Revue, enero/febrero de 1850

Karl Marx/Friedrich Engels

Revue

[Enero/Febrero de 1850]

“Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue”, Segundo cuaderno, febrero de 1850.

A tout seigneur, tout honneur. <A cada junker, su honor.> Empecemos por Prusia.

El rey de Prusia hace cuanto está en su mano para empujar hacia una crisis el momento actual de tibios acuerdos y de compromisos insuficientes. Octroya una constitución y, tras diversas contrariedades, consigue formar dos cámaras que revisen dicha constitución. Para que la constitución le parezca a la corona bien aceptable de una vez, las cámaras suprimen todo artículo que pudiera resultar de algún modo chocante para la corona, y creen que ahora el rey jurará inmediatamente la constitución. Pero todo lo contrario. Para dar a las cámaras una prueba de su “escrupulosidad regia”, Federico Guillermo emite un mensaje en el que hace nuevas propuestas para mejorar la constitución, propuestas cuya aceptación despojaría al mencionado documento hasta del último vestigio de las más mínimas garantías burguesas constitucionales, como suele llamárselas. El rey espera que las cámaras rechacen estas propuestas… todo lo contrario. Si las cámaras se habían engañado respecto de la corona, ahora se encargaron de que la corona tuviera que engañarse respecto de ellas. Lo aceptan todo, todo: la paría y el tribunal de excepción, la milicia territorial y los mayorazgos, sólo para que no las manden también a casa, sólo para forzar por fin al rey a un juramento serio, “en persona”. Así se venga un ciudadano constitucional prusiano.

Al rey le resultará difícil inventar una humillación que a estas cámaras pudiera parecerles demasiado dura. Se verá obligado finalmente a declarar que “cuanto más sagrada considera la promesa jurada que ha de prestar, tanto más se alzan ante su alma los deberes que Dios le ha impuesto para con la amada patria”, y tanto menos le permite su “escrupulosidad regia” jurar una constitución que a él se lo ofrece todo, pero al país nada.

Los señores de la bienaventurada “Dieta Unida”, que ahora vuelven a estar reunidos en las cámaras, temen tanto ser empujados de nuevo a su vieja situación anterior al 18 de marzo, porque entonces tendrían otra vez delante a la revolución, que esta vez, sin embargo, no les traerá rosas. A ello se añade que en 1847 pudieron todavía denegar el empréstito para el supuesto ferrocarril del Este, mientras que en 1849 primero le concedieron realmente al gobierno el empréstito en cuestión, y luego le suplicaron humildísimamente, a posteriori, por el derecho teórico de aprobar fondos.

Entretanto, fuera de las cámaras, la burguesía se divierte absolviendo a los acusados políticos en los tribunales de jurado y poniendo así de manifiesto su oposición al gobierno. En estos procesos se compromete entonces regularmente, por un lado, el gobierno, y por otro, la democracia representada en los acusados y en el público. Recordamos el proceso del “siempre constitucional” Waldeck, el proceso de Tréveris, etc.

A la pregunta del viejo Arndt: “¿Cuál es la patria del alemán?”, respondió Federico Guillermo IV: Erfurt. No era tan difícil parodiar la Ilíada en la batalla de las ranas y los ratones, pero en una parodia de la batalla de las ranas y los ratones hasta ahora nadie se había atrevido a pensar. El plan Erfurt consigue parodiar incluso la batalla de ranas y ratones de la Paulskirche. Naturalmente, es por completo indiferente si la increíble asamblea de Erfurt llega a reunirse realmente o si el zar ortodoxo la prohíbe, tan indiferente como la protesta contra su competencia, para cuya emisión el señor Vogt se pondrá de acuerdo sin duda con el señor Venedey. Todo el invento sólo tiene interés para aquellos políticos profundos para cuyos artículos de fondo la cuestión “gran alemana” y “pequeña alemana” era un filón tan productivo como indispensable, y para los burgueses prusianos que viven de la fe beatífica de que el rey de Prusia lo concederá todo en Erfurt, precisamente porque en Berlín lo ha denegado todo.

Si la “Asamblea Nacional” de Fráncfort ha de verse reflejada más o menos fielmente en Erfurt, la vieja Dieta Federal renace en el “Interin” y queda reducida a la vez a su expresión más simple, a una Comisión federal austro-prusiana. El Interin ha intervenido ya en Wurtemberg y próximamente intervendrá en Mecklemburgo y en Schleswig-Holstein.

