FEDERICO ENGELS LA LEY INGLESA SOBRE LA JORNADA DE DIEZ HORAS Los obreros ingleses han sufrido una importante derrota, y esta derrota les ha venido de donde menos podían esperarla. Hace unas cuantas semanas, la Court of Exchequer, uno de los cuatro tribunales de justicia más altos de Inglaterra, ha dictado un fallo por el que se declaran poco menos que anuladas las principales disposiciones de la ley sobre la jornada de diez horas, promulgada en 1847.

La historia de esta ley ofrece un palmario ejemplo del modo tan peculiar como se desarrollan en Inglaterra las contradicciones de clase, razón por la cual vale la pena estudiarla a fondo.

Sabido es que la aparición de la gran industria llevó aparejada una despiadada e ilimitada explotación de la clase obrera por los fabricantes, con características totalmente nuevas. Las nuevas máquinas dejaban sin trabajo a los obreros adultos, pues las servían mujeres y niños, mucho más aptos que los hombres para este trabajo y que, además, salían mucho más baratos. De este modo, la explotación industrial se hizo extensiva en seguida a toda la familia obrera, confinándola en la fábrica: mujeres y niños debían trabajar sin descanso día y noche, hasta que los abatía el agotamiento físico. A medida que aumentaba la demanda de niños, los hijos de los pobres de las Workhouses convertíanse plenamente en una mercancía; eran rematados en montón, desde los cuatro y hasta desde los tres años, por medio de contratos de aprendizaje, al mejor postor. El recuerdo de la brutal y despiadada explotación de niños y mujeres en aquel tiempo, explotación que no cedía mientras quedara un músculo, un tendón o una gota de sangre que esquilmar, se halla aún muy vivo entre las viejas generaciones de obreros de Inglaterra, y muchos de ellos ostentan todavía las reliquias de este recuerdo en su espalda encorvada o en un miembro tullido, y todos en su salud arruinada. La suerte de los esclavos en las peores plantaciones de América era envidiable, en comparación con la de los obreros ingleses de aquel tiempo. Pronto fue necesario que el Estado tomara medidas para poner coto a la desenfrenada furia de explotación de los fabricantes, que pisoteaban todas las condiciones de la sociedad civilizada. Sin embargo, las primeras limitaciones legales que se establecieron eran defectuosísimas y no tardaron en ser burladas. Hasta 1833, medio siglo después de implantarse la gran industria y cuando ya la corriente del desarrollo industrial había encontrado su cauce normal, no fue posible conseguir una ley eficiente que refrenara, por lo menos, los abusos más escandalosos. A comienzos de siglo se había fundado, bajo la dirección de un filántropo, un partido que preconizaba la necesidad de limitar legalmente a diez horas la jornada de trabajo en las fábricas. Este partido, que en la década del veinte mantuvo su labor de agitación bajo la jefatura de Sadler y, al morir éste, bajo la de lord Ashley y R. Oastler, hasta que por fin logró que fuese aprobada la ley de las diez horas, fue agrupando poco a poco bajo sus banderas, junto a los obreros, a la aristocracia y a todos los sectores de la burguesía enemigos de los fabricantes. Esta asociación de los obreros con los elementos más heterogéneos y reaccionarios de la sociedad inglesa obligó a desplegar la agitación en pro de la jornada de diez horas totalmente al margen de la agitación obrera revolucionaria. Los carlistas estaban en bloque a favor de la ley de las diez horas; formaban la masa, el coro, en todos los mítines de apoyo a la nueva ley; su prensa se puso a disposición del comité que encabezaba el movimiento. Pero ni un solo cartista aparecía oficialmente en la tribuna al lado de los representantes aristócratas o burgueses de la campaña ni ocupaba un puesto en el comité de Mánchester (ShortTime-Committee) que llevaba la dirección del movimiento. Este comité hallábase integrado exclusivamente por obreros e inspectores de fábricas. Pero los obreros destacados en él eran gentes completamente abrumadas y agotadas por el trabajo, hombres tranquilos, devotos y honestos, a quienes el cartismo y el socialismo les infundían una santa aversión, que sentían el mayor de los respetos por el trono y el altar y que, hallándose demasiado abatidos para odiar a la burguesía industrial, sólo se sentían capaces de reverenciar humildemente a la aristocracia, la cual, por lo menos, se dignaba interesarse por la miseria que ellos padecían. El torismo obrero de estos representantes destacados en el comité de las diez horas era el eco de aquel primer movimiento de oposición de los obreros en contra del progreso industrial que soñaba con restaurar el viejo orden patriarcal y cuya manifestación de vida más enérgica se limitaba a destruir máquinas. No menos reaccionarios que estos obreros eran los jefes burgueses y aristócratas del partido de las diez horas. Todos ellos eran, sin excepción, tories sentimentales, en su mayoría ideólogos soñadores, sumidos en el recuerdo de los viejos tiempos de la explotación patriarcal, con su séquito de devoción, espíritu casero, virtud y estrechez, y su fe en un estado de cosas estable y consagrado por la tradición. Su cerrada mollera sintió el vértigo ante el espectáculo del torbellino de la revolución industrial. Su espíritu pequeñoburgués se sintió presa del pánico ante las nuevas fuerzas productivas que brotaban de pronto como por encanto, barriendo en unos cuantos años las clases fundamentales, venerables e intangibles, de la sociedad anterior y sustituyéndolas por otras nuevas, hasta ahora desconocidas, por clases cuyos intereses, cuyas simpatías y cuya manera de vivir y de pensar se hallaban totalmente en contradicción con las instituciones de la vieja sociedad inglesa. Estos reblandecidos ideólogos arremetían, en nombre de la moral, de la humanidad y la compasión, contra la implacable y despiadada dureza con que se abría paso el proceso social de transformación y, frente a él, invocaban como ideal social la estabilidad, la apacible serenidad y la moralidad del patriarcalismo agonizante. Cuando el problema de la jornada de las diez horas atraía a la atención pública, se sumaban a estos elementos todos los sectores de la sociedad que, heridos en sus intereses por la revolución industrial, sentían amenazada su existencia. Los banqueros, los bolsistas, los armadores y los comerciantes, la aristocracia de la tierra, los grandes terratenientes de las Indias occidentales y la pequeña burguesía tendían cada vez más a unirse, en aquellos momentos, bajo la dirección de los agitadores en pro de las diez horas.

