Karl Marx/Friedrich Engels
Rezensionen aus Heft 4 der „Neuen Rheinischen Zeitung.
Politisch-ökonomische Revue"

Neue Rheinische Zeitung.
Politisch-ökonomische Revue.
H.4, April 1850

I. Literatur.

Latter-Day Pamphlets. Edited by Thomas Carlyle. No.l: The Present
Time.-No.2: Model Prisons.-London, 1850.

Thomas Carlyle es el único escritor inglés sobre el cual la literatura alemana ha ejercido una influencia directa y muy significativa. Ya por cortesía, el alemán no debe dejar pasar desapercibidos sus escritos.

Hemos visto en el más reciente escrito de Guizot (véase cuaderno III de la N. Rh. Z.) cómo las capacidades de la burguesía están sumidas en el ocaso. En los dos folletos de Carlyle que aquí nos ocupan, experimentamos el ocaso del genio literario frente a las luchas históricas que se han vuelto agudas, contra las cuales intenta hacer valer sus ignoradas, inmediatas y proféticas inspiraciones.

Thomas Carlyle tiene el mérito de haberse alzado literariamente contra la burguesía, en una época en que sus concepciones, gustos e ideas sojuzgaban por completo toda la literatura oficial inglesa, y de un modo que a veces es incluso revolucionario. Así en su historia de la revolución francesa, en su apología de Cromwell, en el

folleto sobre el cartismo, en „Past and Present". Pero en todos estos escritos, la crítica del presente está estrechamente ligada a una apoteosis curiosamente antihistórica de la Edad Media, frecuente también por lo demás entre los revolucionarios ingleses, por ejemplo, en Cobbett y una parte de los car||18[tistas. Mientras que en el pasado admira al menos las épocas clásicas de una determinada fase de la sociedad, el presente lo lleva a la desesperación, el futuro le causa horror. Allí donde reconoce la revolución

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o incluso la apoteosa, ésta se concentra para él en un solo individuo, un Cromwell o un Danton. A ellos les dedica el mismo culto a los héroes que, en sus „Lectures on Heroes and Hero-Worship", ha predicado como nueva religión, como único refugio frente al presente grávido de desesperación.

Como las ideas, así es el estilo de Carlyle. Es una reacción directa, violenta, contra el moderno estilo burgués inglés del Pecksniff, cuya ampulosa flojedad, cautelosa prolijidad y moral-sentimental desconcertante tedio ha pasado de sus inventores originales, los cockneys cultivados, a toda la literatura inglesa. Frente a ésta, Carlyle trató la lengua inglesa como una materia prima completamente en bruto, que tenía que refundir desde sus cimientos. Rescató giros y palabras arcaicos y acuñó otros nuevos según el modelo alemán y, en especial, de Jean Paul. El nuevo estilo era a menudo tempestuoso e insípido, pero con frecuencia brillante y siempre original. También en esto los Latter-Day Pamphlets muestran un notable retroceso.

Por lo demás, es significativo que de toda la literatura alemana, la cabeza que mayor influencia ejerció sobre Carlyle no fue Hegel, sino el literato boticario Jean Paul.

Al culto al genio, que Carlyle comparte con Strauß, en los folletos presentes se le ha extraviado el genio. El culto ha permanecido.

„The Present Time" comienza con la declaración de que el presente es hija del pasado y madre del futuro, pero que, en todo caso, es una nueva era.

La primera manifestación de esta nueva era es un papa reformador. Con el Evangelio en la mano, Pío IX quería proclamar a la cristiandad desde el Vaticano «la ley de la verdad». «Hace más de trescientos años, el trono de San Pedro recibió notificación judicial perentoria, orden auténtica, registrada en la cancillería del cielo y desde entonces legible en los corazones de todos los ||19] hombres honrados, de ponerse en marcha y desaparecer, y de no darnos más que hacer con él y sus engaños y sus impíos delirios; — y desde entonces él ha permanecido en pie por su propio riesgo, y tendrá que prestar exacta indemnización por cada día que así ha permanecido. ¿Ley de la verdad? Lo que este papado, conforme a la ley de la verdad, tenía que hacer, era abandonar su fofa vida galvanizada, esta vergüenza ante Dios y los hombres, morir honrosamente y dejarse enterrar. Lejos de esto estuvo lo que el pobre papa emprendió; y sin embargo, en conjunto, no fue esencialmente sino eso. ¡Un papa reformador! Turgot y Necker no fueron nada en comparación. Dios es grande, y cuando un escándalo ha de terminar, llama para ello a un hombre creyente, que pone manos a la obra con esperanza, no con desesperación.» p. 3.

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Con sus manifiestos de reforma, el papa había suscitado cuestiones, «madres de torbellinos, de incendios mundiales, de terremotos... cuestiones que todos los hombres oficiales deseaban, y en su mayoría también esperaban, aplazar hasta el día del juicio final. El día del juicio final mismo había llegado; ésa era la terrible verdad.» p. 4.

La ley de la verdad había sido proclamada. Los sicilianos «fueron el primer pueblo que se puso a aplicar esta nueva regla sancionada por el Santo Padre: Por la ley de la verdad, no pertenecemos a Nápoles ni a estos funcionarios napolitanos. Queremos, con el favor del cielo y del Papa, liberarnos de ellos». De ahí la revolución siciliana.

El pueblo francés, que se considera a sí mismo como una «especie de pueblo-Mesías», como el «soldado elegido de la libertad», temió que los pobres y despreciados sicilianos pudieran arrebatarle de las manos este ramo industrial (trade) — revolución de febrero. «Como por simpáticas electricidades subterráneas, explotó toda Europa, sin barreras, incontrolable; y tuvimos el año 1848, uno de los años más singulares, más fatales, más asombrosos y, en conjunto, más humillantes que el mundo europeo haya visto jamás____Los reyes por doquier, y las personas gobernantes, se quedaron mirando con repentino terror, cuando la voz del mundo entero les ladró en sus oídos: ¡Quitaos de ahí, | mentecatos, hipócritas, histriones, no héroes! ¡Fuera con vosotros, fuera! Y lo que fue peculiar, y se oyó por primera vez en este año: todos los reyes se apresuraron a irse, como si exclamaran: Somos pobres histriones, lo somos — ¿necesitáis héroes? ¡No nos matéis, qué podemos hacer nosotros! — Ni uno solo de ellos se volvió hacia atrás y se plantó firme sobre su reino como sobre un derecho por el cual pudiera morir o arriesgar su pellejo. Ésta, lo repito, es la angustiante particularidad del presente. La democracia, en esta nueva ocasión, encuentra a todos los reyes conscientes de que no son otra cosa que cómicos. Huyeron de súbito, algunos de ellos con, por así decirlo, refinada ignominia — con miedo a la cárcel o a algo peor. Y el pueblo, o la plebe, tomó en todas partes su propio gobierno sobre sí mismo, y la abierta falta de rey (Kinglessness), lo que llamamos anarquía — feliz si es anarquía más un policía callejero —, está a la orden del día en todas partes. Tal fue la historia, desde el Báltico hasta el Mediterráneo, en Italia, Francia, Prusia, Austria, de un extremo de Europa al otro, en aquellos días de marzo de 1848. Y así no quedó ningún rey en Europa, ningún rey, salvo el “arengador” público, arengando sobre el barril de cerveza, en el artículo de fondo, o reuniéndose con sus iguales en el parlamento nacional. Y durante aproximadamente cuatro meses, toda Francia, y en alto grado toda Europa, agitada por toda

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clase de delirio, fue un oleaje de plebe, presidido por Monsieur de Lamartine en el Hôtel de Ville. Un espectáculo preñado de preocupaciones para los hombres pensantes, mientras duró, ese pobre Monsieur de Lamartine, con nada en su interior, salvo viento melodioso y femenino fluir de saliva. Bastante triste: ¡la más elocuente, la última encarnación del rehabilitado “Caos”, capaz de hablar por sí mismo y de persuadir con lisas palabras de que es “Cosmos”! Pero no necesitáis esperar mucho tiempo en tales casos; todos los globos aerostáticos tienen que desprenderse de su gas bajo la presión de las cosas y se desinflan en repugnante colapso antes de mucho.» p. 5—8.

¿Quién fue el que atizó esta revolución general, para la cual ciertamente la materia existía? «Estudiantes, | jóvenes literatos, abogados, escritorzuelos de periódicos, entusiastas exaltados e inexpertos y salvajes desesperados en justa bancarrota. Nunca hasta ahora habían tenido los jóvenes, y casi niños, un mando semejante en los asuntos humanos. ¡Cambiados tiempos, desde que la palabra senior, seigneur o “hombre mayor” fue ideada por primera vez para significar señor o superior, como lo encontramos en las lenguas de todos los hombres!... Si miráis con más atención, encontraréis que el viejo ha dejado de ser respetable, y que ha comenzado a ser despreciable, todavía un mozo necio, pero un mozo sin la gracia, la magnanimidad y la fuerza exuberante de los mozos jóvenes. — Este demente estado de cosas se procurará alivio a sí mismo, naturalmente, en breve, como ya ha comenzado a hacerlo en todas partes; las necesidades ordinarias de la vida cotidiana no pueden coexistir con él, y éstas, sea lo que sea lo demás que se eche por la borda, prosiguen su camino. Una reparación cualquiera de la vieja máquina con colores nuevos y formas modificadas se efectuará probablemente pronto en la mayoría de los países; los viejos reyes de teatro serán admitidos de nuevo bajo condiciones, bajo constituciones con parlamentos nacionales o similar accesorio de moda, y en todas partes la vieja vida cotidiana intentará recomenzar desde el principio. Pero por el momento no hay esperanza de que tales arreglos puedan durar____En tales oscilaciones portadoras de maldición, a la deriva como entre abismales remolinos furiosos y corrientes marinas en guerra entre sí, sin estar sobre fundamentos firmemente asentados, la sociedad europea tiene que continuar tambaleándose, — pronto tropezando de modo fatal, luego de nuevo incorporándose trabajosamente en intervalos cada vez más cortos, hasta que finalmente un día la nueva base de roca salga a la luz y los undísonos diluvios del motín y de la necesidad del motín vuelvan a retirarse.» p. 8—10.

Hasta aquí la historia, que también en esta forma es poco consoladora para el viejo mundo. Ahora viene la moral:

«La democracia en general, cualquiera que sea la opinión que se tenga de ella, es el

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«el hecho inevitable de los días en que vivimos». p. 10. ¿Qué es la democracia? Algún significado debe tener, o no existiría. De lo que se trata, pues, es de hallar el verdadero significado de la democracia. Si lo logramos, podremos acabar con ella; de lo contrario, estamos perdidos. La revolución de Febrero fue «una bancarrota general del fraude; tal es su breve explicación» (p. 14). La apariencia y las figuras aparentes, «shams», «delusions», «phantasms», nombres que han perdido su significado en lugar de las relaciones y cosas reales, en una palabra, la mentira en lugar de la verdad, han dominado en la época moderna. El divorcio individual y social respecto de estas figuras aparentes y de estos fantasmas, he ahí la tarea de la reforma, y la necesidad de que cesen todo sham, todo fraude, es innegable. «Ciertamente, esto podrá parecer extraño a más de uno; y a más de un sólido inglés que digiere su pudding con sano bienestar en el seno de las llamadas clases cultas, le parece sobremanera extraño, una idea loca e ignorante, completamente heterodoxa y preñada solo de ruina. A él le han sido inculcadas, durante toda su vida, formas de decoro cuyo significado hace tiempo se ha perdido, maneras de conducirse plausibles, solemnidades que se han tornado puramente ceremoniales –lo que vosotros, en vuestro humor iconoclasta, llamáis shams–; jamás oyó que hubiera en ellas daño alguno, ni que hubiera progreso posible sin ellas. ¿Acaso no se hila el algodón por sí mismo, no se ceba el ganado por sí solo, y las mercancías coloniales y las especias no llegaban de Oriente y Occidente de manera perfectamente confortable al lado de los shams?» (p. 15.)

