Karl Marx/Friedrich Engels

[Reseñas de la "Neue Rheinischen Zeitung.
Politisch-ökonomische Revue".
Cuarto cuaderno, abril de 1850

I
"Latter-Day Pamphlets", edited by Thomas Carlyle -
Nr. I "The Present Time", Nr. II "Model Prisons" -, London 1850

<"Zeitgenössische Pamphlete", herausgegeben von Thomas Carlyle
- Nr. I "Die Gegenwart", Nr. II "Mustergefängnisse">]

Thomas Carlyle es el único escritor inglés sobre el que la literatura alemana ha ejercido una influencia directa y muy considerable. Ya por cortesía, el alemán no puede pasar por alto sus escritos.

Hemos visto en el más reciente escrito de Guizot (cuaderno II de la "N. Rh. Z.") cómo las capacidades de la burguesía están en trance de perecer. En los dos folletos de Carlyle que tenemos ante nosotros presenciamos la decadencia del genio literario ante las luchas históricas que se han vuelto agudas, contra las cuales aquél intenta hacer valer sus inspiraciones proféticas, incomprendidas e inmediatas.

Thomas Carlyle tiene el mérito de haberse enfrentado literariamente a la burguesía en una época en que sus concepciones, gustos e ideas sojuzgaban por completo toda la literatura oficial inglesa, y de un modo que a veces es incluso revolucionario. Así en su Historia de la Revolución Francesa, en su Apología de Cromwell, en el panfleto sobre el cartismo, en "Past and Present". Pero en todos estos escritos, la crítica del presente está estrechamente ligada a una extraña apoteosis antihistórica de la Edad Media, cosa frecuente también entre los revolucionarios ingleses, como Cobbett y una parte de los cartistas. Mientras que en el pasado admira al menos las épocas clásicas de una determinada fase de la sociedad, el presente lo lleva a la desesperación y le infunde horror ante el futuro. Allí donde reconoce o incluso diviniza la revolución, ésta se concentra para él en un solo individuo, un Cromwell o un Danton. A ellos les dedica el mismo culto a los héroes que ha predicado en sus "Lectures on Heroes and Hero-Worship" como única salida frente al presente grávido de desesperación, como nueva religión.

Como las ideas, así es el estilo de Carlyle. Es una reacción directa y violenta contra el estilo moderno-burgués inglés à la Pecksniff, cuya hinchada flojedad, cautelosa prolijidad y moral-sentimental y deshilvanada pesadez se ha transmitido de sus inventores originales, los cockneys cultivados, a toda la literatura inglesa. Frente a ella, Carlyle trató la lengua inglesa como una materia prima completamente bruta, que debía refundir desde sus cimientos. Desempolvó giros y palabras anticuados e inventó otros nuevos según el modelo alemán y, en particular, el de Jean Paul. El nuevo estilo era a menudo tempestuoso y falto de gusto, pero con frecuencia brillante y siempre original. También en esto muestran los "Latter-Day Pamphlets" un notable retroceso.

Por lo demás, es significativo que, de toda la literatura alemana, la cabeza que más ha influido en Carlyle no haya sido Hegel, sino el farmacéutico literario Jean Paul.

Al culto del genio, que Carlyle comparte con Strauß, se le ha extraviado el genio en estos folletos. El culto ha permanecido.

"The Present Time" comienza con la declaración de que el presente es la hija del pasado y la madre del futuro, pero en todo caso una nueva era.

La primera aparición de esta nueva era es un papa reformador. Con el Evangelio en la mano, Pío IX quería, desde el Vaticano, proclamar a la cristiandad "la ley de la verdad".

"Hace más de trescientos años, el trono de San Pedro recibió una perentoria denuncia judicial, una orden auténtica, registrada en la cancillería del cielo, y desde entonces legible en los corazones de todos los hombres de bien, de ponerse en marcha y alejarse, desaparecer y no darnos ya nada que hacer con él y sus engaños y delirios impíos; – y desde entonces ha permanecido por su propia cuenta y riesgo, y tendrá que pagar exacta indemnización por cada día que así ha permanecido. ¿Ley de la verdad? Lo que este papado tenía que hacer conforme a la ley de la verdad era abandonar su podrida vida galvanizada, esa vergüenza ante Dios y los hombres, morir honradamente y dejarse enterrar. Lejos de esto estaba lo que el pobre papa emprendió; y sin embargo era, en lo esencial, sólo eso... ¡Un papa reformador? Turgot y Necker no fueron nada en comparación. Dios es grande, y cuando un escándalo debe terminar, llama para ello a un hombre creyente, que pone manos a la obra con esperanza, no con desesperación." p. 3.

Con sus manifiestos reformadores, el papa había despertado preguntas,

"madres de torbellinos, de incendios mundiales, de terremotos... Preguntas que todos los hombres oficiales deseaban, y en su mayoría también esperaban, aplazar hasta el día del juicio. El día del juicio mismo había llegado, ésa era la terrible verdad." p. 4.

La ley de la verdad había sido proclamada. Los sicilianos

"fueron el primer pueblo que se puso a aplicar esta nueva regla sancionada por el santo padre: No pertenecemos, por la ley de la verdad, a Nápoles ni a estos funcionarios napolitanos. Queremos, con el favor del cielo y del papa, liberarnos de ellos."

De ahí la revolución siciliana.

El pueblo francés, que se considera a sí mismo como una "especie de pueblo mesías", como el "soldado elegido de la libertad", temió que los pobres y despreciados sicilianos pudieran arrebatarle este ramo industrial (trade) – revolución de febrero.

"Como por simpáticas electricidades subterráneas, estalló toda Europa, sin barreras, incontrolable; y tuvimos el año 1848, uno de los años más extraños, más funestos, más asombrosos y, en su conjunto, más humillantes que jamás haya visto el mundo europeo... Los reyes en todas partes y las personas reinantes se quedaron mirando con súbito espanto cuando la voz del mundo entero les ladró a los oídos: ¡Fuera de aquí, mentecatos, hipócritas, histriones, no héroes! ¡Fuera, fuera! Y lo que fue peculiar, y en este año se oyó por primera vez: todos los reyes se apresuraron a irse, como si exclamasen: Somos pobres histriones; eso somos – ¿necesitáis héroes? ¡No nos matéis, qué culpa tenemos! – Ninguno de ellos se volvió atrás y se mantuvo firme sobre su reinado como sobre un derecho por el cual pudiera morir o arriesgar el pellejo. Esto, repito, es la angustiosa peculiaridad del presente. La democracia, en esta nueva ocasión, encuentra a todos los reyes conscientes de que no son otra cosa que comediantes. Huyeron de súbito, algunos de ellos con, por así decirlo, refinada ignominia – por miedo a la cárcel o a algo peor. Y el pueblo, o la plebe, se confió por doquier a su propio gobierno, y la franca carencia de rey (kinglessness), lo que nosotros llamamos anarquía – dichosos si anarquía más un condestable callejero –, está en todas partes al orden del día. Tal fue la historia, desde el Báltico hasta el Mediterráneo, en Italia, Francia, Prusia, Austria, de un extremo a otro de Europa en aquellos días de marzo de 1848. Y así no quedó ningún rey en Europa, ningún rey, salvo el 'haranguer' público <'Redner', Schwätzer>, arengando sobre el barril de cerveza, en el artículo de fondo o reuniéndose con sus iguales en el parlamento nacional. Y durante aproximadamente cuatro meses, toda Francia, y en alto grado toda Europa, acosada por toda clase de delirios, fue una plebe ondulante de arriba abajo, presidida por el señor de Lamartine en el Hôtel de Ville. Un espectáculo preñado de preocupaciones para los hombres pensantes, mientras duró, este pobre señor de Lamartine, sin nada dentro de sí salvo viento melodioso y blando flujo de saliva. Bastante triste: la más elocuente, última encarnación del 'Caos' rehabilitado, ¡capaz de hablar por sí mismo y de persuadir con palabras suaves que es 'Cosmos'! Pero sólo hay que aguardar poco tiempo en tales casos; todos los globos aerostáticos han de soltar su gas bajo la presión de las cosas y caer desagradablemente fláccidos antes de mucho." p. 6-8.

¿Quién fue el que atizó esta revolución general, para la cual ciertamente había materia?

"Estudiantes, jóvenes literatos, abogados, gacetilleros, entusiastas de sangre ardiente e inexpertos, y desesperados salvajes, con razón en bancarrota. Jamás hasta ahora habían tenido jóvenes, y casi niños, semejante mando en los asuntos humanos. ¡Mudados los tiempos desde que la palabra senior, seigneur o aldermann fue primeramente acuñada para significar señor o superior, tal como lo encontramos en las lenguas de todos los hombres!... Si miráis más de cerca, encontraréis que el anciano ha dejado de ser venerable y ha empezado a ser despreciable, un chico necio aún, pero un chico sin la gracia, la magnanimidad y la exuberante fuerza de los muchachos jóvenes. – Este estado de cosas demencial se aliviará naturalmente por sí mismo dentro de poco, como ya ha empezado a hacerlo por doquier; las necesidades ordinarias de la vida cotidiana no pueden coexistir con él, y ellas, cualquiera otra cosa que se eche por la borda, siguen su camino. Una reparación cualquiera de la vieja máquina bajo nuevos colores y formas modificadas se producirá probablemente pronto en la mayoría de los países; los viejos reyes de teatro serán readmitidos bajo condiciones, bajo constituciones con parlamentos nacionales o adminículos por el estilo de moda, y en todas partes la vieja vida cotidiana intentará comenzar de nuevo desde el principio. Pero por ahora no hay esperanza de que tales arreglos puedan tener duración. – En tales oscilaciones malditas, a la deriva como bajo torbellinos sin fondo y corrientes marinas en guerra, sin asentarse sobre cimientos firmes, la sociedad europea tiene que seguir tambaleándose – a veces tropezando sin remedio, luego levantándose otra vez trabajosamente a intervalos cada vez más cortos, hasta que por fin surja a la luz del día la nueva base de roca y las inundaciones de la revuelta y de la necesidad de la revuelta, que suben y bajan, vuelvan a retirarse." p. 8-10.

Hasta aquí la historia, que tampoco en esta forma resulta muy consoladora para el viejo mundo. Ahora viene la moral:

"La democracia universal, cualquiera que sea la opinión que se tenga de ella, es el hecho inevitable de los días en que vivimos." p. 10.

¿Qué es la democracia? Tiene que tener un significado, o no existiría. Así pues, todo depende de encontrar el verdadero significado de la democracia. Si lo logramos, podremos habérnoslas con ella; si no, estamos perdidos. La revolución de febrero fue "una bancarrota general del fraude; ésa es su breve explicación". p. 14. La apariencia y las figuras de la apariencia, "shams", "delusions", "phantasms" <"Täuschungen", "Illusionen", "Trugbilder">, nombres carentes de significado en lugar de las relaciones y cosas reales, en una palabra, la mentira en lugar de la verdad, han dominado en la época moderna. El divorcio individual y social de estas figuras aparentes y espectros, ésa es la tarea de la reforma, y la necesidad de que todo sham, todo fraude cese, es innegable.

Ciertamente, esto podrá parecer extraño a muchos; y a algún sólido inglés, que con sana complacencia digiere su pudin, entre las llamadas clases cultas, le parece sobremanera extraña, como una representación loca e ignorante, completamente heterodoxa y preñada tan sólo de ruina. Se le han vuelto costumbre formas de decoro a las que hace mucho tiempo se les ha perdido su significado, plausibles maneras de comportarse, solemnidades convertidas en puro ceremonial —lo que vosotros, en vuestro humor iconoclasta, llamáis *shams*— durante toda su vida; jamás oyó que en ellas hubiera daño alguno, que sin ellas hubiera progreso alguno. ¿Acaso el algodón no se hilaba por sí mismo, no se cebaba el ganado, y los artículos coloniales y las especias no llegaban de oriente y occidente, de lo más confortablemente, al lado de los *shams*?» p. 15.