Mientras Prusia, durante largo tiempo, sacaba adelante penosamente su presupuesto mediante emisiones de papel moneda, empréstitos clandestinos del Banco de Comercio Marítimo y los restos del tesoro público, y sólo ahora se ha visto empujada por la vía de los empréstitos, en Austria la bancarrota del Estado está en plena floración.

Un déficit de 155 millones de florines en los nueve primeros meses del año 1849, que hacia finales de diciembre debe de haber ascendido a 210-220 millones; la ruina completa del crédito público en el interior y en el exterior, tras el intento estrepitosamente fracasado de un nuevo empréstito; el agotamiento total de los recursos financieros internos, de los impuestos ordinarios, de las exacciones, de la emisión de papel moneda; la necesidad de octroirle al país exprimido nuevos impuestos de desesperación que previsiblemente no ingresarán en absoluto…: ésos son los rasgos principales bajo los cuales sale a la luz la pálida penuria financiera en Austria. Paralelamente, la descomposición del cuerpo estatal austriaco avanza cada vez con mayor rapidez. En vano le opone el gobierno una centralización convulsiva; la desorganización ha alcanzado ya las más alejadas extremidades del cuerpo estatal, a las tribus más bárbaras, a los principales puntales de la vieja Austria, los eslavos del sur en Dalmacia, Croacia y el Banato; a las mismas “fieles” tropas fronterizas se les hace Austria insoportable. Sólo queda ya un golpe desesperado y ofrece una pequeña posibilidad de salvación: una guerra hacia el exterior; esta guerra hacia el exterior, hacia la que Austria es empujada de manera incontenible, tiene que llevar rápidamente a su fin su completa disolución.

Tampoco Rusia era lo bastante rica para pagar su gloria, que además tenía que comprar con dinero contante. Pese a las tan ponderadas minas de oro de los Urales y del Altai, pese a los inagotables tesoros de las bóvedas de Petropavlovsk, pese a las compras de títulos de renta en Londres y París, surgidas presuntamente por puro exceso de dinero, el zar ortodoxo se ve obligado no sólo a extraer 5.000.000 de rublos de plata, bajo todo tipo de falsos pretextos, de las reservas en efectivo depositadas en Petropavlovsk para la cobertura del papel moneda, y a ordenar la venta de sus títulos en la Bolsa de París, sino también a solicitar a la incrédula City de Londres un anticipo de 30 millones de rublos de plata.

Por los movimientos de los años 1848 y 1849, Rusia se ha visto envuelta tan profundamente en la política europea, que ahora tiene que llevar a cabo a toda prisa sus viejos planes sobre Turquía, sobre Constantinopla, “la llave de su casa”, si es que no han de volverse irrealizables para siempre. Los progresos de la contrarrevolución y el poder cada día mayor del partido revolucionario en Europa occidental, la propia situación interna de Rusia y el mal estado de sus finanzas la obligan a actuar con rapidez. Hemos visto recientemente el preludio diplomático de esta nueva acción principal y de Estado en el escenario oriental; dentro de pocos meses presenciaremos la acción misma.

La guerra contra Turquía es necesariamente una guerra europea. Tanto mejor para la santa Rusia, que de ese modo obtiene la oportunidad de asentar el pie firmemente en Alemania, de llevar allí a término enérgicamente la contrarrevolución, de ayudar a los prusianos a conquistar Neuchâtel y, en última instancia, de marchar sobre el centro de la revolución, sobre París.

