La Guerra Campesina en Alemania

Notas

Agregadas por primera vez a la edición rusa de 1926

1. Wilhelm Zimmermann – historiador y poeta alemán. Nació el 2 de enero de 1807 en Stuttgart, en la familia de un artesano. Cursó el gymnasium en Stuttgart y estudió en la Universidad de Tubinga junto con F. Strauss. Fue primero pastor y luego profesor en la Escuela Politécnica de Stuttgart, donde ocupó la cátedra de historia, lengua y literatura alemanas. El 23 de abril de 1848 fue elegido representante de la Asamblea Nacional (Frankfurt). En la catedral de San Pablo se unió al grupo de la extrema izquierda. En 1850 fue privado de su cátedra universitaria por participar activamente en la revolución de Marzo. En 1854 reanudó su actividad como pastor en Zabergau. Murió el 22 de septiembre de 1888.

Como historiador, Wilhelm Zimmermann es conocido por su libro *The History of the Great Peasant War* (1841, 2.ª ed., 1856; 3.ª ed., 1891). Zimmermann dejó una serie de obras sobre historia, historia de la literatura y poesía: *The History of the Hohenstaufens* (2.ª ed., 1865), *Illustrated History of the German People*, *History of Poetry of All Nations* (1947), etc.

*The History of the Great Peasant War*, la principal obra histórica de Zimmermann, fue escrita con una maestría y una objetividad asombrosas. El autor utilizó documentos y materiales, principalmente del archivo de Stuttgart. En términos generales, la obra de Zimmermann sigue siendo la exposición más completa de los hechos relativos a la Guerra Campesina. La objetividad de su exposición y “el instinto revolucionario que hace de él un defensor de las clases oprimidas” confieren al libro un interés especial. Pero incluso en este libro se hace sentir el burgués radical. La actitud negativa de Zimmermann hacia el socialismo y el comunismo no le permite apreciar correctamente el conflicto de clases en la historia de las guerras campesinas.

El libro de Kautsky, *Forerunners of Socialism*, complementa el de Engels y corrige algunas inexactitudes de su exposición. Los fragmentos del discurso de Müntzer que Engels cita como partes del sermón pronunciado ante los príncipes de Sajonia tras la destrucción por el pueblo de la capilla de Santa María en Moellerbach fueron escritos por Müntzer en una ocasión completamente distinta, en una obra polémica contra Lutero. Engels depende aquí de Zimmermann.

Kautsky corrigió a Zimmermann en otra cuestión más importante. Zimmermann presenta a Müntzer como un hombre por encima de su época. En su libro, Kautsky demostró que este punto de vista era infundado:

“Müntzer era superior a sus seguidores comunistas, no por sus dotes filosóficas ni por su talento organizativo, sino por su energía revolucionaria y, sobre todo, por su mentalidad de estadista.”

Incluso algunos de los hechos sobre la historia de la dictadura de Müntzer en Mühlhausen, tal como los ofrece Engels, necesitan corrección en algunos detalles. Müntzer no estuvo al frente del consejo de Mühlhausen. Pfeifer no era discípulo suyo, sino representante de una facción de la clase media.

2. Luis XI – Rey de Francia, hijo de Carlos VII. Nacido en 1423, reinó entre 1461 y 1483. Fundó la monarquía absoluta sobre las ruinas del feudalismo en Francia y extendió las fronteras de su país hasta el Jura, los Alpes y los Pirineos. En su juventud, como delfín, Luis participó en la sublevación de la nobleza contra Carlos VII. Una vez que ascendió al trono tras la muerte de su padre, inició una lucha contra los señores feudales, pero se le opuso la Liga del Bien Común, que unía a los grandes y pequeños señores feudales de Francia. En sus guerras contra la Liga, Luis, en lugar de emplear los métodos toscos de la política feudal, practicó no solo la fuerza, sino también la astucia, un sistema diplomático de mentiras, engaños y cautelas. Luis XI fue derrotado y obligado a firmar un pacto de paz con los señores feudales el 29 de octubre de 1461. Pero no se logró la paz con los señores feudales. Con la ayuda de la clase comerciante, inició una nueva guerra en noviembre de 1470. Todo el occidente de Francia se alzó contra él, pero esta vez resultó vencedor. Para poder oponerse con más éxito a los señores feudales, Luis XI decidió reformar el ejército liberando a las ciudades de las obligaciones militares y crear un ejército de 50.000 hombres. Su infantería estaba compuesta por mercenarios suizos. En 1481 añadió Provenza y Lieja a sus dominios y sometió a toda Francia, con excepción de Navarra y el ducado de Bretaña. El poder absoluto de Luis XI solo pudo implantarse en Francia mediante el apoyo de los elementos comerciales. Luis XI, a su vez, protegió el comercio, la industria y la agricultura. Bajo su reinado se restauró la antigua institución del Imperio romano, el correo.

3. Carolina – Código penal del siglo XVI, publicado en 1532 bajo el emperador Carlos V. En el siglo XVI, Alemania contaba con más de 300 estados, cada uno con sus propias leyes penales y sus propios métodos de crueldad. La justicia de aquella época perseguía arrancar una confesión al reo mediante la tortura. El derecho romano imperante, en manos de los príncipes, era un instrumento cruel para la explotación del pueblo. Sin embargo, el desarrollo de una economía monetaria y el crecimiento del absolutismo exigían una legislación penal uniforme y una reforma de las leyes existentes. Ya desde finales del siglo XV y comienzos del XVI se habían hecho intentos de reforma en Alemania. La Dieta imperial, reunida en Augsburgo y Ratisbona en 1532, adoptó finalmente un proyecto de código penal conocido como Carolina (“Ordenanza de Derecho Penal del emperador Carlos V y del Sacro Imperio Romano”). Este código no abolió el derecho romano, sino que constituyó tan solo un intento de combinar el derecho romano imperante con el derecho local. La Carolina tampoco abolió los códigos de los distintos estados; el nuevo código solo servía como una especie de guía para los príncipes y electores. El nuevo código introdujo cambios insignificantes en el procedimiento judicial. Atenuó el orden inquisitorial de la investigación y definió el derecho de defensa. Pero la tortura como medio de examen del acusado se mantuvo en el nuevo código. Los capítulos relativos al “corte de orejas”, “corte de narices”, “quemar” y “descuartizamiento” adornaban asimismo el nuevo código. No obstante, el código conservó su gran importancia hasta el siglo XVIII.

4. Valdenses – Secta religiosa surgida en las ciudades del sur de Francia a mediados del siglo XII. Las ciudades del norte de Italia y del sur de Francia de aquel entonces representaban un terreno muy favorable para el desarrollo de un movimiento de reforma religiosa. El comercio y la industria se habían desarrollado allí antes que en el oeste; la burguesía había surgido, los oficios artesanales florecían. Pero mientras que las ciudades del norte de Italia, en parte interesadas en la explotación de Roma, ya que de ella obtenían no pocos beneficios, empezaron a mostrar independencia espiritual solo frente a las doctrinas de la Iglesia católica, las ciudades del sur de Francia, no menos desarrolladas económicamente pero al mismo tiempo menos dependientes de Roma, iniciaron el primer levantamiento serio contra la dominación papal.

Según la leyenda, la secta de los valdenses fue fundada por un rico mercader de Lyon llamado Pedro Valdo. Sin embargo, es posible que existiera con anterioridad. Pedro Valdo decidió seguir la ley del Evangelio. Repartió sus posesiones entre los pobres, reunió a su alrededor un número considerable de seguidores y comenzó a predicar (1176). Pronto los valdenses se unieron en Lombardía con la secta de los Humillados, que también se llamaban a sí mismos los pobres de Lyon. Los valdenses no limitaron sus predicaciones al sur de Francia. Los encontramos también en Italia, Alemania y Bohemia. En el sur de Francia, como en todas partes, reclutaban a sus seguidores entre los artesanos, en particular los tejedores.

En un principio, los valdenses no pretendían separarse de la Iglesia. Pero su lectura libre del Evangelio y sus predicaciones laicas, su desacuerdo con el catolicismo en la comprensión de los misterios de la transubstanciación, así como su carácter militante, obligaron a las autoridades oficiales, al clero, a iniciar una campaña de cruel persecución contra ellos. El papa Sixto IV llegó incluso a declarar una cruzada contra ellos en 1477. Aquellas persecuciones continuaron hasta el siglo XVIII. En 1685, los ejércitos franceses e italianos mataron a 3.000 valdenses e hicieron 1.000 prisioneros. Solo en 1848 alcanzaron derechos civiles y libertad religiosa en Piamonte y Saboya. Aún hoy se encuentran valdenses italianos en los valles alpinos de Val-Martino y Val-Angrona. El siglo XX registra 46 comunidades valdenses con 6.276 feligreses.

El comunismo evangélico de los valdenses en la Edad Media tenía un carácter monacal. Para los miembros “perfectos” de su comunidad, hacían obligatorios el comunismo y el celibato. A los “discípulos”, empero, se les permitía casarse y poseer bienes. Los valdenses rechazaban el servicio militar y el juramento. Dedicaban su atención a la educación de las masas. En aquellas comunidades valdenses donde predominaban los campesinos y la clase media, se transformaron en una secta democrático-burguesa. Donde predominaban los elementos proletarios, los valdenses se convirtieron en “soñadores” comunistas.

5. Arnoldo de Brescia – Hizo el primer intento serio de reformar la Iglesia católica ya a mediados del siglo XII. Arnoldo de Brescia nació entre 1100 y 1110 en Brescia, Italia. Discípulo del teólogo y filósofo Abelardo, adoptó su actitud crítica hacia los dogmas religiosos y las enseñanzas de los padres de la Iglesia. En 1136 participó, con su ciudad natal, Brescia, en la lucha contra su señor, el obispo. Arnoldo de Brescia se esforzó por devolver al clero al verdadero cristianismo del Evangelio. Exigía que el clero renunciara a la autoridad laica y entregara sus posesiones a los gobernantes seglares. Los clérigos que predicaban debían contentarse con el diezmo y las contribuciones voluntarias, decía. En el segundo concilio de Letrán (1139), el obispo de Brescia lo acusó de herejía. Arnoldo de Brescia se vio obligado a huir a París. En 1146 regresó a Roma, donde participó en la lucha entre la democracia ciudadana y el papa.

Roma, a mediados del siglo XII, era un centro espiritual y político al que afluía la riqueza material de todas las partes del mundo cristiano. Los papas explotaban hábilmente la situación favorable de la capital cristiana. Arnoldo de Brescia apeló al pueblo a deponer al papa y restaurar la antigua república romana. El papa Adriano IV, sin embargo, logró expulsarlo de la ciudad. Fue hecho prisionero por el emperador Federico Barbarroja y extraditado a las autoridades de Roma. Fue ahorcado como hereje rabioso y su cuerpo quemado (1155).

