguidos recién llegados>, había llegado el momento en que ésta debía intentar «organizarse» en grande, constituirse en una docena completa. Era de esperar que estos intentos desembocaran en una enconada hostilidad. La guerra de plumas en los periódicos transatlánticos alcanzó entonces su punto álgido. Miserias personales, intrigas, cábalas, baladronadas: en esas ruindades se agotaban los grandes hombres. Pero la emigración había ganado una cosa, una historia para sí, situada fuera de la historia universal, su política de rincón junto a la política pública;

y de sus luchas mutuas extraía precisamente el sentimiento de su recíproca importancia. Como en el trasfondo de todas estas aspiraciones y luchas se halla la especulación con los fondos del partido democrático, «con el santo Grial», la rivalidad trascendental, la disputa por la barba del emperador Barbarroja, se transforma muy pronto en la vulgar competencia de necios. Quien quiera estudiar a partir de las fuentes esta gran guerra de ranas y ratones encontrará todos los documentos pertinentes en la
N. Y. "Schnellpost"
,
"N.-Y. Deutschen Zeitung"
,
"A[llgemeinen] D[eutschen] Z[eitung]"
y
"Staatszeitung"
, en el
"Correspondent"
de Baltimore, en el
Wecker
y otros periódicos germanoamericanos. Sin embargo, este hacerse el simpático con supuestas conexiones y conspiraciones inventadas, toda esta gritería de la emigración no dejaba de tener un lado serio. Ofrecía a los gobiernos el pretexto deseado para arrestar a un montón de gente en Alemania, para poner trabas al movimiento interior en todas partes y para erigir a estos pobres espantapájaros de Londres como monigotes ante el burgués alemán. Lejos de representar peligro alguno para el estado de cosas existente, estos héroes de la emigración no anhelan sino una cosa con la mayor vehemencia: que en Alemania reine un silencio sepulcral, para que se oiga tanto mejor su voz, y que el nivel del espíritu público descienda lo bastante como para que incluso gentes de su estatura aparezcan como magnitudes eminentes. 

Los recién llegados hombres de bien del sur de Alemania se encontraban en Londres, sin compromiso con ningún bando, en la situación más excelente para iniciar una reconciliación entre las diferentes camarillas y, a la vez, para congregar a la masa de la emigración como coro en torno a los prominentes. Su bravo sentido del deber les mandaba no dejar escapar esta oportunidad.

Pero, al mismo tiempo, veían a Ledru-Rollin, coincidiendo aquí con él, sentado ya en el sillón presidencial de la República Francesa. Para ellos, los vecinos fronterizos más inmediatos de Francia, era importante ser reconocidos por el gobierno provisional de Francia como presidentes provisionales de Alemania. A Sigel, sobre todo, le interesaba que Ledru le garantizase su mando supremo. Pero el camino a Ledru sólo pasaba sobre el cadáver de Arnold. Además, a ellos les imponía aún entonces la máscara de carácter de Arnold, y, como luz boreal filosófica, éste debía iluminar su crepúsculo sudalemán. Así pues, se dirigieron primero a Ruge.

En el otro lado estaban, en primer lugar,
Kinkel
con su círculo más cercano —Schurz, Strodtmann, Schimmelpfennig, Techow y otros—; en segundo lugar, los exdiputados de parlamentos y cámaras, a la cabeza
Reichenbach
, con Meyen

y Oppenheim como representantes literarios; y, por último, Willich con su hueste, que, no obstante, permanece en el trasfondo. Los papeles se hallaban aquí distribuidos del siguiente modo: Kinkel, como flor de la pasión, representa al filisteísmo alemán en general; Reichenbach, en su calidad de conde, representa a la burguesía; Willich, en tanto que Willich, representa al proletariado.

Acerca de August
Willich
ha de decirse, ante todo, que Gustav siempre abrigó contra él una secreta desconfianza a causa de su cráneo puntiagudo, en el que el órgano de la autoestima comprime todas las demás facultades mediante una hipertrofia anormal.

Un filisteo alemán que vio al antiguo teniente Willich en una cervecería londinense, se llevó la mano al sombrero, espantado, y salió huyendo con la exclamación: «¡Santo Dios, cómo se parece ese hombre a Nuestro Señor Jesucristo!». Para perfeccionar aún más este parecido, Willich fue durante un tiempo carpintero poco antes de la revolución. Más tarde intervino como jefe de partidas en la campaña de Baden-Palatinado.

