[A partir de la "Neue Rheinische Zeitung. Revista político-económica". Segundo cuaderno, febrero de 1850]

I

G. Fr. Daumer, *Die Religion des neuen Weltalters. Versuch einer combinatorisch-aphoristischen Grundlegung*, 2 vols., Hamburgo, 1850

«Un hombre de Nuremberg, por lo demás muy liberal y nada inaccesible a lo nuevo, cobró un odio enorme al trajín democrático. Veneraba a Ronge y tenía su retrato colgado en la habitación. Pero cuando supo que éste se pasaba a los demócratas, colgó el retrato en el retrete. Dijo una vez: ¡Ay, si viviéramos bajo el knut ruso, qué feliz me sentiría! Murió durante los disturbios, y sospecho que, aunque ya era viejo, sólo el descontento y la pesadumbre por la marcha de las cosas lo llevaron a la tumba.» (Vol. II, pág. 321-322.)

Si este lamentable filisteo de Nuremberg, en lugar de morirse, hubiese zurcido sus elucubraciones mentales con recortes del *Correspondent von und für Deutschland*, de Schiller y Goethe, de viejos manuales escolares y de nuevos materiales de bibliotecas de préstamo, se habría ahorrado la muerte y el señor Daumer sus dos tomos penosamente elaborados de «fundamentación combinatorio-aforística». A nosotros, ciertamente, no se nos habría deparado la edificante ocasión de conocer, junto con la «religión de la nueva era del mundo», a su primer mártir.

La obra del señor Daumer se divide en dos partes: una «preliminar» y otra «propiamente dicha». En la parte preliminar, el fiel Eckart de la filosofía alemana manifiesta su profunda aflicción porque incluso los alemanes pensantes y cultivados se han dejado seducir en estos dos últimos años, abandonando las inestimables conquistas del pensamiento por la mera actividad revolucionaria «exterior». Considera el momento actual adecuado para apelar una vez más al buen sentimiento de la nación; señala lo grave que es desechar tan a la ligera toda la cultura alemana, única cosa por la cual el burgués alemán era todavía algo. Condensa todo el contenido de la cultura alemana en las sentencias medulares más enérgicas que le ofrece el cofrecillo de sus lecturas, y con ello compromete esa cultura alemana no menos que a la filosofía alemana. Su antología de los más sublimes productos del espíritu alemán supera en banalidad y trivialidad incluso al más ordinario libro de lectura para señoritas de clases cultivadas. Desde las arremetidas filisteas de Goethe y Schiller contra la primera Revolución Francesa, desde el clásico: «Peligroso es despertar al león», hasta la literatura más reciente, el sumo sacerdote de la nueva religión persigue afanosamente todo pasaje en que la anquilosada coletilla alemana, con adormilado malestar, se encrespa contra el movimiento histórico que le repugna. Autoridades de la talla de un Friedrich Raumer, Berthold Auerbach, Lochner, Moriz Carrière, Alfred Meißner, Krug, Dingelstedt, Ronge, *Nürnberger Bote*, Max Waldau, Sternberg, German Mäurer, Louise Aston, Eckermann, Noack, *Blätter für literarische Unterhaltung*, A. Kunze, Ghillany, Th. Mundt, Saphir, Gutzkow, una «Gatterer de nacimiento», etc., son los pilares sobre los que descansa el templo de la nueva religión. El movimiento revolucionario, contra el cual se pronuncia aquí un anatema tan polifónico, se limita para el señor Daumer, por un lado, a la más trivial charlatanería de taberna, tal como está a la orden del día en Nuremberg bajo los auspicios del *Correspondent von und für Deutschland*, y por otro lado, a excesos de la plebe, de los cuales el señor Daumer se forja la idea más quimérica. Las fuentes de las que aquí se bebe se equiparan dignamente a las anteriores: junto al ya mencionado *Correspondent* de Nuremberg figuran el *Bamberger Zeitung*, el *Landbotin* de Múnich, el *Allgemeine Zeitung* de Augsburgo, etc. La misma vulgaridad filistea que no ve nunca al proletario más que como un harapiento salvaje y depravado, y que se frota las manos satisfecha ante las masacres parisinas de junio de 1848, en que más de tres mil de estos «harapientos» fueron masacrados, esa misma vulgaridad se indigna por la burla de que han sido objeto las apacibles sociedades protectoras de animales.

«Los espantosos tormentos —exclama el señor Daumer (vol. I, pág. 293)— que el infortunado animal padece bajo la cruel mano tiránica del hombre son para esos bárbaros una "porquería" de la que no hay que preocuparse.»