La ley sobre la jomada de diez horas brindaba a estas clases y sectores reaccionarios un terreno excelente para aliarse con el proletariado en contra de la burguesía industrial. Esta ley, al paso que entorpecía el rápido auge de la riqueza, la influencia y el poder social y político de los fabricantes, daba a los obreros una ventaja puramente material y hasta podríamos decir que exclusivamente física. Los protegía contra la ruina acelerada de su salud, pero no ponía en sus manos nada que pudiera hacerlos peligrosos para sus aliados reaccionarios; no les confería poder político ni hacía cambiar su situación social de asalariados. Por el contrario, la agitación en torno a la jornada de las diez horas mantenía constantemente a los obreros bajo la influencia y, en parte, incluso bajo la dirección de estos aliados ricos, a las que trataban cada vez más de sustraerse, a partir de la ley de reformas 27y del auge de la agitación cartista. Era perfectamente lógico, sobre todo en los primeros tiempos de la revolución industrial, que los obreros, cuya lucha directa sólo iba dirigida contra los burgueses industriales, se sumaran a la aristocracia y a los otros sectores de la burguesía que los explotaban directamente y que luchaban también contra la burguesía industrial. Pero esta alianza falseaba el mor vimiento obrero, mezclando en él una fuerte dosis reaccionaria, que iría eliminándose poco a poco, y fortalecía considerablemente al elemento reaccionario de dicho movimiento, a los obreros cuyas ramas de trabajo seguían encuadradas en la manufactura y que se sentían, por ello, bajo la amenaza del propio progreso industrial, como ocurría, por ejemplo, con los obreros manuales.