Ahora bien, la democracia, esa reforma necesaria, ¿realizará la liberación de los shams? «La democracia, cuando esté organizada mediante el sufragio universal, ¿llevará a cabo esta saludable transición general de la ilusión a lo real, de lo falso a lo verdadero, y creará poco a poco un mundo bendito?» (p. 17.) Carlyle lo niega. Él no ve en la democracia y en el sufragio universal sino un contagio de todos los pueblos por la superstición inglesa en la infalibilidad del gobierno parlamentario. La tripulación de aquel barco que había perdido la ruta del cabo de Hornos y que, en vez de escudriñar viento y tiempo y de emplear el sextante, votó sobre la ruta a seguir y declaró infalible la decisión de la mayoría… eso es el sufragio universal que pretende gobernar el Estado. Tanto para cada individuo como para la sociedad, lo único que importa es descubrir las verdaderas regulaciones del universo, las leyes eternas de la naturaleza en relación con la tarea planteada en cada caso, y obrar con arreglo a ellas. A quien nos revele esas leyes eternas, le seguimos, «sea el zar de Rusia o el parlamento cartista, el arzobispo de Canterbury o el Dalai-Lama». Pero ¿cómo descubrimos esas eternas prescripciones de Dios? En cualquier caso, el sufragio universal, que da a cada cual una papeleta de voto y cuenta las cabezas, es el peor camino para ello. El universo es de naturaleza sumamente exclusiva y desde siempre ha comunicado sus secretos solo a unos pocos elegidos, a una pequeña minoría de nobles y sabios. Por eso jamás ha podido existir nación alguna sobre la base de la democracia. ¿Griegos y romanos? Todo el mundo sabe hoy que no constituían democracias, que la esclavitud era la base de sus Estados. De las distintas repúblicas francesas es del todo superfluo hablar. ¿Y la república modelo norteamericana? De los americanos no puede decirse siquiera hasta ahora que formen una nación, un Estado. La población americana vive sin gobierno; lo que aquí está constituido es la anarquía más un guardia de la calle. Lo que posibilita este estado de cosas son las enormes extensiones de tierras aún incultas y el respeto, traído de Inglaterra, hacia el bastón del constable. Con el crecimiento de la población eso también llegará a su fin. «¿Qué gran alma humana, qué gran pensamiento, qué gran causa noble que se pudiera adorar o a la que se pudiera tributar leal admiración ha producido América?» (p. 25.) – Ha duplicado su población cada veinte años – voilà tout.

Así pues, a este lado y al otro del océano Atlántico, la democracia es para siempre imposible. El universo mismo es una monarquía y una jerarquía. Ninguna nación en la que el divino y sempiterno deber de guiar y controlar a los ignorantes no esté confiado al más noble, con su escogida serie de los aún más nobles, posee el reino de Dios, se corresponde con las eternas leyes naturales.

Ahora nos enteramos también del secreto, del origen y de la necesidad de la democracia moderna. Consiste sencillamente en que el falso noble (sham-noble) ha sido elevado y consagrado por la tradición o por engaños de nuevo cuño.

¿Y quién ha de descubrir la verdadera piedra preciosa, con toda su montura de joyas y perlas humanas más pequeñas? Ciertamente no el sufragio universal; pues solo el noble puede hallar al noble. Y así, Carlyle declara que Inglaterra posee todavía una multitud de tales nobles y «reyes», y los conmina en p. 38 a presentarse ante él.

Se ve cómo el «noble» Carlyle parte de un modo de ver absolutamente panteísta. Todo el proceso histórico no está condicionado por el desarrollo de las propias masas vivas, desarrollo que depende por supuesto de supuestos determinados, pero a su vez históricamente producidos y variables; está condicionado por una ley natural eterna e inmutable para todas las épocas, de la cual hoy se aleja y a la cual mañana vuelve a acercarse, y de cuyo correcto conocimiento depende todo. Este correcto conocimiento de la ley natural eterna es la verdad eterna, todo lo demás es falso. Con este modo de ver, los antagonismos reales de clase, por diversos que sean en las distintas épocas, se disuelven todos en el único, grande y eterno antagonismo entre aquellos que han escrutado la ley natural eterna y obran con arreglo a ella –los sabios y nobles– y aquellos que la entienden mal, la tergiversan y actúan en contra de ella –los necios y bribones. La diferencia de clase históricamente producida se convierte así en una diferencia natural, que uno mismo debe reconocer y venerar como una parte de la ley natural eterna, inclinándose ante los nobles y sabios de la naturaleza: culto al genio. Toda la concepción del proceso histórico de desarrollo se aplana hasta la trivialidad chata de la sabiduría de iluminados y francmasones del siglo pasado, hasta la simple moraleja de La flauta mágica y hasta un saintsimonismo infinitamente envilecido y banalizado. Con ello surge naturalmente la vieja cuestión de quién debe realmente gobernar, discutida con altisonante superficialidad con la mayor amplitud y respondida finalmente en el sentido de que deben gobernar los nobles, los sabios y los doctos; a lo que se enlaza entonces de manera muy natural la conclusión de que mucho, muchísimo, debe ser gobernado; que nunca se podrá gobernar demasiado, ya que el gobernar es la constante revelación y puesta en vigor de la ley natural frente a la masa. Pero ¿cómo deben ser descubiertos los nobles y los sabios? Ningún milagro ultraterreno los revela, hay que buscarlos. Y aquí vuelven a aparecer las diferencias históricas de clase, convertidas en diferencias puramente naturales. El noble es noble porque es más sabio, más docto. Habrá que buscarlo, pues, entre las clases que poseen el monopolio de la cultura… entre las clases privilegiadas; y serán esas mismas clases las que tendrán que hallarlo en su seno, las que tendrán que decidir sobre sus pretensiones al rango de noble y sabio. Con ello, las clases privilegiadas se convierten de inmediato, si no justamente en la clase noble y sabia, sí en la clase «articulada»; las clases oprimidas son naturalmente las «mudas e inarticuladas», y de este modo queda de nuevo sancionado el dominio de clase. Toda la polémica que fulmina tan indignada se convierte en un reconocimiento un tanto disimulado del dominio de clase existente, que solo refunfuña y rezonga por el hecho de que los burgueses no asignen un puesto en la cúspide de la sociedad a sus genios incomprendidos y, por consideraciones muy prácticas, no presten oído a las fantásticas simplezas de estos señores. Por lo demás, de cómo también aquí la grandilocuente verborrea se trueca en su contrario, de cómo el noble, el docto y el sabio se transforma en la práctica en el vulgar, el ignorante y el necio, nos ofrece Carlyle ejemplos contundentes.

Él, para quien todo depende del gobierno fuerte, se vuelve con suma indignación contra el clamor por la liberación y la emancipación:

«¡Que seamos todos libres, los unos de los otros! Libres sin lazo ni trabazón, salvo el del pago al contado; salario diario honrado por trabajo diario honrado, fijado mediante contrato voluntario y por la ley de la oferta y la demanda; se imaginan que esto es la verdadera solución de todas las dificultades e injusticias ocurridas entre hombre y hombre. Para rectificar la relación que existe entre dos hombres, ¿no hay otro método que eliminarla por completo?» (p. 29.)

Esta completa disolución de todos los lazos, de todas las relaciones entre los hombres alcanza naturalmente su cima en la anarquía, la ley de la carencia de ley, el estado en el que el lazo de todos los lazos, el gobierno, está completamente cortado. Y hacia allí se tiende en Inglaterra lo mismo que en el continente, incluso en la «sólida Germania».

Así truena Carlyle a lo largo de varias páginas, mezclando de un modo sumamente extraño la república roja, la fraternité, Louis Blanc, etc., con el free trade, la abolición de los impuestos sobre el grano, etc. Cfr. p. 29-42. La aniquilación de los restos del feudalismo todavía conservados por tradición, la reducción del Estado a lo indispensablemente necesario y a lo más barato de todo, la realización completa de la libre concurrencia por la burguesía, Carlyle la confunde e identifica, pues, con la superación precisamente de esas relaciones burguesas, con la abolición del antagonismo entre capital y trabajo asalariado, con el derrocamiento de la burguesía por el proletariado. ¡Brillante retorno a la «noche de lo absoluto», en la que todos los gatos son pardos! ¡Profunda ciencia del «docto», que no sabe ni la primera palabra de lo que ocurre a su alrededor! ¡Extraña agudeza, que cree que con la abolición del feudalismo o de la libre concurrencia quedan abolidas todas las relaciones entre los hombres! ¡Concienzudo escrutinio de la «eterna ley natural», que cree muy en serio que no nacerán más niños al mundo tan pronto como los padres dejen de acudir previamente a la mairie para «unirse» en matrimonio!

Después de este edificante ejemplo de sabiduría que desemboca en la pura ignorancia, Carlyle nos da también la prueba de cómo la nobleza de ánimo tan grandilocuentemente propugnada se trasmuta de inmediato en la bajeza más desnuda en cuanto desciende de su cielo de frases y sentencias al mundo de las relaciones reales.

«En todos los países europeos, especialmente en Inglaterra, una clase de capitanes y comandantes de hombres, reconocible como el comienzo de una nueva aristocracia real y no imaginaria, se ha establecido ya en cierta medida.» (p. 42.) Con estas palabras introduce Carlyle su reconocimiento de la jerarquía existente.

En la última entrega examina, por fin, las prisiones modelo y termina.

Como se ve, la economía de estos Latter-Day Pamphlets no puede estar en peor estado, cuando ni aun después de una repetición muy cuidadosa de los mismos podemos hallar en ellos absolutamente nada más que unas pocas efusiones de época cuya forma y contenido eran enteramente indignos de ser comunicados por la imprenta.

Ciertamente, Carlyle tiene toda la razón cuando hace valer frente a los burgueses que no hay que eliminar el sham, la apariencia, sino, junto con la apariencia, la realidad que la hace necesaria. Pero Carlyle yerra cuando en los shams no ve más que la apariencia, cuando considera los shams como las últimas raíces del mal social y exige, en consecuencia, solo una reforma de la «apariencia» y de la «opinión pública». Los shams no son solo apariencia, son la apariencia de la realidad a la que representan y que los necesita. Son la expresión adecuada de estados de cosas que a menudo, ciertamente, ocultan, pero que con frecuencia solo expresan de manera distorsionada, mientras pasan por norma para sus portadores. No reprochamos a la burguesía que deje subsistir la apariencia, sino que no haga corresponder la apariencia a la realidad; no que tenga gobiernos aparentes y liberalismo aparente, sino que ese dominio no sea real, que el liberalismo no sea real; no el sham de la constitución, sino el sham de las buenas costumbres, etc. Atacaríamos a la burguesía inmediatamente en la forma si no tuviéramos el poder de atacarla en la realidad misma. Es la misma diferencia que existe entre el viejo y el nuevo testamento, y que la historia de todos los profetas documenta. El viejo dios deja subsistir la apariencia y solo actúa sobre la intención; el nuevo dios es señor del mundo, destruye la apariencia y la realidad al mismo tiempo. El profeta solo se enfurece contra la apariencia y los ídolos; el salvador destruye la apariencia y los ídolos, y con ello la sociedad que los ha engendrado.»

Rezensionen. I. Latter-Day Pamphlets. Edited by Thomas Carlyle

...medida desarrollado: Los capitanes de la industria, felizmente la clase, | que en estos tiempos es más necesaria que ninguna otra. Y, ciertamente, por el otro lado no hay escasez de hombres que tengan necesidad de ser mandados: esa triste clase de prójimos que ya hemos descrito cual los caballos emancipados de Hodge, reducidos a una hambruna vagabunda; esta clase se ha desarrollado igualmente en todos los países, y se desarrolla cada vez más en una ominosa progresión geométrica, con velocidad angustiante. Sobre esta base puede decirse con verdad que la organización del trabajo es la tarea vital universal del mundo.” (págs. 42, 43.)