El jefe de partidas, este vástago de los antiguos condotieros italianos, es un fenómeno peculiar de las guerras más recientes, particularmente en Alemania. El jefe de partidas, acostumbrado a actuar por su cuenta y riesgo, se resiste a todo mando supremo general. Sus hombres dependen exclusivamente de él, pero también él depende por entero de ellos. La disciplina en un cuerpo franco es, por tanto, cosa especial, según las circunstancias, bárbaramente estricta a veces, y otras —las más— laxa en sumo grado. El jefe de partidas no puede aparecer siempre de manera imperiosa y autoritaria; a menudo ha de halagar a sus hombres, atraerlos uno por uno, hombre por hombre, mediante caricias corporales; de poco sirven aquí las cualidades militares ordinarias, y a la temeridad han de venir en ayuda otras cualidades para mantener a raya a los subordinados. Si no es noble, debe tener al menos una conciencia magnánima, que se complementa, como siempre, con astucia solapada, acechante intriga y solapada bajeza práctica. Así no solo se gana a sus soldados, sino que soborna también a los habitantes, toma por sorpresa al enemigo y es reconocido como carácter personal, sobre todo por los adversarios. Pero todo esto no basta para mantener cohesionado un cuerpo franco cuya masa o bien se compone desde un principio de lumpemproletariado o bien se asimila pronto a él. Para ello se necesita una idea superior. El jefe de las partidas francas ha de tener, pues, un núcleo de ideas fijas; ha de ser un hombre de principios al que le ronde sin cesar su vocación redentora del mundo. Tiene que infundir a sus soldados, predicando ante el frente y mediante continua propaganda aleccionadora junto a cada uno, la conciencia de esa idea superior, y convertir así a todo el cuerpo en

sus hijos según la fe. Si esta idea superior presenta un tinte especulativo, místico, por encima del entendimiento común, si es de naturaleza hegeliana, a la manera de lo que el general Willisen trataba de inculcar al ejército prusiano, tanto mejor: así se insufla a cada guerrillero la conciencia magnánima, y las hazañas de toda la hueste reciben con ello una consagración especulativa que las eleva muy por encima del carácter del coraje vulgar no reflexivo; como, por lo demás, la fama de un cuerpo semejante proviene menos de sus realizaciones que de su misión mesiánica. No puede sino acrecentar la cohesión del cuerpo el que se haga jurar a todos los guerreros que no sobrevivirán a la causa por la que luchan y que preferirán dejarse masacrar hasta el último hombre bajo el último manzano de la frontera al son de un cántico espiritual. Un cuerpo y un jefe así han de hallarse, naturalmente, mancillados por la comunidad con los vulgares guerreros profanos y buscar cada oportunidad para alejarse del ejército o bien sacudirse inmediatamente la compañía de los incircuncisos; y nada deben odiar más que a un gran cuerpo y a la gran guerra, donde la astucia solapada apoyada por un ímpetu superior poco consigue si desprecia las reglas ordinarias del arte bélico. De este modo, el jefe de partidas ha de ser, en el pleno sentido de la palabra, cruzado; ha de ser Pedro el Ermitaño y Gualterio Sin Haber en una sola persona. Ha de ser, frente a los elementos mixtos y al modo de vida desenfrenado de su cuerpo, un hombre virtuoso; no se le ha de poder beber bajo la mesa, y él mismo debe preferir beberse su botella en secreto, tal vez de noche en la cama. Si humanamente le sucediese regresar al cuartel a hora no reglamentaria, tras un disfrute excesivo de los placeres mundanos, no entrará precisamente por el portón grande, sino que volverá a casa dando un rodeo para escalar los muros sin ser vigilado, a fin de no causar escándalo; los encantos femeninos lo han de dejar frío, mientras que causa buen efecto que, como Cromwell a sus suboficiales, se lleve a la cama de vez en cuando a un oficial sastre; en general, no puede exagerar nunca demasiado la ascética austeridad de su conducta. Puesto que los cavalieri del dente <caballeros del morral> de su cuerpo, que se hallan tras el cavaliere della ventura <caballero de ventura>, se alimentan mayormente de requisas y alojamiento gratuito, sin que Gualterio Sin Haber pueda vigilar siempre tan de cerca, también por eso ha de tener Pedro el Ermitaño siempre a mano el consuelo de que semejantes

medidas desagradables se aplican únicamente para la salvación de la patria y, por tanto, en el propio interés de los afectados.

