Karl MARX

EL DIECIOCHO BRUMARIO

DE LUIS BONAPARTE

Capítulo I Capítulo II Capítulo III Capítulo IV Capítulo V Capítulo VI Capítulo VII

## Capítulo I

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío. ¡Y a la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario!

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal.

Si examinamos esas conjuraciones de los muertos en la historia universal, observaremos en seguida una diferencia que salta a la vista. Camilo Desmoulins, Dantón, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, lo mismo que los partidos y la masa de la antigua revolución francesa, cumplieron, bajo el ropaje romano y con frases romanas, la misión de su tiempo: librar de las cadenas e instaurar la sociedad burguesa moderna. Los unos hicieron añicos las instituciones feudales y segaron las cabezas feudales que habían brotado en él. El otro creó en el interior de Francia las condiciones bajo las cuales ya podía desarrollarse la libre concurrencia, explotarse la propiedad territorial parcelada, aplicarse las fuerzas productivas industriales de la nación, que habían sido liberadas; y del otro lado de las fronteras francesas barrió por todas partes las formaciones feudales, en el grado en que esto era necesario para rodear a la sociedad burguesa de Francia en el continente europeo de un ambiente adecuado, acomodado a los tiempos. Una vez instaurada la nueva formación social, desaparecieron los colosos antediluvianos, y con ellos el romanismo resucitado: los Brutos, los Gracos, los Publícolas, los tribunos, los senadores y hasta el mismo Cesar. Con su sobrio practicismo, la sociedad burguesa se había creado sus verdaderos intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los Benjamín Constant y los Guizot; sus verdaderos caudillos estaban en las oficinas comerciales, y la cabeza atocinada de Luis XVIII era su cabeza política. Completamente absorbida pro la producción de la riqueza y por la lucha pacífica de la concurrencia, ya no se daba cuenta de que los espectros del tiempo de los romanos habían velado su cuna. Pero, por muy poco heroica que la sociedad burguesa sea, para traerla al mundo habían sido necesarios, sin embargo, el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y las batallas de los pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente severas de la República romana los ideales y las formas artísticas, las ilusiones que necesitaban para ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica. Así, en otra fase de desarrollo, un siglo antes, Cromwell y el pueblo inglés habían ido a buscar en el Antiguo Testamento el lenguaje, las pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzada la verdadera meta, realizada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke desplazó a Habacuc.

En esas revoluciones, la resurrección de los muertos servía, pues, para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para retroceder ante su cumplimiento en la realidad, para encontrar de nuevo el espíritu de la revolución y no para hacer vagar otra vez a su espectro.

En 1848-1851, no hizo más que dar vueltas el espectro de la antigua revolución, desde Marrast, le républicain en gants jaunes, que se disfrazó de viejo Bailly, hasta el aventurero que esconde sus vulgares y repugnantes rasgos bajo la férrea mascarilla de muerte de Napoleón. Todo un pueblo que creía haberse dado un impulso acelerado por medio de una revolución, se encuentra de pronto retrotraído a una época fenecida, y para que no pueda haber engaño sobre la recaída, hacen aparecer las viejas fechas, el viejo calendario, los viejos nombres, los viejos edictos (entregados ya, desde hace largo tiempo, a la erudición de los anticuarios) y los viejos esbirros, que parecían haberse podrido desde hace mucho tiempo. La nación se parece a aquel inglés loco de Bedlam que creía vivir en tiempo de los viejos faraones y se lamentaba diariamente de las duras faenas que tenía que ejecutar como cavador de oro en las minas de Etiopía, emparedado en aquella cárcel subterránea, con una lámpara de luz mortecina sujeta en la cabeza, detrás el guardián de los esclavos con su largo látigo y en las salidas una turbamulta de mercenarios bárbaros, incapaces de comprender a los forzados ni de entenderse entre sí porque no hablaban el mismo idioma. «¡Y todo esto -suspira el loco- me lo han impuesto a mí, a un ciudadano inglés libre, para sacar oro para los antiguos faraones!» «¡Para pagar las deudas de la familia Bonaparte!», suspira la nación francesa. El inglés, mientras estaba en uso de su razón, no podía sobreponerse a la idea fija de obtener oro. Los franceses, mientras estaban en revolución, no podían sobreponerse al recuerdo napoleónico, como demostraron las elecciones del 10 de diciembre. Ante los peligros de la revolución se sintieron atraídos por el recuerdo de las ollas de Egipto, y la respuesta fue el 2 de diciembre de 1851. No sólo obtuvieron la caricatura del viejo Napoleón, sino al propio viejo Napoleón en caricatura, tal como necesariamente tiene que aparecer a mediados del siglo XIX.

La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase.

La revolución de febrero cogió desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad, y el pueblo proclamó este golpe de mano inesperado como una hazaña de la historia universal con la que se abría la nueva época. El 2 de diciembre, la revolución de febrero es escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece derribado no es ya la monarquía, sino las concesiones liberales que le habían sido arrancadas por seculares luchas. Lejos de ser la sociedad misma la que se conquista un nuevo contenido, parece como si simplemente el Estado volviese a su forma más antigua, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la sotana. Así contesta al coup de main de febrero de 1848 el coup de tête de diciembre de 1851. Por donde se vino, se fue. Sin embargo, el intervalo no ha pasado en vano. Durante los años de 1848 a 1851, la sociedad francesa asimiló, y lo hizo mediante un método abreviado, por ser revolucionario, las enseñanzas y las experiencias que en un desarrollo normal, lección tras lección, por decirlo así, habrían debido preceder a la revolución de febrero, para que ésta hubiese sido algo más que un estremecimiento en la superficie. Hoy, la sociedad parece haber retrocedido más allá de su punto de partida; en realidad, lo que ocurre es que tiene que empezar por crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones, sin las cuales no adquiere un carácter serio la revolución moderna.

Las revoluciones burguesas, como la del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos de artificio, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones son de corta vida, llegan en seguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente los resultados de su período impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones proletarias como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan:

Hic Rhodus, hic salta!

¡Aquí está la rosa, baila aquí!

Por lo demás, cualquier observador mediano, aunque no hubiese seguido paso a paso la marcha de los acontecimientos en Francia, tenía que presentir que esperaba a la revolución una inaudita vergüenza. Bastaba con escuchar los engreídos ladridos de triunfo con que los señores demócratas se felicitan mutuamente por los efectos milagrosos que esperaban del segundo domingo de mayo de 1852. El segundo domingo de mayo de 1852 habíase convertido en sus cabezas en una idea fija, en un dogma, como en las cabezas de los quiliastas el día en que había de reaparecer Cristo y comenzar el reino milenario. La debilidad había ido a refugiarse, como siempre, en la fe en el milagro: creía vencer al enemigo con sólo descartarlo mágicamente con la fantasía, y perdía toda la comprensión del presente ante la glorificación pasiva del futuro que les esperaba y de las hazañas que guardaba in petto, pero que aún no consideraba oportuno revelar. Esos héroes que se esforzaban en refutar su probada incapacidad prestándose mutua compasión y reuniéndose en un tropel, habían atado su hatillo, se embolsaron sus coronas de laurel a crédito y se disponían precisamente a descontar en el mercado de letras de cambio las repúblicas in partibus para las que, en el secreto de su ánimo poco exigente, tenían ya previsoramente preparado el personal de gobierno. El 2 de diciembre cayó sobre ellos como un rayo en cielo sereno, y los pueblos, que en épocas de malhumor pusilánime gustaban de dejar que los voceadores más chillones ahoguen su miedo interior, se habrán convencido quizá de que han pasado ya los tiempos en que el graznido de los gansos podía salvar el Capitolio.

La Constitución, la Asamblea Nacional, los partidos dinásticos, los republicanos azules y los rojos, los héroes de África, el trueno de la tribuna, el relampagueo de la prensa diaria, toda la literatura, los nombres políticos y los renombres intelectuales, la ley civil y el derecho penal, la liberté, égalité, fraternité y el segundo domingo de mayo de 1852, todo ha desaparecido como una fantasmagoría al conjuro de un hombre al que ni sus mismos enemigos reconocen como brujo. El sufragio universal sólo pareció sobrevivir un instante para hacer su testamento de puño y letra a los ojos del mundo entero y poder declarar, en nombre del propio pueblo: "Todo lo que existe merece perecer".

No basta con decir, como hacen los franceses, que su nación fue sorprendida. Ni a la nación ni a la mujer se les perdona la hora de descuido en que cualquier aventurero ha podido abusar de ellas por la fuerza. Con estas explicaciones no se aclara el enigma; no se hace más que presentarlo de otro modo. Quedaría por explicar cómo tres caballeros de industria pudieron sorprender y reducir al cautiverio, sin resistencia, a una nación de 36 millones de almas.

Recapitulemos, en sus rasgos generales, las fases recorridas por la revolución francesa desde el 24 de febrero de 1848 hasta el mes de diciembre de 1851.

Hay tres períodos capitales que son inconfundibles: el período de febrero; del 4 de mayo de 1848 al 28 de mayo de 1849, período de constitución de la república o de la Asamblea Nacional Constituyente; del 28 de mayo de 1849 al 2 de diciembre de 1851, período de la república constitucional o de la Asamblea Nacional Legislativa.

El primer período, desde el 24 de febrero, o desde la caída de Luis Felipe, hasta el 4 de mayo de 1848, fecha en que se reúne la Asamblea Constituyente, el período de febrero, propiamente dicho, puede calificarse como de prólogo de la revolución. Su carácter se revela oficialmente en el hecho de que el Gobierno por él improvisado se declarase a sí mismo provisional, y, como el Gobierno, todo lo que este período sugirió, intentó o proclamó, se presentaba también como algo puramente provisional. Nada ni nadie se atrevía a reclamar para sí el derecho a existir y a obrar de un modo real. Todos los elementos que habían preparado o determinado la revolución, la oposición dinástica, la burguesía republicana, la pequeña burguesía democrático-republicana y los obreros socialdemócratas encontraron su puesto provisional en el Gobierno de febrero.

No podía ser de otro modo. Las jornadas de febrero proponíanse primitivamente como objetivo una reforma electoral, que había de ensanchar el círculo de los privilegiados políticos dentro de la misma clase poseedora y derribar la dominación exclusiva de la aristocracia financiera. pero cuando estalló el conflicto real y verdadero, el pueblo subió a las barricadas, la Guardia Nacional se mantuvo en actitud pasiva, el ejército no opuso una resistencia seria y la monarquía huyó, la república pareció la evidencia por sí misma. Cada partido interpretaba a su manera. Arrancada por el proletariado con las armas en la mano, éste le imprimió su sello y la proclamó república social. Con esto se indicaba el contenido general de la moderna revolución, el cual se hallaba en la contradicción más peregrina con todo lo que por el momento podía ponerse en práctica directamente, con el material disponible, el grado de desarrollo alcanzado por la masa y bajo las circunstancias y relaciones dadas. De otra parte, las pretensiones de todos los demás elementos que habían cooperado a la revolución de febrero fueron reconocidas en la parte leonina que obtuvieron en el Gobierno. Por eso, en ningún período nos encontramos con una mezcla más abigarrada de frases altisonantes e inseguridad y desamparo efectivos, de aspiraciones más entusiastas de innovación y de imperio más firme de la vieja rutina, de más aparente armonía de toda la sociedad y más profunda discordancia entre sus elementos. Mientras el proletariado de París se deleitaba todavía en la visión de la gran perspectiva que se había abierto ante él y se entregaba con toda seriedad a discusiones sobre los problemas sociales, las viejas fuerzas de la sociedad se habían agrupado, reunido, vuelto en sí y encontrado un apoyo inesperado en la masa de la nación, en los campesinos y los pequeños burgueses, que se precipitaron todos de golpe a la escena política, después de caer las barreras de la monarquía de Julio.

El segundo período, desde el 4 de mayo de 1848 hasta fines de mayo de 1849, es el período de la constitución, de la fundación de la república burguesa. Inmediatamente después de las jornadas de febrero no sólo se vio sorprendida la oposición dinástica por los republicanos, y éstos por los socialistas, sino toda Francia por París. La Asamblea Nacional, que se reunió el 4 de mayo de 1848, salida de las elecciones nacionales, representaba a la nación. Era una protesta viviente contra las pretensiones de las jornadas de febrero y había de reducir al rasero burgués los resultados de la revolución. En vano el proletariado de París, que comprendió inmediatamente el carácter de esta Asamblea Nacional, intentó el 15 de mayo, pocos días después de reunirse ésta, destacar por fuerza su existencia, disolverla, descomponer de nuevo en sus distintas partes integrantes la forma orgánica con que le amenazaba el espíritu reaccionante de la nación. Como es sabido, el único resultado del 15 de mayo fue alejar de la escena pública durante todo el ciclo que examinamos a Blanqui y sus camaradas, es decir, a los verdaderos jefes del partido proletario.

A la monarquía burguesa de Luis Felipe sólo puede suceder la república burguesa; es decir que si en nombre del rey, había dominado una parte reducida de la burguesía, ahora dominará la totalidad de la burguesía en nombre del pueblo. Las reivindicaciones del proletariado de París son paparruchas utópicas, con las que hay que acabar. El proletariado de París contestó a esta declaración de la Asamblea Nacional Constituyente con la insurrección de junio, el acontecimiento más gigantesco en la historia de las guerras civiles europeas. Venció la república burguesa. A su lado estaban la aristocracia financiera, la burguesía industrial, la clase media, los pequeños burgueses, el ejército, el lumpemproletariado organizado como Guardia Móvil, los intelectuales, los curas y la población del campo. Al lado del proletariado de París no estaba más que él solo. Más de 3.000 insurrectos fueron pasados a cuchillo después de la victoria y 15.000 deportados sin juicio. Con esta derrota, el proletariado pasa al fondo de la escena revolucionaria. Tan pronto como el movimiento parece adquirir nuevos bríos, intenta una vez y otra pasar nuevamente a primer plano, pero con un gasto cada vez más débil de fuerzas y con resultados cada vez más insignificantes. Tan pronto como una de las capas sociales superiores a él experimenta cierta efervescencia revolucionaria, el proletariado se enlaza a ella y así va compartiendo todas las derrotas que sufren unos tras otros los diversos partidos. pero estos golpes sucesivos se atenúan cada vez más cuanto más se reparten por toda la superficie de la sociedad. Sus jefes más importantes en la Asamblea Nacional y en la prensa van cayendo unos tras otros, víctimas de los tribunales, y se ponen al frente de él figuras cada vez más equívocas. En parte, se entrega a experimentos doctrinarios, Bancos de cambio y asociaciones obreras, es decir, a un movimiento en el que renuncia a transformar el viejo mundo, con ayuda de todos los grandes recursos propios de este mundo, e intenta, por el contrario, conseguir su redención a espaldas de la sociedad, por la vía privada, dentro de sus limitadas condiciones de existencia, y por tanto, forzosamente fracasa. Parece que no puede descubrir nuevamente en sí mismo la grandeza revolucionaria, ni sacar nuevas energías de los nuevos vínculos que se han creado, mientras todas las clases con las que ha luchado en junio, no estén tendidas, a todos lo largo a su lado mismo. Pero, por lo menos, sucumbe con los honores de una gran lucha de alcance histórico-universal; no sólo Francia, sino toda Europa tiembla ante el terremoto de junio, mientras que las sucesivas derrotas de las clases más altas se consiguen a tan poca costa, que sólo la insolente exageración del partido vencedor puede hacerlas pasar por acontecimientos, y son tanto más ignominiosas cuanto más lejos queda del proletariado el partido que sucumbe.

Ciertamente, la derrota de los insurrectos de junio había preparado, allanado, el terreno en que podía cimentarse y erigirse la república burguesa; pero, al mismo tiempo, había puesto de manifiesto que en Europa se ventilaban otras cuestiones que la de «república o monarquía». Había revelado que aquí república burguesa equivalía a despotismo ilimitado de una clase sobre otras. Había demostrado que en países de vieja civilización, con una formación de clases desarrollada, con condiciones modernas y de producción y con una conciencia intelectual, en la que todas las ideas tradicionales se hallan disueltas por un trabajo secular, la república no significa en general más que la forma política de la subversión de la sociedad burguesa y no su forma conservadora de vida, como, por ejemplo, en los Estados Unidos de América, donde si bien existen ya clases, éstas no se han plasmado todavía, sino que cambian constantemente y se ceden unas a otras sus partes integrantes, en movimiento continuo; donde los medios modernos de producción, en vez de coincidir con una superpoblación crónica, suplen más bien la escasez relativa de cabezas y brazos, y donde, por último, el movimiento febrilmente juvenil de la producción material, que tiene un mundo nuevo que apropiarse, no ha dejado tiempo ni ocasión para eliminar el viejo mundo fantasmal.

Durante las jornadas de junio, todas las clases y todos los partidos se habían unido en un partido del orden frente a la clase proletaria, como partido de la anarquía, del socialismo, del comunismo. Habían «salvado» a la sociedad de «los enemigos de la sociedad». Habían dado a su ejército como santo y seña los tópicos de la vieja sociedad: «Propiedad, familia, religión y orden», y gritado a la cruzada contrarrevolucionaria: «¡Bajo este signo vencerás!» Desde este instante, tan pronto como uno cualquiera de los numerosos partidos que se habían agrupado bajo aquel signo contra los insurrectos de junio, intenta situarse en el palenque revolucionario en su propio interés de clase, sucumbe al grito de «¡Propiedad, familia, religión y orden!» La sociedad es salvada cuantas veces se va restringiendo el círculo de sus dominadores y un interés más exclusivo se impone al más amplio. Toda reivindicación, aun de la más elemental reforma financiera burguesa, del liberalismo más vulgar, del más formal republicanismo, de la más trivial democracia, es castigada en el acto como un «atentado contra la sociedad» y estigmatizada como «socialismo». Hasta que, por último, los pontífices de «la religión y el orden» se ven arrojados ellos mismos a puntapiés de sus sillas píticas, sacados de la cama en medio de la noche y de la niebla, empaquetados en coches celulares, metidos en la cárcel o enviados al destierro; de su templo no queda piedra sobre piedra, sus bocas son selladas, sus plumas rotas, su ley desgarrada, en nombre de la religión, de la propiedad, de la familia y del orden. Burgueses fanáticos del orden son tiroteados en sus balcones por la soldadesca embriagada, la santidad del hogar es profanada y sus casas son bombardeadas como pasatiempo, y en nombre de la propiedad, de la familia, de la religión y del orden. La hez de la sociedad burguesa forma por fin la sagrada falange del orden, y el héroe Krapülinski se instala en las Tullerías como «salvador de la sociedad».

Capítulo II

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Karl MARX

EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE

## Capítulo II

Reanudamos el hilo de los acontecimientos.

La historia de la Asamblea Nacional Constituyente desde las jornadas de junio es la historia de la dominación y de la disgregación de la fracción burguesa republicana, de aquella fracción que se conoce por lo nombres de republicanos tricolores, republicanos puros, republicanos políticos, republicanos formalistas, etc.

Bajo la monarquía burguesa de Luis Felipe, esta fracción había formado la oposición republicana oficial y era, por tanto, parte integrante reconocida del mundo político de la época. Tenía sus representantes en las Cámaras y un considerable campo de acción en la prensa. Su órgano parisino, el National era considerado, a su modo, un órgano tan respetable como el Journal des Débats; a esta posición que ocupaba bajo la monarquía constitucional correspondía su carácter. No se trata de una fracción de la burguesía mantenida en cohesión por grandes intereses comunes y deslindada por condiciones peculiares de producción, sino de una pandilla de burgueses, escritores, abogados oficiales y funcionarios de ideas republicanas, cuya influencia descansaba en las antipatías personales del país contra Luis Felipe, en los recuerdos de la antigua república, en la fe republicana de un cierto número de soñadores, y sobre todo en el nacionalismo francés, cuyo odio contra los Tratados de Viena y contra la alianza con Inglaterra atizaba constantemente esta fracción. Una gran parte de los partidarios que tenía el National bajo Luis Felipe los debía a este imperialismo recatado, que más tarde, bajo la república, pudo enfrentarse, por tanto, con él, como un competidor aplastante, en la persona de Luis Bonaparte. Combatía a la aristocracia financiera, como lo hacía todo el resto e la oposición burguesa. La polémica contra el presupuesto, que en Francia se hallaba directamente relacionada en la lucha contra la aristocracia financiera, brindaba una popularidad demasiado barata y proporcionaba a los leading articles puritanos materia demasiado abundante, para que no se la explotase. La burguesía industrial le estaba agradecida por su defensa servil del sistema proteccionista francés, que él, sin embargo, acogía por razones más bien nacionales que nacional-económicas; la burguesía, en conjunto, le estaba agradecida por sus odiosas denuncias contra el comunismo y el socialismo. Por lo demás, el partido del National era puramente republicano, exigía que el dominio de la burguesía adoptase formas republicanas en vez de monárquicas, y exigía sobre todo su parte de león en este dominio. Respecto a las condiciones de esta transformación, no veía absolutamente nada claro. Lo que, en cambio, vía claro como la luz del sol y lo que se declaraba públicamente en los banquetes de la reforma en los últimos tiempos del reinado de Luis Felipe, era su impopularidad entre los pequeños burgueses demócratas y sobre todo entre el proletariado revolucionario. Estos republicanos puros -los republicanos puros son así- estaban completamente dispuestos a contentarse por el momento con una regencia de la duquesa de Orleans, cuando estalló la revolución de febrero y asignó a sus representantes más conocidos un puesto en el Gobierno provisional. Poseían, de antemano, naturalmente, la confianza de la burguesía ay la mayoría de la Asamblea Nacional Constituyente. De la Comisión ejecutiva que se formó en la Asamblea Nacional al reunirse ésta, fueron inmediatamente excluidos los elementos socialistas del Gobierno provisional, y el partido del National se aprovechó del estallido de la insurrección desde junio para dar el pasaporte a la Comisión ejecutiva, y desembarazarse así de sus rivales más afines, los republicanos pequeñoburgueses o republicanos demócratas (Ledru-Rollin, etc.). Cavaignac, el general del partido republicano burgués, que había dirigido la batalla de junio, sustituyó a la Comisión ejecutiva con una especie de poder dictatorial. Marrast, antiguo redactor jefe del National, se convirtió en el presidente perpetuo de la Asamblea Nacional Constituyente, y los ministerios y todos los demás puestos importantes cayeron en manos de los republicanos puros.

La fracción burguesa republicana, que había venido considerándose desde hacía mucho tiempo como la legítima heredera de la monarquía de Julio vio así superadas sus esperanzas más audaces, pero no llegó al poder como soñara bajo Luis Felipe, por una revuelta liberal de la burguesía contra el trono, sino por una insurrección sofocada a cañonazos, del proletariado contra el capital. Lo que ella se había imaginado como el acontecimiento más revolucionario resultó ser, en realidad, el más contrarrevolucionario. Le cayó el fruto en el regazo, pero no cayó del árbol de la vida, sino del árbol de conocimiento.

La exclusiva dominación de los republicanos burgueses sólo duró desde el 24 de junio hasta el 10 de diciembre de 1848. Esta etapa se resume en la redacción de una Constitución republicana, y en la proclamación del estado de sitio en París.

La nueva Constitución no era, en el fondo, más que una reedición republicanizada de la Carta Constitucional, de 1830. El censo electoral restringido de la monarquía de Julio, que excluía de la dominación política incluso a una gran parte de la burguesía, era incompatible con la existencia de la república burguesa. La revolución de febrero había proclamado inmediatamente el sufragio universal y directo para reemplazar el censo restringido. Los republicanos burgueses no podían deshacer este hecho. Tuvieron que contentarse con añadir la condición restrictiva de un domicilio mantenido durante seis meses en el punto electoral. La antigua organización administrativa, municipal, judicial, militar, etc., se mantuvo intacta, y allí donde la Constitución la modificó, estas modificaciones afectaban al índice y no al contenido; al nombre, no a la cosa.

El inevitable Estado Mayor de las libertades de 1848, la libertad personal, de prensa, de palabra, de asociación, de reunión, de enseñanza, de culto, etc., recibió un uniforme constitucional, que hacía a éstas invulnerables. En efecto, cada una de estas libertades era proclamada como el derecho absoluto del ciudadano francés, pero con un comentario adicional de que estas libertades son ilimitadas en tanto en cuanto no son limitadas por los «derechos iguales de otros y por la seguridad pública», o bien por «leyes» llamadas a armonizar estas libertades individuales entre sí y con la seguridad pública. Así, por ejemplo: «Los ciudadanos tienen derecho a asociarse, a reunirse pacíficamente y sin armas, a formular peticiones y a expresar sus opiniones por medio de la prensa o de otro modo. El disfrute de estos derechos no tiene más límite que los derechos iguales de otros y a la seguridad pública» (cap. II de la Constitución francesa, art. 8). «La enseñanza es libre. La libertad de enseñanza se ejercerá según las condiciones que determina la ley y bajo control supremo del estado (lugar cit. art. 9). «El domicilio de todo ciudadano es inviolable, salvo en las condiciones previstas por la ley» (cap. II. art. 3), etc. Por tanto, la Constitución se remite constantemente a futuras leyes orgánicas, que han de precisar y poner en práctica aquellas reservas y regular el disfrute de estas libertades ilimitadas, de modo que no choquen entre sí, ni con la seguridad pública. Y esta leyes orgánicas fueron promulgadas más tarde por los amigos del orden, y todas esas libertades reguladas de modo que la burguesía no chocase en su disfrute con los derechos iguales de las otras clases. Allí donde veda completamente «a los otros» estas libertades, o consiente su disfrute bajo condiciones que son otras tantas celadas policíacas, lo hace siempre, pura y exclusivamente, en interés de la «seguridad pública», es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo ordena la Constitución. En lo sucesivo, ambas partes invocan, por tanto, con pleno derecho, la Constitución: los amigos del orden al anular todas esas libertades, y los demócratas, al reivindicarlas todas. Cada artículo de la Constitución contiene, en efecto, su propia antítesis, su propia cámara alta y su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva -por la vía legal se entiende-, la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente.

Sin embargo, esta Constitución, convertida en inviolable de un modo tan sutil, era como Aquiles, vulnerable en un punto, no en el talón, sino en la cabeza, o mejor dicho en las dos cabezas en que culminaba: la Asamblea Legislativa, de una parte, y, de otra, el presidente. Si se repasa la Constitución, se verá que los únicos artículos absolutos, positivos, indiscutibles y sin tergiversación posible, son los que determinan las relaciones entre el presidente y la Asamblea Legislativa. En efecto, aquí se trataba, para los republicanos burgueses, de asegurar su propia posición. Los artículos 45-70 de la Constitución están redactados de tal forma, que la Asamblea Nacional puede eliminar el presidente de un modo constitucional, mientras que el presidente sólo puede eliminar a la Asamblea Nacional inconstitucionalmente, desechando la Constitución misma. Aquí, ella misma provoca, pues, su violenta supresión. No sólo consagra la división de poderes, como la Carta Constitucional de 1830, sino que la extiende hasta una contradicción insostenible. El juego de los poderes constitucionales, como Guizot llamaba a las camorras parlamentarias entre el poder legislativo y el ejecutivo, juega en la Constitución de 1848 constantemente va banque. De un lado, 750 representantes del pueblo, elegidos por sufragio universal y reelegibles, que forman una Asamblea Nacional que goza de omnipotencia legislativa, que decide en última instancia acerca de la guerra, de la paz y de los tratados comerciales, la única que tiene el derecho de amnistía y que con su permanencia ocupa constantemente el primer plano de la escena. De otro lado, el presidente, con todos los atributos del poder regio, con facultades para nombrar y separar a sus ministros, independientemente de la Asamblea Nacional, con todos los medios del poder ejecutivo en sus manos, siendo el que distribuye todos los puestos y el que, por tanto, decide en Francia la suerte de más de millón y medio de existencias, que dependen de los 500.000 funcionarios y oficiales de todos los grados. Tiene bajo su mando todo el poder armado. Goza del privilegio de indultar a los delincuentes individuales, de dejar en suspenso a los guardias nacionales, de destituir, de acuerdo con el Consejo de Estado, los consejos generales y cantonales y los ayuntamientos elegidos por los mismos ciudadanos. La iniciativa y la dirección de todos los tratados con el extranjero son facultades reservadas a él. Mientras que la Asamblea Nacional actúa constantemente sobre las tablas, expuesta a la luz del día y a la crítica pública, el presidente lleva una vida oculta en los Campos Elíseos y, además, teniendo siempre clavado en los ojos y en el corazón el artículo 45 de la Constitución, que le grita un día tras otro: «frère, il faut mourir!» ¡Tu poder acaba el segundo domingo del hermoso mes de mayo del cuarto año de tu elección! ¡Y entonces, todo este esplendor se ha acabado y la función no puede repetirse, y si tienes deudas mira a tiempo cómo te las arreglas para saldarlas con los 600.000 francos que te asigna la Constitución, si es que acaso no prefieres dar con tus huesos en Clichy al segundo lunes del hermoso mes de mayo! A la par que asigna al presidente el poder efectivo, la Constitución procura asegurar a la Asamblea Nacional el poder moral. Aparte de que es imposible atribuir un poder moral mediante los artículos de una ley, la Constitución aquí vuelve a anularse a sí misma, al disponer que el presidente será elegido por todos los franceses mediante sufragio universal y directo. Mientras que los votos de Francia se dispersan entre los 750 diputados de la Asamblea Nacional, aquí se concentran, por el contrario en un solo individuo. Mientras que cada uno de los representantes del pueblo sólo representan a este o a aquel partido, a esta o aquella ciudad, a esta o aquella cabeza de puente o incluso a la mera necesidad de elegir a uno cualquiera que haga el número de los 750, sin parar mientes minuciosamente en la cosa ni en el nombre, él es el elegido de la nación, y el acto de su elección es el gran triunfo que se juega una vez cada cuatro años el pueblo soberano. La Asamblea Nacional elegida está en una relación metafísica con la nación, mientras que el presidente elegido está en una relación personal. La Asamblea Nacional representa, sin duda, en sus distintos diputados, las múltiples facetas del espíritu nacional, pero en el presidente se encarna este espíritu. El presidente posee frente a ella una especie de derecho divino, es presidente por la Gracia del Pueblo.