Después de que Carlyle haya despotricado una y otra vez en las primeras cuarenta páginas, vomitando toda su virtuosa ira contra el egoísmo, la libre competencia, la abolición de los vínculos feudales entre hombre y hombre, la oferta y la demanda, el laissez faire, el hilado del algodón, el pago al contado, etc., etc., encontramos ahora de repente que los principales representantes de todas esas shams, los burgueses industriales, no sólo figuran entre los celebrados héroes y genios, sino que constituyen incluso la parte de esos héroes inmediatamente necesaria; que el triunfo de todos sus ataques contra las relaciones e ideas burguesas es la apoteosis de los burgueses como personas. Más extraño aún parece que Carlyle, después de haber encontrado ya a los que mandan y a los mandados del trabajo, es decir, una determinada organización del trabajo, declare sin embargo esta organización como un gran problema todavía por resolver. Pero no nos engañemos. No se trata de la organización de los trabajadores regimentados, sino de la de los no regimentados, de los privados de jefes; y ésta se la ha reservado Carlyle para sí mismo. Lo vemos aparecer de súbito, al final de su folleto, como primer ministro británico in partibus, convocando a los tres millones de mendigos irlandeses y otros, a los desposeídos aptos para el trabajo, nómadas o estacionarios, y a la asamblea nacional general de los paupers británicos fuera y dentro del workhouse, y «arengándolos» en un discurso en el que, en primer lugar, repite a los desposeídos todo lo que ya había confiado antes al lector, y después se dirige a la sociedad selecta como sigue: |

 «¡Vagabundos sin nada y sin oficio, necios muchos de vosotros, criminales muchos, miserables todos! Vuestra vista me llena de estupor y desesperación. Aquí sois cerca de tres millones, muchos de vosotros habéis caído en el abismo de la mendicidad directa y, horrible es decirlo, cada uno que cae carga con su peso, en esa medida, aún más la cadena que arrastra a los demás. Al borde de este abismo penden millones incontables, que se multiplican, según me dicen, en mil doscientos cada día, cayendo, cayendo uno tras otro, y

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la cadena se va haciendo cada vez más pesada, y ¿quién podrá al final seguir en pie? — ¿Qué hacer, pues, con vosotros? ... Los demás, que aún se mantienen en pie, luchan con sus propias penurias, eso puedo decíroslo yo; pero vosotros, por falta de energía y sobra de apetito, por demasiado poco trabajo hecho y demasiada cerveza bebida, habéis demostrado que no podéis. Sabed que, quienesquiera que puedan ser los hijos de la libertad, vosotros, por vuestra parte, no lo sois ni podéis serlo; sois palpablemente prisioneros, no libres. Tenéis naturaleza de esclavos, o si lo preferís, de siervos nómadas y vagabundos que no saben encontrar amo. No como gloriosamente desdichados hijos de la libertad, sino como prisioneros notorios, como desdichados hermanos caídos, que exigen que yo los mande y, si es necesario, los controle y subyugue, podréis de ahora en adelante entrar en relación conmigo.____ Ante el cielo y la tierra, y ante Dios, el creador de todos nosotros, declaro que es un escándalo ver que se os mantenga una vida así, con el sudor y la sangre del corazón de vuestros hermanos, y que si no podemos mejorarlo, sería preferible la muerte___ Alistaos en mis regimientos irlandeses, mis regimientos escoceses, mis regimientos ingleses de la nueva era, vosotros, pobres bandidos errantes, obedeced, trabajad, soportad, ayunad, como todos nosotros hemos tenido que hacerlo. ___ Coroneles industriales, capataces, supervisores, señores de la vida y la muerte, justos como Radamanto e inflexibles como él, esos os hacen falta, y se podrá dar con ellos para vosotros en cuanto estéis bajo los artículos de guerra. ___ A cada uno de vosotros le diré entonces: aquí hay trabajo para ti; empréndelo valientemente, con obediencia viril y soldadesca y |(29| buen ánimo, y sométete según los métodos que yo dicto aquí, — el salario os llegará sin dificultad. ___ Si os negáis, si retrocedéis ante el trabajo duro, si no obedecéis las prescripciones, procuraré amonestaros y aguijonearos; si en vano, os azotaré; si aún en vano, acabaré por fusilaros.» (págs. 46-55.)

La «nueva era» en que impera el genio se distingue, pues, de la vieja era principalmente en que el látigo se figura ser genial. El genio Carlyle se distingue del primer cancerbero de cárcel o capataz de pobres que se presente por la virtuosa indignación y la conciencia moral de que sólo martiriza a los paupers para elevarlos a su altura. Vemos aquí al genio hiperprotestante, en su ira redentora del mundo, justificar y exagerar fantásticamente las infamias del burgués. Si la burguesía inglesa había asimilado a los paupers a los criminales para disuadir del pauperismo, si había creado la Ley de Pobres de 1833, Carlyle acusa a los paupers de alta traición, porque el pauperismo genera pauperismo. Así como antes la clase dominante históricamente surgida, la burguesía industrial, participaba del genio por el solo hecho de dominar, así ahora toda clase oprimida, cuanto más profundamente oprimida está, tanto más queda excluida del genio, tanto más expuesta a la furia desatada de nuestro incomprendido reformador. Así, aquí, los paupers. Pero su ira ético-noble alcanza la cima más alta frente a los absolutamente viles e innobles, los «bribones», es decir, los criminales. De éstos trata en el folleto sobre las prisiones modelo.
Este folleto se distingue del primero sólo por una furia aún mucho mayor, tanto más barata cuanto que se dirige contra los oficialmente expulsados por la sociedad existente, contra gentes bajo cerrojo y llave; una furia que se despoja hasta de esa poca vergüenza que los burgueses corrientes aún exhiben por decoro. Así como Carlyle establece en el primer panfleto una jerarquía completa de los nobles y persigue al más noble de los nobles, aquí dispone una jerarquía igualmente completa de los bribones y de los viles, y se afana por atrapar al peor de los peores, al mayor bribón de Inglaterra, para gozar la voluptuosidad de colgarlo. Supongamos que lo atrapara y lo ahorcara; entonces otro es el peor y debe ser colgado a su vez, y luego otro más, hasta que la fila llega por fin a los nobles, luego a los más nobles, y al final no queda nadie salvo Carlyle, el más noble, que como perseguidor de bribones es a la vez asesino de los nobles, y también ha asesinado en los bribones lo noble, el más noble de los nobles, que de repente se transforma en el más vil de los bribones, y como tal tiene que ahorcarse a sí mismo. Con ello quedarían entonces resueltas todas las cuestiones sobre el gobierno, el Estado, la organización del trabajo, la jerarquía de lo noble, y la eterna ley natural se realizaría por fin.

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Les Conspirateurs, par A. Chenu, ex-capitaine des gardes du citoyen Caussidiere. — Les sociétés secretes; la préfecture de police sous Caussidiere; les corps-francs. — Paris, 1850.

La naissance de la République en Février 1848. Par Lucien de la Hodde.
- Paris, 1850.

Nada es más deseable que las personas que estuvieron al frente del partido del movimiento, ya sea antes de la revolución en las sociedades secretas o en la prensa, ya más tarde en puestos oficiales, sean por fin retratadas con recías pinceladas rembrandtianas, en toda su vitalidad. Las representaciones habidas hasta ahora jamás nos pintan a estas personalidades en su figura real, sino sólo en su figura oficial, con el coturno en el pie y la aureola | en la cabeza. En estas imágenes celestiales a lo Rafael, toda verdad de la representación se pierde.

Los dos escritos aquí presentes quitan, ciertamente, el coturno y la aureola con que solían aparecer hasta ahora los «grandes hombres» de la revolución de Febrero. Penetran en la vida privada de esos personajes, nos los muestran en négligé, con todo su entorno de sujetos subalternos de muy diversa índole. Pero no por ello están menos lejos de una representación real y fiel de las personas y los acontecimientos. De sus autores, uno es un espía confeso de muchos años de Luis Felipe, el otro un viejo conspirador de profesión, cuyas relaciones con la policía son asimismo muy equívocas, y cuya capacidad de percepción queda ya caracterizada por el hecho de que pretende haber visto, entre Rheinfelden y Basilea, «aquella espléndida cadena alpina cuyas plateadas cumbres deslumbran la vista» y, entre Kehl y Karlsruhe, «los Alpes renanos, cuyas lejanas cumbres se perdían en el horizonte». De tales personas, sobre todo cuando además escriben para justificarse personalmente, es ciertamente de esperar sólo una crónica escandalosa más o menos cargada de la revolución de Febrero.

El señor de la Hodde intenta presentarse en su folleto como el espía de la novela de Cooper. Él, afirma, se ha hecho benemérito de la sociedad al paralizar durante ocho años las sociedades secretas. Pero del espía de Cooper al señor de la Hodde hay mucha, mucha distancia. El señor de la Hodde, colaborador del «Charivari», miembro del comité central de la «société des nouvelles saisons» desde 1839, co-redactor de la «Réforme» desde su fundación y, al mismo tiempo, espía pagado del prefecto de policía Delessert, no ha sido más comprometido por nadie que por Chenu. Su escrito es directamente provocado por las revelaciones de Chenu, pero se guarda muy bien de replicar una sola sílaba a lo que Chenu dice sobre el propio de la Hodde. Esta parte de las memorias de Chenu es, pues, al menos auténtica.

«En uno de mis paseos nocturnos —cuenta Chenu— observé a de la Hodde paseándose de arriba abajo por el Quai Voltaire. La lluvia caía a torrentes, y esta circunstancia me dio que pensar. ¿Acaso, por casualidad, ese querido de la Hodde también andaba metiendo mano en la caja de los fondos secretos? Pero recordé sus canciones, sus magníficas estrofas sobre Irlanda y Polonia, y sobre todo los violentos artículos que escribía en el periódico “La Reforme”» (mientras el señor de la Hodde intenta presentarse como el apaciguador de la Reforme). «Buenas noches, de la Hodde, ¿qué demonios haces tú aquí a estas horas y con este tiempo espantoso? — Espero a un pícaro que me debe dinero y, como pasa por aquí todas las noches a esta hora, me pagará, o… —y golpeó con fuerza la barandilla del muelle con su bastón.»

De la Hodde procura deshacerse de él y se dirige al Pont du Carrousel. Chenu se aleja por el lado opuesto, pero sólo para ocultarse bajo las arcadas del Institut. De la Hodde vuelve en seguida, mira con cuidado a todos lados y pasea de nuevo arriba y abajo.

«Un cuarto de hora después observé el carruaje de las dos pequeñas linternas verdes que me había señalado mi ex agente» (un antiguo espía que en la prisión había revelado a Chenu una multitud de secretos policiales y de signos de reconocimiento). «Se detuvo en la esquina de la rue des Vieux-Augustins. Un hombre descendió; de la Hodde fue directamente hacia él; hablaron un momento, y vi cómo de la Hodde hacía el ademán de un hombre que se mete dinero en el bolsillo. — Después de este incidente, empleé todos los medios para apartar a de la Hodde de nuestras reuniones, y sobre todo para impedir que Albert cayera en un lazo, pues él era la piedra angular de nuestro edificio. Algunos días más tarde, la Réforme rechazó un artículo del señor de la Hodde. Este hecho hirió su vanidad literaria. Le aconsejé vengarse fundando otro diario. Siguió este consejo, y llegó a publicar con Pilhes y Dupoty hasta el prospecto de un periódico, ‘Le Peuple’, y durante ese tiempo casi nos libramos por completo de él.» — Chenu, págs. 46-48.

Vemos: el espía a lo Cooper se convierte en el prostituto político de la más vil especie, que en la calle, bajo la lluvia, al acecho del pago de su regalo por parte del primer oficial de paz que se presente. Vemos además: no es de la Hodde, como él quisiera hacer creer, sino Albert quien se encontraba a la cabeza de las sociedades secretas. Esto se desprende, en general, de todo el relato de Chenu. El mouchard «en interés del orden» se transforma aquí de repente en el escritor ofendido, disgustado porque la Réforme no acepta sin más los artículos del colaborador del Charivari, y que por eso rompe con la Réforme, verdadero órgano de partido en el que podía ser útil a la policía, para fundar un nuevo periódico donde, a lo sumo, podía satisfacer su vanidad literaria. Como las prostitutas mediante un cierto sentimiento, el mouchard buscaba salvarse de su sucia posición por sus pretensiones de escritor. El odio contra la Réforme, que recorre todo su panfleto, se disuelve en el más trivial rencor de escritor. Vemos, por último, que de la Hodde, en el período más importante de las sociedades secretas, poco antes de la revolución de Febrero, fue más y más desplazado de ellas; y esto explica por qué, en total oposición a la versión de Chenu, según el relato de este, en ese tiempo se hallaban éstas cada vez más en decadencia.