Todas estas cualidades del jefe de partidas en la guerra reaparecen en tiempos de paz bajo una forma no precisamente favorable. Ante todo, ha de mantener cohesionado el cuadro del regimiento para un nuevo cuerpo y poner sin cesar en movimiento suboficiales reclutadores. El cuadro, compuesto por los restos del cuerpo franco y por el populacho de la emigración en general, es acuartelado, sea a costa del gobierno (por ejemplo, en Besançon) o de otro modo. No puede faltar la consagración ideal en la vida de cuartel; ésta se establece mediante el comunismo de cuartel, gracias al cual el desprecio por la vulgar actividad burguesa adquiere un significado superior. Pero como este cuartel comunista ya no está bajo los artículos de guerra, sino únicamente bajo la autoridad moral y el mandato del sacrificio, es ineludible que de vez en cuando estallen riñas a golpes por la caja común, de las que la autoridad moral no siempre sale sin un ojo morado. Si se encuentra en las cercanías alguna asociación de artesanos, ésta puede ser utilizada como institución de reclutamiento para el cuerpo que se ha de crear, abriéndose a los artesanos, como compensación por su presente trabajo penoso, la perspectiva de una futura vida regalada y de aventuras de guerrilleros. Tal vez se pueda también arreglar que, en atención al superior significado de principio que el cuartel tiene para el futuro del proletariado, la asociación entregue fondos para la intendencia. Tanto en el cuartel como en la asociación, el predicar y la manera patriarcal y zalamera del trato personal no quedará sin efecto. El partidario no pierde tampoco en la paz su imprescindible confianza, y así como antes proclamaba sin cesar, después de cada revés, la victoria para el día siguiente, ahora proclama sin cesar la certidumbre moral y la necesidad filosófica de que en el plazo de catorce días «estallará» aquello, a saber, "ello". Como no le puede faltar un enemigo y a lo noble se opone necesariamente lo innoble, descubrirá en estos últimos una enconada hostilidad hacia él; creerá que los innobles lo hacen por odio a su merecida popularidad, que quieren envenenarlo o apuñalarlo, razón por la cual guardará siempre un cuchillo largo bajo la almohada. —Así como el jefe de partidas en la guerra nada logra si no parte del supuesto de que los habitantes del país lo adoran, también en la paz, aunque nunca llegue a disponer de conexiones políticas reales, las supondrá siempre o se las imaginará, de lo cual pueden surgir a veces extrañas mistificaciones—. El talento para la requisa y el alojamiento gratuito reaparece bajo la forma de un amable parasitismo. El ascetismo de estricta moral de nuestro

Orlando, en cambio, padece en tiempos de paz, como todo lo noble y grande, graves tentaciones. Dice Boyardo en el canto 24:

Turpín afirma que el conde de Brava

fue virginal de por vida y casto.

Creed de ello lo que os plazca, señores—

Pero es también sabido que el conde de Brava perdió más tarde la razón por los ojos de la bella Angélica, y que Astolfo tuvo que ir a buscársela de nuevo a la luna, tal como lo ha descrito del modo más encantador el maestro Lodovico Ariosto. Sin embargo, nuestro Orlando moderno se confundió con el propio poeta, quien contó que también él había perdido la razón por amor, pero que la había buscado de nuevo con los labios y las manos en el seno de su Angélica, en lo cual le sucedió, empero, que como agradecimiento fue arrojado de la casa.

En la política, el jefe de partidarios pondrá de manifiesto su superioridad en todos los medios de la guerra de guerrillas. Conforme al concepto de partidario, irá de un partido a otro. La intriga mezquina, las artimañas sórdidas, las mentiras ocasionales, la perfidia moralmente indignada aparecerán aquí como síntomas naturales de la conciencia magnánima, y él, en la fe en su misión y en el sentido superior de sus palabras y acciones, declarará con determinación: «¡Yo no miento nunca!». Las ideas fijas proporcionarán un excelente manto para la perfidia oculta y harán que los pazguatos de la emigración, sin idea alguna, piensen que él, el hombre de las ideas fijas, es un simple necio, cosa que a un tan astuto y buen hombre sólo puede serle grata.

Don Quijote y Sancho Panza en una sola persona, tan enamorado de la alforja como de sus ideas fijas, no menos admirador de la comida gratis de la caballería andante que de la fama, el hombre de la guerra en duodécimo y de la intriga más diminuta, ocultando su astucia bajo la máscara del carácter, en las praderas del Río Grande del Norte está el verdadero futuro de Willich.

Sobre las relaciones de los dos elementos de la emigración arriba descritos, el señor Goegg da cuenta en una carta aparecida en el N.Y. “Deutschen Schnellpost”:

«Ellos» (los alemanes del sur) «habían resuelto, para restablecer el prestigio del moribundo comité central, intentar una unión con las demás fracciones. Pero hay pocas perspectivas para esta obra bienintencionada. Kinkel sigue intrigando, ha formado un comité con su salvador, su biógrafo y algunos tenientes prusianos, el cual debe actuar en secreto, extenderse, atraer a sí en lo posible los fondos democráticos y luego, de repente, como partido poderoso, saltar a la luz del día Kinkel. Esto no es ni honesto, ni equitativo, ni sensato.»

La intención «honesta» de los elementos suralemanes en estos intentos de acuerdo se desprende de la siguiente carta del señor Sigel al mismo periódico:

«Si nosotros, los pocos hombres que lo habíamos pensado con sinceridad, hemos echado mano también en parte a la conspiración, fue para protegernos contra las miserables perfidias y arrogancias de Kinkel y compañía y mostrarles que no han nacido para gobernar. Nuestro propósito principal era arrastrar a Kinkel por la fuerza a una gran asamblea, para demostrarle a él y a sus amigos políticos más cercanos, como él se expresa, que no todo lo que brilla es oro. ¡Al diablo primero el instrumento» (Schurz), «al diablo después el cantor» (Kinkel)». (“Wochenbl. der N.-Y. D. Ztg.”, 24 de septiembre de 1851.)

