Notas

64. El levantamiento de París del 5 y 6 de junio de 1832 fue preparado por los republicanos de izquierda y por sociedades revolucionarias secretas, entre ellas la Sociedad de los Amigos del Pueblo. El levantamiento estalló durante el funeral del general Lamarque, opositor al gobierno de Luis Felipe. Los obreros insurgentes levantaron barricadas y las defendieron con gran valentía; por primera vez se izó sobre ellas la bandera roja.

El levantamiento de los obreros de Lyon en abril de 1834, dirigido por la sociedad secreta republicana Sociedad de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, fue una de las primeras acciones de masas del proletariado francés. El levantamiento, apoyado por republicanos en varias otras ciudades, incluida París, fue brutalmente reprimido.

El levantamiento de París del 12 de mayo de 1839, en el que los obreros revolucionarios desempeñaron un papel dirigente, fue preparado por la sociedad secreta republicano-socialista Sociedad de las Estaciones, encabezada por Auguste Blanqui y Armand Barbès; fue reprimido por las tropas y la Guardia Nacional.

65. Robert Macaire: personaje que encarnaba a un hábil estafador, creado por el célebre actor francés Frédérick Lemaître e inmortalizado en las caricaturas de Honoré Daumier. La figura de Robert Macaire constituía una sátira mordaz del dominio de la aristocracia financiera bajo la monarquía de Julio.

66. Se alude a las repercusiones de la represión del levantamiento en la ciudad libre de Cracovia (la República de Cracovia) que, por decisión del Congreso de Viena, quedó bajo el control conjunto de Austria, Prusia y Rusia, potencias que se habían repartido Polonia a fines del siglo XVIII. Los insurgentes lograron tomar el poder en Cracovia el 22 de febrero de 1846, establecieron un Gobierno Nacional de la República Polaca y publicaron un manifiesto que abolía las prestaciones feudales. El levantamiento de Cracovia fue reprimido a principios de marzo; en noviembre de 1846 Austria, Prusia y Rusia firmaron un tratado que incorporaba Cracovia al Imperio austríaco.

67. En la primavera de 1847, en Buzaruçais (departamento del Indre), los obreros hambrientos y los habitantes de las aldeas vecinas saquearon los almacenes de los acaparadores, lo que provocó un choque entre la población y las tropas. Cuatro de los participantes fueron ejecutados y muchos otros condenados a trabajos forzados.

68. La oposición dinástica: grupo de oposición en la Cámara de Diputados francesa durante la monarquía de Julio (1830-1848). El grupo, encabezado por Odilon Barrot, expresaba los sentimientos de la burguesía liberal industrial y comercial y era partidario de una reforma electoral moderada, que consideraba un medio para evitar la revolución y preservar la dinastía de Orleans.

70. Durante los primeros días de la revolución, los obreros de París exigieron que la bandera de la República Francesa fuese roja, el color de la que se había izado en los barrios obreros de París durante el levantamiento de junio de 1832. Los representantes burgueses insistieron en la tricolor (azul, blanca y roja), que había sido el estandarte nacional durante la Revolución Francesa y bajo Napoleón I. Ya antes de 1848, había sido el emblema de los republicanos burgueses agrupados en torno al periódico National. Finalmente se aceptó la tricolor como estandarte nacional, con una roseta roja fijada en el asta; más tarde, la roseta fue retirada.

71. En 1848, Le Moniteur universel publicó los informes sobre las sesiones de la Comisión de Luxemburgo junto a los documentos oficiales.

72. Se alude a la suma asignada por el rey en 1825 como indemnización a los aristócratas cuyas propiedades habían sido confiscadas durante la Revolución Francesa.

73. Las Guardias Móviles, creadas por decreto del Gobierno Provisional el 25 de febrero de 1848 con el propósito secreto de combatir a las masas revolucionarias, fueron utilizadas para aplastar el levantamiento de junio de los obreros parisinos. Más tarde fueron disueltas a instancias de los círculos bonapartistas, que temían que, si surgía un conflicto entre Luis Bonaparte y los republicanos, las Guardias Móviles se pusieran del lado de estos últimos.

74. Lazzaroni: apodo despectivo para los proletarios desclasados, principalmente en el Reino de Nápoles, que fueron utilizados repetidamente en la lucha contra el movimiento liberal y democrático.

75. La Ley de Pobres aprobada en Inglaterra en 1834 establecía una sola forma de asistencia para los pobres aptos para el trabajo: las workhouses, establecimientos con un régimen carcelario en los que los trabajadores realizaban labores improductivas, monótonas y agotadoras. El pueblo llamaba a estas workhouses “Bastillas para los pobres”. Aquí y más adelante Marx emplea la palabra inglesa “workhouses”.

76. Se alude a las elecciones para la Guardia Nacional y para la Asamblea Constituyente, que debían celebrarse el 18 de marzo y el 9 de abril de 1848, respectivamente. Los obreros de París, agrupados en torno a Blanqui, Dézamy y otros, insistieron en aplazar las elecciones, argumentando que era preciso prepararlas mediante una intensa labor de esclarecimiento entre la población. Como resultado de la manifestación popular del 17 de marzo en París, las tropas regulares fueron retiradas de la capital (después de los sucesos del 16 de abril fueron devueltas), y las elecciones para la Guardia Nacional se aplazaron hasta el 5 de abril y las de la Asamblea Constituyente hasta el 23 de abril.

78. Commission du pouvoir exécutif (la Comisión Ejecutiva): gobierno de la República Francesa constituido por la Asamblea Constituyente el 10 de mayo de 1848 para sustituir al Gobierno Provisional, que había dimitido. Existió hasta el 24 de junio de 1848, cuando, durante la insurrección proletaria de junio, se instauró la dictadura de Cavaignac. En la Comisión predominaban los republicanos moderados; Ledru-Rollin era el único representante de la izquierda.

80. En virtud del decreto que prohibía las congregaciones de personas, aprobado por la Asamblea Constituyente el 7 de junio de 1848, la organización de reuniones y asambleas al aire libre era castigada con hasta diez años de prisión.

81. El 22 de junio de 1848, Le Moniteur universel, núm. 174, en la sección “Partie non officielle”, informaba de una orden de la Comisión Ejecutiva del 21 de junio sobre la expulsión de los obreros de entre 17 y 25 años de los talleres nacionales y su alistamiento forzoso en el ejército. El 3 de julio de 1848, tras la represión de la insurrección de junio de los obreros parisinos, el gobierno aprobó un decreto por el que se disolvían los talleres nacionales.

83. En el original alemán se utiliza la expresión Haupt- und Staatsaktion (“acción principal y espectacular”, “acción principal y de Estado”), que tiene un doble sentido. En primer lugar, en el siglo XVII y la primera mitad del XVIII designaba las piezas teatrales representadas por compañías ambulantes alemanas. Eran tragedias históricas bastante informes, ampulosas y, al mismo tiempo, groseras y farsescas.

En segundo lugar, el término puede designar grandes acontecimientos políticos. En este sentido lo utilizó una corriente de la ciencia histórica alemana conocida como “historiografía objetiva”.

Leopold Ranke fue uno de sus principales representantes. Consideraba la Haupt- und Staatsaktion como el objeto principal de estudio.

84. Se alude a las elecciones parciales para la Asamblea Constituyente celebradas en París el 17 de septiembre de 1848 (para sustituir a antiguos diputados, incluidos aquellos a quienes se había privado de sus poderes tras la represión de la insurrección de junio). Entre los recién elegidos figuraba el socialista revolucionario François Raspail, encarcelado a raíz de los sucesos del 15 de mayo de 1848.

85. Se alude al sistema de tratados generales establecido por el Congreso de Viena (septiembre de 1814-junio de 1815), que abarcaba a toda Europa, excepto Turquía. Las decisiones del Congreso contribuyeron a restaurar el orden feudal, perpetuaron la fragmentación política de Alemania e Italia, sancionaron la incorporación de Bélgica a Holanda y la partición de Polonia, y esbozaron medidas para combatir el movimiento revolucionario.

86. El Projet de constitution présenté à l’Assemblée nationale, redactado por la comisión, fue presentado a la Asamblea Nacional por Marrast el 19 de junio de 1848. El proyecto se publicó en Le Moniteur universel, núm. 172, el 20 de junio de 1848. Una traducción alemana del proyecto apareció en el suplemento al núm. 24 de la Neue Rheinische Zeitung el 24 de junio de 1848. Después de la insurrección de junio, los autores revisaron a fondo este proyecto con un espíritu conservador. La Constitución de la República Francesa fue aprobada finalmente el 4 de noviembre de 1848.

87. La flor de lis: emblema heráldico de la dinastía borbónica; la violeta: emblema bonapartista.

88. Por un decreto del Senado (senatus consulto) del 18 de mayo de 1804, Napoleón I, fundador de la dinastía Bonaparte, fue proclamado Emperador de los franceses.

Durante el levantamiento de febrero de 1848, el rey Luis Felipe y los círculos monárquicos se vieron obligados a hacer que Guizot y otros ministros impopulares presentaran sus dimisiones, y trataron de formar un gobierno de liberales moderados para salvar la monarquía. En la mañana del 24 de febrero se autorizó a Odilon Barrot para encabezar el gabinete, pero Luis Felipe se vio forzado a abdicar y huir ante la victoria de la revolución popular. El ministerio Barrot subsistió hasta aquella tarde.

89. El 26 de enero de 1849, el ministro de Obras Públicas, Léon Faucher, presentó y exigió la discusión urgente de un proyecto de ley sobre el derecho de asociación, que prohibía los clubs. La Asamblea Constituyente, sin embargo, se negó a discutir el proyecto con carácter de urgencia. A pesar de la oposición de los diputados de izquierda, que exigían la dimisión del ministerio acusándolo de violar la Constitución, la primera cláusula del proyecto (más conocida como la Ley sobre los Clubs) fue aprobada por la Asamblea Nacional por el voto de los monárquicos y los republicanos moderados el 21 de marzo de 1849. Esta decisión asestó un duro golpe a la libertad de reunión y de asociación, sobre todo a las asociaciones obreras.

90. Alusión a la semejanza entre los planes para restaurar la monarquía en diciembre de 1848, cuando Changarnier asumió el mando de la Guardia Nacional y de la guarnición de París, y el papel que desempeñó el general Monk en la restauración de los Estuardo en 1660.

91. En abril de 1849, el presidente Luis Bonaparte y el Gobierno francés enviaron a Italia un cuerpo expedicionario al mando del general Oudinot para intervenir contra la República Romana, proclamada el 9 de febrero de 1849, y restaurar el poder temporal del Papa. El 30 de abril de 1849, las tropas francesas fueron rechazadas ante Roma. El golpe principal lo asestó el cuerpo de voluntarios de Garibaldi. Oudinot violó los términos del armisticio firmado por los franceses y el 3 de junio lanzó una nueva ofensiva contra la República Romana, que acababa de completar una campaña militar contra las tropas napolitanas en el sur y estaba empeñada en rechazar a los austríacos en el norte. Después de un mes de heroica defensa, Roma fue tomada por los intervencionistas y la República Romana dejó de existir.

92. Se alude a la derrota del ejército piamontés durante la segunda fase de la guerra austro-italiana, que estalló el 25 de marzo de 1848 como resultado del levantamiento de liberación nacional en Lombardía y Véneto contra la dominación austríaca. Sin embargo, los reveses militares, en particular la derrota de Custozza los días 25 y 26 de julio de 1848, y la toma de Milán por los austríacos, obligaron a los piamonteses a concertar un oneroso armisticio con Austria el 9 de agosto de 1848. El 12 de marzo de 1849, bajo la presión popular, Carlos Alberto, rey de Cerdeña, anuló el armisticio y el 20 de marzo se reanudaron las hostilidades. Pese al entusiasmo nacional en la Lombardía ocupada por los austríacos y en toda Italia, el ejército piamontés fue derrotado en Novara el 23 de marzo. Carlos Alberto abdicó. Víctor Manuel II, nuevo rey, concertó un armisticio con los austríacos el 26 de marzo, y el 6 de agosto se firmó un tratado de paz que restauraba la dominación austríaca en el norte de Italia y el protectorado austríaco sobre varios Estados de Italia central (Parma, Toscana, etc.).

Engels relata detalladamente la guerra austro-italiana de 1848-1849 en sus artículos en la Neue Rheinische Zeitung.

93. El Comité de salut public (Comité de Salvación Pública), establecido por la Convención el 6 de abril de 1793; durante la dictadura jacobina (2 de junio de 1793 – 27 de julio de 1794) fue el órgano dirigente del gobierno revolucionario en Francia. Duró hasta el 26 de octubre de 1795.

95. El general Brea, que mandaba parte de las tropas que reprimieron la insurrección de junio del proletariado parisino, fue muerto por los insurrectos a las puertas de Fontainebleau el 25 de junio de 1848, por lo cual dos de los insurrectos fueron ejecutados.