Llegamos ahora a la escena en que Chenu describe la revelación de las traiciones de de la Hodde después de la revolución de Febrero. El partido de la Réforme se había reunido en casa de Albert, en el Luxembourg, por invitación de Caussidière. Asistían Monnier, Sobrier, Grandmenil, de la Hodde, Chenu, etc. Caussidière abrió la reunión y dijo:

«Entre nosotros hay un traidor. Nos constituiremos en tribunal secreto para juzgarlo.» — Grandmenil, como el más anciano, fue nombrado presidente y Tiphaine secretario. «Ciudadanos —prosiguió Caussidière como acusador público—, durante mucho tiempo hemos acusado a patriotas honrados. Estábamos muy lejos de sospechar qué serpiente se había deslizado entre nosotros. Hoy he descubierto al verdadero traidor: ¡es Lucien de la Hodde!» Éste, que hasta entonces había permanecido completamente tranquilo, se levantó de un salto ante esta acusación directa. Hizo un movimiento hacia la puerta. Caussidière la cerró rápidamente, sacó una pistola y gritó: «¡Si te mueves, te destapo los sesos!». De la Hodde protestó encendidamente su inocencia. «Bueno —dijo Caussidière—. Aquí hay un legajo que contiene mil ochocientos informes al prefecto de policía» —y entregó a cada uno de los presentes los informes que le concernían especialmente. De la Hodde negó con obstinación que aquellos informes, firmados Pierre, procedieran de él, hasta que Caussidière leyó la carta publicada en sus memorias, una carta en la que de la Hodde ofrecía sus servicios al prefecto de policía y que había firmado con su verdadero nombre. A partir de ese instante, el desdichado ya no negó más; trató de excusarse con la miseria que le había inspirado la idea fatal de arrojarse en brazos de la policía. Caussidière le tendió la pistola, último medio de salvación que le quedaba. De la Hodde suplicó entonces a sus jueces, gimió pidiendo clemencia, mas ellos se mantuvieron inflexibles. Bocquet, uno de los presentes, perdiendo la paciencia, empuñó la pistola y se la ofreció tres veces con estas palabras: «¡Vamos, destápate los sesos, cobarde, cobarde, o yo mismo te mato!». Albert se la arrancó de la mano: «¡Pero ten en cuenta que un pistoletazo aquí, en el Luxembourg, alarmaría a todo el mundo!». «¡Es cierto —exclamó Bocquet—, necesitamos veneno!». «¿Veneno? —dijo Caussidière—, he traído veneno, y de todas las clases.» Tomó un vaso, lo llenó de agua, la endulzó con azúcar, echó luego un polvo blanco y se lo ofreció a de la Hodde, que retrocedió horrorizado: «¿Queréis asesinarme, entonces?». «Sí —dijo Bocquet—, bebe.» De la Hodde ofrecía un aspecto horrible. Sus facciones se tornaron cadavéricas; sus cabellos, muy rizados y bien peinados, se erizaron sobre su cabeza. El sudor inundaba su rostro. Imploraba, lloraba: «¡No quiero morir!». Pero Bocquet, inflexible, seguía ofreciéndole el vaso. «Vamos, bebe de una vez —dijo Caussidière—, estarás con el diablo antes de que te des cuenta.» «¡No, no, no beberé!» Y en su perturbación mental, añadió con un gesto horrible: «¡Oh, me vengaré de todos estos tormentos!».

Cuando se vio que toda apelación al punto de honor resultaba inútil, de la Hodde fue finalmente indultado por intercesión de Albert, y conducido a la prisión de la Conciergerie. (Chenu, págs. 134-136.)

El presunto espía a lo Cooper se vuelve cada vez más miserable. Lo vemos aquí en toda su despreciable vileza, cómo a sus adversarios sólo sabe oponer resistencia por pura cobardía. Le reprochamos no el no haberse matado a sí mismo, sino el no haber derribado de un tiro al primer adversario que tuviera a mano. Busca rehabilitarse después mediante un escrito en el que intenta presentar toda la revolución como una simple estafa. El verdadero título de ese escrito es: «El policía desengañado». En él se demuestra que una verdadera revolución es justo lo contrario de las representaciones del mouchard, quien, coincidiendo con los «hombres de acción», ve en cada revolución la obra de una pequeña camarilla. Mientras que todos los movimientos más o menos arbitrariamente provocados por camarillas se quedaron en meras insurrecciones, del propio relato de de la Hodde se desprende, por un lado, que los republicanos oficiales, al inicio de los días de Febrero, aún desesperaban de conquistar la república; por otro, que la burguesía tuvo que ayudar a conquistar la república sin quererla, y que, por lo tanto, la república de Febrero fue traída necesariamente por las circunstancias que empujaron a las calles a las masas del proletariado, situado al margen de todas las camarillas, y que mantuvieron a la mayoría de la burguesía en casa o la forzaron a una acción común con él. — Por lo demás, lo que de la Hodde comunica es en extremo pobre y se reduce a las habladurías más triviales. Sólo una escena resulta interesante: la reunión de los demócratas oficiales en el local de la Réforme la tarde del 21 de Febrero, en la que los jefes se pronunciaron decididamente contra un ataque violento. El contenido de sus discursos testimonia, en conjunto, en aquel día, una concepción aún acertada de la situación. Lo único ridículo reside en la forma grandilocuente y en la posterior pretensión de esos mismos hombres de haber provocado la revolución, desde el principio, con conciencia y deliberación. Lo peor que, por lo demás, de la Hodde puede echarles en cara es haberle tolerado tanto tiempo entre ellos.

Paso ahora a Chenu. ¿Quién es el señor Chenu? Es un viejo conspirador, implicado desde 1832 en todas las insurrecciones, y bien conocido por la policía. Llamado a filas, pronto deserta y permanece sin ser descubierto en París, a pesar de su reiterada participación en complots y en la insurrección de 1839. En 1844 se presenta en su regimiento y, de manera extraña, a pesar de sus antecedentes bien conocidos, el general de división le perdona el consejo de guerra. Más aún: no cumple su tiempo de servicio en el regimiento, sino que puede regresar a París. En 1847 se ve envuelto en la conspiración de las bombas incendiarias; escapa en un intento de detención, pero no por ello deja de permanecer en París, aunque se le condena en rebeldía a cuatro años. Sólo cuando sus propios compañeros de conspiración lo acusan de estar en relación con la policía, marcha a Holanda, de donde regresa el 21 de Febrero de 1848. Después de la revolución de Febrero es nombrado capitán en las guardias de Caussidière. Caussidière pronto sospecha de él (sospecha que posee mucha verosimilitud) de tener relaciones con la policía especial de Marrast, y lo aleja sin mucha resistencia, enviándolo a Bélgica, y más tarde a Alemania. El señor Chenu se deja enrolar con bastante buena voluntad, una tras otra, en los cuerpos francos belga, alemán y polaco. Y todo esto en una época en que el poder de Caussidière ya empezaba a vacilar, y, aunque Chenu pretende haberlo dominado por completo, afirma que, estando una vez detenido, lo obligó mediante una carta amenazadora a ponerle en libertad inmediata. Basta con esto sobre el carácter y la credibilidad de nuestro autor.

Las masas de afeites y pachulí con que las prostitutas tratan de sofocar los aspectos menos atrayentes de su existencia física se reproducen literariamente en el bel-esprit con que de la Hodde perfuma su panfleto. El carácter literario del libro de Chenu, en cambio, recuerda a menudo, por la ingenuidad y vivacidad de la narración, a Gil Blas. Así como Gil Blas, en las más diversas aventuras, sigue siendo siempre criado y todo lo juzga según la medida del criado, así Chenu, desde la insurrección de 1832 hasta su alejamiento de la prefectura, sigue siendo siempre el mismo conspirador subalterno, cuya limitación específica se puede distinguir, por lo demás, muy precisamente de las insípidas reflexiones del «faiseur» literario que le asignó el Elíseo. Es evidente que en Chenu tampoco puede hablarse de una comprensión del movimiento revolucionario. Por eso, en su escrito, sólo resultan interesantes los capítulos donde describe, con mayor o menor despreocupación, a partir de su propia observación: Los conspiradores y el héroe Caussidière.

Se conoce la inclinación de los pueblos románicos a las conspiraciones y el papel que éstas han desempeñado en la historia moderna de España, Italia y Francia. Tras las derrotas de los conspiradores españoles e italianos a principios de los años veinte

Lyon, y sobre todo París, se convirtieron en los centros de las asociaciones revolucionarias. Es conocido cómo hasta 1830 los burgueses liberales estuvieron al frente de la conspiración contra la Restauración. Después de la Revolución de Julio ocupó su lugar la burguesía republicana; el proletariado, ya educado en la conspiración bajo la Restauración, pasó al primer plano en la medida en que los burgueses republicanos, por los vanos combates callejeros, fueron ahuyentados de las conspiraciones. La *société des saisons*, con la que Barbès y Blanqui llevaron a cabo la intentona de 1839, era ya exclusivamente proletaria, y lo mismo fueron, tras la derrota, las *nouvelles saisons* formadas, a cuyo frente se puso Albert y en las que participaron Chenu, de la Hodde, Caussidière, etc. La conspiración, por medio de sus jefes, se hallaba en permanente contacto con los elementos pequeñoburgueses representados en *La Réforme*, pero se mantuvo siempre muy independiente. Estas conspiraciones, naturalmente, no abarcaron nunca a la gran masa del proletariado parisino. Se limitaban a un número de miembros relativamente pequeño y siempre fluctuante, que constaba en parte de viejos conspiradores estacionarios, transmitidos regularmente por cada sociedad secreta a su sucesora, y en parte de obreros recién reclutados.

Entre estos viejos conspiradores, Chenu describe casi exclusivamente la clase a la que él mismo pertenece: los conspiradores de oficio. Con el desarrollo de las conspiraciones proletarias surgió la necesidad de la división del trabajo; los miembros se dividían en conspiradores ocasionales, *conspirateurs d'occasion*, es decir, obreros que sólo ejercían la conspiración al margen de su ocupación habitual, que sólo acudían a las reuniones y se mantenían dispuestos a presentarse en el punto de concentración a la orden de los jefes, y en conspiradores de oficio, que dedicaban toda su actividad a la conspiración y vivían de ella. Éstos formaban la capa intermedia entre los obreros y los jefes, y con frecuencia se infiltraban incluso entre estos últimos.

La posición vital de esta clase condiciona ya de antemano todo su carácter. La conspiración proletaria sólo les ofrece, naturalmente, medios de existencia muy limitados e inseguros. Por eso se ven constantemente forzados a echar mano de las cajas de la conspiración. Algunos de ellos entran también directamente en colisiones con la sociedad burguesa en general y figuran con más o menos decoro ante los tribunales de policía correccional. Su existencia vacilante, dependiente en cada caso más del azar que de su actividad, su vida sin reglas, cuyas únicas estaciones fijas son las tabernas de los *marchands de vin* —las casas de citas de los conspiradores—, sus inevitables relaciones con toda clase de gente equívoca los sitúan en aquel círculo vital que en París se llama la *bohème*. Estos bohemios democráticos de origen proletario —pues también hay una *bohème* democrática de origen burgués, los vagos democráticos y *piliers d'estaminet*— son, pues, o bien obreros que han abandonado su trabajo y se han vuelto así disolutos, o bien sujetos salidos del *lumpemproletariado* que trasladan a su nueva existencia todos los hábitos disolutos de esta clase. Se comprende que, en estas circunstancias, en casi todo proceso de conspiración se vean envueltos un par de *repris de justice*.