Ya lo extrañamente que estaban constituidos ambos bandos, que se insultan llamándose «sur-alemanes» y «norte-alemanes» se desprende del hecho de que a la cabeza de los elementos suralemanes se hallaba el «entendimiento» de Ruge, y a la cabeza de los nortealemanes el «sentimiento» de Kinkel.

Para comprender la gran lucha que sigue ahora, debemos perder dos palabras sobre la diplomacia de estos dos partidos, conmovedores del mundo.

Arnold (y con él, por tanto, sus compinches) se afanaba ante todo por formar un «club cerrado» con la apariencia oficial de una «actividad revolucionaria». De este club debía surgir su querido «comité para los asuntos alemanes», y de este comité debía ser excluido de nuevo el propio Ruge hacia el Comité Central Europeo. Arnold perseguía ya este fin sin desmayo desde el verano de 1850. En los alemanes del sur esperaba «haber encontrado el hermoso elemento medio donde pudiera gobernar cómodamente como soberano». La constitución oficial de la emigración, la formación de comités, era, pues, la política necesaria de Arnold y de sus aliados.

Kinkel y consortes, por otra parte, debían tratar de impedir todo lo que pudiera legitimar la posición usurpada de Ruge en el Comité Central Europeo. Kinkel, tras su llamamiento para la suscripción provisional de 500 libras esterlinas desde Nueva Orleans, había recibido la promesa de un envío de dinero y, en consecuencia, había formado ya un comité financiero secreto con Willich, Schimmelpfennig, Reichenbach, Techow, Schurz, etc. Pensaban: Si tenemos primero el dinero, tendremos también la emigración; si tenemos la emigración, tendremos también el gobierno en Alemania. Para ellos, pues, se trataba ante todo de ocupar a toda la emigración con reuniones formales, pero impidiendo cualquier constitución oficial de ésta que fuera más allá de una «sociedad libre», y sobre todo cualquier formación de comités, a fin de mantener entretenida a la fracción enemiga, apartarla de la acción y poder maniobrar a sus espaldas.

Ambas fracciones, es decir, «los hombres notables», tenían en común que la masa de la emigración era llevada por la nariz, no iniciada en los fines últimos, debía servir sólo como telón de fondo y era abandonada apenas se alcanzaba el objetivo.

Contemplemos ahora a estos Maquiavelos, Talleyrands y Metternichs de la democracia en su mutuo proceder.

Primera escena. 4 de julio de 1851. — Después de que «hubiera fracasado un acuerdo privado con Kinkel para una actuación común», Ruge, Goegg, Sigel, Fickler, Ronge invitan a los hombres notables de todas las fracciones a una reunión en casa de Fickler para el 14 de julio. Aparecen 26 hombres. Fickler propone formar un «círculo cerrado» de refugiados alemanes y hacer surgir de él un «comité de gestión para el fomento de fines revolucionarios». Combatido principalmente por Kinkel y seis de sus partidarios. Tras un encarnizado debate de varias horas, la propuesta de Fickler es aceptada (16 contra 10). Kinkel y la minoría declaran que no pueden participar en este asunto y se retiran.

Segunda escena. 20 de julio. — La mayoría antes mencionada se constituye como asociación. Entre otros, ingresa Tausenau, presentado por Fickler. Como Ronge es Lutero, Kinkel Melanchthon, así es el señor Tausenau el Abraham a Sancta Clara de la democracia alemana. Si los dos arúspices en Cicerón no podían mirarse sin reír, el señor Tausenau no puede mirar su propio rostro serio en el espejo sin soltar la carcajada. Si Ruge había logrado encontrar entre los badenses gentes a quienes él imponía, el destino se vengó de ello conduciéndole, en el austríaco Tausenau, al hombre que a él le impone.

A propuesta de Goegg y Tausenau, se aplazan las negociaciones para intentar una vez más la unión con la fracción de Kinkel.

Tercera escena. 27 de julio. — Sesión en el Cranbourne Hotel. La emigración «notable» au grand complet. La fracción de Kinkel aparece, pero no con la intención de adherirse a la asociación ya existente; insiste más bien en la formación de un «club de discusión abierto sin comité de gestión y sin persecución de fines determinados». Schurz, que aparece como mentor del joven Kinkel en todas estas negociaciones parlamentarias, propone:

«La sociedad presente se constituye como asociación política cerrada bajo el nombre de Club Alemán de Emigración y admite, a propuesta de un miembro por decisión mayoritaria, a otros ciudadanos de la emigración alemana.»

Aprobado por unanimidad. El club decidió reunirse todos los viernes.

«La aceptación de esta propuesta fue saludada con general aplauso, con el grito de: “¡Viva la República Alemana!!!”. Se sintió, por la mutua condescendencia, haber cumplido con el deber y haber creado algo bueno en interés de la revolución.» (Goegg, “Wochenbl. d. Schnellp[ost]”, 20 de agosto de 1851.)