Tetis, la diosa del mar, había profetizado a Aquiles que moriría en la flor de la juventud. La Constitución, que tiene su punto vulnerable, como Aquiles, tenía también como éste el presentimiento de que moriría de muerte prematura. A los republicanos puros constituyentes les bastaba con echar desde el reino de nubes de su república ideal una mirada al mundo profano para darse cuenta de cómo a medida que se iban acercando a la consumación de su gran obra de arte legislativo, crecía por días la insolencia de los monárquicos, de los bonapartistas, de los demócratas, de los comunistas, y su propio descrédito, sin que, por tanto, Tetis necesitase abandonar el mar y confiarles el secreto. Intentaron salir astutamente al paso de la fatalidad con un ardid constitucional, mediante el artículo 111 de la Constitución, según el cual toda propuesta de revisión constitucional ha de votarse en tres debates sucesivos, con un intervalo de un mes entero entre cada debate, por las tres cuartas partes de votantes, por lo menos, y siempre y cuando que, además, voten no menos de 500 diputados del a Asamblea Nacional. Con esto no hacían más que el pobre intento de ejercer como minoría -porque ya se veían proféticamente como tal- un poder que en aquel momento, en que disponía de la mayoría parlamentaria y de todos los resortes del poder del Gobierno, se les iba escapando por días de las débiles manos.

Finalmente, en un artículo melodramático, la Constitución se confía «a la vigilancia y al patriotismo de todo el pueblo francés y de cada francés por separado», después que en otro artículo anterior había entregado ya los «vigilantes» y «patriotas» a los tiernos y criminalísimos cuidados del Tribunal Supremo, Haute Cour, creado expresamente por ella.

Tal era la Constitución de 1848, que no fue derribada el 2 de diciembre de 1851 por una cabeza, sino que se vino a tierra al contacto de un simple sombrero; cierto es que este sombrero era el tricornio napoleónico.

Mientras los republicanos burgueses de la Asamblea se ocupaban en cavilar, discutir y votar esta Constitución, Cavaignac mantenía, fuera de la Asamblea, el estado de sitio en París. El estado de sitio en París fue el comadrón de la Constituyente en sus dolores republicanos del parto. Si más tarde la Constitución fue muerta por las bayonetas, no hay que olvidar que también había sido guardada en el vientre materno y traída al mundo por las bayonetas, por bayonetas vueltas contra el pueblo. Los antepasados de los «republicanos honestos» habían hecho dar a su símbolo, la bandera tricolor, la vuelta por Europa. Ellos, a su vez, hicieron también un invento que se abrió por sí mismo paso por todo el continente, pero retornando a Francia con amor siempre renovado, hasta que acabó adquiriendo carta de ciudadanía en la mitad de sus departamentos: el estado de sitio. ¡Magnífico invento, aplicado periódicamente en cada una de las crisis sucesivas en el curso de la revolución francesa! Y el cuartel y el vivac, puestos así, periódicamente, por encima de la sociedad francesa para aplastarle el cerebro y convertirla en un ser tranquilo; el sable y el mosquetón, que periódicamente regentaban la justicia y la administración, ejercían tutela y censura, hacían funciones de policía y oficio de serenos, el bigote y la guerrera, que se preconizaban periódicamente como la sabiduría suprema y como los rectores de la sociedad, ¿no tenían necesariamente el cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la guerrea, que dar por último en la ocurrencia de que era mejor salvar a la sociedad de una vez para siempre, proclamando su propio régimen como el más alto de todos y descargando por completo a la sociedad burguesa del cuidado de gobernarse por sí misma? El cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la guerra tenían necesariamente que dar en esta ocurrencia, con tanta mayor razón cuanto que de este modo podían esperar también una mejor recompensa por sus altos servicios, mientras que limitándose a decretar periódicamente el estado de sitio y a salvar transitoriamente a la sociedad por encargo de esta o aquella fracción de la burguesía, se conseguía poco de sólido, fuera de algunos muertos y heridos y de algunas muecas amistosas de los burgueses. ¿Por qué el elemento militar no podía jugar por fin de una vez el estado de sitio en su propio interés y para su propio beneficio, sitiando al mismo tiempo las bolsas burguesas? Por lo demás, no olvidemos, digámoslo de pasada, que el coronel Bernard, aquel mismo presidente de la Comisión militar que bajo Cavaignac ayudó a mandar a la deportación sin juicio, a 15.000 insurrectos, vuelve a hallarse en este momento a la cabeza de las Comisiones militares que actúan en París.

Si los republicanos honestos, los republicanos puros, plantaron con el estado de sitio de París el vivero en que habían de criarse los pretorianos del 2 de diciembre de 1851 merecen en cambio que se ensalce en ellos el que, lejos de exagerar el sentimiento nacional como habían hecho bajo Luis Felipe, ahora cuando disponen del poder de la nación, se arrastran a los pies del extranjero, y en vez de liberar a Italia, hacen que vuelvan a ocuparla los austríacos y los napolitanos. La elección de Luis Bonaparte como presidente, el 10 de diciembre de 1848, puso fin a la dictadura de Cavaignac y a la Constituyente.

En el artículo 44 de la Constitución se dice: «El presidente de la República francesa no deberá haber perdido nunca la ciudadanía francesa». El primer presidente de la República francesa, L.N. Bonaparte, no sólo había perdido la ciudadanía francesa, no sólo había sido agente especial de la policía inglesa, sino que era incluso un suizo naturalizado.

Ya he puesto en otro lugar la significación de las elecciones del 10 de diciembre. No he de volver aquí sobre esto. Baste observar que fue una reacción de los campesinos, que habían tenido que pagar el coste de la revolución de febrero, contra las demás clases de la nación, una reacción del campo contra la ciudad. Esta reacción encontró gran eco en el ejército, al que los republicanos del National no habían dado fama ni aumento de sueldo; entre la gran burguesía, que saludó en Bonaparte el puente hacia la monarquía; entre los proletarios y los pequeños burgueses, que le saludaron como un azote para Cavaignac. Más adelante he de tener ocasión de examinar más en detalle el papel de los campesinos en la revolución francesa.

La época que va desde el 20 de diciembre de 1848 hasta la disolución de la Constituyente en mayo de 1849, abarca la historia del ocaso de los republicanos burgueses. Después de haber creado una república para la burguesía, de haber expulsado del campo de lucha al proletariado revolucionario y de reducir provisionalmente al silencio, a la pequeña burguesía democrática, se ven ellos mismos puestos al margen por la masa de la burguesía, que con justo derecho embarga a esta república como cosa de su propiedad. Pero esta masa burguesa era realista. Una parte de ella, los grandes propietarios de tierras, había dominado bajo la Restauración y era, por tanto, legitimista. La otra parte, los aristócratas financieros y los grandes industriales, había dominado bajo la monarquía de Julio, y era, por consiguiente orleanista. Los altos dignatarios del Ejército, de la Universidad, de la Iglesia, del Foro, de la Academia y de la Prensa se repartían entre ambos campos, aunque en distinta proporción. Aquí, en la república burguesa, que no ostentaba el nombre de Borbón ni el nombre de Orléans, sino el nombre de Capital, habiendo encontrado la forma de gobierno bajo la cual podían dominar conjuntamente. Ya la insurrección de junio los había unido en las filas del «partido del orden». Ahora, se trataba ante todo de eliminar a la pandilla de los republicanos burgueses que ocupaban todavía los escaños de la Asamblea Nacional. Y todo lo que estos republicanos puros habían tenido de brutales para abusar de la fuerza física contra el pueblo, lo tuvieron ahora de cobardes, de pusilánimes, de tímidos, de alicaídos, de incapaces de luchar para mantener su republicanismo y su derecho de legisladores frente al poder ejecutivo y a los realistas. No tengo por qué relatar aquí la historia ignominiosa de su desintegración. No cayeron, se acabaron. Su historia ha terminado para siempre, y en el período siguiente ya sólo figuran, lo mismo dentro que fuera de la Asamblea, como recuerdos, que parecen revivir de nuevo tan pronto como se trata del mero nombre de República y cuantas veces el conflicto revolucionario amenaza con descender hasta el nivel más bajo. Diré de pasada que el periódico que dio su nombre a este partido, el National, se pasó en el período siguiente al socialismo.

Antes de terminar con este período, tenemos que echar todavía una ojeada retrospectiva a los dos poderes, uno de los cuales anuló al otro el 2 de diciembre de 1851, mientras que desde el 20 de diciembre de 1848 hasta la disolución de la Constituyente vivieron en relaciones maritales. Nos referimos, de un lado, a Luis Bonaparte y, de otro lado, al partido de los realistas colegiados, al partido del orden, al partido de la gran burguesía. Al tomar posesión de la presidencia, Bonaparte formó inmediatamente un ministerio del partido del orden, al frente del cual puso a Odilon Barrot, que era, nótese bien, el antiguo dirigente de la fracción más liberal de la burguesía parlamentaria. Por fin, el señor Barrot había cazado la cartera de ministro cuyo espectro le perseguía desde 1830, y más aún, la presidencia del ministerio; pero no como lo había soñado bajo Luis Felipe, como el jefe más avanzado de la oposición parlamentaria, sino con la misión de matar un parlamento y como aliado de todos sus peores enemigos, los jesuitas y los legitimistas. Por fin, pudo casarse con la novia, pero sólo después de que ésta había sido ya prostituida. En cuanto a Bonaparte, se eclipsó en apariencia totalmente. Ese partido actuaba por él.

Ya en el primer consejo de ministros se acordó la expedición a Roma, que se convino en realizar a espaldas de la Asamblea Nacional y arrancándole a ésta los medios financieros bajo un pretexto falso. Así comenzó la cosa, estafando a la Asamblea Nacional y con una conspiración secreta con las potencias absolutistas extranjeras contra la república revolucionaria romana. Del mismo modo y con la misma maniobra, Bonaparte, formaba el 2 de diciembre de 1852 la mayoría de la Asamblea Nacional Legislativa.

La Constituyente había acordado en agosto no disolverse hasta después de elaborar y promulgar toda una serie de leyes orgánicas complementarias de la Constitución. El partido del orden le propuso el 6 de enero de 1849, por medio del diputado Rateau, no tocar las leyes orgánicas y acordar más bien su propia disolución. No sólo el ministerio, con el señor Odilon Barrot a la cabeza, sino todos los diputados realistas de la Asamblea Nacional le hicieron saber en este momento, en tono imperativo, que su disolución era necesaria para restablecer el crédito, para consolidar el orden, para poner fin a aquella indefinida situación profesional y crear un estado de cosas definitivo; se le dijo que entorpecía la actividad del nuevo Gobierno y sólo procuraba alargar su vida por rencor, que el país estaba cansado de ella. Bonaparte tomó nota de todas estas invectivas contra el poder legislativo, se las aprendió de memoria y, el 2 de diciembre de 1851, demostró a los lealistas parlamentarios que había aprovechado sus lecciones. Repitió contra ellos su propios tópicos.

El ministerio Barrot y el partido del orden fueron más allá. Hicieron que de toda Francia se dirigiesen solicitudes a la Asamblea Nacional pidiendo a ésta muy amablemente que se retirase. De este modo, lanzaron a la batalla contra la Asamblea Nacional, expresión constitucionalmente organizada del pueblo, sus masas no organizadas. Enseñaron a Bonaparte a apelar ante el pueblo contra las asambleas parlamentarias. Por fin, el 29 de enero de 1849 llegó el día en que la Constituyente había de resolver el problema de su propia disolución. La Asamblea Nacional se encontró con el edificio en que se celebraban sus sesiones ocupado militarmente; Changarnier, el general del partido del orden, en cuyas manos se concentraba el mando supremo sobre la Guardia Nacional y las tropas de línea, celebró en París una gran revista de tropas, como en vísperas de una batalla, y los colegiados declararon conminatoriamente a la Constituyente, que si no se mostraba sumisa, se emplearía la fuerza. Se mostró sumisa y regateó únicamente un plazo brevísimo de vida. ¿Qué fue el 29 de enero sino el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, sólo que ejecutado por los realistas juntamente con Bonaparte contra la Asamblea Nacional republicana? Esos señores no advirtieron o no quisieron advertir que Bonaparte se valió del 29 de enero de 1849 para hacer que desfilase ante él, por las Tullerías, una parte de las tropas y se agarró ávidamente a esta primera demostración pública del poder militar contra el poder parlamentario, para hacer alusión a Calígula. Claro está que ellos no veían más que a su Changarnier.

El motivo que llevó especialmente al partido del orden a acortar violentamente la vida de la Constituyente fueron las leyes orgánicas complementarias de la Constitución, como la ley de enseñanza, la ley de cultos, etc. A los realistas coligados les interesaba en extremo hacer ellos mismos estas leyes y no dejar que las hiciesen los republicanos ya recelosos. Entre esas leyes orgánicas figuraba también, sin embargo, una ley sobre la responsabilidad del presidente de la república. En 1851, la Asamblea Legislativa se ocupaba precisamente de la redacción de esta ley, cuando Bonaparte paró este golpe con el golpe del 2 de diciembre. ¡Qué no hubieran dado los realistas coligados, en su campaña parlamentaria del invierno de 1851, por haberse encontrado ya hecha la ley sobre la responsabilidad presidencial! ¡Y hecha, además, por una Asamblea desconfiada, rencorosa, republicana!

Después de que la misma Constituyente había roto el 29 de enero de 1849 su última arma, el ministerio Barrot y los amigos del orden la acosaron a muerte, no dejaron por hacer nada que pudiera humillarla y arrancaron a su debilidad y a su falta de confianza en sí misma leyes que le costaron el último residuo de respeto de que aún gozaba entre el público. Bonaparte, con su idea fija napoleónica, fue los suficientemente audaz para explotar públicamente esta degradación del poder parlamentario. En efecto, cuando el 8 de mayo de 1849 la Asamblea Nacional da un voto de censura al Gobierno pro la ocupación de Civitavecchia por Oudinot y ordena que se reduzca la expedición romana a su supuesta finalidad, Bonaparte publica en el Moniteur, en la tarde del mismo día, una carta a Oudinot en la que le felicita por sus heroicas hazañas, y se presenta ya, por oposición a los escritorcillos parlamentarios, como el generoso protector del ejército. Los realistas, al ver esto, se sonrieron, creyendo sencillamente que habían logrado embaucarle. Por fin, cuando Marrast, presidente de la Constituyente, creyó en peligro por un momento la seguridad de la Asamblea Nacional y, apoyándose en la Constitución, requirió a un coronel con su regimiento, el coronel se negó a obedecer, invocó la disciplina y remitió Marrast a Changarnier, quien le despidió sardónicamente diciéndole que no le gustaban las baïonettes intelligentes. En noviembre de 1851, cuando los realistas coligados quisieron comenzar la lucha decisiva contra Bonaparte, intentaron, con su célebre proyecto de ley sobre los cuestores, lograr que se adoptar el principio de la requisición directa de las tropas por el presidente de la Asamblea Nacional. Uno de sus generales, Le Flô, había suscrito el proyecto de ley. Fue inútil que Changarnier votase en favor de la propuesta y que Thiers rindiese homenaje a la circunspecta sabiduría de la antigua Constituyente. El ministro de la Guerra, St. Arnaud, le contestó como Changarnier había contestado a Marrast, ¡y entre los gritos de aplausos de la Montaña!

Así fue cómo el mismo partido del orden, cuando todavía no era una Asamblea Nacional, cuando sólo era ministerio, estigmatizó el régimen parlamentario. ¡Y pone el grito en el cielo, cuando, el 2 de diciembre de 1851, este régimen es desterrado de Francia!

Capítulo III

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Karl MARX

EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE

## Capítulo III

El 28 de mayo de 1849 se reunió al Asamblea Nacional Legislativa.
El 2 de diciembre de 1851 fue disuelta por la fuerza. Este período
abarca la vida de la república constitucional o parlamentaria.

En la primera revolución francesa, a la dominación
de los constitucionales le sigue la dominación de
los girondinos, y a la dominación de los girondinos,
la de los jacobinos. Cada uno de estos partidos se apoya
en el que se halla delante. Tan pronto como ha impulsado la revolución
lo suficiente para no poder seguirla, y mucho menos poder encabezarla,
es desplazado y enviado a la guillotina por el aliado, más
intrépido, que está detrás de él.
La revolución se mueve de este modo en un sentido ascensional.

En la revolución de 1848 es al revés. El partido
proletario aparece como apéndice del pequeñoburgués-democrático.
Éste le traiciona y contribuye a su derrota el 16 de abril,
el 15 de mayo y en las jornadas de junio. A su vez, el partido
democrático se apoya sobre los hombros del republicano-burgués.
Apenas se consideran seguros, los republicanos burgueses se sacuden
el molesto camarada y se apoyan, a su vez, sobre los hombros del
partido del orden. El partido del orden levanta sus hombros, deja
caer a los republicanos burgueses dando volteretas y salta, a
su vez, a los hombros del poder armado. Y cuando cree que está
todavía sentado sobre esos hombros, una buena mañana
se encuentra con que los hombros se han convertido en bayonetas.
Cada partido da coces al que empuja hacia adelante y se apoya
por delante en el partido que impulsa para atrás. No es
extraño que, en esta ridícula postura, pierda el
equilibrio y se venga a tierra entre extrañas cabriolas,
después de hacer las muecas inevitables. De este modo,
la revolución se mueve en sentido descendente. En este
movimiento de retroceso se encuentra todavía antes de desmontarse
la última barricada de febrero y de constituirse el primer
órgano de autoridad revolucionaria.

El período que tenemos ante nosotros abarca la mezcolanza
más abigarrada de clamorosas contradicciones constitucionales
que conspiran abiertamente contra la Constitución, revolucionarios
que confiesan abiertamente ser constitucionales, una Asamblea
Nacional que quiere ser omnipotente y no deja de ser ni un solo
momento parlamentaria; una Montaña que encuentra su misión
en la resignación y para los golpes de sus derrotas presentes
con la profecía de sus victorias futuras; realistas que
son los patres conscripti de la república y se ven
obligados por la situación a mantener en el extranjero
las dinastías reales en pugna, de que son partidarios,
y sostener en Francia la república, a la que odian; un
poder ejecutivo que se encuentra en su misma debilidad su fuerza,
y su respetabilidad en el desprecio que inspira; una república
que no es más que la infamia combinada de dos monarquías,
la de la Restauración y la de Julio, con una etiqueta imperial,
alianzas cuya primera cláusula es la separación;
luchas cuya primera ley es la indecisión; en nombre de
la calma una agitación desenfrenada y vacua; en nombre
de la revolución los más solemnes sermones en favor
de la tranquilidad; pasiones sin verdad; verdades sin pasión;
héroes sin hazañas heroicas; historia sin acontecimientos,
un proceso cuya única fuerza propulsora parece ser el calendario,
fatigoso por la sempiterna repetición de tensiones y relajamientos;
antagonismos que sólo parecen exaltarse periódicamente
para embotarse y decaer, sin poder resolverse; esfuerzos pretenciosamente
ostentados y espantosos burgueses ante el peligro del fin del
mundo y al mismo tiempo los salvadores de éste tejiendo
las más mezquinas intrigas y comedias palaciegas, que en
su laisser aller recuerdan más que el Juicio Final
los tiempos de la Fronda; el genio colectivo oficial de Francia
ultrajado por la estupidez ladina de un solo individuo; la voluntad
colectiva de la nación, cuantas veces habla en el sufragio
universal, busca su expresión adecuada en los enemigos
empedernidos de los intereses de las masas, hasta que, por último,
la encuentra en la voluntad obstinada de un filibustero. Si hay
pasaje de la historia pintado en gris sobre fondo gris, es éste.
Hombres y acontecimientos aparecen como un Schlemihl a la inversa,
como sombras que han perdido sus cuerpos. La misma revolución
paraliza a sus propios portadores y sólo dota de violencia
pasional a sus adversarios. Y cuando, por fin, aparece el «espectro
rojo», constantemente evocado y conjurado por los contrarrevolucionarios,
no aparece tocado con el gorro frigio de la anarquía, sino
vistiendo el uniforme del orden, con zaragüelles rojos.

Veíamos que el ministerio nombrado por Bonaparte el 20
de diciembre de 1848, el día de su ascensión, era
un ministerio del partido del orden, de la coalición legitimista
y orleanista. Este ministerio, Barrot-Falloux, había sobrevivido
a la Constituyente republicana, cuya vida había acortado
de un modo más o menos violento, y empuñaba todavía
el timón. Changarnier, el general de los realistas coligados,
seguía concentrando en su persona el alto mando de la primera
división militar y de la Guardia Nacional de París.
Finalmente, las elecciones generales habían asegurado al
partido del orden la gran mayoría en la Asamblea Nacional.
Aquí, los diputados y los pares de Luis Felipe se encontraron
con un santo tropel de legitimistas para quienes numerosas papeletas
electorales de la nación se habían trocado en las
entradas para la escena política. Los diputados bonapartistas
eran demasiados contados para poder formar un partido parlamentario
independiente. Sólo aparecían como una mauvaise
queue del partido del orden. Como vemos, el partido del orden
tenía en sus manos el poder del Gobierno, el ejército
y el cuerpo legislativo, en una palabra, todos los poderes del
Estado, y hallábase fortalecido moralmente por las elecciones
generales que hacían aparecer su dominación como
voluntad del pueblo, y por la victoria simultánea de la
contrarrevolución en todo el continente europeo.

Jamás un partido abrió la campaña con medios
más abundantes ni bajo mejores auspicios.

Los republicanos puros naufragados se vieron reducidos
en la Asamblea Nacional Legislativa a una pandilla de unos 50
hombres, y a su frente los generales africanos Cavaignac, Lamoricière
y Bedeau. Pero el gran partido de oposición lo formaba
la Montaña. Con este nombre parlamentario se había
bautizado el partido socialdemócrata. Disponía
de más de 200 de los 750 votos de la Asamblea Nacional
y era, por lo menos, tan fuerte como cualquiera de las tres fracciones
del partido del orden por separado. Su minoría relativa
frente a toda la coalición realista parecía estar
compensada por circunstancias especiales. No sólo porque
las elecciones departamentales pusieron de manifiesto que este
partido había ganado simpatías considerables entre
la población del campo. Contaba además en sus filas
con casi todos los diputados de París, el ejército
había hecho una confesión de fe democrática
mediante la elección de tres suboficiales, y el jefe de
la Montaña, Ledru-Rollin, a diferencia de todos los representantes
del partido del orden, fue elevado al rango de la nobleza parlamentaria
por cinco departamentos que habían concentrado sus votos
en él. Por tanto, el 28 de mayo de 1849, dados los inevitables
choques intestinos de los realistas y los de todo el partido del
orden con Bonaparte, la Montaña parecía contar con
todas las probabilidades del éxito. Catorce días
después lo había perdido todo, hasta el honor.

Antes de proseguir con la historia parlamentaria, son indispensables
algunas observaciones, para evitar los errores corrientes acerca
del carácter local de la época que nos ocupa. Según
la manera de ver de los demócratas, durante el período
de la Asamblea Nacional Legislativa el problema es el mismo que
el del período de la Constituyente: la simple lucha entre
republicanos y realistas. En cuanto al movimiento mismo lo encierran
en un tópico: «reacción», la noche,
en la que todos los gatos son pardos y que les permite salmodiar
todos los habituales lugares comunes, dignos de su papel de sereno.
Y, ciertamente, a primera vista el partido del orden parece un
ovillo de diversas fracciones realistas, que no sólo intrigan
unas contra otras para elevar cada cual al trono a su propio pretendiente
y eliminar al del bando contrario, sino que, además, se
unen todas en el odio común y en los ataques comunes contra
la «república». Por su parte, la Montaña
aparece como la representante de la «república»
frente a esta conspiración realista. El partido del orden
aparece constantemente ocupado en una «reacción»
que, ni más ni menos que en Prusia, va contra la prensa,
contra la asociación, etc., y se traduce, al igual que
en Prusia, en brutales injerencias policíacas de la burocracia,
de la gendarmería y de los tribunales. A su vez, la Montaña
está constantemente ocupada con no menos celo en repeler
estos ataques, defendiendo así «eternos derechos humanos»,
como todo partido sedicente popular lo viene haciendo más
o menos desde hace siglo y medio. Sin embargo, examinando más
de cerca la situación y los partidos, se esfuma esta apariencia
superficial, que veía la lucha de clases y la peculiar
fisonomía de este período.

Legitimistas y orleanistas formaban, como queda dicho, las dos
grandes fracciones del partido del orden. ¿Qué era
lo que hacía que estas fracciones se aferrasen a sus pretendientes
y las mantenía mutuamente separadas? ¿Serían
tan sólo las flores de lis y la bandera tricolor, la Casa
de Borbón y la Casa de Orleans, diferentes matices del
realismo o, en general, su profesión de fe realista? Bajo
los Borbones había gobernado la gran propiedad territorial,
con sus curas y sus lacayos; bajo los Orleans, la alta finanza,
la gran industria, el gran comercio, es decir, el capital,
con todo su séquito de abogados, profesores y retóricos.
La monarquía legítima no era más que la expresión
política de la dominación heredada de los señores
de la tierra, del mismo modo que la monarquía de Julio
no era más que la expresión política de la
dominación usurpada de los advenedizos burgueses. Lo que,
por tanto, separaba a estas fracciones no era eso que llaman principios,
eran sus condiciones materiales de vida, dos especies distintas
de propiedad; era el viejo antagonismo entre la ciudad y el campo,
la rivalidad entre el capital y la propiedad del suelo. Que, al
mismo tiempo, había viejos recuerdos, enemistades personales,
temores y esperanzas, prejuicios e ilusiones, simpatías
y antipatías, convicciones, artículos de fe y principios
que los mantenían unidos a una u otra dinastía,
¿quién lo niega? Sobre las diversas formas de propiedad
y sobre las condiciones sociales de existencia se levanta toda
una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar
y concepciones de vida diversos y plasmados de un modo peculiar.
La clase entera los crea y los forma derivándolos de sus
bases materiales y de las relaciones sociales correspondientes.
El individuo suelto, al que se le imbuye la tradición y
la educación podrá creer que son los verdaderos
móviles y el punto de partida de su conducta. Aunque los
orleanistas y los legitimistas, aunque cada fracción se
esforzase pro convencerse a sí misma y por convencer a
la otra de que lo que las separaba era la lealtad a sus dos dinastías,
los hechos demostraron más tarde que eran más bien
sus intereses divididos lo que impedía que las dos dinastías
se uniesen. Y así como en la vida privada se distingue
entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que
realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir
todavía más entre las frases y las figuraciones
de los partidos y su organismo efectivo y sus intereses efectivos,
entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son. Orleanistas
y legitimistas se encontraron en la república los unos
junto a los otros y con idénticas pretensiones. Si cada
parte quería imponer frente a la otra la restauración
de su propia dinastía, esto sólo significaba
una cosa: que cada uno de los dos grandes intereses en que se
divide la burguesía -la propiedad del suelo y el
capital- aspiraba a restaurar su propia supremacía y la
subordinación del otro. Hablamos de dos intereses de la
burguesía, pues la gran propiedad del suelo, pese a su
coquetería feudal y a su orgullo de casta, estaba completamente
aburguesada por el desarrollo de la sociedad moderna. También
los tories en Inglaterra se hicieron durante mucho tiempo
la ilusión de creer que se entusiasmaban con la monarquía,
la Iglesia y las bellezas de la vieja Constitución inglesa,
hasta que llegó el día del peligro y les arrancó
la confesión de que sólo se entusiasmaban con la
renta del suelo.