Toda la vida de estos conspiradores de oficio lleva el más acusado carácter de la *bohème*. Suboficiales de reclutamiento de la conspiración, van de *marchand de vin* en *marchand de vin*, toman el pulso a los obreros, seleccionan a su gente, la engatusan para meterla en la conspiración y hacen que, o bien la caja de la sociedad, o bien el nuevo amigo, carguen con los gastos del inevitable consumo de litros. El *marchand de vin* es, en general, su auténtico posadero. En su casa pasa la mayor parte del tiempo el conspirador; allí tiene sus citas con sus colegas, con la gente de su sección, con los que va a reclutar; allí, en fin, tienen lugar las reuniones secretas de las secciones y de los jefes de sección (grupos). El *conspirateur*, de por sí de naturaleza muy alegre como todos los proletarios parisinos, se desarrolla en esa ininterrumpida atmósfera de taberna hasta convertirse en el más consumado *bambocheur*. El sombrío conspirador que en las sesiones secretas pone de manifiesto una espartana severidad de virtud, se deshiela de pronto y se transforma en un parroquiano conocido en todas partes, que sabe apreciar muy bien el vino y el sexo femenino. Este humor tabernario se ve acrecentado aún por los continuos peligros a los que está expuesto el *conspirateur*; en cualquier momento puede ser llamado a la barricada y caer allí, a cada paso le tiende la policía lazos que pueden llevarlo a la cárcel o incluso a galeras. Tales peligros constituyen precisamente el atractivo del oficio; cuanto mayor es la inseguridad, tanto más se apresura el conspirador a aferrar el goce del momento. Al mismo tiempo, la costumbre del peligro lo vuelve en sumo grado indiferente hacia la vida y la libertad. En la cárcel se siente como en casa, igual que en casa del *marchand de vin*. Todos los días espera la orden para la ruptura. La desesperada temeridad que sobresale en toda insurrección parisina es aportada precisamente por estos viejos conspiradores de oficio, los *hommes de coups de main*. Son ellos quienes levantan y comandan las primeras barricadas, quienes organizan la resistencia, dirigen el saqueo de los almacenes de armas, la toma de armas y municiones de las casas y ejecutan, en medio de la insurrección, aquellos audaces golpes de mano que tan a menudo llevan la confusión al partido gubernamental. En una palabra, son los oficiales de la insurrección.

Se entiende que estos *conspirateurs* no se limitan a organizar al proletariado revolucionario en general. Su negocio consiste precisamente en anticiparse al proceso revolucionario de desarrollo, empujarlo artificialmente a la crisis, hacer una revolución de repente, sin las condiciones de una revolución. La única condición de la revolución es para ellos la organización suficiente de su conspiración. Son los alquimistas de la revolución y comparten por entero la desorganización de ideas y la estrechez mental en ideas fijas de los antiguos alquimistas. Se lanzan a inventos que han de realizar milagros revolucionarios: bombas incendiarias, máquinas destructoras de efecto mágico, intentonas que han de actuar tanto más milagrosa y sorprendentemente cuanto menos base racional tengan. Ocupados en tal fábrica de proyectos, no tienen otro fin que el más inmediato: el derrocamiento del gobierno existente, y desprecian profundamente la ilustración más teórica de los obreros acerca de sus intereses de clase. De ahí su cólera no proletaria, sino plebeya, contra los *habits noirs*, la gente más o menos instruida que representa este lado del movimiento, pero de los que ellos, como de los representantes oficiales del partido, nunca pueden independizarse del todo. Los *habits noirs* tienen que servirles, además, de cuando en cuando como fuente de dinero. Se entiende, por lo demás, que los *conspirateurs* han de seguir, quieran o no, el desarrollo del partido revolucionario.

El principal rasgo característico en la vida de los *conspirateurs* es su lucha con la policía, con la que mantienen exactamente la misma relación que los ladrones y las prostitutas. La policía tolera las conspiraciones, y no meramente como un mal necesario. Las tolera como centros fáciles de vigilar en los que se reúnen los elementos revolucionarios más violentos de la sociedad, como talleres de la intentona, que en Francia se ha convertido en un medio de gobierno tan necesario como la propia policía, y, finalmente, como lugar de reclutamiento para sus propios soplones políticos. Exactamente del mismo modo que los más útiles cazadores de bribones, los Vidocq y consortes, se sacan de la clase de los bribones altos y bajos, de los ladrones, estafadores y bancarrotistas fraudulentos, y a menudo recaen en su antiguo oficio, así también la baja policía política se recluta entre los conspiradores de oficio. Los conspiradores mantienen incesantemente contacto con la policía, a cada momento entran en colisión con ella; dan caza a los soplones, lo mismo que los soplones les dan caza a ellos. El espionaje es una de sus principales ocupaciones. No es de extrañar, por tanto, que el pequeño salto de conspirador de oficio a espía de policía asalariado, facilitado por la miseria y la cárcel, por amenazas y promesas, se dé con tanta frecuencia. De ahí el ilimitado sistema de sospecha en las conspiraciones, que deja completamente ciegos a los miembros y les hace ver soplones en sus mejores hombres y a sus personas más confiables en los auténticos soplones. Que estos espías reclutados entre los conspiradores se presten a entenderse con la policía, en la mayoría de los casos, con la buena fe de poder engañarla, que durante algún tiempo consigan hacer un doble juego hasta que caen cada vez más presa de las consecuencias de su primer paso, y que la policía sea realmente a menudo engañada por ellos, es evidente. Por lo demás, que un tal *conspirateur* caiga o no en los lazos de la policía depende de circunstancias puramente fortuitas y de una diferencia más cuantitativa que cualitativa de firmeza de carácter.

Éstos son los *conspirateurs* que Chenu nos presenta a menudo con gran vivacidad y cuyo carácter describe tan pronto a propósito como a su pesar. Él mismo, por lo demás, es —hasta en sus no del todo claras conexiones con la policía de Delessert y Marrast— la imagen más contundente de un conspirador de oficio.

En la misma medida en que el propio proletariado parisino pasó al primer plano como partido, estos *conspirateurs* perdieron influencia dirigente, se dispersaron y encontraron una peligrosa competencia en sociedades secretas proletarias que no tenían por fin la insurrección inmediata, sino la organización y el desarrollo del proletariado. Ya la insurrección de 1839 tuvo un carácter decididamente proletario y comunista. Pero tras ella surgieron las escisiones, de las que tanto se quejan los viejos *conspirateurs*; escisiones que brotaron de la necesidad de los obreros de llegar a un entendimiento acerca de sus intereses de clase y que se manifestaron en parte en las viejas conspiraciones mismas, en parte en nuevas asociaciones de propaganda. La agitación comunista que Cabet inició poco después de 1839 con ímpetu, las cuestiones en disputa que surgieron dentro del partido comunista, no tardaron en desbordar a los *conspirateurs*. Tanto Chenu como de la Hodde reconocen que los comunistas, en la época de la Revolución de Febrero, habían sido con mucho la fracción más fuerte del proletariado revolucionario. Los *conspirateurs*, para no perder su influencia sobre los obreros y, por tanto, su contrapeso frente a los *habits noirs*, tuvieron que seguir ese movimiento y adoptar ideas socialistas o comunistas. Así surgió, ya antes de la Revolución de Febrero, la oposición de las conspiraciones obreras, representadas por Albert, frente a los hombres de *La Réforme*, la misma oposición que poco después se reprodujo en el gobierno provisional. No se nos ocurre, por lo demás, confundir a Albert con estos *conspirateurs*. De ambos escritos se desprende que Albert supo conservar una posición personal independiente por encima de estos instrumentos suyos y

Reseñas ° II. Les Conspirateurs, par A.Chenu / La naissance... Par L. De la Hodde

...en modo alguno pertenece a la clase de gentes que practicaban la conspiración como oficio lucrativo.

La historia de las bombas de 1847, un asunto en el que la policía
intervino directamente más que en todos los anteriores, hizo estallar por fin a los más obstinados
y disparatados viejos conspiradores y arrojó a sus hasta entonces secciones
al seno del movimiento proletario directo. —

A estos conspiradores de profesión, los hombres más exaltados de sus secciones
y los détenus politiques de origen proletario, en su mayoría viejos
conspiradores, los encontramos de nuevo, después de la revolución de Febrero, como Montagnards en la
prefectura de policía. Los conspiradores constituyen, empero, el núcleo de toda la
sociedad. Se comprende que estas gentes, aquí de pronto apiñadas y
armadas, por lo demás íntimamente familiarizadas con su prefecto y sus oficiales,
hubieran de formar un cuerpo bastante turbulento. Así como la Montaña
de la Asamblea Nacional era la parodia de la antigua Montaña y por su
impotencia demostraba del modo más contundente que las viejas tradiciones revolucionarias
de 1793 ya no bastan hoy, así los Montagnards de la
prefectura de policía, la reproducción de los viejos sans-culottes, demostraban que en la moderna
revolución tampoco esta parte del proletariado basta ya, y
que sólo el proletariado en su conjunto puede llevarla a cabo.

Chenu describe del modo más vivaz el tren de vida sans-culottesco de esta honorable
sociedad en la prefectura. Estas escenas humorísticas,
en las que el señor Chenu evidentemente cooperó de manera activa, a veces son algo
disparatadas, pero dado el carácter de los viejos bambocheurs conspirantes son muy
explicables y constituyen una contrapartida necesaria y hasta saludable

frente a las orgías de la burguesía en los últimos años de Luis Felipe. |

 Citemos solo un ejemplo del relato de su instalación en
la prefectura.

«Cuando despuntó el día, vi llegar sucesivamente a los jefes de grupo con sus
hombres, pero en su mayoría desarmados. Se lo hice notar a Caussidière.
—Yo les procuraré armas —dijo—. Busca
un lugar adecuado para acuartelarlos en la prefectura. Ejecuté
de inmediato este encargo y los envié a ocupar el puesto de los antiguos sargentos
de ciudad, donde antaño había sido yo tratado de modo tan indigno. Un
instante después, los vi regresar a la carrera. —¿Adónde vais?
—les pregunté—. —El puesto está ocupado por un enjambre de sargentos de ciudad
—me respondió Devaisse—; duermen tranquilamente, y buscamos instrumentos
para despertarlos y echarlos fuera. —Se armaron entonces con todo
lo que cayó en sus manos: baquetas, vainas de sable, correas puestas
en doble y palos de escoba. Luego, mis muchachos, que todos tenían

más o menos quejas de la insolencia y brutalidad de los
durmientes, se les echaron encima con el brazo en alto y durante más

de media hora les impartieron una lección tan áspera, que algunos de ellos
estuvieron enfermos largo tiempo. Ante sus gritos de angustia, acudí corriendo, y sólo
con dificultad logré abrir la puerta, que los Montagnards muy
cautelosamente mantenían cerrada por dentro. Valía la pena ver entonces a los
sargentos de ciudad precipitarse semidesnudos al patio; saltaban
la escalera de un brinco y les vino muy bien conocer todos los escondrijos de
la prefectura para desaparecer de la vista de sus perseguidores enemigos.
Una vez dueños del lugar, cuya guarnición habían relevado con tanta
cortesía, nuestros Montagnards, ufanos de la victoria, se adornaron
con los despojos de los vencidos y durante mucho tiempo se les vio
pasearse arriba y abajo por el patio de la prefectura, la espada al costado, la
capa sobre los hombros y la cabeza adornada con el sombrero de tres picos, antaño
tan temido por la mayoría de ellos.» (págs. 83-85.)

Hemos conocido a los Montagnards, llegamos a su jefe,
el héroe de la epopeya de Chenu, a Caussidière. Chenu nos lo presenta tanto
más a menudo cuanto que es contra él contra quien en realidad se dirige todo el libro. |

 Los principales reproches que se hacen a Caussidière se refieren
a su conducta moral, a libramientos cruzados y otros
pequeños intentos de allegar dinero, como le pueden ocurrir y le ocurren a cualquier
viajante de comercio endeudado y amante de la buena vida en París.
En general, solo depende de la magnitud del capital si las estafas,
los afanes de lucro, los chanchullos y los juegos de bolsa, sobre los que descansa todo el
comercio, rayan más o menos en el código penal. Sobre los
golpes de bolsa y el fraude chino, que caracterizan especialmente al comercio
francés, compárense, por ejemplo, las picantes descripciones de Fourier
en los Quatre mouvements, la fausse industrie, el Traité de l'Unité
universelle y su legado. El señor Chenu ni siquiera intenta
demostrar que Caussidière explotara su posición como prefecto de policía para sus fines
privados. En general, un partido puede felicitarse
cuando sus adversarios victoriosos tienen que limitarse a la revelación de tales mezquindades
de moral comercial. Los pequeños experimentos del viajante de comercio Caussidière
y los grandiosos escándalos de la burguesía de 1847, ¡qué contraste! Todo el ataque solo tiene
un sentido en la medida en que Caussidière pertenecía al partido de la Réforme, que buscaba
ocultar su falta de energía y entendimiento revolucionarios mediante protestas de virtud
republicana y una oscura seriedad de convicción.