Fue, por tanto, una suerte para los obreros que en aquella confusa época de 1847, en que se habían disuelto todos los viejos partidos parlamentarios, sin llegar a formarse todavía otros nuevos, se aprobara definitivamente la ley de las diez horas. Se aprobó en una serie de votaciones extraordinariamente confusas y presididas solamente, al parecer, por la casualidad, en las que, exceptuando a los fabricantes resueltamente librecambistas, de una parte, y de otra a los terratenientes rabiosamente proteccionistas, ningún partido emitió un voto homogéneo y consecuente. La ley fue aprobada como resultado de una pérfida maniobra de la aristocracia y una parte de los peelistas 28 y de los whigs en contra de los fabricantes, para vengarse de la gran victoria que éstos habían arrancado con la derogación de las leyes arancelarias sobre el trigo. La ley de las diez horas no sólo venía a satisfacer uña perentoria necesidad física de los obreros, protegiendo en cierto modo sú salud contra la furia explotadora de los fabricantes. Además de ésto, los desembarazaba LA LEY INGLESA SOBRE LA JORNADA DE DIEZ HORAS Escritos económ icos.— 18 2 7 4 FEDERICO ENGELS de la compañía de los soñadores sentimentales y de la solidaridad con todas las clases reaccionarias de Inglaterra. Ahora, ya no se daba oídas a las necedades particulares de un Oastler o las patéticas protestas de simpatía de un lord Ashley, pues la ley de las diez horas, una vez conseguida, dejaba de ser el centro de estos desahogos. Fue a partir de entonces cuando el movimiento obrero se concentró por entero en la instauración del poder político del proletariado, como principal camino hacia la transformación de toda la sociedad existente. Y, en este terreno, la aristocracia y los sectores reaccionarios de la burguesía, hasta ayer todavía aliados de los obreros, se enfrentaban a éstos como otros tantos furiosos enemigos, como otros tantos aliados, ahora, de la burguesía industrial. La revolución industrial hizo de la industria, gracias a la cual había conquistado Inglaterra el mercado mundial y lo mantenía sojuzgado, la ráma decisiva de producción del país. La suerte y la vida de Inglaterra se hallaba inseparablemente unida a la de la industria; su situación subía y bajaba con las fluctuaciones de ésta. La influencia decisiva de la industria impuso como una necesidad a los burgueses industriales, a los fabricantes, clase decisiva de la sociedad inglesa, el poder político de los industriales y el desplazamiento de todas las instituciones sociales y políticas que se interponían en el camino de desarrollo de la gran industria. La burguesía industrial puso manos a la obra. La historia de Inglaterra desde 1830 hasta el día de hoy es la historia de los triunfos que, uno tras otro, ha ido arrancando esa clase sobre sus enemigos reaccionarios coligados en contra de ella.

Mientras que la revolución de Julio llevó al poder, en Francia, a la aristocracia financiera, la ley de reformas promulgada en Inglaterra poco después, en 1832, representó cabalmente el derrocamiento de esa aristocracia. Hasta ahora, bajo el manto abigarrado del monopolio electoral, habían imperado de un modo casi exclusivo, en Inglaterra, el banco, los acreedores de la nación y los especuladores en bolsa, en una palabra, los traficantes en dinero, con los que se hallaba endeudada hasta el tuétano la aristocracia. Su imperio, a despecho de una serie de concesiones sueltas, fue haciéndose cada vez más insoportable a medida que se desarrollaban la gran industria y el comercio mundial. La alianza de todos los demás sectores de la burguesía con el proletariado inglés y con los campesinos irlandeses, dio al traste con él. El pueblo amenazó con una revolución, la burguesía devolvió en masa sus billetes al banco y puso a éste al borde de la bancarrota. La aristocracia financiera supo ceder en el momento oportuno; su transigencia salvó a Inglaterra de la revolución de Febrero.