96. Se alude a los acontecimientos revolucionarios en Hungría y Alemania en la primavera y el verano de 1849. En abril comenzó una contraofensiva del ejército revolucionario húngaro, que derrotó a las tropas austriacas y casi expulsó a los invasores austriacos de todo el país. Hungría declaró su independencia el 14 de abril; la dinastía de los Habsburgo fue oficialmente destronada y Kossuth elegido jefe del Estado. Sin embargo, poco después se produjo un cambio desfavorable para el movimiento revolucionario en la campaña húngara. A mediados de junio de 1849, el ejército zarista entró en Hungría para ayudar a la contrarrevolución austriaca. La intervención zarista fue de hecho aprobada por los círculos gobernantes de Francia e Inglaterra. Las fuerzas combinadas de los Habsburgo y el zar aplastaron la revolución húngara.

Casi simultáneamente con la contraofensiva húngara, estallaron insurrecciones populares en Sajonia, la Prusia renana, el Palatinado y Baden en defensa de la Constitución imperial elaborada por la Asamblea Nacional de Frankfurt, pero rechazada por el rey de Prusia y otros príncipes alemanes. Sobre el desarrollo de estas insurrecciones, véanse los ensayos de Engels La campaña por la Constitución imperial alemana.

97. Se alude al bombardeo de Roma por el cuerpo expedicionario de Oudinot el 3 de junio de 1849. Roma fue sometida repetidamente a feroces bombardeos durante el sitio francés, que duró hasta el 3 de julio de 1849.

98. El artículo V pertenece a la parte introductoria de la Constitución. Los artículos de la parte principal de la Constitución están numerados con cifras arábigas.

99. La reunión de los dirigentes de la Montaña se celebró en el local del diario fourierista La Démocratie pacifique la tarde del 12 de junio de 1849. (Al emplear la expresión friedfertige [pacífica] Demokratie, Marx juega con el título del periódico y su tendencia.) Los participantes se negaron a recurrir a las armas y decidieron limitarse a una manifestación pacífica.

100. En el manifiesto publicado en Le Peuple nº 206, el 13 de junio de 1849, la Asociación Democrática de los Amigos de la Constitución –organización de republicanos burgueses moderados formada por miembros del partido Nacional durante la campaña electoral para la Asamblea Legislativa– llamaba a los ciudadanos de París a participar en una manifestación pacífica para protestar contra las “pretensiones presuntuosas” de las autoridades ejecutivas.

101. La Declaración de la Montaña fue publicada en La Réforme y en La Démocratie pacifique, así como en el periódico de Proudhon Le Peuple nº 206, del 13 de junio de 1849.

102. Los acontecimientos de París desencadenaron un levantamiento armado de obreros y artesanos de Lyon el 15 de junio de 1849. Los insurrectos ocuparon el barrio de Croix-Rousse y levantaron barricadas, pero fueron reprimidos por las tropas tras varias horas de encarnizado combate.

103. El 10 de agosto de 1849, la Asamblea Legislativa adoptó una ley en virtud de la cual “los instigadores y partidarios de la conspiración y el atentado del 13 de junio” debían ser juzgados por el Tribunal Supremo. Treinta y cuatro diputados de la Montaña (entre ellos Ledru-Rollin, Félix Pyat y Victor Considerant) fueron privados de sus mandatos y procesados (algunos de ellos, los que emigraron, fueron juzgados en rebeldía). El 13 de junio, las redacciones de los periódicos democráticos y socialistas fueron asaltadas y los principales periódicos prohibidos. Las represalias se extendieron a los emigrados residentes en Francia, entre ellos Marx, quien recibió la orden de abandonar París para trasladarse al departamento de Morbihan, una zona pantanosa y remota en Bretaña (véase la presente edición, vol. 9, pág. 527). A finales de agosto de 1849, Marx salió de Francia hacia Inglaterra, por no querer someterse a la arbitraria decisión policial.

104. Se alude a la Guardia Municipal de París, formada después de la revolución de julio de 1830 y subordinada al prefecto de policía. Fue empleada para reprimir las insurrecciones populares y fue disuelta tras la revolución de febrero de 1848.

105. En la batalla de Waterloo (18 de junio de 1815), el ejército de Napoleón fue derrotado por las tropas británicas y prusianas al mando de Wellington y Blücher.

106. Se alude a la comisión de tres cardenales (que tradicionalmente vestían mantos escarlata) que, tras la represión de la República Romana por el ejército francés y apoyándose en los intervencionistas, restauró el régimen clerical reaccionario en los Estados Pontificios.

108. Junto con Wiesbaden, Ems era residencia permanente del conde de Chambord, el pretendiente legitimista al trono francés (que se hacía llamar Enrique V).

109. Luis Felipe, que había huido de Francia tras la revolución de febrero de 1848, vivía en Claremont.

110. «Motu proprio» (de su propio impulso), palabras iniciales de un tipo especial de encíclica papal adoptada sin la aprobación previa de los cardenales y que solía referirse a los asuntos políticos y administrativos internos de los Estados Pontificios. Aquí se alude a la declaración del papa Pío IX “A Mis Amados Súbditos” del 12 de septiembre de 1849 (el texto en francés se publicó en Le Moniteur universel nº 271, 28 de septiembre de 1849).

111. La tesis de que la revolución proletaria solo podría triunfar simultáneamente en varios países capitalistas avanzados, y no en un solo país aislado, fue formulada con la mayor claridad por Engels en su obra Principios del comunismo (1847) (véase la presente edición, vol. 6, págs. 351-352). Desarrollando más tarde la teoría marxista y basándose en la ley del desarrollo económico y político desigual del capitalismo en la época del imperialismo, Lenin llegó en 1915 a la conclusión de que, en las nuevas condiciones históricas, la victoria de la revolución socialista sería posible inicialmente en unos pocos países o incluso en uno solo.

112. Las cifras no concuerdan: en el texto se lee 538.000.000 en lugar de 578.178.000, sin duda una errata. Ello no afecta, sin embargo, a la conclusión general, pues la renta neta por habitante es inferior a 25 francos en ambos casos.

113. Lagarde, partidario del partido de la Montaña, fue elegido para la Asamblea Legislativa en las elecciones parciales celebradas en el departamento de la Gironda el 14 de octubre de 1849, en sustitución del difunto diputado derechista Ravez.

116. En su mensaje del 10 de noviembre de 1849, Carlier, el recién nombrado prefecto de policía de París, pedía la creación de una “liga social antisocialista” para la protección de “la religión, el trabajo, la familia, la propiedad y la lealtad”. El mensaje fue publicado en Le Moniteur universel nº 315, el 11 de noviembre de 1849.

118. La Columna de Julio, erigida en París en la Plaza de la Bastilla en 1840 en memoria de los caídos en la revolución de julio de 1830, ha estado adornada con coronas de siemprevivas desde la revolución de febrero de 1848.

119. 4 de mayo de 1848 – se reunió la Asamblea Constituyente; 20 de diciembre de 1848 – Luis Bonaparte asumió la presidencia; 13 de mayo de 1849 – se celebraron elecciones para la Asamblea Legislativa; 8 de julio de 1849 – tuvieron lugar elecciones parciales en París, como resultado de las cuales el partido del orden reforzó su posición en la Asamblea Legislativa.

120. Coblenza – ciudad de Alemania occidental; fue el centro de la emigración contrarrevolucionaria durante la Revolución Francesa.

121. Se alude al descubrimiento de oro en California en 1848. Junto con el descubrimiento de ricos yacimientos de oro en Australia en 1851, el descubrimiento californiano contribuyó a la agitación industrial y bursátil en los países capitalistas.

122. Proudhon expuso este punto de vista en su polémica contra el economista burgués Frédéric Bastiat, publicada en La Voix du peuple desde noviembre de 1849 hasta febrero de 1850 y reproducida en una edición separada que apareció en París en 1850 con el título Gratuité du crédit. Discussion entre M. Fr. Bastiat et M. Proudhon.

123. En 1797, el gobierno británico promulgó una ley especial de restricción bancaria (Bank Restriction Act) que convertía los billetes de banco en moneda de curso legal y suspendía el pago en oro por ellos. La convertibilidad no fue restablecida hasta 1821, de conformidad con una ley aprobada en 1819.

125. Se alude a la comisión de 17 orleanistas y legitimistas —diputados de la Asamblea Legislativa— nombrada por el ministro del Interior el 1 de mayo de 1850 para redactar una nueva ley electoral. Sus miembros fueron apodados burgraves, nombre tomado del título del drama histórico de Victor Hugo, en alusión a sus injustificadas pretensiones de poder y a sus aspiraciones reaccionarias. El drama se sitúa en la Alemania medieval, donde el Burggraf era el gobernador de un Burg (ciudad) o de un distrito, nombrado por el emperador.

127. Baiser-Lamourette (el beso de Lamourette): alusión a un incidente de la Revolución Francesa. El 7 de julio de 1792, Lamourette, diputado de la Asamblea Legislativa, propuso poner fin a todas las disensiones entre partidos con un beso fraternal, y los representantes de los partidos hostiles, de acuerdo con esta propuesta, se abrazaron mutuamente. Sin embargo, al día siguiente, la lucha entre los partidos estalló con renovado vigor.

129. Se alude a un nuevo ministerio que se nombraría en caso de que se restaurara la dinastía borbónica en la persona del pretendiente legitimista al trono, el conde de Chambord. Debía estar compuesto por de Lévis, de Saint-Priest, Berryer, de Pastoret y d’Escars.

130. Se alude al llamado Manifiesto de Wiesbaden, una circular redactada en Wiesbaden el 30 de agosto de 1850 por de Barthélemy, secretario de la fracción legitimista en la Asamblea Legislativa, siguiendo instrucciones del conde de Chambord (de Barthélemy, La conspiration légitimiste avouée, en Le Peuple de 1850, nº 24, 22 de septiembre de 1850). La circular era la declaración política de los legitimistas para el caso de que llegaran al poder. El conde de Chambord declaraba que “rechaza oficial y categóricamente toda apelación al pueblo, porque ello significaría una negación del gran principio nacional de la monarquía hereditaria”. Esta declaración provocó protestas entre los propios legitimistas, en particular de un grupo encabezado por La Rochejaquelein, y polémicas en la prensa.

131. Alusión a la expiración de los poderes presidenciales de Luis Bonaparte. En el texto, la fecha no es exacta. Según la Constitución de la República Francesa, las elecciones presidenciales debían celebrarse cada cuatro años el segundo domingo de mayo, día en que expiraban los poderes del presidente en ejercicio.

132. La Sociedad del 10 de Diciembre (Dix Décembre), organización bonapartista fundada en 1849 y compuesta principalmente por elementos desclasados, aventureros políticos y militares reaccionarios. Muchos de sus miembros contribuyeron a elegir a Luis Bonaparte como presidente de la República el 10 de diciembre de 1848, de ahí su nombre. Esta organización desempeñó un papel activo en el golpe de Estado bonapartista del 2 de diciembre de 1851. Marx describe esta sociedad en su obra El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.

El 20 de diciembre, la cabeza de Jano de la república constitucional no había mostrado aún más que un solo rostro, el rostro ejecutivo de rasgos borrosos y simples de L. Bonaparte; el 28 de mayo de 1849 mostró su segundo rostro, el legislativo, marcado por las cicatrices que habían dejado las orgías de la Restauración y de la Monarquía de Julio. Con la Asamblea Nacional Legislativa se completó el fenómeno de la república constitucional, es decir, la forma republicana de gobierno en la que se constituye la dominación de la clase burguesa, la dominación común, por tanto, de las dos grandes facciones realistas que forman la burguesía francesa, los legitimistas y los orleanistas coaligados, el partido del orden. Mientras la república francesa se convertía así en propiedad de la coalición de los partidos realistas, la coalición europea de las potencias contrarrevolucionarias emprendía simultáneamente una cruzada general contra los últimos lugares de refugio de las revoluciones de marzo. Rusia invadía Hungría, Prusia marchaba contra el ejército que defendía la constitución del Reich y Oudinot bombardeaba Roma. La crisis europea se aproximaba evidentemente a un punto de inflexión decisivo; los ojos de toda Europa estaban vueltos hacia París, y los ojos de todo París hacia la Asamblea Legislativa.

El 11 de junio, Ledru-Rollin subió a su tribuna. No pronunció un discurso; formuló una acusación contra los ministros, desnuda, sin adornos, factual, concentrada, contundente.