Eduard Meyen quedó tan entusiasmado con este éxito que exclamó en su correspondencia litografiada:

«Toda la emigración forma ahora una falange cerrada, hasta Bucher inclusive —con la sola excepción de la incorregible camarilla de Marx.»

La misma nota de Meyen se encuentra en la correspondencia ministerial litografiada de Berlín.

Así surgió, entre mutua condescendencia y bajo los vivas a la república alemana, el gran Club de Emigración, que había de celebrar sesiones tan edificantes y disolverse en buena paz pocas semanas después de la partida de Kinkel a América; lo cual, sin embargo, no impide que en América siga aún representando su papel como un ser viviente.

Cuarta escena. 1 de agosto. — Segunda sesión en el Cranbourne Hotel.

«Lamentablemente, hemos de informar ya hoy de que nos equivocamos en las expectativas sobre el éxito de este club.» (Goegg, ibíd., del 27 de agosto.)

Kinkel presenta, sin previa decisión mayoritaria, a seis refugiados prusianos y a seis visitantes de la exposición industrial prusiana. El dique (1)

(Presidente, ex presidente de la Constituyente badense) expresa su extrañeza por esta violación altamente traidora del estatuto.

Kinkel declara:

«El club no es más que una sociedad libre sin otra finalidad que la de conocerse mutuamente en lo personal y entablar conversaciones que cualquiera pueda oír. Sería por tanto deseable que la sociedad fuera visitada muy numerosamente por forasteros.»

El estudiante Schurz se apresura a encubrir la falta de tacto de su profesor mediante una enmienda sobre la admisión de visitantes. Aprobada. — Abraham a Sancta Clara Tausenau se levanta y presenta las dos siguientes propuestas serias, sin reírse:

«1. Nombramiento de una comisión» («el» comité) «que haya de rendir cada ocho días un informe preciso sobre la política corriente, en especial la de Alemania, informes que se depositarán en el archivo de la asociación y se publicarán a su debido tiempo; 2. Comisión» («el» comité) «para depositar en el archivo de la asociación todos los detalles posibles sobre las violaciones del derecho y las crueldades que los servidores de la reacción han cometido y siguen cometiendo contra los partidarios de la democracia en el curso de los tres últimos años.»

Se opone con vehemencia Reichenbach: «Él ve en esas propuestas inocentes intenciones sospechosas ocultas y el afán de dar, con la elección de esas comisiones, un cariz oficial no deseado por él y sus amigos a la asamblea.»

Schimmelpfennig y Schurz: «Esas comisiones podrían arrogarse facultades de carácter conspirativo que conducirían paulatinamente a un comité oficial.»

Meyen: «Él desea palabras, no actos.»

La mayoría parecía inclinada, según afirmaba Goegg, a aceptar las propuestas; el Maquiavelo Schurz propone el aplazamiento. Abraham a Sancta Clara Tausenau se adhiere por bonhomía a esta propuesta. Kinkel opinaba que había que posponer la votación para la próxima sesión principalmente porque esa tarde su fracción parecía estar en minoría y él y sus amigos no podían considerar una votación en esas circunstancias «vinculante para su conciencia». Acordado el aplazamiento.

Quinta escena. 8 de agosto. — Tercera sesión en el Cranbourne Hotel. Discusión de las propuestas de Tausenau. — Kinkel-Willich, contra lo convenido, han traído consigo al «bajo refugiadaje», le menu peuple, para esta vez «vincular su conciencia». — Schurz propone como enmienda conferencias voluntarias sobre la política del día, y de manera previamente concertada se presentan

De inmediato, Meyen por Prusia, Schurz por Francia, Oppenheim por Inglaterra, Kinkel por América y el porvenir (porque su porvenir más inmediato radicaba en América). – Las mociones de Tausenau son rechazadas. Declara, conmovido, que sacrifica su justa cólera en el altar de la patria y que desea permanecer en el seno de los aliados. Pero al punto la fracción Ruge-Fickler adopta la actitud irritada de almas bellas estafadas.

Intermezzo. – Kinkel había recibido por fin 160 libras esterlinas de Nueva Orleans, que debía hacer rentables para la revolución con el concurso de otras celebridades de renombre. La fracción Ruge-Fickler, de por sí exasperada por la última votación, se enteró de ello. Ya no había tiempo que perder, era preciso actuar. Se formó un nuevo cenagal de la emigración, que adornó su existencia pútrida y estancada con el nombre de
«Agitationsverein»
. Miembros: Tausenau, Frank, Goegg, Sigel, Hertle, Ronge, Haug, Fickler, Ruge. La asociación declaró de inmediato en los periódicos ingleses:

«Que no era una asociación de discusión, sino esencialmente de trabajo, que no proporcionaría words, sino works <no palabras, sino hechos> y que, ante todo, exhortaba a los correligionarios a suministrar dinero. El Agitationsverein nombra a
Tausenau
su poder ejecutivo y su ministro de Asuntos Exteriores correspondiente, y reconoce al mismo tiempo la posición de
Ruge
en el Comité Central Europeo» (como regente del imperio) «, su actividad hasta la fecha y su representación del pueblo alemán en el sentido del pueblo alemán.»

