Los cartistas

Artículos de Karl Marx en el New-York Herald Tribune

Los cartistas

Londres, martes 10 de agosto de 1852

Mientras que los tories, los whigs, los peelitas —en realidad, todos los partidos que hasta ahora hemos comentado— pertenecen más o menos al pasado, los librecambistas (los hombres de la Escuela de Manchester, los Reformadores Parlamentarios y Financieros) son los representantes oficiales de la moderna sociedad inglesa, los representantes de esa Inglaterra que domina el mercado del mundo. Representan al partido de la burguesía consciente de sí misma, del capital industrial que se esfuerza por hacer valer su poder social también como poder político y por extirpar los últimos arrogantes restos de la sociedad feudal. Este partido está dirigido por la porción más activa y enérgica de la burguesía inglesa: los fabricantes. Lo que exigen es la supremacía completa y sin disimulos de la burguesía, el sometimiento abierto y oficial de la sociedad en general a las leyes de la producción burguesa moderna y bajo el dominio de aquellos hombres que dirigen esa producción. Por librecambio entienden el movimiento irrestricto del capital, liberado de todas las trabas políticas, nacionales y religiosas. El suelo ha de ser una mercancía comerciable, y la explotación del suelo ha de llevarse a cabo según las leyes comerciales comunes. Ha de haber fabricantes de alimentos lo mismo que fabricantes de hilados y de tejidos de algodón, pero nunca más señores de la tierra. En suma, no se tolerará ninguna restricción, regulación o monopolio político o social, a menos que proceda de “las leyes eternas de la economía política”, es decir, de las condiciones bajo las cuales el Capital produce y distribuye. La lucha de este partido contra las viejas instituciones inglesas, productos de una etapa caduca y evanescente del desarrollo social, se resume en la consigna: Producid lo más barato posible y suprimid todos los *faux frais de production* (todos los gastos superfluos e innecesarios de la producción). Y esta consigna no está dirigida solamente al individuo privado, sino principalmente a la nación en su conjunto.

La realeza, con sus “esplendores bárbaros”, su corte, su lista civil y sus lacayos, ¿a qué otra cosa pertenece sino a los *faux frais de production*? La nación puede producir e intercambiar sin realeza; fuera la corona. Las sinecuras de la nobleza, la Cámara de los Lores, ¿*faux frais de production*? El gran ejército permanente, ¿*faux frais de production*? Las colonias, ¿*faux frais de production*? La Iglesia del Estado, con sus riquezas, botín del saqueo o de la mendicidad, ¿*faux frais de production*? Que los clérigos compitan libremente entre sí y que cada cual les pague según sus propias necesidades. Todo el complicado ritual del derecho inglés, con su Tribunal de Cancillería, ¿*faux frais de production*? Las guerras nacionales, ¿*faux frais de production*? Inglaterra puede explotar a las naciones extranjeras más barato estando en paz con ellas.

Veis, pues, que a estos campeones de la burguesía británica, a los hombres de la Escuela de Manchester, toda institución de la Vieja Inglaterra se les aparece como una máquina tan costosa como inútil, que no cumple otro fin que impedir que la nación produzca la mayor cantidad posible con el menor gasto posible y cambie sus productos libremente. Necesariamente, su última palabra es la república burguesa, en la cual la libre competencia impera soberana en todas las esferas de la vida; en la cual solo subsiste el mínimo de gobierno indispensable para la administración, interior y exterior, de los intereses comunes de clase y de los negocios de la burguesía; y donde ese mínimo de gobierno está organizado de manera tan sobria y económica como sea posible. En otros países, un partido tal se llamaría democrático. Pero es necesariamente revolucionario, y la completa aniquilación de la Vieja Inglaterra como país aristocrático es el fin que persigue con más o menos conciencia. Sin embargo, su objetivo más inmediato es la consecución de una reforma parlamentaria que transfiera a sus manos el poder legislativo necesario para semejante revolución.