El ataque a Roma es un ataque a la constitución; el ataque a la república romana es un ataque a la república francesa. El artículo 5 de la constitución[98] dice: «La república francesa no emplea jamás sus fuerzas contra la libertad de ningún pueblo» – y el presidente emplea el ejército francés contra la libertad romana. El artículo 54 de la constitución prohíbe al poder ejecutivo declarar guerra alguna sin la aprobación de la Asamblea Nacional. La resolución de la Asamblea Constituyente del 8 de mayo ordena expresamente a los ministros que hagan que la expedición a Roma se ajuste con la máxima rapidez a su misión original; prohíbe, por tanto, con la misma claridad, la guerra a Roma – y Oudinot bombardea Roma. Así, Ledru-Rollin llamó a la constitución misma como testigo de cargo contra Bonaparte y sus ministros. A la mayoría realista de la Asamblea Nacional, él, el tribuno de la constitución, le lanzó la declaración amenazadora: «¡Los republicanos sabrán hacer respetar la constitución por todos los medios, incluso por la fuerza de las armas!». «¡Por la fuerza de las armas!» fue el eco centuplicado de la Montaña. La mayoría respondió con un tumulto terrible; el presidente de la Asamblea Nacional llamó al orden a Ledru-Rollin – Ledru-Rollin repitió el desafío y finalmente depositó sobre la mesa del presidente una moción para la acusación de Bonaparte y sus ministros. Por 361 votos contra 203, la Asamblea Nacional resolvió pasar del bombardeo de Roma al siguiente punto del orden del día.

¿Creía Ledru-Rollin que podía vencer a la Asamblea Nacional por medio de la constitución, y al presidente por medio de la Asamblea Nacional?

Ciertamente, la constitución prohibía todo ataque a la libertad de los pueblos extranjeros, pero lo que el ejército francés atacaba en Roma no era, según el ministerio, la «libertad», sino el «despotismo de la anarquía». ¿Acaso la Montaña no había comprendido aún, a pesar de todas las experiencias en la Asamblea Constituyente, que la interpretación de la constitución no pertenecía a quienes la habían hecho, sino sólo a quienes la habían aceptado? Que su letra debía interpretarse en su sentido viable y que el sentido burgués era su único sentido viable. Que Bonaparte y la mayoría realista de la Asamblea Nacional eran los intérpretes auténticos de la constitución, como el sacerdote es el intérprete auténtico de la Biblia y el juez el intérprete auténtico de las leyes. ¿Debía la Asamblea Nacional, recién surgida de las elecciones generales, sentirse atada por las disposiciones testamentarias de la muerta Asamblea Constituyente, cuya voluntad había quebrantado un Odilon Barrot cuando aún estaba viva? Cuando Ledru-Rollin citó la resolución de la Asamblea Constituyente del 8 de mayo, ¿había olvidado que esa misma Asamblea Constituyente, el 11 de mayo, había rechazado su primera moción para la acusación de Bonaparte y los ministros; que había absuelto al presidente y a los ministros; que, por tanto, había sancionado el ataque a Roma como «constitucional»; que él se limitaba a apelar contra una sentencia ya pronunciada – que apelaba, en fin, de la republicana Asamblea Constituyente a la realista Asamblea Legislativa? La constitución misma llama en su auxilio a la insurrección al convocar, en un artículo especial, a todos los ciudadanos a protegerla. Ledru-Rollin se apoyaba en este artículo. Pero, al mismo tiempo, ¿no están organizadas las autoridades públicas para la defensa de la constitución, y no comienza la violación de la constitución sólo a partir del momento en que uno de los poderes públicos constitucionales se rebela contra el otro? Y el presidente de la república, los ministros de la república y la Asamblea Nacional de la república estaban en el más armonioso acuerdo.

Lo que la Montaña intentó el 11 de junio fue «una insurrección dentro de los límites de la razón pura», es decir, una insurrección puramente parlamentaria. La mayoría de la Asamblea, intimidada por la perspectiva de un levantamiento armado de las masas populares, debía, en Bonaparte y los ministros, destruir su propio poder y el significado de su propia elección. ¿No había intentado igualmente la Asamblea Constituyente anular la elección de Bonaparte, al insistir tan obstinadamente en la destitución del ministerio Barrot-Falloux?

Tampoco faltaban, desde la época de la Convención, modelos de insurrecciones parlamentarias que habían transformado súbitamente por completo la relación entre la mayoría y la minoría – ¿y no habría de triunfar la joven Montaña donde la vieja había triunfado? – ni las relaciones del momento parecían desfavorables para semejante empresa. La agitación popular en París había alcanzado un punto alarmantemente alto – el ejército, a juzgar por su voto en las elecciones, no parecía favorablemente inclinado hacia el gobierno; la mayoría legislativa misma era aún demasiado joven para haberse consolidado, y además estaba compuesta de viejos señores. Si la Montaña triunfaba en una insurrección parlamentaria, el timón del Estado caería directamente en sus manos. La pequeña burguesía democrática, por su parte, no deseaba, como siempre, nada más fervientemente que ver la batalla librada en las nubes, sobre su cabeza, entre los espíritus difuntos del parlamento. Finalmente, ambos, la pequeña burguesía democrática y sus representantes, la Montaña, alcanzarían, mediante una insurrección parlamentaria, su gran propósito: quebrar el poder de la burguesía sin desatar al proletariado o sin dejar que éste apareciera más que en perspectiva; el proletariado habría sido utilizado sin llegar a ser peligroso.

Después de la votación de la Asamblea Nacional del 11 de junio, tuvo lugar una conferencia entre algunos miembros de la Montaña y delegados de las sociedades secretas obreras. Estos últimos instaban a que el ataque se iniciase esa misma noche. La Montaña rechazó decididamente este plan. No quería, bajo ningún concepto, dejar que la dirección escapara de sus manos; sus aliados le eran tan sospechosos como sus antagonistas, y con razón. El recuerdo de junio de 1848 bullía en las filas del proletariado parisino con más fuerza que nunca. Sin embargo, estaba encadenado a la alianza con la Montaña. Esta representaba la mayor parte de los departamentos; había acrecentado su influencia en el ejército; tenía a su disposición la sección democrática de la Guardia Nacional; tenía tras de sí el poder moral de los tenderos. Comenzar la revolución en este momento contra la voluntad de la Montaña habría significado para el proletariado, diezmado además por el cólera y expulsado de París en número considerable por el desempleo, repetir inútilmente las jornadas de junio de 1848, sin la situación que había forzado aquella lucha desesperada. Los delegados proletarios hicieron lo único razonable. Obligaron a la Montaña a comprometerse, es decir, a salirse de los límites de la lucha parlamentaria, en caso de que su moción de acusación fuera rechazada. Durante toda la jornada del 13 de junio, el proletariado mantuvo esta misma actitud, escéptica y vigilante, y esperó una refriega seria, empeñada e irrevocable entre la Guardia Nacional democrática y el ejército, para entonces lanzarse a la lucha e impulsar la revolución más allá del objetivo pequeñoburgués que se le había fijado. En caso de victoria, ya estaba formada una comuna proletaria que se situaría junto al gobierno oficial. Los obreros parisinos habían aprendido en la sangrienta escuela de junio de 1848.

El 12 de junio, el propio ministro Lacrosse presentó en la Asamblea Legislativa la moción de proceder de inmediato a la discusión de la moción de acusación. Durante la noche, el gobierno había tomado todas las disposiciones para la defensa y el ataque; la mayoría de la Asamblea Nacional estaba decidida a arrojar a la minoría rebelde a la calle; la minoría misma ya no podía retroceder; la suerte estaba echada; la moción de acusación fue rechazada por 377 votos contra 8. La «Montaña», que se había abstenido de votar, se precipitó resentida a los locales de propaganda de la «democracia pacífica», a las oficinas del periódico la Démocratie Pacifique.[99]

Su salida del edificio del parlamento quebró su fuerza, como la retirada de la tierra quebró la fuerza de Anteo, su hijo gigante. Sansones en los recintos de la Asamblea Legislativa, los montañeses no eran más que filisteos en los recintos de la «democracia pacífica». Siguió un debate largo, ruidoso y divagante. La Montaña estaba decidida a hacer respetar la constitución por todos los medios, «sólo que no por la fuerza de las armas». En esta decisión fue apoyada por un manifiesto[100] y por una diputación de los «Amigos de la Constitución». «Amigos de la Constitución» se llamaban los restos de la camarilla del National, el partido republicano burgués. Mientras que seis de los representantes parlamentarios que le quedaban habían votado en contra, todos los demás en bloque votando a favor del rechazo de la moción de acusación, mientras Cavaignac ponía su sable a disposición del partido del orden, la parte más amplia, extraparlamentaria, de la camarilla aprovechó ávidamente la oportunidad para salir de su posición de paria política y meterse en las filas del partido democrático. ¿No aparecían como los escuderos naturales de este partido, que se ocultaba tras su escudo, tras sus principios, tras la constitución?

Hasta el amanecer, la «Montaña» estuvo de parto. Dio a luz «una proclama al pueblo», que en la mañana del 13 de junio ocupó un lugar más o menos vergonzante en dos periódicos socialistas.[101] Declaraba al presidente, a los ministros y a la mayoría de la Asamblea Legislativa «fuera de la constitución» y convocaba a la Guardia Nacional, al ejército y, finalmente, también al pueblo «a alzarse». «¡Viva la Constitución!» era la consigna que lanzaba, una consigna que no significaba otra cosa que «¡Abajo la revolución!».

De conformidad con la proclama constitucional de la Montaña, tuvo lugar el 13 de junio una así llamada manifestación pacífica de los pequeños burgueses: un desfile callejero desde el Chateau d’Eau por los bulevares, de unas 30.000 almas, en su mayoría guardias nacionales desarmados, entreverados con miembros de las secciones secretas obreras; marchaban al grito de «¡Viva la Constitución!», proferido de manera mecánica, glacial y con mala conciencia por los propios manifestantes, y devuelto con sorna por el eco del pueblo que bullía en las aceras, en vez de retumbar como un trueno. A aquel canto de muchas voces le faltaban las notas de pecho. Y cuando el cortejo pasó ante el local de reunión de los «Amigos de la Constitución» y un heraldo a sueldo de la Constitución apareció en el tejado, hendiendo con violencia el aire con su sombrero de claque y dejando caer, con pulmones formidables, el grito de reclamo —«¡Viva la Constitución!»— como granizo sobre las cabezas de los peregrinos, éstos mismos parecieron sobrecogidos un instante por lo cómico de la situación. Es sabido cómo el cortejo, una vez llegado al final de la Rue de la Paix, fue recibido en los bulevares por los dragones y cazadores de Changarnier de una manera nada parlamentaria; cómo en un santiamén se dispersó en todas direcciones y cómo sólo lanzó tras de sí algunos gritos de «¡A las armas!» para que se cumpliera la consigna parlamentaria de armarse del 11 de junio.

La mayoría de la Montaña, reunida en la Rue du Hasard, se dispersó cuando esta dispersión violenta de la pacífica procesión, los rumores sordos degollina de ciudadanos desarmados en los bulevares y el tumulto creciente en las calles parecieron anunciar la proximidad de una insurrección. Ledru-Rollin, al frente de un pequeño grupo de diputados, salvó el honor de la Montaña. Bajo la protección de la Artillería de París, que se había concentrado en el Palais National, se dirigieron al Conservatoire des Arts et Métiers, donde debían llegar las legiones quinta y sexta de la Guardia Nacional. Pero los montañeses esperaron en vano a las legiones quinta y sexta; esos discretos guardias nacionales dejaron en la estacada a sus representantes; la propia Artillería de París impidió al pueblo levantar barricadas; el caótico desorden imposibilitó toda decisión; la tropa de línea avanzó a bayoneta calada; algunos representantes fueron apresados, otros escaparon. Así terminó el 13 de junio.

Si el 23 de junio de 1848 fue la insurrección del proletariado revolucionario, el 13 de junio de 1849 fue la insurrección de la pequeña burguesía democrática; cada una de esas dos insurrecciones es la expresión clásicamente pura de la clase que fue su vehículo.

Sólo en Lyon se llegó a un conflicto obstinado y sangriento.[102] Allí, donde la burguesía industrial y el proletariado industrial se enfrentan directamente, donde el movimiento obrero no está, como en París, englobado y determinado por el movimiento general, el 13 de junio, en su repercusión, perdió su carácter originario. Dondequiera que estalló en provincias, no encendió fuego: fue un relámpago frío.

El 13 de junio cierra el primer período en la vida de la república constitucional, que había alcanzado su existencia normal el 28 de mayo de 1849, con la reunión de la Asamblea Legislativa. Todo este período del prólogo está lleno de la lucha estrepitosa entre el partido del Orden y la Montaña, entre la gran burguesía y la pequeña burguesía, que en vano se debatía contra la consolidación de la república burguesa, por la cual ella misma había conspirado incesantemente en el seno del Gobierno Provisional y de la Comisión Ejecutiva, y por la cual había combatido fanáticamente contra el proletariado durante las jornadas de Junio. El 13 de junio quiebra su resistencia y convierte la dictadura legislativa de los realistas unidos en un hecho consumado. Desde ese momento, la Asamblea Nacional es sólo un Comité de Salvación Pública del partido del Orden.