La entera lucha de clases moderna se le aparece al señor Daumer tan sólo como una lucha entre la «rudeza» y la «cultura». En vez de explicarla a partir de las condiciones históricas de esas clases, encuentra su causa en el turbio trajín de algunos malintencionados que azuzan las bajas pasiones de la plebe contra las clases cultas.

«Ese reformismo democrático… excita la envidia, la rabia, la codicia de rapiña de las clases inferiores de la sociedad contra las superiores; un limpio medio para hacer al hombre más noble y mejor y para fundar un nivel cultural superior.» (Vol. I, pág. 288-289.)

El señor Daumer no conoce siquiera las luchas de las «clases inferiores de la sociedad contra las superiores», luchas que costó incluso sólo el producir un «nivel cultural» nuremburgués y hacer posible un cazador de molochs al estilo Daumer.

La segunda parte, la «propiamente dicha», contiene ahora el lado positivo de la nueva religión. Aquí se manifiesta todo el enfado del filósofo alemán por el olvido en que han caído sus luchas contra el cristianismo, por la indiferencia del pueblo hacia la religión, único objeto digno de la consideración del filósofo. Para volver a poner en honor su oficio, eliminado por la competencia, a nuestro filósofo no le queda más remedio, después de haber ladrado suficientemente contra la vieja religión, que inventar una religión nueva. Pero esta nueva religión, en adecuada prosecución de la primera parte, se limita a una continua antología de sentencias, versos de álbum y *versus memoriales* (versos mnemotécnicos) de la cultura filistea alemana. Las suras del nuevo Corán no son más que una serie de frases con las que se embellecen moralmente y se revisten poéticamente las relaciones alemanas existentes; frases que, precisamente por haberse despojado de la forma religiosa inmediata, no están menos ligadas a la vieja religión.

«Estados del mundo y condiciones del mundo enteramente nuevos pueden surgir únicamente mediante religiones nuevas. Como ejemplos y pruebas de lo que las religiones pueden hacer, sirven el cristianismo y el islam; como prueba muy elocuente y palpable de la impotencia y de la falta de resultados de que adolece la política abstracta y exclusiva, los movimientos llevados a cabo en el año 1848.» (Vol. I, pág. 313.)

En esta frase sustanciosa se nos presenta de golpe toda la superficialidad e ignorancia del «pensador» alemán que toma las pequeñas «conquistas de marzo» alemanas, y especialmente bávaras, por el movimiento europeo de 1848 y 1849, y que exige de las primeras erupciones, aún muy superficiales, de una gran revolución que se va gestando y concentrando paulatinamente, que hayan de producir ya «estados del mundo y condiciones del mundo enteramente nuevos». El entero y complicado combate social, que entre París y Debrecen, Berlín y Palermo, llegó en estos dos últimos años a sus primeros combates de tiradores, se reduce para el filósofo Daumer a que «en enero de 1849 las esperanzas de las asociaciones constitucionales de Erlangen se han desvanecido en una lejanía insondable» (vol. I, pág. 312), y al temor a una nueva lucha que pudiera despertar otra vez desagradablemente al señor Daumer de sus ocupaciones con Hafis, Mahoma y Berthold Auerbach.

Esa misma superficialidad desvergonzada hace posible que el señor Daumer ignore totalmente que al cristianismo precedió el derrumbe completo de los «estados del mundo» antiguos, cuyo mero exponente fue el cristianismo; que «estados del mundo enteramente nuevos» no surgieron *desde dentro* por obra del cristianismo, sino sólo cuando los hunos y los germanos irrumpieron «exteriormente» sobre el cadáver del Imperio romano; y que, tras la invasión germánica, no fue que los «nuevos estados del mundo» se ajustaran al cristianismo, sino que el cristianismo, con cada nueva fase de esos estados del mundo, se modificó igualmente. Por lo demás, el señor Daumer debería darnos un ejemplo de cómo, con una religión nueva, los viejos estados del mundo se transformaron sin que se produjeran a la vez las más formidables convulsiones «exteriores» y abstractamente políticas.

Es evidente que con cada gran transformación histórica de las relaciones sociales se transforman al mismo tiempo las concepciones e ideas de los hombres, y con ellas sus ideas religiosas. Pero la diferencia de la transformación actual con respecto a todas las anteriores consiste precisamente en que al fin se ha descubierto el secreto de ese proceso histórico de transformación, y por ello, en lugar de divinizar una vez más ese proceso práctico «exterior» bajo la forma extática de una nueva religión, se despoja de *toda* religión.