Los realistas coligados integraban unos contra otros en la prensa,
en Ems, en Claremont fuera del parlamento. Entre bastidores, volvían
a vestir sus viejas libreas orleanistas y legitimistas y reanudaban
sus viejos torneos. Pero en la escena pública, en sus grandes
representaciones cívicas, como gran partido parlamentario
despachaban a sus respectivas dinastías con simples reverencias
y aplazaban la restauración de la monarquía in
infinitum. Cumplían con su verdadero oficio como partido
del orden, es decir, bajo un título social y
no bajo un título político, como representantes
del régimen social burgués y no como caballeros
de ninguna princesa peregrinante, como clase burguesa frente a
otras clases y no como realistas frente a republicanos. Y, como
partido del orden, ejerciendo una dominación más
ilimitada y más dura sobre las demás clases de la
sociedad que la que habían ejercido nunca bajo la Restauración
o bajo la monarquía de Julio, como sólo era posible
ejercerla bajo la forma de la república parlamentaria,
pues sólo bajo esta forma podían unirse los dos
grandes sectores de la burguesía francesa, y por tanto
poner a la orden del día la dominación de su clase
en vez del régimen de un sector privilegiado de ella. Si,
a pesar de esto y también como partido del orden, insultaban
a la república y manifestaban la repugnancia que sentían
por ella, no era sólo por apego a sus recuerdos realistas.
El instinto les enseñaba que, aunque la república
había coronado su dominación política, al
mismo tiempo socavaba su base social, ya que ahora se enfrentaban
con las clases sojuzgadas y tenían que luchar con ellas
sin ningún género de mediación, sin poder
ocultarse detrás de la corona, sin poder desviar el interés
de la nación mediante sus luchas subalternas intestinas
y con la monarquía. Era un sentimiento de debilidad el
que las hacía retroceder temblando ante las condiciones
puras de su dominación de clase y suspirar por las formas
más incompletas, menos desarrolladas y precisamente por
ello menos peligrosas de su dominación. En cambio, cuantas
veces los realistas coligados chocan con el pretendiente que tienen
en frente, con Bonaparte, cuantas veces creen que el poder ejecutivo
hace peligrar su omnipotencia parlamentaria, cuantas veces tienen
que exhibir, por tanto, el título político de su
dominación, actúan como republicanos y no
como realistas. Desde el orleanista Thiers, quien advierte a la
Asamblea Nacional que la república es lo que menos los
separa, hasta el legitimista Berryer, que el 2 de diciembre de
1851, ceñido con la banda tricolor, arenga como tribuno,
en nombre de la república, al pueblo congregado delante
del edificio de la alcaldía del décimo arrondissement.
Claro está que el eco burlón le contestaba con este
grito: ¡Enrique V, Enrique V!

Frente a la burguesía coligada se había formado
una coalición de pequeños burgueses y obreros, el
llamado partido socialdemócrata. Los pequeños
burgueses viéronse mal recompensados después de
las jornadas de junio de 1848, vieron en peligro sus intereses
materiales y puestas en tela de juicio por la contrarrevolución
las garantías democráticas que habían de
asegurarles la posibilidad de hacer valer esos intereses. Se acercaron,
por tanto, a los obreros. De otra parte, su representación
parlamentaria, la Montaña, puesta al margen durante
la dictadura de los republicanos burgueses, había reconquistado
durante la última mitad de la vida de la Constituyente
su perdida popularidad con la lucha contra Bonaparte y los ministros
realistas. Había concertado una alianza con los jefes socialistas.
En febrero de 1849 se festejó con banquetes la reconciliación.
Se esbozó un programa común, se crearon comités
electorales comunes y se proclamaron candidatos comunes. A las
reivindicaciones sociales del proletario se les limó la
punta revolucionaria y se les dio un giro democrático;
a las exigencias democráticas de la pequeña burguesía
se les despojó de la forma meramente política y
se afiló su punta socialista. Así nació la
socialdemocracia. La nueva Montaña, fruto de esta combinación,
contenía, prescindiendo de algunos figurantes de la clase
obrera y de algunos sectarios socialistas, los mismos elementos
que la vieja, sólo que más fuertes en número.
Pero, en el transcurso del proceso, había cambiado, con
la clase que representaba. El carácter peculiar de la socialdemocracia
consiste en exigir instituciones democrático-republicanas,
no para abolir a la par los dos extremos, capital y trabajo asalariado,
sino para atenuar su antítesis y convertirla en armonía.
Por mucho que difieran las medidas propuestas para alcanzar este
fin, por mucho que se adorne con concepciones más o menos
revolucionarias, el contenido es siempre el mismo. Este contenido
es la transformación de la sociedad por la vía democrática,
pero una transformación dentro del marco de la pequeña
burguesía. No vaya nadie a formarse la idea limitada de
que la pequeña burguesía quiere imponer, por principio,
un interés egoísta de clase. Ella cree, por el contrario,
que las condiciones especiales de su emancipación
son las condiciones generales fuera de las cuales no puede
ser salvada la sociedad moderna y evitarse la lucha de clases.
Tampoco debe creerse que los representantes democráticos
son todos shopkeepers o gentes que se entusiasman con ellos.
Pueden estar a un mundo de distancia de ellos, por su cultura
y su situación individual. Lo que les hace representantes
de la pequeña burguesía es que no van más
allá, en cuanto a mentalidad, de donde van los pequeños
burgueses en modo de vida; que, por tanto, se ven teóricamente
impulsados a los mismos problemas y a las mismas soluciones a
que impulsan a aquéllos prácticamente, el interés
material y la situación social. Tal es, en general, la
relación que existe entre los representantes políticos
y literarios de una clase y la clase por ellos representada.

Por todo lo expuesto se comprende de por sí que aunque
la Montaña luchase constantemente con el partido del orden
en torno a la república y a los llamados derechos del hombre,
ni la república ni los derechos del hombre eran su fin
último, del mismo modo que un ejército al que se
quiere despojar de sus armas y que se apresta a la defensa, no
se lanza al terreno de la lucha solamente para quedar en posesión
de sus armas.

Inmediatamente después de reunirse la Asamblea Nacional,
el partido del orden provocó a la Montaña. La burguesía
sentía ahora la necesidad de acabar con los demócratas
pequeñoburgueses, lo mismo que un año antes había
comprendido la necesidad de acabar con el proletariado revolucionario.
Pero la situación del adversario era distinta. La fuerza
del partido proletario estaba en la calle, y la de los pequeños
burgueses en la misma Asamblea Nacional. Tratábase, pues,
de sacarlos de la Asamblea Nacional a la calle y hacer que ellos
mismos destrozasen su fuerza parlamentaria antes de que tuviesen
tiempo y ocasión para consolidarla. La Montaña corrió
hacia la trampa a rienda suelta.

El cebo que le echaron fue el bombardeo de Roma por las tropas
francesas. Este bombardeo infringía el artículo
V de la Constitución, que prohibe a la República
francesa emplear sus fuerzas armadas contra las libertades de
otro pueblo. Además, el artículo 54 prohibía
toda declaración de guerra por el poder ejecutivo sin la
aprobación de la Asamblea Nacional, y la Constituyente
había desautorizado la expedición a Roma, con su
acuerdo de 8 de mayo. Basándose en estas razones, Ledru-Rollin
presentó el 11 de junio de 1849 un acta de acusación
contra Bonaparte y sus ministros. Azuzado por las picadas de avispa
de Thiers, se dejó arrastrar incluso a la amenaza de que
estaban dispuestos a defender la Constitución por todos
los medios, hasta con las armas en la mano. La Montaña
se levantó como un solo hombre y repitió
este llamamiento a las armas. El 12 de junio, la Asamblea Nacional
desechó el acta de acusación, y la Montaña
abandonó el parlamento. Los acontecimientos del 13 de junio
son conocidos: la proclama de una parte de la Montaña declarando
«fuera de la Constitución» a Bonaparte y sus
ministros; la procesión callejera de los guardias nacionales
democráticos, que, desarmados como iban, se dispersaron
a escape al encontrarse con las tropas de Changarnier, etc. Una
parte de la Montaña huyó al extranjero, otra parte
fue entregada al Tribunal Supremo de Bourges, y un reglamento
parlamentario sometió al resto a la vigilancia del maestro
de escuela del presidente de la Asamblea nacional. En París
se declaró nuevamente el estado de sitio, y la parte democrática
de su Guardia Nacional fue disuelta. Así se destrozaba
la influencia de la Montaña en el parlamento y la fuerza
de los pequeños burgueses de París.

En Lyon, donde el 13 de junio había dado señal para
un sangriento levantamiento obrero, se declaró también
el estado de sitio, que se hizo extensivo a los cinco departamentos
circundantes, situación que dura hasta el momento actual.

El grueso de la Montaña dejó en la estacada su vanguardia,
negándose a firmar la proclama de ésta. La prensa
desertó, y sólo dos periódicos se atrevieron
a publicar el pronunciamiento. Los pequeños burgueses traicionaron
a sus representantes: los guardias nacionales no aparecieron,
y donde aparecieron fue para impedir que se levantasen barricadas.
Los representantes habían engañado a los pequeños
burgueses, ya que a los pretendidos aliados del ejército
no se les vio por ninguna parte. Finalmente, en vez de obtener
un refuerzo de él, el partido democrático contagió
al proletariado su propia debilidad, y, como suele ocurrir con
las hazañas democráticas, los jefes tuvieron la
satisfacción de poder acusar a su «pueblo» de
deserción, y el pueblo la de poder acusar de engaño
a sus jefes.

Rara vez se había anunciado una acción con más
estrépito que la campaña inminente de la Montaña,
rara vez se había trompeteado un acontecimiento con más
seguridad ni con más anticipación que la victoria
inevitable de la democracia. Indudablemente, los demócratas
creen en las trompetas, cuyos toques habían derribado las
murallas de Jericó. Y cuantas veces se enfrentan con las
murallas del despotismo, intenta repetir el milagro. Si la Montaña
quería vencer en el parlamento, no debió llamar
a las armas. Y si llamaba a las armas en el parlamento, no debía
comportarse en la calle parlamentariamente. Si la manifestación
pacífica era un propósito serio, era necio no prever
que se la habría de recibir belicosamente. Y si se pensaba
en una lucha efectiva, era peregrino deponer las armas con las
que esa lucha había de librarse. Pero las amenazas revolucionarias
de los pequeños burgueses y de sus representantes democráticos
no son más que intentos de intimidar al adversario. Y cuando
se ven metidos en un atolladero, cuando se han comprometido ya
lo bastante para verse obligados a ejecutar sus amenazas, lo hacen
de un modo equívoco, evitando, sobre todo, los medios que
llevan al fin propuesto y acechan todos los pretextos par sucumbir.
Tan pronto como hay que romper el fuego, la estrepitosa obertura
que anunció la lucha se pierde en un pusilánime
refunfuñar, los actores dejan de tomar su papel au sérieux
y la acción se derrumba lamentablemente, como un balón
lleno de aire al que se le pincha con una aguja.

Ningún partido exagera más ante él mismo
sus medios que el democrático, ninguno se engaña
con más ligereza acerca de la situación. Porque
una parte del ejército hubiese votado a su favor, la Montaña
estaba ya convencida de que el ejército se sublevaría
por ella. ¿Y con qué motivo? Con un motivo que, desde
el punto de vista de las tropas, no tenía otro sentido
que el que los revolucionarios se ponían al lado de los
soldados romanos y en contra de los soldados franceses. De otra
parte, estaba todavía demasiado fresco el recuerdo del
mes de junio de 1848, para que el proletariado no sintiese una
profunda repugnancia contra la Guardia Nacional, y los jefes de
las sociedades secretas una desconfianza completa hacia los jefes
democráticos. Para superar estas diferencias, harían
falta grandes intereses comunes que estuviesen en juego. La infracción
de un artículo constitucional abstracto no podía
representar un tal interés. ¿Acaso no se había
violado ya repetidas veces la Constitución, según
aseguraban los propios demócratas? ¿Y acaso los periódicos
más populares no habían estigmatizado esta Constitución
como un amaño contrarrevolucionario? Pero el demócrata,
como representa a la pequeña burguesía, es decir,
a una clase de transición, en la que los intereses
de dos clases se embotan el uno contra el otro, cree estar por
encima del antagonismo de clases en general. Los demócratas
reconocen que tienen que enfrente a una clase privilegiada, pero
ello, con todo el resto de la nación que los circunda,
forman el pueblo. Lo que ellos representan es el interés
del pueblo. Por eso, cuando se prepara una lucha, no necesitan
examinar los intereses y las oposiciones de las distintas clases.
No necesitan ponderar con demasiada escrupulosidad sus propios
medios. No tienen más que dar la señal, para que
el pueblo, con todos sus recursos inagotables, caiga sobre
los opresores. Y si, al poner en práctica la cosa,
sus intereses resultan no interesar y su poder ser impotencia,
la culpa la tienen los sofistas perniciosos, que escinden al pueblo
indivisible en varios campos enemigos, o el ejército,
demasiado embrutecido y cegado para ver en los fines puros de
la democracia lo mejor para él, o bien ha fracasado por
un detalle de ejecución, o ha surgido una casualidad imprevista
que ha malogrado la partida por esta vez. En todo caso, el demócrata
sale de la derrota más ignominiosa tan inmaculado como
inocente entró en ella, con la convicción readquirida
de que tiene necesariamente que vencer, no de que él mismo
y su partido tienen que abandonar la vieja posición, sino
de que, por el contrario, son las condiciones las que tienen que
madurar para ponerse a tono con él.

Por eso no debemos formarnos una idea demasiado trágica
de la Montaña diezmada, destrozada y humillada por el nuevo
reglamento parlamentario. Si el 13 de junio eliminó a sus
jefes, por otra parte abrió paso a capacidades de segundo
rango, a quienes esta nueva posición halagaba. Si su impotencia
en el parlamento ya no dejaba lugar a dudas, esto les daba ahora
también derecho a limitar sus actos a estallidos de indignación
moral y a estrepitosas declamaciones. Si el partido del orden
aparentaba ver encarnados en ellos, como últimos representantes
oficiales de la revolución, todos los horrores de la anarquía,
esto les permitía comportarse en la práctica con
tanta mayor trivialidad y humildad. Y del 13 de junio se consolaban
con este giro profundo: «Pero, si se osa tocar el sufragio
universal, ¡ah, entonces! ¡Entonces verán quienes
somos nosotros!» Nous verrons!

Por lo que se refiere a los «montañeses» huidos
al extranjero, basta observar que Ledru-Rollin, en vista de que
había conseguido arruinar irremisiblemente en menos de
dos semanas el potente partido a cuyo frente estaba, se creyó
llamado a formar un gobierno francés in partibus;
que a lo lejos, desgajada del campo de acción, su figura
parecía ganar en talla a medida que bajaba el nivel de
la revolución y las magnitudes oficiales de la Francia
oficial iban haciéndose enanas; que pudo figurar como pretendiente
republicano para 1852; que dirigía circulares periódicas
a los valacos y a otros pueblos, en las que se amenazaba a los
déspotas del continente con sus hazañas y a las
de sus aliados. ¿Acaso les faltaba por completo la razón
a Proudhon cuando gritó a estos señores: Vous
n'êtes que des blagueurs?

El 13 de junio, el partido del orden no sólo había
quebrantado la fuerza de la Montaña, sino que había
impuesto el sometimiento de la Constitución a los acuerdos
de la mayoría de la Asamblea Nacional. Y así
entendía él la república, como el régimen
en el que la burguesía dominaba bajo formas parlamentarias,
sin encontrar un valladar como bajo la monarquía; en el
veto del poder ejecutivo o en el derecho de disolver el parlamento.
Esto era la república parlamentaria, como la llamaba
Thiers. Pero, si el 13 de junio la burguesía aseguró
su omnipotencia en el seno del parlamento, ¿no condenaba
a éste a una debilidad incurable frente al poder ejecutivo
y al pueblo, al repudiar a la parte más popular de la Asamblea?
Al entregar a numerosos diputados, sin más ceremonias,
a la requisición de los tribunales, anulaba su propia inmunidad
parlamentaria. El reglamento humillante que impuso a la Montaña,
elevaba el rango del presidente de la república en la misma
proporción en que rebajaba el de cada uno de los representantes
del pueblo. Al estigmatizar la insurrección en defensa
del régimen constitucional, como anárquica, como
un movimiento encaminado a subvertir la sociedad, la burguesía
se cerraba a sí misma el camino del llamamiento a la insurrección,
tan pronto como el poder ejecutivo violase la Constitución
en contra de ella. Y la ironía de la historia quiso que
el 2 de diciembre de 1851, el general que bombardeó Roma
por orden de Bonaparte, dando así el motivo inmediato para
el motín constitucional del 13 de junio, Oudinot,
hubiera de ser propuesto al pueblo, en tono implorante y en vano,
por el partido del orden, como el general de la Constitución
frente a Bonaparte. Otro héroe del 13 de junio, Vieyra,
que desde la tribuna de la Asamblea Nacional cosechó elogios
por las brutalidades cometidas por él en los locales de
los periódicos democráticos, al frente de una banda
de guardias nacionales pertenecientes a la alta finanza, este
mismo Vieyra estaba en el secreto de la conspiración de
Bonaparte y contribuyó esencialmente a cortar a la Asamblea
Nacional, en sus horas de agonía, todo apoyo por parte
de la Guardia Nacional.

El 13 de junio tenía, además, otra significación.
La Montaña había querido arrancar el que se entregase
a Bonaparte a los tribunales. Por tanto, su derrota era una victoria
directa para Bonaparte, el triunfo personal de éste sobre
sus enemigos democráticos. El partido del orden había
conseguido la victoria y Bonaparte no tenía que hacer más
que embolsársela. Así lo hizo. El 14 de junio pudo
leerse en los muros de París una proclama en la que el
presidente, como sin participación suya, resistiéndose,
obligado simplemente por la fuerza de los acontecimientos, sale
de su recato claustral, se queja, como la virtud ofendida, de
las calumnias de sus adversarios, y mientras parece identificar
a su persona con la causa del orden, identifica la causa del orden
con su persona. Además, la Asamblea Nacional había
aprobado, aunque después de realizada, la expedición
contra Roma, habiendo la iniciativa de la misma corrido a cargo
de Bonaparte. Después de restituir en el Vaticano al pontífice
Samuel, podía esperar entrar en las Tullerías como
rey David. Se había ganado a los curas.

El motín del 13 de junio se limitó, como hemos visto,
a una pacífica procesión callejera. Contra él
no se podían, por tanto, ganar laureles guerreros. No obstante,
en una época tan pobre en héroes y en acontecimientos,
el partido del orden convirtió esta batalla incruenta en
un segundo Austerlitz. La tribuna y la prensa ensalzaron el ejército,
como poder del orden, en contraposición a las masas del
pueblo, como la impotencia de la anarquía, y glorificaron
a Changarnier, como el «baluarte de la sociedad». Un
engaño en el que acabó creyendo hasta él
mismo. Pero por debajo de cuerda, fueron desplazados de París
los cuerpos que parecían dudosos, los regimientos en que
las elecciones habían dado resultados más democráticos
fueron desterrados de Francia a Argelia, las cabezas inquietas
que había entre las tropas, enviadas a secciones de castigo,
y, por último, sistemáticamente llevado a cabo el
acordonamiento del cuartel contra la prensa y su aislamiento de
la sociedad civil.

Llegamos aquí al viraje decisivo en la historia de la Guardia
Nacional francesa. En 1830 había decidido la caída
de la Restauración. Bajo Luis Felipe fracasaron todos los
motines en que la Guardia Nacional estaba al lado de las tropas.
Cuando en las jornadas de febrero de 1848, se mantuvo en actitud
pasiva frente a la insurrección y equívoca frente
a Luis Felipe, éste se dio por perdido, y lo estaba. Así
fue arraigando la convicción de que la revolución
no podía vencer sin la Guardia Nacional, ni el ejército
podía vencer contra ella. Era la fe supersticiosa
del ejército en la omnipotencia civil. Las jornadas de
junio de 1848, en que toda la Guardia nacional, unida a las tropas
de línea, sofocó al insurrección, habían
reforzado esta fe supersticiosa. Después de haber subido
Bonaparte a la presidencia, la posición de la Guardia Nacional
descendió en cierto modo, por la fusión anticonstitucional
de su mando con el mando de la primera división militar
en la persona de Changarnier.

Como el mando sobre la Guardia Nacional aparecía aquí
como un atributo del alto mando militar, la Guardia Nacional parecía
quedar reducida a un apéndice de las tropas de línea.
Por fin, el 13 de junio fue destrozada. Y no sólo por su
disolución parcial, que desde aquel momento se repitió
periódicamente en todos los puntos de Francia y sólo
dejó en pie las ruinas de la Guardia Nacional. La manifestación
del 13 de junio fue, sobre todo, una manifestación de los
guardias nacionales democráticos. Es cierto que no opusieron
al ejército sus armas, sino sólo sus uniformes,
pero en este uniforme estaba precisamente el talismán.
El ejército se convenció de que el tal uniforme
era un trapo de lana como cualquiera. El encanto quedó
roto. En las jornadas de junio de 1848, la burguesía, en
calidad de Guardia Nacional, estuvieron unidas con el ejército
contra el proletariado; el 13 de junio de 1849, la burguesía
hizo que el ejército dispersase a la Guardia Nacional pequeñoburguesa;
el 2 de diciembre de 1851, había desaparecido la Guardia
Nacional de la propia burguesía, y Bonaparte se limitó
a registrar este hecho al firmar, después de producido,
el decreto de su disolución. Así fue cómo
la burguesía rompió ella misma su última
arma contra el ejército, pero no tenía más
remedio que romperla desde el momento en que la pequeña
burguesía no estaba ya detrás de ella como vasallo,
sino delante de ella como rebelde, del mismo modo que tenía
necesariamente que destruir en general, con sus propias manos,
a partir del instante en que se hizo ella misma absolutista, todos
sus medios de defensa contra el absolutismo.

Entretanto, el partido del orden festejaba la reconquista de un
poder que en 1848 sólo parecía haber perdido para
volver a encontrarlo libre de sus trabas en 1849, con invectivas
contra la república y la Constitución, maldiciendo
todas las revoluciones futuras, presentes y pasadas, incluyendo
las hechas por los dirigentes de su mismo partido, y por medio
de leyes que amordazaban a la prensa, destruían el derecho
de asociación y sancionaban el estado de sitio como institución
orgánica. Luego, la Asamblea Nacional suspendió
sus sesiones desde mediados de agosto hasta mediados de octubre,
después de haber nombrado una comisión permanente
para el tiempo que durase su ausencia. Durante estas vacaciones,
los legitimistas intrigaron con Ems, los orleanistas con Claremont,
Bonaparte mediante tournées principescas, y los consejos
departamentales en cabildeos sobre la revisión constitucional,
casos que se repitiesen con regularidad durante las vacaciones
periódicas de la Asamblea Nacional y en los que entraré
tan pronto como se conviertan en acontecimientos. Aquí
advertimos tan sólo que la Asamblea Nacional obró
impolíticamente al desaparecer de la escena durante tan
largo intervalo, dejando que sólo apareciese al frente
de la república una figura, aunque lamentablemente: la
de Luis Bonaparte, mientras el partido del orden, para escándalo
del público, se descomponía en sus partes integrantes
realistas y se dejaba llevar por sus apetitos de restauración
en pugna. Tan pronto como enmudecía, durante estas vacaciones,
el ruido ensordecedor del parlamento y su cuerpo se disolvía
en la nación, nadie podía dejar de ver que sólo
faltaba una cosa para consumar la verdadera faz de esta
república: hacer permanentes las vacaciones parlamentarias
y sustituir su lema de Liberté, égalité,
fraternité, por estas palabras inequívocas:
¡Infantería, caballería, artillería!

Capítulo IV

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Karl MARX

EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE

## Capítulo IV

A mediados de octubre de 1849 reanudó sus sesiones la Asamblea
Nacional. El 1 de noviembre, Bonaparte la sorprendió con
un mensaje en el que le anunciaba la destitución del ministerio
Barrot-Falloux y la formación de un nuevo ministerio. Jamás
e ha arrojado a lacayos de su puesto con menos cumplidos que Bonaparte
a sus ministros. Los puntapiés destinados a la Asamblea
Nacional los recibían, por el momento, Barrot y Compañía.

El ministerio Barrot estaba compuesto, como hemos visto, por legitimistas
y orleanistas, era un ministerio del partido del orden. Bonaparte
había necesitado de él para disolver la Constituyente
republicana, poner por obra la expedición contra Roma y
destrozar el partido democrático. Él se había
eclipsado aparentemente detrás de este ministerio, entregando
el poder del Gobierno en manos del mismo partido del orden y poniéndose
la careta de modestia que bajo Luis Felipe llevaba el gerente
responsable de los periódicos, la careta del homme de
paille. Ahora se quitó la máscara, que no era
ya velo sutil detrás del que podía ocultar su fisonomía,
sino la máscara de hierro que le impedía mostrar
una fisonomía propia. Había constituido el ministerio
Barrot para hacer saltar, en nombre del partido del orden, la
Asamblea Nacional republicana, y lo destituyó para declarar
a su propio nombre independiente de la Asamblea Nacional del partido
del orden.

Pretextos plausibles para esta destitución no faltaban.
El ministerio Barrot descuidaba incluso las formas de decoro que
habrían hecho aparecer al presidente de la república
como un poder al lado de la Asamblea Nacional. Durante las vacaciones
parlamentarias Bonaparte publicó una carta dirigida a Edgar
Ney en la que parecía desaprobar la actuación liberal
del Papa del mismo modo que había publicado, en oposición
a la Constituyente, otra carta en la que elogiaba a Oudinot por
su ataque contra la República de Roma. Al votarse en la
Asamblea Nacional el presupuesto de la expedición romana,
Víctor Hugo, por un supuesto liberalismo, puso a discusión
esa carta. El partido del orden ahogó entre exclamaciones
despectivamente incrédulas la ocurrencia de que las ocurrencias
de Bonaparte pudieran tener la menor importancia política.
Ninguno de los ministros recogió el guante en su favor.
En otra ocasión, Barrot, con su conocido patetismo vacuo,
dejó escapar desde la tribuna palabras de indignación
contra los «manejos abominables» en que, según
su testimonio, andaban las personas más cercanas al presidente.
Por último, el ministerio, a la par que hacía aprobar
por la Asamblea Nacional una pensión de viudedad para la
duquesa de Orleans, rechazaba todas las propuestas para aumentar
la lista civil de la presidencia. Y en Bonaparte, el pretendiente
imperial se fundía tan íntimamente con el caballero
de industria arruinado, que una gran idea, la de su misión
de restaurador del imperio, se complementaba siempre con otra:
la de que el pueblo francés tenía la misión
de saldar sus deudas.

El ministerio Barrot-Falloux fue el primero y el último
ministerio parlamentario nombrado por Bonaparte. Por eso su destitución
señala un viraje decisivo. Con él, el partido del
orden perdió, para no recuperarlo jamás, un puesto
indispensable para afirmar el régimen parlamentario, el
asidero del poder ejecutivo. Se comprende inmediatamente que en
un país como Francia, donde el poder ejecutivo dispone
de un ejército de funcionarios de más de medio millón
de individuos y tiene por tanto constantemente bajo su dependencia
más incondicional a una masa inmensa de intereses y exigencia,
donde el Estado tiene atada, fiscalizada, regulada, vigilada y
tutelada a la sociedad civil, desde sus manifestaciones más
amplias de vida hasta sus vibraciones más insignificantes,
desde sus modalidades más generales de existencia hasta
la existencia privada de los individuos, donde este cuerpo parasitario
adquiere, por medio de una centralización extraordinaria,
una ubicuidad, una omniscencia, una capacidad acelerada de movimientos
y una elasticidad que sólo encuentran correspondencia en
la dependencia desamparada, en el carácter caóticamente
informe del auténtico cuerpo social, se comprende que en
un país semejante, al perder la posibilidad de disponer
de los puestos ministeriales, la Asamblea Nacional perdía
toda influencia efectiva, si al mismo tiempo no simplificaba la
administración del Estado, no reducía todo lo posible
el ejército de funcionarios y finalmente no dejaba a la
sociedad civil y a la opinión pública crearse sus
órganos propios, independientes del poder del Gobierno.
Pero, el interés material de la burguesía francesa
está precisamente entretejido del modo más íntimo
con la conservación de esta extensa y ramificadísima
maquinaria del Estado. Coloca aquí a su población
sobrante y completa en forma de sueldos del Estado lo que no puede
embolsarse en forma de beneficios, intereses, rentas y honorarios.
De otra parte, su interés político la obligaba a
aumentar diariamente la represión, y por tanto los recursos
y el personal del poder del Estado, a la par que se veía
obligada a sostener una guerra ininterrumpida contra la opinión
pública y mutilar y paralizar recelosamente los órganos
independientes de movimiento de la sociedad, allí donde
no conseguía amputarlos por completo. De este modo, la
burguesía francesa veíase forzada, por su situación
de clase, de una parte, a destruir las condiciones de vida de
todo poder parlamentario, incluyendo, por tanto, el suyo propio,
y, de otra, a hacer irresistible el poder ejecutivo hostil a ella.

