La cuestión de las diez horas

Friedrich Engels

La cuestión de las diez horas

"The Democratic Review", marzo de 1850.

Los portavoces de la clase obrera se han limitado hasta ahora, por regla general, a oponer a los argumentos de la burguesía librecambista, la llamada "escuela de Manchester", meros arrebatos de indignación por el carácter inmoral y desvergonzadamente egoísta de sus doctrinas. El obrero, maltratado hasta el extremo, pisoteado, físicamente destrozado y mentalmente agotado por una clase arrogante de fabricantes ávidos de dinero, ciertamente merecería su suerte si no le hirviera la sangre cuando se le declara con todo descaro que está condenado por toda la eternidad a servir como parte de la maquinaria, a ser usado y abusado según el capricho de su amo, para mayor gloria y más rápida acumulación del capital, y que solo bajo esta condición pueden mantenerse la "superioridad de su país" y la existencia misma de la clase obrera. Sin este sentimiento de indignación apasionada, revolucionaria, la causa de la emancipación proletaria sería desesperada. Pero una cosa es mantener vivo el espíritu viril de oposición entre los obreros, y otra muy distinta enfrentarse a sus enemigos en debate público. Aquí la mera indignación, el mero estallido de un sentimiento violento, por justificado que esté, no sirve de nada; aquí hacen falta argumentos. Y está fuera de duda que la escuela librecambista puede ser derrotada fácilmente por los defensores de los intereses de los obreros incluso en una discusión tranquila y objetiva, y hasta en su terreno favorito, la economía política.

Sobre la desvergonzada insolencia con que los fabricantes librecambistas declaran que la existencia de la sociedad moderna depende de que sigan acumulando riqueza con la sangre y el sudor del pueblo trabajador, baste una palabra: En todos los períodos históricos, la gran mayoría del pueblo no ha sido, de una u otra forma, más que instrumento de enriquecimiento de los pocos privilegiados. Sin embargo, en todas las épocas anteriores, este sistema chupasangre se ejerció bajo el manto de múltiples pretextos morales, religiosos y políticos: curas, filósofos, juristas y estadistas contaban al pueblo que se le había entregado al hambre y la miseria por su propio bien y porque Dios así lo había querido. Ahora, en cambio, los librecambistas declaran abiertamente: Vosotros, obreros, sois esclavos y debéis seguir siendo esclavos, porque solo sobre la base de vuestra esclavitud podemos aumentar nuestra riqueza y nuestro bienestar, porque nosotros, la clase dominante de este país, no podemos seguir gobernando sin que vosotros seáis esclavos. Así, el secreto de la opresión ha sido finalmente revelado; gracias a los librecambistas, el pueblo puede ahora por fin reconocer claramente su situación, ahora la cuestión está planteada por fin de manera clara e inequívoca: ¡O nosotros o vosotros! Y por eso, así como preferimos al enemigo abierto antes que al falso amigo, preferimos al desvergonzado librecambista antes que al aristócrata hipócrita y filántropo, a lord Ashley antes que al cuáquero Bright.

La ley de las diez horas fue aprobada tras una larga y encarnizada lucha, librada durante cuarenta años en el Parlamento, en la tribuna de los oradores, en la prensa y en cada fábrica y taller de los distritos industriales. Por un lado, se presentaron los cuadros más desgarradores: niños atrofiados en su crecimiento y asesinados lentamente; mujeres arrancadas de su hogar y de sus pequeños; generaciones enteras contagiadas de enfermedades insidiosas, vidas humanas sacrificadas en masa y felicidad humana destruida a escala nacional... todo ello únicamente para enriquecer aún más a unos cuantos individuos de por sí ya sobradamente ricos.

Y no eran fantasías; todo ello eran hechos, hechos obstinados. Sin embargo, nadie se atrevía a exigir la abolición de este sistema infame; solo se pedía que se restringiera en cierta medida. Por otro lado, aparecían los fríos y desalmados economistas políticos, los servidores asalariados de quienes se ceban con este sistema, y demostraban, mediante una serie de conclusiones tan irrefutables y contundentes como la tabla de multiplicar, que so pena de "arruinar al país", no hay posibilidad alguna de tocar este sistema en modo alguno.

Hay que admitir que los portavoces de los obreros fabriles jamás han logrado refutar los argumentos de los economistas políticos, y que incluso rara vez se han atrevido a enfrentarse a ellos. La razón de ello estriba en que, bajo el orden social actual, mientras el capital se halle en manos de los pocos a quienes los muchos tienen que vender su fuerza de trabajo, estos argumentos son otras tantas realidades... realidades tan indiscutibles como las que ha presentado la parte contraria. Efectivamente, bajo el orden social actual, Inglaterra, con todas las clases de su población, depende por entero de la prosperidad de su industria, y esta prosperidad depende, bajo el sistema presente, por entero de la libertad completamente irrestricta del mercado, así como de que todos los recursos del país se utilicen para obtener los mayores beneficios posibles.

