Revista, marzo-abril de 1850

Karl Marx/Friedrich Engels

Revista

[Marzo-abril de 1850]

«Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue»,
cuarta entrega, abril de 1850.

(La revista mensual tuvo que quedar fuera en la entrega anterior por falta de espacio. De dicha revista damos ahora, a posteriori, solo la parte referente a Inglaterra.)

Poco antes del aniversario de la Revolución de Febrero, cuando Carlier hizo talar los árboles de la libertad, el «Punch» publicó el dibujo de un árbol de la libertad cuyas hojas son bayonetas y cuyos frutos son bombas, y, frente al árbol de la libertad francés, erizado de bayonetas, una canción propia ensalza al árbol de la libertad inglés, que da los únicos frutos sólidos: libras, chelines y peniques. Pero esta enojosa broma de mostrador desaparece ante los desbordamientos ilimitados de furia con que el «Times» viene denigrando, desde el 10 de marzo, los triunfos de la «anarquía». El partido reaccionario en Inglaterra, como en todos los países, siente el golpe asestado en París como si le hubiera alcanzado directamente.

Pero lo que más amenaza por ahora al «orden» en Inglaterra no son los peligros procedentes de París, sino una nueva consecuencia, totalmente directa, del orden, un fruto de aquel árbol de la libertad inglés: una crisis comercial.

Ya en nuestra revista de enero (segunda entrega) señalamos la aproximación de la crisis. Varias circunstancias la han acelerado. Antes de la última crisis, la de 1845, el capital excedente encontró una vía de escape en la especulación ferroviaria. Pero la sobreproducción y la supraespeculación en ferrocarriles alcanzaron tal altura que el negocio ferroviario no se ha recuperado ni siquiera durante la prosperidad de 1848-1849, y las acciones de las empresas más sólidas de este ramo siguen estando extraordinariamente bajas. Los bajos precios del trigo y las perspectivas de la cosecha de 1850 tampoco ofrecían ninguna oportunidad para invertir capitales, y los diversos títulos del Estado estaban expuestos a un riesgo demasiado extraordinario para poder convertirse en objeto de una especulación en gran escala. De este modo, el capital excedente de la época de prosperidad encontró cerrados sus canales de desagüe habituales. No le quedó más remedio que arrojarse de lleno a la producción industrial y a la especulación en mercancías coloniales, así como en las materias primas decisivas de la industria: el algodón y la lana. Al afluir así directamente a la industria una gran parte del capital que antes se empleaba de otro modo, la producción industrial tenía naturalmente que crecer con rapidez extraordinaria y, con ella, la saturación de los mercados, acelerándose así sensiblemente el estallido de la crisis. Ya aparecen los primeros síntomas de la crisis en los ramos más importantes de la industria y de la especulación. Desde hace cuatro semanas, el ramo industrial decisivo, la industria algodonera, se halla completamente deprimido, y dentro de ella padecen a su vez sus ramas principales –sobre todo la hilandería y la tejeduría de géneros ordinarios. La caída de los precios del hilado y del percal ordinario se ha adelantado ya con mucho a la baja de los precios del algodón en rama. La producción se restringe; las fábricas trabajan ya casi sin excepción solo a jornada reducida. Se contaba con una reanimación momentánea de la actividad industrial gracias a los pedidos de primavera del continente; pero, mientras los pedidos dados con anterioridad para el mercado interior, para las Indias Orientales y China y para el Levante se cancelan en gran parte, los pedidos continentales, que siempre podían proporcionar trabajo para dos meses, quedan casi por completo sin efecto a consecuencia de la inseguridad de la situación política. – En la industria lanera se muestran aquí y allá síntomas que permiten adivinar el próximo fin del negocio, todavía bastante «sano». La producción de hierro padece igualmente. Los productores consideran inevitable una próxima baja de los precios y tratan de contener la caída demasiado rápida mediante una coalición entre ellos. Esto en cuanto a la situación de la industria. Pasemos ahora a la especulación. Los precios del algodón caen, en parte por nuevos y mayores abastecimientos, en parte por la depresión industrial. Con las mercancías coloniales ocurre otro tanto. Los abastecimientos aumentan, el consumo en el mercado interior disminuye. Solo en los dos últimos meses han llegado a Liverpool 25 cargamentos de té. El consumo de mercancías coloniales, deprimido incluso durante la prosperidad por la penuria de los distritos agrícolas, siente tanto más el peso que ahora se apodera también de los distritos industriales. Ya una de las más importantes casas comerciales de productos coloniales en Liverpool ha sucumbido a este retroceso.