El nuevo ministerio llamábase el ministerio d'Hautpoul.
No porque el general d'Hautpoul hubiese obtenido el rango de presidente
del Consejo. Con Barrot, Bonaparte había suprimido prácticamente
esta dignidad, que condenaba el presidente de la república,
ciertamente, a la nulidad legal de un rey constitucional, pero
de un rey constitucional sin trono y sin corona, sin cetro y sin
espada, sin atributo de la irresponsabilidad, sin la posesión
imprescriptible de la suprema dignidad del Estado y, lo más
fatal de todo, sin lista civil. En el ministerio d'Hautpoul no
había más que un hombre de fama parlamentaria, el
prestamista Fould, uno de los miembros de peor reputación
de la alta finanza. Le tocó en suerte la cartera de Hacienda.
Consúltense las cotizaciones de la Bolsa de París
y se verá que, desde el 1 de noviembre de 1849, los fondos
franceses suben y bajan con las subidas y bajadas de las acciones
bonapartistas. Habiendo encontrado así su aliado en la
Bolsa, Bonaparte se adueñó, al mismo tiempo, de
la policía mediante el nombramiento de Carlier para prefecto
de policía de París.

Sin embargo, las consecuencias del cambio de ministerio sólo
podían revelarse conforme fuesen desarrollándose
las cosas. Por el momento, Bonaparte sólo había
dado un paso adelante para luego verse empujado hacia atrás
de un modo tanto más visible. A su agrio mensaje, siguió
la declaración más servil de sumisión a la
Asamblea Nacional. Cuantas veces los ministros hacían el
tímido intento de presentar como proyectos de ley sus caprichos
personales, ellos mismos parecían cumplir a regañadientes
un mandato grotesco, obligados tan sólo por su posición
y convencidos de antemano de la falta de éxito. Cuantas
veces Bonaparte, a espaldas de sus ministros, se iba de la lengua
hablando de sus intenciones y jugando con sus idées napoléoniennes,
sus mismos ministros le desautorizan desde lo alto de la tribuna
de la Asamblea Nacional. Parecía como si sus apetitos usurpadores
sólo se exteriorizasen para que no se acallasen las risas
malignas de sus adversarios. Se comportaba como un genio ignorado,
considerado por el mundo entero como un bobo. Jamás fue
objeto del desprecio de todas las clases de un modo más
completo que durante este período. Jamás la burguesía
dominó de un modo más incondicional, jamás
hizo una ostentación más jactanciosa de las insignias
de su dominación.

No me propongo escribir aquí la historia de sus actividades
legislativas, que se resume, durante este período, en dos
leyes: la ley restableciendo el impuesto sobre el vino y la ley
de enseñanza, que suprime la incredulidad religiosa. Si
a los franceses se les ponían obstáculos para beber
vino, en cambio se les servía con tanta mayor abundancia
el agua de la vida justa. Si en la ley sobre el impuesto del vino
la burguesía declaraba intangible el antiguo odioso sistema
fiscal francés, con la ley de enseñanza intentaba
asegurar el antiguo estado de ánimo de las masas, que lo
hacía soportar. Se asombra uno de ver a los orleanistas,
a los burgueses liberales, estos viejos apóstoles del volterianismo
y de la filosofía ecléctica, confiar a sus enemigos
hereditarios, los jesuitas, la administración del espíritu
francés. Pero, orleanistas y legitimistas, aunque discrepasen
en lo que se refería al pretendiente a la corona, comprendían
que su dominación colegiada exigía unir los medios
de opresión de dos épocas, que los medios de sojuzgamiento
de la monarquía de Julio debían completarse y fortalecerse
con los medios de sojuzgamiento de la Restauración.

Los campesinos, defraudados en todas sus esperanzas, oprimidos
más que nunca, de una parte, por el bajo nivel de los precios
de los cereales y, de otra parte, por la carga de las contribuciones
y por el endeudamiento hipotecario, cada vez mayores, comenzaron
a agitarse en los departamentos. Se les contestó con una
batida furiosa contra los maestros de escuela, que fueron sometidos
al prefecto, y con un sistema de espionaje, al que quedaron sometidos
todos. En París y en las grandes ciudades, la reacción
misma presenta la fisonomía de su época y provoca
más de lo que reprime. En el campo, se hace baja, vulgar,
mezquina, agobiante, vejatoria; en una palabra, el gendarme. Se
comprende hasta qué punto tres años de régimen
del gendarme, bendecido por el régimen del cura, tenía
que desmoralizar a las masas incultas.

Por grande que fuese la suma de pasión y declamación
que el partido del orden derrochase desde lo alto de la tribuna
de la Asamblea Nacional contra la minoría, sus discursos
eran monosilábicos, como los del cristiano, que ha de decir:
sí, sí; no, no. Monosilábicos en la tribuna
y monosilábicos en la prensa. Insulsos como los acertijos
cuya solución se sabe de antemano. Ya se trate del derecho
de petición o del impuesto sobre el vino, de la libertad
de prensa o de la libertad del comercio, de los clubes o del reglamento
municipal, de la protección de la libertad personal o de
la regulación del presupuesto del Estado, la consigna se
repite siempre, el tema es siempre el mismo, el fallo está
siempre preparado y reza invariablemente: «¡Socialismo»
Se presenta como socialista hasta el liberalismo burgués,
como socialista la ilustración burguesa, como socialista
la reforma financiera burguesa. Era socialista construir un ferrocarril
donde había ya un canal y socialista defenderse con el
palo cuando le atacaban a uno con la espada.

Y esto no era mera retórica, moda, táctica de partido.
La burguesía tenía la conciencia exacta de que todas
las armas forjadas por ella contra el feudalismo se volvían
contra ella misma, de que todos los medios de cultura alumbrados
por ella se rebelaban contra su propia civilización, de
que todos los dioses que había creado la abandonaban. Comprendía
que todas las llamadas libertades civiles y los organismos de
progreso atacaban y amenazaban, al mismo tiempo, en la base social
y en la cúspide política a su dominación
de clase, y por tanto se habían convertido en «socialistas».
En esta amenaza y en este ataque veía con razón
el secreto del socialismo, cuyo sentido y cuya tendencia juzgaba
ella más exactamente que se sabe juzgar a sí mismo
el llamado socialismo, el cual no puede comprender por ello cómo
la burguesía se cierra a cal y canto contra él,
ya gima sentimentalmente sobre los dolores de la humanidad, ya
anuncie cristianamente el reino milenario y la fraternidad universal,
ya chochee humanísticamente hablando de ingenio, cultura,
libertad o cavile doctrinalmente un sistema de conciliación
y bienestar de todas las clases sociales. Lo que no comprendía
la burguesía era la consecuencia de que su mismo régimen
parlamentario, de que dominación política
en general tenía que caer también bajo la condenación
general, como socialista. Mientras la dominación
de la clase burguesa no se hubiese organizado íntegramente,
no hubiese adquirido su verdadera expresión política,
no podía destacarse tampoco de un modo puro el antagonismo
de las otras clases, ni podía, allí donde se destacaba,
tomar el giro peligroso que convierte toda lucha contra el poder
del Estado en una lucha contra el capital. Cuando en cada manifestación
de vida de la sociedad veía un peligro para la «tranquilidad»,
¿cómo podía empeñarse en mantener a
la cabeza de la sociedad el régimen de la intranquilidad,
su propio régimen, el régimen parlamentario,
este régimen que, según la expresión de uno
de sus oradores, vive en la lucha y merced a la lucha? El régimen
parlamentario vive de la discusión, ¿cómo,
pues, va a prohibir que se discuta? Todo interés, toda
institución social se convierten aquí en ideas generales,
se ventilan bajo forma de ideas; ¿cómo, pues, algún
interés, alguna institución van a situarse por encima
del pensamiento e imponerse como artículo de fe? La lucha
de los oradores en la tribuna provoca la lucha de los plumíferos
de la prensa, el club de debates del parlamento se complementa
necesariamente con los clubes de debates de los salones y de las
tabernas, los representantes que apelan continuamente a la opinión
del pueblo autorizan a la opinión del pueblo para expresar
en peticiones su verdadera opinión. El régimen parlamentario
lo deja todo a la decisión de las mayorías; ¿cómo,
pues, no van a querer decidir las grandes mayorías fuera
del parlamento? Si los que están en las cimas del Estado
tocan el violín, ¿qué cosa más natural
sino que los que están abajo bailen?

Por tanto, cuando la burguesía excomulga como «socialista»
lo que antes ensalzaba como «liberal», confiesa
que su propio interés le ordena esquivar el peligro de
su Gobierno propio, que para poder imponer la tranquilidad
en el país tiene que imponérsela ante todo a su
parlamento burgués, que para mantener intacto su poder
social tiene que quebrantar su poder político; que los
individuos burgueses sólo pueden seguir explotando a otras
clases y disfrutando apaciblemente de la propiedad, la familia,
la religión y el orden bajo la condición de que
su clase sea condenada con las otras clases a la misma nulidad
política; que, para salvar la bolsa, hay que renunciar
a la corona, y que la espada que había de protegerla tiene
que pender al mismo tiempo sobre su propia cabeza como la espada
de Damocles.

En el campo de los intereses cívicos generales, la Asamblea
Nacional se mostró tan improductiva, que, por ejemplo,
los debates sobre el ferrocarril París-Aviñón,
comenzados en el invierno de 1850, no habían terminado
todavía el 2 de diciembre de 1851. Donde no se trataba
de oprimir, de actuar reaccionariamente, estaba condenada a una
esterilidad incurable.

Mientras el ministerio de Bonaparte tomaba en parte la iniciativa
de leyes en el espíritu del partido del orden, y en parte
exageraba todavía más su severidad en la ejecución
y manejo de las mismas, el propio Bonaparte intentaba, mediante
propuestas puerilmente necias, ganar popularidad, poner de manifiesto
su antagonismo con la Asamblea Nacional y apuntar al designio
secreto de abrir al pueblo francés sus tesoros ocultos,
designio cuya ejecución sólo impedían provisionalmente
las circunstancias. Así, la proposición de decretar
un aumento de cuatro sous diarios para los sueldos de los suboficiales.
Así la proposición de crear un Banco para conceder
créditos de honro a los obreros. Obtener dinero regalado
y prestado: he aquí la perspectiva con que esperaba que
las masas picasen el anzuelo. Regalar y recibir prestado: a eso
se limita la ciencia financiera del lumpemproletariado, lo mismo
del distinguido que del vulgar. A esto se limitaban los resortes
que Bonaparte sabía poner en movimiento. Jamás un
pretendiente ha especulado más simplemente sobre la simpleza
de las masas.

La Asamblea Nacional montó repetidas veces en cólera
ante estos intentos innegables de ganar popularidad a costa suya,
ante el peligro creciente de que este aventurero, al que espoleaban
las deudas y al que no contenía el temor de perder reputación
adquirida, osase un golpe desesperado. La desarmonía entre
el partido del orden y el presidente había adoptado ya
un carácter amenazador, cuando un acontecimiento inesperado
volvió a echarse a éste, arrepentido, en brazos
de aquél. Nos referimos a las elecciones parciales del
10 de marzo de 1850. Estas elecciones se celebraron para cubrir
los puestos de diputados que la prisión o el destierro
habían dejado vacantes después del 13 de junio.
París sólo eligió a candidatos socialdemócratas.
Concentró incluso la mayoría de los votos en un
insurrecto junio de 1848, en De Flotte. La pequeña burguesía
de París, aliada al proletariado, se vengaba así
de su derrota del 13 de junio de 1849. Parecía como si
sólo se hubiese retirado del campo de batalla en el momento
de peligro para volver a pisarlo, con un amasa mayor de fuerzas
combativas y con una consigna de guerra más audaz, al presentarse
la ocasión propicia. Una circunstancia parecía aumentar
el peligro de esta victoria electoral. El ejército votó
en París por el insurrecto de junio, contra La Hitte, un
ministro de Bonaparte, y en los departamentos votó en gran
parte por los «montañeses», que también
aquí, aunque no de un modo tan decisivo como en París,
afirmaron la supremacía sobre sus adversarios.

Bonaparte viose, de pronto, colocado otra vez frente a la revolución.
Lo mismo que el 29 de enero de 1849, lo mismo que el 13 de junio
de 1849, el 10 de marzo de 1850 desapareció detrás
del partido del orden. Se inclinó pidió pusilánimemente
perdón, se brindó a nombrar cualquier ministerio
que la mayoría parlamentaria ordenase, suplicó incluso
a los jefes de partido, orleanistas y legitimistas, a los Thiers,
a los Berryer, a los Broglie, a los Molé, en una palabra,
a los llamados «burgraves» a que empuñasen ellos
mismos el timón del Estado. El partido del orden no supo
aprovechar este momento único. En vez de tomar audazmente
el poder que le ofrecían no obligó siquiera a Bonaparte
a reponer el ministerio destituido el 1 de noviembre; se contentó
con humillarle mediante le perdón y con incorporar al ministerio
d'Hautpoul al señor Baroche. Este Baroche había
vomitado furia como acusador público, una vez contra los
revolucionarios del 15 de mayo y otra contra los demócratas
del 13 de junio, ante el Tribunal Supremo del Bourges, ambas veces
por atentado contra la Asamblea Nacional. Ninguno de los ministros
de Bonaparte había de contribuir más a desprestigiar
a la Asamblea Nacional, y después del 2 de diciembre de
1851 le volvemos a encontrar, bien instalado y espléndidamente
retribuido, de vicepresidente del Senado. Había escupido
en la sopa de los revolucionarios, para que luego se la comiese
Bonaparte.

Por su parte, el Partido Socialdemócrata sólo parecía
acechar pretextos para poner de nuevo en tela de juicio su propia
victoria y mellarla. Vidal, uno de los diputados recién
elegidos en París, había salido elegido también
por Estrasburgo. Le convencieron de que rechazase el acta de París
y optase por la de Estrasburgo. Por tanto, en vez de dar a su
victoria en el terreno electoral un carácter definitivo,
obligando con ello al partido del orden a discutírsela
inmediatamente en el parlamento; en vez de empujar así
al adversario a la lucha en el momento de entusiasmo popular y
aprovechando el estado de espíritu favorable del ejército,
el partido democrático aburrió a París durante
los meses de marzo y abril con una nueva campaña de agitación
electoral, dejó que las pasiones populares excitadas se
extenuasen en este nuevo juego de escrutinio provisional, que
la energía revolucionaria se saciase con éxitos
constitucionales, se gastase en pequeñas intrigas, hueras
declamaciones y movimientos aparentes, que la burguesía
se concentrase y tomase sus medidas, y, finalmente, que la significación
de las elecciones de marzo encontrase, en la votación parcial
de abril, con la elección de Eugenio Sue, un comentario
sentimental suavizador. En una palabra, le hizo el 10 de marzo
una broma de 1 de abril.

La mayoría parlamentaria comprendió la debilidad
de su adversario. Sus diecisiete burgraves -pues Bonaparte les
había entregado la dirección y la responsabilidad
del ataque- elaboraron una nueva ley electoral, cuyo proyecto
se confió al señor Faucher, quien recabó
para sí este honor. La ley fue presentada por él
el 8 de mayo,; en ella, se abolía el sufragio universal,
se imponía como condición que el elector llevase
tres años domiciliado en el punto electoral, y finalmente,
a los obreros se les condicionaba la prueba de este domicilio
al testimonio de su patrono.

Toda la excitación y toda la furia revolucionaria de los
demócratas durante la lucha constitucional de las elecciones
se convirtieron en prédicas constitucionales, recomendando,
ahora que se trataba de probar con las armas en la mano que aquellos
triunfos electorales habían ido en serio: orden, calma
mayestática (calme majestueux), actitud legal, es
decir, sumisión ciega a la voluntad de la contrarrevolución,
que se imponía insolentemente como ley. Durante el debate,
la Montaña avergonzó al partido del orden, haciendo
valer contra su pasión revolucionaria la actitud desapasionada
del hombre de bien que no se sale del terreno legal y fulminándole
con el espantoso reproche de que se comportaba revolucionariamente.
Hasta los diputados recién elegidos se esforzaron en demostrar,
con su actitud correcta y reflexiva, cuán ignorantes eran
quienes los denigraban como anarquistas e interpretaban su elección
como una victoria revolucionaria. El 31 de mayo fue aprobada la
nueva ley electoral. La Montaña se contentó con
meter de contrabando una protesta en el bolsillo del presidente.
A la ley electoral le siguió una nueva ley de prensa, con
la que quedaba suprimida de raíz toda la prensa diaria
revolucionaria. Era la suerte que se había merecido. El
National y La Presse -dos órganos burgueses-,
quedaron después de este diluvio como la avanzada más
extrema de la revolución.

Vimos que los jefes democráticos hicieron, durante los
meses de marzo y abril, todo lo posible por embrollar al pueblo
de París en una lucha ficticia y que después del
8 de mayo hicieron todo lo posible por contenerlo de la lucha
real. No debemos , además olvidar que el año 1850
fue uno de los años más brillantes de prosperidad
industrial y comercial, y que, por tanto, el proletariado de París
tenía trabajo en su totalidad. Pero la ley electoral del
31 de mayo de 1850 le apartaba de toda intervención en
el poder político. Lo aislaba hasta del propio campo de
la lucha. Volvía a precipitar a los obreros a la situación
de parias en que vivían antes de la revolución de
febrero. Al dejarse guiar por los demócratas frente a este
acontecimiento y al olvidar el interés revolucionario de
su clase ante un bienestar momentáneo, renunciaron al honor
de ser una potencia conquistadora, se sometieron a su suerte,
demostraron que la derrota de junio de 1848 los había incapacitado
para luchar durante muchos años y que, por el momento,
el proceso histórico tenía que pasar de nuevo sobre
sus cabezas. En cuanto a la democracia pequeñoburguesa,
que el 13 de junio había gritado: «¡Ah, pero
si tocan al sufragio universal, ah, entonces!», se consolaba
ahora pensando que el golpe contrarrevolucionario que se había
descargado sobre ella no era tal golpe y que la ley del 31 de
mayo no era tal ley. El segundo domingo de mayo de 1852, todo
francés comparecerá en el palenque electoral, empuñando
en una mano la papeleta de voto y en la otra la espada. Esta profecía
le servía de satisfacción. Finalmente, el ejército
volvió a ser castigado pro sus superiores por las elecciones
de marzo y abril de 1850, como lo había sido por las del
28 de mayo de 1849. Pero esta vez se dijo resueltamente: «¡La
revolución no nos engañará por tercera vez!»

La ley del 31 de mayo de 1850 era el coup d'état
de la burguesía. Todas sus victorias anteriores sobre la
revolución tenían un carácter meramente provisional.
Tan pronto como la Asamblea Nacional en funciones se retiraba
de la escena, comenzaban a ser dudosas. Dependían del azar
de unas nuevas elecciones generales, y la historia de las elecciones
desde 1848 probaba irrefutablemente que en la misma proporción
en que se desarrollaba el poder efectivo de la burguesía,
ésta iba perdiendo su poder moral sobre las masas del pueblo.
El 10 de marzo, el sufragio universal se pronunció directamente
en contra de la dominación de la burguesía; la burguesía
contestó proscribiendo el sufragio universal. La ley del
31 de mayo era, pues, una de las necesidades impuestas por la
lucha de clases. Por otra parte, la Constitución exigía,
para que la elección del presidente de la República
fuese válida, un mínimo de dos millones de votos.
Si ninguno de los candidatos a la presidencia obtenía esta
votación mínima, la Asamblea Nacional debería
elegir al presidente entre los tres candidatos que obtuviesen
más votos. Cuando la Constituyente dictó esta ley,
había en el censo electoral diez millones de electores.
Es decir, que a juicio de ella bastaba con los votos de una quinta
parte del censo para que la elección del presidente fuese
válida. La ley del 31 de mayo suprimió del censo
electoral, por lo menos, tres millones de electores, redujo el
número de éstos a siete millones y mantuvo, no obstante,
la cifra mínima de dos millones para la elección
del presidente. Por tanto, elevó el mínimo legal
de una quinta parte a casi un tercio del censo; es decir, hizo
todo lo posible por escamotear la elección del presidente
de manos del pueblo, entregándola a manos de la Asamblea
Nacional. Por donde el partido del orden parecía haber
consolidado doblemente su dominación con la ley de 31 de
mayo, al entregar la elección de la Asamblea Nacional y
la del presidente de la República al arbitrio de la parte
más estacionaria de la sociedad.

Capítulo V

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Karl MARX

EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE

## Capítulo V

Después de superarse la crisis revolucionaria y abolirse
el sufragio universal, estalló inmediatamente una nueva
lucha entre la Asamblea Nacional y Bonaparte.

La Constitución había fijado el sueldo de Bonaparte
en 600.000 francos. No había pasado medio año desde
su instalación, cuando consiguió elevar esta suma
al doble. Odilon Barrot arrancó a la Asamblea Constituyente
un suplemento anual de 600.000 francos para los llamados gastos
de representación. Después del 13 de junio. Bonaparte
había expresado otra demanda igual, sin que esta vez Barrot
le escuchase. Ahora, después del 31 de mayo, se aprovechó
inmediatamente del momento favorable e hizo que sus ministros
propusiesen a la Asamblea Nacional una lista civil de tres millones.
Una larga y aventurera vida de vagabundo les había dotado
de los tentáculos más perfectos para tantear los
momentos de la debilidad en que podía sacar dinero a sus
burgueses. Era un chantaje en toda regla. La Asamblea Nacional
había deshonrado la soberanía del pueblo con su
ayuda y su connivencia. La amenazó con denunciar su delito
ante el tribunal del pueblo si no aflojaba la bolsa y compraba
su silencio con tres millones al año. La Asamblea Nacional
había robado el voto a tres millones de franceses. Bonaparte
exigía por cada francés políticamente desvalorizado
un franco en moneda circulante, lo que hacía un total exacto
de tres millones de francos. El elegido por seis millones de electores
reclama una indemnización por los votos que le han estafado
de su elección. La comisión de la Asamblea Nacional
rechazó al importuno. La prensa bonapartista amenazó.
¿Podía la Asamblea Nacional romper con el presidente
de la República, en un momento en que había roto
fundamental y definitivamente con la masa de la nación?
Por eso, aun denegando la lista civil anual, concedió por
una sola vez un suplemento de 2.160.000 francos. Con ello, hacíase
reo de una doble debilidad: la de conceder el dinero y la de revelar
al mismo tiempo, con su irritación, que le concedía
de mala gana. Más adelante veremos para qué necesitaba
Bonaparte este dinero. Tras este molesto epílogo que siguió
a la supresión del sufragio universal, pisándole
los talones, y en el que Bonaparte cambió la humilde actitud
que adoptara durante la crisis de marzo y abril por un retador
cinismo frente al parlamento usurpador, la Asamblea Nacional suspendió
sus sesiones por tres meses, desde el 11 de agosto hasta el 11
de noviembre. Dejó en su lugar una comisión permanente
de 28 miembros, en la que no entraba ningún bonapartista,
pero sí en cambio algunos republicanos moderados. En la
comisión permanente de 1849 no había más
que hombres de orden y bonapartistas. Pero entonces el partido
del orden se declaraba permanentemente en contra de la revolución.
Ahora, la república parlamentaria se declaraba permanentemente
en contra del presidente. Después de la ley del 31 de mayo,
el partido del orden ya no tenía enfrente más que
este rival.

Cuando la Asamblea Nacional volvió a reunirse en noviembre
de 1850, parecía inevitable que estallase, en vez de sus
escaramuzas anteriores con el presidente, una gran lucha implacable,
una lucha a vida o muerte entre dos poderes.

Lo mismo que en 1849, durante las vacaciones parlamentarias de
este año, el partido del orden se había dispersado
en sus distintas fracciones, cada cual ocupada con sus propias
intrigas restauradoras, a los que la muerte de Luis Felipe daba
nuevo pábulo. El rey de los legitimistas, Enrique V, había
llegado incluso a nombrar un ministerio formal, que residía
en París y del que formaban parte miembros de la comisión
permanente, Bonaparte quedaba, pues, autorizado para emprender
a su vez giras por los departamentos franceses y dejar escapar,
recatada o abiertamente, según el estado de ánimo
de la ciudad a la que regalaba con su presencia, sus propios planes
de restauración, reclutando votos para sí. En estas
giras, que el gran Moniteur oficial y los pequeños
«monitores» privados de Bonaparte, tenían, naturalmente,
que celebrar como cruzadas triunfales, le acompañaban constantemente
afiliados de la Sociedad del 10 de Diciembre. Esta sociedad
data del año 1849. Bajo el pretexto de crear una sociedad
de beneficencia, se organizó al lumpemproletariado de París
en secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes
bonapartistas y en general bonapartista a la cabeza de todas.
Junto a roués arruinados, con equívocos medios
de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos
degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos,
licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras,
timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores,
alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos,
organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una
palabra, toda es masa informe, difusa y errante que los franceses
llaman la bohème: con estos elementos, tan afines
a él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del
10 de Diciembre, «Sociedad de beneficencia» en cuanto
que todos sus componentes sentían, al igual que Bonaparte,
la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora.
Este Bonaparte, que se erige en jefe del lumpemproletariado,
que sólo en éste encuentra reproducidos en masa
los intereses, que él personalmente persigue, que reconoce
en esta hez, desecho y escoria de todas las clases, la única
clase en la que puede apoyarse sin reservas, es el auténtico
Bonaparte, el Bonaparte sans phrase. Viejo roué
ladino, concibe la vida histórica de los pueblos y los
grandes actos de Gobierno y de Estado como una comedia, en el
sentido más vulgar de la palabra, como una mascarada, en
que los grandes disfraces y los frases y gestos no son más
que la careta para ocultar lo más mezquino y miserable.
Así, en su expedición a Estrasburgo, el buitre suizo
amaestrado desempeñó el papel de águila napoleónica.
Para su incursión en Boulogne, embute a unos cuantos lacayos
de Londres en uniformes franceses. Ellos representan el ejército.
En su Sociedad del 10 de Diciembre, reunió a 10.000 miserables
del lumpen, que habían de representar al pueblo, como Nick
Bottom representaba el león. En un momento en que la misma
burguesía representaba la comedia más completa,
pero con la mayor seriedad del mundo, sin faltar a ninguna de
las pedantescas condiciones de la etiqueta dramática francesa,
y ella misma obraba a medias engañada y a medias convencida
de la solemnidad de sus acciones y representaciones dramáticas,
tenía que vencer por fuerza el aventurero que tomase lisa
y llanamente la comedia como tal comedia. Sólo después
de eliminar a su solemne adversario, cuando él mismo toma
en serio su papel imperial y cree representar, con su careta napoleónica,
al auténtico Napoleón, sólo entonces es víctima
de su propia concepción del mundo, el payaso serio que
ya no toma a la historia universal por una comedia, sino su comedia
por la historia universal. Lo que para los obreros socialistas
habían sido los talleres nacionales y para los republicanos
burgueses los gardes mobiles, era para Bonaparte la Sociedad
del 10 de Diciembre: la fuerza combativa de partido propia de
él. Las secciones de esa sociedad, enviadas por grupos
a las estaciones debían improvisarle en sus viajes un público,
representar el entusiasmo popular, gritar Vive l'Empereur!,
insultar y apalear a los republicanos, naturalmente bajo la protección
de la policía. En sus viajes de regreso a París,
debían formar la vanguardia, adelantarse a las contramanifestaciones
o dispersarlas. La Sociedad del 10 de Diciembre le pertenecía
a él, era su obra, su idea más primitiva.
Todo lo demás de que se apropia se lo da la fuerza de las
circunstancias, en todos sus hechos actúan por él
las circunstancias o se limita a copiarlo de los hechos de otros;
pero Bonaparte que se presenta en público, ante los ciudadanos,
con las frases oficiales del orden, la religión, la familia,
la propiedad, y detrás de él la sociedad secreta
de los Schuftele y los Spielberg, la sociedad del desorden, la
prostitución y el robo, es el propio Bonaparte como autor
original, y la historia de la Sociedad del 10 de Diciembre es
su propia historia. Se había dado el caso de que representantes
del pueblo pertenecientes al partido del orden habían sido
apaleados por los decembristas. Más aún. El comisario
de policía, Yon, adscrito a la Asamblea Nacional y encargado
de la vigilancia de su seguridad, denunció a la comisión
permanente, basándose en el testimonio de un tal Alais,
que una sección de decembristas había acordado asesinar
al general Changarnier y a Dupin, presidente de la Asamblea Nacional,
estando ya elegidos los individuos encargados de ejecutar este
acuerdo. Se comprenderá el terror del señor Dupin.
Parecía inevitable una investigación parlamentaria
sobre la Sociedad del 10 de Diciembre, es decir, la profanación
del mundo secreto bonapartista. Por eso, precisamente, Bonaparte
disolvió prudentemente su sociedad, claro está que
sólo sobre el papel, pues todavía a fines de 1851,
el prefecto de policía Carlier, en una extensa memoria,
intentaba en vano moverle a disolver realmente a los decembristas.