Tras las dulces doctrinas morales de la nueva sabiduría universal, que en esto superan incluso a las de Knigge, pues contienen lo necesario no sólo sobre el trato con los hombres, sino también sobre el trato con los animales; tras los Proverbios de Salomón, viene el Cantar de los Cantares del nuevo Salomón.

«*Naturaleza* y *mujer* son lo verdaderamente divino, a diferencia de *hombre* y *varón*… La entrega de lo humano a lo natural, de lo viril a lo femenino, es la auténtica, la única y verdadera humildad y desprendimiento de sí, la virtud y piedad supremas, y hasta únicas, que existen.» (Vol. II, pág. 257.)

Vemos aquí cómo la superficial ignorancia del especulador fundador de religiones se convierte en una cobardía muy pronunciada. El señor Daumer huye de la tragedia histórica, que lo amenaza acercándosele peligrosamente, refugiándose en la presunta naturaleza, es decir, en la boba idílica campesina, y predica el culto de la mujer para encubrir su propia resignación feminoide.

El culto a la naturaleza del señor Daumer es, por lo demás, de un género peculiar. Ha logrado presentarse incluso como reaccionario frente al cristianismo. Intenta restaurar, en forma modernizada, la vieja religión precristiana de la naturaleza. Con ello, naturalmente, no llega más que a un devaneo naturalístico cristiano-germánico-patriarcal, que se expresa, por ejemplo, como sigue:

«Dulce, santa naturaleza, déjame ir sobre tu huella, guíame de tu mano, ¡como un niño del andador!»

«Tales cosas han pasado de moda; pero no en beneficio de la cultura, del progreso y de la felicidad humana.» (Vol. II, pág. 157.)

El culto a la naturaleza se limita, como vemos, a los paseos dominicales del provinciano, que manifiesta su infantil asombro por el hecho de que el cuco ponga sus huevos en nidos ajenos (t. II, p. 40), de que las lágrimas tengan la función de mantener húmeda la superficie del ojo (t. II, p. 73), etc., y que, por último, declama a sus hijos con sagrado escalofrío la *Oda primaveral* de Klopstock (t. II, p. 23 y ss.). De la ciencia natural moderna, que, unida a la industria moderna, revoluciona toda la naturaleza y, entre otras niñerías, pone fin también a la actitud pueril de los hombres hacia la naturaleza, no se dice, naturalmente, una palabra. A cambio recibimos misteriosas alusiones y estupefactas intuiciones de filisteo sobre las profecías de Nostradamus, la segunda vista de los escoceses y el magnetismo animal. Por lo demás, sería de desear que la morosa economía campesina de Baviera, el suelo en que crecen por igual los curas y los Daumer, fuese al fin removida por el laboreo moderno y las máquinas modernas.

Con el culto a la mujer ocurre exactamente lo mismo que con el culto a la naturaleza. No hace falta decir que el señor Daumer no dice una palabra de la actual posición social de las mujeres, sino que, por el contrario, se trata únicamente de la mujer como tal. Intenta consolar a las mujeres de su miseria burguesa dedicándoles un culto de frases tan vacío como pseudomisterioso. Así, las tranquiliza diciéndoles que sus talentos cesan con el matrimonio, porque entonces tienen que ocuparse de los niños (t. II, p. 237), que poseen la capacidad de amamantar niños incluso hasta los sesenta años (t. II, p. 251), etc. El señor Daumer llama a esto “entrega de lo masculino a lo femenino”. Para encontrar así en su patria las figuras ideales de mujer necesarias para su entrega masculina, se ve obligado a refugiarse en varias damas aristocráticas del siglo pasado. El culto a la mujer se reduce, pues, de nuevo a la relación oprimida del literato con sus veneradas protectoras — Wilhelm Meister.

La “cultura”, por cuya decadencia el señor Daumer entona jeremiadas, es la cultura de la época en que Nuremberg florecía como ciudad imperial libre, en que la industria nuremberguesa, aquella amalgama entre arte y artesanía, desempeñaba un papel significativo, la cultura de la pequeña burguesía alemana, que perece junto con esta pequeña burguesía. Si el hundimiento de clases anteriores, como la caballería, pudo proporcionar materia para grandiosas obras de arte trágicas, el filisteísmo, muy adecuadamente, no pasa de impotentes manifestaciones de una maldad fanática y de una colección de proverbios y reglas de sabiduría a lo Sancho Panza. El señor Daumer es la seca, carente de todo humor, continuación de Hans Sachs. La filosofía alemana, retorciéndose las manos y lanzando lamentos ante el lecho de muerte de su padre nutricio, el filisteísmo alemán, he ahí la conmovedora imagen que despliega ante nosotros la “Religión de la nueva era mundial”.