La ley de reformas dio participación en el poder político a todas las clases poseedoras del país, hasta llegar al más pequeño tendero. De ese modo, se ofrecía a todos los sectores de la burguesía una base legal desde la que podían hacer valer sus pretensiones y su poder. En Inglaterra, se han librado en el parlamento las misma luchas intestinas entre los diversos sectores de la burguesía que en Francia vienen librándose bajo la República, desde la victoria de Junio de 1848. Y no hace falta decir que, siendo totalmente distintas las condiciones, necesariamente tienen que diferir también los resultados obtenidos en uno y otro país. LA LEY INGLESA SOBRE LA JORNADA DE DIEZ HORAS La burguesía industrial* una vez conquistada con la ley de reformas el terreno para la lucha parlamentaria, no podía por menos de arrancar una victoria tras otra. Con la restricción de las sinecuras, se sacrificó a ella la cola aristocrática del financiero; con la ley de beneficencia de 1833, se le sacrificaron los indigentes; con la reducción de los aranceles y la implantación del impuesto sobre la renta, se ofreció en holocausto suyo la libertad de tributos para el financiero y el terrateniente. Y las victorias obtenidas por los industriales acrecentaban el número de sus vasallos. El comercio al por mayor y al por menor pasó a ser tributario suyo. Londres y Liverpool se hincaron de rodillas ante el librecambio, Mesías de los industriales. Pero, a la par con sus victorias, crecieron también sus necesidades y sus exigencias.

La gran industria moderna sólo puede existir a condición de expandirse continuamente, de conquistar continuamente nuevos mercados. La infinita facilidad de la producción en masa, el incesante desarrollo y perfeccionamiento de la maquinaria y el desplazamiento constante de capitales y mano de obra que ello trae como consecuencia, obliga a la gran industria, quiéralo o no, a la expansión. Cualquier alto en el camino es el comienzo de la ruina. Ahora bien, la expansión de la industria se halla condicionada por la expansión de los mercados. Y como, en el nivel a que actualmente ha llegado su desarrollo, la industria impulsa el crecimiento de sus fuerzas productivas a un ritmo incomparablemente más acelerado que sus mercados, surgen esas crisis periódicas en las que, por exceso de medios de producción y de productos, la circulación se paraliza repentinamente en el cuerpo comercial y la industria y el comercio sufren un colapso casi total, hasta que la plétora de productos encuentra salida a través de nuevos canales.

Inglaterra es el punto focal de estas crisis, cuya acción paralizadora se extiende infaliblemente a los rincones más alejados y remotos del mercado mundial, empujando a la ruina por doquier a una importante parte de la burguesía industrial y comercial. En tales crisis —que, por lo demás, ponen de manifiesto ante todos los sectores de la sociedad inglesa, del modo más palpable, su supeditación a los fabricantes— no hay más que un medio de salvación: la expansión de los mercados, ya sea mediante la conquista de otros nuevos, ya explotando más a fondo los existentes, abaratando los precios, es decir, reduciendo el costo de producción. Y el costo de producción se reduce mediante el empleo de métodos de producción nuevos y más perfeccionados y reduciendo la ganancia o reduciendo los salarios. Pero la implantación de métodos de producción más perfeccionados no puede salvar de la crisis, por la sencilla razón de que aumenta la producción y, con ello, hace necesarios nuevos mercados. De rebajar la ganancia no hay ni que hablar, en estos períodos de crisis, en que cada cual se da por contento con tal de vender, aunque sea con pérdida. Y lo mismo puede decirse del salario, que, además, al igual que la ganancia, se determina con arreglo a leyes que nada tienen que ver con la voluntad o las opiniones del fabricante. Sin embargo, el salario forma la parte integrante fundamental del costo de producción, y su reducción permanente es el único medio que se ofrece para extender los mercados y salir de la crisis. Pero, para que el salario descienda es necesario que puedan satisfacerse a menos precio las necesidades de vida del obrero. Y en Inglaterra estas necesidades se habían encarecido por los aranceles protectores sobre el trigo, sobre los productos coloniales ingleses, etc., y por los impuestos indirectos.