6. Los albigenses – Secta religiosa del sur de Francia, estaban muy extendidos en los siglos XI y XII. Su nombre derivaba de la ciudad de Albi, en el Languedoc, uno de los centros más importantes del movimiento. Los albigenses predicaban el cristianismo apostólico y la vida sencilla según el Evangelio. Eran llamados los “hombres buenos”. El papa y los concilios de la Iglesia afirmaban que negaban la doctrina de la Trinidad, la Sagrada Comunión y el matrimonio, así como la doctrina de la muerte y resurrección de Jesucristo. En el concilio de Toulouse (1119), el papa Calixto II, y posteriormente, en 1139, el papa Inocencio II, los excomulgaron. Por último, en 1209, el papa Inocencio III organizó una cruzada contra ellos. La guerra duró veinte años.

La obstinación de la lucha sangrienta contra los albigenses se explica, en parte, por el hecho de que los albigenses fueron auxiliados en su guerra contra el papa por los señores feudales locales del sur de Francia. Cuando un legado papal e inquisidor fue muerto en el territorio del conde Raimundo VI de Tolosa, el papa Inocencio III decidió aprovechar este suceso como ocasión para despojar de sus tierras al conde Raimundo, que mantenía una actitud tolerante hacia los herejes. Se desencadenó una lucha entre los señores del sur de Francia y el papa, a quien apoyaban los señores del norte. El norte de Francia estaba en conflicto con el sur, el cual, siendo económicamente más desarrollado, constituía por ello una amenaza. Los ejércitos del norte estaban mandados por el conde Simón de Montfort y legados papales. Cuando las tropas del norte tomaron la ciudad de Béziers, mataron a 20.000 albigenses. En el curso de la lucha subsiguiente cayeron cientos de miles. Las provincias de Provenza y Languedoc quedaron devastadas. La paz no se concluyó hasta 1229. Como consecuencia de las guerras contra los albigenses, el rico sur quedó destruido y los territorios de la corona francesa se ampliaron.

7. John Wycliffe (nacido en octubre de 1320, muerto en 1384) – Un reformador inglés. Uno de esos ideólogos que, aun antes de la Reforma (siglos XV y XVI), trazaron un esbozo de las reformas venideras. John Wycliffe era profesor de la Universidad de Oxford. Antes de aparecer en la palestra social y política, se consagró por entero a la labor de investigación en los campos de la física, la lógica y la filosofía. El siglo XIV fue una época de encarnizada lucha entre el poder real inglés y el papa. El papa explotaba cruelmente a Inglaterra. En el siglo XIII, el reino inglés pagaba al papa un tributo anual de 1.000 libras de plata. Bajo Eduardo III (siglo XIV), el Parlamento se quejó de que el país pagaba al papa una suma cinco veces superior a los impuestos que se pagaban al rey. El desarrollo de la industria y el comercio acrecentó la capacidad de resistencia de Inglaterra. La lucha entre Roma e Inglaterra se ahondó con la guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia (1339‑1456). Esta guerra afectó a los intereses de todas las clases del pueblo inglés. Las clases gobernantes de Inglaterra ambicionaban los tesoros de los Países Bajos y miraban también con ojos codiciosos las riquezas de la nobleza francesa. La burguesía veía en esta guerra un medio de enriquecimiento. El peso de la guerra recayó principalmente sobre el campesinado. No es de extrañar, por tanto, que el papa, convertido en aliado de Francia, suscitara el odio universal en Inglaterra. En 1336, el Parlamento abolió el tributo al papa. Las herejías perseguidas en Italia y Francia se difundieron ahora por Inglaterra. Las prédicas de Wycliffe fueron populares entre todas las capas del pueblo. Enseñaba que, en caso de necesidad, el Estado tenía derecho a despojar a la Iglesia de sus posesiones; que el poder se fundaba en el servicio y que, por consiguiente, sólo el servicio podía justificar la exacción de impuestos y tributos por el clero. En 1374, en disputas con los representantes de la curia romana, Wycliffe reveló también los abusos de la Iglesia romana al designar candidatos para cargos eclesiásticos en Inglaterra. Fue severamente perseguido por el clero, y sólo la intervención de la corte y la mediación de la universidad y las ciudades lo salvaron.

En sus doctrinas, Wycliffe nunca traspasó los límites fijados por las clases dominantes. Predicaba la pobreza y la igualdad en Cristo, pero sólo para el clero. Proponía que se expropiaran sus tierras; pero esto era enteramente en interés de los terratenientes y del rey. Wycliffe pintaba las relaciones entre el hombre y Dios a imagen de las relaciones feudales de su época. El hombre posee todos sus bienes, decía, por gracia de Dios. La misericordia de Dios es la condición de este vasallaje. El pecado mortal priva al hombre, predicaba, de su derecho a poseer bienes por la misericordia de Dios. Por tanto, decía, el clero debía tener propiedad común y someterse a la jurisdicción civil. El juez supremo de la conciencia humana, decía, no era el papa, sino Dios.

Después de la insurrección campesina de 1381, la simpatía general hacia Wycliffe en su lucha contra el papa se trocó en odio por parte de las clases poseedoras. La Universidad de Oxford condenó sus Doce Artículos, que rechazaban la doctrina de la transubstanciación. Wycliffe murió en paz, pero sus doctrinas fueron cruelmente perseguidas.

En 1415, el concilio eclesiástico de Constanza decidió quemar sus restos.

8. Al nombre de Juan Huss va unida la lucha contra la Iglesia católica en Bohemia, el llamado movimiento husita del siglo XV. Durante los siglos XIV y XV, la Iglesia católica romana había perdido su autoridad entre las masas populares. El papa romano era, a los ojos de todos los pueblos, un explotador que los despojaba de los bienes terrenales en nombre de Dios y de la vida celestial. En Inglaterra, Francia y España, la Iglesia iba asumiendo un carácter nacional, rompiendo sus relaciones con Roma. La excepción era Alemania, que se convirtió en objeto del apetito codicioso del papa. Si los otros países se hallaban en una situación más favorable, si estuvieron antes en condiciones de liberarse del yugo papal, ello se explica únicamente por el desarrollo del capitalismo, el crecimiento de la riqueza y el poder de la burguesía y de los príncipes. De toda Alemania, sólo Bohemia se encontraba, a este respecto, en una situación excepcional. Bohemia se desarrolló económicamente en el siglo XIV con increíble rapidez gracias a sus minas de plata. La Iglesia y el rey con su corte, así como los comerciantes y los artesanos, obtuvieron enormes beneficios. El papa y el emperador vigilaban atentamente a Bohemia para que no se liberara de su dependencia. El descontento había comenzado a acumularse en el país. La baja nobleza, el campesinado y la burguesía estaban descontentos. Una revolución de los precios, debida a la abundancia de plata, provocó una carestía general. Además, las masas populares de Bohemia eran checas, mientras que la capa explotadora superior, las autoridades laicas y eclesiásticas, eran alemanas. Por eso la lucha de clases asumió aquí el carácter de una lucha religiosa y nacional de los bohemios contra los alemanes y el papa. En este medio revolucionario, las ideas del reformista inglés Wycliffe penetraron en Bohemia. Jan Huss fue el defensor y divulgador literario de las ideas de Wycliffe.

Huss nació en 1369, en el seno de una familia campesina acomodada. Fue profesor, y en un tiempo rector, de la entonces famosa Universidad de Praga, y también predicador en la Capilla de Belén, donde los oficios se celebraban en lengua checa. Cuando la Universidad de Praga se pronunció contra las cuarenta y cinco tesis de Wycliffe, Huss salió en su defensa (1409). En 1412, el papa Juan XXIII, necesitado de dinero, organizó la venta de indulgencias en Praga. Huss pronunció un encendido sermón contra la corrupción de la Iglesia y exigió el fin de ese tráfico. También se opuso a los «milagros». En un tratado especial, Huss demostró que los verdaderos cristianos no necesitaban milagros y que la verdadera fe se contenía únicamente en las Sagradas Escrituras. Huss afirmaba que la Iglesia no era sino una asamblea de fieles destinados al Cielo, con lo cual provocó el odio de la camarilla gobernante, que veía en la Iglesia la dominación del alto clero.

El 6 de junio de 1410, los libros de Huss fueron quemados y él fue excomulgado. En 1414, el concilio de Constanza lo acusó de herejía, y aunque Huss declaró que deseaba recibir guía e instrucción de los príncipes de la Iglesia acerca de en qué diferían sus opiniones de la Palabra de Dios, fue entregado a las autoridades y quemado en la hoguera (el 6 de junio de 1415). Sus cenizas fueron arrojadas al Rin.

9. Los husitas (taboritas y calixtinos). La ejecución de Jan Huss desencadenó una revolución en Bohemia. Todas las clases del pueblo bohemio se alzaron contra el poder del papa —por una reforma de la Iglesia— y contra los alemanes —por la independencia nacional—. En esta lucha nacionalista y religiosa, las masas populares revelaron su odio social hacia las clases poseedoras. Sin embargo, al principio todas las clases de Bohemia actuaron al unísono. La consigna de la lucha era la reivindicación de la comunión bajo las dos especies. Los ritos de la Iglesia católica daban al laico en la comunión sólo el pan, y a los sacerdotes el pan y el vino. Las masas, sublevándose contra los privilegios de la Iglesia, exigían la igualdad en la comunión. «¡El cáliz para el laico!», tal era la consigna del movimiento. La nobleza que se sumó al movimiento aprovechó esta lucha para anexionarse las tierras de la Iglesia; y el clero poseía no menos de una cuarta parte del territorio del reino. La burguesía rica veía también en la guerra husita un medio de obtener más riquezas del clero y de las posesiones de las ciudades católicas alemanas (Kuttenberg, con sus famosas minas de plata, era la más codiciada de todas). La nobleza y la rica burguesía bohemia que se unieron al movimiento husita formaron el partido moderado de los calixtinos o utraquistas. Su centro era la ciudad de Praga. Pero junto a este movimiento moderado existía también uno democrático. Su núcleo lo constituían los campesinos que deseaban ser libres propietarios de la tierra, sobre todo después de que la nobleza se había apropiado de las tierras del clero. La pequeña burguesía de las ciudades y los proletarios estaban con los campesinos. Se concentraban en las ciudades más pequeñas de Bohemia. Los elementos democráticos empezaron más tarde a llamarse taboritas, por el nombre de su centro militar y político, la ciudad comunista de Tabor. El movimiento husita estaba ahora encabezado por un grupo de comunistas.