II

Ludwig Simon von Trier,

«Ein Wort des Rechts für alle Reichsverfassungskämpfer

an die deutschen Geschwornen»,

Frankfurt a. M. 1849

«Habíamos votado contra la hereditariedad del jefe del Reich; al día siguiente nos abstuvimos en la elección. Pero cuando la obra entera, surgida de la voluntad de la mayoría de una asamblea elegida por sufragio universal, estuvo completamente lista, declaramos que nos someteríamos. De no haberlo hecho, habríamos demostrado que no encajábamos en una sociedad burguesa en general.» p. 43.

Según el señor L. Simon “de Tréveris”, pues, ya los miembros más extremos de la Asamblea de Francfort no encajaban “en una sociedad burguesa en general”. El señor L. Simon “de Tréveris” parece imaginar, pues, los límites de la sociedad burguesa en general aún más estrechos que los límites de la Paulskirche.

Por lo demás, el señor Simon tuvo el tacto preciso para revelar, en su confesión del 11 de abril de 1849, el secreto tanto de su oposición anterior como de su posterior conversión.

«De las turbias aguas de la diplomacia premarzista se han elevado frías brumas. Estas brumas se condensarán como nubes y tendremos una tormenta preñada de destrucción que amenaza con descargar, en primer lugar, sobre la torre de la iglesia en que estamos sentados. ¡Velad y procurad poner un pararrayos que desvíe de vosotros el rayo!»

Es decir, señores míos, ¡ahora se trata de nuestro pellejo!

Las propuestas mendicantes, los lamentables compromisos que la izquierda francfortiana ofreció a la mayoría en la cuestión del emperador y tras el regreso vergonzoso de la diputación imperial, con tal de retenerla en la asamblea, los sucios intentos de avenencia que emprendió entonces por todos lados, reciben en las siguientes palabras del señor Simon su consagración superior:

«La palabra avenencia se ha convertido, por los acontecimientos del año pasado, en objeto de una burla muy inquietante. Apenas puede uno hablar de ella sin que se rían de uno. Y, sin embargo, de dos casos solo uno es posible: o los hombres se avienen, o se lanzan unos contra otros como fieras.» p. 43.

Es decir, o los partidos luchan su batalla hasta el final, o la aplazan mediante un compromiso cualquiera. Esto último es, en todo caso, más “culto” y humano. Por lo demás, el señor Simon se abre con su mencionada teoría una serie infinita de avenencias, gracias a las cuales podrá seguir siendo posible en cada “sociedad burguesa”.

La bienaventurada Constitución del Reich se justifica con la siguiente deducción filosófica:

«La Constitución del Reich era, con toda propiedad, la expresión de lo posible sin nuevos esfuerzos de violencia... Era la viva (!) expresión de la monarquía democrática, por consiguiente, de una contradicción de principio. Pero ya han existido de hecho muchas cosas que se contradecían en principio, y precisamente de la existencia de hecho de contradicciones de principio se desarrolla la vida ulterior.» p. 44.

Se ve que la aplicación de la dialéctica hegeliana sigue siendo algo más difícil que la cita de versitos de Schiller. La Constitución del Reich, si quería subsistir “de hecho” a pesar de su “contradicción de principio”, tendría que haber expresado, al menos “en principio”, la contradicción que existía “de hecho”. “De hecho” estaban, de un lado, Prusia y Austria, el absolutismo militar; del otro, el pueblo alemán, estafado en los frutos de sus insurrecciones de marzo, estafado en gran parte por su tonta confianza en la miserable Asamblea de Francfort, y a punto, por fin, de aventurar una nueva lucha contra el absolutismo militar. Esta contradicción de hecho solo podía ser resuelta mediante una lucha de hecho. ¿Expresó la Constitución del Reich esta contradicción? Ni remotamente. Expresaba la contradicción tal como existía en marzo de 1848, antes de que Prusia y Austria hubieran recobrado fuerzas, antes de que la oposición estuviera dividida, debilitada y desarmada por derrotas parciales. No expresaba nada más que el infantil autoengaño de los señores de la Paulskirche, que se imaginaban, en marzo de 1849, poder seguir prescribiendo leyes a los gobiernos prusiano y austríaco y asegurarse para todo el futuro la posición, tan lucrativa como exenta de peligros, de barones del Imperio alemán.