¿Llevará a cabo ahora la democracia esta necesaria reforma, esta liberación de los *shams*?

«La democracia, cuando esté organizada por medio del sufragio universal, ¿llevará a cabo esta saludable transición universal de la ilusión a lo real, de lo falso a lo verdadero, y poco a poco creará un mundo bendito?» p. 17.

Carlyle lo niega. Ve en la democracia y en el sufragio universal, en general, sólo un contagio de todos los pueblos por la superstición inglesa de la infalibilidad del gobierno parlamentario. La tripulación de aquel barco que había perdido el rumbo en torno al Cabo de Hornos y, en lugar de atender al viento y al tiempo y usar el sextante, votó sobre el camino a seguir y declaró infalible la decisión de la mayoría —eso es el sufragio universal que quiere gobernar el Estado. Tanto para el individuo como para la sociedad, lo único que importa es descubrir las verdaderas regulaciones del universo, las leyes naturales eternamente vigentes en relación con la tarea que en cada caso se presenta, y obrar según ellas. A quien nos revele estas leyes eternas, lo seguimos, «sea el zar de Rusia o el parlamento cartista, el arzobispo de Canterbury o el Dalai-Laina». Pero ¿cómo descubrimos estas eternas prescripciones de Dios? En todo caso, el sufragio universal, que entrega a cada uno una papeleta y cuenta las cabezas, es el peor camino para ello. El universo es de naturaleza muy exclusiva y desde siempre ha comunicado sus secretos sólo a unos pocos elegidos, a una pequeña minoría de nobles y sabios. Por eso nunca ha podido existir nación alguna sobre la base de la democracia. ¿Los griegos y los romanos? Todo el mundo sabe hoy día que no constituían democracias, que la esclavitud era la base de sus Estados. De las diversas repúblicas francesas es del todo superfluo hablar. ¿Y la república modelo norteamericana? De los americanos no puede decirse siquiera, hasta ahora, que constituyan una nación, un Estado. La población americana vive sin gobierno; lo que aquí está constituido es la anarquía más un constable callejero. Lo que hace posible este estado de cosas son las enormes extensiones de tierra aún inculta y el respeto, importado de Inglaterra, por la porra del constable. Con el crecimiento de la población, también esto se acabará.

«¿Qué gran alma humana, qué gran pensamiento, qué gran causa noble, digna de ser adorada o a la que se pudiera tributar rendida admiración, ha producido aún América?» p. 25. — Ha duplicado su población cada veinte años —voilà tout <eso es todo>.

Así, de este lado y del otro del Atlántico, la democracia es para siempre imposible. El universo mismo es una monarquía y una jerarquía. Ninguna nación en la que el divino y perpetuo deber de dirigir y controlar a los ignorantes no esté confiado al más noble con su selecta serie de más nobles, tiene el reino de Dios, corresponde a las eternas leyes naturales.

Ahora nos enteramos también del secreto, del origen y de la necesidad de la democracia moderna. Consiste simplemente en que el falso noble (*sham-noble*) ha sido elevado y consagrado por la tradición o por engaños recién inventados.

¿Y quién ha de descubrir la verdadera piedra preciosa, con todo su engarce de joyas humanas más pequeñas y de perlas? No, ciertamente, el sufragio universal, pues sólo el noble puede dar con el noble. Y así, Carlyle declara que Inglaterra aún posee multitud de tales nobles y «reyes», y los insta, en la pág. 38, a presentarse ante él.

Como se ve, el «noble» Carlyle parte de un punto de vista enteramente panteísta. Todo el proceso histórico no está condicionado por el desarrollo de las masas vivientes mismas, que depende, naturalmente, de premisas determinadas, pero a su vez históricamente producidas y cambiantes, sino que está condicionado por una ley natural eterna, invariable para todos los tiempos, de la que hoy se aleja y a la que mañana vuelve a aproximarse, y de cuyo recto conocimiento todo depende. Este recto conocimiento de la eterna ley natural es la verdad eterna; todo lo demás es falso. Con este modo de ver, las contraposiciones reales de clase, por muy diferentes que sean en las distintas épocas, se disuelven todas en la única gran y eterna contraposición de aquellos que han sondeado la eterna ley natural y obran según ella, los sabios y nobles, y aquellos que la entienden mal, la tergiversan y actúan contra ella, los necios y los canallas. La diferencia de clase producida históricamente se convierte así en una diferencia natural, que uno ha de reconocer y venerar como una parte de la ley natural eterna, inclinándose ante los nobles y sabios de la naturaleza: culto al genio. Toda la concepción del proceso de desarrollo histórico se aplana en la trivialidad llana de la sabiduría de iluminados y francmasones del siglo pasado, en la simple moral de «La flauta mágica» y en un sansimonismo infinitamente degenerado y banalizado. Con ello surge, naturalmente, la vieja cuestión de quién debe gobernar en realidad, la cual se discute con fatuidad altisonante de la manera más extensa y se responde al fin que han de gobernar los nobles, los sabios y los entendidos, a lo que luego se enlaza de manera muy natural la conclusión de que hay que gobernar mucho, muchísimo, que nunca se podrá gobernar demasiado, ya que gobernar es la constante revelación y puesta en vigor de la ley natural frente a la masa. Pero ¿cómo se ha de descubrir a los nobles y sabios? Ningún milagro sobrenatural los revela; hay que buscarlos. Y aquí vuelven a aparecer las diferencias históricas de clase, convertidas en diferencias puramente naturales. El noble es noble porque es sabio, entendido. Por tanto, habrá que buscarlo entre las clases que poseen el monopolio de la cultura —entre las clases privilegiadas, y esas mismas clases serán las que hayan de hallarlo en su seno, las que hayan de decidir sobre sus pretensiones al rango de noble y sabio. Con ello, las clases privilegiadas se convierten de inmediato, si no directamente en la clase noble y sabia, sí en la clase «articulada»; las clases oprimidas son, naturalmente, las «mudas inarticuladas», y así queda sancionada de nuevo la dominación de clase. Toda la batahola altamente indignada se transforma en un reconocimiento un tanto disimulado de la dominación de clase existente, que tan sólo rezonga y refunfuña porque los burgueses no asignan a sus genios desconocidos un puesto en la cúspide de la sociedad y, por consideraciones muy prácticas, no se avienen a las fanáticas paparrucherías de estos señores. De cómo también aquí la grandilocuente jeremiada se trueca en su contrario, de cómo el noble, el instruido y el sabio se convierte en la práctica en el vulgar, el ignorante y el necio, nos ofrece Carlyle ejemplos contundentes.

Se vuelve, pues para él todo depende de un gobierno fuerte, con la más viva indignación contra el griterío en pro de la liberación y la emancipación;

«Seamos todos libres; el uno del otro. Libres sin atadura ni trabazón, excepto la del pago al contado; jornal honrado por trabajo honrado, fijado por contrato voluntario y por la ley de la oferta y la demanda; esto se imagina uno que es la verdadera solución de todas las dificultades e injusticias que han ocurrido entre hombre y hombre. Para rectificar la relación que existe entre dos hombres, ¿no hay otro método que eliminarla por completo?» p. 29.

Esta completa disolución de todos los vínculos, de todas las relaciones entre los hombres, alcanza naturalmente su cúspide en la anarquía, la ley de la ilegalidad, el estado en que el vínculo de los vínculos, el gobierno, está completamente cortado. Y hacia eso se tiende en Inglaterra como en el continente, incluso en la «sólida Germania».

Así despotrica Carlyle durante varias páginas, mezclando de una manera sumamente extraña república roja, fraternité <hermandad>, Louis Blanc, etc., con el *free trade*, la abolición de los aranceles del trigo, etc. Cf. pág. 29-42. Carlyle confunde e identifica, pues, la aniquilación de los vestigios del feudalismo que aún se conservan por tradición, la reducción del Estado a lo estrictamente necesario y más barato, la implantación plena de la libre competencia por la burguesía, con la supresión de esas mismas relaciones burguesas, con la abolición del antagonismo entre capital y trabajo asalariado, con el derrocamiento de la burguesía por el proletariado. ¡Espléndido retorno a la «noche de lo absoluto», en la que todas las vacas son pardas! ¡Profunda ciencia del «sabio», que no sabe la primera palabra de lo que a su alrededor acontece! ¡Extraña sagacidad que, con la abolición del feudalismo o de la libre competencia, cree abolidas todas las relaciones entre los hombres! ¡Concienzuda indagación de la «eterna ley natural», que cree muy de veras que ya no vendrán al mundo más niños en cuanto los padres no acudan previamente al ayuntamiento para «unirse» en matrimonio!

Después de este edificante ejemplo de la sabiduría que viene a parar en pura ignorancia, nos da también Carlyle la prueba de cómo la magnanimidad que tanto profesa se trueca de inmediato en la más desnuda bajeza, en cuanto desciende de su cielo de frases y sentencias al mundo de las relaciones reales.

«En todos los países europeos, y especialmente en Inglaterra, se ha desarrollado ya en cierta medida una clase de capitanes y comandantes de hombres, reconocible como el comienzo de una nueva aristocracia, real y no imaginaria: los capitanes de la industria, felizmente la clase que más falta hace en estos tiempos. Y ciertamente, por el otro lado no faltan hombres que necesitan ser comandados: esa triste clase de hermanos hombres que hemos descrito como los caballos emancipados de Hodge, reducidos a una indolencia vagabunda y hambrienta, esa clase también se ha desarrollado en todos los países y se sigue desarrollando cada vez más en ominosa progresión geométrica con rapidez angustiosa. Sobre esta base, puede decirse con verdad que la organización del trabajo es la tarea vital universal del mundo.» p. 42, 43.

Después de que Carlyle, en las primeras cuarenta páginas, ha despotricado una y otra vez con toda su virtuosa furia contra el egoísmo, la libre competencia, la abolición de los vínculos feudales entre hombre y hombre, la oferta y la demanda, el laissez faire, el hilado de algodón, el pago al contado, etc., etc., nos encontramos de pronto con que los principales representantes de todas estas shams, los burgueses industriales, no solo pertenecen a los celebrados héroes y genios, sino que constituyen incluso la parte por ahora necesaria de estos héroes; con que el triunfo de todos sus ataques contra las relaciones e ideas burguesas es la apoteosis de las personas burguesas. Más singular parece aún el que Carlyle, después de haber encontrado a los que comandan y a los comandados en el trabajo, es decir, una determinada organización del trabajo, declare sin embargo esta organización como un gran problema aún por resolver. Pero que nadie se engañe. No se trata de la organización de los trabajadores regimentados, sino de la de los trabajadores no regimentados, de los trabajadores sin jefe, y esta se la ha reservado Carlyle para sí mismo. Lo vemos, al final de su folleto, aparecer de repente como primer ministro británico in partibus, convocar a los tres millones de mendigos irlandeses y demás, desposeídos aptos para el trabajo, nómadas o estacionarios, y a la asamblea nacional general de los pauperes británicos fuera del workhouse y dentro del workhouse, y "arengarlos" en un discurso en el que a los desposeídos

primeramente les repite todo
lo que ya antes había confiado al lector, y luego se dirige a la sociedad escogida como sigue:

"Vagabundos desposeídos e inútiles, insensatos muchos de vosotros,
criminales muchos de vosotros, ¡miserables todos! Vuestra visión me llena de asombro y
desesperación. He aquí alrededor de tres millones de vosotros, algunos caídos en el abismo de la
mendicidad directa, y, terrible es decirlo, cada uno que cae carga con su peso tanto más sobre la cadena
que arrastra a los otros. Al borde de este abismo penden incontables millones, acrecentándose,
según me dicen, en mil doscientos cada día, cayendo, cayendo uno tras otro, y la cadena se vuelve
cada vez más pesada, y ¿quién, al final, podrá sostenerse aún en pie? – ¿Qué hacer ahora con vosotros? ... Los
demás, que aún están en pie, luchan con sus propias penurias, eso puedo deciros; pero vosotros,
por deficiente energía y excesivo apetito, por demasiado poco trabajo hecho y demasiada
cerveza bebida, habéis demostrado que no podéis. Sabed
que, quienesquiera que puedan ser los hijos de la libertad, vosotros, por vuestra parte,
no lo sois y no podéis serlo; vosotros sois palpablemente prisioneros, no libres ... Tenéis
la naturaleza de esclavos, o, si lo preferís, de siervos nómadas vagabundos,
que no aciertan a encontrar amo ... No como gloriosamente desdichados hijos de la
libertad, sino como notorios prisioneros, como desdichados hermanos caídos, que
exigen que yo los comande y, si es necesario, los controle y los someta a yugo, podréis de ahora en adelante
entrar en relación conmigo ... Ante el cielo y la tierra y Dios, el creador de todos nosotros,
declaro que es un escándalo
ver sostenida tal
vida en vosotros por el sudor y la sangre del corazón de vuestros hermanos, y
que, si no podemos mejorarlo, sería preferible la muerte ... Alistaos
en mis regimientos irlandeses, mis escoceses, mis ingleses de la
nueva
era,
vosotros, pobres bandidos errantes, obedeced, trabajad, sufrid, ayunad, como todos nosotros hemos tenido que hacerlo ...
Coroneles industriales, maestros de obra, capataces, señores sobre la vida y la muerte,
justos como Radamanto e inflexibles como él, esos os hacen falta, y serán hallables para vosotros
tan pronto como estéis bajo los artículos de guerra ... A cada uno de vosotros le diré
entonces: He aquí trabajo para ti; empréndelo con bravura, con varonil,
soldadesca obediencia y buen ánimo, y sométete según los métodos que yo
aquí dicto, – la recompensa se te seguirá sin dificultad ... Rehúsate, retrocede ante el trabajo
agrio, no obedezcas las prescripciones, y trataré de amonestarte y aguijonearte;
si en vano, te azotaré; si todavía en vano, por fin te fusilaré." p. 46-55.

La nueva
era
, en la que reina el genio, se distingue, pues, de la vieja era
principalmente en que el látigo se imagina ser genial. El genio Carlyle se distingue del primer cancerbero de prisión o inspector de pobres que se presente por la virtuosa indignación y la conciencia moral de que solo martiriza a los pauperes para elevarlos
a
su
altura. Vemos aquí al genio grandilocuente, en su cólera redentora del mundo, justificar fantásticamente y
exagerar

las infamias del burgués. Si la
burguesía
inglesa había asimilado los pauperes a los criminales para disuadir del pauperismo, si había creado
la ley de pobres de 1834, Carlyle acusa a los pauperes de
alta traición
porque
el pauperismo genera el pauperismo. Así como antes la clase dominante históricamente surgida, la burguesía industrial, ya por el hecho de dominar, era partícipe del genio, así ahora toda clase oprimida, cuanto más profundamente oprimida está, tanto más queda excluida del genio, tanto más expuesta a la furia rabiosa de nuestro incomprendido reformador. Así aquí los pauperes. Pero su ira ético-noble alcanza la cima más alta frente a los absolutamente ruines e innobles, los "villanos", es decir, los
criminales
. De
estos trata en el folleto sobre las cárceles modelo.

Este folleto se distingue del primero solo por una furia aún mucho
mayor, tanto más barata cuanto que se dirige contra los oficialmente expulsados de la sociedad existente, contra gentes bajo cerrojo y llave; una furia que se despoja incluso de lo poco de vergüenza que los burgueses corrientes, por el qué dirán, aún exhiben. Así como Carlyle en el primer panfleto establece una completa jerarquía de los nobles y rastrea al más noble de los nobles, así aquí dispone una jerarquía igualmente completa de los villanos y ruines y se afana por atrapar
al peor de los
peores
, al
mayor villano
de Inglaterra, para tener la voluptuosidad de colgarlo. Supongamos que lo atrapa y lo cuelga; entonces otro es para nosotros el peor y debe ser colgado de nuevo, y luego otro, y otro, hasta que la fila llega por fin a los nobles, y luego a los más nobles, y al final no queda nadie más que Carlyle, el más noble, quien, como perseguidor de los villanos, es a la vez asesino de los nobles y ha asesinado también en los villanos lo noble; el más noble de los nobles, que de repente se transforma en el más ruin de los villanos y como tal tiene que colgarse
a sí mismo
. Con esto quedarían entonces resueltas todas las cuestiones sobre el gobierno, el Estado, la organización del trabajo, la jerarquía de lo noble, y la eterna ley natural, por fin, realizada.

II

"Les Conspirateurs"
, por
A. Chenu,
ex-capitaine des gardes du
citoyen Caussidière – Les sociétés secrètes; La préfecture de
police sous Caussidière; Les corps-francs –, París 1850

"La naissance de la République
en Février 1848", por

Lucien de la Hodde,
París 1850

Nada sería más deseable que
las personas que estuvieron a la cabeza del partido del movimiento, ya sea antes de la revolución en las
sociedades secretas o en la prensa, ya sea más tarde en posiciones oficiales, fuesen finalmente
pintadas con recíos colores rembrandtescos, en toda su vivacidad. Las
representaciones habidas hasta ahora jamás nos pintan a estas personalidades en su figura real, solo en
su figura oficial, con el coturno en el pie y la aureola en torno a la cabeza. En estas
acicaladas imágenes rafaelescas se pierde toda verdad de la representación.

Los dos escritos presentes quitan, ciertamente, el coturno y la aureola con los que
los "grandes hombres" de la revolución de febrero acostumbraban a aparecer hasta ahora. Penetran en
la vida privada de estas personas, nos las muestran en negligé, con todo su
entorno de sujetos subalternos de muy diversa índole. Pero no por ello están menos alejados
de una verdadera y fiel representación de las personas y los acontecimientos. De sus
autores, uno es un confeso espía de policía
de Luis Felipe desde hace largos años, el otro un viejo conspirador de profesión, cuyas relaciones con
la policía son asimismo muy equívocas y cuya capacidad de percepción queda ya caracterizada
por el hecho de que entre Rheinfelden y Basilea quiere haber visto "aquella espléndida
cadena alpina, cuyas cimas plateadas deslumbran la vista", y entre Kehl y Karlsruhe "los
Alpes renanos, cuyas lejanas cimas se perdían en el horizonte". De tales
personas, sobre todo cuando escriben además para su justificación personal, solo
cabe esperar, ciertamente, una crónica escandalosa más o menos exagerada
de la revolución de febrero.

El señor de la Hodde busca presentarse en su folleto como el espía de la novela de Cooper.
Él se ha, afirma, hecho benemérito de la sociedad, al paralizar las sociedades secretas durante ocho

años.
Pero del espía de Cooper al señor de la Hodde hay mucho, muchísimo trecho. El señor de la
Hodde, colaborador del "Charivari", miembro del comité central de la
"société des
nouvelles Saisons"
desde 1839, corredactor de la "Réforme" desde su fundación y
al mismo tiempo espía pagado del prefecto de policía Delessert, no está más comprometido por nadie
que por Chenu. Su escrito está directamente provocado por las revelaciones de Chenu, pero se cuida muy bien de responder ni con una sílaba a lo que Chenu dice sobre el propio de la Hodde. Esta parte de las memorias de Chenu es, por lo menos, auténtica.

"En uno de mis vagabundeos nocturnos", cuenta Chenu, "observé
a de la Hodde, que paseaba arriba y abajo por el Quai Voltaire. La lluvia caía a torrentes,
y esta circunstancia me hizo reflexionar. ¿Estaría casualmente este querido de la Hodde sacando también
de la caja de los fondos secretos? Pero me acordé de sus canciones,
de sus magníficas estrofas sobre Irlanda y Polonia, y señaladamente de los violentos artículos que
escribía en el diario 'La Réforme'" (mientras el señor de la Hodde intenta presentarse como el
apaciguador de la "Réforme"). "'Buenas noches, de la Hodde, ¿qué demonios
haces aquí a esta hora y con este tiempo espantoso?' – 'Espero a un pelmazo
que me debe dinero, y como pasa por aquí todas las noches a esta hora,
me pagará, o...' – y golpeó violentamente con su bastón el parapeto del Quai."

De la Hodde busca quitárselo de encima y se dirige hacia el Pont du Carrousel. Chenu se aleja
en dirección contraria, pero solo para esconderse bajo las arcadas del Instituto.
De la Hodde vuelve pronto, mira cuidadosamente hacia todos lados y pasea de nuevo arriba y abajo.

"Un cuarto de hora después advertí el carruaje con los dos pequeños faroles verdes que mi ex agente me había señalado" (un antiguo espía que había revelado a Chenu en la cárcel un montón de secretos policiales y signos de reconocimiento). "Se detuvo en la esquina de la Rue des Vieux-Augustins. Un hombre descendió; de la Hodde se dirigió directamente hacia él; hablaron un momento, y vi a de la Hodde hacer el movimiento de alguien que guarda dinero en su bolsillo. — Después de este incidente hice todo lo posible por apartar a de la Hodde de nuestras reuniones y, sobre todo, por impedir que Albert cayera en un lazo, pues era la piedra angular de nuestro edificio. Unos días más tarde, la 'Réforme' rechazó un artículo del señor de la Hodde. Su vanidad literaria fue herida por ello. Le aconsejé que se vengara fundando otro periódico. Siguió ese consejo y publicó con Pilhes y Dupoty incluso el prospecto de un periódico 'Le Peuple', y durante ese tiempo estuvimos casi completamente libres de él." — Chenu, págs. 46-48.

Vemos: el espía a lo Cooper se convierte en la prostituta política de la especie más vil, que acecha en la calle, bajo la lluvia, el pago de su *cadeau* <su recompensa> por el primer *officier de paix* <juez de paz, aquí: agente de policía> que se presente. Vemos, además: no de la Hodde, como quisiera hacer creer, sino Albert estaba al frente de las sociedades secretas. Esto se desprende, en general, de toda la exposición de Chenu. El *mouchard* «en interés del orden» se convierte aquí de repente en el escritor ofendido, que se irrita porque en la «Réforme» no se acepten sin más los artículos del colaborador del «Charivari», y que por eso rompe con la «Réforme», un verdadero órgano de partido en el que podía ser útil a la policía, para fundar un nuevo periódico donde, a lo sumo, podía satisfacer su vanidad de literato. Así como las prostitutas mediante un cierto sentimiento, así el *mouchard* buscaba salvarse de su sucia posición mediante sus pretensiones de escritor. El odio contra la «Réforme», que recorre todo su panfleto, se disuelve en el más trivial rencor de escritorzuelo. Vemos, por último, que de la Hodde fue siendo cada vez más desplazado de las sociedades secretas en la época más importante de estas, poco antes de la revolución de Febrero; y de aquí se explica por qué, en completo contraste con Chenu, en este período, según su propia exposición, decaen cada vez más.