Caussidière es, entre los jefes de la revolución de Febrero, la única figura
regocijante. En su calidad de loustic de la revolución, era el jefe
enteramente adecuado de los viejos conspiradores de oficio. Sensual y humorístico,
viejo parroquiano de cafés y tabernas de los más diversos tipos, que

vivía y dejaba vivir, al mismo tiempo militarmente valeroso, ocultando bajo una bonhomía
y desenfado de anchas espaldas una gran astucia, una reflexión ladina
y una fina observación, poseía un cierto instinto revolucionario y una cierta energía revolucionaria. Caussidière era entonces un auténtico plebeyo,
que odiaba instintivamente a la burguesía y compartía en sumo grado todas las pasiones plebeyas.
Apenas instalado en la prefectura, ya conspira
contra el National, sin por ello descuidar la cocina y la bodega de su
predecesor. Se organiza de inmediato un poder mi|litar,
se asegura un periódico, lanza clubs, distribuye los papeles y
actúa en general en el primer momento con gran seguridad. En veinticuatro
horas, la prefectura se transforma en una fortaleza en la que puede desafiar a sus enemigos.
Pero todos sus planes o bien quedan en meros proyectos, o
bien desembocan en la práctica en puras bromas plebeyas sin resultado. Cuando
las contradicciones se perfilan más abruptamente, comparte la suerte de su partido, que
permanece irresoluto en el medio, entre las gentes del National y los revolucionarios proletarios
como Blanqui. Sus Montagnards
se escinden; los viejos bambocheurs le desbordan y
ya no es posible refrenarlos, mientras la parte revolucionaria se pasa a Blanqui.
El propio Caussidière se aburguesa cada vez más en su posición oficial de prefecto y
representante; el 15 de mayo se mantiene prudentemente al margen y
se justifica en la Cámara de manera irresponsable; el
23 de junio abandona directamente a su suerte a la insurrección. Como recompensa, es, naturalmente,
destituido de la prefectura y poco después enviado al exilio.
Reproducimos algunos de los pasajes más característicos de Chenu y De la Hodde
sobre Caussidière.
Apenas es instalado De la Hodde, en la tarde del 24 de febrero, como secretario general de
la prefectura por Caussidière, este le dice:
«Necesito aquí gente sólida. La boutique administrativa
siempre seguirá más o menos su curso; he mantenido provisionalmente a los viejos funcionarios;
en cuanto hayan formado a los patriotas, los balancearemos.
Eso es accesorio. De lo que se trata es de hacer de la prefectura la ciudadela
de la revolución; instruid a nuestras gentes en ese sentido; que vengan
todos aquí. Cuando tengamos aquí un millar de camaradas sólidos,
tendremos al gato cogido por el rabo. Ledru-Rollin, Flocon, Albert y yo
nos entendemos, y espero que la cosa se hará. El National
tiene que irse a pique. Una vez logrado eso, ya republicanizaremos el país,
quiera o no.»
En seguida vino Garnier-Pagès, alcalde de París, bajo cuyo mando
el National había puesto la policía, a hacer una visita, y propuso
a Caussidière aceptar, en lugar del desagradable puesto en la prefectura, la co|mandancia
del castillo de Compiègne. Caussidière

le respondió con la pequeña voz aflautada que tenía a su disposición
y que tan singularmente contrastaba con sus anchas espaldas: «¿Yo
a Compiègne? Imposible. Es necesario que yo me quede aquí. Ahí abajo tengo
varios centenares de muchachos joviales, que trabajan denodadamente; espero
aún el doble. Si en el Hôtel de Ville os faltan la buena voluntad o el valor,
yo podré ayudaros. ¡Ja, ja, la révolution fera son petit bonhomme de chemin, il le faudra bien!
—¡La revolución! ¡Pero si está acabada! —¡Bah, todavía no ha empezado!
—El pobre alcalde se quedó parado como un pasmarote.» — (De la Hodde, pág. 72.)

Entre las más regocijantes escenas que describe Chenu figura la recepción de los
comisarios de policía y officiers de paix por el nuevo prefecto, quien, cuando
se anunciaron, estaba a la mesa. «Que esperen —dijo Caussidière—,
el prefecto trabaja. Trabajó aún una buena media hora y luego
dispuso el escenario para la recepción de los señores comisarios, que
entre tanto habían estado apostados a lo largo de la gran escalera. Caussidière se sentó
majestuosamente en su sillón, con su gran sable al costado. Dos
huraños Montagnards de fisonomía caníbal guardaban la puerta,
el mosquete al pie, la pipa en la boca. Dos capitanes con el sable desenvainado
estaban a cada lado de su pupitre. Además, en el salón estaban
agrupados todos los jefes de sección y los republicanos que formaban su estado mayor;
todo el mundo armado con grandes sables y pistolas de caballería, con
carabinas y escopetas de caza. Todo el mundo fumaba, y la nube de humo que llenaba
el salón ensombrecía aún más los rostros y daba a esta escena una
fisonomía verdaderamente aterradora. En el centro se había dejado un espacio libre para los
comisarios. Todos se cubrían, y Caussidière dio la orden
de hacerles pasar. Estos pobres comisarios no deseaban nada más ardientemente, pues
estaban expuestos a las groserías y amenazas de los Montagnards, que
querían freírlos en todas las salsas posibles. ¡Pandilla de bribones —les gritaban—,
ahora os tenemos también nosotros! ¡Ya no os vais, tenéis que
dejar aquí el pellejo! — A su entrada en el gabinete del prefecto,
creyeron caer de Escila en Caribdis. | El primero que
puso el pie en el umbral pareció vacilar un instante.
No sabía bien si avanzar o retroceder, tan sombríamente se
fijaban en él todas las miradas. Por fin se atrevió, dio un paso al frente y
saludó; otro paso y saludó más profundamente; otro paso, y saludó
aún más profundamente. Cada uno hizo su entrada con profundas reverencias ante el
terrible prefecto, que recibía todos estos homenajes frío y silencioso,
la mano apoyada en la empuñadura de su sable. Los comisarios
contemplaban este singular espectáculo con ojos desorbitados. Algunos,
a los que el terror turbaba, y que sin duda querían hacernos la corte,
encontraban el tableau imponente, majestuoso. —¡Silencio! —ordenó

Reseñas § II. Les Conspirateurs, por A. Chenu / La naissance... por L. De la Hodde

un Montagnard con voz sepulcral. — Una vez que todos hubieron entrado, Caussidière, que hasta aquel momento había permanecido mudo e inmóvil, rompió el silencio y dijo con su voz más terrible:

«Hace ocho días esperabais todo menos encontrarme aquí en este lugar, rodeado de fieles amigos. Ellos son hoy vuestros amos, los republicanos de cartón piedra, como vosotros los llamabais antes. Tembláis ante quienes habéis colmado con el trato más innoble. Usted, Vassal, fue el esclavo más vil del gobierno derrocado, el perseguidor más encarnizado de los republicanos, y ahora ha caído en manos de sus enemigos más implacables, pues aquí no hay nadie que no haya escapado a vuestras persecuciones. Si quisiera escuchar las justas reclamaciones que se me dirigen, recurriría a represalias, pero prefiero olvidar. Volved todos a vuestras funciones; pero si alguna vez llego a saber que prestáis mano a cualquier enjuague reaccionario, os aplastaré como a bichos. ¡Idos!»

Los comisarios habían recorrido toda la escala de los horrores, y, contentos de salir del paso con un sermón del prefecto, se largaron muy ufanos. Los Montagnards, que los esperaban abajo, al pie de la escalera, los acompañaron con un estrepitoso charivari hasta el final de la Rue de Jérusalem. Apenas hubo desaparecido el último, soltamos todos una carcajada descomunal. Caussidière resplandecía [48] y se rió más que nadie de la magnífica partida que había jugado a sus comisarios. — (Chenu, pp. 87-90.)

Después del 17 de marzo, en el que Caussidière había tenido mucha participación, dijo a Chenu: «Puedo, a mi antojo, levantar a las masas y arrojarlas sobre la burguesía.» (Chenu, p. 140.) En general, Caussidière nunca pasó, con sus adversarios, de jugar a meterles miedo.

Finalmente, acerca de la relación de Caussidière con los Montagnards, dice Chenu: «Cuando hablaba a Caussidière de los excesos a que se entregaban sus hombres, suspiraba, pero tenía las manos atadas. La mayoría había convivido con él, había compartido su miseria y sus alegrías; muchos le habían prestado servicios. Si no podía contenerlos, era consecuencia de su propio pasado.» (p. 97.)

Recordamos a nuestros lectores que estos dos libros fueron escritos en la época de la agitación por las elecciones del 10 de marzo. Cuál fue su efecto, se desprende del resultado electoral: el brillante triunfo de los rojos.

289

Karl Marx/Friedrich Engels

II.

Le Socialisme et l'impôt. Par Emile de Girardin. París, 1850.

Hay dos tipos de socialismo: el socialismo «bueno» y el socialismo «malo».

El socialismo malo es «la guerra del trabajo contra el capital». En su cuenta caen todos los cuadros de horrores: reparto igualitario de las tierras, supresión de los vínculos familiares, pillaje organizado, etc. [49] El socialismo bueno es «la concordia del trabajo y el capital». En su séquito se encuentran la supresión de la ignorancia, la eliminación de las causas del pauperismo, la constitución del crédito, la multiplicación de la propiedad, la reforma del impuesto, en una palabra, «el régimen que más se aproxima a la representación que el hombre se hace del reino de Dios sobre la tierra».

Hay que valerse del socialismo bueno para sofocar al socialismo malo.

«El socialismo tiene una palanca; esa palanca era el presupuesto. Pero le faltaba un punto de apoyo para levantar el mundo de sus goznes. Ese punto de apoyo lo ha dado la revolución del 24 de febrero: el sufragio universal.»

La fuente del presupuesto es el impuesto. Por tanto, la acción del sufragio universal sobre el presupuesto habrá de ser su acción sobre el impuesto. Y por esta acción sobre el impuesto se realiza el socialismo «bueno».

«Francia no puede pagar más de 1.200 millones de francos de impuestos anuales. ¿Cómo vais a ingeniároslas para reducir los gastos a esa suma?»

«Desde hace treinta y cinco años habéis escrito tres veces, en dos cartas y una constitución, que todos los franceses deben contribuir a las cargas del Estado en proporción a su fortuna. Desde hace treinta y cinco años, esta igualdad del impuesto es una mentira... Examinemos el sistema fiscal francés.»

I. Contribución territorial. La contribución territorial no grava por igual a los propietarios de tierras: «Cuando dos parcelas contiguas han recibido la misma estimación catastral, los dos propietarios pagan el mismo impuesto, sin diferencia entre el propietario aparente y el propietario real», es decir, entre el propietario cargado de hipotecas y el propietario libre de ellas.

Además: la contribución territorial no está en proporción con los impuestos que recaen sobre las demás clases de propiedad. Cuando la Asamblea Nacional la introdujo en 1790, estaba bajo la influencia de la escuela fisiocrática, la cual consideraba la tierra como la única fuente de la renta neta [50] y, por tanto, echaba toda la carga fiscal sobre los propietarios territoriales. Por consiguiente, la contribución territorial descansa en un error económico. Con un reparto igual de los impuestos, tocaría al terrateniente un 20% de su renta, mientras que ahora paga el 53%.

Por último, según su destino originario, la contribución territorial debía recaer sólo sobre el propietario, nunca sobre el arrendatario o el inquilino. En cambio, según el señor Girardin, recae siempre sobre el arrendatario y el inquilino. Aquí comete el señor Girardin un error económico. O bien el arrendatario es arrendatario real, y entonces la contribución territorial recae sobre el propietario o sobre el consumidor, pero nunca sobre él; o bien, bajo la apariencia de una relación de arrendamiento, es en el fondo mero trabajador del propietario, como en Irlanda y con frecuencia en Francia, y entonces los impuestos que se imponen al propietario recaerán siempre sobre él, llámense como se llamen.