El señor Simon se congratula a continuación, a sí mismo y a sus colegas, de que, en su interesado ofuscamiento por la Constitución del Reich, nada pudiera hacerlos vacilar:

«¡Confesadlo avergonzados, vosotros, apóstatas de Gotha, que en medio del ímpetu de las pasiones hemos resistido toda tentación, hemos mantenido fielmente nuestra palabra y no hemos cambiado ni una jota de la obra común!» p. 67.

Señala después sus proezas en lo que respecta a Wurtemberg y al Palatinado, y su acuerdo de Stuttgart del 8 de junio, por el que pusieron a Baden bajo la protección del Reich, aunque ya entonces, en esencia, el Reich estaba bajo la protección de Baden, y sus acuerdos solo demostraban que estaban resueltos a no apartarse “ni una jota” de su cobardía y a aferrarse violentamente a una ilusión en la que ellos mismos ya no creían.

El reproche de que “la Constitución del Reich no fue más que la máscara para la república” lo rechaza el señor Simon del modo más ingenioso, como sigue:

«Solo si la lucha contra todos los gobiernos sin excepción hubiera tenido que continuarse hasta el final... y ¿quién os dice, pues, que la lucha contra todos los gobiernos sin excepción hubiera tenido que continuarse hasta el final? ¿Quién puede calcular todas las vicisitudes posibles de la lucha y de la fortuna de la guerra, y si, una vez que los hermanos enemistados (los gobiernos y el pueblo), después de un sangriento forcejeo, se hubieran enfrentado extenuados y sin decisión, y el espíritu de paz y de reconciliación hubiera descendido sobre ellos, habríamos dañado siquiera en lo más mínimo la bandera de la Constitución del Reich, bajo la cual habrían podido tenderse las manos fraternales para la reconciliación? ¡Mirad a vuestro alrededor! ¡Manos al pecho! ¡Apelad sinceramente a vuestra conciencia íntima, y responderéis, tendréis que responder: No, no y mil veces no!» p. 70.

¡He aquí la auténtica aljaba de elocuencia de donde el señor Simon extrajo aquellas flechas que disparó en la Paulskirche con tan asombroso efecto! — A pesar de su trivialidad, este conmovedor patetismo tiene su interés. Prueba cómo los señores de Francfort estaban tranquilamente sentados en Stuttgart y aguardaban a que los partidos enemigos se hubieran cansado de luchar, para entonces, en el momento justo, interponerse entre los agotados y ofrecerles la panacea de la reconciliación, la Constitución del Reich. Y hasta qué punto habla aquí el señor Simon el alma de sus colegas se desprende del hecho de que estos señores aún ahora siguen sesionando en Berna, en la posada de Benz, en la Keßlergasse, y solo esperan a que estalle una nueva lucha para, cuando los partidos “se enfrenten extenuados y sin decisión”, interponerse entre ellos y brindarles, para la avenencia, la Constitución del Reich, esa expresión consumada del agotamiento y de la indecisión.

«¡Pero yo os digo, a pesar de todo, y por más doloroso que sea, lejos de la patria, lejos del terruño, lejos de mis ancianos padres, recorrer los solitarios caminos del exilio, no cambiaría mi conciencia limpia por los remordimientos de los apóstatas y las noches insomnes de los soberanos, ni aunque me ofrecieran la plétora de todos los bienes terrenales!» p. 71.

¡Si solo fuera posible enviar al exilio a estos señores! Pero ¿acaso no llevan en sus maletas la patria a cuestas en la figura de los informes estenográficos de Francfort, de los cuales les sale al encuentro un torrente de la más pura atmósfera natal y la plenitud de la más hermosa autosatisfacción?

Por lo demás, cuando el señor Simon afirma interceder por los combatientes por la Constitución del Reich, comete un piadoso fraude. Los combatientes por la Constitución del Reich no necesitaban su “palabra de derecho”. Se han defendido mejor y con más energía. Pero el señor Simon tiene que presentarlos como escudo para ocultar que, en interés de los francfortianos, comprometidos por todos lados, en interés de los hacedores de la Constitución del Reich, en su propio interés, considera imprescindible pronunciar una *oratio pro domo* [alegato en causa propia].