Así es, la única posibilidad de mantener en alguna medida esta prosperidad industrial, de la que hoy depende cabalmente la existencia del Imperio, consiste, bajo el sistema actual, en producir cada año más con menos costos. ¿Y cómo se puede producir más con menos costos? En primer lugar, haciendo que los instrumentos de producción —la máquina y el obrero— trabajen cada año más que el año anterior; en segundo lugar, sustituyendo el método de producción hasta entonces usual por otro nuevo y más perfecto; es decir, sustituyendo obreros por maquinaria mejorada; y, en tercer lugar, reduciendo los costos del obrero mediante la disminución de sus gastos de subsistencia (librecambio de cereales, etc.) o simplemente bajando su salario al nivel más bajo posible. Por consiguiente, el obrero siempre sale perdiendo en todos los casos... ¡por consiguiente, Inglaterra solo puede mantenerse mediante la ruina de su población obrera! Tal es la situación... tales son las inevitabilidades a las que han empujado a Inglaterra el progreso del maquinismo, la acumulación del capital y, en consecuencia, la competencia interior y exterior.

Así, la ley de las diez horas, en sí misma y como medida definitiva, fue decididamente un paso falso, una medida impolítica y hasta reaccionaria, que llevaba en sí el germen de su propia destrucción. Por un lado, no abolía el orden social actual, y por otro, tampoco impulsaba su desarrollo. En lugar de llevar el sistema a su extremo más agudo —a un punto en que la clase dominante encontraría agotados todos sus recursos, a aquel punto en que la dominación de otra clase, en que una revolución social se haría necesaria—, la ley de las diez horas pretendía hacer retroceder a la sociedad a un estado que había sido superado hace tiempo por el sistema actual. Esto se hace claramente patente con solo fijarnos en los partidos que aprobaron la ley en el Parlamento contra la resistencia de los librecambistas. ¿Fue la clase obrera, cuyo estado de excitación, cuya actitud amenazadora, la ayudó a alcanzar la victoria? Por cierto que no. Si así fuera, los obreros habrían impuesto la Carta ya hace años; además, las personas de la clase obrera que llevaron la dirección en el movimiento por la reducción de la jornada de trabajo eran todo menos caracteres peligrosos y revolucionarios. Eran en su mayoría gente moderada, respetable, que respetaba el trono y el altar. Se mantenían alejados del cartismo y se inclinaban las más de las veces a una especie de torysmo sentimental. Jamás infundieron temor a gobierno alguno. La ley de las diez horas fue aprobada por los adversarios reaccionarios del librecambio, por los intereses aliados de los terratenientes, la alta finanza, las colonias y las navieras, por la aristocracia unida y aquellos sectores de la burguesía que temían ellos mismos la prepotencia de los fabricantes librecambistas. ¿La aprobaron por alguna simpatía hacia el pueblo? Por cierto que no. Vivían y viven de la explotación del pueblo. Son igual de malos, aunque más sentimentales y no tan desvergonzados como los fabricantes. Pero no querían ser relegados por estos, y así, por odio hacia ellos, aprobaron esta ley, que debía asegurarles el favor del pueblo y al mismo tiempo detener el rápido crecimiento del poder social y político de los fabricantes. La aprobación de la ley de las diez horas no demostró que la clase obrera fuera fuerte, solo demostró que los fabricantes no eran aún lo bastante fuertes para imponer su voluntad.

Desde entonces, los fabricantes han consolidado su predominio esencialmente forzando en el Parlamento la proclamación del librecambio de cereales y del tráfico marítimo. Tanto los intereses terratenientes como los navieros han sido sacrificados al astro ascendente de los fabricantes. Pero cuanto más crecía su poder, tanto más sentían las cadenas que les había impuesto la ley de las diez horas. La han desafiado abiertamente; han reintroducido el sistema de relevos y han obligado al ministro del Interior a emitir circulares en las que se instruía a los inspectores fabriles para que no tomaran nota de esta violación de la ley. Y cuando finalmente la creciente demanda de su producto hizo insoportables las protestas de unos cuantos inspectores molestos, llevaron la cuestión ante el Court of Exchequer, el cual, con un solo fallo, anuló la ley de las diez horas hasta el último rastro.

Así, el fruto de una agitación de cuarenta años fue destruido en un solo día por el creciente poder de los fabricantes, a quienes vino en ayuda un solo desbordamiento de "prosperidad" y "creciente demanda", y los jueces de Inglaterra demostraron que, no menos que los curas, los abogados, los estadistas y los economistas, no son más que los servidores asalariados de la clase dominante, ya se trate de la clase de los terratenientes, de la aristocracia financiera o de los fabricantes.

¿Somos por ello adversarios de la ley de las diez horas? ¿Queremos ver continuado este sistema abominable de extraer dinero de la médula y la sangre de mujeres y niños? Por cierto que no. Tan poco adversarios somos de la ley, que opinamos que la clase obrera, ya el primer día en que obtenga el poder político, tendrá que adoptar medidas mucho más drásticas contra el trabajo excesivo de mujeres y niños que una ley de diez horas o incluso de ocho horas. Pero sostenemos que la ley, tal como fue aprobada en 1847, no fue aprobada por la clase obrera, sino por sus aliados temporales, las clases sociales reaccionarias, y que, al no seguirle ni una sola medida más para la transformación fundamental de la relación entre el capital y el trabajo, fue una medida inoportuna, insostenible e incluso reaccionaria.