En 1414, el pueblo expulsó de Praga al rey Wenceslao, tras lo cual comenzaron a afluir herejes a Bohemia de todas partes de Europa.

Los begardos y los valdenses hallaron en Bohemia refugio contra la persecución. Los comunistas se fortificaron en Tabor, donde iniciaron su propaganda. Declararon que había llegado el Milenio de Cristo, que no habría más siervos ni amos y que el pueblo retornaría al estado de inocencia primigenia. En diversas ciudades, particularmente en Tabor, los insurgentes empezaron a organizar centros comunistas. Tabor estaba situada en las cercanías de minas de oro. El comercio y la industria florecían allí. Cuando los comunistas se hicieron fuertes en Tabor, atrajeron a grandes masas del pueblo. Se dice que una asamblea llegó a reunir a 42.000 personas (22 de julio de 1419). Los habitantes de Tabor se llamaban entre sí hermanos y hermanas, y no reconocían diferencia entre «lo tuyo» y «lo mío». Los taboritas enseñaban que «no debía haber reyes, ni amos, ni súbditos sobre la tierra, y que los impuestos y tributos debían ser abolidos». Según su doctrina, no debía existir coacción alguna, todo debía pertenecer a todos y, por tanto, decían, quien posee propiedad comete pecado mortal. Este comunismo era, sin embargo, de naturaleza cristiana. Era un comunismo de consumo, no de producción. Cada familia trabajaba para sí misma, aportando su excedente al tesoro común. Había entre los taboritas los comunistas más extremos, que no admitían concesiones y negaban la familia. Estos «hermanos y hermanas del libre espíritu» se llamaban a sí mismos adamitas. La mayoría de los habitantes de Tabor y los caballeros, bajo la dirección de Zizka, emprendieron la lucha contra los adamitas.

La comunidad comunista de Tabor estaba sorprendentemente bien organizada. Como comunidad militar, alarmó durante mucho tiempo a los príncipes alemanes. Los taboritas representaron el primer ejército regular, y fueron los primeros en utilizar la artillería en batalla. El que los taboritas pudieran mantenerse firmes durante casi una generación se explica por su atención a la educación, el orden y la disciplina en su comunidad. Tabor cayó, debido principalmente a una escisión entre los husitas. Los calixtinos moderados, habiéndose apropiado de las tierras del clero, no deseaban reconocer la supremacía de Tabor. La guerra de los taboritas contra el rey, el papa y toda Europa no era del interés de la nobleza. Tras la victoria de los taboritas en Tauss (1431), parecía que no había enemigo capaz de enfrentárseles. Pero los calixtinos iniciaron negociaciones con el enemigo. Decidieron convocar a una Dieta a todos los barones, caballeros y representantes de las ciudades, para discutir un plan de organización estatal. Tabor mismo estaba dividido. La pequeña burguesía y el campesinado eran indiferentes al programa comunista. Querían la paz. El comunismo de Tabor no era estable. Carecía de la base de la producción comunista; por tanto, la igualdad de los medios de subsistencia desapareció pronto. En Tabor había tanto ricos como pobres.

El ejército de Tabor se veía abarrotado por «maleantes y gentuza de todas las naciones». Tan pronto como la nobleza comenzó a reclutar soldados para una guerra contra Tabor, ofreciendo condiciones mejores que la comunidad comunista, la traición se infiltró en las filas del ejército taborita y comenzó la deserción en masa. Esto explica la caída de Tabor. El 30 de mayo de 1434, los taboritas sufrieron una aplastante derrota cerca de Czeski Brod. De los 18.000 soldados taboritas, 13.000 resultaron muertos. En 1437, se vieron obligados a concluir un tratado con Segismundo, quien les garantizó la independencia de Tabor. Pero, a pesar de ello, la comunidad comunista de Tabor desapareció pronto.

10. Los frailes flagelantes (Flagelantes). — Una secta de personas que se azotaban a sí mismas. Apareció en Europa ya en el siglo XI y se difundió ampliamente en los siglos XIII, XIV y XV. Desde Italia, el movimiento se extendió por el sur de Francia, los Países Bajos, Alsacia y Lorena. Los flagelantes enseñaban que era posible obtener la absolución de los pecados infligiendo sufrimientos al propio cuerpo. Uno de los primeros teóricos eclesiásticos de esta secta, Jorge VII, enseñaba que de esta manera los fieles emulaban a Cristo, se esforzaban por obtener la corona del martirio, mortificaban y castigaban su carne y expiaban sus pecados. Esta doctrina estaba en consonancia con el ascetismo imperante en la Edad Media, que exigía a los fieles endurecer y torturar sus cuerpos mediante el ayuno, vestimentas pobres, etc., en nombre de Cristo. El movimiento flagelante, sin embargo, asumió el carácter de una epidemia, de una psicosis de masas. Así, en el siglo XIII, bandas de gente recorrían las ciudades de Italia, azotándose con correas y látigos y orando por la absolución. Tras la devastadora epidemia de la «Peste Negra», el movimiento asumió un carácter peligroso. En muchas localidades de Alemania, Francia y Flandes, los flagelantes, presas del terror mortal e imaginando que Cristo estaba a punto de destruir el mundo por los pecados de la humanidad, se infligían castigos crueles. En las ciudades alemanas comenzaron a surgir comunidades flagelantes. «Quienes deseaban tomar parte en la autocastigación debían pagar una pequeña cuota, y esto era todo lo que se exigía a los prosélitos.» En el siglo XV, el movimiento se debilitó, pero no desapareció. Los flagelantes del siglo XV hablaban mal de los monjes y exigían una serie de reformas de la Iglesia. La Iglesia romana, que al principio no se había opuesto al movimiento ya que, en Italia, era antiimperial y, por tanto, un medio de fortalecer a la Iglesia, comenzó a perseguir a los flagelantes. En los siglos XVI y XVII, el movimiento se puso de moda en la corte. En él comenzaron a predominar elementos sexuales. Huellas de esta secta pueden encontrarse incluso en el siglo XIX.

11. Los lolardos. — Una secta religiosa muy extendida entre las poblaciones trabajadoras de Inglaterra en los siglos XIV y XV. Las herejías de aquellos tiempos encontraron terreno favorable no solo entre las clases dominantes. De hecho, cada clase formulaba sus demandas a través del movimiento de reforma. Así, entre los tejedores más pobres de Inglaterra surgió la secta de los begardos o, como se los llamaba comúnmente en Inglaterra, lolardos. (Los lolardos eran cantores de funerales.) Los begardos aparecieron por primera vez en los Países Bajos (Flandes y Brabante), en un país donde el comercio y la industria habían progresado antes que en el resto de Europa y donde la cría de ovejas y la industria lanera estaban muy desarrolladas. La secta de los begardos era, en la mayoría de los casos, una hermandad de tejedores. Los artesanos solteros pertenecientes a la secta vivían en casas comunes, donde llevaban un hogar comunista. El movimiento comenzó en Inglaterra cuando los tejedores de Flandes emigraron a ese país. Norfolk, centro de la industria lanera, se convirtió también en el centro del movimiento de los begardos ingleses, los lolardos. Los propagandistas lolardos, llamados «hermanos pobres», difundieron la nueva doctrina por todo el país. «Ministros pobres» errantes predicaban al pueblo que las posesiones laicas y eclesiásticas debían ser propiedad común. Incitaban al pueblo a no pagar tributos ni diezmos al clero, y apelaban a los siervos a negarse a trabajar para los amos. En 1395, los lolardos presentaron una petición al Parlamento, exigiendo una reforma de la Iglesia anglicana, la abolición de sus posesiones mundanas y del celibato. La petición fue rechazada.

El representante más destacado de los lolardos fue John Ball, el ministro loco de Kent. Procedente de las filas de los monjes franciscanos que simpatizaban con el movimiento lolardo, se convirtió en uno de los líderes del levantamiento campesino de 1381 en Inglaterra. A partir de 1356, John Ball predicó principalmente en Essex y en Norfolk, pronunciando sus sermones en plazas de ciudades y cementerios. Estos se hicieron muy populares. Predicaba la propiedad común e incitaba al pueblo a exterminar a la nobleza. Solo entonces, decía, serían los hombres iguales, y los señores no estarían por encima de los demás. Todos los hombres procedían de Adán y Eva, decía. «Cuando Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién era entonces el caballero?», preguntaba. Fue muerto durante la represión de la revuelta en 1381.

El movimiento lolardo ganó importancia cuando se vinculó con el levantamiento campesino y con el movimiento de oposición de la clase media en las ciudades. Después de 1381, los lolardos se encontraron en una situación precaria. Se consideraba a todo lolardo un criminal y se le trataba como tal. Los actos terroristas contra la secta prosiguieron durante largo tiempo, pero esta no desapareció de los estratos inferiores de la población trabajadora, como lo prueban panfletos que aparecieron incluso a finales del siglo XIV y principios del XV: The Ploughman’s Prayer y The Lanthorne of Light. Los lolardos difundieron entre el pueblo el conocimiento de la Biblia en lengua inglesa.

12. Sueños chiliásticos, chiliasmo. — La doctrina de la segunda venida de Cristo y el Milenio en la tierra. Ese Milenio se imaginaba como mil años de alegría y felicidad. Todos los sufrimientos y privaciones, decían los adeptos de esta doctrina, desaparecerían, y se restablecería la perfecta armonía entre la humanidad y la naturaleza rejuvenecida. Los sueños de un Milenio se difundieron ampliamente en la Edad Media, en años de sufrimientos elementales y cataclismos sociopolíticos; en épocas más tranquilas, el chiliasmo era la doctrina de pequeñas sectas insignificantes. Grandes masas de gente se inflamaron con sueños chiliásticos durante las persecuciones de los cristianos en el siglo X, porque se esperaba que el fin del mundo llegara en el año 1000 de Cristo. Sin embargo, los sueños chiliásticos estuvieron más extendidos en los siglos XIV y XV, en el período de la Reforma. Un movimiento de retorno al Evangelio, la agitación religiosa, unidos a una creciente explotación de la población trabajadora, fueron terreno fértil para las visiones chiliásticas. Thomas Müntzer, los anabaptistas y los taboritas rindieron todos tributo a la doctrina mística del Milenio.

Las condiciones sociales imperantes en la Edad Media crearon una atmósfera favorable al misticismo. La ignorancia de las masas lo alimentaba. Además, el chiliasmo, la fe en los milagros y las visiones místicas eran una válvula de escape en un momento en que las masas no veían forma de mejorar su condición mediante sus propios esfuerzos. Sólo un milagro podía, en su opinión, derrocar a todos los opresores y explotadores. Las masas se veían empujadas a creer en el milagro de la segunda venida de Cristo para no hundirse en la desesperación.