En una guerra europea de ese tipo, Inglaterra no puede permanecer neutral. Tiene que decidirse contra Rusia. E Inglaterra es para Rusia el adversario más peligroso de todos. Si los ejércitos de tierra del continente, cuanto más penetran en Rusia, más tienen que debilitarse por su propia dispersión; si su avance, so pena de repetir lo de 1812, tiene que cesar casi por completo a partir de las fronteras orientales de la vieja Polonia, Inglaterra dispone en cambio de los medios para atacar a Rusia en sus flancos más vulnerables. Aparte de que puede obligar a los suecos a reconquistar Finlandia, Petersburgo y Odesa están al alcance de su flota. La flota rusa es, como se sabe, la peor del mundo, y Cronstadt y Schlüsselburg pueden tomarse tan fácilmente como Saint-Jean d’Acre y San Juan de Ulúa. Pero sin Petersburgo y Odesa, Rusia es un gigante con las manos amputadas. A ello se añade que Rusia no puede prescindir de Inglaterra ni para la venta de sus materias primas ni para la compra de productos industriales, ni siquiera durante seis meses, cosa que ya resaltó claramente en la época del bloqueo continental napoleónico, pero que ahora ocurre en un grado mucho mayor aún. La amputación del mercado inglés sumiría a Rusia en pocos meses en las convulsiones más violentas. Inglaterra, en cambio, no sólo puede prescindir durante algún tiempo del mercado ruso, sino también obtener todas las materias primas rusas de otros mercados. Se ve que la temida Rusia no es, en modo alguno, tan peligrosa. Pero ha de aparecerle al ciudadano alemán bajo una figura tan aterradora, porque domina directamente a sus príncipes y porque él barrunta, con mucho acierto, que las hordas bárbaras de Rusia inundarán dentro de poco Alemania y desempeñarán allí, en cierto modo, un papel mesiánico.

Suiza se comporta con la Santa Alianza en general como las cámaras prusianas con su rey en particular. Sólo que Suiza tiene detrás de sí, además, un chivo expiatorio al que puede devolver redoblados y triplicados todos los golpes que recibe de la Santa Alianza, un chivo expiatorio inerme además, entregado a su merced y discreción: los refugiados alemanes. Es cierto que una parte de los suizos “radicales” de Ginebra, del Vaud y de Berna ha protestado contra la política cobarde del Consejo Federal —cobarde tanto frente a la Santa Alianza como frente a los refugiados—; pero también es igualmente cierto que el Consejo Federal tenía razón cuando afirmaba que su política era “la de la inmensa mayoría del pueblo suizo”. En medio de esto, el poder central sigue realizando muy tranquilamente en el interior pequeñas reformas burguesas, la centralización de las aduanas, de las monedas, de los correos, de los pesos y medidas, reformas que le aseguran el aplauso de la pequeña burguesía. Ciertamente, no se atreve a ejecutar el decreto relativo a la supresión de las capitulaciones militares, y todavía a diario van los habitantes de los cantones primitivos en masa hacia Como para ser reclutados allí al servicio napolitano. Mas, a pesar de toda la humildad y complacencia ante la Santa Alianza, a Suiza le amenaza, sin embargo, una tormenta fatal. En la primera exaltación de ánimo tras la guerra del Sonderbund, y aún más después de la revolución de febrero, los suizos, en otras ocasiones tan medrosos, se dejaron arrastrar a imprudencias. Osaron lo inaudito: querer ser independientes por una vez; en lugar de la constitución de 1814 garantizada por las potencias, se dieron una nueva; reconocieron la independencia de Neuchâtel, contra los tratados. Por ello serán castigados, pese a todas sus reverencias y favores y servicios policiacos. Y una vez envuelta en la guerra europea, la situación de Suiza no es la más placentera: si Suiza ha ofendido a los santos aliados, por otro lado ha traicionado a la revolución.

En Francia, donde la burguesía misma dirige la reacción en su propio interés y donde la forma republicana de gobierno permite a esta reacción el desarrollo más libre y consecuente, la represión de la revolución se lleva a cabo de la manera más desvergonzada y violenta. En el breve lapso de un mes se sucedieron, golpe tras golpe, el restablecimiento del impuesto sobre las bebidas, que consuma directamente la ruina de la mitad de la población rural; la circular d'Hautpoul, que convierte a los gendarmes en espías incluso de los funcionarios; la ley sobre los maestros de escuela, que declara a todos los maestros elementales revocables a discreción por los prefectos; la ley de enseñanza, que entrega las escuelas a los curas; la ley de deportación, en la que la burguesía desahoga todo su insaciable afán de venganza contra los insurrectos de junio y, a falta de otro verdugo, los abandona al clima más mortífero de toda Argelia. Ni siquiera queremos hablar de las innumerables expulsiones de extranjeros, incluso los más inocentes, que no han cesado desde el 13 de junio.