En la nueva combinación se reconoce al punto la forma primigenia: Ruge, Ronge, Haug. Así pues, Arnold había alcanzado por fin, tras años de luchas y afanes, lo que quería: era reconocido como quinta rueda del carro central democrático y tenía tras de sí una fracción del pueblo claramente, por desgracia demasiado claramente, delimitada, de ocho hombres cabales. Pero también este goce le fue amargado, pues su reconocimiento iba unido al mismo tiempo a su destitución indirecta y solo pasó bajo la condición impuesta por los Bauer-Fickler de que Ruge cesase ahora también de «escribir sus tonterías por el mundo». El rudo Fickler solo tenía por «sólidos» los escritos de Arnold que no había leído ni necesitaba leer.

Escena sexta. 22 de agosto. – Cranbourne Hotel. Primero, una «obra maestra diplomática» (según Goegg) de
Schurz
: moción para formar un comité general de refugiados con seis miembros de las distintas fracciones y la cooperación de los cinco miembros del ya existente comité de refugiados de la asociación de artesanos de Willich. (La fracción Kinkel-Willich habría tenido así siempre la mayoría.) Aprobada. Las elecciones se llevaron a cabo, pero fueron rechazadas por los miembros de la fracción estatal Ruge, con lo cual la obra maestra diplomática se vino abajo sin paliativos. La seriedad con que se tomaba este comité de refugiados se desprende, por lo demás, de que Willich, cuatro días después, se retiró del comité de artesanos y refugiados, que solo existía ya nominalmente, después de que repetidas revueltas, del todo irrespetables, de la «baja refugiadería» hubieran hecho inevitable desde hacía tiempo la disolución del comité. –
Interpelación
sobre la actuación pública del Agitationsverein. Moción para que el club de la emigración no tuviera nada que ver con el Agitationsverein y desautorizara públicamente todos sus pasos. Furiosas invectivas contra los «agitadores» presentes Goegg y Sigel junior (esto es, senior,
véase más abajo
). Rudolf
Schramm
declara que su viejo amigo Ruge es un sirviente de Mazzini y «una vieja chismosa». ¡Tú también, Bruto! Goegg responde, no como gran orador, sino como simple ciudadano, y ataca con dureza al equívoco, flojo-pérfido, beatífico-untuoso Kinkel:

«Es irresponsable cortar la oportunidad a aquellos que quieren trabajar, pero estos señores quieren una asociación aparente, inactiva, para poder actuar como camarilla para ciertos fines bajo esta capa.»

Cuando Goegg llegó a la declaración pública del Agitationsverein en los periódicos ingleses,
Kinkel
se levantó con majestad y dijo:

«Él domina ya toda la prensa americana, y se han tomado las disposiciones para someter también la prensa francesa a su dominio.»

La moción de la fracción alemana fue aprobada y tuvo como consecuencia la declaración de los «agitadores» de que los miembros de su asociación ya no podían seguir perteneciendo al club de la emigración.

Así surgió la enorme escisión entre el club de la emigración y el Agitationsverein, que hiende, abriéndose como un abismo, toda la historia universal moderna. Lo más extraño es que ambas criaturas solo han existido hasta su separación y aún hoy siguen vegetando en la batalla de los espíritus de los héroes a lo Kaulbach, que se continúa en meetings y periódicos germano-americanos, según parece, hasta el fin de los días.

Toda la sesión fue tanto más tempestuosa cuanto que el indisciplinado Schramm atacó también a Willich y afirmó que el club de la emigración se cubría de vergüenza con la vinculación con ese caballero. El presidente, esta vez el temeroso Meyen, ya había soltado desesperado el timón varias veces. El debate sobre el Agitationsverein y la salida de sus miembros elevó, sin embargo, el tumulto al máximo. Entre gritos, tamborileos, golpes, amenazas y furia se prolongó la edificante sesión hasta cerca de las dos de la madrugada, cuando por fin el posadero, cortando el gas, sumió a los acalorados partidos en la oscuridad profunda y puso un final con espanto a la salvación de la patria.

A fines de agosto, el caballeresco Willich y el bonachón Kinkel intentaron hacer saltar el Agitationsverein proponiendo al probo Fickler lo siguiente:

«Que formara con ellos y sus allegados políticos más próximos, para la administración de los fondos llegados de Nueva Orleans, un
comité de finanzas
que debía funcionar hasta que pudiera reunirse un comité público de finanzas
de
la revolución, a cambio de lo cual, con la mera aceptación de esta moción, todas las sociedades alemanas revolucionarias y de agitación existentes hasta entonces debían disolverse.»