Pero los burgueses británicos no son franceses excitables. Cuando se proponen llevar a cabo una reforma parlamentaria no hacen una revolución de Febrero. Al contrario. Habiendo obtenido, en 1846, una gran victoria sobre la aristocracia terrateniente mediante la derogación de las leyes de cereales, se contentaron con explotar las ventajas materiales de esta victoria, mientras descuidaban sacar las conclusiones políticas y económicas necesarias, y de este modo permitieron a los whigs reinstalarse en su monopolio hereditario del gobierno. Durante todo el tiempo, de 1846 a 1852, se expusieron a la burla con su grito de batalla: Grandes principios y medidas prácticas (léase: mezquinas). ¿Y por qué todo esto? Porque en cada movimiento violento se ven obligados a apelar a la clase obrera. Y si la aristocracia es su adversario en vías de desaparición, la clase obrera es su enemigo en ascenso. Prefieren transigir con el adversario que está desapareciendo antes que fortalecer, mediante concesiones de una importancia más que aparente, al enemigo que surge, al que pertenece el porvenir. Por eso se esfuerzan por evitar todo choque violento con la aristocracia; pero la necesidad histórica y los tories los empujan hacia adelante. No pueden evitar cumplir su misión, hacer pedazos a la Vieja Inglaterra, la Inglaterra del pasado; y el momento mismo en que hayan conquistado el dominio político exclusivo, en que el dominio político y la supremacía económica estén unidos en las mismas manos, en que, por tanto, la lucha contra el capital deje de distinguirse de la lucha contra el Gobierno existente…, desde ese mismo momento datará la revolución social de Inglaterra.

Pasamos ahora a los cartistas, la porción políticamente activa de la clase obrera británica. Los seis puntos de la Carta por los que luchan no contienen sino la reivindicación del sufragio universal y de las condiciones sin las cuales el sufragio universal sería ilusorio para la clase obrera; a saber: el voto secreto, la remuneración de los diputados, las elecciones generales anuales. Pero el sufragio universal es el equivalente del poder político para la clase obrera de Inglaterra, donde el proletariado constituye la gran mayoría de la población, donde, en una larga guerra civil, aunque subterránea, ha adquirido una clara conciencia de su posición como clase, y donde incluso los distritos rurales ya no conocen campesinos, sino tan solo terratenientes, capitalistas industriales (arrendatarios) y jornaleros asalariados. La implantación del sufragio universal en Inglaterra sería, por tanto, una medida mucho más socialista que nada de lo que en el continente ha sido honrado con ese nombre. Su resultado inevitable, aquí, es la supremacía política de la clase obrera.

En otra ocasión informaré sobre el renacimiento y la reorganización del partido cartista. Por ahora solo debo tratar de la reciente elección.

Para ser elector del Parlamento británico, un hombre debe ocupar, en los burgos, una casa gravada con una contribución de pobres de 10 libras esterlinas y, en los condados, ser propietario libre con una renta anual de 40 chelines, o arrendatario por un valor de 50 libras. De esta sola constatación se desprende que los cartistas oficialmente apenas pudieron tomar parte en la batalla electoral que acaba de concluir. Para explicar la parte real que tuvieron en ella, debo recordar una peculiaridad del sistema electoral británico:

¡El día de la nominación y el día de la proclamación! ¡La votación a mano alzada y el escrutinio!

Cuando los candidatos han hecho su aparición el día de la elección y han arengado públicamente al pueblo, son elegidos, en primera instancia, por la votación a mano alzada, y toda mano tiene derecho a alzarse, tanto la mano del no elector como la del elector. Aquel por quien se alce la mayoría de las manos es declarado por el oficial electoral (provisionalmente) elegido por mano alzada. Pero ahora la medalla muestra su reverso. La elección por mano alzada no era más que una ceremonia, un acto de cortesía formal hacia el “pueblo soberano”, y la cortesía cesa tan pronto como el privilegio se ve amenazado. Pues si la mano alzada no da la elección a los candidatos de los electores privilegiados, estos candidatos exigen el escrutinio; solo los electores privilegiados pueden tomar parte en el escrutinio, y quien en él obtiene la mayoría de votos es declarado debidamente elegido. La primera elección, por mano alzada, es una satisfacción aparente que se concede, por un momento, a la opinión pública, para convencerla, al momento siguiente, con tanta mayor fuerza, de su impotencia.

