Karl Marx/Friedrich Engels

Gottfried Kinkel

"Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue",
Cuarto cuaderno, abril de 1850.

La flojedad en el partido alemán supuestamente revolucionario es tan grande que cosas que en Francia o en Inglaterra provocarían una tormenta general pasan en Alemania sin causar siquiera asombro, e incluso aquí encuentran el aplauso general. El señor Waldeck presenta ante los jurados una extensa prueba testifical de que siempre ha sido un buen constitucional, y los demócratas berlineses lo llevan a casa en triunfo. El señor Grün reniega en Trier, en sesión pública del tribunal, de la revolución de la manera más estúpida, y el pueblo da la espalda en la sala del tribunal a los proletarios condenados para vitorear al industrial absuelto.

Un nuevo ejemplo de lo que es posible en Alemania lo ofrece el discurso de defensa que el señor Gottfried Kinkel pronunció el 4 de agosto de 1849 ante el consejo de guerra en Rastatt y que ha publicado el "Abend-Post" de Berlín del 6 y 7 de abril de este año.

Sabemos de antemano que provocaremos la indignación general de los farsantes sentimentales y declamadores democráticos al denunciar ante nuestro partido este discurso del "preso" Kinkel. Esto nos es completamente indiferente. Nuestra tarea es la crítica despiadada, mucho más aún contra los supuestos amigos que contra los enemigos declarados; y al mantener esta posición nuestra, renunciamos con gusto a la barata popularidad democrática. Nuestro ataque no empeora en modo alguno la situación del señor Kinkel; lo denunciamos a la amnistía al confirmar su confesión de que no es el hombre por quien se le quiere hacer pasar, al declarar que es digno no solo de ser amnistiado, sino incluso de entrar al servicio del Estado prusiano. Además, el discurso está publicado. Denunciamos a nuestro partido el documento completo y ofrecemos aquí solo los pasajes más contundentes.

"Tampoco he mandado nunca tropa alguna, de modo que tampoco soy responsable de los actos de otros. Pues me guardo de toda asociación de mis actos con la suciedad y el fango que, lo sé, desgraciadamente acabaron por adherirse a esta revolución."

Puesto que el señor Kinkel "ingresó como soldado raso en la compañía Besançon" y puesto que arroja aquí una sospecha sobre todos los comandantes, ¿no era su deber excluir al menos a su superior inmediato, Willich?

"Nunca he servido en el ejército, por tanto tampoco he quebrantado juramento a la bandera ni he empleado contra mi patria conocimientos militares que hubiera adquirido al servicio de mi patria."

¿No era esto una denuncia directa contra los soldados prusianos capturados, contra Jansen y Bernigau, que poco después fueron fusilados? ¿No era un reconocimiento pleno de la sentencia de muerte contra Dortu, ya fusilado?

Así, el señor Kinkel denuncia además ante el consejo de guerra a su propio partido al hablar de planes de cesión de la orilla izquierda del Rin a Francia y declararse limpio de esos proyectos criminales. El señor Kinkel sabe muy bien que de anexión de la provincia del Rin a Francia solo se hablaba en el sentido de que la provincia del Rin, en la lucha decisiva entre la revolución y la contrarrevolución, se pondría incondicionalmente del lado revolucionario, estuviera este representado por franceses o por chinos. Tampoco deja de señalar, a diferencia de los revolucionarios salvajes, su carácter apacible, que le ha permitido mantenerse en buena armonía con un Arndt y otros conservadores como hombre, aunque no como hombre de partido.

"¡Mi culpa es haber querido en verano lo mismo que en marzo quisieron todos ustedes, lo mismo que en marzo quiso todo el pueblo alemán!"

Se presenta aquí como un mero luchador por la Constitución del Reich, que nunca quiso nada más que la Constitución imperial. Tomamos nota de esta declaración.

El señor Kinkel pasa a hablar de un artículo que escribió sobre un tumulto provocado por los soldados prusianos en Mainz, y dice:
"¿Y qué me ha sucedido por ello? Durante mi ausencia de casa, se me ha citado por segunda vez ante el tribunal, y como no pude comparecer para defenderme, según me han contado hace poco, se me ha privado de la capacidad electoral por cinco años. ¡Se ha pronunciado sobre mí cinco años de incapacidad electoral! Para un hombre que ya ha tenido el honor de ser diputado, esa es una pena sumamente dura" (!).

"¡Cuántas veces he tenido que oír la palabra de que soy un 'mal prusiano'; esa palabra me ha herido... ¡Pues bien! Mi partido ha perdido ahora la partida en la patria. Si la corona de Prusia sigue por fin una política audaz y fuerte, si la real alteza de nuestro heredero al trono, el príncipe de Prusia, logra con la espada, pues de otro modo no será, forjar a Alemania en una sola, presentarla grande y respetada ante nuestros vecinos y asegurar de verdad y de forma duradera la libertad interior, reanimar el comercio y el tráfico, distribuir de manera uniforme sobre toda Alemania la carga militar que ahora pesa demasiado sobre Prusia y, sobre todo, dar pan a los pobres de mi pueblo, de quienes me siento representante... ¡si su partido logra eso, por mi juramento! El honor y la grandeza de mi patria me son más caros que mis ideales de Estado, y sé apreciar a los republicanos franceses de 1793" (¿Fouché y Talleyrand?) "que luego, por el bien de Francia, se inclinaron voluntariamente ante la grandeza de Napoleón; si así sucediera y mi pueblo me honrara de nuevo eligiéndome su representante, yo sería uno de los primeros diputados que con alegre corazón gritaran: ¡Viva el Imperio alemán! ¡Viva el Imperio de los Hohenzollern! Si con tales sentimientos se es un mal prusiano, ¡sí! Entonces, ciertamente, no aspiro a ser un buen prusiano."

"Señores míos, ¡piensen también un poco en la mujer y los hijos en casa! cuando dicten sentencia sobre un hombre que hoy, por el cambio de los destinos humanos, se encuentra tan profunda y desdichadamente ante ustedes."

Este discurso lo pronunció el señor Kinkel en un momento en que veintiséis de sus camaradas eran condenados a muerte y fusilados por los mismos consejos de guerra, hombres que sabían encarar las balas de manera muy distinta a como el señor Kinkel se presentaba ante sus jueces. Por lo demás, si se presenta como un hombre completamente inofensivo, tiene toda la razón. Solo por un malentendido cayó dentro de su partido, y sería una crueldad completamente insensata que el gobierno prusiano lo retuviera por más tiempo en presidio.