París había puesto al presidente, a los ministros y a la mayoría de la Asamblea Nacional en «estado de acusación»; ellos pusieron a París en «estado de sitio». La Montaña había declarado a la mayoría de la Asamblea Legislativa «fuera de la Constitución»; por violar la Constitución, la mayoría entregó a la Montaña a la Haute Cour y proscribió todo lo que en ella aún tenía fuerza vital.[103] Fue diezmada hasta quedar reducida a un tronco sin cabeza ni corazón. La minoría había llegado al extremo de intentar una insurrección parlamentaria: la mayoría elevó su despotismo parlamentario a ley. Decretó nuevos «reglamentos» que aniquilan la libertad de la tribuna y autorizan al presidente de la Asamblea Nacional a castigar a los representantes por infringir el reglamento con censura, multas, suspensión de sus dietas, suspensión de su condición de miembros y reclusión. Sobre los restos de la Montaña suspendió la vara en lugar de la espada. Los diputados restantes de la Montaña debían a su honor una salida en masa. Con semejante acto se habría acelerado la disolución del partido del Orden. Éste habría tenido que descomponerse en sus elementos originarios en el momento mismo en que ni siquiera la apariencia de una oposición lo mantuviera ya unido.

Al mismo tiempo que su poder parlamentario, los pequeños burgueses demócratas fueron despojados de su poder armado mediante la disolución de la Artillería de París y de las legiones octava, novena y duodécima de la Guardia Nacional. En cambio, la legión de la alta finanza, que el 13 de junio había asaltado las imprentas de Boule y Roux, destrozado las prensas, arrasado las oficinas de los periódicos republicanos y detenido arbitrariamente a editores, componedores, tipógrafos, encargados de envíos y recaderos, recibió una aprobación alentadora desde la tribuna de la Asamblea Nacional. Por toda Francia se repitió la desmovilización de las guardias nacionales sospechosas de republicanismo.

Una nueva ley de prensa, una nueva ley de asociación, una nueva ley sobre el estado de sitio, las prisiones de París abarrotadas, los refugiados políticos expulsados, todos los periódicos que rebasaban los límites del National suspendidos, Lyon y los cinco departamentos circundantes entregados a la persecución brutal del despotismo militar, los tribunales ubicuos y el ejército de funcionarios, tantas veces purgado, purgado una vez más: ésas fueron las inevitables y recurrentes trivialidades de la reacción victoriosa, que sólo merecen mencionarse después de las matanzas y las deportaciones de junio porque esta vez no iban dirigidas únicamente contra París, sino también contra los departamentos; no sólo contra el proletariado, sino, sobre todo, contra las clases medias.

Las leyes represivas en virtud de las cuales la declaración del estado de sitio quedaba a discreción del gobierno, la prensa era amordazada aún más firmemente y el derecho de asociación resultaba aniquilado, absorbieron toda la actividad legislativa de la Asamblea Nacional durante los meses de junio, julio y agosto.

Pero esta época no se caracteriza por la explotación de la victoria en los hechos, sino por los principios; no por las resoluciones de la Asamblea Nacional, sino por los motivos aducidos para tales resoluciones; no por la cosa, sino por la frase; no por la frase, sino por el acento y el gesto que animan la frase. La expresión descarada y sin reservas de los sentimientos realistas, los insultos desdeñosamente aristocráticos a la república, el parloteo coqueta y frívolo de los designios restauracionistas; en una palabra, la jactanciosa violación del decoro republicano, confieren a este período su tono y su color peculiares. «¡Viva la Constitución!» era el grito de combate de los vencidos del 13 de junio. Los vencedores quedaban, pues, absueltos de la hipocresía del lenguaje constitucional, es decir, republicano. La contrarrevolución subyugó a Hungría, Italia y Alemania, y ellos creían que la restauración ya estaba a las puertas de Francia. Entre los maestros de ceremonias de las fracciones del Orden se entabló una auténtica competencia por documentar su realismo en el Moniteur y confesar, arrepentirse e implorar el perdón ante Dios y los hombres por los pecados liberales que eventualmente hubieran cometido bajo la monarquía. No pasaba un solo día sin que desde la tribuna de la Asamblea Nacional se declarase la Revolución de Febrero una calamidad nacional, sin que algún hidalguillo provinciano legitimista proclamase solemnemente que jamás había reconocido la república, sin que uno de los cobardes desertores de la Monarquía de Julio y traidores a ella relatase proezas tardías en cuya ejecución sólo la filantropía de Luis Felipe u otros malentendidos le habían estorbado. Lo admirable de las jornadas de Febrero no había sido la magnanimidad del pueblo vencedor, sino el sacrificio y la moderación de los realistas, que habían permitido que aquél venciera. Un representante del pueblo propuso que parte del dinero destinado a socorrer a los heridos de Febrero se desviara hacia los Guardias Municipales,[104] los únicos que en aquellos días habían merecido bien de la patria. Otro quiso que se decretara una estatua ecuestre al Duque de Orléans en la Place du Carrousel. Thiers llamó a la Constitución un papelucho sucio. Se sucedieron en la tribuna orleanistas, para arrepentirse de su conspiración contra la monarquía legítima; legitimistas, que se reprochaban el haber acelerado la caída de la monarquía en general al oponerse a la monarquía ilegítima; Thiers, que se arrepintió de haber intrigado contra Molé; Molé, que se arrepintió de haber intrigado contra Guizot; Barrot, que se arrepintió de haber intrigado contra los tres. El grito de «¡Viva la República Democrática y Social!» fue declarado inconstitucional; el grito de «¡Viva la República!» fue perseguido como socialdemócrata. En el aniversario de la batalla de Waterloo,[105] un representante declaró: «Temo menos una invasión de los prusianos que la entrada de los refugiados revolucionarios en Francia». A las quejas sobre el terrorismo organizado en Lyon y los departamentos vecinos, Baraguay d'Hilliers respondió: «Prefiero el terror blanco al terror rojo.» Y la Asamblea aplaudía frenéticamente cada vez que una frase epigramática contra la república, contra la revolución, contra la Constitución, a favor de la monarquía o a favor de la Santa Alianza brotaba de los labios de sus oradores. Toda infracción de la más mínima formalidad republicana —por ejemplo, la de dirigirse a los representantes como citoyens— llenaba de entusiasmo a los caballeros del orden.

Las elecciones parciales de París del 8 de julio, celebradas bajo la influencia del estado de sitio y de la abstención de gran parte del proletariado en las urnas, la toma de Roma por el ejército francés, la entrada en Roma de las eminencias rojas[106] y, en su séquito, de la Inquisición y el terrorismo monacal, añadieron nuevas victorias a la victoria de Junio y acrecentaron la embriaguez del partido del Orden.

Por último, a mediados de agosto, tanto con la intención de asistir a los Consejos Departamentales recién reunidos como por agotamiento tras la tendenciosa orgía de muchos meses, los realistas decretaron un receso de dos meses de la Asamblea Nacional. Con transparente ironía dejaron tras de sí una comisión de veinticinco representantes —la flor y nata de los legitimistas y los orleanistas, un Molé y un Changarnier—, como delegados de la Asamblea Nacional y guardianes de la república. La ironía era más profunda de lo que ellos sospechaban. Condenados por la historia a ayudar a derrocar la monarquía que amaban, estaban destinados por ella a conservar la república que odiaban.

El segundo período en la vida de la república constitucional, su período de desfogue realista, se cierra con el receso de la Asamblea Legislativa.

El estado de sitio en París había sido nuevamente levantado, las actividades de la prensa habían comenzado de nuevo. Durante la suspensión de los periódicos socialdemócratas, durante el período de la legislación represiva y las bravatas monárquicas, el Siècle, el viejo representante literario de la pequeña burguesía monárquico-constitucional, se republicanizó; la Presse, el viejo exponente literario de los reformistas burgueses, se democratizó; mientras que el National, el viejo órgano clásico de la burguesía republicana, se socializó.

Las sociedades secretas crecieron en extensión e intensidad en la misma medida en que los clubes públicos se hicieron imposibles. Las cooperativas industriales obreras, toleradas como sociedades puramente comerciales, aunque económicamente insignificantes, se convirtieron políticamente en otros tantos medios para cimentar al proletariado. El 13 de junio había decapitado las cabezas oficiales de los diversos partidos semirrevolucionarios; las masas que quedaban ganaron una cabeza propia. Los caballeros del orden habían practicado la intimidación con profecías sobre el terror de la república roja; los bajos excesos, las atrocidades hiperbóreas de la contrarrevolución victoriosa en Hungría, en Baden y en Roma lavaron de blanco la “república roja”. Y las clases intermedias desafectas de la sociedad francesa comenzaron a preferir las promesas de la república roja con sus terrores problemáticos a los terrores de la monarquía roja con su desesperanza real. Ningún socialista en Francia difundió más propaganda revolucionaria que Haynau. ¡A chaque capacité selon ses oeuvres! [¡A cada capacidad según sus obras!]

Mientras tanto, Luis Bonaparte aprovechó el receso de la Asamblea Nacional para realizar giras principescas por las provincias; los legitimistas más exaltados peregrinaron a Ems, junto al nieto de San Luis, y la masa de los representantes populares del partido del orden intrigó en los Consejos Departamentales, que acababan de reunirse. Era necesario hacer que pronunciaran lo que la mayoría de la Asamblea Nacional aún no se atrevía a pronunciar: una moción urgente por la revisión inmediata de la constitución. Según la constitución, no podía ser revisada antes de 1852, y solo por una Asamblea Nacional convocada expresamente para ese fin. Sin embargo, si la mayoría de los Consejos Departamentales se pronunciaba en ese sentido, ¿no estaba obligada la Asamblea Nacional a sacrificar la virginidad de la constitución a la voz de Francia? La Asamblea Nacional abrigaba las mismas esperanzas respecto a estas asambleas provinciales que las monjas de la Henriada de Voltaire respecto a los panduros. Pero, salvo algunas excepciones, los Potifares de la Asamblea Nacional tuvieron que habérselas con otros tantos José de las provincias. La inmensa mayoría no quiso entender la insinuación importuna. La revisión de la constitución fue frustrada por los mismos instrumentos que debían haberla hecho surgir, por los votos de los Consejos Departamentales. La voz de Francia, y ciertamente de la Francia burguesa, había hablado y hablado en contra de la revisión.

A comienzos de octubre, la Asamblea Nacional Legislativa volvió a reunirse – tantum mutatus ab illo.[7] Su fisonomía había cambiado por completo. El inesperado rechazo de la revisión por parte de los Consejos Departamentales la había vuelto a colocar dentro de los límites de la constitución y señalaba los límites de su mandato. Los orleanistas se habían vuelto desconfiados a causa de las peregrinaciones de los legitimistas a Ems; los legitimistas habían empezado a sospechar a raíz de las negociaciones de los orleanistas con Londres; los periódicos de ambas facciones habían atizado el fuego y sopesado las reivindicaciones recíprocas de sus pretendientes. Orleanistas y legitimistas murmuraban al unísono contra las maquinaciones de los bonapartistas, que se manifestaban en las giras principescas, en los intentos de emancipación más o menos transparentes del Presidente, en el lenguaje presuntuoso de los periódicos bonapartistas; Luis Bonaparte murmuraba contra una Asamblea Nacional que solo consideraba legítima la conspiración legitimista-orleanista, contra un ministerio que lo traicionaba continuamente ante esta Asamblea Nacional. Por último, el propio ministerio estaba dividido en cuanto a la política romana y al impuesto sobre la renta propuesto por el ministro Passy, denostado como socialista por los conservadores.

