Revue, mayo a octubre de 1850

Karl Marx/Friedrich Engels

Revue

Mayo a octubre [1850]

Las agitaciones políticas de los últimos seis meses se distinguen esencialmente de las inmediatamente precedentes. El partido revolucionario ha sido empujado de la escena en todas partes; los vencedores se disputan los frutos de la victoria. Así, en Francia las distintas fracciones de la burguesía, en Alemania los distintos príncipes. La lucha se lleva a cabo con gran estruendo, la ruptura abierta, la decisión por las armas parece inevitable; pero es inevitable que las armas queden en sus vainas, que la falta de decisión se oculte una y otra vez tras los tratados de paz, para prepararse de nuevo para la guerra fingida.

Consideremos ante todo la base real sobre la que se mueven estas agitaciones superficiales.

Los años 1843-1845 fueron años de prosperidad industrial y comercial, consecuencias necesarias de la depresión casi ininterrumpida de la industria en el período 1837-1842. Como siempre, la prosperidad desarrolló muy rápidamente la especulación. La especulación surge regularmente en los períodos en que la sobreproducción está ya en pleno desarrollo. Proporciona a la sobreproducción sus canales de salida momentáneos, al tiempo que acelera con ello el estallido de la crisis y acrecienta su peso. La crisis misma estalla primero en el terreno de la especulación, y no se apodera de la producción sino más tarde. No la sobreproducción, sino la sobreespeculación, que no es más que un síntoma de la sobreproducción, se aparece, por tanto, a la observación superficial como la causa de la crisis. La posterior perturbación de la producción no aparece como el resultado necesario de su propio exceso anterior, sino como un mero contragolpe de la especulación que se derrumba. Ahora bien, como en este momento no podemos ofrecer una historia completa de la crisis [posterior a] 1843-1845, nos limitamos a reunir los más importantes de esos síntomas de la sobreproducción.

La especulación de los años de prosperidad 1843-1845 se lanzó principalmente sobre los ferrocarriles, donde tenía una necesidad real por base, sobre los cereales, a consecuencia de la carestía de 1845 y de la enfermedad de la patata, sobre el algodón, tras la mala cosecha de 1846, y sobre el comercio de las Indias Orientales y de China, en el que siguió de cerca a la apertura del mercado chino por Inglaterra.

La expansión del sistema ferroviario inglés comenzó ya en 1844, pero se desarrolló plenamente solo en 1845. Sólo en ese año, el número de proyectos de ley registrados para la constitución de compañías de ferrocarriles fue de 1.035. En febrero de 1846, después de haberse abandonado ya una infinidad de esos proyectos registrados, los fondos que debían depositarse ante el gobierno para los proyectos mantenidos ascendían aún a la enorme suma de £ 14.000.000, y todavía en 1847 el monto total de los pagos exigidos en Inglaterra superaba los £ 42.000.000, de los cuales más de 36 millones para ferrocarriles ingleses, y más tarde 5 1/2 millones para ferrocarriles extranjeros. El período de auge de esta especulación cayó en el verano y otoño de 1845. Los precios de las acciones subían constantemente, y las ganancias de los especuladores arrastraron pronto a todas las clases de la población al torbellino. Duques y condes rivalizaban con comerciantes y fabricantes por el lucrativo honor de figurar en los consejos de administración de las distintas líneas; los miembros de la Cámara de los Comunes, el foro, el clero estaban numerosamente representados en estos organismos. Quien había ahorrado un penique, quien disponía de una chispa de crédito, especulaba en acciones ferroviarias. El número de periódicos ferroviarios pasó de 3 a más de 20. Algunos grandes diarios ganaban con los anuncios y prospectos ferroviarios a menudo £ 14.000 en una semana. Los ingenieros no se podían conseguir en número suficiente y se les pagaba enormemente. Impresores, litógrafos, encuadernadores, papeleros, etc., etc., puestos en movimiento para la confección de prospectos, planos, mapas, etc., etc., y los fabricantes de muebles que amueblaban las oficinas que brotaban como hongos de los innumerables nuevos consejos de administración, comités provisionales, etc., recibían precios espléndidos. Sobre la base de la expansión real del sistema ferroviario inglés y continental y de la especulación vinculada a ella, se elevó durante este período, paulatinamente, una superestructura de estafa que recuerda los tiempos de Law y de la Compañía de los Mares del Sur. Se proyectaron cientos de líneas sin la menor probabilidad de éxito, en las que los proyectistas mismos nunca pensaron en una ejecución real, y en las que se trataba únicamente de que los directores devorasen los depósitos y de obtener ganancias fraudulentas con la venta de las acciones.

En octubre de 1845 se produjo la reacción, que pronto se agravó hasta convertirse en un pánico total. Ya antes de febrero de 1846, fecha en que los fondos de depósito debían ser pagados al gobierno, los proyectos más insostenibles habían quebrado. En abril de 1846, el contragolpe había alcanzado ya los mercados continentales de acciones. En París, Hamburgo, Fráncfort, Ámsterdam tuvieron lugar ventas forzosas a precios muy bajos, que arrastraron las quiebras de banqueros y corredores. La crisis ferroviaria se prolongó hasta el otoño de 1848, prolongada por las quiebras sucesivas también de los proyectos menos endebles, a medida que éstos iban siendo alcanzados por la presión general y en la medida en que se exigían los pagos, y agravada por la irrupción de la crisis también en los otros terrenos de la especulación, del comercio y de la industria, la cual hizo bajar paulatinamente los precios de las acciones más antiguas y más sólidas, hasta que éstas alcanzaron su nivel más bajo en octubre de 1848.

En agosto de 1845 se dirigió por primera vez la atención pública a la enfermedad de la patata, que no sólo se manifestó en Inglaterra e Irlanda, sino también en el continente: el primer síntoma de que la raíz de la sociedad existente estaba podrida. Al mismo tiempo llegaron informes que ya no dejaban lugar a dudas sobre la gran pérdida, esperada ya, también en la cosecha de cereales. Los precios de los cereales subieron considerablemente, a consecuencia de estas dos circunstancias, en todos los mercados europeos; en Irlanda, hambre completa, que obligó al gobierno inglés a un empréstito de 8 millones de libras esterlinas para esa provincia, exactamente una libra por cada irlandés. En Francia, donde la calamidad fue aún aumentada por las inundaciones que causaron daños por valor de unos 4 millones de libras esterlinas, la cosecha fue extraordinariamente mala. No menos en Holanda y Bélgica. A la mala cosecha de 1845 correspondió una aún peor en 1846, y la enfermedad de la patata apareció de nuevo, aunque en menor medida. Así, la especulación de cereales contó con una base real completa, y se desarrolló con tanta más violencia cuanto que las abundantes cosechas de 1842-1844 la habían mantenido casi por completo reprimida durante mucho tiempo. En los años 1845-1847 tuvo lugar en Inglaterra una importación de cereales mayor que nunca antes. Los precios de los cereales subieron sin cesar hasta la primavera de 1847, cuando, a consecuencia de las noticias cambiantes sobre la nueva cosecha procedentes de los diversos países, y de las medidas adoptadas por diversos gobiernos (apertura de los puertos a la libre importación de cereales, etc., etc.), se inició un período de fluctuación y, finalmente, en mayo de 1847 los precios alcanzaron su punto culminante. En ese mes, el precio medio del quarter de trigo en Inglaterra subió hasta 102 1/2 chelines, y en determinados días hasta 115 y 124 chelines. Pero pronto llegaron informes decididamente favorables sobre el tiempo y la cosecha en desarrollo: los precios bajaron, y a mediados de julio el precio medio se situó solo en 74 chelines. Un tiempo más desfavorable en diversas regiones impulsó de nuevo los precios un poco al alza, hasta que finalmente, hacia mediados de agosto, quedó establecido que la cosecha de 1847 superaba el rendimiento medio. La caída ya no podía detenerse; los envíos a Inglaterra aumentaron más de lo esperado, y ya el 18 de septiembre el precio medio se había reducido a 49 1/2 chelines. Así, en dieciséis semanas los precios medios habían variado en no menos de 53 chelines.

Durante todo este tiempo, no sólo había proseguido la crisis ferroviaria, sino que precisamente en el momento en que los precios de los cereales se hallaban en su punto más alto, en abril y mayo de 1847, vino a añadirse la más completa perturbación del sistema de crédito y el más completo desarreglo en el mercado monetario. Los especuladores de cereales resistieron, no obstante, la caída de los precios hasta el 2 de agosto. Ese día, el Banco elevó el tipo más bajo de su descuento al 5 por ciento, y para todas las letras a más de dos meses al 6 por ciento. Inmediatamente siguió una serie de las más sonadas quiebras en la bolsa de cereales, a la cabeza de ellas la del señor Robinson, gobernador del Banco de Inglaterra. Sólo en Londres quebraron ocho grandes casas de cereales, cuyos pasivos sumaban en conjunto más de 1 1/2 millones de libras esterlinas. Los mercados provinciales de cereales quedaron completamente paralizados; las quiebras se sucedieron aquí, especialmente en Liverpool, con igual rapidez. Las quiebras correspondientes en el continente se produjeron, aquí y allá, más temprano o más tarde según la distancia de Londres. Sin embargo, puede considerarse que la crisis de los cereales en Inglaterra quedó concluida con el 18 de septiembre, la fecha de los precios más bajos de los cereales.

Pasamos ahora a la crisis propiamente comercial, a la crisis monetaria. En los cuatro primeros meses de 1847, el estado general del comercio y de la industria aparecía aún satisfactorio, con excepción, sin embargo, de la producción de hierro y de la industria algodonera. La producción de hierro, llevada a una altura enorme por la estafa ferroviaria de 1845, sufría naturalmente en la misma medida en que, para el exceso de hierro suministrado, se reducía la salida. En la industria algodonera, rama industrial principal para el mercado de las Indias Orientales y de China, ya en 1845 se había sobreproducido para ese mercado, y muy pronto se había producido un contragolpe relativo. La mala cosecha de algodón de 1846, el alza de los precios tanto de la materia prima como del producto acabado, y la consiguiente disminución del consumo, aumentaron la presión sobre esta industria. En los primeros meses de 1847, la producción se redujo considerablemente en todo el Lancashire, y los obreros algodoneros ya estaban afectados por la crisis.

El 15 de abril de 1847, el Banco de Inglaterra elevó el tipo mínimo de descuento para las letras a muy corto plazo al 5 por ciento; limitó el monto total de las letras a descontar, sin consideración al carácter de las casas libradas; finalmente, comunicó perentoriamente a los comerciantes a los que había hecho anticipos que, al vencimiento, no renovaría esos anticipos como era costumbre hasta entonces, sino que exigiría [el reembolso]. Dos días después, la publicación de su balance semanal mostró que el fondo de reserva del Banking Department había caído a 2 1/2 millones de libras esterlinas. El Banco, pues, había tomado las medidas anteriores para poner freno a la salida de oro de sus sótanos y volver a aumentar el fondo en metálico.

El drenaje de oro y plata del Banco obedeció a diversas causas. En primer lugar, el consumo y los precios considerablemente más altos de casi todos los artículos exigieron una circulación más amplia, sobre todo de oro y plata para el comercio al por menor. Además, los continuos desembolsos para las construcciones ferroviarias, que tan sólo en el mes de abril ascendieron a 4.314.000 libras esterlinas, hicieron necesaria la retirada de una masa de depósitos del Banco. Una parte de los fondos exigidos, destinada a ferrocarriles extranjeros, fluyó directamente al extranjero. La considerable sobreimportación de azúcar, café y otros productos coloniales —cuyo consumo y precios habían sido elevados aún más por la especulación—, de algodón, a consecuencia de compras especulativas desde la certeza de una cosecha escasa, y sobre todo de cereales, debido a las repetidas malas cosechas, hubo de pagarse en gran parte en dinero contante o en lingotes, provocando así también una importante salida de oro y plata al extranjero. Esta sangría de metales preciosos de Inglaterra continuó, por lo demás, hasta finales de agosto, a pesar de las medidas del Banco arriba mencionadas.

Las resoluciones del Banco y la noticia del bajo nivel de su fondo de reserva provocaron de inmediato una presión sobre el mercado monetario y un pánico en todo el comercio inglés, tan intenso como sólo lo fue el de 1845. En las últimas semanas de abril y los cuatro primeros días de mayo, casi todas las transacciones crediticias quedaron paralizadas. Sin embargo, no se produjeron bancarrotas extraordinarias; las casas comerciales se sostuvieron mediante enormes pagos de intereses y ventas forzosas de sus existencias, papeles del Estado, etc., a precios ruinosos. Una serie incluso de las casas más sólidas no hizo con su salvación en este primer acto de la crisis más que sentar las bases de su posterior hundimiento. Este vencimiento del primer y más amenazante peligro contribuyó mucho a reanimar la confianza; a partir del 5 de mayo la presión sobre el mercado monetario disminuyó sensiblemente, y hacia finales de mayo la alarma había pasado casi por completo.

Sin embargo, pocos meses más tarde, a comienzos de agosto, se produjeron las ya mencionadas bancarrotas en el comercio de cereales, y apenas se hubieron agotado éstas, que duraron hasta septiembre, la crisis estalló con fuerza concentrada en el tráfico general, particularmente en los negocios de las Indias Orientales, las Indias Occidentales y Mauricio, y ello simultáneamente en Londres, Liverpool, Manchester y Glasgow. Durante el mes de septiembre quebraron tan sólo en Londres 20 casas, cuyo pasivo total ascendía a entre 9 y 10 millones de libras esterlinas.

«Hemos presenciado entonces en Inglaterra el desarraigo de dinastías comerciales —dijo Disraeli el 30 de agosto de 1848 en la Cámara de los Comunes—, no menos sorprendente que la caída de aquellas firmas políticas en el continente de las que tanto hemos oído hablar últimamente.»

Las quiebras de las casas de las Indias Orientales continuaron sin cesar hasta finales de año y se reanudaron en los primeros meses de 1848, cuando llegaron las noticias de las bancarrotas de las casas correspondientes en Calcuta, Bombay, Madrás y Mauricio.