13. Al nombre de Martín Lutero se halla vinculada la historia de la transformación religiosa y sociopolítica de la Alemania del siglo XVI, la historia de la llamada Reforma. Lutero no fue el iniciador de ese movimiento. Sus actividades y doctrinas no abarcan en modo alguno la historia social de la Reforma. En el movimiento revolucionario del siglo XVI, fue el representante de la coalición de la clase media y la nobleza.

Del siglo XIV al XVI, el capital comercial transformó la antigua economía natural de los pueblos europeos, e hizo superfluo el sistema político del feudalismo. La victoria del absolutismo se convirtió en una necesidad económica. Por otra parte, el desarrollo del capital comercial indujo a los señores a aumentar la explotación de los campesinos. Al liberar a los campesinos del yugo feudal, los señores aumentaron sus cargas, sustituyendo las prestaciones personales y los pagos en especie por pagos en dinero. Los campesinos eran expulsados de la tierra, y así se formó el núcleo de la futura clase proletaria. Este proletariado incipiente fue utilizado por los jefes militares y los comerciantes, por aquellos como material para los ejércitos, por estos como trabajadores en sus manufacturas. En un período de revolución económica, la nobleza feudal se convirtió en un obstáculo para el desarrollo histórico. La baja nobleza, los caballeros, ocupaban una posición intermedia entre el campesinado y la alta nobleza. La caballería intentaba detener su propia ruina inminente. En Alemania, la lucha de estos dos agrupamientos de clase se complicó por las peculiaridades del desarrollo económico alemán. A comienzos del siglo XVI, Alemania, gracias a sus minas y su comercio, era todavía un país económicamente poderoso. Pero el centro económico de Europa se desplazó pronto de la cuenca del Mediterráneo a la costa del Atlántico. El desarrollo de Alemania, como el de toda Europa oriental, se estancó. En estas circunstancias, las condiciones sociales y políticas establecidas se derrumbaban o cambiaban radicalmente. Durante un siglo, Europa se vio sacudida por terribles guerras y revoluciones. La explotación por parte de la Iglesia romana se sintió de manera más aguda en Alemania. Los monasterios y los príncipes de la Iglesia explotaban al campesinado y a las ciudades hasta la ruina. Las clases medias protestaban contra la ayuda que los monasterios prestaban a los pobres, porque ello limitaba su explotación de las masas. La Iglesia romana halló en la venta de cargos eclesiásticos, y sobre todo en la venta de las llamadas indulgencias — absolución por dinero —, una lucrativa fuente de ingresos. Los príncipes de la Iglesia explotaban al pueblo en su propio ámbito, al igual que los terratenientes feudales y los comerciantes capitalistas en los suyos. La lucha contra la Iglesia romana se hizo inevitable. Pero mientras que Inglaterra y Francia, económicamente más avanzadas que Alemania, lograron pronto liberarse del dominio papal, Alemania requirió una lucha larga y tenaz.

En Alemania, todas las clases de la población sufrían gravemente bajo la explotación papal, pero cada una formuló su propio programa. La propaganda de Lutero fue el centro que originariamente unió, primero, a la caballería que luchaba contra los príncipes, segundo, al bajo clero y los campesinos que luchaban contra los príncipes de la Iglesia y los barones feudales, y, tercero, a la burguesía urbana, que se irritaba bajo el dominio de la aristocracia urbana, los patricios.

Lutero nació el 10 de noviembre de 1483, en una familia campesina. Su padre trabajaba en las minas. En 1501 ingresó en la Universidad de Erfurt, donde llevó una vida muy alegre en los círculos de los humanistas, aquellos defensores de ideas radicales. En 1505 entró en un monasterio y, como buen católico, fue a ver al papa. En 1509, Lutero dictó un curso de conferencias en la Universidad de Wittenberg. En 1517, cuando Tetzel, el representante del papa León X, abrió una venta de indulgencias en Sajonia, Lutero colgó en las puertas de la capilla de Wittenberg sus noventa y cinco tesis contra las indulgencias. Su primera protesta contra la Iglesia romana fue muy tímida. Lutero protestaba contra la corrupción. La tesis 21 decía: «Se equivocan los predicadores de indulgencias cuando dicen que por la absolución papal el hombre queda libre de toda pena.» Tesis 27: «Es insensato predicar que tan pronto como la moneda tintinea en la caja, el alma abandona el purgatorio.» Lutero se sorprendió del efecto de sus tesis. Dio impulso a un movimiento que había comenzado antes que él, y que arrastró a todas las clases de Alemania. Tres grupos entraron en la lucha: los conservadores católicos, los reformistas burgueses y los revolucionarios plebeyos. Como jefe del movimiento reformista burgués, Lutero apeló al principio a la violencia, al uso del hierro y del fuego para extirpar el cáncer que, según decía, estaba destruyendo el mundo. Llamó a una lucha decisiva contra los príncipes laicos y eclesiásticos. Entre 1517 y 1522, Lutero estuvo dispuesto a entrar en alianza con las facciones democráticas. Sin embargo, entre 1522 y 1525 traicionó a sus aliados, los campesinos y el bajo clero. Su cambio se debió a los anabaptistas de Zwickau y al movimiento campesino. También le influyó el levantamiento de la caballería (otoño de 1522).

Al frente del levantamiento de la caballería estaban Franz von Sickingen y Ulrich von Hutten. El primero era el comandante, y el segundo el ideólogo del movimiento. Su odio al papa y a los príncipes y su afán por la reconstrucción de una Alemania unida los convirtieron, a mediados del siglo XVI, en héroes de la burguesía alemana. Sin embargo, en esencia, el movimiento de la caballería unida en una sociedad donde el capitalismo había empezado a desarrollarse, era reaccionario. Sickingen y Hutten soñaban con un renovado estado medieval donde el poder estuviera en manos de los nobles y el emperador fuera súbdito suyo. Nunca pretendieron liberar a las ciudades ni a los campesinos, aunque se vieron obligados a apelar a ellos en busca de ayuda. En el verano de 1522, Franz von Sickingen condujo tropas contra el «nido de curas» de Tréveris. Pero los ejércitos de los príncipes renanos y suabos unidos le asestaron un golpe decisivo. Muchos castillos fueron destruidos y muchos caballeros perecieron. Lutero no apoyó ese movimiento, sino que lo condenó, así como al de los campesinos.

En sus primeras obras, donde llamaba a los príncipes «los mayores necios de la tierra y los más viles canallas», y en sus primeros llamamientos relativos a la Guerra de los Campesinos, Lutero defendió a los insurrectos. Escribió, por ejemplo: «No son los campesinos los que se han alzado contra vosotros, señores, sino Dios mismo, que quiere castigaros por vuestras maldades.» Lutero esperaba encontrar en el movimiento campesino un apoyo para su lucha contra Roma. Pero cuando, en abril y mayo, los campesinos se sublevaron por todo el país, incendiando y destruyendo castillos, y el movimiento adquirió un carácter comunista, Lutero defendió a los príncipes contra los campesinos insurrectos. Atribuyó el movimiento a la vida regalada de los campesinos. Exhortó a los príncipes a «estrangularlos como a perros rabiosos». Cuando la insurrección fue sofocada, se jactó de que «él había matado a los campesinos porque había dado las órdenes de matar». «Toda su sangre caiga sobre mí», dijo.

Se estableció una alianza entre Lutero y los príncipes, quienes estaban muy satisfechos con la adquisición de las fincas eclesiásticas. La Reforma fue provechosa tanto para ellos como para los insurrectos de las grandes ciudades. En 1526, en una sesión de la Dieta en Espira, se decretó por primera vez que el súbdito debía seguir la fe de su señor. Esto salvó a los príncipes, que se adhirieron abiertamente a Lutero. Es cierto que en 1529 se restablecieron los oficios católicos y se detuvo la confiscación de las tierras del clero en las provincias de los príncipes luteranos, pero la minoría luterana protestó contra esta decisión –de ahí el nombre de protestantes. En 1530, en una sesión de la Dieta en Augsburgo, los príncipes protestantes presentaron al emperador Carlos V la llamada Confesión de Augsburgo de los luteranos. Constaba de dos partes: la primera exponía la nueva fe, y la segunda condenaba la corrupción de la Iglesia romana y esbozaba las reformas necesarias.

«Rechazamos a aquellos –dice la Confesión de Augsburgo– que predican que la absolución puede alcanzarse, no por la fe, sino por las buenas obras.» El hombre puede hallar gracia ante los ojos de Dios, dice el documento, solo por la palabra de Dios y por la guía del Espíritu Santo. No debemos, dice, confundir la autoridad del Estado con la autoridad del papa; la Iglesia tiene el poder de predicar el Evangelio y de administrar los ritos, pero no debe intervenir en los asuntos del Estado.

La publicación de la Confesión de Augsburgo no puso fin a la lucha. En septiembre de 1555, en la Dieta de Augsburgo, la llamada Paz Religiosa de Augsburgo confirmó la decisión de 1526 relativa a la obligación de los súbditos de seguir la fe de sus señores. Esta decisión hizo evidente que Alemania había de permanecer desmembrada, bajo el dominio de los príncipes.

El luteranismo se convirtió en la religión de los países económicamente atrasados. Se extendió por el norte y oeste de Alemania, Dinamarca y Suecia, donde los príncipes, los obispos y los terratenientes se convirtieron en protectores de la Iglesia luterana. Pero incluso esta reforma parcial solo pudo triunfar como resultado del movimiento revolucionario del campesinado, las ciudades y la caballería.

14. Joachim de Floris (de Calabria) – Místico italiano del siglo XII. Su doctrina del evangelio eterno se conoce con el nombre de joaquinismo. Según su concepción, el Apocalipsis nos enseña que el mundo pasa por tres edades: la edad de la Ley, o del Padre, la edad del Evangelio, o del Hijo, y la edad del Espíritu, que pondrá fin a los tiempos. La primera edad, decía, corresponde al Antiguo Testamento, al dominio de la autoridad laica, de la ley externa y al predominio de la carne. La segunda edad señala el predominio del clero y la combinación de los intereses espirituales y materiales. Esta, decía, era la edad en que él vivía. La tercera edad, profetizaba, llegaría pronto y estaría marcada por el dominio del espíritu sobre la carne, en que los monjes se convertirían en el poder gobernante y el evangelio eterno sería la ley del mundo. Joachim negaba que la humanidad fuera salvada por Cristo.

