Marx y Engels en

Neue Rheinische Zeitung Politisch-ökonomische Revue 1850

La revolución inglesa del siglo XVII

Reseña del folleto de François Guizot de 1850

Pourquoi la revolution d'Angleterre a-t-elle reussi?

En este folleto, el señor Guizot [1784-1874, historiador francés; en su día jefe de gobierno] se propone demostrar que Luis Felipe y la política seguida por el propio señor Guizot no deberían haber sido derrocados el 24 de febrero de 1848, y que sólo el carácter perverso de los franceses es culpable de que la Monarquía de Julio de 1830, tras una existencia de dieciocho turbulentos años, se derrumbara tan ignominiosamente y no alcanzara la duración de que ha gozado la monarquía inglesa desde 1688.

Al leer este folleto se comprende que incluso los hombres más capaces del ancien régime, así como hombres a los que no puede negarse cierto talento histórico, se han visto tan confundidos por los fatídicos acontecimientos de aquel febrero que han perdido todo sentido de la historia y, en realidad, ya no comprenden sus propias acciones anteriores. En lugar de extraer, de la experiencia de la Revolución de Febrero, alguna comprensión de la situación histórica totalmente distinta y de la posición enteramente diferente que ocupan las clases en la sociedad bajo la Monarquía francesa de 1830 y bajo la Monarquía inglesa de 1688, el señor Guizot disuelve estas diferencias con unas cuantas frases moralizantes y afirma, en conclusión, que la política derrocada el 24 de febrero era «la única que podía dominar la revolución, del mismo modo que había controlado el Estado».

Formulada de manera específica, la pregunta que el señor Guizot se propone responder es: ¿por qué la sociedad burguesa en Inglaterra se desarrolló como monarquía constitucional durante más tiempo que en Francia?

Característico del conocimiento que el señor Guizot tiene del curso del desarrollo burgués en Inglaterra es el siguiente pasaje:

«Bajo Jorge I y Jorge II, el espíritu público tomó una dirección diferente: la política exterior dejó de ser el interés principal; la administración interior, el mantenimiento de la paz, las cuestiones financieras, coloniales y comerciales, así como el desarrollo y la lucha por el gobierno parlamentario, se convirtieron en los grandes asuntos que ocupaban al gobierno y al público.»

El señor Guizot encuentra en el reinado de Guillermo III sólo dos puntos dignos de mención: la preservación del equilibrio de poder entre el Parlamento y la corona, y la preservación del equilibrio de poder europeo mediante las guerras contra Luis XIV. Bajo la dinastía hannoveriana, «la opinión pública toma de repente una “dirección diferente”», sin que nadie sepa cómo ni por qué. Aquí se ve cómo el señor Guizot superpone las frases más triviales de los debates parlamentarios franceses a la historia inglesa, creyendo que con ello la ha explicado. Del mismo modo, el señor Guizot imagina también que, como primer ministro francés, llevó sobre sus hombros la responsabilidad de preservar el justo equilibrio entre el Parlamento y la corona, así como el equilibrio de poder europeo, y en realidad no hizo más que vender a pedazos la sociedad francesa a los judíos acaudalados de París.

Al señor Guizot no le parece digno de mención que la lucha contra Luis XIV fuera simplemente una guerra de competencia encaminada a destruir el poder naval y el comercio franceses; tampoco menciona el dominio de la burguesía financiera mediante la fundación del Banco de Inglaterra bajo Guillermo III, ni la introducción de la deuda pública, que entonces recibió su primera sanción, ni que la burguesía manufacturera recibió un nuevo impulso gracias a la aplicación consecuente de un sistema de aranceles protectores. Para Guizot, sólo las frases políticas tienen sentido. Ni siquiera menciona que, bajo la reina Ana, los partidos gobernantes sólo pudieron conservarse a sí mismos, así como la monarquía constitucional, prolongando por la fuerza la duración del Parlamento a siete años, destruyendo así casi toda influencia que el pueblo pudiera haber tenido sobre el gobierno.

Bajo la dinastía hannoveriana, Inglaterra había alcanzado ya una etapa de desarrollo en la que podía librar sus guerras de competencia contra Francia con medios modernos. La propia Inglaterra retaba directamente a Francia sólo en América y en las Indias Orientales, mientras que en el continente se contentaba con pagar a soberanos extranjeros, como Federico II, para que hicieran la guerra contra Francia. Y mientras la política exterior adoptaba así una forma nueva, el señor Guizot tiene esto que decir: «La política exterior dejó de ser el interés principal», siendo sustituida por «el mantenimiento de la paz». En cuanto a la afirmación de que «el desarrollo y la lucha por el gobierno parlamentario» se convirtieron en una preocupación central, recordemos los incidentes de corrupción bajo el ministerio Walpole, que, en efecto, se asemejan mucho a los escándalos que se volvieron cotidianos bajo el señor Guizot.

