Carta al redactor de «The Times»

La destrucción de los últimos restos de una prensa independiente en el continente ha convertido en un deber honroso para la prensa inglesa registrar cada acto de ilegalidad y opresión en esa parte de Europa. Permítame, pues, por medio de sus columnas, exponer ante el público un hecho que demuestra que los jueces de Prusia están a la altura de los lacayos políticos de Luis Napoleón.

Usted sabe en qué valioso moyen de gouvernement* puede convertirse una conspiración bien montada, si se la presenta en el momento oportuno. El gobierno prusiano, con el fin de hacer dúctil a su parlamento, necesitaba una conjura de ese tipo a comienzos del año pasado. En consecuencia, se arrestó a numerosas personas y se puso a trabajar a la policía en toda Alemania. Pero no se logró averiguar nada y, al fin, sólo unos pocos individuos fueron retenidos en última instancia en la prisión de Colonia, bajo el pretexto de ser los jefes de una vasta organización revolucionaria. Los principales entre ellos son el Dr. Becker y el Dr. Bürgers, dos caballeros vinculados a la prensa; el Dr. Daniels, el Dr. Jacobi y el Dr. Klein, médicos, dos de los cuales habían desempeñado honrosamente las arduas funciones de médico de la administración de los pobres; y el Sr. Otto, director de extensas fábricas de productos químicos y bien conocido en su país por sus conocimientos en ciencia química. Sin embargo, al no haber pruebas contra ellos, se esperaba de un día para otro su puesta en libertad. Pero, mientras estaban en prisión, se promulgó la «Ley Disciplinaria», que permitía al gobierno, mediante un procedimiento muy breve y sencillo, desembarazarse de cualquier funcionario judicial molesto. El efecto de esta disposición sobre los procedimientos, hasta entonces lentos y moribundos, contra los citados caballeros fue

* Medio de gobierno. — N. del ed.

Al redactor de The Times

casi instantáneo. No sólo se los sometió a incomunicación (au secret), negándoseles toda comunicación entre sí o con sus amigos, incluso por carta, y se les privó de libros y material de escritura (concedidos, en Prusia, al más vil criminal antes de la condena); sino que el proceso judicial tomó un giro completamente distinto. La Chambre du Conseil (sabed que en Colonia se nos juzga según el Code Napoléon) se mostró de inmediato dispuesta a formular una acusación contra ellos, y el asunto pasó al Senado de Acusación, un cuerpo de jueces que cumple las funciones de un Gran Jurado inglés. Es sobre la sentencia sin parangón de este cuerpo sobre la que deseo llamar particularmente su atención. En esta sentencia se encuentra, traducido literalmente, el siguiente pasaje extraordinario:

«Considerando que no se han presentado pruebas fiables, que, por lo tanto, al no haberse formulado una acusación, no existe motivo para mantener el auto de procesamiento» —(los prisioneros serán puestos en libertad, se supondrá, ¿es la conclusión necesaria? ¡De ningún modo!)— «todos los autos y documentos serán devueltos al juge d’instruction para una nueva investigación».

Esto significa, pues, que después de diez meses de detención, durante los cuales ni la actividad de la policía ni la perspicacia del fiscal de la Corona han podido encontrar la menor sombra de un caso —¡todo el procedimiento ha de empezar de nuevo desde el principio, para quizá, después de otro año de investigación, ser remitido por tercera vez al juge d’instruction!

La explicación de tan flagrante violación de la ley es la siguiente: en estos momentos el gobierno está preparando la organización de un Alto Tribunal de Justicia compuesto de los elementos más serviles. Como la derrota ante un jurado sería segura, el gobierno debe retrasar el juicio definitivo de este asunto hasta que pueda ser llevado ante este nuevo Tribunal, el cual, por supuesto, ofrecerá todas las garantías a la Corona y ninguna a los prisioneros.

¿No sería mucho más honorable para el gobierno prusiano dictar sentencia de una vez, por Decreto Real, contra los prisioneros, al modo en que lo ha hecho el Sr. Luis Bonaparte?

Soy, señor, su más obediente servidor.

Londres, 29 de enero de 1852

Ae Dreenne

Publicado por primera vez en alemán en el libro: Der Briefwechsel zwischen Friedrich Engels und Karl Marx, Erster Band, Stuttgart, 1913. Reproducido según el borrador de Engels en inglés.