La Sociedad del 10 de Diciembre había de seguir siendo
el ejército privado de Bonaparte mientras éste no
consigue convertir el ejército público en una Sociedad
del 10 de Diciembre. Bonaparte hizo la primera tentativa encaminada
a esto poco después de suspenderse las sesiones de la Asamblea
Nacional, y la hizo con el dinero que acababa de arrancarle a
ésta. Como fatalista que es, abriga la convicción
de que hay ciertos poderes superiores, a los que el hombre y sobre
todo el soldado no se puede resistir. Entre estos poderes incluye,
en primer término, los cigarros y el champagne, las aves
frías y el salchichón adobado con ajo. Por eso,
en los salones del Elíseo, empieza obsequiando a los oficiales
y suboficiales con cigarros y champagne, aves frías y salchichón
adobado con ajo. El 3 de octubre repite esta maniobra con las
masas de tropa en la revista de St. Maur, y el 10 de octubre vuelve
a repetirla en una escala todavía mayor en la revista militar
de Story. El tío se acordaba de las campañas de
Alejandro en Asia, el sobrino se acuerda de las cruzadas triunfales
de Baco en las mismas tierras. Alejandro era, ciertamente, un
semidiós, pero Baco un dios completo. Y, además,
el dios tutelar de la Sociedad del 10 de Diciembre.

Después de la revista del 3 de octubre, la comisión
permanente llamó a comparecer ante ella al ministro de
la Guerra d'Hautpoul. Éste prometió que no volverían
a repetirse aquellas infracciones de la disciplina. Sabido es
cómo Bonaparte cumplió el 10 de octubre la palabra
dada por d'Hautpoul. En ambas revistas había llevado el
mando Changarnier, como comandante en jefe del ejército
de París. Changarnier, que era a la vez miembro de la comisión
permanente, jefe de la Guardia Nacional, el «salvador»
del 29 de enero y del 13 de junio, el «baluarte de la sociedad»,
candidato del partido del orden para la dignidad presidencial,
el presunto Monk de dos monarquías, no se había
reconocido jamás hasta entonces subordinado al ministro
de la Guerra., se había burlado siempre abiertamente de
la Constitución republicana y había perseguido a
Bonaparte con una arrogante protección equívoca.
Ahora, se desvivía pro la disciplina contra el ministro
de la Guerra y por la Constitución contra Bonaparte. Mientras
que el 10 de octubre una parte de la caballería dejó
oír el grito de Vive Napoléon! Vivent les saucissons!
Changarnier hizo que por lo menos la infantería, que desfilaba
al mando de su amigo Neumayer, guardase un silencio glacial. Como
castigo, el ministro de la Guerra, acuciado por Bonaparte, relevó
al general Neumayer de su puesto en París con el pretexto
de entregarle el alto mando de la 14ª y la 15ª divisiones.
Neumayer rehusó este cambio de destino y viose obligado
así a pedir el retiro. Por su parte, Changarnier publicó
el 2 de noviembre una orden de plaza en la que prohibía
a las tropas gritos ni ninguna clase de manifestaciones políticas
estando bajo las armas. Los periódicos elíseos atacaron
a Changarnier; los periódicos del partido del orden, a
Bonaparte; la comisión permanente celebraba una sesión
secreta tras otra, en las que se presentaba reiteradamente la
proposición de declarar a la patria en peligro; el ejército
parecía estar dividido en dos campos enemigos, con dos
Estados Mayores enemigos, uno en el Elíseo, donde moraba
Bonaparte, y otro en las Tullerías, donde moraba Changarnier.
Sólo parecía faltar la reanudación de las
sesiones de la Asamblea Nacional para que sonase la señal
de la lucha. Al público francés la reanudación
de las sesiones de la Asamblea Nacional para que sonase la señal
de la lucha. Al público francés estos razonamientos
entre Bonaparte y Changarnier le merecían el mismo juicio
que aquel periodista inglés que los caracterizó
en las siguientes palabras:

«Las criadas políticas de Francia barren la ardiente
lava de la revolución con las viejas escobas, y se tiran
del moño mientras ejecutan su faena.»

Entretanto, Bonaparte se apresuró a destituir al ministro
de la Guerra, d'Hautpoul, expidiéndolo precipitadamente
a Argelia y nombrando para sustituirle en la cartera de ministro
de la Guerra al general Schramm. El 12 de noviembre mandó
a la Asamblea Nacional un mensaje de prolijidad norteamericana,
recargado de detalles, oliendo a orden, ávido de reconciliación,
lleno de resignación constitucional, en el que se trataba
de todo lo divino y lo humano menos de las questions brûlantes
del momento. Como de pasada, dejaba caer las palabras que, con
arreglo a las normas expresas de la Constitución, el presidente
disponía por sí solo del ejército. El mensaje
terminaba con estas palabras altisonantes:

«Francia exige ante todo tranquilidad... Soy el único
ligado por un juramento, y me mantendré dentro de los estrictos
límites que me traza... Por lo que a mí se refiere,
elegido por el pueblo y no debiendo más que a éste
mi poder, me someteré siempre a su voluntad legalmente
expresada. Si en este período de sesiones acordáis
la revisión constitucional, una Asamblea Constituyente
reglamentará la posición del poder ejecutivo. En
otro caso, el pueblo declarará solemnemente su decisión
en 1852. Pero, cualesquiera que sean las soluciones del porvenir,
lleguemos a una inteligencia, para que jamás la pasión,
la sorpresa o la violencia decidan la suerte de una gran nación...
Lo que sobre todo me preocupa no es saber quién va a gobernar
a Francia en 1852, sino emplear el tiempo de que dispongo de modo
que el período restante pase sin agitación y sin
perturbaciones. Os he abierto sinceramente mi corazón,
contestad vosotros a mi franqueza con vuestra confianza, a mi
buen deseo con vuestra colaboración, y Dios se encargará
del resto.»

El lenguaje honesto, hipócritamente moderado, virtuosamente
lleno de lugares comunes de la burguesía, descubre su más
profundo sentido en labios del autócrata de la Sociedad
del 10 de Diciembre y del héroe de merienda de St. Maur
y Satory.

Los burgraves del partido del orden no se dejaron engañar
ni un solo instante en cuanto al crédito que se podía
dar a esa efusión cordial. Acerca de los juramentos estaban
ya desde hacía mucho tiempo al cabo de la calle; entre
ellos había veteranos, virtuosos del perjurio político,
y el pasaje delicado al ejército no se les pasó
desapercibido. Observaron con desagrado que, en la prolija e interminable
enumeración de las leyes recientemente promulgadas, el
mensaje guardaba un silencio afectado acerca de la más
importante de todas, la ley electoral, y más aún,
que en caso de no revisión constitucional se dejaba al
arbitrio del pueblo, para 1852, la elección del presidente.
La ley electoral era el grillete atado a los pies del partido
del orden, que el impedía andar, y no digamos lanzarse
al asalto. Además, con la disolución de oficio de
la Sociedad del 10 de Diciembre y la destitución del ministro
de la Guerra, d'Hautpoul, Bonaparte había sacrificado
por su propia mano en el altar de la patria a las víctimas
propiciatorias. Quitó la espina al choque que se esperaba.
Finalmente, el mismo partido del orden procuró rehuir,
atenuar, disimular temerosamente todo conflicto decisivo con el
poder ejecutivo. Por miedo a perder las conquistas hechas contra
la revolución dejó que su rival cosechase los frutos
de ellas. «Francia exige ante todo tranquilidad». Así
le venía gritando desde febrero el partido del orden a
la revolución, así le gritaba al partido del orden
el mensaje de Bonaparte. «Francia exige ante todo tranquilidad.»
Bonaparte cometía actos encaminados a la usurpación,
pero el partido del orden provocaba «agitación»
si armaba ruido en torno a estos actos y los interpretaba de un
modo hipocondriaco. Los salchichones de Satory no despegaban los
labios si nadie hablaba de ellos. «Francia exige ante todo
tranquilidad». Es decir, Bonaparte exigía que se le
dejase hacer tranquilamente lo que quería, y el partido
parlamentario sentíase paralizado por un doble temor; por
el temor de provocar la agitación revolucionaria y por
el temor de aparecer como el perturbador de la tranquilidad a
los ojos de su propia clase, a los ojos de la burguesía.
Por tanto, Francia exigía ante todo tranquilidad, el partido
del orden no se atrevió, después de que Bonaparte,
en su mensaje, había hablado de «paz», a contestar
con «guerra». El público, que ya se relamía
pensando en las grandes escenas de escándalo que se iban
a producir al reanudarse las sesiones de la Asamblea Nacional,
viose defraudado en sus esperanzas. Los diputados de la oposición
que exigían que se presentasen las actas de la comisión
permanente acerca de los acontecimientos de octubre fueron arrollados
por los votos de la mayoría. Se rehuyeron por principio
todos los debates que pudieran excitar los ánimos. Los
trabajos de la Asamblea nacional durante los meses de noviembre
y diciembre de 1850 carecieron de interés.

Por último, hacia fines de diciembre, comenzó una
guerra de guerrillas en torno a unas u otras prerrogativas del
parlamento. El movimiento se sumió en minucias alrededor
de las prerrogativas de ambos poderes, después que la burguesía,
con la abolición del sufragio universal, se hubo desembarazado
por el momento de la lucha de clases.

Se había ejecutado contra Mauguin, uno de los representantes
de la nación, una sentencia judicial por deudas. A instancia
del presidente del Tribunal, el ministro de Justicia, Rouher,
declaró que podía citarse sin más trámites
mandado de arresto contra el deudor. Maugin fue recluido, pues,
en la cárcel de deudores. Al conocer el atentado, la Asamblea
Nacional montó en cólera. No sólo ordenó
que el preso fuese inmediatamente puesto en libertad, sino que
aquella misma tarde mandó a su greffier a que le
sacase por la fuerza de Clichy. Sin embargo, para testimoniar
su fe en la santidad de la propiedad privada y con la segunda
intención de abrir, en caso de necesidad, un asilo para
«montañeses» molestos, declaró valida
la prisión por deudas de representantes del pueblo, previa
autorización de la Asamblea Nacional. Se olvidó
de decretar que también se podría meter en la cárcel
por deudas al presidente de la República. Destruyó
la última apariencia de inviolabilidad que rodeaba a los
miembros de su propia corporación.

Recuérdese que el comisario de policía, Yon, había
denunciado, basándose en el testimonio de un tal Alais,
los planes de asesinato de Dupin y Changarnier, por una sección
de decembristas. Ya en la primera sesión los cuestores
presentaron en relación con esto la propuesta de crear
una policía parlamentaria propia, pagada del presupuesto
privado de la Asamblea Nacional e independiente en absoluto del
prefecto de policía. El ministro del Interior, Baroche,
protestó contra esta injerencia en sus atribuciones. En
vista de esto se llegó a una mísera transacción,
según la cual el comisario de policía de la Asamblea
sería pagado de su presupuesto privado y nombrado y destituido
por sus cuestores, pero previo acuerdo con el ministro del Interior.
Entretanto, Alais había sido entregado por el Gobierno
a los tribunales, y no fue difícil presentar sus declaraciones
como falsas y proyectar, por boca del fiscal, un resplandor de
ridículo sobre Dupin, Changarnier, Yon y toda la Asamblea
Nacional. Ahora, el 29 de diciembre, el ministro Baroche escribe
una carta a Dupin exigiendo la destitución de Yon. La Mesa
de la Asamblea Nacional, asustada de la violencia con que había
procedido en el asunto Mauguin y acostumbrada a que el poder ejecutivo
le devolviera dos golpes pro cada uno que ella le asestaba, no
sanciona el acuerdo. Destituye a Yon en recompensa por el celo
con que le había servido y se despoja de una prerrogativa
parlamentaria inexcusable contra un hombre que no decide por la
noche para ejecutar por el día, sino que decide por el
día y ejecuta por la noche.

Hemos visto que la Asamblea Nacional, durante los meses de noviembre
y diciembre, rehuyó, ahogó, en grandes y decisivas
ocasiones, la lucha contra el poder ejecutivo. Ahora la vemos
obligada a aceptar esta lucha por los motivos más mezquinos.
En el asunto Mauguin, confirma en principio la prisión
por deudas de los representantes de la nación, pero se
reserva la posibilidad de aplicarla solamente a los representantes
que no le sean gratos, y regatea por este infame privilegio con
el ministro de Justicia. En vez de aprovecharse del supuesto plan
de asesinato para abrir una investigación sobre la Sociedad
del 10 de Diciembre y desenmascarar irremisiblemente a Bonaparte
ante Francia y ante Europa, presentándolo en su verdadera
faz, como la cabeza del lumpemproletariado de París, deja
que la colisión descienda a un punto en que ya lo único
que se ventila entre ella y el ministro de Interior es quién
tiene competencia para nombrar y separar a un comisario de la
policía. Así, vemos al partido del orden, durante
todo este período, obligado por su posición equívoca,
a convertir su lucha contra el poder ejecutivo en mezquinas discordias
de competencias, minucias, leguleyerías, litigios de lindes,
y a tomar como contenido de sus actividades las más insípidas
cuestiones de forma. No se atreve a afrontar el choque en el momento
en que éste tiene una significación de principio,
en que el poder ejecutivo se ha comprometido realmente y en que
la causa de la Asamblea Nacional sería la causa de toda
la nación. Con ello daría a la nación una
orden de marcha, y nada teme tanto como el que la nación
se mueva. Por eso, en estas ocasiones, desecha las proposiciones
de la Montaña y pasa al orden del día. Después
de abandonarse así la cuestión litigiosa en sus
grandes dimensiones, el poder ejecutivo espera tranquilamente
el momento en que pueda volver a plantearla por motivos fútiles
e insignificantes, allí donde sólo ofrezca, por
decirlo así, un interés parlamentario puramente
local. Y entonces estalla la ira contenida del partido del orden,
entonces rasga el telón que oculta los bastidores, entonces
denuncia al presidente, entonces declara a la república
en peligro; pero entonces su patetismo pierde también todos
sabor y el motivo de la lucha aparece como un pretexto hipócrita
e indigno de ser tomado en cuenta. La tempestad parlamentaria
se convierte en una tempestad en un vaso de agua, la lucha en
intriga, el choque en escándalo. Mientras la malignidad
de las clases revolucionarias se ceba en la humillación
de la Asamblea Nacional, pues estas clases se entusiasman por
las prerrogativas parlamentarias de aquélla tanto como
ella por las libertades públicas, la burguesía fuera
del parlamento no comprende cómo la burguesía de
dentro del parlamento puede derrochar el tiempo en tan mezquinas
querellas y comprometer la tranquilidad con tan míseras
rivalidades con el presidente. La mete en confusión una
estrategia que sella la paz en los momentos en que todo el mundo
espera batallas y ataca en los momentos en que todo el mundo cree
que ha sellado la paz.

El 20 de diciembre, Pascal Duprat interpeló al ministro
del Interior sobre la lotería de los lingotes de oro. Esta
lotería era una «hija del Elíseo». Bonaparte
la había traído al mundo con sus leales, y el prefecto
de policía Carlier la había tomado bajo la protección
oficial, a pesar de que la ley en Francia prohibe toda clase de
loterías, fuera de los sorteos hechos para fines de beneficencia.
Siete millones de billetes por valor de un franco cada uno, y
la ganancia destinada, al parecer, a embarcar a vagabundos de
París para California. De una parte se quería que
los sueños dorados desplazasen a los sueños socialistas
del proletariado parisino, la tentadora perspectiva del premio
gordo desplazase el derecho doctrinario al trabajo. Naturalmente,
los obreros de París no reconocieron en el brillo de los
lingotes de oro de California los opacos francos que les habían
sacado del bolsillo con engaños. Pero, en lo fundamental,
tratábase de una estafa directa. Los vagabundos que querían
encontrar minas de oro californianas sin moverse de París,
eran el propio Bonaparte y los caballeros comidos de deudas que
formaban su Tabla redonda. Los tres millones concedidos por la
Asamblea Nacional se los habían gastado ya alegremente,
y había que volver a llenar la caja como fuese. En vano
había abierto Bonaparte una suscripción nacional
para construir las llamadas cités ouvrières,
a cuya cabeza figura él mismo, con una suma considerable.
Los burgueses, duros de corazón, aguardaron a que desembolsase
el capital suscrito, y como, naturalmente, el desembolso no se
efectuó, la especulación sobre aquellos castillos
socialistas en el aire se vino chabacanamente a tierra. Los lingotes
de oro dieron mejor resultado. Bonaparte y consortes no se contentaron
con embolsarse una parte del remanente de los siete millones que
quedaba después de cubrir el valor de las barras sorteadas,
sino que fabricaron diez, quince y hasta veinte billetes falsos
del mismo número. ¡Operaciones financieras en el espíritu
de la Sociedad del 10 de Diciembre! Aquí la Asamblea Nacional
no tenía enfrente al ficticio presidente de la República,
sino al Bonaparte de carne y hueso. Aquí, podía
coger in fraganti, transgrediendo no ya la Constitución,
sino el Code pénal. Si ante la interpelación
de Duprat la Asamblea pasó al orden del día, no
fue solamente porque la enmienda de Girardin de declararse satisfait
traía a la memoria del partido del orden su corrupción
sistemática. El burgués, y sobre todo el burgués
hinchado en estadista, completa su vileza práctica con
su grandilocuencia teórica. Como estadista, se convierte,
al igual que el poder del Estado que tiene enfrente, en un ser
superior, al que sólo se le puede combatir de un modo superior,
solemne.

Bonaparte, que precisamente como bohémien, como
lumpemproletariado principesco, le llevaba al truhán burgués
la ventaja de que podía librar la lucha con medios rastreros,
vio ahora, después de que la propia Asamblea le había
ayudado a cruzar, llevándole de la mano, el suelo resbaladizo
de los banquetes militares, de las revistas, de la Sociedad del
10 de Diciembre y, por último, del Code pénal,
llegado el momento en que podía pasar de la aparente defensiva
a la ofensiva. Las pequeñas derrotas del ministro de Marina,
del ministro de Hacienda, que se le atravesaban en el camino y
con las que la Asamblea Nacional hacía manifiesto su descontento
gruñón, no le molestaban gran cosa. No sólo
impidió que los ministros dimitiesen, reconociendo con
ello la subordinación del poder ejecutivo al parlamento,
sino que ahora puedo llevar ya a efecto la obra que había
comenzado durante las vacaciones de la Asamblea Nacional; desgajar
del parlamento el poder militar, destituir a Changarnier.

Un periódico elíseo publicó una orden de
plaza, dirigida, durante el mes de mayo, al parecer, a la primera
división del ejército y procedente, pro tanto, Changarnier,
en la que se recomendaba a los oficiales, en caso de sublevación,
no dar cuartel a los traidores dentro de sus propias filas, fusilarlos
inmediatamente y rehusar a la Asamblea Nacional las tropas, si
ésta llegaba a requerirlas. El 3 de enero de 1851 se interpeló
al Gobierno acerca de esta orden de plaza. Para examinar este
asunto pidieron tres meses, luego una semana y por último
sólo veinticuatro horas de reflexión. La Asamblea
insiste en que se dé una explicación inmediata.
Changarnier se levanta y aclara que aquella orden de plaza jamás
ha existido. Añade que se apresurará en todo momento
a atender los requerimientos de la Asamblea Nacional y que, en
caso de colisión, ésta podrá contar con él.
La Asamblea acoge su declaración con indescriptibles aplausos
y le concede un voto de confianza. La Asamblea Nacional resigna
sus poderes, decreta su propia impotencia y la omnipotencia del
ejército, al colocarse bajo la protección privada
de un general; pero el general se equivoca, poniendo a disposición
de la Asamblea, contra Bonaparte, un poder que sólo tienen
en precario del propio Bonaparte y esperando, a su vez, protección
de este parlamento, de su protegido, necesitado él mismo
de protección. Pero Changarnier cree en el poder misterioso
de que la burguesía le ha dotado desde el 29 de enero de
1849. Se considera como el tercer poder al lado de los otros dos
poderes del Estado. Comparte la suerte de los demás héroes,
o, mejor dicho, santos de esta época, cuya grandeza consiste
precisamente en la gran opinión interesada que sus partidos
se forman de ellos y que quedan reducidos a figuras mediocres
tan pronto como las circunstancias los invitan a hacer milagros.
El descreimiento es siempre el enemigo mortal de estos héroes
supuestos y santos reales. De aquí su noble indignación
moral contra los bromistas y burlones carentes de entusiasmo.

Aquella misma noche fueron llamados los ministros al Elíseo.
Bonaparte acucia para que sea destituido Changarnier, cinco ministros
se niegan a firmar la destitución, el Moniteur anuncia
una crisis ministerial y la prensa del orden amenaza con la formación
de un ejército parlamentario bajo el mando de Changarnier.
El partido del orden tenía atribuciones constitucionales
para dar este paso. Le bastaba con nombrar a Changarnier presidente
de la Asamblea Nacional y requerir cualquier cantidad de tropas
para velar por su seguridad. Podía hacerlo con tanta más
seguridad cuanto que Changarnier se hallaba todavía realmente
al frente del ejército y de la Guardia nacional de París
y sólo acechaba el momento de ser requerido en unión
del ejército. La prensa bonapartista no se atrevía
siquiera a poner en tela de juicio el derecho de la Asamblea Nacional
a requerir directamente las tropas, escrúpulo jurídico
que en aquellas circunstancias no auguraba ningún éxito.
Y, si se tiene en cuenta que Bonaparte tuvo que buscar en todo
París durante ocho días para encontrar por fin a
dos generales -Baraguay d'Hilliers y Saint-Jean d'Angely-, que
se declararan dispuestos a refrendar la destitución de
Changarnier, parece lo más verosímil que el ejército
hubiese respondido a la orden de la Asamblea Nacional. En cambio,
es más que dudoso que el partido que el partido del orden
hubiera encontrado en sus propias filas y en el parlamento el
número de votos necesario para este acuerdo si se advierte
que ocho días después se separaron de él
286 votos y que la Montaña rechazó una propuesta
semejante, incluso en diciembre de 1851, en la hora final de la
decisión.

No obstante, quizá, los burgraves hubiesen conseguido todavía
arrastrar a l amasa de su partido a un heroísmo que consistía
en sentirse seguros detrás de un bosque de bayonetas y
en aceptar los servicios de un ejército que había
desertado a su campo. En vez de hacer esto, los señores
burgraves se trasladaron al Elíseo en la noche del 6 de
enero para hacer desistir a Bonaparte, mediante giros y reparos
de ingeniosos estadistas, de la destitución de Changarnier.
Cuando se trata de convencer a alguien, es porque se le reconoce
como el dueño de la situación. Bonaparte, asegurado
por este paso, nombra el 12 de enero un nuevo ministro, en el
que continúan los jefes del antiguo, Fould y Baroche. Saint-Jean
d'Angely es nombrado ministro de la Guerra, el Moniteur publica
el decreto de destitución de Changarnier, y su mando se
divide entre Baraguay d'Hilliers, al que se le asigna la primera
división, y Perrot, que se hace cargo de la Guardia Nacional.
Se le da el pasaporte al baluarte de la sociedad, y si ninguna
piedra cae de los tejados, suben en cambio las cotizaciones de
la Bolsa.

El partido del orden, dando una repulsa al ejército, que
se pone a su disposición en la persona de Changarnier,
y entregándoselo así de modo irrevocable al presidente,
declara que la burguesía ha perdido la vocación
de gobernar. Ya no existía un Gobierno parlamentario. Al
perder el asidero del ejército y de la Guardia Nacional,
¿qué medio de fuerza le quedaba para afirmar a un
mismo tiempo el poder usurpado del parlamento sobre el pueblo
y su poder usurpado del parlamento sobre el pueblo y su poder
constitucional contra el presidente? Ninguno. Sólo le quedaba
la apelación a estos principios inermes que él mismo
había interpretado siempre como meras reglas generales
y que se prescribían a otros para poder uno moverse con
mayor libertad. Con la destitución de Changarnier y la
entrega del poder militar a Bonaparte, termina la primera parte
del período que estamos examinando, el período de
la lucha entre el partido del orden y el poder ejecutivo. La guerra
entre ambos poderes se declara ahora abiertamente, se libra abiertamente,
pero cuando ya el partido del orden ha perdido sus armas y soldados.
Sin ministerio, sin ejército, sin pueblo, sin opinión
pública, sin ser ya, desde su ley electoral de 31 de mayo,
representante de la nación soberana, sin ojos, sin oídos,
sin dientes, sin nada, la Asamblea Nacional va convirtiéndose
poco a poco en un antiguo parlamento francés, que
debe entregar la iniciativa al Gobierno y contentarse por su parte
con gruñidos de recriminación post festum.

El partido del orden recibe al nuevo ministerio con una avalancha
de indignación. El general Bedeau evoca en el recuerdo
la benignidad de la comisión permanente durante las vacaciones
y los excesivos miramientos con que había renunciado a
la publicación de las actas de sus sesiones. Por su parte,
el ministro del Interior insiste en la publicación de estas
actas que son ya, naturalmente, tan sosas como agua estancada,
que no descubren ningún hecho nuevo y no producen el menor
efecto al público hastiado. A propuesta de Rémusat,
la Asamblea Nacional se retira a sus despacho y nombra un «Comité
de medidas extraordinarias». París no se sale de los
carriles de su orden cotidiano, con tanta mayor razón cuanto
que en este momento el comercio prospera, las manufacturas trabajan,
los precios del trigo están bajos, los víveres abundan,
en las cajas de ahorro ingresan todos los días cantidades
nuevas. Las «medidas extraordinarias», tan estrepitosamente
anunciadas por el parlamento, quedan reducidas, el 18 de enero,
a un voto de desconfianza de los ministros, sin que se mencione
siquiera el nombre del tal general Changarnier. El partido del
orden viose obligado a dar el voto este giro para asegurarse los
votos de los republicanos, ya que de todas las medidas del ministerio,
éstos sólo aprobaban la destitución de Changarnier,
mientras que el partido del orden no podía en realidad
censurar los demás actos ministeriales, dictados por él
mismo.

El voto de desconfianza del 18 de enero se decidió por
415 votos contra 286. Por tanto, sólo pudo sacarse adelante
mediante una coalición de los legitimistas y orleanistas
extremados con los republicanos puros y la Montaña. Este
voto probaba, pues, que el partido del orden no sólo había
perdido el ministerio y el ejército, sino que en los conflictos
con Bonaparte había perdido también su mayoría
parlamentaria independiente, que un tropel de diputados había
desertado de su campo por el espíritu de componendas llevado
al fanatismo, por miedo a la lucha, por cansancio, por consideraciones
de parentesco hacia los sueldos del Estado, tan entrañables
para ellos, especulando con las vacantes de ministros (Odilon
Barrot), por ese mezquino egoísmo con que el burgués
corriente se inclina siempre a sacrificar a este o al otro motivo
privado el interés general de su clase. Desde el principio,
los diputados bonapartistas sólo se unían al partido
del orden en la lucha contra la revolución. El jefe del
partido católico, Montalembert, había puesto ya
por entonces su influencia en el platillo de Bonaparte, pues desesperaba
de la vitalidad del partido parlamentario. Finalmente, los caudillos
de este partido, Thiers y Berryer, el orleanista y el legitimista,
viéronse obligados a proclamarse abiertamente republicanos,
a reconocer que, aunque su corazón era monárquico,
su cabeza abrigaba ideas republicanas y que la república
parlamentaria era la única forma posible para la dominación
de toda la burguesía. De este modo se vieron obligados
a estigmatizar ellos mismos ante los ojos de la clase burguesa,
como una intriga tan peligrosa como descabellada, los planes de
restauración que seguían urdiendo impertérritos
a espaldas del parlamento.

El voto de desconfianza del 18 de enero fue un golpe contra los
ministros y no contra el presidente. Pero no había sido
el ministerio, sino el presidente quien había destituido
a Changarnier. ¿Iba el partido del orden a formular un acta
de acusación contra Bonaparte? ¿Por sus veleidades
de restauración? Éstas no eran más que el
complemento de las suyas propias. ¿Por su conspiración
en las revistas militares y en la Sociedad del 10 de Diciembre?
Hacía ya mucho tiempo que se habían enterrado estos
temas bajo simples órdenes del día. ¿Por la
destitución del héroe del 29 de enero y del 13 de
junio, del hombre que en mayo de 1850 amenazaba en caso de revuelta
con pegar fuego a París pro los cuatro costados? Sus aliados
de la Montaña y Cavaignac no le permitían siquiera
sostener al caído baluarte de la sociedad mediante una
manifestación oficial de condolencia. Los del partido del
orden no podían discutir al presidente la facultad constitucional
de destituir a un general. Sólo se enfurecían porque
habían hecho un uso no parlamentario de su derecho constitucional.
¿No habían hecho ellos constantemente un uso inconstitucional
de sus prerrogativas parlamentarias, sobre todo al abolir el sufragio
universal? Estaban obligados, pues, a moverse estrictamente dentro
de los límites parlamentarios. Y hacía falta padecer
aquella peculiar enfermedad que desde 1848 viene haciendo estragos
en todo el continente, el cretinismo parlamentario, enfermedad
que aprisiona como por encantamiento a los contagiados en un mundo
imaginario, privándoles de todo sentido, de toda memoria,
de toda comprensión del rudo mundo exterior; hacía
falta padecer este cretinismo parlamentario, para que quienes
habían por sus propias manos destruido y tenían
necesariamente que destruir, en su lucha con otras clases, todas
las condiciones del poder parlamentario, considerasen todavía
como triunfos sus triunfos parlamentarios y creyesen dar en el
blanco del presidente cuando disparaban contra sus ministros.
No hacían más que darle una ocasión para
humillar nuevamente a la Asamblea Nacional a los ojos de la nación.
El 20 de enero, el Moniteur anunció que había
sido aceptada la dimisión de todo el ministerio. Bajo el
pretexto de que ningún partido parlamentario tenía
ya la mayoría, como lo demostraba el voto del 18 de enero,
fruto de la coalición entre la Montaña y los monárquicos,
y esperando a la formación de una nueva mayoría,
Bonaparte nombró un llamado ministerio-puente, en el que
no figuraba ningún diputado y en el que todos sus componentes
era individuos completamente desconocidos e insignificantes, un
ministerio de simples recaderos y escribientes. El partido del
orden podía ahora desgastarse en el juego con estas marionetas;
el poder ejecutivo no creyó que valía siquiera la
pena de estar seriamente representado en la Asamblea Nacional.
Cuando más simples coristas fuesen sus ministros, más
visiblemente concentraba Bonaparte en su persona todo el poder
ejecutivo, mayor margen de libertad tenía para explotarlo
al servicio de sus fines.