Los efectos de la crisis comercial que ahora se avecina serán más considerables que los de cualquier otra anterior. Coincide con la crisis agrícola, que comenzó ya con la abolición de los derechos sobre los cereales en Inglaterra y se ha agravado aún más con las últimas buenas cosechas. Por primera vez, Inglaterra experimenta simultáneamente una crisis industrial y una crisis agrícola. Esta doble crisis inglesa será acelerada, ampliada y se hará más inflamable por las convulsiones que amenazan simultáneamente al continente, y las revoluciones continentales adquirirán, a consecuencia de la repercusión de la crisis inglesa en el mercado mundial, un carácter socialista mucho más pronunciado. Es sabido que ningún país europeo es alcanzado tan directamente, en tal extensión y con tanta intensidad por los efectos de las crisis inglesas como Alemania. La razón es simple: Alemania constituye el mayor mercado continental de salida para Inglaterra, y los principales artículos alemanes de exportación, la lana y los cereales, encuentran en Inglaterra su mercado de salida con mucho el más decisivo. La historia parece complacerse, para con los amigos del orden, en este epigrama: que simultáneamente las clases trabajadoras se rebelen por falta de consumo y las clases superiores quiebren por exceso de producción.

Los whigs serán, como es natural, las primeras víctimas de la crisis. Como hasta ahora, soltarán el timón del Estado tan pronto como estalle la tempestad amenazadora. Y esta vez dirán adiós para siempre a las oficinas de Downing Street. En un primer momento podrá seguirles un efímero ministerio tory; pero el suelo temblará bajo sus pies, todos los partidos de la oposición se unirán contra él, con los industriales a la cabeza. Estos no tienen que oponer a la crisis un remedio universal tan popular como lo fue la abolición de las leyes de cereales. Se ven obligados a avanzar por lo menos hasta la reforma parlamentaria. Es decir, asumirán el poder político, que no puede escapárseles, bajo condiciones que abran al proletariado las puertas del Parlamento, inscriban sus reivindicaciones en el orden del día de la Cámara de los Comunes y lancen a Inglaterra a la revolución europea.

A estas notas sobre la inminente crisis comercial, escritas hace un mes, tenemos poco que añadir. La mejoría momentánea de los negocios que se produce regularmente en primavera ha vuelto a presentarse esta vez, aunque en menor medida que de costumbre. La industria francesa, que suministra sobre todo tejidos ligeros de verano, se ha beneficiado especialmente de ello; pero también en Manchester, Glasgow y el West Riding han llegado pedidos en mayor cantidad. Esta reactivación momentánea de la industria en primavera se produce, por lo demás, todos los años y apenas frena el desarrollo de la crisis.

También en las Indias Orientales se ha producido una mejora momentánea del tráfico. El tipo de cambio más favorable con Inglaterra ha permitido a los vendedores deshacerse de una parte de sus existencias a los precios vigentes hasta ahora, con lo que el mercado de Bombay se ha aliviado un poco. También esta mejora momentánea y local de los negocios forma parte de los incidentes que, sobre todo al comienzo de cada crisis, se producen de vez en cuando y que ejercen una influencia insignificante en su curso general.

En cambio, acaban de llegar noticias de América que describen el mercado de allí como completamente deprimido. Y el mercado americano es el más decisivo. La crisis propiamente dicha comienza con el abarrotamiento del mercado americano, la paralización de los negocios y la baja de los precios en América, y entonces empieza la repercusión directa, rápida e incontenible sobre Inglaterra. No tenemos más que recordar la crisis de 1837. Un solo artículo no deja de subir en América: los pagarés de la deuda del Estado de los Estados Unidos, el único título público que ofrece un refugio seguro al capital de nuestros amigos europeos del orden.

Una vez que América haya entrado en el movimiento regresivo provocado por la sobreproducción, es de esperar que la crisis se desarrolle en el próximo mes con mayor rapidez que hasta ahora. También los acontecimientos políticos del continente empujan cada día más hacia una decisión, y aquella coincidencia de la crisis comercial y la revolución, de la que ya se ha hablado varias veces en esta revista, se hace cada vez más inevitable. ¡Que se cumplan los destinos!

Londres, 18 de abril de 1850