Pasemos ahora a la escena en que Chenu describe el desenmascaramiento de las traiciones de de la Hodde después de la revolución de Febrero. El partido de la «Réforme» se había reunido en casa de Albert, en el Luxembourg, por invitación de Caussidière. Estaban presentes Monnier, Sobrier, Grandmenil, de la Hodde, Chenu, etc. Caussidière abrió la sesión y dijo después:

«Hay un traidor entre nosotros. Nos constituiremos en tribunal secreto para juzgarlo. — Grandmenil, como el más anciano de los presentes, fue nombrado presidente y Tiphaine secretario. Ciudadanos, prosiguió Caussidière como acusador público, durante mucho tiempo hemos acusado a patriotas honrados. Estábamos muy lejos de sospechar qué serpiente se había deslizado entre nosotros. Hoy he descubierto al verdadero traidor: ¡es Lucien de la Hodde! — Este, que hasta entonces había permanecido completamente tranquilo, se levantó de un salto ante esta acusación directa. Hizo un movimiento hacia la puerta. Caussidière la cerró rápidamente, sacó una pistola y gritó: ¡Si te mueves, te saltaré la tapa de los sesos! — De la Hodde protestó ardientemente su inocencia. Bien, dijo Caussidière. Aquí hay un legajo con mil ochocientos informes al prefecto de policía — y entregó a cada uno de nosotros los informes que le concernían específicamente. De la Hodde negó obstinadamente que esos informes, firmados Pierre, procedieran de él, hasta que Caussidière leyó la carta publicada en sus memorias, una carta en la que de la Hodde ofrecía sus servicios al prefecto de policía y que había firmado con su verdadero nombre. A partir de ese momento el desdichado no negó más, trató de disculparse con la miseria que le había inspirado la fatal idea de arrojarse en brazos de la policía. Caussidière le tendió la pistola, último medio de salvación que le quedaba. De la Hodde suplicó entonces a sus jueces, gimió pidiendo clemencia, pero permanecieron inflexibles. Bocquet, uno de los presentes, perdiendo la paciencia, agarró la pistola y se la ofreció tres veces con las palabras: *Allons* <Vamos>, ¡salta la tapa de los sesos, cobarde, cobarde, o yo mismo te mato! — Albert se la arrebató de la mano: ¡Pero piensa que un pistoletazo, aquí en el Luxembourg, alarma a todo el mundo! — Cierto, gritó Bocquet, precisamos veneno. — ¿Veneno? dijo Caussidière, he traído veneno, y de todas las clases. Tomó un vaso, lo llenó de agua, que azucaró, luego echó un polvo blanco, se lo ofreció a de la Hodde, que retrocedió horrorizado: ¿Queréis, pues, asesinarme? — Sí, dijo Bocquet, bebe. — De la Hodde ofrecía un aspecto terrible. Sus facciones palidecieron, sus cabellos, muy rizados y bien peinados, se erizaron sobre su cabeza. El sudor inundó su rostro. Suplicaba, lloraba: ¡No quiero morir! Pero Bocquet, inflexible, seguía sosteniendo el vaso. *Allons*, bebe de una vez, dijo Caussidière, estarás con el diablo antes de que te des cuenta. — ¡No, no, no beberé! Y en su perturbación mental añadió con un gesto terrible: ¡Oh, me vengaré de todos estos tormentos!

Cuando se vio que toda apelación al *point d'honneur* <sentimiento del honor> no daba fruto, de la Hodde fue finalmente indultado por intercesión de Albert y llevado a la prisión de la Conciergerie.» Chenu, págs. 134-136.

El pretendido espía a lo Cooper se vuelve cada vez más lamentable. Lo vemos aquí en todo su desprecio, sabiendo oponer resistencia a sus adversarios solo mediante su cobardía. Le reprochamos, no que no se matara a sí mismo, sino que no derribara a tiros al primero de sus adversarios. Busca salvarse a posteriori mediante un escrito en el que intenta presentar toda la revolución como una mera *escroquerie* <estafa>. El verdadero título de ese escrito es: «El policía decepcionado». Demuestra que una verdadera revolución es justo lo contrario de las representaciones del *mouchard*, quien, coincidiendo con los «hombres de acción», ve en cada revolución la obra de una pequeña camarilla. Mientras que todos los movimientos provocados más o menos arbitrariamente por camarillas siguieron siendo meras *emeutes*, de la propia exposición de de la Hodde se desprende, por una parte, que los republicanos oficiales al comienzo de las jornadas de Febrero desesperaban aún de conquistar la república, y por otra parte, que la burguesía tuvo que ayudar a conquistar la república sin quererla, es decir, que la república de Febrero fue provocada necesariamente por las circunstancias que empujaron a las calles a las masas del proletariado, situado al margen de todas las camarillas, y mantuvieron en casa a la mayoría de la burguesía o la obligaron a una acción común con él. — Por lo demás, lo que comunica de la Hodde es extremadamente pobre y se reduce a los más banales chismorreos. Solo una escena es interesante: la reunión de los demócratas oficiales en el local de la «Réforme» la tarde del 21 de febrero, en la que los jefes se pronunciaron decididamente contra un ataque violento. El contenido de sus discursos atestigua, en general, para ese día, una comprensión aún correcta de las relaciones. Ridícula es solo la forma pomposa y la pretensión posterior de esas mismas personas de haber provocado la revolución desde el principio con conciencia y deliberación. Por lo demás, lo peor que de la Hodde puede achacarles es que lo toleraron durante tanto tiempo entre ellos.

Vayamos a Chenu. ¿Quién es el señor Chenu? Es un viejo conspirador, partícipe desde 1832 en todas las *emeutes* y bien conocido de la policía. Llamado a la conscripción, deserta pronto y permanece sin ser descubierto en París, a pesar de su nueva participación en conspiraciones y en la *emeute* de 1839. En 1844 se presenta a su regimiento, y cosa curiosa, a pesar de sus bien conocidos antecedentes, el tribunal de guerra le es perdonado por el general de división. Más aún: no cumple su tiempo de servicio en el regimiento, sino que puede volver a París. En 1847 está implicado en la conspiración de las bombas incendiarias; escapa a un intento de detención, pero no por ello permanece menos en París, aunque es condenado *in contumaciam* <en rebeldía> a cuatro años. Acusado por primera vez por sus co-conspiradores de estar en contacto con la policía, se va a Holanda, de donde regresa el 21 de febrero de 1848. Después de la revolución de Febrero llega a ser capitán en las guardias de Caussidière. Caussidière pronto sospecha de él (una sospecha que tiene muchas probabilidades) de estar en contacto con la policía especial de Marrast, y lo aleja sin mucha resistencia a Bélgica y después a Alemania. El señor Chenu se deja enrolar con bastante buena voluntad, sucesivamente, en los cuerpos francos belgas, alemanes y polacos. Y todo eso en una época en que el poder de Caussidière empezaba ya a tambalearse, y aunque Chenu pretende haberlo dominado por completo; así, afirma que, habiendo sido detenido una vez, lo obligó mediante una carta amenazadora a ponerlo en libertad inmediatamente. Basta con esto sobre el carácter y la credibilidad de nuestro autor.

Las cantidades de afeites y pachulí con que las prostitutas intentan sofocar los aspectos menos atractivos de su existencia física se encuentran reproducidas literariamente en el *bel-esprit* <espíritu bello> con que de la Hodde perfuma su panfleto. El carácter literario del libro de Chenu, en cambio, recuerda a menudo, por la ingenuidad y la vivacidad de la exposición, a Gil Blas. Así como Gil Blas, en las más diversas aventuras, sigue siendo siempre criado y lo juzga todo según el rasero del criado, así Chenu, desde la *emeute* de 1832 hasta su apartamiento de la prefectura, sigue siendo siempre el mismo conspirador subalterno, cuya estrechez de miras específica se deja diferenciar, por lo demás, muy exactamente de las planas reflexiones del «faiseur» literario que le ha asignado el Elíseo. Es claro que tampoco en Chenu puede hablarse de una comprensión del movimiento revolucionario. En su escrito solo son interesantes, por tanto, los capítulos en los que describe, más o menos imparcialmente, por visión directa: los *conspirateurs* y el héroe Caussidière.

Se conoce la inclinación de los pueblos románicos a las conjuras y el papel que éstas han desempeñado en la historia moderna de España, Italia y Francia. Tras las derrotas de los conjurados españoles e italianos a comienzos de los años veinte, Lyon y, sobre todo, París se convirtieron en los centros de las conexiones revolucionarias. Es sabido cómo, hasta 1830, los burgueses liberales estuvieron al frente de las conjuras contra la Restauración. Después de la Revolución de Julio, la burguesía republicana ocupó su lugar; el proletariado, ya educado en la conspiración bajo la Restauración, pasó a primer plano en la medida en que los burgueses republicanos, escarmentados por las vanas luchas callejeras, se apartaron de las conspiraciones. La *société des saisons*, con la que Barbès y Blanqui realizaron la insurrección de 1839, era ya exclusivamente proletaria, y lo mismo fueron las *nouvelles saisons* formadas después de la derrota, a cuyo frente se puso Albert y en las que participaron Chenu, de la Hodde, Caussidière, etc. La conjura permanecía, a través de sus jefes, en contacto constante con los elementos pequeñoburgueses representados en la *Réforme*, pero se mantuvo siempre muy independiente. Estas conspiraciones jamás abarcaron, naturalmente, a la gran masa del proletariado parisino. Se limitaban a un número relativamente pequeño y siempre fluctuante de miembros, compuesto en parte por conspiradores viejos, estacionarios, regularmente legados por cada sociedad secreta a su sucesora, y en parte por obreros recién reclutados.

Entre estos viejos conspiradores, Chenu describe casi exclusivamente la clase a la que él mismo pertenece: los
conspiradores de profesión
. Con el desarrollo de las conspiraciones proletarias surgió la
necesidad de la división del trabajo; los miembros se dividían en
conspiradores de ocasión, *conspirateurs d'occasion*, es decir, obreros que practicaban la conjura sólo al margen de su ocupación habitual, que sólo asistían a las reuniones y se mantenían dispuestos a presentarse en el lugar de concentración a la orden de los jefes, y en conspiradores
de profesión, que dedicaban toda su actividad a la conjura y vivían de ella.
Éstos formaban la capa intermedia entre los obreros y los jefes, y con frecuencia se infiltraban incluso entre estos últimos.

La posición vital de esta clase condiciona ya de antemano todo su carácter. La
conspiración proletaria les ofrece, naturalmente, medios de existencia muy limitados e inseguros.
Por eso se ven constantemente forzados a echar mano de las cajas de la conjura.
Algunos de ellos entran también directamente en colisión con la sociedad burguesa
en general y figuran, con más o menos decoro, ante los tribunales de policía correccional. Su existencia fluctuante, en lo particular más dependiente del azar que de su
actividad, su vida irregular cuyas únicas estaciones fijas son las tabernas de los *marchands de vin* (taberneros) – las casas de cita de los
conjurados–, y sus inevitables relaciones con toda clase de gentes equívocas, los sitúan en aquel círculo de vida que en París se llama *la bohème*. Estos bohemios democráticos de
origen proletario –existe también una bohemia democrática de origen burgués,
los haraganes democráticos y *piliers d'estaminet* (parroquianos de taberna)– son, pues,
o bien obreros que han abandonado su trabajo y por ello se han disuelto, o
sujetos que proceden del *lumpenproletariado* y trasladan a su nueva existencia todos los hábitos disolutos de esta clase.
Se comprende cómo, en estas circunstancias, en casi todo proceso de conspiración se encuentran envueltos un par de *repris de justice* (condenados anteriores).

Toda la vida de estos conspiradores de profesión lleva el carácter más acusado
de la bohemia. Suboficiales reclutadores de la conjura, van de *marchand de vin* en
*marchand de vin*, toman el pulso a los obreros, eligen a sus hombres, los engatusan para que entren en
la conjura, y hacen que o bien la caja de la sociedad o bien el nuevo amigo corra con
los gastos del inevitable consumo de litros. El *marchand de vin* es,
en general, su auténtico padre hospedero. En su casa permanece el conspirador la
mayor parte del tiempo; allí tiene sus citas con sus colegas, con la gente de su sección,
con los que van a ser reclutados; allí, en fin, tienen lugar las reuniones secretas de las secciones y de los jefes de sección (grupos). El conspirador, ya de natural muy alegre como todos los proletarios parisinos,
se convierte pronto, en esta ininterrumpida atmósfera tabernaria, en el más consumado *bambocheur* (juerguista). El sombrío conjurado que, en las sesiones secretas, despliega una espartana severidad de virtud, se deshiela de repente y se transforma en un parroquiano conocido en todas partes, que sabe apreciar muy bien el vino y el sexo femenino. Este humor tabernario se realza aún por los constantes peligros a los que está expuesto el conspirador; en cualquier momento puede ser llamado a la barricada y caer allí; a cada paso le tiende la policía lazos que pueden llevarlo a la prisión o incluso a galeras. Tales peligros constituyen precisamente el atractivo del oficio; cuanto mayor es la inseguridad, tanto más se apresura el conspirador a aferrar el goce del momento. Al mismo tiempo, la costumbre del peligro lo hace en sumo grado indiferente frente a la vida y la libertad. En la prisión se encuentra como en casa del *marchand de vin*. Cada día espera la orden de ruptura. La desesperada temeridad que resalta en cada insurrección parisina es aportada justamente por estos viejos conspiradores de profesión, los *hommes de coups de main* (hombres del golpe de mano). Son ellos quienes levantan las primeras barricadas y las comandan, quienes organizan la resistencia, dirigen el saqueo de los almacenes de armas, la incautación de las armas y municiones de las casas y, en pleno levantamiento, ejecutan aquellos audaces golpes de mano que tan a menudo siembran la confusión en el partido gubernamental. En una palabra, son los oficiales de la insurrección.