Esta serie de bancarrotas, inaudita en la historia del comercio, fue causada por la sobrespeculación general y la consiguiente sobreimportación de productos coloniales. Los precios de estas mercancías, mantenidos artificialmente altos durante largo tiempo, cayeron en parte ya antes del pánico de abril de 1847, pero sólo después de ese pánico, cuando todo el sistema crediticio se derrumbó y una casa tras otra se vieron obligadas a ventas masivas y forzosas, la caída fue general y considerable. Especialmente desde junio y julio hasta noviembre, esta caída fue tan importante que incluso las casas más antiguas y sólidas tuvieron que sucumbir a ella.

Las bancarrotas de septiembre se limitaron aún exclusivamente a las casas comerciales propiamente dichas. El 1 de octubre el Banco elevó su tipo mínimo de descuento para letras a corto plazo al 5 1/2 por ciento y declaró al mismo tiempo que en adelante no haría más anticipos sobre papeles del Estado, de la clase que fuesen. Ahora, los bancos por acciones y los banqueros privados tampoco pudieron resistir por más tiempo la presión. El Royal Bank of Liverpool, la Liverpool Banking Company, el North and South Wales Bank, el Newcastle Union Joint Stock Bank, etc., etc., sucumbieron uno tras otro en pocos días. Al mismo tiempo se produjeron las declaraciones de insolvencia de multitud de pequeños banqueros privados en todas las provincias de Inglaterra.

A esta suspensión general de pagos de los bancos, que caracteriza particularmente el mes de octubre, se sumaron en Liverpool, Manchester, Oldham, Halifax, Glasgow, etc., un número considerable de bancarrotas de comerciantes de valores, corredores de letras de cambio, de acciones, de buques, de té y de algodón, de productores y comerciantes de hierro, hilanderos de algodón y lana, estampadores de calicó, etc. Según el señor Tooke, estas bancarrotas no tenían precedente en la historia mercantil inglesa, tanto por su número como por la cuantía de su capital, y superaban con mucho a las de la crisis de 1825. La crisis alcanzó su punto álgido el 23-25 de octubre, y todas las transacciones comerciales cesaron por completo. Entonces, una diputación de la City obtuvo la suspensión de la ley bancaria de 1844, ese fruto de la sagacidad del difunto Sir Robert Peel. Con esta suspensión cesó momentáneamente la separación del Banco en dos departamentos completamente independientes, con dos fondos de caja separados; unos cuantos días más del viejo régimen, y uno de estos departamentos, el departamento bancario, habría tenido que quebrar, mientras que en el departamento de emisión se hallaban acumulados seis millones en oro.

Ya en octubre tuvo lugar la primera repercusión de la crisis en el continente. Se produjeron importantes bancarrotas simultáneamente en Bruselas, Hamburgo, Bremen, Elberfeld, Génova, Livorno, Courtray, San Petersburgo, Lisboa y Venecia. A medida que la intensidad de la crisis disminuía en Inglaterra, aumentaba en el continente y alcanzaba puntos a los que hasta entonces no había llegado. Durante el período más crítico, el cambio era favorable a Inglaterra, y así ésta atrajo desde noviembre importaciones crecientes de oro y plata, no sólo de Rusia y del continente, sino también de América. La consecuencia inmediata fue que, a medida que el mercado monetario se aligeraba en Inglaterra, se contraía en el resto del mundo comercial y la crisis se extendía aquí en la misma proporción. Así pues, el número de bancarrotas fuera de Inglaterra aumentó en noviembre; se produjeron también quiebras importantes en Nueva York, Rotterdam, Ámsterdam, El Havre, Bayona, Amberes, Mons, Trieste, Madrid y Estocolmo. En diciembre la crisis estalló también en Marsella y Argel y adquirió renovada virulencia en Alemania.

Hemos llegado ahora al momento en que estalló la revolución francesa de febrero. Si se examina la lista de bancarrotas que el Sr. D. M. Evans adjunta a su "Commercial Crisis of 1847-48" (Londres, 1848, pág. 287), se encuentra que en Inglaterra no quebró ni una sola casa importante a consecuencia de esta revolución. Las únicas quiebras relacionadas con ella se produjeron en el comercio de valores, a causa de la súbita depreciación de todos los papeles del Estado continentales. Bancarrotas análogas de comerciantes de valores ocurrieron, naturalmente, también en Ámsterdam, Hamburgo, etc. Los cónsules ingleses bajaron un 6 por ciento, mientras que después de la revolución de julio habían bajado un 3 por ciento. Para los jobistas de la Bolsa, la república de febrero resultó, pues, doblemente peligrosa que la monarquía de julio.

El pánico que estalló en París después de febrero y que, simultáneamente con las revoluciones, se extendió por todo el continente, ofreció en su desarrollo gran semejanza con el pánico londinense de abril de 1847. El crédito desapareció súbitamente y las transacciones cesaron casi por completo; en París, Bruselas y Ámsterdam todo el mundo se abalanzó sobre el Banco para canjear los billetes por oro; en total, sin embargo, se produjeron muy pocas bancarrotas fuera del comercio de valores, y aun estas pocas difícilmente pueden aducirse como resultados necesarios de la revolución de febrero. Las suspensiones de pagos, en su mayoría solo momentáneas, de los banqueros parisinos están ligadas en parte con el comercio de valores, en parte fueron meras medidas de precaución sin que las motivara una insolvencia real, y en parte, por último, se llevaron a cabo por pura chicanería, para crear dificultades al gobierno provisional y arrancarle concesiones. En las quiebras de banqueros y comerciantes en otros puntos del continente es imposible decidir hasta qué punto surgían de la persistencia y difusión gradual de la crisis comercial, hasta qué punto fueron utilizadas las circunstancias del momento por casas arruinadas desde mucho antes como una salida razonable, o hasta qué punto fueron realmente consecuencias de pérdidas ocasionadas por el pánico revolucionario. En todo caso, es seguro que la crisis comercial contribuyó infinitamente más a las revoluciones de 1848 que la revolución a la crisis comercial. Entre marzo y mayo, Inglaterra sacó ya ventaja directa de la revolución, que le aportó una masa de capital continental. A partir de ese momento puede considerarse que la crisis ha terminado aquí; en todos los ramos de los negocios se produjo una mejora, y el nuevo ciclo industrial comienza con una decidida tendencia a la prosperidad. Cuán poco entorpeció la revolución continental este auge de la industria y del comercio en Inglaterra lo demuestra el hecho de que la masa de algodón aquí elaborado subió de 475 millones de libras (1847) a 713 millones de libras (1848).

Esta renovada prosperidad se desarrolló de manera visible en Inglaterra durante los tres años 1848, 1849 y 1850. En los ocho meses de enero a agosto, la exportación total de Inglaterra fue: en 1848, 31.633.214 libras esterlinas; en 1849, 39.263.322 libras esterlinas; en 1850, 43.851.568 libras esterlinas. A este considerable aumento, que se manifestó en todos los ramos de los negocios, con excepción de la producción de hierro, vinieron a sumarse las cosechas, en todas partes abundantes, de estos tres años. El precio medio del trigo en 1848-1850 bajó en Inglaterra a 36 chelines, y en Francia a 32 chelines por quarter. Lo que distingue esta época de prosperidad es que tres canales principales de especulación estaban cegados. La producción ferroviaria se había reducido al lento desarrollo de una rama industrial corriente; los cereales, con una serie de cosechas abundantes, no ofrecían oportunidad alguna; los papeles del Estado habían perdido, a causa de las revoluciones, el carácter de seguridad sin el cual no son posibles las grandes especulaciones con valores. En todas las épocas de prosperidad, el capital se acrecienta. Por una parte, la producción acrecentada genera nuevo capital; por otra, se extrae de la inactividad el capital disponible que dormitaba durante la crisis y se le lanza al mercado. Este capital adicional, ante la falta de salidas para la especulación en los años 1848-1850, se vio forzado a lanzarse sobre la industria propiamente dicha y a acelerar así aún más la producción. Cuánto sorprende esto en Inglaterra, sin que se lo sepa explicar, lo prueba la ingenua declaración del Economist del 19 de octubre de 1850:

«Es notable que la prosperidad actual se distingue esencialmente de la de todos los períodos anteriores. En todos esos períodos, alguna especulación infundada suscitaba esperanzas que no habían de cumplirse. Unas veces eran minas extranjeras, otras más ferrocarriles de los que razonablemente podían construirse en medio siglo. Incluso cuando tales especulaciones estaban bien fundadas, se hacían siempre con la perspectiva de un rendimiento que sólo podía realizarse después de un período considerable, ya fuera mediante la producción de metales o la creación de nuevas comunicaciones y mercados. No brindaban una ganancia inmediata. Pero en el presente, nuestra prosperidad está basada en la producción de cosas inmediatamente útiles, que entran en el consumo casi tan rápido como se lanzan al mercado, que proporcionan a los productores una ganancia razonable y los incitan a una producción mayor.»

La prueba más contundente de cuánto se ha incrementado la producción industrial en 1848 y 1849 la suministra la rama industrial principal, la elaboración del algodón. La cosecha de algodón de 1849 en los Estados Unidos fue más abundante que ninguna otra anterior. Ascendió a 2 3/4 millones de balas, o aproximadamente 1.200 millones de libras. La expansión de la industria algodonera mantuvo tal paso con esta oferta acrecentada que, a finales de 1849, las existencias eran menores que antes, incluso después de años de malas cosechas. En el año 1849 se hilaron más de 775 millones de libras de algodón, mientras que en 1845, en el año de la mayor prosperidad hasta entonces, sólo se habían elaborado 721 millones. La expansión de la industria algodonera queda probada, además, por la gran alza de los precios del algodón (55 por ciento) a consecuencia de un déficit relativamente insignificante en la cosecha de 1850. Como mínimo, el mismo progreso se manifiesta en todas las demás ramas, como <En la "Revue": la> hilandería y tejeduría de seda, lana, tejidos mixtos y lino. La exportación de los productos de estas industrias aumentó tan considerablemente, sobre todo en 1850, que con ello se produjo el gran incremento en la exportación total de este año (12 millones frente a 1848, 4 millones frente a 1849 en los primeros ocho meses), aunque en 1850 la exportación de manufacturas de algodón disminuyó sensiblemente a consecuencia de la mala cosecha algodonera. A pesar de la notable alza de los precios de la lana, que ya en 1849 parecía provocada por la especulación —la cual, sin embargo, se ha mantenido hasta ahora—, la industria lanera se ha expandido sin cesar y a diario se ponen en actividad nuevos telares. La exportación de tejidos de lino ascendió en 1844, el año de la mayor exportación de lino hasta entonces, a 91 millones de yardas, por valor de 2.800.000 libras esterlinas, y en 1849 alcanzó la altura de 107 millones de yardas, por valor de más de 3.000.000 de libras esterlinas.

Otra prueba del crecimiento de la industria inglesa la suministra el consumo constantemente acrecentado de los principales artículos coloniales, especialmente café, azúcar y té, con precios en continuo aumento, al menos de los dos primeros artículos. Este incremento del consumo es tanto más una consecuencia directa de la industria expandida cuanto que el mercado excepcional para ésta, creado desde 1845 por las extraordinarias construcciones ferroviarias, se ha reducido desde hace tiempo a la medida ordinaria, y cuanto que los bajos precios del grano de los últimos años no permiten un consumo acrecentado en los distritos agrícolas.

La gran expansión de la industria algodonera en 1849 condujo, en los últimos meses de ese año, a un renovado intento de forzar los mercados de las Indias Orientales y China. Pero la cantidad de viejas existencias aún no realizadas en aquellas regiones frenó muy pronto este intento. Simultáneamente, con el consumo creciente de materias primas y artículos coloniales, se emprendió también un intento de especulación en estos artículos, pero también éste se vio muy pronto detenido por suministros momentáneamente acrecentados y por el recuerdo de las heridas aún demasiado frescas de 1847.

La prosperidad de la industria será acrecentada aún más por la reciente apertura de las colonias holandesas, por la inminente erección de nuevas líneas de comunicación en el Océano Pacífico, sobre las cuales volveremos, y por la gran exposición industrial de 1851. Esta exposición fue convocada por la burguesía inglesa ya en el año 1849, cuando aún todo el continente soñaba con la revolución, con la más admirable sangre fría. En ella convoca a todos sus vasallos, desde Francia hasta China, a un gran examen en el que habrán de demostrar cómo han aprovechado su tiempo; y ni siquiera el todopoderoso zar de Rusia puede dejar de ordenar a sus súbditos que comparezcan numerosos en esta gran prueba. Este gran congreso mundial de productos y productores tiene una significación completamente distinta a la de los congresos absolutistas de Bregenz y Varsovia, que tanto sudor exprimen a nuestros continentales pequeños burgueses democráticos, o a la de los congresos democrático-europeos que los diversos gobiernos provisionales in partibus proyectan una y otra vez para la salvación del mundo. Esta exposición es una prueba contundente del poder concentrado con que la moderna gran industria derriba en todas partes las barreras nacionales y va borrando cada vez más las particularidades locales en la producción, las relaciones sociales, el carácter de cada pueblo. Al exhibir, comprimida en un pequeño espacio, la masa total de las fuerzas productivas de la industria moderna, justamente en una época en que las modernas relaciones burguesas están ya socavadas por todos lados, pone a la vista al mismo tiempo el material que, en medio de estas condiciones minadas, se ha generado y se sigue generando a diario para la construcción de una nueva sociedad. La burguesía del mundo erige con esta exposición en la Roma moderna su panteón, en el cual exhibe, con orgullosa autocomplacencia, a sus dioses, que ella misma se ha hecho. Demuestra así prácticamente cómo la "impotencia y el descontento del burgués", que los ideólogos alemanes predican año tras año, no son más que la propia impotencia de estos señores para comprender el movimiento moderno, y su propio descontento por esa impotencia. La burguesía celebra ésta, su mayor fiesta, en un momento en que se avecina el derrumbe de toda su magnificencia, un derrumbe que le demostrará de manera más contundente que nunca cómo los poderes creados por ella han escapado de su tutela. En una futura exposición, los burgueses quizá ya no figurarán como poseedores de estas fuerzas productivas, sino sólo como sus cicerones.