Podría parecer que esta elección por mano alzada, esta peligrosa formalidad, hubiese sido inventada para ridiculizar el sufragio universal y para divertirse un poco, a costa de la “chusma” (expresión del mayor Beresford, Secretario de Guerra), con bromas aristocráticas. Pero esto sería un error, y la vieja costumbre, originariamente común a todos los pueblos teutónicos, pudo arrastrarse tradicionalmente hasta el siglo XIX porque daba al Parlamento clasista británico, de manera barata y sin peligro, una apariencia de popularidad. Las clases dominantes obtenían de esta costumbre la satisfacción de que la masa del pueblo tomara parte, con más o menos pasión, en sus intereses sectoriales considerándolos intereses nacionales. Y solo desde que la burguesía tomó una posición independiente al lado de los dos partidos oficiales, los whigs y los tories, las masas obreras se levantaron, en los días de nominación, en su propio nombre. Pero en ningún año anterior había sido el contraste entre la mano alzada y el escrutinio, entre el día de la nominación y el día de la proclamación, tan serio, tan bien definido por principios opuestos, tan amenazador, tan general, en toda la superficie del país, como en esta última elección de 1852.

¡Y qué contraste! Bastaba con haber sido designado por mano alzada para ser derrotado en el escrutinio. Bastaba con haber tenido mayoría en el escrutinio para ser saludado por el pueblo con manzanas podridas y cascotes. Los diputados debidamente elegidos, ante todo, tenían mucho que hacer para poner a salvo su propia integridad física parlamentaria. De un lado la mayoría del pueblo; del otro, la duodécima parte de la población total y la quinta parte del conjunto de los habitantes varones adultos del país. De un lado, entusiasmo; del otro, soborno. De un lado, partidos que reniegan de sus propios signos distintivos, liberales que alegan el conservadurismo, conservadores que proclaman el liberalismo de sus opiniones; del otro, el pueblo, proclamando su presencia y defendiendo su propia causa. De un lado, una máquina gastada que, girando incesantemente en su círculo vicioso, nunca es capaz de avanzar un solo paso, y el impotente proceso de fricción mediante el cual todos los partidos oficiales se pulverizan gradualmente entre sí; del otro, la masa de la nación que avanza, amenazando con hacer saltar el círculo vicioso y destruir la máquina oficial.

No voy a perseguir, a lo largo de toda la superficie del país, este contraste entre la nominación y el escrutinio, entre la amenazante demostración electoral de la clase obrera y las tímidas maniobras electorales de las clases dominantes. Tomo de la masa un solo burgo, donde el contraste se concentra como en un foco: la elección de Halifax. Aquí los candidatos que se enfrentaban eran: Edwards (tory); Sir Charles Wood (anterior canciller del Exchequer whig, cuñado de Earl Grey); Frank Crossley (hombre de Manchester); y, finalmente, Ernest Jones, el representante más talentoso, consecuente y enérgico del cartismo. Siendo Halifax una ciudad manufacturera, el tory tenía pocas posibilidades. El hombre de Manchester, Crossley, estaba coligado con los whigs. La lucha seria, por tanto, se daba solo entre Wood y Jones, entre el whig y el cartista.

Sir Charles Wood pronunció un discurso de una media hora aproximadamente, del todo inaudible al principio y, durante su segunda mitad, en medio de la reprobación de la inmensa multitud. Su discurso, tal como lo reprodujo el taquígrafo sentado a su lado, no fue más que una recapitulación de las medidas librecambistas aprobadas, un ataque al Gobierno de Lord Derby y una loa a «¡la prosperidad sin parangón del país y del pueblo!». — [¡Oíd, oíd!]. No propuso una sola medida de reforma nueva; y sólo aludió débilmente, en muy pocas palabras, al proyecto de ley de sufragio de Lord John Russell.

Ofrezco un resumen más amplio del discurso de E. Jones, pues no lo encontrarán ustedes en ninguno de los grandes periódicos londinenses de la clase dominante.