Se entiende que estos conspiradores no se limitan a organizar al
proletariado revolucionario en general. Su oficio consiste justamente
en anticiparse al proceso revolucionario de desarrollo, en empujarlo artificialmente a la crisis,
en hacer una revolución de improviso, sin las condiciones de una revolución.
La única condición de la revolución es para ellos la organización suficiente de su
conjura. Son los alquimistas de la revolución y comparten plenamente la
desorganización de ideas y la estrechez de miras en las ideas fijas de los antiguos alquimistas.
Se lanzan a invenciones destinadas a obrar milagros revolucionarios: bombas incendiarias,
máquinas destructoras de efecto mágico, insurrecciones que deben resultar tanto más milagrosas y
sorprendentes cuanto menos tengan un fundamento racional. Ocupados en tal proyectismo,
no tienen más fin que el derrocamiento inmediato del
gobierno existente, y desprecian
profundamente la ilustración más teórica de los obreros acerca de sus intereses de clase.
De ahí su cólera, no proletaria sino plebeya, contra los *habits noirs* (los de levita), las gentes más o menos instruidas que representan este lado del movimiento,
de las que ellos, sin embargo, en cuanto representantes oficiales del partido, nunca pueden independizarse por completo. Los *habits noirs* tienen que servirles, de vez en cuando, también como fuente de dinero. Se entiende, por lo demás, que los conspiradores tienen que seguir, de grado o por fuerza, el desarrollo del partido revolucionario.

El rasgo principal de la vida de los conspiradores es su lucha contra la policía, con la que mantienen
exactamente la misma relación que los ladrones y las prostitutas. La policía tolera
las conjuras, y no sólo como un mal necesario: las tolera
como centros fáciles de vigilar, donde se reúnen los elementos revolucionarios más violentos
de la sociedad, como talleres de la insurrección, que en Francia se ha convertido en un
medio de gobierno tan necesario como la misma policía, y, finalmente, como
lugar de reclutamiento para sus propios *mouchards* políticos. Exactamente igual que a los más útiles cazadores de bribones, los Vidocq y consortes, se los toma de la clase de los pícaros superiores e inferiores,
de los ladrones, *escrocs* (estafadores) y falsos quebrados, y a menudo
vuelven a recaer en su antiguo oficio, exactamente igual se recluta la baja
policía política entre los conspiradores de profesión. Los conjurados mantienen
sin cesar contacto con la policía, entran en colisión con ella a cada instante;
cazan a los *mouchards* como los *mouchards* los cazan a ellos. El espionaje es una de sus
ocupaciones principales. Nada tiene, pues, de extraño que el pequeño salto del
conspirador artesano al espía policial asalariado, facilitado por
la miseria y la cárcel, por amenazas y promesas, se dé con tanta frecuencia.
De ahí el ilimitado sistema de sospecha en las conjuras, que deja a los miembros
completamente ciegos y les hace reconocer *mouchards* en sus mejores hombres, y en los verdaderos
*mouchards*, a sus hombres de mayor confianza. Que estos espías reclutados entre los
conjurados se meten de ordinario con la policía de buena fe, creyendo
poder engañarla, que durante un tiempo logran desempeñar un doble
papel hasta que van sucumbiendo cada vez más a las consecuencias de su primer paso, y que
la policía resulta a menudo realmente engañada por ellos, es evidente. Que, por lo demás, un
conspirador semejante caiga en las trampas de la policía depende de circunstancias puramente
accidentales y de una diferencia más cuantitativa que cualitativa de firmeza
de carácter.

Éstos son los conspiradores que Chenu nos presenta a menudo
con mucha viveza y cuyo carácter describe tan pronto con intención como sin ella. El
mismo, por lo demás, es, hasta en sus no del todo claras conexiones con la policía de Delessert y
Marrast, el más contundente retrato de un conspirador de oficio.

En la misma medida en que el proletariado parisino mismo pasó a primer plano como partido, estos conspiradores fueron perdiendo influencia dirigente, fueron dispersados, encontraron una competencia peligrosa en sociedades secretas proletarias que no tenían por objeto la insurrección inmediata, sino la organización y el desarrollo del proletariado. Ya la insurrección de 1839 había tenido un carácter decididamente proletario y comunista. Pero después de ella se produjeron las escisiones de que tanto se lamentan los viejos conspiradores; escisiones que surgieron de la necesidad de los obreros de entenderse acerca de sus intereses de clase y que se manifestaron en parte en las mismas viejas conspiraciones y en parte en nuevas asociaciones de propaganda. La agitación comunista que Cabet emprendió con fuerza poco después de 1839, las cuestiones en litigio que se suscitaron en el seno del partido comunista, pronto desbordaron a los conspiradores. Tanto Chenu como de la Hodde admiten que, en la época de la Revolución de Febrero, los comunistas eran con mucho la fracción más fuerte del proletariado revolucionario. Los conspiradores, para no perder su influencia sobre los obreros y con ello su contrapeso frente a los habits noirs, tuvieron que seguir este movimiento y adoptar ideas socialistas o comunistas. De este modo surgió ya antes de la Revolución de Febrero la oposición entre las conspiraciones obreras, representadas por Albert, y los hombres de la “Réforme”, la misma oposición que poco después se reprodujo en el gobierno provisional. Por lo demás, no se nos ocurre confundir a Albert con estos conspiradores. De ambos escritos se desprende que Albert supo mantener una posición personal independiente por encima de estos instrumentos suyos y que de ningún modo pertenece a la clase de gentes que hacían de la conspiración un medio de vida.

La historia de la bomba de 1847, un asunto en el que la policía intervino directamente más que en todos los anteriores, dispersó por fin a los más obstinados y absurdos viejos conspiradores y arrojó a sus secciones hasta entonces existentes al seno del movimiento proletario directo.

A estos conspiradores de oficio, los hombres más exaltados de sus secciones y los détenus politiques (presos políticos) de origen proletario, en su mayoría también ellos viejos conspiradores, los encontramos después de la Revolución de Febrero como montagnards en la Prefectura de Policía. Mas los conspiradores constituyen el núcleo de toda la sociedad. Se comprende que aquellos hombres, reunidos allí de golpe y armados y en su mayor parte en plena confianza con sus prefectos y oficiales, tuvieran que formar un cuerpo bastante turbulento. Así como la Montaña de la Asamblea Nacional fue la parodia de la vieja Montaña y demostró del modo más contundente con su impotencia que las viejas tradiciones revolucionarias de 1793 ya no bastan hoy en día, los montagnards de la Prefectura de Policía, reproducción de los viejos sans-culottes, demostraron que en la revolución moderna tampoco esta parte del proletariado basta ya y que sólo el proletariado entero puede llevarla a cabo.

Chenu describe con enorme viveza el género de vida sansculottesco de esta honorable sociedad en la Prefectura. Estas escenas humorísticas, en las que el señor Chenu evidentemente participó de manera activa, son a veces algo disparatadas, pero, dado el carácter de los viejos bambocheurs conspiradores, resultan sumamente explicables y constituyen una contrapartida necesaria y hasta saludable de las orgías de la burguesía en los últimos años de Luis Felipe.

Citaremos sólo un ejemplo del relato de su instalación en la Prefectura.

“Cuando apuntó el día, vi cómo iban llegando paulatinamente los jefes de grupo con sus gentes, pero en su mayor parte desarmados. Llamé la atención de Caussidière sobre ello. ‘Ya les proporcionaré armas’, dijo. ‘Busca un lugar adecuado para acuartelarlos en la Prefectura.’ Ejecuté inmediatamente el encargo y los envié a ocupar el puesto de los antiguos sergents de ville, donde en otro tiempo se me había tratado de un modo tan indigno. Un instante después los vi regresar corriendo. ‘¿Adónde vais?’, les pregunté. — ‘El puesto está ocupado por una bandada de sergents de ville’, me respondió Devaisse; ‘duermen tranquilamente, y nosotros andamos buscando instrumentos para despertarlos y echarlos fuera.’ — Se armaron entonces con todo lo que cayó en sus manos: baquetas, vainas de sable, correas dobladas en dos y palos de escoba. Y luego mis muchachos, todos los cuales tenían más o menos motivos de queja de la insolencia y brutalidad de los durmientes, se echaron sobre ellos con el brazo en alto y les impartieron durante más de media hora una lección tan áspera que algunos quedaron enfermos largo tiempo. A sus gritos de terror acudí yo, y no sin trabajo logré abrir la puerta que los montagnards, con buen criterio, habían cerrado por dentro. Valía la pena ver entonces a los sergents de ville medio desnudos precipitarse al patio; saltaban de un brinco por las escaleras, y buena suerte fue para ellos conocer todos los recovecos de la Prefectura para desaparecer de la vista de sus perseguidores. Una vez dueños del lugar, cuya guarnición habían relevado con tanta cortesía, nuestros montagnards, orgullosos de su victoria, se ataviaron con los despojos de los vencidos, y durante largo tiempo se les vio pasearse de un lado a otro por el patio de la Prefectura, la espada al costado, la capa sobre los hombros y la cabeza adornada con el tricornio, en otro tiempo tan temido por la mayoría de ellos.” p. 83-85.

Hemos conocido a los montagnards; llegamos ahora a su jefe, al héroe de la epopeya de Chenu, a Caussidière. Chenu nos lo presenta tanto más a menudo cuanto que, en realidad, todo el libro está dirigido contra él.

Las principales acusaciones que se hicieron contra Caussidière se refieren a su conducta moral, a libramientos de favor y otros pequeños intentos de allegar dinero, tales como pueden presentarse y se presentan en todo commis voyageur (viajante de comercio) parisino endeudado y amigo de la buena vida. Depende, en general, sólo de la magnitud del capital el que las estafas, lucros, chanchullos y especulaciones bursátiles en que se basa todo el comercio rocen más o menos el Code pénal (Código penal). Sobre los golpes de bolsa y el fraude a la china que caracterizan en particular al comercio francés, compárense, por ejemplo, las picantes descripciones de Fourier en las “Quatre mouvements”, la “Fausse industrie”, el “Traité de l’unité universelle” y sus escritos póstumos. El señor Chenu ni siquiera intenta probar que Caussidière haya explotado su cargo de prefecto de policía para fines privados. En general, un partido puede congratularse cuando sus adversarios victoriosos tienen que limitarse a la revelación de semejantes miserias de moral mercantil. ¡Los pequeños experimentos del commis voyageur Caussidière y los grandiosos escándalos de la burguesía de 1847, qué contraste! Todo el ataque sólo tiene sentido en la medida en que Caussidière pertenecía al partido de la “Réforme”, que intentaba ocultar su falta de energía e inteligencia revolucionarias mediante profesiones de virtud republicana y una torva seriedad de principios.