Así como en 1845 y 1846 la enfermedad de la patata, desde principios de este año el déficit en la cosecha de algodón difunde un terror general entre la burguesía. Este terror se ha acrecentado aún considerablemente desde que se tiene la certeza de que la cosecha de algodón de 1851 no será, en ningún caso, mucho más abundante que la de 1850. El déficit, que para períodos anteriores sería insignificante, es muy grande para la actual expansión de la industria algodonera y ya ha ejercido un efecto muy paralizador sobre su actividad. Apenas repuesta la burguesía del deprimente descubrimiento de que uno de los pilares fundamentales de todo su orden social, la patata, estaba amenazado, ve ahora amenazado el segundo pilar fundamental, el algodón. Si ya un solo déficit mediano en la cosecha algodonera, y la perspectiva de un segundo en medio del júbilo de la prosperidad, pudieron causar seria alarma, algunos años sucesivos de malas cosechas algodoneras reales arrojarán necesariamente a toda la sociedad civilizada, por el momento, de vuelta a la barbarie. La edad de oro y la edad de hierro han pasado hace tiempo; al siglo XIX, con su inteligencia, su mercado mundial, sus colosales fuerzas productivas, le estaba reservado alumbrar la edad del algodón. Simultáneamente, la burguesía inglesa sintió más gravosamente que nunca qué dominio ejercen los Estados Unidos sobre ella por medio de su monopolio, hasta ahora intacto, de la producción algodonera. Inmediatamente se ha puesto en movimiento para romper este monopolio. No sólo en las Indias Orientales, también en Natal y en las partes septentrionales de Australia, y en general en todas las partes del mundo donde el clima y las circunstancias permiten el cultivo del algodón, éste deberá fomentarse de todas las maneras. Al mismo tiempo, la burguesía inglesa, amiga de los negros, descubre que "la prosperidad de Manchester depende del trato a los esclavos en Texas, Alabama y Luisiana, y que esto es un hecho tan singular como alarmante" ("Economist", 21 de septiembre de 1850). Que la rama decisiva de la industria inglesa descanse sobre la existencia de la esclavitud en los estados del sur de la Unión americana, que una revuelta de los negros en aquellos países pueda arruinar todo el sistema de producción hasta ahora vigente, es, desde luego, un hecho muy deprimente para la gente que hace pocos años gastó 20 millones de libras esterlinas en la emancipación de los negros en sus propias colonias. Pero este hecho conduce al mismo tiempo a la única solución fácticamente posible de la cuestión de la esclavitud, que ahora ha vuelto a dar lugar a debates tan largos y acalorados en el Congreso americano. La producción algodonera americana descansa en la esclavitud. Tan pronto como la industria se haya desarrollado hasta el punto en que el monopolio algodonero de los Estados Unidos se le vuelva insoportable, se producirá exitosamente algodón en masa en otros países, y esto, hoy en día, sólo puede hacerse casi en todas partes mediante trabajadores libres. Pero tan pronto como el trabajo libre de otros países suministre a la industria su provisión de algodón de forma suficiente y más barata que el trabajo esclavo de los Estados Unidos, con el monopolio algodonero americano se romperá también la esclavitud americana, y los esclavos serán emancipados, porque, como esclavos, se habrán vuelto inútiles. Exactamente igual será abolido el trabajo asalariado en Europa, tan pronto como no sólo deje de ser una forma necesaria para la producción, sino que se haya convertido incluso en una traba para ésta.

Si el nuevo ciclo de desarrollo industrial, iniciado con 1848, sigue el mismo curso que el de 1843-47, la crisis estallaría en el año 1852. Como síntoma de que la sobreespeculación que se genera a partir de la sobreproducción, que precede a toda crisis, no puede tardar ya mucho en aparecer, aducimos aquí que la tasa de descuento del Banco de Inglaterra no pasa desde hace dos años del 3 por ciento. Pero si el Banco de Inglaterra mantiene bajo su tipo de interés en tiempos de prosperidad, los demás comerciantes de dinero han de fijar el suyo aún más bajo, del mismo modo que en tiempos de crisis, cuando el Banco eleva considerablemente el tipo de interés, lo mantienen por encima del del Banco. El capital adicional que, como hemos visto más arriba, se arroja regularmente al mercado de préstamos en tiempos de prosperidad, ya baja por sí solo, según las leyes de la competencia, el tipo de interés considerablemente; pero en una medida aún mucho mayor lo reduce el crédito enormemente acrecentado por la prosperidad general, ya que disminuye la demanda de capital. El gobierno está en condiciones, en estas épocas, de rebajar el tipo de interés de su deuda consolidada, y los terratenientes, de renovar sus hipotecas en términos más favorables. Los capitalistas del mercado de préstamos ven así, en una época en que el ingreso de todas las demás clases asciende, disminuir el suyo en un tercio o más. Cuanto más dura este estado de cosas, tanto más se ven forzados a buscar una colocación más ventajosa para su capital. La sobreproducción suscita numerosos proyectos nuevos, y el éxito de unos pocos de ellos basta para arrojar toda una serie de capitales en la misma dirección, hasta que el vértigo se va generalizando por grados. Pero la especulación tiene, como vemos, en este momento sólo dos posibles canales principales de salida: el cultivo del algodón y las nuevas vías de comunicación del mercado mundial, dadas por el desarrollo de California y Australia. Se ve que, esta vez, su campo adquirirá dimensiones incomparablemente mayores que en ningún período de prosperidad anterior.

Echemos todavía una ojeada a la situación de los distritos agrícolas ingleses. Aquí, la general depresión se ha hecho crónica a consecuencia de la abolición de los derechos sobre el grano y de las simultáneas cosechas abundantes, si bien aparece aminorada en cierto modo por el consumo notablemente acrecentado a causa de la prosperidad. A ello se añade que, al menos, los trabajadores agrícolas, cuando los precios de los cereales son bajos, se hallan siempre en una situación relativamente mejor, aunque este mejoramiento se dé en Inglaterra en menor escala que en los países en que predomina la parcelación de la propiedad territorial. En estas circunstancias, en los distritos agrícolas prosigue la agitación de los proteccionistas por el restablecimiento de los derechos sobre el grano, si bien de un modo más sordo, más encubierto que hasta ahora. Es evidente que dicha agitación carecerá por completo de significación mientras duren la prosperidad industrial y la situación relativamente

más soportable de los trabajadores del campo. Pero tan pronto como
estalle la crisis y repercuta en las comarcas agrícolas, la depresión
de la agricultura provocará en el campo una excitación extraordinaria. Por vez primera coincidirá esta vez la crisis industrial y comercial
con una crisis agrícola, y en todas las cuestiones en que la ciudad y el campo, los fabricantes y los terratenientes luchen entre sí, ambos partidos se verán apoyados por dos grandes ejércitos: los fabricantes por la masa de los trabajadores industriales; los terratenientes por la masa de los trabajadores agrícolas.

Pasamos ahora a los
Estados Unidos
de América del Norte
. La crisis de 1836,
que estalló aquí primeramente y devastó con la máxima violencia, duró casi sin interrupción
hasta 1842 y trajo como consecuencia una completa revolución del sistema de crédito norteamericano. El comercio de los Estados Unidos se restableció sobre esta base más sólida, al principio, ciertamente, con mucha lentitud, hasta que a partir de 1844 y 45 la prosperidad también aquí aumentó de modo considerable. Tanto la carestía como las revoluciones en Europa no fueron para América más que fuentes de ganancia. De 1845 a 47 ganó con la enorme exportación de grano y con los elevados precios del algodón a partir de 1846. La crisis de 1847 apenas la afectó. En 1849 tuvo la mayor cosecha de algodón hasta entonces registrada, y en 1850 ganó aproximadamente 20 millones de dólares con la pérdida de la cosecha de algodón, que coincidió con el nuevo auge de la industria algodonera europea. Las revoluciones de 1848 trajeron como consecuencia una gran emigración de capitales europeos a los Estados Unidos, que en parte llegó con los propios inmigrantes y en parte fue invertida desde Europa en papeles del Estado norteamericanos. Esta demanda acrecentada de fondos norteamericanos ha elevado hasta tal punto sus precios, que desde hace poco la especulación se ha lanzado sobre ellos con gran furor en Nueva York. De modo que, a pesar de todas las protestas en contrario de la prensa burguesa reaccionaria, nos mantenemos en que la única forma de Estado a la que nuestros capitalistas europeos conceden confianza es la
república burguesa
. Para la confianza burguesa en una u otra forma de Estado no hay, en general, más que una expresión:
su cotización

en
la bolsa
.

Sin embargo, la prosperidad de los Estados Unidos se elevó aún más por otras causas. El territorio habitado, el
mercado
de la Unión norteamericana, se extendió en dos direcciones con sorprendente rapidez. El aumento de la población, tanto por la reproducción interior como por la inmigración continuamente acrecentada, condujo al poblamiento de estados y territorios enteros. Wisconsin e Iowa se poblaron en pocos años de manera relativamente densa, y todos los estados del

alto Misisipí recibieron un considerable incremento de inmigrantes. La explotación de las minas del Lago
Superior y la creciente producción de grano de toda la región de los lagos dieron un nuevo auge al comercio y a la navegación en este sistema de grandes aguas interiores, auge que se incrementará todavía más por un decreto de la última sesión del Congreso en el que se ofrecen grandes facilidades al comercio con el Canadá y Nueva Escocia. Mientras los estados del Noroeste han cobrado así una significación completamente nueva, Oregón ha sido colonizado en pocos años, Tejas y Nuevo México anexionados y California conquistada. El descubrimiento de las minas de oro californianas puso la corona a la prosperidad norteamericana. Ya en el
segundo número
de esta «Revue»
, antes que ninguna otra revista europea, llamamos la atención sobre
la importancia de este descubrimiento y sus necesarias consecuencias para todo el comercio internacional. Esta importancia no reside en el aumento del oro por las minas recién descubiertas, aunque tampoco este aumento de los medios de cambio pudiera permanecer sin influencia favorable sobre el comercio general. Reside en el estímulo que la riqueza mineral de California dio a los capitales en el mercado mundial, en la actividad en que fue puesta toda la costa occidental americana y la costa oriental asiática, en el nuevo mercado de salida que se creó en California y en todos los países tocados por su influencia. Sólo el mercado californiano es ya considerable; hace un año había 100.000, ahora hay por lo menos 300.000 personas allí que casi no producen más que oro y cambian por este oro todos sus medios de vida de mercados extranjeros. Pero el mercado californiano es insignificante comparado con la continua expansión de todos los mercados del Mar Pacífico, con el notable incremento del comercio en Chile y el Perú, en el occidente de México, en las islas Sandwich, y con el repentino surgimiento del tráfico de Asia y Australia con California. California ha hecho necesarias rutas mundiales enteramente nuevas, rutas que en breve habrán de superar a todas las demás en importancia. La principal vía comercial hacia el Mar Pacífico, que propiamente ahora acaba de abrirse y se convierte en el más importante océano del mundo, pasa de hoy en adelante por el istmo de Panamá. El establecimiento de comunicaciones en este istmo mediante carreteras, ferrocarriles y canales se ha convertido ahora en la más urgente necesidad para el comercio mundial y en algunos lugares ya ha sido acometida. El ferrocarril de Chagres a Panamá ya se está construyendo. Una compañía norteamericana está haciendo medir la cuenca del río San Juan de Nicaragua, para unir en este punto

ambos mares, primero por una ruta terrestre y después por un canal. Otras rutas, como la del istmo de Darién, la ruta del Atrato en Nueva Granada, la del istmo de Tehuantepec,
se discuten en periódicos ingleses y norteamericanos. Dada la ignorancia, de pronto revelada, en que se encuentra todo el mundo civilizado sobre las condiciones del terreno de Centroamérica, es imposible determinar cuál es la ruta más ventajosa para un gran canal; según los pocos datos conocidos, la ruta del Atrato y la vía de Panamá ofrecen las mayores probabilidades. En conexión con las comunicaciones a través del istmo, la rápida extensión de la navegación oceánica a vapor se ha vuelto igualmente urgente. Ya hay vapores que navegan entre Southampton y Chagres, Nueva York y Chagres, Valparaíso, Lima, Panamá, Acapulco y San Francisco; pero estas pocas líneas, con su escaso número de vapores, distan mucho de ser suficientes. El aumento de la navegación a vapor entre Europa y Chagres se hace cada día más necesario, y el creciente tráfico entre Asia, Australia y América exige nuevas y grandiosas líneas de vapores de Panamá y San Francisco a Cantón, Singapur, Sídney, Nueva Zelandia y la estación más importante del Pacífico, las islas Sandwich. Australia y Nueva Zelandia, en particular, han sido las que más se han elevado de todos los territorios del Pacífico, tanto por el rápido progreso de la colonización como por la influencia de California, y no quieren permanecer ni un momento más separadas del mundo civilizado por un viaje a vela de cuatro a seis meses. La población total de las colonias australianas (exceptuando Nueva Zelandia) aumentó de 170.676 (1839) a 333.764 en 1848, es decir, se incrementó en un 95 
1
/
2
por ciento en nueve años. La propia Inglaterra
no puede dejar estas colonias sin comunicación por vapores; el gobierno está negociando en este momento una línea conectada con el correo terrestre de la India Oriental, y ya se realice o no, la necesidad de la comunicación a vapor con América, y especialmente con California, adonde el año pasado fueron 3.500 emigrantes de Australia, pronto se remediará por sí misma. Realmente puede decirse que el mundo empieza a redondearse ahora, desde que existe la necesidad de esta navegación oceánica universal a vapor.