III

Guizot, «Pourquoi la révolution d'Angleterre a-t-elle réussi? Discours sur l'histoire de la révolution d'Angleterre», <Guizot, “¿Por qué tuvo éxito la revolución en Inglaterra? Discurso sobre la historia de la revolución inglesa”>, París 1850

El panfleto del señor Guizot se propone demostrar por qué Luis Felipe y la política de Guizot, en rigor, no debieron haber sido derribados el 24 de febrero de 1848, y cómo el carácter despreciable de los franceses tiene la culpa de que la monarquía de Julio de 1830, tras dieciocho años de penosa existencia, se derrumbara ignominiosamente y no alcanzara la duración de que ha gozado la monarquía inglesa desde 1688.

Se ve por este panfleto cómo incluso las gentes más capaces del ancien régime, cómo incluso personas a las que en modo alguno cabe negar talento histórico a su manera, han sido sumidas por el fatal acontecimiento de Febrero en una confusión tan completa, que han perdido toda comprensión histórica, incluso la comprensión de su propio modo de obrar anterior. En lugar de verse llevado por la revolución de Febrero a comprender las condiciones históricas enteramente distintas, la posición enteramente distinta de las clases de la sociedad en la monarquía francesa de 1830 y en la inglesa de 1688, el señor Guizot disuelve toda la diferencia en unas cuantas frases morales y asegura al final que la política derrocada el 24 de febrero, «así como conserva los Estados, es la única que domeña las revoluciones».

Formulada con precisión, la pregunta que el señor Guizot quiere responder es: ¿Por qué la sociedad burguesa se ha desarrollado en Inglaterra bajo la forma de la monarquía constitucional durante más tiempo que en Francia?

Para caracterizar el conocimiento que el señor Guizot tiene del curso del desarrollo burgués en Inglaterra, puede servir el siguiente pasaje:

«Bajo el reinado de Jorge I y Jorge II, el espíritu público tomó otra dirección: la política exterior dejó de ser su principal asunto; la administración interior, el mantenimiento de la paz, las cuestiones de finanzas, de colonias, de comercio, el desarrollo y las luchas del régimen parlamentario se convirtieron en la ocupación predominante del gobierno y del público.» (p. 168).

El señor Guizot sólo encuentra dos momentos dignos de mención en el reinado de Guillermo III: el mantenimiento del equilibrio entre el parlamento y

la corona, y el mantenimiento del equilibrio europeo mediante la lucha contra Luis XIV. Bajo la dinastía hannoveriana, de repente, «el espíritu público toma otra dirección», sin que se sepa cómo ni por qué. Aquí se ve cómo el señor Guizot traslada a la historia inglesa las frases más triviales del debate parlamentario francés, creyendo haberla explicado con ello. Exactamente así, el señor Guizot, como ministro, se imaginaba también estar balanceando sobre sus hombros el equilibrio entre el parlamento y la corona y el equilibrio europeo, mientras que, en realidad, no hacía otra cosa que ir malbaratando, pieza a pieza, todo el Estado francés y toda la sociedad francesa a los judíos de las finanzas de la bolsa de París.

De que las guerras contra Luis XIV fueron puras guerras de competencia para aniquilar el comercio y el poderío naval franceses, de que bajo Guillermo III el dominio de la burguesía financiera recibió su primera sanción con la fundación del Banco y la introducción de la deuda pública, de que a la burguesía manufacturera se le dio un nuevo impulso mediante la aplicación consecuente del sistema de protección aduanera, de todo esto no se toma el señor Guizot la molestia de hablar. Para él, sólo tienen importancia las frases políticas. Ni siquiera menciona que, bajo la reina Ana, los partidos dominantes sólo pudieron mantenerse a sí mismos y a la monarquía constitucional prolongando, mediante un golpe de fuerza, la duración de los parlamentos a siete años, con lo que aniquilaron casi por entero la influencia del pueblo sobre el gobierno.

Bajo la dinastía hannoveriana, Inglaterra había llegado ya al punto de poder librar la guerra de competencia contra Francia en la forma moderna. La propia Inglaterra ya sólo combatía a Francia en América y en las Indias Orientales, mientras en el continente se contentaba con pagar a príncipes extranjeros, como Federico II, para que hicieran la guerra contra Francia. Y así, al tomar la guerra exterior otra forma, dice el señor Guizot: «La política exterior deja de ser asunto principal», y en su lugar aparece «el mantenimiento de la paz». En cuanto a hasta qué punto «el desarrollo y las luchas del régimen parlamentario se convirtieron en la ocupación predominante del gobierno y del público», compárense las historias de corrupción bajo el ministerio Walpole, que, ciertamente, se asemejan como una gota de agua a otra a los escándalos que estuvieron a la orden del día bajo el señor Guizot.