El objetivo de esta violenta reacción burguesa es, naturalmente, la instauración de la monarquía. Pero la restauración monárquica tropieza con un obstáculo considerable en los propios pretendientes y en los partidos que tienen en el país. Los legitimistas y los orleanistas, los dos partidos monárquicos más fuertes, se equilibran aproximadamente; el tercer partido, el bonapartista, es con mucho el más débil. Luis Napoleón, a pesar de sus siete millones de votos, no tiene siquiera un verdadero partido, no tiene más que una camarilla. Él, que en la aplicación general de la reacción siempre es apoyado por la mayoría de la Cámara, se ve abandonado por ella en cuanto surgen sus intereses particulares como pretendiente, abandonado no sólo por la mayoría, sino también por sus ministros, que le desmienten cada vez y le obligan por escrito, a pesar de todo, a declarar al día siguiente que gozan de su confianza. Así, las disensiones en que de este modo cae con la mayoría, por graves consecuencias que puedan tener, no han pasado hasta ahora de episodios cómicos en los que el presidente de la República hace siempre el papel de burlado. Es de suyo evidente que cada fracción monárquica conspira por su cuenta con la Santa Alianza. La «Assemblée nationale» es lo bastante desvergonzada para amenazar públicamente al pueblo con los rusos; ya hay suficientes hechos que demuestran que Luis Napoleón está en connivencia con Nicolás.

A medida que la reacción avanza, crecen naturalmente también las fuerzas del partido revolucionario. La gran masa de la población rural, arruinada por las consecuencias de la parcelación, por la carga fiscal y por el carácter puramente fiscal, perjudicial incluso desde el punto de vista burgués, de la mayoría de los impuestos, desengañada de las promesas de Luis Napoleón y de los diputados reaccionarios, la masa de la población rural se ha echado en brazos del partido revolucionario y profesa un socialismo ciertamente aún muy rudimentario y burgués en su mayor parte. Cuán revolucionariamente están dispuestos hasta los departamentos más legitimistas lo demuestra la última elección en el departamento del Gard, centro del realismo y del «terror blanco» de 1815, donde fue elegido un rojo. La pequeña burguesía, oprimida por el gran capital, que tanto en el comercio como en la política ocupa de nuevo exactamente la misma posición que bajo Luis Felipe, ha seguido a la población rural. El vuelco es tan enorme, que hasta el traidor Marrast y el periódico de los tenderos, el «Siècle», han tenido que declararse socialistas. La posición recíproca de las distintas clases, de la que la posición recíproca de los partidos políticos no es más que otra expresión, es casi exactamente la misma que el 22 de febrero de 1848. Sólo que ahora se trata de otras cosas, que los obreros son mucho más conscientes y que, sobre todo, una clase hasta ahora políticamente muerta, la de los campesinos, ha sido arrastrada al movimiento y ganada para la revolución.

Ahí reside la necesidad para la burguesía dominante de intentar suprimir el sufragio universal lo más rápidamente posible; y en esta necesidad reside a su vez la certeza de una pronta victoria de la revolución, aun prescindiendo de las circunstancias exteriores.

Cuán tensa es en general la situación lo muestra ya el cómico proyecto de ley del representante del pueblo Pradié, que en unos 200 artículos intenta prevenir los golpes de Estado y las revoluciones mediante un decreto de la Asamblea Nacional. Y cuán poco confía la alta finanza, tanto aquí como en otras capitales, en el «orden» en apariencia restablecido, se puede ver en el hecho de que las distintas ramas de la casa Rothschild prorrogaron hace unos meses su contrato social sólo por un año, un período de una brevedad inaudita en los anales del gran comercio.