Esta inminente expansión de la navegación a vapor se verá acrecentada por la ya mencionada apertura de las colonias holandesas y por el aumento de los vapores de hélice, con los cuales, según se demuestra cada vez más, los emigrantes son transportados más rápidamente, con relativa baratura y mayores ventajas que en barcos de vela. Además de los vapores de hélice que ya van de Glasgow y Liverpool a Nueva York,

se pondrán otros nuevos en la línea y se establecerá una línea entre Rotterdam
y Nueva York. Cuán grande es la tendencia del capital, en la actualidad, a lanzarse sobre la navegación oceánica a vapor lo prueba el continuo aumento de los vapores de competencia que hacen el servicio entre Liverpool y Nueva York, el establecimiento de líneas completamente nuevas de Inglaterra al Cabo y de Nueva York al Havre, y toda una serie de proyectos análogos que se propagan ahora en Nueva York.

En esta orientación del capital hacia la navegación de vapor transoceánica y hacia la canalización del istmo americano ya se ha puesto el fundamento para la superespeculación en este terreno. El centro de esta especulación es necesariamente Nueva York, que recibe la mayor masa del oro californiano, que ya ha atraído a sí el comercio principal con California y que, en general, desempeña para toda América el mismo papel que Londres para Europa. Nueva York es ya el centro de toda la navegación transatlántica a vapor; todos los vapores del Pacífico pertenecen a compañías neoyorquinas, y casi todos los nuevos proyectos en este ramo parten de Nueva York. La especulación en líneas de vapores transoceánicos ya ha comenzado en Nueva York; la compañía de Nicaragua, surgida de Nueva York, es asimismo el comienzo de la especulación sobre los canales del istmo. La superespeculación se desarrollará muy pronto, y aunque el capital inglés entre masivamente en todas estas empresas, aunque la bolsa de Londres se vea inundada de proyectos análogos de toda especie, Nueva York sigue siendo esta vez el centro de todo el fraude y, como en 1836, será el primero en experimentar su derrumbe. Innumerables proyectos irán a la ruina, pero de la superespeculación surgirá esta vez, por lo menos, el
bosquejo
de una navegación a vapor universal, como en 1845 surgió el sistema ferroviario inglés.
Por muchas sociedades que quiebren, quedarán los vapores que dupliquen el tráfico atlántico, que abran el Pacífico, que unan Australia, Nueva Zelandia, Singapur, China con América y reduzcan la vuelta al mundo a una duración de cuatro meses.

La prosperidad de Inglaterra y América repercutió pronto sobre el continente europeo. Ya en el verano de 1849, en
Alemania
las fábricas, en particular las de la provincia renana, estaban otra vez bastante ocupadas, y desde fines de 1849 la reanimación de los negocios se hizo general. Esta renovada prosperidad, que nuestros burgueses alemanes atribuyen cándidamente al restablecimiento de la tranquilidad y el orden, descansa en realidad únicamente en la renovada prosperidad de Inglaterra y en la demanda acrecentada de productos industriales en los mercados norteamericanos y tropicales. En el año 1850 se elevaron

En la industria y el comercio, más aún; exactamente como en Inglaterra, se produjo una momentánea sobreabundancia de capital y una extraordinaria facilidad en el mercado monetario, y los informes sobre las ferias de otoño de Fráncfort y Leipzig suenan en el más alto grado satisfactorios para los burgueses interesados. Las turbulencias de Schleswig-Holstein y de Kurhessen, las disputas sobre la Unión y las amenazadoras notas de Austria y Prusia no han podido detener ni un instante el desarrollo de todos estos síntomas de la prosperidad, como lo observa también el “Economist” con burlona superioridad cockney.

Los mismos síntomas se manifestaron en Francia desde 1849 y, en particular, desde principios de 1850. Las industrias parisinas están plenamente ocupadas, y también las fábricas de algodón de Ruán y Mulhouse marchan bastante bien, aunque aquí los altos precios de la materia prima han ejercido un efecto obstaculizador, al igual que en Inglaterra. El desarrollo de la prosperidad en Francia se vio favorecido, además, especialmente por la amplia reforma arancelaria en España y por la reducción de los derechos sobre diversos artículos de lujo en México; hacia ambos mercados ha aumentado considerablemente la exportación de mercancías francesas. El incremento de los capitales condujo en Francia a una serie de especulaciones, para las cuales la explotación en gran escala de las minas de oro de California sirvió de pretexto. Surgió una multitud de sociedades cuyos bajos importes de acciones y cuyos prospectos de color socialista apelan directamente al bolsillo de los pequeños burgueses y obreros, pero que todas y cada una de ellas desembocan en esa pura estafa que sólo es propia de franceses y chinos. Una de estas sociedades es incluso directamente protegida por el gobierno. Los derechos de importación en Francia, en los primeros nueve meses, ascendieron en 1848 a 63 millones de francos, en 1849 a 95 millones de francos y en 1850 a 93 millones de francos. Por lo demás, en el mes de septiembre de 1850 volvieron a aumentar en más de un millón en comparación con el mismo mes de 1849. La exportación también ha crecido en 1849 y aún más en 1850.

La prueba más contundente de la prosperidad restablecida es la reintroducción de los pagos en metálico del Banco, mediante la ley del 6 de agosto de 1850. El 15 de marzo de 1848, el Banco había sido autorizado a suspender sus pagos en metálico. La circulación de sus billetes, incluidos los bancos provinciales, ascendía entonces a 373 millones de francos (14.920.000 libras esterlinas). El 2 de noviembre de 1849, esta circulación era de 482 millones de francos o 19.280.000 libras esterlinas; un aumento de 4.360.000 libras esterlinas, y el 2 de septiembre de 1850, de 496 millones de francos o 19.840.000 libras esterlinas; un aumento de aproximadamente 5 millones de libras esterlinas. No se produjo con ello depreciación alguna de los billetes; a la inversa, la mayor circulación de billetes estuvo acompañada por una acumulación constantemente creciente de oro y plata en los sótanos del Banco, de modo que en el verano de 1850 la reserva en metálico ascendía aproximadamente a 14 millones de libras esterlinas, una suma inaudita en Francia. El que el Banco se viera así capacitado para aumentar su circulación y, con ella, su capital activo en 123 millones de francos o 5 millones de libras esterlinas, demuestra de manera contundente cuán acertada era nuestra afirmación en un cuaderno anterior de que la aristocracia financiera no sólo no había sido derrocada por la revolución, sino reforzada aún más. Este resultado se hace aún más palpable con el siguiente panorama de la legislación bancaria francesa de los últimos años. El 10 de junio de 1847 se autorizó al Banco a emitir billetes de 200 francos; el billete más bajo había sido hasta entonces de 500 francos. Un decreto del 15 de marzo de 1848 declaró moneda de curso legal los billetes del Banco de Francia y eximió al Banco de la obligación de reembolsarlos en metálico. Su emisión de billetes quedó limitada a 350 millones de francos. Al mismo tiempo, se le autorizó a emitir billetes de 100 francos. Un decreto del 27 de abril dispuso la fusión de los bancos departamentales con el Banco de Francia; otro decreto del 2 de mayo de 1848 elevó su emisión de billetes a 452 millones de francos. Un decreto del 22 de diciembre de 1849 elevó el máximo de la emisión de billetes a 525 millones de francos. Finalmente, la ley del 6 de agosto de 1850 reintrodujo la convertibilidad de los billetes en dinero. Estos hechos, el continuo aumento de la circulación, la concentración de todo el crédito francés en manos del Banco y la acumulación de todo el oro y la plata franceses en las bóvedas del Banco, llevaron al señor Proudhon a la conclusión de que el Banco debía ahora mudar su vieja piel de serpiente y metamorfosearse en un banco popular proudhoniano. No necesitaba siquiera conocer la historia de la restricción bancaria inglesa de 1797 a 1819; le bastaba con dirigir la mirada al otro lado del canal para ver que este hecho, para él inaudito en la historia de la sociedad burguesa, no era más que un acontecimiento burgués de lo más normal, que ahora se producía en Francia por primera vez. Se ve que los pretendidos teóricos revolucionarios que, después del gobierno provisional, llevaban la voz cantante en París, eran tan ignorantes acerca de la naturaleza y los resultados de las medidas adoptadas como los propios señores del gobierno provisional.

A pesar de la prosperidad industrial y comercial de la que Francia disfruta momentáneamente, la masa de la población, los 25 millones de campesinos, sufre una gran depresión. Las buenas cosechas de los últimos años han deprimido los precios de los cereales en Francia mucho más aún que en Inglaterra, y la situación de los campesinos, endeudados, esquilmados por la usura y agobiados por los impuestos, no puede ser, en modo alguno, brillante. La historia de los tres últimos años ha demostrado sobradamente, sin embargo, que esta clase de la población es absolutamente incapaz de iniciativa revolucionaria alguna.

Así como el período de crisis sobreviene en el continente más tarde que en Inglaterra, así también el de prosperidad. En Inglaterra se produce siempre el proceso originario; es el demiurgo del cosmos burgués. En el continente, las diversas fases del ciclo que la sociedad burguesa recorre una y otra vez se presentan en forma secundaria y terciaria. En primer lugar, el continente exportaba a Inglaterra desproporcionadamente más que a ningún otro país. Pero esta exportación a Inglaterra depende a su vez de la situación de Inglaterra, especialmente respecto al mercado de ultramar. En segundo lugar, Inglaterra exporta a los países de ultramar desproporcionadamente más que todo el continente, de suerte que la cantidad de la exportación continental a esos países depende siempre de la respectiva exportación de ultramar de Inglaterra. Por consiguiente, si bien las crisis engendran revoluciones primeramente en el continente, la causa de éstas se halla siempre en Inglaterra. En las extremidades del cuerpo burgués, naturalmente, los estallidos violentos tienen que producirse antes que en su corazón, ya que aquí la posibilidad de compensación es mayor que allí. Por otra parte, el grado en que las revoluciones continentales repercuten sobre Inglaterra es, al mismo tiempo, el termómetro que indica hasta qué punto esas revoluciones ponen realmente en tela de juicio las condiciones de vida burguesas, o hasta qué punto afectan sólo a sus formaciones políticas.

En medio de esta prosperidad general, en que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desarrollan con tanta exuberancia como es posible dentro de las relaciones burguesas, ni hablar se puede de una verdadera revolución. Una revolución de este tipo sólo es posible en los períodos en que estos dos factores, las modernas fuerzas productivas y las formas burguesas de producción, entran en contradicción entre sí. Las diversas rencillas en que se solazan ahora los representantes de las distintas fracciones del partido del orden continental, comprometiéndose mutuamente, lejos de ofrecer ocasión a nuevas revoluciones, sólo son posibles, por el contrario, porque la base de las condiciones es, por el momento, tan segura y —lo que la reacción ignora— tan burguesa. Contra ella se estrellarán por igual todos los intentos reaccionarios que ponen trabas al desarrollo burgués y toda indignación moral y todas las entusiastas proclamas de los demócratas. Una nueva revolución sólo es posible a raíz de una nueva crisis. Pero es asimismo tan segura como ésta.

Pasamos ahora a los acontecimientos políticos de los últimos seis meses. Para Inglaterra, la época de prosperidad es siempre la época de florecimiento del whigismo, que tiene en el hombre más pequeño del reino, lord John Russell, su encarnación adecuada. El ministerio presenta en el parlamento pequeñas propuestas de reforma de poca monta, de las que sabe que naufragarán en la Cámara de los Lores, o que él mismo retira al final de la legislatura con el pretexto de falta de tiempo. La falta de tiempo se motiva entonces siempre por la precedente sobreabundancia de tedio y de palabrería hueca, a la que el presidente pone coto lo más tarde posible con la observación de que aquello no es una cuestión que incumba a la Cámara. La lucha entre librecambistas y proteccionistas degenera en tales épocas en pura farsa. La masa de los librecambistas está demasiado ocupada con la explotación material del libre comercio para tener tiempo o ganas de conquistar de manera más consciente sus consecuencias políticas; los proteccionistas, ante el auge de la industria urbana, no pueden hacer otra cosa que recurrir a jeremiadas burlescas y amenazas. Los partidos no prosiguen la guerra sino por puro decoro, para mantenerse mutuamente en el recuerdo. Antes de la última legislatura, los burgueses industriales armaron un gran ruido en interés de la reforma financiera; en el parlamento mismo se limitaron a protestas teóricas. Antes de la legislatura, el señor Cobden, con motivo del empréstito ruso, reiteró al zar su declaración de guerra y no encontró sarcasmos bastante para acumular sobre el gran pobre de Petersburgo; seis meses después, ya había descendido a la escandalosa farsa del Congreso de la Paz, que no tuvo otro resultado que el de que un indio ojibway, para gran consternación del señor Haynau, presente en la tribuna, entregara una pipa de la paz al señor Jaup, y que el charlatán yanqui de la templanza Elihu Burritt se fuera a Schleswig-Holstein y a Copenhague a asegurar a los respectivos gobiernos sus bienintencionados propósitos. ¡Como si toda la guerra de Schleswig-Holstein pudiera jamás tomar un cariz serio mientras el señor von Gagern tome parte en ella y Venedey no!

La verdadera, la gran cuestión política de la pasada legislatura fue el debate griego. Toda la reacción absolutista del continente había formado con los tories ingleses una coalición para derrocar a Palmerston. Luis Napoleón había incluso retirado a su embajador de Londres, tanto para halagar al zar Nicolás como a la vanidad nacional francesa. Toda la Asamblea Nacional aplaudió fanáticamente esta audaz ruptura con la tradicional alianza inglesa. El asunto dio al señor Palmerston la ocasión de presentarse en la Cámara de los Comunes como el paladín de la libertad burguesa de toda Europa; obtuvo una mayoría de 46 votos, y el resultado de la coalición, tan impotente como ridícula, fue la no renovación del Alien Bill.

Si Palmerston, en su manifestación contra Grecia y en su discurso parlamentario, se enfrentó a la reacción europea como liberal burgués, el pueblo inglés aprovechó la presencia del señor Haynau en Londres para hacer una contundente manifestación de su política exterior.