El partido del orden, coligado con la Montaña, se vengó
desechando la dotación presidencial de 1.800.000 francos
que el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre había obligado
a sus recaderos ministeriales a presentar. Esta vez, la votación
se decidió por una mayoría de sólo 102 votos;
es decir, que desde el 18 de enero habían vuelto a desertar
27 votos; la descomposición del partido del orden seguía
su curso. Al mismo tiempo, para que en ningún momento pudiera
caber engaño acerca del sentido de su coalición
con la Montaña, no se dignó tomar siquiera en consideración
una proposición encaminada a la amnistía general
de los presos políticos, firmada por 189 diputados de la
Montaña. Bastó con que el ministro del Interior,
un tal Vaïsse declarase que el orden sólo era aparente,
que reinaba gran agitación secreta, que sociedades omnipresentes
se organizaban secretamente, que los periódicos democráticos
se preparaban para reaparecer, que los informes de las provincias
era desfavorables, que los emigrados de Ginebra tendían,
a través de Lyon, una conspiración pro todo el sur
de Francia, que Francia estaba al borde de una crisis industrial
y comercial, que los fabricantes de Roubaix habían reducido
la jornada de trabajo, que los presos de Belle-Ile se habían
sublevado, bastó con que hasta un Vaïsse conjurase
el espectro rojo, para que el parido del orden rechazase, sin
discutirla siquiera, una proposición que habría
valido a la Asamblea Nacional una enorme popularidad y habría
obligado a Bonaparte a echarse de nuevo en sus brazos. En vez
de dejarse intimidar por el poder ejecutivo con la perspectiva
de nuevos desórdenes, habría debido, por el contrario,
dejar a la lucha de clases un pequeño margen, para mantener
bajo su independencia el poder ejecutivo. Pero no se sentía
a la altura de la misión de jugar con fuego.

Entretanto, el llamado ministerio-puente fue vegetando hasta mediados
de abril. Bonaparte cansó, chasqueó a la Asamblea
Nacional con constantes combinaciones de nuevos ministerios. Tan
pronto parecía querer formar un ministerio republicano
con Lamartine y Billault, como un ministerio parlamentario, con
el inevitable Odilon Barrot, cuyo nombre no puede faltar cuando
hace falta un cándido, o un ministerio orleanista, con
Maleville. Y mientras de este modo mantiene en tensión
a las diversas fracciones del partido del orden unas contra otras
y las atemoriza a todas con la perspectiva de un ministerio republicano
y con la restauración entonces inevitable del sufragio
universal, suscita en la burguesía la convicción
de que sus esfuerzos sinceros por lograr un ministerio parlamentario
se estrellan contra la actitud irreconciliable de las fracciones
realistas. Pero la burguesía clamaba tanto más estentóreamente
por un «gobierno fuerte», encontraba tanto más
imperdonable dejar a Francia «sin administración»,
cuanto más parecía estar en marcha una crisis comercial
general, que laboraba en las ciudades en pro del socialismo como
laboraba en el campo el bajo precio ruinoso del trigo. El comercio
languidecía cada día más, los brazos parados
aumentaban visiblemente, en París había por lo menos
10.000 obreros sin pan; en Ruán, Mulhouse, Lyon, Roubaix,
Tourcoing, Saint-Étienne, Elbeuf, etc., se paralizaban
innumerables fábricas. En estas circunstancias, Bonaparte
pudo atreverse a restaurar, el 11 de abril, el ministerio del
18 de enero, con los señores Rouher, Fould, Baroche, etc.,
reforzados pro el señor Léon Faucher, a quien la
Asamblea Constituyente, durante sus últimos días,
por unanimidad, con la sola excepción de los votos de cinco
ministros, había estigmatizado con un voto de desconfianza
por la difusión de telegramas falsos. Por tanto, la Asamblea
Nacional había conseguido el 18 de enero un triunfo sobre
el ministerio, había luchado durante tres meses contra
Bonaparte para que el 11 de abril Fould y Baroche pudiesen recibir
en su alianza ministerial, como tercero, al puritano Faucher.

En noviembre de 1849, Bonaparte se había contentado con
un ministerio no parlamentario y en enero de 1851 con un ministerio
extraparlamentario; el 11 de abril se sintió ya lo bastante
fuerte para formar un ministerio antiparlamentario, en el que
se unían armónicamente los votos de desconfianza
de ambas Asambleas, la Constituyente y la Legislativa, la republicana
y la realista. Esta gradación de ministerios era el termómetro
por el que el parlamento podía medir el descenso de su
propio calor vital. A fines de abril, éste había
caído tan bajo, que Persigny pudo invitar a Changarnier,
en una entrevista personal, a pasarse al campo del presidente.
Le aseguró que Bonaparte consideraba completamente destruida
la influencia de la Asamblea Nacional y que estaba preparada ya
la proclama que había de publicarse después del
coup d'état, constantemente proyectado, pero otra vez accidentalmente
aplazado. Changarnier comunicó a los caudillos del partido
del orden la esquela mortuoria, pero, ¿quién cree
que las picaduras de las chinches matan? Y el parlamento, con
estar tan derrotado, tan descompuesto, tan corrompido, no podía
resistirse a ver en el duelo con el grotesco jefe de la Sociedad
del 10 de Diciembre algo más que el duelo con una chinche.
Pero, Bonaparte contestó al partido del orden como Agesilao
al rey Agis: «Te parezco un ratón, pero algún
día te pareceré un león».

Capítulo VI

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Karl MARX

EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE

## Capítulo VI

La coalición con la Montaña y los republicanos puros,
a que el partido del orden se veía condenado, en sus vanos
esfuerzos para retener el poder militar y reconquistar la suprema
dirección del poder ejecutivo, demostraba irrefutablemente
que había perdido su mayoría parlamentaria propia.
La mera fuerza del calendario, la manecilla del reloj, dio el
28 de mayo la señal para su completa desintegración.
Con el 28 de mayo comienza el último año de vida
de la Asamblea Nacional. Ésta tenía que decidirse
ahora por seguir manteniendo intacta la Constitución o
por revisarla. Pero la revisión constitucional no quería
decir solamente dominación de la burguesía o de
la democracia pequeñoburguesa, democracia o anarquía
proletaria, república parlamentaria o Bonaparte, sino que
quería decir también Orleans o Borbón. Con
esto, se echó a rodar en el parlamento la manzana de la
discordia, que por fuerza tenía que encender abiertamente
el conflicto de intereses que dividían el partido del orden
en fracciones enemigas. El partido del orden era una amalgama
de sustancias sociales heterogéneas. El problema de la
revisión creó la temperatura política que
descompuso el producto en sus elementos originarios.

El interés de los bonapartistas por la revisión
era sencillo. Para ellos, tratábase sobre todo de derogar
el artículo 45 que prohibía la reelección
de Bonaparte y la prórroga de sus poderes. No menos sencilla
parecía la posición de los republicanos. Éstos
rechazan incondicionalmente toda revisión, viendo en ella
una conspiración urdida por todas partes contra la república.
Y como disponía de más de la cuarta parte de los
votos de la Asamblea Nacional y constitucionalmente eran necesarias
las tres cuartas partes para contar válidamente la revisión
y convocar la Asamblea encargada de llevarla a cabo, les bastaba
con contar sus votos para estar seguros del triunfo. Y estaban
seguros de triunfar.

Frente a estas posiciones tan claras, el partido del orden se
hallaba metido en inextricables contradicciones. Si rechazaba
la revisión, ponía en peligro el statu quo, no dejando
a Bonaparte más que una salida, la de la violencia, entregando
a Francia el segundo domingo de mayo de 1852, en el momento decisivo,
a la anarquía revolucionaria, con un presidente que había
perdido su autoridad, con un parlamento que hacía ya mucho
que no la tenía y con un pueblo que aspiraba a reconquistarla.
Si votaba por la revisión constitucional, sabía
que votaba en vano y que sus votos fracasarían necesariamente
ante el veto constitucional de los republicanos. Si, anticonstitucionalmente,
declaraba válida la simple mayoría de votos, sólo
podía confiar en dominar la revolución, sometiéndose
sin condiciones a las órdenes del poder ejecutivo y erigía
a Bonaparte en dueño de la Constitución, de la revisión
constitucional y del propio partido del orden. Una revisión
puramente parcial, que prorrogase los poderes del presidente abría
el camino a la usurpación imperial. Una revisión
general, que acortase la vida de la república, planteaba
un conflicto inevitable entre las pretensiones dinásticas,
pues las condiciones para una restauración borbónica
y para una restauración orleanista no sólo eran
no sólo eran distintas, sino que se excluían mutuamente.

La república parlamentaria era algo más que el terreno
neutral en el que podían convivir con derechos iguales
las dos fracciones de la burguesía francesa, los legitimistas
y los orleanistas, la gran propiedad territorial y la industria.
Era la condición inevitable para su dominación en
común, la única forma de gobierno en que sus interés
general de clase podía someter a la par las pretensiones
de sus distintas fracciones y las de las otras clases de la sociedad.
Como realistas, volvían a caer en su antiguo antagonismo,
en la lucha por la supremacía de la propiedad territorial
o la del dinero, y la expresión suprema de este antagonismo,
su personificación, eran sus mismo reyes, sus dinastías.
De aquí la resistencia del partido del orden contra la
vuelta de los Borbones.

El orleanista y diputado Creton había presentado periódicamente,
en 1849, 1850 y 1851, la proposición de derogar el decreto
de destierro contra las familias reales. Y el parlamento daba,
con la misma periodicidad, el espectáculo de una asamblea
de realistas que se obstinaban en cerrar a sus reyes desterrados
la puerta por la que podían retornar a la patria. Ricardo
III había asesinado a Enrique VI con la observación
de que era demasiado bueno para este mundo y estaba mejor en el
cielo. Aquellos realistas declaraban que Francia no merecía
volver a poseer sus reyes. Obligados pro la fuerza de las circunstancias,
se habían convertido en republicanos y sancionaban repetidamente
la decisión del pueblo que expulsaba a sus reyes de Francia.

La revisión constitucional (y las circunstancias obligaban
a tomarla en cuenta) ponía en tela de juicio, a la par
que la república, la dominación en común
de las dos fracciones de la burguesía y resucitaba de nuevo,
con la posibilidad de una restauración de la monarquía,
la rivalidad de intereses que ésta había representado
alternativamente y con preferencia, resucitaba la lucha por la
supremacía de una fracción sobre la otra. Los diplomáticos
del partido del orden creían poder dirimir la lucha amalgamando
ambas dinastías, mediante una llamada fusión
de los partidos realistas y de sus casas reales. La verdadera
fusión de la restauración y de la monarquía
de Julio era la república parlamentaria, en la que se borraban
los colores orleanista y legitimista y las especies burguesas
desaparecían en el burgués a secas, en el burgués
como género. Pero ahora se trataba de que el orleanista
se hiciese legitimista y el legitimista orleanista. Se quería
que la monarquía, encarnación de su antagonismo,
pasase a encarnar su unidad, que la expresión de sus intereses
fraccionales exclusivos se convirtiese en expresión de
su interés común de clase, que la monarquía
hiciese lo que sólo podía hacer y había hecho
la abolición de dos monarquías, la República.
Era la piedra filosofal, en cuyo descubrimiento se quebraban la
cabeza los doctores del partido del orden. ¡Como si la monarquía
legítima pudiera convertirse nunca en la monarquía
del burgués industrial o la monarquía burguesa en
la monarquía de la aristocracia tradicional de la tierra!
¿Como si la propiedad territorial y la industria pudiesen
hermanarse bajo una sola corona, cuando ésta sólo
podía ceñir una cabeza, la del hermano mayor o la
del menor! ¡Como si la industria pudiese avenirse nunca con
la propiedad territorial, mientras que ésta no se decide
a hacerse industrial! Aunque Enrique V muriese mañana,
el conde de París no se convertiría por ello en
rey de los legitimistas, a menos que dejase de serlo de los orleanistas.
Sin embargo, los filósofos de la fusión, que se
engreían a medida que el problema de la revisión
iba pasando al primer plano, que hicieron de la Assemblée
Nationale su órgano diario oficial y que incluso vuelven
a laborar en ese momento (febrero de 1852), buscaban la explicación
de todas las dificultades en la resistencia y la rivalidad de
ambas dinastías. Los intentos de reconciliar a la familia
de Orleans con Enrique V, intentos que comenzaron desde la muerte
de Luis Felipe, pero que, como todas las intrigas dinásticas,
solamente se representaban, en general, durante las vacaciones
de la Asamblea Nacional, en los entreactos , entre bastidores,
más por coquetería sentimental con la vieja superstición
que como propósito serio, se convirtieron ahora en acciones
dramáticas, representadas por el partido del orden en la
escena pública, en vez de representarse como antes en un
teatro de aficionados. Los correos volaban de París a Venecia,
de Venecia a Claremont, de Claremont a París. El conde
de Chambord lanza un manifiesto en el que, «con la ayuda
de todos los miembros de su familia», anuncia, no su restauración,
sino la restauración «nacional». El orleanista
Salvandy se echa a los pies de Enrique V. En vano los jefes legitimistas
Berryer, Benoist d'Azy, Saint-Priest, se van en peregrinación
a Claremont, a convencer a los Orleans. Los fusionistas se dan
cuenta demasiado tarde de que los intereses de familia, de los
intereses de dos casas reales. Aunque Enrique V reconociese al
conde París como su sucesor (único éxito
que, en el mejor de los caso, podía conseguir la fusión),
la casa de Orleans no ganaba con ello ningún derecho que
no le garantizase ya la falta de hijos de Enrique V y en cambio
perdía todos los que había conquistado la revolución
de julio. Renunciaba a sus derechos originarios, a todos los títulos
que, en una lucha casi secular, había ido arrancando a
la rama más antigua de los Borbones, cambiaba sus prerrogativas
históricas, las prerrogativas de la monarquía moderna,
por las prerrogativas de su árbol genealógico. Por
tanto, la fusión no sería más que la abdicación
voluntaria de la casa de Orleans, su resignación legitimista,
la vuelta arrepentida de la Iglesia estatal protestante a la católica.
Una retirada que, además, no la llevaría siquiera
al trono que había perdido, sino a las gradas del trono
en que había nacido. Los antiguos ministros orleanistas,
Guizto, Duchâtel, etc., que fueron también corriendo
a Claremont, a abogar por la fusión, sólo representaban
en realidad la resaca que había dejado la revolución
de julio, la falta de fe en la monarquía burguesa y en
la monarquía de los burgueses, la fe supersticiosa en la
legitimidad como último amuleto contra la anarquía.
Creyéndose mediadores entre los Orleans y Borbón,
sólo eran en realidad orleanistas apóstatas, y como
tales los recibió el príncipe de Joinville. En cambio,
el sector viable y batallador de los orleanistas, Thies, Baze,
etc., convenció con tanta mayor facilidad a la familia
de Luis Felipe de que si toda restauración monárquica
inmediata presuponía la fusión de ambas dinastías
y ésta, as u vez, la abdicación de la casa de Orleans,
en cambio correspondía por entero a la tradición
de sus antepasados el reconocer provisionalmente la república
esperando a que los conocimientos permitiesen convertir el sillón
presidencial en trono. Se difundió en forma de rumor la
candidatura de Joinville a la presidencia, manteniéndose
en suspenso la curiosidad pública, y algunos meses más
tarde, en septiembre, después de rechazarse la revisión
constitucional, fue públicamente proclamada.

De este modo, no sólo había fracasado el intento
de una fusión realista entre orleanistas y legitimistas,
sino que había roto su fusión parlamentaria,
su forma común republicana volviendo a despoblar el partido
del orden entre sus primitivos elementos; pero, cuanto más
crecía el divorcio entre Claremont y Venecia, cuanto más
se rompía su avenencia y más se iba extendiendo
la agitación a favor de Joinville, más acuciantes
y más serias se hacían las negociaciones entre Faucher,
el ministro de Bonaparte, y los legitimistas.

La descomposición del partido del orden no se detuvo en
sus elementos primitivos. Cada una de las dos grandes fracciones
se descompuso a su vez de nuevo. Era como si volviesen a revivir
todos los viejos matices que antiguamente se habían combatido
dentro de cada uno de los dos campos, el legitimista y el orleanista;
como ocurre como los infusorios secos al contacto con el agua;
como si hubiesen recuperado la suficiente energía vital
para formar grupos propios y antagonismos independientes. Los
legitimistas veíanse transpuestos en sueños a los
litigios entre las Tullerìas y el Pabellón Marsan,
entre Villèle y Polignac. Los orleanistas volvían
a vivir la edad de oro de los torneos entre Guizot, Molé,
Broglie, Thiers y Odilon Barrot.

El sector revisionista del partido del orden, aunque discorde
también en cuanto a los límites de la revisión,
integrado por los legitimistas bajo Berryer y Falloux de un lado,
y de otro La Rochejaquelein, y los orleanistas cansados de luchar,
bajo Molé, Broglie, Montalembert y Odilon Barret, llegó
a un acuerdo con los representantes bonapartistas acerca de la
siguiente vaga y amplia proposición:

«Los diputados abajo firmantes, con el fin de restituir a
la nación el pleno ejercicio de su soberanía, presentan
la moción de que la Constitución sea revisada.»

Pero al mismo tiempo declaraban unánimemente, por boca
de su portavoz, Tocqueville, que la Asamblea Nacional no tenía
derecho a pedir la abolición de la república
que este derecho sólo correspondía a la cámara
encargada de la revisión. las tres cuartas partes de los
votos constitucionalmente prescritas. Tras seis días de
turbulentos debates, el 19 de julio fue rechazada, como era de
prever, la revisión. Votaron a favor 446, pero en contra
278. Los orleanistas decididos, Thiers, Changarnier, etcétera,
votaron contra los republicanos y la Montaña.

La mayoría del parlamento se declaraba así en contra
de la Constitución, pero ésta se declaraba, de por
sí, a favor de la minoría y declaraba su acuerdo
como obligatorio. Pero ¿acaso el partido del orden no había
supeditado la Constitución a la mayoría parlamentaria
el 31 de mayo de 1850 y el 13 de junio de 1849? ¿No descansaba
toda su política anterior en la supeditación de
los artículos constitucionales a los acuerdos parlamentarios
de la mayoría? ¿No había dejado a los demócratas
y castigado en ellos la superstición bíblica por
la letra de la ley? Pero en este momento la revisión constitucional
no significaba más que la continuación del poder
presidencial, del mismo modo que la persistencia de la Constitución
sólo significaba la destitución de Bonaparte. El
parlamento se había declarado a favor de él, pero
la Constitución se declaraba en contra del parlamento.
Bonaparte obró, pues, en un sentido parlamentario al desgarrar
la Constitución, y en un sentido constitucional al disolver
el parlamento.

El parlamento había declarado a la Constitución,
y con ella su propia dominación, «fuera de la mayoría»,
con su acuerdo había derogado la Constitución y
prorrogado los poderes presidenciales, declarando al mismo tiempo
que ni aquélla podía morir, ni éstos vivir
mientras él mismo persistiese. Los que habían de
enterrarlo estaban ya a la puerta. Mientras el parlamento discutía
la revisión, Bonaparte retiró al general Baraguay
d'Hilliers, que se mostraba indeciso, el mando de la primera división
y nombró para sustituirle al general Magnan, el vencedor
de Lyon, el héroe de las jornadas de diciembre, una de
sus criaturas, que ya bajo Luis Felipe se había comprometido
más o menos por él con motivo de la expedición
de Boulogne.

El partido del orden demostró, con su acuerdo sobre la
revisión, que no sabía gobernar ni servir, vivir
ni morir, ni soportar la república ni derribarla, ni mantener
la Constitución ni echarla por tierra, ni cooperar con
el presidente ni romper con él. ¿De quién esperaba
la solución de todas las contradicciones? Del calendario,
de la marcha de los acontecimientos. Dejó de arrogarse
un poder sobre éstos. Retó, por tanto, a los acontecimientos
a que se impusiesen por la fuerza, retando con ello al poder,
al que, en su lucha contra el pueblo, había ido cediendo
un atributo tras otro, hasta reducirse a la impotencia frente
a él. Para que el jefe del poder ejecutivo pudiese trazar
el plan de lucha contra él con mayor desembarazo, fortalecer
sus medios de ataque, elegir sus armas, consolidar sus posiciones,
acordó, precisamente en este momento crítico, retirarse
de la escena y aplazar sus sesiones por tres meses, del 10 de
agosto al 4 de noviembre.

El partido parlamentario no sólo se había despoblado
en sus dos grandes facciones y cada una de éstas no sólo
se había subdividido, sino que el partido del orden dentro
del parlamento se había divorciado del partido del orden
fuera del parlamento. Los portavoces y escribas de la burguesía,
su tribuna y su prensa, en una palabra, los ideólogos de
la burguesía y la burguesía misma, los representantes
y los representados aparecían divorciados y ya no se entendían
más.

Los legitimistas de provincias, con su horizonte limitado y su
limitado entusiasmo, acusaban a sus caudillos parlamentarios,
Berryer y Falloux, de deserción al campo bonapartista y
de traición contra Enrique V. Su inteligencia flordelisada
creía en el pecado original, pero no en la diplomacia.

Incomparablemente más funesta y más decisiva era
la ruptura de la burguesía comercial con sus políticos.
Ella no reprochaba a éstos, como los legitimistas a los
suyos, el haber desertado de un principio, sino, por el contrario,
el aferrarse a principios ya superfluos.

Ya he apuntado más arriba que, desde la entrada de Fould
en el Gobierno, el sector de la burguesía comercial que
se había llevado la parte del león en el Gobierno
de Luis Felipe, la aristocracia financiera, se había
hecho bonapartista. Fould no sólo representaba el interés
de Bonaparte en la Bolsa, sino que representaba al mismo tiempo
los intereses de la Bolsa cerca de Bonaparte. La posición
de la aristocracia financiera la pinta del modo más palmario
una cita tomada de su órgano europeo, el Economist
de Londres. En su número del 1 de febrero de 1851, la revista
publica la siguiente correspondencia de París:

«Por todas partes hemos podido comprobar que Francia exige
ante todo tranquilidad. El presidente lo declara en su mensaje
a la Asamblea Legislativa, la tribuna nacional le hace eco, los
periódicos lo aseguran, se proclama desde el púlpito,
lo demuestran la sensibilidad de los valores del Estado ante
la menor perspectiva de desorden y su firmeza tan pronto como
triunfa el poder ejecutivo».

En su número del 29 de noviembre de 1851, el Economist
declara en su propio nombres:

«En todas las Bolsas de Europa se reconoce ahora al presidente
como el guardián del orden».

Por tanto, la aristocracia financiera condenaba la lucha parlamentaria
del partido del orden contra el poder ejecutivo como una alteración
del orden y festejaba todos los triunfos del presidente sobre
los supuestos representantes de ella como un triunfo del orden.
Por aristocracia financiera hay que entender aquí no sólo
los grandes empresarios de los empréstitos y los especuladores
en valores del Estado, cuyos intereses coinciden, por razones
bien comprensibles, con los del poder público. Todo el
moderno negocio pecuniario, toda la economía bancaria,
se halla entretejida del modo más íntimo con el
crédito público. Una parte de su capital activo
se invierte, necesariamente, en valores del Estado que dan réditos
y son rápidamente convertibles. Sus depósitos, el
capital puesto a su disposición y distribuido por ellos
entre los comerciantes e industriales, afluye en parte de los
dividendos de los rentistas del Estado. Si en todas las épocas
la estabilidad del poder público es el alfa y el omega
para todo el mercado monetario y sus sacerdotes, ¿cómo
no ha de serlo hoy, en que todo diluvio amenaza con arrastra junto
a los viejos Estados las viejas deudas del Estado?

También a la burguesía industrial, en su
fanatismo por el orden, le irritaban las querellas del partido
parlamentario del orden con el poder ejecutivo. Después
de su voto del 18 de enero con motivo de la destitución
de Changarnier, Thiers, Anglès, Sainte-Beuve, etc., recibieron
reprimendas públicas, procedentes precisamente de sus mandantes
de los distritos industriales, en las que se estigmatizaba sobre
todo su coalición con la Montaña como un delito
de alta traición contra el orden. Si bien hemos visto que
las pullas jactanciosas, las mezquinas intrigas en que se manifestaba
la lucha del partido del orden contra el presidente no merecían
mejor acogida, por otra parte este partido burgués, que
exigía a sus representantes que dejasen pasar sin resistencia
el poder militar de manos de su propio parlamento a manos de un
pretendiente aventurero, no era siquiera digno de las intrigas
que se malgastaban en su interés. Demostraba que la lucha
por defender su interés público, su propio
interés de clase, su poder político,
no hacía más que molestarle y disgustarle como una
perturbación de su negocio privado.

Durante las jiras de Bonaparte, los dignatarios burgueses de las
ciudades departamentales, los magistrados, los jueces comerciales,
etc., le recibían en todas partes casi sin excepción,
del modo más servil, aun cuando, como hizo en Dijon, atacase
sin reservas a la Asamblea Nacional y especialmente al partido
del orden.

Cuando el comercio marchaba bien, como ocurría aún
a comienzos de 1851, la burguesía comercial se enfurecía
contra todo lo que fuese lucha parlamentaria, por miedo a que
el comercio perdiese el humor. Cuando el comercio marchaba mal,
como ocurría constantemente desde fines de febrero de 1851,
acusaba a las luchas parlamentarias de ser la causa del estancamiento
y clamaba por que aquellas luchas se acallasen para que el comercio
pudiera reanimarse. Los debates sobre la revisión constitucional
coincidieron precisamente con esta época mala. Como aquí
se trataba del ser o no ser de la forma de gobierno existente,
la burguesía se sintió tanto más autorizada
a reclamar a sus representantes que se pusiese fin a esta atormentadora
situación provisional, ella entendía precisamente
su perpetuidad, el aplazar hasta un remoto porvenir el momento
de tomar una decisión. El statu quo sólo
podía mantenerse por dos caminos: prorrogar los poderes
de Bonaparte o hacer que éste dimitiese constitucionalmente
y elegir a Cavaignac. Una parte de la burguesía deseaba
la segunda solución y no supo dar a sus representantes
mejor consejo que callar, no tocar el punto candente. Creía
que si sus representantes no hablaban, Bonaparte se abstendría
de obrar. Quería un parlamento-avestruz, que escondiese
la cabeza para no ser visto. Otra parte de la burguesía
quería que Bonaparte, ya que estaba sentado en el sillón
presidencial, continuase sentado en él, para que todo siguiese
igual. Y le sublevaba que su parlamento no violase abiertamente
la Constitución y no abdicase sin más rodeos.

Los Consejos generales de los departamentos, representaciones
provinciales de la gran burguesía, reunidos durante las
vacaciones de la Asamblea Nacional, desde el 25 de agosto, se
declararon casi unánimemente en pro de la revisión,
es decir, en contra del parlamento y a favor de Bonaparte.

Más inequívocamente todavía que el divorcio
con sus representantes parlamentarios, ponía de
manifiesto la burguesía su furia contra sus representantes
literarios, contra su propia prensa. Las condenas a multas exorbitantes
y a desvergonzadas penas de cárcel con que los jurados
burgueses castigaban todo ataque de los periodistas burgueses
contra los apetitos usurpadores de Bonaparte, todo intento por
parte de la prensa de defender los derechos políticos de
la burguesía contra el poder ejecutivo, causaban asombro
no sólo de Francia, sino de toda Europa.

Si el partido parlamentario del orden, con sus gritos pidiendo
tranquilidad, se condenaba él mismo, como ya he indicado,
a la inacción, si declaraba la dominación política
de la burguesía incompatible con la seguridad y la existencia
de la burguesía; destruyendo por su propia mano, en la
lucha contra las demás clases de la sociedad, todas las
condiciones de su propio régimen, del régimen parlamentario,
la masa extraparlamentaria de la burguesía, con
su servilismo hacia el presidente, con sus insultos contra el
parlamento, con el trato brutal a su propia prensa, empujaba a
Bonaparte a oprimir, a destruir a sus oradores y sus escritores,
sus políticos y sus literatos, su tribuna y su prensa,
para poder así entregarse confiadamente a sus negocios
privados bajo la protección de un gobierno fuerte y absoluto.
Declaraba inequívocamente que ardía en deseos de
deshacerse de su propia dominación política para
deshacerse de las penas y los peligros de esa dominación.