Uno de los primeros proyectos de ley del ministerio Barrot en la recién reunida Asamblea Legislativa fue una solicitud de crédito de 300.000 francos para el pago de una pensión de viudedad a la duquesa de Orleans. La Asamblea Nacional lo concedió y añadió a la lista de deudas de la nación francesa una suma de siete millones de francos. Así, mientras Luis Felipe seguía desempeñando con éxito el papel del pauvre honteux, el mendigo vergonzante, el ministerio no se atrevía a proponer un aumento de sueldo para Bonaparte, ni la Asamblea parecía inclinada a concedérselo. Y Luis Bonaparte, como siempre, vacilaba en el dilema: ¡Aut Caesar aut Clichy! [8]

La segunda demanda de crédito del ministro, por nueve millones de francos para los gastos de la expedición de Roma, aumentó la tensión entre Bonaparte, por un lado, y los ministros y la Asamblea Nacional, por el otro. Luis Bonaparte había insertado en el Moniteur una carta a su edecán, Edgar Ney, en la que obligaba al gobierno papal a garantías constitucionales. El Papa, por su parte, había publicado un discurso, motu proprio[110], en el que rechazaba toda limitación de su poder restaurado. La carta de Bonaparte, con estudiada indiscreción, descorría el telón de su gabinete para exponerse a los ojos de la galería como un genio benévolo, aunque incomprendido y encadenado en su propia casa. No era la primera vez que coqueteaba con los “furtivos vuelos de un alma libre”.[9] Thiers, el ponente de la comisión, ignoró por completo el vuelo de Bonaparte y se contentó con traducir la alocución papal al francés. No fue el ministerio, sino Victor Hugo quien trató de salvar al Presidente mediante un orden del día en el que la Asamblea Nacional debía expresar su conformidad con la carta de Napoleón. ¡Allons donc! ¡Allons donc! [¡Vamos, pues!] Con esta interjección irrespetuosa y frívola, la mayoría enterró la moción de Hugo. ¿La política del Presidente? ¿La carta del Presidente? ¿El Presidente mismo? ¡Allons donc! ¡Allons donc! ¿Quién demonios toma en serio al señor Bonaparte? ¿Cree usted, señor Victor Hugo, que nosotros le creemos a usted que cree en el Presidente? ¡Allons donc! ¡Allons donc!

Finalmente, la ruptura entre Bonaparte y la Asamblea Nacional fue acelerada por el debate sobre el retorno de los Orleáns y los Borbones. A falta del ministerio, el primo del Presidente [José Bonaparte], hijo del ex rey de Westfalia, había presentado esta moción, cuyo único propósito era rebajar a los pretendientes legitimista y orleanista al mismo nivel, o más bien a un nivel inferior al del pretendiente bonapartista, que al menos ocupaba de hecho la cúspide del Estado.

Napoleón Bonaparte fue lo bastante irrespetuoso como para hacer del retorno de las familias reales expulsadas y de la amnistía de los insurrectos de junio partes de una y la misma moción. La indignación de la mayoría lo obligó a disculparse de inmediato por esta sacrílega concatenación de lo sagrado y lo impío, de las estirpes reales y la prole proletaria, de las estrellas fijas de la sociedad y de sus fuegos fatuos, y a asignar a cada una de las dos mociones el lugar que le correspondía. La mayoría rechazó enérgicamente el retorno de la familia real, y Berryer, el Demóstenes de los legitimistas, no dejó duda alguna sobre el significado de la votación. ¡La degradación cívica de los pretendientes, eso es lo que se busca! ¡Se quiere despojarlos de su aureola, de la última majestad que les queda, la majestad del exilio! ¿Qué, exclamó Berryer, pensarían los pretendientes del Presidente, quien, olvidando su augusto origen, vino aquí a vivir como un simple particular? No se le podía dar a entender más claramente a Luis Bonaparte que no había ganado el día con su presencia, que mientras los monárquicos coligados lo necesitaban en Francia como un “hombre neutral” en el sillón presidencial, los serios pretendientes al trono debían ser mantenidos fuera de la vista profana por la niebla del exilio.

El 1 de noviembre, Luis Bonaparte respondió a la Asamblea Legislativa con un mensaje que, en palabras bastante bruscas, anunciaba la destitución del ministerio Barrot y la formación de un nuevo ministerio. El ministerio Barrot-Falloux era el ministerio de la coalición monárquica; el ministerio Hautpoul era el ministerio de Bonaparte, el órgano del Presidente frente a la Asamblea Legislativa, el ministerio de los empleados.

Bonaparte ya no era el mero hombre neutral del 10 de diciembre de 1848. Su posesión del poder ejecutivo había agrupado en torno suyo una serie de intereses; la lucha contra la anarquía obligó al propio partido del orden a aumentar su influencia, y si él ya no era popular, el partido del orden sí era impopular. ¿No podía esperar obligar a los orleanistas y a los legitimistas, mediante su rivalidad y la necesidad de una restauración monárquica de algún tipo, a reconocer al pretendiente neutral?

El 1 de noviembre de 1849 data el tercer período de la vida de la república constitucional, período que se cierra con el 10 de marzo de 1850. Comienza ahora el juego regular, tan admirado por Guizot, de las instituciones constitucionales, la disputa entre el poder ejecutivo y el legislativo. Es más: frente a la nostalgia de restauración de los orleanistas y legitimistas unidos, Bonaparte defiende su título a su poder real, la república; frente a la nostalgia de restauración de Bonaparte, el partido del orden defiende su título a su dominio común, la república; frente a los orleanistas, los legitimistas, y frente a los legitimistas, los orleanistas, defienden el statu quo, la república. Todas estas fracciones del partido del orden, cada una de las cuales tiene en petto [en secreto] su propio rey y su propia restauración, se imponen mutuamente, frente a la nostalgia de usurpación y sublevación de sus rivales, el dominio común de la burguesía, la forma en que las pretensiones particulares quedan neutralizadas y reservadas: la república.

Así como Kant hace de la república, así estos monárquicos hacen de la monarquía la única forma racional de Estado, un postulado de la razón práctica cuya realización nunca se alcanza, pero a cuya consecución siempre hay que aspirar y adherirse mentalmente como meta.

Así, la república constitucional había salido de las manos de los republicanos burgueses como una fórmula ideológica hueca para convertirse, en manos de los monárquicos coligados, en una forma llena de contenido y de vida. Y Thiers hablaba con más verdad de lo que sospecha cuando decía: “Nosotros, los monárquicos, somos los verdaderos pilares de la república constitucional.”

El derrocamiento del ministerio de la coalición y la aparición del ministerio de los empleados tiene un segundo significado. Su ministro de Finanzas era Fould. Fould como ministro de Finanzas significa la entrega oficial de la riqueza nacional de Francia a la Bolsa, la gestión de la propiedad del Estado por la Bolsa y en interés de la Bolsa. Con el nombramiento de Fould, la aristocracia financiera anunció su restauración en el Moniteur. Esta restauración complementaba necesariamente las demás restauraciones, que forman otros tantos eslabones en la cadena de la república constitucional.

Luis Felipe nunca se había atrevido a hacer ministro de Finanzas a un auténtico loup-cervier [lobo de la bolsa]. Así como su monarquía era el nombre ideal de la dominación de la gran burguesía, en sus ministerios los intereses privilegiados debían llevar nombres ideológicamente desinteresados. La república burguesa empujó en todas partes al primer plano lo que las distintas monarquías, tanto la legitimista como la orleanista, habían mantenido oculto en el trasfondo. Hizo terrenal lo que ellas habían hecho celestial. En lugar de los nombres de los santos, puso los nombres burgueses propios de los intereses de la clase dominante.

Nuestra exposición ha mostrado de qué modo la república, desde el primer día de su existencia, no derrocó, sino que consolidó a la aristocracia financiera. Pero las concesiones que se le hicieron eran un destino al que se sometió sin desear provocarlo. Con Fould, la iniciativa en el gobierno retornó a la aristocracia financiera.

Cabe preguntarse cómo la burguesía fusionada pudo soportar y sufrir la dominación financiera, que bajo Luis Felipe dependía de la exclusión o subordinación de las demás fracciones burguesas.

La respuesta es simple.

Ante todo, la aristocracia financiera misma forma una parte pesada y autorizada de la coalición realista, cuyo poder gubernamental común se denomina república. ¿No son los portavoces y las lumbreras de los orleanistas los viejos confederados y cómplices de la aristocracia financiera? ¿No es ella misma la falange de oro del orleanismo? En cuanto a los legitimistas, ya bajo Luis Felipe habían participado prácticamente en todas las orgías de la Bolsa, de las minas y de las especulaciones ferroviarias. En general, la alianza de la gran propiedad territorial con la alta finanza es un hecho normal. Prueba: Inglaterra; prueba: incluso Austria.

En un país como Francia, donde el volumen de la producción nacional se halla en un nivel desproporcionadamente más bajo que el monto de la deuda nacional, donde los bonos del Estado constituyen el objeto más importante de especulación y la Bolsa el mercado principal para la inversión del capital que quiere valorizarse de manera improductiva —en un país así, un número incontable de personas de todas las clases burguesas o semiburguesas tiene que estar interesado en la deuda del Estado, en los juegos bursátiles, en la finanza. ¿No encuentran todos estos subalternos interesados sus puntales y jefes naturales en la fracción que representa ese interés en sus rasgos más vastos, que lo representa en su conjunto?

¿Qué condiciona el aflujo de la propiedad estatal a la alta finanza? El constante crecimiento del endeudamiento del Estado. ¿Y el endeudamiento del Estado? El constante exceso de sus gastos sobre sus ingresos, una desproporción que es a la vez causa y efecto del sistema de empréstitos estatales.

Para escapar a este endeudamiento, el Estado tiene que limitar sus gastos, es decir, simplificar y reducir el organismo gubernamental, gobernar lo menos posible, emplear el menor personal posible, entrar lo menos posible en relaciones con la sociedad burguesa. Este camino era imposible para el partido del orden, cuyos medios de represión, su injerencia oficial en nombre del Estado y su ubicuidad mediante órganos estatales estaban obligados a aumentar en la misma medida en que aumentaban los sectores desde los cuales resultaban amenazados su dominación y las condiciones de existencia de su clase. La gendarmería no puede reducirse en la misma medida en que crecen los atentados contra las personas y la propiedad.

O bien el Estado tiene que procurar eludir las deudas y producir un equilibrio inmediato pero transitorio en su presupuesto cargando impuestos extraordinarios sobre los hombros de las clases más acaudaladas. Pero ¿iba el partido del orden a sacrificar su propia riqueza sobre el altar de la patria para impedir que la riqueza nacional fuera explotada por la Bolsa? ¡Pas si bête!

Por tanto, sin una revolución completa en el Estado francés, ninguna revolución en el presupuesto del Estado francés. Con este presupuesto del Estado van necesariamente la señoría del comercio con las deudas del Estado, de los acreedores del Estado, los banqueros, los traficantes de dinero y los lobos de la Bolsa. Sólo una fracción del partido del orden estaba directamente interesada en el derrocamiento de la aristocracia financiera: los fabricantes. No hablamos de las gentes medias, de las más pequeñas, dedicadas a la industria; hablamos de los príncipes reinantes de los intereses manufactureros, que habían formado la amplia base de la oposición dinástica bajo Luis Felipe. Su interés es indudablemente la reducción de los costos de producción y, por tanto, la reducción de los impuestos que entran en la producción, y por tanto la reducción de las deudas del Estado, cuyo interés entra en los impuestos; por tanto, el derrocamiento de la aristocracia financiera.

En Inglaterra —y los más grandes fabricantes franceses son pequeños burgueses comparados con sus rivales ingleses— encontramos realmente a los fabricantes, un Cobden, un Bright, a la cabeza de la cruzada contra la aristocracia bancaria y bursátil. ¿Por qué no en Francia? En Inglaterra predomina la industria; en Francia, la agricultura. En Inglaterra la industria requiere el libre cambio; en Francia, aranceles protectores, monopolio nacional junto a los demás monopolios. La industria francesa no domina la producción francesa; los industriales franceses, por tanto, no dominan a la burguesía francesa. Para garantizar el avance de sus intereses frente a las restantes fracciones de la burguesía, no pueden, como los ingleses, tomar la dirección del movimiento y simultáneamente poner en primer plano sus intereses de clase; tienen que seguir a remolque de la revolución y servir intereses opuestos a los intereses colectivos de su clase. En febrero habían malentendido su posición; febrero les aguzó el ingenio. ¿Y quién se ve más directamente amenazado por los obreros que el patrono, el capitalista industrial? El fabricante, por tanto, se convirtió forzosamente en Francia en el miembro más fanático del partido del orden. La reducción de su ganancia por la finanza, ¿qué es comparada con la abolición de la ganancia por el proletariado?

En Francia, el pequeño burgués hace lo que normalmente tendría que hacer el burgués industrial; el obrero hace lo que normalmente sería la tarea del pequeño burgués; ¿y la tarea del obrero, quién la lleva a cabo? Nadie. En Francia no se lleva a cabo; en Francia se proclama. No se lleva a cabo en ningún lado dentro de las fronteras nacionales.[111] La guerra de clases dentro de la sociedad francesa se convierte en una guerra mundial, en la que las naciones se enfrentan unas a otras. La realización comienza sólo en el momento en que, mediante la guerra mundial, el proletariado es empujado al primer plano del pueblo que domina el mercado mundial, al primer plano en Inglaterra. La revolución, que no encuentra aquí su fin, sino su comienzo organizativo, no es una revolución de corta duración. La generación actual se asemeja a los judíos que Moisés condujo a través del desierto. No sólo tiene que conquistar un mundo nuevo, tiene que perecer para hacer sitio a los hombres capaces de vérselas con un mundo nuevo.

Volvamos a Fould.