Mientras el representante militar de Austria era perseguido por el pueblo por las calles de Londres, Prusia experimentaba en su representante diplomático una desgracia no menos adecuada a su posición. Se recordará cómo la figura más cómica de Inglaterra, el locuaz literato Brougham, hizo expulsar de las galerías de la Cámara de los Lores al literato Bunsen por su conducta indiscretamente impertinente, entre las carcajadas generales de todas las ladies. El señor Bunsen soportó esta humillación con toda calma, muy en el espíritu de la gran potencia por él representada. Lo que es él, no abandonará Inglaterra de ningún modo, le suceda lo que le suceda. Todo el conjunto de sus intereses privados lo tiene ligado a Inglaterra; seguirá explotando su cargo diplomático para especular en la religión inglesa y colocando a sus hijos en la iglesia anglicana, y a sus hijas en alguna de las gradaciones de la gentry inglesa.

La muerte de sir Robert Peel contribuyó esencialmente a acelerar la disolución de los viejos partidos. El partido que desde 1845 formaba su principal sostén, los llamados peelitas, se ha desintegrado por completo desde entonces. El propio Peel ha sido apoteosado, desde su muerte, casi por todos los partidos y con la mayor exageración, como el más grande estadista de Inglaterra. Desde luego, tiene de ventaja sobre los «estadistas» continentales el no haber sido un simple cazador de puestos. Por lo demás, la estadidad de este hijo de burgués, encumbrado a caudillo de la aristocracia agraria, consistía en la intelección de que hoy día sólo existe ya una aristocracia real, a saber, la burguesía. En este sentido, utilizó constantemente su caudillaje sobre la aristocracia agraria para arrancarle concesiones a la burguesía. Así en la emancipación de los católicos y la reforma de la policía, mediante las cuales acrecentó el poder político de la burguesía; en las leyes bancarias de 1818 y 1844, que robustecieron a la aristocracia financiera; en la reforma arancelaria de 1842 y en las leyes librecambistas de 1846, que sacrificaron derechamente a la aristocracia agraria en aras de la burguesía industrial. La segunda columna básica de la aristocracia, el «duque de hierro» Wellington, el héroe de Waterloo, apoyaba fielmente al caballero algodonero Peel como un Don Quijote desengañado. A partir de 1845, Peel fue tratado como traidor por el partido tory. El poder de Peel sobre la Cámara de los Comunes se basaba en la extraordinaria plausibilidad de su elocuencia. Léanse sus más famosos discursos y se encontrará que consisten en un enorme cúmulo de lugares comunes entre los cuales aparecen hábilmente agrupados una serie de datos estadísticos. Casi todas las ciudades de Inglaterra quieren erigir monumentos al abolidor de los impuestos sobre los cereales. Un periódico cartista observaba, aludiendo a la policía organizada por Peel en 1829: ¿Para qué queremos todos esos monumentos a Peel? Cada agente de policía, en Inglaterra e Irlanda, es ya un monumento vivo a Peel.

El último acontecimiento que ha causado sensación en Inglaterra es el nombramiento del señor Wiseman como cardenal arzobispo de Westminster y la división de Inglaterra en trece diócesis católicas por el Papa. Este paso del vicario de Cristo, tan sorprendente para la iglesia inglesa, es una nueva prueba de la ilusión a que se entrega toda la reacción continental, como si con las victorias que últimamente ha alcanzado al servicio de la burguesía, hubiera de producirse automáticamente la restauración de todo el orden social feudal-absolutista, con todos sus accesorios religiosos. El catolicismo tiene en Inglaterra su único apoyo en los dos extremos de la sociedad: la aristocracia y el lumpenproletariado. El lumpenproletariado, la plebe irlandesa o de ascendencia irlandesa, es católica por su origen. La aristocracia ha coqueteado durante tanto tiempo, a la última moda, con el puseyismo, hasta que, por fin, hasta la propia conversión a la iglesia católica empezó a ponerse de moda. En una época en que la aristocracia inglesa, en su lucha contra la burguesía en ascenso, se veía cada vez más empujada a hacer resaltar su carácter feudal, claro está que también los ideólogos religiosos de la aristocracia, los teólogos ortodoxos de la Alta Iglesia, se veían cada vez más forzados, en su pugna con los teólogos de la religión burguesa disidente, a reconocer las consecuencias de su dogma y de su rito semicatólicos, y que incluso el paso de algunos anglicanos reaccionarios a la iglesia primitiva y única salvadora se tornara cada vez más frecuente. Estos insignificantes fenómenos hicieron brotar en las cabezas de los clérigos católicos ingleses las más sanguíneas esperanzas sobre la próxima conversión de toda Inglaterra. La nueva bula del Papa, que vuelve a tratar a Inglaterra como provincia romana y que debía dar un nuevo impulso a esta tendencia a la conversión, produce precisamente el efecto contrario. Los puseyitas, confrontados de pronto con las serias consecuencias de sus juegos medievales, retroceden aterrados, y el obispo puseyita de Londres ha emitido en el acto una declaración en la que retracta todos sus errores y declara la guerra a muerte al papado. — Para la burguesía, toda esta comedia sólo tiene interés en la medida en que le brinda ocasión para nuevos ataques contra la Alta Iglesia y sus universidades. La comisión investigadora que ha de informar sobre la situación de las universidades provocará en las próximas sesiones debates violentos. La masa del pueblo no se interesa, naturalmente, ni en pro ni en contra del cardenal Wiseman. En cambio, dado el actual agostamiento de noticias, éste suministra a los periódicos un grato material para largos artículos y violentas diatribas contra Pío IX. El Times llegó a pedir que el gobierno, como castigo por sus extralimitaciones, provocase una insurrección en los Estados Pontificios y lanzase contra él al señor Mazzini y a la emigración italiana. El Globe, órgano de Palmerston, establecía un paralelo lleno de ingenio entre la bula del Papa y el último manifiesto de Mazzini. El Papa, decía, reclama una supremacía espiritual sobre Inglaterra y nombra obispos in partibus infidelium. Aquí, en Londres, reside un gobierno italiano in partibus infidelium, a cuyo frente se halla el antipapa señor Mazzini. La supremacía que el señor Mazzini no sólo reclama, sino que ejerce efectivamente en los Estados Pontificios es, por el momento, asimismo de naturaleza puramente espiritual. Las bulas del Papa son de contenido puramente religioso; los manifiestos de Mazzini, igualmente. Predican una religión, apelan a la fe, tienen como lema: Dio ed il popolo, Dios y el pueblo. Preguntamos: ¿existe entre las pretensiones de ambos otra diferencia que la de que el señor Mazzini, cuando menos, representa la religión de la mayoría del pueblo al que se dirige —pues ya casi no existe en Italia otra religión que la del Dio ed il popolo—, y el Papa, en cambio, no? Por lo demás, Mazzini ha aprovechado esta ocasión para dar un paso más. A saber: de acuerdo con los restantes miembros del Comité Nacional Italiano, ha abierto desde Londres, en acciones de 100 francos, la suscripción al empréstito de 10 millones de francos acordado por la Constituyente romana, y precisamente para adquirir armas y pertrechos de guerra. No puede negarse que este empréstito tiene más probabilidades que el malogrado empréstito voluntario del gobierno austriaco en Lombardía. —

Un golpe realmente serio, asestado en los últimos tiempos por Inglaterra contra Roma y Austria, es su tratado comercial con Cerdeña. Este tratado hace saltar el proyecto austriaco de una unión aduanera italiana y asegura al comercio inglés y a la política burguesa inglesa un importante terreno en la Alta Italia.

La organización del partido cartista, tal como ha venido existiendo hasta ahora, se halla asimismo en trance de disolución. Los pequeño burgueses que aún se encuentran dentro del partido, unidos a la aristocracia obrera, forman una fracción puramente democrática, cuyo programa se limita a la Carta del Pueblo y a algunas otras reformas pequeño burguesas. La masa de los obreros que viven en condiciones verdaderamente proletarias pertenece a la fracción cartista revolucionaria. Al frente de la primera se halla Feargus O’Connor; al frente de la segunda, Julian Harney y Ernest Jones. El viejo O’Connor, un squire irlandés y presunto descendiente de los antiguos reyes de Munster, es, pese a su ascendencia y a su orientación política, un auténtico representante de la Vieja Inglaterra. Es conservador por todo su temperamento y profesa un odio sumamente determinado lo mismo contra el progreso industrial que contra la revolución. Todos sus ideales son íntegramente patriarcales y pequeño burgueses. En su persona se amalgama una inenarrable multitud de contradicciones, que dentro de un cierto chato sentido común encuentran su arreglo y su armonía, y que son precisamente las que le capacitan para escribir, año tras año, sus semanales e interminables cartas en el Northern Star, de las que cada una está siempre en abierta contradicción con la anterior. Precisamente por eso, O’Connor se las da también de ser el hombre más consecuente de los Tres Reinos y de haber pronosticado todos los acontecimientos desde hace veinte años. Sus hombros, su vozarrón tonante, su enorme destreza para el boxeo, con la que, según se dice, defendió una vez la plaza del mercado de Nottingham contra más de veinte mil hombres —todo esto pertenece esencialmente al representante de la Vieja Inglaterra. Es evidente que un hombre como O’Connor tiene que ser un gran obstáculo en un movimiento revolucionario; pero esta clase de personas sirve precisamente para eso, para que con ellas y en ellas se desgasten una porción de prejuicios muy arraigados, y para que el movimiento, cuando, por fin, las vence, se desembarace de una vez para siempre de los prejuicios que ellas representan. O’Connor sucumbirá en el movimiento, pero, aun así, tendrá tanto derecho como los señores Lamartine y Marrast a reclamar para sí el título de «mártir de la buena causa».

El principal punto de colisión entre las dos fracciones cartistas es la cuestión de la tierra. O’Connor y su partido quieren utilizar la Carta para asentar a una parte de los obreros en pequeñas parcelas de tierra y, por último, generalizar el parcelamiento en Inglaterra. Sabido es cómo ha fracasado su intento de implantar este parcelamiento en pequeña escala por medio de una sociedad por acciones. La tendencia de toda revolución burguesa —destruir la gran propiedad agraria— pudo hacer aparecer por algún tiempo este parcelamiento como algo revolucionario a los ojos de los obreros ingleses, aunque regularmente se complete con la infalible tendencia de la pequeña propiedad a concentrarse y sucumbir ante la gran agricultura. La fracción revolucionaria de los cartistas opone a esta reivindicación del parcelamiento la de la confiscación de toda la propiedad agraria, y exige que no sea repartida, sino que permanezca como propiedad nacional.

A pesar de esta escisión y del planteamiento de reivindicaciones más extremas, los cartistas, recordando las circunstancias bajo las cuales pasó la abolición de las leyes cerealistas, han conservado el barrunto de que en la próxima crisis tendrán de nuevo que marchar unidos con los burgueses industriales, los reformadores financieros, ayudándoles a batir a sus enemigos, pero arrancándoles por ello concesiones. A decir verdad, ésta será la postura de los cartistas en la crisis inminente. El verdadero movimiento revolucionario no puede empezar en Inglaterra hasta después de haberse impuesto la Carta, exactamente lo mismo que en Francia la batalla de junio sólo fue posible una vez conquistada la República.

Pasemos ahora a Francia.

La victoria que el pueblo, unido a los pequeños burgueses, había obtenido en las elecciones del 10 de marzo fue anulada por él mismo al provocar la nueva elección del 28 de abril. Vidal había sido elegido, además de en París, en el Bajo Rin. El comité de París, en el que la Montaña y la pequeña burguesía estaban fuertemente representadas, le indujo a aceptar por el Bajo Rin. La victoria del 10 de marzo dejó de ser decisiva; el plazo de la decisión volvió a posponerse, la tensión del pueblo se relajó, se le acostumbró a triunfos legales en lugar de revolucionarios. El sentido revolucionario del 10 de marzo, la rehabilitación de la insurrección de Junio, fue finalmente aniquilado por completo mediante la candidatura de Eugène Sue, el sentimental-pequeñoburgués fantaseador social, que el proletariado, a lo sumo, podía aceptar como una broma para complacer a las grisetas. A esta bienintencionada candidatura opuso el partido del orden, envalentonado por la política vacilante de los adversarios, un candidato que debía representar la victoria de Junio. Este cómico candidato era el espartano padre de familia Leclerc, al cual, sin embargo, la prensa arrancó pieza por pieza la heroica armadura del cuerpo y quien, en la elección, cosechó también una brillante derrota. El nuevo triunfo electoral del 25 de abril tornó arrogantes a la Montaña y a la pequeña burguesía. Ya se regocijaban con la idea de poder alcanzar la meta de sus deseos por una vía puramente legal y sin volver a empujar al proletariado al primer plano mediante una nueva revolución; contaban firmemente con llevar, mediante el sufragio universal en las nuevas elecciones de 1852, al señor Ledru-Rollin a la silla presidencial y a una mayoría de montañeses a la Asamblea. El partido del orden, completamente seguro —por la repetición de la elección, por la candidatura Sue y por el estado de ánimo de la Montaña y de la pequeña burguesía— de que éstas estaban decididas a permanecer tranquilas bajo cualquier circunstancia, respondió a los dos triunfos electorales con la ley electoral que abolía el sufragio universal.

El gobierno se guardó muy bien de presentar esta proposición de ley bajo su propia responsabilidad. Hizo una concesión aparente a la mayoría al encargar su elaboración a los altos dignatarios de esa mayoría, a los diecisiete burgraves. Así pues, no fue el gobierno quien propuso a la Asamblea la supresión del sufragio universal, sino que la mayoría de la Asamblea se la propuso a sí misma.