«Ernest Jones, que fue recibido con inmenso entusiasmo, habló a continuación en los siguientes términos: Electores y no electores, os habéis congregado en una festividad grande y solemne. Hoy, la Constitución reconoce en teoría el Sufragio Universal, para negarlo quizás mañana en la práctica. Hoy se presentan ante vosotros los representantes de dos sistemas, y tenéis que decidir bajo cuál de ellos seréis gobernados durante siete años. ¡Siete años — una vida breve! Os exhorto a hacer una pausa en el umbral de esos siete años: hoy desfilarán lenta y tranquilamente ante vosotros; decidid hoy, vosotros 20.000 hombres, lo que mañana quizás quinientos puedan desbaratar. [¡Oíd, oíd!] Digo que se presentan ante vosotros los representantes de dos sistemas. Whigs, tories y traficantes de dinero están a mi izquierda, es cierto, pero todos son uno. El traficante de dinero dice: compra barato y vende caro. El tory dice: compra caro, vende más caro aún. Para el trabajo, ambos son lo mismo. Pero el primer sistema predomina, y el pauperismo encona su raíz. Ese sistema se basa en la competencia extranjera. Pues bien, yo afirmo que, bajo el principio de comprar barato y vender caro, aplicado a la competencia extranjera, la ruina de las clases trabajadora y de los pequeños comerciantes tiene que proseguir. ¿Por qué? El trabajo es el creador de toda riqueza. Un hombre tiene que trabajar antes de que se coseche un grano o se teja un hilo. Mas en este país no hay empleo independiente para el trabajador. El trabajo es una mercancía alquilada — el trabajo es una cosa que se compra y se vende en el mercado; en consecuencia, como el trabajo crea toda riqueza, el trabajo es lo primero que se compra — ¡Compra barato!, ¡compra barato! El trabajo se compra en el mercado más barato. Pero ahora viene lo siguiente: ¡Vende caro!, ¡vende caro! ¿Vender qué? El producto del trabajo. ¿A quién? Al extranjero — ¡sí!, y al propio trabajador — pues, al no estar autoempleado, el trabajador no participa de los primeros frutos de su trabajo. “Compra barato, vende caro”. ¿Qué os parece? “Compra barato, vende caro”. ¡Comprar barato el trabajo del obrero y venderle caro a ese mismo obrero el producto de su propio trabajo! El principio de la pérdida inherente está en el trato. El patrono compra el trabajo barato — vende, y en la venta ha de obtener una ganancia; le vende al propio obrero — y, así, cada trato entre patrono y empleado es un engaño deliberado por parte del patrono. De este modo, el trabajo ha de hundirse mediante pérdidas eternas, para que el capital se eleve mediante un fraude permanente. Mas el sistema no se detiene aquí. Esto se aplica a la competencia extranjera — lo cual significa que debemos arruinar el comercio de otros países, tal como hemos arruinado el trabajo del nuestro. ¿Cómo funciona? El país con altos impuestos tiene que vender más barato que el de bajos impuestos. La competencia en el exterior crece constantemente — en consecuencia, la baratura también ha de aumentar sin cesar. Por consiguiente, los salarios en Inglaterra tienen que estar en constante descenso. ¿Y cómo operan su caída? Mediante el trabajo excedente. ¿Cómo obtienen ese trabajo excedente? Mediante el monopolio de la