El bravo Fickler se indignó contra el «comité secreto e irresponsable otorgado por octroi».

«¿Cómo –exclamó– va un mero comité de finanzas a agrupar concéntricamente en torno suyo a todos los partidos revolucionarios? Los fondos por ingresar y los ya ingresados nunca pueden constituir por sí mismos una base sobre la cual direcciones divergentes de la democracia sacrifiquen su independencia.»

Así pues, en lugar de producir la deseada explosión, este intento de seducir a la deserción tuvo el resultado contrario: Tausenau pudo declarar que la ruptura entre los dos poderosos partidos, Emigración y Agitación, se había vuelto ya incurable.

Notas a pie de página

(1)
«¡La presa está ahí!»

«¿Quién está ahí?»

«¡La presa está ahí!»

«¿Quién?»

«La presa, la presa, ¿no conoce usté la presa?»

[Los grandes hombres del exilio - Parte 14]

XIII.
XII.

XIV

Para mostrar la grata manera en que se llevó la guerra entre Agitación y Emigración, siguen aquí algunos extractos de periódicos germano-americanos.

Agitación.

Ruge declara a Kinkel «agente del príncipe de Prusia».

Otro agitador descubre que los hombres prominentes del club de la emigración consistían

«, junto al pastor Kinkel, en tres tenientes prusianos, dos insulsos literatos berlineses y un estudiante».

Sigel escribe:

«No se puede negar que Willich se ha ganado cierto séquito. Pero cuando uno es predicador durante tres años y habla a la gente solo lo que les es agradable, tendría que ser muy tonto para que esa gente no le tomara apego. A ese séquito intenta adherirse la kinkelevada. El séquito de Willich se amanceba con el séquito de Kinkel.»

Un cuarto agitador declara idólatras a los partidarios de Kinkel.

Tausenau caracteriza al club de la emigración como sigue:

«Intereses separados bajo la máscara de la conciliación, captación sistemática de las mayorías por subreptación, aparición de celebridades desconocidas como jefes organizadores del partido, intentos de otorgar por octroi un comité secreto de finanzas y cualesquiera que sean los nombres de todas las maniobras y tapujos con que
políticos inmaduros
creyeron en todo tiempo dirigir en el exilio los destinos de su país, mientras el primer calor ardiente de las revoluciones volatilizaba semejantes vanidades convirtiéndolas en vacuo vapor.»

Finalmente, Rodomonte-Heinzen declara: Ruge, Goegg, Fickler y Sigel son los únicos refugiados respetables en Inglaterra que él conoce personalmente; los miembros del club de la emigración son «egoístas, realistas y comunistas»; Kinkel es «un loco incurable de la vanidad y un

aristócrata especulador»; Meyen, Oppenheim, Willich etc. son gentes a las que él, Heinzen, «pasa por alto con la rótula y que no llegan al tobillo a Ruge». (N. Y. «Schnellpost», «New-Yorker Deutsche Zeitung», «Wecker» etc., 1851.)

Emigración.

¿Qué se supone que es un comité impuesto que flota en el aire, que se autoriza a sí mismo, sin haber trabajado antes, sin haber sido elegido, sin preguntar a aquellos a quienes pretende representar si quieren ser representados por esas personas?» — «Quien conoce a Ruge sabe que la manía de las proclamas es su enfermedad incurable.» — «Ruge ni siquiera pudo alcanzar en el Parlamento la influencia de un Raveaux o de un Simon de Tréveris.» — «Cuando se trata de energía revolucionaria en la acción, de trabajo organizativo, de discreción o de sigilo, Ruge es peligroso, pues no puede callar la boca, no puede contener la tinta y siempre quiere representar al mundo entero. Ruge se junta con Mazzini y Ledru-Rollin, lo que, traducido al lenguaje rugiano y estampado en todos los periódicos, significa: Alemania, Francia e Italia se han hermanado solidariamente para la revolución.» — «Esta pretenciosa imposición de un comité, esta fanfarrona inactividad determinó a los amigos más íntimos e inteligentes de Ruge, como Oppenheim, Meyen, Schramm, a unirse con otros hombres para una actividad común.» — «Detrás de Ruge no hay ningún sector claramente definido del pueblo, sino una coleta de paz claramente definida.» — «Centenares de personas preguntan a diario quién es ese Tausenau, y nadie, nadie puede responder. Aquí y allá un vienés asegura que fue uno de esos demócratas de Viena que la reacción siempre ha echado en cara a la democracia vienesa para ponerla en mala luz. Pero eso es cosa que esos vieneses han de responder. Esta eminencia es en todo caso desconocida; pero si es una eminencia, eso es aún más desconocido.» — «Veamos de nuevo quiénes son esos hombres sólidos a los que todos los demás les parecen políticos inmaduros. El general en jefe Sigel. Cuando algún día se interrogue a la musa de la historia cómo esta pálida insignificancia llegó al mando supremo, caerá en la mayor perplejidad. Sigel no es más que hermano de su hermano. Su hermano se hizo un oficial popular gracias a manifestaciones mal vistas contra el gobierno, provocadas por los repetidos arrestos que tuvo que sufrir a causa de su trivial disipación. El joven Sigel consideró esto motivo suficiente para autoproclamarse general en jefe y ministro de la Guerra en la primera confusión de la insurrección revolucionaria. La artillería badense, que tantas veces había demostrado sus cualidades, contaba con bastantes oficiales más veteranos y sólidos ante los que el joven teniente escolar Sigel tenía que retirarse, y que estaban no poco indignados por tener que obedecer a un hombre joven, desconocido, tan inexperto como falto de talento. Pero estaba allí un Brentano, tan débil de cabeza como traidor, que dejaba ocurrir todo lo que había de arruinar la revolución... La total incapacidad que Sigel demostró en toda la campaña de Baden... En todo caso, es digno de notar que Sigel abandonó a los soldados más valientes del ejército republicano en Rastatt y en la Selva Negra sin las tropas de refuerzo prometidas, mientras él mismo se paseaba en Zúrich con las charreteras y el cabriolé del príncipe de Fürstenberg y desfilaba como interesante y desdichado general en jefe. Ésa es la eminencia conocida del político maduro que, con la disculpable autoestima de sus anteriores heroicidades, se impuso por segunda vez como general en jefe a la asociación de agitación. Ése es el gran conocido, el hermano de su hermano.»