De ahí la tenaz, violenta y general campaña de agitación mantenida por los industriales en pro del librecambio y, principalmente, de la abolición de los aranceles aduaneros sobre el trigo. Y de ahí el hecho, muy significativo, de que, desde 1842, toda crisis comercial e industrial les aportase una nueva victoria. La abolición de los aranceles sobre el trigo les sacrificó a los terratenientes ingleses; la derogación de los aranceles diferenciales sobre el azúcar, etc., a los terratenientes de las colonias; la derogación de las leyes de navegación, a los armadores. En los momentos actuales, los vemos agitarse para conseguir que se restrinjan los gastos del presupuesto público y se reduzcan los impuestos y con la mira de que se extiendan los derechos electorales al sector obrero que les ofrece mayores garantías. Tratan de llevar al parlamento a nuevos aliados suyos, con el fin de conquistar antes el poder político directo, lo único que les permitirá dar al traste con las secuelas tradicionales, pero demasiado costosas y hoy ya absurdas, de la maquinaria del Estado inglés, la aristocracia, la iglesia, las sinecuras, la jurisprudencia semifeudal, etc. Y no cabe la menor duda de que la nueva crisis comercial, ya inminente y que, a juzgar por todas las apariencias, se precipitará sobre el continente con nuevas y tremendas colisiones, traerá consigo por lo menos este progreso en la trayectoria de Inglaterra. En medio de estas victorias ininterrumpidas de la burguesía industrial, lograron los sectores reaccionarios ponerle los grilletes de la ley de las diez horas. Esta ley fue aprobada en un momento que no era ni de prosperidad ni de crisis, en uno de esos períodos intermedios en que la industria sufre todavía lo bastante de las consecuencias de la superproducción como para no poner en acción más que una parte de sus recursos y en que, por tanto, los propios fabricantes se ven obligados a hacer que se trabaje solamente una parte del tiempo. Sólo en un momento así, en que la misma ley de las diez horas venía a limitar la competencia entre los fabricantes, pódía ser soportable esta ley. Pero pronto aquel momento dejó paso a una nueva etapa de prosperidad. Los mercados, al vaciarse, reclamaban nuevas remesas de mercancías; volvió a levantar cabeza la especulación, duplicando la demanda; los fabricantes no podían dar abasto a los pedidos. La ley de las diez horas se convertía, ahora, más que nunca, en urfa traba insoportable para la industria, necesitada como nunca de la independencia más completa y del derecho ilimitado a disponer de todos sus recursos. ¿Qué iba a ser de los industriales, en la siguiente crisis, si no se les permitía explotar con todas sus fuerzas el fugaz período de la prosperidad? Había que quitar de en medio la ley de las diez horas. Caso de que no se dispusiera de la fuerza necesaria para hacer que el parlamento la derogara, había que procurar eludirla por todos los medios.