II. Contribución personal y mobiliaria. El objeto de este impuesto, también decretado por la Asamblea Nacional en 1790, era gravar directamente el capital mobiliario. Como módulo de la cuantía del capital se tomó el alquiler de la vivienda. En realidad, el impuesto recae sobre el propietario territorial, sobre el campesino y sobre el industrial, mientras que grava poco o nada al rentista. Es, pues, la inversión total de las intenciones de sus autores. Por lo demás, un millonario puede vivir en una buhardilla con dos sillas desvencijadas — inicuo, etc.

III. Contribución de puertas y ventanas. Atentado contra la salud del pueblo. Medida fiscal contra la pureza del aire y de la luz del día. «Casi la mitad de las viviendas en Francia tiene o sólo una puerta y ninguna ventana, o a lo sumo una puerta y una ventana.» Este impuesto fue adoptado el 24 de vendimiario del año VII (14 de octubre de 1799) por imperiosa necesidad de dinero, como medida puramente transitoria y extraordinaria, aunque en principio fue rechazada.

IV. Contribución de patentes (contribución industrial). Impuesto no sobre la ganancia, sino sobre el ejercicio de la industria. Castigo al trabajo. Donde debía gravar al industrial, grava en su mayor parte al consumidor. En general, al imponer este impuesto en 1791, [51] se trataba también únicamente de satisfacer una necesidad momentánea de dinero.

V. Registro y sello. El droit d'enregistrement procede de Francisco I y no tenía, en un principio, ningún fin fiscal (?). En 1790 se extendió la obligación de inscribir los contratos relativos a la propiedad y se aumentó la tarifa. El impuesto está concebido de tal manera que las compraventas pagan más que las donaciones y herencias. El sello es un invento puramente fiscal, que grava por igual ganancias desiguales.

VI. Impuesto sobre las bebidas. Compendio de toda iniquidad, freno de la producción, vejatorio, el más costoso de recaudar. (Véase, por lo demás, el cuaderno III: 1848 a 1849, Consecuencias del 13 de junio.)

VII. Aduanas. Cúmulo de tarifas aduaneras contradictorias entre sí, sin plan, tradicionalmente acumuladas, sin objeto y perjudiciales para la industria. Por ejemplo, el algodón en bruto paga en Francia por 100 kg un impuesto de 22 francos 50 céntimos. Pasemos más allá.

VIII. Consumos. Ni siquiera tiene el pretexto de proteger una rama de la industria nacional. Aduana en el interior del país. Originariamente impuesto local de pobres, ahora gravita principalmente sobre las clases más pobres y adultera sus víveres. Opone a la industria nacional tantas barreras como ciudades hay.

Hasta aquí lo que dice Girardin sobre cada uno de los impuestos. El lector habrá notado que su crítica es tan superficial como acertada. Se reduce a tres argumentos:
1) que cada impuesto nunca recae sobre la clase a la que los legisladores fiscales pretenden gravar, sino que es repercutido sobre otra clase;
2) que todo impuesto temporal se consolida y perpetúa;
3) que ningún impuesto es proporcional a la fortuna, justo, igualitario ni equitativo.

Estas objeciones de carácter económico general contra los impuestos existentes se repiten en todos los países. Pero el sistema fiscal francés tiene una peculiaridad característica. Así como los ingleses lo son para el derecho público y privado, así los franceses, que por lo demás han codificado, simplificado y roto en todas partes con la tradición partiendo de puntos de vista generales, [52] son, para el sistema fiscal, el pueblo verdaderamente histórico. Girardin dice al respecto:

«En Francia vivimos bajo el dominio de casi todos los procedimientos fiscales del antiguo régimen: la taille, la capitación, la aide, las aduanas, el impuesto sobre la sal, la contribución de control, las insinuaciones, la grêfe, el monopolio del tabaco, los beneficios excesivos de los correos y de la venta de la pólvora, la lotería, las corveas comunales o estatales, los alojamientos militares, los consumos, los peajes fluviales y viales, las contribuciones extraordinarias... Todo eso ha podido cambiar de nombre, pero todo eso persiste en sustancia, y no se ha hecho ni menos gravoso para el pueblo ni más productivo para el tesoro público. Nuestro sistema financiero no descansa sobre ninguna base científica. Refleja única y exclusivamente las tradiciones de la Edad Media, que a su vez son la herencia de la fiscalidad romana, ignorante y rapaz.»

Sin embargo, ya nuestros padres, en la Asamblea Nacional de la primera revolución, clamaron: «Sólo hemos hecho la revolución para tener el impuesto en nuestras manos.»

Pero si este estado de cosas pudo perdurar bajo el Imperio, bajo la Restauración, bajo la Monarquía de Julio, ahora ha sonado su hora:

«La supresión del privilegio electoral trae necesariamente consigo la supresión de toda desigualdad fiscal. No hay, pues, tiempo que perder para acometer la reforma financiera, si no ha de venir la violencia a ocupar el lugar de la ciencia... El impuesto es casi la única base sobre la que descansa nuestra sociedad. Se buscan muy lejos y muy alto las reformas sociales y políticas; las más importantes se hallan contenidas en el impuesto. Buscad aquí y encontraréis.»

¿Y qué encontramos ahora?

«Tal como concebimos el impuesto, éste debe ser una prima de seguro, pagada por los que poseen, para asegurarse contra todos los riesgos,

...que pudieran perturbarlos en su posesión y en su goce ... Esta prima
debe ser proporcional, y de una rigurosa exactitud. Todo impuesto
que no sea la garantía de un | riesgo, el precio de una mercancía,
o el equivalente de un servicio, debe ser abandonado —sólo admitimos dos
excepciones: impuesto sobre el extranjero (aduana) e impuesto

sobre la muerte (registro). Así, en lugar del contribuyente, aparece
el asegurado ... Todo aquel que tiene interés en pagar, paga y paga sólo
según la medida de su interés. Vamos aún más lejos, y decimos: Todo
impuesto se condena ya por el hecho de llevar el nombre de impuesto, de carga.
Todo impuesto debe ser abolido, pues lo propio del
impuesto es ser forzoso, y el carácter del seguro es ser
voluntario."

No hay que confundir esta prima de seguro con un impuesto sobre la renta; es más bien un impuesto sobre el capital, como que, efectivamente, la
prima de seguro no garantiza la renta, sino el entero

fondo del patrimonio. El Estado procede exactamente como las compañías
de seguros, las cuales no quieren saber de la cosa asegurada lo que rinde,
sino lo que vale.

"El patrimonio nacional francés se estima en un activo de 134 mil millones, del cual hay que deducir un pasivo de 28 mil millones.
Si el presupuesto de gastos se reduce a 1.200 millones, no habría entonces que recaudar sino el
1% del capital para elevar al Estado a la altura de una colosal
compañía mutua de seguros."

A partir de ese momento — "¡ninguna revolución más!"

"En lugar de la palabra autoridad aparece la palabra solidaridad; el interés común se convierte en el vínculo de los miembros de la sociedad."

El señor Girardin no se contenta con esta propuesta general, sino que nos da a la vez el esquema de una póliza de seguro o inscripción,
tal como todo ciudadano debe recibirla expedida por el Estado.

Cada año, el ex recaudador de impuestos entrega al asegurado una póliza,
que consta "de cuatro páginas del tamaño de un pasaporte". En la primera página
se encuentra el nombre del asegurado con su número de matrícula,
junto con el esquema para los recibos de las cuotas de la prima. En la
segunda página se encuentra la exacta descripción personal | del asegurado y de su familia, junto con la detallada autovaloración, debidamente certificada,
de su patrimonio total; en la tercera página, el presupuesto
estatal junto con un balance general de Francia, y en la cuarta, toda suerte
de noticias estadísticas más o menos útiles. Esta póliza sirve de
pasaporte, de tarjeta electoral, de libreta de trabajo para obreros, etc. Los registros de
estas pólizas sirven al Estado a su vez para la confección de los cuatro grandes
libros: el gran libro de la población, el gran libro de la deuda pública
y el gran libro de la deuda hipotecaria, que en conjunto
contienen una estadística completa de todos los recursos de Francia.

El impuesto no es, pues, más que la prima que paga el asegurado para
ser admitido a la participación en las siguientes ventajas: 1) derecho a
la protección pública, a la justicia gratuita, al culto gratuito, a la enseñanza gratuita, al crédito con garantía prendaria, a la pensión
de la caja de ahorros; 2) exención del
servicio militar en tiempo de paz; 3) preservación
de la miseria; 4) indemnización por pérdidas causadas por incendio,
inundaciones, granizo, epizootias, naufragio.

Observamos todavía que el señor Girardin quiere cubrir las sumas de indemnización que el
Estado ha de pagar por pérdidas de los asegurados, mediante diversas
multas, etc., mediante el producto de los dominios nacionales, de los conservados
derechos de registro y aduana, así como de los monopolios
estatales. —

La reforma fiscal es el caballo de batalla de todos los burgueses radicales, el
elemento específico de todas las reformas económico-burguesas. Desde los más
antiguos pequeñoburgueses medievales hasta los modernos librecambistas
ingleses, la lucha principal gira en torno a los impuestos.

La reforma fiscal se propone o bien la abolición de impuestos tradicionalmente heredados
que estorban el desarrollo de la industria, el abaratamiento
de la gestión estatal, o bien una distribución más igualitaria. El burgués persigue
el quimérico ideal de la distribución igualitaria de los impuestos con tanto más celo
cuanto más se le desvanece entre las manos en la práctica.

Las relaciones de distribución que se basan directamente en la producción
burguesa, las relaciones entre | salario y ganancia,
ganancia e interés, renta del suelo y ganancia, pueden a lo sumo

ser modificadas por el impuesto en puntos secundarios, pero nunca ser amenazadas en su fundamento.
Todas las investigaciones y debates sobre el impuesto presuponen la existencia
eterna de estas relaciones burguesas. Incluso la abolición de
los impuestos no podría sino acelerar el desarrollo de la propiedad burguesa y de sus
contradicciones.

El impuesto puede privilegiar a clases particulares y oprimir especialmente a otras,
como lo vemos, por ejemplo, bajo el dominio de la aristocracia financiera. Arruina
sólo a las capas medias de la sociedad situadas entre la burguesía y el
proletariado, cuya posición no permite trasladar la carga del impuesto a otra
clase.

El proletariado es empujado un escalón más abajo
por cada nuevo impuesto; la abolición de un viejo impuesto no eleva el salario,
sino la ganancia. En la revolución, el impuesto, hinchado hasta proporciones colosales,
puede servir como una forma de ataque contra la propiedad privada;
pero incluso entonces debe impulsar hacia nuevas medidas, más revolucionarias,
o reconducir finalmente a las viejas relaciones burguesas.

La reducción, la distribución más equitativa, etc., etc., del impuesto, esa es la
trivial reforma burguesa. La abolición del impuesto, ese es el socialismo burgués. Este socialismo burgués se dirige particularmente
a las clases medias industriales y comerciales y a los campesinos. La
gran burguesía, que ya vive ahora en el mejor de los mundos, desdeña
naturalmente la utopía de un mundo mejor.

El señor Girardin suprime el impuesto al transformarlo en una prima de seguro.
Los miembros de la sociedad se aseguran mutuamente,
mediante el pago de ciertos porcentajes, su patrimonio contra incendios y
catástrofes acuáticas, contra granizadas y quiebras, contra todos los
riesgos imaginables que hoy en día perturban la tranquilidad del goce burgués. La
contribución anual no es fijada solamente por la totalidad de los asegurados,

sino que es determinada por cada individuo mismo. Él mismo tasa su patrimonio. Las crisis comerciales y agrícolas, las pérdidas masivas y
las bancarrotas, | todas las oscilaciones y vicisitudes de la existencia burguesa, epidémicas desde la introducción de la industria moderna, todo
el lado poético de la sociedad burguesa desaparece. La seguridad y el seguro generales se realizan. El burgués tiene por escrito,
de parte del Estado, que bajo ninguna circunstancia puede ser arruinado. Todos
los lados sombríos del mundo existente quedan eliminados, todos sus lados luminosos
subsisten en mayor brillo; en suma, queda realizado el régimen, "que más se
acerca a la representación que el burgués se hace del reino de Dios sobre
la tierra". En lugar de la autoridad, la solidaridad; en lugar de la coacción,
la libertad; en lugar del Estado, un comité administrativo —y el huevo de Colón

está hallado, la contribución matemáticamente exacta de cada "asegurado"
según su patrimonio. Cada "asegurado" lleva en su pecho un Estado constitucional completo,
un desarrollado sistema bicameral.
El temor de pagar demasiado al Estado, la oposición burguesa de la
Cámara de Diputados, lo impulsa a declarar su patrimonio por demasiado bajo. El
interés en la conservación de su posesión, el elemento conservador de la
Cámara de los Pares, lo predispone a sobrestimarlo. Del juego constitucional
de estas direcciones contrapuestas surge necesariamente el verdadero
equilibrio de los poderes, la declaración exactamente correcta del patrimonio, la exacta proporcionalidad de la contribución.