La razón por la cual la revolución inglesa tuvo un curso más próspero que la francesa se la explica el señor Guizot sobre todo por dos causas: en primer lugar, porque la revolución inglesa tuvo un carácter totalmente religio-

so y, por tanto, no rompió en modo alguno con todas las tradiciones del pasado, y en segundo lugar, porque no se presentó desde el principio como destructora, sino como conservadora, y el parlamento defendió las viejas leyes existentes contra las extralimitaciones de la corona.

En cuanto al primer punto, el señor Guizot olvida que el librepensamiento, que tan poderosamente le hace estremecerse en el caso de la revolución francesa, no fue importado a Francia desde otro país que justamente de Inglaterra. Locke fue su padre, y en Shaftesbury y Bolingbroke tomó ya esa forma ingeniosa que, más tarde, halló en Francia un desarrollo tan brillante. Llegamos así al curioso resultado de que ese mismo librepensamiento en el que, según el señor Guizot, naufragó la revolución francesa, fue uno de los productos más esenciales de la religiosa revolución inglesa.

En relación con el segundo punto, el señor Guizot olvida por completo que la revolución francesa comenzó siendo igualmente conservadora, y mucho más conservadora aún que la inglesa. El absolutismo, sobre todo tal como apareció en Francia en sus postrimerías, era también aquí una innovación, y contra esta innovación se alzaron los parlamentos, defendiendo las viejas leyes, los us et coutumes <usos y costumbres> de la antigua monarquía estamental. Y si el primer paso de la revolución francesa fue la resurrección de los Estados Generales, que dormían desde Enrique IV y Luis XIII, la revolución inglesa, por el contrario, no presenta ningún hecho de conservadurismo igualmente clásico.

Según el señor Guizot, el resultado principal de la revolución inglesa fue poner al rey en la imposibilidad de gobernar contra la voluntad del parlamento y de la Cámara de los Comunes en el parlamento. Toda la revolución consiste, pues, en que al principio ambas partes, corona y parlamento, rebasan sus límites y van demasiado lejos, hasta que, finalmente, bajo Guillermo III, encuentran el justo equilibrio y se neutralizan. Que el sometimiento del rey al parlamento es su sometimiento al dominio de una clase, lo encuentra el señor Guizot superfluo de mencionar. Por eso tampoco necesita entrar a considerar cómo esta clase se procuró el poder necesario para convertir finalmente a la corona en su servidora. Para él, en toda la lucha entre Carlos I y el parlamento, se trata únicamente de prerrogativas puramente políticas. Para qué necesitaba el parlamento, y la clase en él representada, esas prerrogativas, no se dice ni una palabra. De igual modo, el señor Guizot no habla de las intromisiones directas de Carlos I en la libre competencia, que hicieron cada vez más imposible el comercio y la industria de Inglaterra, ni de la dependencia del parlamento en la que Carlos I

a causa de su continua penuria financiera caía tanto más profundamente cuanto más intentaba desafiar al parlamento. Toda la revolución sólo se le explica, pues, por la mala voluntad y el fanatismo religioso de unos cuantos perturbadores del orden, que no pudieron contentarse con una libertad moderada. Sobre la conexión del movimiento religioso con el desarrollo de la sociedad burguesa, el señor Guizot tampoco sabe dar esclarecimiento alguno. La república es, naturalmente, también la mera obra de unos cuantos ambiciosos, fanáticos y malintencionados. Que por aquel mismo tiempo se hicieran también en Lisboa, en Nápoles y en Mesina intentos de introducir la república, y, como en Inglaterra, también con la vista puesta en Holanda, es un hecho que no se menciona en absoluto. Aunque el señor Guizot no pierde nunca de vista la revolución francesa, ni siquiera llega a la simple conclusión de que el tránsito de la monarquía absoluta a la constitucional se realiza en todas partes sólo tras violentas luchas y después de pasar por la república, y de que, incluso entonces, la vieja dinastía tiene que ceder el lugar, por inservible, a una línea colateral usurpadora. Sobre el derrocamiento de la monarquía de la restauración inglesa, no sabe decir, por tanto, más que los lugares comunes más triviales. Ni siquiera aduce las causas inmediatas: el temor de los nuevos grandes terratenientes, creados por la Reforma, a la restauración del catolicismo, por la cual hubieran tenido que devolver, naturalmente, todos los antiguos bienes eclesiásticos que habían robado, es decir, con la cual los poseedores de siete décimas partes de toda la superficie territorial de Inglaterra habrían cambiado de dueño; el pavor de la burguesía comerciante e industrial ante el catolicismo, que en modo alguno convenía a su commerce; la despreocupación con que los Estuardo, para provecho propio y de su nobleza cortesana, malbarataron toda la industria inglesa, junto con el comercio, al gobierno de Francia, es decir, del único país que entonces hacía a los ingleses una competencia peligrosa y, en muchos aspectos, victoriosa, etc. Puesto que el señor Guizot omite en todas partes, pues, los momentos más importantes, no le queda otra cosa que una narración harto insuficiente y banal de los acontecimientos meramente políticos.