Caussidière es, entre los jefes de la Revolución de Febrero, la única figura regocijante. En su calidad de loustic (bromista) de la Revolución, era el jefe perfectamente adecuado de los viejos conspiradores de oficio. Sensual y humorista, viejo parroquiano de cafés y tabernas de la más diversa especie, que vivía y dejaba vivir, valiente en lo militar, escondiendo una gran astucia, una reflexión ladina y una fina observación bajo una bonhomía y un desparpajo de anchas espaldas, poseía un cierto tacto revolucionario y energía revolucionaria. Caussidière era entonces un auténtico plebeyo, que odiaba instintivamente a la burguesía y compartía en sumo grado todas las pasiones plebeyas. Apenas instalado en la Prefectura, ya conspira contra el “National”, sin por ello descuidar la cocina y la bodega de su antecesor. Se organiza inmediatamente una fuerza militar, se asegura un diario, lanza clubes, distribuye los papeles y, en general, actúa en el primer momento con gran seguridad. En veinticuatro horas, la Prefectura queda convertida en una fortaleza desde la que puede desafiar a sus enemigos. Pero todos sus planes quedan en meros proyectos o se traducen, en la práctica, en puras bromas plebeyas sin resultado. A medida que los antagonismos se perfilan más tajantes, comparte la suerte de su partido, que queda indeciso entre los hombres del “National” y los revolucionarios proletarios como Blanqui. Sus montagnards se escinden; los viejos bambocheurs lo desbordan y ya no pueden ser controlados, mientras que la parte revolucionaria se pasa a Blanqui. El propio Caussidière se aburguesa en su cargo oficial de prefecto y representante; el 15 de mayo se mantiene prudentemente al margen y se justifica en la Cámara de un modo irresponsable; el 23 de junio abandona directamente a la insurrección. Como recompensa, es naturalmente apartado de la Prefectura y poco después enviado al exilio.

He aquí algunos de los pasajes más característicos de Chenu y de la Hodde sobre Caussidière.

Apenas ha instalado Caussidière a de la Hodde en la noche del 24 de febrero como secretario general de la Prefectura, cuando le dice:

“—Necesito aquí gente sólida. La tienda administrativa seguirá funcionando más o menos; provisionalmente me he quedado con los antiguos empleados; en cuanto hayan formado a los patriotas, los mandaremos a paseo. Eso es secundario. Se trata de hacer de la Prefectura la ciudadela de la Revolución; instruid a nuestra gente en ese sentido; que vengan todos. En cuanto tengamos aquí mil camaradas de pelo en pecho, ya agarramos al gato por el rabo. Ledru-Rollin, Flocon, Albert y yo nos entendemos, y espero que la cosa saldrá bien. El ‘National’ tiene que irse a pique. Hecho eso, ya nos encargaremos nosotros de republicanizar el país, quiera o no.

Poco después vino Garnier-Pagès, alcalde de París, bajo cuyo mando el ‘National’ había puesto a la policía, de visita, y propuso a Caussidière, en lugar del ingrato puesto de la Prefectura, aceptar la comandancia del palacio de Compiègne. Caussidière le respondió con esa vocecilla aflautada de que disponía y que tan singularmente contrastaba con sus anchas espaldas: ‘¿Yo a Compiègne? Imposible. Es necesario que me quede aquí. Ahí abajo tengo varios centenares de muchachos campechanos que trabajan con denuedo; aún espero el doble. Si en el Hôtel de Ville os falta la buena voluntad o el valor, os podré ayudar. Ja, ja, la révolution fera son petit bonhomme de chemin, il le faudra bien! (¡la revolución seguirá su caminito, tendrá que seguir!)’ — ‘¿La revolución? ¡Pero si ya está terminada!’ — ‘¡Bah, todavía no ha empezado!’ — El pobre alcalde se quedó allí plantado como un pasmarote.” De la Hodde, p. 72.

Entre las escenas más regocijantes que describe Chenu figura la recepción de los comisarios de policía y de los officiers de paix por el nuevo prefecto, quien, al serle anunciados, se encontraba justamente a la mesa.

—Deben esperar —dijo Caussidière—, el prefecto está trabajando.

Trabajó todavía una buena media hora y luego dispuso la escenografía para la recepción de los señores comisarios, que entretanto aguardaban a lo largo de la gran escalera.

Caussidière se sentó majestuosamente en su sillón, el gran sable al costado. Dos hórridos montagnards con aire caníbal guardaban la puerta, el mosquete a los pies, la pipa en la boca. Dos capitanes con el sable desenvainado estaban a cada lado de su escritorio. Además, en el salón se hallaban agrupados todos los jefes de sección y los republicanos que formaban su estado mayor; todos armados con grandes sables y pistolas de caballería, con fusiles y escopetas de caza. Todo el mundo fumaba, y la nube de humo que llenaba el salón ensombrecía aún más los rostros y confería a aquella escena una fisonomía verdaderamente aterradora. En el centro se había dejado libre un espacio para los comisarios. Todos se cubrían, y Caussidière dio la orden de hacerlos entrar. Aquellos pobres comisarios nada deseaban con más vehemencia, pues estaban expuestos a las groserías y amenazas de los montagnards, que querían freírlos en todas las salsas posibles. «¡Cuadrilla de bribones —bramaban—, ahora también nosotros os tenemos! ¡No saldréis de aquí, tenéis que dejar aquí el pellejo!». Al entrar en el gabinete del prefecto, creyeron caer de Escila en Caribdis. El primero que puso el pie en el umbral pareció vacilar un instante. No sabía bien si avanzar o retroceder, tan sombríamente se clavaban en él todas las miradas. Por fin se atrevió, dio un paso adelante y saludó; otro paso y saludó más profundamente; otro paso más y saludó aún más profundamente. Cada cual hizo su entrada con profundas reverencias ante el terrible prefecto, que recibía todos aquellos homenajes frío y en silencio, la mano apoyada en la empuñadura de su sable. Los comisarios contemplaban aquella extraña puesta en escena con ojos desorbitados. Algunos, a quienes el espanto trastornaba y que sin duda querían hacernos la corte, encontraron el cuadro imponente, majestuoso. «¡Silencio!», ordenó un montagnard con voz sepulcral.

Cuando todos hubieron entrado, Caussidière, que hasta entonces había permanecido mudo e inmóvil, rompió el silencio y dijo con su voz más terrible:

«Hace ocho días, nada esperabais menos que encontrarme aquí, en este puesto, rodeado de amigos fieles. Así pues, hoy son vuestros amos esos republicanos de cartón piedra, como antaño los llamabais. Tembláis ante aquellos a quienes habéis colmado con el trato más innoble. Usted, Vassal, era el secuaz más infame del régimen derrocado, el más encarnizado perseguidor de los republicanos, y ahora ha caído en manos de sus enemigos más implacables, pues aquí no hay presente ninguno que haya escapado a sus persecuciones. Si quisiera escuchar las justas reclamaciones que se me dirigen, recurriría a las represalias; prefiero olvidar. Volved todos a vuestras funciones; pero si alguna vez llego a saber que prestáis la mano a cualquier fullería reaccionaria, os aplastaré como a sabandijas. ¡Idos!».

Los comisarios habían recorrido toda la escala del espanto, y contentos de salir del paso con un sermón del prefecto, se largaron muy campantes. Los montagnards que los esperaban al pie de la escalera los acompañaron con un estrepitoso charivari hasta el final de la Rue de Jerusalem. Apenas desapareció el último, soltamos una carcajada inmensa. Caussidière resplandecía y reía más que todos los demás por la magnífica jugada que había gastado a sus comisarios. (Chenu, pp. 87-90.)

Después del 17 de marzo, en el cual Caussidière tuvo mucha parte, dijo a Chenu:

«Puedo, a mi antojo, levantar a las masas y lanzarlas sobre la burguesía». (Chenu, p. 140.)

Caussidière, por lo demás, nunca llegó más lejos con sus adversarios que a jugar a meterles miedo.

Finalmente, sobre la relación de Caussidière con los montagnards dice Chenu:

«Cuando yo hablaba a Caussidière de los excesos a que se entregaban sus hombres, suspiraba, pero tenía las manos atadas. El mayor número había compartido su vida, él había compartido su miseria y sus alegrías, varios le habían prestado servicios. Si no podía mantenerlos a raya, era ello consecuencia de su propio pasado». (p. 97.)

Recordamos a nuestros lectores que estos dos libros fueron escritos en la época de la agitación para las elecciones del 10 de marzo. Cuál fue su efecto se desprende del resultado electoral: la brillante victoria de los rojos.

III

«Le socialisme et l’impôt», par Émile de Girardin,

París 1850

<«El socialismo y el impuesto», por Émile de Girardin>

Hay dos clases de socialismo, el socialismo «bueno» y el socialismo «malo».

El socialismo malo es «la guerra del trabajo contra el capital». A su cuenta corren todas las imágenes terroríficas: reparto igualitario de las tierras, supresión de los vínculos familiares, saqueo organizado, etc.

El socialismo bueno es «la concordia del trabajo y del capital». En su séquito se encuentran la abolición de la ignorancia, la eliminación de las causas del pauperismo, la constitución del crédito, la multiplicación de la propiedad, la reforma del impuesto, en una palabra, «el régimen que más se aproxima a la representación que el hombre se hace del reino de Dios en la tierra».

Hay que servirse del socialismo bueno para sofocar el malo.

«El socialismo tiene una palanca; esa palanca era el presupuesto. Pero le faltaba un punto de apoyo para levantar el mundo de sus goznes. Ese punto de apoyo se lo dio la revolución del 24 de febrero: el sufragio universal.»

La fuente del presupuesto es el impuesto. La acción del sufragio universal sobre el presupuesto debe ser, pues, su acción sobre el impuesto. Y mediante esta acción sobre el impuesto se realiza el socialismo «bueno».

«Francia no puede pagar más de 1.200 millones de francos de impuesto anual. ¿Cómo vais a arreglaros para reducir los gastos a esa suma?»

«Desde hace treinta y cinco años habéis inscrito tres veces, en dos cartas y una constitución, que todos los franceses deben contribuir a las cargas del Estado en proporción a su fortuna. Desde hace treinta y cinco años, esa igualdad del impuesto es una mentira... Examinemos el sistema fiscal francés.»

I. Contribución territorial. La contribución territorial no grava a los propietarios territoriales de manera uniforme:

«Si dos fincas colindantes han recibido la misma estimación catastral, los dos propietarios pagan el mismo impuesto, sin distinción entre el propietario aparente y el propietario real»,

es decir, entre el propietario gravado con hipotecas y el propietario libre de ellas.

Además: La contribución territorial no está en proporción con los impuestos que recaen sobre las demás clases de propiedad. Cuando la Asamblea Nacional la introdujo en 1790, se hallaba bajo la influencia de la escuela fisiocrática, que consideraba la tierra como la única fuente de la renta neta y, por consiguiente, echaba toda la carga impositiva sobre los propietarios territoriales. La contribución territorial descansa, pues, sobre un error económico. En una distribución igualitaria de los impuestos, al propietario territorial le correspondería el 20% de su renta, mientras que ahora paga el 53%.

Finalmente, la contribución territorial, según su destino originario, no debía gravar nunca sino al propietario, nunca al arrendatario o al inquilino. En lugar de ello, según el señor Girardin, grava siempre al arrendatario y al inquilino.

Aquí comete el señor Girardin un error económico. O bien el arrendatario es arrendatario real, y entonces la contribución territorial grava al propietario

o al consumidor, pero nunca a él; o bien, bajo la apariencia de la relación de arrendamiento, no es en el fondo más que el trabajador del propietario, como en Irlanda y con frecuencia en Francia, y entonces los impuestos que se impongan al propietario lo gravarán siempre a él, llámense como se llamen.

II. Contribución personal y mobiliaria. El objeto de este impuesto, decretado también por la Asamblea Nacional en 1790, era gravar directamente el capital mobiliario. Como medida de la cuantía del capital se tomó el alquiler de la vivienda. En realidad, el impuesto grava al propietario territorial, al campesino y al industrial, mientras que apenas grava al rentista, o no lo grava en absoluto. Es, pues, la inversión completa de las intenciones de sus autores. Un millonario puede, además, vivir en una buhardilla con dos sillas cojas: inicuo, etc.

