Espías prusianos en Londres

Karl Marx/Friedrich Engels

Espías prusianos en Londres

Del inglés.

[“The Spectator”, núm. 1146, del 15 de junio de 1850]

64, Dean Street, Soho Square, 14 de junio de 1850

Señor:

Desde hace algún tiempo, los abajo firmantes, refugiados alemanes residentes en este país, hemos tenido ocasión de admirar la atención que nos ha dispensado el gobierno británico. Estábamos acostumbrados a encontrarnos de vez en cuando con algún oscuro funcionario de la legación prusiana que no «figura oficialmente como tal»; nos habíamos habituado a los discursos violentos y a las propuestas descabelladas de tales agents provocateurs <espías provocadores>, y sabíamos cómo tratarlos. Lo que nos sorprende no es la atención que nos presta la legación prusiana —estamos orgullosos de haberla merecido—; nos asombra la entente cordiale <el cordial entendimiento> que, por lo que a nosotros respecta, parece haberse establecido entre los espías prusianos y los denunciantes ingleses.

En verdad, señor, nunca hubiéramos creído que en este país existieran tantos espías de la policía como los que hemos tenido la fortuna de conocer en el breve lapso de una semana. No solo se vigilan estrechamente las puertas de las casas en que vivimos por individuos de aspecto más que dudoso, que cada vez que alguien entra o sale del edificio toman nota con el mayor descaro; no podemos dar un solo paso sin que nos sigan, vayamos donde vayamos. No podemos subir a un ómnibus ni entrar en un café sin que se nos obsequie con la compañía de al menos uno de estos desconocidos amigos.

No sabemos si los señores encargados de esta grata tarea están al «servicio de Su Majestad», pero sí sabemos que la mayoría de ellos tiene un aspecto de todo menos limpio y respetable.

¿Qué utilidad pueden reportar a nadie los magros informes que una banda de miserables espías, prostituidos masculinos de la peor calaña, casi todos reclutados de la clase de los denunciantes comunes y al parecer pagados por informe, vienen a amontonar a la puerta de nuestras casas? ¿Puede ser esta información, sin duda extraordinariamente fidedigna, tan valiosa que dé a alguien el derecho de sacrificar por ella la vieja gloria de los ingleses, según la cual en su país no existe posibilidad alguna de introducir ese sistema de delación del que ningún país del continente se ve libre?

Además, siempre hemos estado y seguimos estando dispuestos a proporcionar al gobierno cuanta información desee sobre nosotros, en la medida en que esté en nuestras manos.

Sin embargo, sabemos muy bien lo que hay detrás de todo esto. El gobierno prusiano ha aprovechado la ocasión del reciente atentado contra Federico Guillermo IV para emprender una nueva campaña contra sus enemigos políticos, tanto dentro como fuera de Prusia. Y porque un demente notorio ha disparado un tiro contra el rey de Prusia, se pretende inducir al gobierno inglés a que aplique contra nosotros la Ley de Extranjería, aunque no alcanzamos a imaginarnos en qué sentido nuestra presencia en Londres podría entrar en colisión con «la preservación de la paz y el orden en este reino».

Cuando hace unos ocho años atacamos en Prusia el sistema de gobierno existente, los funcionarios y la prensa respondieron que, si a estos señores no les gustaba el sistema prusiano, tenían plena libertad para abandonar el país. Abandonamos el país, y sabíamos por qué. Pero una vez que lo habíamos abandonado, encontramos a Prusia por todas partes; ya fuera en Francia, en Bélgica o en Suiza, sentíamos la influencia del enviado prusiano. Si por su influjo se nos obligara a dejar este último refugio que nos queda en Europa, Prusia creerá entonces, desde luego, que es la potencia que domina el mundo.

Hasta ahora, Inglaterra ha sido el único obstáculo en el camino de la Santa Alianza, que en estos momentos vuelve a erigirse bajo la protección de Rusia; y la Santa Alianza, de la cual Prusia constituye un componente esencial, no aspira a nada menos que a inducir a la Inglaterra antirrusa a adoptar una política interior de corte más o menos ruso. En verdad, ¿qué pensaría Europa de las últimas notas diplomáticas y garantías parlamentarias del gobierno británico, si estas vinieran acompañadas del comentario de una aplicación de la Ley de Extranjería que obedece únicamente a los móviles odiosos de gobiernos reaccionarios extranjeros?

El gobierno prusiano sostiene que el disparo hecho contra su rey es el resultado de vastas conspiraciones revolucionarias, cuyo centro habría de buscarse en Londres. En consecuencia, como primera medida, destruye la libertad de prensa en su país y, en segundo lugar, exige al gobierno inglés que expulse del país a los supuestos cabecillas de esa supuesta conspiración.

Si se consideran el carácter y las dotes personales del actual rey de Prusia y los de su hermano, el heredero del trono, ¿qué partido tiene mayor interés en una rápida sucesión al trono: el partido revolucionario o los ultrarrealistas?

Permítannos declarar que, catorce días antes del atentado perpetrado en Berlín, se acercaron a nosotros personas a las que, con buenos motivos, consideramos agentes o bien del gobierno prusiano, o bien de los ultrarrealistas, y que de manera casi directa nos incitaron a organizar conspiraciones con el fin de cometer regicidio en Berlín y en otros lugares. No hace falta añadir que esas personas no tuvieron ninguna oportunidad de engañarnos.

Permítannos declarar que, después del atentado, otras personas de carácter semejante han tratado de arrimarse a nosotros y nos han hablado de modo análogo.

Permítannos declarar que el sargento Sefeloge, que disparó contra el rey, no era un revolucionario, sino un ultrarrealista.

Pertenecía a la sección n.º 2 del Treubund, una sociedad ultrarrealista. Está inscrito con el número 133 en la lista de miembros. Durante algún tiempo recibió apoyo económico de dicha sociedad; sus documentos fueron guardados en casa de un comandante ultrarrealista empleado en el ministerio de la Guerra.

Si este asunto llegara a ser tratado alguna vez ante un tribunal público, cosa que dudamos, la opinión pública podrá reconocer con suficiente claridad si ha habido autores intelectuales de este atentado y quiénes han sido.

La ultrarrealista «Neue Preußische Zeitung» fue la primera en acusar a los refugiados de Londres de ser los auténticos autores del atentado. Llegó incluso a nombrar a uno de los abajo firmantes, del que ya antes había afirmado que había estado catorce días en Berlín, cuando en realidad no ha abandonado Londres un solo instante, como puede confirmar un gran número de testigos. Escribimos al señor Bunsen, el enviado prusiano, rogándole que nos procurara los números correspondientes de dicho periódico. Las atenciones que aquel señor nos dispensó no llegaron a moverle a lo que habríamos esperado de la courtoisie <cortesía> de un caballero.

Creemos, señor, que en estas circunstancias no podemos hacer nada mejor que llevar todo este asunto ante la opinión pública. Creemos también que los ingleses toman parte en todo aquello que pueda perjudicar, en mayor o menor medida, la tradicional fama de Inglaterra como el asilo más seguro para los refugiados de todos los partidos y de todos los países.

Quedamos, señor, de usted muy atentos y seguros servidores,

Charles Marx,
Fred. Engels,
redactores de la «Neue Rheinische Zeitung» de Colonia

Aug. Willich,
coronel del ejército revolucionario de Baden