Pero si la ley de las diez horas llegara a perderse, en ese caso, la clase obrera será, a pesar de todo, la ganadora. Bien puede conceder unos breves instantes de júbilo a los fabricantes; a la postre, serán ellos quienes se lamenten. Pues, en primer lugar, el tiempo y los esfuerzos invertidos durante tantos años de agitación en pro de la ley de las diez horas no se han perdido, aunque su objetivo inmediato resultara frustrado. Las clases trabajadoras hallaron en esa agitación un medio eficaz para conocerse mutuamente, para llegar a comprender su situación social y sus intereses, para organizarse y para cobrar conciencia de su fuerza. El obrero que ha participado en una agitación semejante ya no es el mismo que era antes; la clase obrera en su conjunto, después de haberla atravesado, es cien veces más fuerte, más esclarecida y está mejor organizada que al comienzo. Era una mera aglomeración de individuos aislados, sin conocimiento alguno unos de otros, sin ningún vínculo común; hoy es un cuerpo poderoso, consciente de su vigor, reconocido como el «cuarto estado» y que pronto será el primero.

En segundo lugar, la clase obrera habrá aprendido por experiencia que ninguna ventaja duradera puede serle otorgada por otros, sino que ha de procurársela ella misma, conquistando, ante todo, el poder político. Ha de reconocer ahora que, bajo ninguna circunstancia, cuenta con garantía alguna para la mejora de su situación social, salvo por medio del sufragio universal, que la pondría en condiciones de llevar una mayoría de obreros a la Cámara de los Comunes. Así pues, la estrangulación de la ley de las diez horas será de gran provecho para el movimiento democrático.

En tercer lugar, la derogación de hecho de la ley de 1847 empujará a los fabricantes a una superproducción tan desenfrenada que sobrevendrá revés tras revés. Muy pronto se habrán agotado todas las fuentes y recursos del sistema actual, y se tornará inevitable una revolución que trastornará la sociedad mucho más profundamente que las de 1793 y 1848 y que conducirá rápidamente a la dominación política y social del proletariado. Ya hemos visto cómo el sistema social actual se basa en la dominación de los capitalistas industriales y cómo esa dominación depende de la posibilidad de ampliar una y otra vez la producción, reduciendo al mismo tiempo sus costos. Pero esa expansión de la producción tiene un cierto límite: no puede rebasar el marco de los mercados existentes. Si lo hace, se produce un revés, y con él la ruina, la bancarrota y la miseria. Hemos vivido varios de esos reveses, que hasta ahora se habían superado felizmente abriendo nuevos mercados (en 1842, en China) o explotando mejor los viejos mercados mediante la reducción de los costos de producción (por ejemplo, mediante el libre comercio de cereales). Pero también esto tiene su límite. Ya no quedan nuevos mercados que abrir, y sólo queda un medio para reducir los salarios, a saber: una reforma financiera radical y la rebaja de los impuestos mediante el no reconocimiento de la deuda pública. Y si los fabricantes librecambistas no tienen el valor de llegar tan lejos, o cuando esos recursos temporales se hayan agotado también, entonces perecerán de plétora. Es evidente que, en un sistema que se ve obligado a ampliar la producción día tras día, ante la imposibilidad de extender más los mercados, la dominación de los fabricantes ha llegado a su fin. ¿Y qué entonces? Ruina y caos generales — dicen los librecambistas. Revolución social y dominación del proletariado — decimos nosotros.

¡Obreros de Inglaterra! Si vosotros, vuestras mujeres e hijos vais a ser encerrados de nuevo trece horas diarias en las «cajas de matraca», no desesperéis por ello. Es un cáliz que, por amargo que sea, hay que apurar. Cuanto antes lo superéis, tanto mejor. Estad convencidos de que vuestros altivos señores, al obtener lo que llaman una victoria sobre vosotros, han cavado su propia tumba. La derogación de hecho de la ley de las diez horas es un acontecimiento que acelerará considerablemente la hora de vuestra liberación, ya cercana. Vuestros hermanos, los obreros franceses y alemanes, jamás se han contentado con leyes de diez horas. Ellos exigían la completa liberación de la tiranía del capital. Y vosotros — que tenéis a mano, en la maquinaria, en la destreza para el trabajo y en la superioridad numérica, muchos más medios para lograr vuestra propia redención y producir lo bastante para todos —, ciertamente no os contentaréis con un pequeño pago a cuenta. ¡No reclaméis, pues, por más tiempo «protección del trabajo», sino luchad audaz y sin demora por aquella dominación política y social de la clase del proletariado que os pondrá en condiciones de proteger vosotros mismos vuestro trabajo!

F. E.