Joachim procedía de una familia urbana. Afligido por los horrores de la epidemia de peste, se hizo monje y fundó el monasterio de San Giovanni in Fiore. Escribió dos libros: La concordancia entre el Nuevo y el Antiguo Testamento y Comentario al Apocalipsis. Varias décadas después (1260), los joaquinitas fueron malditos por el papa y severamente perseguidos.

15. Nicolas Storch – Fabricante de paños de Zwickau, donde se hizo famoso predicando el comunismo religioso. Thomas Müntzer estuvo bajo su influencia y afirmaba que conocía la Biblia mejor que todos los sacerdotes juntos. En poco tiempo, toda una comunidad, que contaba con doce apóstoles en su seno, se reunió en torno a Storch. Sus discípulos creían que la verdad le era dada en santas revelaciones. El 16 de mayo de 1521, la comunidad de Zwickau invitó a un nuevo predicador, Nicolas Hausmann de Schneeberg, amigo devoto de Lutero, con lo que las actividades de Storch tropezaron con una tenaz oposición. Fue expulsado de la ciudad y se dirigió a Wittenberg, donde los «profetas de Zwickau» esperaban encontrar apoyo en Carlstadt, antiguo colaborador de Lutero. Pero se vieron obligados a huir al sur de Alemania, donde Storch soñaba con establecer el reino de Dios en la tierra. Una santa revelación, decía, le había mostrado los verdaderos caminos de la reforma social. En 1522, Storch se estableció en Turingia, donde llegó a ser uno de los iniciadores y jefes de la Guerra de los Campesinos. En colaboración con Müntzer, Pfeifer y otros, compuso un programa de reivindicaciones que declaraba que la propiedad pertenecía a todos por igual, puesto que Dios había creado a todos los hombres igualmente desnudos y les había dado todo lo que hay en la tierra, en el agua y bajo el cielo. Todos los funcionarios, tanto laicos como eclesiásticos, decía el programa, debían ser destituidos de sus cargos o muertos. Todo hombre podía predicar libremente la ley de Dios, ya que todos tenían libre albedrío y eran capaces de aceptar el bien y rechazar el mal. Storch murió en Múnich en 1525.

16. György Dózsa – Dirigente de la insurrección campesina del siglo XVI en Hungría. En aquel tiempo, la lucha entre el poder absoluto del rey y los señores feudales de Hungría aún continuaba. Tras la muerte del rey Matías, quien, apoyado por el pueblo, había llevado a cabo una lucha victoriosa contra los señores feudales, estos recobraron la preponderancia bajo Uladislao y abolieron todas las reformas del rey Matías, incluido el ejército permanente. El país sufría bajo las luchas de los señores feudales. En 1514, el papa declaró una nueva cruzada contra los mahometanos. A György Dózsa, que se había hecho célebre como guerrero en la lucha contra los turcos, se le ofreció el puesto de comandante. En veinte días reunió una milicia popular de 60.000 hombres. Dózsa era el jefe de las operaciones militares. Lo acompañaban dos sacerdotes que arengaban a los soldados, campesinos y gentes de las ciudades con sus sermones. Los señores feudales eran reacios a dejar que sus siervos se unieran a la cruzada y, al acercarse la época de la cosecha, exigieron su regreso. En respuesta, Dózsa y los sacerdotes hicieron un llamamiento al pueblo para que se rebelara. Los campesinos se alzaron en toda Hungría y comenzó la guerra con los barones feudales. La situación del campesinado en la Hungría de aquel tiempo era menos intolerable que en otros países, pero, al gozar de un poco más de libertad en Hungría, los campesinos sentían más agudamente el yugo de la servidumbre. Las incesantes guerras con los turcos estaban arruinando el país, la población se veía enormemente menguada y los campesinos se encontraban en condiciones de imponer a los señores feudales una serie de concesiones. Sin embargo, los campesinos, diestros en el arte de la guerra, esperaban la plena liberación. El bajo clero de las aldeas, que odiaba a los príncipes de la Iglesia, se unió a los campesinos. Pero ellos, junto con la burguesía urbana, que también se sumó al movimiento campesino, pronto lo traicionaron.

Los jefes del levantamiento campesino (1514) predicaban que los nobles eran una clase criminal que había esclavizado el cuerpo y el alma del campesino. Alentaban la destrucción de las casas y los castillos de los señores. György Dózsa, que había enseñado a los campesinos el uso de las armas, los llamó a sublevarse en todo el país. Un ejército de barones feudales al mando de Juan Zápolya marchó contra él. Este ejército, auxiliado por la burguesía urbana y la nobleza, antiguos aliados de los campesinos, aplastó el movimiento con crueldad. György Dózsa ofreció una resistencia larga y tenaz. Proclamó una república declarando abolido el poder del rey y de las clases privilegiadas. A pesar de la simpatía de las masas campesinas de todo el país, György Dózsa fue derrotado en Temesvár. Su ejecución fue un refinado tormento. Se le colocó sobre un trono de hierro candente, se le ciñó la cabeza con una corona de hierro candente y se le puso en la mano un cetro de hierro candente. La única exclamación de Dózsa fue: «¡Estos perros!». En este levantamiento fueron muertos no menos de 60.000 campesinos. Los señores, reunidos en Dieta, decidieron aumentar las cargas del campesinado y declararon la servidumbre como institución perpetua.

17. La guerra de las Dos Rosas (1455-1485). – Tras el fin de la guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia (1339-1450) y después de que los ejércitos ingleses se vieran obligados a evacuar Francia, estalló una guerra sangrienta entre las dos dinastías, Lancaster y York, que duró más de treinta años. La dinastía de los Lancaster, cuyo emblema era una rosa roja, representaba los intereses de los grandes señores feudales de Gales y del norte, donde se hallaban sus grandes posesiones. La dinastía de los York, cuyo emblema era una rosa blanca, dependía del sudeste comercial, de la población de las ciudades, de los campesinos y de la Cámara de los Comunes. La enconada lucha entre las dos dinastías debía decidir si Inglaterra se convertiría en una monarquía absoluta en caso de vencer los York, o si quedaría dividida entre los señores feudales si triunfaban los Lancaster.

Ya en el siglo XIV, grandes posesiones territoriales se concentraron en manos de unas pocas familias nobles. En el siglo XV, la Cámara de los Lores contaba sólo con una tercera parte de sus antiguos miembros. Las dinastías supervivientes se anexionaron las tierras de las familias desaparecidas. Al terminar la guerra de los Cien Años, el ejército fue licenciado y los antiguos soldados pasaron al servicio de los señores feudales. En la segunda mitad del siglo XV comenzó la guerra entre las dos dinastías. En la batalla de Northampton (1460), York capturó al rey y obligó a la Cámara de los Lores a reconocerlo como protector del Estado y heredero del trono. Fue derrotado por el ejército de la dinastía hostil, pero su hijo Eduardo regresó victorioso a Londres (1451). Los ejércitos de Eduardo actuaron sin piedad contra la nobleza. En la batalla de Taunton fueron ejecutados cuarenta y dos caballeros y dos lores, mientras que Warwick, uno de los comandantes de Eduardo, se cuidó de que a los plebeyos se les hiciera poco daño.

La subida al trono de Eduardo IV, es decir, la victoria de la Rosa Blanca, marcó el comienzo del período del absolutismo. Eduardo IV no planteó la cuestión de su elección por el Parlamento inglés. Expulsó a todos los señores feudales, incluso a sus amigos más cercanos que se oponían a su voluntad (su lucha contra Warwick, «el hacedor de reyes»). En su lucha contra los señores feudales utilizó ejércitos mercenarios, haciendo así superflua la milicia feudal. Aniquiló cruelmente a los partidarios de la dinastía de los Lancaster. Para asegurar su victoria, se negó a imponer nuevos empréstitos forzosos y, para granjearse el apoyo de los campesinos, exigió del Parlamento leyes que prohibieran el despojo de los campesinos. De este modo, la guerra de las Dos Rosas fortaleció el absolutismo en Inglaterra.

Última actualización: 15 de julio de 2020

La guerra de los campesinos en Alemania, por Federico Engels

Capítulo 3

Precursores: levantamientos campesinos, 1475-1517

Unos cincuenta años después de la represión del movimiento husita, los primeros síntomas de un incipiente espíritu revolucionario se hicieron manifiestos entre los campesinos alemanes.

La primera conspiración campesina surgió en 1476, en el obispado de Wurzburgo, una comarca ya empobrecida «por el mal gobierno, los impuestos múltiples, los pagos, las enemistades, la lucha, la guerra, los incendios, los asesinatos, la prisión y cosas semejantes», y saqueada continuamente por obispos, clero y nobleza de manera desvergonzada. Un joven pastor y músico, Hans Boeheim de Niklashausen, llamado también el «Tamborilero» y «Hans el Flautista», apareció de repente en el Taubergrund en el papel de profeta. Contó que la Virgen se le había aparecido en una visión, que le había ordenado quemar su tambor, dejar de servir a la danza y a la pecaminosa gratificación de los sentidos y exhortar al pueblo a hacer penitencia. Por lo tanto, decía, todos debían purgarse del pecado y de las vanas concupiscencias del mundo, abandonar todos los adornos y embellecimientos y peregrinar a la Virgen de Niklashausen para alcanzar el perdón.

Ya entre estos precursores del movimiento observamos un ascetismo que se encuentra en todos los levantamientos medievales teñidos de religión, y también en los tiempos modernos al comienzo de todo movimiento proletario. Esta austeridad de conducta, esta insistencia en renunciar a todo goce de la vida, contrapone a las clases dominantes con el principio de la igualdad espartana. No obstante, es una etapa de transición necesaria, sin la cual los estratos más bajos de la sociedad jamás podrían iniciar un movimiento. Para desarrollar la energía revolucionaria, para tomar conciencia de su propia posición hostil frente a todos los demás elementos de la sociedad, para concentrarse como clase, los estratos más bajos de la sociedad deben comenzar por despojarse de todo aquello que podría reconciliarlos con el sistema social existente. Deben renunciar a todos los placeres que harían su posición sojuzgada soportable en lo más mínimo y de los cuales ni siquiera la presión más severa podría privarlos.

Este ascetismo plebeyo y proletario difiere ampliamente, tanto por su forma fanática y salvaje como por su contenido, del ascetismo burgués tal como lo predicaban la moral luterana de la clase media y los puritanos ingleses (a distinguir de las sectas independientes y de más largo alcance), cuyo secreto entero es la parsimonia burguesa. Es bien evidente que este ascetismo plebeyo-proletario pierde su carácter revolucionario cuando el desarrollo de las modernas fuerzas productivas aumenta la cantidad de mercancías, volviendo así superflua la igualdad espartana, y, por otro lado, cuando la posición misma del proletariado en la sociedad, y por tanto el proletariado mismo, se torna cada vez más revolucionaria. Gradualmente, este ascetismo desaparece de entre las masas. Entre las sectas en que perdura, degenera bien en mezquindad burguesa, bien en una virtud altisonante que, al fin y al cabo, no es más que tacañería filistea o de artesano gremial. Además, al proletariado no hace falta predicarle la renuncia a los placeres por la sencilla razón de que casi no tiene nada a qué renunciar.