Y esta burguesía extraparlamentaria, que se había
rebelado ya contra la lucha puramente parlamentaria y literaria
en pro de la dominación de su propia clase y traicionado
a los caudillos de esta lucha, ¡se atreve ahora a acusar
a posteriori al proletariado por no haberse lanzado por
ella a una lucha sangrienta, a una lucha a vida o muerte! Ella,
que en todo momento sacrificó su interés general
de clase, su interés político, al más mezquino
y sucio interés privado, exigiendo a sus representantes
este mismo sacrificio, ¡se lamenta ahora de que el proletariado
sacrifique a sus intereses materiales, los intereses políticos
ideales de ella! Se presenta como un alma cándida a quien
el proletariado, extraviado pro los socialistas, no ha sabido
comprender y ha abandonado en el momento decisivo. Y encuentra
un eco general en el mundo burgués. No me refiero, naturalmente,
a los politicastros y majaderos ideológicos alemanes. Me
remito, por ejemplo, al mismo Economist, que todavía
el 29 de noviembre de 1851, es decir, cuatro días antes
del golpe de Estado, presentaba a Bonaparte como el «guardián
del orden» y a los Thiers y Berryer como «anarquistas»,
y que el 27 de diciembre de 1851, cuando ya Bonaparte había
reducido a la tranquilidad a aquellos anarquistas, clama acerca
de la traición cometida por las «ignorantes, incultas
y estúpidas masas proletarias contra el ingenio, incultas
y estúpidas masas proletarias contra el ingenio, los conocimientos,
la disciplina, la influencia espiritual, los recursos intelectuales
y el peso moral de las capas medias y elevadas de la sociedad».
La única masa estúpida, ignorante y vil no fue nadie
más que la propia masa burguesa.

Es cierto que en 1851 Francia había vivido una especie
de pequeña crisis comercial. A fines de febrero se puso
de manifiesto la disminución de las exportaciones respecto
a 1850, en marzo se resintió el comercio y se cerraron
las fábricas, en abril la situación de los departamentos
industriales parecía tan desesperada como después
de las jornadas de febrero, en mayo los negocios no se habían
reavivado aún; todavía el 18 de junio, la cartera
del Banco de Francia, con su aumento enorme de los depósitos
y su descenso no menos grande de los descuentos de letras, revelaba
el estancamiento de la producción; hasta mediados de octubre
no volvió a producirse de nuevo una mejora progresiva en
los negocios. La burguesía francesa se explicaba este estancamiento
del comercio con motivos puramente políticos, con la lucha
entre el parlamento y el poder ejecutivo, con la inestabilidad
de una forma de gobierno puramente provisional, con la perspectiva
intimadora del segundo domingo de mayo de 1852. No negaré
que todas estas circunstancias ejercían un efecto deprimente
sobre algunas ramas industriales en París y en los departamentos.
Sin embargo, esta influencia de las circunstancias políticas
era una influencia meramente local y sin importancia. ¿Qué
mejor prueba de esto que el hecho de que la situación del
comercio comenzase a mejorar precisamente hacia mediados de octubre,
en el momento en que la situación política empeoraba,
en que el horizonte político se oscurecía, esperándose
a cada instante que cayese un rayo del Elíseo? Por lo demás,
el burgués de Francia, cuyo «ingenio, conocimientos,
penetración espiritual y recursos intelectuales» no
llegan más allá de su nariz, pudo dar con la nariz
en la causa de su miseria comercial en todo el tiempo que duró
la Exposición Industrial de Londres. Mientras en Francia
se cerraban las fábricas, en Inglaterra estallaban las
bancarrotas comerciales. Mientras en abril y mayo el pánico
industrial alcanzaba su apogeo en Francia, en abril y mayo el
pánico comercial alcanzaba el apogeo en Inglaterra. La
industria lanera inglesa sufría quebrantos como la francesa,
y otro tanto ocurría con la manufactura de la seda. Y si
las fábricas algodoneras inglesas seguían trabajando,
no era ya con las mismas ganancias que en 1849 y 1850. No había
más diferencia, sino que en Francia la crisis era industrial
y en Inglaterra comercial; que, mientras en Francia las fábricas
se cerraban, en Inglaterra se extendía su producción,
pero bajo condiciones más favorables que en los años
anteriores, que en Francia la que salía peor parada era
la exportación y en Inglaterra la importación. La
causa común que, naturalmente, no ha de buscarse dentro
de los límites del horizonte político francés,
era palmaria. Los años de 1849 y 1850 fueron años
de la mayor prosperidad material y de una superproducción
que sólo se manifestó como tal a partir de 1851.
A comienzos de este año, aún se la fomentó
de un modo especial con vistas a la Exposición Industrial.
Como circunstancias peculiares, hay que añadir: primero,
la mala cosecha de algodón de 1850 y 1851; luego, la seguridad
de una cosecha algodonera más abundante que la que se esperaba,
el alza y luego la baja repentina, en una palabra, las oscilaciones
de los precios del algodón. La cosecha de seda en bruto
había sido todavía inferior, por lo menos en Francia,
a la cifra media. Finalmente, la manufactura lanera se había
extendido tanto, desde 1848, que la producción de lana
no podía darle abasto y el precio de la lana en bruto subió
muy desproporcionadamente en relación con el precio de
los artículos de lana. Aquí, en la materia prima
de tres industrias del mercado mundial, tenemos, pues, ya triple
material para un estancamiento de comercio. Prescindiendo de estas
circunstancias especiales, la aparente crisis del año 1851
no era más que el alto que la superproducción y
superespeculación hacen cada vez que recorren el ciclo
industrial, antes de reunir todas sus fuerzas para recorrer con
vertiginosidad febril la última etapa del ciclo y llegar
de nuevo a su punto de partida: la crisis comercial general.
En estos intervalos de la historia del comercio, estallan en Inglaterra
las bancarrotas comerciales, mientras que en Francia se paraliza
la industria misma, en parte obligada a retroceder por la competencia
de los ingleses en todos los mercados, competencia que precisamente
en esos momentos se agudiza hasta términos irresistibles,
y en parte por ser una industria de lujo, que sufre preferentemente
las consecuencias de todos los estancamientos de los negocios.
De este modo, Francia, además de recorrer las crisis generales,
recorre sus propias crisis nacionales de comercio, que, sin embargo,
están mucho más determinadas y condicionadas por
el estado general del mercado mundial que por las influencias
locales francesas. No carecerá de interés oponer
al prejuicio del burgués de Francia el juicio del burgués
de Inglaterra. Una de las mayores casas de Liverpool escribe en
su memoria comercial anual de 1851:

«Pocos años han engañado más que éste
en los pronósticos hechos al comenzar; en vez de la gran
prosperidad, que se preveía casi unánimemente, resultó
ser uno de los años más decepcionantes desde hace
un cuarto de siglo. Esto sólo se refiere, naturalmente,
a las clases mercantiles, no a las industriales. Y, sin embargo,
al comenzar el año había indudablemente sus razones
para pensar lo contrario; las reservas de mercancías eran
escasas, el capital abundante, las subsistencias baratas, estaba
asegurado un año próspero; paz inalterada en el
continente y ausencia de perturbaciones políticas o financieras
en nuestro país; realmente, nunca se habían visto
más libres las alas del comercio... ¿A qué
atribuir este resultado desfavorable? Creemos que al exceso
de comercio, tanto en las importaciones como en las exportaciones.
Si nuestros comerciantes no ponen por sí mismos a su actividad
límites más estrechos, nada podrá sujetarnos
dentro de los carriles, más que un pánico cada tres
años.»

Imaginémonos ahora al burgués de Francia en medio
de este pánico de los negocios, con su cerebro obsesionado
por el comercio, torturado, aturdido por los rumores de golpe
de Estado y de restablecimiento del sufragio universal, por la
lucha entre el parlamento y el poder ejecutivo, por la guerra
de la Fronda de los orleanistas y los legitimistas, por las conspiraciones
comunistas del sur de Francia y las supuestas jacqueries
de los departamentos del Nièvre y del Cher, por los reclamos
de los distintos candidatos a la presidencia, por las consignas
chillonas de los periódicos, por las amenazas de los republicanos
de defender con las armas en la mano la Constitución y
el sufragio universal, por los evangelios de los héroes
emigrados in partibus, que anunciaban el fin del mundo
para el segundo domingo de mayo de 1852, y comprenderemos que,
en medio de esta confusión indecible y estrepitosa de fusión,
revisión, prórroga de poderes, Constitución,
conspiración, coalición, emigración, usurpación
y revolución. el burgués, jadeante, gritase como
loco a su república parlamentaria: «¡Antes
un final terrible que un terror sin fin!»

Bonaparte supo entender este grito. Su capacidad de comprensión
se aguzó por la creciente violencia de sus acreedores,
que veían en cada crepúsculo que los iba acercando
al día del vencimiento, al segundo domingo de mayo de 1852,
una protesta del movimiento de los astros contra sus letras de
cambio terrenales. Se habían convertido en verdaderos astrólogos.
La Asamblea Nacional había frustrado a Bonaparte toda esperanza
en la prórroga constitucional de su poder y la candidatura
del príncipe de Joinville no consentía más
vacilaciones.

Si hubo alguna vez un acontecimiento que proyectase delante de
sí una sombra mucho tiempo antes de ocurrir, fue el golpe
de Estado de Bonaparte. Ya el 29 de enero de 1849, cuando apenas
había pasado un mes desde su elección, hizo una
proposición en este sentido a Changarnier. Su propio primer
ministro, Odilon Barrot, había denunciado veladamente en
el verano de 1849, y Thiers abiertamente en el invierno de 1850,
la política del golpe de Estado. En mayo de 1851, Persigny
había intentado otra vez más ganar a Changarnier
para el golpe y el Messager de l'Assemblée había
hecho públicas estas negociaciones. Los periódicos
bonapartistas amenazaban con un golpe de Estado ante cada tormenta
parlamentaria, y cuanto más se acercaba la crisis, más
subían de tono. En las orgías, que Bonaparte celebraba
todas las noches con la swell mob de ambos sexos, en cuanto se
acercaba la media noche y las abundantes libaciones desataban
las lenguas y calentaban la fantasía, se acordaba el golpe
de Estado para la mañana siguiente. Se desenvainaban las
espadas, tintineaban los vasos, los diputados salían volando
por las ventanas y el manto imperial caía sobre los hombros
de Bonaparte, hasta que la mañana siguiente ahuyentaba
al fantasma, y el asombrado París se enteraba, por las
vestales poco reservadas y los indiscretos paladines, del peligro
de que había escapado una vez más. Durante los meses
de septiembre y octubre se atropellaban los rumores sobre un coup
d'état. La sombra cobraba al mismo tiempo color, como
un daguerrotipo iluminado. Si se ojean las series de septiembre
y octubre en las selecciones de los órganos de la prensa
diaria europea, se encontrarán textualmente noticias de
este tipo:» París está lleno de rumores de
un golpe de Estado. Se dice que la capital se llenará de
tropas durante la noche y que a la mañana siguiente aparecerán
decretos disolviendo la Asamblea Nacional, declarando el departamento
del Sena en estado de sitio, resturando el sufragio universal
y apelando al pueblo. Se dice que Bonaparte busca ministros para
poner en práctica estos decretos ilegales». Las correspondencias
que dan estas nociticas terminan siempre con la palabra fatal
«aplazado». El golpe de Estado fue siempre la
idea fija de Bonaparte. Con esta idea en la cabeza volvió
a pisar el territorio de Francia. Hasta tal punto estaba poseído
por ella, que la delataba y se le iba de la lengua a cada paso.
Y era tan débil, que volvía a abandonarla también
a cada paso. La sombra del golpe de Estado había hecho
tan familiar a los parisinos como espectro, que cuando por fin
se les presentó en carne y hueso no querían creer
en él. No fue, pues, ni el recato discreto del jefe de
la Sociedad del 10 de Diciembre ni una sorpresa insospechada por
la Asamblea Nacional lo que hizo que triunfase el golpe de Estado.
Si triunfó, fue, a pesar de la indiscreción de aquél
y a ciencia y conciencia de ésta, como resultado
necesario e inevitable del proceso anterior.

El 10 de octubre, Bonaparte anunció a sus ministros su
resolución de restaurar el sufragio universal; el 16 le
presentaron la dimisión, y el 26 conoció París
la formación del ministerio Thorigny. El prefecto de policía
Carlier fue sustituido al mismo tiempo por Maupas y el jefe de
la primera división, Magnan, concentró en la capital
los regimientos más seguros. El 4 de noviembre reanudó
sus sesiones la Asamblea Nacional. Ya no tenía que hacer
más que repetir en pocas y sucintas lecciones de repaso
el curso que había acabado y probar que la habían
enterrado sólo después de morir.

El primer puesto que había perdido en su lucha con el poder
ejecutivo era el ministerio. Y no tuvo más remedio que
confesar solemnemente esta pérdida, aceptando como plenamente
válido el simulacro de ministerio de Thorigny. La comisión
permanente había recibido con risas al señor Giraud,
cuando éste se presentó en nombre de los nuevos
ministros. ¡Flojo era el ministerio para medidas tan fuertes
como la restauración del sufragio universal! Pero se trataba
precisamente de no sacar nada adelante en el Parlamento,
sino de sacarlo todo contra el Parlamento.

El mismo día en que reanudó sus sesiones, la Asamblea
Nacional recibió el mensaje en que Bonaparte exigía
la restauración del sufragio universal y la derogación
de la ley de 31 de mayo de 1850. Sus ministros presentaron el
mismo día un decreto en este sentido. La Asamblea rechazó
inmediatamente la proposición de urgencia de los ministros,
y el 13 de noviembre la propuesta de ley, por 355 votos contra
348. De este modo, volvió a romper una vez más su
mandato, volvió a confirmar una vez más que había
dejado de ser la representación libremente elegida del
pueblo, para convertirse en el parlamento usurpador de una clase,
confesó una vez más que había cortado por
su propia mano los músculos que unían la cabeza
parlamentaria con el cuerpo de la nación.

Si el poder ejecutivo, con su propuesta de restauración
del sufragio universal, apelaba de la Asamblea Nacional al pueblo,
el poder legislativo, con su proyecto de ley sobre cuestores había
de fijar el derecho de la Asamblea Nacional a requerir directamente
el auxilio de las tropas, a crear un ejército parlamentario.
Al erigir así al ejército en árbitro entre
ella y el pueblo, entre ella y Bonaparte, al reconocer al ejército
como poder decisivo del Estado, tenía necesariamente que
confirmar, de tora parate, que había abandonado ya desde
hacía mucho tiempo su pretensión de mando sobre
el ejército. Cuando, en vez de requerir inmediatamente
a las tropas, debatía sobre su derecho a requerirlas, revelaba
la duda en su propio poder. Al rechazar la ley de los cuestores,
conversaba abiertamente su impotencia. Esta ley fue desechada
con una minoría de 108 votos; la Montaña decidió,
por tanto, la votación. Se encontraba en la situación
del asno de Buridán, no ciertamente entre dos sacos de
pienso, sin saber cuál sería mejor, sino entre dos
tandas de palos, sin saber cuál sería peor. De un
lado, el miedo a Changarnier; de otro, el miedo a Bonaparte. Hay
que reconocer que la situación no tenía nada de
heroica.

El 18 de noviembre se propuso una enmienda a la ley sobre las
elecciones municipales presentada por el partido del orden, en
la que se disponía que los electores municipales no necesitarían
tres años de domicilio, sino uno solo, para poder votar.
La enmienda se desechó por un solo voto, este voto resultó
inmediatamente ser un error. Escindido en sus fracciones enemigas,
el partido del orden había perdido desde hacía ya
mucho tiempo su mayoría parlamentaria propia. Ahora ponía
de manifiesto que en el parlamento no existía ya mayoría
alguna. La Asamblea Nacional era ya incapaz para tomar acuerdos.
Sus elementos atómicos ya no se mantenían unidos
por ninguna fuerza de cohesión; había gastado su
último hálito de vida, estaba muerta.

Finalmente, algunos días antes de la catástrofe,
la masa extraparlamentaria de la burguesía había
de confirmar solemnemente una vez más su ruptura con la
burguesía dentro del parlamento. Thiers, que como héroe
parlamentario estaba contagiado preferentemente de la enfermedad
incurable del cretinismo parlamentario, había maquinado
después de la muerte del parlamento una nueva intriga parlamentaria
con el Consejo de Estado, una ley de responsabilidad con la que
se pretendía sujetar al presidente dentro de los límites
de la Constitución. Así como el 15 de septiembre,
en la fiesta en que se puso la primera piedra del nuevo mercado
de París, Bonaparte había fascinado a las dames
de Halles, a las pescaderas, como un segundo Masniello (claro
está que una de estas pescaderas valía en cuanto
a fuerza efectiva, por 17 burgraves), del mismo modo que, después
de presentada la ley sobre cuestores, entusiasmaba a los tenientes
obsequiados en el Elíseo, ahora, el 25 de noviembre, arrebató
a la burguesía industrial, congregada en el circo para
recibir de sus manos las medallas de los premios por la Exposición
Industrial de Londres. Reproduciré la parte significativa
de su discurso, tomada del Journal des Débats.

«Con éxitos tan inesperados, me creo autorizado a
decir cuán grande sería la República Francesa
si se le consintiese defender sus intereses reales y reformar
sus instituciones, en vez de verse constantemente perturbada,
de un lado, por los demagogos y, de otro lado, por las alucinaciones
monárquicas. (Grandes, atronadores y repetidos aplausos
de todas las partes del anfiteatro.) Las alucinaciones monárquicas
entorpecen todo progreso y todo desarrollo industrial serio. En
lugar de progreso, no hay más que lucha. Vemos a hombres
que antes eran el más celoso sostén de la autoridad
y de las prerrogativas reales y que hoy son partidarios de una
Convención solamente para quebrantar la autoridad nacida
del sufragio universal. (Grandes y repetidos aplausos.)
Vemos a hombres que han sufrido más que nadie de la revolución
y la han deplorado más que nadie, y que provocan una nueva,
sin más objeto que encadenar la voluntad de la nación...
Yo os prometo tranquilidad para el porvenir, etc.» («Bravo»,
«Bravo», atronadores «Bravo».)

Así aplaude la burguesía industrial con su reclamación
más servil el golpe de Estado del 2 de diciembre, la aniquilación
del parlamento, el ocaso de su propia dominación, la dictadura
de Bonaparte. La tempestad de aplausos del 25 de noviembre tuvo
su respuesta en la tempestad de cañonazos del 4 de diciembre,
y la mayoría de las bombas fueron a estallar en la casa
del señor Sallandrouze, en cuya garganta había estallado
la mayoría de los vítores.

Cuando Cromwell disolvió el Parlamento Largo, se dirigió
solo al centro del salón de sesiones, sacó el reloj
para que aquél no viviese ni un solo minuto más
del plazo que le había señalado y fue arrojando
del salón a los diputados uno por uno con insultos alegres
y humoristas. El 18 Brumario, Napoleón, con menos talla
que su modelo, se trasladó, a pesar de todo, al Cuerpo
Legislativo y le leyó, aunque con voz entrecortada, su
sentencia de muerte. El segundo Bonaparte, que por lo demás
se hallaba en posesión de un poder ejecutivo muy distinto
del de Cromwell o Napoleón, no fue a buscar su modelo en
los anales de la historia universal, sino en los anales de la
Sociedad del 10 de Diciembre, en los anales de la jurisprudencia
criminal. Roba al Banco de Francia 25 millones de francos, compra
al general Magnan por un millón y a los soldados por 15
francos a cada uno y por aguardiente, se reúne a escondidas
por la noche con sus cómplices, como un ladrón,
manda asaltar las casas de los parlamentarios más peligrosos,
sacándolos de sus camas y llevándose a Cavaignac,
Lamoriciére, Le Flô, Changarnier, Charras, Thiers,
Baze y otros, manda ocupar las plazas principales de París
y el edificio del Parlamento con tropas y pegar, al amanecer,
en todos los muros, carteles estridentes proclamando la disolución
de la Asamblea Nacional y del Consejo de Estado, la restauración
del sufragio universal y la declaración del departamento
del Sena en estado de sitio. Y poco después, inserta en
el Moniteur un documento falso, según el cual influyentes
hombres parlamentarios se han agrupado en torno a él en
un Consejo de Estado.

Los restos del parlamento, formados principalmente por legitimistas
y orleanistas, se reúnen en el edificio de la alcaldía
del 10 distrito y acuerdan entre gritos de «¡Viva la
república!» la destitución de Bonaparte, arengan
en vano a la masa boquiabierta congregada delante del edificio
y, por último, custodiados por tiradores africanos, son
arrastrados primero al cuartel d'Orsay y luego empaquetados en
coches celulares y transportados a las cárceles de Mazas,
Ham y Vincennes. Así terminaron el partido del orden, la
Asamblea Legislativa y la revolución de febrero. He aquí
en breves rasgos, antes de pasar rápidamente a las conclusiones,
el esquema de su historia.

I. Primer período. Del 24 de febrero al 4 de mayo
de 1848. Período de febrero. Prólogo. Farsa de confraternización
general.

II. Segundo período. Período de constitución
de la república y de la Asamblea Nacional Constituyente.

Del 4 de mayo al 25 de junio de 1848. Lucha de todas las clases
contra el proletariado. Derrota del proletariado en las jornadas
de junio.

Del 25 de junio al 10 de diciembre de 1848. Dictadura de los
republicanos burgueses puros. Se redacta el proyecto de Constitución.
Declaración del estado de sitio en París. El 10
de diciembre se elimina la dictadura burguesa con la elección
de Bonaparte para presidente.

Del 20 de diciembre de 1848 al 28 de mayo de 1849. Lucha de
la Constituyente contra Bonaparte y el partido del orden coligado
con él. Caída de la Constituyente. Derrota de la
burguesía republicana.

III: Tercer período. Período de la república
constitucional y de la Asamblea Nacional Legislativa.

- del 28 de mayo al 13 de junio de 1849. Lucha de los pequeños
burgueses contra la burguesía y contra Bonaparte.

Del 13 de junio de 1849 al 31 de mayo de 1850. Dictadura parlamentaria
del partido del orden. Corona su dominación con la abolición
del sufragio universal, pero pierde el ministerio parlamentario.

Del 31 de mayo de 1850 al 2 de diciembre de 1851. Lucha entre
la burguesía parlamentaria y Bonaparte.

Del 31 de mayo de 1850 al 12 de enero de 1851. El parlamento
pierde el alto mando sobre el ejército.

Del 12 de enero al 11 de abril de 1851. Sucumbe en sus tentativas
por volver a adueñarse del poder administrativo. El partido
del orden pierde su mayoría parlamentaria propia. Coalición
del partido del orden con los republicanos y la Montaña.

Del 11 de abril al 9 de octubre de 1851. Intentos de revisión,
de fusión, de prórroga de poderes. El partido del
orden se descompone en los elementos que lo integran. Definitiva
ruptura del parlamento burgués y de la prensa burguesa
con la masa de la burguesía.

Del 9 de octubre al 2 de diciembre de 1851. Ruptura franca
entre el parlamento y el poder ejecutivo. El parlamento consuma
su defunción y sucumbe, abandonado por su propia clase,
por el ejército y por las demás clases. Hundimiento
del régimen parlamentario y de la dominación burguesa.
Triunfo de Bonaparte. Parodia de restauración imperial.

Capítulo VII

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Karl MARX

EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE

## Capítulo VII

La república social apareció como fase, como
profecía, en el umbral de la revolución de febrero.
En las jornadas de junio de 1848, fue ahogada en sangre del proletariado
de París, pero aparece en los restantes actos del drama
como espectro. Se anuncia la república democrática.
Se esfuma el 13 de junio de 1849, con sus pequeños burgueses
dados a la fuga, pero en su huida arroja tras sí reclamos
doblemente jactanciosos. La república parlamentaria
con la burguesía se adueña de toda la escena, apura
su vida en toda la plenitud, pero el 2 de diciembre de 1851 la
entierra bajo el grito de angustia de los realistas coligados:
«¡Viva la república!»

La burguesía francesa, que se rebelaba contra la dominación
del proletariado trabajador, encumbró en el poder al lumpemproletariado,
con el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre a la cabeza. La
burguesía mantenía a Francia bajo el miedo constante
a los futuros espantos de la anarquía roja; Bonaparte descontó
este porvenir cuando el 4 de diciembre hizo que el ejército
del orden, animado por el aguardiente, disparase contra los distinguidos
burgueses del Boulevard Montmartre y del Boulevard des Italiens,
que estaban asomados a las ventanas. La burguesía hizo
la apoteosis del sable, y el sable manda sobre ella. Aniquiló
la prensa revolucionaria, y ve aniquilada su propia prensa. Sometió
las asambleas populares a la vigilancia de la policía;
sus salones se hallan bajo la vigilancia de la policía.
Disolvió la Guardia Nacional democrática y su propia
Guardia Nacional democrática y su propia Guardia Nacional
ha sido disuelta. Decretó el estado de sitio, y el estado
de sitio ha sido decretado contra ella. Suplantó los jurados
por comisiones militares, y las comisiones militares ocupan el
puesto de sus jurados. Sometió la enseñanza del
pueblo a los curas, y los curas la someten a ella a su propia
enseñanza. Deportó a detenidos sin juicio, y ella
es deportada sin juicio. Sofocó todo movimiento de la sociedad
mediante el poder del Estado, y el poder del Estado sofoca todos
los movimientos de su sociedad. Se rebeló, llevada del
entusiasmo por su bolsa, contra sus propios políticos y
literatos; sus políticos y literatos fueron quitados de
en medio, pero su bolsa se ve saqueada después de amordazarse
su boca y romperse su pluma. La burguesía gritaba incansablemente
a la revolución como San Arsenio a los cristianos: Fuge,
tace, quiesce! ¡Huye, calla, descansa! Y ahora es Bonaparte
el que grita a la burguesía; Fuge, tace, quiesce! ¡Huye,
calla, descansa!

La burguesía francesa había resuelto desde hacía
mucho tiempo el dilema de Napoleón: Dans cinquante ans,
l'Europe sera républicaine ou cosaque... Lo había
resuelto en la république cosaque. Ninguna Circe
ha desfigurado con su encanto maligno la obra de arte de la república
burguesa, convirtiéndola en un monstruo. Esa república
sólo perdió su apariencia de respetabilidad. La
Francia actual se contenía ya íntegra en la república
parlamentaria. Sólo hacía falta el arañazo
de una bayoneta para que la vejiga estallase y el monstruo saltase
a la vista.

¿Por qué el proletariado de París no se levantó
después del 2 de diciembre?

La caída de la burguesía sólo estaba decretada;
el decreto no se había ejecutado todavía. Cualquier
alzamiento serio del proletariado habría dado a aquélla
nuevos bríos, la habría reconciliado con el ejército
y habría asegurado a los obreros una segunda derrota de
julio.

El 4 de diciembre, el proletariado fue espoleado a la lucha por
burgueses y tenderos. En la noche de este día prometieron
comparecer en el lugar de la lucha varias legiones de la Guardia
Nacional, armadas y uniformadas. En efecto, burgueses y tenderos
habían descubierto que, en uno de sus decretos del 2 de
diciembre, Bonaparte abolía el voto secreto y les ordenaba
inscribir en los registros oficiales, detrás de sus nombres,
un sí o un no. La resistencia del 4 de diciembre amedrentó
a Bonaparte. Durante la noche mandó pegar en todas las
esquinas de París carteles anunciando la restauración
del voto secreto. Burgueses y tenderos creyeron haber alcanzado
su finalidad. Todos los que no se presentaron a la mañana
siguiente eran tenderos y burgueses.

Un golpe de mano de Bonaparte, dado durante la noche del 1 al
2 de diciembre, había privado al proletariado de París
de sus guías, de los jefes de las barricadas. ¡Un
ejército sin oficiales, al que los recuerdos de junio de
1848 y 1849 y de mayo de 1850 inspiraban la aversión a
luchar bajo la bandera de los montagnards, confió
a su vanguardia, a las sociedades secretas, la salvación
del honor insurreccional de París, que la burguesía
entregó tan mansamente a la soldadesca, que Bonaparte pudo
más tarde desarmar a la Guardia Nacional con el pretexto
burlón de que temía que sus armas fuesen empleadas
abusivamente contra ella misma por los anarquistas!