La ley de las diez horas limitaba a este tiempo la jornada de trabajo de los jóvenes menores de 18 años y de todas las obreras. Y, como éstas y los niños constituyen la fuerza obrera decisiva en las fábricas, ello traía como consecuencia necesaria el que éstas sólo pudiesen trabajar diez horas al día. Pero los fabricantes, cuando la coyuntura de prosperidad les exigió aumentar el número de horas de trabajo, encontraron la solución al problema. Lo mismo que venían haciendo ya antes con los niños menores de 14 años, cuya jornada de trabajo se hallaba más limitada aún, contrataron a unos cuantos jóvenes y mujeres más como fuerzas auxiliares y de relevo. De este modo, podían hacer trabajar a sus fábricas y a sus obreros adultos trece, catorce y hasta quince horas diarias, sin que ningún individuo amparado por la ley de las diez horas trabajase más de este tiempo. Este modo de proceder se ajustaba a la letra y, sobre todo, al espíritu de la ley y a la intención del legislador. Eos inspectores de fábricas formularon sus quejas, pero los jueces de paz mantuvieron criterios discordes y emitieron sentencias de diverso tenor. A medida que subía el nivel de la prosperidad, se elevaba el tono de las reclamaciones de los industriales contra la ley de las diez horas y contra las ingerencias de los inspectores fabriles. El ministro del Interior, sir G. Grey, ordenó a los inspectores que tolerasen el sistema de relevos (relay o shift system). Péro muchos de ellos, con la ley en la mano, se mantuvieron firmes. Hasta que, por último, llegó en apelación hasta la Court of Exchequer un caso sonado, y este tribunal falló en favor de los fabricantes. Esta sentencia viene, de hecho, a anular la ley de las diez horas, con lo que los fabricantes vuelven a ser, sin cortapisa alguna, los dueños y señores de sus fábricas. Pueden, si así les conviene, trabajar solamente dos, tres o seis horas en los períodos de crisis y en los de prosperidad alargar la jornada hasta trecé o quince, sin que el inspector fabril tenga yá derecho a inmiscuirse en el asunto.

Veíamos antes que la ley de las diez horas había sido defendida e impuesta exclusivamente por las clases reaccionarias; ahora, vemos que también por el modo como se aprobó fue una medida totalmente reaccionaria. Todo el desarrollo social de Inglaterra se halla vinculado al incremento, al progreso de la industria. Todas las instituciones que entorpecen este progreso, que lo limitan o tratan de reglamentarlo y fiscalizarlo con arreglo a pautas ajenas a él, son instituciones reaccionarias, insostenibles y llamadas necesariamente a fracasar, ante las exigencias de esa marcha progresiva. Sería ridículo pensar que la fuerza revolucionaria que tan fácilmente, como jugando, ha dado al traste con toda la sociedad patriarcal de la vieja Inglaterra, con la aristocracia y la burguesía financiera, vaya a dejarse encuadrar dentro del dique moderador de la ley de las diez horas. Todos los esfuerzos de lord Ashley y sus cofrades por restaurar la ley derribada mediante una declaración auténtica del legislador serán infructuosos o darán, en el mejor de los casos, un resultado aparente y efímero.