La llamada a la penitencia de Hans el Flautista halló una gran acogida. Todos los profetas de la rebelión comenzaron con llamamientos contra el pecado porque, de hecho, sólo un violento esfuerzo, una repentina renuncia a todas las formas de existencia habituales, podía poner en movimiento unificado a una desunida y ampliamente dispersa generación de campesinos educada en la sumisión ciega. La peregrinación a Niklashausen comenzó y aumentó rápidamente, y cuanto mayores eran las masas de gentes que se unían a la procesión, tanto más abiertamente divulgaba el joven rebelde sus planes. La Virgen de Niklashausen, decía, le había anunciado que en adelante no habría ni rey ni príncipes, ni papa ni otra autoridad eclesiástica o laica. Todos debían ser hermanos entre sí y ganarse el pan con el trabajo de sus manos, sin poseer más que el vecino. Todos los impuestos, rentas del suelo, prestaciones de servidumbre, peajes y demás pagos y entregas debían ser abolidos para siempre. Los bosques, las aguas y las praderas serían libres en todas partes.

El pueblo acogió este nuevo evangelio con alegría. La fama del profeta, «el mensaje de nuestra Madre», se extendió por doquier, incluso en apartadas comarcas. Hordas de peregrinos llegaron del Odenwald, del Main, del Kocher y del Jaxt, incluso de Baviera y Suabia, y del Rin. Se referían milagros que supuestamente había obrado el Flautista; la gente caía de rodillas ante el profeta, rogándole como a un santo; se luchaba por pequeñas tiras de su gorro como por reliquias o amuletos. En vano los sacerdotes lo combatieron, denunciando sus visiones como ilusiones del demonio y sus milagros como estafas infernales. Pero la masa de creyentes aumentó enormemente. La secta revolucionaria comenzó a organizarse. Los sermones dominicales del pastor rebelde atraían a Niklashausen concentraciones de 40.000 y más personas.

Durante varios meses, Hans el Flautista predicó ante las masas. Pero no pretendía limitarse a predicar. Mantenía comunicación secreta con el cura de Niklashausen y con dos caballeros, Kunz de Thunfeld y su hijo, que aceptaron el nuevo evangelio y fueron señalados como los jefes militares de la insurrección planeada. Por fin, el domingo anterior al día de San Kilian, cuando el pastor creyó que su poder era lo bastante fuerte, dio la señal. Concluyó su sermón con estas palabras: «Y ahora id a casa, y sopesad en vuestra mente lo que os ha anunciado nuestra Santísima Virgen, y el sábado próximo dejad a vuestras mujeres e hijos y a los ancianos en casa, pero vosotros, los hombres, regresad aquí, a Niklashausen, el día de Santa Margarita, que es el sábado siguiente, y traed con vosotros a vuestros hermanos y amigos, tantos como puedan ser. No vengáis con bordón de peregrinos, sino cubiertos de armas y munición, en una mano una vela, en la otra una espada y una pica o alabarda, y la Santa Virgen os anunciará entonces lo que desea que hagáis». Pero antes de que los campesinos acudieran en masa, los jinetes del obispo se apoderaron del profeta de la rebelión por la noche y lo llevaron al castillo de Wurzburgo. El día señalado, aparecieron 34.000 campesinos armados, pero la noticia tuvo un efecto desalentador sobre la masa; la mayoría regresó a casa, los más iniciados retuvieron a unos 16.000, con los que se dirigieron al castillo bajo la jefatura de Kunz de Thunfeld y su hijo Michael. El obispo, mediante promesas, los persuadió de que se marcharan a casa, pero tan pronto como empezaron a dispersarse, fueron atacados por los jinetes del obispo, y muchos fueron hechos prisioneros. Dos fueron decapitados y Hans el Flautista, quemado. Kunz de Thunfeld huyó y sólo se le permitió regresar al precio de ceder todas sus posesiones al monasterio. Las peregrinaciones a Niklashausen continuaron por algún tiempo, pero finalmente fueron suprimidas.

Después de este primer intento, Alemania permaneció tranquila durante algún tiempo; pero a finales de siglo comenzaron de nuevo las rebeliones y conspiraciones de los campesinos.

Prescindiremos del levantamiento campesino holandés de 1491 y 1492, que fue aplastado por el duque Alberto de Sajonia en la batalla de Heemskerk; también del levantamiento de los campesinos de la abadía de Kempten, en la Alta Suabia, que ocurrió simultáneamente, y de la revuelta frisona bajo Shaard Ahlva, hacia 1497, igualmente reprimida por Alberto de Sajonia. Estas revueltas se encontraban en su mayor parte demasiado lejos del escenario de la verdadera guerra de los campesinos. En parte eran luchas de campesinos hasta entonces libres contra el intento de imponerles el feudalismo. Pasamos ahora a las dos grandes conspiraciones que prepararon la guerra de los campesinos: la Unión del Zapato y el Pobre Conrado.

La subida del precio de las mercancías que había provocado la revuelta de los campesinos en los Países Bajos suscitó, en 1493, en Alsacia, una unión secreta de campesinos y plebeyos, con una pequeña parte del partido de oposición puramente burgués, y cierta simpatía incluso entre la baja nobleza. El centro de la unión era la región de Schlettstadt, Sulz, Dambach, Rossheim, Scherweiler, etc. Los conspiradores exigían el saqueo y el exterminio de los judíos, cuya usura chupaba entonces, como ahora, la sangre de los campesinos alsacianos, la introducción de un año jubilar para cancelar todas las deudas, la abolición de los impuestos, peajes y otras cargas, la supresión del tribunal eclesiástico y del tribunal de Rottweil (imperial), el derecho a ratificar los tributos, la reducción de los ingresos de los sacerdotes a una prebenda de entre cincuenta y sesenta florines, la abolición de la confesión auricular y el establecimiento en las comunidades de tribunales elegidos por las propias comunidades. Los conspiradores planeaban, tan pronto como se hicieran suficientemente fuertes, apoderarse de la fortaleza de Schlettstadt, confiscar los tesoros de los monasterios y de la ciudad, y desde allí sublevar a toda Alsacia. El estandarte de la unión que debía desplegarse en el momento de la insurrección contenía un zapato de campesino con largas correas de cuero, el llamado Bundschuh (Zapato de la Unión), que dio un símbolo y un nombre a las conspiraciones campesinas de los veinte años siguientes.

Los conspiradores celebraban sus reuniones de noche en el solitario Hungerberg. La pertenencia a la Unión iba acompañada de las ceremonias más misteriosas y de amenazas de los más severos castigos contra los traidores. No obstante, el movimiento fue descubierto hacia la semana de Pascua de 1493, fecha fijada para el ataque a Schlettstadt. Las autoridades intervinieron de inmediato. Muchos de los conspiradores fueron arrestados y puestos en el potro de tormento, para ser descuartizados o decapitados. A muchos los mutilaron, cortándoles manos y dedos, y los expulsaron del país. Un gran número huyó a Suiza. El Bundschuh, sin embargo, no fue ni mucho menos aniquilado y continuó su existencia en secreto. Numerosos exiliados, diseminados por Suiza y el sur de Alemania, se convirtieron en sus emisarios. Encontrando en todas partes la misma opresión y la misma inclinación a la revuelta, difundieron el Bundschuh por el territorio del actual Baden. Es digna de la mayor admiración la tenacidad y perseverancia con que los campesinos de la Alta Alemania conspiraron durante treinta años después de 1493; con que superaron los obstáculos para una organización más centralizada a pesar de hallarse dispersos por el campo, y con que, tras innumerables dispersiones, derrotas y ejecuciones de cabecillas, renovaron sus conspiraciones una y otra vez, hasta que se presentó una oportunidad para un levantamiento en masa.

En 1502, el obispado de Spira, que entonces abarcaba también la localidad de Bruchsal, dio muestras de un movimiento secreto entre los campesinos. El Bundschuh se había reorganizado aquí con notable éxito. Unos 7.000 hombres pertenecían a la organización, cuyo centro era Untergrombach, entre Bruchsal y Weingarten, y cuyas ramificaciones se extendían Rin abajo hasta el Meno, y arriba hasta el Margraviato de Baden. Sus artículos estipulaban: que no se pagara renta de la tierra, diezmo, impuesto ni peaje a los príncipes, a la nobleza ni al clero; que se aboliese la servidumbre; que los monasterios y otras propiedades eclesiásticas se confiscaran y se repartieran entre el pueblo, y que no se reconociese más autoridad que la del emperador.

Encontramos aquí expresadas por primera vez entre los campesinos las dos exigencias de secularizar los bienes de la Iglesia en favor del pueblo y de una monarquía alemana unificada e indivisa, exigencias que en adelante aparecerán regularmente en la fracción más avanzada de los campesinos y plebeyos.

En el programa de Thomas Müntzer, el reparto de los bienes eclesiásticos se transformó en confiscación en favor de la propiedad común, y el imperio alemán unificado, en la república unificada e indivisa.

El renovado Bundschuh contaba, al igual que el antiguo, con sus propios lugares de reunión secretos, su juramento de silencio, sus ceremonias de iniciación y su estandarte de la Unión con la leyenda: «Nada más que la justicia de Dios». El plan de acción era similar al de la Unión alsaciana. Bruchsal, donde la mayoría de la población pertenecía a la Unión, debía ser tomada. Se debía organizar un ejército de la Unión y despacharlo a los principados circundantes como puntos móviles de concentración.

El plan fue traicionado por un clérigo a quien uno de los conspiradores lo reveló en el confesionario. Los gobiernos recurrieron de inmediato a contramedidas. Lo extendida que había llegado a estar la Unión se desprende del terror que se apoderó de los distintos estados imperiales de Alsacia y de la Unión de Suabia. Se concentraron tropas y se efectuaron arrestos en masa. El emperador Maximiliano, «el último de los caballeros», promulgó el más sanguinario decreto punitivo contra la empresa de los campesinos. Aquí y allá se agruparon hordas de campesinos y se ofreció resistencia armada, pero las tropas campesinas aisladas no pudieron mantenerse mucho tiempo. Algunos de los conspiradores fueron ejecutados y muchos huyeron, pero el secreto se guardó tan bien que la mayoría, y también los cabecillas, pudieron permanecer sin ser molestados en sus propias localidades o en los países de los señores vecinos.