Mientras el continente se ocupaba en los dos últimos años de revoluciones, contrarrevoluciones y del fluir de discursos inseparable de ellas, la industrial Inglaterra hizo en un artículo muy distinto: en prosperidad. Aquí, la crisis comercial que había estallado en el otoño de 1845 a su debido tiempo fue interrumpida dos veces: a principios de 1846 por las resoluciones librecambistas del Parlamento y a principios de 1848 por la revolución de febrero. Entre tanto, gran parte de las mercancías que gravitaban sobre los mercados de ultramar había encontrado gradualmente salida. La revolución de febrero eliminó además en esos mismos mercados la competencia de la industria continental, mientras que la industria inglesa no perdió mucho más en el mercado continental perturbado de lo que habría perdido de todos modos por el curso ulterior de la crisis. La revolución de febrero, que paralizó casi por completo la industria continental momentáneamente, ayudó así a los ingleses a atravesar de modo bastante soportable un año de crisis, contribuyó esencialmente a liquidar las existencias acumuladas en los mercados de ultramar e hizo posible un nuevo auge industrial en la primavera de 1849. Este auge, que por lo demás se extendió también a una gran parte de la industria continental, ha alcanzado en los últimos tres meses tal grado que los fabricantes afirman no haber tenido nunca una época tan buena, afirmación que se hace siempre en vísperas de la crisis. Las fábricas están sobrecargadas de pedidos y trabajan a marcha acelerada; se buscan todos los medios para eludir la ley de las diez horas y ganar nuevas horas de trabajo; en todas las partes de los distritos industriales se construyen nuevas fábricas en abundancia y se amplían las viejas. El dinero efectivo se precipita sobre el mercado, el capital desocupado quiere aprovechar el momento del beneficio general; el descuento alimenta la especulación, se lanza a la producción o al comercio de materias primas, y casi todos los artículos suben de precio en términos absolutos, todos suben relativamente. En una palabra, la «prosperidad» en su más hermosa floración regocija a Inglaterra,

y sólo cabe preguntarse cuánto durará esta embriaguez. Por cierto que no mucho. Varios de los mayores mercados, especialmente la India oriental, ya están casi saturados; la exportación favorece ya menos a los verdaderos grandes mercados que a los entrepôts del comercio mundial, desde donde las mercancías pueden ser dirigidas hacia los mercados más favorables. Pronto, con las colosales fuerzas productivas que la industria inglesa ha añadido a las existentes desde 1843 hasta 1845, en los años 1846 y 1847 y particularmente en 1849, y que sigue añadiendo diariamente, también los mercados que aún quedan, sobre todo los de América del Norte y del Sur y Australia, estarán igualmente saturados, y con las primeras noticias de esta saturación se producirá simultáneamente el «pánico» en la especulación y en la producción, quizás ya hacia finales de la primavera, a más tardar en julio o agosto. Pero esta crisis, por cuanto ha de coincidir con grandes colisiones en el continente, dará frutos muy distintos de todas las anteriores. Si hasta ahora cada crisis fue la señal para un nuevo progreso, una nueva victoria de la burguesía industrial sobre la propiedad territorial y la burguesía financiera, ésta señalará el comienzo de la moderna revolución inglesa, una revolución en la que Cobden asumirá el papel de Necker.

Llegamos ahora a América. El hecho más importante que aquí ha ocurrido, más importante aún que la revolución de febrero, es el descubrimiento de los yacimientos de oro de California. Ya ahora, apenas dieciocho meses después, se puede prever que este descubrimiento tendrá resultados mucho más grandiosos que incluso el descubrimiento de América. Durante trescientos treinta años, todo el comercio de Europa hacia el Océano Pacífico se ha llevado a cabo con la más conmovedora paciencia rodeando el Cabo de Buena Esperanza o el Cabo de Hornos. Todas las propuestas para perforar el Istmo de Panamá fracasaron por los mezquinos celos de los pueblos comerciantes. Hace dieciocho meses que se descubrieron las minas de oro de California, y ya los yanquis han emprendido un ferrocarril, una gran carretera y un canal desde el seno mexicano; ya los barcos de vapor hacen viajes regulares de Nueva York a Chagres y de Panamá a San Francisco; ya el comercio del Mar Pacífico se concentra en Panamá, y la travesía del Cabo de Hornos ha quedado obsoleta. Una costa de 30 grados de latitud de largo, una de las más hermosas y fértiles del mundo, hasta ahora prácticamente deshabitada, se transforma a ojos vistas en un rico país civilizado, densamente poblado por hombres de todos los linajes, del yanqui al chino, del negro al indio y al malayo, del criollo y el mestizo al europeo. El oro de California se derrama a torrentes sobre América y la costa asiática del Océano Pacífico y arrastra a los pueblos bárbaros más indómitos al comercio mundial.