El gran enigma para el señor Guizot, que él sólo acierta a descifrar por la inteligencia superior de los ingleses, el enigma del carácter conservador de la revolución inglesa, es la continua alianza en que se halla la burguesía con la mayor parte de los grandes terratenientes, una alianza que distingue esencialmente a la revolución inglesa de la francesa, la cual aniquiló la gran propiedad territorial mediante la parcelación. Esta clase de grandes terratenientes, aliada a la burguesía, y que, por lo demás, había surgido ya bajo Enrique VIII, no se hallaba en contradicción, como la propiedad territorial feudal francesa en 1789, sino más

bien en completa consonancia con las condiciones de vida de la burguesía. Su propiedad territorial no era, en realidad, propiedad feudal, sino burguesa. Por un lado, ponían a disposición de la burguesía industrial la población necesaria para el funcionamiento de la manufactura, y por otro lado estaban en condiciones de dar a la agricultura el desarrollo correspondiente al estado de la industria y del comercio. De ahí sus intereses comunes con la burguesía, de ahí su alianza con ella.

Con la consolidación de la monarquía constitucional en Inglaterra, para el señor Guizot termina la historia inglesa. Todo lo posterior se reduce para él a un agradable juego alterno entre tories y whigs, es decir, para él, al gran debate entre el señor Guizot y el señor Thiers. En la realidad, por el contrario, con la consolidación de la monarquía constitucional comienza precisamente el grandioso desarrollo y la transformación de la sociedad burguesa en Inglaterra. Allí donde el señor Guizot solo ve tranquila calma e idílica paz, en la realidad se desarrollaron los más violentos conflictos, las revoluciones más incisivas. Primero, bajo la monarquía constitucional, la manufactura se expandió hasta una extensión antes desconocida, para luego dejar paso a la gran industria, a la máquina de vapor y a las fábricas gigantescas. Clases enteras de la población desaparecen, otras nuevas ocupan su lugar, con nuevas condiciones de vida y nuevas necesidades. Surge una nueva burguesía, más colosal; mientras la vieja burguesía lucha con la Revolución Francesa, la nueva conquista el mercado mundial. Se vuelve tan omnipotente, que ya antes de que la Reform Bill otorgue directamente en sus manos el poder político, obliga a sus adversarios a promulgar leyes casi exclusivamente en su interés y según sus necesidades. Conquista la representación directa en el Parlamento y la utiliza para aniquilar los últimos restos de poder real que le quedaban a la propiedad territorial. Finalmente, en este momento, está ocupada en demoler hasta los cimientos el hermoso edificio de la constitución inglesa, ante el cual el señor Guizot se detiene lleno de admiración.

Y mientras el señor Guizot hace a los ingleses el cumplido de que entre ellos los reprobables excesos de la vida social francesa, el republicanismo y el socialismo, no han sacudido las columnas fundamentales de la monarquía, única bienaventurada, mientras tanto, en Inglaterra los antagonismos de clase en la sociedad se han desarrollado hasta una altura como en ningún otro país; aquí, a una burguesía de riqueza y fuerzas productivas sin parangón se enfrenta un proletariado que en poder y concentración tampoco tiene parangón. El reconocimiento que el señor Guizot tributa a Inglaterra se reduce, pues, en definitiva, a que aquí, bajo la protección de la monarquía constitucional, se han desarrollado elementos de una revolución social mucho más numerosos y mucho más radicales que en todos los demás países del mundo juntos.

Allí donde los hilos del desarrollo inglés confluyen en un nudo que él mismo, ni siquiera en apariencia, puede ya cortar con la mera frase política, el señor Guizot se refugia en la frase religiosa, en la intervención armada de Dios. Así, por ejemplo, el espíritu de Dios desciende súbitamente sobre el ejército e impide que Cromwell se proclame rey, etc., etc. Ante su conciencia, Guizot se salva por Dios; ante el público profano, por el estilo.

En efecto, no solo les rois s'en vont <los reyes desaparecen>, sino también les capacités de la bourgeoisie s'en vont <las capacidades de la burguesía sucumben>.