El 14 de noviembre de 1849, Fould subió a la tribuna de la Asamblea Nacional y expuso su sistema financiero: ¡una apología del viejo sistema fiscal! ¡Conservación del impuesto sobre el vino! ¡Abandono del impuesto sobre la renta de Passy!

También Passy no era un revolucionario; era un viejo ministro de Luis Felipe. Pertenecía a los puritanos de la clase de Dufaure y a los confidentes más íntimos de Teste[10], el chivo expiatorio de la Monarquía de Julio. También Passy había elogiado el viejo sistema fiscal y recomendado la conservación del impuesto sobre el vino, pero al mismo tiempo había rasgado el velo del déficit del Estado. Había declarado la necesidad de un nuevo impuesto, el impuesto sobre la renta, si se quería evitar la bancarrota del Estado. Fould, que había recomendado la bancarrota del Estado a Ledru-Rollin, recomendó el déficit del Estado a la Asamblea Legislativa. Prometió economías cuyo secreto más tarde se reveló en que, por ejemplo, los gastos disminuyeron en sesenta millones mientras la deuda flotante aumentaba en doscientos millones — trucos de prestidigitador en la agrupación de cifras, en la confección de las cuentas, que todo junto desembocaba finalmente en nuevos empréstitos.

Junto a las otras fracciones burguesas celosas, la aristocracia financiera no actuó, ciertamente, de una manera tan descaradamente corrupta bajo Fould como bajo Luis Felipe. Pero, una vez que existía, el sistema seguía siendo el mismo: incremento constante de las deudas, enmascaramiento del déficit. Y con el tiempo volvió a salir más abiertamente la vieja estafa bursátil. Prueba: la ley relativa al ferrocarril de Aviñón; las misteriosas fluctuaciones de los valores del Estado, por un breve tiempo comidilla de todo París; finalmente, las especulaciones malhadadas de Fould y Bonaparte en las elecciones del 10 de marzo.

Con la restauración oficial de la aristocracia financiera, el pueblo francés pronto tuvo que encontrarse de nuevo ante un 24 de febrero.

La Asamblea Constituyente, en un arrebato de misantropía contra su heredera, había abolido el impuesto sobre el vino para el año del Señor de 1850. Con la abolición de los viejos impuestos no se podían pagar nuevas deudas. Creton, un cretino del partido del orden, había presentado la moción de mantener el impuesto sobre el vino incluso antes de que la Asamblea Legislativa entrara en receso. Fould retomó esta moción en nombre del ministerio bonapartista y, el 20 de diciembre de 1849, aniversario del día en que Bonaparte fue proclamado Presidente, la Asamblea Nacional decretó la restauración del impuesto sobre el vino.

El patrocinador de esta restauración no fue un financiero; fue el jefe jesuita Montalembert. Su argumento era asombrosamente simple: El impuesto es el pecho materno del que el gobierno es amamantado. El gobierno es los instrumentos de represión; es los órganos de autoridad; es el ejército; es la policía; son los funcionarios, los jueces, los ministros; son los curas. Un ataque al impuesto es un ataque de los anarquistas contra los centinelas del orden, que salvaguardan la producción material y espiritual de la sociedad burguesa de las incursiones de los vándalos proletarios. El impuesto es el quinto dios, al lado de la propiedad, la familia, el orden y la religión. Y el impuesto sobre el vino es incuestionablemente impuesto y, además, no ordinario, sino tradicional, monárquicamente dispuesto, respetable. ¡Vive l'impôt des boissons! ¡Tres hurras y uno más!

Cuando el campesino francés pinta al diablo, lo pinta bajo la figura de un recaudador de impuestos. Desde el momento en que Montalembert elevó el impuesto a dios, el campesino se volvió sin dios, ateo, y se arrojó en brazos del diablo, del socialismo. La religión del orden lo había perdido; los jesuitas lo habían perdido; Bonaparte lo había perdido. El 20 de diciembre de 1849 había comprometido irrevocablemente el 20 de diciembre de 1848. El «sobrino de su tío» no fue el primero de su familia a quien derrotó el impuesto sobre el vino, ese impuesto que, en frase de Montalembert, anuncia la tempestad revolucionaria. El verdadero, el gran Napoleón declaró en Santa Elena que la reintroducción del impuesto sobre el vino había contribuido a su caída más que todo lo demás, puesto que le había enajenado a los campesinos del sur de Francia. Ya en tiempos de Luis XIV era el objeto favorito del odio popular (véanse los escritos de Boisguillebert y Vauban); abolido por la primera revolución, fue reintroducido por Napoleón de forma modificada en 1808. Cuando la Restauración entró en Francia, no sólo trotaban ante ella los cosacos, sino también las promesas de abolir el impuesto sobre el vino. La gentilhommerie, naturalmente, no necesitaba mantener su palabra con la gens taillables à merci et miséricorde. El año 1830 prometió la abolición del impuesto sobre el vino. No era su modo hacer lo que decía ni decir lo que hacía. El año 1848 prometió la abolición del impuesto sobre el vino, del mismo modo que lo prometió todo. Finalmente, la Asamblea Constituyente, que no prometió nada, dispuso, como ya se ha mencionado, una provisión testamentaria por la que el impuesto sobre el vino debía desaparecer el 1° de enero de 1850. Y justamente diez días antes del 1° de enero de 1850, la Asamblea Legislativa lo reintroducía, de suerte que el pueblo francés lo perseguía perpetuamente, y cuando lo había echado por la puerta lo veía entrar otra vez por la ventana.

El odio popular al impuesto sobre el vino se explica por el hecho de que reúne en sí toda la odiosidad del sistema fiscal francés. El modo de su recaudación es odioso; el modo de su distribución es aristocrático, pues las tasas del impuesto son las mismas para los vinos más comunes que para los más costosos; aumenta, por tanto, en progresión geométrica a medida que disminuye la riqueza de los consumidores, un impuesto progresivo invertido. En consecuencia, provoca directamente el envenenamiento de las clases trabajadoras al primar los vinos adulterados e imitados. Reduce el consumo, ya que establece fielatos de consumos [octrois] ante las puertas de todas las ciudades de más de cuatro mil habitantes y transforma cada una de esas ciudades en un país extranjero con una tarifa protectora frente al vino francés. Los grandes comerciantes de vino, pero más aún los pequeños, los marchands de vins, cuyo sustento depende directamente del consumo de vino, son otros tantos enemigos declarados del impuesto sobre el vino. Y, por último, al reducir el consumo, el impuesto sobre el vino cercena el mercado de los productores. Mientras incapacita a los obreros urbanos para pagar el vino, incapacita a los viticultores para venderlo. Y Francia tiene una población viticultora de unos doce millones. Se comprende, pues, el odio del pueblo en general; se comprende, en particular, el fanatismo de los campesinos contra el impuesto sobre el vino. Y además, no veían en su restablecimiento un acontecimiento aislado, más o menos accidental. Los campesinos poseen una especie de tradición histórica propia, que se transmite de padres a hijos, y en esta escuela histórica se murmura que siempre que un gobierno quiere engañar a los campesinos, promete la abolición del impuesto sobre el vino, y tan pronto como los ha engañado, lo mantiene o lo reintroduce. En el impuesto sobre el vino, el campesino prueba el bouquet del gobierno, su tendencia. El restablecimiento del impuesto sobre el vino el 20 de diciembre significó: Luis Bonaparte es como los demás. Pero él no era como los demás; era un descubrimiento campesino, y en las peticiones que llevaban millones de firmas contra el impuesto sobre el vino, retiraron los votos que un año antes habían dado al «sobrino de su tío».

La población rural –más de dos tercios de la población total francesa– se compone en su mayor parte de los llamados terratenientes libres. La primera generación, gratuitamente liberada por la Revolución de 1789 de sus cargas feudales, no había pagado precio alguno por el suelo. Pero las generaciones siguientes pagaron, bajo la forma del precio de la tierra, lo que sus antepasados semi-siervos habían pagado en forma de renta, diezmos, corvea, etc. Cuanto más crecía, por un lado, la población, y cuanto más aumentaba, por otro lado, la partición del suelo, tanto más subía el precio de las parcelas, pues la demanda de las mismas aumentaba con su pequeñez. Pero en la medida en que subía el precio que el campesino pagaba por su parcela, ya la comprara directamente, ya se la hicieran contar como capital sus coherederos, necesariamente aumentaba también el endeudamiento del campesino, es decir, la hipoteca. El derecho a una deuda que grava la tierra se denomina hipoteca, una papeleta de empeño con respecto a la tierra. Así como los privilegios se acumulaban sobre la finca medieval, las hipotecas se acumulan sobre la pequeña parcela moderna. Por otra parte, bajo el sistema de parcelación, el suelo es puramente un instrumento de producción para su propietario. Ahora bien, la fertilidad de la tierra disminuye en la misma medida en que la tierra se divide. La aplicación de maquinaria a la tierra, la división del trabajo, las grandes medidas de mejoramiento del suelo, como la apertura de canales de drenaje e irrigación y similares, se hacen cada vez más imposibles, mientras que los costos improductivos del cultivo aumentan en la misma proporción que la división del instrumento de producción mismo. Todo esto, independientemente de que el poseedor de la pequeña parcela posea o no capital. Pero cuanto más aumenta la división, tanto más constituye la parcela de tierra con su inventario totalmente miserable el capital entero del campesino parcelario, tanto más disminuye la inversión de capital en la tierra, tanto más carece el campesino de tierra, dinero y educación para aprovechar los progresos de la agronomía, y tanto más retrocede el cultivo del suelo. Finalmente, el producto neto disminuye en la misma proporción en que aumenta el consumo bruto, en que toda la familia del campesino es apartada de otras ocupaciones por su posesión y, sin embargo, no está en condiciones de vivir de ella.

En la medida, pues, en que aumentan la población y, con ella, la división de la tierra, el instrumento de producción, el suelo, se encarece y su fertilidad disminuye, la agricultura decae y el campesino se carga de deudas. Y lo que era el efecto se convierte, a su vez, en la causa. Cada generación deja tras de sí a otra más profundamente endeudada: cada nueva generación comienza bajo condiciones más desfavorables y más agravantes; el hipotecar engendra hipotecar, y cuando al campesino le resulta imposible ofrecer su pequeña posesión como garantía para nuevas deudas, es decir, gravarla con nuevas hipotecas, cae víctima directa de la usura, y las tasas de interés usurario se vuelven tanto más exorbitantes.

Así ocurrió que el campesino francés cede al capitalista, en forma de interés sobre las hipotecas que gravan el suelo y en forma de interés sobre los anticipos hechos por el usurero sin hipotecas, no sólo la renta del suelo, no sólo la ganancia industrial –en una palabra, no sólo toda la ganancia neta– sino incluso una parte del salario, y que por tanto ha descendido al nivel del arrendatario irlandés –todo ello bajo el pretexto de ser un propietario privado.

Este proceso fue acelerado en Francia por la carga siempre creciente de los impuestos, por las costas judiciales provocadas en parte directamente por las formalidades con que la legislación francesa grava la propiedad de la tierra, en parte por los innumerables conflictos sobre parcelas que por doquier se limitan y se cruzan mutuamente, y en parte por la litigiosidad de los campesinos, cuyo disfrute de la propiedad se limita a la afirmación fanática de su título sobre su imaginada propiedad, sus derechos de propiedad.

Según un estado estadístico de 1840, la producción bruta de la agricultura francesa ascendía a 5.237.178.000 francos. De éstos, los costos de cultivo ascendían a 3.552.000.000 de francos, incluido el consumo de las personas que trabajaban. Quedaba un producto neto de 1.685.178.000 francos, del cual había que deducir 550.000.000 por intereses de hipotecas, 100.000.000 para funcionarios de justicia, 350.000.000 para impuestos y 107.000.000 para derechos de registro, timbre, honorarios hipotecarios, etc. Quedaba un tercio del producto neto, o sea, 538.000.000; distribuido sobre la población, ni 25 francos por cabeza de producto neto. En este cálculo no están incluidos, naturalmente, ni la usura ejercida al margen de la hipoteca ni los honorarios de abogados, etc.