El hecho de que la Revolución inglesa se desarrollara con más éxito que la francesa puede atribuirse, según el señor Guizot, a dos factores: primero, a que la Revolución inglesa tenía un carácter enteramente religioso y, por tanto, no rompió en modo alguno con todas las tradiciones del pasado; y segundo, a que desde el comienzo no fue destructiva sino constructiva, defendiendo el Parlamento las antiguas leyes existentes contra las usurpaciones de la corona.

En cuanto al primer punto, el señor Guizot parece haber olvidado que la filosofía librepensadora que tanto le hace estremecerse cuando la ve en la Revolución francesa fue importada a Francia de ningún otro país que de Inglaterra. Su padre fue Locke, y en Shaftesbury y Bolingbroke había alcanzado ya aquella forma ingeniosa que más tarde encontró tan brillante desarrollo en Francia. Llegamos así a la extraña conclusión de que la misma filosofía librepensadora que, según el señor Guizot, arruinó la Revolución francesa, fue uno de los productos más esenciales de la religiosa Revolución inglesa.

En cuanto al segundo punto, Guizot olvida por completo que la Revolución francesa, igualmente conservadora, empezó de manera aún más conservadora que la inglesa. El absolutismo, particularmente tal como apareció finalmente en Francia, fue allí también una innovación, y fue contra esa innovación contra la que los parlements [dietas francesas] se sublevaron para defender las viejas leyes, los us et coutumes [usos y costumbres] de la vieja monarquía con sus Estados Generales. Y mientras que la Revolución francesa habría de revivir los antiguos Estados Generales que habían muerto silenciosamente desde Enrique IV y Luis XIV, la Revolución inglesa, por el contrario, no podía mostrar ningún elemento clásico-conservador comparable.

Según el señor Guizot, el principal resultado de la Revolución inglesa fue que hizo imposible que el rey gobernara contra la voluntad del Parlamento y de la Cámara de los Comunes. Así, para él, toda la revolución consiste sólo en esto: que al principio ambas partes, la corona y el Parlamento, se extralimitan y van demasiado lejos, hasta que finalmente encuentran su justo equilibrio bajo Guillermo III y se neutralizan mutuamente. El señor Guizot considera superfluo mencionar que el sometimiento de la corona al Parlamento significó el sometimiento al dominio de una clase. Tampoco cree necesario abordar el hecho de que esa clase obtuvo el poder necesario para convertir finalmente a la corona en su servidora. Según él, toda la lucha entre Carlos I y el Parlamento versó simplemente sobre privilegios puramente políticos. No se dice una palabra de por qué el Parlamento, y la clase en él representada, necesitaba esos privilegios. Guizot tampoco habla de la injerencia de Carlos I en la libre competencia, que hacía cada vez más imposible el comercio y la industria de Inglaterra; ni de la dependencia respecto al Parlamento en la que Carlos I, en su continua necesidad de dinero, caía tanto más profundamente cuanto más trataba de desafiarlo. En consecuencia, el señor Guizot explica la revolución como debida meramente a la mala voluntad y al fanatismo religioso de unos pocos perturbadores que no querían contentarse con una libertad moderada. Guizot es igualmente incapaz de explicar la interrelación entre el movimiento religioso y el desarrollo de la sociedad burguesa. Para él, por supuesto, la República [de Cromwell] es igualmente obra de un simple puñado de fanáticos ambiciosos y maliciosos. En ninguna parte menciona los intentos realizados por entonces de establecer repúblicas en Lisboa, Nápoles y Mesina —intentos que seguían el ejemplo holandés, como lo hizo Inglaterra.