tierra, que empuja a más brazos de los necesarios a la fábrica. Mediante el monopolio de la maquinaria, que arroja esos brazos a la calle — mediante el trabajo femenino, que expulsa al hombre de la lanzadera — mediante el trabajo infantil, que expulsa a la mujer del telar. Plantando luego el pie sobre esa base viva de excedentes, hunden con el talón su corazón doliente y claman: “¡Hambre! ¿Quién trabajará? Media hogaza es mejor que nada de pan” — y la masa retorciéndose se aferra ávidamente a sus condiciones. [Fuertes gritos de “¡Oíd, oíd!”.] Tal es el sistema para el trabajador. ¡Pero, electores! ¿Cómo opera sobre vosotros? ¿Cómo afecta al comercio interior, al tendero, al impuesto de pobres y a la tributación? Por cada aumento de la competencia en el exterior, tiene que haber un aumento de la baratura en el interior. Todo aumento de la baratura del trabajo se basa en un aumento del excedente de trabajo, y este “excedente” se obtiene mediante un aumento de la maquinaria. ¡Repito, cómo opera esto sobre vosotros! El liberal de Manchester, a mi izquierda, patenta un nuevo invento y arroja a trescientos hombres como excedente a las calles. ¡Tenderos! Trescientos clientes menos. ¡Contribuyentes! Trescientos pobres más. [Fuertes vítores.] ¡Pero, fijaos bien! El mal no se detiene ahí. Estos trescientos hombres actúan primero para bajar los salarios de aquellos que permanecen trabajando en su propio oficio. El patrono dice: “Ahora os reduzco el salario”. Los hombres objetan. Entonces añade: “¿Veis a esos trescientos hombres que acaban de salir? Podéis cambiaros de sitio si queréis; están suspirando por entrar en cualesquiera términos, pues se están muriendo de hambre”. Los hombres lo sienten y son aplastados. ¡Ah!, ¡Liberal de Manchester!, ¡fariseo de la política!, esos hombres están escuchando… ¡ahora te he atrapado! Pero el mal no se detiene aún. Esos hombres, expulsados de su propio oficio, buscan empleo en otros, donde engrosan el excedente y bajan los salarios. Los oficios peor pagados de hoy fueron en otro tiempo los bien pagados; los bien pagados de hoy pronto serán los peor pagados. Así, el poder adquisitivo de las clases trabajadoras disminuye cada día y, con él, muere el comercio interior. ¡Fijaos, tenderos!: vuestros clientes se empobrecen y vuestras ganancias se reducen, mientras vuestros pobres se multiplican y vuestros impuestos de pobres y vuestras contribuciones aumentan. Vuestros ingresos son menores, vuestros gastos son mayores. Recibís menos y pagáis más. ¿Qué os parece el sistema? Sobre vosotros arrojan el rico fabricante y el terrateniente el peso del impuesto de pobres y de la tributación. ¡Hombres de la clase media! Sois la máquina pagadora de impuestos de los ricos. Ellos crean la pobreza que crea sus riquezas, y os hacen pagar por la pobreza que han creado. El terrateniente la elude mediante el privilegio, el fabricante resarciéndose de los salarios de sus hombres, y eso repercute en vosotros. ¿Qué os parece el sistema? Pues bien, ése es el sistema que defienden los caballeros de mi izquierda. Entonces, ¿qué propongo? He mostrado el mal. Eso ya es algo. Pero hago más: estoy aquí para mostrar el bien, y para probarlo como tal.» (Fuertes vítores.)