La condición de los campesinos franceses, cuando la república hubo añadido nuevas cargas a las viejas, es comprensible. Se ve que su explotación sólo se diferencia en la forma de la explotación del proletariado industrial. El explotador es el mismo: el capital. Los capitalistas individuales explotan a los campesinos individuales mediante las hipotecas y la usura; la clase capitalista explota a la clase campesina mediante los impuestos estatales. El título de propiedad del campesino es el talismán con el que el capital lo ha mantenido hasta ahora bajo su hechizo, el pretexto bajo el cual lo ha enfrentado al proletariado industrial. Sólo la caída del capital puede levantar al campesino; sólo un gobierno anticapitalista, un gobierno proletario, puede romper su miseria económica, su degradación social. La república constitucional es la dictadura de sus explotadores unidos; la república socialdemócrata, la república roja, es la dictadura de sus aliados. Y la balanza sube o baja según los votos que el campesino deposita en la urna electoral. Él mismo ha de decidir su destino. Así hablaban los socialistas en folletos, almanaques, calendarios y hojas sueltas de todo tipo. Este lenguaje se le hizo más comprensible a través de los contraescritos del partido del orden, que por su parte se dirigió a él, y que mediante la grosera exageración, mediante su brutal concepción y representación de las intenciones e ideas de los socialistas, dio con la verdadera nota campesina y sobreestimuló su apetito por el fruto prohibido. Pero el lenguaje más comprensible fue el de la experiencia real que la clase campesina había adquirido con el uso del sufragio, fueron los desengaños que lo abrumaron, golpe tras golpe, con velocidad revolucionaria. Las revoluciones son las locomotoras de la historia.

La revolucionarización gradual de los campesinos se manifestó por diversos síntomas. Se reveló pronto en las elecciones a la Asamblea Legislativa; en el estado de sitio en los cinco departamentos limítrofes con Lyon; se reveló pocos meses después del 13 de junio en la elección de un Montagnard en lugar del antiguo presidente de la Chambre introuvable por el Departamento de la Gironda; se reveló el 20 de diciembre de 1849 en la elección de un rojo en lugar de un diputado legitimista fallecido en el Departamento del Gard, esa tierra prometida de los legitimistas, escenario de las más espantosas infamias cometidas contra los republicanos en 1794 y 1795 y centro del terror blanco en 1815, cuando liberales y protestantes fueron públicamente asesinados. Esta revolucionarización de la clase más estacionaria se manifiesta con la mayor claridad desde la reintroducción del impuesto sobre el vino. Las medidas gubernamentales y las leyes de enero y febrero de 1850 están dirigidas casi exclusivamente contra los departamentos y los campesinos. La prueba más llamativa de su progreso.

La circular de Hautpoul, por la cual el gendarme fue nombrado inquisidor del prefecto, del subprefecto y, sobre todo, del alcalde, y por la cual se organizó el espionaje hasta en los rincones ocultos de la más remota comunidad aldeana; la ley contra los maestros de escuela, por la cual ellos –los hombres de talento, los portavoces, los educadores e intérpretes de la clase campesina– fueron sometidos al poder arbitrario del prefecto –ellos, los proletarios de la clase culta, fueron perseguidos como bestias de caza de una comunidad a otra–; el proyecto de ley contra los alcaldes, por el cual se suspendió sobre sus cabezas la espada de Damocles de la destitución, y ellos, los presidentes de las comunidades campesinas, fueron puestos a cada instante en oposición al Presidente de la República y al partido del orden; la ordenanza que transformó los diecisiete distritos militares de Francia en cuatro pashaliks e impuso el cuartel y el vivac a los franceses como su salón nacional; la ley educativa, por la cual el partido del orden proclamó la inconsciencia y el embrutecimiento forzoso de Francia como condición de su vida bajo el régimen del sufragio universal: ¿qué eran todas estas leyes y medidas? Intentos desesperados de reconquistar para el partido del orden los departamentos y a los campesinos de los departamentos.

Consideradas como represión, eran métodos miserables que torcían el cuello a su propio propósito. Las grandes medidas, como el mantenimiento del impuesto sobre el vino, del impuesto de los 45 céntimos, el despectivo rechazo de las peticiones campesinas de reembolso del millardo, etc., todos esos rayos legislativos golpearon a la clase campesina de una sola vez, en masa, desde el centro; las leyes y medidas citadas convirtieron el ataque y la resistencia en generales, en el tema del día en cada choza; inocularon cada aldea con la revolución; localizaron y campesinizaron la revolución.

Por otra parte, esas propuestas de Bonaparte y su aceptación por la Asamblea Nacional, ¿no prueban la unidad de los dos poderes de la república constitucional en cuanto se trata de reprimir la anarquía, es decir, a todas las clases que se alzan contra la dictadura burguesa? ¿No acaso Soulouque [Luis Bonaparte], inmediatamente después de su brusco mensaje, aseguró a la Asamblea Legislativa su devoción al orden mediante el inmediato mensaje de Carlier,[116] esa sucia, mezquina caricatura de Fouché, como el propio Luis Bonaparte era la superficial caricatura de Napoleón?

La ley de enseñanza nos muestra la alianza de los jóvenes católicos con los viejos volterianos. ¿Podía la dominación de los burgueses unidos ser otra cosa que el despotismo amalgamado de la Restauración projesuita y de la monarquía de Julio, presuntuosa y librepensadora? ¿No habían sido arrebatadas de nuevo al pueblo las armas que una fracción burguesa había distribuido entre él contra la otra fracción en su lucha mutua por la supremacía, desde el momento en que el pueblo se enfrentaba a su dictadura unida? Nada ha irritado más al tendero parisiense que este coqueto despliegue de jesuitismo, ni siquiera el rechazo de los concordatos amistosos.

Entretanto, continuaban las colisiones entre las distintas fracciones del partido del orden, así como entre la Asamblea Nacional y Bonaparte. A la Asamblea Nacional no le agradó en absoluto que Bonaparte, inmediatamente después de su golpe de Estado, tras nombrar su propio ministerio bonapartista, llamara ante sí a los inválidos de la monarquía, prefectos recién nombrados, y convirtiera su agitación inconstitucional en pro de su reelección como Presidente en condición para su nombramiento; que Carlier celebrara su inauguración con la clausura de un club legitimista, o que Bonaparte fundara un periódico propio, *Le Napoléon*, que revelaba al público los anhelos secretos del Presidente, mientras sus ministros tenían que desmentirlos desde la tribuna de la Asamblea Legislativa. A ésta no le agradó en absoluto la retención desafiante del ministerio, a pesar de sus reiterados votos de censura; no le agradó en absoluto el intento de ganarse el favor de los suboficiales mediante un sobresueldo de cuatro sueldos al día y el favor del proletariado con un plagio de *Los Misterios* de Eugenio Sue mediante un banco de préstamos de honor; no le agradó en absoluto, por último, la desfachatez con que se hizo que los ministros propusieran la deportación de los insurrectos de Junio restantes a Argelia, a fin de echar sobre la Asamblea Legislativa la impopularidad al por mayor, mientras que el Presidente se reservaba la popularidad al por menor mediante indultos individuales. Thiers dejó caer palabras amenazadoras sobre golpes de Estado y golpes de cabeza (actos irreflexivos), y la Asamblea Legislativa se vengó de Bonaparte rechazando todo proyecto de ley que presentaba en su propio beneficio, e indagando con ruidosa desconfianza, cada vez que hacía una propuesta en interés común, si no aspiraba, mediante el aumento del poder ejecutivo, a acrecentar el poder personal de Bonaparte. En una palabra, se vengó con una conspiración del desprecio.

El partido legitimista, por su parte, veía con irritación cómo los orleanistas, más capaces, ocupaban de nuevo casi todos los puestos y cómo aumentaba la centralización, mientras él buscaba su salvación principalmente en la descentralización. Y así era. La contrarrevolución centralizaba por la fuerza, es decir, preparaba el mecanismo de la revolución. Incluso centralizaba el oro y la plata de Francia en el Banco de París mediante la cotización forzosa de los billetes de banco, creando así la caja de guerra ya lista de la revolución.

Por último, los orleanistas veían con irritación cómo el principio de legitimidad, renaciente, se contraponía a su principio bastardo, y cómo ellos mismos eran a cada instante zaheridos y maltratados como la alianza burguesa desigual de un cónyuge noble.

Poco a poco hemos visto a los campesinos, a los pequeñoburgueses, a las clases medias en general, alinearse junto al proletariado, empujados a un antagonismo abierto con la república oficial y tratados por ésta como antagonistas. Rebelión contra la dictadura burguesa, necesidad de un cambio de la sociedad, adhesión a las instituciones democrático-republicanas como órganos de su movimiento, agrupación en torno al proletariado como poder revolucionario decisivo: éstas son las características comunes del llamado partido de la socialdemocracia, el partido de la república roja. Este partido de la anarquía, como lo han bautizado sus adversarios, no es menos una coalición de intereses diferentes que el partido del orden. Desde la más pequeña reforma del viejo desorden social hasta el derrocamiento del viejo orden social, desde el liberalismo burgués hasta el terrorismo revolucionario: tan separados están los extremos que constituyen el punto de partida y el punto de llegada del partido de la «anarquía».

¡Abolición del arancel protector: socialismo! Porque atenta contra el monopolio de la fracción industrial del partido del orden. ¡Regulación del presupuesto del Estado: socialismo! Porque atenta contra el monopolio de la fracción financiera del partido del orden. ¡Libre admisión de carne y cereales extranjeros: socialismo! Porque atenta contra el monopolio de la tercera fracción del partido del orden, la gran propiedad territorial. Las reivindicaciones del partido librecambista, es decir, del partido burgués inglés más avanzado, aparecen en Francia como otras tantas reivindicaciones socialistas. ¡Volterianismo, socialismo! Porque atenta contra una cuarta fracción del partido del orden, la católica. ¡Libertad de prensa, derecho de asociación, instrucción pública universal: socialismo, socialismo! Atentan contra el monopolio general del partido del orden.

Tan rápidamente había madurado las condiciones la marcha de la revolución, que los amigos de la reforma de todos los matices, las reivindicaciones más moderadas de las clases medias, se vieron obligados a agruparse en torno a la bandera del partido más extremo de la revolución, en torno a la bandera roja.

Pero, por múltiple que fuera el socialismo de las diferentes grandes secciones del partido de la anarquía, según las condiciones económicas y las exigencias revolucionarias totales de la clase o fracción de clase que de ellas surgían, en un punto coincidía: en proclamarse medio de emancipación del proletariado y en tener como objeto la emancipación de éste. Engaño deliberado por parte de unos; autoengaño por parte de otros, que presentan el mundo transformado según sus propias necesidades como el mejor de los mundos para todos, como la realización de todas las reivindicaciones revolucionarias y la eliminación de todas las colisiones revolucionarias.

Detrás de las frases socialistas generales del «partido de la anarquía», que suenan más o menos igual, se oculta el socialismo del *National*, de la *Presse* y del *Siècle*, que de manera más o menos consecuente quiere derrocar la dominación de la aristocracia financiera y liberar a la industria y al comercio de las trabas que hasta ahora los oprimen. Es el socialismo de la industria, del comercio y de la agricultura, cuyos patronos en el partido del orden niegan esos intereses en la medida en que ya no coinciden con sus monopolios privados. El socialismo pequeñoburgués, el socialismo por excelencia, se distingue de este socialismo burgués, al que, como a toda variedad de socialismo, se adhieren naturalmente sectores de los obreros y de los pequeñoburgueses.

El capital acosa a esta clase principalmente como acreedor suyo, por eso exige instituciones de crédito; el capital la aplasta mediante la competencia, por eso exige asociaciones apoyadas por el Estado; el capital la abruma por la concentración, por eso exige impuestos progresivos, limitaciones de la herencia, ejecución de grandes obras por el Estado y otras medidas que frenen por la fuerza el crecimiento del capital. Como sueña con la realización pacífica de su socialismo –admitiendo, a lo sumo, una segunda Revolución de Febrero que dure un breve día–, el proceso histórico venidero se le aparece naturalmente como la aplicación de sistemas que los pensadores de la sociedad, ya sea en compañías o como inventores individuales, idean o han ideado. Así se convierten en eclécticos o adeptos de los sistemas socialistas existentes, del socialismo doctrinario, que fue la expresión teórica del proletariado sólo mientras éste no se había desarrollado aún hasta convertirse en un movimiento histórico libre y propio.

Mientras este socialismo doctrinario utópico, que subordina el movimiento total a una de sus etapas, que coloca en lugar de la producción social común la labor cerebral de pedantes individuales y, sobre todo, suprime fantásticamente la lucha revolucionaria de las clases y sus exigencias mediante pequeños trucos de prestidigitador o una gran sentimentalidad; mientras este socialismo doctrinario, que en el fondo no hace sino idealizar la sociedad actual, toma de ella una imagen sin sombras y quiere realizar su ideal a contrapelo de las realidades de la sociedad presente; mientras el proletariado abandona este socialismo a la pequeña burguesía; mientras la lucha de los diferentes líderes socialistas entre sí presenta cada uno de esos llamados sistemas como una adscripción pretenciosa a uno de los puntos de tránsito de la revolución social frente a otro, el proletariado se agrupa cada vez más en torno al socialismo revolucionario, en torno al comunismo, para el cual la propia burguesía ha inventado el nombre de Blanqui. Este socialismo es la declaración de la permanencia de la revolución, la dictadura de clase del proletariado como punto de tránsito necesario hacia la abolición de las diferencias de clase en general, hacia la abolición de todas las relaciones de producción sobre las que éstas descansan, hacia la abolición de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, hacia la revolución de todas las ideas que resultan de esas relaciones sociales.

