Brindis

enviado por el ciudadano

L. A. Blanqui

a la Comisión de Refugiados en Londres para la celebración anual del 24 de febrero de 1851. Publicado por los Amigos de la Igualdad.

Nota preliminar.

Algunos miserables embaucadores del pueblo, el llamado Comité Central de los socialdemócratas europeos, en realidad un comité del populacho central europeo, bajo la presidencia de los señores Willich, Schapper, etc., celebraron en Londres el aniversario de la Revolución de Febrero. Louis Blanc, representante del socialismo sentimental de frases, se había unido, por intriga contra otro traidor al pueblo, Ledru-Rollin, a esta camarilla de pretendientes subalternos. En su banquete leyeron diversas alocuciones que supuestamente les habían llegado. De Alemania, pese a todos sus esfuerzos, no habían sabido mendigar ni una sola comunicación. ¡Signo favorable para el desarrollo del proletariado alemán!

También escribieron a Blanqui, el noble mártir del comunismo revolucionario, pidiéndole una alocución. Él les respondió con el siguiente brindis:

Advertencia al pueblo.

¿Qué escollo amenaza a la revolución de mañana? El escollo en que naufragó la revolución de ayer: la deplorable popularidad de burgueses enmascarados que representan el papel de tribunos del pueblo.

Ledru-Rollin, Louis Blanc, Crémieux, Marie, Lamartine, Garnier-Pagès, Dupont (de l'Eure), Flocon, Albert, Arago, Marrast.

¡Lista cargada de desgracia! ¡Nombres funestos, escritos con sangre en todos los adoquines de la Europa democrática!

¡El gobierno provisional ha matado la revolución! ¡Sobre su cabeza caiga la responsabilidad de todas las desgracias, sobre su cabeza la sangre de tantos miles de víctimas!

La reacción no hizo más que ejercer su oficio al estrangular a la democracia. El crimen recae sobre los traidores que el pueblo confiado había tomado por jefes y que lo entregaron a la reacción.

¡Gobierno miserable! Pese a los gritos de angustia, pese a las súplicas, lanza el impuesto de 45 céntimos sobre la población rural y la empuja a la desesperación, a la insurrección.

Mantiene los estados mayores realistas, la magistratura realista, las leyes realistas. ¡Traición!

El 16 de abril cae sobre los obreros de París, arroja a la cárcel a los de Limoges y el 27 acribilla con metralla a los de Ruan; suelta a todos sus perros de presa y organiza una caza contra todos los verdaderos republicanos. ¡Traición, traición!

¡Sobre él, sobre él solo, recae el peso terrible de las desgracias que han aniquilado la revolución de 1848!

Oh, hay grandes criminales, pero los mayores de todos son aquellos en quienes el pueblo, engañado por frases tribunicias, vio su espada y su escudo, aquellos a quienes declaró entusiastamente árbitros de su porvenir.

¡Ay de nosotros si en el cercano día del triunfo popular la indulgencia olvidadiza de las masas dejara volver al poder a uno de esos hombres que han deshonrado su mandato! Por segunda vez estaría perdida la revolución.

Que los obreros tengan sin cesar ante los ojos este registro de nombres malditos, y si jamás uno solo, sí, uno solo, reaparece en un gobierno revolucionario, que todos griten con una sola voz: ¡Traición!

Discursos, sermones, programas no serían otra vez más que mentira y engaño; los mismos prestidigitadores volverían para ejecutar de nuevo sus viejos trucos; formarían el primer eslabón de una nueva cadena de reacciones todavía más furiosas. ¡Maldición y venganza contra ellos si se atrevieran a aparecer de nuevo! ¡Oprobio y desprecio a la masa ingenua que se dejara atrapar otra vez en sus redes!

Pero no basta con que los escamoteadores de Febrero estén desterrados para siempre del Hôtel de Ville; hay que asegurarse contra una nueva traición.

Traidores serían aquellos que, elevados al gobierno sobre los hombros del proletariado, no pusieran inmediatamente en práctica lo siguiente:

1. el desarme general de las guardias burguesas;

2. el armamento y la organización militar de todos los obreros.

Sin duda hay muchas otras medidas indispensables, pero se desprenden por sí mismas de este primer acto, que es la garantía inmediata, la única prenda de seguridad para el pueblo.

No debe quedar un solo fusil en manos de los burgueses. ¡Sin eso no hay salvación!

Las diversas doctrinas que hoy se disputan las simpatías de las masas podrán realizar a su tiempo sus promesas de mejora y bienestar, pero solo con la condición de que no se suelte la presa por la sombra.

No conducirían a nada más que a un miserable aborto si el pueblo, ocupado exclusivamente en teorías, quisiera despreciar el único medio práctico, el único medio seguro: la fuerza.

Armas y organización: ese es el elemento decisivo del progreso, el único medio serio para poner fin a la miseria.

Quien tiene hierro, tiene pan. Se cae de rodillas ante las bayonetas; se barre a las multitudes desarmadas como paja. Francia erizada de obreros armados: esa es la llegada del socialismo.

Ante el proletariado armado desaparecerá todo: obstáculos, resistencias, imposibilidades.

Pero a los proletarios que se dejan entretener con ridículos paseos por las calles, con árboles de la libertad, con sonoras frases de abogados, les espera primero agua bendita, luego insultos, finalmente metralla, y siempre miseria.

¡Que el pueblo elija!

Prisión de Belle-Isle-en-Mer, 10 de febrero de 1851.