El 8 de mayo se llevó el proyecto a la Cámara. Toda la prensa socialdemócrata se alzó como un solo hombre para predicar al pueblo dignidad de actitud, *calme majestueux* <calma majestuosa>, pasividad y confianza en sus representantes. Cada artículo de esos periódicos era una confesión de que una revolución tendría que aniquilar ante todo a la llamada prensa revolucionaria y de que ahora se trataba, por tanto, de su propia autoconservación. La pretendida prensa revolucionaria reveló todo su secreto. Firmó su propia sentencia de muerte.

El 21 de mayo, la Montaña llevó la cuestión previa a debate e hizo moción para rechazar todo el proyecto por violar la constitución. El partido del orden respondió que se violaría la constitución si fuera necesario, pero que de momento no se necesitaba, porque la constitución era susceptible de toda interpretación y porque la mayoría era la única competente para decidir sobre la interpretación correcta. A los desenfrenados y feroces ataques de Thiers y Montalembert opuso la Montaña un humanismo decente y cultivado. Apeló al terreno del derecho; el partido del orden la remitió al terreno en que crece el derecho: la propiedad burguesa. La Montaña gimoteó: ¿Se quería realmente provocar revoluciones a toda costa? El partido del orden replicó: Las esperaremos.

El 22 de mayo, la cuestión previa quedó despachada con 462 votos contra 227. Los mismos hombres que con tan solemne minuciosidad habían demostrado que la Asamblea Nacional y cada diputado individual dimitían si hacían dimitir al pueblo, su poderdante, permanecieron en sus escaños e intentaron ahora, de repente, hacer actuar al país en su lugar, y precisamente mediante peticiones, y seguían allí sentados, impasibles, cuando el 31 de mayo la ley fue aprobada brillantemente. Intentaron desquitarse mediante una protesta en la que dejaban protocolizada su inocencia en la violación de la constitución, una protesta que ni siquiera presentaron abiertamente, sino que introdujeron a escondidas en el bolsillo del presidente.

Un ejército de 150.000 hombres en París, el largo diferimiento de la decisión, el amordazamiento de la prensa, la pusilanimidad de la Montaña y de los nuevos representantes electos, la majestuosa tranquilidad de los pequeños burgueses y, sobre todo, la prosperidad comercial e industrial, impidieron todo intento de revolución por parte del proletariado.

El sufragio universal había cumplido su misión. La mayoría del pueblo había pasado por la escuela de desarrollo, para la cual únicamente puede servir durante una época revolucionaria. Tenía que ser eliminado por una revolución o por la reacción.

Un derroche de energía aún mayor desplegó la Montaña en una ocasión que se presentó poco después. El ministro de la Guerra, d'Hautpoul, había calificado desde la tribuna a la revolución de Febrero de catástrofe funesta. Los oradores de la Montaña que, como siempre, se distinguían por sus estruendos moralmente indignados, no fueron admitidos a hacer uso de la palabra por el presidente Dupin. Girardin propuso a la Montaña abandonar inmediatamente la sala en masa. Resultado: la Montaña permaneció sentada, pero Girardin fue expulsado de su seno por indigno.

La ley electoral necesitaba aún un complemento, una nueva ley de prensa. Ésta no se hizo esperar mucho. Una proposición del gobierno, agravada en varios puntos por enmiendas del partido del orden, elevó las fianzas, estableció un sello extraordinario sobre las novelas de folletín (respuesta a la elección de Eugène Sue), gravó con un impuesto todos los escritos aparecidos en entregas semanales o mensuales hasta un determinado número de pliegos y dispuso, finalmente, que cada artículo de un periódico debía ir provisto de la firma de su autor. Las disposiciones sobre la fianza mataron a la llamada prensa revolucionaria; el pueblo consideró su hundimiento como una reparación por la abolición del sufragio universal. Sin embargo, ni la tendencia ni los efectos de la nueva ley recayeron únicamente sobre esta parte de la prensa. Mientras la prensa periódica fue anónima, aparecía como el órgano de la opinión pública, sin número y sin nombre; era el tercer poder en el Estado. Al tener que firmarse cada artículo, el periódico se convertía en una mera colección de contribuciones de escritores, individuos más o menos conocidos. Cada artículo descendía al nivel de un anuncio. Hasta entonces los periódicos habían circulado como el papel moneda de la opinión pública; ahora se disolvían en pagarés más o menos malos, cuya bondad y circulación dependían del crédito no sólo del librador, sino también del endosante. La prensa del partido del orden había provocado tanto la supresión del sufragio universal como las medidas más extremas contra la mala prensa. Pero a su vez la buena prensa, ya en su inquietante anonimato, era incómoda para el partido del orden y aún más para sus representantes provinciales individuales. Reclamaba, por su parte, frente a ella, tan sólo al escritor asalariado con nombre, domicilio y filiación. En vano se lamentó la buena prensa por la ingratitud con que se recompensaban sus servicios. La ley fue aprobada; la disposición de mencionar el nombre la afectó a ella ante todo. Los nombres de los periodistas republicanos eran bastante conocidos; pero las respetables firmas del *Journal des Débats*, de la *Assemblée Nationale*, del *Constitutionnel*, etc., etc., hicieron un papel lamentable con su altisonante sabiduría de Estado cuando, de repente, la misteriosa compañía se descompuso en *penny-a-liners* <destripadores de líneas> venales, de larga práctica, que por dinero contante habían defendido toda clase de cosas, como Granier de Cassagnac, o en viejos guiñapos que se llamaban a sí mismos hombres de Estado, como Capefigue, o en cocineros cascanueces, como el señor Lemoinne de los *Débats*.

En el debate sobre la ley de prensa, la Montaña había caído ya a tal grado de abyección moral que tuvo que limitarse a aplaudir las brillantes tiradas de una vieja notabilidad luis-filipista, el señor Victor Hugo.

Con la ley electoral y la ley de prensa, el partido revolucionario y democrático se retira del escenario oficial. Antes de su partida hacia casa, poco después del cierre de la sesión, las dos fracciones de la Montaña, los demócratas socialistas y los socialistas democráticos, lanzaron dos manifiestos, dos *testimonia paupertatis* <testimonios de pobreza>, en los que demostraban que, si bien la fuerza y el éxito nunca habían estado de su lado, ellos siempre habían estado del lado del derecho eterno y de todas las demás verdades eternas.

Examinemos ahora el partido del orden. La *N. Rh. Z.* decía en el cuaderno 3, pág. 16: «Frente a las aspiraciones restauradoras de los orleanistas y legitimistas unidos, Bonaparte representa el título de su poder efectivo: la república. Frente a las aspiraciones restauradoras de Bonaparte, el partido del orden representa el título de su dominación común: la república. Frente a los orleanistas, los legitimistas, y frente a los legitimistas, los orleanistas, representan el *status quo*: la república. Todas estas fracciones del partido del orden, cada una de las cuales tiene *in petto* su propio rey y su propia restauración, hacen valer recíprocamente, frente a las aspiraciones de usurpación y de exaltación de sus rivales, la dominación común de la burguesía, la forma en que las pretensiones particulares se neutralizan y se reservan: la república... Y Thiers decía una verdad mayor de lo que él sospechaba cuando afirmaba: "Nosotros, los realistas, somos los verdaderos puntales de la república constitucional."»

Esta comedia de los *républicains malgré eux* <republicanos a su pesar>, la repugnancia contra el *status quo* y su constante consolidación; los incesantes roces entre Bonaparte y la Asamblea Nacional; la siempre renovada amenaza del partido del orden de escindirse en sus elementos componentes, y la siempre repetida cohesión de sus fracciones; el intento de cada fracción de convertir cada victoria contra el enemigo común en una derrota de los aliados temporales; los mutuos celos, rencores, acosamientos, el incesante desenvainar las espadas, que termina una y otra vez con un *baiser-Lamourette* —toda esta desagradable comedia de las equivocaciones jamás se desarrolló de modo más clásico que durante los últimos seis meses.

El partido del orden consideraba la ley electoral al mismo tiempo como una victoria frente a Bonaparte.
¿No había abdicado el gobierno al dejar en manos de la Comisión de los Diecisiete la redacción y la
responsabilidad de su propia propuesta? ¿Y no descansaba la
fuerza principal de Bonaparte frente a la Asamblea en que era el elegido
de los seis millones? — Bonaparte, por su parte, trataba la ley electoral como una concesión a
la Asamblea, con la que había comprado la armonía del poder legislativo con el ejecutivo.
Como recompensa, el vulgar aventurero exigió un aumento de su lista civil en tres millones.
¿Podía la Asamblea Nacional entrar en conflicto con el ejecutivo en un momento
en que había proscrito a la gran mayoría de los franceses? Se
encolerizó, pareció querer llevar las cosas al extremo, su comisión
rechazó la propuesta, la prensa bonapartista amenazó y remitió al pueblo desheredado, despojado de su
derecho de voto, se produjeron multitud de ruidosos intentos de transacción,
y la Asamblea terminó cediendo

en la cosa, pero vengándose
al mismo tiempo en el principio. En lugar del aumento anual y por principio de la lista civil en
tres millones, le concedió un auxilio de 2.160.000 francos. No satisfecha con esto,
sólo hizo esta concesión después de que la hubiera apoyado Changarnier, el
general del partido del orden y el protector impuesto de Bonaparte. Así pues, concedió los 2
millones no propiamente a Bonaparte, sino a Changarnier.

Este regalo, arrojado de mala gana, fue recibido por Bonaparte
enteramente en el espíritu del donante. La prensa bonapartista volvió a tronar contra la
Asamblea Nacional. Y cuando, en el debate sobre la ley de prensa, se presentó la enmienda relativa a la
mención de nombres, enmienda dirigida otra vez especialmente contra los periódicos secundarios, los
representantes de los intereses privados de Bonaparte, el principal diario bonapartista, el
"Pouvoir", lanzó un ataque abierto y violento contra la Asamblea Nacional. Los ministros
tuvieron que desmentir al periódico ante la Asamblea Nacional; el gerente del "Pouvoir" fue
citado ante la barra de la Asamblea Nacional y condenado a la máxima multa, a 5.000 francos.
Al día siguiente, el "Pouvoir" publicó un artículo aún mucho más insolente contra la
Asamblea, y como revancha del gobierno, el ministerio público persiguió de inmediato a varios
periódicos legitimistas por atentado a la Constitución.

Finalmente se llegó a la cuestión del aplazamiento de la Cámara. Bonaparte lo deseaba, para
poder operar sin el estorbo de la Asamblea. El partido del orden lo deseaba,
en parte para llevar a cabo sus intrigas de fracción, en parte para perseguir los intereses privados
de cada uno de los diputados. Ambos lo necesitaban para afianzar y extender en las provincias las victorias de la reacción.
La Asamblea se aplazó, pues, del 11 de agosto al 11
de noviembre. Pero como Bonaparte no ocultaba en modo alguno que de lo único que se trataba para él era de
librarse de la molesta vigilancia de la Asamblea Nacional, ésta imprimió al
voto de confianza mismo el sello de la desconfianza hacia el presidente. De la
comisión permanente de 28 miembros, que permaneció como guardiana de la virtud de la república durante
las vacaciones, fueron excluidos todos los bonapartistas. En su lugar fueron elegidos incluso algunos
republicanos del "Siècle" y del "National", para mostrar al presidente
la adhesión de la mayoría a la república constitucional.

Poco antes y, sobre todo, inmediatamente después del aplazamiento de la Cámara, las dos
grandes fracciones del partido del orden, los orleanistas

y los legitimistas, parecieron querer reconciliarse, y precisamente mediante una fusión de las dos
casas reales bajo cuyas banderas combatían. Los periódicos estaban llenos de
propuestas de reconciliación que se decía habían sido discutidas junto al lecho de enfermo de Luis Felipe en St. Leonards,
cuando la muerte de Luis Felipe simplificó de repente la situación.
Luis Felipe era el usurpador, Enrique V el despojado, mientras que el conde de París, dada la
falta de hijos de Enrique V, era su legítimo heredero al trono. Ahora, a la fusión
de los dos intereses dinásticos se le quitaba todo pretexto. Pero justo ahora descubrían las
dos fracciones de la burguesía que no era la pasión por una
determinada casa real lo que las separaba, sino que eran más bien sus intereses de clase
divididos los que mantenían aparte a las dos dinastías. Los legitimistas, que habían peregrinado al campamento cortesano
de Enrique V en Wiesbaden, al igual que sus competidores a St. Leonards,
recibieron aquí la noticia de la muerte de Luis Felipe. De inmediato formaron un ministerio in
partibus infidelium, compuesto en su mayor parte por miembros de aquella comisión de guardianes de la virtud de la
república, y que, con ocasión de una disputa surgida en el seno del partido, salió a la luz
con la proclamación más descarada del derecho por la gracia de Dios. Los orleanistas exultaron
por el escándalo comprometedor que este manifiesto provocó en la prensa y
no ocultaron un solo instante su abierta hostilidad contra los legitimistas.

Durante el aplazamiento de la Asamblea Nacional se reunieron las representaciones departamentales.
Su mayoría se pronunció a favor de una revisión más o menos clausulada
de la Constitución, es decir, se pronunció por una restauración monárquica no determinada de forma precisa, por una
"solución"
, y confesó al mismo tiempo que
era demasiado incompetente y demasiado cobarde para hallar esa solución. La fracción bonapartista interpretó
de inmediato este deseo de revisión en el sentido de la prolongación de la presidencia
de Bonaparte.