III. Contribución de puertas y ventanas. Atentado contra la salud del pueblo. Medida fiscal contra la pureza del aire y la luz del día.

«Casi la mitad de las viviendas en Francia tiene sólo una puerta y ninguna ventana, o a lo sumo una puerta y una ventana.»

Este impuesto fue adoptado el 24 de Vendimiario del año VII (14 de octubre de 1799), por una imperiosa necesidad de dinero, como medida meramente transitoria, extraordinaria, aunque rechazada en principio.

IV. Contribución de patentes (impuesto industrial). Impuesto no sobre la ganancia, sino sobre el ejercicio de la industria. Castigo del trabajo. Allí donde debería gravar al industrial, grava en gran parte al consumidor. Por lo demás, cuando se estableció este impuesto en 1791, se trataba también sólo de satisfacer una necesidad momentánea de dinero.

V. Registro y timbre. El droit d’enregistrement proviene de Francisco I y no tuvo al principio ninguna finalidad fiscal (?). En 1790 se extendió la obligación de registro a todos los contratos relativos a la propiedad y se elevó el arancel. El impuesto está dispuesto de tal manera que la compra y la venta pagan más que las donaciones y las herencias. El timbre es una invención puramente fiscal que grava por igual beneficios desiguales.

VI. Contribución de bebidas. Compendiode toda iniquidad, entorpecimiento de la producción, vejatoria, la más cara en la recaudación. (Véase por lo demás el cuaderno III: 1848 a 1849, Consecuencias del 13 de junio.)

VII. Aduanas. Un caótico cúmulo de tarifas aduaneras contradictorias, sin objeto, perjudiciales para la industria, acumuladas por tradición. Por ejemplo, el algodón en rama paga en Francia por 100 kg un impuesto de 22 frs. 50 cts. Passons outre. <Sigamos adelante.>

VIII. Consumos. No tiene siquiera el pretexto de proteger una rama de la industria nacional. Aduana en el interior del país. Originalmente impuesto local de pobres, hoy recae principalmente sobre las clases más pobres y adultera sus medios de subsistencia. Opone a la industria nacional tantas barreras como ciudades hay.

Hasta aquí Girardin sobre los distintos impuestos. El lector habrá notado que su crítica es tan superficial como acertada. Se reduce a tres argumentos:

1.º que ningún impuesto grava jamás a la clase que, según la intención de los legisladores, debería gravar, sino que se desplaza sobre otra clase;

2.º que todo impuesto transitorio se fija y se eterniza;

3.º que ningún impuesto es proporcional a la fortuna, justo, uniforme, equitativo.

Estas objeciones económico-generales contra los impuestos existentes se repiten en todos los países. El sistema fiscal francés tiene, empero, una peculiaridad característica. Así como los ingleses son el pueblo histórico por excelencia para el derecho público y privado, los franceses, que en todo lo demás han codificado desde puntos de vista generales, simplificado y roto con la tradición, son para el sistema fiscal el pueblo propiamente histórico. Sobre este punto dice Girardin:

En Francia vivimos bajo el dominio de casi todos los procedimientos fiscales del Antiguo Régimen. La taille, la capitación, las aides, las aduanas, el impuesto sobre la sal, el impuesto sobre la verificación, los derechos de registro, la escribanía, el monopolio del tabaco, las ganancias excesivas en el servicio de correos y la venta de pólvora, la lotería, las prestaciones personales comunales o estatales, el alojamiento de tropas, los consumos, los peajes fluviales y terrestres, los gravámenes extraordinarios: todo esto ha podido cambiar de nombre, pero todo ello subsiste en sustancia y no se ha vuelto ni menos opresivo para el pueblo ni más productivo para el erario público. Nuestro sistema financiero no descansa sobre base científica alguna. Refleja única y exclusivamente las tradiciones de la Edad Media, las cuales, a su vez, son la herencia de la ignorante y rapaz fiscalidad romana.

No obstante, ya en la Asamblea Nacional de la primera Revolución, nuestros padres clamaron:

«Hemos hecho la Revolución solamente para poner el impuesto en nuestras manos».

Pero si esta situación pudo perdurar bajo el Imperio, bajo la Restauración, bajo la Monarquía de Julio, ahora ha sonado su hora:

«La abolición del privilegio electoral trae consigo necesariamente la abolición de toda desigualdad fiscal. No hay, pues, tiempo que perder para emprender la reforma financiera, si la violencia no ha de ocupar el lugar de la ciencia... El impuesto es casi el único fundamento sobre el que descansa nuestra sociedad... Se buscan muy lejos y muy alto las reformas sociales y políticas; las más importantes están contenidas en el impuesto. Buscad aquí y hallaréis.»

¿Qué hallamos ahora?

«Tal como nosotros concebimos el impuesto, éste debe ser una prima de seguro, pagada por los que poseen, para asegurarse contra todos los riesgos que pudieran perturbarlos en su posesión y en su disfrute... Esta prima debe ser proporcional y de una exactitud rigurosa. Todo impuesto que no sea la garantía de un riesgo, el precio de una mercancía o el equivalente de un servicio, debe ser abandonado; sólo admitimos dos excepciones: el impuesto sobre el extranjero (aduana) y el impuesto sobre la muerte (registro)... Así, el asegurado ocupa el lugar del contribuyente... Todo el que tiene un interés en pagar, paga, y paga únicamente en la medida de su interés... Vamos aún más lejos y decimos: todo impuesto se condena ya por el hecho de llevar el nombre de impuesto, de gravamen. Todo impuesto debe ser abolido, pues lo propio del impuesto es ser forzoso; el carácter del seguro es ser voluntario.»

No hay que confundir esta prima de seguro con un impuesto sobre la renta; es más bien un impuesto sobre el capital, así como la prima de seguro no garantiza la renta, sino el caudal entero de la fortuna. El Estado procede exactamente como las compañías de seguros, que quieren saber del objeto asegurado no lo que rinde, sino lo que vale.

«La riqueza nacional francesa se estima en un activo de 134 mil millones, del cual hay que deducir un pasivo de 28 mil millones. Si el presupuesto de gastos se reduce a 1.200 millones, se precisaría, pues, recaudar sólo un 1% del capital para elevar al Estado a la altura de una colosal compañía mutua de seguros.»

A partir de ese momento:
«¡Nada de revoluciones!»

«En lugar de la palabra autoridad, aparece la palabra solidaridad; el interés común se convierte en el vínculo de los miembros de la sociedad.»

El señor Girardin no se contenta con esta propuesta general, sino que nos ofrece al mismo tiempo el esquema de una póliza de seguro o inscripción, tal como cada ciudadano debe recibirla del Estado.

Cada año, el antiguo recaudador de impuestos entrega al asegurado una póliza que consta de «cuatro páginas del tamaño de un pasaporte». En la primera página se halla el nombre del asegurado con su número de matrícula, junto con el esquema para los recibos de las fracciones de la prima. En la segunda página se halla la descripción personal exacta del asegurado y de su familia, junto con la detallada autovaloración de su fortuna total, debidamente certificada; en la tercera página, el presupuesto del Estado junto con un balance general de Francia, y en la cuarta, toda suerte de noticias estadísticas más o menos útiles. Esta póliza sirve de pasaporte, de tarjeta electoral, de libreta de viaje para obreros, etc. Los registros de estas pólizas sirven a su vez al Estado para la confección de los cuatro grandes libros: el Gran Libro de la Población, el Gran Libro de la Propiedad, el Gran Libro de la Deuda Pública y el Gran Libro de la Deuda Hipotecaria, los cuales contienen juntos una estadística completa de todos los recursos de Francia.

El impuesto no es ya, por tanto, más que la prima que paga el asegurado para ser admitido a participar en las siguientes ventajas: 1. Derecho a la protección pública, a la administración de justicia gratuita, al culto religioso gratuito, a la instrucción gratuita, al crédito con garantía hipotecaria, a la pensión de la caja de ahorros; 2. Exención del servicio militar en tiempo de paz; 3. Preservación de la miseria; 4. Indemnización por pérdidas causadas por incendios, inundaciones, granizo, epizootias, naufragio.

Observamos, además, que el señor Girardin quiere cubrir los dineros de indemnización que el Estado ha de pagar en caso de pérdidas de los asegurados mediante diversas multas, etc., mediante el producto de los dominios nacionales y de los conservados derechos de registro y aduana, así como de los monopolios del Estado.

La reforma tributaria es el caballo de batalla de todos los burgueses radicales, el elemento específico de todas las reformas económico-burguesas. Desde los más antiguos pequeñoburgueses medievales hasta los modernos librecambistas ingleses, la lucha principal gira en torno a los impuestos.

La reforma tributaria persigue ya sea la abolición de impuestos tradicionales heredados que obstaculizan el desarrollo de la industria, un presupuesto estatal más barato o una distribución más equitativa. El burgués persigue con tanto mayor afán el quimérico ideal de la distribución equitativa de los impuestos cuanto más se le escapa de las manos en la práctica.

Las relaciones de distribución; que descansan directamente sobre la producción burguesa, las relaciones entre salario y ganancia, ganancia e interés, renta del suelo y ganancia, pueden ser modificadas por el impuesto a lo sumo en puntos secundarios, pero nunca amenazadas en su fundamento. Todas las investigaciones y debates sobre el impuesto presuponen la existencia eterna de estas relaciones burguesas. Incluso la abolición de los impuestos no podría sino acelerar el desarrollo de la propiedad burguesa y de sus contradicciones.

El impuesto puede favorecer a clases particulares y oprimir especialmente a otras, como vemos, por ejemplo, bajo el dominio de la aristocracia financiera. Sólo arruina a las capas medias de la sociedad entre la burguesía y el proletariado, cuya posición no permite cargar el peso del impuesto a otra clase.

El proletariado es empujado un escalón más abajo con cada nuevo impuesto; la abolición de un viejo impuesto no eleva el salario, sino la ganancia. En la revolución, el impuesto hinchado a proporciones colosales puede servir como forma de ataque contra la propiedad privada; pero aun entonces tiene que impulsar hacia nuevas medidas revolucionarias o acabar por reconducir a las viejas relaciones burguesas.

La reducción, la distribución más barata, etc., etc., del impuesto: ésa es la banal reforma burguesa. La abolición del impuesto: ése es el socialismo burgués. Este socialismo burgués se dirige sobre todo a las clases medias industriales y comerciales y a los campesinos. La gran burguesía, que ya vive en su mejor mundo, desdeña naturalmente la utopía de un mundo mejor.

El señor Girardin suprime el impuesto transformándolo en prima de seguro. Los miembros de la sociedad se aseguran mutuamente, mediante el pago de ciertos porcentajes, su fortuna contra daños por fuego e inundación, contra el granizo y la bancarrota, contra todos los riesgos posibles que hoy perturban la tranquilidad del disfrute burgués. La contribución anual no sólo es fijada por todos los asegurados, sino que es determinada por cada individuo mismo. Él mismo evalúa su fortuna. Las crisis comerciales y agrícolas, las pérdidas y quiebras masivas, todas las fluctuaciones y vicisitudes de la existencia burguesa, epidémicas desde la introducción de la industria moderna, todo el lado poético de la sociedad burguesa desaparece. La seguridad y el seguro universales se realizan. El burgués tiene por escrito del Estado que no puede ser arruinado bajo circunstancia alguna. Todos los lados sombríos del mundo existente quedan eliminados, todos sus lados luminosos subsisten con mayor brillo, en breve, queda realizado el régimen «que más se aproxima a la idea que el burgués se forja del reino de Dios en la tierra». En vez de la autoridad, la solidaridad; en vez de la coacción, la libertad; en vez del Estado, un comité administrativo: y el huevo de Colón está hallado, la contribución matemáticamente exacta de cada «asegurado» según su fortuna. Cada «asegurado» lleva en su pecho un Estado constitucional completo, un sistema bicameral desarrollado. La preocupación de pagar demasiado al Estado, la oposición burguesa de la Cámara de Diputados, lo empuja a declarar su fortuna demasiado baja. El interés en la conservación de su posesión, el elemento conservador de la Cámara de Pares, lo inclina a sobrestimarla. Del juego constitucional de estas direcciones opuestas surge necesariamente el verdadero equilibrio de poderes, la indicación exacta y correcta de la fortuna, la exacta proporcionalidad de la contribución.