comercio, en la civilización. Por segunda vez, el comercio mundial toma un nuevo rumbo. Lo que en la Antigüedad fueron Tiro, Cartago y Alejandría, en la Edad Media Génova y Venecia, lo que hasta ahora han sido Londres y Liverpool —los emporios del comercio mundial—, eso pasan a ser ahora Nueva York y San Francisco, San Juan de Nicaragua <Greytown> y León, Chagres y Panamá. El centro de gravedad del tráfico mundial, en la Edad Media Italia, en la época moderna Inglaterra, es ahora la mitad meridional de la península norteamericana. La industria y el comercio de la vieja Europa tendrán que esforzarse enormemente si no quieren caer en la misma decadencia que la industria y el comercio de Italia desde el siglo XVI, si Inglaterra y Francia no quieren convertirse en lo mismo que son hoy Venecia, Génova y Holanda. Dentro de pocos años tendremos una línea regular de paquebotes a vapor de Inglaterra a Chagres, y de Chagres y San Francisco a Sidney, Cantón y Singapur. Gracias al oro californiano y a la incansable energía de los yanquis, ambas costas del Mar Pacífico estarán pronto tan pobladas, tan abiertas al comercio, tan industriales como lo está ahora la costa desde Boston hasta Nueva Orleáns. Entonces el Océano Pacífico desempeñará el mismo papel que hoy el Atlántico y en la Antigüedad y la Edad Media el Mar Mediterráneo: el papel de la gran vía fluvial del tráfico mundial; y el Océano Atlántico descenderá al papel de un lago interior, como el que hoy desempeña el Mediterráneo. La única oportunidad de que los países civilizados europeos no caigan entonces en la misma dependencia industrial, comercial y política en que hoy se hallan Italia, España y Portugal, reside en una revolución social que, mientras aún hay tiempo, subvierta el modo de producción y tráfico de acuerdo con las necesidades de la producción misma, necesidades surgidas de las modernas fuerzas productivas, y haga así posible la generación de nuevas fuerzas productivas que aseguren la superioridad de la industria europea y compensen de ese modo las desventajas de la posición geográfica.

Para terminar, aún una curiosidad característica procedente de China, que ha traído el conocido misionero alemán Gützlaff. La superpoblación del país, que crece lenta pero regularmente, hacía ya tiempo que resultaba muy opresiva para la gran mayoría de la nación debido a las condiciones sociales allí reinantes. Entonces llegaron los ingleses y se forzaron el libre comercio para cinco puertos. Miles de barcos ingleses y norteamericanos navegaron hacia China, y en breve tiempo el país quedó inundado de baratas manufacturas mecánicas británicas y americanas. La industria china, basada en el trabajo manual, sucumbió a la competencia de la máquina. El inconmovible Imperio del Centro experimentó una crisis social. Los impuestos dejaron de ingresar, el Estado llegó al borde de la bancarrota, la población se hundió masivamente en el pauperismo, estalló en insurrecciones, desconoció, maltrató y asesinó a los mandarines del emperador y a los bonzos de Fo-hi. El país llegó al borde de la perdición y está ya amenazado por una violenta revolución. Pero aún peor. Entre la plebe sublevada surgieron personas que señalaron la pobreza de unos y la riqueza de otros, que exigieron y siguen exigiendo otra distribución de la propiedad, incluso la total abolición de la propiedad privada. Cuando el señor Gützlaff, tras 20 años de ausencia, volvió a reunirse con gente civilizada y europeos, oyó hablar del socialismo y preguntó qué era aquello. Cuando se lo explicaron, exclamó asustado:

«¡De modo que en ninguna parte podré escapar de esta doctrina perniciosa? ¡Justamente lo mismo llevan algún tiempo predicando muchas gentes de la chusma en China!»

El socialismo chino podrá ciertamente ser al socialismo europeo lo que la filosofía china a la hegeliana. Mas siempre es un hecho regocijante que el más antiguo e inconmovible imperio de la Tierra haya sido llevado en ocho años, por las balas de algodón de la burguesía inglesa, a las vísperas de una subversión social que, en todo caso, habrá de tener los más significativos resultados para la civilización. Cuando nuestros reaccionarios europeos, en su huida próximamente inminente a través de Asia, lleguen por fin a la muralla china, a los pórticos que conducen al baluarte de la reacción primordial y del conservadurismo primordial, quién sabe si no leerán sobre ella el letrero:

République chinoise

Liberté, Egalité, Fraternité.