Tras esta nueva derrota, siguió un prolongado período de aparente calma en la lucha de clases. La labor, sin embargo, continuó de manera subterránea. Ya en los primeros años del siglo XVI, se formó en Suabia el Pobre Conrado, al parecer en conexión con los miembros dispersos del Bundschuh. En la Selva Negra, el Bundschuh subsistió en círculos aislados hasta que, diez años más tarde, un enérgico cabecilla campesino logró unir los diversos hilos y combinarlos en una gran conspiración. Ambas conspiraciones se hicieron públicas, una poco después de la otra, en los años agitados de 1513 a 1515, en los que los campesinos suizos, húngaros y eslovenos llevaron a cabo una serie de insurrecciones significativas.

El hombre que restauró el Bundschuh del Alto Rin fue Joss Fritz, de Untergrombach, un fugitivo de la conspiración de 1502, antiguo soldado, figura destacada en todos los aspectos. Tras su huida, se había mantenido en diversas localidades entre el lago de Constanza y la Selva Negra, y finalmente se asentó como vasallo cerca de Friburgo de Brisgovia, donde incluso llegó a ser guardabosques. Las investigaciones contienen detalles interesantes de la manera en que reorganizó la Unión desde este punto ventajoso y de la habilidad con que logró atraer a personas de diferente carácter. Fue gracias al talento diplomático y a la perseverancia infatigable de este conspirador modelo que un número considerable de personas de las más diversas clases se vieron implicadas en la Unión: caballeros, sacerdotes, burgueses, plebeyos y campesinos, y es casi seguro que organizó varios grados de la conspiración, más o menos nítidamente separados entre sí. Todos los elementos aprovechables se utilizaban con la mayor circunspección y destreza. Además de los emisarios iniciados que recorrían el país con diversos disfraces, se empleaba a los vagabundos y mendigos para misiones subordinadas. Joss mantenía comunicación directa con los reyes de los mendigos, y por medio de ellos dominaba a la numerosa población vagabunda. De hecho, los reyes de los mendigos desempeñaban un papel considerable en su conspiración. Eran figuras muy originales estos reyes de los mendigos. Uno vagaba por el campo con una muchacha, usando sus pies, aparentemente heridos, como pretexto para mendigar; llevaba más de ocho insignias en el sombrero: los catorce santos auxiliadores, Santa Otila, Nuestra Madre del Cielo, etc.; además, lucía una larga barba roja y portaba un gran garrote nudoso con una daga y una pica. Otro, que mendigaba en nombre de San Valentín, ofrecía especias y semillas de lombriz; llevaba una larga capa de color hierro, un birrete rojo con el Niño de Trento prendido, una espada al costado y muchos cuchillos y una daga en el cinto. Otros tenían heridas abiertas artificiales, además de un atavío igualmente pintoresco.

Eran al menos diez, y por el precio de dos mil florines debían prender fuego simultáneamente en Alsacia, en el Margraviato de Baden y en Brisgovia, y ponerse a sí mismos, con al menos 2.000 hombres propios, bajo el mando de Georg Schneider, el antiguo capitán de los lansquenetes, el día de la feria parroquial de Zabern en Rozen, a fin de conquistar la ciudad. Se estableció un servicio de correos, de estación en estación, entre los miembros verdaderos de la Unión. Joss Fritz y su principal emisario, Stoffel de Friburgo, cabalgando sin cesar de un lugar a otro, pasaban revista por la noche a los ejércitos de neófitos. Los documentos de las investigaciones judiciales contienen abundante material relativo a la difusión de la Unión en las regiones del Alto Rin y la Selva Negra. Los documentos contienen muchos nombres de miembros de las diversas localidades de aquella región, junto con descripciones de personas. La mayoría de los mencionados eran oficiales artesanos, campesinos y posaderos, unos pocos nobles, sacerdotes (como el de Lehen mismo) y lansquenetes desempleados. Esta composición muestra el carácter más desarrollado que había asumido el Bundschuh bajo Joss Fritz. El elemento plebeyo de las ciudades empezaba a imponerse cada vez más. Las ramificaciones de la conspiración se extendían a Alsacia, al actual Baden, hasta Wurtemberg y el Meno. Se celebraban asambleas más amplias de vez en cuando en montañas remotas como el Kniebis, etc., y se discutían los asuntos de la Unión. Las reuniones de los jefes, en las que a menudo participaban miembros locales así como delegados de las localidades más lejanas, tenían lugar en la Hartmatte, cerca de Lehen, y fue allí donde se aprobaron los catorce artículos de la Unión: Ningún señor fuera del emperador y (según algunos) el papa; abolición del tribunal imperial de Rottweil; limitación del tribunal eclesiástico a los asuntos religiosos; abolición de todos los intereses que se hubieran pagado durante tanto tiempo que igualaran el capital; un interés del 5 por ciento como tasa máxima permitida; libertad de caza, pesca, pastoreo y tala de leña; limitación de los sacerdotes a una sola prebenda por cada uno; confiscación de todos los bienes eclesiásticos y joyas de los monasterios en favor de la Unión; abolición de todos los impuestos y peajes injustos; paz eterna en toda la cristiandad; acción enérgica contra todos los adversarios de la Unión; impuestos de la Unión; toma de una ciudad fuerte, como Friburgo, que sirviera de centro a la Unión; apertura de negociaciones con el emperador en cuanto se hubieran reunido las hordas de la Unión, y con Suiza en caso de que el emperador se negara: estos eran los puntos acordados. Vemos que las exigencias de los campesinos y plebeyos asumían una forma cada vez más definida y decisiva, aunque en la misma medida hubo que hacer concesiones también a los elementos más moderados y tímidos.

El golpe iba a asestarse hacia el otoño de 1513. No faltaba más que un estandarte de la Unión, y Joss Fritz fue a Heilbrun para que lo pintaran. Contenía, además de toda clase de emblemas y figuras, el Zapato de la Unión y la leyenda «Dios ayude a tu divina justicia». Mientras él estaba ausente, se hizo un intento prematuro de tomar Friburgo por asalto, pero el intento fue descubierto. Algunas indiscreciones en la conducción de la propaganda pusieron al concejo de Friburgo y al margrave de Baden sobre la pista correcta. La traición de dos conspiradores completó la serie de revelaciones. Enseguida, el margrave, el concejo de Friburgo y el gobierno imperial de Ensisheim enviaron sus espías y soldados. Varios miembros de la Unión fueron arrestados, torturados y ejecutados. Pero la mayoría escapó una vez más, entre ellos Joss Fritz. El gobierno suizo persiguió ahora a los fugitivos con gran diligencia e incluso ejecutó a muchos de ellos. Sin embargo, no pudo impedir que la mayoría de los fugitivos se mantuviera continuamente en las cercanías de sus hogares y regresara gradualmente a ellos. El gobierno alsaciano de Ensisheim fue más cruel que los demás. Ordenó que muchísimos fueran decapitados, atenaceados y descuartizados. Joss Fritz se mantuvo principalmente en la orilla suiza del Rin, pero también fue a menudo a la Selva Negra sin ser nunca apresado.

Por qué los suizos hicieron esta vez causa común con los gobiernos vecinos se desprende de la revuelta campesina que estalló al año siguiente, 1514, en Berna, Soleura y Lucerna, y que tuvo por resultado una purga de los gobiernos aristocráticos y la institución de los patriciados. Los campesinos también impusieron algunos privilegios para sí mismos. Si estas revueltas locales suizas tuvieron éxito, se debió simplemente al hecho de que en Suiza había aún menos centralización que en Alemania. Los señores locales alemanes fueron todos sometidos por los campesinos en 1525, y si éstos sucumbieron, se debió a los ejércitos de masas organizados de los príncipes. Pero estos últimos no existían en Suiza.

Simultáneamente con la Unión del Zapato en Baden, y al parecer en conexión directa con ella, se formó una segunda conspiración en Wurtemberg. Según documentos, existía desde 1503, pero como el nombre de Unión del Zapato se volvió demasiado peligroso después de la dispersión de los conspiradores de Untergrombach, adoptó el nombre de Pobre Konrad. Su sede era el valle del Rems, al pie del monte Hohenstaufen. Su existencia no había sido ningún misterio durante mucho tiempo, al menos entre el pueblo. La desvergonzada presión del gobierno del duque Ulrico, y la serie de años de hambruna que tanto contribuyeron a los estallidos de 1513 y 1514, habían aumentado el número de conspiradores. Los nuevos impuestos sobre el vino, la carne y el pan, así como un impuesto sobre el capital de un penique anual por cada florín, provocaron el nuevo estallido. La ciudad de Schorndorf, donde los cabecillas del complot solían reunirse en casa de un cuchillero llamado Kaspar Pregizer, iba a ser tomada primero. En la primavera de 1514, estalló la rebelión. Tres mil y, según otros, cinco mil campesinos aparecieron ante la ciudad, y fueron persuadidos por las promesas amistosas de los oficiales del duque para que se marcharan. El duque Ulrico, habiendo prometido la abolición del nuevo impuesto, llegó cabalgando aprisa con ochenta jinetes, para encontrar que todo estaba tranquilo a consecuencia de la promesa. Prometió convocar una dieta donde se examinarían todas las quejas. Los jefes de la organización, sin embargo, sabían muy bien que Ulrico sólo pretendía mantener al pueblo tranquilo hasta haber reclutado y concentrado suficientes tropas para poder romper su palabra y cobrar los impuestos por la fuerza. Desde la casa de Kaspar Pregizer, «la oficina del Pobre Konrad», lanzaron una convocatoria a un congreso de la Unión, convocatoria que contó con el apoyo de emisarios por todas partes. El éxito del primer levantamiento en el valle del Rems había fortalecido en todas partes el movimiento entre el pueblo. Los panfletos y los emisarios encontraron una respuesta favorable, y así el congreso celebrado en Untertürkheim el 28 de mayo contó con la asistencia de numerosos representantes de todas las partes de Wurtemberg. Se decidió proceder de inmediato con la propaganda y asestar un golpe decisivo en el valle del Rems en la primera oportunidad, a fin de extender el levantamiento desde ese punto en todas direcciones. Mientras Bantelshans de Dettingen, un antiguo soldado, y Singerhans de Wuertingen, un destacado campesino, incorporaban el Alb de Suabia a la Unión, el levantamiento estalló por todos lados. Aunque Singerhans fue atacado de repente y apresado, las ciudades de Backnang, Winnenden y Markgröningen cayeron en manos de los campesinos combinados con los plebeyos, y todo el territorio desde Weinsberg hasta Blaubeuren y desde allí hasta las fronteras de Baden estaba en abierta revuelta. Ulrico se vio obligado a ceder. Sin embargo, mientras convocaba la Dieta para el 25 de junio, envió una circular a los príncipes y ciudades libres circundantes, pidiendo ayuda contra el levantamiento que, según decía, amenazaba a todos los príncipes, autoridades y nobles del imperio, y que «se parecía extrañamente a la Unión del Zapato».