A continuación, Ernest Jones pasó a exponer sus propios puntos de vista sobre la reforma política y económica, y prosiguió así:

«Electores y no electores, ahora os he presentado algunas de las medidas sociales y políticas cuya adopción inmediata defiendo hoy, como lo hice en 1847. Mas, porque intenté ampliar vuestras libertades, las mías fueron cercenadas. [¡Oíd, oíd!] Porque intenté erigir el templo de la libertad para todos vosotros, fui arrojado a la celda de una cárcel de criminales; y allí, a mi izquierda, se sienta uno de mis principales carceleros. [Fuertes y prolongados gruñidos, dirigidos hacia la izquierda.] Porque intenté dar voz a la verdad, fui condenado al silencio. Durante dos años y una semana me encerró en una prisión en régimen de aislamiento celular bajo el sistema silencioso, sin pluma, tinta ni papel, pero con el deshilado de estopa como sustituto. — ¡Ah! [volviéndose hacia Sir Charles Wood], aquélla fue vuestra vez durante dos años y una semana; ésta es la mía hoy. ¡Convoco al ángel de la retribución desde el corazón de cada inglés aquí presente! [Un inmenso estallido de aplausos.] ¡Escuchad! ¡Sentís el batir de sus alas en el aliento de esta vasta multitud! [Vítores renovados, prolongados durante largo rato.] Podéis decirme que esto no es una cuestión pública. ¡Pero lo es! [¡Oíd, oíd!] Es una cuestión pública, porque el hombre que no puede sentir por la esposa del prisionero, no sentirá por la esposa del trabajador. Aquel que no siente por los hijos del cautivo, no sentirá por los hijos del esclavo del trabajo. [“¡Oíd, oíd!”, y vítores.] Su vida pasada lo prueba, su promesa de hoy no lo contradice. ¿Quién votó a favor de la coerción irlandesa, de la ley de amordazamiento y de la manipulación de la prensa irlandesa? ¡El whig! — ¡Ahí está sentado! ¡Echadlo! ¿Quién votó quince veces contra la moción de Hume sobre el sufragio; la de Locke King sobre los condados; la de Ewart a favor de parlamentos cortos; y la de Berkeley a favor del voto secreto? ¡El whig! ¡Ahí está sentado; echadlo! ¿Quién votó contra la liberación de Frost, Williams y Jones? ¡El whig! ¡Ahí está sentado; echadlo! ¿Quién votó contra la investigación de los abusos coloniales y a favor de Ward y Torrington, los tiranos de Jonia y Ceilán? ¡El whig! ¡Ahí está sentado; echadlo! ¿Quién votó contra la reducción del salario de 12.000 libras del duque de Cambridge, contra todas las reducciones en el ejército y la marina; contra la derogación del impuesto sobre las ventanas, y 48 veces contra cualquier otra reducción de impuestos, incluido su propio salario? ¡El whig! ¡Ahí está sentado; echadlo! ¿Quién votó contra la derogación del impuesto sobre el papel, del impuesto sobre los anuncios y de los impuestos sobre el conocimiento? ¡El whig! ¡Ahí está sentado; echadlo! ¿Quién votó a favor de las tandas de nuevos obispos, de las tasas vicariales, de la subvención al Maynooth, contra su reducción y contra eximir a los disidentes de pagar las tasas eclesiásticas? ¡El whig! ¡Ahí está sentado; echadlo! ¿Quién votó contra toda investigación sobre la adulteración de los alimentos? ¡El whig! ¡Ahí está sentado; echadlo! ¿Quién votó contra la reducción de los derechos sobre el azúcar y la derogación del impuesto sobre la malta? ¡El whig! ¡Ahí está sentado; echadlo! ¿Quién votó contra el acortamiento del trabajo nocturno de los panaderos, contra la investigación de la condición de los tejedores en telares de punto, contra los inspectores médicos en las casas de trabajo, contra el impedir que los niños pequeños trabajaran antes de las seis de la mañana, contra el socorro parroquial para las mujeres pobres embarazadas y contra el Proyecto de Ley de las Diez Horas? ¡El whig! ¡Ahí está sentado; echadlo! ¡Echadlo, en nombre de la humanidad y de Dios! ¡Hombres de Halifax! ¡Hombres de Inglaterra! Los dos sistemas están ante vosotros. ¡Ahora, juzgad y elegid! [Es imposible describir el entusiasmo que encendió este discurso, y en especial al final; la voz de la vasta multitud, contenida en un suspenso sin aliento durante cada párrafo, llegaba en cada pausa como el trueno de una ola que retorna, en execración del representante del whiggismo y del dominio de clase. En conjunto, fue una escena que no se olvidará por mucho tiempo. Al procederse al voto a mano alzada, muy pocas, y ésas principalmente de personas sobornadas o intimidadas, se levantaron a favor de Sir C. Wood; pero casi todos los presentes alzaron ambas manos por Ernest Jones, en medio de vítores y un entusiasmo imposible de describir.]

«El alcalde declaró electos a mano alzada al Sr. Ernest Jones y al Sr. Henry Edwards. Sir C. Wood y el Sr. Crossley exigieron entonces una votación.»

Lo que Jones había predicho ocurrió; fue propuesto por 20.000 votos, pero el whig Sir Charles Wood y el liberal de Manchester Crossley fueron elegidos por 500 votos.

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