El marco de esta exposición no permite desarrollar más el tema.

Hemos visto que, así como en el partido del orden la aristocracia financiera asumió necesariamente la dirección, en el partido de la «anarquía» la asumió el proletariado. Mientras las diferentes clases, unidas en una liga revolucionaria, se agrupaban en torno al proletariado, mientras los departamentos se volvían cada vez más inseguros y la Asamblea Legislativa misma se mostraba cada vez más adusta frente a las pretensiones del Soulouque francés, se acercaban las elecciones complementarias, largamente aplazadas y diferidas, para sustituir a los montañeses proscritos después del 13 de Junio.

El gobierno, despreciado por sus enemigos, maltratado y humillado a diario por sus presuntos amigos, no veía más que un medio para salir de esta situación repugnante e insostenible: una insurrección. Una insurrección en París habría permitido proclamar el estado de sitio en París y en los departamentos, y controlar así las elecciones. Por otra parte, los amigos del orden, ante un gobierno que hubiera vencido a la anarquía, se verían obligados a hacer concesiones si no querían pasar ellos mismos por anarquistas.

El gobierno se puso manos a la obra. A comienzos de febrero de 1850, provocación al pueblo derribando los árboles de la libertad. En vano. Si los árboles de la libertad perdieron su sitio, el gobierno mismo perdió la cabeza y retrocedió, espantado por su propia provocación. La Asamblea Nacional, sin embargo, recibió esta torpe tentativa de emancipación de Bonaparte con una desconfianza glacial. La retirada de las coronas de siemprevivas de la columna de Julio[118] no tuvo más éxito. Brindó a una parte del ejército la oportunidad de hacer manifestaciones revolucionarias, y a la Asamblea Nacional la ocasión para un voto de desconfianza más o menos velado contra el ministerio. En vano amenazó la prensa gubernamental con la abolición del sufragio universal y la invasión de los cosacos. En vano fue el desafío directo lanzado por Hautpoul a la Izquierda en la propia Asamblea Legislativa, para que se echara a la calle, y su declaración de que el gobierno estaba dispuesto a recibirla. Hautpoul no recibió sino una llamada al orden por parte del Presidente, y el partido del Orden, con silenciosa y malévola alegría, permitió que un diputado de la Izquierda se mofara de las ansias usurpadoras de Bonaparte. En vano, finalmente, fue la profecía de una revolución el 24 de febrero. El gobierno se las arregló para que el 24 de febrero fuera *ignorado* por el pueblo.

El proletariado no se dejó provocar a la revuelta, porque estaba a punto de hacer una revolución.

Sin dejarse perturbar por las provocaciones del gobierno, que no hacían sino exacerbar la exasperación general por la situación existente, el comité electoral, enteramente bajo la influencia de los obreros, presentó tres candidatos por París: Deflotte, Vidal y Carnot. Deflotte era un deportado de junio, amnistiado por una de las ideas demagógicas de Bonaparte; era amigo de Blanqui y había participado en la intentona del 15 de mayo. Vidal, conocido como escritor comunista por su libro *Sobre la distribución de la riqueza*, había sido secretario de Louis Blanc en la Comisión del Luxemburgo. Carnot, hijo del organizador de la victoria de la Convención, el miembro menos comprometido del partido Nacional, ministro de Instrucción Pública en el Gobierno Provisional y en la Comisión Ejecutiva, era, por su proyecto de ley democrática de instrucción pública, una protesta viva contra la ley de enseñanza de los jesuitas. Estos tres candidatos representaban a las tres clases aliadas: a la cabeza, el insurrecto de junio, representante del proletariado revolucionario; a su lado, el socialista doctrinario, representante de la pequeña burguesía socialista; por último, el tercero, representante del partido burgués republicano, cuyas fórmulas democráticas habían tomado, frente al partido del Orden, una significación socialista, habiendo perdido ya, desde hacía mucho, su propia significación. Era una *coalición general* contra la burguesía y el gobierno, como en febrero. Pero esta vez el proletariado iba a la cabeza de la *liga revolucionaria*.

A pesar de todos los esfuerzos, los candidatos socialistas triunfaron. El ejército mismo votó por el insurrecto de junio contra su propio ministro de la Guerra, La Hitte. El partido del Orden quedó *anonadado*. Las elecciones en los departamentos no lo consolaron; los departamentos dieron la mayoría a los montañeses.

¡La elección del 10 de marzo de 1850! Fue la revocación de junio de 1848: los carniceros y deportadores de los insurrectos de junio volvían a la Asamblea Nacional, pero regresaban encorvados, en el séquito de los deportados, y con sus principios en los labios. Fue la revocación del 13 de junio de 1849: la Montaña, proscripta por la Asamblea Nacional, volvía a la Asamblea Nacional, pero como clarines avanzados de la revolución, ya no como sus jefes. Fue la revocación del 10 de diciembre: Napoleón había sufrido una derrota con su ministro La Hitte. La historia parlamentaria de Francia solo conoce una analogía: el rechazo de d’Haussez, ministro de Carlos X, en 1830. Finalmente, la elección del 10 de marzo de 1850 fue la anulación de la elección del 13 de mayo, que había dado al partido del Orden la mayoría. La elección del 10 de marzo protestaba contra la mayoría del 13 de mayo. El 10 de marzo fue una revolución. Detrás de las papeletas están los adoquines.

«El voto del 10 de marzo significa la guerra», gritó Ségur d’Aguesseau, uno de los miembros más avanzados del partido del Orden.

Con el 10 de marzo de 1850, la república constitucional entra en una nueva fase, la fase de su *disolución*. Las distintas fracciones de la mayoría vuelven a unirse entre sí y con Bonaparte; son de nuevo los salvadores del orden, y él es de nuevo su hombre neutral. Si se acuerdan de que son realistas, lo hacen solo por desesperar de la posibilidad de una república burguesa; si él se acuerda de que es un pretendiente, es solo porque desespera de seguir siendo Presidente.

Por orden del partido del Orden, Bonaparte responde a la elección de Deflotte, el insurrecto de junio, nombrando a Baroche ministro del Interior, a Baroche, el acusador de Blanqui y Barbès, de Ledru-Rollin y Guinard. La Asamblea Legislativa responde a la elección de Carnot aprobando la ley de enseñanza, y a la elección de Vidal suprimiendo la prensa socialista. El partido del Orden trata de aturdir sus propios miedos a golpe de trompetería de su prensa. «¡La espada es santa!», clama uno de sus órganos; «los defensores del orden deben tomar la ofensiva contra el partido rojo», grita otro; «entre el socialismo y la sociedad hay un duelo a muerte, una guerra sin tregua ni cuartel; en este duelo a vida o muerte, uno de los dos tiene que sucumbir; si la sociedad no aniquila al socialismo, el socialismo aniquilará a la sociedad», canta un tercer gallo del Orden. ¡Levantad las barricadas del orden, las barricadas de la religión, las barricadas de la familia! ¡Hay que acabar con los 127.000 electores de París! ¡Una noche de San Bartolomé para los socialistas! Y el partido del Orden cree por un momento en su propia certeza de victoria.

Sus órganos se desatan con el mayor fanatismo contra los «*boutiquiers* (tenderos) de París». ¡El insurrecto de junio de París elegido por los tenderos de París como su representante! Esto significa que una segunda jornada de junio de 1848 es imposible; significa que un segundo 13 de junio de 1849 es imposible; significa que la influencia moral del capital está quebrada; significa que la asamblea burguesa representa ya solo a la burguesía; significa que la gran propiedad está perdida, porque su vasalla, la pequeña propiedad, busca su salvación en el campo de los desposeídos.

El partido del Orden vuelve, naturalmente, a su inevitable lugar común. «¡Más represión —grita—, diez veces más represión!». Pero su poder de represión ha disminuido diez veces, mientras que la resistencia se ha centuplicado. ¿No tiene que ser reprimido a su vez el principal instrumento de represión, el ejército? Y el partido del Orden pronuncia su última palabra: «El anillo de hierro de la legalidad sofocante tiene que romperse. La república constitucional es imposible. Hay que luchar con nuestras verdaderas armas; desde febrero de 1848 hemos combatido la revolución con sus propias armas y en su propio terreno: hemos aceptado sus instituciones; ¡la constitución es una fortaleza que solo protege a los sitiadores, no a los sitiados! Al introducirnos subrepticiamente en la sagrada Ilión en el vientre del caballo de Troya, no hemos, a diferencia de nuestros antepasados, los grecs[12], conquistado la ciudad enemiga, sino que nos hemos hecho prisioneros de nosotros mismos.»

Ahora bien, el fundamento de la constitución es el sufragio universal. Aniquilación del sufragio universal: tal es la última palabra del partido del Orden, de la dictadura burguesa.

El 4 de mayo de 1848, el 20 de diciembre de 1848, el 13 de mayo de 1849 y el 8 de julio de 1849, el sufragio universal les dio la razón[119]. El 10 de marzo de 1850, el sufragio universal confesó que él mismo se había equivocado. La dominación burguesa como desenlace y resultado del sufragio universal, como acto expreso de la voluntad soberana del pueblo: tal es el sentido de la constitución burguesa. Pero, desde el momento en que el contenido de este sufragio, de esta voluntad soberana, ya no es la dominación burguesa, ¿tiene aún algún sentido la constitución? ¿No es deber de la burguesía regular el sufragio de tal modo que quiera lo razonable, su dominación? Al poner fin una y otra vez al poder estatal existente y volver a crearlo de sí mismo, ¿no pone fin el sufragio universal a toda estabilidad, no cuestiona a cada instante todos los poderes constituidos, no aniquila la autoridad, no amenaza con elevar la anarquía misma a la categoría de autoridad? Después del 10 de marzo de 1850, ¿quién podría dudarlo aún?

Al repudiar el sufragio universal, con el que hasta ahora se había revestido y del que había chupado su omnipotencia, la burguesía confiesa abiertamente: «Nuestra dictadura ha existido hasta aquí por la voluntad del pueblo; ahora tiene que consolidarse *contra* la voluntad del pueblo». Y, consecuentemente, busca sus puntales ya no dentro de Francia, sino fuera, en el extranjero, en la invasión.

Con la invasión, ese segundo Coblenza[13], establecido en la propia Francia, levanta contra sí todas las pasiones nacionales. Con el ataque al sufragio universal, proporciona un *pretexto general* para la nueva revolución, y la revolución necesita ese pretexto. Todo *pretexto especial* dividiría a las fracciones de la liga revolucionaria y pondría de relieve sus diferencias. El *pretexto general* aturde a las clases semirrevolucionarias; les permite engañarse acerca del carácter definido de la revolución venidera, acerca de las consecuencias de su propio acto. Toda revolución necesita una cuestión para discutir en los banquetes. El sufragio universal es la cuestión de banquete de la nueva revolución.

Pero las fracciones burguesas en coalición están ya *condenadas*, pues huyen de la única forma posible de su poder unido, de la forma más potente y completa de su dominación de clase, la *república constitucional*, para refugiarse en la forma subordinada, incompleta, más débil de la *monarquía*. Se parecen al anciano que, para recobrar su fuerza juvenil, sacó sus vestidos de muchacho y se atormentó por meter en ellos sus miembros marchitos. Su república no había tenido más mérito que el de ser el *invernadero de la revolución*.

El 10 de marzo de 1850 lleva la inscripción:

*Après moi le déluge!* (¡Después de mí, el diluvio!)[14]

Notas

7. ¡Cuán grande ha sido desde entonces el cambio! (Virgilio, *Eneida*).

8. O César o Clichy. Clichy era una prisión para deudores en París.

9. De Georg Herwegh, «Aus den Bergen» («Desde las montañas»).

10. Nota de Engels a la edición de 1895: El 8 de julio de 1847 comenzó, ante la Cámara de los Pares en París, el proceso contra Parmentier y el general Cubières por soborno de funcionarios con el fin de obtener una concesión de salinas, y contra el entonces ministro de Obras Públicas, Teste, por aceptar dichos sobornos en dinero. Este último intentó suicidarse durante el proceso. Todos fueron condenados al pago de fuertes multas y Teste, además, a tres años de prisión.

11. Nota de Engels a la edición de 1895: Es el nombre que da la historia a la Cámara de Diputados fanáticamente ultrarrealista y reaccionaria elegida inmediatamente después del segundo derrocamiento de Napoleón, en 1815.

12. Nota de Engels a la edición de 1895: Juego de palabras: griegos, pero también tramposos profesionales.

13. Coblenza fue el centro de los emigrados contrarrevolucionarios durante la Revolución Francesa.

14. Palabras atribuidas a Luis XV.