«C'est le triomphe complet et définitif du Socialisme!»
Así caracterizó Guizot el 2 de diciembre. Pero
si la caída de la república parlamentaria encierra
ya en germen el triunfo de la revolución proletaria, su
resultado inmediato, tangible, era la victoria de Bonaparte
sobre el parlamento, del poder ejecutivo sobre el poder legislativo,
de la fuerza sin frases sobre la fuerza de las frases. En
el parlamento, la nación elevaba su voluntad general a
ley, es decir, elevaba la ley de la clase dominante a su voluntad
general. Ante el poder ejecutivo, abdica de toda voluntad propia
y se somete a los dictados de un poder extraño, de la autoridad.
El poder ejecutivo, por oposición al legislativo, expresa
la heteromanía de la nación por oposición
a su autonomía. Por tanto, Francia sólo parece escapar
al despotismo de una clase para reincidir bajo el despotismo de
un individuo, y concretamente bajo la autoridad de un individuo
sin autoridad. Y la lucha parece haber terminado en que todas
las clases se postraron de hinojos, con igual impotencia y con
igual mutismo, ante la culata del fusil.

Pero la revolución es radical. Está pasando todavía
por el purgatorio. Cumple su tarea con método. Hasta el
2 de diciembre de 1851 había terminado la mitad de su labor
preparatoria; ahora, termina la otra mitad. Lleva primero a la
perfección el poder parlamentario, para poder derrocarlo.
Ahora, conseguido ya esto, lleva a la perfección el
poder ejecutivo, lo reduce a su más pura expresión,
lo aísla, se enfrenta con él, como único
blanco contra el que debe concentrar todas sus fuerzas de destrucción.
Y cuando la revolución haya llevado a cabo esta segunda
parte de su labor preliminar, Europa se levantará, y gritará
jubilosa: ¡bien has hozado, viejo topo!

Este poder ejecutivo, con su inmensa organización burocrática
militar, con su compleja y artificiosa maquinaria de Estado, un
ejército de funcionarios que suma medio millón de
hombres, junto a un ejército de otro medio millón
de hombres, este espantoso organismo parasitario que se ciñe
como una red al cuerpo de la sociedad francesa y le tapona todos
los poros, surgió en la época de la monarquía
absoluta, de la decadencia del régimen feudal, que dicho
organismo contribuyó a acelerar. Los privilegios señoriales
de los terratenientes y de las ciudades se convirtieron en otros
tantos atributos del poder del Estado, los dignatarios feudales
en funcionarios retribuidos y el abigarrado mapa muestrario de
las soberanías medievales en pugna en el plan reglamentado
de un poder estatal cuya labor está dividida y centralizada
como en una fábrica. la primera revolución francesa,
con su misión de romper todos los poderes particulares
locales, territoriales, municipales y provinciales, para crear
la unidad civil de la nación, tenía necesariamente
que desarrollar lo que la monarquía absoluta había
iniciado: la centralización; pero al mismo tiempo amplió
el volumen, las atribuciones y el número de servidores
del poder del Gobierno. Napoleón perfeccionó esta
máquina del Estado. La monarquía legítima
y la monarquía de Julio no añadieron nada más
que una mayor división del trabajo, que crecía a
medida que la división del trabajo dentro de la sociedad
burguesa creaba nuevos grupos de intereses, y por tanto nuevo
material para la administración del Estado. Cada interés
se desglosaba inmediatamente de la sociedad, se contraponía
a ésta como interés superior, general (allgemeines),
se sustraía a la propia iniciativa de los individuos de
la sociedad y se convertía en objeto de la actividad del
Gobierno, desde el puente, la escuela y los bienes comunales de
un municipio rural cualquiera, hasta los ferrocarriles, la riqueza
nacional y las universidades de Francia. Finalmente, la república
parlamentaria, en su lucha contra la revolución, viose
obligada a fortalecer, junto con las medidas represivas, los medios
y la centralización del poder del Gobierno. Todas las revoluciones
perfeccionaban esta máquina, en vez de destrozarla. Los
partidos que luchaban alternativamente por la dominación,
consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio
del Estado como el botín principal del vencedor.

Pero bajo la monarquía absoluta, durante la primera revolución,
bajo Napoleón, la burocracia no era más que el medio
para preparar la dominación de clase de la burguesía.
Bajo la restauración, bajo Luis Felipe, bajo la república
parlamentaria, era el instrumento de la clase dominante, por mucho
que ella aspirase también a su propio poder absoluto.

Es bajo el segundo Bonaparte cuando el Estado parece haber adquirido
una completa autonomía. La máquina del Estado se
ha consolidado ya de tal modo que frente a la sociedad burguesa,
que basta con que se halle a su frente el jefe de la Sociedad
del 10 de Diciembre, un caballero de industria venido de fuera
y elevado sobre el pavés por una soldadesca embriagada,
a la que compró con aguardiente y salchichón y a
la que tiene que arrojar constantemente salchichón. De
aquí la pusilánime desesperación, el sentimiento
de la más inmensa humillación y degradación
que oprime el pecho de Francia y contiene su aliento. Francia
se siente como deshonrada.

Y, sin embargo, el poder del Estado no flota en el aire. Bonaparte
representa a una clase, que es, además, la clase más
numerosa de la sociedad francesa: los campesinos parcelarios.

Así como los Borbones eran la dinastía de los grandes
terratenientes y los Orleans la dinastía del dinero, los
Bonapartes son la dinastía de los campesinos, es decir,
de la masa del pueblo francés. El elegido de los campesinos
no es el Bonaparte que se sometía al parlamento burgués,
sino el Bonaparte que le dispersó. Durante tres años
consiguieron las ciudades falsificar el sentido de la elección
del 10 de diciembre y estafar a los campesinos la restauración
del imperio. La elección del 10 de diciembre de 1848 no
se consumó hasta el golpe de Estado del 2 de diciembre
de 1851.

Los campesinos parcelarios forman una masa inmensa, cuyos individuos
viven en idéntica situación, pero sin que entre
ellos existan muchas relaciones. Su modo de producción
los aísla a unos de otros, en vez de establecer relaciones
mutuas entre ellos. Este aislamiento es fomentado por los malos
medios de comunicación de Francia y por la pobreza de los
campesinos. Su campo de producción, la parcela, no admite
en su cultivo división alguna del trabajo, ni aplicación
alguna de la ciencia; no admite, por tanto, multiplicidad de desarrollo,
ni diversidad e talentos, ni riqueza de relaciones sociales. Cada
familia campesina se basta, sobre poco más o menos, a sí
misma, produce directamente ella misma la mayor parte de lo que
consume y obtiene así sus materiales de existencia más
bien en intercambio con la naturaleza que en contacto con la sociedad.
La parcela, el campesino y su familia; y al lado, otra parcela,
otro campesino y otra familia. Unas cuantas unidades de éstas
forman una aldea, y unas cuantas aldeas, un departamento. Así
se forma la gran masa de la nación francesa, por la simple
suma de unidades del mismo nombre, al modo como, por ejemplo,
las patatas de un saco forman un saco de patatas. En la medida
en que millones de familias viven bajo condiciones económicas
de existencia que las distinguen por su modo de vivir, por sus
intereses y por su cultura de otras clases y las oponen a éstas
de un modo hostil, aquéllos forman una clase. Por cuanto
existe entre los campesinos parcelarios una articulación
puramente local y la identidad de sus intereses no engendra entre
ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna
organización política, no forman una clase. Son,
por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase
en su propio nombre, ya sea por medio de un parlamento o por medio
de una Convención. No pueden representarse, sino que tienen
que ser representados. Su representante tiene que aparecer al
mismo tiempo como su señor, como una autoridad por encima
de ellos, como un poder ilimitado de gobierno que los proteja
de las demás clases y les envíe desde lo alto la
lluvia y el sol. por consiguiente, la influencia política
de los campesinos parcelarios encuentra su última expresión
en el hecho de que el poder ejecutivo somete bajo su mando a la
sociedad.

La tradición histórica hizo nacer en el campesino
francés la fe milagrosa de que un hombre llamado Napoleón
le devolvería todo el esplendor. Y se encuentra un individuo
que se hace pasar por tal hombre, por ostentar el nombre de Napoleón
gracias a que el Code Napoléon ordena. «La
recherche de la paternité est interdite». Tras
20 años de vagabundaje y una serie de grotescas aventuras,
se cumple la leyenda, y este hombre se convierte en emperador
de los franceses. La idea fija del sobrino se realizó porque
coincidía con la idea fija de la clase más numerosa
de los franceses.

Pero, se me objetará: ¿y los levantamientos campesinos
de media Francia, las batidas del ejército contra los campesinos,
y los encarcelamientos y deportaciones en masa de campesinos?

Desde Luis XIV, Francia no ha asistido a ninguna persecución
semejante de campesinos «por manejos demagógicos».

Pero entiéndase bien. La dinastía de Bonaparte no
representa al campesino revolucionario, sino al campesino conservador;
no representa al campesino que pugna por salir de su condición
social de vida, la parcela, sino al que, por el contrario, quiere
consolidarla; no a la población campesina, que, con su
propia energía y unida a las ciudades, quiere derribar
el viejo orden, sino a la que, por el contrario, sombríamente
retraída en este viejo orden, quiere verse salvada y preferida,
en unión de su parcela, pro el espectro del imperio. No
representa la ilustración, sino la superstición
del campesino, no su juicio; sino su prejuicio, no su porvenir,
sino su pasado, no sus Cévennes modernas, sino su moderna
Vendée.

Los tres años de dura dominación de la república
parlamentaria habían curado a una parte de los campesinos
franceses de la ilusión napoleónica y los habían
revolucionado, aun cuando sólo fuese superficialmente;
pero la burguesía los empujaba violentamente hacia atrás
cuantas veces se ponían en movimiento. Bajo la república
parlamentaria, la conciencia moderna de los campesinos franceses
pugnó con la conciencia tradicional. El proceso se desarrolló
bajo la forma de una lucha incesante entre los maestros de escuela
y los curas. La burguesía abatió a los maestros.
Por vez primera los campesinos hicieron esfuerzos para adoptar
una actitud independiente frente a la actividad del Gobierno.
Esto se manifestó en el conflicto constante de los alcaldes
con los prefectos. La burguesía destituyó a los
alcaldes. Finalmente, los campesinos de diversas localidades se
levantaron durante el período de la república parlamentaria
contra su propio engendro, el ejército. La burguesía
los castigó con estados de sitio y ejecuciones. Y esta
misma burguesía clama ahora acerca de la estupidez de las
masas, de la vile multitude que la ha traicionado frente
a Bonaparte. Fue ella misma la que consolidó con sus violencias
las simpatías de la clase campesina por el Imperio, la
que ha mantenido celosamente el estado de cosas que forman la
cuna de esta religión campesina. Claro está que
la burguesía tiene necesariamente que temer la estupidez
de las masas, mientras siguen siendo conservadoras, y su conciencia
en cuanto se hacen revolucionarias.

En los levantamientos producidos después del golpe de Estado,
una parte de los campesinos franceses protestó con las
armas en la mano contra su propio voto del 10 de diciembre de
1848. La experiencia adquirida desde 1848 les había abierto
los ojos. Pero habían entregado su alma a las fuerzas infernales
de la historia, y ésta los cogía por la palabra,
y la mayoría estaba aún tan llena de prejuicios,
que precisamente en los departamentos más rojos la población
campesina votó públicamente por Bonaparte. Según
ellos, la Asamblea Nacional le había impedido caminar.
Ahora no había hecho más que romper las ligaduras
que las ciudades habían puesto a la voluntad del campo.
En algunos sitios, abrigaban incluso la idea grotesca de colocar,
junto a un Napoleón, una Convención.

Después de la primera revolución había convertido
a los campesinos semisiervos en propietarios libres de su tierra.
Napoleón consolidó y reglamentó las condiciones
bajo las cuales podrían explotar sin que nadie les molestase
el suelo de Francia que se les acababa de asignar, satisfaciendo
su afán juvenil de propiedad. Pero lo que hoy lleva a la
ruina al campesino francés, es su misma parcela, la división
del suelo, la forma de propiedad consolidada en Francia por Napoleón.
Fueron precisamente las condiciones materiales las que convirtieron
al campesino feudal francés en campesino parcelario y a
Napoleón en emperador. Han bastado dos generaciones para
engendrar este resultado inevitable: el empeoramiento progresivo
de la agricultura y endeudamiento progresivo del agricultor. La
forma «napoleónica» de propiedad, que a comienzos
del siglo XIX era la condición para la liberación
y el enriquecimiento de la población campesina francesa,
se ha desarrollado en el transcurso de este siglo como la ley
de su esclavitud y de su pauperismo. Y es precisamente esta ley
la primera de las idees napoléoniennes que viene
a afirmar el segundo Bonaparte. Si comparte todavía con
los campesinos la ilusión de buscar la causa de su ruina,
no en su misma propiedad parcelaria, sino fuera de ella, en la
influencia de circunstancias secundarias, sus experimentos se
estrellarán como pompas de jabón contra las relaciones
de producción.

El desarrollo económico de la propiedad parcelaria ha invertido
de raíz la relación de los campesinos con las demás
clases de la sociedad. Bajo Napoleón, la parcelación
del suelo en el campo completaba la libre concurrencia y la gran
industria incipiente de las ciudades. La clase campesina era la
protesta omnipresente contra la aristocracia terrateniente, que
se acababa de derribar. Las raíces que la propiedad parcelaria
echó en el suelo francés quitaron al feudalismo
toda sustancia nutritiva. Sus mojones formaban el baluarte natural
dela burguesía contra todo golpe de mano de sus antiguos
señores. Pero en el transcurso del siglo XIX pasó
a ocupar el puesto de los señores feudales el usurero de
la ciudad, las cargas feudales del suelo fueron sustituidas por
la hipoteca y la aristocrática propiedad territorial fue
suplantada por el capital burgués. La parcela del campesino
sólo es ya el pretexto que permite al capitalista sacar
de la tierra ganancia, intereses y renta, dejando al agricultor
que se las arregle para sacar como pueda su salario. Las deudas
hipotecarias que pesan sobre el suelo francés imponen a
los campesinos de Francia un interés tan grande como los
intereses anuales de toda la deuda nacional británica.
La propiedad parcelaria, en esta esclavitud bajo el capital a
que conduce inevitablemente su desarrollo, ha convertido a la masa
de la nación francesa en trogloditas. Dieciséis
millones de campesinos (incluyendo las mujeres y los niños)
viven en chozas, una gran parte de las cuales sólo tienen
una abertura, otra parte, dos solamente, y las privilegiadas,
tres. Las ventanas son para una casa lo que los cinco sentidos
para la cabeza. El orden burgués, que a comienzos del siglo
puso al Estado de centinela de la parcela recién creada
y la abonó con laureles, se ha convertido en un vampiro
que le chupa la sangre y la médula y la arroja ala caldera
de alquimista del capital. El Code Napoléon no es
ya más que el código de los embargos, de las subastas
y de las adjudicaciones forzosas. A los cuatro millones (incluyendo
niños, etc.) de paupers oficiales, vagabundos, delincuentes
y prostitutas, que cuenta Francia, hay que añadir cinco
millones, cuya existencia flota al borde del abismo y que o bien
viven en el mismo campo desertan constantemente, con sus harapos
y sus hijos, del campo a las ciudades y de las ciudades al campo.
Por tanto, los intereses de los campesinos no se hallan ya, como
bajo Napoleón, en consonancia, sin en contraposición
con los intereses de la burguesía, con el capital. Por
eso los campesinos encuentran su aliado y jefe natural en el proletariado
urbano, que tiene por misión derrocar el orden burgués.
Pero el Gobierno fuerte y absoluto -que es la segunda idée
napoléoninne que viene a poner en práctica el
segundo Napoleón- está llamado a defender por la
violencia este orden «material». Y este orden material
es también el tópico en todas las proclamas de Bonaparte
contra los campesinos rebeldes.

Junto a la hipoteca, que el capital le impone, pesan sobre la
parcela los impuestos. Los impuestos son la fuente de vida
de la burocracia, del ejército, de los curas y de la corte;
en una palabra, de todo el aparado del poder ejecutivo. Un gobierno
fuerte e impuestos elevados son cosas idénticas. La propiedad
parcelaria se presta por la naturaleza para servir de base a una
burocracia omnipotente e innumerable. Crea un nivel igual de relaciones
y de personas en toda la faz del país. Ofrece también,
por tanto, la posibilidad de influir por igual sobre todos los
puntos de esta masa igual desde un centro supremo. Destruye los
grados intermedios aristocráticos entre la masa del pueblo
y el poder del Estado. Provoca, por tanto, desde todos los lados,
la injerencia directa de este poder estatal y la interposición
de sus órganos inmediatos. Y, finalmente, crea una superpoblación
parada y no encuentra cabida ni en el campo ni en las ciudades
y que, por tanto, echa mano de los cargos públicos como
de una respetable limosna, provocando la creación de cargos
del Estado. Con los nuevos mercados que abrió a punta de
bayoneta, con el saqueo del continente, Napoleón devolvió
los impuestos forzosos con sus intereses. Estos impuestos eran
entonces un acicate para la industria del campesino, mientras
que ahora privan a su industria de sus últimos recursos
y acaban de exponerle indefenso al pauperismo. Y de todas las
idées napoléoniennes, la de una enorme burocracia,
bien galoneada y bien cebada, es la que más agrada al segundo
Bonaparte. ¿Y cómo no había de agradarle, si
se ve obligado a crear, junto a las clases reales de la sociedad
una casta artificial, para la que el mantenimiento de su régimen
es un problema de cuchillo y tenedor? Por eso, una de sus primeras
operaciones financieras consistió en elevar nuevamente
los sueldos de los funcionarios a su altura antigua y en crear
nuevas sinecuras.

Otra idée napoléonienne es la dominación
de los curas como medio de gobierno. Pero si la parcela
recién creada, en su armonía con la sociedad, en
su dependencia de las fuerzas de la naturaleza y en su sumisión
a la autoridad que la protegía desde lo alto era, naturalmente,
religiosa, esta parcela, comida de deuda, divorciada de la sociedad
y de la autoridad y forzada a salirse de sus propios horizontes,
limitados, se hace, naturalmente, irreligiosa. El cielo era una
añadidura muy hermosa al pequeño pedazo de tierra
acabado de adquirir, tanto más cuanto que de él
viene el sol y la lluvia, pero se convierte en un insulto tan
pronto como se le quiere imponer a cambio de la parcela. En este
caso, el cura ya sólo aparece como el ungido perro rastreador
de la policía terrenal: otra idée napoléonienne.
La próxima vez, la expedición contra Roma se llevará
a cabo en la misma Francia, pero en sentido inverso al del señor
Montalembert.

Finalmente, el punto culminante de las idées napoléoniennes
es la preponderancia del ejército. El ejército
era el point d'honneur de los campesinos parcelarios, eran
ellos mismos convertidos en héroes, defendiendo su nueva
propiedad contra el enemigo de fuera, glorificando su nacionalidad
recién conquistada, saqueando y revolucionando el mundo.
El uniforme era su ropa de gala; la guerra su poesía; la
parcela, prolongada y redondeada en la fantasía, la patria,
y el patriotismo la forma ideal del sentido de la propiedad. Pero
los enemigos contra quienes ahora tiene que defender su propiedad
el campesino francés no son los cosacos, son los alguaciles
y los agentes ejecutivos del fisco. La parcela no está
ya enclavada en lo que llaman patria, sino en el registro hipotecario.
El mismo ejército ya no es la flor de la juventud campesina,
sino la flor del pantano del lumpemproletariado campesino. Está
formado en su mayoría por remplaçants, por
sustitutos, del mismo modo que el segundo Bonaparte no es más
que el remplaçant, el sustituto de Napoleón.
sus hazañas heroicas consisten ahora en las cacerías
y batidas contra los campesinos, en el servicio de gendarmería,
y si las contradicciones internas de su sistema lanzan al jefe
de la Sociedad del 10 de diciembre del otro lado de la frontera
francesa, tras algunas hazañas de bandidaje el ejército
no cosechará precisamente laureles, sino palos.

Como vemos, todas las «idées napoléoniennes»
son las ideas de la parcela incipiente, juvenil, pero constituyen
un contrasentido para la parcela caduca. No son más que
las alucinaciones de su agonía, palabras convertidas en
frases, espíritus convertidos en fantasmas. Pero la parodia
del imperio era necesaria para liberar a la masa de la nación
francesa de peso de la tradición y hacer que se destacase
nítidamente la contraposición entre el Estado y
la sociedad. Conforme avanza la ruina de la propiedad parcelaria,
se derrumba el edificio del Estado construido sobre ella. La centralización
del Estado, que la sociedad moderna necesita, sólo se levanta
sobre las ruinas de la máquina burocrático-militar
de gobierno, forjada por oposición al feudalismo.

Las condiciones de los campesinos franceses nos descubren el misterio
de las elecciones generales del 20 y 21 de diciembre, que
llevaron al segundo Bonaparte al Sinaí pero no para recibir
leyes, sino para darlas.

Manifiestamente, la burguesía no tenía ahora más
opción que elegir a Bonaparte. Cuando, en el Concilio de
Constanza, los puritanos se quejaban de la vida licenciosa de
los papas y gemían acerca de la necesidad de reformar las
costumbres, el cardenal Pierre d'Ailly dijo, con voz tonante:
«¡Cuando sólo el demonio en persona puede salvar
a la Iglesia católica, vosotros pedís ángeles!»
La burguesía francesa exclamó también, después
del coup d'état: ¡Sólo el jefe de la
Sociedad del 10 de Diciembre puede ya salvar a la sociedad burguesa!
¡Sólo el robo puede salvar a la propiedad, el perjurio
a la religión, el bastardismo a la familia, y el desorden
al orden!

Bonaparte, como poder ejecutivo convertido en fuerza independiente,
se cree llamado a garantizar el «orden burgués».
Pero la fuerza de este orden burgués está en la
clase media. Se cree, por tanto, representante de la clase media
y promulga decretos en este sentido. Pero si es algo, es gracias
a haber roto y romper de nuevo diariamente la fuerza política
de esta clase media. Se afirma, por tanto, como adversario de
la fuerza política y literaria de la clase media. Pero,
al proteger su fuerza material, engendra de nuevo su fuerza política.
Se trata, por tanto, de mantener viva la causa, pero de suprimir
el efecto allí donde éste se manifieste. Pero esto
no es posible sin una pequeña confusión de causa
y efecto, pues al influir el uno sobre la otra y viceversa, ambos
pierden sus características distintivas. Nuevos decretos
que borran la línea divisoria. Bonaparte se reconoce al
mismo tiempo, frente a la burguesía, como representante
de los campesinos y del pueblo en general, llamado a hacer felices
dentro de la sociedad burguesa a las clases inferiores del pueblo.
Nuevos decretos, que estafan de antemano a los «verdaderos
socialistas» su sabiduría de gobernantes. Pero Bonaparte
se sabe ante todo jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre, representante
del lumpemproletariado, al que pertenece él mismo, su entourage,
su Gobierno y su ejército, y al que ante todo le interesa
beneficiarse a sí mismo y sacar premios de lotería
californiana del Tesoro público. Y se confirma como jefe
de la Sociedad del 10 de Diciembre con decretos, sin decretos
y a pesar de los decretos.

Esta misión contradictoria del hombre explica las contradicciones
de su Gobierno, el confuso tantear aquí y allá,
que procura tan pronto atraerse como humillar, unas veces a esta
y otras veces a aquella clase, poniéndolas a todas por
igual en contra suya, y cuya inseguridad práctica forma
un contraste altamente cómico con el estilo imperioso y
categórico de sus actos de gobierno, estilo imitado sumisamente
del tío.

La industria y el comercio, es decir, los negocios de la clase
media, deben florecer como planta de estufa bajo el Gobierno fuerte.
Se otorga un sinnúmero de concesiones ferroviarias. Pero
el lumpemproletariado bonapartista tiene que enriquecerse. Manejos
especulativos con las concesiones ferroviarias en la Bolsa por
gentes iniciadas de antemano. Pero no se presenta ningún
capital para los ferrocarriles. Se obliga al Banco a adelantar
dinero a cuenta de las acciones ferroviarias. Pero, al mismo tiempo,
hay que explotar personalmente al Banco, y, por tanto, halagarlo.
Se exime al Banco del deber de publicar semanalmente sus informes.
Contrato leonino del Banco con el Gobierno. Hay que dar trabajo
al pueblo. Se ordenan obras públicas. Pero las obras públicas
aumentan las cargas tributarias del pueblo. Por tanto, rebaja
de los impuestos mediante un ataque contra los rentistas, convirtiendo
las rentas al 5 por 100 en renta al 4,5 por 100. Pero hay que
dar un poco de miel a la burguesía. Por tanto, se duplica
el impuesto sobre el vino para el pueblo, que lo bebe al por menor,
y se rebaja a la mitad para la clase media, que lo bebe al por
mayor. Se disuelven las asociaciones obreras existentes, pero
se prometen milagros de asociación para e porvenir. Hay
que ayudar a los campesinos: Bancos hipotecarios, que aceleran
su endeudamiento y la concentración de la propiedad. Pero
a estos Bancos hay que utilizarlos para sacar dinero de los bienes
confiscados de la casa de Orleans. No hay ningún capitalista
que se preste a esta condición, que no figura en el decreto,
y el Banco hipotecario se queda reducido a mero decreto, etc.

Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas
las clases. Pero no puede dar nada a una sin quitárselo
a la otra. Y así como en los tiempos de la Fronda se decía
del duque de Guisa que era el hombre más obligeant
de Francia, porque había convertido todas sus fincas en
obligaciones de sus partidarios, contra él mismo, Bonaparte
quisiera ser también el hombre más obligeant de
Francia y convertir toda la propiedad y todo el trabajo de Francia
en una obligación personal contra él mismo. Quisiera
robar a Francia entera para regalársela a Francia, o mejor
dicho, para comprar de nuevo a Francia con dinero francés,
pues como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre tiene necesariamente
que comprar lo que quiere que le pertenezca. Y en institución
del soborno se convierten todas las instituciones del Estado:
el Senado, el Consejo de Estado, el Cuerpo Legislativo, la Legión
de Honor, la medalla del soldado, los lavaderos, los edificios
públicos, los ferrocarriles, el Estado Mayor de la Guardia
Nacional sin soldados rasos, los bienes confiscados de la casa
de Orleans. En medio de soborno se convierten todos los puestos
del ejército y de la máquina de gobierno. Pero lo
más importante de este proceso en que se toma a Francia
para entregársela a ella misma, son los tantos por ciento
que durante la operación de cambio se embolsan el jefe
y los individuos de la Sociedad del 10 de Diciembre. El chiste
con el que la condesa L., la amante del señor de Morny,
caracterizaba la confiscación de los bienes orleanistas;
«C'est le premier vol de l'aigle» (*) [«Es
el primer vuelo (= robo) del águila»], puede aplicarse
a todos los vuelos de este águila, que más
que águila es cuervo. Tanto él como sus adeptos
se gritan diariamente, como aquel cartujo italiano al avaro, que
contaba jactanciosamente los bienes que habría de disfrutar
durante largos años: «Tu fai conto sopra il beni,
bisogna prima far il conto sopra gli anni» (**). Para
no equivocarse en los años, echan las cuentas por minutos.
En la corte, en los ministerios, en la cumbre de la administración
y del ejército, se amontona un tropel de bribones, del
mejor de los cuales puede decirse que no sabe de dónde
viene, una bohème estrepitosa, sospechosa y ávida
de saqueo, que se arrastra en sus casacas galoneadas con la misma
grotesca dignidad que los grandes dignatarios de Soulouque. Si
queremos representarnos plásticamente esta capa superior
de la Sociedad del 10 de Diciembre, nos basta con saber que Véron-Crevel
(***) es su predicador de moral y Granier de Cassagnac
su pensador. Cuando Guizot, durante su ministerio, utilizó
a este Granier en un periodicucho contra la oposición dinástica,
solía ensalzarlo con esta frase: «C'est le roi
des drôles», «es el rey de los bufones».
Sería injusto recordar a propósito de la corte y
de la tribu de Luis Bonaparte a la Regencia o a Luis XV. Pues
«Francia ha pasado ya con frecuencia por un gobierno de favoritas
pero nunca todavía por un gobierno de chulos»

Acosado por las exigencias contradictorias de su situación
y al mismo tiempo obligado como un prestidigitador a atraer hacia
sí, mediante sorpresas constantes, las miradas del público,
como hacía el sustituto de Napoleón, y por tanto
a ejecutar todos los días un golpe de Estado en miniatura,
Bonaparte lleva el caos a toda la economía burguesa, atenta
contra todo lo que a la revolución de 1848 había
parecido intangible, hace a unos pacientes para la revolución
y a otros ansiosas de ella, y engendra una verdadera anarquía
en nombre del orden, despojando al mismo tiempo a toda la máquina
del Estado al halo de santidad, profanándola, haciéndola
a la par asquerosa y ridícula. Copia en París, bajo
la forma de culto del manto imperial de Napoleón, el culto
a la sagrada túnica de Tréveris. Pero si por último
el manto imperial cae sobre los hombros de Luis Bonaparte, la
estatua de bronce de Napoleón se vendrá a tierra
desde lo alto de la Columna de Vendôme.

NOTAS

* La palabra vol significa vuelo y robo (N. de Marx.)

** «Cuentas los bienes, cuando lo que debieras contar son
los años». (N. de Marx.)

*** En su obra La Cousine Bette, Balzac presenta en Grevel,
personaje inspirado en el doctor Véron, propietario del
periódico Constitutionnel, al tipo de filisteo más
libertino de París. (N. de Marx.)