Aquel romano deseaba que su casa fuera de vidrio, para que todas sus acciones estuvieran expuestas a los ojos de todos. El burgués no desea que su casa, sino la de su vecino, sea de vidrio. También este deseo es cumplido. Por ejemplo: un burgués quiere anticipos de mi parte o asociarse conmigo. Exijo su póliza, y en ella tengo su confesión detallada completa acerca de todas sus circunstancias burguesas, garantizada por su interés bien entendido y refrendada por el consejo de administración del seguro. Un mendigo llama a mi puerta y pide una limosna. ¡Fuera la póliza! El burgués debe saber que da su limosna al hombre adecuado. Se toma a un doméstico, se lo introduce en casa, se le confía uno a la casualidad: ¡fuera la póliza!

«¡Cuántos matrimonios se contraen sin que por una y otra parte se sepa exactamente a qué atenerse sobre la realidad de los bienes aportados o las expectativas mutuamente exageradas!»

¡Fuera la póliza!

El intercambio de las bellas almas se limitará en el futuro al intercambio de las pólizas de ambas partes. Así desaparece el fraude que hoy constituye el goce y la pena de la vida, y se realiza el reino de la verdad en el sentido propio de la palabra.

Aún más:

«En el sistema actual, los tribunales cuestan al Estado unos 7 1/2 millones; en nuestro sistema, los delitos le reportan ingresos en lugar de costarle, pues todos se convierten en multas e indemnizaciones: ¡qué idea!»

En este mejor de los mundos todo es provechoso: los crímenes prescriben y los delitos dan dinero. Por último, como en este sistema la propiedad está protegida contra todos los riesgos y el Estado ya no es más que un seguro general de todos los intereses, los obreros están siempre ocupados: «¡No más revoluciones!»

Si eso no es bueno para el burgués,
¡entonces no sé qué pueda ser mejor!

El Estado burgués no es más que un seguro mutuo de la clase burguesa frente a sus miembros individuales así como frente a la clase explotada, un seguro que necesariamente ha de hacerse cada vez más costoso y, en apariencia, cada vez más independiente respecto de la sociedad burguesa, porque el sojuzgamiento de la clase explotada se vuelve cada vez más difícil. El cambio de nombre no modifica en lo más mínimo las condiciones de este seguro. La aparente independencia que el señor Girardin atribuye por un momento a los individuos frente a este seguro, se ve obligado a abandonarla de inmediato. Quien tasa su patrimonio demasiado bajo incurre en una penalidad: la caja de seguros le compra su propiedad al valor declarado e incluso provoca la denuncia mediante recompensas. Más aún:

Quien prefiere no asegurar en absoluto su patrimonio, queda fuera de la sociedad, es declarado directamente proscrito. La sociedad, naturalmente, no puede tolerar que en su seno se forme una clase que se rebele contra sus condiciones de existencia. La coacción, la autoridad, la injerencia burocrática que Girardin precisamente quiere eliminar, vuelven a introducirse en la sociedad. Si por un momento ha hecho abstracción de las condiciones de la sociedad burguesa, ha sido sólo para retornar a ellas por un rodeo.

Detrás de la abolición del impuesto se oculta la abolición del Estado. La abolición del Estado sólo tiene sentido para los comunistas como resultado necesario de la abolición de las clases, con la cual desaparece por sí misma la necesidad del poder organizado de una clase para sojuzgar a la otra. En los países burgueses, la abolición del Estado significa la reducción del poder estatal a la escala de Norteamérica. Aquí los antagonismos de clase sólo están desarrollados de manera incompleta; las colisiones de clase se disimulan cada vez mediante el drenaje de la superpoblación proletaria hacia el Oeste; la intervención del poder estatal, reducida en el Este a un mínimo, no existe en absoluto en el Oeste. En los países feudales, la abolición del Estado significa la abolición del feudalismo y la instauración del Estado burgués corriente. En Alemania, detrás de ella se oculta o bien la cobarde huida de las luchas inmediatamente planteadas, la exaltada volatilización de la libertad burguesa en absoluta independencia y autonomía del individuo o bien, finalmente, la indiferencia del burgués hacia toda forma de Estado, siempre que no se impida el desarrollo de los intereses burgueses. El que esta abolición del Estado «en un sentido superior» se predique de modo tan necio no es, naturalmente, culpa de los Stirner y Faucher berlineses. La plus belle fille de la France ne peut donner que ce qu’elle a. <La muchacha más hermosa de Francia no puede dar sino lo que tiene.>

Lo que queda de la compañía de seguros del señor Girardin es el impuesto sobre el capital, a diferencia del impuesto sobre la renta y en lugar de todos los demás impuestos. El capital del señor Girardin no se limita al capital empleado en la producción; abarca todos los bienes muebles e inmuebles. De este impuesto sobre el capital se jacta:

«Es el huevo de Colón, es la pirámide que se asienta sobre la base y no sobre la punta, la corriente que excava su propio lecho, la revolución sin los revolucionarios, el progreso sin el retroceso, el movimiento sin sacudida, es, finalmente, la idea simple y la verdadera ley».

De todos los anuncios a voz en grito que el señor Girardin ha hecho jamás —y su número es, como se sabe, legión—, este prospecto del impuesto sobre el capital es, en todo caso, la obra maestra.

Por lo demás, el impuesto sobre el capital como impuesto único tiene sus ventajas. Todos los economistas, particularmente Ricardo, han demostrado las ventajas de un impuesto único. El impuesto sobre el capital como impuesto único suprime de un golpe al numeroso y costoso personal de la administración tributaria existente, interfiere lo menos posible en la marcha regular de la producción, la circulación y el consumo, y de todos los impuestos es el único que grava el capital de lujo.

Pero en el señor Girardin el impuesto sobre el capital no se limita a esto. Tiene además efectos de gracia muy especiales.

Capitales de igual magnitud tendrán que pagar al Estado los mismos porcentajes de impuesto, independientemente de si rinden un 6 %, un 3 % o ningún ingreso. La consecuencia de ello es que los capitales inactivos serán puestos en actividad, aumentando así la masa de capitales productivos, y que los ya activos se esforzarán aún más, es decir, producirán más en menos tiempo. El resultado de ambas cosas es la baja del beneficio y del tipo de interés. El señor Girardin, por el contrario, afirma que entonces el beneficio y el interés aumentarán: un verdadero milagro económico. La transformación de capitales improductivos en productivos y la creciente productividad de los capitales en general han multiplicado y acentuado el curso de las crisis del desarrollo industrial y han reducido el beneficio y el tipo de interés. El impuesto sobre el capital no puede sino acelerar este proceso, agudizar las crisis y aumentar con ello la acumulación de elementos revolucionarios. «¡No más revoluciones!»

Un segundo efecto milagroso del impuesto sobre el capital es, según el señor Girardin, que atraería los capitales de la tierra poco rentable hacia la industria más rentable, haría descender los precios del suelo, trasplantaría a Francia la concentración de la propiedad territorial, el gran cultivo inglés y, con él, toda la desarrollada industria inglesa. Aparte de que para ello las demás condiciones de la industria inglesa tendrían que emigrar igualmente a Francia, el señor Girardin comete aquí errores muy singulares. En Francia la agricultura no padece exceso, sino falta de capital. No mediante la desviación de capitales de la agricultura, sino, por el contrario, mediante el volcamiento de capital industrial sobre la tierra, han surgido la concentración y la agricultura inglesas. El precio del suelo en Inglaterra es con mucho más alto que en Francia; el valor total de la tierra inglesa es casi tan elevado como toda la riqueza nacional francesa, según la estimación del propio Girardin. Por consiguiente, el precio del suelo en Francia no sólo no tendría que descender con la concentración, sino que, por el contrario, tendría que subir. La concentración de la propiedad territorial en Inglaterra ha barrido por completo, además, a generaciones enteras de la población. Esa misma concentración, a la que el impuesto sobre el capital ha de contribuir ciertamente por el más rápido arruinamiento de los campesinos, arrojaría en Francia a esa gran masa de campesinos a las ciudades y haría la revolución tanto más inevitable. Y, finalmente, si en Francia el retroceso de la parcelación a la concentración ya ha comenzado, en Inglaterra la gran propiedad territorial marcha a pasos agigantados hacia su nueva fragmentación, demostrando irrefutablemente que la agricultura ha de moverse constantemente en este ciclo de concentración y dispersión del suelo mientras subsistan en general las relaciones burguesas.

Basta de estos milagros. Pasemos al crédito hipotecario. El crédito contra garantía hipotecaria se concede en un principio sólo a la propiedad territorial. El Estado emite cédulas hipotecarias que corresponden totalmente a los billetes de banco, con la única diferencia de que no es el dinero en efectivo ni los lingotes, sino la tierra, lo que sirve de garantía. Estas cédulas hipotecarias son adelantadas por el Estado al 4 % a los campesinos endeudados, para satisfacer con ellas a sus acreedores hipotecarios; en lugar del acreedor privado, el Estado tiene ahora hipoteca sobre la finca y consolida la deuda, de modo que nunca puede exigir su reembolso. La deuda hipotecaria total en Francia asciende a 14 mil millones. Girardin cuenta ciertamente con la emisión de sólo 5 mil millones en cédulas hipotecarias; pero el aumento del papel moneda en una suma semejante bastaría, no para abaratar el capital, sino para desvalorizar por completo el papel moneda. Con todo, Girardin no se atreve a dar a este nuevo papel un curso forzoso. Para evitar la desvalorización, propone a los tenedores de estas cédulas canjearlas por títulos de deuda pública al 3 % a la par <por su valor nominal>. El resultado de la transacción es, pues, el siguiente: el campesino, que antes pagaba un 5 % de interés y un 1 % de comisión por inscripción, renovación, etc., no paga ya más que un 4 %, ganando por tanto un 2 %; el Estado toma a préstamo al 3 % y presta al 4 %, ganando así un 1 %; el antiguo acreedor hipotecario, que antes recibía un 5 %, es forzado, por la amenaza de desvalorización de las cédulas hipotecarias, a aceptar agradecido el 3 % que le ofrece el Estado; pierde, pues, un 2 %. Además, el campesino no necesita pagar su deuda y el acreedor nunca puede cobrar su crédito al Estado. El negocio se reduce, por tanto, a un despojo directo, mal encubierto por las cédulas hipotecarias, de los acreedores hipotecarios en un 2 % de cada 5. Así pues, la única vez en que el señor Girardin quiere cambiar las relaciones sociales mismas, aparte del impuesto, se ve forzado a un ataque directo a la propiedad privada, tiene que hacerse revolucionario y abandonar toda su utopía. Y este ataque ni siquiera procede de él. Lo ha tomado prestado de los comunistas alemanes, que después de la revolución de febrero fueron los primeros en exigir la conversión de la deuda hipotecaria en una deuda frente al Estado, aunque por cierto de un modo muy distinto al del señor Girardin, quien incluso se manifestó en contra. Es significativo que la única vez en que el señor Girardin propone una medida en cierto modo revolucionaria, no tenga el valor de plantear otra cosa que un paliativo que sólo puede hacer más crónico el desarrollo de la parcelación en Francia, hacerlo retroceder algunos decenios, para finalmente volver a provocar la situación actual.

Lo único que el lector habrá echado de menos en toda la exposición de Girardin son los obreros. Pero el socialismo burgués supone, claro está, que la sociedad se compone de puros capitalistas, a fin de poder resolver luego, desde este punto de vista, la cuestión entre capital y trabajo asalariado.