La solución constitucional, la abdicación de Bonaparte en mayo de 1852, la
elección simultánea de un nuevo presidente por todos los electores del país, la
revisión de la Constitución por una Cámara de revisión en los primeros meses de la nueva
presidencia, es absolutamente inadmisible para la clase dominante. El día de la
nueva elección presidencial sería el día de la cita para la totalidad de los partidos
enemigos, los legitimistas, los orleanistas, los republicanos burgueses, los revolucionarios.
Se tendría que llegar a una decisión violenta entre las distintas fracciones.
Aunque el partido del orden consiguiera ponerse de acuerdo sobre la candidatura de un hombre neutral
ajeno a las familias dinásticas, se le enfrentaría de nuevo
Bonaparte. El partido del orden se ve obligado, en su lucha con

el pueblo, a incrementar constantemente el poder del ejecutivo.
Cada incremento del poder del ejecutivo incrementa el poder de su portador,
Bonaparte. En la misma medida, por tanto, en que el partido del orden refuerza su poder común,
refuerza los medios de combate de las pretensiones dinásticas de Bonaparte,
refuerza su oportunidad de frustrar violentamente, el día de la decisión, la solución
constitucional. Entonces Bonaparte se topará tan poco con uno de los pilares fundamentales de la Constitución frente al partido del orden,
como éste se topó con el otro frente al pueblo en la ley electoral.
Incluso apelaría, en apariencia, frente a la Asamblea, al sufragio universal.
En una palabra, la solución constitucional pone en cuestión todo el
statu quo político, y detrás del peligro que amenaza al statu quo ve el
burgués el caos, la anarquía, la guerra civil. Ve sus compras y
ventas, sus letras de cambio, sus matrimonios, sus contratos notariales, sus hipotecas,
sus rentas del suelo, alquileres, beneficios, la totalidad de sus contratos y fuentes de ingresos puestos
en cuestión el primer domingo de mayo de 1852, y no puede exponerse a este riesgo.
Detrás del peligro que amenaza al statu quo político se oculta el peligro del
desplome de toda la sociedad burguesa. La única solución posible
en el sentido de la burguesía es el aplazamiento de la solución. Sólo puede salvar la república
constitucional mediante una violación de la Constitución, mediante la prolongación del
poder del presidente. Ésta es también la última palabra de la prensa del orden tras los
prolongados y profundos debates sobre las "soluciones" a que se entregó tras la
sesión de los consejos generales. La altiva y poderosa partido del orden se ve así,
para su vergüenza, obligada a tomar en serio la persona ridícula, vulgar y odiada
del pseudo-Bonaparte.

También esta figura sucia se engañó sobre las causas que la revestían cada vez
más con el carácter de hombre necesario. Mientras su partido tenía suficiente perspicacia
para atribuir la creciente importancia de Bonaparte a las circunstancias, él creía
deberla únicamente a la fuerza mágica de su nombre y a su incesante caricatura de Napoleón.
Se volvía cada día más emprendedor. A las peregrinaciones a St. Leonards y a Wiesbaden
opuso sus viajes circulares por Francia. Los bonapartistas tenían tan poca confianza
en el efecto mágico de su personalidad, que en todas partes le enviaban empaquetados masivamente
en vagones de ferrocarril y sillas de posta, como claques, a gentes de la
Sociedad del 10 de Diciembre, esa organización del lumpemproletariado parisino. Ponían en boca de su
marioneta discursos que, según la acogida en las diferentes ciudades, proclamaban
la resignación republicana o la persistente

tenacidad como consigna de la política presidencial. Pese a todas las
maniobras, estos viajes fueron todo menos marchas triunfales.

Después de que Bonaparte creyera haber entusiasmado así al pueblo, se puso en movimiento para
ganarse al ejército. Hizo celebrar grandes revistas en la llanura de Satory, cerca de Versalles,
en las que trataba de comprar a los soldados con salchichas de ajo, champán y cigarros.
Si el auténtico Napoleón sabía reanimar a sus soldados agotados en las fatigas de sus campañas de conquista
con momentánea familiaridad patriarcal, el pseudo-Napoleón creía que las tropas le agradecían
gritando: ¡Vive Napoleon, vive le saucisson! (¡Viva Napoleón, viva la salchicha!), es decir: ¡Viva la salchicha, viva el bufón!

Estas Revues hicieron estallar el largo desacuerdo contenido entre Bonaparte y su ministro de la Guerra, d’Hautpoul, por un lado, y Changarnier, por el otro. En Changarnier había encontrado el partido del orden su verdadero hombre neutral, en quien no cabía hablar de pretensiones dinásticas propias. A él lo había designado como sucesor de Bonaparte. Changarnier, por su intervención del 29 de enero y del 13 de junio de 1849, se había convertido en el gran caudillo militar del partido del orden, en el moderno Alejandro, cuyo brutal entrometimiento había cortado, a los ojos del pusilánime burgués, el nudo gordiano de la revolución. En el fondo tan ridículo como Bonaparte, se había convertido así, de la manera más barata, en un poder y fue colocado por la Asamblea Nacional frente al presidente como vigilante. Él mismo coqueteaba, por ejemplo en la cuestión de las dotaciones, con la protección que concedía a Bonaparte, y se alzaba cada vez más prepotentemente contra él y contra los ministros. Cuando, con motivo de la ley electoral, se esperaba una insurrección, prohibió a sus oficiales que aceptaran orden alguna del ministro de la Guerra o del presidente. La prensa contribuyó además a abultar la figura de Changarnier. Ante la falta total de grandes personalidades, el partido del orden se vio naturalmente impulsado a atribuir a un solo individuo la fuerza que faltaba a toda su clase y a hincharlo así hasta convertirlo en un monstruo. Así surgió el mito de Changarnier, el «baluarte de la sociedad». La arrogante charlatanería, la misteriosa petulancia con que Changarnier se dignaba llevar el mundo sobre sus hombros, contrastan de la manera más ridícula con los acontecimientos ocurridos durante y después de la revista de Satory, los cuales probaron de modo irrefutable que bastaba un plumazo de Bonaparte, de aquel infinitamente pequeño, para reducir a este engendro fantástico del miedo burgués, al coloso Changarnier, a las dimensiones de la mediocridad y transformar a aquel héroe salvador de la sociedad en un general retirado.

Bonaparte se había vengado ya desde hacía tiempo de Changarnier provocando al ministro de la Guerra a querellas disciplinarias con el incómodo protector. La última revista de Satory sacó por fin a relucir el viejo rencor. La indignación constitucional de Changarnier no conoció ya límites cuando vio desfilar a los regimientos de caballería al grito, contrario a la Constitución, de: ¡Vive l’Empereur! <¡Viva el emperador!>. Bonaparte, para anticiparse a todo debate desagradable sobre este grito en la próxima sesión de las Cámaras, apartó al ministro de la Guerra, d’Hautpoul, nombrándolo gobernador de Argel. En su lugar puso a un fiel y viejo general de la época imperial, que en brutalidad igualaba por completo a Changarnier. Pero para que la destitución de d’Hautpoul no apareciera como una concesión a Changarnier, al mismo tiempo trasladó de París a Nantes al brazo derecho del gran salvador de la sociedad, al general Neumayer. Había sido Neumayer quien en la última revista había inducido a toda la infantería a desfilar ante el sucesor de Napoleón en medio de un gélido silencio. Changarnier, herido en el propio Neumayer, protestó y amenazó. En vano. Tras dos días de negociaciones, el decreto de traslado de Neumayer apareció en el *Moniteur*, y al héroe del orden no le quedó más remedio que someterse a la disciplina o dimitir.

La lucha de Bonaparte con Changarnier es la continuación de su lucha con el partido del orden. Por eso, la reapertura de la Asamblea Nacional el 11 de noviembre se verifica bajo auspicios amenazadores. Será una tempestad en un vaso de agua. En lo esencial, el viejo juego tiene que continuar. La mayoría del partido del orden, a pesar de la gritería de los caballeros de los principios de sus distintas fracciones, se verá obligada a prorrogar el poder del presidente. En igual medida, Bonaparte, pese a todas sus protestas provisionales, quebrantado ya por la escasez de dinero, aceptará esta prórroga del poder como simple delegación de manos de la Asamblea Nacional. De este modo se aplazará la solución, se mantendrá el *statu quo*, una fracción del partido del orden será comprometida, debilitada, imposibilitada por la otra, la represión contra el enemigo común, la masa de la nación, se extenderá y se agotará, hasta que las propias condiciones económicas hayan alcanzado de nuevo aquel punto de desarrollo en que una nueva explosión haga saltar por los aires a todos estos partidos en disputa junto con su república constitucional.

Para tranquilidad del burgués hay que decir, por lo demás, que el escándalo entre Bonaparte y el partido del orden tiene como resultado arruinar a una multitud de pequeños capitalistas en la Bolsa y hacer pasar su fortuna a los bolsillos de los grandes lobos de la Bolsa.

En Alemania, los acontecimientos políticos de los últimos seis meses se resumen en el espectáculo de cómo Prusia estafa a los liberales y de cómo Austria estafa a Prusia.

En el año 1848 parecía tratarse de la hegemonía de Prusia en Alemania; en el año 1850 se trataba de la división del poder entre Austria y Prusia; en el año 1851 ya sólo se trata de la forma en que Prusia se somete a Austria y, como pecador arrepentido, regresa al seno de la completamente restaurada Dieta federal. La Pequeña Alemania que el rey de Prusia esperaba obtener <en la “Revue”: alcanzado> como compensación por su desastrosa campaña imperial a través de Berlín el 21 de marzo de 1848, se ha transformado en una Pequeña Prusia; Prusia ha tenido que tragar pacientemente cada humillación y ha desaparecido de la fila de las grandes potencias. Hasta el modesto sueño de la Unión ha sido nuevamente disuelto en nada por la perfidia y la obtusidad habituales de su política. Atribuyó fraudulentamente a la Unión un carácter liberal y embaucó así a los sabios hombres del partido de Gotha con fantasmagorías constitucionales que nunca tomó en serio; y sin embargo, por todo su desarrollo industrial, su permanente déficit, su deuda pública, se había vuelto ella misma tan burguesa que, a pesar de todo su resistirse y forcejear, caía cada vez más irremediablemente en el constitucionalismo. Cuando los sabios de Gotha descubrieron por fin cuán ignominiosamente había maltratado Prusia su dignidad y su ponderación, cuando hasta un Gagern y un Brüggemann acabaron apartándose con noble indignación de un gobierno que tan vil juego hacía con la unidad y la libertad de la patria, Prusia no experimentó mayor alegría con los polluelos que había cobijado bajo su ala protectora, con los pequeños príncipes. Los principitos sólo se habían confiado, en el momento de la más extrema penuria y desamparo, a las garras ávidas de mediatización del águila prusiana; habían tenido que pagar caro el retorno de sus súbditos a la vieja obediencia mediante intervenciones, amenazas y demostraciones prusianas, con onerosas convenciones militares, con costosos acuartelamientos, con la perspectiva de una pronta mediatización por la Constitución de la Unión. Pero la propia Prusia se había encargado de que ellos volvieran a escapar de esta nueva penuria. Prusia había vuelto a llevar por doquier a la reacción al poder, y en la misma medida en que la reacción avanzaba, los principitos se apartaban de Prusia para arrojarse en brazos de Austria. Si podían volver a gobernar al modo de antes de marzo, la absolutista Austria les resultaba más próxima que un poder que no podía ser tan absolutista como ellos querían ni tan liberal como pretendía. Además, la política austriaca no conducía a la mediatización de los pequeños Estados, sino, por el contrario, a su mantenimiento como partes integrantes de la Dieta federal que había que restaurar. Así, Prusia vio cómo Sajonia, salvada pocos meses antes por las tropas prusianas, la abandonaba; cómo Hannover la abandonaba; cómo Hesse Electoral la abandonaba; y cómo ahora también Baden, a pesar de sus guarniciones prusianas, seguía a los demás. Que el apoyo a la reacción en Hamburgo, Mecklemburgo, Dessau, etc., etc., por parte de Prusia no redundaba en su propio provecho, sino en el de Austria, lo ve ahora claramente en los sucesos de las dos Hesse. Así supo el fallido emperador alemán que vive en una época de deslealtad, y si ahora tiene que tolerar que se le quite «su brazo derecho, la Unión», ese brazo llevaba ya mucho tiempo marchito. Así, Austria ha puesto ya bajo su hegemonía a toda Alemania meridional, y también en la Alemania septentrional los Estados más importantes son adversarios de Prusia.

Austria había llegado por fin tan lejos que, apoyada en Rusia, podía enfrentarse abiertamente a Prusia. Lo hizo en dos cuestiones: en la de Schleswig-Holstein y en la de Hesse Electoral.

En Schleswig-Holstein, la «espada de Alemania» había concertado una genuina paz separada prusiana y había entregado a sus aliados en manos de la prepotencia enemiga. Inglaterra, Rusia y Francia decidieron poner fin a la independencia de los ducados y plasmaron este propósito en un protocolo al que se adhirió Austria. Mientras Austria y los gobiernos alemanes a ella aliados, de acuerdo con el Protocolo de Londres, defendían en la restaurada Dieta federal la intervención federal en Holstein a favor de Dinamarca, Prusia intentaba proseguir su política de doble juego moviendo a las partes a someterse a un tribunal federal de arbitraje aún inexistente, indefinible y rechazado por la mayoría de los gobiernos más importantes, y no consiguió con todas sus maniobras sino caer ante las grandes potencias bajo sospecha de manejos revolucionarios y recibir una serie de amenazadoras notas que no tardarán en quitarle las ganas de una política exterior «independiente». Dentro de poco se les devolverá a los schleswig-holsteinenses su padre de la patria, y un pueblo que se deja gobernar por los señores Beseler y Reventlow, a pesar de contar con todo el ejército de su parte, demuestra que todavía necesita la férula danesa para su educación.