Aquel romano deseaba que su casa fuera de vidrio, para que cada una de
sus acciones estuviera expuesta abiertamente ante los ojos de todos. El burgués no desea que
su casa, sino la de su vecino, sea de vidrio. También este deseo
queda cumplido. Por ejemplo: Un burgués quiere que le haga anticipos o
asociarse conmigo. Le exijo su póliza, y en ella tengo su
confesión completa y detallada de todas sus relaciones burguesas,
garantizada por su interés bien entendido y refrendada por el consejo
de administración del seguro. Un mendigo llama a mi puerta y pide
una limosna. ¡Muestre la póliza! El burgués debe saber que entrega su
limosna al hombre indicado. Se toma a un doméstico, se lo
introduce en casa, uno se confía a él a la ventura: ¡Muestre la póliza! — "¡Cuántos matrimonios se contraen sin que se sepa a | ciencia cierta, de una y otra parte, a qué atenerse en cuanto a
la realidad de lo aportado o las exageradas expectativas recíprocas!": ¡Muestre la póliza! El intercambio de las bellas almas se
limitará en el futuro al intercambio de las respectivas pólizas. Así
desaparece el engaño, que hoy en día constituye el goce y la pena de
la vida, y se realiza el reino de la verdad en el sentido propio de la palabra.
Aún más: "En el sistema actual, los tribunales
le cuestan al Estado unos 7½ millones; en nuestro sistema, los delitos le
producen ingresos, en lugar de costarle, ¡pues se transforman todos en multas y
en indemnización por daños —qué idea!—". En este mejor de los mundos todo es provechoso:
Los crímenes prescriben, y las infracciones producen dinero. Finalmente, como
en este sistema la propiedad está protegida contra todos los riesgos, y el Estado
no es ya más que un seguro general de todos los intereses, los obreros
están siempre ocupados: "¡Ninguna revolución más!"

¡Si eso no es bueno para el burgués,
no sé yo qué pueda ser mejor! —

El Estado burgués no es más que un seguro mutuo
de la clase burguesa frente a sus miembros individuales como frente a la clase explotada,

Clase, un seguro que ha de volverse cada vez más costoso y aparentemente cada vez más independiente frente a la sociedad burguesa, porque la represión de la clase explotada se vuelve cada vez más difícil. El cambio del nombre no modifica en lo más mínimo las condiciones de este seguro. La independencia aparente que el señor Girardin atribuye por un instante a los individuos frente al seguro, tiene él mismo que abandonarla en seguida. Quien tasa su patrimonio demasiado bajo, incurre en una pena: la caja de seguro le compra su propiedad al valor declarado, e incluso provoca la denuncia mediante recompensas. Más aún: quien prefiere no asegurar en absoluto su patrimonio, queda situado fuera de la sociedad, es declarado directamente proscrito. La sociedad, naturalmente, no puede tolerar que se forme en su seno una clase que se rebele contra sus condiciones de existencia. La coerción, la autoridad, la injerencia burocrática, que Girardin precisamente quiere eliminar, retornan a la sociedad. | Si por un momento ha hecho abstracción de las condiciones de la sociedad burguesa, ha sido solo para regresar a ellas por un rodeo.

Detrás de la abolición del impuesto se esconde la abolición del Estado. La abolición del Estado solo tiene sentido para los comunistas como resultado necesario de la abolición de las clases, con lo cual desaparece por sí misma la necesidad del poder organizado de una clase para la represión de otra. En los países burgueses, la abolición del Estado significa la reducción del poder estatal a la medida de Norteamérica. Aquí los antagonismos de clase solo están desarrollados de manera incompleta; las colisiones de clase se encubren cada vez mediante el drenaje de la superpoblación proletaria hacia el Oeste; la intervención del poder estatal, reducida al mínimo en el Este, no existe en absoluto en el Oeste. En los países feudales, la abolición del Estado significa la abolición del feudalismo y el establecimiento del Estado burgués común. En Alemania, detrás de ella se esconde o bien la cobarde huida de las luchas inmediatamente presentes, la exagerada mixtificación de la libertad burguesa hasta la independencia y autonomía absolutas del individuo, o finalmente la indiferencia del burgués frente a toda forma de Estado, siempre que los intereses burgueses no se vean obstaculizados en su desarrollo. Que esta abolición del Estado «en sentido superior» sea predicada de modo tan necio, no son responsables, naturalmente, los Stirner y Faucher berlineses. La plus belle fille de la France ne peut donner que ce qu’elle a.

Lo que queda de la compañía de seguro del señor Girardin es el impuesto sobre el capital, a diferencia del impuesto sobre la renta y en lugar de todos los demás impuestos. El capital del señor Girardin

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Karl Marx/Friedrich Engels

no se limita al capital empleado en la producción; abarca todos los bienes muebles e inmuebles. De este impuesto sobre el capital se jacta: «Es el huevo de Colón, es la pirámide que se sostiene sobre su base y no sobre la punta, el río que excava su propio cauce, la revolución sin los revolucionarios, el progreso sin el retroceso, el movimiento sin choque; es, en fin, la idea simple y la verdadera ley.» |

 De todos los reclamos charlatanescos que el señor Girardin ha hecho jamás —y su número es, como se sabe, legión—, este prospecto del impuesto sobre el capital es, en cualquier caso, la obra maestra.

Por lo demás, el impuesto sobre el capital como impuesto único tiene sus ventajas. Todos los economistas, particularmente Ricardo, han demostrado las ventajas de un impuesto único. El impuesto sobre el capital como impuesto único elimina de un golpe el personal numeroso y costoso de la administración tributaria anterior, interviene lo menos posible en la marcha regular de la producción, circulación y consumo, y, entre todos los impuestos, solo afecta al capital de lujo.

Pero el impuesto sobre el capital no se limita a esto en el señor Girardin. Tiene además efectos de gracia muy particulares.

Capitales de igual magnitud tendrán que pagar al Estado el mismo porcentaje de impuesto, sea que rindan un ingreso del 6 %, del 3 % o ningún ingreso en absoluto. La consecuencia es que los capitales ociosos se pongan en actividad, es decir, aumenten la masa de los capitales productivos; y que los ya activos se esfuercen aún más, esto es, produzcan más en menos tiempo. El resultado de ambas cosas es la caída de la ganancia y de la tasa de interés. El señor Girardin, por el contrario, sostiene que entonces la ganancia y el interés subirán —un verdadero milagro económico. La transformación de capitales improductivos en productivos y la creciente productividad de los capitales en general ha multiplicado y exacerbado el curso de las crisis en el desarrollo industrial, y ha hecho descender la ganancia y la tasa de interés. El impuesto sobre el capital no puede sino acelerar este proceso, agudizar las crisis y, con ello, aumentar la acumulación de elementos revolucionarios. «¡No más revoluciones!»

Un segundo efecto milagroso del impuesto sobre el capital es, según el señor Girardin, que arrastraría los capitales de las tierras poco rentables a la industria más rentable, haría caer los precios de la tierra, transplantaría a Francia la concentración de la propiedad territorial, el gran cultivo inglés y, con ello, toda la desarrollada industria inglesa. Aparte de que, para ello, las demás condiciones de la industria inglesa tendrían que emigrar igualmente a Francia, el señor Girardin comete aquí errores muy singulares. En Francia, la agricultura no padece

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Rezensionen ° III. Le Socialisme et l'impôt. Par Emile de Girardin

| por abundancia, sino por falta de capital. La concentración inglesa y la agricultura inglesa no se han realizado mediante la retirada del capital de la agricultura, sino, al contrario, mediante el lanzamiento del capital industrial sobre la tierra. El precio de la tierra en Inglaterra es con mucho más alto que en Francia; el valor total del suelo inglés es casi tan elevado como toda la riqueza nacional francesa, según la estimación de Girardin. Así pues, el precio de la tierra en Francia no solo no tendría que descender con la concentración, sino que, al contrario, tendría que subir. Además, la concentración de la propiedad territorial en Inglaterra ha barrido por completo a generaciones enteras de la población. La misma concentración, a la que el impuesto sobre el capital tiene que contribuir ciertamente mediante la ruina más rápida de los campesinos, arrojaría en Francia a esa gran masa de campesinos a las ciudades y haría la revolución tanto más inevitable. Y, por último, si en Francia el giro del parcelamiento a la concentración ya ha comenzado, en Inglaterra la gran propiedad territorial avanza a pasos agigantados hacia su nueva fragmentación, y demuestra de manera irrefutable cómo la agricultura tiene que moverse constantemente en este ciclo de concentración y dispersión del suelo mientras subsistan en general las condiciones burguesas.

Basta de estos milagros. Pasemos al crédito sobre prenda.

El crédito contra prenda se abre, ante todo, solo para la propiedad de la tierra. El Estado emite cédulas hipotecarias que corresponden enteramente a los billetes de banco, solo que no es dinero contante o barras, sino la tierra lo que constituye la garantía. Estas cédulas hipotecarias son anticipadas por el Estado a los campesinos endeudados al 4 %, para que satisfagan con ellas a sus acreedores hipotecarios; en lugar del acreedor privado, es ahora el Estado quien tiene hipoteca sobre la finca y consolida la deuda, de modo que nunca puede exigir su reembolso. La deuda hipotecaria total en Francia asciende a 14 millardos. Girardin cuenta ciertamente solo con la emisión de 5 millardos en cédulas hipotecarias; pero el aumento del papel moneda en semejante suma bastaría, no para abaratar el capital, sino para desvalorizar por completo el papel moneda. Con ello, Girardin no se atreve |

 a dar curso forzoso a este nuevo papel. Para evitar la desvalorización, propone a los tenedores de estas cédulas canjearlas a la par por bonos de deuda pública al 3 %. El final de la transacción es, pues, este: el campesino que antes pagaba 5 % de interés y 1 % de comisión de reinscripción, renovación, etc., ya solo paga el 4 %, y gana por tanto el 2 %; el Estado toma prestado al 3 % y presta al 4 %, ganando así el 1 %; el ex acreedor hipotecario, que antes recibía el 5 %, es forzado por la amenaza de desvalorización de las cédulas hipotecarias a aceptar agradecido el 3 % que le ofrece el Estado;

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Karl Marx/Friedrich Engels

pierde, pues, el 2 %. Además, el campesino no necesita pagar su deuda y el acreedor no puede nunca reclamar su crédito al Estado. El negocio se reduce, por tanto, a un despojo directo de los acreedores hipotecarios en un 2 % sobre 5, mal encubierto por las cédulas hipotecarias. Así pues, la única vez en que el señor Girardin, fuera del impuesto, quiere modificar las relaciones sociales mismas, se ve forzado a un ataque directo contra la propiedad privada, tiene que volverse revolucionario y abandonar toda su utopía. Y este ataque ni siquiera proviene de él. Lo ha tomado prestado de los comunistas alemanes, que después de la revolución de febrero fueron los primeros en exigir la transformación de la deuda hipotecaria en una deuda con el Estado, ciertamente de un modo muy distinto al del señor Girardin, quien incluso se opuso a ello. Es significativo que, la única vez que el señor Girardin propone una medida en cierto modo revolucionaria, no tenga el valor de presentar otra cosa que un paliativo, que solo puede hacer más crónico el desarrollo del parcelamiento en Francia, posponerlo por algunos decenios, para al final volver a producir el estado actual.

Lo único que el lector habrá echado de menos en toda la exposición de Girardin son los obreros. Pero el socialismo burgués presupone, en efecto, en todas partes que la sociedad se compone exclusivamente de capitalistas, para poder resolver luego, desde este punto de vista, la cuestión entre capital y trabajo asalariado.

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