«Es realmente risible cuando tales personas» (como la asociación de agitación) «acusan a otros de tibieza, nulos políticos que no son ni media cosa ni una cosa entera.» — «La ambición personal es todo el secreto de su base de principios.» — «La asociación de agitación, como asociación, sólo tiene una importancia privada, como un cenáculo literario o un club de billar, y por eso no tiene pretensión alguna de ser tenida en cuenta, ningún derecho a otorgar mandato alguno.» — «¡Vosotros mismos habéis lanzado los dados! ¡Los no iniciados que se dejen iniciar para que ellos mismos juzguen de qué espíritu sois hijos!» — (Baltimore «Correspondent».)

Hay que decir aquí que estos señores, en su mutua conciencia el uno del otro, han llegado casi a la autoconciencia.

XV.

Entre tanto, el secreto comité de finanzas de la «Emigración» había elegido su comité administrativo, compuesto por Kinkel, Willich y Reichenbach, y decidió tomar en serio lo del empréstito alemán. El estudiante Schurz fue enviado (según informan a fines de 1851 el N. Y. «Schnellpost», el «N.-Y. Deutsche Zeitung» y el Baltimore «Correspondent») a Francia, Bélgica y Suiza, y allí buscó a todos los viejos parlamentarios, regentes del Imperio, diputados de las Cámaras y otros hombres de renombre, desaparecidos, olvidados y perdidos, incluido el difunto Raveaux, para que garantizaran el empréstito. Estos desdichados olvidados se apresuraron a conceder su garantía a la empresa. Pues la garantía del empréstito era, si algo lo era, una garantía mutua de los cargos gubernamentales in partibus, y de este modo también los señores Kinkel, Willich y Reichenbach vieron garantizadas sus perspectivas para el futuro. Y además, aquellos afligidos bonachones de Suiza estaban tan empeñados en «organizar» y garantizarse cargos que ya desde hacía tiempo habían regulado entre ellos, por números, la futura antigüedad de los puestos gubernamentales, lo que dio lugar a un enojoso escándalo sobre quién debía tener el número 1, 2 y 3. En fin, la garantía fue traída en el bolsillo por el estudiante Schurz, y se pasó a la obra. Kinkel, ciertamente, algunos días antes, en un nuevo encuentro con la «Agitación», había prometido no impulsar un empréstito unilateral de la «Emigración»; pero precisamente por eso partió con las firmas de garantía y el poder de Reichenbach y Willich, supuestamente para colocar sus conferencias estéticas entre el público del norte de Inglaterra, pero en realidad para embarcarse en Liverpool rumbo a Nueva York y en América, como Parzival, hacer acopio del santo Grial, el oro democrático del partido.

Y ahora comienza la historia de dulce son, maravillosa, altisonante, inaudita, verídica y aventurera de los grandes combates que Emigración y Agitación, a uno y otro lado del océano, libraron con renovado encono y perseverancia infatigable; aquella cruzada de Godofredo, en la que él rivalizaba con Kossuth y, tras grandes fatigas y tentaciones innombrables, al fin, con el Grial en el saco, retornó a su morada patria.

Or, bei signori, io vi lascio al presente,

E se voi tornerete in questo loco,

Diró questa battaglia dov'io lasso

Ch'un'altra non fu mai di tal fracasso.

(Bojardo, Canto 26)

<Aquí os dejo, señores, hoy por ahora,

y si a este lugar regresáis de nuevo,

os contaré el desenlace de este combate,

que de estruendo y jadeo no tiene igual.>