Y, sin embargo, no cabe duda de que la ley de las diez horas representa una exigencia inexcusable para el obrero. Responde, para él, a una necesidad física. Sin la ley de las diez horas, toda una generación de obreros ingleses estaría condenada a perecer físicamente. Pero, entre la ley de las diez horas que hoy reclaman los obreros y la ley de las diez horas preconizada por Sadler, Oastler y Ashley e impuesta por la coalición reaccionaria de 1847, media un abismo. La breve vigencia de la ley, y la facilidad con que fue anulada —pues para dejarla sin efecto ha bastado con una simple sentencia judicial, sin que interviniera siquiera el parlamento— y la actuación posterior de sus antiguos aliados reaccionarios han enseñado a los obreros el valor que tiene una alianza con la reacción. Los obreros han aprendido de cuán poco les sirve imponer unas cuantas medidas de detalle contra la burguesía industrial. Han aprendido que la burguesía industrial es todavía, ante todo, la única clase capaz de ponerse, en los momentos actuales, a la cabeza del movimiento y de que sería perder el tiempo empeñarse en enfrentarse a ella en esta misión progresiva. Por eso, a pesar de su hostilidad directa contra los industriales, no amortiguada en lo más mínimo, los obreros se sienten, ahora, mucho más inclinados a apoyarlos en todas sus campañas de agitación en pro de la implantación total del librecambio, de la reforma financiera y de la ampliación de los derechos electorales, en vez de dejarse seducir de nuevo por espejismos filantrópicos bajo la bandera de los reaccionarios coligados. Los obreros se dan cuenta de que su hora llegará cuando los industriales se hayan desgastado y les anima, por tanto, el certero instinto de acelerar el proceso de desarrollo que, poniendo en manos de éstos el poder, preparará el camino para su derrocamiento. Pero no olvidan, por ello mismo, que con los industriales llevan al poder a sus verdaderos y más directos enemigos y que sólo podrán alcanzar su propia liberación deríocando a esa clase y mediante la conquista del poder para sí mismos. Así se lo ha venido a demostrar una vez más, de modo más palmario, la anulación de la ley de las diez horas. La restauración de esta ley sólo tendría sentido, ahora, bajo la égida del sufragio universal, y el sufragio universal, en una Inglaterra poblada en sus dos terceras partes por proletarios industriales, representará el poder político exclusivo de la clase obrera, con todas las transformaciones revolucionarias del orden social inseparables de él. La ley de las diez horas que actualmente reclaman los obreros es, por consiguiente, una ley totalmente distinta de la que la Court of Exchequer ha dejado sin efecto. No es ya un intento aislado de paralizar el desarrollo industrial, sino el eslabón de una larga cadena de medidas que harán cambiar toda la faz actual de la sociedad e irán destruyendo gradualmente las anteriores contradicciones de clase; no es una medida reaccionaria, sino revolucionaria.

La anulación de hecho de la ley de las diez horas, primero por obra y gracia de los fabricantes y después por el fallo de la Court of Exchequer ha contribuido, sobre todo, a acortar el período de la prosperidad y a acelerar la crisis. Y todo lo que sea acelerar la crisis es, al propio tiempo, acelerar la marcha del desarrollo en Inglaterra y su meta inmediata, el derrocamiento de la burguesía entronizada en la industria por el proletario industrial. Los medios de que disponen los industriales para extender los mercados y vencer las crisis son muy limitados. La reducción de los gastos públicos implantada por Cobden, si es algo más que mera palabrería del partido de los whigs, equivale, aunque momentáneamente sirva de paliativo, a una completa revolución. Y, suponiendo que se lleve a cabo de la manera más extensa, más revolucionaria —en la medida en que pueden ser revolucionarios los industriales ingleses—, ¿cómo se hará frente a la siguiente crisis? No cabe duda de que los industriales ingleses, cuyos medios de producción poseen una fuerza expansiva incomparablemente mayor que sus mercados de venta, marchan con paso acelerado hacia un punto en que sus recursos se agotarán, en que, bajo el peso de las pujantes fuerzas productivas, excesivamente desarrolladas, desaparecerá totalmente el período de prosperidad que todavía hoy separa una crisis de la siguiente, en que las crisis se verán separadas unas de otras solamente por breves períodos de una actividad industrial mortecina y adormilada y en que la industria, el comercio y toda la moderna sociedad se hallarían necesariamente abocadas a perecer bajo una plétora de fuerza vital estéril, de una parte, y de otra una confunción total, si este estado anormal de cosas no llevase en su seno su propia salvación, si el mismo desarrollo industrial no se encargara de engendrar, a la par con ello, la clase que, llegado ese momento, constituirá la iónica fuerza capaz de asumir la dirección de la sociedad: el proletariado. Cuando ese momento llegue, la revolución proletaria será inevitable y su triunfo seguro. Tal es la marcha normal y regular de los acontecimientos, que con ineluctable necesidad se desprende de toda la situación actual de la sociedad, en Inglaterra. Y pronto hemos de ver hasta qué punto este curso normal de las cosas puede acortarse, en este paiß, por las colisiones continentales y las conmociones revolucionarias. ¿Y la ley sobre la jornada de las diez horas?