<República china

Libertad, Igualdad, Fraternidad>

Londres, 31 de enero de 1850

*

Los deseos de la ciudadanía prusiana se han visto cumplidos: el “hombre de honor” ha jurado la Constitución bajo la condición de que “se le haga posible gobernar con esta Constitución”. Y los burgueses de las Cámaras han satisfecho ya por completo ese deseo en los pocos días transcurridos desde el 6 de febrero. Antes del 6 de febrero decían: tenemos que hacer concesiones, para que al menos se jure la Constitución; una vez prestado el juramento, podremos presentarnos de un modo muy diferente. Después del 6 de febrero dicen: la Constitución está jurada, tenemos cuantas garantías son posibles; podemos, pues, hacer concesiones muy tranquilamente. Dieciocho millones para armamentos de guerra, para la movilización de 500.000 hombres contra un enemigo hasta ahora aún desconocido, son aprobados sin debate, sin oposición, casi por unanimidad; el presupuesto se vota en cuatro días, todos los proyectos gubernamentales pasan por las Cámaras en un santiamén. Se ve que a la burguesía alemana aún no le faltan ni cobardía ni pretextos para esa cobardía.

El rey de Prusia, gracias a esta bienintencionada Cámara, ha tenido ocasión suficiente para percatarse de las ventajas que el sistema constitucional posee frente al absolutista, y no sólo para los gobernados, sino también para los gobernantes. Si recordamos las estrecheces financieras de 1842-1848, los vanos intentos de empréstito recurriendo a la Seehandlung y al Banco, las respuestas negativas de Rothschild, el préstamo denegado por la Dieta Unida, el agotamiento del tesoro estatal y de las cajas públicas, y si comparamos con todo ello la abundancia financiera de 1850 —tres presupuestos con setenta millones de déficit cubiertos mediante concesión de las Cámaras, pagarés y certificados de tesorería puestos masivamente en circulación, el Estado en mejores relaciones con el Banco que nunca con la Seehandlung, y encima treinta y cuatro millones de deudas aprobadas en reserva—, ¡qué contraste!

Según las manifestaciones del ministro de la Guerra, el gobierno prusiano considera probables ciertas eventualidades que podrían obligarlo a movilizar todo su ejército en interés del “orden y la tranquilidad” europeos. Con esta declaración, Prusia ha proclamado bien alto y claro su renovada adhesión a la Santa Alianza. Quién es el enemigo al que está destinada la nueva cruzada, es algo claro. El centro de la anarquía y de la subversión, la Babel gala, debe ser aniquilado. Si Francia ha de ser atacada directamente, o si han de preceder diversiones contra Suiza y contra Turquía, dependerá las más de las veces tan sólo de la evolución de la situación en París. En cualquier caso, el gobierno prusiano tiene ahora los medios de elevar en dos meses sus 180.000 soldados a 500.000; 400.000 rusos están escalonados en Polonia, Volinia y Besarabia; Austria tiene sobre las armas, como mínimo, 650.000 hombres. Con sólo alimentar estas colosales fuerzas, Rusia y Austria tendrán que empezar una guerra de invasión todavía este mismo año. Y en relación con la primera dirección de esta invasión, acaba de ver la luz pública un curioso documento.

La Schweizerische National-Zeitung publica en uno de sus últimos números un memorándum supuestamente redactado por el general austríaco Schönhals, que contiene un plan completo para la invasión de Suiza. Los puntos principales de este plan son los siguientes:

Prusia concentra cerca de 60.000 hombres en el Meno, en las cercanías de los ferrocarriles; un cuerpo de hessianos, bávaros y württemberguenses se concentra en parte cerca de Rottweil y Tuttlingen, y en parte cerca de Kempten y Memmingen. Austria posiciona 50.000 hombres en Vorarlberg y hacia Innsbruck, y forma un segundo cuerpo en Italia entre Sesto-Calende y Lecco. Entretanto, se entretiene a Suiza con negociaciones diplomáticas. Cuando llega el momento del ataque, los prusianos acuden a toda prisa por ferrocarril a Lörrach, los pequeños contingentes a Donaueschingen; los austríacos se reagrupan más estrechamente cerca de Bregenz y Feldkirch, y el ejército italiano cerca de Como y Lecco. Una brigada permanece estacionada cerca de Varese y amenaza Bellinzona. Los embajadores presentan el ultimátum y parten. Comienzan las operaciones: el principal pretexto es restablecer la Constitución Federal de 1814 y la libertad de los cantones del Sonderbund. El ataque mismo es concéntrico contra Lucerna. Los prusianos avanzan por Basilea hacia el Aar, los austríacos por St. Gallen y Zúrich hacia el Limmat. Los primeros toman posiciones desde Solothurn hasta Zurzach, los segundos desde Zurzach, pasando por Zúrich, hasta Uznach. Al mismo tiempo, 15.000 austríacos destacados avanzan por Chur hacia el Splügen y se reúnen con el cuerpo italiano, tras lo cual ambos avanzan a través del valle del Rin Anterior hacia San Gotardo y aquí vuelven a estrechar la mano al cuerpo que ha avanzado por Varese y Bellinzona, e insurreccionan los cantones primitivos. Éstos quedan entre tanto separados de la Suiza occidental por el avance de los ejércitos principales, a los que se unen los contingentes menores a través de Schaffhausen, y por la conquista de Lucerna, separando así las ovejas de los cabritos. Al mismo tiempo, Francia —obligada por el “tratado secreto del 30 de enero” a posicionar 60.000 hombres cerca de Lyon y Colmar— ocupa Ginebra y el Jura bajo el mismo pretexto con que ocupó Roma. Con ello, Berna se torna insostenible, y el gobierno “revolucionario” se ve forzado a capitular de inmediato o a morir de hambre con sus tropas en los altos Alpes berneses.

Como puede verse, el proyecto no es del todo malo. Toma en consideración las condiciones del terreno, propone tomar primero la Suiza septentrional, más llana y feraz, y forzar en ella la única posición seria existente —la situada detrás del Aar y del Limmat— con las fuerzas principales reunidas. Tiene la ventaja de cortar al ejército suizo el granero y dejarle de momento el terreno montañoso más difícil. Puede, pues, ser ejecutado ya a comienzos de la primavera, y cuanto antes se ejecute, tanto más difícil será la posición de los suizos, rechazados hacia las altas montañas.

Si el documento ha sido publicado contra la voluntad de sus autores, o si ha sido elaborado deliberadamente con el fin de hacerlo llegar a un periódico suizo para su publicación, resulta difícil decidirlo aún basándose sólo en razones internas. En este último caso, no podría tener otro fin que mover a los suizos a agotar sus cajas mediante levas de tropas precipitadas y numerosas y a mostrarse cada vez más dóciles respecto a la Santa Alianza, así como inducir a error a la opinión pública en general acerca de los propósitos de los aliados. El alarde marcial que se está haciendo en este momento con los armamentos de Rusia y Prusia y con los planes de guerra contra Suiza parece hablar en ese sentido. Lo mismo que una frase del propio memorándum, en la que se recomienda la máxima celeridad en todas las operaciones para conquistar el mayor territorio posible antes de que los contingentes correspondientes hayan podido reunirse y ponerse en marcha. En contra hablan, empero, otras tantas razones internas a favor de la autenticidad del memorándum como plan de invasión realmente propuesto contra Suiza.

Tanto es seguro: la Santa Alianza marchará todavía este año, ya sea de entrada contra Suiza o Turquía, ya directamente contra Francia, y en ambos casos hará bien el Consejo Federal en poner su casa en orden. Tanto si la Santa Alianza como si la revolución llegan primero a Berna, él mismo ha provocado su perdición con su neutralidad cobarde. La contrarrevolución no puede darse por satisfecha con sus concesiones, porque su propio origen es más o menos revolucionario; la revolución no puede tolerar ni un instante un gobierno tan traidor y cobarde en el corazón de Europa, entre las tres naciones más directamente implicadas en el movimiento. La conducta del Consejo Federal suizo proporciona el ejemplo más sorprendente, y ojalá el último, de lo que viene a significar la pretendida «independencia» y «soberanía» de los pequeños Estados en medio de las grandes naciones modernas.(1)

(1) Con respecto a los últimos acontecimientos en Francia, remitimos al apartado del artículo «1848-1849» contenido en el presente fascículo. Sobre la abolición de hecho de la ley de las diez horas en Inglaterra, publicaremos un artículo independiente en el próximo fascículo.