Aunque el señor Guizot nunca pierde de vista la Revolución francesa, ni siquiera llega a la simple conclusión de que la transición de una monarquía absoluta a una monarquía constitucional sólo puede realizarse después de luchas violentas y pasando por una etapa republicana, e incluso entonces la vieja dinastía, una vez que ha devenido inútil, tiene que ceder el paso a una línea colateral usurpadora. De ahí que Guizot sólo pueda decir las trivialidades más banales sobre el derrocamiento de la monarquía de la Restauración inglesa. Ni siquiera cita las causas más inmediatas: el temor, por parte de los nuevos grandes terratenientes, que habían adquirido propiedades antes de la restauración del catolicismo —propiedades robadas a la Iglesia— y que habrían tenido que cambiar de manos; la aversión de la burguesía comercial e industrial al catolicismo, religión de ningún modo adecuada a su comercio; la despreocupación con que los Estuardo, para su propio provecho y el de sus cortesanos, vendieron toda la industria y el comercio de Inglaterra al gobierno francés, es decir, al único país entonces en condiciones de ofrecer a Inglaterra una competencia peligrosa y a menudo exitosa, etc. Puesto que el señor Guizot omite los puntos más decisivos, no le queda más que la narración, sumamente insatisfactoria y banal, de meros acontecimientos políticos.

Para el señor Guizot, el gran misterio es el carácter conservador de la Revolución inglesa, que él sólo puede atribuir a la inteligencia superior de los ingleses, mientras que en realidad se encuentra en la alianza duradera entre la burguesía y una gran parte de los terratenientes, alianza que constituye la principal diferencia entre ella y la Revolución francesa, que destruyó las grandes propiedades territoriales con su política de parcelación. La clase inglesa de los grandes terratenientes, aliada con la burguesía —la cual, dicho sea de paso, ya se había desarrollado bajo Enrique VIII—, no se encontró en oposición —como los terratenientes feudales franceses en 1789—, sino más bien en completa armonía con las exigencias vitales de la burguesía. De hecho, sus tierras no eran propiedad feudal, sino propiedad burguesa. Por un lado, podían proporcionar a la burguesía industrial la mano de obra necesaria para la manufactura, y por otro, podían desarrollar la agricultura hasta las normas acordes con la industria y el comercio. De ahí sus intereses comunes con la burguesía, de ahí su alianza con ella.

Para Guizot, la historia de Inglaterra termina con la consolidación de la monarquía constitucional. Para él, todo lo que sigue se limita a un agradable juego alternante entre tories y whigs, es decir, al gran debate entre M. Guizot y M. Thiers. En realidad, sin embargo, la consolidación de la monarquía constitucional es solo el comienzo del magnífico desarrollo y transformación de la sociedad burguesa en Inglaterra. Donde M. Guizot solo ve calma apacible y paz idílica, en realidad están teniendo lugar los conflictos más violentos y las revoluciones más profundas. Bajo la monarquía constitucional, la manufactura se expande al principio en una medida hasta entonces desconocida, solo para ceder el paso a la gran industria, la máquina de vapor y las fábricas colosales. Clases enteras de la población desaparecen, para ser reemplazadas por otras nuevas, con nuevas condiciones de vida y nuevas exigencias. Una nueva burguesía, más gigantesca, entra en escena; mientras la vieja burguesía combate contra la Revolución francesa, la nueva conquista el mercado mundial. Se vuelve tan omnipotente que, incluso antes de que la Reform Bill le otorgue el poder político directo, fuerza a sus adversarios a promulgar una legislación enteramente conforme a sus intereses y necesidades. Conquista la representación directa en el Parlamento y la utiliza para la destrucción de los últimos restos del poder real que les quedaban a los terratenientes. Finalmente, en el momento actual está empeñada en una demolición completa de los bellos códigos de la Constitución inglesa, que tanto admira M. Guizot.

Y mientras M. Guizot colma de cumplidos a los ingleses por el hecho de que los reprensibles excesos de la vida social francesa, el republicanismo y el socialismo, no hayan destruido los cimientos de su santificada monarquía, los antagonismos de clase de la sociedad inglesa han alcanzado realmente una altura que no se encuentra en ningún otro lugar, y la burguesía, con su riqueza y sus fuerzas productivas incomparables, se enfrenta a un proletariado que tiene asimismo un poder y una concentración incomparables. El respeto que M. Guizot tributa a Inglaterra se reduce finalmente al hecho de que, bajo la protección de la monarquía constitucional, se han desarrollado más elementos de revoluciones sociales, y más radicales, que en todos los demás países del mundo juntos.

En el punto en que los hilos de la historia inglesa se anudan, cuando M. Guizot ni siquiera puede fingir que los corta con meras frases políticas, se refugia en la artimaña religiosa, en la intervención armada de Dios. Así, por ejemplo, el Espíritu Santo desciende de repente sobre el ejército e impide que Cromwell se declare rey. Ante su conciencia, Guizot se salva mediante Dios; ante su público profano, lo hace mediante su estilo.

En realidad, no solo les rois s'en vont [los reyes se van], sino que también les capacités de la bourgeoisie s'en vont [las capacidades de la burguesía desaparecen].

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