Entretanto, la Dieta, que representaba a las ciudades, y muchos delegados de los campesinos que también exigían escaños en la Dieta, se reunió el 18 de junio en Stuttgart. Los prelados no estaban aún allí. Los caballeros no habían sido invitados. La oposición de la ciudad de Stuttgart, así como dos amenazadoras hordas de campesinos en Leonberg, cerca de allí en el valle del Rems, fortalecieron las demandas de los campesinos. Sus delegados fueron admitidos, y se decidió deponer y castigar a tres de los odiados consejeros del duque —Lamparter, Thumb y Lorcher—, añadir al duque un consejo de cuatro caballeros, cuatro burgueses y cuatro campesinos, concederle una lista civil, y confiscar los monasterios y las fundaciones en favor de la hacienda del Estado.

El duque Ulrico respondió a estas decisiones revolucionarias con un golpe de Estado. El 21 de junio, cabalgó con sus caballeros y consejeros a Tubinga, adonde le siguieron los prelados. Ordenó que la burguesía acudiera también allí. Así se hizo, y allí continuó la sesión de la Dieta sin los campesinos. Los burgueses, enfrentados al terrorismo militar, traicionaron a sus aliados, los campesinos. El 8 de julio, entró en vigor el acuerdo de Tubinga, que impuso al país casi un millón de la deuda del duque, impuso al duque algunas limitaciones de poder que jamás cumplió, y despachó a los campesinos con unas pocas frases generales y una muy concreta ley penal contra la insurrección. Por supuesto, nada se mencionó acerca de la representación campesina en la Dieta. La gente común gritó «¡Traición!», pero el duque, habiendo obtenido nuevos créditos después de que sus deudas fueran asumidas por los estados, pronto reunió tropas mientras sus vecinos, en particular el Elector Palatino, enviaban ayuda militar. Así, para finales de julio, el acuerdo de Tubinga había sido aceptado en todo el país, y se prestó un nuevo juramento. Sólo en el valle del Rems ofreció resistencia el Pobre Konrad. El duque, que cabalgó allí en persona, estuvo a punto de ser muerto. Se formó un campamento campesino en el monte Koppel. Pero el asunto se prolongó, huyendo la mayoría de los insurgentes por falta de alimentos; más tarde, los restantes también regresaron a casa después de concluir un acuerdo ambiguo con algunos representantes de la Dieta. Ulrico, cuyo ejército se había visto entre tanto reforzado por tropas ofrecidas voluntariamente por las ciudades que, habiendo conseguido sus demandas, se volvían ahora fanáticamente contra los campesinos, atacó el valle del Rems contrariamente a los términos del acuerdo, y saqueó sus ciudades y aldeas. Mil seiscientos campesinos fueron apresados, dieciséis de ellos decapitados, y el resto recibió fuertes multas a favor de la hacienda de Ulrico. Muchos permanecieron largo tiempo en prisión. Se promulgaron varias leyes penales contra la renovación de la organización, contra todas las asambleas de campesinos, y la nobleza de Suabia formó una unión especial para la represión de todo intento de insurrección. Entre tanto, los principales jefes del Pobre Konrad habían logrado escapar a Suiza, de donde la mayoría regresó a casa individualmente, al cabo de unos años.

Simultáneamente con el movimiento de Wurtemberg, se manifestaron síntomas de nuevas actividades de la Unión del Zapato en Breisgau y en el Margraviato de Baden. En junio, se intentó una insurrección en Bühl, pero fue inmediatamente dispersada por el margrave Philipp —el cabecilla, Gugel-Bastián de Friburgo, fue apresado y ejecutado en el cadalso—.

En la primavera del mismo año, 1514, estalló una guerra campesina general en Hungría. Se predicaba una cruzada contra los turcos y, como de costumbre, se prometía la libertad a los siervos y a los vasallos que se unieran a ella. Unos 60.000 se congregaron, y debían estar bajo el mando de György Dózsa,[16] un székler que se había distinguido en las anteriores guerras turcas e incluso había alcanzado la nobleza. Los caballeros y magnates húngaros, sin embargo, vieron con desagrado la cruzada, que amenazaba con privarlos de sus propiedades y esclavos. Siguieron apresuradamente a las distintas hordas de campesinos, y tomaron de vuelta a sus siervos por la fuerza y los maltrataron. Cuando el ejército de cruzados se enteró de ello, se desató toda la furia de los campesinos oprimidos. Dos de los hombres, entusiastas defensores de la cruzada, Lawrence Mészáros y Barnabás, avivaron el fuego, incitando al odio del ejército contra la nobleza con sus discursos revolucionarios. El propio Dózsa compartió la cólera de sus tropas contra la nobleza traicionera. El ejército de cruzados se convirtió en un ejército de la revolución, y Dózsa asumió la dirección del movimiento.

Acampó con sus campesinos en el campo de Rákos, cerca de Pest. Las hostilidades se iniciaron con encuentros entre los campesinos y las gentes de la nobleza en las aldeas circundantes y en los arrabales de Pest. Pronto hubo escaramuzas, y luego siguieron Vísperas Sicilianas para toda la nobleza que cayó en manos de los campesinos, y la quema de todos los castillos en los alrededores. La corte amenazó en vano. Cuando los primeros actos de la justicia popular hacia la nobleza se hubieron consumado bajo las murallas de la ciudad, Dózsa procedió a ulteriores operaciones. Dividió su ejército en cinco columnas. Dos fueron enviadas a las montañas de la Alta Hungría para provocar una insurrección y exterminar a la nobleza. La tercera, bajo Ambros Szaleves, un ciudadano de Pest, permaneció en el Rákos para guardar la capital. La cuarta y la quinta fueron dirigidas por Dózsa y su hermano Gregor contra Szegedin.

Entretanto, la nobleza se reunió en Pest y llamó en su ayuda a Johann Zápolya, el voivoda de Transilvania. La nobleza, unida a la burguesía de Budapest, atacó y aniquiló al ejército en el Rákos, después de que Szaleves con los elementos burgueses del ejército campesino se hubiera pasado al enemigo. Una multitud de prisioneros fueron ejecutados de la manera más cruel. Al resto se les envió a casa sin narices ni orejas.

Dózsa sufrió una derrota ante Szeged y se desplazó a Czanad, la cual tomó, tras haber vencido a un ejército de la nobleza bajo el mando de Batory Istvan y el obispo Esakye, y tras haber ejecutado sangrientas represalias sobre los prisioneros —entre ellos el obispo y el canciller real Teleky— por las atrocidades cometidas en el Rakos. En Czanad proclamó la república, la abolición de la nobleza, la igualdad general y la soberanía del pueblo, y luego avanzó hacia Temesvar, adonde Batory se había precipitado con su ejército. Pero durante el sitio de esta fortaleza, que duró dos meses, y mientras recibía refuerzos de un nuevo ejército bajo Anton Hosza, sus dos columnas del ejército en la Alta Hungría sufrieron derrotas en varias batallas a manos de la nobleza, y Johann Zapolya, con su ejército transilvano, marchó contra él. Los campesinos fueron atacados por Zapolya y dispersados. Dózsa fue capturado, asado en un trono al rojo vivo, y su carne devorada por sus propios hombres, a quienes solo se les concedió la vida bajo esta condición. Los campesinos dispersos, reagrupados por Lawrence y Hosza, fueron derrotados de nuevo, y todo aquel que cayó en manos de los enemigos fue empalado o ahorcado. Los cadáveres de los campesinos colgaban a miles a lo largo de los caminos o en las entradas de las aldeas incendiadas. Según los informes, unos 60.000 cayeron en combate o fueron masacrados. La nobleza se encargó de que en la siguiente sesión de la Dieta la servidumbre de los campesinos volviera a ser reconocida como ley del país.

La revuelta campesina en Carintia, Carniola y Estiria, la «Marca Winda», que estalló al mismo tiempo, tuvo su origen en una conspiración afín a la Liga del Zapato, organizada ya en 1503 en aquella región, exprimida por los funcionarios imperiales, devastada por las invasiones turcas y atormentada por las hambrunas. Fue esta conspiración la que hizo posible la insurrección. Ya en 1513, los campesinos eslovenos, así como los alemanes de esta región, habían enarbolado una vez más la bandera de guerra de la Stara Prawa (Los Viejos Derechos). Esa vez se dejaron apaciguar, y cuando en 1514 se congregaron de nuevo en grandes masas, otra vez fueron persuadidos de regresar a sus hogares por una promesa directa del emperador Maximiliano de restaurar los viejos derechos. Sin embargo, la guerra de venganza del pueblo engañado estalló en la primavera de 1515 con mucho más vigor. Aquí, como en Hungría, fueron destruidos castillos y monasterios, y los nobles capturados fueron juzgados y ejecutados por jurados campesinos. En Estiria y Carintia, el capitán del emperador Dietrichstein pronto logró aplastar la revuelta. En Carniola, solo pudo ser sofocada mediante un ataque desde Rain (otoño de 1516) y mediante las posteriores atrocidades austriacas, que formaron un digno correlato de las infamias de la nobleza húngara.

Es claro por qué, tras una serie de derrotas tan decisivas y después de estas atrocidades masivas de la nobleza, los campesinos alemanes permanecieron largo tiempo tranquilos. Sin embargo, ni las conspiraciones ni los levantamientos locales estuvieron totalmente ausentes. Ya en 1516, la mayoría de los fugitivos de la Liga del Zapato y del Pobre Konrad habían regresado a Suabia y al alto Rin. En 1517, la Liga del Zapato volvía a estar en pleno auge en la Selva Negra. El propio Joss Fritz, que aún llevaba en el pecho la vieja bandera de la Liga del Zapato de 1513, recorrió la Selva Negra en todas direcciones y desplegó una gran actividad. La conspiración volvía a organizarse. De nuevo se celebraron reuniones en el Kniebis, como cuatro años antes. Sin embargo, no se mantuvo el secreto. Los gobiernos se enteraron de los hechos e intervinieron. Muchos fueron capturados y ejecutados. Los miembros más activos e inteligentes se vieron obligados a huir, entre ellos Joss Fritz, quien, aunque no llegó a ser capturado, parece haber muerto en Suiza poco tiempo después. En todo caso, su nombre no vuelve a mencionarse.