El movimiento en
Kurhessen
nos ofrece un ejemplo inimitable de hasta dónde puede llegar una
“insurrección” en un pequeño Estado alemán. La virtuosa y burguesa
resistencia contra el falsario Hassenpflug había realizado todo cuanto cabía exigir de semejante
espectáculo: la Cámara era unánime, el país era unánime, los funcionarios y
el ejército estaban de parte de los ciudadanos; todos los elementos refractarios habían sido eliminados, el
“¡fuera el príncipe del país!” se había realizado por sí mismo, el falsario Hassenpflug
había desaparecido con todo su ministerio; todo marchaba a pedir de boca, todos los partidos se mantenían
estrictamente dentro de los límites legales, todos los excesos fueron evitados, y la oposición
había alcanzado, sin mover un dedo, la más hermosa victoria de que pueden dar cuenta los anales
de la resistencia constitucional. Y ahora, cuando los ciudadanos
tenían todo el poder en sus manos, cuando su comisión permanente no tropezaba en parte alguna con la
menor resistencia, ahora precisamente comenzaba su verdadera necesidad. Ahora veían
que, en lugar de las tropas del príncipe electoral, había tropas extranjeras en la frontera, dispuestas
a entrar y a poner fin en veinticuatro horas a toda aquella gloria burguesa.
Ahora empezaban el desconcierto y el ridículo; si antes no habían podido
volver atrás, ahora no podían avanzar. La negativa a pagar impuestos en Kurhessen
prueba, de manera más contundente que ningún acontecimiento anterior, cómo todas las colisiones
dentro de los pequeños Estados desembocan en puras farsas, cuyo único resultado
final es la intervención extranjera y la eliminación del conflicto mediante la
eliminación tanto del príncipe como de la constitución. Prueba cuán ridículas son todas
aquellas luchas de altísima importancia en las que los pequeños burgueses de los pequeños Estados tratan de salvar cada pequeña
conquista de marzo, con patriótica fidelidad de convicción, de la inevitable ruina.

En Kurhessen, en un Estado de la Unión que se trataba de arrancar del abrazo prusiano,
Austria se enfrentó directamente a su rival. Fue Austria la que
azuzó al príncipe electoral directamente a su ataque contra la constitución, y luego lo puso inmediatamente
bajo la protección de su Dieta federal. Para dar fuerza a esta protección, para quebrar en el asunto de Kurhessen la resistencia de Prusia al dominio de Austria,
para volver a amenazar a Prusia con meterla en la Dieta federal, se situaron ahora tropas austríacas
y del sur de Alemania en Franconia y Bohemia. Prusia se arma también.
Los periódicos están atiborrados de noticias sobre marchas y contramarchas de los
cuerpos de ejército. Todo este estrépito no conducirá a nada,

tan poco como las querellas del partido del orden francés con Bonaparte. Ni el rey de Prusia ni el emperador de
Austria son soberanos, sino únicamente el zar ruso. Ante su orden,
la rebelde Prusia acabará por doblegarse, sin que se derrame una gota de sangre, los partidos se reunirán pacíficamente en los escaños de la Dieta federal, sin
que por ello se cause el menor perjuicio ni a sus mutuos celos ni a su discordia con sus
súbditos ni a su malestar frente a la supremacía rusa.

Pasemos ahora al país propiamente dicho, al pueblo europeo, al pueblo de la

emigración
. De las distintas secciones de la emigración, la alemana, la francesa,
la húngara, etc., no hablaremos; su haute politique <alta política>
se reduce a pura chronique scandaleuse <mero chismorreo>. Pero el
pueblo europeo en su conjunto in partibus infidelium ha recibido en los últimos tiempos un gobierno provisional en el
Comité Central Europeo
, compuesto por Joseph

Mazzini, Ledru-Rollin,
Albert
Darasz
(polaco) y — Arnold
Ruge
, que, para
justificar su existencia, escribe modestamente detrás: miembro de la Asamblea Nacional de Francfort. Aunque no cabría decir qué concilio democrático ha llamado a estos cuatro
evangelistas a su cargo, no puede negarse, sin embargo, que su
manifiesto contiene el credo de la gran masa de la emigración y resume,
en forma adecuada, las conquistas intelectuales que esta masa debe a las
últimas revoluciones.

El manifiesto comienza con una enumeración pomposa de las fuerzas de la democracia.

“¿Qué le falta a la democracia para vencer? ... la organización ... Tenemos sectas,
pero ninguna iglesia, filosofías incompletas y contradictorias, pero ninguna religión,
ninguna fe colectiva que agrupe a los creyentes bajo un solo signo y armonice
sus trabajos ... El día en que nos encontremos todos unidos, marchando
juntos bajo la mirada de los mejores de entre nosotros ... será la víspera del combate. En
ese día nos habremos contado, sabremos quiénes somos, tendremos
la conciencia de nuestra fuerza.”

¿Por qué no ha vencido la revolución hasta ahora? Porque la organización del poder
revolucionario era más débil. Este es el primer decreto del gobierno provisional de la
emigración.

Ahora se remediará este inconveniente mediante la organización de un ejército de la fe
y la fundación de una religión.

“Pero para eso hay que superar
dos grandes obstáculos, destruir dos grandes errores: la exageración de los derechos de la individualidad, la exclusividad
mezquina de la teoría ... No debemos decir: yo; debemos aprender
a decir: nosotros; ... Aquellos que, siguiendo sus irritabilidades individuales, rehúsan el pequeño
sacrificio que exigen la organización y la disciplina, reniegan, a consecuencia de los hábitos
del pasado, de la fe común que predican ... La exclusividad en
la teoría es la negación de nuestro dogma fundamental. El que dice: yo he encontrado la verdad política,
y hace de la aceptación de su sistema la condición de la aceptación de la asociación
fraternal, reniega del pueblo, único intérprete progresivo de la ley del mundo, sólo
para afirmar su propio yo. El que afirma que, mediante el trabajo aislado de su inteligencia, por poderoso
que sea, puede descubrir hoy una solución definitiva de los problemas que
agitan a las masas, se condena a sí mismo al error por la incompletitud, al
renunciar a una de las fuentes eternas de la verdad, la intuición colectiva del
pueblo en acción. La solución definitiva es el secreto de la victoria ... Nuestros
sistemas no pueden ser, en gran parte, otra cosa que una anatomización de cadáveres,
un descubrimiento del mal, un análisis de la muerte, impotentes para percibir
o comprender la vida. Vida, eso es el pueblo en movimiento, eso es el instinto de las masas, elevado a una
potencia extraordinaria por el contacto mutuo, por el sentimiento profético de grandes cosas que van a realizarse, por la involuntaria,
súbita, eléctrica asociación en la calle; es acción, que exalta hasta el más
alto punto todas las facultades de esperanza, abnegación, amor y entusiasmo, que
ahora duermen, y revela al hombre en la unidad de su naturaleza, en la plena potencia
de su capacidad generadora. El apretón de manos de un obrero en uno de esos momentos
históricos que inauguran una época, nos enseñará más sobre la organización del porvenir que
cuanto hoy podría enseñarnos el frío y desalmado trabajo del entendimiento o el conocimiento de los ilustres
muertos de los últimos dos milenios —la vieja sociedad—.”

Todo este dislate enfático se reduce, pues, en último término, a la
opinión filistea más vulgar de que la revolución ha fracasado por los
celos ambiciosos de los jefes individuales y por las opiniones hostilmente enfrentadas
de los diferentes doctrinarios del pueblo.

Las luchas de las distintas clases y fracciones de clase entre sí, cuyo curso,
a través de sus fases particulares de desarrollo, constituye precisamente la revolución, no son para nuestros
evangelistas más que la desgraciada consecuencia de la existencia de sistemas divergentes, mientras que
en realidad, a la inversa, la existencia de sistemas diferentes es consecuencia de la existencia de las
luchas de clases. Ya de aquí se desprende que los autores del manifiesto
niegan la existencia de las luchas de clases. Bajo el pretexto de combatir a los doctrinarios,
eliminan todo contenido determinado, toda opinión determinada de partido, prohíben
a las clases particulares que formulen sus intereses y exigen-

cias frente a las demás clases. Les exigen que olviden sus
intereses en conflicto y se reconcilien bajo la bandera de una indeterminación tan
insulsa como desvergonzada, que, bajo la apariencia de conciliar los
intereses de todos los partidos, sólo oculta el dominio del interés de un partido —el partido burgués. Después de las experiencias que los señores han debido hacer en Francia, Alemania e Italia
durante los dos últimos años, no puede decirse siquiera
que sea inconsciente la hipocresía con que aquí se envuelve el interés burgués en
frases lamartinianas de fraternidad. Por lo demás, el conocimiento que los señores
tienen de los “sistemas” se revela ya en el hecho de que se imaginan
que cada uno de estos sistemas no es más que un fragmento de la sabiduría compilada en el manifiesto y
que sólo ha tomado unilateralmente por fundamento una de las frases aquí reunidas: libertad, igualdad, etc. Sus representaciones de las organizaciones sociales están reproducidas de manera muy
chocante: una aglomeración en la calle, un tumulto, un apretón de manos,
y todo está listo. La revolución consiste para ellos, en general, simplemente en el derrocamiento del
gobierno existente; una vez alcanzado este objetivo, se ha conquistado “
la
victoria”. El movimiento,
el desarrollo, la lucha cesan entonces, y bajo la égida del entonces dominante
Comité Central Europeo comienza la edad de oro de la república europea y
del gorro de dormir declarado permanente. Como aborrecen el desarrollo y la lucha, los
señores aborrecen el pensamiento, el desalmado pensamiento —¡como si algún pensador,
sin excluir a Hegel y a Ricardo, hubiera alcanzado jamás la falta de alma con que se vierte sobre el público
este bodrio de boca blanda! El pueblo no debe
preocuparse del día siguiente ni romperse la cabeza con pensamientos; cuando llegue el gran día
de la decisión, la mera electricidad del contacto lo electrizará, y
el enigma del porvenir se le resolverá por milagro. Este llamamiento a la
irreflexión es un intento directo de estafar precisamente a las clases más oprimidas
del pueblo.

“Digamos ahora, pues,” (pregunta un miembro del Comité Central Europeo al otro) “que debemos marchar adelante sin bandera, ¿decimos
que queremos escribir en nuestro estandarte una mera negación? Sobre nosotros no puede
recaer semejante sospecha. Hombres del pueblo, partícipes desde hace largo tiempo en sus
luchas, no pensamos en conducirlo al
vacío
.”

Para demostrar, por el contrario, su
plenitud
, los señores nos presentan un
verdadero catálogo leporelliano de verdades eternas y conquistas de toda la
historia anterior <en la “Revue”: negocios> como el actual suelo común

de la “democracia”. Este catálogo se resume en
el siguiente edificante padrenuestro:

Creemos en el desarrollo progresivo de la capacidad y las fuerzas humanas hacia la ley moral que nos ha sido impuesta. Creemos en la asociación como el único medio regular que puede alcanzar este fin. Creemos que la interpretación de la ley moral y de la regla del progreso no puede ser confiada ni a una casta ni a un individuo, sino al pueblo, ilustrado por la educación nacional, guiado por aquellos que, de entre su seno, la virtud y el genio le muestran como los mejores. Creemos en la santidad de ambas, la individualidad y la sociedad, que no deben excluirse ni combatirse, sino armonizar juntas para el mejoramiento de todos por todos. Creemos en la libertad, sin la cual toda responsabilidad humana desaparece; en la igualdad, sin la cual la libertad no es más que un engaño; en la fraternidad, sin la cual libertad e igualdad serían medios sin fin; en la asociación, sin la cual la fraternidad no sería más que un programa irrealizable; en

Familia, Comunidad
y
Estado
y
Patria
como otras tantas esferas progresivas, en las que el hombre debe crecer sucesivamente en el conocimiento y la práctica de la libertad, la igualdad, la fraternidad y la asociación. Creemos en la santidad del trabajo, en la
propiedad
, que de él surge como su signo y su fruto, en el deber de la sociedad de proporcionar el elemento del trabajo material mediante el
crédito
y el del trabajo intelectual y moral mediante la educación ...
Creemos, para resumirnos, en un estado social que tiene a Dios y su ley por cúspide y al pueblo por base...

Así pues: Progreso — Asociación — Ley moral — Libertad — Igualdad — Fraternidad — Asociación — Familia, Comunidad, Estado — Santidad de la propiedad — Crédito — Educación — Dios y Pueblo — Dio e Popolo. Estas frases figuran en todos los manifiestos de las revoluciones de 1848, desde la francesa hasta la valaca, y precisamente por eso figuran aquí también [como] los fundamentos comunes de la nueva revolución. En ninguna de estas revoluciones faltó tampoco la santidad de la propiedad, que aquí se declara santa como resultado del trabajo. Hasta qué punto toda propiedad burguesa es “el fruto y el signo del trabajo”, lo sabía Adam Smith ya mucho mejor que nuestros iniciadores revolucionarios ochenta años después de él. En cuanto a la concesión socialista de que la sociedad debe suministrar a cada cual el material para su trabajo mediante el crédito, es costumbre de cualquier fabricante dar crédito a su obrero por tanto material como este puede elaborar en una semana, y el sistema de crédito se ha extendido hoy día hasta donde es compatible con la inviolabilidad de la propiedad, y, en fin, el crédito mismo no es sino una forma de la propiedad burguesa.

El resumen de este evangelio es un estado social en el que Dios constituye la cúspide y el pueblo o, como se dice más adelante, la humanidad,

la base. Es decir, creen en la sociedad existente, en la que, como es sabido, Dios constituye la cúspide y el populacho la base. Si el símbolo de Mazzini: Dios y el pueblo, Dio e Popolo, puede tener algún sentido en Italia, donde se contrapone Dios al Papa y el pueblo a los príncipes, resulta un poco fuerte que se presente este plagio de Johannes Ronge, el más superficial aguachirle de la Ilustración alemana, como la palabra que ha de resolver el enigma del siglo. Por lo demás, qué fácilmente se acostumbra uno en esta escuela a los pequeños sacrificios que exigen la organización y la disciplina, y con cuánta complacencia se abandona la estrechez excluyente de las teorías, lo demuestra nuestro Arnoldo Winkelried Ruge, que, para gran alegría de Leo, sabe apreciar esta vez la diferencia entre divinidad y humanidad.

El manifiesto termina con las palabras:

“Se trata de la constitución de la democracia europea, de la fundación de un presupuesto, de un tesoro del pueblo. Se trata de la organización del ejército de los iniciadores.”

Ruge, para ser el primer iniciador de este presupuesto del pueblo, se ha dirigido a “los Jantjes democráticos de Ámsterdam” y les ha declarado su especial vocación a pagar. ¡Holanda en apuros!

Londres, 1 de noviembre de 1850